sábado, mayo 19, 2018

LA PIÑA Y LA MANZANA: Óscar Liera.












LA PIÑA Y LA MANZANA

De Óscar Liera


Introducción a "La piña y la manzana"

Bienvenidos a esta propuesta visual para "La piña y la manzana", una de las obras más emblemáticas y divertidas del panorama teatral mexicano del siglo XX. Esta pieza no es solo una comedia de enredos; es un bisturí afilado que disecciona la hipocresía social con una sonrisa en los labios.

La Obra: El Caos Detrás de la Manzana

La trama nos sitúa en una cena aparentemente armoniosa. Un grupo de siete amigos, todos ellos orgullosos vegetarianos, se reúnen para compartir sus ideales de vida "pura" y superioridad moral. Se presentan ante el mundo con máscaras de perfección, paz y convivencia civilizada.

Sin embargo, la llegada de un octavo personaje, Manuel Carpintero —un hombre pragmático y provocador que no comparte sus "elevados" principios— actúa como un catalizador. Lo que comienza como una discusión trivial e irónica sobre la supuesta regla de "no mezclar piñas con manzanas" en la misma comida, pronto se convierte en una metáfora del conflicto humano.

A medida que avanza la velada, Manuel presiona los botones correctos de cada invitado, provocando que sus máscaras de falsa cortesía caigan una a una. La cena se transforma en un campo de batalla donde la ira, la envidia, los secretos y las verdaderas —y a menudo mezquinas— personalidades de los "vegetarianos perfectos" quedan expuestas en un clímax de caos absoluto.

La imagen que hemos creado captura precisamente ese momento: la ruptura de la compostura, la mesa volcada y el enfrentamiento directo, simbolizado por la piña y la manzana que ya no pueden convivir separadas por una línea imaginaria de moralidad.

El Autor: Óscar Liera, el Francotirador de la Escena Mexicana

Para entender la potencia de esta comedia, es fundamental conocer a su creador, Óscar Liera (1946-1990). Liera no fue solo un dramaturgo; fue un poeta, director, actor y uno de los renovadores más importantes del teatro mexicano contemporáneo.

Originario de Sinaloa, Liera llevó a la escena nacional un estilo único que fusionaba el realismo con elementos fársicos, el humor negro y una profunda raíz en la cultura popular de su región. Fue el fundador del emblemático grupo TATUAS (Taller de Teatro de la Universidad Autónoma de Sinaloa), con el cual descentralizó el teatro en México.

La obra de Liera se caracteriza por una crítica social feroz e inquebrantable. Ninguna institución quedaba fuera de su radar: la iglesia, el gobierno, la familia y, como en "La piña y la manzana", la propia clase media intelectual y sus pretensiones moralistas. Utilizaba el escenario como un arma para desnudar las contradicciones de la sociedad mexicana.

Otras de sus obras maestras, como El jinete de la Divina Providencia o Los negros pájaros del adiós, exploran temas de poder, mito y pasión. Óscar Liera falleció joven, pero dejó un legado de 36 obras y una huella imborrable por su valentía, su humor corrosivo y su genio escénico. "La piña y la manzana" es una puerta de entrada perfecta a su universo: una cena donde el postre principal es la verdad, servida con una buena dosis de carcajadas.


Personajes

  • ARQUITECTO DURÁN

  • REVERENDO UGALDE

  • SEÑORA LINA RAMOS

  • SEÑOR MANUEL CARPINTERO

  • LICENCIADO FLORES

  • DOCTOR GARCIA

  • SEÑOR OCHOA

  • SEÑORA CONDESA PEÑA

    (Todos vegetarianos)


Escena Única

(Desde el mes pasado Lina se hubiera mudado a San Jacinto, pero no habían terminado su departamento. Ahora inaugura la sala, que es lo único que había alcanzado a decorar. Durán invitó a sus amigos a la cena que Lina, cuidadosamente, preparó para agradar a los invitados. Durán acomodó a todos como parte de la decoración y Lina les servía refrescos de frutas.)

ARQUITECTO: Sin embargo, Condesa, también se debe tener mucho cuidado con las frutas.

REVERENDO: Soy un hombre que se deja llevar por el olfato, allí radica mi instinto alimenticio. Los olores, los olores, los olores.

LINA: Es que el chayote merece un monumento. Yo se lo haría en bronce.

MANUEL: (A Ugalde) ¿Y cómo le hace usted, Reverendo, cuando tiene catarro? Supongo que pasará muchas hambres al cambiar las estaciones.

LICENCIADO: ¿Cuánto tiempo tiene usted de ser vegetariano?

MANUEL: Tengo tres meses.

LICENCIADO: Doctor, por favor informe al prosélito…

DOCTOR: Un vegetariano nunca se enferma. Jamás un vegetariano auténtico padece enfermedades de carnívoros y menos un cochino resfrío asqueroso como un chorizo de marrano pudriéndose.

(Siempre que oían mencionar la carne recordaban las palabras de Saussure: “El significado no es sino la representación psíquica de la cosa.” Por eso, el significante: “carne” les producía, solamente en los rostros, un marcadísimo asco.)

LINA: ¿En qué basa su alimentación señor…

MANUEL: Manuel… Carpintero.

OCHOA: ¡Qué bello! Tiene una profesión vegetariana. Hay seguros de vida con primas especiales (Abre su maletín) para personas que se dedican a su oficio…

MANUEL: Es mi apellido, me apellido Carpintero; yo soy contratista.

LINA: ¿En qué basa su alimentación señor Manuel Carpintero?

MANUEL: Frutas, verduras, germinados, leche, huevos…

CONDESA: ¡Cómo! ¿Ingiere usted fetos de pollo?

MANUEL: El huevo es…

CONDESA: ¡Es un feto asqueroso de cualquier bípedo plúmeo! Pez, reptil o quelonio.

DOCTOR: Tal vez el señor Carpintero, a quien no tenía el gusto de conocer ¿Cómo le va? (Le da la mano) Mucho gusto, soy el doctor García, viejo amigo del arquitecto Durán, vegetariano desde los once años en que pude librarme de la carnívora tutela de mis progenitores. Tal vez, continúo, usted no ha tenido una sólida preparación sobre la alimentación en los humanos. La salud está en el estómago. Y recuerde usted que: cuerpo sano, mente sana.

LICENCIADO: Lo que el doctor le está diciendo, amigo, es la Biblia.

ARQUITECTO: Hace un momento te decía, ¿verdad Condesa?, que había que tener mucho cuidado con las frutas. (A Manuel) Quizá tú no sabes combinarlas bien; hay frutas ácidas, subácidas, dulces…

CONDESA: ¡Él come fetos y toma jugo de pechos de hembra para mamífero!

MANUEL: (A Condesa) ¡El hombre es un mamífero!

CONDESA: ¡Yo soy mujer!

REVERENDO: (Al licenciado) ¿Ya leyó las últimas investigaciones sobre el sistema alimenticio a base de helechos y musgo?

ARQUITECTO: (A Manuel) …Entonces no se deben mezclar, dentro de las mismas veinticuatro horas frutas dulces con ácidas y menos comerlas al mismo tiempo.

OCHOA: (A Manuel) ...Puedo venderle un seguro muy bueno, los contratistas corren mucho peligro, déjeme hablarle acerca de las primas… O puedo asegurarle su coche, últimamente los roban como ceniceros. Las primas…

LICENCIADO: Siempre me han gustado las reuniones en las que coinciden vegetarianos porque son muy cordiales; el vegetariano es el hombre más pacífico y jamás llega a la agresión.

LINA: (Gritando) Anota eso Durán, anótalo en la lista que estamos haciendo. Nos faltaba esa gran ventaja del vegetariano sobre el carnívoro: es cierto, ¡nunca es agresivo!

REVERENDO: ¿Qué lista están haciendo?

ARQUITECTO: Unos carnívoros infectos que conocimos, nos dijeron que los vegetarianos nunca haríamos la revolución porque nos moriríamos de hambre. Que si hay que comer raíces ellos las comen y si hay que comer ratas también. Nosotros apostamos…

CONDESA: ¡Assssssco! ¡Cómo puedes usar esa terminología miasmática!

DOCTOR: ¿Quién ha hablado de revoluciones? Así estamos muy a gusto.

LINA: Solamente estamos haciendo una lista para demostrarles todas las ventajas que sobre ellos tenemos.

CONDESA: ¡Miles! ¡Todas! Somos gente sana.

DOCTOR: Pero si somos libres…

ARQUITECTO: (A Manuel) Por lo tanto, no se debe comer nunca una piña junto con una manzana.

LICENCIADO: Quiero decirte Reverendo, que yo he comido el liquen en salsa de níspero, es delicioso.

DOCTOR: A propósito de cosas deliciosas, Lina. ¿Puede servirme un poco más de su refresco? ¿Verdad que somos libres Lina? Las revoluciones son de los románticos.

LINA: (Afirma con la cabeza) Gracias doctor, es usted muy gentil y sabe decir muy bien las cosas.

DOCTOR: Podría ser una aportación para esa lista de ventajas.

LINA: No creo, puesto que su amabilidad le distingue muy especialmente. Durán me había hablado maravillas de usted.

DOCTOR: Nuestro arquitecto es un poco exagerado cuando habla de sus amigos.

OCHOA: ¿Y por qué vive tan solita y tan apartada de la ciudad? ¿No quiere un seguro?...

LINA: Amo la soledad y no me gusta estar segura ni asegurada. Ahora es cuando soy feliz sin ningún vecino a kilómetros a la redonda. Es, para mí, maravilloso saber que soy el único ser que habita estos edificios. Ahora estamos juntos, aislados del mundo, perdidos entre la naturaleza. Somos como parte de una isla que ha trepado por encima de las copas de los árboles. Así serán las ciudades del futuro; núcleos flotantes de salud y armonía, sin tener que soportar alimentos ni eructos carnívoros.

DOCTOR: Es usted una poetisa: se expresa usted en frágiles nervaduras, en plena función de fotosíntesis.

OCHOA: Sin embargo no debió cambiarse bajo estas circunstancias: no tiene vecinos, no hay servicio de elevador todavía y ni siquiera terminan aún los demás edificios. Debe haber mucho ruido con tantos albañiles, máquinas…

ARQUITECTO: Por ahora nadie trabaja en los edificios porque se acaba de morir el dueño.

LINA: Mi olfato es muy delicado, y por las calles corre el olor de la siempre pudriente carne; usted me comprende, ¿verdad Reverendo? Aquí por lo pronto corre un viento puro. Sería interesante que en este edificio, que está tan separado de los otros, vivieran sólo vegetarianos, ¿no les interesaría?

CONDESA: ¡Fabuloso, fabuloso, fabuloso!

OCHOA: Disculpe mi insistencia, creo que sería prudente que por el momento se asegurara (Abre el maletín) contra todo: robo, incendio, daños a terceros o accidentes de trabajo.

REVERENDO: ¿Tiene seguros contra la contaminación? (Todos ríen)

(Condesa se ha levantado después de varios intentos infructuosos de ingresar activamente en la conversación. Se pasea con dejos de hartura por la sala pletórica de plantas, libros, lámparas y tapetes. Sus participaciones en la conversación han sido desde las esquinas del departamento. A veces arranca hojas de alguna planta y las mastica para ver si saben bien, tratando, de esta manera, de hacer algún descubrimiento sensacional. Como buena aries quiere descubrir algo para los demás y así ganar el centro de la reunión. Ahora hojea esa revista en donde busca su objetivo. De pronto fija su mirada con exageración, lanza un grito clorofílico, estrepitoso, como un bosque que se derriba. Los allí presentes voltean a verla asustados, ha ganado el centro y no piensa perderlo.)

OCHOA: ¿Qué te pasa Condesa?

CONDESA: ¿Qué infamia es ésta?

LINA: ¿Cuál infamia?

CONDESA: ¡¡Que la soya produce cáncer!!

LICENCIADO: ¿Quéee?

CONDESA: (Leyendo) ”La soya produce cáncer.” “Según algunas investigaciones realizadas en el Instituto de Nutriología de Volldemgt, por los científicos Marckp Gotf y Ywzq Heatrf, se descubrió que a pesar del alto valor nutritivo que tiene la soya, comiéndola con frecuencia, a la larga, produce cáncer en el duodeno. Se aconsejó que al difundirse la noticia se hiciera con cautela, pues el gobierno de los Estados Unidos es el primer productor de este mortífero grano que tratan de imponer en el mundo entero ganando nuevos mercados con nuevos venenos.”

REVERENDO: ¿En qué país queda ese instituto?

DOCTOR: Espere a que termine de leer, no sea mal educado.

ARQUITECTO: Es pura propaganda comunista, seguramente está en Rusia o en alguno de sus países satélites.

LICENCIADO: ¡Que se callen para que termine de leer!

CONDESA: Ya terminé.

DOCTOR: ¿Allí termina?

REVERENDO: ¿Cómo se llama la revista que publica semejante mentira?

OCHOA: Sólo quieren desacreditar a Occidente. El doctor de la Furmiére, fundador de la “Gran Hermandad Colosal”, hablaba, incluso, de cierta santificación a través del “maná soya” como él la llamaba, por lo tanto no es posible que un iluminado como él…

LINA: ¡No podemos dejarnos embaucar por una nota amarillista, ni vamos a echar por la borda nuestra reunión! Esta noche tenemos soya para la cena y no pienso tener que tirarla.

ARQUITECTO: Claro, no podemos creer lo que dicen un par de cretinos en una ciudad fantasma dentro de un instituto que carece de prestigio. Si fuera el Instituto Pasteur o el prestigiado Instituto Colby de Washington…

MANUEL: Claro, claro, claro… mejor hablemos de esa cena que nos espera, y si ustedes me lo permiten voy a fumar.

TODOS: ¿Qué?

MANUEL: A fu-mar, voy…

REVERENDO: ¡Cómo se atreve, es usted un… cochi…!

LICENCIADO: ¡Es un envenenador de atmósferas sanas!

MANUEL: Supongo que lo que consumo sea un vegetal.

REVERENDO: ¡Oh sacrosantas hojas incineradas! ¡Veneno volátil! ¡Combustión incompleta!

ARQUITECTO: Un buen vegetariano nunca fuma.

MANUEL: Tal vez yo no sea tan bueno.

CONDESA: ¡Fuma, plantígrado vivíparo, devorador de fetos, nicotinador de vientos!

LINA: No veo por qué no vamos a permitirle que fume. Yo personalmente conozco a muchos grandes vegetarianos que fuman… Además, creo, nos estamos excediendo un poco en nuestro comportamiento. El señor Carpintero podría sentirse incómodo y eso podría disgustarme personalmente. Él se encuentra en mi casa y es nuestro invitado. ¿No es cierto Durán?

ARQUITECTO: Por supuesto Lina. Siempre se ha dicho que eres una anfitriona espléndida y lo has demostrado una vez más.

(Manuel Carpintero, obviamente respaldado por la anfitriona, comienza a ensancharse en su silla. En ese momento es un pavorreal que levanta su cola y sus cejas para disponerse a fumar después del triunfo patente en el torneo. Los otros invitados se van alejando de él, algunos con disimulo, otros con marcada obviedad.)

LINA: Señores, (Tratando de ser conciliadora) quiero hacerles sentir que están en su casa. Durán me había hablado mucho de ustedes, yo, en verdad, soy nueva en la ciudad, me da mucho gusto que estén aquí reunidos. Cuando Durán vivía en San José compartíamos las mismas amistades, ahora que hemos coincidido de nuevo en esta ciudad, me gustaría ser amiga de todos sus amigos.

DOCTOR: Es usted un auténtico ángel.

LINA: Quisiera conocerlos más. Gracias por su cumplido doctor. Además ustedes son gente cosmopolita, tan inteligente…

LICENCIADO: Y todos habitantes del segundo reino: el reino vegetal.

LINA: A propósito de reinos, Condesa, ¿de qué familia es usted?

CONDESA: De los Peña.

LINA: No, no me refiero a su título. ¿De qué país…?

CONDESA: Condesa es mi nombre, me apellido Peña Camarena, soy feminista y misógina, aborrezco hacer colas, soy vegetariana de nacimiento, detesto los higos, me gusta la música asiática, no creo en las clases sociales pero soy partidaria de la discriminación racial y no sé si mi platillo favorito siga siendo el sopletín de soya alcachofado.

LINA: (Con desencanto) ¡Eso es lo que vamos a cenar! (Desencanto en los invitados)

LICENCIADO: (Tragando saliva) ¡Y qué hay de postre!

(Lina va a comenzar a hablar con alegría para tratar de reanimar la reunión, pero recuerda la presentación que acaba de hacer Condesa de sí misma y sufre un desencanto. Le comienza a invadir el temorcillo de que el agasajo preparado se le venga abajo. Luego recuerda una sonrisa de Gina Lollobrigida en Trapecio, la ensaya juntando bien los dientes y abriendo grande la boca, y dice contoneándose): Higos frescos al maple.

DOCTOR: ¡Delicieux, ragôutant, superbe!

LINA: (Sabiéndose triunfadora gracias a Trapecio, una de sus películas favoritas) Thank you.

REVERENDO: Seré curioso Condesa. ¿Por qué no le gustan los higos?

CONDESA: Porque la higuera, en épocas prehistóricas, era una planta carnívora.

DOCTOR: Esa es una historia prehistórica, improbable y fea.

CONDESA: Me da lo mismo, los higos parecen vaginas enfermas.

LINA: (Por enésima vez conciliadora) Tal vez deseen que les ofrezca unas ricas y finas hojas de savia en salsa bruta antes de pasar a la mesa.

LICENCIADO: (Extraviado) …Y aparte de eso, de las vaginas y del cáncer, ¿qué más hay?

CONDESA: ¡Mierda!

OCHOA: (A Condesa) ¡Cállate mosca chupadora! Aprende a comportarte entre el género humano.

CONDESA: ¡A mí no me vas a callar tú, vegetariano refugiado, alcohólico anónimo con nombre propio!

REVERENDO: ¡Basta carnívoros, dejen de mordisquearse!

MANUEL: No use usted la palabra carnívoro como insulto, porque mi santa madre come carne, y mi padre nunca dejó de comerla cuando vivía. Yo sólo tengo tres meses de no comerla, pero ahorita se me antoja un filete de res.

CONDESA: ¡Asco! ¡Asco!

MANUEL: (Continuando su agresión) Quiero un lomo relleno, quiero patas de puerco a la vinagreta, quiero tacos de tripas.

LICENCIADO: ¡Callen a ese loco, voy a vomitar!

OCHOA: (Golpeando a Manuel) Cierra el hocico, asqueante.

ARQUITECTO: (Tratando de separarlos) No se golpeen borrachos cantineros, no están en la calle, ni en sus casas.

LINA: ¡Por favor hagan algo, se van a matar!

CONDESA: (Al arquitecto) Rómpele el hocico a ese saprófito.

MANUEL: Un pedacito de bistec, un poco de moronga que corra por entre mis dientes envuelta con mi saliva…

(Ochoa, sin soltar a Manuel, sigue luchando por hacerlo callar, el arquitecto Durán lucha por separarlos. Lina se desespera porque la lucha acabe, mientras que Condesa, deseando participar activamente en la lucha, se limita a animar el espectáculo con gritos, frases y empujones, para violentar más el caos que, tal vez, ella desató en algún momento. Ochoa hecho un energúmeno toma a Manuel de los hombros y lo lanza al piso con la siguiente frase):

OCHOA: ¡Salte de aquí gusano barrenador!

DOCTOR: (Vomitando) ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo!

ARQUITECTO: (A Ochoa) ¡Déjalo papamoscas!

OCHOA: (Al arquitecto) ¡Déjame en paz bacteria infecta!

MANUEL: Denme costillitas de puerco…

CONDESA: (Tratando de quitar a Durán) Sácate de aquí falso arquitecto, estudiante fósil, decoradorcillo joto.

REVERENDO: (Calmadísimo) Doctor, cómo se atreve a vomitar sus espinacas acedas en la alfombra de la señora.

DOCTOR: ¡Cállate langosta maizalera!

LICENCIADO: Es un asco esta situación, yo me largo, quédense revolcando en este mantillo.

LINA: (Furiosa) ¡Mi casa no es ningún mantillo, mongoloide rehabilitado!

(El Lic. Flores monta en cólera, se lanza sobre la anfitriona y la cachetea, ésta se prende de los cabellos de aquel y caen sobre la, tan vejada, alfombra y se siguen golpeando. Hay una batalla campal, lugar común de la épica vegetariana. Manuel se ve perdido y como si presintiera su muerte grita):

MANUEL: ¡Déjenme herbívoros clorofílicos! Ya me voy a comer carne, carne, carne cruda, carne.

(Manuel, con lentitud, logra zafarse de nuevo y se dirige otra vez a la puerta. Condesa ve que el carnívoro va a escaparse y se le adelanta y cierra bien la puerta con doble llave, la saca de la cerradura y la arroja por la ventana. Se le dibuja una risa imbécil de triunfo y se dirige a Manuel.)

CONDESA: Tú no sales vivo de aquí, carroña de perro. (A todos) El que quiera salir tendrá que brindar siete pisos.

(Manuel golpea a Condesa, ésta, ofendidísima, va por un florero y se lo estrella en la cabeza. Manuel cae sin sentido al suelo mientras la sangre comienza a salirle a borbotones. Durán ve la escena con horror. El juego ha llegado demasiado lejos. Voltea a ver a Condesa, la risa que ésta traía ahora tiembla en sus labios pintarrajeados de rojo. Durán no lo sabe, pero la voz se le ha quebrado.)

DURÁN: Lo mataste Condesa, lo mataste.

(Lina deja de pelear, va hacia el herido, ve cómo se está desangrando y corre hacia el doctor.)

LINA: ¡Doctor! ¡Doctor, se desangra el hombre ese, cúrelo, haga algo!

DOCTOR: Yo no puedo hacer nada por él.

LINA: No sea rencoroso doctor, es un humano, se está muriendo. ¡Haga algo!

DOCTOR: ¿Qué quieres que haga? Yo no soy médico, tengo el doctorado pero en geografía. Soy doctor en geografía.

LICENCIADO: Vamos a tirar la puerta.

LINA: Es imposible, apenas con dinamita, tiene una hoja interior de acero. Es a prueba de robos.

REVERENDO: ¿Tiene teléfono?

LINA: Aún no se instalan los teléfonos en esta parte de la ciudad. En verdad éste es el único departamento habitado y no tendré un solo vecino antes de dos meses.

ARQUITECTO: (A Condesa) Tú tiraste la llave, mal parida; tú nos tienes que sacar de aquí o te aviento por el balcón para que vayas a buscarla y la recojas con el hocico.

CONDESA: (A Lina) Debes tener otra llave cielito, tienes que tener otra llave muñeca…

LINA: Existe otra llave, pero no la tengo yo, la tiene Eugenia y no está en la ciudad, ni vendrá pronto. Como no hay ninguna otra entrada, tampoco hay ninguna otra salida. Estamos a sólo ocho kilómetros de la civilización… la única posibilidad es que algún día vengan a buscarme de mi trabajo, porque saben que vivo sola y lejos de la ciudad, pero quién sabe cuánto tiempo tendríamos que vivir juntos.

CONDESA: Podremos gritarle a la gente que pasa que busquen una llave y ¡salvados!

ARQUITECTO: Recuerda lo lejos que estamos de la ciudad, por aquí nadie pasa. Esta loca que se quiso venir a vivir antes de tiempo. Ahora hay un problema de intestado entre los dueños de este cochinero de edificios. La obra está parada y ni albañiles vendrán.

OCHOA: El señor Carpintero ha muerto.

(Histeria general)

LINA: Licenciado, por favor certifique usted la muerte y diga que todo fue un accidente…

LICENCIADO: Lo siento Lina, no puedo hacerlo, yo soy licenciado en letras francesas.

LINA: Reverendo… pues, por lo menos encárguese usted de rezarle algo a este hombre.

REVERENDO: Con mucho gusto diré los rezos que me vengan a la memoria Lina, aunque no soy nada religioso. Me llamo Reverendo y me apellido Ugalde, mi profesión es contador y soy vegetariano.

SI ACASO, TELÓN


EPÍLOGO

Después de tres días, se encontraban en el departamento de Lina; en aquella soledad y en silencio, los ojos abiertos de siete personas que, habiendo devorado el sopletín alcachofado, no decidían aún cómo cocinar el cuerpo de un hombre que estaba en el refrigerador, para poder seguir esperando que un día alguien, que me hubiera gustado que hubiese sido Ramón Mimiaga, hubiera ido a visitar por casualidad a Lina Ramos.

lunes, abril 16, 2018

EL AMOR DE BERNARDA, de Patricia Suárez




AMOR DE BERNARDA

“Después no te he vuelto a ver
Y en mi soledad me pierdo
Pero en mi alma tu recuerdo
No deja de florecer.”
Bambuco. Canción venezolana


Sur de España.
Treinta años antes de los sucesos en la obra La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca.

Personajes
Bernarda, 30 años.
Antonio María Benavídez, 50 años.
Pedro Salgado el Moro, el primer marido de Bernarda
Angustias, 12/13 años
La Poncia, criada. 30 años

La casa albísima de Bernarda Alba, pero cubierta de cortinitas con encajes, visillos, abanicos y tapices. Floreros con flores y con plumas. Sillas de tapiz escarlata. La casa se prepara para una boda.


Escena 1
A la hora de la siesta, pasa Angustias, tocando un tamboril y canta:

ANGUSTIAS:
¿Cómo te va con el tamborilito?
Me va muy bien pero gano poquito
Mi madre no quiere que vaya a Logroño
Porque los muchachos dicen co…

Aparece Bernarda con el cabello suelto y la ropa floja, por el mucho calor.

BERNARDA: Angustias, ¿qué estás haciendo?

ANGUSTIAS: Toco el tamboril.

BERNARDA amaga quitárselo, pero Angustias se revuelve: ¿Qué locura esta de aporrear el tambor a la hora de la siestas?

ANGUSTIAS: Estoy haciendo música.

BERNARDA: Dame ese instrumento del demonio.

ANGUSTIAS: No.

BERNARDA: Dámelo, te digo.

ANGUSTIAS: Me lo regaló su prometido.

BERNARDA: Soy tu madre, dámelo. O te parto la cara de un bofetón.

ANGUSTIAS le pone la cara: Pégueme.

Bernarda se queda estática.

BERNARDA: ¿Para qué? ¿Para romperme la mano con tu cara tan dura?

ANGUSTIAS:
¿Cómo te va con el tamborilito?
Me va muy bien pero gano poquito
Mi madre no quiere que vaya a Logroño
Porque los muchachos dicen co…

BERNARDA se tapa los oídos: Basta, basta ya.

Bernarda corre las cortinas y cierras las ventanas.

ANGUSTIAS sigue sacudiendo el tamboril, para al tiempo, agitada: El prometido suyo me dijo que también me iba a traer pandereta. El toca la pandereta y yo el tamboril. Usted, madre, podría tocar el pito. El dice que a usted le gustaría tocar el pito. El todavía no sabe que a usted no le gusta nada.

BERNARDA: ¡Estamos de luto por tu padre!

ANGUSTIAS: Pero usted bien que se va a casar con su Prometido.

BERNARDA: ¡Siete años de luto y tienes el descaro de cantar y tocar el tambor!

ANGUSTIAS: Tamboril. No es el tambor.

BERNARDA: Deberías tener más respeto por el que te dio el ser.

ANGUSTIAS: Yo no sé cuál es su tumba. Usted dice que está muerto.

BERNARDA: Claro que está muerto, estúpida, desgraciada!

Bernarda trata de manotearla para pegarle, pero ella se le escurre.

ANGUSTIAS: A mí me gusta su prometido. Tiene porte.

BERNARDA: El Padrenuestro y el Avemaría te tiene que gustar, no un hombre…!

ANGUSTIAS: ¡Babosa, se le cae la baba por el prometido que la corteja!

BERNARDA: ¡Demonio, maldita!

ANGUSTIAS: ¿Qué se hace la santurrona, la estrechita de caderas? Si cuando lo mira se babea toda por él.

BERNARDA: Voy a matarte.

ANGUSTIAS: ¡Déjeme tranquila!

BERNARDA: Dame el tamboril.

ANGUSTIAS: Jamás.

BERNARDA alcanza a agarrarla de un hombro y la sacude para que tire el tamboril al suelo: Estás hecha un diablo. ¡Suelta eso! Basta, Angustias.

ANGUSTIAS grita:
¿Cómo te va con el tamborilito?
Me va muy bien pero gano poquito
Mi madre no quiere que vaya a Logroño
Porque los muchachos dicen coño.
¡Coño, coño, coño!

Bernarda la sienta en el suelo de un cachetazo limpio. Patea el tamboril lejos y la saca arrastrando.

BERNARDA muy ofuscada: Te quiero de rodillas sobre el maíz hasta que llegue la noche…

Angustias chilla.
Fin de Escena 1


Escena 2
Antonio sentado junto a Bernarda, que se retuerce.

ANTONIO: Me arrepiento de todo el tiempo que pasé en Cuba y el tiempo que pasé en Cádiz. A que no tiene idea de por qué, hijita. ¿Cree que tiene idea de por qué me lamento del tiempo que estuve lejos?

BERNARDA: No.

ANTONIO la toma de la mano: Porque estuve lejos suyo, sin conocerla.

BERNARDA: Don Antonio…

ANTONIO avanza por la cintura, la cadera, el pecho de Bernarda, con amor: Viví cincuenta años, hijita, nada más que para vivir y conocerla a usted. Y hacerla mi mujer, Bernarda. Sobreviví los maleantes en Cuba, la tempestad en el mar y el tifus. Para estar vivo para usted y que usted me goce.

BERNARDA: Don Antonio, tengo pudor de…

ANTONIO: ¿Pudor con su futuro marido, qué es eso?

BERNARDA: Mi madre dice que debo darle un padre a la niña.

ANTONIO: ¿No le gusto?

BERNARDA: Sí. Mucho.

ANTONIO: Déme un beso.

BERNARDA: No, don Antonio, no me pida…

ANTONIO: Béseme, Bernarda.

BERNARDA: Yo no… no podría aquí.

Silencio molesto.

ANTONIO: ¿Está arrepentida de querer casarse conmigo? El cura está apalabrado para el domingo. Si usted no quiere casarse porque no me quiere, o tiene dudas… Será un escándalo, pero …

BERNARDA: ¡No! ¡No!

ANTONIO: ¡Lástima parar el casamiento, porque yo la quiero tanto, Bernarda!

BERNARDA: ¡Cortejar así a una viuda con una chiquita no está bien!

ANTONIO: Será mi esposa en una semana.

BERNARDA: Deberíamos guardar el decoro.

ANTONIO: ¿Por qué?

BERNARDA: Porque sí.

ANTONIO: Donde usted ve deber, yo veo frialdad, hijita.

BERNARDA: No, don Antonio, no.

ANTONIO: Su madre me dijo que usted estaba prendada de mí. Ella me pidió que me acercara.

BERNARDA: …

ANTONIO: Quiérame como la quiero, Bernarda.

BERNARDA toma las manos entrelazadas de Antonio y las besa.

ANTONIO: Cuidaré de la niña como una hija propia. Le daré mi apellido y será la mayor de nuestros hijos. Cuando yo muera, que sea en cien años, ella heredará todo: la Angustias. Tendrá usted todo lo que soñó y mandará en mi casa como dueña y señora por sobre mis sirvientes. Por sobre Rufo, y Pedro, Petronila, la Esperanza, la Montse, la Paquita… llevaremos a la Poncia, ya que la conoce usted de niña y se ha encariñado con ella. Un jornal más no cambiará mi fortuna si a usted la hace feliz.  Iremos a la finca de los naranjales todos los veranos, para que el perfume de los azahares… ¡Qué bálsamo son los azahares!

BERNARDA emocionada: Don Antonio, usted es tan bueno conmigo.

ANTONIO: ¿Entonces cuál es la dificultad?

BERNARDA bajo: Tengo un peso en el pecho.

ANTONIO: Pero se le irá en cuanto se lo escote con las puntillas del vestido de boda. Su madre contrató siete costureras que están pegando perlas y canutillos el día y la noche por su belleza, hijita. La costurerita más pequeña borda rosas rococó en el vestido de la Angustias. Ayer mismo, la niña se lo fue a probar. Como me la encontrara yo por la veredita del sol a la vuelta, de la mano de la Poncia, me dijo la chiquita: “Me dicen que será usted mi padre. ¿Debo ir llamándolo padre, don Antonio María Benavídez?” Me puse como una grana. ¡¡Yo, que no lloré cuando vi morir en la isla a los soldados a mi mando!!, lagrimeé como una mujer con la niña: “¡Lo llamaré padre!” y me dio un beso en la mejilla. Qué buena es la niña, hijita.

BERNARDA: Es floja. Y usted la mima, le regaló el tamboril y los cascabeles…, es un exceso, Don Antonio.

ANTONIO: Le gusta la música. Le prometí la gaita y el acordeón. No me mires así, hijita. El acordeón para cuando sea mayor.

BERNARDA: Me volverá loca soplando y aporreando.

ANTONIO: Es una buena niña. Solamente una buena mujer pudo haber criado tan buena a la niña.

BERNARDA: Sale a su padre.

ANTONIO: No. Es la viva estampa suya.

BERNARDA: Siempre tiene ganas de cantos y fiestas, como las tenía su padre.

ANTONIO: Todas las niñas gustan de las fiestas.

BERNARDA: Es haragana y anda siempre desnuda de pies.

ANTONIO: Creo que la entiendo.

BERNARDA: Me alegro.

ANTONIO: La niña le recuerda todo el tiempo a su marido.

BERNARDA: Puede ser.

ANTONIO: Y usted no olvida a su marido.

BERNARDA: Pedro Salgado está muerto.

ANTONIO: No en su corazón.

BERNARDA: No es cierto.

ANTONIO: En su corazón reina Pedro Salgado, el Moro.

BERNARDA: Yo sólo tengo corazón para usted, don Antonio.

ANTONIO: Pero el corazón sin el cuerpo, ¡para qué lo quiero yo!

BERNARDA: No tengo ojos para otro hombre.

ANTONIO: Pero los tuvo demasiado para Pedro Salgado el Moro y lo quiso. Dicen que lo quiso mucho y que estuvo seis días llorándolo en la orilla del mar, herida entre la sal y la roca. Por si las olas le regresaban el cuerpo.

BERNARDA: Lo que pasó, pasó.

ANTONIO: Todavía lo espera al que fue su marido. Todavía lo quiere.

BERNARDA: Cuando cayó al mar, la cabeza golpeó con los palos.

ANTONIO: No mandó a dar misas por él. Porque lo espera.

BERNARDA: Se hundió profundo y se lo habrán comido los peces.

ANTONIO: Pero su quererlo no muere. Por eso no se puede casar conmigo; lo veo claramente.

BERNARDA solloza: Ya no me torture con el feo recuerdo del que fue mi marido. Lo quise como una esposa quiere a su marido, ni yo le falté a él ni él me faltó nunca a mí. También usted habrá amado y mucho, aunque no lo cuente.

ANTONIO: La verdad, si quiere, y no me hace menos hombre, es que nunca amé a una mujer.

BERNARDA; Quiérame sólo a mí, Antonio y yo no le faltaré nunca.

ANTONIO acaricia a B con ternura: ¡Lloroncita!  Ya verá como bailaremos bailes de bombolón que toque la niña y se le pasará todo.

Bernarda se levanta de su asiento y besa con pasión a Antonio.
Fin de Escena 2


Escena 3
La Poncia cose ropa blanca y entra Angustias con las rodillas vendadas. Se queda de pie al lado.

PONCIA: ¿Qué haces ahí?

ANGUSTIAS:

PONCIA: ¿Estás llorando?

ANGUSTIAS: Nunca.

PONCIA: Le das mucha guerra a tu madre.

ANGUSTIAS: Ella no me quiere.

PONCIA: Eso es una mentira.

ANGUSTIAS: No me quiere porque le recuerdo a mi padre.

PONCIA: Qué tontería. Ven y siéntate a mi lado que me dijo que te enseñe a bordar. Bastante grande estás ya y no sabes dar ni puntada. Hace rato que deberías haber aprendido.

ANGUSTIAS: No quiero aprender labores de aguja. Yo seré música. Voy a tocar el tamboril y también la pandereta como una gitana.

PONCIA: Eso no es quehacer de una mujer.

ANGUSTIAS: No me va a faltar lo necesario y tampoco regalos.

PONCIA: Tu madre te abofetearía si te oye decir eso.

ANGUSTIAS: ¡Para lo que me hacen sus bofetones! Ya tengo la cabeza como pelele.

PONCIA: Cállate, ahí viene.

ANGUSTIAS: Es una chinche que le chupa la alegría al que será mi padre. ¡Chinche, chinche!

PONCIA: Siéntate a ver la puntada.

ANGUSTIAS: No.
Toque la pandereta,
Ruido más ruido
Porque el Niño Jesús
Hoy ha nacido

PONCIA: ¡Chito, no la provoques!

BERNARDA intentando dulzura: Qué alegría lo que ven mis ojos. Poncia, ¿estás enseñándole a bordar a la niña?

PONCIA: La A y la B en la guarda de la sábana.

BERNARDA a A: ¿La practicaste?

ANGUSTIAS: No.

PONCIA: Estaba explicándole detenidamente para que…

ANGUSTIAS: No puedo sentarme a coser, madre, porque me tira la piel de las rodillas, dolorida de tanto estar sobre el maíz. Nada más puedo permanecer de pie.

BERNARDA: No quiero oír lamentos.

ANGUSTIAS: Devuélvame el tamboril.

BERNARDA: Un castigo es un castigo.

ANGUSTIAS: Es mío. Me lo regaló el que será mi padre.

BERNARDA: No te lo voy a dar y no me contradigas.

ANGUSTIAS: No puede quitarme todo lo que me gusta y es mío. Puedo cantar y no podrá quitarme la voz. Puedo cantar hasta hacer de trapo de mi garganta y los pulmones. ¿Quiere que pruebe?

BERNARDA: Andáte. Sal de mi vista, Angustias.

ANGUSTIAS:
¿Cómo te va con el tamborilito?
Me va muy bien pero gano poquito
Mi madre no quiere que vaya a Logroño
Porque los muchachos dicen co…

BERNARDA se tapa los oídos: ¿Es la única canción que sabes cantar?

ANGUSTIAS se detiene, en seco: No.

PONCIA: No provoques a tu madre, Angustias.

ANGUSTIAS: También me sé la de
                   La mujer del tamborilero
                   tiene muy buena fortuna
                   ya que toca dos gaitas
                   y  las demás solo una.

BERNARDA: ¡No sigas, Angustias!

ANGUSTIAS
              La perdiz se pilla al vuelo
              y la liebre a la carrera
              y los cojones del cura
              se pillan de otra manera

BERNARDA: ¡Voy a dejarte una semana entera a pan y agua!

Poncia ríe.

ANGUSTIAS con toda la voz, a los gritos:
             Una vieja soñando
             dijo en voz alta
             no hay mejor instrumento
             que el de la gaita

BERNARDA: ¡Una semana encerrada en la baulera, con las ratas que te coman viva y cruda!

Poncia se dobla de la risa.
Bernarda empieza a correr a Angustias, la agarra y la sacude. La Poncia se levanta y se interpone.

PONCIA: ¡Déjala, Bernarda! ¡Es una niña! ¡Déjala, que es tu hija!

Angustias logra huir y se va.
Bernarda se desploma en un silloncito, exhausta.

BERNARDA: Terminará matándome a fuerza de disgustos. Ayer, la malhablada de Prudencia me largó: “Qué jaleo hay en tu casa, ¿están siempre preparando la fiesta para el casamiento? Qué fiesta tan larga.” Ninguna fiesta hay y ninguna fiesta va a haber, le dije, es la niña que canta lo que le enseñan las monjas.

PONCIA divertida: Nunca te lo creerá, si basta escuchar una sola de las palabras que Angustias canta para darse cuenta que…

BERNARDA: La niña está loca.

PONCIA: Anduvo rondando la casa el Moro. Anoche.

BERNARDA: Está muerto, es un ánima en pena.

PONCIA: Quiere hablarte; dice que no impedirá que te cases con el ricachón de don Antonio, pero…

BERNARDA: Los muertos no emiten opiniones.

PONCIA: No está muerto y sería bueno que hables con él. Puede perjudicarte con el asunto de la boda.

BERNARDA: Estás de su lado.

PONCIA: No.

BERNARDA: Siempre la mism arrastrada, te gusta el celestinaje. Debe ser por lo que tu marido cuando se va a la trilla no vuelve. Tu lengua no le debe dar reposo.

PONCIA: Lo dije por tu bien, Bernarda. Si el cura se entera de la bigamia, no te casará. Por muchas pasas y almendras que le haya puesto en la mesa don Antonio. Un cura es un cura y un pecado es un pecado.

BERNARDA: Hace mucho más de cinco años que el Moro desapareció. El cura y el Obispo, lo declararon muerto.

PONCIA: Ayer noche espiaba la ventana de la niña. Tenía una bolsa de confites para ella.

BERNARDA: ¿Por qué no diste voces?

PONCIA: Porque las sombras me confundieron.

BERNARDA: Hubieras venido a avisarme.

PONCIA: Estabas de cotilla con tu prometido.

BERNARDA: Estaba sola; rezaba en voz alta.

PONCIA: No es verdad, Bernarda. A mí no me engañas, esos eran suspiros de hombre.

BERNARDA: Me casaré con don Antonio María Benavídez.

PONCIA: Vas a llenar la casa de oprobio, si se descubre que el Moro está vivo.

BERNARDA: ¿Quién irá a comentarlo por ahí? ¿La fiel Poncia?

PONCIA: No violentes su voluntad; vélo a ver qué quiere.

BERNARDA: Anoche era don Antonio. Hoy estará todo el día en el caballar y quería saludarme.

PONCIA: ¿Te entregaste a él?

BERNARDA: ¿Cómo se te ocurre que yo, una viuda con una niña, podría…?

PONCIA: El te desea; nada más verte, se pasa la lengua por el bigote. Como si él fuera el gato y mi señora el pez. Estarás casada en un abrir y cerrar de ojos, nada de malo tiene que te entregues a él. A menos que aparezca el Moro antes y te convenza de lo contrario…

BERNARDA: El Moro está muerto. ¿Cuántas veces te lo voy a decir?

PONCIA: No vas con don Antonio para no quitarte al Moro del cuerpo. Los gustos que te hacía el Moro hacían temblar las paredes.

BERNARDA: No lo haré porque no está en mí hacer esas porquerías.

PONCIA: Don Antonio te lo habrá pedido. Haciendo uso de la poesía, claramente, pero te lo habrá pedido…

BERNARDA: Estás metiéndote en lo que no te importa.

PONCIA: Le habrás dado tus católicas razones para negarte.

BERNARDA: Lo que no está bien, no está bien.

PONCIA: El Moro te traicionó. Se fue con otra mujer.

BERNARDA: Lo sé bien.

PONCIA: Pero te quema completa.

BERNARDA: No quiero ya escucharte. Si me me entregué o no a don Antonio es asunto mío.

Hace unos pasos a la ventana.

BERNARDA: El mismo olor a romero que había en la casa cuando el Moro vivía aquí. (para sí) ¡Malhaya quien me dio a mí tanto amor para quererlo!

La Poncia se levanta, cierra la ventan.
Bernarda, se sienta, se cubre la cara con la falda y llora.

BERNARDA: Me entregué a don Antonio, sí. Quise hacerlo. ¡Pero no puedo! ¡¡¡No puedo!!!

Fin de Escena 3

Escena 4
En el mismo saloncito, Antonio y Angustias.  Angustias está con la pandereta nueva, haciéndola sonar y cantando.

ANGUSTIAS:
Suenen las panderetas
Ruido y más ruido
Porque las profecías
Ya se han cumplido.

ANTONIO: Vamos los dos.

LOS DOS:
Todos le llevan al Niño
Yo no tengo que llevarle
Las penas del corazón
Que le sirvan de pañales.

Suenen las panderetas
Ruido y más ruido
Porque las profecías
Ya se han cumplido.

ANGUSTIAS: ¡Qué linda suena!

ANTONIO: ¿Te gusta?

ANGUSTIAS cariñosa, lo besa: Sí, mucho. Pero mi madre montará en cólera cuando la vea. Me escondió el tamboril y no sé dónde lo puso.

ANTONIO: Ya aparecerá. La Poncia también lo está buscando.

ANGUSTIAS: La Poncia tira para ella.

ANTONIO: Le llené de pasas y almendras el delantal. Ya te encontrará el tamboril.

ANGUSTIAS llora: Para mí que lo destruyó. Ella tiene un demonio en el cuerpo y no me quiere nada. Cuando le dije que sería cantante en la iglesia, se puso una grana de odio. Yo no sé cómo hace usted en quererla.

ANTONIO: Es una buena mujer; pero pasó sola mucho tiempo.

ANGUSTIAS: Yo no recuerdo la época en que vivía mi padre.

ANTONIO: Si el tamborilito no aparece, ya te conseguiré otro. Te lo traeré de Aragón, con piel de venado y con tu nombre tallado en el tamboril: Mi dueña es Angustias Benavídez. Adornado con pajaritos y un árbol de la vida. ¿Te gusta?

ANGUSTIAS: Gracias, padre. ¿Puedo llamarle padre?

ANTONIO: En tres días seré tu padre de veras.

ANGUSTIAS: ¿Hacen mucha diferencia tres días?

ANTONIO alegre, cariñoso también: Me gusta que me llames padre. En mi pueblo dicen La olla sin cebolla es como boda sin tamboril. Cuando tu madre te oiga tocarlo en la boda, se arrepentirá de habértelo quitado.

ANGUSTIAS: No lo sé, padre. Tal vez sea como usted lo dice…

ANTONIO: Practiquemos de nuevo para la Navidad.

ANGUSTIAS: ¿Quiere? Aun faltan tres meses pero con este calor parece chiste.

ANTONIO: Le hablé al señor cura, Angustias. Le dije que te ponga en el coro a cantar los villancicos que nadie lo hace tan bien y con tanto brío.

ANGUSTIAS:
Esta Noche es Nochebuena
Y no es noche de dormir
Que está la Virgen de parto
Y a las doce va a parir…

ANTONIO travieso: ¿Te sabes también la otra?

ANGUSTIAS: Sí, padre. Pero mi madre me la prohibió bajo amenaza.

ANTONIO: A tu madre ya la convenceré yo, de lo buena cantante que eres.

ANGUSTIAS:
Dicen que los curas duermen
con las Hijas de María
to pueda ser que la Virgen
tenga nietos algún día

ANTONIO ríe: En medio de los villancicos, ya sabes. Cantas ésa. Es para hacerle una broma al cura. El cura de este pueblo no la quiere casar a tu madre, desconfía de no sé qué cosa ni qué papeles. Por eso le haremos la chanza.

ANGUSTIAS: Mi madre se enojará mucho conmigo. Me mandará al convento.

ANTONIO: No lo hará porque serás mi hija y yo lo impediré.

ANGUSTIAS: ¿Me lo promete, padre? Ella es muy mala conmigo. Ya le dije que no me quiere.

ANTONIO: Yo te querré doble entonces.

ANGUSTIAS, emocionada abraza a Antonio: …

Antonio la abraza también.
Fin de la Escena 4


Escena 5
Tocador de Bernarda. Poncia está ordenando y disponiendo los elementos para la boda. De pronto, entra don Antonio.

PONCIA se sobresalta: ¡Don Antonio! Estaba arreglando las cosas de mi señora, para la boda…

ANTONIO: Siga, siga. No quiero interrumpir.

PONCIA incómoda: Gracias.

ANTONIO tensando el silencio:…

PONCIA: Usted seguro quiere su colación, si me permite un momento que termine… Las horquillas y los polvos …

ANTONIO: Quería hablar contigo, Poncia.

PONCIA: ¿Conmigo? Sí, señor.

ANTONIO: Quiero darte un dinero. (saca de la billetera y cuenta). No se lo digas a Bernarda que es muy quisquillosa, pero quiero le compres las medias de seda que tanto desea y se las pongas aquí arriba, (señala la mesa del tocador), aquí mismo. O mejor, en la cama. (Va hacia la cama y se sienta donde quiere que vayan las medias).

PONCIA: Claro que sí, señor. La señora Bernarda se pondrá muy contenta.

ANTONIO: Ven. (Saca la billetera y le da otro montoncito). Para que te compres unas iguales. Pero eso sí, no te las pongas el día de la boda. Te las pones en otra ocasión.

PONCIA: Gracias, señor. Pero no puedo aceptarle.

ANTONIO: ¿Por qué?

PONCIA: No es correcto, señor.

ANTONIO: Voy a ser tu señor y me gusta que mis criados vivan de punta en blanco.

PONCIA: …

ANTONIO: ¿Entendiste?

PONCIA: Siendo así, señor…

Poncia se acerca y él le dá la plata y la retiene de la muñeca.

ANTONIO: Otra cosa, Poncia…

PONCIA: Por favor, señor.

ANTONIO: Un mal viento me dijo que el difunto de la Bernarda, resucitó.

PONCIA: Yo no sé nada, señor.

ANTONIO (empieza a manosearla): No seas ladina, que me dijeron que te habló.

PONCIA: Le dijeron mal, señor.

ANTONIO: Me dijeron que habló y que le escuchaste cada una de tus palabras.

PONCIA: No es verdad, señor. Le informan mal, le están mintiendo.

Antonio la manosea debajo de la falda, a la altura de la rodilla.

PONCIA: La señora Bernarda puede venir y…

ANTONIO: La señora Bernarda se está probando el vestido que le cose la Encarnación en mi casa, en la máquina que compré especial. Tardará todavía un poco porque la Encarnación es cegata y lerda para el pedal de la máquina…

Empieza a agarrarla de la cadera por encima de la ropa, con una mano. Con la otra la tiene sujeta de la muñeca.

PONCIA: Me preguntó nada más si la señora se casaba.

ANTONIO: ¿Te preguntó si alguien lo echaba de menos en esta casa?

PONCIA: Pero la señora no lo quiere. Se lo dije, ya lo sabe.

ANTONIO afloja la presión: Muy bien, Poncia. Pero ya no le hables más. ¿Te queda claro? Cuando se te acerca, me mandas llamar a mí o a uno de mis hombres. Rufino estará siempre junto a la casa, por si se le manda alguna cosa.

PONCIA: Sí, señor.

ANTONIO: Entendiste. No quiero líos después.

PONCIA: Le doy aviso al Rufino.

ANTONIO: Me avisás todo lo que pasa en la casa. Dónde va y dónde viene el pajarito verde que me la quiere quitar, hasta que pueda echarla la mano encima.

PONCIA asiente, asustada: Sí, señor.

ANTONIO: El que se quiere medir como un hombre, en este pueblo ya tiene con quien medirse.

PONCIA: Entendí, señor. ¿Puedo retirarme a…?

ANTONIO: Pero a la Bernarda, no. Nunca, porque a una mujer no se le pone una mano encima más que para esto.

Acorrala a Poncia con la pared.

PONCIA llorosa, con un hilo de voz: Señor, no.

ANTONIO la amenaza con la mirada: Poncia.

Antonio le levanta la falda del todo y la toma.
Apagón.


Escena 6
La sala de Bernarda. Entra Bernarda, casi alegre. Emoción rara en ella. Trae un paquetón envuelto en papel madera. Angustias está parada en el medio de la sala, empacada.

ANGUSTIAS: Devuélvame mi tamboril.

BERNARDA: Ya te dije que no.

ANGUSTIAS: Es mío.

BERNARDA: Pero te portaste muy mal y no te lo voy a dar. Ya me vino a hablar una monja que te quieren quitar del catecismo por malhablada y procaz. Alguna manera tiene que haber para que entiendas.

ANGUSTIAS empieza a cantar fuerte:
Mi marido está en la cama
Yo estoy en la cabecera
Con el rosario en la mano
Pidiendo a Dios que muera.

Firulirulí, firulirulí, firulirulera
Firulirulí, firulirulí, firulirulera
Ven, acá, firulirí, ven acá, firulirulá
Tu marido esperándote está.

BERNARDA: Hoy no podrás conmigo.

Luego de un tiempo, donde Angustias pega una patadita al suelo.

ANGUSTIAS más fuerte:
Firulirulí, firulirulí, firulirulera

BERNARDA se suma más fuerte y cantan a los gritos LAS DOS
Firulirulí, firulirulí, firulirulera
Firulirulí, firulirulí, firulirulera
Ven, acá, firulirí, ven acá, firulirulá
Tu marido esperándote está.

Angustias se queda parada, tiesa, torva, ceñuda.

BERNARDA ríe y canta:
Mi marido se murió
Y el diablo se lo llevó
Seguro estará pagando
Las patadas que me dio.

Bernarda entra con su paquete al dormitorio; desde el dormitorio se la oye tararear el estribillo de la canción.
Angustias, se queda estática donde está. Se tapa la carita con las manos y llora con gran angustia.


Escena 7
Poco después.
Tocador de Bernarda, está en enaguas, a medio vestir para la boda. Está haciéndose un peinado complicado con horquillas. Alguien empuja la puerta con rigor, y al final la abre. Bernarda grita sin sacar la vista del espejo en el que se peina.

BERNARDA: ¡Nadie puede verme antes de la boda! Nomás la Poncia debe entrar y…

Bernarda se vuelve y ve parado detrás de ella al Moro. Alto, moreno y enjuto, tiene pinta de bandido, de asaltacaminos. Tiene un cuchillo en la mano.

BERNARDA: Vienes a matarme.

MORO: No. Lo traje por si se me cruza tu marido.

BERNARDA: Todavía no es mi marido. Tira el cuchillo al suelo, Moro.

MORO: No.

BERNARDA: No podrías matar a don Antonio. Tanto amansar caballos lo volvió muy fuerte. Luchó en Cuba, y le dieron medallas y honores por su valentía. No creo que yo que el cuchillito que traes lo amedrente…

MORO: No me hagas matarte, Bernarda.

BERNARDA: No sería justo; cuando supe que estuviste en Cádiz no envié a los hombres a buscarte. También yo tengo derecho a matarte.

MORO: Lo hiciste. Todos creen que estoy muerto en este pueblo.

BERNARDA: Lo estás, en el pueblo, y (se señala el pecho) aquí dentro.

MORO: Estaba bajo la parra y la vi venir a Prudencia, la que era tu amiga. La chisto, está vieja y descaderada como una perra parida. “¡Prudencia!”; me ve y se hace la señal de la cruz. Después sale corriendo, tropieza con todas las piedras del camino.

BERNARDA callando una risa: Prudencia toda la vida será una estúpida.

MORO: Quiero lo que es mío, Bernarda.

BERNARDA: ¿Y qué es eso, Moro? Cuando te fuiste te llevaste todo.

MORO: La casa es mía y la Angustias es mi hija.

BERNARDA: Para lo que le sirvió serlo.

MORO: Dámela, es mía.

BERNARDA: Jamás.

MORO: ¡Es mía!

BERNARDO: De uno es, lo que uno cría.

MORO: Me arrancaste de tu vida, me declaraste muerto.

BERNARDA: No volvías. El capitán del barco al que subiste dijo que te habías caído al mar. Por supuesto, me di cuenta que habías huído del barco como huíste de mí. Hablé con el señor cura, el señor cura habló con el Obispo…

BERNARDA: Alguien puede venir, será mejor que te vayas.

MORO: No.

BERNARDA: En el arconcito hay plata y joyas. Llévatelo para tus menesteres.

MORO: ¿Para qué quiero yo la plata de tu marido? Lo que yo quiero es…

BERNARDA: Es mía la plata, de la siembra.

MORO: Quiero a la Angustias.

BERNARDA: Cuidado, me estoy peinando.

MORO: La vi paseando; es alta y delgada y tiene el cabello de mi madre. Llevaba un cabrito del bozal y lidiaba con él. El animalito se le empacaba y no deba un paso, y ella le hablaba bajito, muy dulce.

BERNARDA: Porque no quiere un perro, la muy terca. Cuando haya que matar el cabrito para la Navidad, ya veremos el escándalo que tenemos.

MORO: Quise acercarme, pero se alejó bien rápido en cuanto…

BERNARDA: Lo arisco lo sacó de mí. Esta conversación no puede seguir, Moro. Tienes que irte, es tu hora. Me caso en… ¿sonaron ya las campanas dando la media?

MORO: No me lo vas a perdonar nunca.

BERNARDA: Nunca.

MORO: Nunca la quise a Angélica.

BERNARDA: Puede entrar Angustias en cualquier momento. No es bueno que te vea. La niña sufre de pesadillas desde que te fuiste y le afectaron el pecho… Los pajaritos mueren de susto, no querrás matar a tu hija.

MORO: Ella se tiró al mar cuando le dije que no la quería. Que quería volver acá. Me tiré para sacarla del agua y no hacer un pecado mayor dejando que se muriera ahogada.

BERNARDA: No siento piedad, Moro.

MORO: Nunca la toqué. Tenía la piel resbalosa como las serpientes y yo recordaba la tuya. (se acerca por detrás y le toca los hombros) La tuya, Bernarda.

BERNARDA: Andáte, Moro. Vuelve a tus caminos.

MORO: No te cases con él.

BERNARDA le corren las lágrimas: Ya es tarde.

MORO: Puedo dar voces en la iglesia y todo cambiaría en un momento.

BERNARDA: ¿Para qué? Yo ya no te quiero.

MORO: Eso no puede ser verdad.

BERNARDA: Lo es.

MORO: Bernarda, el recuerdo de tu cuerpo me persigue.

BERNARDA: …

MORO: Es una maldición.

BERNARDA: Me entregué a otros hombres para olvidarte.

MORO: Es mentira.

BERNARDA: Muchos, muchos hombres. Pero no acá, en Málaga.

MORO dolido: No te creo, no te creo.

BERNARDA: Estaba encargada de la imagen de la Virgen Pura primero y de la de los Dolores después y con ese motivo viajaba a Málaga. Pero allá, embozada… ¡Qué cosa más sucia que son los hombres!

MORO: Cállate.

BERNARDA: Algunas mujeres dicen que los hombres les hacen reír. Pero a mí, no lograron sacarme ni una sonrisa. Será que algunos son expertos en cosquilla y de esos no he conocido. ¿Reía mucho tu Angélica?

MORO: Ya te dije que no la quise!

BERNARDA: No es cierto. Te olvidaste de tu mujer y tu hija y corriste tras su falda como si hubiera sido una hechicera. Soñando con ella, allí, en esa cama bramabas como un cerdo. La nombrabas en sueños. No me dirás ahora que también sufrís del pecho…

MORO: Estás inventándolo todo.

BERNARDA: Era natural que un día desaparecieras tras ella, soñando como la soñabas.

MORO: Confiésame que estás mintiendo; eso de los otros hombres, que es una mentira.

BERNARDA: No puedo.

MORO: Júrame que me querés.

BERNARDA riendo: No puedo, no puedo. ¿No te das cuenta que me caso con otro?

MORO  en un ataque de ira, él parado detrás de Bernarda, le pone el cuchillo en la garganta para degollarla.

MORO lamentoso: Voy a matarte, Bernarda.

BERNARDA: Pero no me deshagas el peinado.

El le vuelve la cabeza de ella hacia sí, Bernarda se levanta y se besan apasionadamente. Apagón.
Fin de Escena 7


Escena 8
La sala de Bernarda.
Angustias entra con un tamboril nuevo, haciéndolo sonar.

ANGUSTIAS:
Toquen las panderetas
Ruido más ruido
Porque las profecías
Se han cumplido.

De pronto, se halla con el Moro frente a ella; se sobresalta. Mientras hablan vienen sonidos de arreglos y desarreglos del dormitorio de Bernarda; algún sollozo tal vez.

MORO: No te asustes.

ANGUSTIAS: …

MORO: No sabes quién soy.

ANGUSTIAS: No.

MORO: Qué hermoso tamboril tienes.

ANGUSTIAS: Me lo regaló mi padre.

MORO: ¿Tu padre? ¿Cómo puede ser eso?

ANGUSTIAS: A usted qué le importa.

MORO: Habla conmigo.

ANGUSTIAS: Me madre me tiene prohibido que hable con extraños.

MORO: Yo no soy un extraño.

ANGUSTIAS: Los extraños roban a las niñas y se las venden a los pachá de Turquía.

MORO: Yo soy tu padre.

ANGUSTIAS; Mi padre, el que me hizo, está muerto en el mar.

MORO: No, Angustias. No estoy muerto.

ANGUSTIAS: Usted debe ser uno de esos pachás de Turquía, de los que habla mi madre y roban a las niñas. ¿Dónde está ella? ¡Madre, venga!

MORO: Está ocupada haciendo las maletas. Escúchame, escuchame a mí. (La toma de los hombros) Nos vamos a ir de acá, del pueblo.

ANGUSTIAS: ¿Dónde está mi madre? ¿Qué le hizo a mi madre?

MORO: Está haciendo la maleta.

ANGUSTIAS: Mi madre no se va de viaje, porque mi padre no puede irse de luna de miel. Tiene caballos nuevos que amansar y marcar y además me prometió que cuando vayan de luna de miel me llevará con ellos. Para que yo conozca Sevilla, porque iremos a ver a los tíos de Sevilla de mi padre que no pueden venir al casamiento.

MORO: Tu madre no va a Sevilla.

ANGUSTIAS: Ya le dije que no. Eso será más adelante.

MORO: Ahora vendrá tu madre y te vendrás conmigo.

ANGUSTIAS: No dejaré mi casa. Esta es mi casa.

MORO: No: ésta es mi casa, yo la levanté. La casa de tu padre, que tu madre hizo suya cuando me casé con ella. Pero vendrás conmigo y con tu madre y nos iremos los tres.

ANGUSTIAS: No.

MORO: Vas a ver qué feliz serás. Créeme, por favor.

ANGUSTIAS: A mi madre no le gusta la música y a mí sí. Nunca podremos ser felices las dos juntas.

MORO: Busca tus cosas que nos vamos.

ANGUSTIAS: ¡Madre! ¡Madre!

MORO: Quedáte aquí.

ANGUSTIAS grita: ¡Madre! ¡Poncia!

MORO: No temas, Angustias. Soy tu padre, soy…

ANGUSTIAS: Déjeme. ¡Poncia!

MORO: Calla, no la llames. Tenemos que irnos.

ANGUSTIAS: ¡Poncia! ¡Me llevan, me roban!

Angustias se debate y escapa como una luz.
Poco momentos después entra Bernarda del dormitorio, con una maleta.

BERNARDA: ¿Dónde está Angustias?

MORO: Se fue.

BERNARDA abrumada: No es posible irnos, sin…

MORO: La voy a mandar a buscar, Bernarda. Cuando lleguemos, la mando a buscar. Pero ahora hay que irse.

BERNARDA dudosa: No, no…

Entra Poncia

PONCIA: ¿Qué pasa que la niña grita…? ¿Qué es esto?

Un gran silencio.

PONCIA: ¿Qué escándalo estás haciendo, Bernarda?

BERNARDA: Lo que unió el Señor, que nadie lo desuna…

PONCIA  a M: Usted debe irse, ya no tiene lugar en esta casa.

MORO: Me voy. Claro que me voy. Pero Bernarda vendrá conmigo.

PONCIA: Bernarda, ¿qué estás haciendo? Piensa en la niña, la hundes en el fango… Cumplí con tu deber, por ella aunque sea…

BERNARDA: Mi hija no me quiere.

PONCIA: ¿Qué atroz…, qué estás diciendo…?

BERNARDA: Nunca me quiso. La primera vez que le di de mamar, me mordió los pezones hasta hacérmelos sangrar. Toda la vida me tuvo rabia.

PONCIA: Porque le quitaste el padre, porque…

MORO la toma a Bernarda: Pero ahora me tiene de nuevo.

PONCIA: ¡No, Bernarda, no!

BERNARDA: Es lo que debe ser.

PONCIA: ¿Estás loca? Este hombre te dejó cuando lo necesitabas, no le importó nunca que fue de vos y de su hija. ¡Te dejó por otra mujer que había conocido no hacía ni tres noches! Ahora está herido de orgullo y por eso te quiere, pero ¿y cuándo se le pase el amor? ¿Cuándo se le vaya este ataque de amor?

MORO: Cállese y déjenos salir. (A B) ¿Ya tienes todo?

BERNARDA: Sí.

MORO: ¿El dinero, el arconcito?

BERNARDA: Sí.

MORO: Con eso bastará al principio.

BERNARDA: Sí.

MORO; Después ya veremos. (A P) ¡Apártese!

PONCIA: No.

BERNARDA: Dejáme ir, Poncia.

PONCIA: Por sobre mi cadáver te irás, Bernarda.

MORO le pega y del cachetazo brutal queda en el suelo: ¡Criada estúpida!

El Moro pasa por encima de Poncia en el piso, y la hace pasar así a Bernarda. Poncia se aferra a los tobillos de Bernarda.

PONCIA suplica: No lo hagas.

Moro se adelanta unos pasos hacia la puerta, teniendo a Bernarda sujeta de la mano.
Entra Don Antonio y con dos tiros secos mata al Moro que cae. Ayes de Bernarda y gritos. Angustias redobla el tamboril.

ANGUSTIAS: ¡Ese era el hombre que vino a robarme!

BERNARDA: ¡Una vez! ¡Por una vez que quiero me tienen que pasar tantas cosas!

ANTONIO: Poncia, busca al caporal.

Poncia se incorpora con dificultad, asiente y sale corriendo.

ANTONIO: Aquí no ha pasado nada.

Angustias vuelve a redoblar el tamboril.
Apagón.


Escena 9 y final
Sentados a la mesa están los tres. Poncia sirve de una gran olla, pedazos de carne y guiso. Bernarda, con el vestido de novia puesto, triste, como empaquetada, come con las puntas de los dedos.

ANTONIO feliz, exultante: No sé cómo podemos tragar todavía. Con todo lo que hemos comido en el banquete.

ANGUSTIAS: ¿Cuándo iremos a Sevilla, padre?

ANTONIO: Pronto.

ANGUSTIAS: Me comprará el…

ANTONIO alegre: ¡Sí!

ANGUSTIAS: Si todavía no le dije qué.

ANTONIO: A que lo adivino.

ANGUSTIAS: Ay, ¿si?

ANTONIO: Poncia, siéntate a comer con nosotros.

PONCIA: Estoy llena, señor. No podría…

ANTONIO: Hazme el regalo de tu presencia.

PONCIA se sienta, sumisa, se sirve: …

ANTONIO: Qué silenciosa estás Bernarda mía.

BERNARDA: Le falta sal a la comida.

ANTONIO: La próxima la guisarás a tu gusto, hijita.

BERNARDA: …

PONCIA: Tiene sal.

ANTONIO: Claro que tiene sal. Pasa que estás triste, Bernarda.

BERNARDA: No estoy triste.

ANTONIO: Lástima, hijita. Porque si estuvieras triste, salarías el guiso con las lágrimas.

Angustias aguanta una risita.

ANGUSTIAS: Padre, usted está ganando tiempo porque no adivina qué prometió comprarme en Sevilla.

ANTONIO la mira con mucha dulzura: ¡El acordeoncito!

ANGUSTIAS aplaude.: Sí, padre, sí.

ANTONIO llena las copas de espumante y se levanta: Ahora, brindemos.

Todos se levantan.

PONCIA seca: Que vivan felices y juntos cien años.

ANGUSTIAS: ¡Por mi padre y por mi madre!

TODOS: Salud.

Se sientan.

ANTONIO: Ahora, cantemos.

ANGUSTIAS y ANTONIO alegres:
Cuando uno quiere a una
Y esa una no le quiere
Es lo mismo que si un calvo
En la calle encuentra un peine

A la jota, jota
Vivan los toreros
Viva la cuadrilla de banderilleros
A la jota jota
Vivan los amores
Viva la cuadrilla de Valentín Flores

Risas de los dos.

LOS DOS y se suma PONCIA, primero dura y luego alegre.
Las solteras son de oro,
Las casadas son de plata
Las viuditas son de cobre
Las viejas de hoja de lata.

Bernarda, con discreción, se seca las lágrimas con la punta del mantel.
Antonio pega un palmetazo en la mesa, para asustarla.

ANTONIO: ¡Que siga!
La vecina de aquí enfrente
Es una buena mujer
Se va a misa por la tarde
Y vuelve al amanecer

ANTONIO; ANGUSTIAS y PONCIA cantan y brindan
A la jota, la jota
Vivan los toreros
Viva la cuadrilla de banderilleros
A la jota jota
Vivan los amores
Viva la cuadrilla de Valentín Flores

Risas.
Entre las risas de los tres, cae el TELON.
Fin de la obra AMOR DE BERNARDA.






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