Fotografía en la playa
Emilio Carballido
Fotografía en la playa
(1977) es una de las obras cumbre del dramaturgo mexicano Emilio Carballido.
Enmarcada en su etapa de madurez, la pieza se desmarca del realismo tradicional
para adentrarse en una estructura fragmentaria, poética y de tintes
existenciales que roza el teatro del absurdo y el surrealismo.
La obra retrata la reunión de
una numerosa familia de clase media en una casa de puerto tropical. A través de
diálogos aparentemente cotidianos, inconexos y simultáneos, Carballido teje una
red de frustraciones, secretos, egoísmos y dependencias. El tiempo, la
decadencia física, el peso de las expectativas familiares y la inevitable
marcha hacia la muerte son los ejes centrales. La genialidad de la obra radica
en su juego temporal: lo que inicia como una comedia de costumbres evoluciona
hacia una meditación fantasmagórica donde vivos y muertos coexisten en el
espacio de la memoria, congelados para siempre en la vacuidad de un retrato
familiar.
Descripción detallada de la
acción dramática
La acción de la obra se divide
en dos espacios liminales que comparten una economía escenográfica absoluta: El
patio y La playa. A nivel estructural, la obra carece de intermedio,
lo que genera una transición fluida y onírica entre la asfixia del hogar y la
inmensidad del mar.
1. El patio: El microcosmos de
la cotidianidad y la tensión
La obra arranca con una
atmósfera de quietud aparente. La Abuela, eje y memoria de la casa, pela
chícharos bajo una luz intensa. Este acto doméstico contrasta con sus
reflexiones poéticas sobre los zopilotes y el mar, introduciendo desde el
primer momento el binomio de lo sublime y lo corrompido.
A partir de ahí, la escena se
convierte en un desfile errático de personajes:
- Nelly y Jorge:
Encarnan la juventud, el deseo y la incertidumbre del futuro (simbolizado
en el viaje de Nelly a París). Su amor choca con el pragmatismo y el
inmovilismo de la estructura familiar.
- Celia y Constanza:
Evidencian el peso del cuidado familiar. Constanza estalla en un llanto
amargo, revelando que ella sostiene económicamente la casa y cuida de las
ancianas, sintiéndose atrapada "de intento" por el egoísmo de
sus hermanos.
- Adrián, Héctor y Agustín:
Representan tres vertientes del fracaso o la máscara social. Adrián
arrastra el estigma de la cárcel, el desfalco y una profunda depresión
(dependencia a los barbitúricos) provocada por el deseo de aparentar una
vida rica junto a su esposa Elisa. Héctor observa la realidad con desapego
casi científico (la ilusión de los átomos y el cambio biológico), mientras
que Agustín personifica la autosuficiencia burguesa y la moralina
hipócrita.
La llegada de "la
tropa" de Agustín rompe el espacio vital, generando disputas absurdas por
el acomodo de las habitaciones y los catres, lo que refleja la incapacidad de
la familia para cohabitar en armonía. El clímax de esta sección se da con la
confrontación brutal y erótica entre Adrián y Elisa, un intento desesperado de
posesión física en medio del caos habitacional.
2. La playa: El lienzo de la
eternidad y la revelación del destino
La acción se traslada a la
playa. El mar funciona aquí como un espejo catalizador: para Héctor es la
disolución del ser; para Adrián, un alivio frente a la angustia; para Chacho,
un estímulo sensual.
La tensión estalla sutilmente en
la arena a través de los micropoderes familiares: Veva humilla y desautoriza a
Adolfo (el novio de Vevita) para reafirmar la propiedad y el estatus de su
estirpe, mientras las criadas (Benita y Patricia) verbalizan su condición de
subordinadas y la alienación que sufren respecto a sus propias familias.
3. El clímax: La fotografía y la
ruptura del tiempo
El desenlace se articula en
torno a la llegada del Fotógrafo con su cámara de tripié. El acto de retratarse
obliga a los personajes a adoptar una postura, una máscara de felicidad
estereotipada. Es aquí donde Carballido ejecuta el quiebre temporal definitivo:
FOTÓGRAFO:
Dos... (Desde este momento, los rostros de todos quedan ya sonrientes,
estereotipados ligeramente, fijos, rostros de fotografía. No corresponderán las
expresiones con lo que se diga).
Mientras los cuerpos permanecen
congelados y sonrientes de cara al espectador, los personajes rompen la cuarta
pared y, en un tono fáctico y desprovisto de sentimentalismo, revelan sus
trágicos destinos futuros (muchos de ellos ya acontecidos desde la perspectiva
de la memoria de la foto):
- Jorge revela su muerte
prematura en un accidente de motocicleta.
- Nelly narra el accidente
automovilístico en los Alpes que la dejó ciega o paralítica.
- Benita habla desde el más
allá, reconociendo el lazo fraternal (y nunca dicho) con Celia tras su
muerte.
- Adrián describe el infarto
fulminante que acabó con su vida frente a la Abuela.
La obra cierra con la
intervención de Constanza, quien revela la amarga verdad: la Abuela y
ella son las únicas que quedan vivas en el caserón vacío, contemplando esa
vieja fotografía que, al igual que la luz amarilla y opaca del escenario, se va
borrando con el implacable paso del tiempo. El sonido del mar inunda el
espacio, devorando los fragmentos de la existencia familiar.
FOTOGRAFÍA EN LA PLAYA
EMILIO CARBALLIDO
En un puerto. La ropa puede ser
toda de 196 ... , o puede mezclar modas de varias décadas, sin rebasar ésta.
El patio: Al fondo, el cielo.
Antes, un muro de unos 2.20 m. de altura, o poco menos: debe mostrar una
textura muy rica, muy plástica. Suelo de cemento. Al centro, una silla con
asiento de paja, de madera sin barnizar. Nada más.
La playa: Arena, cielo y una
silla de playa. Nada más. En el cielo debe haber nubes que crucen y se vayan.
No habrá intermedio.
El patio:
Mucha luz. La Abuela, sentada,
pela chícharos. Un silencio. Silbato de cartero, cerca. Ella alza la cara. Una
pausa.
ABUELA:
Vino el cartero. (Ve hacia
arriba.) Voladero de pájaros. Día de sol con voladero de palomas y gaviotas
locas. (Pausa.) Y zopilotes, hasta arriba; pero han visto vuelo más terso:
quietos, patinando en el aire, pueden subir tan alto como si allá fueran a quedarse;
y hasta piensa uno, quién fuera como ellos. Y basta que haya un animal podrido
o alguna cochinada, para que bajen desesperados a tragársela. (Pela chícharos.)
Hoy, hasta acá se siente el mar. Hay días así. Veva ha de estar enferma.
No, cuando hay enfermo grave, ponen telegrama, o hablan. Y si no, ni siquiera
avisan. El dinero, ya lo mandó. (Pela chícharos.) Es que van a venir. Eso es.
Más visitas. Es año de visitas. Conque viene Agustín. Estuvieron aquí
hace dos años. No: hace tres. Pues todavía me hallarán aquí. Será la
última vez, porque a la próxima, ya no. (Pela chícharos.) ¡Benita! ¡Benita!
Se asoma la criada.
ABUELA:
No te enojes, se me ocurrió. Tú
fíjate, por las dudas.
CONSTANZA:
Duerme... por desgano, por
depresión, por desencanto.
ABUELA:
Pues sí, puede ser. Aunque esas
cosas que dices, lo que dan es insomnio. ¡Tú, fíjate!
CONSTANZA:
¡Ya no sabes qué inventar!
(Sale, disgustada)
ABUELA:
No, no sé. Nunca sé qué
inventar. La vida tampoco sabe, ¿verdad?
Pela chícharos. Pausa.
Entra Nelly.
NELLY.
Buenos días, señora.
ABUELA:
(La observa.) Buenos días, muy
buenos.
NELLY.
¿No quiere que la ayude?
ABUELA:
No, gracias. Ya casi acabé.
Además, no has de saber hacer esto.
NELLY.
¡Cómo pasa a creer que no sepa
yo pelar chícharos!
ABUELA
Pues como ustedes, las muchachas
modernas, no saben más que abrir latas...
NELLY.
(Se ríe.) Ay, doña Catita, cómo
será. Ha de pensar que no sé nada de cocina.
ABUELA:
¿Y sabes?
NELLY.
Bueno, la verdad, muy poquito.
ABUELA:
(Escéptica.) Pues, si quieres,
ven conmigo después. Digo si quieres aprender a guisar algo, aunque sea
sencillo.
NELLY.
(Falsa.) Ay, yo sí quisiera.
ABUELA:
¿Y no te da frío en las
piernitas, con ese vestidito?
NELLY.
¡Si hace mucho calor! Yo
pienso, al contrarío, si no se ahogará usted con esa ropa, tan cerrada y
oscura.
ABUELA:
Es amplia. Y fresca. Los colores
oscuros rechazan el calor.
NELLY.
Esto es muy fresco.
ABUELA:
Sí, muchísimo. (Pausa.) ¿Y no se
te ven los calzones cuando te sientas?
NELLY.
Sí, pero son especiales para
enseñarlos, mire usted. (Se alza la faldita.)
ABUELA:
Ah, qué bonitos. (Recoge todo
para salir.)
NELLY.
¿Ya se va? ¿La ayudo?
ABUELA:
No, gracias. Déjame. Tú,
quédate aquí. (Sale.)
Nelly sonríe, reprobatoriamente,
moviendo un poco la cabeza. Luego, se encoge de hombros. Se sienta.
NELLY-
Maitre Corveau, sur un arbre
perché, tennait dans son bec un fromage; Maitre Renard, par I'odeur aleché, lui
tent, un peu prés, cet language: -Eh, bon jour, monsieur le Corveau...
HECTOR.
(Entrando.) Eh, bon jour,
mademoiselle la Renard.
NELLY.
Bonne soir, monsieur Héctor.
HECTOR.
Me desvelé.
NELLY-
¿Leyendo?
HECTOR.
Pensando.
NELLY.-
Ah. ¿Tu trabajo?
HECTOR.
Mi... Todo.
NELLY.
Ah. (Gesto leve.)
HECTOR.-
(Pausa.) Imagínate: el cuerpo
está cambiando constantemente: los tejidos no cesan de transformarse. Si en
este instante parpadeas, el ojo sufre cambios bioquímicos, y lo abres y ya es
otro organismo diferente...
NELLY.
¿Sí?
HECTOR.
Sí. Y lo que veías, ha cambiado
también. La energía no es más que cambio: lo que vemos, es una nube, una
ilusión de átomos, una explosión eterna. Y nuestros ojos que parpadearon, no
volverán a ser los mismos. Entonces...
NELLY.
¿Entonces, qué?
HECTOR.
Lo que vemos, todo, es una
especie de fantasía. No es cierto que esté quieto, ni que así sea. Cualquier
cosa que vemos, es como el mar.
NELLY.
¿Pensando eso te desvelaste? (Se
levanta.)
HECTOR.
No. Eso se me ocurrió en la
regadera.
NELLY.
Ah. (Pausa.) Va a llegar tu otro
hermano.
HECTOR.
¿Quién dice?
NELLY.
Tu mamá.
Héctor se sienta.
HECTOR.
¿Dónde van a meterlo?
NELLY.
Viene con tu cuñada y con todos
sus bodocones.
HECTOR.
¡¿Todos?!
NELLY.
No. La mitad.
HECTOR.
¿Los chicos?
NELLY.
Los grandes. ¿Dónde van a
meterme a mí? ¿Ya ves?
HECTOR.
¿Ya ves qué?
NELLY.
No hubiera yo venido. Ni les he
caído bien.
HECTOR.
Constanza te quiere mucho.
NELLY.
Sí, ella sí, pero desde antes. Y
ha de pensar que soy tu algo.
HECTOR.
Te quiere porque no piensa que
eres mi algo.
Entra Jorge. Trae fruta.
Les da. Comen los tres.
JORGE.
Viene mi tío Agustín.
HECTOR.
Ya lo supe.
NELLY.
Yo le dije.
JORGE.
Con la tía Veva, Chacho y
Vevita.
NELLY.
Los bodocones me van a quitar tu
cuarto.
HECTOR.
Se irán a la sala, con nosotros.
NELLY.
Me lo van a quitar. Verás.
JORGE.-
Yo les voy a decir que te lo
dejen.
NELLY.
Te van a hacer caso.
JORGE.
(A Nelly.) ¡Ven, córrele!
NELLY.
¿A dónde? ¡Ah!
Salen corriendo. Entra
Celia.
CELIA:
¿Por qué se van corriendo esos
dos? ¿Adónde van?
HECTOR.
No sé.
CELIA:
Hay que comprar más leche. Voy a
mandar a Jorge. Esa muchacha no lo suelta. (Pausa.) Yo creí que era tu...
novia, tu... algo.
Con Celia, Héctor está siempre
sin expresión facial y sin tonos de voz.
HECTOR.-
(Seco.) Mi hija más bien, ¿no?
CELIA:
¿Cómo crees? Ni que fuera
tan jovencita. (Pausa.) Oye, no es tu hija, ¿verdad?
HECTOR.
No.
CELIA:
¿Qué crees? Una sorpresa.
Ni te la imaginas: viene tu hermano Agustín.
HECTOR.-
Qué bueno.
CELIA:
Tener mis cuatro hijos aquí. Qué
dicha para una madre. Faltaría Jorge, pobrecito. Esas crueldades de la vida. .
. ¿Cómo pudo irse así? No estaba en edad.
HECTOR.
¿Y cuál es la edad para morirse?
CELIA:
Lo normal es que muramos los
viejos, ¿no? Por eso los hijos no deben abandonamos. Un día llegas,
hijo, y te encuentras mi cuarto vacío. "¿Adónde está mamá?",
dirás. ¡Y yo estaré en el camposanto, pudriéndome, comida por los gusanos! (Se
le escurren lágrimas), y los hijos ausentes, sin saberlo. ¡Ya no está mamá! (Se
seca los ojos. Sin transición ni pausa habla con mucha animación.) La madre de
los Gracos era una mujer humilde, creo que hasta fregaba pisos; y una vez que
unas damas romanas, de esas muy frívolas, estaban discutiendo quién de ellas
tenía las mejores joyas, la madre de los Gracos fue y sacó a sus dos hijos, se
los mostró, diciendo: "éstos son mis joyas". Las dejó
humilladísimas. Pues yo muestro cuatro joyas: éstos son los orgullos de su
madre. (Ríe. Lo acaricia.) A tu hermano, le voy a dar el cuarto de Jorge. El y
Chacho y Jorge pueden dormir allí.
HECTOR.
¿Y Veva?
CELIA-.
Esa, que se vaya con Constanza.
No tiene por qué estar siempre pegada al marido, como lapa. Que lo deje
descansar un poco, ¿verdad?
Sale Celia, se cruza con
Constanza que va directamente a Héctor.
CONSTANZA:
Oye: ¿tú crees que Adrián se
está drogando?
HECTOR.
Sí.
CONSTANZA:
¿De veras? Eso dice
abuelita. ¿Pero con qué?
HECTOR.
Tranquilizantes.
CONSTANZA.-
¡Se va a matar!
HECTOR:
Matarse no, pero...
CONSTANZA:
Habla con él, ¿no?
HECTOR:
¿Qué le voy a decir?
CONSTANZA:
Que ya no tome cochinadas.
HECTOR:
¡No se dicen así las cosas! No
es un nene. Y cuando alguien hace eso, es por algo.
CONSTANZA:
Por desgano, por depresión, por
desencanto...
HECTOR:
Por eso.
Un silencio. Inmóviles.
CONSTANZA:
(Saliendo) Viene Agustín con su
tropa…
HECTOR: No me digas. (Sale)
Cruzan, aprisa, Celia y la
Abuela.
CELIA:
Quiero saber por qué me apagas
la televisión.
ABUELA:
Porque ésas son necedades y
vulgaridades, no te eduqué para que estuvieras viendo esas cosas.
CELIA:
¡No soy chiquita mamá, y puedo
ver lo que quiera!
ABUELA
Mientras viva tu madre, no.
Préndela si quieres, pero en otro programa. (Sale.)
CELIA:
¡Constanza! ¡Constanza! Tu
abuela no me deja ver mi programa de televisión. ¡Constanza! (Va a salir.)
Se le aparece enfrente la
Abuela.
ABUELA:
Haz algo útil, para variar. Ahí
estás aplastada todo el día, viendo ociosidades: hay mucho que hacer en la
casa. Ayuda. Haz algo.
(Sale.)
CELIA:
¡Constanza! (Sale.)
Cambio de luz. Entran
Agustín, Veva, Vevita y Chacho, con maletas.
AGUSTIN-
La casa paterna, hijos, véanla.
Aquí jugó su padre, aquí creció.
VEVITA:
Cada año venimos Y la vemos,
Papá.
AGUSTIN.
Pero esta emoción, de regresar a
los viejos muros, marcados por el tiempo... Tantos recuerdos...
Entra la Abuela. Los ve,
extrañada. Agustín abre los brazos.
ABUELA:
Buenos días, ¿qué se les ofrece?
CHACHO.
Abue, somos nosotros.
AGUSTIN.
Abuelita, ¿qué pasó?
ABUELA:
Ah, son ustedes. Es que no
traigo mis lentes. ¿Tú eres Agustín?
AGUSTIN.
Claro, abuelita.
ABUELA:
Ah, y tus hijos. Es que ya
crecieron.
VEVA:
Sí trae usted puestos sus
lentes.
ABUELA:
Son los de ver cerca. Y tu
marido trae bigotes y está muy viejo.
AGUSTIN.
(Como quien embroma a una
niña.) Hace años que traigo bigotes, no nos conociste, eso te pasó. Ya no nos
conoces.
ABUELA:
Está bien, no los conocí.
Soy una vieja estúpida, ya sé. ¿Por qué se quedan aquí pasmados y no
entran a la casa?
La abrazan, la besan, les
corresponde.
VEVA:
Usted siempre la misma.
ABUELA:
Ustedes también.
CHACHO.
¿Como estás, Mima? (La besa.)
Entra Celia.
CELIA:
¡Hijo mío! ¡Hijito!
AGUSTIN.
¡Mamá! ¡Mamacita chula! ¡Hijos,
aquí está su abuelita!
TODOS.
(Al unísono.)
¡Abuelita!
¡Mima!
¡Hijos! ¡Hija!
Se dan besos. Entra
Constanza.
CONSTANZA:
¡Ya llegaron!
TODOS.-
¡Tu hermano, hija, ha llegado al
fin!
¡Tía Consta!
¡Hermanita!
¡Consta, qué bien te ves!
¡Veva, muchachos!
Etc. Más exclamaciones. Más
besos y abrazos de todos. Entra Héctor.
TODOS LOS RECIEN LLEGADOS:
¡Héctor!
Todos se besan unos a otros,
exclamaciones, abrazos, frases efusivas. Entran Nelly y Jorge. Ven la escena.
NELLY.
¡Jorge, Jorgito, tú aquí!
JORGE.
¡Nelly, Nelly, mi chaparrita!
(Se besan y se abrazan.)
VEVITA:
¡Jorge, aquí está Jorge!
TODOS.-
¡Jorge, Jorge!
Se repiten las efusiones
incoherentes y hablan todos al unísono: cuentan del viaje en coche, fatigoso,
hacen cuenta de los años transcurridos, se evalúan unos a otros, "qué bien
estás, engordaste y etc., hacen aspavientos por lo que les dicen o al
decirlo... Nelly se acerca y los saluda, la saludan. Van saliendo todos,
hablando al unísono.
Salieron. Entra Patricia
cargando cobijas y almohadas. Viene medio cantando un bolero, a toda voz.
PATRICIA:
(Canta.) Vuelan las gaviotas en
parvadas,
en la vieja playa llora el mar,
brillan los cocuyos cual
cascadas,
todo en nuestro nido sigue
igual...
Entra Nelly.
PATRICIA:
¿Y tú también vas a ir a la
playa?
NELLY.
Yo espero que sí.
PATRICIA:
Me da un poco de miedo el mar.
¿Tú crees? Y soy de aquí. De todos modos, voy a ir a bañarme.
NELLY.
Pues sí.
PATRICIA:
Es que soy miedosa.
También me da miedo que todo vaya a ser siempre igual, y que no logre lo
que quiero.
NELLY.
¿Y qué quieres?
PATRICIA:
Ojalá lo supiera bien. (Canta.)
Con toda esa belleza y tú no
estás,
mi amor, regresa pronto, sin
tardar,
que yo me estoy muriendo de
ansiedad...
Sale. Nelly se recarga en la
pared del fondo. Entra Constanza y se sienta en la silla, tensa, crispada.
Empieza a llorar. Nelly se le acerca, despacio.
NELLY.
¿Qué pasó, Constanza?
CONSTANZA:
¿Aquí estabas? Estoy muy
nerviosa. Muy, muy nerviosa. (Se seca los ojos, semisonríe, se encoge de
hombros.) Nervios.
Nelly la abraza. Constanza
estalla en sollozos.
CONSTANZA:
Me quiero ir. No puedo más, me
quiero ir. Es... es... ¡Es que me las han dejado a mí, a las dos! ¡Soy la que
carga con la casa! ¡Pago todo, nadie me ayuda! ¡Cuido a la abuela y a mamá! (Se
suena.) Nadie me ayuda. (Pausa. Se suena otra vez, se seca los ojos.) No le
digas nada a Héctor.
NELLY.
No, claro que no.
CONSTANZA:
(Con pasión.) ¡El es solo y
soltero! ¡Podría vivir con ellas! Ay, que vergüenza contigo.
Perdóname. (Sale, aprisa.)
Nelly vuelve al fondo.
Entra Jorge.
JORGE.
Ya te quitaron mi cuarto. Héctor
y yo seguimos en la sala, con Chacho. Tú te has de ir con Vevita y Constanza.
NELLY.
Con Vevita, ni muerta. No me
pasa. Y el lépero de Chacho, tampoco.
JORGE.
Pues... Con mi abuela no
querrás.
NELLY.
Ya mejor voy a irme. Nomás te
veía en las noches y ahora ya ni eso...
JORGE.
Pues es que me llaman para todo.
Y nadie ayuda a Constanza.
NELLY-
Ya sé. Para qué me trajiste. Tú
tienes acá tu modo, yo no encajo. Y ni siquiera me trajiste tú, sino Héctor,
esa es la verdad.
JORGE.
No te enojes, chapis.
NELLY.
No me enojo. Debía yo
estar estudiando, en vez de andar aquí, de chincualuda. Y estorbándole.
JORGE.
Fue idea mía, yo se lo pedí a
Héctor, quería yo que estuviéramos juntos.
NELLY.
Muy juntos. Hasta quieren
ponerme a cocinar. ¿No vamos a irnos a la laguna?
JORGE.
Ya no se puede. Llegó mi
tío Agustín.
NELLY.
¿Y qué?
JORGE:
Nunca los veo. Ni modo que me
largue.
NELLY.-
Tampoco a mí me ves.
JORGE.
No seas así...
NELLY.
Es verdad: aquí, por tu familia.
Allá, por tu trabajo Y tu escuela.
JORGE.
Tú también estudias...
NELLY.
Pues sí, tantito peor. Y
si me dan la beca... Tú no vas a ir a alcanzarme.
JORGE.
Te dije que voy a tratar...
NELLY.
A tratar... También te ibas a ir
a vivir conmigo...
JORGE.
¿Para qué les doy un disgusto a
las viejitas? No van a durarme. Ven, ven acá... (Se sientan en el suelo,
cogidos de la mano.) Tengo que recibirme, tomar mi sitio. Cuando tú vuelvas, ya
acabé la carrera.
NELLY.
Me dijeron tus abuelas que te
quieren casar con una dientona.
JORGE.
No les hagas caso. Yo
nunca les llevo la contraria; luego se les pasan las ondas. ¿Sabes? Te
puedes quedar en la cocina; te pongo un catrecito, ¿no?, y allí te duermes...
NELLY.
Para que nos pesque allí tu
mima: se levanta a caminar por la casa cuando le da insomnio.
JORGE.
Pues eso sí.
NELLY.
¿Y si me quedo en la sala con
ustedes?
JORGE.
¡No se puede, ya los conoces!
Ven a todos lados, se besan.
NELLY.
Si me voy a París y te quedas,
van a casarte con la dientona, Por no llevarles la contraria, te vas a casar.
JORGE.
Yo no voy a hacer nada, pero tú
allá solita...
NELLY.
¿Qué?
JORGE.
Tantos franceses, chapis...
Puros güeros...
NELLY.
Y tú con tantas gordas sueltas
aquí...Puras gordas...
JORGE.
Los que se van, ya no se
acuerdan de nada.
NELLY-
Los que se quedan, ¿qué?
JORGE.
Nos acordamos por más tiempo.
Se besan.
JORGE.
Quédate con Constanza. Y yo veo
que a la Vevita la pongan en otro lado.
NELLY.-
No me beses. Cuidado.
Entra Celia, colgada de Agustín.
No ven a los jóvenes.
CELIA:
Qué dicha: inmensa ver juntos a
mis cuatro gracos. Bueno, tres gracos y una graca.
Entran Constanza, Héctor y
Adrián.
AGUSTIN.
Nos falta Jorge, mamá.
Prematuramente ido. Nuestro Jorge inolvidable.
ADRIAN.
Hay mucho sol, vámonos mejor a
la sala, ¿no?
HECTOR.-
(A los jóvenes.) ¿Y ustedes?
Jorge hace señas de
"cállate”, salen casi a gatas él y Nelly.
AGUSTIN.
Aquí era el sitio de nuestros
juegos, ¡cuántos recuerdos!
CELIA:
Tantísimos, hijo, que no cabrían
en un libro.
HECTOR.
Depende del tamaño del libro.
CELIA:
En uno inmenso, tal vez.
CONSTANZA:
Vamos a la sala, ¿no?
Van saliendo. Constanza detiene
a Héctor, éste detiene a Adrián.
CONSTANZA Y HECTOR.
(Al unísono.)
-Oye, espérate...Quiero hablar
contigo...
Se ven los tres. Sonríen.
CELIA:
(Fuera.) ¡Hijos! ¡VENGAN!
HECTOR.
¡Ya vamos! (Quedo.) Carajo.
Pasa la Abuela.
ABUELA:
Esa muchacha, Nelly, se acuesta
con Jorge, ¿verdad?
HECTOR.,
Abuela, ¿qué estás diciendo?
ABUELA:
Que tengan la bondad de fijarse,
para que cuando menos no lo hagan en esta casa. (Sale.)
CONSTANZA:
¡Puras ociosidades piensas!
¡Puros inventos!
HECTOR.
¡Abuelita, no seas así con la
gente, caray!
Se ven los tres. Se asoma
Celia.
CELIA:
Ya destapamos el jerez.
Vengan a tomar un traguito. (Sale.)
CONSTANZA:
Quería hablar con los tres.
Después será. Hablen ustedes. (Sale.)
Los dos se ven. Pausa.
HECTOR.
Oye: no la friegues, Adrián.
ADRIAN.
¿Con qué?
HECTOR.
Ya no tomes esas cochinadas.
ADRIAN.
¿Cuáles?
HECTOR.
Esos barbitúricos, o lo que
sean.
Adrián va y se sienta.
ADRIAN.
Si no, no duermo. Por eso.
HECT0R.
Pero se hacen hábito. Y te van a
joder el corazón. ¿Eso quieres?
(Pausa.)
ADRIAN.
No quiero estar despierto.
Pausa. Se ven. Héctor va junto a
él
HECTOR.
Pues, hay que... Hay que...
(Pone su mano en el cuello de Adrián.)
ADRIAN.
Ya sé. (Pausa.) A ver después.
Pausa.
HECTOR.
Pero no tomes tantos.
ADRIAN.
Tomaré menos.
HECTOR.
Eso. Toma menos.
Se ven.
CELIA:
(Grita fuera, muy guasona.) ¡Si
no vienen pronto, nos vamos a acabar el jerez!
HECTOR.
Carajo.
ADRIAN.
Vamos.
Salen.
VEVA:
(Entra.) No puede ser. Yo
quiero estar con mi marido. ¿Por qué han de separarme de él? ¿Eso se le ocurrió
a tu mamá?
CONSTANZA:
(Entra.) Yo
pensé que podíamos estar tres mujeres en un cuarto...
VEVA:
¿Y esa otra, la que anda detrás
de mi Jorge?
Constanza:
Pues ella con ustedes, y yo con
mi mamá.
VEVA:
Conmigo, esa mujer no. Yo, con
mi marido. A mí, déjenme con mi marido. Yo sin él, jamás. Eso sí que
nunca.
CONSTANZA:
A ver cómo nos acomodamos.
VEVA:
Pero él y yo, juntos.
CONSTANZA:
Sí, juntos.
VEVA:
¿De veras no fue idea de tu
mamá?
CONSTANZA:
Que no, que no.
VEVA:
Qué raro.
Salen. Entran Vevita Y
Chacho.
VEVITA:
Si me ponen a dormir con la
abuela, me voy a un hotel. A mí qué me importa que se enojen.
CHACHO.
Tú te aguantas igual que todos
nosotros. Nos acomodamos donde se puede.
VEVITA:
Adolfo quedó de venir a verme.
Bonita visita. Esta casa parece campo de concentración.
CHACHO.
Y por eso te vas a ir a un
hotel, a que te visite a gusto en tu camita.
VEVITA:
No voy a eso, Y si fuera sería
cuestión mía, y no tuya ni de nadie. Soy mayor de edad.
CHACHO
Pues por eso, que te pisen y te
hagan tu panza, a mí qué me importa, vete a la chingada.
VEVITA:
Vete tú, grosero, pelado,
cabrón.
PASA LA ABUELA:
ABUELA:
Qué bonita
boca, hijita. Preciosa. (Sale.)
VEVITA:
(Quedo.) ¿Ya ves, pendejo? ¡Ya me oyó la mima! ¡Por tu culpa!
Le pega con rabia. El ríe
como loco y se defiende boxeando.Salen corriendo. Entran Adrián, Héctor y
Agustín, con sendos vasos de cerveza, andando erráticamente, muy despacio y al
azar, en silencio.
AGUSTIN.
A ver si blanquean esta pared.
Mira cómo está.
HECTOR.-
Paga la blanqueada.
Silencio. Se sienta Adrián.
ADRIAN.
Tú tenías razón, Héctor: el
desnivel, la diferencia, la familia de Elisa; eso de que sean ricos. O lo hayan
sido.
Elisa sí se aviene. Es buena
compañera, es magnífica compañera, me ayuda, me... Hubo una temporada que se
puso a vender fayuca, cosas finas, bonitas, que ella misma traía del otro lado
y las compraban sus amistades. Ella también hacía su lucha. Por eso no iba yo a
pedirle que renunciara a su medio, y a su gente; no iba yo a hacer que dejara
todo. No iban a verla peor vestida que antes; conmigo, no iba a tener menos, no
iba a privaría yo de sus comodidades.
Nunca he querido nada de su
familia, ni un vaso de agua: nada. Por eso todo fue tan difícil.
Y mira que ella sabe coser; se
hacía vestidos, ha traído a los niños como príncipes, siempre tan lindos,
siempre tan arreglados, como muñecos; los han visto, a mis hijos: es bien
difícil, con esos sueldos que he ganado. Elisa hacía milagros.
AGUSTIN.
Sí: hacía cuentones en la
tienda.
ADRIAN.
Porque ella tiene crédito y yo
no; por su familia le daban crédito. Comprábamos los dos, también yo; no iba yo
a andar como pordiosero, me hacía falta vestirme bien. No nada más ella, éramos
los dos. Y luego, gastos de... No puede dejar uno que le paguen siempre todo,
ni hacerse guaje para pagar.
AGUSTIN.
Pagabas antes que nadie.
ADRIAN.
Pues sí, pues da vergüenza que a
uno lo crean un muerto de hambre. Piensan que uno va a hacerse tonto con la
cuenta. Y sí, luego paga uno siempre y ellos se hacen los tontos. Y nunca
pagan. Como tienen dinero, no les da pena escatimar, o deber. Le quedaron
debiendo a Elisa, de su fayuca, santísimo dinero... Se llevaban las cosas:
"luego te pago, chula". Le quedaron debiendo. Tantísimo
dinero...
HECTOR:
Adrián, hacías vida de rico, en
todo. Esas escuelas de tus hijos...Te lo dije tanto, pura escuela carísima. ¡Y
de curas! Un robo. Las del gobierno mejores y son gratis.
ADRIAN.
Ya sé, ya sé. Pero eso se va
viendo poco a poco. Ganaba yo muchas comisiones; así vendía yo más, por esas
amistades. Vendía yo más que nadie.
AGUSTIN.
Gastabas más que nadie.
ADRIAN.
Ya sé. Va uno pasándose un
poquito, y otro poquito Hasta que ya iban a embargar. Cuentas regadas,
una cuenta aquí, otra por allá... Y eso no podía ser, que nos quitaran todo.
Cómo, un embargo, ¿con qué cara vería después Elisa a su familia? Por eso
fue, por evitar el embargo.
AGUSTIN.
Era peor un desfalco que un
embargo, ¿no?
ADRIAN.
Ya sé. Pasaron las dos
cosas. Cárcel y embargo. Elisa con sus padres. Y yo aquí. Con mi
ficha policíaca. No sé ya dónde pueda trabajar. Irme al norte, y que Elisa me
alcance con los niños, eso he decidido, irme al norte. Pensé que tú...
AGUSTIN.
¿Vas a llevarte a Elisa?
ADRIAN.
¡Es mi mujer!
AGUSTIN.
Te vas a arruinar otra vez. Esa
no sabe más que gastar, verse linda y gastar.
ADRIAN.
Tu mujer gasta más y no se ve
linda.
AGUSTIN.
Pagamos, no debemos, no nos...
(Calla.)
HECTOR.
Ya lo sabemos, Agustín: tienen
mucho.
AGUSTIN.-
Mucho no, pero... Es cosa de
orden. Veva no es como... (Calla.)
ADRIAN.
¡Que no fue Elisa, carajo, que
fui yo! ¡Yo fui el de todo, no ella! ¿Por qué la culpan siempre?
HECTOR.
No alces la voz. Tú puedes
recomendar a Adrián.
AGUSTIN.
Poder, sí, más o menos, sí
puedo... Como hermano suyo... Pero tienes que prometerme...
ADRIAN.
No, Agustín. No tengo que
prometerle nada a nadie. Para eso estuve en la cárcel. No le prometo nada ni a
Constanza, que me sacó, ella sola, como pudo. Ni a ella le he prometido nada,
pero sabe que le voy a pagar. (Pausa.) O sabe que no le voy a pagar.
(Pausa.) Sé lo que hice, tengan
la bondad de no explicármelo. Y mejor no me recomiendes, gracias. (Va a salir.)
HECTOR.
Espérate. (Lo detiene.)
Se quedan quietos y callados,
como congelados los tres, Héctor con una mano en el brazo de Adrián.
AGUSTÍN.
Mira, sólo quería decir... Tú
entendiste mal, yo sólo...
HECTOR.
Ya cállate.
Un silencio, inmóviles.
ADRIAN.
Es muy difícil empezar otra vez.
Salen con los mismos pasos
erráticos y lentos con que entraron.
Entra la Abuela. Se
sienta.
ABUELA:
Celia, ven acá. Ven acá,
te digo.
CELIA:
Sí, mamá.
ABUELA:
Si tú vas a dormir conmigo,
¿dónde va a dormir Constanza?
CELIA:
En la sala, con Vevita y con la
amiguita de Héctor.
ABUELA:
Para que las vean en paños
menores todos los que lleguen.
CELIA:
¿Pues adónde las pongo?
ABUELA:
En el cuarto de Adrián.
CELIA:
Yo no quería molestar a Adrián.
Ya ves cómo está.
ABUELA:
Ya veo: y por eso hay que
molestarle y ponerlo a hacer cosas y despertarlo, eso hay que hacer.
CELIA:
¿Y Adrián?
ABUELA:
A la sala, con Jorge y Héctor.
CELIA:
¿Y Agustín a mi cuarto, con
Veva? Porque ésa no suelta al macho.
ABUELA:
Pues sí. Ponlos ahí.
Entran Jorge y Nelly.
ABUELA:
A esta señorita, ponla con
Vevita y contigo en el cuarto de Jorge.
JORGE.
¿Conmigo, mima?
ABUELA:
¡Tú te vas a la sala!
JORGE.
Ah.
CELIA:
¡No vamos a caber las tres allí!
ABUELA:
Van a caber. Ya verás que sí.
CELIA:
Dejo allí a las muchachas solas
y yo me voy contigo.
ABUELA:
¿A esas dos? ¿Solas? No.
CELIA:
¿Por qué no?
ABUELA:
Ven a que te explique.
La saca por la mano, salen
ambas.
Viene Patricia cargando un
catre, y ropa de cama. Del lado opuesto viene Benita.
PATRICIA:
Que siempre no, que nos los llevemos a la sala.
BENITA:
¿Pues no que al cuarto de
Jorgito?
PATRICIA:
Allí falta uno.
JORGE.
Siempre sí va a ser a mi cuarto.
Y en la sala falta uno
BENITA:
¿Pues por qué no dicen las cosas
bien?
PATRICIA:
Y va a haber
norte, se va a soltar el frío y no hay bastantes cobijas.
BENITA:
Yo ya no voy a andar cargando como pendeja, de un lado a otro.
JORGE:
A ver, te ayudo.
NELLY.
Y me acompañas a comprar mi
boleto a México: yo ya me voy.
JORGE:
Chapis, espérate tantito.
Salen Benita, Nelly y Jorge.
Entra Chacho.
PATRICIA:
Usted que me agarra otra vez y
le digo a su abuela.
CHACHO.
A poco te enojaste.
PATRICIA:.
Sí me enojé. Andele, cargue eso. ¿No anda de tentón? Pues sirva de
algo
Sale, dejando allí catre y
cobijas.
CHACHO:
¿Y
adónde me llevo esto? Espérate. (Quedo.) Pinche gata apretada.
Carga las cosas y sale. Cambio
de luz
Entran despacio, intensos,
Constanza y Héctor. Vienen hablando ya. Caminan, se detienen. Dan unos
pasos más. Agustín y Adrián entran de igual modo. Como si los cuatro fueran
cruzando la casa, de un extremo a otro.
CONSTANZA:
Si me hubiera yo casado a
tiempo... Iba yo a casarme, se han de acordar, ¿verdad? Iba yo a casarme.
Estaba... de la edad de Vevita. Pero él tenía un carácter... El era de
ésos de tenerme en la casa, "mi mujer no trabaja, la mantengo yo", él
era... Yo quería ser independiente. (Se ríe.) Independiente. Por eso no me
casé. (Se para enfrente de los tres.) No puede ser. Voy a ser una vieja. Se me
ha ido la vida en cuidar a mamá y a la mima. ¡No puede ser! También yo
tengo que... también yo quiero...Héctor: tú siempre has hecho tu santa
voluntad, desde chico; tú has hecho todo lo que has querido. Y eres libre. Nada
más das tus clases y haces tus libros... ¡Pues acá puedes dar tus clases!
Si hasta te pagarían mejor que en México.
HECTOR.
Eso crees
CONSTANZA:
Héctor, vente a vivir acá. Si ya
tu amigo, ése, ¿cómo se llamaba?
HECTOR.
Se llama. No se ha muerto.
Rubén.
CONSTANZA:
Eso. Rubén. Ya no vive contigo.
Digo, que estás tú solo. Y esa criatura, Nelly, tu alumna, ya se va para
Europa...
HECTOR.
Todavía no es seguro.
CONSTANZA:
Casi seguro, le falta un examen
de rutina, la becaron, se va a Europa. Vas a estar solo. ¿Por qué no te vienes
a vivir acá?
HECTOR:
Mi trabajo
está en México. ¿Qué iba yo a hacer aquí?
CONSTANZA:
-
¡Lo mismo
que allá! Y tú, que dices de irte al norte, a empezar desde nada
¿qué vas a hacer al norte? Podrías quedarte aquí, trabajar aquí- Tanta gente
que te te quiere, saben que fue un error, que fue una tontería, quieren darte
trabajo... Haces mal en huir, deberías salir, ver a la gente, quedarte aquí. Si
te vas a otro lado, vas a sentirte peor; si vivieras aquí, no pagarías ni
renta ni muchas cosas…Elisa y tus hijos tal vez vendrían después aquí. Y
la abuela te adora. Esta es tu casa, más que ninguna, mamá y la abuela
estarían felices, más que conmigo, porque conmigo se pelean, soy parecida a
ellas y soy mujer Y estoy nerviosa. Estoy histérica. Nos pelearnos. Me
falta tolerancia, me falta... Y en cambio tú, te quieren tanto, eres el consentido,
eres...
ADRIAN.
Elisa no va a aceptar vivir
aquí.
CONSTANZA:
Pero si tú vives aquí...
ADRIAN.
Provisionalmente. Y no doy nada,
ni puedo dar nada.
CONSTANZA
Yo seguiría pasando el gasto...
(El niega. Se vuelve de espaldas a ella, recargándose contra
la pared, la frente apoyada, la mano en alto.) Agustín, manda aquí a tus
dos hijos mayores. O pide acá tu cambio, te lo darían.
AGUSTIN-
Esta plaza es muy inferior a la
que tengo. Y los muchachos estudian, te has dado cuenta.
CONSTANZA:.
Y aquí hay escuelas, te has dado
cuenta. Mejores que allá
AGUSTIN.
¿Y cuánto me costaría mantener
aquí a dos hijos? Que la abuela no tolera ni quiere mucho, te has dado cuenta.
CONSTANZA:
Te costaría muy poco, porque yo
pago todo aquí, todo y gano diez veces menos que tú, te has dado cuenta.
AGUSTIN.
Mando a mamá una mensualidad.
CONSTANZA:
Me he dado cuenta: decorativa,
simbólica.
AGUSTIN.
Y tengo cinco hijos,
responsabilidades, y la exigencia de una vida social, y nadie me da gastos de
representación, pero tengo que hacerlos, y tengo que viajar...
CONSTANZA:
¡Y yo no tengo nada! ¡Nada!
Responsabilidades. Ninguna vida social. Y pago todo lo de la casa, hasta
los impuestos.
AGUSTIN.
Puesto que va a ser tuya. Ya la
pusieron a tu nombre.
CONSTANZA:
Para que ande como fantasma,
vieja y sola, cuando se mueran mis viejitas, por los cuartos vacíos. Sin
haberme ganado recuerdos vivos, cosas de esas que, aunque duran poco, me
iluminaran la vida entera. Sin haberme ganado más que el derecho de andar quitando
telarañas de un caserón vacío. Voy a irme. Se los digo a los tres: me voy.
Piensen qué van a hacer o a quién mandan aquí, porque me voy.
ADRIAN.
No te pongas así.
CONSTANZA:
¿Y cómo quieres que me ponga? Se
largaron los tres, los tres hicieron sus vidas y lograron dejarme aquí
enganchada, los tres.
HECTOR.
Lo dices como si hubiera sido de
intento.
CONSTANZA :
Fue
de intento. Fue de intento. Fue de intento. Cada pasito que vamos dando
es de intento, conduce a donde queremos. Fue de intento. Me dejaron aquí. (Se
sienta en la silla.)
HECTOR.
Si
eso que dices es verdad, es que querías quedarte Te quedaste de intento.
Constanza llora, quejándose,
gimiendo, con la cara entre las manos. Los ve a los tres:
CONSTANZA:
Egoístas. (Sale, aprisa.)
Un silencio.
HECTOR.
Está muy mal Constanza. Hay que
hacer algo.
ADRIAN.
Pobrecita. Tiene razón.
AGUSTIN.
Es la menopausia. (Sale.)
Los otros salen también,
despacio, tras verse confusamente a los ojos. Entra Veva y Vevita.
VEVITA:
Así en bola, ni me dan ganas de
ir.
VEVA:
Va mucha gente de todos modos:
da lo mismo ir en grupo que a solas.
VEVITA:
No da lo mismo. ¿Van a llevar a
la mima?
VEVA:
Claro que va a ir.
VEVITA:.
Pues si me
sale con pesadeces, le voy a dar una mala respuesta
VEVA:
Dásela: se la merece. Ni creas
que yo te voy a regañar.
VEVITA:
Pero mi papá sí.
VEVA:
Yo te defiendo, déjamelo a mí.
VEVITA:
Te advierto que me voy a poner
mi bikini nuevo. Y que no me vayan a decir nada, porque verán; ya me cansaron,
ahora sí.
VEVA:,
Póntelo, hijita, ponte tu
bikini; si tuviera tu cuerpo, yo también me lo pondría.
Salen.
Patricia pasa aprisa y hablando
a gritos.
PATRICIA:
Pues yo no sé qué cuarto es de
quién y ya no muevo más los catres. Ya me cansé. Que los acomoden ellos y
que se repartan las cobijas como quieran.
Salió.
Entra Elisa: una mujer en verdad
elegante, muy guapa. Viste un jersey de seda, muy ligero, gris pálido; trae un
collar de perlas. Ve en torno, duda de lo que va a hacer. Se detiene junto a la
silla, parece que posara, como modelo de ropa. Se queda inmóvil
Entra Adrián, se queda viéndola.
Un silencio, quietos.
ELISA:
Amor.
Un silencio.
ADRIAN.
Entra, ¿no? ¿Qué haces aquí
parada?
ELISA:
Sí. Deja verte. Estás muy flaco,
de mal color. Ay, Adrián.
Empieza a llorar.
ADRIAN.
Ya. No te pongas así.
ELISA:
¿Por qué no me habías buscado?
ADRIAN.
Mh. (Se aleja dos pasos.)
ELISA:
Supe cuando saliste y, pues,
pensé que ibas a hablarme, a buscarme. Claro, sí supe que aquí estabas en tu
casa, todo se sabe... ¡Pero yo esperaba que me hablaras!(Un silencio.) Se me
ocurrió también, ¿y no estará esperando que yo lo busque? Pero eso no era
lógico. Querrá estar solo algunos días, pensé... ¡No sabía qué pensar, ni
qué hacer! También me daba pena con tu familia, ¿cómo iba yo a venir a
reunirme contigo, en casa de ellas? Pues no, ¿verdad?
El la ve: ella se limpia los
ojos con cuidado. Lo ve: trata de sonreír.Un silencio.
ADRIAN.
Pudieron consultarme lo de los
niños. Avisarme siquiera.
ELISA:
¿Cómo te iba a salir con eso? Te
lo podías imaginar, sin tener que ir a darte explicaciones. A papá le dio miedo
que en la escuela les dijeran de cosas y como todo mundo hablaba de lo tuyo, y
salía en los periódicos, pues... Pensé que lo entenderías. Están en un
buen colegio, van a aprender inglés, y... Era mejor así, que no se dieran
cuenta. No piensas que hice mal, ¿verdad?
ADRIAN.
Pienso que pudieron habérmelo
dicho.
ELISA:
¿Pero cómo? Tú no te
llevas bien con mi padre. Y él quería visitarte, o verte, algo, fui yo la que
le dijo: "papá, mejor no vayas a ese lugar horrible"...
ADRIAN.
¿Y cómo sabes que es horrible?
ELISA:
... Pensando que te podría
disgustar, que te sentirías mal con papá si fuera a visitarte.
Eso pensé. Y yo... (Calla.)
ADRIAN.
(Tras un silencio.) ¿Y tú?
Sí, ¿Y tú?
ELISA:
Era todo tan feo, los
periódicos, todo. Publicaban las mismas fotos mías que antes habían salido en
sociales. Y la gente, luego dicen tanto esas cosas de la visita conyugal, ¿cómo
va a ser? ¿Que ahí a la cárcel vayan esposas a acostarse? No pensé que tú fueras
nunca a pedirme eso, pero la gente, tú la conoces, diría que iba yo a eso, como
una puta y no como tu esposa. A ese lugar horrible.
ADRIAN.
¿Y cómo sabes que es horrible?
ELISA:
Dicen que es... Bueno, yo digo
por... (Lo ve a la cara.) Tú no querrías haberme visto allí, ¿verdad?
Adrián ve a los lados y le dice
aprisa:
ADRIAN.
Aquí, he dicho que me visitabas.
En días especiales. Porque iban todos a verme y preguntaban por ti. Yo les
decía que ibas, en días especiales. Y les he dicho que nos vemos cada ocho
días, desde que salí. Me largo fuera, todo el día, y digo que nos vimos.
Así es que, cuidado.
ELISA:
¿Y para qué les cuentas eso?
Adrián va a decir algo: calla.
ELISA:
Digo, ya sé, ellos piensan que
yo debía... ¡Pero tú no! Tú no piensas así. ¿O piensas, tú también, que
debí presentarme en ese sitio, a visitarte allí? Porque era insoportable pensar
que allí estabas. Yo no podía ir a verte. Así, a verte allí con mis ojos, entre
rejas, y estar yo allí también, no podía. Ni tú podías querer que fuera a verte
allí. Dime lo que pensabas. Dime qué piensas.
El se retira.
ADRIAN.
No sé qué pienso. Sí sé.
Digo... Que tengo planes, ir al norte, trabajar, estar más cerca de los niños.
Poder pasar a verlos. Traerlos con nosotros. Que nos fuéramos juntos, pienso,
que empezáramos todo allá, como quienes somos, como dos gentes pobres, sin
conocer a nadie, sin que nadie se fije si tú andabas antes de otro modo, o si
tú y yo... ¿Por qué viniste a verme?
ELISA:
¿Yo? ¿Acá? Pues es lo
natural, ¿no? Verte. Venir a verte.
ADRIAN.
¿Qué es lo que quieres?
¿Divorciarte? Ella empieza a llorar.
ELISA:
¿Por qué me hablas así? Yo
quería resolver todo de otro modo. Pensar juntos lo que fuera mejor. Estar
juntos, hablar. Dame un pañuelo, éste es muy chico. Vámonos a la calle. No
quiero que tu familia me vea llorar así.
Recibe el pañuelo. Solloza.Entra
Celia.
CELIA:
Ay, Elisa, qué sorpresa.
Hasta que al fin te vemos, ¿cómo estás? ¿Estás llorando?
ELISA:
No, no, nada más...
ADRIAN.
Sí está llorando, ¿no la ves?
CELIA:
Eso me pareció. Pues mira
que no esperábamos verte por acá. Pasen a la sala. O mira, no: si están
hablando de cosas privadas, vayan a tu cuarto, Adrián. Es que llegó
Agustín, con su mujer y sus dos hijos mayores, y hay otras visitas. Váyanse a
tu cuarto.
ADRIAN.
Lo están llenando de catres.
Ahí están las criadas.
CELIA:
Voy a decirles que saquen todo y
les dejen su recámara en paz.
ELISA:
Señora, yo no... (Calla.)
Sale Celia.
ADRIAN.-
Díselo:que tú no vienes a
quedarte.
ELISA:
Pues no, ¿aquí, cómo?
ADRIAN.
Eso, cómo.
ELISA:
No sería.. . prudente, no
sería...
ADRIAN.
Tú vienes a la cama conmigo. Ya.
ELISA:
Ay, Adrián, suéltame, no. Tu
familia...
ADRIAN.
Cállate. Vamos.
La aprieta contra sí, la palpa
toda, le aprieta las nalgas, pechos.
ELISA:
¡Cómo quieres que aquí...
La besa brutalmente en la boca,
la tienta, la estruja. Sale, llevándola consigo. Entra Nelly, trae una
grabadora pequeña, en la que oye un poema en francés, que va terminando en ese
momento. ("10 juin 1936", de Robert Desnos, Domaine Public, NRF).
Mueve los labios, escuchándolo.
VOZ GRABADA:
Chaque jour le ciel est si clair
que les nuages dans l'air
Sont comme I'écume sur la mer.
Morts! Epaves sombrées
dans la terre,
Nous ignorons vos miseres
Chantées par les solitaires.
Nous
nageons, nous vivons,
Dans
l'air pur de chaque saison.
La vie este belle et l'air est
bone.
Entra música: es
"Menilmontant', de Trenet. Ella canta la letra, quedito, dibujando mucho
la pronunciación con los labios. Va, poco a poco, tomando pose y haciendo un
acto levemente ridiculizado de music-hall.
NELLY.
Menilmontant,
mais
oui, madame,
c'est la que j'ai
laissé mon coer,
c'est la que bien
retrouvé mon ame,
toute ma
flamme,
tout mon
bonheure.
Quand je
revois
ma
petite eglise
oú le
marriage
allait
gaiment.
Quand je
revois
ma
vieille maison grise
méme
la brise
parte d'antain
(Sube la voz, agranda los
gestos.)
Elle me
raconte
comme
autre fois,
des
jolies contes,
heau
jours passés.
Je vous revois...
(Hacia “gran final".)
Un rendez-vous,
une musique'
mes vieilles réves,
toutes
romans
toutes
romans
l'amour
poetique
et patetique,
Menilmontant..
Queda en pose de vedette,
sonriendo... Oscuridad repentina. Un fogonazo fotográfico deja verla un
instante más. Oscuridad. Inmediatamente, sin pausa alguna:
La Playa
Hacia el fondo y a la derecha,
una silla de playa. Casi al centro, un montón de arena. Nada más. Luz
que, todo el tiempo, cambiará, se opacará, brillará de nuevo, por el paso de
las nubes.
Elisa está en la silla, sentada
bellamente. Misma ropa.Adrián, un poco al centro y de espaldas a ella, Agustín,
Héctor, Chacho, Jorge, Adolfo y un joven -Luis- ven al mar; todos de frente y
en traje de baño, forman una fila irregular. Tirada al sol, sobre una toalla,
también en traje de baño, Patricia.
LUIS.
Quiere decir que va a haber
norte. Así como está picado el mar, y este cielo que ven: hoy va a cambiar el
tiempo.
AGUSTIN.
Pienso en los días inolvidables
de la infancia, aquellos nortes, aquellas escapadas de la escuela... ¿Te
acuerdas, Héctor? Llevábamos a Adrián a su kinder...
ADRIAN.
Y me quitaban mi dinero y se lo
gastaban en cigarros, cabrones. Risas.
HECTOR.
Ves una ola, y otra y otra. Y de
repente, queda como flotando encima una trama de reflejos. Es nada más un
cambio de los ojos, y ya estás viendo esa otra cosa, un puro tejido de luz.
Luego, ajustas a ver el agua y se te vienen los ojos con las olas. Si sigue uno
viendo y viendo, se va uno borrando, se va quedando en blanco. Eso nada más
pasa con el mar: me borro, ya no soy yo.
ADRIAN.
Pasa igual cuando ves el fuego.
O si te pones a ver mover las ramas de los árboles.
HECTOR.
Pero es más fuerte el mar.
ADOLFO.
Conocí el mar hasta hace poco,
yo crecí en México. Y nunca había venido a ver el mar.
AGUSTIN.
¿Y qué impresión te hizo?
ADOLFO.
Me pareció fabuloso. Conque éste
es el mar, pensé. Claro, luego, ya se acostumbra uno.
LUIS.-
Cuando el mar está así, no hay
que nadar muy adentro. Salen corrientes, que jalan. Y luego, hay pozas. Se va
uno caminando y de repente no pisa fondo; cuando quiere uno nadar, vienen esas
corrientes que les digo y jalan a lo profundo...
CHACHO.
Para mí que se ve cachondo;
tanta movedera, como suben y bajan las olitas... O será que se ven las olas y
ya está uno esperando ver las viejas medio encueradas.
ADRIAN.
Dicen que los ahogados sufren
mucho. Por luchar contra el agua, será, la angustia de salvar la vida. Llegado
el caso, lo mejor ha de ser hundirse, llenarse de agua los pulmones y dejarse
ir hasta el fondo. Les apuesto que así no se sufre nada.
AGUSTIN.
Lo que impresiona del mar es la
grandeza. Es como la imagen del infinito.
HECTOR.
Eso que dices del viento,
Adrián...
ADRIAN.
¿Qué digo del viento?
HECTOR.
Y del fuego. Irte, clavarte
viendo, no saber de ti. Eso que decíamos.
ADRIAN.
Eso, ¿qué?
HECTOR.
Es porque son los elementos
puros, ¿no? Ver árboles y nubes moviéndose, es ver el aire. O cuando ve
uno el fuego. Son... las fuerzas naturales, lo que está fuera de uno, lo
exterior tal como es, sin nosotros. Y por eso se sale uno de sí mismo: porque
está viendo el juego puro de un elemento.
ADRIAN.
Pues a la tierra no te le quedas
viendo así. Y si la ves, no te hace nada: no te hipnotiza. Y es un
elemento.
HECTOR.
No. La
tierra no. Esa no dice nada: nomás allí está. Muy distinta, la tierra.
ADOLFO,
Para nadar, no sirve, la verdad.
Es demasiado. Son más cómodas las albercas. Y la seguridad
de saber dónde está la orilla, si acaso da un calambre. Una alberca tiene muy
claritos sus límites...
CHACHO.
Es tan cachondo el mar, que ya
ven los ostiones. Y las almejas, y la hueva de tortuga: pura cachondería, puro
fósforo. Es como tragarse la fuerza del mar.
JORGE
Dan ganas de ir al otro lado.
De irse derecho, en b arco. 0 de volar en avión, por encima del mar.
Me paro a ver cargar los barcos, o a ver llegar los barcos por la noche,
llenos de luces, con el lanchón del práctico trayendo al barco grande como
quien dice de la mano, Y la sirena, cuando entra a puerto... Y el faro dando
vueltas...
ADOLFO:
De todos modos, me gusta
bastante el mar. Cuando tenga más vacaciones, voy a volver. Aunque
ahora quiero conocer Acapulco.
Héctor pone una mano en el
hombro de Luis.
LUIS.
Han de decir mis amigos que dónde ando. Voy a ver qué hacen.
HECTOR
Sí, claro, Ve Con ellos.
LUIS.-
¿No vienes?
HECTOR.
Sí. Vamos.
Salen.
CHACHO:
Ya ligó mi tía.
AGUSTÍN
Es un chiste muy estúpido y
fuera de lugar. Adolfo va a pensar...Es un chiste más bien pendejo, ¿no
crees7
CHACHO.
Sorry, papá.
ELISA:
Me acordaba de Mazatlán. Tan
distinto que es allá el mar. Aquí es verdoso, y allá es azul. ¿Te acuerdas?
Por la ventana del hotel, toda la curva de la bahía. Veíamos oscurecer
desde la terraza... Tantísimos reflejos... Siento como si de eso hiciera mucho
tiempo...
ADRIAN.
Hace mucho tiempo.
AGUSTIN.
¿Cuándo fueron a Mazatlán?
ADRIAN.
En la luna de miel.
AGUSTIN.
Cambiar un mar por otro, como
quien dice.
ADRIAN.
Así fue.
ELISA:
Quiero un agua de coco.
ADRIAN.
(Seco.) ¿Traes dinero? Yo
no.
ELISA:
Sí traigo. Ven.
Van saliendo, se cruzan con la
Abuela, que entra.
ADRIAN.
Abuelita, vas a nadar, Qué
bueno. (La besa.)
Salen Elisa y Adrián.
La abuela viste un anticuado
fondo de algodón, blanco, amplio, con tirantes y encajes de adorno. Viene
descalza; trae suelto el pelo, muy blanco y todavía abundante.
AGUSTIN.
¡Abuelita! ¿Vas a meterte al
agua?
ABUELA.
Naturalmente.
AGUSTIN-
¡No te vaya a hacer daño!
ABUELA:
¿Cuándo le ha hecho daño a nadie
meterse al mar?
AGUSTÍN:
Pues...
después de comer: Se tuerce uno
ABUELA:
Yo no he comido nada.
CHACHO;
.
Mima, cuánto
Pelo tienes, y qué bonito
ABUELA:
Ya se me
está acabando. Lo hubieras visto hace unos veinte años.
CHACIIO
No se podía,
no había nacido.
Entra Vevita, en bikini.
VEVITA:
¡Miren a la bisabulita, también ella se puso en traje de baño!
ADOLFO:
¿Y tú no vas a ponerte traje? ¿O a poco son traje
esos confetis?
VEVITA:
Ay, Adolfo, no seas pesado.
ADOLFO:
No, si es broma. Pues total,
quítatelos.
VEVITA:
Papá, míralo.
Agustín tose.
ADOLFO.
Es broma señor. No se crea.
CHACHO:.
No te fijes,
cuñado. Más encuerada anda otras veces.
AGUSTIN.
Hija, creo que exageras.
VEVITA:
¿Que exagero de qué? ¿De qué
exagero, a ver? Ahora sí, ¿quieren que me vista como la Mima?
ADOLF'O.
Que te vistas, punto.
VEVITA:
Pues no tiene nada mi traje.
CHACO.
Nada: exactamente.
ADOLFO.-
No es que me meta yo, señor, en
lo que no me importa: pero va uno con ella así y a los cinco minutos se está
rompiendo el hocico con los gañanes que se la quedan viendo.
CHACHO.
Total, no seas egoísta: deja que
otros también la gocen.
VEVITA:
(Grita, furiosa.) ¡Ya me voy a
vestir!
ABUELA:
¿Para qué, hijita? Si
estás preciosa. Vevita va a contestar algo: sale.
ADOLFO.
Voy a acompañarla. No sea
que alguien se meta con ella. Sale.
AGUSTIN.
¿Dónde está tu madre? ¿Cómo deja
que tu hermana salga así? Es el colmo. ¿Y ese pendejo del novio qué se ha
creído? ¿Que ya es su marido, o qué?
CHACHO.
Con suerte ya es.
AGUSTIN.
¡Respeta a tu hermana!
CHACHO.
Yo nomás decía.
AGUSTIN.
¿Dónde está tu madre?
CHACHO.-
Con la tuya. Digo, las vi
juntas, por allá.
Sale Agustín. Chacho se muere de
risa. Luego, patea a Jorge, boxea con él, salen boxeando. La Abuela se
sienta en la silla de playa.
ABUELA:
Tú quién eres, criatura? ¿La
alumna de Héctor?
PATRICIA:
Ay, doña Catita, soy Paty, su
sirvienta.
ABUELA:
Te desconocí. Será porque estás
sin ropa.
PATRICIA:
No se fije. (Alza un libro, como
ha venido haciendo todo el tiempo, le pasa los ojos, lo deja otra vez. Pausa.)
Estoy en secundaria, voy por la tarde. Ya sé un poco de inglés. El año
que viene voy a estudiar belleza, porque es rápido y deja mucho.
ABUELA:
¿Qué es eso de belleza?
PATRICIA:
Pues peinar, y... pintar el
pelo, rizarlo... Las uñas... Cosas que hacen en el salón de belleza.
ABUELA:
Esto te va a dejar dinero. Todas
las mujeres más horrorosas pagan porque les hagan desfiguros.
PATRICIA
Pero con eso, voy a estudiar para ser secretaria, o cajera de
banco.
ABUELA:
Cajera: Lo de la
secretaria está muy desprestigiado. ¿Y no vas a casarte?
PATRICIA:
Mire, si encuentro un hombre que
me acomode para mucho tiempo, porque si no, qué caso tiene, ¿no cree?
ABUELA:
Si supieras cómo se me declaró
mi marido... Así que eres Patricia. No está muy indecente tu vestido, los hay
peores. No creas que estoy idiota, yo me acuerdo de todo. Pero veo mal.
Oigo mal, camino mal, ya has visto que muy seguido me caigo. Vive uno mucho,
algo debe pagar por seguir aquí.
PATRICIA:
Yo no quisiera vivir tanto.
Tanto así como usted, yo no.
ABUELA:
Fue muy curioso con mi marido:
no me di cuenta cuando se me declaró. Había en la casa un gran guanábano; ya tú
has visto qué frutas dan, tan inmensas y tan deformes, que ni maduran casi,
porque se caen; ahí se quedan tiradas, con su carnita blanca al aire, con sus
semillas negras, tiene uno que estar apuntálandolas... Pues había tantas, tan
dulces; a mi marido, digo, era sólo un vecino, amigo de la casa, le regalé una
fruta, una guanábana. Y verás que me dio las gracias con un versito,
bastante lindo. Lo leí; yo pensé nada más: "qué bonito versito”.
Pero lo vio mi hermana, y ella me dijo: "se te está declarando'.
Y era verdad. Eso eran los versitos: una declaración de amor.
PATRICIA:
¿No quiere usted meterse al
agua? La acompaño, la ayudo. Deme la mano.
ABUELA:
(Se la da.) Voy a decirte los
versitos, para que veas cómo decían. Eran así...
Salen las dos.
Entran, jugando a la pelota,
Adolfo, Vevita con una bata corta encima del bikini, Chacho, Jorge y Nelly.
Gritan, ríen, voces ad libitum; sale la pelota por un lado, corren todos
tras ella.
Salen.
Entran, cruzando despacio,
Adrián y Elisa. Tomados de la mano.Sombríos.
ADRIAN.
Sé que tienes vergüenza, que te
cuesta trabajo andar conmigo. Por eso pienso que en otra parte...
ELISA:
Ya tú conoces a papá... Para tu
mismo orgullo, no aceptas que te ayuden como mi esposo... ¡Pues ése sería el
modo de ayudarte por ti mismo!
ADRIAN.
(Se ríe con sarcasmo.) Por mí
mismo.
ELISA:
(Se detiene.) Dímelo
honradamente: ¿crees, de verdad, que no me iría yo a alcanzarte?
ADRIAN.
No sé nada. Tú tampoco.
Ella ve al suelo, al mar.
Suspira.
ELISA:
Era tan lindo venir con
amistades, con los niños, verlos jugar, verlos hacer castillos de arena...
Salen.
Entra Veva y Celia; ésta se ha
peinado en salón de belleza, trae zapatos y medias en la mano.
CELIA:
Elisa es una muchacha tan fina y
tan bonita ... Y se viste tan bien... Se ve que no es dejada, que se cuida bien
la figura.
VEVA:
Yo no me voy a privar de nada
por estar flaca. Y a Agustín no le gustan los esqueletos: le encanta que se le
llenen las manos. Entre más me crezca todo más habrá para que agarre Agustín.
CELIA:
Se ve
que los años lo han cambiado. A ti también: antes no hablabas
vulgaridades.
VEVA:
No me gusta andar de hipócrita,
ni soltar indirectas, ni decir lo que no siento. Vivir a gusto, da mucha
libertad; es una como es. Y vivimos felices, tenemos de todo. Acabamos de
comprar otro juego de comedor; vendí el viejo, que ya no nos gustaba; el nuevo
está precioso.
CELIA:
Dichosos
ustedes que pueden comprar tantas cosas.
VEVA:
Siempre me ha gustado que lo mío
sea bueno: que mis hijos, tan preciosos, crezcan entre lo bueno. Agustín me da
todo para mis hijos y para mí, todo mío, mi marido mío, mis hijos míos, mi casa
mía, mis muebles finos, mi cocina moderna, todo mío.
Salen. Veva trae puesta
una bata de baño. También está descalza. Entra Nelly, sin aliento. Se
detiene. Entra Jorge.
JORGE.-
¿Qué pasó?
NELLY.
Me cansé.
Se abrazan estrechamente.
Un silencio.
NELLY.-
Nos peleamos del diario, nos
aburrimos juntos, no nos gustan las mismas películas, te diviertes haciéndome
enojar... Y ni siquiera sé cuánto me quieres.
JORGE.-
Ni yo tampoco.
NELLY.
¿Cuándo vas a saberlo?
JORGE.-
Después de que te vayas.
NELLY.
Cuando Héctor te contó lo de mi
beca, te pusiste blanco.
JORGE.-
Sí,
eso pasó.
NELLY.
Pero ya que me vaya, no va a
importarte nada, ¿verdad?
Se separan. Jorge la ve,
pone las manos en los hombros de ella.Hablan factualmente, no en forma
sentimental.
JORGE.
Me va a doler.
NELLY.
¿De veras?
JORGE.
¿No estás viendo que desde
ahora me duele?
NELLY.
¿Por qué entonces ... ?
JORGE.
¿Qué?
NELLY.
Pierdes el tiempo así, como si
todo fuera grave, menos lo nuestro. Podrías vivir con Héctor y conmigo.
Podrías tratar de ir también a París. Podríamos estar juntos mucho más
tiempo.
JORGE.
Debe uno pensar que está
enfrente toda la vida y organizarse para muchos años. Ir hacia algo, planear
cómo vivir, contando con que algún día seremos diferentes... Acabar la
carrera...
NELLY-
Te portas como si fueras igual a
tu familia. Y no eres.
JORGE.
¿No? No.
NELLY.
Y
has de pensar que yo voy a estorbarte... ¿O dirás que lo nuestro no es cosa
seria?
JORGE.
Nos peleamos del diario, nos
aburrimos juntos, no nos gustan las mismas películas. Y ni siquiera sé cuánto
me quieres.
NELLY.
Yo
sí lo sé: te quiero mucho.
JORGE.
Y tú me dueles. Cuando pienso
que te vas, se me baja toda la sangre a las patas. Pero no se pueden tirar
todas las cosas, de golpe, ni vivir en el puro impulso del momento.
NELLY.
¿Por qué no?
JORGE.
Están todos los años por
delante.
NELLY.
¿Y hoy? ¿Y aquí?
El la abraza. La aprieta.
JORGE.
Hoy. Aquí.
Se besan.
Salen corriendo sin transición.
Entra Adrián, Elisa, Veva y Agustín.
VEVA:
(Molesta.) Ya no les cuentes
eso.
AGUSTIN.
Me gusta que la gente sepa cómo
eres. ¿O les parece mal, a ustedes, que lo platique?
ELISA:
No...
VEVA:
Por fortuna, ya no he tenido más
oportunidad de ser así.
AGUSTIN.
¿Pero cuánto tiempo de amargura
pasamos? Tú sabes lo que es un año, un año sin trabajo. Y ese don que ésta
tiene para vender todo, y que se lo paguen: nuestros objetos de la casa, y los
suplía con otros, y los vendía también, si se ofrecía... Cuando me veía
desesperado, enclaustrado en la depresión, pues hacía aparecer de pronto varios
billetes, como con varita de virtudes, y nos llevaba a todos al cine y a cenar
a la calle. Luego ya me enteraba yo de que había vendido dos o tres de sus
propios vestidos...
VEVA:
Ya no me quedaban.
AGUSTIN.
Y por qué no? Porque ella
nos guisaba, claro, pero comía solita en la cocina, sin que la viéramos. Casi
siempre había huevos para los niños, bistec para mí... Ella comía frijoles,
papas y tortillas. Por eso engordó. Y no vine a saberlo sino muchísimo después.
Con la penuria se pierde la figura más fácilmente que con la opulencia: por las
dietas mal balanceadas.
ELISA:
Yo he visto muchos pobres muy
flacos.
AGUSTIN.
Pero ella no es así. Había una
sola cosa que no vendía: sus cubiertos antiguos, 54 piezas de plata, verdaderas
obras de arte. Se los dio de regalo de Navidad a un amigo que estaba en la
política. Y por eso me dieron lo de Aduanas, y por eso estamos tan bien, y
tenemos un futuro para los hijos y para nosotros. Por los cubiertos de mi
gorda, por sus sacrificios. ¿Pues cómo no van a ser cosas para decirse?
Elisa ha estado viéndose las
uñas, ha jugado con su collar.
ELISA:
Hay una sola cosa que no te
creo, Agustín.
AGUSTIN.
¿Qué cosa?
ELISA:
Que hayas tardado muchísimo en
saber lo que tu mujer comía.
AGUSTIN.
¿Por qué me dices eso?
ELISA:
Porque nadie se sacrifica de
veras en secreto. Los demás lo saben siempre, y se hacen guajes. Aceptan el
sacrificio, muy a gusto. Para después sentirse atados y pagar con desamor, con
engaños...
AGUSTIN.,
Tú sabrás por qué dices
eso.
ELISA:
Claro que
sé: porque así sucede. Miren que bien nada la abuelita. Se ve preciosa.
Salen despacio Elisa, Adrián,
Agustín... Veva se retira unos pasos.
Queda parada, aprieta el puño
contra la boca. Agustín regresa.
AGUSTIN.
¿Qué pasa, mi Veva? ¿Qué tienes?
VEVA:
Suéltame, no tengo nada.
No me abraces, hace mucho calor.
Salen.
Entra Constanza. Se
arrodilla junto a la toalla que está tendida, sin nadie. Empieza a hablar.
CONSTANZA:
... No parece un hombre de
estudios, por su trabajo: es mecánico, y anda con su overol de grasa. (Risita.)
Luego en la calle es otro, cuando vamos al cine o a la playa... Se le fue la
mujer, le dejó una criatura... No me avergüenza andar con él, no creas que
tengo esos prejuicios, él se va a divorciar, pues está bien, aunque no hablamos
de eso, y mientras, vivir juntos, podría estar bien, pero he visto las fotos de
su mujer, joven y guapa, soy diez años mayor que él, y no sé si me quiere...
Cuando los dos, bueno, puedo decírtelo, cuando los dos nos acostamos en un
hotel de las afueras, me da un trabajo horrible sentir algo, verás que me
distraigo, que me asusto, estoy al borde de sentir, de llegar a sentir, de
veras, y sucede que pienso en otra cosa, que miro el cuarto del hotel, que oigo
algún ruido, algo, no sé, o será que me ha entrado miedo de no sentir todo,
porque es como morirse, la vez que me pasó empecé a gritar, ya no sabía quién
era ni dónde estaba, gritaba yo, gemía, no sabía más de mí, casi como morirse,
de verdad, borrarme, ya no ser yo, me dio después vergüenza de ese abandono,
aunque él se puso tan contento de que me pasara, ya no me ha vuelto a
suceder...
(Entra Nelly, o ha entrado un
poco antes, se tiende al sol en la toalla, con los ojos cerrados, en el sitio
hacia el cual habla Constanza la cual no modifica su actitud ni se interrumpe.
Sigue.) ...
Y se va a trabajar unos meses a
Oaxaca, quiere que me vaya yo con él, y voy a irme, tengo un miedo horroroso,
pero dije que sí, que voy a irme, y sé muy bien que si voy aunque sea por un
mes, o dos, no voy a regresar, me quedaré en su casa, nos quedaremos en otra
parte, yo no puedo traerlo a vivir conmigo, ni echarle al cuello a mis
viejitas, porque pesan, le cuidaré a su hijo, creo que es eso lo que quiere...
He de estar loca, pienso en todo esto y en vez de darme júbilo, nada más me dan
ganas de llorar...
Llora. Nelly se incorpora,
queda de rodillas junto a ella, la abraza, le da un beso.
NELLY.
Todo va a salir bien. Sabes ya
cómo va a ser todo y por eso te angustia... ¡Pero tú lo habrás escogido, y
estará bien!
CONSTANZA:
Tal vez estará bien, pero no voy a ser feliz.
Entra corriendo Agustín.
AGUSTIN.
¿Adónde está abuelita? Hay
que tomarse una foto, todos juntos.
Sale corriendo.
Entran Benita y Patricia: no
parecen hacer caso de las otras dos mujeres, que se han quedado quietas. Benita
usa, a manera de traje de baño, su propio fondo de artisela, muy raído.
BENITA:
Te pagan más que a mí.
PATRICIA:
De eso, yo no tengo la culpa.
BENITA:
Soy como de la familia, dizque.
De milagro me dan nada. Pero qué tal cuidé a los niños cuando estaban enfermos,
qué tal los llevé y los traje de la escuela. Qué tal me desvelé para que todos
pasearan... Pero eso sí, llegaba a notarse que me querían, ya estaba doña Celia
muerta de celos, diciéndoles de cosas para que se rieran de mí. Y venir a
la playa, como hoy: "Benita, pon la sombrilla; Benita, carga; Benita,
jódete; Benita, muérete". Ya me voy a largar a mi casa, con mis
hijos. ¿Pues qué hago aquí, no crees? No hay nada que sea mío...
PATRICIA:
Es lo que yo pienso.
BENITA:
Y si voy con mis hijos, ya ni me
quieren. Siempre tuvieron celos, dizque más me ocupaba de éstos que de ellos.
"Es mi trabajo, para que crezcan bien, para que tengan letras y no
anden de sirvientes, como su madre". Pero esas cosas no las entienden los
hijos.
PATRICIA:
¿Y estudiaron?
BENITA:
Todos. Por eso ahora se afrentan
de mí.
PATRICIA:
Cosas tuyas, Benita, cómo van a
afrentarse.
Celia se asoma.
CELIA:
Ay, Benita, hasta que te
encuentro. Busquen a todos y reúnan los, pero ya. Que vengan aquí, que ya
tenemos al fotógrafo.
Desaparece Celia.
BENITA:
(Quedo.) Reúnalos usted, vieja
floja, mandona. Salen Patricia y ella.
CONSTANZA:
Yo no me voy a retratar. Sólo
eso me faltaba. Se levanta y sale.
NELLY.
Constanza, cómo va a ser.
Constanza...
Sale tras ella.
Entra despacio, muy despacio, la
Abuela, con el pelo suelto. Respira profundamente. Se arrodilla y toma puños de
arena, que deja correr muy despacio entre los dedos, como si tratara de
conservarla y se le escapara. Luego, se ve la mano vacía.
Entra el fotógrafo, con su
cámara anticuada sobre un tripié, cubierta por un trapo negro, con una cubetita
colgada, para enjuagar las fotos. Se instala parsimoniosamente en primer
término, izquierda. Es inexpresivo, tranquilo, dueño de una paciencia eterna.
La Abuela no parece advertirlo.
Empieza a cantar, queda y afinadamente, "Las violetas' de Lerdo de Tejada,
paráfrasis de Heine.
LA ABUELA:
(Cantando.)
Te envié por la mañana unas
violetas
que a la alborada entre la selva
hallé,
Entra Agustín, llamando a los
demás. La Abuela no interrumpe su canción.
AGUSTIN.
Vengan, dice que aquí nos
coloquemos. Veva, Chacho, Vevita, vengan, llamen a sus tíos, vamos a
retratarnos.
LA ABUELA:
(Ha seguido.)
y te traje
por la noche frescas rosas
que a la
hora del crepúsculo corté.
¿Sabes lo
que en simbólico lenguaje
tan
bellas flores quieren expresar?
Decir,
decir, que sepas
serme fiel durante el día
y que en la noche
me sepas amar.
Entran Veva, Chacho, Vevita y
Adolfo. Mientras se colocan dicen, por encima del canto de la Abuela:
VEVITA:
¿Nada más nosotros?
AGUSTIN.
No, todos. ¿Y mi mamá?
VEVA:
Allá está molestando a Benita.
AGUSTIN.
Qué barbaridad. Vayan por sus tíos.
Salen Agustín, Vevita y Chacho.
Adolfo va a ir con ellos.
VEVITA:
Acompaña a mi mamá. (Sale.)
ADOLFO.
Con mucho gusto.
Sonríe falsamente, va hacia
Veva. La Abuela ha terminado su canción, repitiendo los dos últimos versos:
ABUELA:
Que sepas
serme fiel durante el día
y que en
la noche me sepas amar...
VEVA:
(Muy amable.) ¿No le incomoda cómo ando vestida?
ADOLFO.
(Inocente.) ¿A mí? ¿Por qué había de incomodarme, señora?
VEVA:
Porque acostumbra usted criticar la ropa de personas ajenas, bien
puede criticar la mía, ¿no'
ADOLFO.
Yo, digo,
pues es que...
VEVA:
(No se ha interrumpida.) Porque
Vevita a usted no le toca nada. Pidió permiso para que usted viniera a
aparecérsenos aquí y yo le dije, “pues todo mundo es libre de llegar a donde
nosotros estamos” Y eso es todo.
ADOLFO-
(Trata de decir.) No, señora, yo sólo decía...
VEVA:
(No se ha interrumpido.) ¿Qué no
le parecía bien el traje de baño de mi hija? ¿Y por qué le
ha de parecer nada? ¿O es usted algo de ella? ¿O usted se lo compró?
ADOLFO:
Soy su novio, señora.
VEVA:
¿Novio? Será su amigo,
como otros tantos, que sí son dignos de pisar nuestra casa, porque jamás se
toman atribuciones indebidas.
ADOLFO:
(Quedo.) Le pido mil disculpas.
VEVA:
Se las va
usted a pedir a Vevita- ¿A mí por qué?
Entra Vevita
VEVITA:
(Muy hipócrita.) Ya viene mi tía
Constanza.
VEVA:
Este joven quería decirte algo.
Dígaselo.
ADOLFO.
Que
me... que... me disculpes por lo que te dije.
VEVITA:
¿De
qué, Adolfo?
ADOLFO.
De tu
traje.
VEVITA:
Ah.
Pero fue broma tuya, ¿verdad?
ADOLFO.
Sí.
Eso era.
VEVA:
Este
joven anda diciendo que es tu novio. Explícame eso.
VEVITA:
Mamá,
yo no le he dado pie. Ha de ser por creído.
VEVA:
Eso
digo yo.
VEVITA:
(Risita.) No es cierto, gordis, es broma.
VEVA:
Y
quítate esa bata, que te vas a asar.
VEVITA:
Es verdad, hace calor.
Se la quita, emitiendo una
risita maligna.
Estira y acomoda los músculos de
su cuerpo, mientras respira hondamente. Alza los brazos.
La Abuela no ha perdido una coma
de toda la escenita, sin disimular su atención y haciendo ruidos significativos
de vez en cuando.
Ahora, vuelve a jugar con la
arena. Entran Adrián y Elisa. Se colocan en pose con los otros, todos de
frente, en fila el fotógrafo va y acomoda el grupo como le parece artístico.
Llevan a la Abuela y la colocan
con todos, mientras entran Celia y Agustín.
CELIA:
Una vez más, mientras lo permita
el destino, toda la familia está reunida. Bueno, faltan algunos nietos, y hay
aquí gentes que no nos tocan de nada, pero vamos a quedar unidos en un retrato.
Qué hermoso es eso.
ABUELA:
Sí, preciosos que son los
retratos de grupo. Para que al rato empiecen a contar a los muertos.
CELIA:
Mamá, te encanta decir cosas
feas.
Vienen Jorge, Nelly y Constanza.
CONSTANZA:
Nosotros aquí los tres, juntos.
Llegan Chacho, Héctor y Luis.
AGUSTIN.
¿Qué tanto hacían?
CHACHO.
Nos tomamos unas cheves.
AGUSTIN.
Colóquense.
LUIS.
Bueno, yo no. Si es una foto de
familia... Buenas tardes a todos.
HECTOR.
Este es Luis. Es amigo mío.
Digo, nos... conocimos y somos...
Esta es mi familia, Luis.
Gestos de saludo, sonrisas
falsas.
NELLY.
Con algunos adornos extra. Como
yo.
ADOLFO.
Y como yo.
LUIS.
Pues me pondré también de adorno
extra.
HECTOR.-
Sí. Tú allí, Jorge. Luego,
Nelly. Luego, yo...
LUIS:
Luego yo.
El fotógrafo vuelve a organizar
la composición. Va a su cámara.
CELIA:
Pero yo no voy a salir descalza.
Es una ridiculez.
AGUSTIN.-
Señor, ¿van a salir los pies?
El fotógrafo asiente.
CELIA:
¿Ya ven? Y los tengo muy
feos. Voy a buscar mis zapatos. Acompáñame, hijito.
Salen Agustín y Celia.
AGUSTIN.
Un
momento nada más. Para que mamá salga chulísima.
CELIA:
Ay, hijo, cómo voy a salir
chula. Si me he puesto tan fea. Ya no soy la misma de antes.
Salen. El grupo se relaja,
se medio descompone, esperan.
CONSTANZA:
¿Y entonces, Nelly?
NELLY.
Pues me gastaba todo. Empezar a
ganar se me hacía tan extraordinario. Tenía yo los programas de radio, los
doblajes... Ya estaba yo acabando mi carrera. Pensaba un poco a veces en poner
casa, pero no muy en serio. Me sentía yo muy bien. Y entonces fue que Deisy
regresó a su país y empezó a vender todo: como fuera, rematar todo. Cuando fui
a visitarla, le quedaba ya nada más el refrigerador: nuevecito, perfecto y de
muy buena marca, precioso estaba. Yo traía cuatrocientos pesos: en eso me lo
dio. ¡Me puse tan contenta! Y llegué al habituario a contárselo a mis amigas.
"Qué bárbara, qué ganga”. "Eso no pasa todos los días'.
"Qué suerte tienes”."¿Cuatrocientos pesos un refrigerador? ¡Qué
locura!” Claro, no podía yo llevármelo al habituario; eran cuartitos amueblados
y vivíamos allí estudiantes de varias escuelas. Pues ahora sí, a fuerza, debía
yo buscar casa, para tener dónde meter el refrigerador. Y no tenía ni un
mueble: debía comprarme cama, cuando menos, y una mesa con sillas; y unos
libros, y... cobijas, lámparas, ropa de cama, toallas, y también cuadros y
cortinas para que aquella casa no pareciera hospicio...Y licuadora, y radio, y
sepa Dios que más. Me empezó a entrar miedo, y una rabia espantosa contra el
maldito cachivache que en mala hora se me había ocurrido comprar. Pasé en
vela toda la noche, ya oía silbar las fábricas, no podía dormirme y me puse a
llorar; todo era horrible, por culpa del refrigerador... Cuando empezó a salir
el sol, me acordé que mi amiga Myrna ya mero iba a casarse. Y estábamos
peleadas, ni nos hablábamos. Pues me fui a despertarla y le di de besos y le di
el refrigerador, a condición de que fuera a buscarlo ese mismo día y no
volviera yo a verlo nunca. Pobre Myrna, no sabía cómo agradecerlo. Y me dormí
feliz, toda la mañana. Hasta dejé perder una grabación.
El fotógrafo vuelve a
acomodarlos a su gusto. Risitas, pantomimas de volverse algún personaje.
La Abuela hace muecas a la cámara, se ríen todos.
ABUELA:
De todos
modos las viejas somos horrorosas.
NELLY-
Tiene usted
un pelo precioso.
ABUELA:
Lo hubieras
visto todavía hace veinte años...
LUIS.
¿Y es
cierto que escribes?
HECTOR.
Tengo tres libros
publicados. Y yo mismo pagué la edición del primero. Todavía quedan muchos.
LUIS.
A ver si me regalas uno.
HECTOR.-
Al segundo no le fue bien. Tuvo
críticas buenas, pero no se vendía. Lo ofrecieron en promoción, de una estación
de radio; durante un mes, a los veinte primeros que hablaron por teléfono, les
daban a escoger entre dos regalos: un disco o el libro mío. Todos pedían el
disco.
LUIS.
Pues también de ése me has de
dar.
Entran Celia y Agustín.
CELIA:
¿A qué horas nos retratan? ¿Qué
esperan?
VEVA:
Nada más a que usted se acomode.
Es todo lo que falta.
VEVITA:
Ven con nosotros, abuelita. Y la
Mima del otro lado. A ver dónde te colocas, papá.
Los acomoda el fotógrafo.
ADRIAN.
¿Y no se va retratar Benita?
CELIA:
Tan bonita que está para que la
retraten. Pobre cámara.
HECTOR.
Tan bonitos que estamos todos.
CELIA:
No va a caber en la foto tanta
gente. Ya somos muchos.
ADRIAN.-
Voy a traer a Benita.
CELIA:
Tráela, hijo, tráela. Si no
cabemos, ni modo.
Sale Adrián. Elisa va con
él
AGUSTIN.-
Pues
espérese otro momentito, señor.
CHACHO.
Paciencia, compañero.
HECTOR
Mamá, ¿qué te parecería si me
viniera yo a vivir contigo y con la abuelita? ¿Te gustaría?
CELIA:
Hijo, yo sólo soy feliz cuando ustedes están conmigo. ¿Dices
mudarte a vivir acá?
HECTOR.
Eso se me ocurrió.
CELIA:
Hijo mío, llevas una vida muy
libre... No sé cómo te sintieras volviendo a este lugar tan chico, donde todo
mundo nos conoce.
HECTOR.-
Yo me sentiría bien; el lugar,
quién sabe. Y Constanza podría tomarse una vacaciones largas, descansar de la
casa, de su trabajo, de tantas responsabilidades. Bien lo merece.
CELIA:
Hijo mío, Constanza nació para
vivir así, con nosotros. Obsérvala: siempre está feliz.
VEVITA:
Se está nublando el cielo.
ADOLFO.
No va a salir la fotografía.
LUIS.
Claro que sale: quedándonos quietos más rato.
Entran Benita, Patricia, Adrián
y Elisa.
BENITA:
Yo
no sé para qué me quieren aquí.
ADRIAN.
Porque es la foto de la
familia: estamos todos y tienes que estar tú.
BENITA:
Ni están todos, ya ves,
no vinieron tus hijos. Y yo ni les hago falta.
ADRIAN.
Anda, Benita, con nosotros dos,
en medio.
CHACHO.
Patricia, vente conmigo.
Ella se va a otro extremo.
El fotógrafo va a su cámara.
Ve desde dentro.
FOTOGRAFO.-
Están muy bien así. No vayan a
moverse, va a ser de tiempo. Voy a contarles hasta tres. Nadie se mueva
hasta que haya yo dicho "tres".
ADOLFO.-
Y como no hay
pajaritos, vean esa ola.
CHACHO.
Sí hay pajaritos.
VEVA:
Cállate.
VEVITA:
Ay, sí, todos vemos
una ola que sea muy diferente de otras y que esté quieta.
HECTOR.
Todas son diferentes y
quietas, Vevita.
LUIS.
Hay las más grandes: ésas se
notan.
ADRIAN.
Porque se estrellan en seguida y
con más ruido.
Los rostros de todos van tomando
una expresión especial "para retrato"
PATRICIA:
Mi día completo es mío,
nadie me ordena tonterías.
ELISA:
No llorar, no tener miedo.
Hay música de baile.
VEVITA:
Un espejo muy grande.
CELIA:
Mi
piel tersa y sin manchas, mi cuello lindo, como entonces...
ADOLFO.
Ya pusieron mi nombre en
la puerta de la oficina.
CHACHO
Les
gusto a las mujeres, caigo bien, puedo ser lo que quiera.
AGUSTIN.
Me acuerdo de esos
ensueños tontos, de juventud, y no me duelen
VEVA:
Tener algo.
ABUELA:
Recordar...
FOTÓGRAFO.
Dos. ..
Desde este momento, los rostros
de todos quedan ya sonrientes, estereotipados ligeramente, fijos, rostros de
fotografía. No corresponderán las expresiones con lo que se diga.
JORGE.
Después de lo de Nelly, que
afectó tanto a mi tío, yo seguí trabajando, ganando más. Ya me iba a recibir.
La dientona, como le decía Nelly a María de Lourdes, visitaba a todos mis tíos
y hacía proyectos. Y los míos, mis planes, se cumplían. Empezaban a verse un
poquito vacíos, un poco tristes. Pero ya no había más. Chacho se había casado,
también Vevita... Ya me tocaba a mí. Fue cuando vino mi accidente. Iba en
motocicleta, no sentí nada, ni me di cuenta casi: volví la cara, se me venía
algo encima. Y de repente, yo ya no estaba aquí.
NELLY-
Al empezar la curva, alguien
gritó. Era un paisaje prodigioso, eso veníamos viendo, los Alpes. Ya nunca supe
por qué gritaron, no supe quién. Después, muy poco claramente, llegué a
entender que tenía yo la cara despedazada, lo decían en francés, y que a causa
del golpe podía yo quedar ciega, o paralítica, si viviera. Estuve oyendo
quejidos mucho tiempo: eran los míos.
BENITA:
Hubieran visto llorar a Celia,
pobrecita. No me quería cerrar los ojos, le daba miedo tocarme. Y me di cuenta
de que no todos los parentescos son de sangre: Celia es mi hermana; pero no va
a saberlo nunca.
ADRIAN.
Hay quienes sufren varios
infartos: yo sólo tuve uno. Y fui a caer enfrente de la abuela. Un
estallido aquí, un desgarrón tremendo que no me dejaba respirar.Un dolor de
despedazarse, como si se agolpara allí mi vida entera. No duró mucho.
ABUELA:
(Grita.)
¡Adrián! Eso no lo he olvidado. Ni Constanza tampoco.
CONSTANZA:
(Quedo.) Las dos solas aquí en
la casa. Viendo esta foto, contando los difuntos. Las dos quedamos todavía, la
Abuela y yo. Pero la foto ha ido borrándose, poco a poco.
Luz muy intensa, blanca, por un
instante.
Luego, se va volviendo una luz
amarilla, cada vez más opaca y borrosa.
Sube el ruido del mar.
Telón