VISITANDO AL REY LEAR
INSTRUCCIONES PARA
VOLVERSE LOCO (Y QUE EL PÚBLICO APLAUDA Y NO SE VAYA)
(Monólogo)
Por GAVARRE BENJAMIN
© INDAUTOR
Cd. De México
© BENJAMÍN GAVARRE SILVA
Contact: bengavarre@gmail.com
gavarreunam@gmail.com
Camerino de un gran teatro. El Actor, Richard
Daniel, se pega la barba de Lear con un pegamento que huele a demonios. Se mira
al espejo como si mirara a un enemigo íntimo, y de pronto, con un sobresalto
sutil, clava la mirada en el infinito, donde está el público. Bebe un sorbo de
vino directamente de la botella.
¿Lo oyen? Ese timbre. Primera llamada, primera. Es la campana de la
ejecución. No me miren... no me miren con esa cara de respeto; ustedes
saben muy bien que el respeto es esa inútil cortesía que se le tiene a los
muertos, y yo todavía respiro y sudo. Sudo tres litros tres de pura agua
destilada por función, ¿saben? Lo he medido. Un Lear en la tormenta
pierde más líquidos que un maratonista, pero con el agravante de que nosotros
llevamos lanas y terciopelos y, a veces, una corona de plástico o peor aún, una
peluca rubia y larga como de hippie trasnochado.
Pues éste que ven soy yo. El "Actor de carácter". Ladislao
Cervera, mejor conocido por el majestuoso nombre de Richard Daniel. Un hombre
que ha pasado de ser el príncipe de Dinamarca a ser el viejo rey Lear que les grita
a los ventiladores. Y en cuanto a Hamlet es necesario confesar que solo
hace falta ser muy guapo y tener infinitas dudas: ¿Seré ese yo? Serás la misma
que antes eras? “Eres o no eres”, ya saben…
Pues bien, para ser el Lear hace falta tener las rodillas destrozadas, cara
de desquiciado y una deuda impagable con el Banco.
Les cuento… En esta
producción el director dice que somos "el alma de un ritual sagrado".
Mentira. Cuando más somos un grupo de neuróticos tratando de no chocar con la
escenografía o de caer ridículamente al foso de la orquesta. Yo nunca me he
caído, saben… Nunca… O tal vez sí, pero no fue para arruinar la función, de eso
no les quepa duda alguna… Pero, si quisiera —en teoría solamente—, podría
simplemente por maldad hundir la función con solo bajar un tono. El director se
pondría lívido en su silla de diseño, pero yo soy el que le salpica litros de
saliva al público en la cara. Por cierto, este director se siente la divina
garza, pero los hay peores… Hay unos que no me llaman para audiciones porque dicen
que yo ya soy un actor consagrado… Dicen dicen que yo "ya tengo un
nombre". Y que no podrían pagarme lo que me merezco, ja… ¡Qué ironía tan
fina! No me llaman porque saben que en el segundo ensayo le corregiría el
movimiento escénico y le explicaría por qué su "visión vanguardista"
choca contra las leyes de la teoría de géneros y estilos y que su
desconocimiento del arte del verso es infinito. El prestigio, querido amigo, es
como la maldición del Óscar. Se cotizan muy por encima de los presupuestos, o
no pueden trabajar en proyectos de menos importancia, están sobre cualificados
y, oh paradoja, por eso no los llaman, y bueno qué me dicen de un pobre actor
de carácter, grrr, que lo único que quiere es llenar el refrigerador. Yo la verdad pienso que muchos directores me
tienen pánico. Temen que abra la boca y, en lugar de obedecer, les suelte una
lección sobre cómo se proyecta una vocal sin parecer que estás sufriendo un
cólico nefrítico. Dicen: "No queremos molestar al maestro con una
audición". Lo que quieren decir es: "No queremos que el viejo nos
deje en evidencia delante de los becarios". El prestigio, queridos ustedes, es la
jaula más cómoda del mundo.
(Se ajusta la túnica con un gesto brusco).
¿Saben? Así como me ven… de guapo, he tenido muchas amantes, y no se
rían. El teatro es un nido de amores de cinco largos actos. Muchas actrices que
se enamoraban de mi gallardía y se despertaban con mi aliento indescriptible.
Resultado: Nada duradero. Y también hay que decir que es difícil convivir con
un hombre que tiene el cerebro lleno de gente muerta. Mi prestigio es una
prisión pública, queridos ustedes, pero la verdadera prisión está dentro...
donde los fantasmas me persiguen. La que finalmente resulto ser mi mujer me
tiene pánico. Imagínense esta escena: Sara me contaba el otro día, entre gritos
y sollozos, que me desperté en mitad de la noche, empapado en sudor, señalando
al armario y gritando a pleno pulmón: "¡Ay mísero de mí, ay
infelice!".
Yo le he pedido que me dé las gracias: otros maridos gritan nombres de
otras mujeres; yo solo grito versos de Calderón de la Barca. "Cállate ya,
Segismundo", me dice ella, "apaga la luz y deja de hacer esgrima en
la cama". Yo sé que ella tiene razón. La vida es sueño, pero el
despertador suena a las siete y no entiende que los sueños… sueños son.
Las pesadillas de Calderón son malas, los sueños recurrentes en los que
se me perdió mi vestuario son terribles, otros son como lo que le pasa a
Segismundo… He soñado que soy El Avaro, y grito porque no encuentro mi dinero. Sara
me trata de despertar, aterrorizada, y yo le grito: "¡Mi cofre! ¡Mi
cofrecito! Finalmente me acaba dando una bofetada y yo me despierto con un muy
feo sabor de boca por haber perdido toda mi fortuna.
Las aventuras con Molière
son muy divertidas para quienes castigan al malvado Harpagón, pero hay pánicos todavía
más intensas… Mi pobre Sara se tuvo que aguantar otra de mis pesadillas… Yo me
levanté, sonámbulo y gritaba en un perfecto inglés:
"¡A horse! ¡A horse! ¡My kingdom for a horse!"
... ¿Se imaginan el pánico? Yo no sé si quería realmente un caballo, o
que un maldito taxi me llevara al aeropuerto… Pero así fue… Pobre Sara, dice
que ya no quiere dormir conmigo. Y la entiendo, pobre.
A mi edad, ya no interpretas a los personajes, los heredas como
enfermedades. He sido Edipo, y todavía me pican los ojos cuando hay
mucho humo en el escenario. Fui Segismundo, y todavía me siento a veces como si
este camerino fuera una prisión de la que solo salgo para que me miren unos
desconocidos. Hoy me toca ser el anciano Rey loco. Y con una nueva Cordelia,
por cierto…
Greta… La 'nueva
estrella'. La chica que hace de Cordelia. Me mira con una mezcla de lástima y
reverencia, como si yo fuera una catedral en ruinas que puede desplomarse sobre
ella en cualquier momento. Tiene esa frescura insultante de los que todavía
creen que el arte va a salvar el mundo. Ella se siente Greta Garbo, y yo la
miro como: mira, mi hija, bájale tres rayitas a tu estupidez… Dice que será
famosa porque ya sale en una serie de televisión y le hacen big big close ups
con una cámara de alta definición. Pues bien, que se haga famosa… que sea la
actriz del momento, no me importa. Yo,
en cambio, seguiré fiel a las tablas y a la 'verdad del escenario'. Ja, ni yo me
la creo… Qué frase tan estúpida. La única verdad del escenario es que, si se te
olvida el diálogo, tus compañeros te miran con cara de te vamos a asesinar
mientras le sonríen con una mueca rara al respetable público.
(Se pone la máscara, pero se detiene, mirando
al infinito del público).
Esta noche… En el clímax de la tormenta, cuando tenga que maldecir a los
elementos, quizá me dé por lo heroico y, en lugar de invocar a los vientos, me
quede mirando a los ricos del palco y les cuente con lujo de detalle todas las
deudas que tengo que pagar, incluidas mis deudas con el banco, estas últimas con
el tono de una tragedia de Sófocles. ¡El efecto será magistral! Una fisura en
la realidad. Un ejemplo de teatro pobre… del teatro del pobre de mí… El
prestigio hecho añicos por fin. Un grito de libertad contra la dictadura del
libreto.
…Pero yo sé que no lo haré. Soy más que un artista, un artesano de la
palabra y el gesto. Me levantaré, iré hacia los reflectores que me dejan cada
día más ciego —y daré mi pequeño homenaje al Cisne de Avon— y haré bien mi
trabajo. Le gritaré a los ventiladores mientras pierdo la cabeza,
en ese continuo ensayo hacia la locura. Moriré una vez más en escena, como en cada
función, y aunque sea una obra de invención pura, al menos un
espectador llorará como nunca.
(Se escucha, por el altavoz del camerino, la voz seca y precisa del
traspunte ):
— "Maestro Richard... Segunda llamada.
Prevenido en foro, estamos a dos minutos de su entrada".).
Bueno… Esa es mi señal. Mi entrada al ruedo y las fanfarrias. Me voy a
que me aplaudan por estar loco, ciego o encerrado. El Rey perderá su reino, una
vez más. Con mucha soberbia, algo de dignidad y un poco de cinismo: el único
maquillaje que no se corre con el sudor y las lágrimas.
(Richard Daniel recupera una elegancia
imperial y sale del camerino. El sonido del público rompiendo en aplausos se
oye justo antes de que se cierre la puerta).
FIN