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miércoles, marzo 18, 2026

GAVARREBENJAMIN: VISITANDO AL REY LEAR

 

 



VISITANDO AL REY LEAR 


INSTRUCCIONES PARA VOLVERSE LOCO (Y QUE EL PÚBLICO APLAUDA Y NO SE VAYA)

(Monólogo)

 

Por GAVARRE BENJAMIN

© INDAUTOR

Cd. De México

©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

Contact: bengavarre@gmail.com

gavarreunam@gmail.com

 

Camerino de un gran teatro. El Actor, Richard Daniel, se pega la barba de Lear con un pegamento que huele a demonios. Se mira al espejo como si mirara a un enemigo íntimo, y de pronto, con un sobresalto sutil, clava la mirada en el infinito, donde está el público. Bebe un sorbo de vino directamente de la botella.

¿Lo oyen? Ese timbre. Primera llamada, primera. Es la campana de la ejecución. No me miren... no me miren con esa cara de respeto; ustedes saben muy bien que el respeto es esa inútil cortesía que se le tiene a los muertos, y yo todavía respiro y sudo. Sudo tres litros tres de pura agua destilada por función, ¿saben? Lo he medido. Un Lear en la tormenta pierde más líquidos que un maratonista, pero con el agravante de que nosotros llevamos lanas y terciopelos y, a veces, una corona de plástico o peor aún, una peluca rubia y larga como de hippie trasnochado.

Pues éste que ven soy yo. El "Actor de carácter". Ladislao Cervera, mejor conocido por el majestuoso nombre de Richard Daniel. Un hombre que ha pasado de ser el príncipe de Dinamarca a ser el viejo rey Lear que les grita a los ventiladores. Y en cuanto a Hamlet es necesario confesar que solo hace falta ser muy guapo y tener infinitas dudas: ¿Seré ese yo? Serás la misma que antes eras? “Eres o no eres”, ya saben…  Pues bien, para ser el Lear hace falta tener las rodillas destrozadas, cara de desquiciado y una deuda impagable con el Banco.

Les cuento… En esta producción el director dice que somos "el alma de un ritual sagrado". Mentira. Cuando más somos un grupo de neuróticos tratando de no chocar con la escenografía o de caer ridículamente al foso de la orquesta. Yo nunca me he caído, saben… Nunca… O tal vez sí, pero no fue para arruinar la función, de eso no les quepa duda alguna… Pero, si quisiera —en teoría solamente—, podría simplemente por maldad hundir la función con solo bajar un tono. El director se pondría lívido en su silla de diseño, pero yo soy el que le salpica litros de saliva al público en la cara. Por cierto, este director se siente la divina garza, pero los hay peores… Hay unos que no me llaman para audiciones porque dicen que yo ya soy un actor consagrado… Dicen dicen que yo "ya tengo un nombre". Y que no podrían pagarme lo que me merezco, ja… ¡Qué ironía tan fina! No me llaman porque saben que en el segundo ensayo le corregiría el movimiento escénico y le explicaría por qué su "visión vanguardista" choca contra las leyes de la teoría de géneros y estilos y que su desconocimiento del arte del verso es infinito. El prestigio, querido amigo, es como la maldición del Óscar. Se cotizan muy por encima de los presupuestos, o no pueden trabajar en proyectos de menos importancia, están sobre cualificados y, oh paradoja, por eso no los llaman, y bueno qué me dicen de un pobre actor de carácter, grrr, que lo único que quiere es llenar el refrigerador.  Yo la verdad pienso que muchos directores me tienen pánico. Temen que abra la boca y, en lugar de obedecer, les suelte una lección sobre cómo se proyecta una vocal sin parecer que estás sufriendo un cólico nefrítico. Dicen: "No queremos molestar al maestro con una audición". Lo que quieren decir es: "No queremos que el viejo nos deje en evidencia delante de los becarios". El prestigio, queridos ustedes, es la jaula más cómoda del mundo.


(Se ajusta la túnica con un gesto brusco).

¿Saben? Así como me ven… de guapo, he tenido muchas amantes, y no se rían. El teatro es un nido de amores de cinco largos actos. Muchas actrices que se enamoraban de mi gallardía y se despertaban con mi aliento indescriptible. Resultado: Nada duradero. Y también hay que decir que es difícil convivir con un hombre que tiene el cerebro lleno de gente muerta. Mi prestigio es una prisión pública, queridos ustedes, pero la verdadera prisión está dentro... donde los fantasmas me persiguen. La que finalmente resulto ser mi mujer me tiene pánico. Imagínense esta escena: Sara me contaba el otro día, entre gritos y sollozos, que me desperté en mitad de la noche, empapado en sudor, señalando al armario y gritando a pleno pulmón: "¡Ay mísero de mí, ay infelice!".

Yo le he pedido que me dé las gracias: otros maridos gritan nombres de otras mujeres; yo solo grito versos de Calderón de la Barca. "Cállate ya, Segismundo", me dice ella, "apaga la luz y deja de hacer esgrima en la cama". Yo sé que ella tiene razón. La vida es sueño, pero el despertador suena a las siete y no entiende que los sueños… sueños son.

Las pesadillas de Calderón son malas, los sueños recurrentes en los que se me perdió mi vestuario son terribles, otros son como lo que le pasa a Segismundo… He soñado que soy El Avaro, y grito porque no encuentro mi dinero. Sara me trata de despertar, aterrorizada, y yo le grito: "¡Mi cofre! ¡Mi cofrecito! Finalmente me acaba dando una bofetada y yo me despierto con un muy feo sabor de boca por haber perdido toda mi fortuna.


Las aventuras con Molière son muy divertidas para quienes castigan al malvado Harpagón, pero hay pánicos todavía más intensas… Mi pobre Sara se tuvo que aguantar otra de mis pesadillas… Yo me levanté, sonámbulo y gritaba en un perfecto inglés:

"¡A horse! ¡A horse! ¡My kingdom for a horse!"

... ¿Se imaginan el pánico? Yo no sé si quería realmente un caballo, o que un maldito taxi me llevara al aeropuerto… Pero así fue… Pobre Sara, dice que ya no quiere dormir conmigo. Y la entiendo, pobre.

A mi edad, ya no interpretas a los personajes, los heredas como enfermedades. He sido Edipo, y todavía me pican los ojos cuando hay mucho humo en el escenario. Fui Segismundo, y todavía me siento a veces como si este camerino fuera una prisión de la que solo salgo para que me miren unos desconocidos. Hoy me toca ser el anciano Rey loco. Y con una nueva Cordelia, por cierto…

Greta… La 'nueva estrella'. La chica que hace de Cordelia. Me mira con una mezcla de lástima y reverencia, como si yo fuera una catedral en ruinas que puede desplomarse sobre ella en cualquier momento. Tiene esa frescura insultante de los que todavía creen que el arte va a salvar el mundo. Ella se siente Greta Garbo, y yo la miro como: mira, mi hija, bájale tres rayitas a tu estupidez… Dice que será famosa porque ya sale en una serie de televisión y le hacen big big close ups con una cámara de alta definición. Pues bien, que se haga famosa… que sea la actriz del momento, no me importa.  Yo, en cambio, seguiré fiel a las tablas y a la 'verdad del escenario'. Ja, ni yo me la creo… Qué frase tan estúpida. La única verdad del escenario es que, si se te olvida el diálogo, tus compañeros te miran con cara de te vamos a asesinar mientras le sonríen con una mueca rara al respetable público.


(Se pone la máscara, pero se detiene, mirando al infinito del público).

Esta noche… En el clímax de la tormenta, cuando tenga que maldecir a los elementos, quizá me dé por lo heroico y, en lugar de invocar a los vientos, me quede mirando a los ricos del palco y les cuente con lujo de detalle todas las deudas que tengo que pagar, incluidas mis deudas con el banco, estas últimas con el tono de una tragedia de Sófocles. ¡El efecto será magistral! Una fisura en la realidad. Un ejemplo de teatro pobre… del teatro del pobre de mí… El prestigio hecho añicos por fin. Un grito de libertad contra la dictadura del libreto.

…Pero yo sé que no lo haré. Soy más que un artista, un artesano de la palabra y el gesto. Me levantaré, iré hacia los reflectores que me dejan cada día más ciego —y daré mi pequeño homenaje al Cisne de Avon— y haré bien mi trabajo. Le gritaré a los ventiladores mientras pierdo la cabeza, en ese continuo ensayo hacia la locura. Moriré una vez más en escena, como en cada función, y aunque sea una obra de invención pura, al menos un espectador llorará como nunca.

(Se escucha, por el altavoz del camerino, la voz seca y precisa del traspunte ):

— "Maestro Richard... Segunda llamada. Prevenido en foro, estamos a dos minutos de su entrada".).

Bueno… Esa es mi señal. Mi entrada al ruedo y las fanfarrias. Me voy a que me aplaudan por estar loco, ciego o encerrado. El Rey perderá su reino, una vez más. Con mucha soberbia, algo de dignidad y un poco de cinismo: el único maquillaje que no se corre con el sudor y las lágrimas.

(Richard Daniel recupera una elegancia imperial y sale del camerino. El sonido del público rompiendo en aplausos se oye justo antes de que se cierre la puerta).

FIN