martes, mayo 26, 2015

Auto-da-fe Tennessee Williams




Auto-da-fe

Tennessee Williams

PERSONAJES:
MME. DUVENET
ELOI1, su hijo

Escena
La terraza de delante de una vieja casita de madera en el Vieux Carré de Nueva Orleans. Hay palmeras o plátanos, uno a cada lado de los es­calones de la terraza, macetas de geranios y de otras flores de colores vivos a lo largo de la ba­laustrada, que es baja. El conjunto da una impre­sión de siniestra antigüedad; incluso las flores sugieren la riqueza de la decadencia. No lejos de allí, en Bourbon Street, la abigarrada procesión de bares y cabarets lanza a los aires los sones, amortiguados por la distancia, de los tocadiscos y, de cuando en cuando, algunas carcajadas. MADAME DUVENET, una frágil mujer de sesenta y sie­te años, está sentada meciéndose en la terraza, iluminada por el débil y triste resplandor de una puesta de sol de agosto. ELOI, su hijo, sale de la casa. Es un hombre frágil, de cerca de cuaren­ta años, de tipo flaco y ascético, con ojos oscuros y febriles.

Ambos, madres e hijo, son fanáticos, y en su modo de hablar hay un matiz de magia poética o religiosa.

MME. DUVENET: ¿Por qué le hablaste en un tono tan desagradable a la señorita Bordelon?
ELOI (Apoyándose contra la columna): Me saca de quicio.
MME. DUVENET: Todos los huéspedes que tenemos te son antipáticos.
ELOI: No es de fiar. Creo que entra en mi habi­tación.
MME. DUVENET: ¿Qué te hace pensar eso? 
ELOI: Tengo pruebas de ello.
MME. DUVENET: Pues puedo asegurarte que no en­tra en tu cuarto.
ELOI: Alguien entra en mi habitación y anda en mis cosas.
MME. DUVENET: Nadie toca jamás nada en tu ha­bitación.
ELOI: Mi cuarto es mío. No quiero que entre en él nadie.
MME. DUVENET: Sabes muy bien que yo tengo que entrar para limpiarlo.
ELOI: No quiero que lo limpies.
MME. DUVENET: ¿Quieres que esté sucio?
ELOI: Lo que quiero es que no entres, ni a lim­piarlo ni a nada.
MME. DUVENET: ¿Cómo ibas a poder vivir en una habitación que no se limpiase nunca?
ELOI: La limpiaré yo mismo cuando sea nece­sario.
MME. DUVENET: Cualquiera diría que escondes algo. 
ELOI: ¿Qué voy a esconder?
MME. DUVENET: No puedo imaginármelo. Por eso resulta tan extraño que te opongas tan firme-mente a que entre en tu habitación tu propia madre.
ELOI: Todo el mundo necesita un poco de intimi­dad, madre.
MME. DUVENET (Muy digna): Tu intimidad, Eloi, se considerará sagrada.
ELOI: Hum.
MME. DUVENET: Dejaré que se acumule la basura. 
ELOI (Vivamente): ¿Qué entiendes por «basura»? 
MME. DUVENET (Con tristeza): El polvo y el desorden en que prefieres vivir antes que dejar que tu madre entre en tu cuarto para limpiarlo.
ELOI: Tu escoba y su recogedor no servirían de gran cosa. En este barrio hasta el aire es impuro.
MME. DUVENET: No es tan puro como podría ser. A mí me gustan las cortinas limpias, las ropas blancas, me gusta tener todas las cosas de la casa inmaculadas, impecables.
ELOI: Entonces, ¿por qué no nos mudamos a la parte nueva de la ciudad, donde todo es más limpio?
MME. DUVENET: En esta manzana la propiedad ha perdido todo valor. No podemos vender nues­tra casa por lo que nos costaría pintar las paredes.
ELOI: No te comprendo, madre. Siempre estás con el estribillo de la pureza, la manía de la pure­za, y, sin embargo, no te importa vivir en medio de la corrupción.
MME. DUVENET: Yo no tengo ninguna manía. Vivo aquí porque no tengo otro remedio. Y en cuanto a la corrupción, jamás he permitido que me tocase.
ELOI: Pues te toca, te toca. No podemos evitar respirarla. Se nos mete en la nariz e incluso penetra en la sangre.
MME. DUVENET: Creo que eres tú el único que tie­ne manías aquí. No hablas nunca tranquilamente. Siempre te sales por la tangente y elevas la voz y nos excitas a todos sin motivo ninguno.
ELOI: He pasado ya por casi todo lo que puedo soportar, madre.
MME. DUVENET: Bueno, y ¿qué quieres hacer?
ELOI: Marcharme de aquí, mudarme. Este asma mía, en una atmósfera limpia, en la parte alta de la ciudad, donde el aire es más puro, estoy seguro de que no la padecería tan a menudo.
MME. DUVENET: Lo dejo enteramente en tus manos. Si puedes encontrar a alguien que haga una oferta aceptable, estoy dispuesta a mudarme.
ELOI: No tienes ni fuerza para mudarte ni volun­tad para romper con las cosas a que estás acostumbrada. No sabes hasta qué punto estamos afectados ya.
MME. DUVENET: ¿Por qué, Eloi?
ELOI: ¡Por esta vieja y fétida ciénaga en la que vivimos, el Vieux Carré! ¡Aquí brotan todas las especies de degeneración imaginables, no a cier­ta distancia, sino delante de nuestros ojos!
MME. DUVENET: Creo que estás exagerando un poco.
ELOI: Lees los periódicos, oyes hablar a la gente, pasas delante de las ventanas abiertas. ¡No puedes ignorar por completo lo que ocurre! Anoche mutilaron horriblemente a una mujer. Un hombre rompió una botella y le restregó por la cara el extremo roto.
MME. DUVENET: Esas cosas les pasan por llevar una vida disoluta.
ELOI: Noche tras noche hay crímenes en los par­ques.
MME. DUVENET: Todos los parques no están en este barrio.
ELOI: Todos los parques no están en este barrio, pero la decadencia sí. ¡Esa es la lesión princi­pal, el foco de infección, el chancro! En medicina se dice que se propaga por metástasis. Penetra por los capilares y pasa a los princi­pales vasos sanguíneos. ¡De allí se extiende por todos los tejidos que los rodean! ¡Al final no queda nada más que podredumbre!
MME. DUVENET: Eloi, no es necesario hablar en tér­minos tan violentos.
ELOI: Me irrita profundamente.
MME. DUVENET: Debes evitar dar la impresión de ser un exaltado.
ELOI: ¿Tú no tomas posición contra ello?
MME. DUVENET: Sabes bien cuál es mi posición. 
ELOI: Yo sé lo que debe hacerse.
MME. DUVENET: Debe haber leyes encaminadas a hacer reformas.
ELOI: No sólo reformas, sino medidas verdaderamente drásticas.
MME. DUVENET: Yo también soy partidaria de eso, pero dentro de los límites razonables.
ELOI: Razonables, razonables. No puedes ser razo­nable, madre, y extirpar el mal. Es preciso arra­sar la ciudad.
MME. DUVENET: ¿Quieres decir derribar esta parte vieja?
ELOI: ¡Condenarla y demolerla!
MME. DUVENET: Eso no es una posición razonable. 
ELOI: Esa es la posición que yo tomo.
MME. DUVENET: Entonces me temo que no eres una persona razonable.
ELOI: Tengo buenos precedentes.
MME. DUVENET: ¿Qué quieres decir?
ELOI: ¡En las Escrituras hay casos de ciudades destruidas por la justicia del fuego cuando se convirtieron en nidos de inmundicia!
MME. DUVENET: Eloi, Eloi.
ELOI: ¡Condénala, digo, y purifícala por el fuego! 
MME. DUVENET: Tienes una respiración fatigosa. ¡Eso es lo que te provoca el asma, la sobre-excitación, no sólo el respirar aire viciado!
ELOI (Tras una pausa durante la cual se ha quedado pensativo): Tengo una respiración fa­tigosa.
MME. DUVENET: Siéntate y trata de serenarte. 
ELOI: No puedo serenarme.
MME. DUVENET: Deberlas ir a tomar una tableta de amytal.
ELOI: No quiero acostumbrarme a tomar medica­mentos y no poder pasar sin ellos. No estoy muy bien. Nunca me siento bien.
MME. DUVENET: Nunca te cuidas como es debido. 
ELOI: Apenas si recuerdo la época en que me sen­tía realmente bien.
MME. DUVENET: Nunca has sido todo lo fuerte que yo hubiera querido que fueses.
ELOI: Parece como si tuviese fatiga crónica.
MME. DUVENET: Los Duvenet siempre han padeci­do, sobre todo, de los nervios.
ELOI: ¡Oye! ¡Yo tuve una sinusitis! ¿A eso lo llamas nervios?
MME. DUVENET: No, pero...
ELOI: ¡Óyeme! Este asma, este sofoco, este ahogo que siento, ¿a esto lo llamas nervios?
MME. DUVENET: Nunca he estado de acuerdo con el doctor sobre ese padecimiento.
ELOI: ¡Odias a todos los médicos, te enfurece la cuestión!
MME. DUVENET: Yo pienso que toda curación co­mienza con la fe en el espíritu.
ELOI: ¡No puedo seguir así, sin dormir!
MME. DUVENET: Yo creo que lo que te produce in­somnio es comer por la noche.
ELOI: Me calma el estómago.
MME. DUVENET: Algo líquido también te lo calmaría.
ELOI: Los líquidos no me satisfacen.
MME. DUVENET: Pues entonces algo digestivo. Quizá una papilla caliente, con cacao o foscao.
ELOI: ¡Una especie de barro que da náuseas sólo de mirarlo!
MME. DUVENET: Observo que por la noche te destapas.
ELOI: No puedo soportar la colcha en verano. 
MME. DUVENET: Por la noche tienes que cubrir el cuerpo con algo.
ELOI: ¡Oh, Señor, Señor!
MME. DUVENET: ¡Tu cuerpo transpira, y si no te tapas te enfrías!
ELOI: Estás obsesionada con los enfriamientos. 
MME. DUVENET: Únicamente porque tú eres exageradamente propenso a coger resfriados.
ELOI (Con singular intensidad): ¡No se trata de un resfriado! ¡Es una sinusitis!
MME. DUVENET: ¡La sinusitis y todas las afecciones catarrales tienen las mismas causas que los res­friados!
ELOI: Todas las mañanas, a las diez, con la precisión del reloj, empieza a dolerme la cabeza, y no cesa el dolor hasta bien entrada la tarde.
MME. DUVENET: Muchas veces la congestión nasal es la causa del dolor de cabeza.
ELOI: ¡La congestión nasal no tiene nada que ver con este dolor!
MME. DUVENET: ¿Cómo lo sabes?
ELOI: ¡Porque no es en ese sitio!
MME. DUVENET: ¿Dónde es, entonces?
ELOI: Es aquí, en la base del cráneo. Y se extien­de por aquí.
MME. DUVENET: ¿Por dónde?
ELOI: ¡Por aquí!
MME. DUVENET (Tocándole la frente): ¡Oh, ahí! 
ELOI: No, no, ¿estás ciega? ¡He dicho aquí! 
MME. DUVENET: ¡Oh, aquí!
ELOI: ¡Sí! ¡Aquí!
MME. DUVENET: Bueno, pues puede ser vista can­sada.
ELOI: ¿Cuando acabo de cambiar los cristales de las gafas?
MME. DUVENET: Siempre lees con mala luz.
ELOI: Pareces estar convencida de que me hago daño a mí mismo.
MME. DUVENET: Sí que te lo haces.
ELOI: ¡Tú qué sabes! (Enigmático.) Hay miles de cosas que tú no sabes, madre.
MME. DUVENET: Nunca he pretendido ni deseado saber mucho. (Caen en un silencio y MME. DUVENET se mece lentamente. Ha oscurecido casi del todo. Se oye un tocadiscos lejano que toca The New San Antonio Rose. Por fin habla ella, en un tono tranquilo, litúrgico.) Hay tres normas sencillas que yo deseo que observes. ¡Pri­mera, que lleves camisetas siempre que el tiem­po esté inseguro! ¡Segunda, que no duermas destapado, que no apartes la colcha por la no-che! ¡Tercera, que mastiques la comida, que no la engullas! ¡Come como una persona y no como un perro! ¡Además de esas tres sencillí­simas reglas de higiene común, lo único que necesitas es tener fe en la curación espiritual! (ELOI la mira un momento abrumado por la desesperación. Después da un gemido y se le­vanta del escalón.) ¿Por qué esa mirada y ese gemido?
ELOI (Con intensidad): ¡Tú... no... sabes! 
MME. DUVENET: ¿Qué es lo que no sé?
ELOI: ¡Tu mundo es tan simple! ¡Vives en el limbo!
MME. DUVENET: ¿Ah, sí?
ELOI: ¡Sí., madre, sí! ¡Soy para ti un extraño, una persona desconocida! ¡Vivo en una casa en la que nadie me conoce!
MME. DUVENET: ¡Me cansas, Eloi, cuando te pones tan excitado!
ELOI: No te enteras de nada. ¡Te sientas a me­certe en la terraza y hablas de cortinas blancas bien limpias! ¡Mientras yo me abraso, me consumo, y nadie toca el timbre, nadie da la señal de alarma!
MME. DUVENET: ¿De qué estás hablando?
ELOI: ¡Carga intolerable! ¡La conciencia de todos los hombres enlodados!
MME. DUVENET: No te entiendo.
ELOI: ¡Más claro no puedo hablar!
MME. DUVENET: ¡Ve a confesarte!
ELOI: ¡El cura es un tullido con faldas!
MME. DUVENET: ¿Cómo puedes decir semejante cosa?
ELOI: ¡Porque le he visto las faldas y las mule­tas, y he oído su murmullo sin sentido a través de la madera!
MME. DUVENET: ¡No hables así en mi presencia! 
ELOI: ¡Es una magia gastada, ya no quema! 
MME. DUVENET: ¿Que ya no quema? e .Y por qué había de quemar?
ELOI: ¡Porque hay que quemar!
MME. DUVENET: ¿Para qué?
ELOI (Apoyándose en la columna): ¡Para que arda todo, por Dios, por la purificación! ¡Oh, Dios, Dios! ¡No puedo entrar en la casa ni puedo estar aquí fuera! ¡Ni siquiera puedo respirar bien, no sé qué va a ser de mí!
MME. DUVENET: Vas a provocarte un ataque. ¡Sién­tate! Ahora dime con calma y tranquilidad qué es lo que te pasa. ¿Qué es lo que te ronda en la cabeza desde hace diez días?
ELOI: ¿Cómo sabes que me preocupa algo?
MME. DUVENET: Estás preocupado por algo desde el martes de la semana pasada.
ELOI: Sí, es verdad. Estoy preocupado. No creí que te hubieses dado cuenta...
MME. DUVENET: ¿Qué sucedió en Correos? 
ELOI: ¿Cómo sabes que fue allí?
MME. DUVENET: Porque no hay nada en casa que pueda explicar tu estado.
ELOI (Inclinándose hacia atrás, agotado): No. 
MME. DUVENET: Entonces, evidentemente era algo de la oficina.
ELOI: Sí....
MME. DUVENET: ¿Qué fue, Eloi? (En el otro extre­mo de la calle un vendedor de tamales pregona su mercancía con una voz sonora y obsesionante: « ¡Calentitos, que queman. Calentitos. Calientes! » Marcha en sentido contrario y la voz se pierde.) ¿Qué fue, Eloi?
ELOI: Una carta.
MME. DUVENET: ¿Recibiste una carta de alguien? ¿Y eso te trastornó?
ELOI: No recibí ninguna carta.
MME. DUVENET: Entonces, ¿por qué dices «una carta»?
ELOI: Una carta llegó a mis manos por casualidad, madre.
MME. DUVENET: ¿Cuando estabas clasificando el correo?
ELOI: ¡Sí!
MME. DUVENET: ¿Y qué había en esa carta que te agobia de ese modo?
ELOI: La carta había sido echada sin cerrar y cayó una cosa.
MME. DUVENET: ¿Cayó una cosa del sobre abierto? 
ELOI: ¡Sí!
MME. DUVENET: ¿Qué fue lo que cayó?
ELOI: Una fotografía.
MME. DUVENET: ¿Una qué?
ELOI: ¡Una fotografía!
MME. DUVENET: ¿Qué clase de fotografía? (ELOI no contesta. A lo lejos, el tocadiscos empieza a tocar otra vez la misma melodía con su absurda alegría.) Eloi, ¿qué clase de fotografía cayó del sobre?
ELOI (Lenta y tristemente): La señorita Bordelon está en el vestíbulo escuchando todo lo que estoy diciendo.
MME. DUVENET (Volviéndose vivamente): ¡No está en el vestíbulo!
ELOI: ¡Tiene la oreja pegada a la puerta!
MME. DUVENET: Está en su dormitorio leyendo. 
ELOI: ¿Leyendo qué?
MME. DUVENET: ¿Cómo voy a saber lo que está leyendo? ¿Qué importa lo que esté leyendo?
ELOI: Lleva un diario de todo lo que se dice en la casa. ¡La veo tomar notas taquigráficas en la mesa!
MME. DUVENET: Pero, bueno, ¿para qué iba a tomar en taquigrafía nuestra conversación?
ELOI: ¿No has oído hablar de personas que contratan investigadores?
MME. DUVENET: ¡Eloi, dices unas cosas tan ho­rribles!
ELOI (Calmado): Es posible que me equivoque. Es posible que me equivoque.
MME. DUVENET: ¡Eloi, claro que te equivocas! Va­mos, sigue contándome lo que empezaste a de­cir de la fotografía.
ELOI: Se cayó del sobre una fotografía obscena. 
MME. DUVENET: ¿Una qué?
ELOI: Una fotografía indecente.
MME. DUVENET: ¿De quién?
ELOI: De dos figuras desnudas.
MME. DUVENET: ¡Oh...! ¿Eso era todo?
ELOI: Tú no has visto la fotografía.
MME. DUVENET: ¿Tan terrible era?
ELOI: ¡Rebasa toda descripción!
MME. DUVENET: ¿Tan terrible como todo eso?
ELOI: No. Peor. ¡Yo sentí como si algo explotase, me estallase en las manos y un ácido me escal­dase la cara!
MME. DUVENET: ¿Quién te envió esa horrible fotografía, Eloi?
ELOI: No era para mí.
MME. DUVENET: ¿A quién iba dirigida?
ELOI: ¡A uno de esos... ricos... anticuarios de... la calle...
MME. DUVENET: ¿Y quién era el remitente? 
ELOI: Un estudiante universitario.
MME. DUVENET: ¿No se puede denunciar al remi­tente?
ELOI: Ya lo creo. Y le pueden condenar a años de cárcel.
MME. DUVENET: No veo razón alguna para apiadar-se en un caso semejante.
ELOI: Ni yo tampoco.
MME. DUVENET: Entonces, ¿qué hiciste?
ELOI: Todavía no he hecho nada.
MME. DUVENET: ¡Eloi! ¿No has informado de ello a las autoridades?
ELOI: Todavía no lo he comunicado a las auto­ridades.
MME. DUVENET: ¡No se me ocurre ningún motivo de vacilación!
ELOI: No podía actuar sin hacer alguna averi­guación.
MME. DUVENET: Averiguación, ¿de qué?
ELOI: De todas las circunstancias que rodeaban el asunto.
MME. DUVENET: ¡La única circunstancia que hay que tener en cuenta es que una persona utiliza el correo para esos fines!
ELOI: ¡La edad del remitente se ha de tener en cuenta!
MME. DUVENET: ¿Era joven el remitente?
ELOI: Sólo tiene diecinueve años.
MME. DUVENET: ¿Y viven sus padres?
ELOI: Ambos viven y en la ciudad. El remitente es hijo único.
MME. DUVENET: ¿Cómo conoces todos esos datos del remitente?
ELOI: Porque he realizado una investigación pri­vada.
MME. DUVENET: Y ¿cómo te las arreglaste?
ELOI: Telefoneé al remitente, fui a su residencia. Hablamos en privado y lo discutimos todo. El creyó que yo había ido allí por dinero. Que tra­taba de retener la carta para hacerle chantaje.
MME. DUVENET: Verdaderamente espantoso.
ELOI: Naturalmente, hube de explicarle que yo era un empleado del Estado que tenía ciertas obligaciones para con su empleador, y que real-mente era un exceso de deferencia por mi par-te incluso el demorar la adopción de las medi­das que debían adoptarse.
MME. DUVENET: De las medidas que han de adop­tarse.
ELOI: Y entonces el remitente empezó a ponerse grosero. Insolente. ¡No puedo repetir las acusaciones, las perversas sugerencias! Salí corriendo de aquella habitación. Me dejé allí el sombrero. ¡Ni siquiera pude volver a recogerlo! 
MME. DUVENET: Eloi, Eloi. ¡Oh, querido Eloi! ¿Cuándo fue eso, la entrevista con el remitente? 
ELOI: La entrevista fue el viernes.
MME. DUVENET: Hace tres días. ¿Y todavía no has hecho nada?
ELOI: Por más que pensaba en ello no podía de­cidirme a hacer nada.
MME. DUVENET: Ya es demasiado tarde.
ELOI: ¿Por qué dices que es demasiado tarde? 
MME. DUVENET: Has retenido la carta demasiado tiempo para poder hacer nada.
ELOI: Oh, no, te aseguro que no. Ya no estoy pa­ralizado.
MME. DUVENET: Pero si informas ahora sobre la carta te preguntarán que por qué no lo has hecho antes.
ELOI: Puedo explicar por qué no lo he hecho. 
MME. DUVENET: No, no, es mucho mejor no hacer nada ya.
ELOI: Tengo que hacer algo.
MME. DUVENET: Lo mejor es que destruyas la carta. 
ELOI: ¿Y que el delito quede impune?
MME. DUVENET: ¡Qué otra cosa puedes hacer des­pués de haber vacilado tanto!
ELOI: ¡Tiene que haber un castigo!
MME. DUVENET: ¿Dónde está la carta?
ELOI: La tengo aquí en el bolsillo.
MME. DUVENET: ¿Llevas eso contigo?
ELOI: En el bolsillo interior.
MME. DUVENET: ¡Oh, Eloi, qué necio, qué insensa­to eres! ¡Suponte que sucede algo y te encuen­tran una cosa así mientras estás inconsciente y no puedes explicar por qué la llevas contigo!
ELOI: ¡Baja la voz! ¡Esa mujer está escuchán­donos!
MME. DUVENET: ¿La señorita Bordelon? ¡No! 
ELOI: Te digo que sí. Le pagan para que nos espíe. ¡Pega el oído a la pared cuando hablo en sueños!
MME. DUVENET: Eloi, Eloi.
ELOI: ¡La han contratado para espiar, fisgar y husmear en la casa!
MME. DUVENET: ¿A quiénes te refieres?
ELOI: ¡Al estudiante, al anticuario!
MME. DUVENET: Hablas con tal vehemencia que me asustas. ¡Eloi, tienes que destruir esa carta in­mediatamente!
ELOI: ¿Destruirla?
MME. DUVENET: ¡Sí!
ELOI: ¿Cómo?
MME. DUVENET: ¡Quémala!

(ELOI se levanta, inquieto. Por tercera vez el le­jano tocadiscos empieza a hacer sonar The New San Antonio Rose, con su ritmo de polka y sus gritos de frenético alborozo)

ELOI (Débilmente): ¡Sí., sí..., quemarla!
MME. DUVENET: ¡Quémala ahora mismo!
ELOI: La quemaré dentro de la casa.
MME. DUVENET: No, quémala aquí mismo, delante de mí.
ELOI: Tú no puedes verla.
MME. DUVENET: ¡Dios mío, Dios mío, me sacaría los ojos antes de mirar esa fotografía!
ELOI (Con voz ronca): Creo que es mejor en la cocina o en el sótano.
MME. DUVENET: ¡No, no, Eloi, quémala aquí! ¡En la terraza!
ELOI: Puede verme alguien.
MME. DUVENET: ¿Y qué?
ELOI: Podría pensar quien me viera que es algo mío.
MME. DUVENET: ¡Eloi, Eloi, sácala y quémala! ¿Me oyes? ¡Quémala ahora! ¡En este mismo instante!
ELOI: Vuélvete de espaldas. La sacaré del bolsillo. 
MME. DUVENET (Volviéndose): ¿Tienes cerillas, Eloi?
ELOI (Tristemente): Sí, tengo cerillas, madre.
MME. DUVENET: Muy bien. Quema la carta y esa terrible fotografía. (ELOI saca torpemente unos papeles de su bolsillo interior. Le tiembla tanto la mano que la fotografía se le escapa y cae en los escalones de la terraza. ELOI gime al aga­charse lentamente para recogerla.) ¡Eloi! ¿Qué pasa?
ELOI: Se me... cayó la fotografía.
MME. DUVENET: ¡Cógela y préndele fuego inmedia­tamente!
ELOI: Sí...

(Enciende una cerilla. Su rostro está lívido a la luz de la llama y al mirar la hoja de papel los ojos parecen salírsele de las órbitas. Respira anhelosamente. Acerca la llama al papel, manteniéndolos a una pulgada de distancia, pero parece incapaz de juntarlos. De repente da un grito ahogado y deja caer la cerilla)

MME. DUVENET (Volviéndose): ¡Eloi, te has quemado los dedos!
ELOI: ¡Sí!
MME. DUVENET: Oh, vamos a la cocina y déjame ponerte un poco de bicarbonato. (ELOI se vuel­ve y entra rápidamente en la casa. Ella le si­gue.) ¡Ve en seguida a la cocina! ¡Les pondre­mos bicarbonato! (Ella va a coger el picaporte para abrir la puerta. ELOI echa el pestillo. MADAME DUVENET empuja la puerta y la encuentra cerrada con pestillo.) ¡Eloi! (El la mira a tra­vés de la tela metálica de la puerta. En la voz de ella hay una nota de terror.) ¡Eloi! ¡Has atrancado la puerta! ¿En qué estás pensando, Eloi? (ELOI da la vuelta lentamente y desapare­ce de la vista del espectador.) ¡Eloi, Eloi! ¡Vuelve aquí y abre esta puerta! (En el inte­rior de la casa se cierra de golpe una puerta y se oye la voz sorprendida y airada de la seño­rita Bordelon, MME. DUVENET grita ahora frené­ticamente.) ¡Eloi, Eloi! ¿Por qué has cerrado la puerta dejándome fuera? ¿Qué estás hacien­do ahí? ¡Abre la puerta, por favor! (Dentro se eleva violentamente la voz de ELOI. La mujer que está dentro grita, asustada. Se oye un ruido metálico como si se arrojase un objeto de estaño contra una pared. La mujer chilla; des­pués hay una explosión apagada. MME. DUVENET araña y golpea la puerta de tela metálica.) ¡Eloi, Eloi! ¡Oh, respóndeme, Eloi! (De repen­te brota una viva llamarada en el interior de la casa. La luz flamea a través de la puerta y se vierte sobre la figura crispada de la anciana, que parece una bruja. Esta da un alarido de terror y se vuelve, aturdida. Con movimientos y gestos rígidos y grotescos, baja tambaleándo­se los escalones de la terraza y empieza a gri­tar con voz ronca y desesperada.) ¡Fuego! ¡Fuego! ¡La casa está ardiendo, está ardiendo, está ardiendo la casa!

TELÓN

DICCIONARIO ABREVIADO DE LA MITOLOGÍA GRIEGA.











Breve diccionario de Mitología Griega vinculada al Teatro


Este diccionario ha sido estructurado para servir como herramienta de consulta rápida, vinculando los mitos clásicos con su representación en la dramaturgia antigua (tragedia, comedia y drama satírico). La información se organiza alfabéticamente, seguida de secciones especiales para los grandes ciclos trágicos.

A

ADONIS

Joven de singular belleza, hijo del rey de Chipre Ciniras y de su incestuosa unión con su hija Mirra. La propia Afrodita se enamoró de él, pero su vida fue muy efímera. Tras su muerte, Zeus dispuso que pasara seis meses del año con Afrodita y los otros seis en los Infiernos, con Perséfone. Su culto estuvo asociado a la vegetación y las cosechas.

AGAMENÓN

Rey de Micenas y jefe de la expedición aquea contra Troya. Hijo de Atreo y hermano de Menelao. Al regresar de la guerra, fue asesinado por su esposa Clitemnestra y el amante de esta, Egisto.

Presencia Dramática: Protagonista de Agamenón (Esquilo) y figura clave en Ifigenia en Áulide (Eurípides).

ALCESTIS

Esposa de Admeto que aceptó morir en lugar de su marido para salvarle la vida. Fue rescatada del Hades por Heracles.

Presencia Dramática: Protagonista de Alcestis de Eurípides, obra que transita entre la tragedia y la comedia.

ALCÍNOO

Rey de los feacios. Su hija Nausícaa descubrió a Odiseo tras su naufragio. Alcínoo lo acogió con hospitalidad y facilitó su regreso a Ítaca.

AMAZONAS, LAS

Pueblo de mujeres guerreras, hijas de Ares. Su nombre sugiere "sin un pecho". Combatieron contra grandes héroes como Heracles (quien enfrentó a la reina Hipólita) y Teseo.

ANDRÓMACA

Esposa de Héctor de Troya. Tras la caída de la ciudad, presenció la muerte de su marido y de su hijo Astianacte.

Presencia Dramática: Protagonista de Andrómaca y personaje en Las Troyanas, ambas de Eurípides.

ANDRÓMEDA

Princesa de Etiopía encadenada a una roca para ser devorada por un monstruo marino como castigo de Poseidón. Fue rescatada por Perseo, quien la convirtió en su esposa.

ANTÍGONA

Hija de Edipo que acompañó a su padre en su ceguera y luego desafió las leyes de Creonte para enterrar a su hermano Polinices.

Presencia Dramática: Protagonista de Antígona (Sófocles), arquetipo del conflicto entre la moral divina y la ley civil.

AQUILES

Hijo de Tetis y Peleo, el héroe más grande de la Guerra de Troya. Su cólera es el motor de la Ilíada. Murió por una flecha en su talón, su único punto vulnerable.

ARIADNA

Hija del rey Minos que ayudó a Teseo a escapar del laberinto del Minotauro mediante un ovillo de hilo. Fue abandonada por el héroe en Naxos, donde Dioniso la encontró.

ÁYAX (Ajax)

Guerrero de fuerza colosal. Tras perder la disputa por las armas de Aquiles frente a Odiseo, la locura se apoderó de él.

Presencia Dramática: Protagonista de Áyax de Sófocles, que explora el suicidio y la pérdida del honor.

B

BACO (Dioniso)

Dios del vino, el éxtasis y el teatro. Hijo de Zeus y Sémele.

Presencia Dramática: Patrón de las festividades teatrales. Protagonista de Las Bacantes (Eurípides) y personaje cómico en Las Ranas (Aristófanes).

C

CASANDRA

Princesa troyana y profetisa condenada a que nadie creyera sus vaticinios. Fue llevada como botín de guerra por Agamenón.

Presencia Dramática: Su escena profética en Agamenón de Esquilo es uno de los momentos más sublimes de la tragedia.

CLITEMNESTRA

Reina de Micenas, esposa de Agamenón. Vengó el sacrificio de su hija Ifigenia asesinando a su marido.

Presencia Dramática: Personaje central en la Orestíada de Esquilo.

D

DÉDALO

Arquitecto e inventor ateniense. Construyó el laberinto de Creta. Huyó de la isla fabricando alas de cera para él y su hijo Ícaro.

E

EDIPO

Rey de Tebas que mató a su padre y se desposó con su madre cumpliendo un oráculo. Al descubrir la verdad, se cegó a sí mismo.

Presencia Dramática: Eje de Edipo Rey y Edipo en Colono (Sófocles).

ELECTRA

Hija de Agamenón que instigó a su hermano Orestes para asesinar a su madre Clitemnestra.

Presencia Dramática: Protagonista de las tragedias homónimas de Sófocles y Eurípides.

H

HÉCUBA

Reina de Troya y madre de Héctor. Símbolo del dolor materno y la degradación tras la guerra.

Presencia Dramática: Protagonista de Hécuba y Las Troyanas de Eurípides.

HERACLES (Hércules)

Héroe nacional de Grecia, hijo de Zeus. Famoso por sus doce trabajos y su fuerza sobrehumana.

Presencia Dramática: Protagonista de Heracles (Eurípides) y Las Traquinias (Sófocles).

M

MEDEA

Hechicera de la Cólquide que traicionó a su familia por Jasón. Al ser abandonada, asesinó a sus hijos para vengarse.

Presencia Dramática: Protagonista de Medea de Eurípides.

O

ORESTES

Hijo de Agamenón que ejecutó el matricidio por orden de Apolo para vengar a su padre.

Presencia Dramática: Protagonista de Las Coéforas y Las Euménides (Esquilo).

Ciclos de Maldiciones y Estirpes Reales

La Casa de Atreo (Los Átridas)

Este linaje está marcado por el crimen fratricida y los banquetes atroces. La maldición comienza con Tántalo (quien sirvió a su hijo Pélope a los dioses) y continúa con la rivalidad entre Atreo y Tiestes.

Personaje

Rol en el Ciclo

Vínculo Dramático

 

Tántalo

Ancestro original

Raíz de la hybris familiar.

Atreo

Rey de Micenas

Sirvió los hijos de su hermano en un banquete.

Tiestes

Hermano de Atreo

Víctima y motor de la venganza posterior.

Egisto

Hijo de Tiestes

Amante de Clitemnestra; ejecutor de Agamenón.

El Ciclo Tebano (Los Labdácidas)

Se centra en la ciudad de Tebas y la fatalidad que persigue a los descendientes de Cadmo y Lábdaco.

  • Layo: Rey que intentó evadir el destino; primer motor de la tragedia de Edipo.

  • Yocasta: Madre y esposa de Edipo; figura de la tragedia interna del palacio.

  • Eteocles y Polinices: Hermanos que se matan entre sí disputando el trono.

  • Creonte: Tirano que representa la ley del Estado frente a la piedad familiar.

  • Tiresias: El adivino ciego que revela la verdad oculta en todas las tragedias tebanas.

Tabla de Obras y Autores

Género

Obra

Autor

Personaje Central

 

Tragedia

Edipo Rey

Sófocles

Edipo

Tragedia

Medea

Eurípides

Medea

Tragedia

Agamenón

Esquilo

Casandra / Clitemnestra

Comedia

Las Ranas

Aristófanes

Dioniso

Drama Satírico

El Cíclope

Eurípides

Odiseo / Sileno

Este documento constituye una guía expandida para la creación y análisis dramático. Generado con la ayuda de Gemini y otras fuentes tomadas de internet. Verificar la info si es necesario.


martes, mayo 19, 2015

Casona Alejandro. Prohibido suicidarse en primavera

 

 

 

 

PROHIBIDO SUICIDARSE EN PRIMAVERA

Alejandro Casona

 

Chole

Alicia

La Dama Triste

Cora Yako 

Fernando

Juan

Doctor Roda 

Hans

El Amante Imaginario

El Padre de la otra Alicia


 ACTO PRIMERO

En el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del Doctor Ariel. Vestíbulo como de hotel de montaña, recordando esos paradores de turismo construidos sobre ruinas de antiguos monasterios y artísticamente remozados por un gusto nuevo. Todo es aquí extraño, sugeridor y confortable: el mobiliario, la plástica, el trazado de las arquerías, la disposición, indirecta de las luces acristaladas. En las paredes, bien visibles, óleos de suicidas famosos reproduciendo escenas de su muerte: Sócrates, Cleopatra, Séneca, Larra. Sobre un arco, tallados en piedra, los versos de Santa Teresa:

 

"Ven, Muerte, tan escondida

Que no te sienta venir

Porque el placer de morir

No me vuelva a dar la vida".

 

Amplia verja al fondo, sobre un claro jardín de sauces y rosales. El jardín tiene un lago, visible en parte, un fondo lejano de cielo azul y montañas jóvenes nevadas. En ángulo, a la derecha, arranca una galería oscura, en arco, con una pesada puerta de herrajes, practicable, sobre el dintel, una inscripción que dice: "Galería del Silencio" .En frente, otra semejante, pero clara y sin puertas: ”Jardín de la Meditación”.

 

EMPIEZA LA COMEDIA

En escena, el Doctora Roda y Hana, su ayudante, con bata de enfermero. El primero, de aspecto inteligente y bondadoso; el segundo, de rostro y palabra mortalmente serio. El Doctor, al lado de una mesa volante de trabajo, revisa sus ficheros.

 

Doctora: Desengaños de amor, 8. Pelagra, 2. Vidas sin rumbo, 4. Catástrofe económica... cocaína... ¿No tenemos ningún caso nuevo?

Hana El joven que llegó anoche. Está paseando por el parque de los sauces, hablando a solas.

Doctor:¿Diagnóstico?

Hans: Dudoso. Problema de amor.

Doctor: ¿Ha hablado usted con él?

Hans: Yo sí, pero no me ha contestado. Sólo quiere estar solo. Está sobresaltado

Doctor: Miedo nervioso. Muy bien; entonces hay peligro todavía. ¿Su ficha?

Hans: Aquí está.

Doctor (leyendo):Sin nombre. Veinticinco años. Desengaño de amor. Tiene un libro de poemas inédito. Ah, un romántico; no creo que sea peligroso. De todos modos, vigílelo sin que él se dé cuenta, ¿Ha ido a ver a la señora del pabellón verde?

Hans: ¿La Dama Triste? Está en el jardín 

Doctor: ¿Vigilada?

Hans:¿Para qué? La he venido observando días. Sólo le gusta llorar.

Doctor: Déjela. El llanto es tan saludable como el sudor, y más poético. 

Hans: Perdóneme el doctor, pero creo que ninguno de nuestros huéspedes tiene el propósito serio de morir. Temo que estamos fracasando.

Doctor: Paciencia, Hans, nada se debe atropellar. La Casa del Suicida está basada en un absoluto respeto de la muerte. Esperemos.

Hans: Esperemos (Señalando con un gesto). La Dama Triste.

 Dama: Perdóneme, Doctora...

Doctor: Señora...

Dama: He seguido sus consejos con la mejor voluntad he llorado toda la mañana. Y nada. Cada vez me siento más cobarde.

Hans (animándola):¿Ha visto usted nuestro muestrario último de venenos?

Dama: Sí, los colores son preciosos, pero el sabor debe ser horrible.

Hans: Puede añadirle un poco de Menta.

Dama: No sé ... El lago también me gustaría, pero esta tan frío. No sé, no sé qué hacer... ¿Qué pensará usted de mí, Doctor?

Doctor: Por Dios señora; le aseguro que no tenemos prisa alguna.

Dama: Gracias. ¡Ah, morir es hermoso, pero matarse

Doctor:Es difícil.

Dama: Gracias, Doctora, es usted muy amable conmigo. (Va a salir. Se detiene a ver entrar al Amante Imaginario. Es un Joven de aspecto romántico y enfermizo. Vive ensimismado. Suena detrás de él una campana, y se vuelve sobresaltado. Se recobra. Saluda turbado.)

Amante: Buenos días...

Doctor:¿Ha elegido usted ya su procedimiento?

Amante: No, todavía no. Pensaba.

Hans (ofreciendo la mercancía como en un bazar).muchos elementos de suicidio(le muestra un panfleto) 

Amante:¿Para qué tanto? Cuando la vida pesa basta con un árbol cualquiera.

Hans (apresurándose a tomar nota en su cuaderno):Ah, muy bien. "Suspensión". Perfectamente. .¿Número de cuello?

Amante: Treinta y siete, largo.

Hans: Treinta y siete. ¿Tiene preferencia por algún árbol?

Amante (en una reacción brusca):¡Oh, cállese. Es odioso oír hablar así de la Muerte. (Transición.) Perdón ... (Va a salir por la Galería del Silencio.)

Doctor: Un momento. Si no se ha decidido aún ... valla por aquí

Amante: Gracias. (Sale. Saluda a la Dama Triste con una inclinación de cabeza.)

Dama:¿Otro desesperado? ¡Qué pena, tan joven....! ¿Algún desengaño de amor? (sale)

Doctor: Así parece.

Hans: Y así todos. Mucho llanto, mucha tristeza poética; pero matar no se mata ninguno.

Doctor: Esperemos, Hana.

Hans (Sin gran ilusión): Esperemos.(Sale Hans. El Doctor Se dispone a tomar unas notas. Se oye de pronto un grito de mujer. Por la, Galería del Silencio sale corriendo Alicia, una muchacha, apenas mujer, de dulce aspecto. Viste con una sencillez humilde y limpia. Viene espantada, como huyendo de un peligro inmediato.)

Alicia y el Doctor

Alicia: ¡No! ¡No quiero morir..., no quiero morir! (Al ver al Doctor, que acude a ella.) ¡Paso! ¡Déjeme salir de aquí!

Doctor:  Calma, muchacha, ¿Adónde va usted, Alicia, eh?

Alicia: No sé: ¡al aire libre!... ¡a la vida otra vez! ... ¡Déjeme! (Volviéndose sobresaltada.) ¿Quién anda ahí?

Doctor: Nadie.

Alicia: He visto una sombra. La he oído reír...

Doctor: Vamos, vamos, alucinaciones.

Alicia (empieza a sentirse aliviada. Se pasa una mano por la frente):¿Quién es usted?

Doctora LA Doctora Roda, directora de la Casa. Tranquilícese.

Alicia:¿Por qué hacen ustedes esto? Esos árboles extraños, con cuerdas colgadas, esa música invisible, esa Galería negra que da vueltas y vueltas... ¡Es horrible!

Doctora tranquila. ¿Venga conmigo?

Alicia:¡No! ¡Volver, mol Quiero salir de aquí.

Doctora Nadie la detiene.. Es usted libre.

Alicia (Con una amargura infinita):La ciudad otra vez... (Se deja caer llorando en el asiento. El Doctor la contempla, conmovido.

Doctora:¿Por qué ha venido aquí? ¿Sabe dónde está?

Alicia: Sí, fue un momento de desesperación. Había oído hablar de una Casa de Suicidas, y nada más.

 Doctor:¿Ha vivido siempre sola?

Alicia: Siempre. 

Doctora:¿Qué fue lo que la decidió a venir aquí?

Alicia: Fue anoche. No podía más. Estaba sin trabajo hacía quince días. Tenía hambre: un hambre dolorosa y sucia

Doctora: Comprendo.

Alicia: No, no lo comprende usted. Aquí los árboles y las montañas, no pueden comprender esas cosas. En la ciudad. ¡Allí sí que se siente uno solo entre millones de seres indiferentes 

Doctora: Espero que no sea la ciudad lo que ha causado su desesperación.

Alicia: Oh, no fue ¿la soledad? ¿Sabe usted por qué he venido aquí?

Doctor: Eso es lo que no acabo de comprender.

Alicia: Es natural; en un momento de desesperación, una se mata en cualquier parte. Pero yo, que he vivido siempre sola, ¡no quería morir sola también! ¿Lo entiende ahora?

Doctor (interesado): No trato usted de buscar algún compañero

Alicia: ¿Para qué? Cuando llegué aquí ya no sentía más que el miedo; yo venía huyendo de la soledad. . . y la muerte es la soledad absoluta.

Doctor: Magnífico, muchacha. Su juventud la ha salvado. Usted ya no me necesita, pero acaso yo la necesite a usted. 

Alicia: Pero, ¿qué puedo yo hacer?

Doctor: sea aquí nuestra enfermera de almas

Alicia (estrechándola conmovida): Gracias

Doctor: Por aquí. Y no pierda su fe. No le pida nunca nada a la vida. (Sale con ella. La escena sola un momento.)

(Estalla fuera una alegre risa de mujer. Entra corriendo Chole: una juventud impetuosa y sana. Asomada a la verja, llama con el grito jubiloso de los montañeros.)

Chole: ¡Oh oh! (Abre la verja de par en par. Penetra en escena. Mira agradablemente sorprendida en torno, y vuelve a llamar hacia el exterior.) ¡Oh oh! (Contesta fuera, la voz de Fernando).

Voz: ¡Oh, oh!

(Entra Fernando, joven también, alegres y decididos como ella. Traje de viaje, equipaje de mano, cámara fotográfica en bandolera.)

Fernando y Chole. Después, la Dama Triste 

Fernando: ¿Tierra firme?

Chole: ¡Y qué tierra! Montañas con sol y nieve, un lago, un hotel confortable, ¡y nosotros! Mira qué nombres tan bonitos: "Galería del Silencio"... "jardín de la Meditación"... Y en el parque, ¿has visto? "Sauce de los enamorados", con cuerdas colgadas para los columpios. Dame las gracias ahora mismo, Fernando.

Fernando: Gracias, Chole... ¡Qué aspecto extraño tiene todo esto!

Chole: ¡Encantador!

Fernando: Encantador, pero extraño. Seguramente uno de esos paradores de turismo para ingleses y enamorados.

Chole: Lo que nos hacía falta. ¡Ay, qué vacaciones, Fernando! ¿Ves? Siempre debías dejarme conducir a mí. La primera vez que me dejaste el volante descubrimos así unas ruinas góticas, ¿te acuerdas? La segunda...

Fernando: La segunda nos fuimos contra un castaño de Indias.

Chole: Pero no se destrozó más que el coche. Me dijiste: tenemos una semana de vacaciones en el periódico; Aquí lo tienes.

Fernando: Decididamente, ¿nos quedamos aquí?

Chole: ¿Dónde Mejo?

Fernando: Pero ¿es que no hay nadie en este hotel? (Llamando a gritos hacia un lado.) ¡Oh oh! (Pausa.)

Chole (hacia el otro): ¡Oh oh! (Pausa.)

Fernando: Nadie.

Chole: Mejor. ¡La montaña y nosotros! ¿Qué más nos hace falta? ¡Esto es El paraíso!

Fernando: Si…El paraíso... (Se besan riendo, dichosos de amor y juventud. 

(Entra la Dama Triste. Los contempla con una ternura llena de lástima).

Dama: Pobres... ¿Ustedes también?

Fernando: Señora...

Dama: ¡Qué pena! Tan jóvenes, (Cruza la escena y sale).

Fernando: ¿Por qué le dará pena a esa señora que seamos tan jóvenes?

Chole: No lo habrá sido nunca. ¿Has visto qué aire melancólico?

Fernando: Enferma del hígado, seguro. 

Chole (que se ha quedado mirando los cuadros, extrañada): Mira...

Fernando (leyendo las inscripciones de los cuadros que ella señala):"acá dice veneno". "sangrante."

Chole:" Pistola”, (comenzando a inquietarse). 

Fernando: Huy, huy, huy...

Chole: ¿Y aquí? Sobre el arco: (Lee) "Ven, Muerte, tan escondida - que no te sienta venir - porque el placer de morir - no me vuelva a dar la vida”. Santa Teresa. (Pausa. Se miran desconcertados.)

Fernando: ¡A que nos hemos metido!

Chole: ¡Un convento ¡¡esto Sera magnífico!

Fernando: no me parece lo más indicado para dos novios en vacaciones.

Chole:Somo Los novios! ¡Los únicos! ¿Quién se ha querido en el mundo antes que nosotros?

Fernando:¡Nadie!

Chole:¿Quién se atreverá a quererse después? 

Fernando:¡Nadie! (Rompiendo el abrazo, pasa Hana por el arco del jardín. Va tocando una campanilla. Se asoma a escena y grita.)

Hans: Sala de la veneno ¡libre!

(Sigue con su campanilla. Pausa. Chole y Fernando se miran inmóviles.)

Chole (aterrada):¿Ha dicho sala del veneno?

Fernando:Huy, huy, huy..., (Toma un libro sobre la mesa del Doctora.) ¡Demonio!

Chole:¿Qué? "El suicidio considerado como una de las Bellas Artes".

Fernando: ¡Este libro! (Suelta el libro.) Me parece, Chole

Chole (disponiéndose a huir):¿Dónde pusiste el maletín?

Fernando:¡Eh, alto! ¡Huir, no! Somos periodistas, Chole. Cuando un periodista se tropieza con algo sensacional, no retrocede aunque lo que tenga delante sea un rinoceronte. Antes morir. Deja ese maletín.

(Entra el Doctor. Va hacia su mesa. Se detiene al verlos.)

Fernando, Chole y el Doctora

Doctora ¿Les atienden a ustedes?

Chole: No, gracias. Sólo entramos a dar un vistazo. 

Fernando Señor, permítame que me presente, Fernando Zara, periodista; especializado en reportajes sensacionales. Doctor…

Mucho gusto. Chole, mi compañera, mi novia,

Doctor:. Doctor Roda, director de la Casa. Pero ... si son ustedes una pareja feliz, ¿Han llegado ustedes voluntariamente?

Chole: No… Hemos llegado fatalmente. Conducía yo. 

Doctor: ¿Y saben ustedes dónde están?

Fernando: Todavía no; pero lo sabremos en seguida. Es nuestra profesión somos periodistas.

Doctor: ¿Y creen ustedes haber encontrado aquí su "su respuesta" me parece que tienen que retirase?

Chole:¡No nos cierre las puertas, Doctor! ¡Ayúdenos, Doctor (con una sonrisa de simpatía).

Doctor: Está bien, veamos. ¿Son ustedes, en efecto una pareja feliz?

Fernando (Posando la mano sobre el  hombro de ella):¡Cómo no ha habido otra!

Doctor: ¿Enfermedad?

Chole: Ninguna.

Doctor: ¿Problemas espirituales?

Fernando: No existen.

Doctor: ¿Amor?

Chole: ¡Torrencial!

Doctor: En, ese caso, yo puedo facilitarles su trabajo. Pero ustedes, en cambio, pueden prestarme a mí un gran servicio.

Los dos: A sus órdenes.

Doctor. ¿Quieren ustedes ser aquí la vida feliz?

Chole: estamos de vacaciones.

Doctor: Pues siendo así como colaboradores y. amigos, escuchen ustedes. (Se Sientan)

Fernando: ¡Chole! (Chole prepara lápiz y cuaderno.)

Doctor: No; prométanme que no escribirán una sola línea hasta que no conozcan a fondo la institución. 

Fernando: Chole ... (Chole guarda lápiz y cuaderno.

Doctor:

¿Conocieron ustedes al Doctor Ariel?

Fernando:

El Doctor Ariel..., sí.

Chole: Sí, sí, el Doctor Ariel.

Doctor: El Doctor dejó escrito un libro maravilloso. (Lo toma de la mesa.)

Fernando: Sí. "El suicidio considerado como una de las Bellas Artes".

Doctor:¡Ah!, ¿lo conocía usted?

Fernando: No hace mucho; pero lo conocía. 

Doctor:

Este libro está lleno de ciencia; pero también de comprensión humana y de ternura. Vea la dedicatoria: "A mis pobres amigos los suicidas” y fundo esta casa  

Gracias.

Chole: Hasta aquí, todo va bien. Pero si el doctor Ariel murió feliz al fin, ¿por qué la fundación de esa casa?

Doctor: Ahí empieza el secreto. Este es el Club del perfecto suicida. Todo en ella está previsto para una muerte voluntaria, estética y confortable

Chole (echando mano a su lápiz): Magnífico. Segunda etapa.(Fernando la detiene con un gesto.)

Doctor: Etapa de la meditación. El enfermo pasa largas horas en silencio y soledad y Un día se sorprende a sí mismo acariciando a una rosa.

Fernando: Y empieza la tercera etapa.

Doctor:

Ultima. El alma se tonifica, El pasado va perdiendo sombras y fuerza! Ese día el enfermo abandona la casa, y en cuanto traspasa el jardín, echa a correr sin volver la cabeza. ¡Está salvado!

Chole: Precioso. Parece una balada 

Fernando: No está mal. Periodísticamente era más interesante que se matasen. 

Doctor: Aquí sólo llegan los vacilantes. Desdichadamente, el desesperado profundo se mata en cualquier parte, Voy a encargar que dispongan sus habitaciones.

Fernando: Gracias. ¿Nos permite hacer algunas preguntas a sus pacientes?

Doctor: Bien mire Generalmente son desconfiados y no abren fácilmente su corazón a un extraño.

Chole: Aquel joven que se acerca, ¿es un enfermo?

Doctor: Ah, sí: un muchacho romántico. Le llamamos aquí el Amante Imaginario

Chole, Fernando y el Amante

Amante: Perdón ¿Compañeros?

Chole: Funcionarios ...

Amante: Ah, funcionarios (Va a seguir, desilusionado.)

Fernando:  ¿Por qué no se sienta? 

Chole:¿Quiere usted tomar alguna cosa?

Amante: Gracias. Quiero terminar cuanto antes. 

Fernando:¿Ha elegido usted ya su procedimiento?

Chole: No se decida sin consultarnos: tenemos los mejores venenos, un lago de leyenda, celdas individuales y...

Amante:¡Ah, ustedes también! Yo esperaba encontrar un corazón amigo.

Chole: Cuente usted con ese corazón. Hemos visto su ficha. Desengaño de amor. Nos gustaría tanto conocer su historia.

Amante (con ganas de contarla):¿De veras? ¿La oirían ustedes?

Chole:¿Cómo no? 

Amante: Gracias. (Pausa.) Yo era un empleado Hacía números por el día y versos por la noche. Una noche fui a la ópera. Cantaba Cora Yako el papel de Margarita. ¡Una mujer espléndida!

Fernando: La conozco. Ha dado mucho que hacer al huecograbado.

 Amante Cora Yako. Cantó toda la noche para mí. No era ilusión, no; sus ojos se clavaban en los míos Y volví al teatro. Noche tras noche y le envié un ramo de flores Y una tarjeta. Después... (Vacila. Se calla.) 

Chole: Después, ¿qué?... Diga.

Amante: Después ... ¡fue la felicidad! Nos besábamos todo los países y la  he abrazado en todos los idiomas! ...

Fernando. Y qué más?

Amante (seco): Nada más.

Chole:¿Nada más? ¿Entonces?

Amante: ¿Qué? ¿No me creen? ¡Les juro que es verdad! ¿Qué tengo yo que no me quiera una mujer?

Fernando: no es un poco raro, es que ha contado su historia de un modo tan extraño...

Chole:¿Por qué ha mentido usted?

Amante: (vencido por el tono cordial de Chole): Tiene usted razón. Para qué mentir, si nadie Me cree... sin embargo no he mentido que Cora me miraba cantando, pero cuando volví al teatro, el vestíbulo estaba lleno de baúles y decorados. Mi ramo estaba tirado y pisoteado en un rincón, y la tarjeta sin abrir. Necesito que crean esta historia. Necesito creerla yo también ... y después morir. (Sale de puntillas, entra el Doctor.)

Doctor: Sus habitaciones están dispuestas. ¿Quieren pasar a verlas? 

(Chole y dra. Salen con el maletín. Fernando, a solas, da unos pasos en la dirección en que salió el Amante Imaginario. Se vuelve al ver a la Dama Triste). 

Fernando y la Dama Triste

Fernando: Señora...

Dama: ¿Es usted nuevo en la casa?

Fernando: Soy el nuevo ayudante del doctor.

Dama: Qué interesante, 

Fernando:¿No ha encontrado todavía su procedimiento?

Dama: Son todos demasiado brutales. 

Fernando: Puede encontrarse otra cosa. ¿Conoce usted el libro del Doctor Ariel? ¿No? Ah, es un manual perfecto. Vea en el apéndice la distribución geográfica de los suicidios. (Extiende la hoja de un mapa)

Dama:¿Dónde está señalado el suicidio pasional? 

Fernando: Aquí: la franja encarnada. Vea, al margen, la gráfica estadística: Índice anual de suicidios por amor: Inglaterra 14; Francia, 28; Alemania, 41; Italia, 63; España, 48; Estados Unidos, 2.

Dama: ¿Dos solamente?

Fernando: Dos. Eran mejicanos nacionalizados. (Deja el libro.)

Dama: Ah, qué bien ha hecho usted en leerme esos datos ¡Me gustaría tanto morir por amor! Desgraciadamente, para eso hacen falta dos ... ¿Usted me ayudaría?

Fernando: Honradísimo, señora, pero... estoy comprometido ya.

Dama: Siempre llego tarde.

Fernando: Perdón. Sí me hace usted el honor de una confidencia, ¿,por qué quiere morir?

Dama:¡Por tantas cosas!

Fernando:¿Puede decirme alguna?

Dama: Desilusión absoluta. Tengo lástima de este pobre cuerpo mío, que no me ha proporcionado nunca más que dolor.

Fernando:¿Y por lástima de su cuerpo ha decidido usted quitárselo de en medio? Me parece excesivo

Dama: ¿Para qué conservar lo que de nada sirve? Mi carne no existe. Sólo mi alma ha vivido.

Fernando: Pero no lo lamente demasiado. Al fin y al cabo el cuerpo es de origen tan divino como el alma; No se ponga triste. Reconcíliese usted consigo misma. ¿Quiere que la acompañe a dar una vuelta por el parque? Hace un sol espléndido.

Dama: Gracias...(Acepta su brazo. Se justifica):

 (Salen. La escena sola. Suenan de pronto uno, dos, varios timbres y campañas de alarma. Sale corriendo Alicia. Grita llorando.)

Alicia: ¡Doctor..., Doctor! (Acude el Doctor.)

Doctor:¿Qué ocurre?

Alicia: ¡Allí! (Señala la Galería del Silencio.) 

Doctor: Pronto... ¡Hanal ¡Deténgalo! ... (Suena dentro un disparo. Callan los timbres. Alicia se tapa la cara con las manos. Entra Hana forcejeando con Juan, que lucha desesperadamente por desasirse y recobrar su arma.)

Juan: ¡Déjeme ¡Suelte!

Doctora:¿Qué ha sido?

Hana: Nada ya. He conseguido desviarle la pistola a tiempo. Aquí está.

Doctora: Traiga.

Juan: ¡Suelte (Se desprende violentamente.) 

Doctor: Pronto, Hana, calme a los demás. Que no acuda nadie.

(Sale Hana. Alicia queda al fondo y escucha sin hablar toda la escena. Juan trata ahora de arrebatarle la pistola al Doctor.)

Juan: ¡Déjeme ¡Es mía!

Doctor:¡Quieto!

Juan:¡Es mía!

Doctor:¡Mol (Lo rechaza. Juan cae sin fuerzas en una butaca y esconde la cabeza entre los brazos, sollozando convulso. El Doctor se acerca lentamente a su escritorio. Guarda el arma.) ¡Qué iba usted a hacer!

Juan: Necesito morir. ¡Mañana puede ser tardel

Doctor: ¿Y por qué?

Juan: Si no me muero yo, acabaré matando. Lo sé ... ¡Y no quiero matar!

Doctor: Vamos, serénese. ¿Por qué había de matar usted a nadie?

Juan: lo Mataré. Porque él me quiere ... ¡y no sabe siquiera todo el daño que me hace!

 Doctor:¿Quién es él?

Juan: Es mi hermano... Todo lo que yo hubiera querido, todo me lo ha quitado él sin saberlo. Me robo todo lo que yo quise, mi madre mi novia, . L Pero él no tiene la culpa; él es bueno. ¡Es además mi hermano! Líbreme de esta pesadilla, Doctor.. . No quiero matarlo.. ¡No quiero matarlo! (Entran precipitadamente Chole y Fernando).

Chole: ¿Ha ocurrido algo, Doctor? (Sorprendida al verle.) ¡Juan!

Juan: ¿ustedes?

Doctor:¿Se conocían ustedes?

Fernando: Es mi hermano... (Avanza hacia él).

Telón.

 Acto Segundo

:En el mismo lugar, tres días después. Luz de tarde. Han desaparecido los cuadros de muerte, y en su lugar Chole acaba de colgar un solo cuadro nuevo: La Primavera de Botticelli. Alicia, viste de enfermera,

Chole y Alicia

Chole: ¿Queda bien así?

Alicia: Sí, muy bien. Los otros cuadros eran tan tristes ...

Chole (disponiendo un cacharro de flores)¿Y estas flores? ¿Le gustan? mañana es el primer día de primavera. Cuando florezcan habrá que ponerlas también en todas las habitaciones. (Quedan mirándose). Está usted hoy muy sonriente, Alicia..

Alicia: Estoy contenta.

Chole: ¿Por qué?

Alicia No sé..., se ha reído usted toda la mañana. No había tenido nunca a nadie que se riera junto a mí.

Chole (riendo):Es gracioso. ¡Está usted contenta porque me río yo!

Alicia: Tampoco había tenido nunca una amiga. Y usted me dio la mano

 Chole (estrechándosela cariñosamente): ¿Amiga siempre?

Alicia: Siempre.  (. Sonríe también):

Gracias...(Sale. Entra el Doctora)

Chole y el Doctora

Doctora: Señorita Chole...

Chole: Buenas tardes, Doctora. ¿Nota usted algo nuevo aquí?

Doctor: No sé ... ¿Esas flores? (Volviéndose) ¡Los cuadros! Por fin los ha arrancado usted.

Chole: Eran demasiado sombríos. No hacían ningún bien a esta pobre gente..

Doctor: Es curioso. Está usted en plena etapa de meditación y de ternura.

Chole: Algunas de estas historias íntimas, me han llegado muy hondo. Esa contradicción constante del suicida con la lógica de la vida. ¿Por qué se matan más los triunfadores que los fracasados? ¿Por qué se matan más los enamorados que los que no han conocido amores? ... ¿Y por qué se matan más en la primavera que en el invierno?

Doctor: Difícil de explicar para una mujer feliz. 

Chole: No, Doctor, no me haga usted dudar. La vida no es solamente un derecho. Es, sobre todo, un deber.

Doctor: Ojalá piense usted siempre así.

(Pausa. En el umbral del jardín aparece el Padre de la otra Alicia; una noble cabeza blanca agobiada de dolor. Vacila. Se adelanta al fin, con una paz humilde y rota.)

Chole, el Doctor y el Padre de la otra Alicia

Padre: Perdón ... ¡la Doctora Roda?...

Doctor: A sus órdenes.

Padre: Tengo algo que pedirle ... Algo muy íntimo, muy difícil ... Pero necesario.

Chole: ¿molesto?

Doctor: De ningún modo..

Padre: Doctora...

Doctor: Diga.

Padre: Doctor ... ¡Hágame usted morir!

Doctor:¿Yo? ¿Por qué?

Padre: seguir viviendo así. Sin ella. Antes yo Tenía  un deber: unos ojos y una voz que me necesitaban.

Doctor:¿Quién era ella?

Padre: Era mi hija... Estaba paralítica desde la niñez. Nada se movía en su cuerpo; yo la cuidaba todo el tiempo Hasta que un día, empecé a sentirme enfermo; era uno de esos males lentos y seguros. Entonces Y la fui durmiendo suavemente..., sin dolor... hasta que no despertó más. ¿Comprenden ustedes? Era mi hija y mi vida. La he matado yo mismo (Cae desfallecido en un lamento, pausa. El Doctor aprieta angustiado Ias manos de Chole.)

Doctor: Sí, la vida es un deber. Pero es, a veces, un deber bien penoso.

Chole (llama en voz alta):¡Alicia!

Padre (sobresaltado): ¡Alicia ¿Quién se llama aquí Alicia?

Chole: Es nuestra enfermera.

Padre:...También ella se llamaba Alicia. 

(Entra Alicia. Trae un libro bajo el brazo. El Padre avanza lento hacia ella, mirándola con una intensa emoción.)

Padre: Es extraordinario... cómo se parecen... 

Alicia (sin saber qué decir, sonriendo):Gracias...

Padre:Ah..., no... La voz, no. Perdone Si no le molesta, le puedo leer un cuento. En el jardín, ¿quiere

Alicia: Se lo agradezco  (Sale con ella.).

Doctor:¿Cree usted que podremos salvarle?

Chole: Me parece que está salvado ya. (Pausa. Se oye fuera el grito montañero de Fernando.) 

La Voz: ¡Ohoh!

Chole:¡Ohoh! (Corriendo a él, al verle aparecer)

Fernando:! Perdón, Doctor., (La besa en los labios.)

El Doctor, Chole y Fernando

Chole:¡Has estado fuera todo el día! Y has salido sin despedirte.

Fernando: Estabas dormida como un tronco.

Chole:¿Te has acordado de mí?

Fernando: Todo el día.

Chole:¿No me has traído nada?

Fernando: Ah, sí; una rosa de los Alpes, 

Chole: (Sale)

Fernando y el Doctor. Luego Hans

Doctor: No parece muy feliz con su día de campo.

Fernando: Decididamente soy un salvaje urbano.

Doctora sin embargo, la Naturaleza es más de la mitad del arte.

Fernando: Eso sí; literariamente no tengo nada que reprocharle. (Entra Hana.)

Doctor:¿Alguna novedad, Hana?

Hana: Ninguna

Doctor: ¿El amante ?

Hans: Le sigue contando la historia de Cora Yako a todo el mundo. Nadie se la cree.

Doctor: ¿Y la señora del pabellón verde?

Hans: ¿La Dama Triste? No sé qué le ocurre

Fernando: Yo sí. (Riendo Fernando)

Hans:¿Se ríe usted? ¡Yo, no!

Doctor: No está de muy buen humor hoy, Hana.

Hans: Perdóneme el Doctor, pero hay cosas que no, van a mi carácter. Y desde hace unos días esto no marcha. 

Fernando: ¿Desde que llegamos nosotros?

Hans: Exactamente Nadie se había reído nunca aquí hasta que llegaron ustedes ". ¿Adónde vamos a parar?

Doctor: Calma, Hans. Todo llegará.

Hans (sin gran fe): Esperemos. (Va a salir. Se detiene aterrado.) Oh, Doctor... ¡Los cuadros!

Doctor: Ha sido idea de la señorita Chole. Los otros le parecían demasiado sombríos.

Hans: (Se queda contemplando el Botticelli con un desprecio infinito..) ¡La Primavera! ¡Qué tendrá que hacer aquí la primavera! No es serio esto. No es serio... 

Doctor: tranquila Hana (se van)

Cora y Fernando

Fernando: Señora... 

Cora: ¿Es usted empleado de la casa? ¿Tienen ustedes un sitio libre?

Fernando: Siempre

Cora: debo confesarle que yo no traigo el menor propósito de matarme. 

Fernando: Ah, ¿no?

Cora: Soy artista, ¿sabe? He triunfado en cien países, los años van pasando

Fernando: ¿Me permite tomar unos datos para abrir la ficha? (Toma una del fichero y anota.) Profesión: artista.

Cora: Cantante de ópera.

Fernando: Edad... ¿Le parece bien veinticuatro años?

Cora: Gracias.

Fernando:¿Su nombre? 

Cora:  Cora Yako.

Fernando: Pero... ¿es usted Cora Yako en persona? ¡Oh, déjeme estrechar esas manos!

Cora:¿Me ha oído usted cantar?

Fernando:¡Nunca! pero… 

Cora: ¿Qué quiere? 

Fernando: ¡Cora Yako! ¿Me perdona que la deje sola un momento? Hay alguien en la casa que tendrá, el mayor gusto en atenderla. Voy por él. ¡Cora Yako, Cora Yako! (Sale.)

Cora (mirándole ir): Simpático muchacho. (Curiosea en torno con la mirada. Se fija en el Amante Imaginario, que llega por el extremo opuesto como una sombra romántica sin rumbo. Viene deshojando una margarita. Se sienta. Suspira.)

Cora Yako y el Amante

Cora: Perdón ... ¿Es usted empleado de la casa? (Él la mira vagamente. Niega con la cabeza

Amante:¡Amor He amado mucho; he sido todo lo feliz que puede ser un hombre. ¿Para qué vivir más? 

Cora (le mira con inquietud): Ya...

Amante: ¿Por qué me mira así? Cree que estoy loco, ¿verdad? 

Cora: ¿era cantante?

Amante: ¡Era una voz de plata enredada a un alma! Yo era un muchacho pobre; pero tenía juventud, hacía versos ... Cora no necesitaba más.

Cora:¿Se llamaba Cora?

Amante: Cora Yako.

Cora: Ah, Cora Yako... ¡Qué interesante!

Amante: Yo estaba en lo más alto de la galería; pero toda la noche cantó para mí.

Cora: ¿Para usted solo?

Amante: Me lo decían sus ojos, que no me dejaban un momento

Cora: ¿Tanto llegó a quererla en una noche?

Amante: A veces cabe toda la vida en una hora.

Cora:¿Y ella?

Amante Ella comprendió. Besó las flores despacio, despacio, mirándome... Y así empezó el amor. Por semanas por meses

Cora: Me gustaría que volviéramos juntos. También yo sé cantar ... 

Amante (con una emoción violenta, casi de miedo, cogiéndole las manos):

¿Por qué me mira así? Esos ojos... esos ojos... ¿Quién es usted?

Cora (tranquila): Cora Yako.

Amante: ¡No es posible!

Cora: No apriete tanto. Tiene usted que contarme que hemos hecho juntos. Estoy en el Pabellón Azul. Tendré un placer verdadero en recibir allí sus flores... 

Amante: ¡Cora!...  ¡Cora! (Sale detrás de ella, deslumbrado, atragantada la voz.)

(Entra Juan, sin camino. Se hunde en un sillón. Silencio. Vuelve Chole. Su mirada resbala sobre Juan como si encontrara la escena desierta.)

Chole y Juan

Chole: No está aquí. ¿Has visto a Fernando?

Juan (con un vago acento de reproche): Buenas tardes, Chole.

Chole: Buenas tardes. ¿Le has visto?

Juan: No creo que se vaya a perder. 

Chole (sorprendida): ¿Por qué me hablas con ese tono? Te pregunto por tu hermano y me contestas como si te hubiera hecho daño.

Juan: Era yo el que estaba aquí.

Chole: Ya. Pero yo le buscaba a él.

Juan: Sí, ya sé, siempre a él. Vas hacia él con los ojos cerrados, como si nadie más existiese a tu alrededor. 

Chole: Perdona....

Juan:  Ya estoy acostumbrado. (Va a salir. Chole le detiene, imperativa.)

Chole ¡Juan! ... No acabaré de entenderte nunca que escondes en tu alma 

Juan: Nada.

Chole: ¿Por qué te escondes de tu hermano? 

Juan: ¡Basta, Chole! ¡Deja ya a Fernando!

Chole: Es tu hermano.

Juan: Él nació con las de ganar

Chole: … Juan… Fernando no puede ser culpable de lo que no está en su voluntad.

Juan: Te he hecho sufrir, pero tenía que decírtelo. Se me estaba pudriendo aquí dentro. Él no lo sabrá nunca ... Perdóname.

Chole: Perdónanos tú, Juan. Perdónanos a los dos. Pero, déjame.

Juan: Adiós, Chole. 

 

(Sale Juan. Ha ido oscureciendo), y la escena está ahora en penumbra. Brilla fuera el lago iluminado. Chole se debate en una lucha interior de silencios crueles.)

 

Chole: Yo estaba en medio de los hermanos como olvidar. ... pero ya no lo estaré. Más.  Toda la vida se recuerda en un momento y después nada: Morir. 

 

(Hans entra de puntillas. Mira hacia la Galería, sinceramente emocionado.)

 

Hans: ¡Al fin tenemos un suicidio! Y ella precisamente; la de la risa y la primavera. ¡Valiente muchacha!

 

(Entran el Doctor Y Fernando)

 

Hana, Doctora y Fernando

Doctora: ¡Hana! Esas luces.

 

(Hans enciende y va a situarse a la entrada de la Galería, cruzado de brazos.)

Doctora: ¿Espera usted algo?

Hana: Espero.

Doctora (va hacia su mesa): ¿Usted, Fernando? ¿Piensa trabajar esta noche?

Fernando: No.

Doctora: Parece usted preocupado.

Fernando: Sí, Doctor, lo estoy. Esa historia de los dos hermanos que acaba usted de contarme… ¿qué quiere decir?

Doctora: Oh, nada; es una historia vulgar: el hermano sano y triunfador; el hermano enfermo y fracasado....

Fernando: Bien, pero... ¿por qué me la ha contado usted sin mirarme? ¿Quiénes son esos hermanos?

Doctora: Cualquiera.

Fernando: No, no son cualquiera... ¡Uno soy yo!

Doctoar: Tal vez.

Doctora y Alicia. Luego Juan y Chole

(Entra Alicia, aterrada, a gritos.)

Alicia:¡Doctor, Doctor!

Fernando: ¿Qué ocurre?

Alicia: Ha sido la señorita Chole ... ¡En el lago!

Fernando: ¿Chole?

Doctora: ¿Cómo? ¿Qué quieres decir? ¿Qué significa esto, Hana? (Se oye dentro la voz de Juan llamando angustiado.)

Juan: ¡Chole! ... ¡Chole! ...  (Entra, trayéndola en brazos, húmedos los vestidos de los dos. La conduce desmayada hasta un asiento. Hans queda en el umbral.) ¡Pronto, Doctor, pronto!

Doctora: ¿Qué ha sido?

Juan: No tiene pulso. No la oigo respirar ... ¡Doctor!

(El Doctor la examina.)

Juan: La vi caer. 

Fernando (al Doctor): ¿Vive?

Doctora: Silencio... (Pausa. Chole entreabre los labios con un gemido.) Está salvada.

Fernando: ¡Chole! ... ¡Mírame, Chole!

(Chole vuelve en sí lentamente. Sonríe al ver a Fernando a su lado: le busca las manos, que aprieta emocionadamente.)

Chole: ¿Has sido tú? Gracias, Fernando. 

Juan (ha quedado aparte. Repite como un eco amargo): Fernando... ¡Siempre Fernando!

 

 

Acto Tercero

 

En el mismo lugar, al día siguiente. Es el primer día de la primavera. Luz fuerte de mañana. Se oye en el jardín el Himno a la Naturaleza de Beethoven, mientras va subiendo el telón, lentamente. Alicia, inmóvil en el umbral del fondo, escucha. Entra Chole, fatigada y débil. Alicia va a acudir a ella. Chole le hace un gesto de silencio. Y escuchan las dos hasta que el himno termina.

 

Chole:¿Qué música era ésa, Alicia? ¿Beethoven?

Alicia: El Himno a la Naturaleza.

Chole:¡Hoy! ¿Pues qué día es hoy?

Alicia:¡Es el primer día de la primavera! (Pausa.) ¿Estás mejor?

Chole: ¡Si no ha sido nada! ¿Y tú, Alicia? ¿Te pasa algo a ti? Tienes los ojos cansados.

Alicia: No he podido dormir en toda la noche.

Chole:¿Por mí?

Alicia: Por ti. Tú eras la risa, el amor, la juventud

Chole (angustiada por el recuerdo):¡Calla!

Alicia: Tú, venías andando por la orilla, resbalaste en la yerba. Y te caíste Fue entonces cuando llegó él.

Chole: El ¿Tú le viste?

Alicia: Sí.

 (Entra el Doctor, trae un ramo de flores. Alicia sale.)

Chole y el Doctora

Doctora: ¿Qué tal van esas fuerzas?

Chole: Bien ya; del todo.

Doctora: ¿Por qué Chole, por qué?

Chole: Qué importa ya; fue un arrebato sin sentido. Me vi situada de pronto como un obstáculo entre dos hermanos que se quieren y que se huyen. Y pensé que apartándome yo, se acercarían. ¡Qué locura!

Doctora: Todo se arreglará por sí mismo. La vida está llena de caminos.

Chole: Cierre esta casa, amigo Roda. Emplee su talento para que hoy que la vida del mundo empiece otra vez, 

Doctora: Acaso.

Chole: Hágalo por mí, por todos ... Hoy es el primer día de la primavera. ¡Hoy es un delito morir! (El Doctor queda ensimismado. Repite casi inconscientemente.)

Doctora: Tal vez, tal vez ... (Entra Hans.)

El Doctor y Hans

Doctora: ¿Qué hay de nuevo, Hans? ¿Por qué se ha quitado usted su bata?

Hana: Lo he pensado. Vengo a despedirme.

Doctora: ¿Nos deja usted? 

Hana: Sí, Doctor. Pero esto no marcha.

Doctora: No está usted contento.

Hana: ¿Y cómo voy yo a estarlo. ¡Y para qué! Desde que estoy en esta casa, sólo el perro del jardinero se ha decidido a morirse y se murió de viejo. No, no hay porvenir aquí.

Doctora: Está bien, Hans, está bien. Pase usted por mi despacho a arreglar su cuenta.

Hana: Oh, no vale la pena. Estas cosas no se hacen por dinero, yo soy un idealista. Adiós, señor Roda.

Doctora (Tendiéndole la mano): Adiós, Hans. Buena suerte. Alicia... ¡Alicia! (Sale en su busca. Viniendo del jardín entra el Amante Imaginario. Mira en torno desde la puerta, como si se sintiera perseguido. Se deja caer desfallecido en una butaca con un suspiro de alivio. Llega en seguida Cora.)

Cora Yaco y el Amante

Cora: ¿Dónde se esconde mi cachorro?

Amante (sobresaltado):¡Tú!

Cora: Mi héroe, tú, lobezno. Alégrate, corazón: salta, grita, aúlla. ¡Ya me tienes aquí!

Amante: Te esperaba.

Cora: Nadie lo diría; con esa cara... Parece que me huyes.

Amante: ¡Yo! Te he estado buscando toda la mañana.

Cora: ¿Por dónde? Me he levantado cantando ¿Tan dormido estabas?

Amante: ¡Pero si estoy despierto desde el amanecer!

Cora: ¿Y no me oías? Te tiré piedras primero, hasta que rompí los cristales. 

Amante: Tampoco.

Cora: (Cora se sostiene en el brazo de su butaca. Lo arrulla con caricias y palabras) ¿Eres feliz? ¿Has pensado en mí? ¿Soy como me soñabas

Amante: ¡Es que no me dejas!

Cora:¿Qué es lo que te gusta de mi? ¿El cuello? ¿Las manos?

Amante: Los ojos. Los ojos sobre todo. ¡Son los de aquella noche!

Cora: ¡Aquella noche que estuve cantando para tú solo sin darme cuenta no me besas?

Amante: Sí.

Cora: ¿Por qué estás temblando? ¿Te doy miedo?

Amante: solo emocionado

Cora: Ahora vas a tener conmigo todo lo que soñaste Y tantas cosas más que no sabes, que no están en los libros... (De pronto.) ¿Tú me quieres? ¿Me quieres, me quieres?

Amante (gallardamente): ¡Te quiero como un cosaco!

Cora: ¿Dispuesto a todo?

Amante: ¡A todo!

Cora: ¿Por qué no nos vamos ahora mismo?

Amante (aterrado al verla tan cerca):¿Ahora?

Cora: Ahora, ahora... ¿A qué esperamos? (Consulta su reloj.) El coche está dispuesto en un momento. ¿Tú sabes conducir?

Amante: No.

Cora: Bien, conduciré yo. 

Amante: Pero, Cora, espérate un poco, mujer.

Cora: ¿Qué?

Amante: Vamos a salir así... ¿sin despedirnos?

Cora: ¿De quién? Yo no me he despedido nunca.

Amante: Del Doctor, de los compañeros..., hay que pensar en todo. 

Cora: ¿Cuánto tardas en preparar tu equipaje?

Amante (a punto de sollozar): Cora, Cora...

Cora: ¿Qué?

Amante: i es que no tengo equipaje!

Cora: ¿Nada? ¿Ni un smoking?

Amante: Tengo dos camisas... y un libro.

Cora: Empaca  las camisas.

Amante: El libro es un manuscrito mío... inédito. Poemas.

Cora: Aunque sea tuyo. Libros, nunca más que estamos perdidos. Si no hubieras leído tanto no te pasarían ahora estas cosas. ¿A las once en punto?

Amante: A las once.

Cora: Faltan diez minutos. ¿Tienes reloj por lo menos?

Amante (nervioso, se mete las manos a los bolsillos. Sonríe feliz al encontrarlo): Sí, reloj sí. Y de plata. Es un recuerdo de mi padre. (Se lo lleva al oído con espanto.) ¡Parado!

Cora: Pues Si no estás a las once. Toco tres. Pero al tercero arranco.

Amante: Estaré.

Cora: Hasta en seguida, mi héroe, (Sale el Amante. Fernando ha entrado a tiempo para ver y oír el final de la escena.)

Fernando: ¿Se marchan ustedes?

Cora: Dentro de diez minutos ¡Adiós, Femando!

Fernando: ¡Feliz viaje! (Sale Cora. Fernando juega dolorido los dedos de la mano que ella ha estrechado con fuerza, y mira con lástima hacia donde salió el Amante) Pobre muchacho ... (Entra Hans con su humilde equipaje: un portamantas con su paraguas.)

Fernando y Hans. Luego, la Dama Triste

Fernando: ¿También usted se va?

Hana: También.

Fernando (fijándose en su equipaje):a donde

Hana: A la ciudad. Me han ofrecido un puesto en el Hospital General. En una semana hay veinte casos mortales Aquí, en cambio, adiós.

Fernando: Adiós.

 

Fernando y la Dama Triste

 

Dama: Buenos días, Fernando.

Fernando: Señora...

Dama: ¿Han visto qué mañana tan hermosa? ¿Les gusta este vestido?

Fernando: Es muy alegre.

Dama: ¿Discreto, verdad? ¿Por qué no se viene usted a comer con nosotros?

Fernando (asombrado): ¿A comer?

Dama: ¿Le esperamos? Anímese, Fernando; hasta luego. ¡Buenos días, Hans! (Hace un gracioso gesto de despedida, agitando los dedos, y se va feliz tarareando, marcando inconsciente el paso del vals. Fernando mira a Hans desconcertado.)

Fernando: Pero, ¿es que se ha vuelto loca esa mujer?

Hana: Es la primavera; no hay nada que hacer (Sale Hans. Fernando queda solo ensimismado, con un gesto triste que lucha por arrancarse. Enciende un pitillo. Vuelve el Amante, mirando furtivamente a todos lados.)

 

Fernando y el Amante

Amante: ¿No está?

Fernando: ¿Cora?... En el jardín; preparando el coche.

Amante: Qué mujer, Fernando, es terrible. ¿Por qué habrá venido? ¡Tan bella como yo la soñaba!

Fernando: Y sin embargo es la verdadera. La que cantaba para usted aquella noche en el teatro Amantera, no; la mía es otra cosa: una ilusión

 Fernando: Le ha tomado usted miedo. 

Amante: Miedo, miedo, no. La quiero, me gustaría verla siempre. Pero un poco desde lejos.

Fernando: ¿No se iban a marchar ustedes Juntos?

Amante: ¡Si pero No puedo..., no puedo... (Se sienta)

Fernando: si se siente desilusionado. Renuncie a la Cora Yako auténtica. Y dedíquese a escribir.

Amante: ¿A escribir? ¿Cree usted que serviré?

Fernando: ¿Por qué no?

Amante: Yo tengo un libro de versos. (Suena en el jardín el primer bocinazo)

Fernando: Si valiera la pena..., 

Amante: ¡Ahí está ya! (Sin acertar con su reloj.) ¿Qué hora es?

Fernando: ¡Las once en punto!

Amante: Al tercer bocinazo, arranca. ¿Qué hago, Fernando, qué hago?

Fernando: ¡Es el amor!

Amante (aniquilado): ¡No voy! (Suena la tercera llamada.)

Fernando: ¡Y tres! (Se asoma al jardín. Se le ve hacer un gesto de despedida.) 

Amante Cora. ¡Cora!

Fernando: Ya se fue.

Amante: Soy un pobre hombre ...

Fernando: ¡Es usted un héroe! 

Fernando y Chole: 

Fernando (acudiendo a ella al verla llegar):¡Chole! ¿Estás mejor? ¿Te sientes débil todavía?

Chole: Ya pasó todo.

Fernando: ¿Todo?

Chole: El dolor, el peligro... Lo otro, habrá que resolverlo también tarde o temprano. (Pausa. Con un tierno reproche.) 

Fernando: No te he visto porque el Doctor me lo prohibió.

Chole: Dime, Fernando; hay una cosa que necesito saber anoche..., cuando me caí..., hubo un hombre que arriesgó su vida por la mía.... ¿Eras tú, verdad? (Le mira angustiada, esperando.)

Fernando: No.

Chole: No eras tú ...

Fernando: Hubiera querido serlo. Pero fue Juan. 

Chole (acariciando inconscientemente las flores del hermano): Pobre Juan ... Ha sufrido más que yo misma. Tú no sabes, 

Fernando: Lo sé todo.

Chole: ¿Todo? ... ¿Has hablado con él?

Fernando: Con el Doctor. Él no me lo diría nunca creo que tenemos que irnos.

Chole: Juan no ha tenido nunca nada suyo. ¡No puede seguir solo! Vete tú si puedes. Yo me quedo.

Fernando: ¿Con él?

Chole: Yo seré a su lado por lo menos en su vida una ilusión de mujer!

Fernando: ¡Pero eso no puede ser, Chole! ¡No es así como te quiere Juan!

Chole: Lo sé; se lo oí ayer a él mismo

Fernando: No puede ser, Chole esta atormentada de remordimientos por culpas que no existen.

Chole: No, estábamos ciegos con nuestra felicidad. Ni una vez se nos ocurrió mirar alrededor.  ¡Y allí estaba siempre Juan, tiritando como un perro a la puerta!

Fernando: Pero, ¿crees que el corazón de mi hermano no me duele a mí también? No te atormentes más. Salgamos de aquí. Nunca podrás ser feliz con él.

Chole: No se trata de que yo sea feliz. ¡Lo he sido tanto Ahora lo que importa es él.

Fernando (nervioso, cogiéndola de los brazos)¡Mira que mañana puede ser tarde!

Chole: No es tiempo de pensar. Mi puesto ahora está aquí, a su lado.

Fernando: ¿Porque te salvó la vida?

Chole: Porque me ha entregado toda la suya.

Fernando: Pero entonces (Le levanta el rostro.) Mírame bien. ¿Qué está pasando dentro de ti? ¡Contesta!

Chole (se suelta suplicante pero resuelta): ¡Por lo que más quieras, déjame!

Fernando: No, no es posible. (Va hacia el interior llamando.) ¡Juan... Juan!

(Juan aparece en el umbral del fondo. Chole, a verle, lanza una rápida mirada de súplica a Fernando, y se dirige a él.)

Chole: ¡No le escuches, Juan, no le escuches!... (Juan, con los ojos fijos en el hermano, avanza apartando a Chole sin mirarla, con suave energía).

Juan: ¿Para qué me llamas con tanto grito? 

Fernando: No. Ahora necesito hablarle. 

Fernando (retrocede sin voz al comprender que Juan ha oído): Juan ...

Juan: No, Fernando, ¿Quieres la prueba? Ahora mismo te la va a dar...  Elige, Chole. ¡Para siempre! (Chole vacila. Suplica a Fernando con el gesto y avanza dolorosamente hacia Juan.) 

Chole: Juan (Juan la recoge en sus brazos con una emoción desbordada. Sus palabras tiemblan): ¡La ves, Femando ¡En mis brazos (Levanta en sus manos el rostro de ella, lleno de lágrimas.) Llévatela lejos. Ahora he sido bueno como tú y feliz como Ella y te he visto llorar.

Fernando (en un impulso fraternal): ¡Juan!

Juan: ¡Hermano! (Vuelcan en un abrazo toda su ternura contenida.) Gracias, Chole Llévatela, Fernando. Sólo te pido que te vayáis a vivir lejos. Dejadme a mí gozar solo el único día feliz que ha habido en mi vida... (Chole, sin encontrar palabras de despedida, estrecha conmovida las manos Juan. Recoge luego sus flores, apretándolas contra el pecho, y sale reclinada en el hombro de Fernando. Juan, agotado por el enorme esfuerzo, desfallece un momento. Se domina. Tiene ahora una expresión de frialdad fatal. Va al escritorio, lo abre y toma una pistola. Pasa Alicia. Al verla, esconde el arma, volviéndose.)

 

Alicia y Juan

Alicia: Buenos días, Juan... (Corre el cerrado de la Galería del Silencio, y coloca en lugar bien visible un cartel que dice: "Prohibido suicidarse en Primavera". En el jardín pianísimo -cuerda sola-, comienza a oírse de nuevo el himno de Beethoven.) Es una orden de Chole... ¿Le ocurre algo, Juan?

Juan: Nada...

Alicia: Es el día... ¿Oye usted esa música?

Juan: ¿Qué es?

Alicia: Beethoven: un himno de gracias a la primavera. 

Juan: ¿Lo cree usted así?

Alicia: la Doctora me lo dijo un día: "No pidas nunca nada a la vida. Y algún día la vida te dará una sorpresa maravillosa".

Juan: ¿Y espera usted?

Alicia: Siempre ... ¿quiere hacerme el favor, Juan? ¿Quiere darme eso que esconde ahí?

Juan (turbado, entregando su pistola): Perdón... Alicia. Voy a tirarla al estanque. En el mismo sitio donde Chole resbaló ayer. (Va a salir.). Alicia... Espere, tengo miedo de quedarme solo... ¿Me permite que la acompañe, Alicia?

Alicia: Gracias (Le ofrece su brazo. Avanzan juntos hacia el jardín. El himno de Beethoven suena ahora -cuerda y viento- fortísimo y solemne. Va cayendo lentamente el telón.)

 

Fin