miércoles, marzo 18, 2015

El Presidente Enrique Buenaventura














El teatro como espejo de poder: Introducción a El Presidente

Enrique Buenaventura y la anatomía del absurdo político

Entrar en el universo de Enrique Buenaventura (1925-2003) no es solo asistir a una función teatral; es someterse a una autopsia social donde el escalpelo es la sátira y el cuerpo del delito es la estructura misma del poder. Como figura cimera del Nuevo Teatro Colombiano y fundador del Teatro Experimental de Cali (TEC), Buenaventura transformó la escena en un laboratorio crítico donde la historia de América Latina se despoja de sus disfraces oficiales.

En El Presidente, nos encontramos ante una pieza que, bajo la apariencia de un juego de equívocos, disecciona la precariedad de las instituciones y la farsa de la autoridad. La obra no solo nos habla de un mandatario, sino de la "puesta en escena" que requiere todo ejercicio de poder para sostenerse.


Las claves de la obra

Para el lector o espectador que se asoma a estas páginas, conviene identificar tres ejes fundamentales que convierten a esta pieza en un artefacto literario fascinante:

  1. La metateatralidad (El teatro dentro del teatro):

    Desde las primeras líneas, los carceleros nos plantean una duda existencial: «¿Estamos representando la obra que es?». Esta incertidumbre rompe la "cuarta pared" y nos sugiere que la política no es más que una representación mal ensayada. Los personajes no saben si son carceleros, actores o simplemente víctimas de un guion escrito por "los de arriba".

  2. La estética del absurdo y lo grotesco:

    Buenaventura bebe de fuentes como Samuel Beckett o Bertolt Brecht, pero les imprime un sabor local. La imagen del Presidente vistiendo un sacoleva sobre un traje a rayas de prisionero es una metáfora visual potente: la distinción entre el gobernante y el delincuente es, en este contexto, puramente cosmética. La "Sociedad de Rateros y Mendigos" funciona como el espejo deformante de la sociedad civil.

  3. El lenguaje como herramienta de simulación:

    El diálogo entre el Abogado, el Primer Ministro y el Presidente revela la "gramática del cinismo". Conceptos como "democracia", "protocolo" o "sacrificio" son vaciados de contenido y utilizados como piezas de un ajedrez burocrático donde la única meta es encontrar un chivo expiatorio.


Un laberinto de espejos

La escenografía que propone la obra —una celda dentro de otra, como una caja de Pandora— no es accidental. Representa el encierro circular de un sistema que se alimenta de sus propios errores. En este calabozo proyectado, nadie es libre, ni siquiera el que da las órdenes, pues siempre hay alguien "más arriba" dictando la pauta de una obra cuyo final nadie conoce.

El Presidente es, en última instancia, una invitación a dudar. Nos recuerda que, a menudo, los hilos que mueven a los líderes son tan delgados como los de una marioneta y que la esperanza —como dice el protagonista— es lo último que se pierde, quizás porque es lo único que nos queda cuando la realidad se ha convertido en un mal chiste.

Disfrute usted de este banquete de ironía. Y si en algún momento siente que la obra le resulta extrañamente familiar a su realidad cotidiana... no se preocupe: probablemente estamos representando la obra que es.




EL PRESIDENTE

de Enrique Buenaventura

Una celda pequeña, con rejas, un calabozo adentro de otro y éste adentro de otro y y otros mayores proyectados en las pantallas, como una caja de Pandora. El Presidente viste sacoleva lleno de condecoraciones sobre un traje a rayas de prisionero, lleva cubilete y bastón.

Carcelero 1: (Empujándole). Vamos. Vamos.
Presidente: Más respeto.
Carcelero 2: Sinvergüenza.
Presidente: Soy el Presidente.
Carcelero 1: (Vacila. Mira al 2. Pausa). ¿Será el Presidente?
Carcelero 2: Es el presidente de la S.R.M.
Carcelero 1: ¿De la qué?
Carcelero 2: De la Sociedad de Rateros y Mendigos.
Carcelero 1: (Vacila; mira al Presidente). Pero es el Presidente.
Carcelero 2: Eso sí. (Pausa).
Presidente: ¿Estamos presos?
Carcelero 1:
Presidente: ¿Por qué?
Carcelero 1: Ordenes de arriba.
Presidente: Pero yo soy el Presidente.
Carcelero 1: Sí. (Al Carcelero 2). Está loco.
Carcelero 2: No.
Carcelero 1: ¿Entonces?
Carcelero 2: Cosas de la obra. No sé si estamos representando la obra que es.
Carcelero 1: ¿Quién lo sabe entonces?
Carcelero 2: Nadie.
Presidente: (Consultando su reloj de bolsillo). ¿A qué horas llega el Primer Ministro?
Carcelero 1: (Al 2). ¿A qué horas?
Carcelero 2: Está al llegar.
Carcelero 1: Pero... ¿La obra es así?
Carcelero 2: ¿Cómo?
Carcelero 1: Como la estamos haciendo.
Carcelero 2: No sé.
Carcelero 1: ¿Quién diablos lo sabe?
Carcelero 2: Nadie.
Presidente: Bien. Arreglen el escritorio.
Carcelero 1: ¿El escritorio? ¿Debe haber un escritorio?
Presidente: Comienzo a despachar
Carcelero 1: (Al 2). ¿Debo poner un escritorio?
Carcelero 2: Tal vez.
Carcelero 1: (Señalando una mesa vieja que está en un rincón) ¿Pongo eso?
Carcelero 2: Sí.
Carcelero 1: (Trae la mesa, la limpia, trae un banco). Servido, señor Presidente. (El Presidente se sienta, saca una valija que traía consigo, unos papeles, tintero, pluma de ave. Luego coloca un almanaque en la pared). Es de hace muchos años.
Carcelero 2: Así es. (Pausa).
Presidente: (Al carcelero 1). ¿Dijo usted órdenes de arriba?
Carcelero 1: Sí.
Presidente: ¿Hay alguien por encima de mí?
Carcelero 2: Así parece, Excelencia.
Carcelero 1: ¿Se le debe decir “excelencia”?
Carcelero 2: Sí.
Carcelero 1: ¿Por qué?
Carcelero 2: Porque es el Presidente.
Carcelero 1: Pero... ¿estamos representando la obra que es?
Carcelero 2: No sé. (Pausa).
Presidente: Voy a hablar con mi abogado. (Alza el auricular y marca un número de doce cifras).
Carcelero 1: Vive lejos el abogado.
Carcelero 2: (Contando las cifras). Diez... once... doce... Lejísimos.
Presidente: ¿Aló?
Carcelero 1: ¿No está incomunicado?
Carcelero 2: Sí.
Carcelero 1: Y... ¿Entonces?
Carcelero 2: No importa.
Presidente: ¿Aló?, ¿doctor? ¿Es usted? Bien, bien doctor. El Primer Ministro no ha llegado, pero está al llegar... sí... sí... la situación es en extremo difícil, ardua y compleja... Lo sé... Lo sé muy bien... Sí, estoy sereno. ¿Escaparme?
Carcelero 1: Se va a escapar.
Carcelero 2: No puede.
Carcelero 1: No has cerrado la reja.
Carcelero 2: No puedo.
Carcelero 1: (Mira en torno. Pausa). Es cierto. No puede.
Presidente: –¿Usted cree que hay esperanzas? Yo también. Siempre hay esperanzas. La esperanza es lo último que se pierde.
Carcelero 1: –¿Esperanza de salir?
Carcelero 2: –Sí.
Carcelero 1: –¿Tú tienes, todavía, alguna esperanza?
Carcelero 2: –Yo no. ¿Y tú?
Carcelero 1: –Yo menos.
Presidente: –Es lo que yo digo, mi estimado doctor. Todo se arreglará, voy a proceder inmediatamente. Gracias. Perfectamente. (Cuelga a los carceleros). Estimados colaboradores, todo es cuestión de autoridad. (Pausa breve). Señorita, haga el favor de escribir. He decidido hacer uso de mi autoridad (una máquina de escribir teclea entre cajas. El Presidente se pasea, continúa dictando sin emitir sonido alguno, poco a poco el número de máquinas, entre cajas crece).
Carcelero 1: –(Al 2). ¿Será el Presidente?
Carcelero 2: –Parece... Es mejor que te vistas.
Carcelero 1: –Pero... ¿estamos representado la obra que es?
Carcelero 2: –Creo que sí. Vístete.
Carcelero 1: –¿Tú no te vistes?
Carcelero 2: –Después. (El teclear de las máquinas es cada vez más fuerte. El Carcelero 1 le dice al 2 cosas que no se oyen debido a las máquinas y sale. El Presidente se detiene. Deja de dictar. Las máquinas dejan de teclear. El Presidente saluda con saludo militar y un tambor redobla entre cajas. Baja el brazo enérgicamente y el tambor se detiene. Luego avanza hacia el carcelero).
Presidente: –He impuesto mi autoridad.
Carcelero 2: –Hermoso espectáculo, excelencia.
Presidente: –Ahora debo salir.
Carcelero 2: –Imposible, excelencia.
Presidente: –(Saliendo de la celda). ¿Por qué?
Carcelero 2: –(Se encoge de hombros. Abarca con un gesto la escena). Es inútil (en voz baja). Ordenes de arriba.
Presidente: –(Mira en derredor. Pausa larga). Pero que... quede entre nosotros. Que no lo sepa nadie (entra en la celda).
Carcelero 2: Por supuesto, excelencia (entra el carcelero 1 vestido como un mariscal, pero descalzo).
Carcelero 1: –¿Estoy bien?
Carcelero 2: –Muy bien.
Carcelero 1: Pero, con tanta cosa no puedo rascarme.
Carcelero 2: –Un edecán militar no se rasca.
Carcelero 1: –¿Cómo hacen?
Carcelero 2: –Se aguantan. Eso es disciplina. ¿Cómo es la palabra?
Proto... Protocolo.
Carcelero 1: –Yo no puedo, tengo que rascarme
Carcelero 2: –Voy a vestirme. (Sale).
Carcelero 1: –(En voz alta al Presidente). Soy el edecán militar.
Presidente: –Manténgase a distancia.
Carcelero 1: –¿Por qué?
Presidente: –Deseo salvaguardar la democracia. Ustedes siempre aprovechan los momentos difíciles. Yo sé que usted está listo para dar el golpe.
Carcelero 1: –No es justo. No tengo intención de golpearlo. Al de la celda número 14 hay que golpearlo todo el día, pero a usted no.
Presidente: –Nada de conspiraciones.
Carcelero 1: –No entiendo.
Presidente: –No se haga el bobo. Ustedes se hacen siempre los bobos. (Pausa). Como si no lo fueran.
Carcelero 1: –Mire francamente no le entiendo. El que sabe bien la obra es mi compañero. Es mejor esperarlo para seguir este diálogo. (Pausa). ¿Le gusta mi uniforme?
Presidente: –No es muy original.
Carcelero 1: –Es de otra obra. (Pausa). No había más. (Pausa). Pero mirándolo como un uniforme, sin pensar en la obra, ¿qué le parece?
Presidente: (Se quita los zapatos, se rasca entre los dedos de los pies, huele la mano, coloca los pies descalzos sobre la mesa). Horrible.
Carcelero 1: –(Casi llorando). No había más. (Entran el carcelero 2 y el Ministro. El Primer Ministro está vestido igual que el Presidente, y el carcelero 2 está vestido de embajador).
1er. Ministro: –Imbécil.
Presidente: –(Preocupado). Cállate.
1er. Ministro: –Estúpido. Cretino. (Pausa; lo mira fijamente). Hijo de puta.
Carcelero 1: –(Al 2). ¿Quién es?
Carcelero 2: –El Primer Ministro.
Carcelero 1: –No usan lenguaje diplomático.
Carcelero 2: –En estas ocasiones no lo usan.
1er. Ministro: –No entenderás nunca. Diez años. Diez años perdidos.
Presidente: –Hablé con el abogado. Todo irá bien.
1er. Ministro: –Todo irá bien. Hace cincuenta años que oigo eso y todo va cada vez peor.
Presidente: –Acabo de hablar con el abogado.
1er. Ministro: –Eso no arregla nada. La mejor banda del país.
Presidente: –Yo en tu lugar no hablaría tan abiertamente. (Pausa). Las paredes oyen.
1er. Ministro: –Ahora eres prudente. Ahora me importa un pito. (Al público). ¿Quieren oírnos ustedes? Había logrado organizar un truco perfecto. Cada mendigo trabajaba con su ratero. El mendigo conmovía al cliente, lo conmovía hasta localizar la cartera y entonces el pequeño ratero (se trata de menores de edad) entraba en acción.
Carcelero 1: –Así que no es el Presidente.
Carcelero 2: –Cállate.
Carcelero 1: –¿Y entonces yo para qué mierda me he vestido así?
Carcelero 2: –Déjame oír; es un truco nuevo.
Carcelero 1: –Con esto no puedo rascarme.
Carcelero 2: –Extraordinario.
Carcelero 1: –Son piojos... o a lo mejor son chinches... Las tablas del catre. (Entra el abogado. Pausa).
Abogado: –Buenas...
Presidente: –¡Ah! siquiera que llegó usted, doctor... Trataba, de explicarle a...
1er. Ministro: –No hay explicación... o mejor dicho siempre hay una explicación... Pero yo he perdido la mejor banda del país y me quedo con una explicación en las manos. ¿Qué es una explicación? (Sopla sobre las manos). Nada.
Presidente: No está perdida. La reconstruimos. Una banda siempre se puede reconstruir.
1er. Ministro: –No como era. (Al abogado). Usted me aconsejó que pusiéramos a éste de presidente (al Presidente). ¿Quién diablos te dijo que tomaras decisiones?
EL Presidente: –¿No soy el Presidente?
1er. Ministro: –¿Y eso te autoriza a tomar decisiones?
Presidente: –Supongo que sí.
1er. Ministro: –Imbécil.
Presidente: –(Al abogado). Doctor.
Abogado: –Calma
1er. Ministro: –Decisión. Decisiones.
Presidente: –¿Para qué un Presidente entonces?
1er. Ministro: –Para guardar las apariencias. Y tú lo sabías.
Presidente: –(Lastimero). No lo sabía.
Abogado: –Bien bien. No tiene importancia. Hay que mantener la moral alta o pereceremos. Cordura. Cabeza fría. Debemos ser dignos de nuestro papel de dirigentes. Si esto no se arregla bien no son nuestros privilegios los que están en juego. Mejor dicho no sólo nuestros privilegios, sino nuestras vidas. (Pausa breve). Nos linchan. La gente no aguanta más. (Pausa). Sólo veo una solución... (Al primer Ministro) y depende de usted.
1er. Ministro: –Por supuesto.
Abogado: –Comprendo.
1er. Ministro: –Como siempre.
Abogado: –Está de por medio el porvenir.
1er. Ministro: –Conozco el estribillo. Guarde esas cosas para el pueblo, en la campaña electoral. (Pausa). Conmigo no funcionan.
Abogado: –Es su deber.
1er. Ministro: Los abogados son todos iguales. Hable claro.
Abogado: –Momentáneamente es usted quien debe sacrificarse.
1er. Ministro: –¿Yo?
Abogado: –Sí. Sería más grave sacrificar al Presidente. Lo consulté con nuestra agencia de publicidad.
1er. Ministro: –No estoy dispuesto a seguirme sacrificando. Cada vez que otros cometen errores yo tengo que arregarlos. (Al Presidente).
¿Usted no sabe que las verdaderas órdenes vienen de arriba? Y si lo sabe, ¿para qué se puso a dar órdenes sin pedir permiso?
Abogado: –Considerando que usted es el más capaz...
1er. Ministro: –Conozco el estribillo.
Abogado: –Algo así como la eminencia gris...
1er. Ministro: –No me vendrá a decir que tiene la misma solución de siempre.
Abogado: –No hay otra. (Pausa). Todas nuestras soluciones se reducen a una.
1er. Ministro: –Reunir todas las culpas en una sola persona.
Abogado: –Sí.
1er. Ministro: –El chivo expiatorio.
Abogado: –Sí. (Pausa).
Carcelero 1: –Yo me voy a cambiar de una vez. Son delincuentes comunes.
Carcelero 2: –Pero... ¿Estaremos representando la obra que es?
Carcelero 1: –Si no lo sabes tú... con este vestido, definitivamente no puedo rascarme.
Carcelero 2: –Deberíamos esperar a que se definan las cosas. Todo está muy confuso.
Carcelero 1: Para mí está claro. No merecen el sacrificio que estoy haciendo.
Carcelero 2: –¿Cuál?
Carcelero 1: –El de no rascarme. (Desesperado se empieza a desvestir y a rascar. Sale).
Carcelero 2: –(Gritándole). Para ti las cosas son blancas o negras. No hay grises. Y casi todo es gris. (Grita más alto). Para ti sólo hay blanco y negro.
Carcelero 1: –(Gritando entre cajas). También hay piojos y chinches y pulgas.
1er. Ministro: –Pero... Yo puedo probar que la culpa no es mía.
Presidente: –Yo también.
Abogado: –Eso es claro. Tenemos todas las culpas y todas las disculpas, todos los delitos y todas las inocencias. (Se quita el cubilete, lo muestra como un mago de feria, está vacío. Luego empieza a sacar del cubilete rollos de papel lacrados y atados con cintas de distintos colores). Una sentencia, una prueba, una culpabilidad. Una inocencia. Muchos crímenes. El olvido. (Este es un rollo negro).
Lo definitivo. (Saca un rollo de papel toilette). Pero ahora, queridos amigos, necesitamos que la culpa invisible, esa culpa que merodea como una fantasma, se haga visible, se concrete, se plasme, se personalice.
1er. Ministro: –En mí.
Abogado: –En alguien muy importante, en alguien que atraiga todas las miradas, toda la atención.
1er. Ministro: –Entonces en él. (Señala al Presidente).
Abogado: –Pero... sin socavar los cimientos de las instituciones.
1er. Ministro: –Entonces en mí...
Abogado: –Sí.
1er. Ministro: –Y yo debo aceptarlo.
Abogado: –Sí.
1er. Ministro: –Luego salgo libre y echo la culpa sobre él... que ya no será Presidente...
Abogado: –Exacto.
Presidente: –Y yo después la echo sobre él.
Abogado: –Muy legal.
1er. Ministro: –Después la culpa vuelve a ser invisible.
Abogado: –Veo que conocen el código.
1er. Ministro: –Nosotros también somos abogados.
Presidente: –Habría que inventar otros procedimientos. Eso es muy viejo. La gente comienza a desconfiar.
Abogado: –No hay tiempo. Si no andamos rápido nos linchan.
1er. Ministro: –Con las bestialidades de éste es difícil que nos salvemos.
Abogado: –De todos modos la causa está perdida, pero nosotros podemos salvarnos. Que linchen a los que vengan después. La humanidad, amigos míos, es una gigantesca máquina de linchar. El árbol del género humano es también el árbol de la horca.
Carcelero 1: –(Entrando vestido de carcelero, al 2). ¿No te has cambiado?
Carcelero 2: –No.
Carcelero 1: –¿Por qué?
Carcelero 2: –Porque esto se ha puesto muy interesante.
Carcelero 1: –¿Has logrado entender algo?
Carcelero 2: –Sí.
Carcelero 1: –Entonces... ¿Qué debemos hacer?
Carcelero 2: –No sé.
Carcelero 1: –Si uno entiende debe hacer algo.
Carcelero 2: –A veces no puede.
Carcelero 1: –Cámbiate por lo menos.
Carcelero 2: –No.
Carcelero 1: –¿Por qué?
Carcelero 2: –Yo me quedo así y tú te quedas como estás.
Carcelero 1: –(Más alto). ¿Por qué?
Carcelero 2: –Por las dudas. (Pausa, en voz más baja). Por si las moscas.
Carcelero 1: –¿Al fin averiguaste si estamos representando la obra que es?
Carcelero 2: –No.
Carcelero 1: –Pero a estas horas el público se habrá dado cuenta.
Carcelero 2: –Creo que no. Voy a apagar las luces. 

(Sale. El carcelero 1 se encoge de hombros. El 2 apaga las luces).

Oscuro

La Estación Enrique Buenaventura

La Estación
 Enrique Buenaventura

I
(Músicos ferroviarios preparan el espacio y tocan sus instrumentos mientras entra el público. Baja la luz).
La Señora T: Te dije que llamaras por teléfono.
El Señor T: Usted perdone... ¿Ha salido ya el tren?
La Dama: A dónde se dirige usted.
El Señor T: Debo hallarme en T. mañana mismo.
La Señora T: Mi esposo ha sido nombrado en un puesto muy importante en esa ciudad y debe posesionarse mañana mismo.
La Dama: Tiene usted suerte, el tren para T. no ha salido todavía.
El Señor T: Está atrasado.
La Dama: Sí.
La Señora T: Y nosotros debemos llegar a T. a la hora exacta. Imagínese usted, nos esperan las autoridades en la estación con flores y banda de música.
El Señor T: Cállate.
Conductora: No son muy precisos.
Maquinista: A veces pasan antes.
Guarda: A veces después.
El Señor T: ¿Quiere decir... ?
La Señora T: ¡Lo perdimos! Te dije que llamáramos primero... ¿Y qué me repondiste? Yo me atengo a los itinerarios.
El Señor T: ¡Sí, me bastan los itinerarios! Una empresa seria debe cumplir con los itinerarios.
La Señora T: En este país no hay empresas serias.
El Señor T: Te ordeno que te calles. Usted perdone, señora... No suelo exaltarme de este modo.
La Dama: Se comprende, está usted nervioso con el nombramiento y todas esas cosas.
El Señor T: Sí, así es. Pero acláreme, por favor. ¿El primer tren es el de T?
Conductora: Se supone.
Maquinista: Aunque a última hora siempre hay cambios.
La Señora T: Te dije que la empresa no es seria.
La Dama: De dónde saca usted, señora, eso de que la empresa no es seria.
El Señor M: ¿Ha salido ya el tren?
La Señora T: Ya pasó o pasa mañana. Son cambios de última hora.
El Señor M: Pero si yo llamé y me dijeron que pasaría a la hora exacta por esta estación.
La Señora T: Usted sí tuvo la precaución de llamar, porque mi marido se atiene a los itinerarios y yo insisto en que esta empresa no es seria.
El Señor M: ¿Qué no es seria?
El Señor T: No le haga usted caso, caballero. María, por favor, estás armando un problema legal que puede terminar en multa o en cárcel.
El Señor M: No es posible que haya pasado. ¿Qué dice usted, señora?
La Dama: ¿A dónde se dirige usted?
El Señor M: ¿Yo? A M.
La Dama: Bueno aún no ha pasado el de T.
El Señor T: Y yo voy a T.
La Señora T: Nosotros vamos a T.
El Señor M: Pero si no ha pasado el de T., ¿a qué horas pasa el de M?
La Señora T: (En voz baja). La empresa no es seria. (Llegan muy apuradas, la señora L. y la señorita secretaria de la señora L.).
La Señora L: ¡Apúrate! Con esos botines no puedes caminar. Te dije que te pusieras los de tenis y que luego nos cambiaríamos en el tren. ¡Ay, siempre insistes en andar con esos botines! Y al final me haces llegar tarde a todas partes. ¡Ay, respiro! ¡La estación está llena de gente! Dígame por favor... ¿ha pasado ya el tren?
La Dama: ¿A dónde se dirige usted?
La Señora L: A L.
El Señor T: Yo voy a T.
La Señora T: Vamos a T.
El Señor M: Yo voy a M.
La Señora L: (A la señorita secretaria). Te lo dije.
La Señorita L: ¿Qué me dijo, señora?
La Señora L: Que primero era el de T., después el de M. y de último el de L., pero tú con ese afán, con esa histeria. Me hiciste poner estos horribles zapatos tenis. Vamos a cambiarnos estos zapatos.
La Señorita L: Pero si los míos no son de tenis.
La Señora L: No importa, te los cambias por zapatos de tren...
La Señorita L: Pero señora...
La Dama: No se los cambie, señora, uno nunca sabe.
La Señora L: Uno nunca sabe qué.
La Dama: Uno nunca sabe cuál pasa primero o si pasan juntos.
La Señora T: La empresa no es seria.
La Dama: ¡Otra vez usted, señora, con esa historia!
El Señor T: Sí, diciendo siempre las mismas sandeces. Ustedes perdonen, señoras, no suelo exaltarme de este modo.
La Dama: Se comprende, está usted nervioso.
El Señor M: Yo también estoy nervioso. ¡Necesito llegar a M!
La Dama: Puede darse por bien servido si lle-
ga a M.
El Señor M: ¿Qué quiere usted decir señora?
La Señora T: Que a lo mejor lo mandan a la M.
El Señor T: ¡Silencio! (Con el grito del señor T. se confunden el pito y el estruendo de un tren que pasa veloz. Desaparecen la dama, el señor T. y la señora L. Quedan tirados por el suelo, el señor M., la señora T. y la señorita L. Entra un guarda del ferrocarril).
Guarda: ¡Un tren veloz produce una onda que, simultáneamente, rechaza a unos pasajeros y absorbe otros! Ustedes fueron, evidentemente, rechazados. Ocurre que hay una enorme cantidad de viajeros con ideas diferentes. Prácticamente todos quieren dirigirse a lugares distintos. La empresa se ve en la necesidad de utilizar la onda como una forma de selección de los viajeros. No, no se trata de una medida meramente autoritaria, ustedes tienen, también arte y parte en el asunto y, a fin de que puedan ejercer libremente ese derecho se les da, en forma gratuita, una brevísima instrucción para abordar trenes veloces en cualquier circunstancia. Se dieron ustedes cuenta de que hace unos instantes, pasó un tren veloz. A ver usted... ¿qué sintió?
La Señora T: No sé señor...
Guarda: ¿Cómo que no sabe?
La Señora T: Como una angustia.
Guarda: Eso está bien. Es un buen comienzo... ¿Y usted?
El Señor M: Como un golpe de viento.
Guarda: ¡Eso! ¡Usted sintió la onda que rechaza! Ahora le toca aprender a sentir la onda que atrae, la onda que absorbe. Usted está aquí, el tren pasa. Siente la onda que rechaza, se desplaza, rápidamente y lo atrapa, entonces, la onda que atrae, la onda que absorbe. Pero si usted siente la que atrae y prefiere ser rechazado, se desplaza entonces en sentido contrario.
La Señorita L: Yo sí sentí algo... Algo así como que alguien me llamaba y me llamaba y me llamaba. ¿Sabe qué? Le voy a contar lo que me pasó cuando era niña. (Tren lejano).
La Señora T: ¡Ya viene!
El Señor M: ¡Dónde me coloco!
La Señora T: ¡No siento nada!
El Señor M: ¡Cuándo hay que empezar a sentir!
Guarda: Es un falso tren. Hay que aprender a distinguir un falso tren de uno verdadero. La empresa se ve en la necesidad de utilizar falsos trenes para que los pasajeros no pierdan del todo las esperanzas.
El Señor M: ¿Qué hacemos ahora?
Guarda: Nada. Un falso tren se deja pasar sin gastar en él la energía indispensable para tomar uno verdadero.
La Señora T: Pero yo debo reunirme con mi marido.
La Señorita L: Y yo debo encontrar a la señora L... ¡Dios mío, aquí están sus zapatos! Eso quiere decir que se fue con los zapatos de tenis... Usted tiene que responder por ella. Usted parece ser una autoridad o algo así...
Guarda: He sido una autoridad, es cierto, pero en la actualidad estoy jubilado.
La Señora T: No nos interesa, en absoluto, que esté jubilado. Usted tiene que responder ante nosotros. La señora...
La Señorita L: Señorita L.
La Señora T: Las dos íbamos para L. y el tren que pasó iba para T.
La Señorita L: La señora L. no iba a subirse a un tren equivocado.
Guarda: ¡No se subió! Simplemente fue absorbida.
La Señora T: ¡Y yo fui rechazada! ¿Por qué? ¿Quiere explicarme eso?
Guarda: Eso, justamente, es lo que la empresa está tratando de resolver. El tren veloz para T. llevó a su marido a T.
La Señora T: Pero yo iba con él.
Guarda: Es claro. Es posible, sin embargo, que usted no fuera indispensable en T.
La Señora T: ¿Y eso cómo lo sabe la empresa?
Guarda: La empresa sabe, precisamente, lo que nosotros no sabemos.
La Señorita L: Pero la señora L. me necesita en cualquier lugar donde se encuentre. Sin mí no sabe qué hacer.
Guarda: Debe aprender, quizá, a desenvolverse sin usted.
La Señorita L: Y... ¿Quién decide eso?
Maquinista: La empresa.
La Señorita L: Y los zapatos... ¿Qué hago con los zapatos? La señora L. necesita sus zapatos.
Conductora: Entréguelos a la SOE.
La Señorita L: ¿La SOE?
Maquinista: La Sección de Objetos Encontrados. Llegarán a su destino. En esos detalles la empresa es muy eficaz. (Los ferroviarios mueven las manecillas del reloj).
El Señor M: Deberían arreglarlo de una vez.
Conductora: No es un reloj común y corriente.
Maquinista: Marca, solamente, la salida de los trenes.
El Señor M: Entonces...
La Señorita L: ¡Va a salir uno!
Señora T: ¡Va a salir uno!
El Señor M: ¡Entonces va a salir uno!
Guarda: Tengan paciencia.
Maquinista: Nunca se sabe.
Dama: Las guías ferroviarias abarcan y enlazan todos los rincones de la nación.
Guarda: Hay tiquetes para las aldeas más pequeñas y remotas. No se preocupe. Ya tienen suficiente instrucción para viajar en un tren veloz en cualquier circunstancia.
La Señorita L: Habrá que estar prevenido.
Guarda: Es lo más recomendable.
La Señora T: Tengo los nervios de punta. (Sigue refunfuñando un texto incompren-sible mientras baja la luz).
La Dama: Falta, solamente, que los trenes cumplan los itinerarios y pasen, efectivamente, por las estaciones.
Conductora: Todo está listo.
Guarda: Que Dios nos ayude.
Conductora: ¿A dónde va usted?
La Señorita L: A L.
La Señora T: Yo voy a T.
El Señor M: A M. ¿Me llevará el mismo tren a M?
Conductora: A M., a X., a Y., a Z. Es el expreso continuo. Lleva a quienquiera donde quiera.
II
“El Viaje”
Señora T: ¡No se puede ir dejando a mi marido!
La Señorita L: ¡Que alguien lo detenga! ¡No puedo viajar sin la señora L.!
El Señor M: ¡Al fin llegaré a M.!
La Señorita L: ¡Que pare!
La Señora T: ¡Yo no viajo sola! El tiene que posesionarse y mañana mismo.
El Señor M: ¡Que siga! ¡Que siga!
Conductor: La línea H tiene un solo riel.
Maquinista: La línea B simplemente no tiene rieles.
Fogonero: Qué pasó con los rieles.
Conductora: No los compraron y el dinero se esfumó. (Túnel. Sigue viaje. Parada para recoger el ataúd que está con la dama).
La Dama: El pasajero había comprado un tiquete para T. Es deber de la empresa enterrarlo en el lugar de su destino. (Entrega las velas. Pito. Los ferroviarios suben el ataúd).
Fogonero: Bueno, qué hacemos con el muerto. Yo me niego a andar con un muerto sin saber, realmente, a dónde llevarlo.
Guarda: La empresa ha cumplido siempre sus obligaciones con los muertos. (Se adecua espacio velorio. Arranca tren).
La Señora T: ¿Dónde estamos?
Señor M: Estoy en M. He llegado a M. Es esta la estación de M.
La Señorita L: No hay letreros.
El Señor M: A veces para simplemente para aprovisionarse de agua.
La Señorita L: ¿Agua?
La Señora T: Sí, la caldera necesita agua.
La Señorita L: Primera noticia.
El Señor M: Ya entregamos los tiquetes.
Conductora: Pero ésta es otra estación.
El Señor M: ¿No es la misma empresa?
Conductora: Cada estación tiene su propia autonomía.
La Señorita L: Entonces nos bajamos todos.
Guarda: Por esta vez los dejamos continuar el viaje pero ojo, ¿eh? Ojo con los tiquetes. (Pita el tren parte. Otros minutos de placentero viaje. Entran sin detenerse el tren, la señora L. y la dama).
Guarda: ¡Que pare!
Dama: Que se devuelva.
El Señor M: Que siga.
Conductora: Que se devuelva.
Maquinista: Que siga o que se devuelva.
La Señora L: Pero yo tengo un tiquete que dice: L.
La Dama: En materia de tiquetes la empresa es muy estricta. (Desaparece).
La Señorita L: Y usted es... La señora L.
La Señora L: Sí... ¿Me trajiste los zapatos?
La Señorita L: Sí, sí señora.
La Señora L: Y los tuyos... ¿Qué pasó con tus zapatos de tren?
La Señorita L: No tengo zapatos de tren.
La Señora L: Ponte éstos.
La Señorita L: Jamás me he puesto unos zapatos como éstos.
La Señora L: ¡Llegó la hora de ponerse cualquier cosa! ¡De que lo lleven a uno a cualquier parte! De viajar con muertos, y de no poder hablar con los vivos de nada, de absolutamente nada...
(Gritos al libitum acerca de los rieles, etc. Luego textos bajos).
Conductora: Se robaron los rieles.
Guarda: Un tramo entero. En el pantano y en el desierto. Y se descarrilaron los vagones.
Maquinista: Y la locomotora quedó enterrada. Y poco a poco la fue cubriendo el bosque.
Maquinista: Cerca a las ruinas de una estación.
Conductora: Que un día oyó el cantar de los trenes.
Maquinista: Y el lento resollar de las locomotoras.
Guarda: En realidad todo esto lo hace la empresa para que avance el progreso.
Maquinista: Para despertar la iniciativa de los viajeros.
Conductora: Para sacudirlos un poco.
Guarda: Y revivir en ellos su actividad creadora.
La Señora T: No llegamos a T.
La Señora L: Ni a L.
El Señor M: Ni a M.
La Señorita L: Ni a X.
La Señora T: Ni a Y.
El Señor M: Ni a Z.
La Señora L: A ningún lugar del abecedario. (Entran el señor y la señora T. en las ruinas con el ataúd y la señora T. canta).
La Señora T: Tiempos de antaño. Cómo se pierden, cómo se olvidan. Tal como el viento que arremolina las hojas secas, así el recuerdo se va muriendo así se pierde y así se olvida.
Guarda: Y surgieron los deberes y los oficios y los trabajos y cada cual fue de la casa al trabajo y regresó del trabajo a la casa porque sólo Dios sabe lo que es capaz de hacer la gente. Y el hogar y el prostíbulo... Porque nada falta en la ciudad recién nacida... Y así lo que era apenas un proyecto se convierte en toda una institución. No sólo una institución, un sacramento... Y ahora la historia. El primer tren que existió en este país perteneció a un inglés.
Maquinista: Cuando llenaba los vagones de carga y pasajeros el inglés gritaba. ¡Vami nos! Y partía el tren.
Guarda: Un día un pasajero, derretido por el calor, gritó en una estación:
Todos: ¡Vami nos!
Maquinista: Y el tren partió sin el inglés.
Guarda: Y el inglés corrió y corrió y corrió y alcanzó el tren, se subió y dijo:
Maquinista: Quiero que sepan una cosa: aquí el único hijo de puta que puede gritar vami nos ¡soy yo!
(Cae, lo recibe y lo acuesta, tieso, en el suelo, el conductor jubilado. Con un coro desaparecen los actores, salvo el conductor jubilado y la dama).
Todos: En las oscuras selvas, en el desierto estéril, en los campos inhóspitos o en la campiña fértil...
  En donde la riqueza su maravilla esconde y el porvenir se asoma con su cara risueña
Allí estamos nosotros, ahí llega la empresa para abrir un camino, para abrir una senda.
  Para abrir un camino para abrir una senda.
Guarda: La empresa tenía razón. Allí donde no existía nada la gente inventó todo.
Dama: Ya han sido repuestos los rieles robados antaño.
Guarda: Hasta que se los roben... hogaño.
Dama: Falta solamente el último tramo.
Guarda: Siempre falta el último tramo. Jamás veré nada terminado.
Dama: Pero los habitantes del país tienen fe en nosotros y aceptan las irregularidades del servicio. Y su patriotismo les impide cualquier manifestación de desagrado.
(La estación, vacía, va saliendo de la penumbra).
Guarda: Este país es famoso por sus ferrocarriles como ustedes bien lo saben. Hasta ahora no ha sido posible organizarlos debidamente, pero ya se han hecho grandes cosas en lo que se refiere a la publicación de itinerarios, al timbre de los tiquetes, al diseño de las rutas.
La Señora T: Que no llevan a ninguna parte.
Guarda: Las necesidades nos superan es cierto.
La Dama: Miles de problemas nos abruman.
La Señora T: Respiramos de milagro.
Guarda: Decenas de miles, cenetenares de miles, millones de pasajeros necesitan trasladarse de una parte a otra.
El Señor M: Y de la otra parte a ésta. Y la empresa se ve obligada a dar la impresión de que cumple.
Guarda: Lo importante es que los ciudadanos colaboren.
El Señor M: Y que se entreguen en los brazos de la empresa.
Maquinista: Si la empresa no hiciera las cosas como puede, las gentes quedarían aisladas, en una geografía montañosa, que ofrece tremendas dificultades.
(La Espera)
La Abuela: Anoche soñé que nos moríamos todos.
El Abuelo: Valiente sueño.
La Abuela: Pero volvíamos a vivir, resucitábamos.
El Abuelo: Peor todavía.
La Abuela: Resucitábamos y nos íbamos a viajar, a viajar, a viajar...
El Abuelo: ¡Qué manera de soñar pendejadas! De aquí no salimos sino volando.
La Abuela: Cómo así, volando.
El Abuelo: Cuando echemos a volar las almas. ¡Con el último suspiro!
La Abuela: ¿Y el tren? ¿Para qué sirve, entonces, el tren?
El Abuelo: Cuál tren.
La Abuela: El tren.
El Abuelo: No he visto un tren en mi vida.
La Abuela: La vejez no llega sola.
Maquinista: La empresa tiene un pasado heroico.
La Señora T: La empresa es una mierda. Enterró a mi primer marido, mientras el segundo enterró un capital en la empresa.
Maquinista: Hay quien ha gastado en tiquetes una verdadera fortuna.
Abogado: El próximo tramo de los Ferrocarriles Nacionales va a ser construido con el dinero de una sola persona.
Guarda: Un tramo cuyos planos ni siquiera han sido aprobados por los ingenieros de la empresa.
La Señora T: En esta maleta sólo hay demandas, demandas y más demandas contra la empresa.
Abogado: La empresa tiene miles y miles de demandas.
La Señora T: Y... ¿Qué hace con ellas?
Abogado: Las archiva. Hay edificios enormes, que entre otras cosas se están cayendo, donde las demandas reposan.
La Señora T: ¿Y usted a qué se dedica?
Abogado: He sido abogado de la empresa. En la actualidad estoy jubilado.
La Señora T: Esta es una empresa de jubilados.
La Joven Señora: Usted perdone... ¿Ha salido ya el tren?
Guarda: ¿Lleva usted poco tiempo en este país?
La Joven Señora: Relativamente.
Guarda: Se nota.
La Joven Señora: Pero... ¿Hay un tren que pase efectivamente por esta ciudad?
Guarda: Afirmarlo, categóricamente, sería cometer una inexactitud.
La Joven Señora: Es que yo debo hallarme en T mañana mismo.
Guarda: Dadas las condiciones actuales, ningún tren tiene la obligación de pasar por aquí, pero nada impide que eso pueda suceder.
La Joven Señora: Debo estar mañana en T.
Guarda: ¿Y por qué se empeña en ir a T? Una vez en el tren su vida tendrá algún rumbo.
Maquinista: Téngalo por seguro.
Guarda: Es política de la empresa conducir a veces por caminos muy extraños a los viajeros.
La Dama: Hacia un verdadero destino. Algo que dé sentido a sus vidas.
El Señor M: Yo como la señora quise ir a T sí señora... y llegué a T, pero la estación era falsa. Los pasajeros muñecos llenos de aserrín y los empleados como éste. (Se acerca al muñeco). Falsos, completamente falsos.
Guarda: No lo trate así. Es muy delicado. La empresa crea ilusiones, es cierto. A veces usted mira por la ventanilla de un tren y ve pasar innumerables paisajes...
La Abuela: Son espejismos...
Guarda: Todo eso con el sano propósito de disminuir la ansiedad de los viajeros.
El Señor M: Se espera que un día nos entreguemos al vaivén del azar.
Guarda: En brazos de una empresa omnipotente.
El Señor M: Y que no nos importe saber a dónde vamos ni de dónde venimos.
La Joven Señora: ¡El tren!
La Abuela: ¡El tren!
El Abuelo: ¿Cuál tren?
El Señor M: El tren.
Todos: (Muy bajo) El tren... (Se acercan al público con sus maletas. Lo miran. Va bajando la luz. Oscuro).