lunes, marzo 01, 2021

El encanto, tendajón mixto, de Elena Garro.

 





EL ENCANTO, 



TENDAJÓN 


MIXTO



ELENA GARRO




El encanto, tendajón mixto de Elena Garro



Publicada originalmente en 1958 como parte del volumen Un hogar sólido"El encanto, tendajón mixto" es una de las piezas más emblemáticas del teatro breve de Elena Garro. En esta obra, la autora mexicana despliega los elementos que la consagraron como precursora del realismo mágico y maestra de la ambigüedad temporal: la fusión entre lo cotidiano y lo fantástico, el uso de un lenguaje popular poético y la exploración de los límites entre la realidad y el deseo.



La historia nos sitúa en un paisaje desolado, el Cerro de la Herradura, un lugar donde la aridez y el cansancio dominan a tres arrieros: Juventino, Ramiro y el joven Anselmo. En medio de este "camino real", símbolo de la vida lineal, previsible y cargada de penas, surge una aparición que desafía la lógica: un "tendajón" (una pequeña tienda de abarrotes) lleno de luz, lujo y promesas de placer, regentado por una enigmática mujer de cabellera infinita.



  • El Tiempo Circular vs. El Tiempo Lineal: Garro rompe la cronología convencional. Para los viejos arrieros, el tiempo se mide en leguas y años de penuria; para Anselmo, dentro de "El Encanto", un año transcurre en el espacio de un solo trago de vino.

  • La Mujer como Umbral: La "Mujer del hermoso pelo negro" no es solo un personaje; es una fuerza de la naturaleza, una criatura del agua y el aire que ofrece una alternativa a la "existencia de piedra" de los hombres. Representa el "pecado" que conserva al hombre vivo, la imaginación que lo rescata de la pura supervivencia.

  • La Resistencia a lo Fantástico: A través de los personajes de Juventino y Ramiro, Garro retrata la desconfianza del hombre ante la belleza absoluta. El miedo a "perderse" o a "encantarse" es, en última instancia, el miedo a abandonar la seguridad de lo conocido, por muy miserable que sea.


La obra destaca por su lirismo arraigado en el habla rural. Garro utiliza símbolos potentes: el maíz y el trigo que se transforman en oro y plata ante los ojos de quien sabe ver, y las piedras, que representan la realidad pesada y estéril de quienes se niegan al asombro.



El encanto, tendajón mixto es una invitación a reflexionar sobre la mirada humana. Como dice la Mujer en la obra: "El hombre nace encantado; y de la mujer depende que así siga o que luego nada más las piedras mire". Esta pieza invita al lector —y al espectador— a cuestionar si la realidad es solo lo que pisamos, o si existe otra verdad, luminosa y eterna, esperando a la vuelta de un camino polvoriento cada tres de mayo.




________________________________________________________


PERSONAJES:
El Narrador
Juventino Juárez
Anselmo Duque
Ramiro Rosas
La mujer del hermoso pelo negro
Un camino real. Unas rocas. El Narrador, solo en medio de la escena.
NARRADOR.-Hubo un tiempo, hace años, en que el hombre buscaba el sustento, penando en despoblado. Los caminos eran entonces más largos; eran de piedra, y los nombraban camino real. Al hombre no le placía arriesgarse solo por aquellas soledades; y buscaba la compañía del hombre -como debe de ser- para ir de un pueblo a otro. Aquí, en este mismo Cerro de la Herradura, que tantas y tantas cosas ha visto, tan bien curvado, tan alto, y en donde no se da sino el huizache, sucedió... Dicen las lenguas que era un tres de mayo, ya anocheciendo...
La escena se oscurece. Luego vuelve a iluminarse con una luz de crepúsculo. El Narrador ha desaparecido, en su lugar están los tres arrieros: Juventino Juárez, Anselmo Duque y Ramiro Rosas. Los tres vienen cubiertos de polvo, con los labios secos y los sombreros de petate, amarillos de sol, el color de las bridas desvanecido por la luz.
JUVENTINO.-Del hombre ni su sombra... llevamos dos días andados y parece que todos hubieran muerto...
RAMIRO.-Así es. Solo, como Dios manda que sea un paraje solo.
ANSELMO.-(Sentándose desconsolado sobre una piedra) Dios no manda que uno viva en esta soledad. Más bien es al contrario: El nos dio la compañía de la mujer y la del hombre; el goce de los árboles y el agua, así como también el ruido de los animales.
JUVENTINO.-No nos culpes, Anselmo Duque, de estas soledades, que si por nosotros fuera ahora mismo brotarían los ojos de agua, las fuentes, los árboles y los enjambres de pájaros que rodean a un pueblo.
ANSELMO.-Ya sé que también ustedes andan con los pies gastados. Igual que yo, igual que los animales ahí echados, (hace un ademán señalando el lugar en donde se supone que se encuentran las bestias) porque ya no tienen fuerzas ni para levantar el rabo.
JUVENTINO.-La fatiga te hace hablar así. Espera a que este resplandor baje, y verás cómo hallamos consuelo en la frescura de las sombras. De noche la fuerza retoña en los talones.
ANSELMO.-No me consuelo, ¡que a veces las palabras son estorbosas por faltar a la verdad!
RAMIRO.-¡Cállate, muchacho! ¡Tus quejidos no van a acercar el pueblo! Siempre estuvo a ocho leguas de aquí. Nadie se lo ha llevado más lejos para hacernos la maldad.
ANSELMO.-¡Desde cuándo lo debíamos haber topado! Ya me canso. ¡Anda y anda y anda! Y cada vez se nos aleja más.
RAMIRO.-También yo, ¡qué no daría por hallar algún cobijo! Algún maíz para los animales, y para mí un buen trago de agua fresca.
JUVENTINO.-¡Quién los oyera! ¡Qué no diría! •Mírenlos, llorando por ocho leguas de andada!.. Aunque para mí, también sería muy placentero encontrarme bajo techo... ya ni la cuenta llevo de las noches pasadas al sereno...
ANSELMO.-Mis ojos no han visto todavía más que padeceres.
RAMIRO.-¡Así estaría dispuesto, muchacho!
JUVENTINO.-Es mejor no fijar la vista. Traerla vaga, para no ver tantos males que caen sobre nosotros.
ANSELMO.-Yo diría que no, que hay que traer la vista bien alerta. Sólo así podemos ver lo que se nos esconde... Todo está al alcance de los ojos, sólo que no lo sabemos mirar.
VOZ DE MUJER.-¡Hasta mis ojos están al alcance de los tuyos!
Los tres hombres se sobresaltan. Miran hacia el punto de donde vino la voz.
ANSELMO.- ¡Era voz de mujer!
RAMIRO.-No veo sus ojos...
JUVENTINO.-¡Qué vas a ver si no hay nada!... Y además... no oímos nada... se nos figuró...
VOZ DE LA MUJER.-¡Los viejos creen que ya vieron y oyeron todo!
ANSELMO.-Mis ojos todavía no han visto nada. . . nada más que padeceres.
RAMIRO.-Dice bien este muchacho, el mal está en que no sabemos ver. ¿Por dónde hallaré tus ojos, amable voz?
JUVENTINO.-¡No se dejen embriagar por el engaño!
VOZ DE LA MUJER.-Hay que vivir embriagados, mirando las embriagadoras fuentes, los pájaros y los ojos de la mujer.
JUVENTINO.-¡No tientes a un pobre arriero! Los ojos del vicio son malos. Aunque, diciéndolo mejor, son malos y son buenos, porque también los permite Dios.
ANSELMO.-Todos los ojos son buenos. Con ellos he visto el agua y también he visto el vino, que es aún más gran placer, y del cual ando privado... Y quisiera ver tus ojos como veo tu voz.
JUVENTINO.-Sólo con los ojos del vino hallaríamos lo que buscas, Anselmo Duque.
RAMIRO.-Quién sabe. ¡Estos ojos son también muy serviciales!
ANSELMO.-Por ellos entra el gusto y el disgusto, el placer y la amistad. Y eso que todos buscamos, una amable compañía.
VOZ DE LA MUJER.-¿Y por qué no quieren ver a esta amable compañía? Si quisieran... mis ojos estarían adentro de los suyos...
JUVENTINO.-¡Muy verdad! ¡Con voluntad, muchas brutalidades veríamos!
RAMIRO.-Y también mucha hermosura...
ANSELMO.-¡Y también mucho pecado! Porque sólo pecando se conserva el hombre... ¡Muéstrate, amable compañía!
Los tres miran al punto de donde viene la voz. En ese lugar, el telón se abre y aparece una tiendita. Su rótulo dice: "El Encanto, Tendajón Mixto". La tienda desparrama una luz dorada; sus costales son luminosos; el mostrador, resplandeciente; las filas de botellas lanzan rayos de oro. Acodada al mostrador, una hermosa mujer sonríe. Lleva un traje amarillo y el suntuoso pelo negro suelto hasta las rodillas. Cerca de ella, sobre el mostrador, hay cuatro copas, también relucientes, y una botella.
MUJER.-Dices bien, Anselmo Duque, sólo pecando se conserva el hombre...
JUVENTINO.- (Mirándola asombrado) ¡El ojo del hombre es su propio encantamiento!
RAMIRO.- ¡Nunca vi un pelo semejante al tuyo! Dime, mujer, si de veras eres mujer o sólo una aparición para mi vista.
ANSELMO.-¡Cállate! ¿Cómo no va a ser así, si así la vemos?
MUJER.- (Meciendo su cabellera) ¡Déjalos, no los contradigas! Yo soy como me ves.
JUVENTINO.-Te meces como una garza, y muy segura estás de lo que dices. Tan buena y tan engañosa como tus palabras oí una voz, hace ya muchos años...
RAMIRO.-Te pareces a la garza, es cierto, por eso no eres de fiar. De repente, vas a dar el volido... para mí sigues no siendo de veras.
MUJER.-De veras, soy. Aunque para ti no fuera.
JUVENTINO.-Es mujer del agua.
ANSELMO.-¡Qué lenguas tan renegadas! ¡Qué ojos llenos de tierra!
RAMIRO.- ¡Tú qué sabes, muchacho!
JUVENTINO.-Eres lisonjera como una aparición de medianoche.
MUJER.-A media noche me baño, aunque tú no conozcas los ríos adonde voy, ni las lagunas de donde vengo.
RAMIRO.-Eres engañosa. ¡Ninguna mujer de bien anda por estos parajes!
ANSELMO.-Yo quiero ir a bañarme en tus ríos. ¡Y volver contigo de tus lagunas!
JUVENTINO.- ¿Qué dices, muchacho? Esta es mujer para ver, no para tocar, porque es mujer del agua.
ANSELMO.- (Adelantándose hacia la mujer) ¡Dices verdad! Yo sé que te bañas en ríos que jamás he visto, que te alimentos de algo que no es cualquier cosa, y que tus pies te trajeron aquí para hacernos llevadera esta fatiga... Y también sé que mis ojos te han buscado desde que fueron mis ojos...
MUJER.-El hombre encuentra lo que busca. Y si a tus ojos vine, fue pare darte algún encantamiento. (Levanta la mano, ofreciéndosela a Anselmo)
JUVENTINO.- ¡Muchacho, no te dejes llevar por su mirada!
RAMIRO.--¡No toques su mano!
JUVENTINO.- ¡Quién quita y se nos vuelva una humareda que nos extravíe el comino!
RAMIRO.--¡O que el humo nos prive de su tierna compañía!
MUJER.--¡Cuánta desconfianza! ¿Por qué habían de tenerme miedo? Si de humo fuera, menos daño les haría...
JUVENTINO.--El humo es engañoso, no deja ver; y agarra todas las formas.
MUJER.--Es cierto, el humo abunda, y a veces toma también la forma de los arrieros.
RAMIRO.-Qué, ¿nos vas a decir ahora que somos nosotros los que somos de humo?
MUJER.--(Seria) ¡Si! ¡El humo de una huizachera ardida!
JUVENTINO.-A mí no me engañas, mujer. Ni me vas a hacer creer que soy lo -que nunca fui.
RAMIRO. —En cambio, tu pelo es una humareda que hace llorar los ojos.
MUJER.—Yo les traje las sombras de mi pelo negro, para cobijarlos del calor del día. ¿No buscaban consuelo?
ANSELMO.--¡Yo si quiero cobijarme en ti de esta sequía!
MUJER.—Eres El único que ama los cabellos y las palabras nuevas.
RAMIRO, —No lo tomes a mal, es que andarnos sobrecogidos en tu presencia
JUVENTINO.—Sí, hablábamos de los pájaros y el agua...
ANSELMO.—Y de la amable compañía de la mujer.
MUJER.---(Sacudiéndose la cabellera, de la cual brotan pájaros que revolotean alrededor de su cara) •Pájaros? (Se vuelve, toma un cántaro, sale de detrás del mostrador y vierte el agua en el suelo de la tiendita, y de ella se levanta un surtidor) ¿Agua? ¡Aquí haremos una fuente!
ANSELMO.-Ya encontramos el pueblo y sus placeres. ¿Qué más pueden pedirle? ¿Ya le creen?
RAMIRO,-¡Nos está encantando!
JUVENTINO.—En el nombre de tres honrados hombres, te pido que me digas quién eres.
MUJER.-¿Acaso no buscaban la amable compañía de la mujer? Eso soy. Yo no acompaño de otra manera, porque así acompaña la mujer al hombre.
JUVENTINO.-¡Yo ya no busco nada!
MUJER.-Es fácil desencantar a un hombre. Alguna te negó su compañía. Tú ya no tienes remedio. Puedes decir que eres viejo.
JUVENTINO. —Quien te viera con ojos más inocentes, se fiaría de tus cabellos y de tu voz. Pero yo ya las conozco a todas. Primero, espejo de los placeres; es después de tantas luces, cuando sacan la cara que esconden. ¡Y El desencanto es uno! . - Sí, de lejos todas son los pájaras y el agua...
MUJER.-El hombre nace encantado; y de la mujer depende que así siga o que luego nada más las piedras mire.
ANSELMO. Hasta hoy, sólo piedras encontré.
RAMIRO.-¡Quisiera dar crédito a lo que veo!
JUVENTINO.-Las piedras son de verdad y todavía nos faltan ocho leguas de andada. Ahora que ya gozamos de tu amable compañía, ¿nos dejarás seguir adelante?
MUJER.-Si sólo eso necesitas, ¡vete!
RAMIRO.-Pero antes, amable compañía, ¿no quisieras darles algo a nuestros animales? Vienen cansados...
MUJER.-(Echándose con ligereza un costal al hombro y saliendo de detrás del mostrador, para dirigirse al lugar en donde están los animales) Les daré agua, maíz y cebada. Hay animales que merecen más que el hombre.
Los tres hombres quedan solos en escena.
ANSELMO.-¿Y por qué se quieren ir? ¿Qué le reprochan? Nunca he visto a nadie tan servicial.
JUVENTINO.- ¡Te dejas llevar muy pronto! Por causa tuya nos tenemos que ir: todavía no gozas de razón.
RAMIRO.- ¡Era verdad, Juventino, cuando dijiste que andábamos en la humareda! ¡A mí me pican los ojos!
ANSELMO.-A mí ya me dieron lo que les pedía.
JUVENTINO.-Sí, ya te lo dieron, pero ahora te lo vamos a quitar, antes de que ella te quite de tu madre.
Vuelve la Mujer. Entra a la tienda. Los mira sonriente.
JUVENTINO.-¡Hum! Tú ya te encontraste a muchos. Es mejor que nos dejes ir.
RAMIRO.-¡ Hombre, Juventino, un trago no le hace daño a nadie! ¡Y traíamos tanta sed!
ANSELMO.-¡Y andábamos tan solos, que hallarla a ella es hallar al mundo!
JUVENTINO. (Haciendo ademán de irse) ¡Ya nos vamos! Y tú, mujer, no oigas lo que dice este muchacho...
RAMIRO.-Es cierto. Es muy joven y no está desengañado.
ANSELMO.-Yo no me voy. ¡Yo quiero seguirte viendo y aceptar tu copa! (Avanza hacia la Mujer)
MUJER.-Dime, Anselmo Duque, ¿tú me ves como yo soy?
ANSELMO.-¿Yo? Yo te veo como eres: resplandeciente como el oro, blandita como la plata, hija de las lagunas, rodeada de pájaros, patrona de los hombres, baraja reluciente, voz de guitarra, copa de vino buscada desde el primer día que fui Anselmo Duque, y hallada hasta este tres de mayo...
Anselmo se detiene en el umbral de la tienda.
MUJER.-Si así me ves, así seré. Y todos los placeres que nombraste te dará mi compañía.
JUVENTINO.-¡ Detente, muchacho, que lo más engañador es el engaño. No te dejes corretear por tus veinte años. ¡Son años malos! ¡Acuérdate que tienes madre!
RAMIRO.-Quisiera yo dar sus pasos, aunque llorara mi madre. Pero mis pies no me llevan...
MUJER.- -¿Qué te daría yo primero: el agua, la plata, el oro, el vino?
JUVENTINO.- ¡No aceptes sus regalos!
ANSELMO.-(Enojado) ¡Cállate ya, viejo renegado! ¡Un animal es mejor que tú! RAMIRO.-(Mirando hacia donde están los animales) ¡Los animales no comen el maíz!
JUVENTINO.-¡Ni el trigo!
MUJER.-¡Vayan a ver por qué!
RAMIRO.-¡Cómo relumbra el maíz!
JUVENTINO.- ¡Cómo resplandece el trigo!
ANSELMO.-(Volviéndose hacia ellos) ¡Aquí el maíz es plata y el trigo es oro! ¡Y el animal es animal, porque no sabe escoger lo bueno!
MUJER.-¿Qué te daría yo primero: las lagunas, la granada, la guitarra, la baraja??
ANSELMO.-¡Dame primero el vino! ¡Si todo fuera mentira, él te guardaría!
MUJER.-El vino...
La Mujer del hermoso pelo negro sirve una copa y se la ofrece. Anselmo cruza el umbral de "El Encanto" y coge la copa.
JUVENTINO.-¡No la bebas, muchacho! ¡Oye la voz de tu amigo: aléjate de la amable compañía!
Anselmo levanta la copa, que brilla como un astro.
RAMIRO.-¡No bebas la copa de las estrellas! Es mejor sentirse solo ahora, que después quedarse para siempre solo, vagando en un llano interminable...
MUJER.-¡Bébela, Anselmo! No importa que el hombre pierda el camino en los caminos de la mujer... que son muchos y más variados que cualquier camino real. ¡Esta copa te sacará del llano, y nunca va a dejarte en soledad!
Anselmo se lleva la copa a los labios. Da el primer trago, y la tienda "El Encanto", Anselmo y la Mujer desaparecen. La escena vuelve a quedar con luz de crepúsculo, sin el resplandor de la tiendita.
JUVENTINO.-¿Qué pasó, Ramiro Rosas? Se apagó su resplandor. Ya no veo nada.
RAMIRO.-¡Se lo tragó en pura luz!
JUVENTINO.-¿Qué razón daremos de él?
RAMIRO.-Van a decir que lo matamos y la justicia se nos va a echar encima.
JUVENTINO.-¡Eso será lo de menos! ¡Vámonos yendo, este lugar ya se enojó con nosotros! ¡Y a mí no me gusta disgustarme con ningún paraje!
RAMIRO.-¡ Ladina, ya nos echó encima demasiadas sombras!
JUVENTINO.-Sólo falta que nos tape el camino, amontonándonos piedras.
RAMIRO.-¡No sería la primera encantadora que eso hiciera!
JUVENTINO.-¡Qué tonto fuiste, Anselmo Duque, en no escuchar la voz de la amistad!
RAMIRO.-¡Quién sabe qué valga más: si oír o mirar! Yo no lo sé.
JUVENTIN.O.-¡Qué razón daremos?
RAMIRO.-No nos queda sino buscarlo. En donde lo perdimos lo hallaremos. ¡Seguro que volverán a abrir "El Encanto"!
Salen. Pausa. Se ilumina la escena solitaria. El Narrador.
NARRADOR.-Dicen que al llegar al pueblo hubo muchas lágrimas: Los amigos de Anselmo Duque contaron su desaparición; y ésa fue la causa de tanto duelo. Entonces se hicieron ruegos para que el joven saliera de "El Encanto", y sus amigos fueron a buscarlo. Un día tres de mayo, del año que siguió. ..
Se oscurece la escena. Luego la luz se transforma en luz de crepúsculo. Entran Juventino Juárez y Ramiro Rosas.
JUVENTINO.-Aquí fue, porque aquí se rindieron los animales y mis talones.
RAMIRO.-Sí, aquí suspiramos por el placer... otra vez me vuelve el ansia... ¡Ay! ¡Quién pudiera ver el agua!; ¡quién pudiera oír un pájaro!; ¡quién pudiera hallar un pueblo!; ¡quién pudiera saber qué fue del placentero Anselmo Duque!
JUVENTINO.-También yo siento venir las ansias... también yo quiero saber qué fue de ese muchacho...
RAMIRO.-Se quitó de los caminos y sus piedras, mirando...
JUVENTINO.-¡Muy cierto! ¡Sólo mirando!
RAMIRO.-Se fue de los días de andar.
JUVENTINO.-¿Qué andará mirando ahora?
RAMIRO.-Alguna vereda que no vemos se lo llevó.
JUVENTINO.-El hombre no se pierde así nomás. De allí parte esa vereda que empieza con "El Encanto, Tendajón Mixto".
Los dos miran hacia el lugar donde vieron la tienda.
RAMIRO.-¿Qué quisieras ver ahora?
JUVENTINO.-Una laguna, ¿y tú?
RAMIRO: --¡Una amable compañía!
El telón se levanta y aparece otra vez "El Encanto", resplandeciente. Detrás del mostrador está sonriendo la Mujer del Hermoso Pelo Negro. Anselmo Duque acaba de beber la copa. La deja sobre el mostrador y se queda mirando a la mujer. Anselmo lleva la misma ropa y la barba crecida.
JUVENTINO.-¡Anselmo!, ¿un año entero te duró la misma copa?
RAMIRO.-¡Uy!, ¡un año redondo para beber una copa!
JUVENTINO.- ¡Ujule!, ¡en cualquier cantina hubiera bebido cientos!
RAMIRO.-¡Vente; esto ni para cantina sirve!
MUJER.-•¡Una copa y un año son lo mismo! Aquí medimos con medidas que ustedes desconocen. No contamos los días porque esa copa los contiene a todos.
JUVENTINO.-¡Tú dices muchas palabras! Ya va siendo necesario que te calles, porque te gusta decir y hacer lo que no es. ¡Suelta ya a ese pobre muchacho! ¡Déjalo vivir sus días, beber sus copas...!
MUJER.-¡Viejo que nada sabe y que cree saberlo todo! Sus días no son los tuyos, ni sus copas tus copas. Sigue tú, sábelotodo, viviendo tus semanas cargadas de piedras y congojas y deja que Anselmo Duque no cuente las horas de sudar y maldecir. El vive en otro tiempo...
RAMIRO.-¿Qué tiempo?
MUJER.-El tiempo de los pájaros, las fuentes y la luz.
JUVENTINO.-¡Mañosa! ¡Contigo es inútil hablar! ¡Anselmo, ven! Ya viste lo que habías de ver. Ya bebiste lo que habías de beber.
RAMIRO.-¡Un año son muchos días, y una copa es una copa! ¡Todavía no ves el engaño?
MUJER.-¡Ustedes no saben medir sus palabras, ni lo que no ven!
ANSELMO.-(A ella) ¡Déjalos!
RAMIRO.-¿Lo que no vemos? ¿Pues qué has visto, Anselmo Duque? ¡Por tu madre te pido que me digas lo que tus ojos han visto!
JUVENTINO.-¡No tienes nada que ver! Míranos a nosotros, tus amigos. Hemos venido en esta fecha justa para llevarte con nosotros.
RAMIRO.-Por favor te lo pido; ¿qué has visto, Anselmo?
ANSELMO.-(Sin verlos) •Qué he visto?... Si pudiera decirlo... apenas estoy empezando a ver... todavía me falta mucho. ..
RAMIRO.-Pero de lo que has entrevisto cuéntanos algo ...
ANSELMO.-He visto... otra luz... otros colores. .. otras lagunas...
JUVENTINO.-No te entiendo.
ANSELMO.-Ni me vas a entender, porqué yo tampoco te entendería...
JUVENTINO.-¡Oye la voz de este viejo! Deja a esa mujer, olvídate de sus placeres. Es más seguro un camino real que la vereda que ella te pueda ofrecer.
MUJER.-Un viejo como tú es un hombre muerto. Así naciste. Nunca supiste encontrar el filo del agua. ni caminar los sueños; ni visitar a las aguas debajo de
las aguas, ni entrar en el canto de los pájaros, ni dormir en la frescura de la plata, ni vivir en el calor del oro. No sembraste las corrientes de los ríos con las banderas de las fiestas, no bebiste en la copa del rey de copas. Tú no naciste. Tú moriste desde niño, y sólo acarreas piedras por los caminos llenos de piedras y te niegas a la hermosura. ¡Tu cielo será de piedra por desconocer a la mujer y no habrá ojos que de allí te saquen!
JUVENTINO.-¡No me maldigas, mujer, corazón de piedra!
MUJER.-¿Qué sabes tú de mi corazón? ¿Y sí lo tengo o no lo tuve nunca? Adentro de mi pecho no hallarás nada que pese. Sólo la música que escucha Anselmo habita mi cuerpo. ¡La piedra la llevas tú!
RAMIRO.-¡No te enojes con nosotros, amable compañía!
MUJER.-Piedra de camino real, ¿quién te dirige la palabra?
JUVENTINO.-¡Anselmo Duque! ¡Por última vez, y a riesgo de enojar a la hermosura, te pido que regreses con tu madre! ¿Quién te puede ofrecer mejor consuelo?
RAMIRO.-.¿Qué te dan en "El Encanto" que ella no te pueda dar?
ANSELMO.-No es hora de nombrarla, porque ella me dio los ojos para que mirara lo que ahora miro... y los sentidos para que entrara en los placeres que ahora encuentro...
RAMIRO.--¿Cuáles son, Anselmo Duque?
ANSELMO.-Si supiera decirlo... si pudiera... pero no me dio la lengua para nombrarlo... díganle que aquí me quedo... y que de aquí ni ella ni nadie me ha de sacar.
La Mujer del Hermoso Pelo Negro le echa los brazos al cuello. La escena queda a oscuras.
JUVENTINO.--¡Ya otra vez nos privó de su resplandor!
RAMIRO.-¡Vámonos de aquí!
JUVENTINO.-¡Sí, no sea que esta vez sí nos cierre el camino! ¿Viste sus ojos enojados?
RAMIRO.-Los vi. ¿Y tú viste los de Anselmo?
JUVENTINO.-También los vi, aunque ellos no me miraron a mí.
RAMIRO.-Hemos de volver por él, para devolvérselo a su madre.
JUVENTINO.-Va a ser difícil...
RAMIRO.-¡Al fin que éste no será el último tres de mayo!
JUVENTINO.-(Gritando) ¡Aquí vendremos, Anselmo Duque, los tres de mayo, y acabaremos con "El Encanto, Tendajón Mixto"!

TELÓN

Las Ruinas. De Luisa Josefina Hernández.











Las Ruinas

De Luisa Josefina Hernández


PERSONAJES:

Lolita
Pepe
Lola
Ramón

Es de noche, la escenografía quedará indicada de la manera que resulte más
cómoda al director y al escenógrafo. Son unas ruinas indígenas cerca de un pueblo.
Relativamente visibles hay varios letreros: ESTAS RUINAS SON PROPIEDAD DE
LA NACIÓN, HORAS DE VISITA, DE ONCE DE LA MAÑANA A CINCO DE. LA
TARDE, ENTRADA $ 2.50... Escuchamos el ruido de un automóvil que se detiene y
unas portezuelas que se abren y se cierran. Entran Pepe y Lolita, son muy jóvenes y
van bien vestidos, con ropa de viaje. Los vemos acercarse a las ruinas, con una
linterna en la mano.
LOLITA.- (Con un gesto de disgusto) Pepe, aquí no es el hotel.
PEPE.- (Dulce, quiere darle una sorpresa) Claro que no, reina. Fíjate bien en lo
que es.
Le da la linterna.
LOLITA.- (Después de echar una ojeada) Son unas casas viejas, aquí no
vamos a poder dormir.
PEPE.- (Riendo, muy comprensivo) No, mi amor. No son unas casas viejas.
Pon atención.
LOLITA.- (Un poco impaciente, después de mirar de nuevo) ¿No? Pues yo en
este hotel no quiero quedarme. Tú me dijiste que íbamos a uno muy bonito. (El ríe,
ella ilumina uno de los letreros) ¡Dos cincuenta! Yo nunca he entrado en un hotel de ese precio. (Ve el otro letrero, él ríe a carcajadas) Además, parece que no es hora de
entrar. ¿De qué te ríes?
PEPE.- Lolita, son unas ruinas, las más recientemente descubiertas por
nuestros arqueólogos. Son ya famosas. En el Times de la semana pasada...
LOLITA.- (Alarmada) ¡Ruinas! ¿Y vamos a dormir aquí?
PEPE.- No, Lolita, pero las fotos que yo vi estaban tomadas de noche y eran lo
más hermoso del mundo, lo más apropiado para pasear a la luz de la luna.
LOLITA.- (Muy decepcionada) Pero... (Busca en el cielo) ¡No hay luna, Pepe! Si
apagamos la linterna no se ve nada.
PEPE.- (Contrariado) Debería haberla. Yo consulté el calendario y estaba
seguro...
LOLITA.- Sería el del año pasado.
PEPE.- (Terco) No, era el de este año.
LOLITA.- Sería del mes pasado. (Pepe niega con la cabeza, segurísimo. Ella
decide cambiar de táctica y le sonríe muy coqueta) Pepe, es que estoy tan cansada.
Con tantas emociones, el matrimonio civil, temprano, luego el religioso, la gente, los
regalos, las felicitaciones. (Se acerca a él y le acaricia el pelo, quiere besarlo) Este
no es un día como todos.
PEPE.- (Con la cara muy cerca de la de ella) El calendario era de este mes y de
este año.
LOLITA.- Pepe... volveremos mañana. Ahora estoy tan... tan cansada.
PEPE.- (Sonríe y la abraza, parece que va a besarla cuando...) Mira, ya salió la
luna, se ve que estaba tapada con una nube espesa. (La empuja) Mira Lolita, mira
qué maravilla. (Ha salido una luna inmensa que ilumina con claridad de media tarde.
Lolita está bastante enojada) Oye, la fotografía no la tomaron de este lado. Vamos
para allá, ese es el lado más bonito. (La empuja) Mira, pero fíjate. ¡Apaga la linterna
que ya no nos sirve para nada! (Los vemos salir, ella va viendo el suelo y
tropezando, él camina de prisa, más adelante que ella y muy entusiasmado)
Una pausa, entra el velador, Ramón. Viene armado con un rifle y con un atavío
muy parecido al de los soldados. Un poco detrás de él viene Lola, su novia, una
muchacha de pueblo bastante guapa.LOLA.- No sé qué tanta prisa tenías de regresar aquí. Luego tengo que volver
sola a mi casa y me da mucho miedo.
RAMON.- Usté, Lola, es muy necia. Ya sabe que me pagan por estar aquí.
LOLA.- Sí, sentado y sin hacer nada.
RAMON.- ¿Qué no sabe que aquí viene la gente a robarse las piedras? Luego
me echan la culpa a mí... hasta me pueden meter a la cárcel.
LOLA.- Mentiras. Lo que quieres es que me vean volver sola a las doce de la
noche y empiecen a hablar de mí.
RAMON.- ¿Para qué había yo de querer que hablen de usted?
LOLA.- Pues para que ya no me enamore nadie.
RAMON.- (Con celos, muy evidentes) ¿Y quién quería usted que la enamorara?
LOLA.- Nadie, pero así todos saben que tú y yo...
RAMON.- ¿Le importa mucho que lo sepan?
LOLA.- No. Pero como todavía no le has dicho a nadie que te quieres casar
conmigo...
RAMON.- ¿A quién se lo voy a decir? ¿No le basta con que se lo diga a usted?
LOLA.- (Tierna) Sí. (Se abrazan y van a besarse cuando se oye la voz de Pepe)
PEPE.- ¡Lolita! ¡Lolita! ¿Qué sucede? ¡Ven!
Ramón se alarma, levanta el rifle que había dejado a un lado al mismo tiempo
que, enfurecido, sacude a Lola por un brazo.
RAMON.- ¡Ahí está uno que la venía siguiendo! ¡Por eso no quería llegar hasta
acá! (Lola está demudada, no sabe qué decir) Por eso me estaba diciendo que si se
sabía que era usted mi novia ya no la iba a querer nadie. (Lola trata de hablar pero él
no la deja) Ahora va a ver los líos en que se meten las mujeres pérfidas. A ese le voy
a dar un balazo para que se le quiten las ganas de andar siguiéndome...
LOLA.- Oye, Ramón, pero si a mí...
RAMON.- ¡Cállese! ¿Cree que no oí cómo le gritó por su nombre? Usted quiere
que yo sea sordo.
LOLA.- A mí nadie me dice Lolita.
RAMON.- A mí tampoco.
PEPE.- (A lo lejos) ¡Lola! ¿Dónde estás? No seas tonta, mujer.
RAMON.- ¿Ya oyó cómo le dice Lola? (Se adelanta, sin soltar el rifle) ¡Esta vez
me las paga! (Oímos unos pasos apresurados y aparece Lolita. Ramón le pone el
rifle enfrente y grita) ¡Alto!
Lolita se detiene aterrorizada y empieza a sollozar. Ramón baja el rifle
sorprendido y con cierta admiración por la muchacha. Lola mira con envidia, el
vestido, el peinado.
LOLA.- Será una ladrona.
LOLITA.- (Entre lágrimas, pero escandalizada) ¿Yo?
RAMON.- (A Lola) Déjeme que hable yo.
LOLA.- (Terca) Sí, ha de ser una ladrona.
LOLITA.- Pero, ¿de qué?
RAMON.- (Muy suave) Sabe, señorita, que yo soy el vigilante. Para que no se
roben las piedras.
LOLITA.- ¿Las piedras?
LOLA.- No se haga la que no sabe. (A una mirada de reproche de Ramón) Tú
me dijiste que las gentes venían aquí a robarse las...
RAMON.- Yo no le dije nada. (Lola te da una mirada de indignación)
LOLITA.- (Muy superior) Mire señora, yo tengo dinero suficiente para comprar
todas las piedras que quiera.
RAMON.- (Con un poco de fastidio) Entonces, ¿las quiere comprar?
LOLITA.- No, claro que no. Yo, ¿para qué las quiero?
LOLA.- (Dándole un codazo) ¿Ya ves?
RAMON.- (Contempla a Lolita con placer) Dígame señorita, ¿qué hacía aquí tan
tarde?
Lolita hace un puchero.
LOLA.- Dígaselo porque si no la llevan a la cárcel.
LOLITA.- ¿Por qué?
RAMON.- (Sumamente galante) Sabe que... está prohibido entrar aquí de
noche.
LOLITA.- (Con rabia) ¡Me lo imaginaba!
LOLA.- (Violenta) Entonces, ¿para qué entró?LOLITA.- (Furiosa) ¿Y a usted qué le importa? El señor es el vigilante, no usted.
RAMON.- Mire señorita, yo...
LOLITA.- Usted me lleva a la cárcel y yo le hablo por teléfono a mi papá y ya
verá cómo le va. Le aseguro que le quitan el empleo.
RAMON.- (Dudoso) ¿Quién es su papá?
LOLITA.- Un... un señor.
Lola se suelta una carcajada prolongada y burlesca. Lolita se le echa encima y
empieza a sacudirla. Las dos gritan. Ramón tira el rifle y quiere separarías.
LOLA.- Ay, ay. Vieja loca...
LOLITA.- Pero ¿quién se ha creído que es usted? Pero quién...
Pepe aparece caminando despacio y mira con calma la escena. Lolita lo mira y
cambia su expresión de ferocidad por una muy indefensa, suelta a Lola y corre hacía
él sollozando dulcemente.
LOLITA.- Mira mi amor cómo me puso los brazos esa mujer. Tiene unas manos
como tenazas y yo... no le hice nada.
Lola, mientras tanto, se examina los brazos, con ira contenida. Ramón observa
un tanto asombrado la reacción de Lolita y acumula un poco de rencor contra Pepe.
PEPE.- (Muy tranquilo) Dime mi amor, ¿por qué te portas así? No es bonito
atacar a las personas. Anda, cuéntame, ¿por qué te le echaste encima a la
señorita...?
LOLITA.- (Lívida de rabia al verse descubierta) ¿Yo? ¿Qué estás diciendo?
RAMON.- (Muy decidido) Mire señor, está prohibido entrar aquí de noche. Estas
ruinas son del gobierno y... Hágame el favor de decirme qué estaban haciendo aquí.
LOLITA.- (Reivindicándose) Lo que quiere decir es que nos iban a meter a la
cárcel,
PEPE.- (Mundano) Puedo explicarlo perfectamente. Se trata de un día muy
especial...
LOLITA.- (Todavía en plan de reivindicación) Se lo explicaré yo. Nos casamos
hoy en la mañana y estamos de luna de miel. Antes de ir al hotel...
PEPE.- (Fulminándola con la mirada) Veníamos en coche y yo había pensado,
antes de ir al hotel, que a mi esposa le gustaría...
LOLITA.- No es cierto, yo te dije muy claro que a mí lo que me interesaba...
LOLA.- Mételos a la cárcel, Ramón.
LOLITA.- (Haciendo dengues, enojada con todo el mundo) Sabe usted que mi
esposo había leído en una revista que descubrieron estas ruinas y antes de ir a
dormir se le ocurrió pasar a verlas, porque parece que no podía esperar ni un día, yo
le dije muy claro que prefería ir al hotel, pero él insistió y por eso...
Pepe está en el colmo de la indignación y de la vergüenza, podría ahogar a su
mujer, Lola y Ramón se miran con un poco de burla.
RAMON.- ¿Y qué más?
LOLITA.- (Aturdida, no sabe qué ha dicho) Pues eso, que pensó que a mí me
divertiría mucho ver las ruinas antes de... (Ante las obvias miradas de burla de los
otros) ¿Verdad Pepe?
PEPE.- (Serio, muerto de coraje) No se trata de eso. Les aseguro que no es
cierto nada de lo que ella ha dicho.
RAMON.- Bueno, señor. Díganos qué estaban haciendo.
LOLITA.- (Que se ha quedado pensando y empieza a alarmarse) Si eso no es
cierto, ¿para qué me trajiste? Yo dije varias veces que prefería...
PEPE.- (Después de darle una mirada durísima) Vine por motivos estrictamente
personales que sería inútil explicar.
RAMON.- El caso es que está prohibido entrar y ustedes han cometido un
delito.
PEPE.- ¿Desde cuándo es delito ver?
LOLA.- Ver no pero dicen que se andan robando las piedras.
PEPE.- (Muy mundano, de nuevo) Pueden ustedes registrarme, no me he
llevado nada.
RAMON.- (Fastidiado) Oiga señor, ¿qué no sabe leer? (Señala los letreros)
LOLITA.- (Con el rostro descompuesto) Pepe, ¿para qué me trajiste?
PEPE.- Sí sé leer, pero con el entusiasmo del momento...
RAMON.- (Levantando el rifle del suelo) Bueno, ya vámonos a la comisarla.
LOLITA.- (Coqueta, repentinamente) Señor vigilante. Usted no puede hacernos
eso. (Recuerda lo que verdaderamente le preocupa) Pepe, ¿para qué...?
PEPE.- (Sacando la cartera, de nuevo el hombre de mundo) ¿Cuánto quiere?
(Ramón duda un momento pero Lolita se interpone).
LOLITA.- No le des nada, no seas tonto. Si no se puede entrar en las ruinas,
(señalando a Lola) ¿qué está haciendo ésta aquí?
LOLA.- Me llamo Lola.
LOLITA.- Yo también me llamo... Pues sí, si usted vigilante nos lleva a la
comisarla, nosotros lo acusamos de dejar entrar mujeres en las ruinas, para que
luego se lleven las piedras y ustedes digan que es la gente que pasa.
LOLA.- (Orgullosa) Es que yo soy su novia, ¿verdad, Ramón?
LOLITA.- Peor les va a parecer que traiga aquí a sus novias para...
RAMON.- (Decidido) La señorita no es mi novia. Apenas si la conozco. Pasaba
por aquí cuando...
LOLA.- ¿Qué estás diciendo?
PEPE.- Bueno, bueno, nosotros tenemos que irnos.
LOLITA.- Ahora vas a salir con que tenemos mucha prisa.
LOLA.- (A Ramón) ¿Y si no soy su novia, por qué se puso celoso cuando éste
andaba gritando mi nombre?
RAMON.- Qué celoso ni qué nada, si yo creía que esta señorita andaba sola.
(Con mucha prisa) Mire señor, son cincuenta pesos.
PEPE.- (Busca en su cartera y saca el billete) Eso es hablar.
LOLITA.- (Se interpone) Mi papá me ha dicho que eso es una inmoralidad.
(Adelantándose) Por mí, podemos ir inmediatamente a la comisaría, ándele,
llévenos.
LOLA.- Lléveselos, que al fin a usted no le importa nada... (Furiosa) Ya me voy
y luego no me ande buscando porque...
PEPE.- (Rápido, haciendo a un lado a su mujer) Tome los cincuenta pesos y
basta. (Se los pone en la mano)
RAMON.- (A Lola que se aleja) ¡Venga acá! No se haga la ofendida porque si
no me la llevo a la comisaría a usted.
LOLA.- (Regresando) ¡Lléveme si puede! (Se le para enfrente con los puños
sobre la cintura)
RAMON.- (Ligeramente contrito) Oiga, Lolita...
LOLA.- No me diga Lolita, Lolita es aquella.
LOLITA.- (Rápido) A mí me dicen Dolores.
PEPE.- (Impaciente) Dije que bastaba. (Agarrándola de un brazo con cierta
violencia). ¿No tenías tantas ganas de irte? Pues vámonos. (Ella se aparta)
RAMON.- Yo creía que no quería que nadie supiera que era mi novia, por eso...
LOLA.- ¡Convenenciero! ¡Sinvergüenza! (Se va acercando a Lolita)
PEPE.- (Fuera de sí) ¡Vámonos, vámonos a dormir!
RAMON,- La convenenciera es usted.
LOLITA.- (A los dos) Son unos groseros. Yo no me voy.
PEPE.- ¿Qué?
LOLA.- Por eso siempre me está hablando de usted, para que nadie lo sepa,
porque ha de tener otra.
LOLITA.- Eso es, ¡Os dos han de tener otra.
PEPE.- ¿Qué estás diciendo?
LOLITA.- Que de aquí no me muevo. (A Lola, buscando protección) ¿Verdad
que usted tampoco?
RAMON.- (A Lola) Usted dijo que ya se iba.
LOLA.- ¿Quiere que me vaya?
RAMON.- No, no quiero, si no le estoy diciendo eso, es que usted no entiende.
Pepe y Ramón se observan, es una mirada de profunda comprensión.
RAMON.- ¿Qué le parece si las dejamos aquí y nos vamos a tomar una
cerveza? Yo lo invito.
PEPE.- (Dudando ante una mirada desesperada de su mujer) Oiga... no.
(Ramón se encoge de hombros. Pepe, muy dulce, a Lolita:) Dime Lolita, ¿por qué no
quieres irte?
LOLITA.- (Haciendo mohines, bajo) No me voy hasta que me digas para qué
me trajiste aquí.
PEPE.- (Con un gesto de asco) ¿Que para qué...?
LOLITA.- Sí, dímelo aquí, delante de todos.
PEPE.- (Se sienta en una piedra, piensa y al fin se decide) ¿Sabes por qué?
¡Por animal, por estúpido, por ser un soberano idiota! (Ella lo mira más contenta) ¿Ya?
LOLITA.- ¿Lo dices en serio? (El mueve la cabeza afirmativamente) Ya. (Se
pone en pie y se le acerca)
PEPE.- (Pasándole el brazo por la cintura) ¿Nos vamos?
LOLITA.- Sí, mi amor. (Se vuelven al mismo tiempo a los otros)
PEPE.- Buenas noches.
LOLITA.- (Riendo) Muy, muy buenas noches.
Se alejan y los otros los miran sin contestar.
RAMON.- Lola.
LOLA.- Ya váyase a tomar su cerveza.
RAMON.- ¿Qué quiere que le diga para que se contente?
LOLA.- (Después de pensar un momento) Quiero que me diga que usted
también es un animal.
RAMON.- Que yo...
LOLA.- Sí.
RAMON.- (Convencido a medías) Pues... sí... yo también he de ser un animal.
(Lolita se le echa en los brazos) Lolita...
LOLA.- Dígame Dolores. (Se besan)
FIN