lunes, marzo 01, 2021

Morir por cerrar los ojos. Max Aub




 

Morir por cerrar los ojos

Max Aub

 


 

La verdad, como la belleza, suele estar en el ojo de quien mira, pero en el teatro de Max Aub, la verdad es una botella que se niega a ser definida. Al adentrarse en este fragmento, el lector se encuentra con una farsa que es, en realidad, una tragedia disfrazada de circo: dos borrachos se muelen a palos discutiendo si una botella tiene o no una etiqueta, mientras un payaso intenta aplicar una lógica filosófica que solo empeora el caos. Este juego de espejos y contradicciones es el sello distintivo de Max Aub, un autor fundamental pero a menudo "escurridizo" para el gran público. Nacido en París en 1903 y exiliado en México desde 1942 hasta su muerte en 1972, Aub pertenece a esa estirpe de intelectuales que México adoptó y que, a su vez, adoptaron a México con una pasión académica y creativa. Naturalizado mexicano, fue una figura clave en la UNAM, colaborador de Luis Buñuel en el cine y un maestro del engaño literario; fue capaz de inventar biografías enteras de artistas inexistentes con tal de demostrar que la ficción es, a veces, más real que la historia. Su presencia en la cultura mexicana es tan profunda como discreta, recordándonos a otros autores extranjeros que hicieron del misterio su hogar en tierras aztecas, como el legendario B. Traven —aquel autor de El tesoro de Sierra Madre que vivió bajo pseudónimos, rodeado de rumores que lo vinculaban desde la realeza europea hasta sospechas de espionaje, y que hoy tiene una calle con su nombre en la Ciudad de México—. Al igual que Traven, Aub fue un hombre de múltiples identidades y verdades relativas. En este texto, a través del absurdo, nos advierte sobre el peligro de "morir por cerrar los ojos" ante la evidencia de que el otro también puede tener razón. Es una invitación a brindar, no por la certeza de la etiqueta, sino por la maravillosa e inasible naturaleza de la realidad.


 


 

Morir por cerrar los ojos

Max Aub


 

Personajes

  • La Botella
  • El Autor
  • El Borracho 1º
  • El Borracho 2º
  • El Payaso
  • El Arlequín
  • El Poeta
  • El Espectador
  • El Apuntador

Escena Inicial

En medio de la escena hay una enorme, monumental botella oscura, con un marbete rojo pegado al lado. Forma el fondo una gran cortina cuadriculada, blanca y negra. Se puede adaptar fácilmente para representarse en pista de circo.

Al levantarse el telón, la luz en escena es escasa. Mientras habla el Autor, parece que los electricistas ensayan todos los juegos de luz.

EL AUTOR: (Intranquilo e inseguro) Señoras y señores: yo soy el autor de lo que ustedes van a ver representar. Os han dicho que es una farsa, señoras y señores, no lo creáis: ¡esto que aquí os doy, soy yo! Las farsas están hechas para reír y, ¡ay!, yo soy profundamente triste. Primero pensé escribir un poema, pero los hombres ya no leen versos y he aquí que se me ocurrió escribir un terrible drama.

Señoras y señores, ¡dicen que es una farsa! No lo creáis, ¡esto que aquí os doy es una tragedia verdadera! A veces no sé qué pensar. Ratos hay en los cuales veo blanco, ratos hay en los cuales veo negro. (Emocionadísimo) ¡Esto que aquí os doy soy yo! Perdonad, no puedo seguir, la emoción me impide... Bajo la alegría se esconde...

(El Espectador, sujetado por varios tramoyistas, asoma la cabeza en escena y grita estentóreamente)

EL ESPECTADOR: ¡Farsante!

EL AUTOR: (Levanta los brazos, se encoge de hombros, tristísimo) ¡Qué remedio me queda!

(Cabizbajo, sale. Hay una pausa bastante prolongada, monorrítmica. Luego habla la Botella)

LA BOTELLA: Yo soy una botella, nada más; esto es: una botella. Muchas gentes se empeñan en que yo sea otra cosa, pero, confidencialmente, os confiaré que no soy más que una botella. No creáis a nadie, ni los unos ni los otros saben lo que dicen; como a mí me pasa muchas veces. Esto mismo que os digo no lo entiendo porque, al fin y al cabo, no soy más que esto: una botella.

Unos dicen: "es bella". Otros dicen: "no es verdad". Unos: "es verde". Otros: "es roja". Unos: "es grande". Otros: "es pequeña". Unos: "es ancha". Otros: "es delgada como un hilo". No creáis a ninguno. Yo me río... No, no, me equivoco. Creedlos a todos porque todos tienen razón; porque si dicen que soy el cielo, o roja, o verde, o grande, o pequeña, es porque así me ven. Pero a vosotros os lo puedo decir: no soy más que una botella.

Otros vienen y dicen: "no existe, no es nada". También los podéis creer porque si así lo aseguran es porque tendrán razón. Pero yo no soy mundo, ni soy cielo, ni soy vida, ni soy verde, ni roja, ni alta, ni baja; soy, creedme, soy solo una botella, nada más que una botella.

(La escena queda silenciosa largo rato. Luego se oyen voces, gritos, ruido de muchedumbre. Hay otra pausa, corta esta vez. Aparecen en escena, uno por la derecha y otro por la izquierda, los dos borrachos. Al ver la botella se paran)

BORRACHO 1º: ¡Oh!

BORRACHO 2º: ¡Oh!

(Saludan a la botella aparatosamente)

BORRACHO 1º: ¡Hermosa Botella!

BORRACHO 2º: ¡Hermosísima Botella!

BORRACHO 1º: ¡Hermosísima botella!

BORRACHO 2º: No tan grande como yo la quisiera.

BORRACHO 1º: ¿Por qué?

BORRACHO 2º: Porque cabría más.

BORRACHO 1º: Razón de peso. (Ligera pausa)

BORRACHO 2º: ¿Has visto?

BORRACHO 1º: ¿Qué?

BORRACHO 2º: La revolución.

BORRACHO 1º: Sí.

BORRACHO 2º: Dime tú, que eres hombre de muchos latines... ¿quién hace la revolución? ¿Los de arriba o los de abajo?

BORRACHO 1º: Hombre, no sé. No estoy muy seguro. Estaba yo en la taberna y estalló el ruido; dijo el tabernero: “son los de arriba”, dijo uno de los parroquianos: “son los de abajo”. Pero te diré la verdad: no sé si el ruido era de gentes que arriba se divertían, o la revolución; y tampoco si el tabernero se refería a unos u otros.

BORRACHO 2º: (Riendo) Ja, ja, ja, ja.

BORRACHO 1º: ¿Ríes? Oye, tú que eres hombre muy leído, dime: ¿quién tiene razón, los que hacen la revolución o los que no la dejan hacer?

BORRACHO 2º: Los que la hacen.

BORRACHO 1º: Pues antes me dijo uno que los que no la dejan hacer. ¿A quién creo?

BORRACHO 2º: A mí, siempre. Yo tengo siempre razón.

BORRACHO 1º: ¡Oh!

BORRACHO 2º: Sí. Siempre. Y no comprendo cómo haya gente que no piense igual que yo. ¡Si yo lo veo todo tan bien y tan claro! ¡Si todo es tan fácil de comprender! Si todos pensaran como yo, todo se arreglaría. Porque, no me lo vas a negar, yo tengo razón. Si todo el mundo pensara como yo, todos tendríamos razón y no habría guerras, ni huelgas, ni revoluciones.

BORRACHO 1º: (Muy entusiasmado) Tienes razón.

BORRACHO 2º: Claro está, y no comprendo cómo no hayan caído en ello. Muchas veces lo había pensado, pero no lo había expresado tan claramente. ¡Admirable! ¡Admirable! ¡He resuelto el problema del mundo!

BORRACHO 1º: ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra! Razón tienes hermano, eres un genio. Lo mismo había pensado yo muchas veces. ¡Si todos pensaran como yo! ¡Todos tendríamos razón! Todo se resolvería.

BORRACHO 2º: Esta revolución misma... es tan fácil, tan fácil.

BORRACHO 1º: ¿Verdad? Con...

BORRACHO 2º: (Interrumpiéndole) Matar al hombre grande...

BORRACHO 1º: Matar, no hombre.

BORRACHO 2º: Cómo, ¿por qué no?

BORRACHO 1º: No, porque no.

BORRACHO 2º: Sí, porque sí.

BORRACHO 1º: No.

BORRACHO 2º: Sí.

BORRACHO 1º: No.

BORRACHO 2º: Sí.

BORRACHO 1º: Basta. No nos pondríamos de acuerdo y yo tengo mis ideas.

BORRACHO 2º: Y yo las mías.

BORRACHO 1º: Pero las mías son mejores.

BORRACHO 2º: Hombre, ¡me gustaría saber el porqué!

BORRACHO 1º: Porque soy más inteligente.

BORRACHO 2º: Ja, ja, ja, ja.

BORRACHO 1º: (Amenazador) ¿Ríes?

BORRACHO 2º: Sí; pero será mejor que bebamos.

BORRACHO 1º: Ahora tienes razón. Bebamos.

(Sacan unas botellas de sus bolsillos y beben, permaneciendo cada uno en un lado de la escena)

BORRACHO 1º: Hum... hermosa botella.

BORRACHO 2º: Hermosa.

BORRACHO 1º: Hermosísima.

BORRACHO 2º: Más que hermosísima.

BORRACHO 1º: Por más que la alabes no la alabarás tanto como yo.

BORRACHO 2º: ¡Tan lisa!

BORRACHO 1º: ¿Qué?

BORRACHO 2º: ¡Tan lisa!

BORRACHO 1º: ¿Qué necedad estás diciendo?

BORRACHO 2º: Tan lisa.

BORRACHO 1º: Tú estás borracho.

BORRACHO 2º: ¿Por qué?

BORRACHO 1º: ¿No dices "tan lisa"?

BORRACHO 2º: Sí.

BORRACHO 1º: Entonces estás borracho. Porque la botella no es lisa.

BORRACHO 2º: ¡Oh!

BORRACHO 1º: Tiene una etiqueta.

BORRACHO 2º: ¿Qué?

BORRACHO 1º: (Más fuerte) Tiene una etiqueta.

BORRACHO 2º: Ja, ja, ja.

BORRACHO 1º: (Gritando) ¿Ríes? ¡Tiene una etiqueta!

BORRACHO 2º: Ja, ja, ja. El borracho eres tú. La botella es lisa.

BORRACHO 1º: Ja, ja, ja. La botella tiene una etiqueta roja.

BORRACHO 2º: No.

BORRACHO 1º: (Más fuerte) Tiene una etiqueta roja.

BORRACHO 2º: No.

BORRACHO 1º: (Grita) ¡Que tiene una etiqueta roja!

BORRACHO 2º: Pero idiota, ¿cómo quieres negar lo que ven mis ojos?

BORRACHO 1º: (Superior) Arguyes con los mismos argumentos que yo tengo para probarte lo contrario. ¡Embustero! La botella tiene una etiqueta roja de estas dimensiones. (Abre los brazos)

BORRACHO 2º: (Grita) ¡La botella es lisa, lisa, lisa!

BORRACHO 1º: ¡Mentira! (En actitud clásica de orador) ¡Compañeros! Todos cuantos nos rodean nos odian, niegan nuestras reivindicaciones tan discretas y justas, niegan la verdad, cierran los ojos a la evidencia. ¡Nuestra causa es tan clara, tan diáfana que salta a la vista!

BORRACHO 2º: (Interrumpiéndole) ¡Compañeros! ¡Hermanos! ¡Camaradas! ¡Respetables consocios! ¡No los creáis! Proclaman que cuanto nosotros vemos no es verdad y aun se atreven, ¡los vendidos!, a asegurar que lo que con nuestros propios sentidos notamos es mentira. ¡Ah, señores!

BORRACHO 1º: Ja, ja, ja.

BORRACHO 2º: Ja, ja, ja.

BORRACHO 1º: ¿Es que no me crees?

BORRACHO 2º: Déjame reír. No creía que tan poco vino te hiciera ver visiones.

BORRACHO 1º: El borracho lo eres tú, y además eres un hotentote.

BORRACHO 2º: ¿Qué?

BORRACHO 1º: Un ho-ten-to-te.

BORRACHO 2º: ¡Oh!

(Se pelean. Pueden emplear palas de las de uso corriente en los circos. El ruido es extraordinario. Después de la pelea, quedan en los lados opuestos a los que anteriormente ocupaban. Ambos gimen con fuerza: "¡Ay, ay, ay!", "¡Oh, oh, oh!". Se fijan en la botella. Quedan un momento perplejos. Se rascan la cabeza, se acercan a la botella, retroceden, se frotan los ojos. Juego de escena. Pausa. Luego hablan inseguros)

BORRACHO 1º: Oye.

BORRACHO 2º: ¿Qué?

BORRACHO 1º: Lo pasado, pasado, y pelillos a la mar.

BORRACHO 2º: Soy de tu parecer.

BORRACHO 1º: Las ideas no sirven para nada.

BORRACHO 2º: Soy de tu opinión.

BORRACHO 1º: Las ideas las inventaron para amargarnos la vida.

BORRACHO 2º: Siempre he pensado así.

BORRACHO 1º: ¡Si no hubiese ideas!

BORRACHO 2º: ¡Maravilloso mundo entonces!

BORRACHO 1º: Siempre se acaba con ellas como los niños con los juegos de manos.

BORRACHO 2º: Eres extraordinario.

BORRACHO 1º: Di: "somos".

BORRACHO 2º: Como tú quieras. Somos extraordinarios.

BORRACHO 1º: Brindemos por ello, es lo mejor.

BORRACHO 2º: Tienes razón. Es lo mejor.

(Beben. Pausa. Luego, con vergüenza, inseguros y lentos)

BORRACHO 1º: Oye.

BORRACHO 2º: ¿Qué?

AMBOS: (A la vez) Tenías razón.

AMBOS: (Sorprendidos, al mismo tiempo) ¿Qué?

BORRACHO 1º: La botella es lisa.

BORRACHO 2º: ¿Qué?

BORRACHO 1º: La botella es lisa.

BORRACHO 2º: No.

BORRACHO 1º: Sí. Te digo que sí. Aprecio tu delicadeza pero reconozco mi error. No sé... (Lírico) mi alma andaba extraviada... (Enfático) estaba sumergida en la oscuridad. Repito: agradezco en todo lo que vale tu delicadeza.

BORRACHO 2º: Si hablas en chanza (broma), basta ya.

BORRACHO 1º: ¿Cómo en chanza?

BORRACHO 2º: La botella tiene una etiqueta.

BORRACHO 1º: Tú deliras.

BORRACHO 2º: No. Lo que te quería decir era esto: mi vista, mi alma debió de cegarse. Ahora ya es otra cosa. Veo. Te pido mil perdones por mis insolencias. Tenías razón. Y no soy yo hombre que pida perdón tan fácilmente.

BORRACHO 1º: Si hablas en chanza, basta ya.

BORRACHO 2º: ¿Cómo en chanza?

BORRACHO 1º: (Silabeando) La bo-te-lla es li-sa.

BORRACHO 2º: La bo-te-lla tie-ne una e-ti-que-ta.

BORRACHO 1º: Men-ti-ra.

BORRACHO 2º: I-dio-ta.

BORRACHO 1º: Ja, ja, ja. Pero, ¡hombre! Antes sostenías que la botella es lisa y yo, no sé ahora cómo ni por qué, te dije que llevaba una etiqueta; y ahora, cuando me doy efectivamente cuenta de que estaba en un error...

BORRACHO 1º: Reconozco que decías la verdad; ahora es cuando tú sostienes lo contrario. Eres sencillamente el espíritu de la contradicción, y ahora sí que estoy seguro de que la botella es lisa.

BORRACHO 2º: No te entiendo. Hace un minuto eras capaz de dejarte matar por asegurar que la botella tenía una etiqueta y ahora, cuando yo me limito a reconocer tu opinión, afirmas lo contrario. Perdona, pero te diré francamente que me pareces un perfecto imbécil.

BORRACHO 1º: ¡Sátiro!

BORRACHO 2º: ¡Uy!

(Con grandes gestos, extraordinarios ruidos y feroces aspavientos tornan a pegarse. En escena aparece el Payaso)

EL PAYASO: Sosegaos, reponeos, tranquilizaos, apaciguaos, morigeraos. (Los dos borrachos le miran boquiabiertos) ¿Conocéis las doctrinas de Epicteto?

BORRACHOS 1º y 2º: No.

EL PAYASO: ¿Tampoco las de Aristóteles?

BORRACHOS 1º y 2º: Nooo.

EL PAYASO: ¿Tampoco las de Santo Tomás?

BORRACHOS 1º y 2º: Nooo.

EL PAYASO: ¿Ni siquiera las de Descartes?

BORRACHOS 1º y 2º: Tampoco.

EL PAYASO: ¿Ni las de Spinoza, ni las de Kant, ni las de Schopenhauer?

BORRACHOS 1º y 2º: Tampocooo.

EL PAYASO: ¡Oh! ¿Ni las de Hume, ni las de Bergson, ni las de Gaos?

BORRACHOS 1º y 2º: Nooooooo.

EL PAYASO: ¡Oh, oh, oh! Bien, muy bien, ya estáis de acuerdo en algo. Y en verdad que ello no tiene gran importancia, pues aunque no los conozcáis, no os hacen ninguna falta conociendo las mías. Prestad atención, empiezo. (Pausa) Estabais discutiendo tranquilamente si la botella ostentaba un marbete o no.

BORRACHOS 1º y 2º: ¿Qué dice que tiene o no la botella?

EL PAYASO: Marbete.

BORRACHO 1º: Ya teníamos bastante con discutir si tenía la botella etiqueta o no, para que venga usted con sus aires de sabio a decirnos que si tiene o no tiene... ¿qué? ¿Marbete?

BORRACHO 2º: (Valentón) Muy bien dicho. Y tenga cuidado, que como nos tome el pelo: palo.

EL PAYASO: Esto servirá para mi argumentación. ¡Sabed, oh ignorantes!, que marbete y etiqueta son sinónimos. Igual da decir marbete que etiqueta.

BORRACHO 2º: Haber empezado por ahí.

EL PAYASO: (Interrumpiendo) ¡Calma! Traigo la solución. En filosofía lo principal es el método. Escuchad: la botella tiene un marbete.

BORRACHO 1º: ¡Oh, hombre sabio! ¡Maravilloso doctor!

EL PAYASO: (Al Borracho 2º) Pero también este tiene razón.

BORRACHO 2º: ¡Hombre clarividente! Tu nombre será reverenciado.

BORRACHO 1º: No, esto no puede ser. Es un disparate. ¿Cómo puede ser que este tenga razón y yo también si decimos cosas diferentes?

EL PAYASO: Calmaos. Tú tienes razón porque así la ves, y tú también porque así la ves tú.

BORRACHOS 1º y 2º: ¿Así que la botella tiene y no tiene etiqueta?

EL PAYASO: (Encantado) Esa es la verdad.

BORRACHOS 1º y 2º: (Riendo desmesuradamente) ¡Ja, ja, ja! ¡Es como si me dijeran que en la huelga tienen razón los obreros y los patrones! ¡O los que hacen la revolución y los que no la dejan hacer!

EL PAYASO: ¡Ecco! Esa es la verdad.

BORRACHOS 1º y 2º: (Enfadados) Pero al fin y al cabo, ¿quién tiene razón?

EL PAYASO: Tú. Y tú. (Coge a ambos del brazo y los cambia de lugar. Mientras tanto, la Botella da media vuelta) ¿Y ahora?

BORRACHO 1º: Tiene.

BORRACHO 2º: No tiene.

(La escena se repite. Los borrachos pierden la paciencia)

BORRACHOS 1º y 2º: ¿Esta es toda su prueba? ¡Imbécil! ¡Toma la verdad, idiota!

(Ambos le apalean. Aparece el Poeta)

BORRACHO 1º: ¡Oh! Señor Ramírez, ¿cómo está usted? ¿Y la familia? ¿Y el negocio?

EL POETA: Bien, muy bien. ¿Quiere usted algo?

BORRACHO 1º: (Saca un papel) Tengo una carta detenida. ¿Será usted tan amable de retirarla?

EL POETA: ¡Cómo no! Encantado. Adiós. (Se encuentra con el Payaso)

EL PAYASO: Hola, ilustre poeta. ¿Qué hay de nuevo?

EL POETA: (Saca un libro) He escrito cosas nuevas, pero ya no me satisfacen. Ahora estoy componiendo algo... ¡Luz! ¡Marcha! (Sale)

EL PAYASO: ¡Qué poeta extraordinario!

BORRACHO 1º: ¡Usted no está bueno de la cabeza! ¿Qué poeta? ¡Es el cartero de mi barrio! Le he pagado tantas cartas...

EL PAYASO: ¡Imposible! Es un poeta de sensibilidad etérea.

LOS TRES: ¡Mentira! ¡Impostores!

(Nueva lucha a palos hasta que salta el Espectador a escena)

EL ESPECTADOR: (Furioso) ¡Que salga el autor!

EL AUTOR: (Sale y saluda)

EL ESPECTADOR: ¡Es usted un idiota! Este señor (por el Payaso) me ha convencido de que todos tenemos razón y ahora es capaz de dejarse matar por una idea opuesta. ¡Esto es imposible en la vida!

EL AUTOR: (Atormentado) No sé nada. Reclame en taquilla. ¡Qué remedio me queda! (A los actores) Continuad. (Sale)

(Aparece el Arlequín)

EL ARLEQUÍN: ¡No le escuchéis! Yo traigo la verdad: Nada existe. Todo es ilusión de vuestros sentidos. Ni la botella ni el marbete existen.

BORRACHO 1º: ¿Todo es ilusión?

(Le muelen a palos)

BORRACHOS 1º y 2º: No se queje, que en este momento los palos son ilusión y nada realidad.

BORRACHO 1º: ¡Bah! Déjalos. Tenga la botella etiqueta o no, lo mejor será que bebamos.

TODOS: (Bebiendo y danzando alrededor de la botella) ¡Matarilerileró!

(El Autor y el Apuntador asoman gritando que así no es la obra. Los personajes caen como muñecos desarticulados al pie de la botella. El Espectador asoma la cabeza una última vez)

EL ESPECTADOR: ¡Farsante!

EL AUTOR: ¡Qué remedio me queda!

LA BOTELLA: Yo soy una botella, nada más. Unos me ven así, otros de otra manera. Si dicen que soy grande o pequeña, roja o verde... creedlos a todos, porque así me ven. Y todos tenemos razón. Pero en el fondo, la verdad es esta: yo soy una botella; nada más que esto.

(Se apagan las luces)

FIN


 



Riesgo, Vidrio De Dante del Castillo

 




Riesgo, Vidrio
De Dante del Castillo

Personajes
Graciela
Luis
Judith
Jorge
Rafael




Una sala de comedor corrida. Dos puertas, una al centro, la de la salida, y otra a la
izquierda que comunica al comedor con la cocina. A la derecha un principio de
escalera que lleva al piso superior donde se encuentran las habitaciones. Todo el
mobiliario da el aspecto de pertenecer a una familia de mediana posición. Al abrirse
el telón, Graciela está cerca de la mesa acomodando unas cosas. (Pueden ser un
mantel, platos y cubiertos).
Mientras en la sala, cerca del aparato de TV., está Luis, recostado en el piso,
escribiendo sobre un cuaderno.
JUDITH.- (Entra apresuradamente por la puerta de la calle) Mamá, ya comenzó
la comedia, hay que verla.
GRACIELA.- Hoy no prendas la televisión. (Extiende el mantel sobre la mesa y
empieza a acomodar los platos y cubiertos).
JUDITH.- ¿Por qué?
LUIS.- (Levanta la cabeza) ¿No ves que ya se cansó de ver payasadas?
JUDITH.- (A Luis) Cállate, nadie está hablando contigo. (Se dirige al aparato de
TV y lo enciende).
GRACIELA.- (En advertencia) Te dije que no la pusieras.
JUDITH.- (Como si no oyera, empieza a sintonizar la imagen. Cuando por fin lo
logra va a sentarse a uno de los sillones) Un ratito nada más y luego la apago.
LUIS.- Apaga eso, ¿no entiendes?
JUDITH.- Shhh, tu no te metas.
LUIS.- (Se levanta y va hacia la TV) Bueno, pues ya que la prendiste, siquiera
pon otra cosa, no esas porquerías. (Cambia de canal).
JUDITH.- Mamá mira a éste Luis. (Se levanta, vuelve a sintonizar el canal que
estaba viendo).
GRACIELA.- (Terminando de poner la mesa). Esténse quietos. (A Judith) Eres
muy terca, pero allá tú. Donde vea tu papá que encendiste el aparato se
va a enojar.
JUDITH.- Ayer lo prendí y no me dijo nada.
GRACIELA.- Pero hoy llegó de malas.
(Se empiezan a oír voces y lloriqueos provenientes del aparato de TV. Obviamente
se trata de una telecomedia. Judith empieza a interesarse en el
programa. Jorge aparece en bata y con pantuflas bajando la escalera.
Ve que la TV está prendida y visiblemente hace un gesto de desagrado.
Va hasta el aparato y cambia de canal).
JUDITH.- (Protestando) No lo cambies, papá.
JORGE.- Lo siento, quiero ver el juego.
(Luis regresa a su lugar a seguir escribiendo).
JUDITH.- (Consulta su reloj de pulso) Todavía es temprano.
JORGE.- (Se sienta tranquilamente en un sillón)
No le hace, quiero ver el programa que va antes, también me gusta.
JUDITH.- Es que quiero saber qué pasa en este capítulo, ayer se quedó muy
interesante.
JORGE.- (Sigue mirando la TV como si no oyera lo que Judith habla. De pronto a
Graciela): Oye, ¿sabes qué? Hoy quiero que me sirvas la cena aquí.
GRACIELA.- Pero, Jorge, ya puse la mesa.
JORGE.- (Autoritario) Pues ni modo, prefiero que la traigas acá. (Mira la TV).JUDITH.- Papá, hazme caso. ¿Por qué no me dejas ver la novela?
JORGE.- No me gusta ver eso.
JUDITH.- Tú si tienes derecho a ver todo lo que quieras, ¿verdad?
JORGE.- Shhh, hablas como si la televisión fuera tuya.
GRACIELA.- Judith, deja a tu padre en paz.
JUDITH.- Está bien. (Rezongando) Pero algún día he de tener mi casa y mi tele y
entonces haré y veré todo lo que yo quiera. (Está casi a punto de
llorar).
(Luis, que ha estado pendiente de todo, le hace señas de qué bueno, como si tocara
una guitarra imaginaria).
JUDITH.- (A Luis, furiosa) ¡Idiota!
JORGE.- (Se levanta entre enojado y sorprendido) ¿Qué me dijiste?
JUDITH.- (Asustada) Nada, papá.
LUIS.- (En chisme) Dijo idiota.
JUDITH.- Si, pero se lo dije a él (señala a Luis).
JORGE.- (Duda un poco) Mmmh, de todos modos, ten cuidado con lo que dices.
JUDITH.- Papá, te juro que yo...
JORGE.- (No le hace caso; se sienta de nuevo a ver el programa de TV) Shhh,
cállate, no me dejas oír.
(Judith quiere decir algo, pero al ver que su padre está tan entretenido o simula estar
viendo la TV da la vuelta y comienza a caminar hacia la escalera,
rumbo hacia su habitación).
GRACIELA.- (A Jorge) No debiste tratarla así.
JORGE.- (Como disculpa) Me insultó.
GRACIELA.- Es incapaz de hacerlo, se lo dijo a éste. (Señala a Luis) Y es que todo
el día nada más la está molestando. (Pausa) Luis, ¿verdad que te lo
dijo a ti?
LUIS.- (Mintiendo) No sé, mamá, yo no me di cuenta, estaba haciendo mi tarea.
Nada más oí que dijo idiota.
JORGE.- Aunque no me haya insultado. También me da coraje que se crea la dueña
de la televisión. Yo fui quien la compró.
GRACIELA.- Sí, pero la compraste para la casa, para todos.
JORGE.- (Casi gritando) La compré para mí, Graciela, es mía.
GRACIELA.- (Un poco atemorizada) Está bien, está bien, no tienes que gritar así.
LUIS.- Oye, papá, puedo ver contigo ese programa.JORGE.- No.
GRACIELA.- Lo que debes hacer es terminar la tarea, llevas horas haciéndola.
LUIS.- No puedo concentrarme con ese ruido. (Señala la TV).
GRACIELA.- Ve entonces al escritorio de tu papá, ahí no hay ruido.
JORGE.- (Violentamente) No, ahí no. (Graciela se le queda mirando fijamente.
Disculpándose) Es que tengo muchos papeles de trabajo y no quiero
que me los vayan a revolver.
LUIS.- ¿Lo ves, mamá? (Pausa) No puedo trabajar en ninguna parte.
GRACIELA.- (Nerviosa) Mira, deja eso por el momento, después terminarás.
LUIS.- Y entonces, ¿qué hago? Papá tampoco me deja ver la tele.
GRACIELA.- (En el mismo tono) Trae de una vez el pan.
LUIS.- (Feliz) Si, mamá.
(Saca un billete de su monedero, mismo que entrega a Luis) Toma, compras la mitad
de pan blanco y lo demás de pan de dulce.
LUIS.- Sí.
GRACIELA.- Regresas pronto, no quiero que vayas a quedarte en la calle jugando
con tus amigos.
LUIS.- No, mamá.
GRACIELA.- (En advertencia) Mira, si te tardas, voy por ti.
LUIS.- Está bien, mamá. (Sale)
GRACIELA.- (A Jorge) No se por qué te portas así con los muchachos; a veces me
da la impresión de que te estorban o no los quieres.
JORGE.- No digas tonterías.
GRACIELA.- Entonces, ¿cuál es la razón de que te portes así con ellos?
JORGE.- ¡Ah, mujer!, ya quisiera verte en mi lugar: cobrando, discutiendo y haciendo
corajes. Eso sin contar con las grandes caminatas que hago y cuando
por fin llego a mi casa, rendido y con ganas de descansar, siempre me
encuentro con problemas, gritos, ruidos y quejas. ¿Tú crees que no voy
a fastidiarme?
GRACIELA.- Pero los muchachos no tienen la culpa de lo que te pasa en la calle.
JORGE.- No digo que la tengan.
GRACIELA.- Tampoco yo soy culpable.
JORGE.- Pero tú, ¿qué tienes que reprocharme?
GRACIELA.- Conmigo también has cambiado.
JORGE.- ¿En qué sentido?GRACIELA.- Si no es para darme alguna orden, no me hablas. En cambio antes
platicábamos a diario.
JORGE.- ¿Y de qué quieres que platiquemos?
GRACIELA.- Antes lo hacíamos de muchas cosas, nos sobraban temas.
JORGE.- (Interesándose en la TV) Shhh, mejor siéntate y ve conmigo el programa.
GRACIELA.- (Se sienta) Parece que ya no te interesa lo que pasa en tu casa.
JORGE.- ¡Cómo no va a interesarme!
GRACIELA.- Antes, cuando no teníamos la tele, siempre llegabas y preguntabas por
tus hijos, por lo que habían hecho en tu ausencia.
JORGE.- Para que lo pregunto, si me doy cuenta de que están insoportables.
GRACIELA.- Han llegado a la edad en que más debían preocuparte.
JORGE.- ¿Qué quieres decir?
GRACIELA.- Ya no son unos niños y los sigues tratando como si lo fueran.
JORGE.- Siguen siendo unos escuincles malcriados.
GRACIELA.- Debes cambiar con ellos.
JORGE.- ¿En qué sentido?
GRACIELA.- Trátalos de una manera más amistosa.
JORGE.- Sí, cómo no, para que luego me pierdan el respeto.
GRACIELA.- No, para que sientan confianza, para que te quieran, para que borres el
temor que te tienen.
JORGE.- ¡Temor! ¿Pero por qué?
GRACIELA.- Por cualquier insignificancia los estás regañando.
JORGE.- A los hijos hay que corregirlos a tiempo.
GRACIELA.- Pero también hay que demostrarles cariño.
JORGE.- ¿Y acaso crees que no los quiero?
GRACIELA.- Los quieres, pero ya te dije, necesitas demostrárselos.
JORGE.- (Aburrido) Bueno, ¿a qué viene hablar de todo esto precisamente cuando
estoy viendo un programa que me gusta?
GRACIELA.- Es necesario. Sobre todo, al primero que tienes que empezar a ganarte,
es a Rafael.
JORGE.- Mhhh, ya sé por dónde va la cosa, ustedes algo se traen, ¿por qué no lo
dices de una vez?
GRACIELA.- Rafael quiere hablar contigo.
JORGE.- ¿Acerca de qué?GRACIELA.- Quiere estudiar aeronáutica civil.
JORGE.- (Molesto) ¡¿Qué?! Ese muchacho siempre está con sus sueños de
grandeza; antes quiso ser arquitecto, ahora esto. (Pausa) Que ni lo
piense, yo no puedo costearle esa carrera. Es muy cara.
GRACIELA.- Tiene algo ahorrado y sólo quiere saber si cuenta con tu apoyo. Lo
correcto es que lo ayudes, aunque sea con poco dinero.
JORGE.- No puedo, se saldría totalmente de mi presupuesto. Además, recuerda que
estoy juntando para mi carro.
GRACIELA.- Yo sé que puedes ayudarlo habla con él y no lo desanimes.
JORGE.- ¿Cuándo dejarás de abogar por ese flojo?
GRACIELA.- Quiere estudiar, hay que apoyarlo.
JORGE.- ¿Para que haga lo mismo que cuando estudiaba comercio? Nunca se
paraba por la escuela.
GRACIELA.- No le gustaba estudiar eso.
JORGE.- No era cuestión de que le gustara o no; fue lo único que pudimos ofrecerle
y debió aprovecharlo.
GRACIELA.- Una carrera corta nunca me pareció lo mejor para Rafael.
JORGE.- Desperdició una oportunidad que ya la hubiera yo querido tener en mi
tiempo.
GRACIELA.- Soñaba con ser arquitecto.
JORGE.- No estábamos en posibilidades de costear eso, y además, nunca he sido
partidario de carreras largas: muy pocos las llegan a terminar.
GRACIELA.- Aquel fue un tiempo difícil; ahora, con un poco de sacrificio, podemos
ayudarlo.
JORGE.- ¿Y dónde está? De seguro en la calle.
GRACIELA.- No. (Pausa) ¿Por qué siempre piensas que está en la calle? Está arriba
desde temprano, terminando de hacer unas cuentas.
JORGE.- Fíjate, luego si estudia eso, va a descuidar su trabajo. ¿Quién va a llevar la
contabilidad de sus clientes?
GRACIELA.- Él dice que puede con las dos cosas, además por eso no te preocupes,
yo conozco de contabilidad y puedo ayudarlo.
JORGE.- (Viéndose muy forzado) Mmmh, voy a hablar con él, pero no te prometo
nada.
GRACIELA.- (Rápidamente) Entonces, voy a decirle que baje.
JORGE.- No. Espérate a que termine el programa.GRACIELA.- Es más importante el porvenir de tu hijo. (Va hasta el pie de la escalera
y desde abajo grita) Rafael, Rafael. (Aparece éste) Rafael, hijo, tu
padre te está esperando.
RAFAEL.- (Sorprendido) ¿A mí? ¿Para qué?
GRACIELA.- ¿No querías hablar con él de tus estudios?
RAFAEL.- (Un poco desconcertado) Este..., sí.
GRACIELA.- Pues ándale.
(Rafael baja la escalera y se acerca a Jorge, quien sigue viendo la TV).
RAFAEL.- (Tímidamente) Papá...
JORGE.- (Sin dejar de ver la tele) Sí. Te escucho.
GRACIELA.- (Muy amable) Jorge, voy a apagarla. Así podrán hablar mejor. (Apaga
el aparato).
JORGE.- ¡Ah, que lata dan ustedes!
GRACIELA.- (Se acerca nuevamente a Rafael y lo empuja cariñosamente) Ándale.
RAFAEL.- No te quitaré mucho tiempo.
JORGE.- Bueno...
RAFAEL.- (Tragando saliva) ¿Sabes, papá? He decidido seguir estudiando.
JORGE.- Qué bueno.
RAFAEL.- Y... quisiera saber si puedo contar con tu ayuda.
JORGE.- Desde luego.
GRACIELA.- (Feliz) Ya ves, Rafael, cómo hablando se entiende la gente. (Pausa)
Bueno, mientras ustedes se ponen de acuerdo yo voy a terminar de
cocinar, quiero que hoy cenemos todos juntos. (Sale).
RAFAEL.- (Muy contento) No sabes, papá, como temía que no fueras a ayudarme.
JORGE.- ¿Por qué no había de hacerlo?
RAFAEL.- Es que antes no te respondí bien, pero ahora puedes estar seguro de que
llegaré a ser un gran piloto.
JORGE.- (Fingiendo sorpresa) ¡Cómo! Pero, ¿Qué quieres estudiar?
RAFAEL.- Aeronáutica civil, creí que ya mamá te lo había dicho.
JORGE.- No, ella nada más me dijo que querías seguir estudiando y yo creí que ibas
a terminar comercio.
RAFAEL.- (Con vehemencia) No, eso nunca me gustó.
JORGE.- Entonces, ¿Por qué comenzaste a estudiarlo?RAFAEL.- ¿Ya no te acuerdas, papá? Tú fuiste quien me obligó, yo quería estudiar
arquitectura.
JORGE.- Yo no te obligué. En aquel tiempo era imposible costearte esa carrera.
RAFAEL.- Lo comprendí, por eso acepté, pero por más esfuerzos que hice, nunca
me gustó estudiar comercio. Siempre soñaba en construir grandes
casas, edificios, ciudades enteras.
JORGE.- Eran sólo sueños, en cambio yo te di los medios para que pudieras ganarte
la vida.
RAFAEL.- También uno puede vivir haciendo lo que le gusta.
JORGE.- (Sonríe irónicamente) ¿Y con eso que piensas estudiar, podrás
mantenerte?
RAFAEL.- Seguro.
JORGE.- Esa es una carrera de ricos, de gente que tiene buenas relaciones.
RAFAEL.- No soy rico, ya los sé, pero en cuanto a contactos, en la escuela uno se
puede ir relacionando.
JORGE.- Definitivamente eso de los aviones no me gusta, resulta caro y con muy
poco porvenir. (Pausa) Y además yo no tengo medios para ayudarte.
RAFAEL.- Pero si hace un rato estabas de acuerdo.
JORGE.- Creí que te referías a seguir estudiando comercio.
RAFAEL.- No, papá, eso ya no.
JORGE.- No sé por que no te gusta. Ya ves, aunque no te recibiste, estás llevando
varias contabilidades y te sacas tus buenos centavos. Imagínate lo que
ganarías si terminaras tu carrera de contador privado y luego siguieras
estudiando, hasta recibirte de contador público...
RAFAEL.- Mi ambición no es nada más ganar dinero.
JORGE.- ¿Entonces?
RAFAEL.- Quiero hacer lo que siempre he deseado. Aviador.
JORGE.- Antes querías ser otra cosa.
RAFAEL.- Si, pero ahora quiero viajar, conocer otros países, volar.
JORGE.- Toda la vida estás soñando; antes soñabas en fabricar castillos, ahora en
paseos. (Pausa) Date cuenta: somos pobres.
RAFAEL.- Por eso quiero progresar y no seguir estancado.
JORGE.- Pero no puedes aspirar a cosas que no son para ti; ve la realidad,
confórmate con lo que tienes.
RAFAEL.- ¿Y qué es lo que tengo? Nada, papá; todo lo que hay en la casa es tuyo.JORGE.- No te precipites, piénsalo bien. Si quieres seguir estudiando, estudia lo que
ya conoces, sobre todo lo que te sirve.
RAFAEL.- No necesito pensar nada, sé lo que quiero. Mi decisión ya está tomada, y
sólo quiero saber: ¿vas a ayudarme?
JORGE.- Lo haré si estudias comercio.
RAFAEL.- ¡Papá! ¿Por qué siempre te quieres salir con la tuya?
JORGE.- En este caso, sé lo que te conviene.
RAFAEL.- Eso nadie puede saberlo mejor que yo.
JORGE.- Eres muy joven aún, no te das cuenta de muchas cosas, podrías
equivocarte.
RAFAEL.- No me importa, nadie experimenta en cabeza ajena y lo que tú sepas no
me va a servir a mí.
JORGE.- ¿Entonces, definitivamente, ya decidiste estudiar aeronáutica?
RAFAEL.- Sí.
JORGE.- (Indignado) Si vas a hacer lo que quieras, no cuentes conmigo para nada.
RAFAEL.- (Dolido) No sé como llegué a creer por un momento que ibas a cambiar.
(Pausa) Gracias de todos modos, papá. (Exaltado) Pero una cosa si te
digo: de hoy en adelante, bueno o malo para ti, seré lo que yo quiera.
GRACIELA.- (Entra) ¿Qué paso? (Pausa) ¿Ya se pusieron de acuerdo?
(Rafael no contesta. Se dirige violentamente hacia la puerta de la calle y sale).
GRACIELA.- Rafael, ¿A dónde vas?
JORGE.- Déjalo, es un necio.
GRACIELA.- Pero, ¿Por qué se fue?
JORGE.- Se disgustó.
GRACIELA.- ¿Pues que le dijiste?
JORGE.- Qué si estudia comercio lo ayudo, si es otra cosa, no.
GRACIELA.- (Mortificada) Lo sabías muy bien, yo te lo dije: él quiere estudiar
aviación.
JORGE.- No le conviene.
GRACIELA.- No puedes obligarlo a estudiar lo que tú quieras.
JORGE.- Se debe terminar lo que se comienza.
JUDITH.- (Baja por las escaleras) Mamá, ¿puedo salir un rato?
GRACIELA.- Avísale a tu padre.
(Con cierto recelo) Papá, voy a la casa de Cristina.JORGE.- (Muy molesto) ¿De cuando acá sales de la casa sin antes pedir permiso?
JUDITH.- (Desconcertada) Pero, papá, ¿qué estoy haciendo?
JORGE.- Eso no es pedir: me estás avisando, o sea, ya lo decidiste.
JUDITH.- (Sumisa) Bueno, ¿me das permiso?
JORGE.- No, para que otra vez te enseñes a pedirlo. ¡En esta casa ya todo mundo
quiere hacer su voluntad!
JUDITH.- (En ruego) Papá, no seas así. No me dejas ver la tele, no puedo salir.
¿Qué voy a hacer entonces?
JORGE.- Hay muchas cosas en las que puedes ocuparte. Ayuda a tu madre en la
cocina, estudia tus lecciones.
GRACIELA.- (Un poco molesta) Hace un rato me ayudó a limpiar la cocina, su tarea
de la escuela ya la terminó, déjala ir un rato a platicar con su amiga.
JORGE.- No, ya dije que no.
GRACIELA.- (Exaltada) Pero no es justo, Jorge, ella tiene derecho a distraerse un
poco.
JUDITH.- (Tratando de evitar una discusión) No importa, mamá, iré otro día. (Pausa)
¿No tienes algo en que pueda ayudarte?
GRACIELA.- (Nerviosa) Si, por favor vigílame la carne en el horno.
JUDITH.- Si, mamá. (Sale).
GRACIELA.- Jorge, no seas así ¿Por qué no tratas mejor a esa muchacha?
JORGE.- (Prende nuevamente la TV) Hay que fajarse los pantalones, o al rato los
hijos te mandan. (Se sienta nuevamente).
LUIS.- (Entra corriendo asustado) Papá, papá.
JORGE.- Shhh, cállate. No grites. (No le hace caso).
LUIS.- (Va hacia Graciela) Mamá, se van a llevar a Rafael a la cárcel.
GRACIELA.- ¿Qué dices? ¿Por qué?
LUIS.- Rompió los vidrios de la tienda de la esquina.
GRACIELA.- ¿Cómo fue eso?
LUIS.- Dicen que lo hizo a propósito.
GRACIELA.- Pero, ¿Por qué?
LUIS.- No sé.
JORGE.- (Se levanta. Baja el volumen de la TV. A Luis:) A ver, explícate mejor.
LUIS.- A pedradas rompió los cristales y después, en lugar de correr o esconderse,
se quedó viendo lo que había hecho; yo traté de jalarlo, pero me corrió.GRACIELA.- ¡Ay, Dios mío! ¿Y después?
LUIS.- Salió el dueño con otro señor y lo detuvieron.
GRACIELA.- ¿Y tú hermano que hizo?
LUIS.- Nada. Después el dueño llamó a la policía.
JORGE.- (Furioso) Ese muchacho tiene arranques de loco.
GRACIELA.- Jorge, vamos por él antes de que se lo vayan a llevar.
JORGE.- No, ya está grandecito para saber lo que hace.
GRACIELA.- Si tú no quieres acompañarme, iré sola.
JORGE.- Tú no sales, te lo prohíbo.
GRACIELA.- (Comprueba que lleva su monedero) No voy a dejar que se lleven a un
hijo mío a la cárcel.
JORGE.- Déjalo, así escarmentará.
GRACIELA.- Iré, quieras o no.
JORGE.- (Gritando, para tratar de imponerse) Aquí se hace lo que yo digo.
GRACIELA.- Se hará todo, menos dejar que Rafael vaya a la cárcel por tu culpa.
JORGE.- ¿Cómo que por mi culpa?
GRACIELA.- Iba furioso cuando salió de aquí. Yo no sé lo que le dirías.
JORGE.- Con bajarlo de las nubes no creí hacerle un mal.
GRACIELA.- No, no le hiciste nada; ya me imagino, con tu manera de hablar, las
cosas que le habrás dicho. Y lo que más rabia me da es que yo te
advertí que no lo fueras a desanimar. (A Luis) Acompáñame, hijo.
LUIS.- Sí, mamá.
JORGE.- (Les ataja el paso) Ustedes no salen.
GRACIELA.- Déjanos pasar.
JORGE.- Si quieres ir, ve tú sola. (Detiene a Luis con la mano). A los demás no
tienes por qué indisciplinarlos.
GRACIELA.- Quédate, Luis. (Va hacia la puerta de la calle).
JORGE.- Nada más te advierto: si sales de esta casa no vuelves a entrar.
GRACIELA.- (Furiosa) Es lo que tú crees, ésta es mi casa.
JORGE.- (Déspota) ¿Te olvidas de quién paga la renta y quién compró todo lo que
hay aquí?
GRACIELA.- No, ya sé, fuiste tú, yo soy tu esposa y ellos son tus hijos, pero ni ellos
ni yo somos objetos que puedas tratar como se te antoje.
JORGE.- ¿Qué tratas de decirme?GRACIELA.- ¿Todavía debo hablar más claro? Hace un rato te decía que tratas a los
muchachos como a unos niños, pero no era la palabra correcta, los
tratas como máquinas para manejar a tu antojo, y lo digo de una vez,
ya me tienes cansada: o cambias, o te vas de la casa, o nos vamos
nosotros.
JORGE.- (Burlón) ¡Qué valiente te has puesto!
GRACIELA.-¡Desde hace mucho debí ponerme! Tú lo que quieres hacer de Rafael
un don nadie, de Judith una histérica y de Luis un vago. De mí ya ni
hablo; al fin y al cabo te acepté como eres. (Pausa) Y a pesar de todo
te quiero.
JORGE.- (Desconcertado) ¿Pero qué te pasa?
GRACIELA.- Analiza tu conducta y podrás contestarte. Me voy.
JORGE.- No seas loca. ¿Qué vas a hacer?
GRACIELA.- Pagaré los daños.
JORGE.- ¿Cuánto tienes?
GRACIELA.- (Cuenta el dinero de su monedero) Ciento veinte pesos.
JORGE.- (Sonríe triunfal) Eso no te alcanzará para nada.
GRACIELA.- (Desesperada) Pediré prestado.
JORGE.- ¿Y si no consigues?
GRACIELA.- Entonces, veré si quedó un vidrio sano para romperlo y que me lleven
junto con Rafael. (Sale).
JORGE.- (Se queda un momento junto a la puerta. Está muy desconcertado. A Luis)
Tú mamá está loca de remate, igual que el otro, pero eso sí, ni piensen
que yo vaya a sacarlos.
JUDITH.- (Entra) Mamá, ya está la carne.
JORGE.- Tu madre no está.
JUDITH.- ¿Dónde fue?
JORGE.- A romper vidrios.
JUDITH.- (Sorprendida) ¡¿Qué?!
JORGE.- (Muy exaltado va hacia Judith). Mira, hija, yo por ustedes he tenido que
soportar durante años muchas humillaciones, no sólo de mi jefe que es
un déspota y que a la menor protesta que hago, amenaza con quitarme
el trabajo. Ojalá sólo fuera él, pero luego, cuando salgo de la oficina
para hacer los cobros, tengo que enfrentarme con cada cliente... Se
niegan a pagarme, discuten conmigo, algunos han llegado hasta
insultarme y no ha faltado quien me haya dado con la puerta en lasnarices. Eso sucede casi a diario, pero ustedes como no lo saben no
me comprenden. ¿Verdad que no?
(Judith va a decir algo, pero Jorge continúa hablando).
JORGE.- A mí ya no me importa soportar todo eso, pero a cambio creo que tengo
derecho a un poco de consideración. ¿No?
JUDITH.- Sí, papá.
JORGE.- Es verdad, a veces llego de malas y hasta soy injusto, pero ya te expliqué
mi situación.
JUDITH.- Sí, papá.
JORGE.- (Violentamente) Mira, el plan en que se pone tu hermano no es justo.
(Pausa)¿Tú crees que yo no tuve ambiciones?
(Judith se sorprende mucho. No sabe que contestar. Por fin va a decir algo, pero
Jorge continúa hablando).
JORGE.- Sí, hija, también las tuve. (Pausa) Soñé con ser contador público titulado,
pero no siempre se puede conseguir lo que uno desea y menos cuando
ya se tienen obligaciones. (Dolido) Toda mi vida se la he dedicado a
ustedes. ¿Y todo para qué? Para que ahora tu madre, con la mayor
frescura, me corra de la casa.
JUDITH.- (Cada vez entiende menos)¡¿Te corrió?!
JORGE.- Nadie comprende que yo trato de darles lo que nunca tuve; sobre todo,
quiero evitarles desilusiones como las que yo pasé. (Pausa. Dolido,
casi sollozando) Pero una cosa si te digo, Judith: cueste lo que cueste,
debo mantener unida a mi familia.
JUDITH.- (Conmovida) Ay, papá, perdóname, pero no te entiendo nada.
(Se oye en la calle el sonido de la patrulla de policía)
JORGE.- (Como impulsado por un resorte se quita la bata. A Judith) Rápido, dame
mi saco.
JUDITH.- (Va hasta una silla del comedor donde está el saco de Jorge, lo toma y
rápidamente se lo lleva a éste) Aquí tienes.
JORGE.- (Lo recibe, comprueba que lleva su cartera. A Luis) Anda, tráeme mis
zapatos. (Se quita las pantuflas).
LUIS.- Sí, ahorita te los traigo (Sube rápidamente por las escaleras).
JORGE.- (Mientras se pone el saco. A Judith) Hija, si quieres puedes ver la
televisión.
JUDITH.- (Lo mira sorprendida) ¿Qué dices, papá?
JORGE.- Sí, en el canal que quieras. (Va a salir apresuradamente)
LUIS.- (Desde las escaleras le grita) Espérate, no llevas zapatos.JORGE.- (Se detiene, mira sus pies) Es verdad. (Luis va hacia él, le entrega los
zapatos. Jorge los toma y se los pone rápidamente) Ojalá llegue a
tiempo (Sale muy rápido).
JUDITH.- (En voz alta) Oye, ¿dónde vas?
LUIS.- (Sonríe) Mejor se hubiera ido con mamá.
JUDITH.- ¿Adónde fue? No entiendo nada. Explícame. ¿Qué es lo que está
pasando?
LUIS.- (Sentándose en el suelo. Feliz) Te lo voy a contar todo. (Le indica que se
siente junto a él).
(Judith lo hace. En la calle suena otra vez la sirena de policía. Luis empieza a hablar,
pero no se oye lo que dice. Mientras, lentamente va cayendo el
TELÓN).
FIN.





Salvador Novo. El Joven II



















Salvador Novo

El Joven II

La alcoba del protagonista, simple y lujosa, una gran cama al centro, una mesa de
noche a la izquierda. A izquierda y derecha de la cama, puertas. Puerta en el lateral
derecho, cortinas echadas en el izquierdo, a oscuras.
El JOVEN, viste ropas muy deportivas. Se incorpora en la cama y salta de ella,
conforme la habitación se ilumina como si la luz surgiera de él. Se vuelve a mirar a la
cama, menea la cabeza como con asco, como con lástima.
EL JOVEN
Sigue durmiendo, imbécil. Por unas cuantas horas siquiera, yo tendré libertad. Hasta
la libertad de llevarte conmigo si quisiera, a todos los sitios a que tú no has querido
llevarme. Podré hacer las cosas que te ha faltado el valor de acometer; las que están
prohibidas, las que no se deben hacer, las que implican riesgo; aquellas para realizar
las cuales es necesario abrir las puertas, o derribarlas. (Va a la puerta, comprueba
que está bien cerrada).
La aseguraste bien. Nadie puede llegar a molestarte. Temes a los ladrones.
Claro. Te ha costado mucho trabajo reunir el dinero. No es cosa de exponerte q que
se lo lleven. Siempre has tenido miedo. De que te maten. Con un puñal, o
ahorcándote, en la oscuridad. Y has huido, a esconderte, a negarte, a dormir. (Se
sienta en el lado derecho de la cama).
¡Qué asco me das! Con tus músculos flojos, ahogados en grasa, con tu
cabeza calva hundida en los cojines, llena de números y de palabras muertas. No
sonríes ahora. Tu boca se contrae en un rictus amargo mientras crecen en torno
suyo las barbas que dentro de unas horas segarás cuidadosamente. Y tus manos
lacias, como grandes hojas marchitas. Hasta ellas llegas; ahí terminas. Con ellas
habrías podido acariciar, o matar, o esculpir, o fijar una piedra sobre otra y elevar una
torre. Y tus piernas. Estaban hechas para andar, para correr, para ascender. Habrían
sido duras y fuertes. Ahora son las columnas que sostienen tu abdomen, y tus manos
las palas que te llenan el abdomen de combustibles caros y refinados. También
crecen tus uñas, como tus barbas, mientras duermes. En la tumba será lo mismo. Y
mira; ya empiezan a mancharse tus manos de lunares violáceos y amarillos. ¿Sabes
cómo se llaman esa manchas? Se llaman las flores del sepulcro. (Se levanta, va
hacia la puerta derecha del fondo, la abre).
Aquí guardas tu ropa, tus disfraces. Tienes muchos, muy finos, muy caros,
cortados por el mejor embalsamador de la ciudad. Aquí está el que acabas de usar,
el que te quitaste hace unas horas; desinflado sin ti, arrugado, como un
espantapájaros. Huele a ti, a tu sudor agrio, al humo de tus cigarros. Y ahí está tu
jacquet, con el que te casaste. No lo has usado más que una vez en la vida, pero lo guardas. 
Ya no cabrías en él si quisieras ponértelo, pero lo conservas, acaso porque
contiene a tu fantasma de aquella mañana en que estabas tan nervioso y llegaste a
la iglesia toda adornada de flores blancas, con el órgano y los cantantes, y las damas
de honor para tu novia, y las amistades que te sonreían al desfilar del brazo de tu
novia. ¡Tu novia! Nunca la quisiste verdaderamente. Lo que entonces te gustaba era
irte de parranda con los compañeros de Leyes, emborracharte, amanecer en una
alcoba desconocida. ¡Ah, pero las conveniencias! Adriana era rica, era bonita, se
conocían desde niños... Las familias se pusieron de acuerdo -¿y qué más daba?
Además, fuera de aquella primera criadita, las demás mujeres no eran ya vírgenes, ni
mucho menos, mientras que Adriana... Fue un atractivo, pero efímero. Luego se puso
gorda, tuvo el primer hijo; luego otro, y otro, todos muy bonitos, muy bien educados...
Están en los mejores colegios –y te odian. Y tú odias a su madre, y ella te detesta,
bien lo sabes. Es gorda, fofa, huele rancio debajo de sus perfumes, se tiñe el pelo.
Hace ya diez años que cada cual duerme en su recámara.
Eres un hombre muy ordenado, muy metódico. Por las noches te quitas el
disfraz, pero en orden: la cartera, la pluma fuente, la libreta de teléfonos y
direcciones, la licencia de manejar, los pañuelos, la billetera –y las llaves. Un montón
de llaves, de todos tamaños y formas. Luego la ropa, ya vacía. Sales de ella como
una serpiente de su piel, no como una mariposa de su crisálida. Y te sientas a
quitarte los zapatos. Tienes muchos también. Podrías caminar con ellos muchas
leguas, pero no están gastados. Cómo van a gastarse en las alfombras. Están
simplemente deformes, ajados, cansados, como tú mismo, con los brazos lánguidos
de sus agujetas que tú ajustas y enlazas, como el dogal de tu corbata, todas las
mañanas, cuando también abrochas todos esos infinitos botones con que te
encierras en el disfraz en turno.
Aquí está tu cartera. Es lo primero que cada noche extraes de tu ropa, y lo
último que al siguiente día sepultas en tu bolsillo, sobre tu corazón. Tu identidad,
como quien dice; tu pasaporte para circular entre los demás. De piel de Rusia, negra
y tersa, un poco vieja ya. ¿Qué guardas en ella? Ah, sí, las credenciales: miembro
del Club Rotario, socio de la Ama, asegurado número 12,856, socio del Chapultepec
Country Club, socio del Club de Banqueros... ¿Y esto? ¿Qué es esto? ¿Un retrato?
¡Todavía lo guardas! ¡Ella tuvo valor, sabes! Ella sí realizó su vida. ¡Cómo la
deseabas! ¡Qué ridículamente lloraste al saber que se había marchado para siempre!
¿Pero qué hiciste para retenerla? Habrías tenido que romper los lazos, todos los
lazos –y te faltó valor. ¿Qué diría la gente? ¿Cómo ibas a destruir por una locura la
dicha de tu hogar, tu reputación, la de tu respetable familia? Tus hijos, tu esposa,
¡qué escándalo! Ya no eras un joven; ya no estabas en edad de locuras...
Y ella se fue, dejándote para siempre en los labios una sed amarga. Y ella es
feliz, feliz, con su carne cálida y blanca, con sus ojos verdes, con la boca que
besaste una vez... Y tú estás aquí, rico, respetado, cerca de tu esposa, rodeado de
tus hijos que no te quieren, que quieren que te mueras como tú quieres que se
muera Adriana porque crees que entonces sí la buscarías, la traerías a vivir contigo,
serías dichoso... A veces crees que ya la olvidaste. Y en efecto, la olvidaste, como a
ti mismo. Pero aquí traes su retrato. Aquí, escondido entre las credenciales de tuimportancia social –una muchacha sonriente y sensual que te brindaba su juventud...
y tú no tuviste valor.
Tus llaves, mira. Cuántas llaves. También en orden que sólo tú sabes. Todas
estas son de tu casa; éstas, de tu oficina, de todo el edificio, que es tuyo.
Ciertamente, has construido muchas cárceles, de las que sólo tu tienes la llave, a las
que sólo tú puedes entrar. En ellas tienes encerrados a tus fantasmas: al que iba a
ser, al que iba a hacer; al que juega póquer con sus amigos; al que debería estar
leyendo todos esos libros condenados a cadena perpetua; al que iba a jugar ping
pong para conservarse en forma, al que iba a oír música buena, que compraste en
pastillas negras; al que un día decidió pintar y se compró un caballete, y pinceles, y
tubos de color. De vez en cuando te atreves a visitar a tus fantasmas; buscas la
llave, abres la puerta: todo eso es tuyo; pero él no está cuando tú llegas. Se ha
marchado, para siempre. Detrás de los espejos asoma un viejo torpe, cansado.
Buscas a tu fantasma; lo evocas con la música que le gustaba; acaricias el libro que
prefería, le destuerces el cuello seco a un tubo de pintura; pero el fantasma se ha
fugado por el espejo por el cual lo buscas sin encontrarlo –y vuelves a cerrar su
prisión, y guardas la llave; una junto a las otras; un rosario de llaves que tintinean y
cuelgan como un racimo de ahorcados en tu bolsillo.
Estas son las de tu edificio. Puedes llegar a sorprender al conserje, ver si
cumple con su deber, en cualquier momento. Y entrar directamente a tu oficina, sin
que te vean llegar las secretarias ni los empleados; y abrir con esta pequeña tu gran
escritorio, siempre tan al día en el despacho de los documentos, que el día en que te
mueras no habrá ningún problema, ningún tropiezo, ninguna dificultad. Lo tienes todo
previsto y en orden: un cuantioso seguro de vida, tu fortuna en una sociedad
anónima cuyas acciones están equitativamente distribuidas entre tus hijos y
Adriana... Así ni siquiera se paga el impuesto sobre legados, porque no hay
testamento, ni juicio de intestado. Lo demás, en acciones al portador, que se hallan
bien seguras en la caja del banco; y la modesta cuenta en efectivo, porque siempre
se necesita algo de líquido, mancomunada con Adriana. Aquí está tu chequera de
bolsillo. Pueden firmar tú o ella, o tú y ella, y el banco paga de cualquier modo; así
que nada se expone, ni nada puede perderse, y todo es irreprochable.
Ah, pero también aquí entre las llaves numerosas y respetables hay una
disimulada y pequeña... que no es de tu casa – ni de tu despacho- ni de los clubes –
ni de los coches... La conozco bien. Es la del único lugar el que yo te hago ir, al que
te obligo a llevarme. Te confieso que te ves bastante ridículo cuando en él te
desnudas, a pesar de tus precauciones con la luz tenue, con los licores que nos
nublan un poco la vista. A horas fijas, porque tú todo lo conciertas con método, ellas
llegan, llaman; yo te obligo a no darte cuenta de la repugnancia que les causas; las
ciego un poco también a ellas, por el breve momento en que te domino y las
embriago. Entonces pruebas un sorbo de felicidad verdadera y quisieras quedarte
ahí, prolongar el instante. Pero yo me retiro a contemplarte y ellas se incorporan a
marcharse, cumplida su misión simplemente sanitaria. Y les das un billete y el
número privado del teléfono para que alguna vez te llamen; el número del que no
pueden informarse a quién corresponde –y un nombre falso, por precaución. Ysalimos de prisa, disimuladamente, a abordar un coche de alquiler que nos lleve
hasta cerca de donde siempre dejas el Cadillac. (Cierra la puerta del vestidor, mira
hacia la cama, cruza frente a ella hacia la izquierda y hasta la ventana, levanta la
cortina.) Mira la noche. No, no puedes mirarla; prefieres dormir. Y ella es toda mía, y
tú me retienes aquí, imbécil, cuando podría yo hacerte tan dichoso. Allá abajo, en el
jardín, se aman y se acoplan las flores y los insectos; la tierra es cálida y húmeda
como un sexo joven, y el viento unta la luna sobre cada caricia trémula. Pero tú
prefieres mirar el jardín mañana, desde aquí, y que las rosas aparezcan cortadas y
limpias en la mesa de tu desayuno. Allá lejos..., mira las calles, mira el parpadeo de
los automóviles, que conducen parejas felices; los jóvenes ríen, se embriagan,
vibran, viven. En este momento, cientos de aviones vuelan a todas partes del mundo.
Volar, transportarse, ¿sabes lo que es eso? Sí, claro, ya has volado muchas veces,
para economizar el tiempo y asistir a las convenciones. Pero esa no es la gloria del
vuelo. Es el que podríamos emprender si tuvieras el valor de dejarlo todo, de ver el
mundo, de absorberlo en la esponja seca y sedienta de tu cuerpo: las playas, el mar,
el desierto, el bosque, la aventura, la ventura... Nosotros solos, sin dinero, sin
equipaje, sin pasaporte ni credenciales... (Suelta la cortina, abre la puerta del baño.)
Tu baño privado, como un altar en el que tú solamente oficias; en el que te confiesas
–y te absuelves una vez que te has lavado de toda culpa, de toda mancha, con
jabones que neutralicen el hedor de una noche en que has transpirado todas las
frustraciones del día... y de todos los días de todos los años. Te lavas la boca
amarga, y te instalas la sonrisa hipócrita de los saludos que has de dar todo el día; te
lavas las manos, como Pilatos; te enjabonas el rostro, como si pudieras borrártelo;
siegas tus barbas menudas y rígidas, blancas ya casi todas; y frotas tu cuerpo, del
que huye el agua que contaminas y ensucias; te unges luego con lociones y talcos –y
estás listo para el nuevo disfraz en turno. Surges fresco y absuelto de tu santuario,
de tu altar de azulejos, a reanudar tu importancia; a poner en su sitio las llaves, la
cartera, la pluma fuente...
¿Y yo? Aquí me encierras, me abandonas a aguardarte. No me llevas contigo,
ni me dejas llevarte. Me ahogas, me extingues... Voy contigo, sí, pero maniatado;
mudo en tu lengua, cautivo en tus ojos, inerte en tus manos inútiles... Un día te
abandonaré. Un día cualquiera, cuando menos los esperes ni lo pienses. Bastará un
coágulo –un mínimo coágulo, como un nudo pequeño entre los hilos de tu corazón, a
paralizarlo, como un reloj que se detiene. Sentirás el pecho oprimido por una roca y
abrirás los ojos muy grandes, y crisparás las manos, como si quisieras asirte al
mundo, a la luz, al aire; mirarlos por primera vez –esa que habrá de ser la última.
Y yo no moriré contigo. Te dejaré ahí, rígido, lívido, violáceo, mientras tu
residencia se puebla de personajes silenciosos y de grandes coronas con listones
morados –y Adriana huele sales y se arrepiente de haberte detestado –y tus hijos
lloran y hablan con el notario en la biblioteca –y llegan cuatro hombres uniformados y
apagan los cirios y retiran las flores y cargan la caja metálica y la meten en la carroza
y parte el cortejo muy lentamente, casi a vuelta de rueda, como si se resistiera a
llegar al panteón, donde una campanada te anunciará – y luego volverán a cargar la
pesada caja hasta la fosa donde la bajarán entre el chirrido discreto y aceitado de
cuatro garruchas...Ahí te dejaré; seré por fin libre. Lo he sido siempre, desde todos los siglos. Y
quise darte mi tesoro: el mar, el aire, la pasión, el amor y el odio de que estoy
inmortalmente hecho. Por eso nací en ti, renací contigo; pero no he de seguirte a la
tumba. (Abre el cajón de la mesa de noche y saca una pistola.)
Admito que en todos estos años, esperando siempre contra toda esperanza,
he llegado a sentir por ti esa forma triste del cariño que se cifra en la compasión. Y
quisiera dejarte de una manera menos ordinaria que por una angina de pecho. Que
ya que no legraste ser dueño de tu vida, lo seas de tu muerte; que tú la escojas y la
cumplas. Es sencillo, mira. Te bastará apuntarla a la sien – y oprimir el gatillo. O si lo
prefieres, ponla en tu boca, como una hostia, muerde y dispara. Todo habrá
terminado. Todo comenzará de nuevo, desde el gusano, desde la tierra, hacia arriba,
hacia el sol, el aire y el agua. Tomará siglos otra vez, paro acaso entonces... Anda.
Hazlo. Ten valor una vez en tu vida. (Echa la pistola en la cama, retrocede hasta la
ventana, haciendo foco en la cama. Empieza a filtrarse por la ventana la luz del día.
Mira hacia la mesa de noche.)
Dentro de un instante, sonará ese despertador. Hazlo ahora. Yo no puedo
detener el Tiempo, y tú eres su esclavo. ¡Hazlo! ¡Mátate! ¡Mátate! ¡Déjame en
libertad! ¡Déjame en libertad!
(Suena furiosamente el despertador.) ¡No! ¡No! ¡No! (Cae al suelo, a la
izquierda de la cama. De ella se incorpora un viejo gordo, calvo, en un pijama
grotesca, y tiende el brazo a acallar el despertador, que cesa .Mira la pistola, frunce
el ceño, piensa, la guarda en el cajón de su mesa de noche. Se despereza, aparta
las sábanas y sale de la cama. Se calza las pantuflas, pasa sobre el cuerpo del joven
y entra en el baño. Se oye el ruido de la regadera.)
TELÓN