LA QUE SIGUE
Autora: Griselda Gambaro
Escenografía: Una mesita y dos sillas. Sobre la mesa un mazo de barajas.
Personajes: * Zoraida: Una adivina que intenta mantener un aire profesional.
Paulita: Una mujer mayor, aparentemente tímida, pero muy observadora y perspicaz.
(Zoraida está en escena. Va hacia la puerta, se asoma y grita hacia afuera)
Zoraida: ¡La que sigue!
(Entra Paulita, una mujer mayor de aspecto tímido e inseguro. Zoraida, muy profesional, le da la mano) Zoraida: Pase, señora. Mucho gusto.
Paulita (tímida): El gusto es mío.
(Zoraida le entrega una tarjeta. Paulita la mira y luego mira a Zoraida sin comprender) Zoraida (profesional): Mis honorarios.
Paulita: Sin anteojos no veo. (Fuerza la vista como si hubiera entendido) ¡Ah! (Guarda la tarjeta en su cartera y sonríe ingenua) Zoraida (levemente incómoda): Mis honorarios.
Paulita: ¡Ah! (Busca en su cartera, saca un billete de mil y se lo tiende) Zoraida (sonríe incómoda): Diez.
Paulita: Diez, ¿qué?
Zoraida: Diez mil. Es lo que cobro.
Paulita: Después. Todavía no empezó la visita. Los tengo acá. Son suyos.
Zoraida: No. Ahora. Cobro mis honorarios por adelantado.
Paulita (ríe): Adivinás, pero te prevenís, ¿eh? Sos viva. Mirame, ¿tengo cara de estafadora?
Zoraida (muy fina): ¡No, no! Pero es la costumbre.
Paulita (ingenua): ¿De quién?
Zoraida: Pues mía, señora.
Paulita: ¡Señorita! ¿Cómo no adivinaste esto?
Zoraida: No me lo propuse. Mis ho-no-ra-rios. Por favor.
Paulita (admirada): ¡Qué tono de reina! (Humilde) ¿La ofendí?
Zoraida (con una sonrisa crispada): No.
Paulita: Porque a mí, qué quiere, la gente que se ofende en seguida, de nada... (sonríe dulcemente) me revienta. Somos casi humanos, ¿no? ¿Por qué tomarse las cosas tan a pecho?
Zoraida (crispada): Sí. (Tiende la mano) Paulita (abre la cartera): No tengo cambio.
Zoraida: Le doy el vuelto.
Paulita: ¡No lo quiero!
Zoraida (ablandada): ¿No quiere el vuelto? ¡Bueno! Muy amable. (Sigue con la mano tendida) ¿Nos sentamos?
Paulita: Sí. (Coloca el dinero sobre la mesa. Como Zoraida va a tomarlo, pone la mano encima) ¡No, no! Dejalo acá. Después te lo doy. No se escapa.
Zoraida (se sienta): Señora, tengo mucha clientela. Digo, señorita.
Paulita: No haga escombro. Ya vi su clientela. ¿Y a mí, qué? No me impresiona. (Se acerca a Zoraida y la observa críticamente, dando vueltas alrededor de su silla) Zoraida (casi gritando): Señora, ¡señorita!, ¡siéntese! ¿Qué mira?
Paulita: ¿Por qué está vestida así? No es nada vistosa. Mire. (Saca unas argollas doradas de su cartera) Estos le quedarían ni pintados. Se los vendo.
Zoraida (despavorida): No quiero.
Paulita: Y esta blusa. Parece de hospital. (Insiste con los aros) ¿No los quiere? Se los dejo baratos. (Zoraida niega con la cabeza) Tengo otros, con piedras. (Saca otro par) Elegantísimos.
Zoraida (entre dientes): Siéntese, no perdamos tiempo.
Paulita: ¡Pero, si no tengo apuro! No se preocupe. Ya dejé la comida hecha. ¿Tampoco éstos le gustan? Lástima. (Mira) Claro, tiene las orejas grandes.
(Zoraida se lleva las manos a las orejas por impulso, se domina y las aparta) Paulita (señalando la blusa): De hospital. Horrible. Yo esperaba verla vestida de otra manera, con una blusa floreada, mangas anchas, lindo escote. Usted es muy triste m’ hijita. Nada coqueta.
Zoraida: Señora, ¡señorita!, se queda o se va.
Paulita: ¡Me quedo, me quedo! (Se sienta muy contenta) ¿Y?
Zoraida (mezcla las cartas y las extiende): Primero el pasado.
Paulita: No. No.
Zoraida: No, ¿qué?
Paulita: No me interesa el pasado. Lo conozco. No soy idiota. No voy a pagar para que me adivinen lo que sé. (Dulcemente) Usted es la idiota.
Zoraida: ¡Señora! (Se domina) ¡Siempre se acostumbra a adivinar el pasado!
Paulita: ¿Para qué?
Zoraida: Por... Es... una muestra de confianza, de poder. Como una auscultación.
Paulita (salta ante la palabra): ¿Qué?
Zoraida (renuncia): Está bien. Empiezo directamente. Usted es una mujer robusta...
Paulita (feliz): ¡Robustísima!
Zoraida (con mirada venenosa): No se enferma casi nunca.
Paulita: ¿Casi o nunca?
Zoraida: Casi nunca.
Paulita: No me gustan las dos palabras juntas. Es casi o es nunca. ¡Y es nunca! ¡Nunca! Una vez tuve juanetes. ¡Qué dolor! ¿Usted tuvo juanetes? ¿La operaron?
Zoraida (exánime): No...
Paulita: Yo le puedo mostrar. (Se descalza) El pie me quedó perfecto.
Zoraida: No, no. Perdone, hay mucha gente. (Descontrolándose) No puedo ver su pie, ni mi pie, ni el pie de una estatua. ¡Mire qué extraño! (Ríe histérica) Paulita (desanimada): No le muestro. (Se reanima) También me operé de una úlcera. Pero ni se nota. Puedo mostrarle la cicatriz. Es más interesante.
Zoraida: No, señora.
Paulita: Señorita.
Zoraida: Imagínese si voy a ver...
Paulita: ¡Qué indiferente! ¿Cómo va a entender a la gente usted? ¡No le importa nada de nada!
Zoraida: ¡No necesito entenderla! ¡Yo adivino!
Paulita: ¡Qué va a adivinar! ¡No me haga reír!
Zoraida: ¿Y a qué viene la gente entonces? ¡Hay una multitud esperando! ¿No la vio?
Paulita (envidiosa): Sí, la vi. Algunas tienen suerte. Nadie lo diría. ¡Con esa cara! (Cambia de tono) ¿Cuánto gana? ¿Nunca la pescaron?
Zoraida: ¡Es legal!
Paulita (divertida): ¡Qué va a ser legal! Debe ganar mucho usted, ¿eh? ¿No necesita ayudante?
Zoraida: ¡No!
Paulita: Qué lástima. No tengo suerte. Ya le dije una: que no tengo suerte. Le digo otra. (Da vuelta una carta) Para usted. (Feliz) Morirá joven. Es muy nerviosa.
Zoraida: ¿Yo? ¿Yo, nerviosa? ¡Ja, ja, ja! (Grita desaforada) ¡Usted!
Paulita (apacible): ¿Yo? Soy tranquila como un remanso. Le cuento que mi hijo me dice siempre... soy soltera, pero tuve un hijo, nadie lo supo, pasa por mi sobrino. Me llama mamá cuando estamos solos. Por las apariencias. Yo cuido las apariencias. No como usted.
Zoraida: ¿Yo, qué? ¿Cómo se permite? (Se levanta) ¡Salga de aquí! Tome su plata. ¡Váyase!
Paulita: ¿Por qué? La plata es suya. Yo hablaba de su aspecto. No es atractivo. La comida entra por los ojos.
Zoraida (con un hilo de voz): Váyase.
Paulita: Me dice siempre: "¡mamá, sos un remanso!". Es una alhaja. ¡Bueno, trabajador! Permítame una pregunta.
Zoraida (cae en la silla, agotada): Sí.
Paulita: ¿Lo hubiera adivinado? (Zoraida la mira desorbitada) ¿Lo del hijo? (Zoraida, vencida, niega con la cabeza. Paulita ríe) Usted sí que es nerviosa. ¿Soltera? (Zoraida asiente) ¿Virgen? ¡Deje que yo lo adivine! (La mira y ríe) Zoraida: Es... asunto... mío.
Paulita: ¡Por supuesto! ¡Si no es pecado! Un tropezón cualquiera da en la vida. Y usted, ¿de qué se va a cuidar? Ya es crecidita. Déjeme, yo le adivino... (aparta las cartas) no, sin cartas. Yo le adivino cuántos años tiene. ¿Treinta y seis?
(Zoraida asiente estupefacta) Paulita: Calza el 37, busto 94 y medio. (Zoraida se incorpora horrorizada) Y le digo en qué momento justo pasó. Usted tropezó muchas veces, m’hijita. No la educaron bien. (Zoraida retrocede hacia la puerta) Sí, la educaron bien, pero de poco sirvió.
Zoraida (fascinada, con un hilo de voz): ¿Por qué? ¿En qué momento... pasó?
Paulita (triunfal): ¡A los dieciséis! ¿Quiere más detalles? En un baldío lleno de abrojos. "Papito, me voy al club". (Menea la cabeza) ¡Qué mentirosa!
Zoraida: No... no...
Paulita: ¡Sí, sí! Y después del baldío, vino un almacén. Con el almacenero. Después del almacenero, vino un dentista. Después del dentista...
(Zoraida pega un aullido y sale corriendo) Paulita: ¡Por fin! ¡Qué mujer dura!
(Guarda el dinero en la cartera, se pone las argollas doradas y se arregla el pelo. Se acerca a la puerta y grita con alegría) Paulita: ¡La que sigue!