EL ANIVERSARIO
Antón Chéjov
Esta obra es una de las "bromas" o vaudevilles más logrados de Antón Chéjov. En ella, el genio ruso disecciona la pomposidad de las instituciones y la fragilidad de los nervios humanos. Es una pieza donde el lenguaje no sirve para comunicarse, sino para aislar a los personajes en sus propias obsesiones.
Introducción
El aniversario (1891) es una farsa sobre la burocracia y la incomunicación. Chéjov nos presenta un escenario donde la fachada del éxito (el 15.º aniversario de un banco) se desmorona ante la irrupción de lo cotidiano y lo absurdo. Mientras el director busca la gloria académica, sus empleados están al borde del colapso físico y los visitantes externos traen problemas que no tienen solución lógica. Es un choque de trenes entre la "alta gestión" y la "realidad más terca".
EL ANIVERSARIO
Antón Chéjov
P E R S O N A J E S
| Personaje | Descripción |
| ANDREI SCHIPUCHIN | Director de la banca. Joven, vanidoso, con monóculo. |
| TATIANA ALEKSEEVNA | Su mujer. 25 años, extremadamente habladora. |
| KUSMA JIRIN | Contable del banco. Viejo, huraño y exhausto. |
| NASTASIA MERCHUTKINA | Vieja persistente que busca un dinero que no le deben. |
| DIRECTIVOS Y EMPLEADOS | El coro burocrático de la institución. |
Sinopsis
Lo que debería ser el día de gloria para Andrei Schipuchin, director de un banco, se convierte en un infierno de histeria colectiva. Mientras intenta presentar una imagen de éxito y orden ante la junta directiva, su despacho es invadido por dos fuerzas imparables: su esposa, que no para de contar anécdotas triviales, y una anciana obstinada que exige un dinero que el banco no debe. El contable, exhausto tras días de trabajo, pierde la razón y empieza a perseguir a las mujeres, justo en el momento en que los altos mandos entran para entregar el premio al "éxito administrativo".
Breve Análisis
El Triunfo de lo Trivial: Chéjov utiliza el contraste entre el lenguaje "elevado" (la Memoria del Banco, el discurso de la Comisión) y el lenguaje "bajo" (el chisme del tren, la queja por 24 rublos). La obra demuestra que las grandes instituciones son castillos de naipes que pueden caer ante la mínima distracción humana.
La Sordera Selectiva: Ninguno de los personajes escucha realmente al otro. Schipuchin solo piensa en su prestigio; Tatiana solo en su viaje; Jirin en su cansancio; y Merchutkina en su dinero. Es una sinfonía de monólogos cruzados que prefigura el teatro del absurdo.
La Mujer como "Elemento Disruptor": Chéjov juega con el prejuicio de la época (encarnado en Jirin) que ve a la mujer como sinónimo de desorden. Sin embargo, la crítica real es hacia la rigidez masculina y la vanidad de Schipuchin, quien está más preocupado por el "qué dirán" que por resolver los problemas reales de su oficina.
La Reputación como Máscara: El final es irónico. El discurso del Directivo elogia la "energía y el tacto" de Schipuchin mientras lo vemos sosteniendo a una mujer desmayada y rodeado de muebles volcados. La realidad desmiente el discurso oficial de manera hilarante.
Anton Chejov
c
El aniversario
PERSONAJES
ANDREI ANDREEVICH SCHIPUCHIN Director de la banca
Sociedad Mutual de Crédito de N... Hombre relativamente joven y con monóculo.
TATIANA ALEKSEEVNA Su mujer: de veinticinco años.
Kusma Nikolaich
JIRIN Contable en el Banco. Un
viejo.
NASTASIA FEDOROVNA MERCHUTKINA Vieja vestida con un
salop.
Los directivos del Banco.
Los empleados del mismo.
La acción tiene lugar en el local de la Mutual de
Crédito, de N
Acto único
Despacho del director. A la izquierda, una puerta abre
sobre las salas de empleados. Hay dos mesas de escritorio. En el aderezo de la
estancia se aprecian pretensiones a un lujo refinado: muebles tapizados de
terciopelo, flores, estatuas, alfombras,
teléfono... Es el mediodía.
En la escena, y calzado con unos «valenkii», está solo
JIRIN
JIRIN. -(A gritos, y asomando la cabeza por la
puerta.) ¡Diga que compren en la farmacia quince «kopeikas» de gotas de
valeriana y que traigan también al despacho del director agua fresca!... ¡Hay
que decírselo cien veces! (Yendo hacia la mesa.) ¡Estoy rendido
completamente!... ¡Ya son tres días y tres noches las que llevo escribiendo, y
sin pegar los ojos!...
¡La mañana y la tarde me las paso aquí, escribe que te
escribe, y la noche, tosiendo en casa!... (Tose.) ¡Y ahora, por añadidura,
siento todo el cuerpo congestionado!... ¡Tengo temblor..., calor..., tos...,
dolor de piernas y como unas chispas en los ojos!... (Se sienta.) Nuestro
director..., ese granuja..., ese pamplinoso..., se dispone a leer hoy en la
junta la Memoria de este título: «Nuestro Banco en el presente y en el porvenir»
... ¡Vaya Gambetta que está hecho!... Dos...,
uno..., uno..., seis..., cero..., siete... ¡Lo que quiere... (seis...,
cero..., uno..., seis...) es echar polvo a los ojos mientras yo tengo que
estarme aquí sentado, trabajando para él como un presidiario!... ¡En su Memoria
no hace más que poesía..., y yo mientras..., que le lleve el diablo, trabaja
que te trabaja en el ábaco!... (Haciendo chasquear este.) ¡No le puedo
sufrir!... (Escribiendo.) ¿Entonces
era?... uno..., tres..., siete..., dos..., uno..., cero... Prometió recompensarme
por mi trabajo... Prometió que si hoy transcurría todo bien y lograba embaucar
al público, me daría un dije de oro y trescientos rublos en metálico... Veremos
si es verdad... (Escribe.) Eso sí..., si resulta que he estado trabajando en
balde..., no te enfades, hermano, entonces... Soy un hombre colérico, y cuando
me acaloro..., sería capaz de llegar hasta el crimen... ¡Sí!... (De detrás del
escenario llega el sonido de unos aplausos Y un ligero barullo.)
LA VOZ DE SCHIPUCHIN. -«¡Gracias! ¡Muchas gracias!
¡Estoy emocionado!»... (Entra SCHIPUCHIN. Viene vestido de frac y corbata
blanca, y sostiene entre las manos el álbum que acaba de serle ofrecido.)
SCHIPUCHIN. (Deteniéndose en el umbral y dirigiéndose a la sala de empleados.)
¡Este obsequio suyo, queridos subordinados, será conservado por mí hasta la
misma muerte y constituirá el recuerdo de los días más felices de mi vida!...
¡Sí..., muy señores míos!... ¡Una vez más les doy las gracias! (Envía un beso
ante sí y se vuelve hacia JIRIN.) ¡Mi querido..., mi apreciadísimo Kusma
Nikolaevich!... (Durante el tiempo que permanece en el escenario, entran, de
cuando en cuando, empleados con papeles para la firma.)
JIRIN. (Levantándose.) Tengo el honor de felicitarle,
Andrei Andreevich, en el decimoquinto aniversario de la fundación de nuestro
Banco y de desearle...
SCHIPUCHIN. -(Estrechándole fuertemente la mano.)
¡Gracias, querido mío... ¡Gracias!... ¡En un día tan célebre como el de hoy, en
el día del aniversario, creo que podemos besarnos! (Se besan.) ¡Estoy muy, muy
contento! ¡Gracias por su trabajo! ¡Gracias por todo! ¡Por todo!... ¡Si
mientras tuve el honor de ocupar la dirección de este Banco hice algo útil,
se lo debo, principalmente, a mis
compañeros!... ¡Sí!... ¡Son quince años! ¡Quince años!... (En tono vivo.) Y mi
Memoria..., ¿qué tal va? ¿Sigue adelantando?
JIRIN. -Sí. Solo faltan ya unas cinco páginas.
SCHIPUCHIN. ¡Magnífico! ¿Estará, entonces, preparada a
eso de las tres?...
JIRIN. -Si no viene nadie a molestar, la terminaré, en
efecto. Lo que queda es ya una insignificancia.
SCHIPUCHIN. -¡Magnífico! ¡Magnífico!... ¡La junta es a
las cuatro, así que, por favor, querido!... ¿A ver?... Déme la primera mitad,
que voy a repasarla... Démela pronto... En esta Memoria tengo puestas grandes
esperanzas. (Cogiéndola.)
Es mi «professión de foi» o, mejor dicho, «mis fuegos artificiales»
... (Se sienta y empieza a leer para sí.) A todo esto, me siento terriblemente
cansado. Anoche me dio un ataque de gota, y después tuve que pasarme todo la
mañana de aquí para allá, ocupado en una porción de cosas. Luego, el
nerviosismo..., las ovaciones..., la agitación... ¡Estoy fatigado!
JIRIN. -Dos..., cero..., cero..., tres..., nueve...,
dos..., cero... Esta cantidad de cifras me nubla los ojos. Tres..., uno...,
seis..., cuatro..., uno..., cinco...
(Hace chasquear el ábaco.)
SCHIPUCHIN. -¡También otra contrariedad!... Hoy por la
mañana vino a verme su señora y volvió a quejarse de usted...
Me dijo que ayer, anochecido, estuvo usted
persiguiendo a ella y a su cuñada con un cuchillo... ¡Kusma Nikolaich!
¡Esto ya es demasiado!
JIRIN.- (En tono severo.) Me atrevo, Andrei Andreich,
teniendo en cuenta el aniversario, a dirigirme a usted con un ruego. Le pido,
aunque solo sea en atención a mi trabajo de presidiario, que no se mezcle en mi
vida familiar. ¡Se lo ruego!
SCHIPUCHIN. (Suspirando.) ¡Qué carácter tan
insoportable el suyo, Kusma Nikolaich!... ¡Es usted una persona excelente...,
respetable..., pero con las mujeres se comporta usted como un «Jack»!... ¡Es
verdad!... ¡No comprendo por qué les tiene usted ese odio!...
JIRIN. -¡Y yo no comprendo por qué usted las quiere
tanto! (Pausa.)
SCHIPUCHIN. -Los empleados acaban de obsequiarme con
un álbum, y la directiva del Banco, según he oído decir, piensa ofrecerme un
pergamino y un jarrón de plata... (Jugando con el monóculo.) No está mal... No
está de más... Para el prestigio del Banco, qué diablo, es necesaria cierta
pompa... Aquí es usted uno de los nuestros, y es natural que lo sepa todo...
Este pergamino ha sido compuesto por mí..., como igualmente he sido yo quien
compró el jarrón de plata...
También la encuadernación del pergamino costó cuarenta
y cinco rublos; pero, sin embargo, son cosas de las que no se puede prescindir... A ellos solos no se les
hubiera ocurrido. (Mirando a su alrededor.) Pues ¿y el aderezo de este despacho?...
Todos dicen que soy mezquino..., que me basta con que reluzcan las cerraduras
de las puertas, con que los empleados lleven corbatas a la moda y con que a la
entrada haya un portero gordo... ¡Pues no, señores míos!... ¡Ni el brillo de
las cerraduras de las puertas ni el portero gordo son pequeñeces!... En mi casa
puedo ser un modesto burgués. Comer y dormir como los cerdos, emborracharme...
JIRIN. -Le ruego suprima las indirectas.
SCHIPUCHIN. -No estoy diciendo ninguna indirecta...
¡Qué carácter más insoportable tiene usted!... Pues, como le iba diciendo...;
en mi casa puedo ser un modesto burgués y obedecer a mis costumbres, pero aquí
todo tiene que ser «en grand»... ¡Esto es un Banco!... ¡Aquí el menor detalle
tiene que imponer!... ¡Que tener, digamos, un aspecto solemne!
(Recogiendo del suelo un papelito y tirándolo a la
chimenea.) Mi mérito está, precisamente, en haber elevado a gran altura el
prestigio del Banco... El «tono» es asunto de suma importancia. (Examinando a
JIRIN) ¡Querido mío!... ¡De un momento a otro puede presentarse aquí la
Comisión de Directivos, y usted ahí, con los «valenkii» puestos, esa bufanda y
esa americana de no se sabe qué color!... ¡Podía haberse vestido de frac o, por
lo menos, llevar una levita negra!
JIRIN. -Para mí la salud es más preciosa que todos sus
dirigentes bancarios. Tengo el cuerpo congestionado.
SCHIPUCHIN. -(Agitado.) Pero ¡convenga usted en que
introduce usted un desorden! ¡En que altera usted el conjunto!
JIRIN. -Si viene la Comisión, puedo esconderme...
¡Valiente cosa! (Escribiendo.) Siete..., uno..., siete..., dos..., uno...,
cinco..., cero. Tampoco a mí me gusta el desorden... Siete..., dos..., nueve...
(Haciendo chasquear el ábaco.) ¡Aborrezco el desorden!... ¡Qué bien haría usted
no invitando al banquete de hoy a las señoras!
SCHIPUCHIN. -¡Qué tonterías!
JIRIN. -Ya sé que para que resulte más «chic», llenará
usted de ellas el salón... Pero ¡cuidado!... ¡Podrían estropearlo todo!... De
ellas no puede esperarse más que daño y desorden.
SCHIPUCHIN. -¡Todo lo contrario!... La presencia de
las mujeres eleva el espíritu.
JIRIN. -¡Sí!, ¿eh?... Su esposa es una mujer instruida
y, sin embargo, el lunes pasado dijo una cosa que me tuvo perplejo dos días...
De pronto, y en presencia de extraños, pregunta: «¿Es verdad que mi marido
compró muchas de las acciones del Banco Driajsko-Priajskii, que bajaron en la
Bolsa?... ¡Mi marido..., ay..., está tan preocupado!» ... Y todo delante de
extraños... No comprendo por qué se confía usted tanto de ella... ¿Quiere ir a
parar a los tribunales?
SCHIPUCHIN. -¡Bueno, basta ya!... ¡Todo eso en un día
de aniversario es demasiado sombrío!... A propósito... Me lo ha recordado
usted. (Consultando el reloj.) Mi cónyuge está para llegar. En realidad,
debería haber ido a la estación a esperarla, pobrecilla; pero no tengo tiempo,
y me encuentro cansado. A decir verdad, no me pone muy contento su venida.
Quiero decir... Me alegro, sí, de que venga; pero me
sería más agradable que se hubiera quedado con su madre un par de días más. Me
exigirá que pase con ella esta tarde, cuando hoy, precisamente, teníamos
organizada, para después de comer, una pequeña excursión. (Estremeciéndose.)
¡Vaya!... ¡Ya me empieza el temblor nervioso!... ¡Tengo los nervios en tal
tensión que diríase les basta la menor tontería para echarse a llorar!...
¡No!... ¡Hay que ser fuerte! (Entra TATIANA ALEKSEEVNA cubierta con un «waterproof»
y llevando un saquillo de viaje colgado al hombro.) ¡Mira! ¡Si antes lo digo,
antes aparece!
TATIANA ALEKSEEVNA -¡Querido! (Corre hacia su esposo.
Largo beso.)
SCHIPUCHIN. -Estábamos, precisamente, hablando de ti.
(Consulta el reloj.)
TATIANA ALEKSEEVNA. - (Con el aliento entrecortado.)
¿Triste sin mí? ¿Bien de salud? Yo todavía no he estado en casa. Me he venido
aquí directamente de la estación. ¡Tengo muchas, muchas cosas que contarte! ¡No
tengo paciencia para esperar!... No me quito nada, porque vengo sólo por un
minuto. (A JIRIN.) ¡Buenos días, Kusma Nikolaich! (A su marido.) ¿Y por casa?
¿Va todo bien?
SCHIPUCHIN. -Todo. En esta semana has engordado... Te
has puesto más guapa. Bueno, ¿y qué tal viaje has hecho?
TATIANA ALEKSEEVNA. Magnífico. Mamá y Katia te mandan
recuerdos... Vasilii Andreich me encargó te diera un beso... (Le besa.) La tía
te envía un tarro de mermelada..., y todos están enfadados porque no les
escribes. También Sina me encargó que te diera un beso. (Vuelve a besarle.)
¡Ay, si supieras lo que ha pasado!... ¡Lo que ha pasado!... ¡Hasta me da miedo
contártelo!... ¡Ay, lo que ha pasado!... Pero ¡bueno, veo por tus ojos que no
te alegra verme!...
SCHIPUCHIN. -¡Todo lo contrario, querida! (La besa.
JIRIN tose con enfado.)
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Suspirando.) ¡Ah!... ¡Pobre
Katia!... ¡Pobre Katia!... ¡Me da tanta lástima!... ¡Tanta lástima!...
SCHIPUCHIN. -Hoy, querida, celebramos aquí el
aniversario... La Comisión de la Directiva va a entrar de un momento a otro, y
tú estás sin vestir...
TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Es verdad!... ¡El
aniversario!... Les felicito, señores... Les deseo... ¿Entonces hoy habrá
junta... y comida?... ¡Eso me gusta!... ¿Y aquella maravillosa Memoria...,
recuerdas..., que tardaste tanto en escribir para la Directiva del Banco?...
¿Van a leértela hoy? (JIRIN tose con enfado.)
SCHIPUCHIN. -(Azarado.) ¡Querida! ¡De eso no hay que
hablar!... ¿Verdad?... ¿No sería mejor que te fueras a casa?
TATIANA ALEKSEEVNA. Ahora mismo. Ahora mismo... En un
momento te lo cuento todo y me marcho... Te lo contaré todo desde el principio
hasta el fin. Pues verás... Recordarás que cuando me acompañaste me senté junto
a aquella señora gorda y me puse a leer... No me gusta entablar conversaciones
en el departamento del tren... Ya llevábamos pasadas tres estaciones, y yo
seguía leyendo sin haber cruzado una palabra con nadie... Sin embargo, al
llegar el anochecer, empezaron a dar vueltas en mi cabeza unos pensamientos
¡tan sombríos!... Frente a mí iba sentado un muchacho de bastante buen
aspecto... Un moreno bastante guapo... El caso es que nos pusimos a charlar...;
después se nos acercó un marino..., luego un estudiante... Yo les dije que no
estaba casada..., ¡y qué galantería la de todos ellos!...
Estuvimos charla que te charla hasta la misma
medianoche... El moreno contaba unos chistes graciosísimos, y el marino se pasó
todo el tiempo cantando... De tanto como reí, llegó a dolerme el pecho... Y
cuando el marino se enteró, casualmente... (¡ay, esos marinos!), de que me
llamaba Tatiana..., sabes lo que empezó a cantarme?... (Canturreando con voz de
bajo.) «¡Oneguin, no voy a ocultarlo!... ¡Amo locamente a Tatiana!» (2). (Ríe.
JIRIN tose con enfado.)
SCHIPUCHIN. -Con todo esto, Taniuscha, estamos
molestando a Kusma Nikolaich. Vete a casa, querida. Más tarde...
TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Qué más da! ¡Qué más da!... ¡Que
lo oiga él también! ¡Es muy interesante! ¡Ahora mismo acabo!... Pues verás...
En la estación, donde había ido a esperarme Serioja, estaba también un
muchacho..., parece ser que un inspector... Bastante bien..., guapito... Sobre
todo, con bonitos ojos... Serioja me lo presentó y salimos juntos los tres.
El tiempo era espléndido...
UNAS VOCES DETRÁS DEL ESCENARIO. -«¡No se puede! ¡No
se puede!... ¿Qué desea usted?» ... (Entra MERCHUTKINA.) MERCHUTKINA. -(En el
umbral de la puerta y forcejeando con alguien.) ¿Por qué me sujetáis?...
¡Vaya!... ¡Tengo que hablarle hoy mismo!... (Entrando y dirigiéndose a
SCHIPUCHIN.) ¿Tengo el honor, excelencia?... Nastasia Fedorovna Merchutkina...,
esposa del Secretario Regional.
SCHIPUCHIN. -¿En qué puedo servirla?
MERCHUTKINA. Verá usted, excelencia. Mi marido, el
Secretario Regional, Merchutkin, está hace cinco meses enfermo... Pues bien,
mientras estaba en casa, siguiendo un tratamiento, le retiraron, sin motivo
alguno... Y cuando yo, excelencia, fui a cobrar su sueldo, van ellos y me
descuentan veinticuatro rubios con treinta y seis «kopeikas»... ¿Por qué
razón?, me pregunto yo. ¡Porque cogía de la caja colectiva, me contestaron, y
eran los demás compañeros los que tenían que responder por él!... ¿Y cómo puede
ser eso?... ¿Cómo iba él a coger nada sin mi consentimiento?... ¡Eso es
imposible,
excelencia!... ¡Soy una pobre mujer! ¡No como más que
de lo que saco con mis huéspedes!... ¡Soy débil! ¡Estoy indefensa! ¡No recibo
más que ofensas, y no oigo una buena palabra de nadie!
SCHIPUCHIN. -¿Me permite? (Coge la solicitud y,
siempre de pie, la recorre con los ojos.)
TATIANA ALEKSEEVNA. -(A JIRIN.) Pero que tengo que
contarlo desde el principio. La semana pasada recibo un buen día carta de
mamá... En ella me dice que un tal Grendilevskii ha pedido la mano de mi
hermana Katia... Parece ser que se trata de un muchacho excelente, modesto,
pero carente de medios económicos y sin situación definida... Para mayor
desdicha, figúrese que también Katia se había enamorado de él... ¿Qué hacer en
un caso así?... Por eso me escribía mamá..., para que yo, sin pérdida de
tiempo, viniera aquí a influir sobre Katia...
JIRIN. -(En tono severo.) Perdone, pero me ha hecho
confundirme... ¡Mamá..., Katia!... ¡Me ha hecho confundirme y ya no comprendo
nada!
TATIANA ALEKSEEVNA - ¡Pues sí que importa la cosa!
¡Cuando una señora le habla, debe usted escucharla!... ¿Por qué tiene hoy tan
mal humor? ¿Está usted enamorado? (Ríe.)
SCHIPUCHIN. -(A MERCHUTKINA.) Pero ¿qué es todo
esto?... No entiendo en absoluto.
TATIANA ALEKSEEVNA. ¿Conque está usted enamorado?...
¡Ah..., ya se le ha subido el pavo!
SCHIPUCHIN. -(A su mujer.) ¡Taniuscha! ¡Querida!...
¡Sal un momento al pasillo! En seguida voy.
TATIANA ALEKSEEVNA. -¡Bueno!... (Sale.)
SCHIPUCHIN. -No entiendo nada de esto... Usted,
señora, viene aquí equivocada... Esta solicitud, por lo que se deduce de su
contenido, no nos corresponde a nosotros. Tenga la bondad de dirigirse a la
institución donde trabajaba su marido.
MERCHUTKINA. -Mire, padrecito... He ido ya a cinco
sitios y en ninguno me la han querido siquiera aceptar. Tenía ya perdida la
cabeza cuando Boris Matveich, mi yerno, me aconsejó que viniera a verle a
usted... «Tiene usted, mamaíta -me dijo- que dirigirse al señor Schipuchin. Es
una persona de mucha influencia y podrá arreglárselo todo...» ¡Ayúdeme,
excelencia!
SCHIPUCHIN. -Nosotros, señora Merchutkina, no podemos
hacer nada por usted. ¡Compréndalo!... Su marido, por lo que he podido deducir,
trabajaba en una institución médico-militar..., mientras que la nuestra es de
carácter particular..., comercial... Esto es un Banco... ¿Cómo va, a ser
posible que no lo comprenda?
MERCHUTKINA. -Excelencia... Tengo un certificado del
médico que demuestra que mi marido estaba enfermo. Aquí lo tiene. Sírvase
leerlo.
SCHIPUCHIN. (Ligeramente irritado.) Magnífico... Lo
creo, pero le repito que este asunto no tiene la menor relación con nosotros.
(Tras el escenario resuena la risa de TATIANA ALEKSEEVNA; luego, otra
masculina. Con una ojeada a la puerta.) ¡Ya está ahí molestando a los
empleados! (A MERCHUTKINA.) ¡Resulta extraño y hasta ridículo! ¿Será posible
que su marido no sepa a quien tiene que dirigirse?
MERCHUTKINA. ¡Él no sabe nada, excelencia!... No hace
más que decirme: « ¡Estas cosas a ti no te importan! ¡Largo de aquí!» Y se
acabó...
SCHIPUCHIN. -Le repito, señora, que su marido estaba
empleado en una institución médico-militar..., y que esto es un Banco..., una
empresa privada..., comercial...
MERCHUTKINA. -No digo que no...; no digo que no... Le
comprendo, padrecito... Pero ¡en ese caso, excelencia, mande que me paguen por
lo menos quince rublos!... ¡Me conformo con no cobrarlo todo de una vez!
SCHIPUCHIN. -(Suspirando.) ¡Uf!...
JIRIN. -Andrei Andreich... Así no terminaré nunca la
Memoria.
SCHIPUCHIN. -Ahora mismo. (A MERCHUTKINA.) ¡Es
imposible hacerle a usted comprender!... ¡Entienda de una vez que dirigirse a
nosotros con una solicitud de ese género es tan impropio como, por ejemplo,
presentar una demanda de divorcio en una farmacia! (Se oyen unos golpecitos en
la puerta, y después la voz de TATIANA ALEKSEEVNA diciendo: «¿Se puede
entrar?»... SCHIPUCHIN alza la voz.) ¡Espera, querida!... ¡Ahora mismo!... (A
MERCHUTKINA.)
A usted, señora, no le han pagado, pero nosotros
celebramos hoy aquí un aniversario y estamos ocupados... De un momento a otro
puede entrar alguien...
MERCHUTKINA. -¡Tenga compasión de mí, pobre
huérfana!... ¡Excelencia!... ¡Soy una mujer débil..., indefensa!... ¡Me faltan
las fuerzas!... ¡Todo lo tengo que hacer yo!... ¡Los juicios con los huéspedes,
los asuntos de mi marido y de mi casa..., y ahora, para colmo, mi yerno está
sin trabajo!
SCHIPUCHIN. -Señora Merchutkina... ¡Yo!... No,
perdón... ¡No puedo seguir hablando con usted!... ¡Hasta la cabeza me da
vueltas!... ¡Nos molesta usted y pierde el tiempo en balde!... (Aparte y
suspirando.) ¡Vaya zoquete!... (A JIRIN.)
¡Kusma Nikolaich! ¡Explíqueselo, por favor, a la
señora Merchutkina!... (Hace un gesto de impaciencia y entra en la sala de
empleados.)
JIRIN. -(En tono severo.) ¿Qué se le ofrece?
MERCHUTKINA. -¡Soy una mujer débil..., indefensa!...
¡Quizá parezca fuerte, pero, si se me mira detenidamente, se verá que no hay en
mí un tendoncito sano! Apenas si me sostienen los pies. ¡He perdido el apetito!
¡Hoy me he bebido el café sin pizca de ganas!
JIRIN. -Le estoy preguntando que qué se le ofrece,
señora.
MERCHUTKINA. ¡Mande, padrecito, que me paguen quince
rublos!... ¡El resto, si quieren, pueden dármelo aunque sea dentro de un mes!
JIRIN. -Ya se le ha dicho a usted con toda claridad
que esto es un Banco.
MERCHUTKINA. -Así será... Así será... Pero, si es
necesario, puedo presentar un certificado del médico.
JIRIN. -¿Eso que lleva usted sobre los hombros, es una
cabeza o qué?
MERCHUTKINA. -¡Lo que yo le pido, querido, es conforme
a la ley!... ¡No quiero nada de nadie!
JIRIN. -Yo le pregunto: «Madame» ..., ¿eso que lleva
usted sobre los hombros, es o no es una cabeza?... ¡Qué diablos! ¡No tengo el
tiempo para perderlo hablando con usted! ¡Estoy ocupado! (Señalando a la
puerta.) ¡Tenga la bondad!...
MERCHUTKINA. -(Asombrada.) Y del dinero..., ¿qué?
JIRIN. -¡En una palabra: que lo que lleva sobre los
hombros no es una cabeza, sino... (Dando con el dedo unos golpecitos en la mesa
y llevándoselo después a la frente) esto!
MERCHUTKINA. -(Ofendida.) ¿Cómo?... ¡Vaya!... ¡Eso se
lo haces, si quieres, a tu mujer!... ¡Yo soy la esposa de un Secretario
Regional..., conque cuidado conmigo!...
JIRIN. (Acalorándose y con voz contenida.) ¡Fuera de
aquí!
MERCHUTKINA. ¡Ojo! ¡Mira bien lo que haces!
JIRIN. -(Con voz estrangulada.) ¡Si no sales en este
mismo instante, mandaré llamar al portero!... ¡Fuera!.. (Patalea.)
MIRCHUTKINA. -¡Nada, nada!... ¿Crees, acaso, que te
tengo miedo?... ¡Valiente mamarracho!
JIRIN. -¡Me parece no haber conocido en toda la vida
ser más repugnante!... ¡Uf!... ¡Si hasta se me ha subido la sangre a la
cabeza!... (Con respiración fatigosa.) ¡Otra vez te lo digo!... ¿Me oyes?...
¡Si no te marchas de aquí, vieja chocha..., te haré polvo!... ¡Tengo tal
carácter, que podría llegar a dejarte inválida para toda la vida!... ¡Podría
cometer un crimen!
MERCHUTKINA. ¡Se te va la fuerza por la boca! ¡No te
tengo miedo!... ¡Así que no he visto a otros como tú!
JIRIN. -(Con desesperación.) ¡No puedo soportar su
presencia!... ¡Me encuentro mal!... ¡No puedo!... (Dirigiéndose a la mesa, se
sienta ante ella.) ¡Han dejado que el Banco se llenara de mujeres y ya no hay
manera de escribir la Memoria!... ¡Me es imposible!...
MERCHUTKINA. -¡No pido nada que no me pertenezca!...
¡Lo que pido es mío según la ley!... ¡Valiente desvergonzado!... ¡Estar dentro
de una oficina y con los «valenkii» puestos!... ¡Mujik!... (Entran SCHIPUCHIN y
TATIANA ALEKSEEVNA.)
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Que viene siguiendo a su
marido.) Fuimos a la fiesta de Berejnitzkii... Katia llevaba un vestido de
«foulard» azul celeste, adornado de encaje fino y con el cuellecito
descubierto. Le sentaba muy bien el peinado alto que yo misma le hice. ¡Después
de peinada y de vestida, estaba hecha un encanto!...
SCHIPUCHIN. (Ya con jaqueca.) ¡Sí, sí!... ¡Un
encanto!... ¡Pueden entrar de un momento a otro!...
MERCHUTKINA. -¡Excelencia!...
SCHIPUCHIN. -(Con voz apagada.) ¿Qué hay? ¿Qué desea?
MERCHUTKINA. -¡Excelencia! (Señalando a JIRIN con el
dedo.) ¡A ese que se pegaba en la frente y daba luego en la mesa, le había
mandado usted que arreglara mi asunto y lo que hace es burlarse de mí!... ¡Soy
una mujer débil..., indefensa!...
SCHIPUCHIN. -¡Bien, señora!... ¡Yo lo resolveré!...
¡Haré las gestiones necesarias; pero váyase! ¡Después!... (Aparte.) Siento
venir el ataque de gota.
JIRIN. -(Acercándose a SCHIPUCHIN y bajando la voz.)
Andrei Andreich... Mande a buscar al portero y que la eche. ¡Es ya
inaguantable!
SCHIPUCHIN. -(Asustado.) ¡No, no!... ¡Se pondrá a
chillar, y esta casa tiene muchos pisos!
MERCHUTKINA. -¡Excelencia!
JIRIN. -(Con voz llorosa.) Pero ¡yo tengo que escribir
la Memoria! ¡No me quedará tiempo! (Volviendo a la mesa.) ¡No puedo más!
MERCHUTKINA. -¡Excelencia!... ¿Cuándo voy a cobrar
entonces el dinero?... ¡Lo necesito hoy!
SCHIPUCHIN. -(Indignado.) ¡Qué mujer más vil! (A ella
en tono suave.) Señora... ¡Ya le he dicho que esto es un Banco..., una
institución de carácter privado..., comercial!...
MERCHUTKINA. -¡Hágame la merced, excelencia!... ¡Sea
un padre para mí!... ¡Si no basta el certificado médico, puedo darle también el
de la comisaría!... ¡Mande que me paguen el dinero!
SCHIPUCHIN. -(Con un fatigoso suspiro.) ¡Uf!
TATIANA ALEKSEEVNA. -(A MERCHUTKINA.) ¡Abuela!... ¡Le
están diciendo que molesta!... ¡Qué especial es usted!
MERCHUTKINA. -¡Bonita mía! ¡No tengo a nadie que pueda
ayudarme en mis gestiones!... ¡Lo de que como y bebo es solo un decir!... ¡Hoy
me he bebido el café sin pizca de ganas!
SCHIPUCHIN. (Agotado, a MERCHUTKINA.) ¿Cuánto quiere
usted que le den?
MERCHUTKINA. -Veinticuatro rublos con treinta y seis
«kopeikas».
SCHIPUCHIN. -Bien... (Sacando veinticinco rublos de la
cartera y entregándoselos.) Aquí tiene usted veinticinco... ¡Cójalos y
márchese! (JIRIN tose, enfadado.)
MERCHUTKINA. -¡Tantas gracias, excelencia! (Se guarda
el dinero.)
TATIANA ALEKSEEVNA. (Sentándose junto a su marido.) A
todo esto, ya es hora de que me vaya a casa. (Mirando el reloj.) Sólo que
todavía no he terminado. Acabo en un momento y me voy... ¡Ay, lo que pasó!...
¡Lo que pasó!... Fuimos, como te decía, a la fiesta de Berenjnitzkii... Estaba
bastante bien..., animada..., aunque nada de particular. Naturalmente, uno de
los presentes era Grendilevskii, el suspirante de Katia... Pues bien..., yo ya
había hablado con ella, habíamos llorado juntas y la había convencido, por lo
que, precisamente, en esa fiesta habló con Grendilevskii y le rechazó... Pero,
¡imagínate!... ¡Piensa!... ¡Todo se había arreglado lo mejor posible!...
Tranquilizada mamá y salvada Katia, yo también podía estar tranquila..., pero,
¿qué crees?... Momentos antes de la cena, cuando me paseaba con Katia por la
alameda..., de pronto... (Excitándose), oímos un tiro... ¡No!... ¡No puedo
hablar de esto con sangre fría!... (Abanicándose con el pañuelo.) ¡No..., no
puedo!...
SCHIPUCHIN. -(Suspirando.) ¡Uf!
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Llorando.) ¡Corremos hacia el
cenador y allí..., allí..., encontramos al pobre Grendilevskii, tendido en el
suelo y con una pistola en la mano!...
SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡No lo puedo soportar! (A
MERCHUTKINA.) ¿Qué más quiere usted?
MERCHUTKINA. -¿No sería posible, excelencia, que usted
gestionase el que mi marido ingresara otra vez en su trabajo?
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Llorando.) ¡Se había disparado
justamente al corazón! ¡Aquí!... ¡El pobre cayó al suelo sin conocimiento!...
¡Katia se asustó muchísimo!... ¡Estaba allí tendido y pidiendo que llamaran al
médico!... Éste vino pronto y salvó al infeliz...
MERCHUTKINA. -¡Excelencia!... ¿Podrá mi marido volver
a ocupar su puesto?
SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡No lo podré soportar!...
(Llorando.) ¡No lo podré soportar! (Tendiendo los brazos a JIRIN con gesto
desesperado.) ¡Échela de aquí! ¡Échela..., se lo suplico!
JIRIN. -(Avanzando hacia TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Fuera!
SCHIPUCHIN. -¡No!... ¡A esa no!... ¡A esta!... ¡A esta
horrible mujer! (Señalando a MERCHUTKINA.) ¡A esta!
JIRIN. -(Sin comprender, a TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Fuera
de aquí!
TATIANA ALEKSEEVNA. -¿Cómo?... Pero ¿qué le pasa? ¿Se
ha vuelto usted loco?
SCHIPUCHIN. -¡Esto es terrible! ¡Soy un
desgraciado!... ¡Échela! ¡Échela!
JIRIN. -(A TATIANA ALEKSEEVNA.) ¡Resultarás tullida!
¡Te haré trizas! ¡Cometeré un crimen!
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Corriendo a escapar del alcance
de JIRIN, que la persigue.) ¿Cómo se atreve?... ¡Qué frescura!... (Gritando.)
¡Andrei! ¡Sálvame! ¡Andrei!... (Lanza un chillido.)
SCHIPUCHIN. -(Corriendo a su vez tras ellos.) ¡Paren!
¡Se lo suplico! ¡Silencio! ¡Tengan compasión de mí!
JIRIN. -(Emprendiéndola contra MERCHUTKINA.) ¡Fuera de
aquí! ¡Cogedla! ¡Sacudidla!
SCHIPUCHIN. -(Gritando.) ¡Basta ya! ¡Se lo ruego! ¡Se
lo suplico!
MERCHUTKINA. -¡Ay de mí! ¡Socorro! (Lanza un
chillido.)
TATIANA ALEKSEEVNA. -(Gritando.) ¡Auxilio!
¡Auxilio!... ¡Ay!... ¡Me desmayo! (De un salto se sube a una silla, cayendo
luego en el diván, donde permanece gimiendo, como víctima de un
desvanecimiento.)
JIRIN. -(Persiguiendo a MERCHUTKINA.) ¡Pegadla!
Zurradla!...
MERCHUTKINA. ¡Ay de mí!... ¡Se me nubla la vista!...
¡Ay!... (Cae en brazos de SCHIPUCHIN. Se oyen unos golpecitos dados contra la
puerta y una voz que, detrás del escenario, anuncia: «¡La Comisión!»)
SCHIPUCHIN. -¡La Comisión!... ¡La reputación!... ¡La
ocupación!...
JIRIN. -(Pataleando.) ¡Diablos! ¡Fuera de aquí!
(Remangándose.) ¡Que me la traigan! ¡Soy capaz de llegar al crimen!
(Entra en la estancia la Comisión, compuesta por cinco
individuos, todos vestidos de frac. Uno de ellos sostiene en las manos un
pergamino encuadernado en terciopelo y otro un jarrón. Por la puerta de la sala
inmediata asoman los empleados. TATIANA ALEKSEEVNA está echada sobre el diván.
MERCHUTKINA descansa en los brazos de SCHIPUCHIN. Ambas exhalan ligeros
gemidos.)
UNO DE LOS DIRECTIVOS. -(Comenzando a leer en voz
alta.) «¡EstiMado y querido Andrei Andreevich!... ¡Echando una ojeada
retrospectiva sobre el pasado de nuestra empresa financiera y recorriendo con
la mente la historia de su paulatino desarrollo, recogemos una impresión
sumamente satisfactoria!... ¡Cierto que en sus primeros tiempos de existencia,
la modesta cuantía de su capital básico, la carencia de operaciones de
importancia y lo indeterminado también de sus fines..., ponían sobre el tapete
la interrogación de «Hamlet»...«Ser o no ser»!... ¡Hubo un tiempo, inclusive,
en el que se alzaron voces en pro del cierre del Banco!... ¡He aquí, sin
embargo, que viene usted a colocarse a la cabeza de la empresa!... ¡Sus
conocimientos, su energía y su peculiar tacto fueron para ella causa de éxito
extraordinario y de raro florecimiento!... ¡La reputación del Banco!...
(Tosiendo.) ¡La reputación del Banco!...
MERCHUTKINA. (Entre gemidos.) ¡Ay!...
TATIANA ALEKSEEVNA. ¡Agua!
EL DIRECTIVO. (Prosiguiendo la lectura.) «¡La
reputación!... (Tosiendo.) ¡La reputación del Banco ha sido elevada por usted a
tal altura, que hoy en día nuestra empresa está en condiciones de competir con
las mejores del extranjero!...»
SCHIPUCHIN. La comisión... La reputación... La
ocupación... «Una vez... sostenían dos amigos, andando al anochecer, muy seria
conversación» ... «¡No digas que está mi juventud perdida!... ¡Deshecha por mis
celos!»...
EL DIRECTIVO. (Prosiguiendo, azarado.) ¡Después!...
¡Fijando en el presente una mirada objetiva..., nosotros..., estimado y querido
Andrei Andreevich!... (Con voz que se apaga.) En ese caso..., volveremos más
tarde... Mejor será que volvamos más tarde...