viernes, noviembre 28, 2014

LAS UBARRY. ÓSCAR LIERA.






Esta es una de las piezas más perturbadoras y potentes de Óscar Liera. En Las Ubarry, el autor explora la decadencia de la aristocracia, la obsesión por el linaje y la locura que emana de la soledad y la esterilidad.

A continuación, presento una introducción analítica seguida del texto.


Introducción: El Ocaso de la Sangre

Las Ubarry es una obra que se inscribe en la tradición del teatro del grotesco y el realismo crítico de Óscar Liera. En esta pieza, el dramaturgo sinaloense nos encierra en una atmósfera claustrofóbica donde el tiempo parece haberse detenido, pero la descomposición es evidente.

La trama presenta a dos mujeres, madre e hija, atrapadas en el peso de un apellido —Ubarry— que alguna vez significó poder, pero que ahora solo es una carga de fantasmas y deudas morales. La obra aborda temas universales como:

  • La decadencia social: El contraste entre la elegancia del pasado (el encaje de Bruselas, el Art Nouveau) y la miseria del presente.

  • La obsesión por la estirpe: La desesperación por no dejar morir el apellido, llevando a las protagonistas a un plan delirante y humillante.

  • La maternidad frustrada: El cuerpo como campo de batalla, donde la hija, "vaciada" por la voluntad de otros, proyecta en la madre una última y trágica esperanza de fertilidad.

El final es una de las imágenes más potentes del teatro mexicano: la ruptura de la "cuarta pared" donde la ficción invade la realidad del espectador, convirtiéndolo en testigo (o cómplice) de la degradación final de las Ubarry.


LAS UBARRY

Autor: Óscar Liera

PERSONAJES:

  • MADRE

  • HIJA


(ESCENA ÚNICA)

(La recámara no podía ser más elegante ni decorada con mejor gusto. Frente al espejo de biselados contenido en el marco Art Nouveau, se refleja la cara marchita de la MADRE; es como un espectro. Las manos de la HIJA van y vienen sobre aquel rostro, llevando y trayendo entre los dedos los colores y los polvos. La MADRE ha dejado su rostro en manos de su única hija para que lo cambie y como si la muchacha también tratara de cambiar algo en el interior de la madre, habla):

HIJA: Recuerda que eres una Ubarry, tú me lo enseñaste y me formaste haciéndome sentir muy orgullosa de ello.

MADRE: Los Ubarry fueron grandes.

HIJA: Somos…

MADRE: …Y poderosos… Muchos temblaban ante el nombre nada más.

HIJA: Todavía quedan muchos que nos temen.

MADRE: Tu abuelo mató a muchos sin compasión. Él sabía lo que hacía… y los curas siempre lo perdonaban. Dios lo tenga en su compañía.

HIJA: ¿Y qué? Aquí estamos gastándonos, tú en recuerdos, yo en lamentos.

MADRE: Yo en lamentos, tú en recuerdos.

HIJA: Ayer hizo ya tres meses.

MADRE: Tres.

HIJA: Tres meses son apenas noventa y dos días.

MADRE: Y dos días.

HIJA: Y en un momento me enterraron los puñales. Mientras tú dormías entraron despacio buscando el calor de mis entrañas y allí holgaron.

MADRE: Tres meses que no dormimos, noventa y dos días que lloramos, que pensamos.

HIJA: Gastándonos, gastándonos. (Pausa) Pero tienes que quedar muy hermosa.

MADRE: Tienes que esconderme setenta y dos años con tus colores.

HIJA: Eso es lo que hago; saldrás como una hermana mía, nadie se imaginará que soy tu hija, te verán los hombres en la plaza y me dirán: ¡Adiós cuñada! Y recuerda, tiene que ser cualquiera, no importa cuál sea.

MADRE: Soy una Ubarry, jamás permitiré manchar nuestra casta, es nuestra sangre la que manda.

HIJA: Es también nuestra única posibilidad. Estamos solas, no lo olvides, solas en el mundo.

MADRE: Es que soy ya muy vieja… Deberíamos consultar primero al médico para saber.

HIJA: No vamos a consultar a ningún médico, los odio, los odio a todos, no tienen ningún derecho, qué les importa que me muera. Es mi decisión; ustedes su moral, y yo la mía; es mi vida y es mi muerte…

MADRE: No debes hablar así, eres una muchacha inmadura…

HIJA: ¡Tú cállate! Tú has dejado que me destaquen, no te importó dejar extinguir en las manos de esos al último de los Ubarry.

MADRE: Tienes que ser consecuente. Ya todo ha pasado, son mandatos de Dios.

HIJA: ¡¿Cómo puedes hablar así, María Dominga Ubarry?! ¿Cómo puedes hablar así cuando hemos comprado tantas veces la voluntad divina? ¿No fue una vez tu madre y se compró al cura para que no confesara ni diera la extremaunción a doña Cándida antes de que muriera? ¿No compró así la eterna condenación de su peor enemiga?

MADRE: Pero la Iglesia ha cambiado, ya no es como antes. Ahora Dios está más cerca de nosotros…

HIJA: Razón de más para que nos oyera. (Pausa) Dios mío, perdóname; de lo que dudo no es de tu poder infinito, sino de que tu bondad sea infinita.

MADRE: Podría buscar en los archivos de la casa; mi padre pudo haber dejado un hijo regado por allí, o en las cercanías de Batomet. A veces duraba mucho tiempo sin venir de la hacienda.

HIJA: No sé de dónde sacas esas ideas tontas. Conoces perfectamente el orgullo que distinguió a nuestros engendradores del resto de los hombres, recuerda bien lo que siempre decían: “Nadie más de los que somos puede ni debe tratar de ostentar el apellido de los Ubarry”.

MADRE: Como si en estos momentos los oyera…

HIJA: Nunca uno de nuestra sangre lo hubiera hecho y tú, en todas tus semillas, me sembraste esta frase.

MADRE: Tal vez sea una debilidad, una nueva esperanza que brota y que se inflama con la desesperación.

HIJA: Tal vez sea eso, debilidad. Debilidad. Pero no podemos flaquear en nuestro empeño. Los Ubarry no van a desaparecer y tú te vas a encargar de ello. (Mientras la HIJA maquilla a la anciana se va llenando de una extraordinaria dulzura) Siempre debiste usar sombras azules sobre los párpados, se te llenan de luz las pupilas y se te ven más brillantes; son como dos lunas enfermas de frío.

MADRE: Hoy no volvió el veterinario a las cuatro para checar a los canarios. En todo el día solo vino tres veces. Es un irresponsable, creo que tendremos que llamar al que atendió a los cenzontles el año pasado. ¿Recuerdas? No se les despegó de la jaula hasta que los dejó completamente restablecidos. ¡Y cómo te miraba!

HIJA: Debí haberme acostado con él.

(La MADRE se levanta con violencia de la silla y abofetea con furia aquel rostro precioso de la HIJA. Ésta trata de curar el ardor con la frescura de su mano. Los ojos de ambas no han cesado de vigilarse, se ven con intensidad, nada se mueve en ellas más que las miradas que van y vienen. El silencio las hace cómplices del peor de los deseos. Pero también las hace conscientes de su soledad, y, poco a poco, la MADRE se va acercando hasta que las dos cabezas llegan a tocarse, entonces se abrazan, lloran y se besan).

MADRE: ¿Cuál vestido vas a querer que me ponga? ¿El café? (Saca un elegante vestido café, lo coloca cuidadosamente sobre el que trae puesto y comienza a modelar con gracia. Lo arroja sobre la cama y saca otro) ¿O este verde? ¿Te gusta? Ya puesto se ve mejor, mira qué caída tiene.

HIJA: Es muy bonito pero no me gusta para la ocasión.

MADRE: ¿Quieres que me ponga uno de los traje sastre?

HIJA: No. Quiero que te pongas algo más alegre.

MADRE: Más alegre, más alegre… ya sé; el rosa.

HIJA: No mamá, tengo en la mente desde hace rato un vestido amarillo que tiene por aplicaciones unas florecitas blancas de encaje de Bruselas. ¿Recuerdas? Muchas florecillas sobre el amarillo.

MADRE: No estarás pensando en el vestido que llevé al bautizo de la niña de los Villamayori.

HIJA: El mismo.

MADRE: No es propio de mi edad, ya soy una vieja de sesenta y…

HIJA: Tienes que pasar por una señora de treinta y tres años. Olvida de una vez por todas tu edad, serás mi hermana mayor.

MADRE: ¿En dónde estará ese vestido? Solo me lo puse dos veces. Era muy bonito.

HIJA: Es muy bonito.

MADRE: ¿No lo habré regalado?

HIJA: No.

MADRE: Habrá que buscarlo, ¿en qué condiciones estará?

HIJA: Está en muy buenas condiciones, y en muy buenas manos, lo mandé a la tintorería, tengo que hablar en este momento para que me lo manden cuanto antes. (Va al teléfono) Bueno, ¿a dónde hablo? Gracias. Señorita, hablo de parte de la señora Ubarry para preguntar si ya está el vestido que envió esta mañana con carácter de urgencia. Sí, cómo no. (A la madre) Te vas a ver preciosa, solo te mirarán a ti, y yo me sentiré orgullosa de ir a tu lado.

MADRE: Pero tendremos que salir casi a escondidas para que no nos vayan a ver los Guzmán Chaytes, son muy hablantines. También los de la Quinta Victoria; esos siempre andan husmeando en los jardines…

HIJA: (A la Madre) Espérame. (Al teléfono) Dígame, sí, está muy bien señorita, entonces mándemelo inmediatamente aquí a la casa de la señora. Sí, sí, gracias, muy amable. (Cuelga el auricular) ¿Qué te hiciste en el ojo?

(La MADRE toma una actitud pueril, como si fuera ella la hija, una hija mimada que se enfrenta a una madre enérgica).

MADRE: Me tallé el ojo porque me ardía.

HIJA: ¿No ves que te has estropeado todo el maquillaje?

MADRE: No me acordé en ese momento, solo sé que me ardía y me ardía como si tuviera una aguja que me estuviera picando el ojo despacito, despacito y me tallé, me tallé porque me hacía daño la aguja.

HIJA: ¡Eres una inconsciente! ¡No eres capaz de ningún sacrificio! ¡Eres tú a quien se le ha asignado el papel de sacar adelante a la familia y todo lo detienes porque te ardía un ojo! ¿Qué será cuando se te pidan sacrificios más grandes? ¿Si yo no hubiera estado aquí te hubieras lavado la cara, verdad? ¡Contesta!

MADRE: Sí.

HIJA: ¿Por qué? ¿No sabes contestar? ¿No se te dio, aparte de la vida, un lenguaje? ¿No se te limó toda aspereza para que supieras comunicar debidamente tus pensamientos?

MADRE: Sí.

HIJA: ¿Entonces por qué no hablas?

MADRE: Pues…

HIJA: Pues qué. A veces quisiera conocer alguna de esas expresiones vulgares que usan los barbajanes para decírtela, a ver si así descanso.

MADRE: Perdóname, perdóname, estaba desesperada… ese vestido me trae recuerdos terribles, la primera vez que lo usé, tú eras una niña, reñí fuertemente con tu padre; fue entonces que decidimos separar nuestros lechos. Pienso que pude haber tenido más hijos, pero el orgullo nos separó más y más y más, hasta que volvimos a hablarnos de usted…

HIJA: ¡Perfecto! Será una reconciliación con la naturaleza.

MADRE: Sí, como un amuleto, y yo iré por las calles envuelta en mi amuleto. ¡Qué porquería somos! (Con reconocimiento a la actitud de la hija se acerca a ella, le besa los labios y reconfortada le dice) Has hecho bien en reprenderme, me has hablado como toda una Ubarry, me siento orgullosa de ti, me has hecho reaccionar y he tomado conciencia exacta de las cosas. Eres una mujer madura, este es el momento en que puedes ser una madre perfecta. (Hasta el término de la frase, la MADRE se dio cuenta del gran error que había cometido).

HIJA: ¡Pero nunca podré, y tú lo sabes! ¡Tú permitiste que ellos me acuchillaran aquí y me arrancaran a mis hijos antes de ser engendrados! ¡Y tú pudiste haberles detenido la mano y decirles: ¡qué crimen cometen, van a desarraigar la esencia de una mujer!! ¡Y tú sabías lo que más necesitaba un hijo! ¡Un hijo! ¡Y cada vez que cierro los ojos sé que no lo voy a tener! ¡Cada vez que respiro me acuerdo que han asesinado a los hijos que me esperaban y que yo también esperaba! ¡Un hijo, tan solo uno! ¡Un hijo que no me permitiera agotarme en la existencia ni en esta soledad!

MADRE: (Grave) Pero ya no tenía remedio nada, había que hacerlo. Te vieron muchos médicos, especialistas…

HIJA: ¡Pues hubieras dejado que me pudriera junto con mis semillas pútridas! (Pausa) Ahora comienzo a secarme en mí misma, es como si hubieras permitido que mataran en mí todo lo que podría llenarme de flores por dentro. Y lo más terrible es que soy la última portadora de la sangre más pura de los Ubarry. Ya no habrá más descendencia, nos vemos amenazadas a quedar exterminados, exterminados… los Ubarry, los Ubarry se acabaron, nunca nos lo perdonarán nuestros abuelos.

MADRE: A veces pienso que nosotras cargamos con todas las culpas de ellos. Es como si todos los yerros se materializaran y tú y yo tuviéramos que cargar siempre con ellos; si voy al comedor, los llevo; si voy al jardín, los llevo; y cargo las paredes, sostengo el peso de los techos…

HIJA: Es un precio muy caro madre, pero nosotras como ellos, elegimos consagrarnos a la familia. (Un casi eterno silencio se interpone entre ellas, pesado como las culpas. Pero de pronto brilla en los ojos de la HIJA la posibilidad que aún queda en la MADRE, y rompe con alegría el silencio) Ahora tienes que sentarte para que te corrija el maquillaje de los ojos, y para que termine de pintar tu boca. A ver, cierra los párpados. Vas a lucir como el día familiar que celebramos en casa de Martha Angélica.

MADRE: Era yo ese día la mujer más bella del mundo, me sentía la esencia de la belleza y me gustaba desparramarla sobre las miradas de quienes me veían. Tu padre se sentía muy hombre a mi lado, era como si mi belleza de ese día le diera a él mucha seguridad, y a tus abuelos también, y a todos los que admiraban a los nuestros… (El sonido del timbre corta de pronto los recuerdos).

HIJA: Debe ser la tintorería. (Asomándose por una de las puertas grita) ¡Amelia, por favor recoja el vestido de la señora, y déjelo con mucho cuidado en el sofá del saloncito! ¡Ofrézcale algo de tomar al mandadero, para que pueda volver a cruzar el jardín sin fatiga! (A la madre) Te vas a convertir en un sol.

MADRE: ¿Qué hora es?

HIJA: Ahora han de ser como las seis y media.

MADRE: Ya comienzo a ponerme nerviosa, tengo miedo de que me rechacen de nuevo, ayer se rieron de mí…

HIJA: ¡Nunca has salido de esta casa, recuérdalo! Tus padres te tenían encerrada y no conocías el mundo. Esa tiene que ser la historia.

MADRE: Es que ya tenemos tres meses saliendo a buscar y no hemos encontrado nada todavía.

HIJA: ¡Te he dicho que en nuestra familia solo hay ayeres gloriosos! No tienes que recordar nada, te ordené que fueras olvidando cada día; cada día es uno nuevo y tú borras tus cosas al acostarte, y únicamente tendrás derecho a recordar cuando hayas concebido un hijo en tu vientre. Hasta entonces podré dormir tranquila, entonces me ocuparé solamente de cuidar tu vientre y ver cómo te vas llenando de vida, y cómo dentro de ti, de tus profundidades, comienza a gestarse la salvación de nuestras vidas y la paz que necesitamos para morir tranquilas.

MADRE: Y yo seré madre otra vez, y tendré un hijo, un varoncito; un hombre.

HIJA: Y yo seré la criada de ustedes, la esclava de esa criatura salvadora. ¿Te aseaste el cuerpo como te dije?

MADRE: Sí, cuidadosamente, como si fuera a parir; dejé un rato el agua tibia sobre mi vientre, y llené de rosas la tina, después me sequé con algodones y me ungí con loción de hierbabuena.

HIJA: Ahora te pondrás el vestido. (La HIJA sale un segundo y entra con el vestido en los brazos. Lo trae con mucho cuidado, como si trajera un niño recién nacido. La MADRE toma el vestido-niño entre sus brazos, se queda mirándolo fijamente, lo recuerda todo perfectamente; comienza a acariciarlo con suavidad y, de pronto, en un arrebato de locura, lo tira al suelo. Casi pierde el control de sí misma, e instintivamente comienza a protegerse el vientre con los puños bien apretados).

MADRE: ¡No saldré a hacer el ridículo! ¡No saldré, los hombres se ríen de mí! Se ve muy claro que es a ti a quien ellos prefieren. A mí ni siquiera me miran, me gritan suegra, madrota…

HIJA: No pronuncies esas palabrotas de placeros.

MADRE: Es que no puedo continuar con este ridículo, ¿no entiendes que ellos prefieren una joven? Quieren una mujer que les abra las piernas, y ellos solo miran las tuyas.

HIJA: ¡Pero yo estoy seca! ¡Yo no sirvo para eso! ¡Solo puedo ser puta, solo podré ser eso!

MADRE: Es que yo ya estoy muy vieja.

HIJA: No hermana, tienes apenas treinta y tres años, no lo olvides, treinta y tres años. Recuérdalo.

MADRE: No sé si aún sea fértil.

HIJA: No te importe; tú inténtalo. Tienes que intentarlo con todos los machos que puedas. (Busca un tono dulce) Ahora tienes el vestido amarillo. (Lo recoge y se lo da, con la misma ternura de antes, a la madre; esta lo toma y comienza a meterse en él con suavidad mientras la hija le habla) El de la suerte, el de la reconciliación con la naturaleza. Para los demás será solo un vestido nuevo con sus flores blancas, entre tu talle más que nunca fértil. Y te verán los machos con sus simientes guardadas, te verán como el día de la fiesta familiar cuando te convertiste en la esencia de la belleza y volaban tus cabellos, y volaban tus manos por el viento. Y todos te desearán y tendrán que hacerte concebir un hijo, y allí estará nuestra felicidad, cuando entren en ti y depositen con desespero las semillas, cuando tus óvulos se impregnen de células masculinas. ¡Es muy sencillo volver a ser felices! ¿Ves? Es muy sencillo. ¡Qué hermosa estás, qué hermosa! (Transición) Es tarde, tenemos que irnos. Recuerda: tiene que ser un hombre joven, y le pedirás que acaricie con amor tu vientre, se lo pedirás porque tienes que eternizar la estirpe de los Ubarry y porque tenemos derecho a la paz.

(Las dos mujeres van saliendo por entre el público viendo a los hombres que han asistido a la representación y tratando de que se fijen en la MADRE, quien se verá ridícula con el maquillaje y el vestido que lleva. Todo es en silencio, silencio como la condena a la que han sido entregadas).

FIN