jueves, junio 09, 2016

Diario de un loco Nikolai Gogol




Diario de un loco




Nikolai Gogol




3 de octubre 

   Hoy ha tenido lugar un acontecimiento extraordinario. Me levanté bastante tarde, y cuando Marva me trajo las botas relucientes, le pregunté la hora. Al enterarme de que eran las diez pasadas, me apresuré a vestirme. Reconozco que de buena gana no hubiera ido a la oficina, al pensar en la cara tan larga que me iba a poner el jefe de la sección. Ya desde hace tiempo me viene diciendo: "Pero, amigo, ¿qué barullo tienes en la cabeza? Ya no es la primera vez que te precipitas como un loco y enredas el asunto de tal forma que ni el mismo demonio sería capaz de ponerlo en orden. Ni siquiera pones mayúsculas al encabezar los documentos, te olvidas de la fecha y del número. ¡Habráse visto!..." 
   ¡Ah! ¡Condenado jefe! Con toda seguridad que me tiene envidia por estar yo en el despacho del director, sacando punta a las plumas de su excelencia. En una palabra, no hubiera ido a la oficina a no ser porque esperaba sacarle a ese judío de cajero un anticipo sobre mi sueldo. ¡También ése es un caso! ¡Antes de adelantarme algún dinero sobrevendrá el Juicio Final! ¡Jesús, qué hombre! Ya puede uno asegurarle que se encuentra en la miseria y rogarle y amenazarle; es lo mismo: no dará ni un solo centavo. Y, sin embargo, en su casa, hasta la cocinera le da bofetadas. Eso todo el mundo lo sabe. 
   No comprendo qué ventajas se tiene al trabajar en un departamento ministerial. Ni siquiera dispone uno de recursos. Pero no sucede así en la Administración Provincial, ni en el Ministerio de Hacienda, ni en el Tribunal Civil. Allí ves a un empleado cualquiera sentado humildemente en un rincón escribiendo. Lleva un frac gastado y su aspecto es tal que ni siquiera merece que se le escupa encima. Sin embargo, fíjate en la villa que alquila durante el verano. No se te ocurra regalarle una taza de porcelana dorada, pues te dirá que eso es digno de un médico. Él se conforma tan sólo con un coche de lujo o unos drojkas o una piel de visón de 300 rublos. Y, no obstante, por su aspecto parece tan modesto, y al hablar es tan fino. Te pide, por ejemplo, que le prestes la navaja para sacar punta a su pluma, y si te descuidas un poco, te despluma de tal forma, que ni siquiera te deja la camisa. 
   Pero reconozco que nuestra oficina es diferente, y en toda ella reinan una limpieza de conducta y una honradez tales, que ni por soñación puede haberlas en la Administración Provincial. Además, todos los jefes se tratan de usted. Confieso que, a no ser por la honradez y el buen tono de mi oficina, hace ya mucho tiempo que hubiera dejado el departamento ministerial. 
   Me puse el viejo capote y cogí el paraguas, pues llovía a cántaros. En la calle no había nadie. Sólo tropecé con mujeres de pueblo que se arropaban con los faldones de sus abrigos, comerciantes que caminaban resguardándose de la lluvia bajo sus paraguas, y cocheros. Gente bien no se veía por ningún sitio, a excepción de nuestra modesta persona, que caminaba bajo la lluvia. En cuanto la vi en un cruce, pensé en seguida: "¡Eh, amiguito! Tú no vas a la oficina. Tú estás dispuesto a seguir a ésa que va delante de ti y cuyas piernas estás mirando. ¡Qué locuras son ésas! La verdad es que eres peor que un oficial. Basta con que pase cualquier modistilla para que te dejes engatusar". 
   Precisamente en el momento en que estaba pensando esto vi cómo una carroza se detenía ante un almacén junto al que yo me encontraba. En seguida reconocí la carroza: era la de nuestro director. Me supuse que debería de ser de su hija, pues él no tenía por qué ir a estas horas a un almacén. El lacayo abrió la portezuela, y la joven saltó del coche, como un pajarito. Echó unas miradas en torno suyo, y al alzar sus ojos sentí que mi corazón quedaba herido... ¡Dios mío, estoy perdido! ¡Estoy perdido irremediablemente! 
   Y ¿por qué habrá salido ella con este mal tiempo? Después de esto nadie se atrevería a decir que las mujeres no se vuelven locas por los trapos. 
   Ella no me reconoció y yo procuré ocultarme y pasar inadvertido, pues llevaba un capote muy manchado y cuyo corte, además, estaba pasado de moda. Ahora se llevan las capas con cuellos muy largos, y el mío era muy corto; además, el paño de mi capote distaba mucho de ser elegante. Su perrita no tuvo tiempo de entrar y se quedó en la calle. Yo la conozco, se llama Medji. No había transcurrido ni un minuto, cuando oí de repente una vocecilla que decía: 
   —¡Hola, Medji! 
   Vaya. ¿Quién será el que habla? Miré y vi a dos señoras que caminaban debajo de un paraguas. Una de ellas era ya anciana; la otra, muy jovencita. Pero ellas ya habían pasado, y nuevamente volví a oír la misma voz a mi lado. 
   —¡Debería darte vergüenza, Medji! 
   ¡Qué diablos! Vi que Medji estaba olfateando el perro que iba con las dos señoras. "¡Vaya! ¿No estaré borracho? —pensé para mis adentros—. ¡Menos mal que esto no me ocurre a menudo!" 
   —No, Fidele; estás equivocado. Yo estuve... Hau, hau... Yo estuve muy enferma. 
   ¡Vaya con la perrita! Confieso que me quedé muy sorprendido al oírle hablar como una persona; pero después de reflexionarlo bien, no hallé en ello nada extraño. En efecto, en el mundo se dan muchos ejemplos de la misma índole. Cuentan que en Inglaterra emergió un pez y dijo dos palabras en un idioma extraño, tan raro, que desde hace dos o tres años los sabios hacen investigaciones acerca de él y aún no han logrado clasificarlo. También leí en los periódicos que dos vacas entraron en una tienda y pidieron medio kilo de té. Pero reconozco que me quedé aún mucho más sorprendido al oírle decir a Medji: 
   —¡Es verdad que te escribí, Fidele! Seguramente Polkan no te llevaría la carta. 
   Aunque me juegue el sueldo, apostaría que nunca se ha dado el caso de un perro que escriba. Sólo los nobles pueden escribir. Claro que también algunos comerciantes, oficinistas y, a veces, hasta la gente del pueblo sabe escribir un poco; pero lo hace de un modo mecánico, sin poner ni comas, ni puntos, y, claro está, sin ningún estilo. 
   Esto me dejó muy sorprendido. He de confesar que desde hace algún tiempo a veces oigo y veo unas cosas que nadie vio ni oyó jamás. 
   "Voy a seguir a esta perrita, y así me enteraré de quién es y de lo que piensa", resolví para mí. Abrí el paraguas y me puse a seguir a las dos señoras. Cruzamos la calle Gorojovaia y nos dirigimos a la calle Meschanskaia, y desde allí a la de Stoliar, y, finalmente, llegamos al puente de Kokuchkin, deteniéndonos ante una casa de grandes dimensiones. "Conozco esta casa —pensé para mí—: es la de Zverkov. ¡Un verdadero hormiguero! Pues sí que viven allí pocos cocineros y viajantes. En cuanto a los empleados, abundan como chinches. Allí vive un amigo mío que toca muy bien la trompeta." 
   Las señoras subieron al quinto piso. "Bueno —pensé— ahora me voy a ir, pero antes he de fijarme bien en el sitio, para aprovecharlo en la primera ocasión que se me presente." 

4 de octubre 
   Hoy es miércoles, y por eso estuve en el despacho de nuestro director. Vine a propósito un poco antes. Me senté y me puse a sacar punta a todas las plumas. Nuestro director debe de ser un hombre muy inteligente; tiene el despacho lleno de armarios con libros. Leí los títulos de algunos libros, y todos son científicos; así que ni por soñación son asequibles a nosotros, los empleados; además, todos están o en francés o en alemán. Cuando se mira a nuestro director, le sorprende a uno por su aspecto imponente y por la seriedad que refleja toda su persona. Todavía no he oído nunca que haya dicho una palabra de más. Sólo cuando se le entregan los documentos suele preguntar: 
   —¿Qué tiempo hace fuera? 
   —Hace mucha humedad, excelencia. 
   La verdad es que las personas, como nosotros, no se pueden comparar con él. Es lo que se dice un verdadero hombre de Estado. He notado, sin embargo, que me tiene especial cariño. ¡Ah, si su hija...! ¡No, eso es una canallada! ... Me entretuve leyendo La Abeja. ¡Qué gente tan estúpida son los franceses! ¿Qué es lo que pretenden? ¡De buena gana los hubiera cogido a todos y les hubiera dado una buena paliza! 
   Allí también leí la descripción de un baile hecha por un terrateniente de la provincia de Kurck. Los terratenientes de Kurck suelen escribir muy bien. Después me di cuenta de que eran ya las doce y media y que nuestro director aún no había salido de su dormitorio. Pero a eso de la una y media tuvo lugar un acontecimiento que ninguna pluma sería capaz de relatar. Se abrió la puerta, yo me levanté de un salto con los papeles en la mano, pensando que sería el director; pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que era ella. ¡Jesús, cómo iba vestida! Llevaba un traje blanco y vaporoso como un cisne. ¡Y qué vaporoso! Y al alzar los ojos creí que me alcanzaban los rayos del sol. Me saludó y dijo con una voz semejante a la de un canario: 
   —¿No ha venido papá? 
   "Excelencia —quise decirle—, ¿quiere usted castigarme? Pues si tal es su deseo, que lo haga su excelencia con su propia manita." Pero ¡qué demonios! La lengua se me trabó; así es que sólo pude decir: 
   —No, no estuvo. 
   Ella me echó una mirada y miró también los libros y... dejó caer su pañuelo. Yo me precipité en seguida para recogerlo, pero resbalé sobre ese maldito entarimado y poco me faltó para caerme; sin embargo, logré conservar el equilibrio y alcancé el pañuelo. ¡Señor, qué pañuelo! Era de batista finísima. 
   Ella me dio las gracias y sus labios esbozaron una sonrisa un tanto irónica; luego se fue. Yo me quedé una hora hasta que el criado vino y me dijo: 
   —Márchese a casa, Aksenti Ivanovich. El señor ya salió. 
   No puedo soportar a los criados; siempre están tumbados en el vestíbulo, y ni por casualidad le saludan a uno. Y no sólo eso, sino que un día, a una de estas bestias se le ocurrió ofrecerme un poco de tabaco sin levantarse de su sitio. ¡Como si no supiera el muy tonto que yo soy un funcionario de familia noble! No obstante, cogí yo mismo mi sombrero y mi capote y me los puse, pues sería inútil esperar ayuda de esa gente. Salí a la calle. Al llegar a casa me pasé un buen rato tumbado en la cama. Después copié unos versos muy bonitos: 


¡Mi almita! En tu ausencia, una hora, 

un año completo parece pasado sin ti. 
¡Odiosa es la vida, ya solo, señora! 
Por eso yo pienso: "Si tú no vinieses, mejor es morir" 


   Deben de ser de Pushkin. Por la tarde, arropándome bien con mi capote, fui a casa de su excelencia, en donde estuve esperando para ver si la veía salir al subir en coche; pero ella no salió. 


6 de noviembre 
   El jefe de personal me ha puesto fuera de mí. Hoy, cuando llegué a la oficina, me hizo llamar y me dijo lo siguiente: 
   —Pero dime: ¿qué es lo que estás haciendo? 
   —¡Cómo! Yo no hago nada —le respondí. 
   —Bueno. Reflexiona un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece que es hora de que te vuelvas un poco más inteligente. ¿Crees acaso que no estoy enterado de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que andas detrás de la hija del director! Pero, hombre, ¡mírate al espejo! ¡Piensa en lo que eres! ¡No eres más que un cero, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un centavo! Pero ¡mírate..., mírate la cara en el espejo! ¡Cómo puedes tú pensar en esas cosas! 
   ¡Demonios! ¿Qué se habrá creído él? Si tiene cara de bola de billar con cuatro pelos en la cabeza que se unta de pomada y lleva rizados que es una irrisión. Y se cree que a él todo le está permitido. Ya comprendo por qué está furioso: es que me tiene envidia. Seguramente habrá visto que soy objeto de sus marcadas preferencias. ¡Pero ya puede decir cuanto quiera, que me tiene sin cuidado! ¡Pues tampoco tiene tanta importancia un consejero de la Corte! ¡Por llevar una cadena de oro en su reloj y encargarse unas botas de 30 rublos se cree alguien! ¡Que se vaya al diablo! ¿Acaso se cree que soy hijo de un plebeyo o de un sastre o de un sargento? Soy noble. También yo puedo llegar a obtener el mismo cargo que él. Sólo tengo cuarenta y dos años, que en realidad es la edad cuando precisamente se empieza a trabajar. ¡Espera, amigo: también yo llegaré a ser coronel, y con la ayuda de Dios quizás algo más! También yo gozaré de una reputación mejor que la tuya. ¿Qué te crees, que en el mundo no hay hombre más formal que tú? Espera un poco: cuando yo tenga un frac cortado a la moda y una corbata como la tuya, entonces no me llegarás ni a la punta de los zapatos. Lo malo es que no dispongo de medios.

8 de noviembre 
   Estuve en el teatro. Ponían Filatka, el tonto ruso. Me reí mucho. Daban también un vaudeville con unos cuplés muy graciosos sobre los jueces, particularmente uno que se refería a un consejero de registro, y que era tan fuerte, que me extrañó que lo hubiera dejado pasar la censura. En cuanto a los comerciantes se decía que abiertamente engañaban al pueblo, y que sus hijos armaban unas juergas terribles y se esforzaban por llegar a ser nobles. También había un cuplé muy gracioso sobre los periodistas y la pasión que tienen de criticarlo todo; de modo que los autores de hoy en día escriben unas piezas muy entretenidas. A mí me gusta mucho ir al teatro. En cuanto tengo algún dinero en el bolsillo no puedo contenerme y voy. Pero entre nosotros los empleados hay muchos que no van, aunque se les regale el billete. También cantó muy bien una artista. Me acordé de aquello..., ¡bueno, es una canallada!...; así es que no digo nada... 

9 de noviembre 
   A las ocho fui a la oficina. El jefe de la sección hizo así como si no reparara en mí y en que había llegado. Yo también hice como si entre nosotros nada hubiera ocurrido. Me entretuve ojeando los anuncios y luego comparándolos. Salí a las cuatro y pasé delante del piso del director, pero no vi a nadie. Después de comer estuve casi todo el tiempo echado en la cama. 

11 de noviembre 
   Hoy estuve en el despacho de nuestro director y saqué punta a veinticuatro plumas de su excelencia y a cuatro de su hija. A él le gusta y encanta que haya muchas plumas. ¡Ah, qué cerebro el suyo! Siempre está callado, pero su cabeza debe de estar siempre reflexionando. Me hubiera gustado saber en qué suele pensar y qué es lo que encierra aquella cabeza. Me interesaría observar de cerca la vida de estos señores, conocer todas las intimidades y las intrigas de la Corte, saber cómo piensan y lo que suelen hacer entre ellos. Muchas veces pensé entablar conversación con su excelencia, pero el caso es que mi lengua se niega a obedecerme. Sólo consigue pronunciar: "Afuera hace frío o calor", y de allí no pasa. Me hubiera gustado echar una mirada al salón cuya puerta a veces está abierta, y también a las otras habitaciones. ¡Qué lujo y qué riqueza hay allí! ¡Qué espejos y qué porcelanas! ¡Cuánto me alegraría echar una mirada a aquella parte del piso donde se encuentra la hija de su excelencia! ¡Ah, esto sí que me gustaría!... Estar allí en el tocador, donde hay todos esos tarritos y cajitas, esas flores tan delicadas que da miedo tocarlas; ver su vestido, más ligero que el aire, por allí tirado. Me encantaría ver su dormitorio... Debe de ser un sueño, un verdadero paraíso de ésos que ni en el cielo existen. Si pudiera ver el taburetito sobre el cual pone el pie al levantarse de la cama y cómo se pone una media blanca como la nieve sobre aquella pierna... ¡Ay, Señor!... No. Mejor es que me calle y no diga nada... 
   Sin embargo, hoy parece ser que el cielo me ha iluminado, pues de repente me acordé de la conversación que oí en el Nevski a los dos perros. "Está bien —pensé para mis adentros— ahora lo averiguaré todo. Es preciso que intercepte la correspondencia de estos dos perros, pues ella me procurará muchos datos." He de confesar que una vez llamé a Medji y le dije: 
   —Escúchame, Medji: ahora estamos solos; si quieres, hasta puedo cerrar la puerta para que nadie nos vea. Anda, cuéntame todo lo que sepas sobre tu señorita: dime cómo es, y yo te juro que no se lo diré a nadie. 
   Pero la muy tuna encogió el rabo entre las patas y se escabulló silenciosamente por la puerta como si no hubiera oído nada. Sospeché desde hace tiempo que los perros son mucho más inteligentes que las personas, y que incluso pueden hablar; sólo que son bastante tercos. El perro es un verdadero político: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fidele, y si puedo, le cogeré todas las cartas que le escribe Medji. 

12 de noviembre 
   Al día siguiente salí a las dos, con la firme intención de ver a Fidele y de interrogarla. El olor a repollo que sale de todas las tiendas de la calle Meschanskaia me pone enfermo, y además, las alcantarillas de las casas tienen un olor tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible pasear, pues toda esa gente que trabaja en oficios llena la calle de humo y hollín. 
   Al tocar la campanilla, vino a abrirme una joven bastante mona, con la cara salpicada de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se ruborizó un poco al verme, y yo comprendí en seguida que ansiaba tener novio. 
   —¿Qué desea? —me preguntó. 
   —Necesito hablar con su perrita —le respondí. La joven era tonta y yo lo noté en seguida. Mientras tanto, la perrita se precipitó ladrando; yo quise cogerla, pero la muy bribona por poco no me muerde la nariz. Pero yo ya había visto su nido o camita, y era justamente lo que buscaba. Me acerqué a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un paquete con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió primero en la pantorrilla, y después, al darse cuenta de que yo cogía los papeles, empezó a ladrar con ademán de acariciarme; pero yo le dije: "No, guapa; no hay nada que hacer". Me parece que la joven debió de tomarme por un loco, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa quise ponerme en seguida a descifrar esos papeles, porque no veo muy bien a la luz de las velas. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó otro remedio que el de ponerme a pasear reflexionando sobre lo ocurrido. Ahora, por fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo revelarían todo. Los perros son muy inteligentes y no ignoran todas las relaciones íntimas; por eso seguramente en ellas hallaré la descripción del marido y de sus asuntos. De seguro que encontraré allí algo referente a ella... ¡No, más vale callarse! Al atardecer llegué a casa y estuve la mayor parte del tiempo acostado en la cama. 

13 de noviembre 
   Bueno; vamos a ver. La carta parece bastante clara; sin embargo, la letra pone en evidencia al perro. 
   Leamos: 
   "Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan mezquino como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor! Fidele, Rosa, todos esos nombres son de un cursi subido. Pero dejemos esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en correspondencia..." 
   La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación y ortografía. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto, aunque asegura haber estado estudiando en una universidad. Veamos más adelante: 
   "Me parece que uno de los mayores placeres en el mundo está en cambiar pensamientos, impresiones y sentimientos con los demás..." 
   ¡Bueno! Éste es un pensamiento cogido de una obra traducida del alemán y cuyo título no recuerdo ahora. 
   "Lo digo por experiencia, aunque no haya corrido mucho mundo, pues no he pasado la verja de nuestra casa. Pero ¿acaso mi vida no transcurre felizmente? Mi señorita Sofía, así la llama papá, me quiere con locura..." 
   ¡No está mal! ¡No está mal! ¡Pero callémonos!... 
   "Papá también me acaricia a menudo. Además me dan café con nata. ¡Ah, ma chère!7 He de decirte que no encuentro nada en los grandes huesos, bien pelados, que come Polkan en la cocina. Los huesos sólo son buenos cuando provienen de alguna cacería y a condición de que no hayan chupado ya el tuétano. También está muy bien mezclar algunas salsas, pero sin verduras ni especias. Pero no hay cosa peor que esa costumbre que tiene la gente de dar a los perros migas de pan hechas bolitas. Siempre, durante las comidas, algún señor empieza a triturar las migas de pan con sus manos, que Dios sabe qué porquerías habrán tocado antes, y te llama después para meterte entre los dientes esa dichosa bolita. Rechazarlo resultaría descortés; así es que no tienes más remedio que comértela a pesar del asco que te infunde..." 
   ¡Voto a mil diablos, qué tontería! ¡Como si no hubiera nada mejor sobre qué escribir! Veamos si en la otra carilla hay algo más interesante. 
   "Me place mucho informarte de todo cuanto ocurre en nuestra casa. Creo que ya te hablé del señor más importante de la casa, al cual Sofía llama papá. Es un hombre muy raro..." 
   ¡Ah, por fin! Ya sabía yo que los perros tienen opiniones políticas sobre todas las cosas. Veamos lo que dice sobre papá... 
   "...Un hombre muy raro. Permanece la mayoría del tiempo callado. Rara vez habla; pero la semana pasada hablaba sin cesar consigo mismo. No hacía más que preguntarse: '¿Lo recibiré o no?' Cogía un papel en una mano, mientras la otra permanecía vacía, y volvía a repetir: '¿Lo recibiré o no?' Una vez hasta se dirigió a mí con la siguiente pregunta: 'Tú qué crees, Medji, ¿lo recibiré o no?' Yo no pude comprender lo que quería decirme con eso; sólo olfateé su zapato y me fui. Una semana después, ma chère, papá estaba loco de alegría. Toda la mañana recibió visitas de unos señores vestidos de uniforme que le felicitaron por algo. Durante la comida estuvo tan alegre como nunca le viera; no paraba de contar chistes. Después de comer, me levantó en sus brazos y me acercó a su cuello, diciéndome: '¡Mira, Medji, lo que llevo!' Yo vi sólo una cinta, la olfateé, pero no hallé en ella ni el menor aroma; finalmente, la lamí con cuidado, estaba algo salada." 
   ¡Bueno! Me parece que este perro es un poco demasiado atrevido. Haría falta darle una buena paliza. ¡Así, pues, nuestro hombre es ambicioso! Habrá que tenerlo en cuenta. 
   "Adiós, ma chère. Me marcho corriendo... Mañana acabaré la carta. 
   "¡Hola, otra vez estoy contigo! Hoy, con Sofía, mi señorita..." 
   ¡Ah, veamos lo que pasa con Sofía! ¡Es una canallada! Bueno, no importa, no importa; vamos a continuar... 
   "...Sofía, mi señorita, estuvo todo el día sumamente agitada. Se preparaba a asistir a un baile, y yo me alegré, pues aprovecharía su ausencia para escribirte. Mi Sofía está siempre muy contenta cuando va a un baile, aunque mientras se arregla siempre está enfadada. No logro comprender, ma chère, el placer que encuentra la gente yendo a un baile. Sofía vuelve a casa a las seis de la mañana. Y siempre veo, por su aspecto cansado y su cara pálida, que a la pobrecilla no le han dado de comer. Confieso que jamás podría vivir de este modo. Si no me dieran perdices con salsa o alas de pollo fritas, no sé lo que sería de mí. También es muy bueno un poco de salsa con kacha.8 Pero las zanahorias, las alcachofas y los nabos nunca serán buenos..." 
   Tiene un estilo irregular. En seguida se ve que esta carta no ha sido escrita por una persona. Empieza bien, pero acaba de cualquier forma. Veamos otra carta; parece demasiado larga; además, no lleva ni fecha. 
   "¡Ay, querida mía! Cómo siente una la proximidad de la primavera. Mi corazón palpita como si aguardara algo. Me zumban los oídos. Así es que a menudo tengo que levantar la pata y me apoyo y acerco a una puerta para escuchar. He de decirte que tengo muchos admiradores. A menudo los contemplo sentada en la ventana. ¡Ay, si supieras qué feos son algunos! Uno de ellos es de lo más vulgar, es un perro callejero de lo más estúpido y creído; camina por la calle dándose aires de importancia. Y cree que todos han de mirarle. Pero ¡qué va, yo ni siquiera me he fijado en él! También un dogo, de aspecto terrible, suele pararse ante mi ventana. Si se levantara sobre las patas traseras, lo que de seguro el muy tonto no sabrá hacer, le llevaría la cabeza al papá de Sofía, no obstante ser éste un hombre bastante alto y corpulento. Debe de ser de lo más insolente. Yo gruñí un poco en dirección suya; pero él, como si nada. Podría haberme hecho un guiño, pero es un bruto, no tiene modales. Se está mirando mi ventana, con sus orejas largas y su lengua al aire. ¿Y crees acaso que mi corazón permanece insensible a todas estas ofertas? No, te equivocas, ma chère... ¡Si hubieras visto a uno de mis admiradores, llamado Trésor, cuando salta la verja de la casa vecina!... ¡Ay ma chère, qué carita tiene!" 
   ¡Bah! ¡Qué asco! ¡Qué demonios! ¿Cómo es posible llenar las páginas con semejantes tonterías? Ya no quiero saber nada de perros; quiero a una persona. Sí, eso es, una persona para que pueda enriquecer el caudal de mi alma..., y en vez de ello, ¡qué es lo que encuentro! ¡Tonterías, sólo tonterías! Demos la vuelta a la página, a ver si hay algo mejor. 
   "Sofía estaba sentada junto a una mesita cosiendo; yo miraba por la ventana a los paseantes, pues me gusta mucho observarlos, cuando entró el lacayo y anunció: 
   "—El señor Teplov. 
   "—Que pase —exclamó Sofía, y se abalanzó sobre mí para besarme—. ¡Ay, Medji! ¡Si supieras quién es! Es un gentilhombre de la Cámara, moreno, con ojos negros y brillantes como el fuego. 
   "Sofía se marchó corriendo a su habitación. Un minuto después entraba el joven gentilhombre de la Cámara, que gastaba patillas. Se acercó al espejo y se atusó el cabello, luego inspeccionó la habitación. Yo dejé oír un gruñido y me senté en mi sitio. Sofía no tardó en venir y respondió alegremente a su saludo, y yo, como si no reparase en nada, continuaba mirando por la ventana, no obstante haber inclinado la cabeza en dirección a ellos para oír lo que decían. ¡Ay ma chère! ¡De qué tonterías hablaban! Hablaban de una señora que durante el baile se equivocó e hizo una figura en vez de otra; de un tal Bobov, que llevaba charretera y se parecía mucho a una cigüeña, y que por poco se cae. También contaron que una tal Lidina se imaginaba tener los ojos azules, cuando en realidad los tenía verdes, y otras tonterías por el estilo. '¡Qué diferencia tan grande hay entre el gentilhombre y Trésor!', pensé para mí. Ante todo, el gentilhombre tiene una cara ancha y completamente plana, con unas patillas alrededor, como si se las hubiera atado con un pañuelo negro. Trésor, sin embargo, tiene una carita fina y en la frente una pequeña calva blanca. ¡En cuanto al talle de Trésor, ni se le puede comparar con el de Teplov! ¡Y no hablemos ya de los ojos y de los modales! ¡Jesús, qué diferencia! ¡No sé, ma chère, lo que ha podido encontrar en su Teplov y por qué se muestra tan entusiasmada!..." 
   A mí también me parece eso un poco extraño. No puede ser que Teplov la haya seducido hasta tal punto. Veamos más adelante. 
   "Me parece que, si le gusta este gentilhombre, le ha de gustar también ese funcionario que está en el despacho de papá. ¡Ay ma chère, si vieras qué feo es! Se parece a una tortuga vestida con un saco... 
   "¿Quién será este funcionario?... Tiene un apellido rarísimo. Siempre está sentado sacando punta a las plumas. Su pelo es como el heno y papá lo manda siempre en lugar del criado..." 
   Me parece que esta perra maldita hace alusiones sobre mí. ¡Pero qué voy a tener yo el pelo como el heno! 
   "Sofía no puede por menos que reírse cada vez que le ve..." 
   ¡Mientes, perra maldita! ¡Habráse visto qué lengua de víbora! ¡Como si yo no supiera que todo ello es pura envidia! Acaso se figura que ignoro que son cosas del jefe de sección. Ya sé que me tiene un odio feroz y que hace cuanto está en sus manos para fastidiarme. Pero voy a mirar otra carta. Puede que encuentre allí la clave de todo. 
   "Mi querida Fidele, perdóname por no haberte escrito en tanto tiempo, pero es que estaba completamente hechizada. Ha dicho un escritor que el amor es una segunda vida, y esto es muy exacto. Además, en casa han sucedido grandes cambios. El gentilhombre viene ahora todos los días, y Sofía está perdidamente enamorada de él. Papá está muy contento. Hasta le oí decir a Gregorio, que es el que nos barre el suelo y que casi siempre habla consigo mismo solo, que pronto habrá boda, porque papá quiere casar a Sofía, o con un general, o con un gentilhombre de Cámara, o con un coronel..." 
   ¡Qué diablos! No puedo seguir leyendo... Todo lo mejor ha de ser siempre, o para un gentilhombre de Cámara o para un general. ¡Parece que has encontrado un pobre tesoro y crees que podrás conseguirlo, pero te lo arrebata un general o un gentilhombre de Cámara! ¡Qué demonios! Quisiera ser general, no para obtener su mano y las demás cosas, sino para ver con qué consideración iban a tratarme y cuántos miramientos me dedicarían. Después podría decirles en pleno rostro que me importaban un bledo. 
   ¡Demonios, qué pena! Rompí en mil pedazos las cartas de la estúpida perra. 

3 de noviembre 
   No puede ser. Es mentira. ¡La boda no se efectuará! ¡Qué más da que sea un gentilhombre de Cámara! Esto no es más que un cargo de dignidad, no es ninguna cosa visible que se pueda coger con las manos. Por ser él un gentilhombre de Cámara no le va a salir otro ojo en la frente ni va a tener una nariz de oro, sino que la tiene igual que yo y que todos los demás mortales; pero no come ni tose con ella, sino que huele y estornuda como todos. Ya en diversas ocasiones quise averiguar de dónde provenían semejantes diferencias. ¿Por qué he de ser yo un consejero titular y con qué motivo? Puede que yo sea algún conde o algún general, y que sólo así paso por un consejero titular. Quizás ignore yo mismo quién soy. ¡Cuántos ejemplos hay en la historia! Se ha dado el caso de que un sencillo villano, no digamos ya un noble, o un vulgar campesino de repente descubre que es todo un personaje e incluso, a veces, un rey. ¡Y si un sencillo mujik llega a estas alturas, qué será entonces de un noble! Si por ejemplo, de repente entrase yo vestido con el uniforme de general, llevando una charretera en el hombro derecho y otra en el izquierdo, y con una cinta azul en el pecho, ¿qué pasaría entonces? ¿Qué diría mi hermosa ninfa? ¿Se opondría su papá, nuestro director? ¡Oh! Él es muy vanidoso. Es un masón, no cabe duda de que es masón, aunque aparente ser tan pronto una cosa como otra. Pero yo en seguida me di cuenta de que era masón, y si le tiende la mano a uno, sólo le da los dos dedos. ¿Acaso no puedo ser nombrado ahora mismo general, gobernador o intendente, o recibir cualquier cargo importante? ¿Me gustaría saber por qué soy consejero titular? ¿Sí, por qué he de ser precisamente consejero titular? 


5 de diciembre 

   Hoy estuve toda la mañana leyendo periódicos. ¡Qué cosas tan raras suceden en España! ¡Hasta me fue imposible comprenderlo del todo! Se dice que el trono se halla vacante y que los altos dignatarios están en una situación muy difícil respecto a la elección del heredero, y que de allí proviene la indignación general. Esto me parece sumamente extraño. ¿Cómo puede estar el trono vacante? Dicen también que cierta doña ha de subir al trono. Pero una doña no puede subir al trono, eso es imposible, pues el trono debe ser ocupado por un rey. Pero dicen que no hay rey, mas es inadmisible que no haya un rey. Un Estado no puede estar sin un rey. Este debe de existir, pero seguramente está de incógnito. A lo mejor, se encuentra allí mismo; pero por razones de índole familiar o por temor a las potencias vecinas, como Francia y los demás países, se ve obligado a esconderse. También puede ser por otros motivos. 

8 de diciembre
   Ya estaba dispuesto a ir a la oficina, pero me detuvieron diferentes motivos y en particular mis reflexiones. No puedo dejar de pensar en los asuntos de España. ¿Cómo puede ser que una doña sea reina? No lo permitirían. Inglaterra, sobre todo, no lo permitiría, y, además, los asuntos políticos de toda Europa. También se opondrán a ello el emperador de Austria y nuestro zar... Confieso que estos acontecimientos obraron con tanta fuerza sobre mí, que fui incapaz de hacer nada durante todo el día. Marva me hizo observar que durante la comida estuve muy agitado. En efecto, al parecer, dejé caer dos platos al suelo, que se hicieron añicos; tan distraído me hallaba. Después de comer, salí; pero no pude sacar nada en limpio. Después, estuve la mayor parte del tiempo tumbado en la cama, reflexionando sobre los asuntos de España. 

Año 2000, 3 de abril 
   ¡Hoy es un gran día! ¡En España hay un rey! ¡Por fin ha sido encontrado! Y este rey soy yo. Reconozco que al parecer me ha iluminado un rayo. No comprendo cómo pude pensar e imaginarme que era un consejero titular. ¿Cómo pudo ocurrírseme una idea tan loca? Menos mal que entonces no se le antojó a nadie meterme en una casa de locos. Ahora me ha sido revelado todo, ahora lo veo todo con claridad. Antes no comprendía, antes diríase que todo lo que veía estaba sumido en la niebla. Todo esto sucede, creo yo, porque la gente se imagina que el cerebro de una persona está en su cabeza; pero no es así, es el viento quien lo trae del mar Caspio. Primero declaré a Marva quién era yo. Al enterarse de que se hallaba ante el rey de España, alzó los brazos al cielo y por poco se muere del susto. Ella es tonta y jamás habrá visto al rey de España. Sin embargo, procuré calmarla y le aseguré con palabras indulgentes que estaba lleno de benevolencia para con ella y que no le guardaba rencor por haberme limpiado mal los zapatos algunas veces. Hace falta tener en cuenta que la pobre forma parte del pueblo y que no se le puede hablar de temas elevados. Se asustó porque está convencida de que todos los reyes de España son como Felipe II. Pero yo le expliqué que entre Felipe II y yo no había el menor parecido, y que yo no tenía capuchinos. No fui a la oficina. ¡Que se vaya al diablo! ¡No¡ ya no me cogeréis más, amigos! ¡Se acabó, ya no copiaré más vuestros odiosos documentos! 



86 de marzo 

Entre el día y la noche. 
   Hoy vino a verme el ejecutor con el propósito de que fuera a la oficina, pues hacía más de tres semanas que no aparecía por allí. Yo fui a la oficina por pura broma. El jefe de sección pensaba seguramente que yo iba a saludarle y pedirle excusas; pero yo sólo le eché una mirada indiferente, que no era ni demasiado colérica ni demasiado familiar o benévola. Miré a todos esos bribones que estaban en la cancillería, y pensé: "¿Qué pasaría si supierais quién está entre vosotros?..." ¡Dios mío! ¡Qué jaleo se armaría! El jefe de la sección en persona vendría a saludarme, haciéndome un profundo saludo, igual que hace ahora con nuestro director. Pusieron delante de mí unos documentos para que hiciera un resumen de ellos. Pero yo ni siquiera moví un dedo. Unos cuantos minutos después todos se hallaban sumamente agitados; al parecer, iba a venir el director. Muchos empleados se precipitarían a su encuentro. Pero yo no me moví de mi sitio. Cuando el director pasó por nuestra sección, todos se abrocharon el frac; mas yo no hice nada. ¡Venía el director! Bueno, ¿y qué? ¡Jamás iba a levantarme delante de él! ¡Qué era un director! (¡Era un corcho y no un director! Un corcho de lo más corriente y nada más.) Uno de esos corchos con los que se tapan las botellas. Lo que más me hizo gracia fue cuando me trajeron un documento para que lo firmase. Ellos se figuraban que iba a firmar humildemente en el bajo de la página, pero yo escribí en el sitio principal, allí donde firma el director, Fernando VIII. Hacía falta ver qué silencio tan religioso reinó en la sala. Yo sólo hice un ademán con la mano y dije: "No son necesarios juramentos de fidelidad". Después de lo cual salí. Me fui directamente al piso del director, que no estaba en casa. El criado no quería dejarme pasar; pero yo le dije unas cuantas palabras, y su efecto fue tal, que se quedó helado con los brazos caídos. Me dirigí sin cavilar al gabinete. La hallé sentada ante el espejo. Al entrar yo, dio un salto atrás. Yo, sin embargo, no le dije que era el rey de España; sólo le declaré que la esperaba una felicidad tal, que ni siquiera podía imaginársela, y que, a pesar de todas las intrigas de nuestros enemigos, estaríamos juntos. No quise decirle más, y salí. ¡Oh, qué ser más pérfido es la mujer! Sólo ahora he comprendido lo que son las mujeres. Hasta ahora nadie sabía de quién estaba enamorada la mujer. Yo fui el primero en descubrirlo. La mujer está enamorada del demonio. Sí, y esto no es ninguna broma. Los fisiólogos escriben tonterías acerca de ella; pero ella sólo ama al demonio. Mire, desde el palco pasea sus gemelos. ¿Cree usted que mira a ese señor gordo con una condecoración? Nada de eso, mira al demonio que tiene detrás de su espalda. ¡Mírele, se ha escondido en la condecoración! ¡Mire ahora cómo le hace señas con el dedo! Y ella se casará con él. 
   Sí, se casará. Y todos esos funcionarios padres de familia, todos esos que se insinúan en todos los sitios procurando introducirse en la Corte, y dicen que son patriotas y esto y aquello, todos esos patriotas no aspiran más que a conseguir arrendamientos. Serían, por dinero, capaces de vender a su madre, a su padre e incluso a Dios. 
   Todo esto no es más que vanidad, y eso se explica, porque debajo de la lengua hay una pequeña ampolla, y dentro de ella, un gusanillo del tamaño de un alfiler, y todo esto lo hace cierto barbero que vive en la calle Gorojovaia. No me acuerdo cómo se llama; pero todo el mundo sabe que quiere predicar el mahometismo por el mundo entero, junto con una comadrona. Por eso dicen que en Francia la mayoría de las personas se convierten al mahometismo. 
Cierta fecha 
   El día era sin fecha. Me paseé de incógnito por el Nevski. Pasó el coche del zar, y toda la gente se quitó el sombrero; yo también lo hice y me comporté como si no fuera rey de España. Encontré poco adecuado descubrir mi personalidad, así, delante de todos. Ante todo, he de presentarme en la Corte. Lo único que me retiene hasta ahora es que no tengo ningún traje de rey. Si por lo menos pudiera conseguir algún manto... Pensé encargárselo al sastre; pero esta gente es tan burra, y, además, no cuidan de su trabajo desde que se han dedicado a los asuntos, y se están la mayoría del tiempo en la calle. Decidí hacer el manto de mi nuevo uniforme de gala, que sólo me puse dos veces; pero temiendo que estos granujas fueran a estropeármelo, resolví hacerlo yo mismo. Cerré la puerta de mi cuarto para que nadie me viera, y emprendí la labor. Lo desarmé todo con ayuda de las tijeras, pues su corte ha de ser totalmente distinto. 




No me acuerdo de la fecha ni tampoco del mes. El diablo sabrá qué mes era. 


   El manto ya está acabado. Marva dio un grito cuando me lo vio puesto. Sin embargo, no me atrevo aún a presentarme en la Corte. Hasta ahora no ha llegado la diputación de España. Y sin la diputación resultaría incorrecto. Rebajaría con ello mi dignidad. La estoy esperando a cada momento. 


Día 1º 

   Me extraña que los diputados tarden tanto. ¿Qué motivos pudieron retenerlos? ¿Acaso Francia? Sí, es el reino más desfavorable a todo. Fui a Correos para informarme de si habían llegado los diputados españoles. Pero el empleado de allí es completamente estúpido y no sabe nada. Sólo me dijo: "No; aquí no hay ningún diputado español; pero si quiere mandar una carta, puede hacerlo y nosotros la certificaremos según la tarifa indicada". ¡Voto a mil diablos! ¡Quién habla de cartas! Eso son tonterías. Las cartas sólo las escriben los farmacéuticos... 


Madrid, 30 de febrero 

   Y heme aquí en España. Esto ha sucedido con tanta rapidez, que apenas si puedo volver de mi asombro. Esta mañana se presentaron en casa los diputados españoles, y yo me fui con ellos en una carroza. Me extrañó la extraordinaria rapidez del viaje, íbamos con tanta velocidad, que en menos de media hora llegamos a la frontera de España. Claro está que ahora en toda Europa los caminos de hierro colado son muy buenos y el servicio de barcos está muy organizado. ¡Qué país tan extraño es España! Al entrar en la primera habitación, vi a muchas personas con el pelo cortado al rape, y en seguida me figuré que debían de ser dominicos o capuchinos, pues tienen el hábito de afeitarse la cabeza. El comportamiento del canciller de Estado conmigo me pareció de lo más extraño: me llevó de la mano y me condujo a un cuarto, a cuyo interior me empujó, diciéndome: 
   —Quédate aquí. Y si persistes en pasar por Fernando, ya te quitaré yo las ganas de seguir haciéndolo. 
   Pero yo sabía que esto no era más que una prueba, y protesté enérgicamente, lo que me valió por parte del canciller dos golpes en la espalda. Fueron tan dolorosos, que me faltó poco para gritar; pero me contuve al pensar que esto era sólo una costumbre caballeresca que siempre tenía lugar en los grandes acontecimientos, ya que en España se conservaban aún las tradiciones caballerescas. Al quedarme solo decidí ocuparme de los asuntos de Estado. Descubrí que la China y España eran el mismo país, y que sólo por ignorancia se consideran como estados diferentes. Aconsejo a todo el mundo que escriba en un papel la palabra España, y verá como sale China. 
   Pero me está disgustando sumamente un acontecimiento que tendrá lugar mañana. Mañana, a las siete, se producirá un fenómeno terrible. La Tierra va a sentarse sobre la Luna. Acerca de esto ha escrito el célebre químico inglés Wellington. Confieso que sentí cómo mi corazón empezaba a latir de inquietud al pensar en la delicadeza y falta de resistencia de la Luna. Todos sabemos que la Luna se fabrica generalmente en Hamburgo, y, además, muy mal. Me sorprende cómo Inglaterra no presta atención a ello. La fabrica un tonelero cojo, y es evidente que el muy tonto no tiene el menor conocimiento de la Luna. Ha puesto una cuerda de alquitrán y el resto es de aceite de madera, y por eso huele tan mal por toda la Tierra, de tal forma que tiene uno que taparse las narices. Pero la Luna es un globo tan delicado, que es imposible que la gente viva allí, y ahora sólo viven las narices. Ésta es la razón por la cual no podemos ver nuestras narices, ya que todas están en la Luna. Al pensar que la Tierra, materia pesada y potente, iba a sentarse sobre la Luna, y al imaginarme el tormento que sufrirían nuestras narices, se apoderó de mí una inquietud tal, que me puse los calcetines y me calcé en el acto para correr a la sala del Consejo de Estado y dar órdenes, con el fin de que la policía no permitiese a la Tierra sentarse sobre la Luna. Los numerosos capuchinos que hallé en la sala del Consejo de Estado eran personas muy inteligentes, y cuando les dije: "Caballeros, salvemos a la Luna, porque la Tierra quiere sentarse encima de ella", todos en el acto se precipitaron para cumplir mi real deseo. Algunos treparon por las paredes con el fin de alcanzar la Luna; pero en aquel momento entró el gran canciller. Al verle, todos echaron a correr y yo, como rey, me quedé solo. Pero, con gran sorpresa por mi parte, me golpeó con un palo y me echó a mi cuarto. Tal es el poder de las costumbres populares y tradicionales en España. 



Enero del mismo año, que tuvo lugar después de febrero 

   Hasta ahora no puedo comprender qué país tan raro es España. Las costumbres populares y el ceremonial de la Corte son completamente extraordinarios. No comprendo, decididamente no comprendo nada. Hoy me han afeitado la cabeza, a pesar de que grité como un condenado, diciendo que no quería ser un monje. Pero ya soy incapaz de recordar lo que me pasó cuando empezaron a verterme agua fría sobre la cabeza. ¡Jamás experimenté un infierno semejante! Estaba a punto de volverme rabioso, y apenas pudieron retenerme. No comprendo el significado de esta extraña costumbre. ¡Es una costumbre estúpida, absurda! Me niego a comprender la insensatez de los reyes, que hasta ahora no han sabido deshacerse de estas costumbres. A juzgar por todo, me figuro que habré caído en manos de la Inquisición, y seguramente aquel a quien tomé por el canciller no es más que el gran inquisidor. Pero lo único que aún no logro comprender es cómo un rey puede someterse a la Inquisición. Claro que de esto pueden tener la culpa Francia y Polignac. ¡Ah, este Polignac! ¡Qué bestia! ¡Juró oponerse a mí hasta la muerte! Y por eso me persiguen todo el tiempo; pero ya sé, amigo mío, que obras bajo la presión de Inglaterra. Los ingleses son unos grandes políticos que siempre se insinúan en todos los sitios. Y sabe el mundo entero que cuando Inglaterra aspira rapé, Francia estornuda. 


Día 25 

   Hoy el gran inquisidor vino a mi habitación. Pero yo, en cuanto oí sus pasos desde lejos, me escondí debajo de la silla. Él, al ver que no estaba empezó a llamarme. Al principio gritó: 
   —¡Poprischew! 
   Yo permanecí callado. 
   Después dijo: 
   —¡Aksanti Ivanovich, consejero titular, noble! 
   Pero yo permanecía callado. 
   —¡Fernando VIII, rey de España! 
   Yo quise sacar la cabeza, pero pensé: "No, amigo, ya no me engañas. Otra vez me vas a echar agua fría sobre la cabeza". Pero debió de verme, y me hizo salir con su palo de debajo de la silla. ¡Qué daño hace ese maldito palo! Sin embargo, fui recompensado de todo con el hallazgo que hice hoy. Descubrí que cada gallo tiene una España y que la lleva debajo de las plumas. Pero el gran inquisidor se fue muy enfadado, amenazándome con terribles castigos. Yo no hice caso de su ira impotente, ya que obra sólo como una máquina, como un instrumento en mano de los ingleses. 


Día 34 de febrero de 343 

   ¡No! ya no tengo fuerzas para aguantar más! ¡Dios mío!, ¿qué es lo que están haciendo conmigo? Me echan agua sobre la cabeza. No me hacen caso, no me miran ni me escuchan. ¿Qué les he hecho yo, Señor? ¿Por qué me atormentan? ¿Qué es lo que esperan de mí? ¡Ay, infeliz de mí! ¿Qué les puedo dar yo? Yo no tengo nada. No tengo fuerzas, no puedo aguantar más todos los martirios que me hacen. Tengo la cabeza ardiendo, y todo da vueltas en torno mío. ¡Sálvenme, llévenme de aquí! ¡Que me den una troika con caballos veloces! ¡Siéntate, cochero, para llevarme lejos de este mundo! ¡Más lejos, más lejos, para que no se vea nada!... ¡Cómo ondea el cielo delante de mí! A lo lejos centelleaba una estrella, el bosque de árboles sombríos desfila ante mis ojos, y por encima de él asoma la luna nueva. Bajo mis pies se extiende una niebla azul oscura; oigo una cuerda que sueña en la niebla; de un lado está el mar, y del otro, Italia; allí, a lo lejos, se ven las chozas rusas. ¿Quizá sea mi casa la que sé vislumbra allá a lo lejos? ¿Es mi madre la que está sentada a la ventana? ¡Madrecita, salva a tu pobre hijo! ¡Vierte unas cuantas lágrimas sobre su cabeza enferma! ¡Mira cómo le martirizan! ¡Ampara en tu pecho a tu pobre huérfano! En el mundo no hay sitio para él. ¡Lo persiguen! ¡Madrecita, ten piedad de tu niño enfermo!... ¡Ah! ¿Sabe usted que el bey de Argel tiene un bulto debajo de la nariz? 





Fin

miércoles, junio 08, 2016

Locos de amor Sam Shepard


LOCOS DE AMOR

Sam Shepard

 

Esta es una de las obras más intensas y viscerales de Sam Shepard. El texto no solo pide intensa y vivencial actuación, sino una resistencia física casi atlética.


Sinopsis:

 Locos de Amor

(Fool for Love)

 

En los márgenes desolados del desierto de Mojave, en una habitación de hotel que parece más una jaula que un refugio, Eddie y May se reencuentran para reanudar una guerra emocional que parece no tener fin. Eddie, un imprudente doble de riesgo y vaquero, ha conducido miles de kilómetros para reclamar a May, quien intenta rehacer su vida y espera la llegada de una nueva cita.

La atmósfera se fractura con la presencia del Viejo, una figura espectral que habita solo en la mente de los protagonistas, observando y comentando el caos desde su mecedora. Entre botellas de tequila, espuelas que tintinean y el asedio externo de una celosa "Condesa" que dispara desde la oscuridad, la obra desentraña un vínculo que trasciende el deseo: una conexión fatal, posiblemente incestuosa, que los condena a un ciclo eterno de repulsión y dependencia. Es una danza de supervivencia donde el pasado es un fantasma que se niega a morir.


El Realismo Alucinatorio de Shepard

Sam Shepard, figura capital del teatro estadounidense contemporáneo, alcanza en Locos de Amor (1983) la cumbre de lo que la crítica ha denominado "Realismo Alucinatorio". Esta obra no solo cierra un ciclo de dramas familiares iniciados con Curse of the Starving Class y Buried Child, sino que destila la mitología del Oeste americano hasta convertirla en un veneno doméstico.

 

El Espacio como Campo de Batalla

El diseño escénico que Shepard detalla —paredes de color verde desvaído, muebles gastados y la ausencia de alfombras— no es mera ornamentación. Funciona como una caja de resonancia para la violencia física y verbal. La acotación inicial, "Esta obra deberá ser interpretada implacablemente sin descanso", establece un tempo dramático de alta presión que ignora las convenciones de la estructura en actos para favorecer una explosión continua.

 

El Viejo: El Testigo Meta-teatral

Un elemento analítico fundamental es la figura del Viejo. Operando en un plano liminal —físicamente presente para el público pero invisible para el mundo "real" fuera de la habitación—, personifica la memoria subjetiva y la herencia del trauma. Su presencia sugiere que el conflicto entre Eddie y May no es solo romántico, sino ontológico: son proyecciones de una historia compartida que no pueden editar ni borrar.

 

Temáticas Centrales

  • La Decadencia del Mito del Cowboy: Eddie representa el arquetipo del vaquero errante, pero despojado de heroísmo; es un hombre envejecido prematuramente, cuya "libertad" es en realidad una incapacidad patológica de arraigo.
  • La Circularidad del Trauma: La estructura de la obra es circular. El impulso de "irse" y "quedarse" se repite como un mecanismo de defensa neurótico, sugiriendo que los personajes están atrapados en un eterno retorno nietzscheano.
  • La Identidad y el Espejo: A través del diálogo, May y Eddie actúan como espejos deformantes el uno del otro, donde la verdad se pierde entre proyecciones de celos, fantasías de una vida campestre y la cruda realidad de su toxicidad magnética.
  •  

"Shepard utiliza el lenguaje no para comunicar, sino para marcar territorio. En este hotel de Mojave, las palabras son tan peligrosas como los disparos de una Magnum en el estacionamiento."

 


LOCOS DE AMOR

Sam Shepard

 

La habitación de un hotel barato al borde del desierto de Mojave. Paredes pintadas de yeso color verde desvaído. Suelo de linóleo marrón oscuro. No hay alfombras. Una única cama de hierro fundido con cuatro postes, ligeramente desplazada del centro hacia la derecha del escenario, colocada horizontalmente al público. La cama tiene una colcha de color azul desvaído. Mesa metálica con un tablero muy gastado de formica amarilla. Dos sillas metálicas haciendo juego con diseño en forma de S de los años 50 con asientos de respaldo plástico amarillo, también muy gastados. La mesa está situada en el extremo frontal de la izquierda (desde el punto de vista del actor). Las sillas están al fondo y a la derecha de la mesa. No hay nada encima de la mesa. Puerta que da al exterior, de color amarillo desvaído, en el centro de la pared izquierda del escenario. Cuando se abre esta puerta, en la habitación brilla una pequeña luz anaranjada que hay en el porche. Al fondo de la pared de la derecha está la puerta amarilla del baño, que, ligeramente abierta, deja ver parte de un anticuado lavatorio de porcelana, toallas blancas, algunos objetos femeninos y permite que en el escenario entre una luz amarillenta.

Hay una gran ventana en el centro de la pared del fondo, enmarcada por sucias cortinas de plástico largas, de color verde oscuro. A través de la ventana brilla la luz amarillenta-anaranjada de un farol de la calle. En el extremo frontal izquierdo, junto a la mesa y a las sillas, hay una pequeña plataforma al mismo nivel que el escenario. Su suelo es negro y está enmarcada por cortinas negras. El único objeto que hay en la plataforma es una vieja mecedora de madera de arce mirando hacia la derecha. En el asiento hay un almohadón sin funda, una vieja manta de caballo agujereada está atada al respaldo. El color de la manta deberá ser suave, en tonos grises y negros.

Las luces se apagan en el escenario. En la oscuridad se escucha la canción de Merle Haggard “Wake Up”, de su álbum The Way I Am. Las luces empiezan a encenderse lentamente al ritmo de la canción. El volumen aumenta ligeramente con las luces hasta que estas llegan a su punto máximo. La plataforma permanece a oscuras, solo con un pequeño reflejo de las luces del escenario.

 

Se ve a tres actores.

 

Esta obra deberá ser interpretada implacablemente sin descanso

 

 

PERSONAJES

EL VIEJO. Está sentado en la mecedora mirando a la pared de la derecha, con lo cual solo puede vérsele ligeramente de perfil. A su lado, en el suelo, hay una botella de whisky; toma la botella, sirve en una taza metálica y bebe. Tiene una corta barba roja y lleva un viejo y sucio sombrero Stetson de ala corta, una chaqueta desteñida por el sol con el forro saliéndose por los codos, pantalones a cuadros blancos y negros que le quedan demasiado cortos y unas botas vaqueras gastadas, oscuras, un viejo chaleco y una camisa de color verde pálido. Existe solo en las mentes de MAY y EDDIE, aunque ellos puedan hablarle directamente y puedan reconocer su presencia física. El viejo los trata como si todos existiesen en el mismo tiempo y lugar.

MAY. Está sentada al borde de la cama de cara al público con los pies en el suelo, las piernas separadas, los codos apoyados sobre las rodillas, las manos caídas y cruzadas sobre las rodillas, la cabeza echada hacia delante mirando al suelo. Está absolutamente quieta y permanece en esta misma actitud hasta que habla. Lleva una pollera de mezclilla azul, una amplia camiseta blanca y va descalza con una pulsera de plata en el tobillo. Tiene treinta y pocos años.

 

EDDIE. Está sentado junto a la mesa, en la silla del fondo, de frente a MAY. Lleva botas de cowboy destrozadas y llenas de barro, y unos jeans muy gastados, sucios, que huelen a sudor de caballo. Camisa vaquera marrón con botones de cierre automático; un par de espuelas le cuelgan del cinturón. Al andar cojea ligeramente y da la impresión de que casi nunca se baja del caballo. Su cuerpo, en general, posee una peculiar cualidad de abandono, como si hubiese envejecido antes de tiempo. Está en los últimos años de la treintena. En el suelo, entre sus pies, hay una correa de cuero como las que utilizan los domadores de caballos. En la mano derecha lleva un guante de montar y echa resina en el guante con una bolsita blanca. Mientras hace esto mira a MAY e ignora al VIEJO. Cuando la canción va llegando a su final, se inclina hacia adelante, agarra con la mano enguantada la correa y la retuerce de modo que produce un extraño sonido debido a la fricción del cuero y la resina. Acaba la canción. Las luces están completamente encendidas; retira la mano y se quita el guante.


ED: (Sentado, sacudiendo el guante contra la mesa) May, mirá. ¿May? No me voy a ninguna parte. ¿Lo ves? Estoy acá. No me fui. Mirame. (Ella no lo hace). No sé por qué no querés mirarme. Soy yo, ya lo sabés. ¿Quién te creés que soy? (Pausa). ¿Querés algo, un vaso de agua? ¿Eh? (Se levanta despacio, se acerca a ella cautelosamente, le acaricia la cabeza con suavidad, y ella sigue quieta). May, vamos... No podés quedarte así. ¿Cuánto tiempo llevás ahí sentada? ¿Querés que salga y te traiga algo? (Ella le agarra de repente la pierna que tiene más cerca y se aferra a ella con fuerza, enterrando la cabeza entre sus rodillas). No me voy a ir. No te preocupes. No me voy a ir, voy a quedarme acá, ya te lo dije. (Ella se aferra aún más a su pierna; él se queda ahí parado y le acaricia suavemente la cabeza). May, vamos, soltame. Voy a meterte en la cama, ¿querés? (Ella le agarra la otra pierna y se sujeta con fuerza a las dos). Vamos... voy a acostarte, te voy a preparar un té caliente o lo que quieras. ¿Querés té? (Ella agita violentamente la cabeza y sigue agarrada a sus piernas). ¿Con limón? ¿O un poco de Nesquik? May, soltame ya. (Pausa, y después ella lo empuja y vuelve a su posición inicial). Ahora acostate y tratá de relajarte.

(EDDIE intenta tumbarla sobre la cama suavemente mientras retira las mantas. Ella reacciona furiosa, saltando de la cama y golpeándole con los puños. Él se echa hacia atrás. MAY vuelve a la cama y lo mira furiosa, airada, cara a cara).

ED: (Después de una pausa) ¿Querés que me vaya? (Ella menea la cabeza).

MAY: ¡No!

ED: ¿Entonces qué querés?

MAY: Olés.

ED: Huelo.

MAY: Olés.

ED: Llevo varios días manejando.

MAY: Te huelen los dedos.

ED: A caballo.

MAY: A concha.

ED: Vamos, May.

MAY: Huelen como a metal.

ED: No empecemos con esas idioteces.

MAY: A concha de chica rica. Muy limpia.

ED: Sí, claro.

MAY: Sabés que es verdad.

ED: Vine a ver si estabas bien.

MAY: ¡No te necesito!

ED: Muy bien. (Se da la vuelta para irse, recoge su guante y la correa). Está bien.

MAY: ¡No te vayas!

ED: Me voy.

(Sale por la puerta izquierda dando un portazo).

MAY: (Grito de agonía) ¡No te vayas!

(Agarra la almohada, apretándosela contra el pecho y luego se tira boca abajo en la cama, gimiendo y moviéndose de un lado a otro, apoyada sobre los codos y las rodillas. Fuera de escena se oye a EDDIE que vuelve. Ella se levanta, aferrada a la almohada, y se queda de pie a la derecha de la cama frente a la puerta de la izquierda. EDDIE entra por esta puerta dando un portazo. Deja afuera el guante y la correa. Se quedan un segundo uno frente al otro. Él hace un movimiento hacia ella. May se retira hasta el rincón derecho del fondo de la habitación, apretando la almohada contra el pecho. EDDIE se queda contra la pared de la izquierda mirándola).

ED: ¿Qué pasa, eh? ¿Qué tengo que hacer?

MAY: Ya lo sabés.

ED: ¿Qué?

MAY: Vas a quitarme del medio.

ED: ¿De qué estás hablando?

MAY: Vas a quitarme del medio, o vas a hacer que alguien lo haga.

ED: ¿Y por qué iba a querer hacer eso? ¿Me estás jodiendo?

MAY: Porque soy un estorbo para vos.

ED: No seas estúpida.

MAY: Soy más viva que vos y lo sabés. Puedo oler tus pensamientos incluso antes de que vos los pienses.

(EDDIE se mueve junto a la pared hasta la esquina del fondo a la izquierda. May sigue manteniendo su territorio en la esquina opuesta).

ED: May, estoy tratando de cuidarte, ¿entendido?

MAY: Qué va. Te sentís culpable únicamente. Cobarde y culpable.

ED: Buenísimo. (Pausa).

MAY: (Tranquila en el rincón) Voy a matarla, ¿sabés?

ED: ¿A quién?

MAY: A quién...

ED: No me hables así.

(MAY empieza a moverse lentamente hacia la derecha mientras EDDIE se mueve simultáneamente hacia la izquierda).

MAY: Pienso hacerlo. La voy a matar a ella y después te voy a matar a vos. Sistemáticamente. Con cuchillos muy afilados. Con dos cuchillos distintos. Uno para ella y el otro para vos. (Golpea la pared). Para que la sangre no se mezcle. Aunque a ella voy a torturarla antes. A vos no. A vos te voy a matar de repente. En mitad de un beso, probablemente. Justo cuando creas que todo pasó, justo en el momento que pienses que conseguiste engatusarme. Entonces morirás.

ED: ¿Sabés cuántos kilómetros me aparté de mi camino solo para venir acá a verte? ¿Tenés idea?

MAY: Nadie te pidió que vengas.

ED: Dos mil cuatrocientos ochenta.

MAY: ¿Ah, sí? ¿Y dónde estabas, en Katmandú o algo así?

ED: Dos mil cuatrocientos ochenta.

MAY: ¿Y qué?

(EDDIE deja caer la cabeza, mira al suelo. Pausa. Ella lo mira fijamente. Él empieza a moverse lentamente hacia la izquierda mientras habla, pegado a la pared).

ED: Te extrañaba. De verdad. Te extrañé más que a nadie en toda mi vida. No paré de pensar en vos todo el rato mientras manejaba. Podía verte, todo el tiempo. A veces solo una parte de vos.

MAY: ¿Qué parte?

ED: El cuello.

MAY: ¿El cuello?

ED: Sí.

MAY: ¿Extrañabas mi cuello?

ED: Te extrañaba entera pero, por algún motivo, tu cuello volvía a mí una y otra vez. Por culpa de tu cuello no paré de llorar.

MAY: ¿Llorabas?

ED: Sí. Lloraba. Como un nene. No lo podía controlar. Empezaba a llorar de repente, y después paraba... y después otra vez, volvía a empezar. Durante kilómetros y más kilómetros. No podía parar de llorar. Me pasaban algunos autos y la gente me miraba. Tenía la cara desfigurada. No lo podía controlar.

MAY: ¿Eso fue antes o después de tu fiestecita con la condesa?

ED: (Golpea la cabeza contra la pared) ¡No hubo ninguna fiesta con ninguna condesa!

MAY: Sos un mentiroso.

ED: La invité una vez a cenar, ¿está bien?

MAY: ¡Ja! (Ella se mueve hacia el fondo).

ED: Dos veces.

MAY: ¡Te la estuviste tirando sin parar! No me vengas con esas historias.

ED: Podés creer lo que quieras.

MAY: (Se para junto a la puerta de baño) ¡Me voy a creer la verdad! Es menos confusa. (Pausa).

ED: Voy a llevarte conmigo, May.

(Ella tira la almohada contra la cama y se va al rincón del fondo a la derecha).

MAY: No pienso volver a esa casa rodante, si es lo que tenés pensado.

ED: Voy a trasladarla. Compré un terreno en Wyoming.

MAY: ¿En Wyoming? ¿Estás loco? Yo no pienso irme a Wyoming. ¿Qué es lo que hay allá? ¿Hombres Marlboro?

ED: No podés quedarte acá.

MAY: ¿Por qué no? Tengo un trabajo. Acá soy ahora una ciudadana normal.

ED: ¿Tenés un trabajo?

MAY: (Se mueve hacia la cabecera de la cama) Sí, ¿qué te habías creído, que soy una inútil?

ED: No, pero es que... hace mucho tiempo que no trabajás.

MAY: Soy cocinera.

ED: ¿Cocinera? Pero si ni siquiera sabés freír un huevo...

MAY: ¡No pienso volver a hablarte!

(Ella se da vuelta, corre al baño y cierra la puerta. EDDIE la sigue, intenta abrir la puerta, pero se ha encerrado).

ED: (En la puerta del baño) May, lo tengo todo pensado. Llevo semanas pensando en esto. Traslado la casa rodante de lugar. Construiré un potrero para los caballos. Tendremos una huerta grande y a lo mejor algunas gallinas.

MAY: (Desde el otro lado de la puerta) ¡Odio las gallinas! ¡Odio los caballos! ¡Odio toda esa mierda! Vos lo sabés. Debés confundirme con otra persona. Y seguís viniendo a verme con esa pobre vida campestre de ensueño, llena de gallinas y verduleras, y yo no puedo soportar nada de eso. Solo pensarlo me entran ganas de vomitar.

ED: (Mientras tanto EDDIE ha cruzado el escenario hacia la izquierda y se para junto a la mesa) Ya te acostumbrarás.

MAY: (Entra desde el cuarto de baño) ¡Sos increíble! (Cierra de un portazo la puerta del cuarto de baño y cruza hasta la ventana).

ED: Esta vez no te voy a dejar, May. (Se sienta en una silla, junto a la mesa).

MAY: Para empezar, jamás me has tenido. (Pausa). ¿Cuántas veces me has hecho esto?

ED: ¿El qué?

MAY: Engañarme con alguna fantasía idiota para dejarme luego tirada como un trapo. ¿Cuántas veces ha ocurrido eso?

ED: No es ninguna fantasía.

MAY: Todo es una fantasía.

ED: Y además, nunca te he dejado tirada.

MAY: ¡No, simplemente desapareciste!

ED: Ahora estoy aquí, ¿no?

MAY: Vaya... ¡alabado sea Jesucristo!

ED: Te voy a cuidar, May. De verdad. Voy a quedarme a tu lado pase lo que pase. Lo prometo.

MAY: Andate de acá. (Pausa).

ED: ¿Por qué tuviste que escaparte?

MAY: ¿Escaparme yo?

ED: Sí. ¿Por qué no pudiste quedarte quieta? Sabías que iba a volver a recogerte.

MAY: (Cruzando a la cabecera de la cama) ¿Cómo te pensás que es estar sentada durante semanas enteras dentro de una casa rodante de lata, con el viento soplando a través de las rendijas? Esperando que llegue el gas. Haciendo dedo bajo la lluvia para ir a la lavandería. ¿Te parece una vida muy excitante?

ED: (Sigue sentado) Te compré un montón de revistas.

MAY: ¿Qué revistas?

ED: Antes de marcharme te compré todas esas revistas de moda. Creí que te gustaban. Esas que son como francesas.

MAY: Sí, me gustó especialmente la que tenía a la condesa en la portada. Eso fue un buen detalle. (Pausa).

ED: Muy bien. (Se pone de pie).

MAY: ¿Muy bien qué?

(EDDIE se dirige a la puerta de la izquierda).

MAY: ¿Adónde vas?

ED: A sacar mis cosas del camión. Vuelvo ahora mismo.

MAY: ¿Estás pensando en venirte a vivir aquí?

ED: Bueno, pensaba quedarme a pasar la noche si te parece bien.

MAY: ¿Hablás en serio?

ED: (Abre la puerta) Entonces supongo que me marcharé.

MAY: (Se pone de pie) Esperá.

(Él cierra la puerta. Se quedan un rato mirándose. Ella va despacio hacia él. Se para. Él da algunos pasos hacia ella. Se para. Se acercan uno al otro. Se paran. Pausa, mientras se miran. Se abrazan. Se dan un beso largo y tierno. Se tratan con mucha dulzura. Ella se aparta ligeramente de él. Sonríe. Le mira directamente a los ojos y de pronto le da un rodillazo en los huevos con una fuerza tremenda. EDDIE se dobla por la mitad y cae al suelo como una roca. Ella se queda de pie encima de él. Pausa).

MAY: Puedes aguantarlo, ¿no? Sos doble de riesgo.

(Ella entra al cuarto de baño, dando un portazo. Eddie permanece en el suelo sujetándose el vientre, dolorido. Las luces del escenario bajan a media intensidad, mientras un foco se va encendiendo lentamente encima del VIEJO. Este le habla directamente a EDDIE).

VIEJO: Creía que vivías de la fantasía, ¿no es esa tu forma de ser fundamental? Sueñas las cosas, ¿no es cierto?

EDDIE: (Sigue en el suelo) No lo sé.

VIEJO: No lo sabés... Pues si tú no lo sabés, no sé quién carajo va a saberlo. Quiero enseñarte algo. Algo real. ¿Querés? Algo verdadero.

ED: Muy bien.

VIEJO: Echá un vistazo al cuadro que hay en esa pared. (Señala la pared derecha. No hay ningún cuadro, pero EDDIE mira la pared). ¿Lo ves? Miralo bien. ¿Lo ves?

ED: (Mirando la pared) Sí.

VIEJO: ¿Sabés quién es?

ED: No estoy seguro.

VIEJO: Barbara Mandrell. Es ella. Barbara Mandrell. ¿Oíste hablar de ella?

ED: Claro.

VIEJO: ¿Y me creerías si te dijese que estoy casado con ella?

ED: (Pausa) No.

VIEJO: Bien, verás, esa es la diferencia. Eso es realismo. En mi mente yo realmente estoy casado con Barbara Mandrell. ¿Lo podés comprender?

ED: Claro.

VIEJO: Bien. Me alegro de que nos entendamos.

(El viejo bebe de su taza. El foco se apaga lentamente mientras las luces del escenario recuperan toda su intensidad. May entra desde el baño y cierra la puerta silenciosamente. En las manos lleva un vestido rojo, unas medias y unos zapatos de tacón alto, un bolso negro colgado del hombro y un cepillo para el pelo. Cruza hasta los pies de la cama y tira la ropa sobre ella. Cuelga el bolso de un poste de la cama, se sienta a sus pies dando la espalda a EDDIE y empieza a cepillarse el pelo. Ed sigue en el suelo. May termina de cepillarse y tira el cepillo sobre la cama. Después empieza a quitarse la ropa y a ponerse la que trajo. Mientras le habla a Eddie y se pone la nueva ropa, se va transformando gradualmente en una mujer muy atractiva. Esto ocurre a lo largo de su parlamento).

MAY: (Voz muy fría, casi monótona, como si le estuviera escribiendo una carta) No comprendo mis sentimientos. De verdad que no. No comprendo cómo, después de tanto tiempo, puedo odiarte así. Cómo, a pesar de lo mucho que me gustaría no odiarte, te odio todavía más. El odio crece. Ahora ya ni siquiera puedo verte. Lo único que veo es una imagen tuya. Tuya y la de ella. Y ni siquiera sé ya si la imagen es real. Además, me da igual. Es una imagen inventada que invade mi cabeza... ustedes dos. Y esa imagen me hace muchísimo más daño que si realmente te hubiese visto con ella. Me hiere. Me hiere hasta lo más hondo y nunca podré superarlo. Pero tampoco puedo deshacerme de la imagen. Me viene sin buscarla. Es como una pequeña tortura. Y te culpo más por esta pequeña tortura que por todo lo que hiciste.

ED: (Levantándose despacio) Me iré.

MAY: Será mejor.

ED: ¿Por qué?

MAY: Es mejor simplemente.

ED: Creí que querías que me quedara.

MAY: Va a venir alguien a buscarme.

ED: (Breve pausa, de pie) ¿Aquí?

MAY: Sí, aquí... ¿dónde si no?

ED: (Se le acerca) ¿Estuviste saliendo con alguien?

MAY: (Se mueve rápidamente a la izquierda, cruza a la derecha) ¿Cuándo fue la última vez que estuvimos juntos, Eddie? ¿Eh? ¿Podés acordarte de algo tan lejano?

ED: ¿A quién estuviste viendo?

(Se acerca violentamente a ella).

MAY: ¡No me toques! Ni se te ocurra tocarme.

ED: ¿Cuánto tiempo hace que lo ves?

MAY: ¿Y eso qué te importa?


(Breve pausa. Él se queda mirándola, y súbitamente se vuelve y sale por la puerta de la izquierda, dando un portazo)

MAY: ¡Eddie! ¿Adónde vas? ¡Eddie!

(Breve pausa. Ella sigue a EDDIE con la mirada y luego se vuelve de prisa y va a la ventana. Separa las persianas, mira la ventana y se vuelve hacia la habitación. Corre hacia la cama, se pone en cuatro patas, saca una valija debajo de la cama, la tira encima de ella y la abre. Corre hacia el baño y desaparece, dejando abierta la puerta. Vuelve con varias prendas de ropa, las mete en la valija y se vuelve para ir otra vez al baño. Se para. Escucha a EDDIE fuera de escena. Cierra rápidamente la valija y vuelve a meterla debajo de la cama y se sienta en ella. Se para de nuevo, corre al baño, vuelve con un cepillo de pelo y cierra la puerta de un portazo. Empieza a cepillarse el pelo como si lo hubiese estado haciendo hace un rato. Se sienta en la cama, sin dejar de cepillarse. Eddie entra, da un portazo. Se queda ahí parado con una escopeta en una mano y una botella de tequila en la otra. Se acerca a la cama y tira la escopeta sobre ella, al lado de MAY)

MAY: (se levanta, da unos pasos, deja de cepillarse) Ah, maravilloso... ¿Qué vas a hacer con ese chiste?

ED: Limpiarlo (abre la botella) ¿Tenés vasos?

MAY: En el baño.

ED: ¿Y qué carajo hacen en el baño?

(EDDIE va hacia la puerta del baño con la botella)

MAY: Guardo todo en el cuarto de baño. Es más seguro...

ED: ¿Querés un poco?

MAY: Ya no bebo.

ED: Estupendo, ya era hora.

(Entra al baño. MAY vuelve hacia la cama, mira la escopeta)

MAY: Eddie, el que va a venir es muy simpático.

(pausa)

¿Eddie?

ED: (desde el baño) ¿Dónde están los vasos de mierda?

MAY: En el botiquín.

ED: ¿Y qué carajo hacen en el botiquín?

(Sonido de botiquín)

MAY: En el botiquín no hay microbios.

ED: Microbios...

MAY: Eddie, ¿me oíste?

(Eddie entra con un vaso, llenándolo lentamente de tequila, mientras cruza hacia la mesa)

MAY: ¿Escuchaste lo que te dije, Eddie?

ED: ¿De qué?

MAY: Del hombre que va a venir acá.

ED: ¿Qué hombre?

MAY: Dale...

(Eddie coloca sobre la mesa la botella de tequila y después se sienta en una silla. Bebe del vaso un sorbo largo. Ignora al Viejo)

ED: Para empezar, la cosa no puede ser muy seria...

MAY: ¿Ah, no? ¿Y por qué no?

ED: Porque lo llamaste “hombre”.

MAY: ¿Y cómo tendría que llamarlo?

ED: Tipo, o algo parecido. Si hubieras dicho que es un tipo, me preocuparía, pero como dijiste hombre, te delataste. Te pones en una situación ridícula con ese tipo llamándole hombre. Te pones por debajo de él.

MAY: ¿Qué vas a saber vos?

ED: Ese tipo debe ser un tarado. Debe ser un pobre imbécil vestido con un traje de dos mangos, o algo por el estilo.

MAY: Para vos todos los que no están a punto de matarse cayéndose de un caballo o subiéndose a un toro son unos tarados.

ED: Exacto.

MAY: ¿Y vos qué se supone que sos, un tipo o un hombre?

(Eddie baja lentamente el vaso. La mira, pausa. Sonríe y luego habla en voz baja y con intención)

ED: Te voy a decir una cosa. Vamos a esperar que venga ese hombre. Los dos juntos. Nos vamos a quedar acá esperando. Después voy a dejar que seas vos la que juzgue.

MAY: ¿Por qué para vos es todo una gran competición? Él no está compitiendo con vos. Ni siquiera sabe que existís.

ED: Podés presentarme.

MAY: No voy a presentarte. Definitivamente no voy a presentarte. Él se sentiría muy incómodo de encontrarme acá con otro. Además, acabo de conocerlo.

ED: ¿Incómodo?

MAY: Sí, incómodo. Es una persona muy sensible.

ED: ¿De verdad? Bueno, yo también soy una persona muy sensible. Resulta muy fácil herir mis sentimientos.

MAY: ¿Qué sentimientos?

(Eddie se queda en silencio, da un trago, luego se levanta despacio con el vaso en la mano, deja la botella sobre la mesa, cruza hacia la cama. Se sienta en ella, deja el vaso en el suelo, agarra la escopeta y empieza a desarmarla. May lo observa detenidamente)

MAY: No podés seguir así, metiéndote en líos. Me lo hiciste durante demasiado tiempo. Me enfermo cada vez que aparecés, y después cuando te vas me enfermo de nuevo. Para mí sos como un padecimiento. Además, no tenés derecho a estar celoso de mí, después de toda la mierda que te tuve que aguantar.

(Eddie tiene fija la atención en la escopeta mientras le habla)

ED: Tenemos un pacto.

MAY: Ay, Dios...

ED: Hicimos un pacto.

MAY: ¡Ahora ya no hay nada entre nosotros!

ED: Entonces ¿por qué estás tan excitada?

MAY: No estoy excitada.

ED: Estás fuera de vos.

MAY: Me estás volviendo loca. ¡Me estás volviendo completamente loca!

ED: Sabés que estamos conectados el uno al otro, May, y que siempre lo vamos a estar. Es algo que se decidió hace mucho tiempo.

MAY: ¡No se decidió nada! Tú lo inventaste todo.

ED: Vos sabés lo que pasó.

MAY: Me prometiste que se había acabado. No podés empezar otra vez con todo eso. Me lo prometiste.

ED: Una promesa no puede acabar con una cosa así. Simplemente pasó.

MAY: ¡No pasó nada! ¡Jamás pasó nada!

ED: Inocente hasta la última gota...

MAY: (pausa controlada) Eddie, ¿te quieres ir, por favor? Ahora.

ED: Vas a descubrirlo, de una manera u otra.

MAY: Quiero que te vayas.

ED: Antes no querías que me fuera.

MAY: Pero ahora quiero que te vayas. Y no es por este hombre. Es que...

ED: ¿Qué?

MAY: Imbécil. Eso lo deberías saber ya.

ED: Eso es lo que pensás, ¿eh?

MAY: Va a pasar lo mismo una y otra vez. Vamos a estar juntos durante algún tiempo, pero después vos te vas a ir.

ED: Yo me voy a ir...

MAY: Te vas a ir, lo sabés. Ahora me querés, solo porque estuve viendo a otro hombre. En cuanto todo eso se haya terminado, te vas a ir otra vez.

ED: ¡Yo no vine hasta acá porque vos estés saliendo con otro! ¡Me importa un carajo a quién veas! ¡Jamás me vas a poder reemplazar, y vos lo sabés!

MAY: ¡Andate!

(Largo silencio. Ed levanta el vaso y brinda por ella. Luego bebe despacio hasta la última gota. Deposita el vaso en el suelo lentamente)

ED: (le sonríe) Muy bien.

(Se levanta muy despacio, recoge las piezas de la escopeta. Se queda parado un segundo mirando las piezas. May se mueve ligeramente hacia él.)

MAY: Eddie...

(Él levanta la cabeza y la mira. Ella se para en seco.)

ED: Sos una traidora.

(Sale por la izquierda con la escopeta. Da un portazo. May corre hacia la puerta)

MAY: ¡¡Eddie!!

(Se abalanza sobre la puerta, alarga los brazos y acaricia las paredes. Llora y empieza a moverse lentamente a lo largo de la pared de la izquierda hacia la esquina del fondo abrazando la pared mientras avanza, sin dejar de llorar. El viejo empieza a contar su historia mientras May sigue absorta con su sentimiento de pérdida, y sigue moviéndose alrededor de la habitación, acariciando las paredes en el transcurso de la historia hasta que llega a la esquina frontal de la derecha. Cae al suelo de rodillas.)



(Lentamente, durante el lamento de May, el foco se enciende sobre el Viejo, y las luces del escenario vuelven otra vez a la mitad de su intensidad)

VIEJO: ¿Sabés?, hay una cosa que jamás voy a olvidar. No la voy a poder olvidar mientras viva... y ni siquiera sé exactamente por qué la recuerdo. Íbamos de viaje por el sur de Utah, me parece... vos, tu madre y yo, en aquel viejo Plymouth que teníamos. ¿Te acordás de aquel Plymouth? En el frente tenía un adorno de plástico blanco. Creo que era una copia del Mayflower. Bueno, era algún barco. Llevábamos toda la noche viajando y tú estabas completamente dormida en el asiento de adelante. De repente te despertaste llorando. Te quejabas de algo. Tenías una pesadilla, o algo por el estilo. Despertaste a tu madre, y ella te pasó al asiento de atrás para tratar de calmarte. Pero no te callabas por nada del mundo. No parabas de chillar. Así que paré el Plymouth al borde de la ruta, en la mitad de la nada. Te recogí del asiento de atrás y te llevé al campo. Pensé que el aire te iba a calmar un poco, pero seguías gritando. Y entonces, de repente, vi que algo se movía. Algo que era más grande que nosotros dos juntos. Empezó a moverse hacia nosotros despacito...

(May empieza a arrastrarse lentamente en cuatro patas desde el rincón frontal de la derecha hacia la cama. Cuando llega a la cama, agarra la almohada y la abraza todavía arrodillada. Se mece hacia atrás y adelante abrazando la almohada mientras el viejo continúa)

Y entonces empezaron a juntarse otras cosas iguales, con la misma forma y el mismo aspecto. Estaba tan oscuro que no podía ni siquiera verme la mano. Pero esas cosas empezaron a moverse hacia nosotros desde todas las direcciones en un gran círculo. Yo me quedé parado, y volví la vista hacia el auto para ver si tu madre estaba bien. Pero ya no podía ver el auto. Así que la llamé, gritando su nombre. Y ella me contestó desde la oscuridad con un grito. Y justo entonces esas cosas empezaron a hacer “muuu”, todas se pusieron a mugir.

(Hace el ruido de la vaca mugiendo)

Resultó que nos encontrábamos en el medio de un rebaño de vacas. Nunca en tu vida habrás visto callarse a una chica tan rápido. Después de eso no hiciste ni un solo ruido durante el resto del viaje.

(MAY deja bruscamente de mecerse. De pronto oye a Eddie afuera. Las luces del escenario vuelven a encenderse. El foco que hay encima del VIEJO se apaga. May se pone de pie de un salto abandonando por completo su pena, duda un segundo y luego corre a una de las sillas que están junto a la mesa y se sienta. Toma un trago directamente de la botella, la deja con fuerza sobre la mesa, se echa hacia atrás en la silla y mira a la botella como si hubiese estado sentada de esa forma desde que Eddie salió. Eddie entra de prisa llevando dos sogas. Da un portazo. Ignora a MAY por completo. Ella también lo ignora y sigue mirando la botella. Él va hasta la cama, tira sobre ella una de las cuerdas y empieza a hacer un lazo con la otra. Ahora empieza a prestar atención a MAY, mientras sigue jugando con la cuerda. Ella sigue mirando la botella de tequila.)

ED: Decidiste volver a tomar, ¿eh?

(Hace girar el lazo por encima de su cabeza atrapando el poste de la cama). Quita el lazo del poste, rehace el lazo, vuelve a tirar hacia otro poste y así, sin fallar ni una sola vez. May toma otro trago y deja la botella en la mesa.

MAY: (Todavía sin mirarle) ¿Qué estás haciendo?

ED: Practicar un poco. Hoy en día hay que estar entrenado. Hay unos chicos por ahí que te amarran un ternero en segundos. ¿Lo podés creer? En seis segundos... saltan de la montura como si fueran monos. Te voy a decir que están convirtiendo a esto en una ciencia. (Sigue echando el lazo a los postes de la cama recogiéndola en círculo).

MAY: (Neutra, mirando la botella) Creía que te ibas. ¿No dijiste que te marchabas?

ED: (Sigue con el lazo) Bueno sí, iba a irme. Pero ahí afuera, en el estacionamiento, de repente se me ocurrió que es probable que acá no vaya a venir ningún hombre. Probablemente no hay ningún tipo, ni ningún hombre, ni nadie que vaya a aparecer por acá. Lo inventaste vos todo.

MAY: ¿Y por qué iba a hacerlo?

ED: Para desquitarte.

(MAY se vuelve despacio hacia él, sentada, toma un trago, lo mira).

MAY: Jamás podré desquitarme con vos.

(Él se ríe, va a la mesa, toma un largo trago de la botella, echa la cabeza hacia atrás, hace unas gárgaras, traga, y luego da una pirueta hacia atrás cruzando el escenario para acabar estrellándose contra la pared de la derecha).

MAY: Así que ahora vamos a ser muy malos y muy traviesos, ¿no? Como en los viejos tiempos.

ED: Bueno, es que hace bastante tiempo que no suelto las riendas. Fui muy bueno, de verdad: nada de bebida, nada de juego, nada de mujeres, nada de nada. La verdad es que he sido un tipo bastante aburrido y creo que de vez en cuando me debo esto a mí mismo.

(Vuelve a tirar el lazo a los postes de la cama y May lo mira desde la silla).

MAY: ¿Por qué estás haciendo esto?

ED: Ya te lo dije, necesito entrenamiento.

MAY: No me refería a eso.

ED: Entonces explicame a qué te referís.

MAY: ¿Por qué volvés otra vez al mismo rollo, como si trataras de impresionarme o qué sé yo, como si acabásemos de conocernos? Son las mismas tonterías que me hacías en el colegio.

ED: (Sigue con el lazo) No es más que una pequeña muestra de mi amor. ¿No te das cuenta? Porque si dejara de intentar impresionarte, significaría que todo se habría acabado. ¿No?

MAY: Es que se acabó.

ED: Vos también tratás de impresionarme, ¿eh?

MAY: Me conocés perfectamente, no tengo nada nuevo que mostrarte.

ED: Está ese tipo que va a venir, el nuevo, eso es muy impresionante. Creía que a estas alturas no tenías ya nada que ver con nadie.

MAY: Vaya, muchas gracias.

ED: ¿Cómo es? ¿Un tipo joven o algo por el estilo?

MAY: No es asunto tuyo.

ED: ¿Te lo tiraste ya?

(Ella le lanza una mirada furiosa clavando los ojos en él).

ED: ¿Te lo tiraste? Es simple curiosidad. (Pausa). No tenés que decírmelo, yo ya lo sé.

MAY: Sos como un chico, ¿sabés? Como un niñito mimado y caprichoso.

(Eddie se ríe, escupe, pone cara de niño caprichoso y sigue echando el lazo).

ED: Espero que ese tipo venga. Te juro que tengo ganas. Quiero verlo entrar por esa puerta.

MAY: ¿Qué vas a hacer?

(Él deja el lazo, se vuelve hacia ella y sonríe).

ED: Voy a sentarlo de culo en el suelo. Sin más.

(De repente tira el lazo a la silla delantera, justo al lado de MAY. Tira de la soga y trae la silla violentamente hacia la cama. Pausa. Se miran. May se levanta de pronto, va a la cama, agarra su bolso, se lo cuelga del hombro y se dirige a la puerta de salida).

MAY: No pienso quedarme a ver todo esto.

(Sale por la puerta dejándola abierta. Eddie sale detrás de ella).

ED: ¿Adónde vas?

MAY: (Fuera) Quítame las manos de encima.

ED: (Afuera) Esperá un segundo, esperá un segundo. Solo un segundo. ¿De acuerdo?

(May grita. Eddie la trae a escena gritando y dando patadas. La deposita en el suelo y cierra la puerta. Ella se aparta de él arreglándose el vestido).

ED: Voy a decirte una cosa. Me voy a portar bien, voy a ser muy simpático. Te lo prometo. Voy a ser como un gatito. ¿Está bien? Podés presentarme como tu hermano o lo que quieras. Bueno... quizás no como tu hermano.

MAY: Quizás no...

ED: Tu primo. ¿Está bien? Seré tu primo. Solo quiero conocerlo, nada más. Después me voy. Te lo prometo.

MAY: ¿Por qué querés conocerlo? No es más que un amigo.

ED: Únicamente para ver en qué andás ahora. Puede saberse mucho de una persona por la gente a la que ve.

MAY: Escuchá, voy a salir. Voy al teléfono que hay del otro lado de la calle. Voy a llamarlo y a decirle que se olvide de la cita, ¿está bien?

ED: Estupendo, mientras tanto te hago la valija.

MAY: ¡No voy a irme con vos, Eddie!

(De repente, la luz de los faros de un auto cruza el escenario a través de la ventana. Recorren al público y se desvanecen hacia la izquierda).

MAY: Vaya, lo que faltaba.

(Corre hacia la ventana, mira por ella. Eddie se ríe y bebe un trago).

ED: ¿Por qué no salís corriendo? Dale, corré, echate en sus brazos o algo por el estilo. Tirale besitos a la luz de la luna.

(Eddie se ríe. Va a la cama y se saca del cinturón un par de viejas espuelas. Se sienta. Empieza a ponérselas. May entra en el cuarto de baño dejando la puerta abierta).

MAY: (Desde el baño) ¿Qué hacés?

ED: Estoy poniéndome las espuelas. Quiero tener buen aspecto para este hombre. Causarle una buena impresión, al fin y al cabo soy tu primo.

MAY: (Entrando) Si le hacés algo, Eddie...

ED: No voy a hacerle nada. Soy un tipo simpático y además muy sensible. Muy civilizado.

MAY: Solo voy a salir con él, es una cita normal y corriente, un amigo.

ED: ¡Un amigo! Pues pienso dejarlo hecho un higo.

(Empieza a reírse tanto de su chiste que rueda por la cama y se cae al suelo. Le entra un ataque de risa y golpea el suelo con los puños. May se mueve hacia la puerta, se para y se vuelve hacia Eddie).

MAY: ¡Eddie! Haceme un favor, solo por esta vez.

ED: (Riéndose mucho) Lo que quieras, May. Lo que quieras. (Sigue riéndose histéricamente).

MAY: (Alejándose de él) ¡Mierda!

(Va a la puerta de la izquierda y la abre. Afuera está todo oscuro y solo brilla la luz del porche. Se queda en el umbral mirando hacia la calle. Pausa, mientras Eddie recupera un poco el control de sí mismo, deja de reírse y mira a MAY).

ED: (Todavía en el suelo) ¿Qué hacés?

(Pausa. May sigue mirando hacia fuera). ¡May! ¿Qué hacés?

MAY: (Mirando por la puerta) No es él.

ED: ¿Así que no es él?

MAY: No.

ED: ¿Y quién es?

MAY: Otra persona.

ED: (Levantándose lentamente y sentándose en la cama) Bua... probablemente nunca va a ser él. ¿Por qué tratás de ponerme celoso? Sé que estuviste viviendo sola.

MAY: Es un Mercedes-Benz grande, enorme, superlargo y negro.

ED: (Pausa). Esto es un hotel, ¿no? La gente tiene derecho a estacionar enfrente de un hotel si está viviendo acá.

MAY: La gente que vive acá no maneja un Mercedes-Benz largo, enorme, superlargo y negro.

ED: Vos no, pero otra persona sí.

MAY: (Todavía en la puerta) Este no es un hotel de los Mercedes negros.

ED: Muy bien, entonces cerrá la puerta y volvé acá.

MAY: Me están mirando fijamente desde ese auto.

ED: (Se pone de pie de prisa) ¿Y qué hacen?

MAY: Qué hacen no, qué hace ella.

(Eddie se tira al suelo detrás de la cama).

ED: Bueno, ¿entonces qué hace ella?

MAY: Estar ahí sentada. Mirándome.

ED: Alejate de la puerta, May.

MAY: (Volviéndose lentamente hacia él) No conocerás por casualidad a alguien que tenga un Mercedes-Benz negro, ¿verdad?

ED: ¡Alejate de la puerta!

(De repente, los rayos blancos de los faros cruzan el escenario a través de la puerta abierta. Eddie se abalanza contra la puerta, la cierra y echa a May a un lado. Justo en el momento de cerrar la puerta, suena a la izquierda el disparo de una pistola mágnum de gran calibre, seguido inmediatamente del sonido de un cristal que se hace añicos. Después suena la bocina de un coche que se mantiene en una sola nota implacable).

MAY: (Gritando por encima del sonido de la bocina) ¿Quién es? ¿Quién es esa que está ahí afuera?

ED: ¿Y yo cómo voy a saber?

(Eddie apaga el interruptor que hay junto a la puerta de la izquierda. Las luces del escenario se apagan. La luz del baño sigue prendida).

MAY: ¡Eddie!

ED: ¿Te querés agachar? ¡Tirate al suelo!

(Eddie la agarra y trata de tirarla al suelo detrás de la cama. May lucha con él en la oscuridad. La bocina sigue sonando. Los faros empiezan a cambiar de luces cortas a largas, barriendo el escenario a través de la ventana).

MAY: ¿Quién es esa? ¿Vino con vos? ¡Hijo de puta!

(Empieza a pegarle a Eddie luchando contra él, mientras este trata de tirarla al suelo).

ED: ¡Yo no traje a nadie! ¡No sé quién es esa! ¡No sé quién es esa! No sé de dónde habrá salido. ¡Tirate al suelo! ¿Querés?

MAY: Te siguió hasta acá. ¿Verdad? Le dijiste adónde ibas y ella te siguió.

ED: No le dije a nadie adónde iba. Ni yo mismo lo sabía hasta que llegué acá.

MAY: ¡Esta me la vas a pagar! Te lo juro por Dios que me la vas a pagar.

(Finalmente Eddie consigue que se agache y se sube encima de ella para que no pueda levantarse. May deja de resistirse poco a poco mientras él la tiene pegada al suelo. La bocina se calla de pronto. Los faros se apagan. Larga pausa. Escuchan en la oscuridad).

MAY: ¿Qué crees que están haciendo?

ED: ¿Cómo querés que yo lo sepa?

MAY: No me vengas con que no la conocés. Ese es el tipo de auto que conduce una condesa. Ese es el tipo de auto en el que siempre me imaginé.

(Vuelve a debatirse. Eddie sujetándola).