Por Carlos Talancón
En un departamento que se cae a pedazos, un hombre y una mujer viven
entregados al cuidado de una criatura invisible que habita en la habitación
superior. Lo que comienza como una labor de crianza se transforma en un rito de
inmolación: ante la falta de recursos, los padres comienzan a ofrecer su propia
carne para saciar el hambre insaciable de su "cría". Entre la luz
hipnótica de un televisor vacío y el sonido de chillidos inhumanos, la obra
disecciona la ceguera de la fe y los límites destructivos del amor
incondicional.
Carlos Talancón
Carlos Talancón (Ciudad de México, 1983) es dramaturgo, actor
y docente, reconocido como una de las voces más punzantes y técnicamente
rigurosas del teatro mexicano contemporáneo. Su universo creativo habita la
intersección entre el horror corporal, la farsa y el vacío
existencial, diseccionando con crudeza las dinámicas más oscuras de la
condición humana.
Formación y Academia
Es licenciado en Literatura Dramática y Teatro por la Facultad
de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México
(UNAM). Su formación se complementa con su experiencia como actor egresado
del Centro de Experimentación Teatral. Actualmente, mantiene un vínculo
activo con su alma mater como profesor en el Colegio de Literatura
Dramática y Teatro, donde imparte cátedra y comparte su visión sobre la
creación dramática con las nuevas generaciones.
Premios y Trayectoria
Su pluma ha sido galardonada con las más altas distinciones nacionales
en el ámbito teatral:
- Premio
Nacional de Dramaturgia "Manuel Herrera" (2014) por su
obra La cría.
- Mención
Honorífica en el Premio Nacional de Dramaturgia Joven "Gerardo
Mancebo del Castillo" por su pieza Inopia.
Como creador, su labor ha sido respaldada por las instituciones pilares
de la cultura en México, habiendo sido becario de la Fundación para las
Letras Mexicanas (FLM) y del programa Jóvenes
Creadores del FONCA (ahora SACPC) en el área de Dramaturgia.
Obra Seleccionada
Dentro de su catálogo destacan títulos que exploran la fragilidad y el
desasosiego, tales como:
- La cría: Obra cumbre del horror doméstico y
el sacrificio.
- Inopia: Una exploración cruda sobre la
soledad y la alienación.
- La luz del
otro, Ensayo
sobre el adiós y El veneno de la abeja.
Su estilo se distingue por diálogos rítmicos y una construcción escénica
que exige tanto la precisión de un observador técnico como la entrega emocional
del intérprete, logrando que sus textos trasciendan el papel para convertirse
en experiencias sensoriales y perturbadoras en el escenario.
La Cría
Por Carlos Talancón
PERSONAJES:
- EL HOMBRE
- LA MUJER
- UN
ESPECIALISTA
- UN ENTE
ESCENOGRAFÍA:
Una habitación con un aparato de televisión, un sillón, una mesa y una
cocineta destartalada. Al fondo, en el centro, hay una escalera que lleva a una
reja. Al pie de esta reja hay veladoras y otros elementos que evocan los de un
altar, como si fueran las rejas que encierran a un ser que se le rinde culto.
Nunca se alcanza a ver quién o qué está detrás de la reja, tras la cual hay
completa oscuridad. Tan sólo, en ocasiones, se oyen chillidos salir de
ella, o humo, o incluso sustancias que resbalan por la escalera.
ESCENA INICIAL:
El hombre está sentado ante el aparato de televisión. Su cara y su
cuerpo están manchados de luz azul, como si estuviera viendo el resplandor azul
de una pantalla donde no se transmite nada. Detrás de él, en la estufa, una
mujer prepara algo incierto de comer. Comida de consistencia viscosa e incierta
de coloración parduzca que de la olla va vertiendo en una cubeta.
MUJER: La alacena está casi
vacía, ¿qué vamos a hacer? (El
hombre no responde, sigue con la mirada clavada en la televisión) Pronto no habrá nada que ofrecerle y… Él lo
sabe. Me doy cuenta por su forma de respirar. He aprendido a sentirla,
¿sabes? Sus distintas maneras de respirar. Sé lo que piensa, y lo que siente.
Sí, ahora mismo… la escucho… ¿tú? (Silencio) Él también, nos escucha, y lo sabe, sabe que
pronto no habrá nada que darle y entonces… (La
mujer va hacia él y le quita el control de la televisión) ¿No me oyes? Estamos a punto de quedarnos sin
nada que ofrecerle.
HOMBRE: ¿Y qué
puta madre quieres que yo haga?
MUJER: ¿Todavía te atreves
a…? Ya sabes que sólo hay una cosa que tienes que hacer:
proveerlo. Son muchas sus necesidades, y no hace falta que te lo diga. (Breve pausa) ¿O hay alguna otra cosa que seas capaz de…?
HOMBRE: No… no
más. Ya le di todo lo que podía darle, ¿y para qué? Sea como sea va a terminar
por devorarlo todo. Dame el control.
MUJER: (Pausa, lo ve con
estupefacción. El hombre trata de arrebatarle el control pero la
mujer logra mantenerlo) ¿Estás
loco? Necesitamos seguir alimentándolo… ¿No lo escuchas? Nos está llamando…
quiere más, ¿lo escuchas?
HOMBRE: Tal vez. (Breve pausa) Ya no sé si de verdad lo escucho o sus chillidos ya se han vuelto parte
de mi cabeza. Dame el control.
MUJER: Yo sí lo escucho,
claramente… un chillido suave, sí… en cualquier momento va a empezar a
golpear.
HOMBRE: Parece
una maldita polilla.
MUJER: ¿Qué?
HOMBRE: (Festeja
su comentario) ¡Polilla!
¡Sí! Ththththththth… Las características son las mismas. Observa el techo. (La mujer gira la cabeza hacia el techo, el
hombre trata de arrebatarle el control pero no lo logra) En cualquier momento va a caerse sobre nuestras
cabezas.
MUJER: Tal vez sea lo que nos
merecemos. Que nos aplaste, sí.
HOMBRE: Y para
eso todo el sacrificio, para que al final yo tú y él nos vayamos a la
chingada.
MUJER: Yo dije sobre NUESTRAS
cabezas, no la de él. Él tiene que sobrevivir. (Regresa a la cocina) Si no
fueras tan débil y egoísta…
HOMBRE: ¡Egoísta!
¿Qué más puedo ofrecerle? Se lo he dado todo… ¡todo!
MUJER: ¡No es suficiente!
HOMBRE: Ni
siquiera alcanzo a ver el dinero porque…
MUJER: Y para qué quieres el
dinero, ¿para comprarte una de tus cochinas revistas?
HOMBRE: Eso… es
cosa mía. Y es lo único que me queda, por si quieres saber. Dame el maldito
control.
MUJER: No mientras no lo
abastezcas.
HOMBRE: Eso es
imposible. ¡No entiendes que traiga lo que traiga…!
MUJER: ¡Entonces encuentra alguna
manera de alimentarlo! Ahí está el hacha.
HOMBRE: ¿El
hacha?
MUJER: La afilé esta mañana… por
si llegamos a necesitarla.
HOMBRE: Estás
enloqueciendo, mujer. (Intercambian
miradas. Breve silencio) ¿No te
das cuenta de lo que desea? Huir de ese chiquero donde lo tienes
encerrado.
MUJER: No es verdad, desea algo
más, y tú lo sabes, así que trae algo rápido.
HOMBRE: (Se
levanta y va hacia la mujer, tratando de hurtar el control) Hazme caso, lo mejor es renunciar a él, dejarlo
ir… ¿ya cuánto tiempo lleva encerrado allá arriba?
MUJER: No me importa. Recuerda lo
que dijo ese hombre cuando vino a hacerle su último examen. Es muy riesgoso
exponerlo. Debe permanecer ahí, todavía. Ese el precio de tener una criatura…
extraordinaria.
HOMBRE: Jamás oí
que haya dicho eso.
MUJER: Yo sí, y utilizó esa misma
palabra.
HOMBRE: Sólo
escuchas lo que quieres oír.
MUJER: (Nerviosa) ¿No piensas en todas los
influencias que puede recibir allá afuera?, ¿no piensas en eso? No puedo
imaginármelo… afuera… Tú sabes que no es cualquier criatura… él es… especial…
cualquier contacto con el exterior es peligroso… no, no, dejarlo ir sería
arriesgar demasiado.
HOMBRE: En algún
momento tendremos que dejarlo ir, ¿y entonces?, ¿qué va a pasar cuando llegue
ese momento, eh?
MUJER: Va a aparecer alguien más,
los desvalidos y los enfermos nunca faltan, es mi condena que siempre haya
alguien que necesite de mí…
HOMBRE: ¿Y
yo?
MUJER: Sí, también me he tenido
que hacer cargo de ti, por desgracia.
HOMBRE: No hablo
de eso… ¡y yo! También yo, todas mis energías han sido para…
MUJER: ¡Para su crianza! Es duro,
lo sé, pero me sostiene pensar que la recompensa será grande. ¿Por qué te
ríes?
HOMBRE: Exactamente
fueron tus mismas palabras con la otra. Y mira.
MUJER: No me culpes. Yo hice todo
lo que pude.
HOMBRE: Hasta
que acabaste con ella.
MUJER: No digas eso. No es
verdad. Yo sólo seguí las instrucciones que tú me diste.
HOMBRE: Sabes
que eso no es cierto. (Intercambian
miradas) Tú fuiste la
que sobre-indicó. (Logra
hurtar el control del bolsillo del mandil de la mujer y regresa al sillón.
La mujer lo ve con furia)
MUJER: (Terminando de preparar
la papilla) Está bien, quédate ahí, si
eso todo lo que te hace sentir bien. Pobre. Todavía me acuerdo… el día que nos
conocimos. Tú llegaste a mí, arrastrándote como un perro
desvalido. Aauuuhh, auuuuhhh. Tus ojos extraviados, buscando quién te
diera refugio. Así llegaste, ¿te acuerdas? Entonces aparecí yo. Al principio yo
no quería, mis intenciones eran otras pero…
HOMBRE: Hacerse
el desvalido siempre funciona contigo, ¿no es así?
(Breve silencio)
MUJER: Fue mi culpa, sí… ¿cómo
fui a pensar que iba a poder construir algo con un perrito inválido? Si te
hubiera podido grabar entonces, viendo cómo te acercabas con tu mirada de
huérfano prometiéndome todas esas cosas para que te dejara entrar. Y ahora
mírate, todo el día sentado en el sofá, sin otra cosa que la televisión, ahora,
justo cuando Él exige más de nosotros, cuando debemos tener el ánimo en alto…
tú no eres capaz ni siquiera de cumplir con tu único deber.
HOMBRE: Estoy
agotado, mujer. Si cuando te conocí hubiera sabido lo que era capaz de
engendrar.
MUJER: ¡Cállate! ¡No hables así!
Nos está escuchando, ¿no sientes? Ahora mismo… nos oye… (Pausa. La mujer, alzando la cabeza como si
percibiera algo, entrando en un estado cercano al éxtasis) Sí, él puede oírlo todo, hasta cuando no
hablamos, hasta lo que nosotros no podemos oír de nosotros mismos, él lo
escucha, y puede sentir tu falta de fe… lo sé…ahora mismo… su respiración
cambia… ¿no oyes? Sí, ahora te está llamando a ti… puedo sentirlo… (Termina de verter la comida en una cubeta y la
coloca junto al hombre) Ahí
está, sube a darle de comer. (La
mujer se gira de nuevo ante la estufa a levantar los trastes. El hombre ve con
asco la papilla pero, aprovechando que la mujer no lo ve, mete la
mano en la cubeta y come. La mujer finalmente se vuelve) ¿Qué pasa?
HOMBRE: No voy a
subir.
(Breve silencio)
MUJER: ¿Le tienes miedo a tu
propia carne?
HOMBRE: No es mi
carne.
MUJER: ¡Por supuesto que lo es!
El producto de nuestra unión. (Pausa.
La mujer se da cuenta que el hombre ha tomado de la papilla) ¿Te has estado comiendo su
comida, verdad?
HOMBRE: Yo… no
me atrevería… jamás.
MUJER: ¿Y esa mancha?
HOMBRE: Esta
mancha… es de… ayer.
MUJER: Ayer ni siquiera comimos,
idiota.
HOMBRE: Entonces,
no sé… se debió haber resbalado del plato y…
MUJER: Si me
entero que le estás robando su comida, yo podría… (Toma el cuchillo, pero algo la detiene) Ahí está… otra vez… sí… (Se escucha una especie de ronquido que tiene
algo de no humano e inmediatamente después se escuche un golpeteo que proviene
de arriba)
HOMBRE: ¡Carajo!
¡Ya va a empezar! ¡Otra vez! ¡Por qué lo hace!
MUJER: Te quiere a ti, ¿no te das
cuenta?
HOMBRE: No. Lo
único que quiere es salir de ahí…
(Otro golpe sordo proveniente de arriba)
MUJER: Por favor, te lo suplico,
sube antes de que…
HOMBRE: ¡Carajo,
por qué yo!
MUJER: Por favor.
HOMBRE: ¡Lo he
hecho todo por él! Pero no me hagas subir.
MUJER: Escúchame, no hay que
desesperarnos. Los frutos van a llegar… en algún momento, lo sé. Pero no hay
que dejarnos vencer. Todavía… un poco más, y entonces todo habrá terminado, por
favor, ve a ver qué quiere… ¿no? Está bien… entonces no vas a descansar, nunca,
él te está oyendo, y cuando menos te lo esperes…
HOMBRE: ¡Yaaaaa! (El hombre, de un impulso, fastidiado de
escucharla) Está bien, demonios, esa
es tu estrategia, ¿verdad? El agotamiento… siempre lo ha sido. (Se levanta, toma la cubeta y se para frente a
las escaleras unos instantes temeroso de subir, y finalmente lo hace)
MUJER: No, espera… a lo mejor… a
lo mejor no le gusta que lo perturbemos, espera. Ya sabes que es peligroso…
espera. Recuerda que… debes tener cuidado, y también es importante que sienta
tu fe en Él, recuerda que...
(El hombre ha entrado a la habitación de arriba. La mujer se queda sola
y comienza a rezar postrada ante las escaleras. A cabo de un rato el hombre
baja. Tiene la ropa ensuciada de una sustancia extraña y muestra náuseas.
Sonidos inciertos de respiración, golpes, murmullos de rezos)
MUJER: ¿Qué pasó?
HOMBRE: Estaba
tratando de…
MUJER: Yo te lo dije, ¿cómo
fue?
HOMBRE: Se
acerco y… algo secretaba… una sustancia que… (Quiere vomitar)
MUJER: Qué espanto.
HOMBRE: Sí, no
sabes lo que… (Vomita)
MUJER: Qué espanto tú. Vomitando
la carne de tu carne.
HOMBRE: Deja ya
de fastidiarme. ¡No es mi carne… y no voy a…! (De nuevo vomita) No
puedo… no puedo… es una maldición.
MUJER: No podemos dejarnos
afectar por estas cosas. Esas sustancias deben ser algo… natural. Recuerda lo
que dijo ese hombre, son sólo… parte de su crecimiento…
HOMBRE: No, no
es sólo eso, es algo más… quiere acabar con nosotros (Vuelve a vomitar)
MUJER: No digas eso. Lo hace sólo
para llamar la atención, ¿entiendes? Son sustancias… psicológicas. Lo hace
porque te necesita. (Pausa) ¡Escucha!
HOMBRE: (Limpiándose
el vómito) ¿Ahora qué pasa?
MUJER: ¿No escuchas?
HOMBRE: No.
MUJER: Es que no se escucha nada.
¿Sí le lograste introducirle el alimento?
HOMBRE: Se la
acerqué…
MUJER: ¿Pero se lo lograste
introducir?
HOMBRE: ¡Te digo
que se la acerqué! (Se
miran) No voy a volver a subir,
que te quede claro. (Se
sienta de nuevo en el sofá)
MUJER: Otra vez… vuelo a oírlo,
todavía respira… ahí está… otra vez… lo percibo… esta vez como si susurrara
algo… a mí… al oído… y esta vez no alucino… ahora duerme… sí… mi criatura… ahí
sigues, sí… ten piedad de nosotros (Se
postra ante las escaleras y reza. El hombre la observa con lástima y luego
enciende de nuevo la televisión, de donde emana una monótona luz azul)
(Oscuro)
(Sonidos de golpes, chillidos, gemidos. Silencio)
(Luz tenue)
(La mujer está empapada de sustancias espesas y de extraños colores.
Permanece con los ojos muy abiertos aunque parece dormida. Habla como
entresueños)
MUJER: Estaba ahí… al fondo…
comido por las sombras… sólo uno de sus miembros… rozaba la luz… una pequeña
mancha violeta… empezó a agitarse… al sentir que entraba… pudo sentir mi miedo…
olerlo… y yo el suyo… y entonces lo oí… me llamaba… me llamaba así, chillando,
con un chillido agudo… así… muy agudo… tanto que casi no alcanzaba a oírse…
pero cuando uno lo logra… oírlo… entonces… es imposible… arrancárselo de la
cabeza… imposible… como si viniera del propio cerebro… sonando como un gran
herida en la cabeza… y al verme ahí… paralizada… salió… de la oscuridad…
era enorme… no me había dado cuenta que hubiera crecido tanto… él se acercaba,
reptando, yo buscaba sus ojos… (Como
si le hablara al ente) ¿Dónde
están tus ojos? No puedo verlos… tus ojos… Y se acercó… por un momento quise
gritar pero… no… él te necesita… entonces lo dejé venir… y él sacó uno de
sus… miembros… lo acercó y… empezó a recorrerme… mi cuerpo… a envolverlo…
yo… quise gritar… no, cálmate, cálmate, tu propia carne, cálmate… no va a
hacerte nada… cálmate… y entonces… sus miembros… sobre mi cuerpo… al principio…
no sentía dolor… hasta que la vi… la sangre, no sabía de dónde… entonces me di
cuenta…trataba de devorarme, me envolvía con líquidos y me devoraba… yo te
llamaba, te pedía auxilio… pero tú dormías… como siempre… ¿si me escuchas? (El hombre no responde) Tenía hambre. (Pausa) Dormido…
todo el tiempo dormido.
(Oscuro)
(Sonido de respiración)
"EL AMOR ES UN VENENO: CUANDO LA FE SE CONVIERTE EN UNA HERIDA QUE
NO DEJA DE CHILLAR."
(Luz)
(El hombre y la mujer duermen, el hombre frente al televisor encendido
que sólo emite una luz esta vez de color amarillento. La mujer en el suelo,
llena de sustancias extrañas. Da la impresión de que ha caído vencida. Hay
polvo en la estancia, como si parte del techo se estuviera ya desmoronando por
los golpes. Se escucha el timbre, es muy fuerte. Silencio. Se escucha el timbre
de nuevo, más insistentemente)
(La mujer despierta con mucho esfuerzo)
MUJER: Ahí está. (Silencio. Timbre. Despierta al hombre) Ahí está. Maldita sea. ¿Cuándo vas a
despertar?
HOMBRE: ¿Otra
vez está chillando?
MUJER: No, idiota, es el
timbre.
HOMBRE: Ahhhh…
MUJER: Sí, yo también odio que
tenga que ser así. No entiendo para qué esos estudios.
HOMBRE: Para… no
sé.
MUJER: Claro que sabes, tú lo
llamaste.
HOMBRE: ¡Insistes!
MUJER: ¿Entonces? Un vecino debió
haber sido, sí, siempre hay algún vecino ansioso de meterse donde no le toca.
Odio que tenga que ser así, sería mucho más fácil si yo pudiera llevar el
control de todo.
HOMBRE: Como con
la otra.
MUJER: ¿Ya vas a empezar? Ya te
dije que… (El timbre) Trata de distraerlo un rato. Voy a subir a ver
que todo esté bien allá arriba, tratar de limpiarlo lo más que se pueda. No me
gustaría que subas y… tú sabes.
HOMBRE: Ten
cuidado.
MUJER: He aprendido a protegerme.
No le digas lo de las sustancias o… no lo sé. Dile que no hemos visto nada
anormal o… ya sabes lo que le tienes que decir: nada, ¿está claro? (Breve pausa, el hombre no responde) ¿Está claro?
HOMBRE: No me
repitas lo que tengo que hacer. ¡Sube antes de que empiece a golpear!
(La mujer sube. El hombre le abre al “especialista” y le indica que
pase. Éste entra con un maletín, se para en el centro de la habitación y
observa)
HOMBRE: Tome
asiento. Mi mujer está por bajar. (El
“especialista” no reacciona, se limita a observar el sitio, luego saca un
cuaderno y comienza a hacer unas anotaciones) Disculpe el deterioro. El techo, sobretodo, veo que le llama la
atención. Es… la humedad la que lo tiene así. (El hombre se da cuenta que la silla está llena de polvo que se ha
desprendido del techo, la limpia y con un gesto lo invita a sentarse. El
examinador no reacciona a las palabras del hombre) ¿No va a tomar asiento? (El examinador no responde) Está bien. (Breve
silencio) ¿Hay algo que pueda
ofrecerle? Tal vez… ¿un burbon? O… ¿tal vez desea que le prepare algo en las
rocas? Como en las películas: en las rocas. La verdad es que no le
puedo ofrecer nada. Él ya lo ha consumido todo. (Pausa. Sonidos provenientes de arriba. El
hombre se dirige hacia las escaleras) ¿Lo
escucha? Mi mujer lo debe estar… limpiando, no nos gustaría que pensaran…
cosas. (Silencio) Permítame preguntarle algo: ¿Cómo se enteró
usted que lo teníamos aquí? (Silencio) ¿Alguien le dijo? Un vecino, siempre hay un
vecino dispuesto a meterse en la vida de los demás… o, ¿fui yo? (Pausa) Mi esposa cree que fui yo, lo que sucede es que no se ha dado cuenta
que… (Sonidos) Permítame un momento. (Se
acerca a las escaleras) Mujer,
¿estás bien? (Pausa) ¡Todo bien allá arriba! (Se escucha una vaga respuesta de la mujer. El
hombre vuelve a dirigirse al examinador) Sí, le estaba comentando…
EXAMINADOR: ¿Cómo
está respondiendo al alimento?
HOMBRE: Al…
¿alimento?, ¿por qué lo pregunta? Me imagino que ya sabe el tipo de carne que
Él quiere. Mi esposa y yo hemos hecho lo posible por satisfacerlo, pero… es
difícil. Quiero decir, los tiempos, cada vez se vuelven más oscuros y las
criaturas nacen cada vez más… ¿cómo decirlo? Absorbentes, sí. (Pausa) ¿Sabe cuál es la opinión que me he hecho últimamente? La profunda
convicción de que en estos tiempos no debería estar
permitido engendrar así como así. ¿Sabe lo que quería ser yo? Un
entomólogo, un gran entomólogo. (El
examinador sigue haciendo anotaciones. Breve silencio. El hombre trata de ver
lo que anota) Siempre tuve una gran
pasión por el mundo que se escondía bajo la tierra. No me pregunte por
qué. Las pasiones son incomprensibles. Por qué tuve que sentirme atraído por
esta mujer precisamente, por ejemplo, nunca lo he comprendido. De muchacho rascaba
la tierra y qué cosas llegué a descubrir ahí abajo. Lo que hacen algunos
insectos para reproducirse. Algunas especies de arañas, o la mantis… ¿nunca la
ha visto? La naturaleza puede ser extraña, ¿no le parece? Me gustaba apachurrar
a algunos insectos para ver las sustancias que escondían en sus adentros y…
bueno, lamentablemente… apareció Él y, las exigencias eran tantas que... Ahora
soy un simple empleado y cada centavo que gano... En fin. No me malentienda, yo
he hecho todo lo posible, me he esforzado, y de algún modo me consuela pensar
que por algo deben ser las cosas porque… (Pausa.
El “examinador” sigue haciendo anotaciones en su libreta, ignorando al
hombre. Éste le habla con cierta excitación en su voz pero al mismo
tiempo confidente, cuidando que la mujer no lo escuche) También Él ha comenzado a secretar sustancias,
ya se dará cuenta. A veces verdaderos chorros. (Confidente, con temor de que lo puede escuchar la mujer) Para serle sincero, el techo, ha sido Él. Usted
ya debió haberse dado una idea de… lo que es. Es insaciable. Debería escuchar
su manera de chillar, es… y sus dientes… si puede llamarse a eso dientes. La
otra vez… (Se sube la manga de su
camisa, tiene una herida grande) Sí. La
otra vez, cuando subí trató de… imagínese, es… agotador, agotador al punto de…
Pero mi esposa no quiere darse cuenta de la clase de criatura que es. Cree que
su aspecto se debe a que… es una especie de ser elegido… cree que Él ha
venido a salvarnos. Pobre. Yo la entiendo. Habíamos tenido otro intento.
Fallido también. Algo tiene el vientre de mi mujer que… la pobre murió por un
accidente, un mal diagnóstico. Entonces nació Él y… el momento en que vio lo
que había salido de su vientre… enloqueció. Desde entonces lo tiene encerrado,
le reza todas las mañanas, no quiere que se exponga a ninguna especie de
contacto con el exterior, pero… yo ya he llegado a mi límite. Por favor,
escúcheme, quiero proponerle algo: lléveselo de aquí, deshágase de Él. Sin que
mi esposa sepa. Yo encontraré algo que decirle, pero por favor lléveselo… Puede
hacer con Él lo que quiera, vendérselo a un circo, o a una clínica especial.
¿Me está escuchando? ¿Qué piensa de mi propuesta? (Se oyen las rejas. La mujer desciende, el hombre toma una
actitud afectada) Pero
siéntase cómodo, sí, y con respecto a lo que le comentaba: la situación
económica se vuelve cada vez más difícil y mi pasión por la entomología… ah,
ahí está mi mujer. Viene un poco manchada por lo que puede apreciar.
(La mujer regresa abatida, como si hubiera venido de una batalla. Se
coloca en un rincón junto a la estufa, cuidando no ser vista por el examinador.
Desde ahí llama al hombre, quien va hacia ella. El examinador, quien
aparentemente ignora o no se da cuenta de la situación, se mueve por distintos
puntos de la estancia haciendo anotaciones)
MUJER: ¿Qué tanto le estuviste
diciendo?
HOMBRE: Nada.
MUJER: Vi que estaban hablando de
algo.
HOMBRE: De
nada.
MUJER: ¿And qué tanto le dijiste
mientras hablaban de nada?
HOMBRE: De nada,
ya te dije: sobre mi vocación de entomólogo, cómo me vi obligado a renunciar a
ella, pero qué más da.
MUJER: Sigues con eso, por el
amor de Dios. Pero escuché que le decías algo más, ¿le dijiste algo sobre los
golpes del techo?
HOMBRE: Tuve que
darle una explicación.
MUJER: Ahhhh, no tuviste que
haberlo hecho. ¿Y sobre las sustancias?
HOMBRE: Sí,
también algo le mencioné.
MUJER: ¡Entonces se lo estuviste
diciendo todo!
HOMBRE: De
cualquier modo va a verlo por sí mismo. ¿Cómo está Él?
MUJER: Duerme.
HOMBRE: ¿Y eso
que se oía era…?
MUJER: ¿Qué?
HOMBRE: Se oía
algo. Sus ronquidos, tal vez.
MUJER: ¿Por qué está dando
vueltas?
HOMBRE: No lo
sé. Todavía no lo había visto dormir dando vueltas.
MUJER: No tonto, hablo de ese
sujeto.
HOMBRE: Ahh.
MUJER: Me desespera verlo
moviéndose por la casa, ¿qué tanto apunta? ¿No le ofreciste que se
sentara?
HOMBRE: Le hice
un gesto.
MUJER: Un gesto. Tú crees
resolver todo con gestos. ¿Cómo sabes que entendió “tu gesto”?
HOMBRE: Fue muy
claro, señalé con el brazo la silla.
MUJER: Pues se le invita con la
boca, no con gestos.
HOMBRE: Encárgate
tú entonces.
MUJER: Está bien, como siempre.
Hazte a un lado.
(El hombre se dirige al sofá y se sienta a ver la televisión. La mujer
termina de limpiarse y se dirige al examinador)
MUJER: No le haga mucho caso mi
marido, últimamente le ha dado por inventar cosas: eso de que quería ser
entomólogo, por ejemplo, no sé de dónde lo sacó. Le aseguro que ni
siquiera sabe lo que quiere decir eso. Tome asiento por favor, siempre nos
ha gustado atender bien a nuestros invitados. ¿Le ofrezco un… mmmmm?
Tome asiento. (El
examinador no reacciona, la mujer trata de ver furtivamente lo que anota) Supongo que quiere subir a examinarlo otra vez,
¿no es así? Está bien, no tengo ningún inconveniente, pero déjeme sugerirle
algo antes: no será necesario. Como mi marido ya le dijo, el contacto directo
con Él podría ser algo MUY incómodo para usted. ¿Cómo decirle…? Mi criatura ha
comenzado a desprender ciertos… líquidos. No es que sea nada nocivo, es
sólo… parte natural de su maduración, supongo. En realidad es
como cualquier otra criatura… no, bueno, tanto así como cualquier
otra, no, Él es… especial, lo único que en realidad quiero decir es… ¿Por qué
se queda ahí parado? (Pausa) ¿Quién es usted? (Pausa) ¿Para
qué va a estudiar a mi criatura, quién lo envía? Fue mi marido
el que abrió la boca, ¿verdad? (Pausa) Sí, ha perdido la fe en Él. No sé qué le pasa
últimamente. Está todo el día ahí sentado y… ¿sabe en lo que le gusta gastarse
el dinero de la criatura? Revistas insanas.
HOMBRE: Son
revistas científicas.
MUJER: Revistas sucias. (Al examinador) Mire, no sé qué quiera usted, pero le repito
que mi criatura es… sí, entiendo que su aspecto puede ser un poco, pero… no hay
nada de qué alarmarse. Yo estoy muy tranquila. Demasiado tranquila. En
realidad, todo lo que ha sucedido aquí…
HOMBRE: (Violento) Ya cierra el hocico y déjalo subir.
MUJER: Ahhh, mi marido, otra vez.
Tome asiento, se lo suplico. (Va
con el hombre) Por qué
me hablas así frente a este sujeto.
HOMBRE: ¿No ves
que entre más quieras detenerlo es peor?
MUJER: No voy a dejar que las
manos de ese tipejo toquen a mi criatura.
HOMBRE: Insistes
en tenerlo aislado.
MUJER: ¿Qué es lo que quiere? Por
qué tiene que entrometerse entre Él y yo, para qué son esos estudios.
HOMBRE: Son
necesarios, ya te lo dije. Si no lo dejas podría acusarnos de tener secuestrado
a un raro espécimen.
MUJER: ¡No le llames así!
HOMBRE: Un
engendro.
MUJER: No le vuelvas a decir así.
Es nuestra cría.
HOMBRE: Está
bien, voy a subirlo yo. (El
hombre se levanta) Puede
subir, sígame.
MUJER: Espérate. Tú no puedes
llevarlo.
HOMBRE: ¿Por qué
no? Soy su padre, ¿no? Tú misma me lo has repetido un millón de
veces.
MUJER: Puede ser riesgoso,
puede…
HOMBRE: Sígame.
MUJER: Está bien… si no hay otro
remedio. Pero ya sabes, ten cuidado, no dejes que…
(El examinador sube guiado por el hombre. Se oye que el hombre abre con
llave una pesada puerta metálica. La mujer, mientras los otros están arriba, ve
que en la mesa hay un sobre. Rápidamente lo abre y lo examina, extrae unas
hojas. De pronto se oyen ruidos provenientes de arriba, golpes, un chillido. La
mujer esconde las hojas. El examinador baja las escaleras con ojos de
horror. Tiene el traje roto y sucio de sustancias. El hombre viene detrás de
él)
MUJER: ¿Qué pasó allá
arriba?
HOMBRE: Quiso
estrangularlo.
MUJER: ¿Lo ves? Te lo dije, no
era nada bueno que… (El
examinador guarda en su maletín los aparatos y el sobre) Discúlpelo. No fue su intención atacarlo. Deje
lo limpio. Son sustancias inofensivas, en verdad, yo misma las he tenido por
todo mi cuerpo. ¡No lo tome a mal! Siéntese, por favor. Nos alegra mucho que
haya venido, de verdad, nos alegra que…
(El examinador hace un gesto de desaprobación y sale)
MUJER: ¿Cómo estuvo?
HOMBRE: El
hombre se acercó con la jeringa y lo atacó. Le enredó con uno de sus miembros
y… casi lo mata.
MUJER: Dios mío. (Intercambio de miradas) Por qué me ves así. Sólo trató de defenderse.
Yo también lo hubiera hecho con… un sujeto tan repugnante como ése. Yo te
dije que no es nada bueno que recibiera ninguna influencia del exterior.
HOMBRE: No
podemos tenerlo aislado de por vida.
MUJER: ¿Y por qué no?
HOMBRE: Porque… (Exasperado) ah, olvídalo es imposible hablar contigo.
MUJER: Sí, supongo que en algún
momento habrá que dejarlo salir, pero… No me digas más, por ahora. Ya cálmate.
Mira lo que conseguí. (Le
muestra las hojas que extrajo del maletín: son hojas marcadas con signos y
manchas inciertas)
HOMBRE: ¿Lo
robaste de…?
MUJER: Lo tomé. Trata de
descifrarlo.
HOMBRE: Esto
puede meternos en fuertes problemas, ¿eres consciente de eso?
MUJER: No me importa. Trata de
descifrarlo.
HOMBRE: Pero
antes quiero dejar claro que esto que haces es…
MUJER: Está bien, ya lo dejaste
claro. Ahora trata de descifrarlo. (El
hombre toma la hoja y la observa con afectada actitud de perito) ¿Y?
HOMBRE: ¿Qué?
MUJER: ¿Qué lograste
descifrar?
HOMBRE: Mmmm…
pues, yo no soy propiamente un experto, pero… Observa.
MUJER: Sólo veo manchas.
HOMBRE: No son
sólo manchas. Observa bien. Mira esto, ¿lo sigues? Esto que parecen granos y
estas bolas… ¿No lo ves? Es Él. Esto de aquí es su… corazón. Y esto
otro… ay Dios.
MUJER: ¿Qué pasa?
HOMBRE: ¿Eh?
MUJER: Dijiste “Ay Dios”. (Pausa) ¿A qué te refieres exactamente con eso: “Ay Dios”?
HOMBRE: Si te
atrevieras a ver.
MUJER: ¿Estás insinuando que…?
Dame eso, tú no sabes interpretar manchas. Yo veo otra cosa. Mira. (Toma la hoja y voltea) Yo veo algo… a un ser extraordinario. Esto de
aquí debe ser su… corazón. Es un ser con un gran corazón. Y esta mancha…
su cerebro, sí, vuelvo a confirmarlo, podemos esperar grandes cosas. Es cierto,
parece un poco delicado y un tanto… extravagante, pero los grandes seres tienen
esas características.
HOMBRE: Lo estás
leyendo al revés.
MUJER: ¿Y tú cómo sabes que lo
estoy leyendo al revés?
HOMBRE: Algo
estudié de eso.
MUJER: ¡Ya deja de inventar
cosas! ¡Tú nunca estudiaste nada!
HOMBRE: Está
bien, interpreta lo que tú quieras. Pero… tú viste cómo lo atacó.
MUJER: Sólo se defendió.
HOMBRE: Es un
patrón de comportamiento.
MUJER: “Patrón de comportamiento” ¿Qué es eso? Otra de
tus invenciones. Lo que quieres es torturarme. Escúchame, ése no es un mal
diagnóstico. No puede serlo. Hemos dado demasiado de nosotros para… ¡me
escuchas! Si algo hay mal en esto… no podría soportarlo. Me mato, ¿me escuchas? (Silencio) ¿No oíste que me mataba?
HOMBRE: Sí.
MUJER: Y no reaccionas.
HOMBRE: Ya lo
habías prometido antes, y aquí seguimos.
(Se oyen golpes provenientes de arriba, más potentes que los anteriores)
HOMBRE: No… otra
vez, como un mismo sueño. Es una maldición. ¿Qué carajo quiere ahora?
MUJER: Ya sabes lo que quiere, y
tenemos que darle algo a cambio. ¿Queda algo en la alacena?
HOMBRE: Ya se
acabó todo.
MUJER: ¿Estás seguro? No, espera.
Recuerdo que… todavía quedaban algunos restos de carne. (Se dirige a la despensa, fuera de escena)
HOMBRE: ¡No… no!
Esa carne es mía, me lo habías prometido. He pasado prácticamente dos semanas
alimentándome de las sobras, no voy a darle mis últimos restos de carne.
MUJER: (Entrando con un trozo
de carne en una bolsa) Yo ya le
ofrecí mi trozo. ¿Dónde está la llave?
HOMBRE: ¡No voy
a dársela!
MUJER: Si pudieras escucharte,
negándote a alimentar a tu propia criatura. Él es lo más sagrado que hay de
nosotros. Esa carne es de Él. (Aumenta
la intensidad de los golpes, la mujer busca algo en su mandil, se da cuenta que
no tiene la llave) ¿Dónde
está la llave?
(Más golpes. Comienza a caer polvo del techo)
MUJER: ¡Dónde está la
llave!
HOMBRE: Pero… ¿Y
qué más?
MUJER: Lo que necesite.
HOMBRE: Está
acabando con nosotros.
MUJER: La llave, te lo suplico,
dámela. Mira el techo. Dámela… Recuerda que sólo mientras Él viva...
HOMBRE: Hazme
caso. Golpea porque quiere que lo dejemos libre. Lo mejor es dejarlo ir… y
quedarnos tú y yo, solos, con lo que nos queda.
MUJER: Tú y yo… ¿qué haríamos tú
y yo solos, sin Él? No… nunca va a llegar ese momento, es mi condena que
siempre haya alguien que necesite de mí (Los
golpes se intensifican. Cascajo comienza a caer del techo) Por favor, dámela, antes de que el techo…
vamos, de lo contrarios vas a terminar matándome a mí también. No soporto esto.
Dame la llave.
HOMBRE: Sólo di
que esos restos de carne eran míos, sólo dilo.
MUJER: ¿Qué?
HOMBRE: ¡Sólo di
que eran míos!
MUJER: Son de Él.
HOMBRE: Pero di
que eran míos.
MUJER: Eran tuyos.
HOMBRE: Aquí
está. (Le da la llave. La mujer sube arreglándoselas
con la muleta y la bolsa, pero a mitad de la escalera se detiene. Regresa y le
da la llave y el trozo de carne al hombre)
MUJER: Es mejor que tú se la
ofrezcas. Nuestra última provisión. Apúrate, antes de que continúe, necesita
comer.
(El hombre duda, pero termina por tomar el alimento. Lo ve con
nostalgia. Como quien va a ofrendar alimento a un ídolo, sube con un caminar
que tiene algo de resignación. La mujer se postra ante las escaleras y reza.
Los golpes provenientes de arriba aumentan. Parte del techo comienza a
desmoronarse)
(Oscuro)
(Penumbra. Escombros. Sonido de respiración proveniente de arriba.
El hombre está tirado en el sofá, su cuerpo lleno de sustancias y polvo.
Ve la televisión de donde emana una luz intensa. Tiene los
ojos abiertos aunque tal vez está dormido. Sonido de respiración
fatigada proveniente de arriba. La mujer sigue rezando con vehemencia ante las
escaleras que dan al cuarto de la criatura. Hay algo extraño en ella que no
debe ser completamente advertido por el público a primera vista: le falta un
brazo)
MUJER: (En un tono parecido al
rezo, de éxtasis) Hay
cuerpos débiles que le tienen miedo al dolor. Yo no. Mi cuerpo está hecho para
resistirlo. Sus puertas están abiertas a él como al más leal de sus huéspedes.
Aún puedo aguantar más. Mucho más. No me importa que el horizonte esté todavía
lejos, porque al final… el dolor se volverá mi gran compañero. Cuando haya
llegado al límite, cuando no quede más de mí, entonces tú y yo seremos
otra vez una misma carne. Sentiré tu corazón latir en mi pecho y el aire que
respiro entrará en tu cuerpo, enterraré mi vida en tus entrañas así
como tu vida salió de las mías… hasta ser otra vez uno mismo… tú y yo… por
siempre… Ahora mismo… ya puedo sentir, algo de mí… siendo digerido en tu ser y… (Se escucha una especie de hipo provenir de
arriba) ¿Qué pasa? ¿Todavía no es
suficiente? ¿Qué más puedo ofrecerte? Dime… qué más. Todavía no he llegado al
límite… no… puedo resistir más… mucho más…
HOMBRE: ¡Yaaaaa!
¡Yaaaa! Has estado en todo mi sueño como una maldita mosca… ¡Yaaaaa!
MUJER: ¡Cállate! ¿No me ves?, ¿no
ves hasta dónde ha llegado mi amor?
HOMBRE: Nadie te
pidió que lo hicieras, mujer… tú quisiste.
MUJER: Fue un accidente.
HOMBRE: No es
cierto, mujer. Tú se lo ofreciste, lo sé.
MUJER: Perdón. No tuve otra
alternativa. Tuve que hacerlo. Él mismo me lo pidió.
HOMBRE: No era
necesario llegar a ese extremo. Mira la ruina en la que se ha convertido esto.
Y mira la ruina en que te has convertido tú.
MUJER: Si hubiera habido algo en
la alacena…
HOMBRE: No
trates de culparme. Llegaste a esto sólo porque tú lo quisiste así.
MUJER: Deberías callarte y
compadecerme.
HOMBRE: Me das
pena.
MUJER: Entre más sea el
sacrificio mayor será la recompensa. ¿Y quieres saber algo? Todavía aumente mi
fe en Él, sí, todavía puedo ofrecerle más, y si tú ya llegaste al límite… (Se dirige hacia la cocina por el hacha en
actitud de éxtasis. Se vuelve a hincar ante las escaleras)
HOMBRE: ¿Qué vas
a hacer con eso?
MUJER: No te acerques. ¿Querías
ver hasta dónde puede llegar mi amor?
HOMBRE: Nadie te
está pidiendo eso. Deja eso en paz.
MUJER: No te acerques… (Lo amenaza con el hacha) Necesito seguir alimentándolo.
HOMBRE: ¡Si está
a punto de reventar!
MUJER: ¡Hazte a un lado! Que el
mundo sepa hasta dónde pude llegar por amor… (Prepara una pierna)
HOMBRE: Estás
loca, mujer.
MUJER: Está bien, si llamas al
amor locura… sí, estoy loca.
(Oscuro. Gritos, llantos, sonido de respiración cada vez más intenso.
Silencio)
"LA CRIANZA COMO PARÁSITO: DONDE EL AMOR SE MIDE POR EL PESO DE LA
CARNE QUE SE OFRENDA AL ALTAR."
(Luz. El hombre y la mujer duermen. La mujer está echada ante las
escaleras, torcida en su propio cuerpo, como si se hubiera quedado dormida
mientras rezaba. Ahora le falta también una pierna. Su muñón de brazo y de
pierna están enyesados, y a su lado tiene una muleta. Se escucha el timbre una
vez. Silencio. El hombre y la mujer no despiertan. Se escucha el timbre más
insistentemente. Silencio. Se escuchan sonidos en la puerta, como si alguien
tratara de forzarla, y luego un portazo. El examinador irrumpe en la
escena, saca unas hojas de su portafolio y comienza a leer, con voz lacerante,
como un despertador)
EXAMINADOR: (Comienza
a leer, abruptamente) Los
datos arrojados por los estudios han mostrado trastornos metabólicos de nivel
grave pero mucho muy grave. Pudo advertirse una hipersecreción en las glándulas
de funciones primarias, acompañado de una hiposecreción de las
glándulas no primarias, trayendo como consecuencia una descompensación entre
glándulas primarias y no primarias provocando daños irreversibles en el
organismo de la criatura y ocasionando reacciones tales como incremento
vertiginoso en el peso, tamaño y consistencia de sus órganos, exceso de
secreciones sebáceas, sobrepoblación de sustancias sudorosos y pavorosas
en el organismo, irrigación anormal de sustancias mucosas, sudoración
incontenida, pigmentación anormal de folículos, párpados convulsos y se
advirtió una gelatina blanca no clasificada que rezuma de las honduras no
identificadas de su ser. Asimismo se detectó la aparición de nódulos
tiroideos sembrados en distintos puntos de su cuerpo, algunos tegumentos con
formaciones granulares, ventosas y glándulas cefálicas dispersas a lo largo de
su organismo. Uno de los estudios indicó características hematófagas y acusada
incapacidad funcional con síntomas catatónicos, letargia, aumento de peso, así
como una acentuada incapacidad para adaptarse en el ambiente y características
nocivas para su entorno tales como agresividad incontenida,
coprolalia, flatulencias ininterrumpidas, y en la aplicación de una de las
pruebas casi estrangula al examinador.
HOMBRE: (Que
mientras tanto ha despertado) Usted…
¿Cómo logró entrar? (Se
levanta. Sale de escena. Se escucha que algo hace con la puerta. Regresa) Esa manera suya de entrar fue un poco
inadecuada, ¿no le parece? No se puede invadir el sueño
de alguien así como así… (Silencio.
El examinador sigue sumergido en su maletín sin hacer caso del hombre) Todas esas cosas que estaba mencionando… es Él,
¿verdad? (Pausa) Sí… lo sabía, es un ser dañado,
irremediablemente. (Pausa) Mire cómo ha dejado a mi mujer, ya casi no
queda nada de ella. ¡Y pronto va a comenzar conmigo! (Espera una reacción del “especialista”,
pero ésta no llega) ¿Qué ha
pensado de lo que le propuse? Vamos, tiene que ayudarme, yo…
MUJER: (Despertando con
trabajo) Bienaventurados aquellos
que esperan el reino de los cielos con hambre y dolor, porque sólo ellos serán
recompensados. (Se persigna) ¿Qué sucede?
HOMBRE: Está
aquí… de nuevo. Vino a dar los resultados de los estudios.
MUJER: Qué raro, justamente
estaba soñando que… ¿Ya lo invitaste a tomar asiento?
HOMBRE: Sí.
MUJER: ¿And qué tanto dijo?
HOMBRE: Ahhhh,
cómo me hubiera gustado que lo oyeras.
MUJER: Estoy
segura que no fue nada grave. (Trata
de caminar, o más bien arrastrarse hacia el “examinador” pero su falta de
fuerzas no se lo permite) Usted,
que tanto le gusta estar parado. Me dice mi marido que ha venido a dar los
resultados. Mi imagino que no hay nada de qué preocuparse. Mi criatura crece
cada vez más, sé que pronto cosecharemos grandes satisfacciones y…
HOMBRE: (Pretendiendo
que la mujer no lo oye) Delira.
Usted mismo lo dijo, está dañado, irremediablemente. Vamos, deshágase de Él,
antes de que comience a devorarme a mí, por favor… ahora mismo suba por Él
y…
MUJER: ¿Qué tanto le está
diciendo? Mi criatura no va a irse a ningún lado. No por ahora. Yo le tengo una
mejor propuesta: mejor llévese a mi marido. Ha dejado de cumplir con su
única función. ¿Ya le he dicho en lo que le gusta gastarse el dinero? Sí, es verdad
que ha habido algunos costos, sí. No sólo ha sido mi pierna y mi brazo, también
mi vista. Estoy casi ciega. Pero fuera de eso, las cosas han ido
estupendamente. En estos días he aprendido que las cosas más valiosas de
la vida son las que más cuestan. Y yo estoy dispuesta a pagarlo todo. La otra
vez, debo confesárselo, pudimos ver uno de sus estudios y lo que ahí vimos
confirma...
EXAMINADOR: (Retoma
la lectura abruptamente) Es
probable que en los días subsiguientes se presenten los siguientes síntomas:
aumento en las palpitaciones, sensación de ahogo o de atragantarse acompañado
de incontinencia alimenticia, inestabilidad en el sistema
linfático, toritoxicosis, aliento agrio, tiroditis subaguda,
inestabilidad linfática, disminución acusada del interés, insomnio o en su
defecto hipersomnia, agitación o enlentecimiento psicomotores, fatiga o pérdida
de energía, así como diversas averías gastrointestinales: hiperfagia,
calambres intestinales y aumento desmesurado del apetito.
HOMBRE: ¡Es eso
lo que querías oír! Está completamente dañado. ¿Y oíste? Le va a aumentar
el apetito, así que prepárate, mujer.
MUJER: Ya te había dicho que no
ha comido lo suficiente.
HOMBRE: ¡Que no
ha comido lo…! ¡Con todo lo que le hemos dado ya hubiéramos acabado con toda la
hambruna de…!
MUJER: No exageres. (Al examinador) Eso último que dijo, no es nada grave,
¿verdad?
EXAMINADOR: ¿La hiperfagia?
MUJER: No, no, me refiero a… todo
eso que estuvo leyendo, supongo que no es nada de qué debamos
preocuparnos.
HOMBRE: No, cómo
crees, nada de qué preocuparnos, allá arriba duerme tu angelito, mujer.
MUJER: Ya cálmate. Yo creo… haber
oído, que algunos de esos síntomas que mencionó son característicos de seres…
evolucionados, y yo estoy segura que…
EXAMINADOR: (Casi
murmurado y no del todo perceptible) Necesito
retirar a… la criatura.
MUJER: ¿Qué? ¿qué dijo?, ¿acaso
me dijo que…? No, escúcheme, usted no vuelve a entrar ahí, Él me pertenece, ¿me
entiende?
HOMBRE: Cálmate,
mujer. No termino de hablar. (Al
examinador, que guarda sus documentos) Sí, nos
estaba diciendo... (Silencio) Ahhh… ¿eso es todo lo que tenía que decir? Que
va a… ¡llevársela! Qué pena me da oír eso. Supongo que tendrá que llevársela
lejos, muy lejos, fuera de todo ojo humano, ¿verdad? Qué lástima. Sígame, lo
conduzco a Él.
MUJER: No, espérese. Yo le tengo
una mejor propuesta, mejor llévese a mi marido, ha dejado de cumplir con su
única labor, ¿ya le he dicho en lo que le gusta gastarse el dinero de la
criatura? Sí, mejor lléveselo… (El
examinador, abruptamente, se dirige hacia la salida) ¿Qué pasa? ¿Se va a ir así, sin dar una
explicación?
HOMBRE: ¿No se
lo iba a llevar ahora? No se vaya, retírelo de aquí de una vez, ahora
misma…
MUJER: Sí, lárguese. No lo
queremos volver a ver. Mi criatura es un ser extraordinario, usted no va a
decirme que…
(El examinador sale)
HOMBRE: Tenía la
ilusión de que se lo llevaran ahorita.
MUJER: ¿Tú fuiste el
traidor, verdad?
HOMBRE: ¿Ehhh?
MUJER: Sí, tú… se lo vendiste, lo
sé.
HOMBRE: ¿De qué
hablas mujer? Ya deja de alucinar.
MUJER: Escúchame. Si ese hombre
intenta algo… tendrán que llevarme a mí con Él, porque Él y yo somos una misma
carne.
HOMBRE: Ya
cálmate, mujer. Trata de pensar un poco las cosas. Deja que se lo lleven, no
puede estar más aquí, ya hemos dado todo lo humanamente posible, no podemos
más.
MUJER: ¿Qué quiere hacer con
Él?
HOMBRE: No lo
sé. Piensa que… tal vez se lo lleven a estudiar a una Universidad de prestigio
o… a un museo de ciencias naturales o… al de lo nunca antes visto,
¿te imaginas? Ahí sería un gran éxito. Habría filas y filas para verlo, sólo a
Él. Y tú podrás sentirte orgullosa, ¿no es lo que siempre has querido?
MUJER: No lo sé.
HOMBRE: Tú misma
me lo has dicho varias veces. Es tu mayor anhelo en este vida.
MUJER: Él me necesita a mí.
HOMBRE: Déjalo
ir, mujer. Entiende. Tenerlo aquí encerrado va a ser nuestra destrucción.
MUJER: No me importa.
HOMBRE: Y no
sólo la nuestra, también la de Él. Él mismo quiere irse de aquí. Escúchalo.
Ahora mismo… ríe, está feliz, porque por fin va a salir de esas paredes. Va a
conocer otros mundos.
MUJER: No, ahí te equivocas. No
ríe. Chilla. Escucha bien. Sí, está chillando porque lo van a arrancar de mí.
¿Para qué quiere conocer otros mundos? Allá afuera sólo va a encontrar
sufrimiento. Su mundo soy yo.
HOMBRE: Alucinas,
mujer. Pero ya despertarás. Vamos, trata de razonar un poco. (El hombre besa a la mujer, que está como
pasmada, y luego se sienta el sillón a ver la tele) Yo te entiendo, parece doloroso, que todo por
lo que uno ha trabajado de pronto… pero es un alivio, en realidad. Es lo mejor
que puede pasar, que desaparezca de nuestras vidas, sin esperar nada de Él. La
esperanza también puede volverse en una gran carga. Estaremos libres de ella,
al fin. A partir de ahora vamos a poder descansar, tú y yo, solos, sin esperar
nada de nadie. Sólo descansar. Ahora, finalmente… ¿qué haces con el
hacha?
MUJER: Ya llegó su hora de comer.
Puedo sentir su hambre en mi propio vientre.
HOMBRE: Pero…
¿Piensas seguir…? ¿Para qué? No tiene caso.
MUJER: No voy a renunciar ahora.
Vamos, ten fe, ella te dará el valor. Dame tu brazo.
HOMBRE: No… Ya
te dije que no quiero tener fe en nada, lo único que quiero es descansar un
poco… a tu lado. Tú y yo, solos, como en un inicio.
MUJER: El único inicio que hubo
entre tú y yo fue el día en que me fecundaste. No descansaremos en tanto no
veamos todos los frutos de nuestro dolor.
HOMBRE: ¡Nunca
van a llegar, trata de entenderlo, por favor! Entre más damos más nos hundimos.
Mírate. Pronto ya no quedará nada de ti. A lo mejor si lo hubiéramos dejado ir
hace tiempo… por favor, hazme caso por esta única vez: tú oíste lo que ese
hombre dijo, es un ser dañino.
MUJER: No me importa qué tan
dañino pueda ser, yo lo amo. Tu brazo.
HOMBRE: No voy a
darle mi vida.
MUJER: Ya se la diste.
HOMBRE: No voy a
darle mi muerte entonces… ésa es mía.
MUJER: Exageres, se puede vivir
bien sin brazos. Mírame a mí.
HOMBRE: Pero…
¿por qué yo?
MUJER: Necesito al menos un brazo
para seguir alimentándolo.
HOMBRE: Podríamos
intentar con alguien más.
MUJER: Ya lo hemos hecho, y Él
sólo acepta nuestra carne. Prometo que después de esto podrás quedarte
frente a la televisión el tiempo que desees. Nadie va a perturbarte.
El sueño y la televisión serán por fin tuyos.
HOMBRE: Pero…
MUJER: ¿Me amas?
(Breve silencio)
HOMBRE: Sí.
MUJER: Entonces velo así: de esa
manera tú y yo estaremos más unidos, nuestro matrimonio será más sagrado. No
tengas miedo. Es el último sacrificio, lo sé.
HOMBRE: Ya…. No
creo en Él, no… ese fue nuestro gran error, creer en Él de esa manera, creer
que iba a salvarnos de…
MUJER: No hay que perder la
fe. Piensa que sólo cuando se lo hayamos dado todo podremos
descansar. Podrás ver la televisión el tiempo que quieras. Yo cuidaré de
ti… también. Serás mi otra criatura. Vamos, se un buen padre y
toma el hacha, tendrás que hacerlo tu mismo, hazlo y verás como al
final nuestro dolor será pagado con creces. (Como si estuviera poseída por una súbita fuerza, se acerca y le da el
hacha al hombre, quien termina por aceptar también como si algo, una fuerza
superior a él, lo hubiera poseído)
HOMBRE: ¡No… no…
no…!
(Oscuro. Sonidos agitados de respiración. Gritos. Chillidos)
(Luz. El hombre no tiene brazos ni piernas. Habla entre el sueño y la
vigilia. La mujer duerme atrás)
HOMBRE: Lo
hiciste, mujer. Se lo hemos dado… todo. ¿Te acuerdas… aquella tarde… cuando… me
arrastré… como un perro… una vez más? De dónde… ese deseo… por ti… por tu
cuerpo…. A veces pienso que… fueron ellos los que nos eligieron mujer,
nuestras criaturas, a ti y a mi… desde antes… mucho antes… ellas nos
fecundaron… sí… Él… nos observaba… desde algún lugar… y esperó… el momento… sí,
sabía que… sólo a través de un amor tan monstruoso como… el mío… iba a poder
llegar a este mundo… sí, Él me arrastró… esa tarde… hacia ti… y por fin…
accediste… sin saber… me abriste tus puertas… otra vez… y entré yo… entró… Él…
Pero no me arrepiento. La recompensa ha llegado. Al fin. Ahora, sin nada, es
cuando más tengo. Te tengo a ti. No podrás dejarme, por fin seré completamente
tuyo y tú… podrás cuidarme, como a un niño… al fin.
(Oscuro)
"EL ETERNO RETORNO DEL HORROR: EL ÚLTIMO SUSPIRO DE UNA TRAGEDIA ES
SIEMPRE EL PRIMER LATIDO DE LA SIGUIENTE."
(Luz: el tronco del hombre se encuentra ante la televisión que ahora
emite una monótona luz rojiza. La mujer no está presente. Se oyen golpes
en la puerta. El hombre no reacciona, sigue viendo la pantalla de la
televisión. De pronto se escuchan ruidos y chillidos ahogados provenientes de
arriba. Sonido de la reja. La mujer sale del cuarto con una cubeta llena de
jeringas)
MUJER: No está reaccionando. Se
retuerce y no deja de chillar.
HOMBRE: ¿Qué
tanta mierda le has estado inyectando?
MUJER: Lo necesario. Era tu carne
la que estaba mala.
HOMBRE: ¡Mi
carne! Haaa. Es toda esa mierda que le has metido. ¿Dónde la
conseguiste?
MUJER: Las robé. Me hice pasar
por una paciente, ¡cómo si fueran a hacerme crecer los miembros y…! Para
qué veas hasta dónde puede llegar el amor de una madre por su cría.
HOMBRE: Fue
demasiado, ¿al menos te fijaste en la dosis que tenías que darle?
MUJER: Sus males en varios, y
yo…
HOMBRE: Fue lo
mismo con la otra.
MUJER: Tenía que hacer algo. Se
sentía mal.
HOMBRE: Tú lo
pusiste así. Óyelo, cómo voy a ver la televisión con esos malditos chillidos.
Fue demasiado.
MUJER: Mi deber es protegerlo. Lo
hice por amor.
HOMBRE: Tu amor
es un veneno. Óyelo, no deja de chillar. No oigo la televisión. Me lo habías
prometido, que iba a poder verla, en paz, hasta que un día
simplemente desapareciera de este mundo. ¡And no puedo!
MUJER: Te juro que… yo… creí que
así iba a terminar con… sus males, yo, sólo quería lo mejor, yo... (Se oyen sonidos en la puerta, como si alguien
afuera tratara de forzarla) ¿Sigue
ahí afuera?
HOMBRE: Está
tratando de tirar la puerta.
MUJER: Maldita sanguijuela. Que
lo intente. La reforcé bastante bien. (Asomándose
afuera por la mirilla de la puerta) ¿Por qué
todo eso? ¡Un tráiler! ¿por qué ese hombre tiene que meterse en mi mundo… entre
Él y yo?, ¿qué intenta?
HOMBRE: Qué más
da, con tal de que se deshagan de Él.
MUJER: Cállate. Si no soy yo
nadie lo podrá tener. Antes de dárselo yo preferiría…
HOMBRE: Está
bien. Que termine de devorarnos hasta que reviente.
MUJER: Trata de entenderme, por
favor. No puedo dejarlo ir, yo lo amo, en Él están todas mis esperanzas. ¿Por
qué te ríes?
HOMBRE: Porque
tú misma lo estás matando con toda esa mierda.
MUJER: No digas eso. Ya te dije
que mi única intención es curarlo. Yo lo hago por amor… yo… maldita sea, ¿por
qué? Yo sólo he querido ser una buena madre, ¿tendré que pagar hasta el final
por eso?, ¿mi amor es un pecado? Es un castigo, todo esto, una maldición… por
qué…
HOMBRE: Ya deja
de lamentarte, mujer. Mira cómo quedé yo. Y lo hice todo por ti. Llegué al
final por ti, porque tú me lo pediste. Veme.
MUJER: (Lo ve. Se calma y
hay cierta compasión en su mirada) Él te lo
va a agradecer. En algún momento.
HOMBRE: Mmmmmm.
MUJER: ¿Quieres que te cambie la
tele? (El hombre niega con la cabeza, la mujer se
acerca por atrás y lo acaricia de la cabeza) ¿Lo ves? Te dije que no iba a estar tan mal. Puedo traerte una de tus
revistas. Puedes leerla mientras yo te estimulo. Ya sabes que sólo tienes que
hacerme una señal cuando… hayas terminado, y yo cambio la página. (El hombre niega con la cabeza) Está bien. (La
mujer se acerca y lo besa en el cuero cabelludo) No pierdas la fe en Él. Ahora es cuando más la
necesitamos.
(Se oyen sonidos en la puerta)
MUJER: ¡No entienden que no se
los voy a dar! ¡Sanguijuelas!
(Silencio. La mujer se postra con trabajo frente a las escaleras,
hincada sobra su única rodilla, y empieza a rezar. Continúan los sonidos en la
puerta)
MUJER: (Le habla a la
criatura) Mira cómo nos has dejado a
tu padre, y a mí. No dejes que todo mi amor se pudra dentro de mí, no me dejes
ahogándome en mi fe. Aún podemos darte más. Sólo hazme saber que… no todo ha
sido en balde, que en algún momento cosecharé los frutos de todas mis esperanzas,
y que seré dichosa… por siempre… a tu lado. Vamos, responde. Aún podemos darte
más si lo necesitas… aún podemos… (Ve
al hombre y ve al hacha. El hombre se da cuenta)
HOMBRE: ¡Qué!
¿Estás pensando en…? No, mujer, no. Cualquier otro órgano me costaría…
MUJER: Qué cobarde eres.
HOMBRE: Pero… no
entiendo… es… (Intercambian miradas) Está bien, si eso es lo que deseas, hazlo, pero
tú tendrás que subirme.
MUJER: No será tan doloroso,
créeme.
HOMBRE: Sólo…
prométeme que lo harás suave.
MUJER: Lo prometo.
HOMBRE: No…
suave no. De tajo, es mejor, sin que ni siquiera me haya dado cuenta cuando…
prométeme que lo harás así.
MUJER: ¿Cómo?
HOMBRE: De tajo,
sin que me dé cuenta.
MUJER: Lo prometo.
(Silencio. La mujer se dirige a tomar el hacha, pero de pronto un
extraño silbido proviene de arriba, acompañado de golpes de menor
intensidad provenientes, que emiten sonidos secos)
HOMBRE: ¿Qué
hace ahora?
MUJER: Tiene dolor. Es su manera
de chillar.
(El chillido acrecienta. Se oye una especie de explosión. De arriba
proviene una respiración agónica y varias sustancias de distinta coloración
resbalan por las escaleras)
HOMBRE: ¿And
ahora?
MUJER: No lo sé. (Sube a verlo. Los golpes de la puerta
continúan. El hombre regresa su mirada a la televisión, sin preocuparse
realmente por lo que sucede arriba. Se oye el llanto de la mujer. Más
golpes en la puerta de entrada. La mujer vuelve a entrar en escena) Ahhhh… si pudieras ver… lo que está
haciendo. Su manera de retorcerse, y sus miembros, algo sale de… Tú lo
planeaste todo, lo sé.
(El hombre sigue con los ojos en la televisión, tratando de oír los
sonidos inciertos que emite)
HOMBRE: Yo te lo
dije, era obvio que con todas esa porquerías que le has estado
metiendo. Cuándo puta madre va a haber algo de silencio en esta
maldita casa, cuándo voy a poder ver en paz lo que me interesa.
MUJER: ¡Entre más doy mayor es mi
castigo! Disfrutas viéndome sufrir, desde el principio ese fue tu gran placer.
Estoy hastiada de todo esto. ¿Por qué? ¡Por qué! (Pausa) Mi único
pecado ha sido entregarlo todo. Un costal de maldiciones, eso es lo que es mi
vientre. Y esta es una gran herida, pero tú entraste en ella. Maldito el
día en que entró tu semilla, malditas las promesas, maldito el día en que
saliste de mi cuerpo, malditas la fe en ti, maldita la hora de…
HOMBRE: No
empieces, mujer, por favor. Deja de alucinar y ven.
MUJER: Déjame, déjenme, no me
torturen. Los odio, a los dos. ¿Así es como se paga el amor sin límites?
Todo lo he dado. Todo… ¿y así responden?
HOMBRE: Tuvimos
que haber renunciado a Él hace mucho. (Los
sonidos de la puerta aumentan) Ya está
a punto de entrar. Deja que se lleve sus restos y siéntate aquí a mi lado a ver
la televisión, por favor.
MUJER: Si no soy yo nadie lo va a
tener.
HOMBRE: Ya por
favor. Ven. Termina con esto de una vez.
MUJER: (Después de una breve
pausa) Está bien, voy a terminar
de una vez.
HOMBRE: ¿Qué?
MUJER: Terminar con mi fe, con
todas mis esperanzas. No más.
HOMBRE: Tuvimos
que haberlo hecho desde hace mucho.
MUJER: Muy bien. (La mujer toma el hacha)
HOMBRE: ¿Ahora
qué vas a hacer, mujer? ¡No! Ya te dije que cualquier otro órgano… No tengo más
que darle… espérate. (La
mujer camina hacia el hombre) Espérate,
por favor, no…
(La mujer se detiene ante el hombre. El examinador está a punto de
entrar. La mujer ve hacia la puerta, luego, repentinamente, se da la
vuelta y se dirige hacia el cuarto de la criatura. Sube con mucho trabajo, pero
con rigor. Entra en el cuarto de la criatura. Poco después comienzan a
escucharse fuertes chillidos. Poco a poco el público se da cuenta que ha
comenzado a descuartizar a la criatura)
MUJER: ¡Sólo así vas a responder!
¡Dime! ¿A esto querías que llegara? Respóndeme… ¿era esto lo que buscabas?
Traidor… teníamos toda la fe puesta en ti… y todo nos lo quitaste… todo… Mira
lo que hiciste conmigo… y a tu padre, velo, cómo lo dejaste… por qué… qué más
querías… Que más querías… ¿esto?, ¿a esto sí reaccionas? Tú me hiciste llegar
aquí… ¿qué pasa? Responde… ¡Responde! ¡Por favor! Sé que todavía podemos…
por favor, responde, reacciona.
(Un último chillido y silencio. La mujer llora, y sale con el hacha
llena de sangre y todo tipo de sustancias. Baja las escaleras)
HOMBRE: ¿Ya
estás satisfecha? Volviste a hacerlo... lo sabía. Todo nuestro esfuerzo y todo
el sacrificio, tú misma te has encargado de enterrarlo, otra vez.
(La mujer, exhausta, se sienta junto al hombre. Golpes en la puerta.
Silencio)
MUJER: (La mujer tiene la
mirada extraviada. Al cabo de un rato) El
siguiente será el que podrá salvarnos.
HOMBRE: ¿El
siguiente? Pero…
MUJER: Sí, habrá un siguiente. Lo
principal en ti todavía no se ha perdido. Podemos encontrar la forma… el
siguiente, casi puedo sentirlo crecer ya en mí… Él será nuestra salvación,
¿entiendes? Sí, lo sé… y prometo cumplir otra vez con mi deber… mi deber de
madre.
(El hombre y la mujer se observan. En sus miradas se vislumbra el deseo
de abrazarse pero lo falta de brazos lo impide. Con dificultades se
acercan el uno al otro. Se oye que fuerzan la puerta. El examinador al fin
logra entrar. El hombre y la mujer no parecen advertir su presencia. El
examinador permanece parado detrás de ellos unos instantes, observando a la
pareja preparándose con dificultades para el acto copulatorio como
quien observa a una rara especie disponiéndose a la cópula)
(Oscuro)
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