16/5/19

VÍA LÁTEX BENJAMIN GAVARRE

VÍA  látex, de Benjamín Gavarre


® contacto: gavarreunam@gmail.com

1
Salón
Anfitrión.­―Estamos de manteles largos y alfombras y alfombras y plantas trepadoras.
El Ángel.― ¿Carnívoras?
Anfitrión.―Salud, querido. ¿Quieres por favor ponerte pantalones?
El Ángel.―¡Qué! ¿Solamente hay papas fritas? ¿Y para qué manteles largos?
Anfitrión.―La comida viene en camino. Afrodisiaca y también, ¿por qué no?... ¡Nutritiva!
El Ángel.― Gracias al cielo, ¡porque me cargo una diarrea!
Ninfa monstruosa.― ¿La llevas tú solo, encanto?
El Ángel.― Por la vida, te aseguro. Y no es cosa de broma. ¡Me embarga desde hace tiempo una tristeza!... Ando siempre caminando por Reforma, para atrás, para adelante, para atrás...
Ninfa perdida.― Alma de sirena, boca de lobo y algunas piedras en su colorado esfínter. ¡Ay si yo pudiera entrar en la cavidad más roja de su corazón de tres colas!
Ninfa monstruosa (Burlona).― ¡Ay y si del fondo surgiera el pulpo tenaz, el que vertía su tinta en el arroz amarillento del Café de chinos Wun Li Go!
Anfitrión.― (A las ninfas) Es un gusto que disfruten la fiesta. Pronto llegarán más invitados, vayan a lavarse y enjabonarse. (Las Ninfas salen de escena. Suena una aguda campana) Lo sabía. (Entran el Novio y La Novia) Pasen, pasen y coloquen su existencia peculiar en el ataúd que está en fondo del pasillo. Un comelotodo está vomitando en la taza del tocador, no hagan caso. Está furioso porque no llega la comida. Voy a apresurar el trámite. (Se coloca en el centro del escenario y ceremonioso, habla por un teléfono celular) Si el orden de los factores no causa que un mastín descabellado nos arranque alguna glándula vital, comienza aquí y sigue por varios lados esta orgía en látex que espera ser satisfecha por la lengua del que desea al menos un margarita con la sal bien fría, muy necesaria para desplegar las piernas e internarse o ser internado y que la enfermera practicante le coloque un frío pato donde orinar a gusto.

En un breve espectáculo de luz blanca El Anfitrión desaparece por el foso.

2
La Novia.― ¡Qué hermosos manteles!
El Novio.― ¡De Museo!
La Novia.― ¿Y el joven Ángel? ¡Qué hermosura!
El Novio.― Es un tallo verde, sus alas de caracol translucido no son frágiles.
La Novia.― ¡Que baile!, ¡que cante!, ¡que se encuere!
El Novio.― ¡Mesura, aquí estoy yo!
El Ángel.― (Falso) Alas soy, etéreo. Busco la inocencia en una rama de sauce, en una gota de loción adolescente, en un vello de doce minutos.
El Novio.― Es un tallo y diré más: es cursi. Y sus alas son de carne y hueso.
La Novia.― Es... mío.
El Novio.― ¡No!
La Novia.― ¿No lo es?

El Ángel se eleva. La deslumbrada Novia sube a buscarlo por una escalera de caracol.

3
Poco después, un batiscafo desciende del telar. En el lugar donde estaría una ventanilla, vemos una pantalla de video en la que vemos al Almirante y El Marinero que se asoman.

El Marinero.― Almirante, nos hemos sumergido mil doscientos metros a latitudes donde viven peces con luz propia.
Almirante.― Abismales, marinero.
El Marinero.― ¡Yes, sir!
Almirante.― ¿Dónde estará la sirena?
El Marinero.― ¿Doy la alarma?
Almirante.― ¡Dala!
El Marinero.― ¡Yes sir, auxilio! Esta es tercera llamada, tercera, tercera, tercera... ¡Auxilio! Esta es la tercera vez que pido auxilio: ¡Nos vamos a ahogar!
Almirante.― Es la hora del mismísimo ajuste de cuentas.

El batíscafo desaparece por el telar.

4
El Novio.― Aquí todo es más fácil. Uno se recuesta entre cojines y bufandas y juega a ser ahorcado por otro, ahorca a otros, mira cómo ahorcan a otros y también mira cómo alguien muerde la rodilla del Almirante sin que éste se preocupe pues piensa en contratar otro marinero pues el que está a su cargo es sumamente paranoico. Mi novia se ha ido tras el Ángel. La voy a ahorcar cuando la alcance.

Sube por la escalera

5
Entran las Ninfas en un carrito. Se limpian y adornan. Se odian, por supuesto.

La Ninfa perdida.― (A la Ninfa monstruosa) ¿Te enjabono la cabeza, querida?
La Ninfa monstruosa.― No, querida. Ah, y no finjas, sé que quieres quitarme el puesto, pero yo soy sin duda más audaz, más sensual y me llevo los aplausos porque mis senos son como dos grandes metáforas y tú eres plana y dientona.
La Ninfa perdida.― No deberías fumar tanto, te agria el carácter.
La Ninfa monstruosa.― Tú sólo quieres competir conmigo y hasta la basura es bella si se piensa en ti.
La Ninfa perdida.― ¡Al demonio! Tú te sientes la Diosa Tierra, la Madre que nos parió, Nefertiti cortándose las uñas. Pero yo soy mejor que tú.
La Ninfa monstruosa.― No voy a concursar contigo. Anda, alcanza la lima de uñas y comienza con la más pequeña del pie izquierdo; cuidado y me haces sangrar.
La Ninfa perdida.― ¡Pero qué clase de fealdad tienen tus pies!
La Ninfa monstruosa.― ¿Tú crees?
La Ninfa perdida.― En mi vida vi más horrorosos.
La Ninfa monstruosa.― Déjame. Yo me limo sola. Es un trabajo vulgar y por eso pensé que serías la indicada.
La Ninfa perdida.― ¡Y tus orejas!, no me había dado cuenta. Estabas enterada de lo singular de tus orejas.
La Ninfa monstruosa.― Mira, estúpida. Por que no pones música y te vas a bailar a la cocina. ¡Especie de mucama!
La Ninfa perdida.― ¿Quieres que te prepare algo?
La Ninfa monstruosa.― Tu tumba, si puedes, pero antes un gin and tonic, sequísimo si puedes.
La Ninfa perdida.― No tardo.

El Ángel baja del telar.

6
La Ninfa monstruosa.― ¡Quién llega! Eres un ángel de tamaño salón renacentista. Límame las uñas. No te propases.
El Ángel.― Un negro intentó, lo intentó, quiso arrancarme las alas porque le estorbaban... El quería...
La Ninfa monstruosa.― ¿Propasarse? ¿Lo logró?
El Ángel.― No. Un rayo salió desde el Olimpo en forma de guerrero.
La Ninfa monstruosa.― ¿Y lo mató?
El Ángel.― No, pero los dos se disputaron el dudoso honor de arrancarme las alas.
La Ninfa monstruosa.― Vaya, vaya. A mí también me gustaría.

Entra la Ninfa perdida. Desaparece el carrito.

La Ninfa perdida.― ¡Qué diversión tan sana! (Al Ángel) ¿Te puedo yo quitar las alas? Puedo bailarte un jazz volcánico.
La Ninfa monstruosa.― ¡Atrás! Te enseñaré lo que es volcánico.
La Ninfa perdida.― (baila) Soy de bronce, soy lujuria, soy del bronce con que hicieron a la Diana cazadora: ¡Me muevo!, ¡me muevo!
La Ninfa monstruosa.― Lárgate, seré la predilecta.
La Ninfa perdida.― Cómo no, señora, pero antes dejemos que el Ángel decida a quién prefiere.
El Ángel.― En mi muy, muy luenga vida había mirado yo mujeres tan cautivadoras, ¿quién quiere probarme?
La Ninfa monstruosa.― Yo, pero antes por favor te pones pantalones.
La Ninfa perdida.― Para mí así está muy bien, lo juro.
La Ninfa monstruosa.― (Trata de tocar el cuerpo del Ángel, pero éste se resiste y se cuida de que no le levante la túnica) Serás mío, pero antes debes vestirte, ya dije, con pantalones, no me gustaría hacerlo sin ser yo la que te baje el zíper.
El Ángel.― ¡Atrás! ¡Déjenme reflexionar!
La Ninfa perdida.― Es razonable.
La Ninfa monstruosa.― Esta bien, pero rapidito.
El Ángel.― Nada de eso, esto es severo. Todos mienten. Todos quieren quitarme las alas. ¡Propasarse!
La Ninfa monstruosa.― ¡Y por qué no! ¡Es preciso!
El Ángel.― Ella quiere una bragueta para descubrir lo que ya casi está mirando. Y yo...
La Ninfa perdida.― No. la cuestión es de lógica rotunda. Se trata de saber a quién prefiere el angelito, a ella... O a mí.
El Ángel.― Ya veo. Pues por qué no bailamos todos y nos preferimos unos a otros durante el tiempo en que nos prefiramos.
La Ninfa perdida.― Suena lógico.
La Ninfa monstruosa.― ¡Pues bailemos!

Los tres caen al piso se entrelazan y desaparecen

Se hace un oscuro.

8
Baja el batíscafo y vemos en un video al marinero y al Almirante. El marinero “saca”al Almirante de cuadro y vemos al Marinero con una muñeca Barbie en las manos.

El Marinero.― El Almirante rompió las reglas, descorchó la botella de vino rojo y en lugar de inaugurar el barco, vertió el contenido en su cabellera de hule blanquecino. Se escucharon los murmullos, había quien aseguraba que no era peluca, que era cierto que al Almirante le brotaba pelo acrílico, blanco brillante, como cabellera de barbie, de la cabeza. Y era porque le gustaban las muñecas, las engullía una tras otra; tras de comerse los ojos azules, desarticulaba las preciosas piernas, el torso de tortuga y luego de lamer la nariz respingadísima, llenaba su boca con la cabeza y la esplendente cabellera, diseño especial, del más fino pelo sintético que se encuentre en el mercado. El Almirante, satisfecho sonreía recostado en su hamaca preferida, pensando en su buen juicio y en la suerte que tenía por trabajar en un barco dedicado a las importaciones y exportaciones de la compañía líder en el mercado del juguete. Tal como era su gula era la indiferencia que sentía ante las tormentas estomacales que su afición le producía; sin llegar a procesar el material, las mucosas de su estómago dejaron pasar al torrente sanguíneo el plástico nylon que el Almirante trataba inútilmente de afeitarse; y su piel, decidida a permanecer presente por lo menos hasta el fin de la historia, fue formando una sección epiplástificada que dio al Almirante esa expresión dulce y manejable, causa principal de que para la desventura de las historias de barcos y almirantes temerarios, fuera conocido nuestro no muy querido héroe como el perverso que cagaba barbies.

Sube el batíscafo con todo y video.

9
Luz de hospital. Entra La Practicante empujando una camilla donde El Ángel está recostado de extraña manera, aunque plástica, eso sí.

La Practicante.―Y si te dijera que con una sola mano..
El Ángel.― ¿Quién?
La Practicante.― El cirujano, ¿quién más? Se apoya y sin jeringa, te introduce el catéter o sonda se llama la infeliz... Bueno, le dicen la malévola y dale, que el quirúrgico la embate con la inyectada fuerza de sus pupilas. ¿Qué le irá a poner?
El Ángel.― ¿Y quién es el quirúrgico?
La Practicante.― Uno que vio mucho y casi se le salta un ojo. Andaba preocupado por las estadísticas.
El Ángel.― ¿Y usted lo conoce de antes?
La Practicante.― Se ha embotellado a varios. Sobre todo a uno que no se dejaba. Daba maromas y se ponía en cuatro. Se le salía la carne bofetuda; yo ni la vi por asco.
El Ángel.― ¿Tenía anginas?
La Practicante.― Tenía calostro, de más.
El Ángel.― Tenía leche, era vacuno.
El Practicante.― Al contrario, era macho seminal, pero la leche le salía. Surgía del fondo, de la región más fría de su cuerpo viril y terminaba tibia en el pecho que en pezón termina.
El Ángel.― (Extasiado) ¡Y Luz la Vía láctea!
La Practicante.― Y luego pues el chicle, es decir el guante del cirujano y una sádica enfermera con catéter y sonda lubricada metieron por el orificio más prolongado hasta comunicar con los pasillos de piel que se encuentran cerca de la porción pilosa mucosa.
El Ángel.― ¿Y todo salió bien?
La Practicante.― Daban saltos; se codeaban de júbilo; brincos hubieran dado si los hubiera filmado la National Gegraphic o bien un Jaques Cousteau que sumergiera el batíscafo en las profundas membranas que buscaban la salida al día solar.
El Ángel.― ¿Entonces quién me opera?
La Practicante.― El mismo cirujano del que te hablé.
El Ángel.― No sé. Puede esperar. ¿Ya habrán llegado los invitados?
La Practicante.― Casi. Fue todo un desfile muy GQ, muy New Fashion o Interview.
El Ángel.― ¿Ya fue?
La Practicante.― Sí, anoche. Docenas de pelucas lubricadas asombraban a las primeras damas. Algunos invitados no sabían si la fiesta era de disfraces, pero llevaron por si acaso docenas de trajes de látex en colores rojo, morado y verde. Afable y condescendiente el piloto se deshizo de su helicóptero y se incorporó a la fiesta. Llegaron también el boxeador, el negro Tritón y la sirenota gorda gorda. Las mucamas, azafatas iban auscultando a los parroquianos para saber si se horrorizaban más con la palabra cáncer o con la palabra sida.
El Ángel.― Y quién más llegó.
La Practicante.― Un mozalbete con antifaz de lentejuelas, una rubia giratoria que se limaba los dientes y un tenor que a la menor provocación cantaba el himno nacional de Estados Unidos.
El Ángel.― Me imagino. ¿Y nadie más?
La Practicante.― Un hombre con una gran verruga y un olfato descomunal.
El Ángel.―¿Cómo lo sabes?
La Practicante.― Cerca del umbral se asomaba un Cristo arremangado que tenía un teléfono en forma de ciruela. Decía estar esperando la llamada de Dios para saber si el beisbolista Rudy Nelson había logrado cubrir las puntas del diamante y ganar la competencia.
El Ángel.― Imagino cómo fue todo. Primero llegó el Individuo, el Novio.
La Practicante.― ¿Sí? ¿Y quién más?
El Ángel.― ¿Quién más? La Novia, con brassier de cuero.

10
Entran a escena El Novio y La Novia.

El Novio.― Soy el Individuo, ¿bailas?
La Novia.― Quizá.

El Ángel observa de cerca de la pareja, la Practicante se mantiene expectante junto a la camilla.

El Ángel.― Imagino que la niñez ya no me pertenece. Pero, ¿cómo es la niñez de un ángel?

El Novio.― (A la Novia) Soy portentoso. Te arrastro, te llevo a un oscuro cubil y te hago subir a mi estómago perfecto muy cerca de mis colosales jeans... Y tú, sujetando tu brassier de cuero, haces la cabeza para atrás. Y giramos sin riesgo hasta depositarnos poco antes del corte de edición.

El Ángel.― ¿Quién dijo corte! ¡Corte!!!
La Practicante.― Toco mis rodillas y suelto una pequeña carcajada: ¡Brruuu! Trompetillas para todos y... ¿qué más? Los observo lejana desde mi satisfacción pletórica.
El Ángel.― ¡Es una voyerista!
El Novio.― (Besa a la Novia al tiempo que le ofrece chocolates) ¡Chocolátex, mira! Te los vas a acabar, engullir, dulcemente los vas a deshacer mientras que so pena que te corte la cabeza, ―tú sabes quién― me envías miradas juguetonas con las que dices todo, hasta tus últimas plegarias.
La Novia.― No seas inclemente.
El Novio.― No seas clima.
La Novia.― No me despedaces.
El Novio.― ¿Te rehúsas?
La Novia.― Te equivocas; aquí estoy dispuesta a que me lleves en brazos.
El Novio.― ¿Yo?
La Novia.― ¿Sería acaso algún otro?
El Novio.― Vendrá otro, siempre pienso lo mismo, aun cuando estés entre mis brazos, así, de esta manera.
La Novia.― Eres brusco, estás tenso, no sabes darme el giro. ¡Bájame de prisa o pido auc-xilio!
El Novio.― ¿Auc-xilio?
El Ángel.― Yo puedo intervenir.
La Practicante.― No te lo recomiendo.
El Novio.― Ahí estás. ¿Cómodo el suelo?
La Novia.― Siempre he sabido comportarme. ¿Hay algún recado para mí?
El Novio.― (Al Ángel) ¿Algún recado?
La Practicante.― ¡Dile que hay un fax!
El Ángel.― (Extrañado) ¿Un fax?
La Practicante.― (Se acerca con el fax y se lo da a El Ángel) ¡Un fax, un fax, un fax, un fax!
El Novio.― Deletréalo.
El Ángel.― No se puede. Es dibujo.
La Novia.― (Histérica) ¡Interprétalo!
El Ángel.― Amor está.. interesado, más que interesado: comprometido, atento.
El Novio.― ¿Atento? ¿Obcecado? ¿Excitado? ¿Dispuesto? ¿Anhelante? ¿Con superiores deseos de ser y dejarse ser muy gozado por cada uno de nos?
El Ángel.― Yo no diría tanto.
La Practicante.― Me da una migraña cuando oigo todo esto.
La Novia.― Toca mi ombligo, mi sobaco. ¡Acaríciame como el enano torpe de un circo de octava!
El Novio.― Medemoisselle, veux tu te coucher au tapis de mon atelier? ¡Je suis le lendemain matin des tes reves!

Los Novios se entrelazan en un apasionado nudo.

La Practicante.― Oh, ¡qué joder! Mi primavera en flor no se despedazará sin que alguien estorbe decididamente a mis planes!
El Ángel.― (A la pareja) ¿Quieren que les alcance la lámpara de aceite incandescente con un poco de agua salvaje?
El Novio.― ¡No, gracias!
El Ángel.― ¿No tienen ganas?
El Novio.―¡Que no!!!

11
Entran las dos Ninfas y el Anfitrión.

Anfitrión.― Una mujer, dos, tres, cuatro mujeres reunidas alrededor de una silla. ¡Concurso de striptease!! ¡Conviértanse en un cuerpo de látex!

Las ninfas pelean por el uso de una silla para hacer un striptease.

El Ángel.― Tengo como una premonición en el sobaco. ¿Alguien me toca?
La Practicante.― Si nadie quiere, yo.
Toco tu pelo, tus ojos, tu sudor, tus muslos, tu... ¿ombligo? ¿El fondo de tu ombligo?
El Ángel.― Mi ombligo es hermético, y mis pezones más.
La Practicante.― ¿Te gusta que te arranque tus escasos vellos?
El Ángel.― Sí.
La Practicante.― ¿Así está bien?
El Ángel.― Es correcto. Ahora, tu serás un ángel que espera alivio.
La Practicante.― (Extasiada) ¡Soy un ángel! ¡Soy un caracol ermitaño que ha salido de su encierro!

El Ángel y la Practicante caen al suelo, se entrelazan, desaparecen.

12
Las Ninfas se siguen disputando las silla, pero en su combate inician un juego de seducción extraño.

La Ninfa perdida.― Sin poderme contener me quité los lentes y le hablé por teléfono a mi jefe para ver si podía seguir quitándome el reloj, las pulseras...
La Ninfa monstruosa.― ...los aretes, la blusa y el brassiere.
La Ninfa perdida.― La minifalda, los ligueros y el juego de encaje...
La Ninfa monstruosa.― También el súper-tampón, los zapatos de tacón, el perfume, los labios pintados, las chapas, las cuarenta y cinco sombras.
La Ninfa perdida.― Las pestañas postizas, el bilé, la gargantilla... y luego, cuando fui al baño...
La Ninfa monstruosa.― Cuando fui... al baño... No había, en el botiquín no había...
La Ninfa perdida.― Ni condones de látex, ni de pellejo de vaca, ni de nada.
La Ninfa monstruosa.― La verdad pura. No hubo.
La Ninfa perdida.― ¿Y quién los necesita?
La Ninfa monstruosa.― ¿Nosotras no?
La Ninfa perdida.― ¿No? ¿Segura?
La Ninfa monstruosa.― No sé. Podemos probar.
La Ninfa perdida.― ¡Ajá!

Las ninfas caen al suelo, se entrelazan, desaparecen.

13

El Anfitrión.― (Habla por su teléfono celular) Mundo de látex, las palabras surgen del hueco del estómago. Aquí casi todos tienen hambre, todos tienen tiempo y el lugar está abierto todavía para que la imaginación llegue y nos toque por detrás de la cabeza. Látex, hule, plástico, resistol, goma...
El Novio.― (Con una maleta donde está una muñeca inflable de tamaño natural) Algunas veces me encueraba por las ganas de venir a verla. Me decía en voz alta que llegaría la ocasión, que nadie me iba a impedir que pronunciara la acción que determinado yo a llevar a cabo me encaminara a salirme con la mía... Y llevarla a cuestas no es una cuestión que perjudique o interese a nadie... Es más, yo no ando predicando curas milagrosas ni satisfacciones caras a la concurrencia. Yo me dejo llevar por el aire de ciudad, muy malo, y me encuentro a veces conque aquí me voy a detener y que se excuse el que tenga ganas. Y ahí voy, abro la maleta; doy un vistazo... y ahí está ella quietecita. Yo abro y ella permanece, no dice nada, y no es que me interese hablar con ella pero siempre que me asomo pienso: pues se las voy a enseñar a los demás a ver que opinan; y sí, a lo mejor se les antoja y quieren probar lo que yo nunca he alcanzado porque, pues escrupuloso no soy, pero hay cosas que están más allá de mis posibilidades... y luego con qué trabajo, verdad. No se puede estar por la vida desperdiciando lo que nos da de comer, y más que el material que está aquí adentro es excelente y..., me dirán que cómo iba yo a decir otra cosa si de aquí como y si no como, pues aunque mi material sea tan insuperable pues no me puedo pasar la vida alimentándome de lo que no me da para sostener la buena salud que siempre me ha caracterizado. Total, deja que desquiten las ganas más archivadas porque cómo no iban a sufrir convulsiones si te miran salir... Mira, muéstrales tus proporciones absolutas... Aquí estás, deja nada más que huelan, perciban so narices, sean todo olfatos y recuerden esa sensación de carne que nunca se puede dejar de masticar. Mastiquen este, el mejor chicle, chicle chicle, chicloso, chiclosivo, explosivo, corrosivo; abrasa el sabroso chicle corrosivo, que corrompe y craquetea el cráneo de cualquiera. Pero tú eres muda y no, no puede ser que corrompas con tu inflamado surgir al descubierto tus formas fraudulentas, tu no eres más que una porción de líquido pecaminoso que no se porqué te da forma, hetaira y suripanta, puta serías, que te quedas quieta sin ocupar mis intersticios más secretos y las secreciones de otros; no, tú no puedes permanecer aquí, desmembrada de carne ni hueso que proteja la pasión que te mira; ven, ven y complace mis más mórbidas elucubraciones, tú, cuerpo de dimensiones lácteas, te voy a horadar el mínimo influjo de aliento neumático, me subiré en tu muchas veces recorrido cuerpo plástico y se adivinarán gemidos, se escucharán lamentos infinitos al tiempo en que te mueres desinflada, tú, muñeca ahulada.

El Novio cae al suelo con su muñeca ahulada, previamente inflada mientras hablaba. Se entrelazan, desaparecen.

El Anfitrión.― (Reanuda su intervención anterior)... caucho, cola, cemento transparente, leche, miasma, engrudo, semen, espuma, mucosa, gelatina, sangre, agar, emulsión, licuado, líquidos, fluidos, ¡secreciones!


Oscuro

14
Hospital.
El Anfitrión tiene la imagen de un doctor.

La Practicante.― (Alarmada al Anfitrión-Doctor) Doctor, ¡doctor! El paciente se desangra. ¡Venga doctor!
El Anfitrión-Doctor.― (Ampuloso) Ah, mi joven diletante, dócil con su eminencia como siempre, será, supongo, y no violenta majadera que acostumbra violar todos los órdenes del reino orgánico y también del inorgánico.
La Practicante.― Qué diablos, por qué no habla en cristiano. ¡El Paciente Se Desangra!
El Anfitrión-Doctor.― ¿Pues en que academia epistolar cruzaste el umbral sin profesar con intención tu vocación, ingenua?
La Practicante.― No le entiendo. Voy a traer al paciente. A ver si no se muere.
El Anfitrión-Doctor.― Vaya, vaya.

15
Entran las Ninfas, muy amigas, muy casuales.

La Ninfa perdida.― ¿Una orgía?
La Ninfa monstruosa.― En látex. Como la erección de un monumento.
La Ninfa perdida.― No me dejo convencer. Las maneras... Tú comprendes... Hay una manera para todo.
La Ninfa Monstruosa.― Imagínate. Van a llegar unas siamesas-chicas malas... Lesbianas, claro. Y un boxeador con short de lycra.
La Ninfa perdida.― ¿Transparente?
La Ninfa monstruosa.― ¡Ísima!
La Ninfa perdida.― ¿Y no será tal vez de látex?
La Ninfa monstruosa.― De lycra.
La Ninfa perdida.― Yo pensé. Como la orgía... en látex. Yo pensé. Que el del chorcito, el boxeador...
La Ninfa monstruosa.― Es una cuestión de hábitos, de costumbres. La gente va a tratar de pasar una noche en la que no tenga que pedirle permiso a nadie y que nadie le pida la cuenta al final, para saber, por el monto, si se divirtió... o no tanto.

16

Entra la practicante empujando la camilla donde está El Ángel cubierto con una sábana.

El Ángel.― Soy paciente pero alguien parlotea sin fin encima de mis ojos cerrados, encima de mi sábana.
El Anfitrión-Doctor.― Un cuerpo blanco bajo la sábana. Los pies del ángel hablan consigo mismas sobre la debilidad mental de algunos. Los pies, sus pies se comportan como dos personas con caracteres opuestos.
La Practicante.― Doctor, sólo se cubre a los pacientes enfermos cuando fallecen y éste sangra con toda la vida a cuestas.
La Ninfa monstruosa.― Oiga, Doc; lo invitamos después del quirófano a una ceremonia; lleve guantes.
El Anfitrión-Doctor.― Llevaré guantes y jacket, no lo pongan en duda. ¿Y dónde es la celebración y qué festeja quién y por qué lo hace?
La Ninfa perdida.― (Alza la sábana y observa al ángel) Qué paciente más hermoso, ¿no cree, doctor? Deberíamos llevarlo al ambigú.
El Anfitrión-Doctor.― (Ampuloso) Ni pensarlo, ninfeta. A una ceremonia, celebración, ambigú...
La Ninfa monstruosa.― Orgía, fiesta, en látex puro.
El Anfitrión.― ¿Ya tanto así? Pues el mismo caso. A una celebración de tal pompa es latente un altercado con los comensales si un sujeto en tal estado es invitado.
La Ninfa monstruosa.― Claro está, aplique la inyección, la sanitaria, y dispongámonos a partir a tal pompa hecha de látex.
La Practicante.― Nada más no empiece a hablar como el doctor. Que fácil se empiezan tales lenguajes a adherir...
La Ninfa monstruosa.― Mucha razón te corresponde, vayamos presto.
El Ángel.― ¡Quiero una hamburguesa, una cerveza y un hot dog!
La Practicante.― Doctor, ¡doctor! ¡Delira!
El Anfitrión-Doctor.― ¡Delirium tremendus!
La Practicante.― ¡Fiebre, doctor!
El Anfitrión-Doctor.― Si no injerimos se complicará la estructura. Morfina es indicado. Satisfará ampliamente el agudo estado. Aplique, practicante, una dosis de quince miligramos.
La Practicante.― (Inyecta a El Ángel) Quinientos miligramos ni más ni menos.
El Ángel.― Las mucamas, ninfas, azafatas, enfermeras van a fiestas. Una orgía, oí, tal vez un funeral. Nunca imaginé que un hospital, una fiebre y una operación de anginas me llevaran tan lejos. Ahora pienso que soy un ángel. Soy como un recién nacido, puro y casto. ¿Quién vendrá a mi tumba sin rastro? ¿Quién lo piensa?

17
Llega la Novia como la Muerte.

La Novia.― ¿Quién te viene a cuidar, ángel que nombras cada estrella con un nombre equivocado? Abre tus alas, pequeño, soy pecadora y me voy a involucrar contigo. Dame una gota de tu más interna tibieza; haré que rías, te llevaré a un espacio sin fin, dulce tumba para ti, donde podrás volar conmigo a donde quieras.
Ángel.- Debajo de las sábanas hay un cuerpo que muere. Un guerrero me mutiló las alas, los hombres me inyectaron odios de mil años y yo sólo soy de la estructura que da el matiz rojo al vino más oscuro, soy bello, soy joven, soy un maldito que recoge todo el odio, soy odio.

El Ángel muere; las ninfas lo cubren con flores. La Novia se lo lleva, empujando la camilla. La practicante despide a El Ángel con un pañuelo púrpura.

La Ninfa monstruosa.― Es una lástima.
La Ninfa perdida.― Sí, le habría gustado ir a la fiesta...
La Ninfa monstruosa.― Se nos hace tarde; qué nos dice, doctor., nos acompaña.
El Anfitrión.― ¿Una fiesta?...
La Ninfa monstruosa.― La vida sigue, doctor.
La Ninfa perdida.― ¿Falta mucho?
La Ninfa monstruosa.― Yo conozco al anfitrión, es un poco raro.
El Anfitrión.― ¿De verdad?
La Ninfa perdida.― ¿Falta mucho?
El Anfitrión.― (A la Ninfa monstruosa) ¿Siempre pregunta lo mismo?
La Ninfa monstruosa.― Ella es así. Al rato se le olvida.
El Anfitrión.― Qué alivio. Vámonos.
La Ninfa monstruosa.― Sí.
La Ninfa perdida.― ¡Qué emoción! ¡una fiesta!... Ojalá haya muchos invitados.

FIN
1992

Dedicada a Raúl Zúñiga

® Benjamín Gavarre

sogem

SALA DE ESPERA. BENJAMIN GAVARRE

SALA DE ESPERA

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 de Benjamín Gavarre


® contacto: gavarreunam@gmail.com




A la memoria de Raúl, Sergio, Héctor y Luis Pablo.



Personajes: 4f 4m

Sofía
Margo
Sara

Arturo
Max
Francisco

El Ejecutivo
La Recepcionista


Vemos la sala de espera de una oficina: un discreto escritorio, dos o tres incómodos sillones y una mesita al centro. En las paredes cuelgan algunos cuadros impersonales: naturalezas muertas. En una esquina, en el suelo, un arreglo floral: rosas rojas. A la izquierda la puerta principal; al fondo, la puerta de un despacho.

En los sillones se encuentran: Sofía (29 años: ensimismada), Sara (35 años: dormida), Francisco (28 años: hojea revistas), Margo (65 años: absorta), y Arturo (38 años: mira la palma de su mano). En el escritorio se encuentra una adusta y eficiente recepcionista: edad indefinida.
Después de unos segundos llega un hombre impecablemente vestido de traje: es El Ejecutivo. Todos lo miran inquietos. El hombre se acerca a la recepcionista y le dice algo al oído. Señalan a Arturo, quien se levanta y les entrega un expediente. El Ejecutivo revisa y firma el documento; la recepcionista lo sella y se lo da de nuevo al Ejecutivo, quien, con aire grave, entra a su despacho. Arturo regresa a sentarse cerca de Sofía.


ARTURO.- ¿Tan seria, Sofía?
SOFIA.- Ya ves.
ARTURO.- Ahí está Sara. Se ve que no ha dormido. Ahí está el buen Francisco, siempre atormentado.
SOFIA.- Le va mal.
ARTURO.- Margo... ¿Ella compró las rosas?
SOFIA.- Seguro.
ARTURO.- No me equivoqué.
ARTURO SE LEVANTA, SE ACERCA A LA RECEPCIONISTA Y LE PREGUNTA ALGO AL OIDO, ELLA ASIENTE. LUEGO REGRESA A SU LUGAR, TOMA UN PEQUEÑO PORTAFOLIOS Y LO ABRAZA, ANSIOSO.
SOFIA.- ¿Ya es hora?
ARTURO.- Todavía no; es hasta que nos llamen.
SOFIA.- Muchos trámites.
ARTURO.- Sí. Cada uno tiene su fecha y su hora. Algunos no tienen prisa; a la mayoría no le importa o ni siquiera lo piensa. (En voz baja.) Yo hice trampa.
SOFIA.- Me lo imaginé.
ARTURO.- ¿Y por qué no? Quise hacerlo.
SOFIA.- Sí.
ARTURO.- Pero ya estoy cansado; quiero reunirme con Sergio. Tenía la esperanza de que surgiera un hecho extraordinario, alguna peripecia inusitada, pero... Nunca hay que forzar las cosas.
SOFIA.- Soñé con una bestia colosal, un toro. Respiraba furioso junto a mí, pero no me embestía. Alguien, un hombre, me dijo: No lo veas fijamente, hazlo bajando la mirada, con la mirada gris, hacia abajo. El toro estaba junto a mí y yo lo acariciaba apenas, como sin hacerle caso. Me gustaba el toro, era mi amigo.
FRANCISCO.- (A Arturo.) A mí me gustaría un café, muy cargado.
ARTURO.- (Refiriéndose a la recepcionista.) ¿Por qué no se lo pides?
FRANCISCO.- Se ve que tiene mal carácter.
ARTURO.- No lo creas. Pídeselo.
FRANCISCO.- (A la recepcionista.) ¿Puedo tomar café?
LA RECEPCIONISTA ASIENTE CON UN GESTO CASI IMPERCEPTIBLE. FRANCISCO VA HACIA UNA MESITA DONDE SE ENCUENTRA UNA CAFETERA. SE SIRVE UN CAFÉ, Y LO TOMA DE PIE, A PEQUEÑOS SORBOS.
ARTURO.- (A Sofía.) Francisco sigue comportándose como un adolescente.
SOFIA.- Y seguirá, pero le funciona.
ARTURO.- ¿Lo sigues amando?
SOFIA.- ¿Qué! Para nada. Yo nunca...
ARTURO.- Te gustaba.
SOFIA.- Esa es otra cosa, pero amarlo... Odio sus métodos de seducción: siempre tan desprotegido, como perrito hambriento.
FRANCISCO.- (Desde lejos.) Soy el hombre de tus sueños, lo dijiste.
SOFIA.- ¡Nunca!
FRANCISCO.- Dijiste que era un amante inmejorable, en tus sueños.
ARTURO.- ¿Es verdad?
SOFIA.- ¡No! (A Arturo.) ¡Cómo puede ser tan vanidoso! Soy la única que no... ¡No voy a decir nada!
FRANCISCO.- (Se acerca a Sofía y mientras sigue tomando su café dice...) Me gustaría desabotonarte la blusa con los dientes, morderte los senos, lamerte los pezones. Quiero abrirte las piernas, meter mi cabeza entre tus muslos, luego...
SOFIA.- ¡Basta! Vete de aquí. (Francisco regresa sonriente a su lugar, siempre tomando pequeños sorbos de café.) Es inconcebible. Es tan vanidoso que sería capaz de acostarse conmigo sólo porque ahora lo rechazo.
ARTURO.- ¿Dices que le va mal?
SOFIA.- A mí él no me importa.
ARTURO.- ¿Te va mal, Francisco?
FRANCISCO.- ¿Mal? Me ha ido de la hiperverga, en varios aspectos, pero lo peor es el dinero. Tengo que encontrar un trabajo estable. He estado comiendo arroz y sólo arroz. Vendí unos cascos de cocacola para comprar queso, tortillas, cigarros, y ya. He comido eso durante tres días. Gracias a Dios hoy me pagaron 800 pesos por una semana de arduo, muy arduo trabajo.
SOFIA.- ¿No te lo dije? Se comporta como perrito sin dueño. Francisquito, ¿no quieres que te preste quinientos pesos?
FRANCISCO.- ¿Sólo quinientos?
SOFIA.- Eres un asco.
ARTURO.- (Sin mirar a nadie directamente.) ¿Y no andas con nadie ahora?
SOFIA.- ¿Yo?
ARTURO.- No, sí, también... disculpa, le preguntaba a Francisco.
SOFIA.- ¿Eso? Sus conquistas le duran una hora... ¿Cuánto duró la última?
FRANCISCO.- ¿Me hablas a mí?
SOFIA.- ¿Dos horas?
FRANCISCO.- Un poco más... La rescaté de un viaje de éxtasis. Veinticinco años, con coche golf, con dinero: dueña de dos casas y más o menos dispuesta. Salimos durante cuatro días, fuimos a comer, vimos teatro, cenamos, comimos... Cogimos muy bien una vez; algunas otras veces simplemente cogimos. El último día que nos vimos, de repente, después de haber visto una obra de teatro en Coyoacán, ya en su casa, la intenté besar.
SOFIA.- Pero no has dicho su nombre.
FRANCISCO.- ¿Quieres nombres y todo?
SOFIA.- Pues sí.
FRANCISCO.- Martha.
SOFIA.- No, en serio.
FRANCISCO.- Así se llamaba, qué quieres. Yo estaba verdaderamente pacheco. Se portó tan evasiva... Yo no sabía qué le pasaba. Me dijo que se sentía como prostituta, que no creía en las relaciones, que siempre acababa sintiéndose fría y lejana, que no quería seguir.
SILENCIO. ENTRA MAX, 39 AÑOS, ALTO Y DELGADO. ES MUY ELEGANTE. SE SIENTA EN UN SILLON, APARTADO DE TODOS. ABRE UN PORTAFOLIOS, SACA ALGUNOS PAPELES Y LOS REVISA RAPIDAMENTE, CON FASTIDIO. SE LEVANTA Y VA CON LA RECEPCIONISTA. ELLA, MUY PROFESIONAL, RECIBE LOS DOCUMENTOS Y LE ENTREGA UN CUESTIONARIO. MAX REGRESA A CONTESTARLO A SU LUGAR.
MAX.- (Habla mientras responde el cuestionario, mirando de vez en cuando a Sofía y a Arturo.) Vi una encuesta en la tele sobre cómo pensaban ciertos grupos que les iba en su vida. Entre mucho mejor y mucho peor había distintas opciones. Yo estoy en la reducida población, 3%, de los que les va mucho peor. Los de mucho mejor son del 3% también. Los extremos siempre engloban a pocos.
SOFIA.-A mí en la vida me va más o menos, ¿en qué porcentaje estaré?
ARTURO.- Yo nunca he creído en las estadísticas.
MAX.- El mío es un problema de comunicación. De no saber tratar al otro, de no interesarme por los demás. Mi problema es desconfiar de los demás, es querer estar solo porque los demás me dan demasiado miedo. Estoy pensando siempre que me van a hacer daño y por eso alejo cualquier posibilidad de establecer vínculos reales. Qué puta neurosis.
SOFIA.- Pobre Max, siempre me ha caído bien, pero es tan agresivo, tan inaccesible.
ARTURO.- Yo creo que es un tipazo, y no te lo digo porque esté aquí presente, lo diría igual. Con él he pasado los momentos más divertidos que recuerde.
FRANCISCO.- A mí al principio, cuando lo conocí, me daba miedo. Me parecía que me iba a fulminar con esa mirada que tiene. Te acuerdas Max, ¿cuando nos fuimos de vacaciones los tres a la playa?
MAX MIRA A FRANCISCO Y POR TODA RESPUESTA EMITE UN GRUÑIDO.
SOFIA.- ¿Cuáles tres?
FRANCISCO.- Pues cuáles: Yo, Arturo y Max.
SOFIA.- El burro primero.
FRANCISCO.- Pasamos una de las navidades más aciagas de que tenga memoria.
SOFIA.- ¡Aciagas!, ¡vaya con la palabrita!
FRANCISCO.- ¿Qué quieres que diga? Horrendas, espeluznantes, ¿jodidas?... ¿Te acuerdas Max?, en Morelia, eran como las dos de la mañana y lo único que tuvimos para cena fue el último hot dog del último carrito de hot dogs que había en el Centro. Un hot dog para tres, fue delicioso.
SOFIA.- Mhh.
FRANCISCO.- Luego, en el hotel, nos atascamos con el pastel de navidad que la mamá de Arturo había cocinado... Una coca familiar y media botella de alcohol de noventa y seis. Estos desgraciados no me dejaron dormir en toda la noche.
SOFIA.- ¿Por qué?
FRANCISCO.- ¿Tú por qué crees?
ARTURO.- (Con doble intención.) Estuvimos "platicando" toda la noche.
SOFIA.- Ahh.
MAX.- Malditos formularios, ¿ustedes creen que yo me voy a acordar de cual es mi número de naturalización? ¿Qué es eso?
ARTURO.- Es sólo para extranjeros, Max. Pero sí, ¡preguntan cada cosa!
MAX.- De repente miro al vacío y no pasa nada. Nada. Sólo me angustio de que no pase nada y de que estoy seguro no pasará nada. Me dan ganas de acabar con todo, pero es solamente una vaga idea. No me atrevería a suicidarme. El caso es que tampoco me atrevo a hacer nada para que mi circunstancia cambie. Qué en serio me tomo, pero el asunto es serio.
SILENCIO.
SE ABRE LA PUERTA DEL DESPACHO Y EL EJECUTIVO APARECE CON UN DOCUMENTO EN LA MANO.
EL EJECUTIVO.- Voy a decir los nombres de las personas que están en el conteo relativo. Debo aclarar que el hecho de que alguno de ustedes esté en esta lista no significa necesariamente que vayan a ser ingresados; sólo indica que han venido cubriendo los requisitos correspondientes y que su expediente está siendo revisado. Al final del día las personas que ya requisitaron la categoría BF 0650 serán llamadas para su ingreso final. Por lo pronto... Señor Arturo Morales Olguín.
ARTURO.- Aquí.
EL EJECUTIVO.- Señor Maximiliano Santos García Oleguibel.
MAX.- Olaguivel.
EL EJECUTIVO.- Señor Joaquín Arizmendi Loaeza.
NADIE CONTESTA
EL EJECUTIVO.- ¿No está?... ¿Señora Consuelo Gutiérrez González?... (Nadie contesta.) ¿No?... Señora Margarita García Olaguibel Miranda.
Margo, quien hasta el momento habia permanecido totalmente absorta, responde con un gesto seco, para retomar inmediatamente la misma actitud.
EL EJECUTIVO.- ¿Señor Jorge Murcio Montoya? (Nadie contesta.) Señorita Sofía Trueba Alcántara.
SOFIA.- Presente, señor.
EL EJECUTIVO.- Señor Francisco Toledano Flores.
FRANCISCO.-Aquí.
EL EJECUTIVO.- Y por último... la señorita María Sara Rendón Batalla...
SOFIA.- ¿No es Sara?
EL EJECUTIVO.- ¿Está?
SOFIA.- ¡Sara, despierta!
SARA.- ¿Qué?... ¿Ya?
EL EJECUTIVO.- ¿María Sara Rendón Batalla?
SARA.- (Adormilada.) Sí, yo...
EL EJECUTIVO.- Parece que ha habido algunos errores en su BF- 005, ¿podría cotejar los datos con Leonor?
SARA.- ¿Leonor?
EL EJECUTIVO.- La recepcionista.
SARA.- Sí, desde luego, señor.
EL EJECUTIVO.- (A la recepcionista.) Hazte cargo.
EL EJECUTIVO VUELVE A SU DESPACHO. SARA BUSCA EN UN MORRAL ARTESANAL DE LANA YA MUY GASTADO. SACA UNOS DOCUMENTOS Y TRATA DE ORDENARLOS.
SOFIA.- ¿Y eso fue todo?
ARTURO.- ¿Querías más? Ya estamos en la lista.
SOFIA.- Pero algunos ni siquiera están aquí.
ARTURO.- Siempre sucede.
SOFIA.- ¿Se imaginan? ¿Que se equivocaran de persona?
FRANCISCO.- Investigan a fondo.
SOFIA.- No sé, quizá no todo lo tengan planeado. Por ejemplo, qué es eso de que todavía usen máquina de escribir, ¿qué no saben que el mundo ha evolucionado?
ARTURO.- ¿Sí?
SOFIA.- ¡Y este lugar... tan sórdido! Es como si las calles y la gente hubieran quedado muy lejos.
FRANCISCO.- Oye, Sara, yo siempre he querido un morral como el tuyo, pero todavía no lo he encontrado.
ARTURO.- No la molestes; ves que se hace cruces con la documentación y tú todavía...
SOFIA.- Yo ya lo he dicho: Francisco es un animal. ¿Te ayudamos, Sara?
SARA.- No, ya casi termino... (A la recepcionista.) ¿La BF-005 tiene que llevar el sello naranja con la firma de recibido?
LA RECEPCIONISTA SIMPLEMENTE ASIENTE.
FRANCISCO.- No, la que es un tormento es la BF- 001 tienes que conseguir hasta el acta de matrimonio de tus abuelos, y luego, cuatro fotografías tamaño postal, tres fotografías mignon, seis fotografías tamaño infantil... Uf...
SOFIA.- A ti esas no te han de haber costado trabajo, las infantiles.
FRANCISCO.- Vieras que sí: son muy caras.
SARA.- Ya está... (Se levanta con un mar de papeles, de ahí saca una hoja y se la entrega a la recepcionista.) Me había quedado con el original. ¿Todo bien?
LA RECEPCIONISTA ASIENTE. SARA SE QUEDA ALGUNOS SEGUNDOS ESPERANDO ALGUN COMENTARIO MAS, PERO LA RECEPCIONISTA, SIN VOLTEARLA A VER, SE LEVANTA CON EL DOCUMENTO Y ENTRA AL DESPACHO DE EL EJECUTIVO.
ARTURO.- Sara: no tienes remedio.
SARA.- Es que estos cabrones...
ARTURO.- ¡Sarita!
SARA.- Es que eso son, unos cabrones. No les importa mi vida, no les importa si tengo que cuidar a mi hijo, no les interesa si tengo que trabajar como una esclava o si tengo que pasarme las noches en vela en el hospital...
ARTURO.- ¿El hospital?... Por qué, qué pasó.
SARA.- Soy una imbécil... (Pausa.) No queríamos que supieras.
ARTURO.- Qué.
SARA.- Es Marco... Está internado.
PAUSA.
ARTURO.- Carajo.
PAUSA.
SARA.- Desde hace tres semanas.
ARTURO.- ¿Muy grave?
SARA.- Delicado.
ARTURO.- Quisiera verlo.
SARA.- Ya sabes cómo es esto: antes que nadie la familia se hace cargo. Es un poco como si se volviera a nacer. A mí me dejaron cuidarlo porque... No sé, la familia de Marco siempre tuvo la idea de que yo había sido su novia o algo así.
FRANCISCO.- Bueno, fuiste una de las pocas mujeres en su vida.
SOFIA.- Francisco, no tienes madre.
SARA.- Siempre había pensado que lo más hermoso de una relación era el romance. Ahora, a pesar de que puedo nombrar a Marco como el hombre de mi vida, pienso que lo más importante para mí fueron estos últimos años, en los que sólo puedo decir que fuimos amigos... (A Arturo.) El sabe que lo quisiste mucho.
ARTURO.- Espero que sí.
PAUSA LARGA. SARA CIERRA LOS OJOS.
MAX.- Soñé una casa luminosa con una enorme alberca, pero enorme alberca. El trampolín estaba muy en lo alto; también había un tobogán. Un clavadista suspendido en las alturas, parecía estar preparado, pero cualquiera hubiera pensado que tenía miedo de caer fuera de la fosa; necesitaba calcularlo todo muy bien antes de entrar al agua. Cuando desperté tuve la seguridad de que "echarse el clavado" era morirse. La fosa de clavados era una tumba.
ARTURO.- Estamos como en guerra o como si fuéramos muy, muy viejos. Estamos llenos de muerte y no sabemos qué hacer con ella.
FRANCISCO.- Yo bebo. Bebo y he bebido todos TODOS los días. Y no me ayuda en nada, a pesar de que por lo menos me emboto y no pienso. Me encuentro no en un callejón sin salida sino en algo peor, un callejón sin el concepto salida. Qué te parece, Arturo, en la última fiesta bebí como hace rato no lo hacía. En el sillón, cuando estaba muy borracho, no sé si oí que hablaban de mí o si de verdad lo hacían. Alguien le decía a otro: "Es una pena verlo así". Creo que lo imaginé, pero es muy triste que me tengan pena.
ARTURO.- Sara me contó que te vio esperando el camión en Insurgentes, que te hizo señas y no volteaste. ¿Verdad, Sara?
SOFIA.- Está dormida. Yo a quien vi esperando en una parada fue a Rubén, ¿se acuerdan de Rubén? El que se peinaba con limón y sacaba puras emebés, siempre tan zalamero y jactancioso.
FRANCISCO.- ¡Zalamero!... Y tú me criticas por mis palabras domingueras. ¡zalamero!
SOFIA.- (Sin inmutarse.) Yo pensé: así que de nada le sirvió sacar puros dieces al buen Rubén. Qué formal es hasta esperando el camión. Se veía desencajado, a punto de la desesperación.
FRANCISCO.- Es que a veces pensamos las cosas un millón de veces antes de simplemente hacerlas. Yo, por ejemplo, sé que es sencillo realizar muchas pequeñas hazañas como... apagar el gas, antes de permitir que se evapore el agua y se queme la olla. Pienso en levantarme y me veo realizando ese pequeñísimo prodigio que es girar la llave del gas y listo, el agua deja de hervir, sin embargo, solamente lo pienso y claro, ¿saben cuántas ollas tengo hechas un chicharrón.
SOFIA.- ¿Qué tiene que ver todo eso con Rubén?
FRANCISCO.- ¿En qué sentido?
SOFIA.- ¿Francisco, dónde aprendiste a pensar?
FRANCISCO.- Sofía, no te gustaría casarte conmigo, me encanta que te pases la vida regañándome.
SOFIA.- Tal vez en otra vida.
FRANCISCO.- Ya dijiste.
LA RECEPCIONISTA SALE DEL DESPACHO DEL EJECUTIVO CON UNA NUEVA LISTA.
LA RECEPC.- ¿El señor Marco Antonio Moncada Escárcega? ¿La señora Nancy Rosedal Torres? ¿Mauricio Parra Solís?
SOFIA.- ¡Mauricio?, ¡Mauricio Parra?
LA RECEP.- ¿Lo conoce?
SOFIA.- ¿Conocerlo? ¿Dijo Mauricio Parra Solís?
LA RECEP.- Así es.
SOFIA.- (A los demás.) ¿Mauricio se apellida Parra?
ARTURO.- Tú deberías saberlo.
SOFIA.- Pues no me acuerdo. Creo que Parra Ceruti (A la recepcionista).. No, disculpe es Mauricio Parra Ceruti. ¿No es ese, verdad?
LA RECEPCIONISTA NIEGA CON LA CABEZA E INMEDIATAMENTE DESPUES SE METE AL DESPACHO.
FRANCISCO.- Insisto en que tiene mal carácter.
SOFIA.- ¿Qué será de Mauricio? Me acuerdo que una vez intenté ir con él al cine y fue un desastre. Ibamos a ver una de Tarkovski, imagínense. El llegó tarde y eso me puso de malas desde el principio. Fuimos a la taquilla y descubrimos que no había boletos. Decidimos ir a tomar una cerveza mientras. Me empecé a sulfurar desde el momento en que se puso a hablar mal de todo lo que veía y a tratarme como si yo fuera una extranjera en mi propio país. Me dijo: (Imita un acento argentino.) "Qué curioso estar rodeado de puros extranjeros". Yo, le contesté: "Mi vida, aquí el único extranjero eres tú".
MARGO, QUIEN HASTA EL MOMENTO HABIA ESTADO SUMERGIDA EN UN ASIENTO POCO VISIBLE, SE LEVANTA, SE ACERCA AL ARREGLO FLORAL, Y EN CUCLILLAS, QUITA ALGUNAS ROSAS. LUEGO, LAS REPARTE A LOS DEMAS, DICIENDO A CADA UNO LA MISMA FRASE.
MARGO.- Es inútil cultivar recuerdos, es absurdo.
LE DICE A TODOS LO MISMO, PERO CUANDO LLEGA CON MAX SE QUEDA UN MOMENTO EN SILENCIO Y LUEGO REPITE:
MARGO.- Es inútil cultivar recuerdos, es absurdo.
MAX.- Siempre has sido tan dura.
MARGO.- He tenido que serlo. Cuando murió tu padre, ni una lágrima.
MAX.- Soy igual que tú.
MARGO.- Eres débil. Has guardado silencio y eso está bien a veces, pero tú has ido demasiado lejos. Aquí están tus amigos.
MAX.- Lo sé.
FRANCISCO.- Déjelo, señora, él siempre ha sido...
MAX.- ¿Yo qué?
FRANCISCO.- Nada, Max. Mira, yo te he estado hablando por teléfono casi todos los días y siempre es la misma respuesta. "Ahora no quiere hablar con nadie, se siente mal". ¿No es cierto, señora?
SOFIA.- Yo también te he tratado de hablar.
MAX.- ¿Y por qué no me han ido a ver? Nunca he salido de casa. (Pausa.) Yo estoy de acuerdo con mi madre: la memoria es inútil. Hay tantas historias absurdas. Me pregunto qué va a pasar con todo lo que he aprendido: tantas lecturas, tanta experiencia. Yo he dado mucho, generosamente, he sido un buen maestro, sobre todo he sido un buen amigo. Ahora estoy cansado. Me sé de memoria lo que viene, ya lo he visto muchas veces. Esta vez me toca a mí. (Pausa.) Voy a darle vuelta a la hoja, todos los demás deberían hacer lo mismo, tú también mamá.
MARGO.- Algunos de ustedes son héroes sin homenaje.
MAX.- Es mejor así, algunos homenajes solamente engargolan el espíritu.
MARGO.- Nunca he dicho nada, pero paso las tardes en silencio, pensando en todos ustedes. Mi vida seguirá entre pequeñas brumas, horarios exactos y visitas cotidianas. No contaré las horas, pero nada será igual.
MAX.- Hay que cambiar de página, madre.
MARGO.- A cambiar de página, amor. (Regresa a su sillón.)
SILENCIO
FRANCISCO.- Cuando murió Esteban había muchas velas, ¿se acuerdan?... Yo había estado con su mamá un buen rato y en eso que me llama no sé quién, creo que Mónica. Pasé delante de la mesita con las veladoras y sentí como si me incendiara pero sin quemarme, una sensación de fuego muy agradable. Estoy seguro que se despidió de mí en esa forma...(Pausa.) Yo no creo que la memoria sea inútil, al contrario, creo que nos da sentido, maldita o llena de luz. Y sin embargo, yo no tengo ningún prueba de las batallas que he vivido, ninguna cicatriz visible... Ni siquiera una señal tan simple como una carta, una foto: todo lo rompo. Es como si muchas historias no hubieran sucedido. No me gustan las cosas, los objetos, los trofeos. Me gustan en las casas de otros, ahí están bien esas pequeñas figuritas, esos diminutos cofrecitos llenos de historias.
ARTURO.- Yo tampoco tengo fotos de nadie, siempre fui muy espartano, como Francisco. La ropa que llevara encima... mis zapatos... y ya.
TODOS VUELVEN A QUEDAR EN SILENCIO. DE PRONTO SOFIA TRATA DE REPRIMIR UNA CARCAJADA PERO NO PUEDE.
SOFIA.- Perdón. Pero es que... Yo me puse hasta mi madre y ¡dije cada estupidez!
FRANCISCO.- ¿En el velorio?
ARTURO.- Sí, todos nos pusimos hasta atrás.
SOFIA.- Le dije a René, el novio de Susana que me encantaba el bulto que tenía bajo la bragueta.
ARTURO.- ¡Cómo pudiste!
SOFIA.- ¿Qué tiene ? ¿A ti no te gusta?
ARTURO.- Por supuesto que no.
SOFIA.- No seas hipócrita.
ARTURO.- Bueno, está bien, un poco, como a todos.
SOFIA.- ¿A todos?... A Francisco no.
FRANCISCO.- ¿A mí no qué?
SOFIA.- A ti no te gusta René, espero.
FRANCISCO.- Qué te puedo decir, aquí está la mamá de Max.
SOFIA.- No creo que, a estas alturas, doña Margo se asuste de nada.
FRANCISCO.- Pues mira, no es mal tipo.
ARTURO.- Paco, no andes tirando anzuelos, que luego no te aguantas. ¿Qué es eso de que no es mal tipo?
FRANCISCO.- Eso, que no es mal tipo.
SOFIA.- ¿Tú también, Bruto?
FRANCISCO.- Sólo dije que no era mal tipo, ¿me van a linchar?
SOFIA.- ¡Pero si parece un mecánico!
FRANCISCO.- ¿No dijiste que te gustaba?
SOFIA.- ¿Tienes algo contra los mecánicos?
ARTURO.- ¿Yo?... No.
FRANCISCO.- No entiendo nada.
SOFIA.- No eres el único. Mira, a mí me gustan pero no en espíritu, ¿me explico?... Quiero decir: el hecho de que me gusten no significa que no me gusten.
FRANCISCO.- Olvídalo.
ARTURO.- Yo tampoco entiendo nada ya.
SILENCIO

SOFIA.- Anoche, como a las tres de la madrugada recibí una llamada grotesca. Era una voz de mujer, casi estoy segura. Me dejó grabado: "Nenita... hazme un 'guaguis' ayy". Fue asqueroso. Por varias razones.
MAX.- No me extraña que precisamente a ti te ocurran ese tipo de cosas.
SOFIA.-¿Y por qué lo de precisamente a mí?
MAX.- ¿No te das cuenta de que eres sumamente vulgar? "Y tú con quién andas... y, ¿no te gustaba fulanito? y ¿no te acostaste con menganito"... Me das nauseas.
SOFIA.- Ushh... Disculpa, men, se me había olvidado que eras aristócrata.
MAX.- Pues aunque te moleste.
SOFIA.- "Maximiliano García Oleguibel". Estás orgulloso del García o del... Oleguibel...
MAX.- García Olaguibel, es apellido compuesto.
SOFIA.- Ohh.
SARA.- Por qué no dejan de pelear.
ARTURO.- Ya despertó Sara.
SARA.- No lo estaba... No estaba dormida. Estaba pensando en que sí, somos vulgares, somos cínicos, insoportables y lo peor de todo, indiferentes. Deberíamos hacer algo por nuestras vidas.
FRANCISCO.- Sara, siempre ha sido una idealista.
SARA.- Y tú crees que es mejor cruzarse de brazos mientras la vida se nos va.
FRANCISCO.- Siempre has sido un idealista y una ingenua. Crees que con afiliarte a la sociedad civil de moda vas a cambiar el mundo. Tú buscas quimeras, héroes imposibles. Vas a las manifestaciones pensando que vas a transformar el mundo y ni siquiera sabes quién mueve los hilos ni con qué intención. Eres ingenua y anticuada.
SARA.- Por lo menos no estoy en la reacción como otros.
FRANCISCO.- Dime reaccionario, pero no anticuado, mírate Sara, pareces sacada del catálogo "Folklorito venceremos", déjame decirte algo, el muro de Berlín ya no existe, es más, ¿sabías que desapareció la Unión Soviética?
SARA.- Yo todavía pienso que hay hombres, y que pronto tendremos un líder a quién seguir.
FRANCISCO.- Sí, Sara, ojalá encuentres uno, te hace falta.
SARA.- No me refería a eso... Mierda, más que mierda.
SILENCIO MUY LARGO.
EL EJECUTIVO Y LA RECEPCIONISTA SALEN DEL DESPACHO, SE DIRIGEN AL ESCRITORIO Y FIRMAN UN DOCUMENTO. VOLTEAN A VER A ARTURO Y LUEGO HABLAN ENTRE SI. FINALMENTE EL EJECUTIVO SE DIRIGE, MUY MOLESTO, A ARTURO...
EL EJECUTIVO.- ¿Señor Arturo Morales Olguín?
ARTURO.- Sí.
EL EJECUTIVO.- Podría ponerse de pie.
ARTURO.- Así estoy bien, señor.
EL EJECUTIVO.- Debo informarle que hemos tenido una serie de desajustes debidos a una incalificable falsificación de su parte.
ARTURO.- No me lo explico, señor.
EL EJECUTIVO.- Según esto, usted debió ser transferido el día 24 de julio del año pasado, pero, por una alteración en su documentación primaria, el ingreso final fue retrasado en por lo menos doscientos cuarenta y tres días ejecutables. Los límites que usted ha traspasado impiden que le sea concedida la prórroga opcional. Asimismo, le informo que en el próximo ciclo le serán confiscados el número de días sustraídos más un 37% como recargo. ¿Tiene algo que decir en su favor ?
ARTURO.- Nada, a usted no tengo que decirle nada.
EL EJECUTIVO.- Muy bien. Entonces... acompáñeme.
ARTURO.- Voy a despedirme.
EL EJECUTIVO.- De ninguna manera.
ARTURO.- ¿Y quién me lo va a impedir? ¿Usted?
EL EJECUTIVO.- (Mira su reloj.) Tiene un minuto.
EL EJECUTIVO ENTRA A SU DESPACHO; LA RECEPCIONISTA SE SIENTA, IMPASIBLE, EN SU ESCRITORIO. ARTURO SE QUEDA EN MEDIO DE LA SALA CON LA MIRADA EN EL PISO. SOFIA SE LEVANTA, LO ABRAZA INTENSAMENTE, LO BESA Y LE ACARICIA EL CABELLO. FRANCISCO SE LEVANTA Y SE UNE AL ABRAZO. LUEGO, ARTURO SE SEPARA DE ELLOS Y VA CON SARA, QUIEN SOLLOZA EN EL SILLON, LA ACARICIA Y LA BESA; LUEGO SE DESPIDE DE MARGO CON UN BESO EN LA MEJILLA. FINALMENTE SE ACERCA A MAX, LE TIENDE LA MANO, PERO EL ESQUIVA LA MIRADA.
ARTURO.- ¿No te vas a despedir?
MAX.- No.
ARTURO.- ¿Por qué?
MAX.- Prefiero irme contigo.
ARTURO.- No entiendo, te quedan todavía algunos días, meses quizá.
MAX.- Prefiero irme.
ARTURO.- (A la recepcionista.) ¿Puede hacerlo?
LA RECEPCIONISTA ASIENTE CON UN GESTO INDIFERENTE.
MAX SE LEVANTA, TOMA SU PORTAFOLIOS Y DICE SIN MIRAR A NADIE:
MAX.- Adiós a todos.
EL EJECUTIVO VUELVE A ASOMARSE Y MIRA A ARTURO SIGNIFICATIVAMENTE.
EL EJECUTIVO.- Ya es hora.
ARTURO.- (Por Max.) Viene conmigo.
EL EJECUTIVO.- Es su decisión, todos sus papeles están en orden
ARTURO.- Lo ves, Max: todo está en orden, qué curioso. Yo pensaba que tenía algo más que hacer o qué decir, pero no... Nada qué hacer, Max. Nada.

SE DIRIGEN HACIA EL INTERIOR DEL DESPACHO. EL EJECUTIVO CIERRA LA PUERTA.



FIN
® Benjamín Gavarre

sogem

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