lunes, enero 09, 2017

Como las estrellas y todas las cosas Sergio Magaña













COMO LAS ESTRELLAS Y TODAS LAS COSAS






Este es un texto fundamental del teatro mexicano del siglo XX. Sergio Magaña logra, en una extensión mínima, condensar temas profundos como la envidia, la decadencia física, el erotismo y la trascendencia.



1. El ocaso de un ídolo

"Como las estrellas y todas las cosas" es una pieza breve que funciona como un duelo psicológico de sombras. Escrita con una sensibilidad lírica y cruda a la vez, la obra nos sitúa en la habitación de Raúl, un hombre que personificaba la belleza y el vigor físico, ahora reducido a la inmovilidad. La obra no es solo el relato de un suicidio, sino la transferencia de un "estatus" de vida de un personaje a otro. A través de un diálogo cargado de subtextos, Magaña explora cómo la identidad se desmorona cuando el cuerpo, que era su templo, deja de funcionar.


2. COMO LAS ESTRELLAS Y TODAS LAS COSAS

Autor: Sergio Magaña

PERSONAJES:

  • RAÚL: Joven de voz sonora y viva. Paralítico desde hace tres meses.

  • MIGUEL: Su amigo, más joven. Manso, de voz cariñosa y suave.

ÉPOCA: Actual.

ESTACIÓN: Invierno.

HORA: 6:30 de la tarde.

ESCENARIO:

El interior de una habitación decorada con muy buen gusto. Un lecho donde Raúl se halla recostado; una mesita de noche a la derecha. Una silla junto a la cama donde está sentado Miguel. La escena comienza a oscuras; se escucha la respiración agitada de Raúl.

RAÚL: No, no. No enciendas la luz, ahora no.

(En la penumbra, Raúl se aplica una inyección. Su brazo se mira casi luminoso en la oscuridad. Se incorpora con esfuerzo).

RAÚL: Y esto es tan fácil... fácil... (Deja la jeringuilla en la mesa. Su voz se reanima). Tan fácil que va pasando... como si de pronto uno estuviera limpio, de adentro y de afuera, sin frío, bañado de sol, corriendo sobre un campo verde y grande... ¡Qué belleza! Pues si no se ve nada, oye, hace media hora todavía entraba el sol.

MIGUEL: Son tardes de invierno.

RAÚL: Y qué feas. Claro, ahora enciende la luz... ¡Eso!

(Miguel enciende la luz. Queda laxo en su silla, con las manos en el regazo —la izquierda enguantada—. Evita mirar a Raúl. Miguel silba suavemente el tema de "Pedro y el Lobo").

MIGUEL: Ayer alcancé los mil doscientos metros, veinte vueltas a la alberca.

RAÚL: (Sonriendo) Ah, Miguel, no creíste lo que te dije, ¿verdad? Lo que acabo de decirte con respecto a esto... (Señala la jeringuilla y luego su corazón).

MIGUEL: (Intenta moverse, pero Raúl lo detiene).

RAÚL: No toques nada. Acabo de suicidarme y es morfina. ¿No lo dije?

MIGUEL: ¡Oh!

RAÚL: ¿Oh? Claro que ¡Oh! He agotado el frasco. Dentro de seis minutos empezaré a dormir. Acabo de suicidarme. Ah, no me mires así. ¿En cuánto tiempo das veinte vueltas a la alberca?

MIGUEL: Per... o...

RAÚL: Yo siempre hice dieciocho. Sentía el agua fresca en los párpados, en los labios. Las mujeres me hacían señas mientras mis piernas ágiles corrían desnudas. Perseguí siempre a mis amigas.

MIGUEL: A las mías también.

RAÚL: ¡Qué gentil! Si tú no tienes ninguna, Miguel. No sé cómo hemos podido ser amigos.

MIGUEL: (Inclinando la cara) Yo sí lo sé.

RAÚL: Perdóname. Soy tajante. Debió haberse quedado paralítico algún otro, no yo.

MIGUEL: Yo, por ejemplo.

RAÚL: Pues tú quizás podrías, yo no. Apolo con piernas de Vulcano... mira estas piernas inmóviles. ¿Crees que muero ahora por la morfina? Hace tres meses que he muerto. Te has limitado a admirarme y a envidiarme.

MIGUEL: Es cierto.

RAÚL: Isabel dice que...

RAÚL: No metas a Isabel. ¿No es raro que a ella le guste tu compañía? Con su porte de Electra... es una griega clásica.

MIGUEL: Tú, ¿nunca has sentido miedo?

RAÚL: Ahora mismo quieres huir de aquí para no verme morir. Te quiero, eres mi amigo, pero lo que en mí envidiaste fue mi amor frenético hacia la vida. ¡Qué belleza!

MIGUEL: Yo también amo la vida, el sol.

RAÚL: (Debilitándose) Absurdo. Siempre estás triste... El polen va en el viento... La vida es como un sueño grande que ahora me pesa en los ojos.

(Raúl entra en el sueño de la morfina. Miguel permanece quieto, hablando con voz suave).

MIGUEL: Me gusta nadar, Raúl. Isabel dice que mi torso es ahora un buen torso. Me gusta caminar con ella.

RAÚL: (Entre neblinas) No la nombres... ella se acerca... o se va...

MIGUEL: A veces nos sentamos en los prados a mirar las estrellas.

RAÚL: Se va... ¡Miguel!

MIGUEL: Las estrellas viajan, dice Isabel, pero su luz no se interrumpe nunca.

RAÚL: (Su brazo cae inerte) ¡Miguel!

MIGUEL: Y ella y yo caminamos en la arena... ella dice: "Si tú te desnudas, me baño contigo". Y entonces dejamos que el agua nos bañe los pies mientras miramos nuestras piernas hundidas... ella dice: "Parece que están quebradas". Y yo le digo: "Sí, parece". Y el sol no se detendrá, es como las estrellas y todas las cosas, es algo que pasa. (Se escucha el silbido de "Pedro y el Lobo"). Ayer Isabel y yo alcanzamos los mil doscientos en el tanque. Dijo: "Ahora Miguel tiene un hermoso torso". Por eso se rieron. ¡Raúl!

(Miguel se levanta, arropa el cuerpo de Raúl con cariño extático).

MIGUEL: ¡Qué belleza! (Afuera, alguien silba de nuevo). ¡Qué belleza!

TELÓN LENTO


3. Interpretación: El relevo de las sombras

La obra presenta una ironía trágica. Raúl, el "Apolo", se suicida porque no puede concebir una existencia sin la perfección física que lo definía. Para él, la parálisis es la muerte real. Sin embargo, el clímax revela que Miguel —quien siempre fue el amigo "manso" y disminuido— ha tomado el lugar de Raúl en el mundo de los vivos y en el deseo de Isabel.

El uso de las referencias mitológicas (Apolo vs. Vulcano) subraya la caída del pedestal. Lo más inquietante es el final: Miguel, al cubrir el cadáver, repite las palabras de Raúl: "¡Qué belleza!". Esta frase ya no se refiere a la vida heroica de Raúl, sino a la "belleza" de su muerte, que finalmente deja el camino libre para que Miguel deje de ser la sombra y se convierta en el protagonista de su propia vida.


4. Semblanza de Sergio Magaña (1924-1990)

Sergio Magaña fue una de las figuras cumbres del teatro mexicano del siglo XX y pieza clave de la Generación de los 50. Nacido en Tepalcatepec, Michoacán, Magaña revolucionó la escena nacional al alejarse del costumbrismo regionalista para enfocarse en la psicología urbana, la marginalidad y el existencialismo.

  • Innovación: Introdujo una crudeza temática que escandalizó y fascinó a la vez. Sus personajes suelen estar atrapados en ambiciones frustradas o pasiones destructivas.

  • Obras Clave: Su obra maestra, Los signos del zodiaco (1951), retrata la vida en una vecindad con una profundidad técnica sin precedentes. También destacan Moctezuma II, donde reinterpreta la historia de México, y Santísima, una exploración del deseo y la religión.

  • Legado: Fue un maestro del diálogo y del ritmo dramático. Su teatro no solo se lee, se siente como un golpe emocional que cuestiona los valores de la clase media y la identidad nacional.



Sergio Magaña utiliza detalles aparentemente pequeños para construir una tensión psicológica asfixiante. Tanto el guante de Miguel como la música de Prokofiev son llaves maestras para entender la verdadera naturaleza de su relación.

Aquí  un análisis de estos dos símbolos:


1. El misterio de la mano enguantada

En el texto, se menciona específicamente que Miguel tiene la mano izquierda enguantada. En el teatro, nada es accidental. Este elemento sugiere varias interpretaciones:

  • La marca de la inferioridad: Mientras Raúl presume de su antigua perfección física ("Apolo"), el guante de Miguel sugiere una imperfección oculta, una cicatriz o una deformidad. Es el símbolo de su "castración" simbólica frente al brillo de Raúl.

  • La barrera de la "mansedumbre": El guante representa la incapacidad de Miguel para tocar la vida directamente. Él siempre ha sido un observador, alguien que vive a través de los ojos de Raúl.

  • El cambio de guardia: Al final, cuando Miguel mete el brazo inerte de Raúl bajo las sábanas, lo hace con esa misma mano. El guante ya no oculta una debilidad, sino que ahora es la mano que "toma el control" y hereda el espacio del muerto.


2. El tema de "Pedro y el Lobo"

El hecho de que Miguel silbe el tema de Serguéi Prokófiev no es solo un recurso atmosférico; es una analogía del conflicto central de la obra.

La inversión de roles

En la fábula musical, cada personaje tiene un instrumento y un rol claro. Tradicionalmente:

  1. El Lobo (Raúl): Es el depredador, la fuerza de la naturaleza, el peligro que fascina y aterra. Raúl era ese "lobo" ágil que perseguía mujeres y dominaba la alberca.

  2. Pedro (Miguel): Es el niño astuto pero aparentemente inofensivo que termina atrapando al lobo.

¿Por qué es importante?

A lo largo de la obra, escuchamos el silbido como un recordatorio de que el cazador ha sido cazado. Raúl está atrapado en su cama (la trampa), mientras que Miguel (el niño manso) es quien ahora camina libremente por los prados con Isabel. El silbido que se escucha al final, "de alguien que pasa afuera", sugiere que la vida sigue su curso indiferente, y que el rol de "héroe" o "lobo" simplemente ha pasado de un hombre a otro.


3. Interpretación del Clímax: ¿Venganza o Admiración?

El final es profundamente ambiguo. Cuando Miguel dice "¡Qué belleza!" mientras contempla el cadáver, ocurre una transmutación:

  • El canibalismo simbólico: Miguel no está triste. Está extasiado. Al morir Raúl, Miguel deja de ser la sombra. Ahora él es quien nada los 1200 metros, quien posee el "hermoso torso" y quien se queda con Isabel.

  • La estética del fin: Para Raúl, la belleza era el movimiento. Para Miguel, la belleza es el orden final, el momento en que su "ídolo" se convierte en un objeto que él puede arropar y controlar.


Propuesta de análisis visual

Para entender mejor la estructura de poder en esta obra, podemos visualizarla como una balanza que se inclina:

ElementoInicio de la obra (Raúl domina)Final de la obra (Miguel domina)
Luz/SombraRaúl en la luz (brillo de la jeringa).Raúl en la sombra (muerto/tapado).
CuerpoRaúl recuerda su agilidad.Miguel presume sus 1200 metros.
IsabelEs la propiedad de Raúl ("su Electra").Es la compañera de Miguel en el prado.
La fraseRaúl dice "¡Qué belleza!" sobre la vida.Miguel dice "¡Qué belleza!" sobre la muerte.








ElementoInicio de la obra (Raúl domina)Final de la obra (Miguel domina)
Luz/SombraRaúl en la luz (brillo de la jeringa).Raúl en la sombra (muerto/tapado).
CuerpoRaúl recuerda su agilidad.Miguel presume sus 1200 metros.
IsabelEs la propiedad de Raúl ("su Electra").Es la compañera de Miguel en el prado.
La fraseRaúl dice "¡Qué belleza!" sobre la vida.Miguel dice "¡Qué belleza!" sobre la muerte.

Cuatro Diálogos de animales, de Sergio Magaña Los fabulosos


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Cuatro  Diálogos de animales

de  Sergio Magaña

Los fabulosos

(El Unicornio solicita ayuda de la Quimera para encontrar la raíz de la Mandrágora.)
UNICORNIO: ¡Eh, tú, detente, y ayúdame a manejar un poco el azadón!
QUIMERA: ¿Es a mí a quien te diriges?
UNICORNIO: Precisamente es a ti, y si me ayudas a manejar el azadón, es posible que participes de los beneficios del encuentro.
QUIMERA: Pero, ¿y cómo? ¿Te diriges a mí? ¿No sabes acaso que yo no existo? ¿Me has visto alguna vez?
UNICORNIO: Eso no tiene importancia. Contesta sólo si puedes ayudarme o no. Ya me miras cansado y con mi hermoso cuerno lleno de barro, aun astillado; daño que me ha venido al pretender usarlo para remover la tierra de este campo.
QUIMERA: Te ayudaré, con un suspiro, porque debes saber que yo no existo. ¡Soy una Quimera! Animal fabuloso no clasificado en ninguna Zoología.
UNICORNIO ¿Y qué quieres? ¿Que me asombre? Yo soy Unicornio y tampoco me han registrado jamás, ni nadie me ha visto como no sean los ignorantes hombres de la edad media.
QUIMERA: Entonces tú, igual que yo, no existes... y si no existes es un absurdo que me estés hablando y solicitando ayuda. No veo por qué, un ente inexistente deba distraerme y aún exigirme le ayude a cavar. ¡Sin duda me pedirá después una sonrisa!
UNICORNIO: ¿Una sonrisa tuya, Quimera? Ni aún a riesgo de perder mi cuerno la solicitaré. Cuando sonríes echas llamaradas por tu cabeza de león y tu barriga de cabra se arruga mientras tu cola de dragón se yergue. ¿Vas a llorar?
QUIMERA. No me toques... eres un ser sin entrañas. Acabas de describirme sin ninguna cortesía y de tan horrible manera que nadie querría invitarme ni siquiera un trago.
UNICORNIO: ¿Acaso eres borracha?
QUIMERA: Imagínate, he contraído el vicio de la bebida, empujada tal vez por mi soledad, sin tener nunca a un Quimero o cosa parecida. Cuando era joven soñaba con él y solía peinarme en el espejo de los lagos. Dame un tabaco.
UNICORNIO: ¡Ajá! ¿También fumas?
QUIMERA. Claro, por culpa también de mi soledad.
UNICORNIO: Pues aquí no hay tabaco. Y además con el fuego de tus fauces podrías provocar un incendio.
QUIMERA: ¡Oh, no! ¡Es fuego fatuo! En fin…por ser tan agradable tu manera de ser, te ayudaré si puedo.
UNICORNIO: Puedes. Usa tus garras para cavar el terreno.
QUIMERA: ¿Mis garras? ¿No las ves? ¡Son de terciopelo!
UNICORNIO: Luego es cierto. Pobrecilla. Entonces lárgate de aquí si de nada me sirves.
QUIMERA: Por eso te digo que no existo. Aunque si tuvieras un trago...
UNICORNIO: Déjame en paz. Estoy escarbando con la intención de hallar la raíz de la Mandrágora. Dicen que en cuanto la coma existiré realmente y gozaré de los privilegios de la tierra.
QUIMERA: Siendo así no me voy. Déjame esperar tus resultados y si me lo permites, de la raíz tomaré también un pedacito. ¡Quiero vivir y existir! Estoy cansada de charlar con puros animales fabulosos. La Hidra de Lerna me tiene harta, el León de Nemea me cansa. La Salamandra es una histérica, el Basilisco no hace más que llorar y la Hidra Verde es un miserable gusano terrestre cuyo hermoso nombre, correspondiente a tan mísero ser, nos ha puesto a todos en ridículo.
UNICORNIO: Siéntate pues, y no eches fuego, no sea que me asuste mientras escarbo.
Los moluscos
(Una madreperla, Malagrina, encuentra inmóvil al pulpo Octopus, que ha sido víctima de la habilidad de un cangrejo.)
MALAGRINA: ¡Buen viaje, Octopus Vulgaris!
OCTOPUS: ¡Detente, hermana madreperla! Y mírame aquí, reducido a la vergüenza de oírte decir "Buen viaje", a ti y a otros animales del mar, sin poder yo moverme ni decir lo mismo; así que es una frase odiosa para mis oídos.
MALAGRINA: Verdaderamente, Octopus, me parece insólito el espectáculo de un pulpo enorme, ágil y voraz como tú, hundido en la arena y sin mover nada más que los ojos, y aún éstos llenos de lágrimas.
OCTOPUS: A tal condición, oh Malagrina, me han reducido mis aficiones al Arte. Si tú quisieras ayudarme a salir de mi postura acercándote a mí, y manipulando donde yo te diga, sería siempre tu amigo y defensor.
MALAGRINA: Lo haría, Octopus, mas nadie como yo conoce los peligros de la piedad en el fondo de los mares, de suerte que no me pidas ayuda de ninguna clase. Si en algo puede consolarte el que yo escuche tus ridículos lamentos, habla ya, mientras yo contemplo mi perla en esta concha vacía, espejo pulido admirablemente por las aguas.
OCTOPUS: Tu vanidad es larga; pero mi historia es corta, escucha: Navegaba hace poco por este hermosísimo paraje, henchido de luz, enamorado de las irisaciones de los peces y jugueteando inocentemente con muchos y pequeños cangrejos...
MALAGRINA: ¿Inocentemente, Octopus?
OCTOPUS: ¡ Inocentemente, Malagrina! Cuando de pronto todos ellos en coro me pidieron que danzara, y echando mano de dorados caracolillos y soplando en sus orificios, lograron estremecer las aguas con una música encantadora. Yo mismo me sentí transfigurado y, poniéndome de pie y apoyando graciosamente la punta de mis tentáculos sobre la arena, me lancé a girar al compás vertiginoso de la melodía; al grado de sembrar la envidia entre varios delfines y medusas que también me contemplaban. Entonces uno de los cangrejos, sin duda espantado de mi casual proximidad, me enchufó el caracolillo en la abertura de mi sifón. Ahora bien, tú sabes que nosotros, los cefalópodos, nos movemos por retropropulsión y que expelemos el aire necesario por esta abertura de nuestra bolsa, cercana a nuestra cabeza -¿y cómo voy a moverme nunca más si tengo ahí el caracolillo incrustado?. Líbrame de él, Malagrina, y prometo organizarte una costosísima fiesta donde tu perla sea proclamada la más hermosa. MALAGRINA: Y mi carne la más apetitosa... ¿Eso pretendes? Pues me retiro, Octopus, he terminado de mirarme al espejo.
OCTOPUS: ¿Así que te vas sin quitarme el caracolillo? ¡Ya te arrepentirás, ingrata, cuando sepas que he sido presa de los tiburones!
Los Crustaceos
(Un gracioso camarón llamado Leander Squila, libra al pulpo Octopus de un grave mal. En reciprocidad, Octopus lo devora a él y a su prole.)
LEANDER: Inclina la cabeza, pulpo, o no podré extraerte ese tapón que obstruye tu sifón. Así se explica tu inmovilidad, tapada como tienes la abertura por donde recibes y expulsas el aire necesario para tu locomoción. ¿Todos los pulpos caminan como tú?
OCTOPUS: Habla menos, camarón Leander, y acaba de sacarme ese estorbo de mi tubo. Hazlo con el mayor cuidado, no sea que quieras cobrarte en mi cuerpo el despecho de tus desilusiones marinas.
LEANDER: Por fin lo he sacado y estoy viendo un simple caracolillo. ¿Cómo pudo haberse metido en la entrada de tu sifón?
OCTOPUS: No lo creas tan hábil. Me lo incrustó ahí Gelassimo Tangeri, un cangrejo a quien puedes ir previniendo de mi venganza.
LEANDER: Debo decirte, Octopus, que Malagrina, esa orgullosa madreperla, diciéndose tu amiga, estuvo hace poco pregonando tu voraz intención de comerte la prole de Gelássimo, y de que éste no sólo te burló, sino que con un caracol. manejando su desarrollada pinza izquierda, te dejó inmóvil taponándote.
OCTOPUS: ¿Eso dice?
LEANDER: También se ufana de haberte negado su ayuda y de abandonarte a los tiburones, no obstante tus afeminadas súplicas.
OCTOPUS: Pues ya estoy curado. ¡Mira cómo me levanto, camino, giro y ondulo libre de todo dolor! En cuanto a esos despectivos juicios no los creo por ningún motivo y comienzo a pensar, camarón Leander, que tú los has inventado para encender mi cólera en contra de la bella amiga, incapaz de tales expresiones.
LEANDER: ¡Suélteme, Octopus! No está bien que, tras de mostrarme contigo tan amablemente, extrayendo ese caracol de tu sistema y abandonando las redecillas de mis huevos a la ferocidad de mis enemigos, me tildes ahora de mentiroso y calumniador.
OCTOPUS: No me interesan tus huevecillos. Seguramente los habrás escondido muy bien. ¿Dónde están?
LEANDER: Están abajo de aquella esponja, próxima a la cresta de corales; pero tú comprendes, cualquier merodeador puede dar con su escondite y devorarlos.
OCTOPUS: Llévame junto a ellos para que sobre ellos hagas el juramento de si es verdad o no, cuanto me dices de la conducta de Malagrina.
LEANDER: Hemos llegado. He aquí mis crías y sobre ellas te repito que es tan cierta la conducta de tu amiga, como es cierto que nada tienes que hurgar abajo de la esponja.
OCTOPUS: Eso crees, camarón Leander. Yo te castigaré por trastornar mi ánimo de pulpo con esas fábulas acerca de Malagrina.
LEANDER: ¡Oh, hijos míos, estamos perdidos! Ya se me desgarran los ojos al ver cómo Octopus los devora. ¡Quisiera morir!
OCTOPUS: A eso voy; conque serénate para poder tragarte sin esfuerzo.
LEANDER: No tomes tan al pie de la letra mis expresiones. En realidad quiero vivir aunque hayas devorado a mis hijos.
OCTOPUS: ¡Ah, padre desnaturalizado! Sólo por eso vas a morir.
LEANDER: ¡Ay de mí, oh ingratitud de los seres!
OCTOPUS: Calla, Leander y ven a reunirte con tus huevecillos. ¡Glub, glub!
Los anfibios
(Por su sabiduría, la Salamandra se gana una cena.)
AJOLOTE: Díme lo que haces, Salamandra.
SALAMANDRA: Vivir. ¿Te parece poco, amigo mío horrendo?
AJOLOTE: Tienes razón; sobre todo en estos lugares donde la gente es supersticiosa en grado extremo. A mí me persiguen las brujas para realizar hechizos repugnantes, sin otro resultado que mi muerte. Y a ti, Salamandra, te aplastan con el pie por miedo a tu mordedura, sin embargo inofensiva.
SALAMANDRA: Eso se llama hablar con la verdad. Tipos hay que me arrojan al fuego en la creencia que saldré ilesa. Así han muerto mi padre, mi tía y siete sobrinos indefensos. Y si fuéramos animales comestibles, excuso decirlo ya habría perecido nuestra especie.
AJOLOTE: No creas. Las ranas lo son y aún subsisten. En cuanto los hombres nos declaran alimento, hasta hacen criaderos. Cerca de aquí existe uno, especialmente dispuesto para obtener en poco tiempo grandes cantidades de ranas, inocentes ellas de su próximo tránsito a los intestinos del hombre.
SALAMANDRA: Bueno, yo odio las ranas. Quisiera vivir en la América del Sur; allí sí que no hay ranas.
AJOLOTE: ¿No?
SALAMANDRA: Hay sapos; pero ranas verdaderas, no.
AJOLOTE: ¿Y cómo es que cantan las ranas?
SALAMANDRA: Para cantar, la rana expulsa violentamente el aire de sus pulmones, haciendo vibrar dos fuertes bandas elásticas o cuerdas vocales -en la faringe-, y sirviéndole de cajas resonantes dos bolsas membranosas que posee a los lados de la boca y que salen al exterior enormemente distendidas.
AJOLOTE: ¡Oh, cuán culta eres, Salamandra! Me agradaría aceptases una invitación a comer en mi casa; donde mis hijos ganarían mucho oyéndote hablar.
SALAMANDRA: Nada me gustaría tanto, aunque soy un poco voraz.
AJOLOTE: No te preocupes. Tengo ochenta insectos en conserva, catorce babosas y nueve lombrices, y…
SALAMANDRA: ¡Vamos al punto! Mi desayuno consistió en una mosca; así te puedes figurar mi apetito. En cuanto a las ranas, te diré que quién canta es sólo el macho, la señora tiene por exclusiva misión la de poner huevos, por eso es tan bruta. En cuanto a la crianza de los hijos, las ranas, según su género, usan de los métodos más extravagantes. Las ranas marsupiales, por ejemplo, tienen en la espalda una amplia bolsa, más bien un bolsillo con la abertura hacia atrás y, cuando ponen, el macho va recogiendo los huevos y metiéndolos allí; de manera que la madre los conserva guardados hasta que salen crías, que nacen, por cierto, en un avanzado estado de desarrollo: con sus cuatro patitas y sus branquias. En Argentina, el sapito vaquero, guarda los huevos en la boca, imagínate, en una bolsa especial y un buen día, pasado el tiempo, abre la boca y empieza a vomitar a su familia.
AJOLOTE: ¡Mira, ahí va un sapo!
SALAMANDRA: Es un enano. En América del Sur hay unos sapos así de grandes, horribles. ¿Y sabías que las ranas no tienen lengua? Por eso cantan. Hay una sola especie venenosa, la tintorera, que segrega un líquido...
AJOLOTE: Hemos llegado. ¿Que tienes... por qué lloras?
SALAMANDRA: Porque otra vez me quedaré sin comer, a pesar de mi sabiduría.
AJOLOTE: No digas eso. Yo te he invitado.
SALAMANDRA: ¿Y voy a entrar al agua para ahogarme? Cierto que pertenezco a los anfibios y me gusta la humedad; pero no al grado de poder respirar dentro del agua. Tal es mi desgracia, amigo mío horrendo.
AJOLOTE: No te preocupes. Espera y me verás traer cuanto prometí, pues yo gozo la doble ventaja de poder vivir en la tierra y en el agua.

TELON

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