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23/2/21

Farsa de Maese Mimín Anónimo francés del siglo XIV

 Farsa de Maese Mimín
Anónimo francés del siglo XIV

Versión libre de Juan Cervera

PERSONAJES
 
 
LUBINA,   madre de Mimín.
GUILLERMO,   padre de Mimín.
RAÚL MACHÚA,    padre de Catalina.
MAGÍSTER ALIBORÓN,   maestro.
CATALINA,    prometida de Mimín.
MAESE MIMÍN,    estudiante.
La acción transcurre en una aldea en el siglo XIV.
A la derecha, la casa de Raúl Machúa.
A la izquierda, la casa de Magíster Aliborón.
Frente a la casa de RAÚL MACHÚA, zapatero. La casa estará entreabierta, pero no se verá a nadie dentro hasta que hayan entrado LUBINA y GUILLERMO.
 
LUBINA.-   (Desde fuera, con recelo.)  Entra tú primero.
GUILLERMO.-   (Mismo juego.)  No, no. Llama tú. Tuya fue la idea de venir a ver a Raúl Machúa.
LUBINA.-    (Airada.)  Y tuya la de mandar a Mimín con ese Magíster Aliborón.
GUILLERMO.-   (Resignado.)  Está bien, al final, como siempre, tendré que hacer lo que tú quieras.  (Golpea la yerta.)  ¡Ah, de la casa!
RAÚL MACHÚA.-   (Apareciendo y haciéndoles pasar.)  ¡Dios te guarde, Maese Guillermo! ¿Qué os trae por mi casa, vecinos y casi consuegros?  (No deja hablar.)  Y mi señora Lubina, pero ¡qué hermosa está!  (Gesto de los visitantes para empezar a hablar.)  ¡Ah, no digáis, no digáis..., ya adivino.  (Se oye cantar dentro alegremente a CATALINA. Sólo tonadilla. Melodía 1.)  Explicaos, amigos míos; mi hija  (Gorgoritos de ella.)  tan hacendosa como siempre, está preparando los guisotes.  (Sin dejarles hablar.)  ¡Oh, un suculento pavo con...!
GUILLERMO.-   (Con misterio.)  Bien. Que siga. No hace falta que nos oiga.  (Lo atrae bastante lejos de la puerta del fondo, que tendrá cortina a través de la cual se verá fisgar de vez en cuando a CATALINA, que seguirá cantando de forma intermitente e inoportuna.) 
RAÚL MACHÚA.-  Y ¿qué tal? ¿Cómo sigue vuestra tía?  (LUBINA y GUILLERMO quieren hablar.)  ¿Sigue tan esbelta como siempre, a pesar de sus años?
GUILLERMO.-    (Algo amoscado.)  No, no se trata de eso.
RAÚL MACHÚA.-  ¡Ah, ya; se trata de tu padre, Maese Guillermo! ¡Pobre hombre, me da mucha pena!
GUILLERMO.-   (Impaciente.)  No, no, tampoco es eso. Lo que ocurre...
RAÚL MACHÚA.-  Pues entonces será algo grave,  (LUBINA a punto de estallar.)  ¿verdad, Maese Guillermo?
GUILLERMO.-  ¡Claro! Lo que ocurre...
RAÚL MACHÚA.-   (Interrumpiéndole.)  Te escucho, Maese Guillermo, o a ti, mi señora Lubina... Ya, ya veo. ¿Algún incendio?
LUBINA.-    (Casi se desmaya.)  ¡Oh!
RAÚL MACHÚA.-  ¡Ah, claro! Un incendio y nosotros aquí charla que te charla. Corramos todos a apagar el fuego.
GUILLERMO.-   (Sentándose vencido.)  ¡Compadre, déjame por fin que te cuente el caso!
RAÚL MACHÚA.-  ¡Pardiez!. Hace tiempo que lo espero con impaciencia. Charlamos como mujeres.  (LUBINA, que estará con el pañuelo entre manos y la cabeza gacha, la levanta ahora despectiva.) 
GUILLERMO.-  ¡Basta ya! Se trata de nuestro hijo Mimín.
RAÚL MACHÚA.-  ¡Cómo! ¿Que vuestro hijo Mimín prendió el fuego?  (CATALINA al oír el nombre de MIMÍN saca la cabeza.) 
GUILLERMO.-  ¡No! Escúchame de una vez y no interrumpas.
LUBINA.-  Tu hija Catalina es una buena moza.
RAÚL MACHÚA.-  ¡Oh, sí! ¡La más hermosa del lugar!
GUILLERMO.-  Y nuestro hijo Mimín...
RAÚL MACHÚA.-  No, no. Mimín no tanto.
LUBINA.-  Decimos que Mimín...
RAÚL MACHÚA.-  No, por favor, Catalina es más hermosa que Mimín.
GUILLERMO.-   (A LUBINA.)  ¿No habrá manera de meter baza?  (Enérgico se dispara.)  Pues sí, como los dos están prometidos en matrimonio, quisimos que Mimín fuera el más sabio de la aldea.
LUBINA.-   (Señalando culpablemente a GUILLERMO.)  Y éste le mandó a la ciudad a estudiar con...
GUILLERMO.-  Magíster Aliborón.
RAÚL MACHÚA.-   (Interrumpe como de costumbre.)  Obraste cuerdamente, Maese Guillermo, porque bien merece mi hija Catalina...
GUILLERMO.-  No, tampoco es eso. Lo que ocurre es que nuestro hijo es tan inteligente que descifrando pergaminos latinos día y noche ha olvidado nuestra lengua.
LUBINA.-  ¡Y no habla más que en latín!
RAÚL MACHÚA.-  ¿Y eso es una desgracia? ¡Eso quiere decir que ha progresado mucho! Porque descifrar pergaminos no será nada fácil...
LUBINA.-  ¡Ay de mí!
GUILLERMO.-  Pero, Maese Raúl, que Mimín y Catalina tienen que casarse.
RAÚL MACHÚA.-  Me parece normal, porque si ellos son jóvenes y se quieren...
GUILLERMO.-  Pero, ¿cómo van a entenderse si él habla sólo en latín y ella en español... y están en vísperas de desposarse?
RAÚL MACHÚA.-  ¡Ya! Ahora caigo:  (Recapacitando.) latín, español, latín, español, latín.  (Repiten todos el juego a coro, volviéndose alternativamente hacia un lado y otro: latín, español, etc. CATALINA sale descaradamente y sigue desde atrás a los tres, que repiten como enajenados.)  Latín, español, etc., ¡latín, latín, latín!  (CATALINA se retira oportunamente y vuelve a cantar para disimular.) 
RAÚL MACHÚA.-   (Grave.)  ¡Un momento! No hay tiempo que perder. Voy a prevenir a Catalina. ¡Es tan jovencita!  (Se retira.) 
LUBINA.-    (Gimotea.)  ¡Ay, sí! Es una niña.
RAÚL MACHÚA.-   (Como quien dicta una sentencia, mientras sale con CATALINA.)  Iremos todos juntos a la ciudad a ver a Magíster Aliborón.
CATALINA.-   (Haciendo falsos pucheritos.)  Yo a quien quiero ver es a Maese Mimín.
LUBINA.-  Hija mía, dame la mano y vayamos juntas a buscarle.  (Ademán de empezar la marcha.) 
RAÚL MACHÚA.-  ¡Pobre niña! Tan linda, tan cariñosa.
GUILLERMO.-  ¡Pobre Mimín! Tan inteligente, tan estudioso.
RAÚL MACHÚA.-   (Parándose.)  Pero, ¡Maese Mimín debe de parecer un salvaje hablando una lengua tan extraña!
CATALINA.-   (Volviéndose hacia atrás.)  Padre, voy a echarme un manto encima y corramos a ver a Maese Mimín. Y además llevaré mi muñeca.  (La coge.) 
GUILLERMO.-  ¿Tu muñeca?
CATALINA.-  Sí, me la regaló Mimín antes de irse a la ciudad.
LUBINA.-  ¡Hay que ver cómo se quieren! Le regaló una muñeca...
 
(En casa de MAGÍSTER ALIBORÓN. En escena MAESE MIMÍN y el MAGÍSTER. Se pasean con grandes volúmenes. GUILLERMO observa desde fuera y comunica sus experiencias a LUBINA, RAÚL y CATALINA.)
 
MIMÍN.-   (En tono salmodiado que termina en falsete.)  Mundum mirabilius et nunquam potabilius sed periculosum navigare. Omnes divitias in capite habeo et nihil comparabo scientia cerca de rebus multis in capitulo octavo.
GUILLERMO.-    (Se vuelve y les comunica.)  Parece una procesión. Canta devotamente. Llevan como un ropón negro.
MIMÍN.-   (Repite.)  Mundum mirabilius, etc., octavo.
MAGÍSTER.-    (Transportado de admiración.)  ¡Bellísimo lenguaje, Maese Mimín! Tú me honrarás, tú serás el más grande de los doctores, entre los de mayor fama. Podrás reírte de los vientos, de las tempestades y de las tormentas, porque el sabio es el dueño de la tierra y del mar. Respóndeme: ¿qué libro lees?
MIMÍN.-  Non respondebo tibi, nisi latine, quia linguam hispanam olvidavi in aeternum.
GUILLERMO.-    (Aparte.)  No sé qué ha dicho, pero no me parece cosa buena.
MAGÍSTER.-  No he visto nunca persona más ágil ni más ardorosa para el estudio. Su inteligencia al principio era algo ruda, pero hay que ver cómo la he pulido. ¡Oh, gran Mimín! ¡Alejandro de los pergaminos, César de las memorias, Cicerón de todos los discursos! Hasta los doctores de Roma pedirán tu consejo y las más famosas Universidades, como la de Salamanca y la de Bolonia, te ofrecerán sus cátedras.
MIMÍN.-  Ego volo laborare et parlare semper latine, nunquam hispaniolo.
MAGÍSTER.-  ¡Oh, Maese Mimín! Hablas el latín como los mismos apóstoles. Mimín, haz una disertación sobre el salmo que dice: «De cómo el honor del mundo pende sólo de un hilo...»
GUILLERMO.-   (Aparte.)  No sé qué han dicho del hilo.  (Gesto de sorpresa de los demás.) 
MIMÍN.-    (Después de reflexionar.)  Ego adsum. In capitulo tertio Aristetolos, Aristotelis pensavi et dixi: Vivamus in aventura, honor totius mundi pendet de fileto.
GUILLERMO.-    (Aparte.)  Esto me parece ya razonable: hablan de filetes.
MAGÍSTER.-  ¡Oh, doctus doctissimorum! ¡Qué sonoridades le das al latín! Ni Triboniano, ni Justiniano, ni Domiciano pueden comparársele.
MIMÍN.-   (Empalma otro latinajo.)  Iuta ripan aquarum sicut cedrus crescet...
GUILLERMO.-   (Irrumpiendo el primero.)  ¡En qué situación le ha dejado el estudio!
LUBINA.-  Hasta su voz ha adquirido un acento agrio... Me acerco temblando.
RAÚL MACHÚA.-   (A CATALINA, que quiere lanzarse hacia MIMÍN.)  Guarda recato, hija mía. Ponte erguida, pero baja los ojos.
CATALINA.-   (Obedece, pero haciendo pucheros.)  ¿Está bien así, padre?
RAÚL MACHÚA.-  Aún más recato, hija.
CATALINA.-  Pues si cierro los ojos no veré nada.
GUILLERMO.-  Perdón, Magíster Aliborón. Supongo que me reconoces. Soy el padre de Mimín.  (Al querer tenderle la mano le cae el mamotreto a M. ALIBORÓN.) 
LUBINA.-  ¡Dios te guarde!, Soy su afligida madre...
CATALINA.-  ¡Ah, qué ganas tengo de oírle de cerca...!
MAGÍSTER.-   (A MIMÍN, que ha permanecido enfrascado en la lectura de su libro.)  Saluda a tus padres. Pero hazlo en lengua vulgar.  (Con desdén.)  En español.
MIMÍN.-  Salve, Dómine!
MAGÍSTER.-  ¡En latín, no!
MIMÍN.-  Bene, bene. Ego hispaniolum olvidavi. Sed quid video? Filia Raúlis Machuae est hic! Cura muñeca quam dedi ad matrimonium. Salve, amici!
GUILLERMO.-   (A M. ALIBORÓN.)  No entendemos nada de lo que dice.
MAGÍSTER.-  Os da la bienvenida.
LUBINA.-  Pero no conocemos esa lengua.
MIMÍN.-  Oh, mater! Muñeca filiae Raúlis est prenda ad matrimonium.
LUBINA.-   (Suplicante.)  ¡Habla en español!
MIMÍN.-   (Con suficiencia.)  Vulgus, hispaniolo; sed sapientes, latine.
CATALINA.-  Padre, ¿puedo reírme ya? Porque estallo...
RAÚL MACHÚA.-  Recato, hija, recato.
GUILLERMO.-   (A ALIBORÓN.)  ¿De verdad es sabio?
MAGÍSTER.-  En verdad que tengo motivos para estar satisfecho.  (Señalando la cabeza.)  Ha costado algo entrarle el latín, pero ahora ya no se le sale.
GUILLERMO y LUBINA.-  Venimos para llevárnoslo.
MAGÍSTER.-  ¿Qué decís, insensatos? ¿Arrebatarle tan pronto de mis cuidados? Seis meses más y... hablará griego.
LUBINA.-    (Cae desmayada.)  ¡Socorro!... ¡Ay!
GUILLERMO.-  ¡No! No es esa lengua la que queremos que hable.
MAGÍSTER.-   (Satisfecho.)  ¡Ah, ya! ¡Apuesto a que preferís primero el hebreo! Pues le enseñaré antes el hebreo, luego el griego y luego...
GUILLERMO.-    (Furioso.)  ¡No! El español, el español quiero yo...
RAÚL MACHÚA.-  Comprende, Magíster Aliborón, que el latín, el griego y el hebreo son lenguas que se hablan poco hoy en día.
MAGÍSTER.-  ¡Es sorprendente que haya gentes que aprecien tan poco la cultura! Los progresos de Mimín eran muy rápidos.
LUBINA.-   (Ofendida.)  Sin duda. Por eso ya sabe bastante. Nos lo llevamos.
GUILLERMO.-  Pero antes de llevárnoslo haz que hable nuevamente en español.
MIMÍN.-  Aquila non capit muscas.
MAGÍSTER.-  Yo he hecho lo que he podido...
MIMÍN.-  Magister magnus est Aliboronus. Date ei pecuniam et ego parlabo graece et hebraice.
RAÚL MACHÚA.-  No, no, hispaniolo.  (Sorprendido él mismo de lo que ha dicho.)  ¡Oh!
LUBINA.-  ¿Ya no volverá a hablar español?  (A MIMÍN.)  Por lo menos dile buenas tardes a tu madre.
MIMÍN.-  Salve, mater amábilis!
CATALINA.-  ¡Huy, qué finolis resulta el latín!
LUBINA.-  Dile alguna palabra graciosa a Catalina, hijo.
MIMÍN.-  Tu habes faciem, Catherina, pulchram quam lingua latina.
RAÚL MACHÚA.-  ¿Has entendido algo, hija?
CATALINA.-  No, pero me da mucha ilusión.
LUBINA.-   (A ALIBORÓN.)  ¿Qué ha querido decir?
MAGÍSTER.-  Son frases amorosas. Y no está bien que yo me rebaje a traducirlas.
CATALINA.-  Pero, ¿son galantes?
MAGÍSTER.-  ¡Galantísimas!
LUBINA.-  Está muy amable, pero qué delgado... Pone cara de ayunos y penitencias.
GUILLERMO.-  Yo también a su edad... estaba así.
LUBINA.-  Era otra época. Pero dejémonos de pláticas inútiles. Hay que buscar solución a esto de la lengua.
GUILLERMO.-  Pues lo dicho, Magíster Aliborón, ¡no salimos de aquí hasta que vuelva a hablar en español!
RAÚL MACHÚA.-  Eso, eso.
LUBINA.-  Bien dicho.
CATALINA.-  ¡Qué más da, con tal que hable!
MAGÍSTER.-  ¡Pues me parece que si cuesta tanto salir el latín como costó entrarle, mi casa se convierte en posada!
GUILLERMO.-  Pero, Magíster Aliborón, alguna receta tendrá la ciencia para curarle.
RAÚL MACHÚA.-  Y esa ciencia sin duda la posee Magíster Aliborón.
MAGÍSTER.-
 (Halagado.)  Veamos si cantando cambia de lenguaje. Esta es una regla de oro de Hipócrates. Los estorninos, enjaulados, aprenden a cantar, y las urracas y abubillas incluso llegan a hablar. Cantemos todos juntos:  
Los ojos de Catalina
son verdes como un limón.
Ay, sí, Catalina, sí ay, ay, ay.
Ay, sí, Catalina, ay, no.
 (Se produce expectación y empieza...) 

MIMÍN
Virides tanquam limone
tui oculi, Catherina.
Et ego parlabo tibi, bi, bi,
semper in lingua latina.
GUILLERMO.-   (Exasperado.)  ¡Si le doy un garrotazo, seguro que gritará en español!
CATALINA.-  Por San Miguel, no harás tal cosa, Maese Guillermo.
MAGÍSTER.-  Un momento. Ya sé la causa. Y cuando se sabe la causa se curan los efectos.
LUBINA.-  ¡Qué bien habla!
RAÚL MACHÚA.-  Te escuchamos. ¿Cuál es la causa?
MAGÍSTER.-   (Pedantísimo.)  Ha trabajado tanto, ha argumentado tanto, ha investigado tanto; ha leído, vertido y controvertido tanto; ha escrito tantas disertaciones y compilaciones; ha sondeado tanto en la Dialéctica, la Retórica, la Alquimia y la Metafísica, que ahora no habla más que en latín... porque se ha habituado a ese idioma.
GUILLERMO.-   (Impaciente.)  ¡Pardiez! Eso ya lo sabíamos... ¿Qué podemos hacer?
MAGÍSTER.-  ¡Nada!  (Todos se alejan de él y se acercan a MIMÍN, que se ha vuelto a enfrascar en la lectura con grandes aspavientos.) 
MIMÍN.-  Contra vim mortis non est medicamentum in hortis.
LUBINA.-   (Se vuelve. Con sigilo.)  Escuchadme. Magíster Aliborón dijo muy bien. Hay que hablarle como a los pájaros, al oído, pero hemos olvidado ponerle en una jaula.
RAÚL MACHÚA.-  ¡Pardiez! ¡Y qué romos somos!
MAGÍSTER.-  ¡Prudente juicio, mi señora Lubina! Habíamos olvidado la jaula, porque como dice Aristóteles: «Jaula est omnis divisa in partes tres».
CATALINA.-  Yo he visto una en el mercado.  (Salen CATALINA y LUBINA por la jaula.) 
 
(GUILLERMO y RAÚL sostienen la jaula. Es grande y de mimbre. Suficientemente ligera para ser manejada y bastante amplia para contener a MIMÍN, que quedará algo agachado, casi en cuchillas, cuando está metido en ella.)
 
LUBINA.-  ¡Acercaos por detrás!
CATALINA.-  No lo lastiméis.
RAÚL MACHÚA.-  Catalina, ponte delante y dile cualquier cosa amable.
CATALINA.-    (Le muestra la muñeca bastante baja.)  Esta muñequita tan bonita...
MIMÍN
  (Empieza a cantar.) 
Virides tanquam limone
tui oculi, Catherina...
  (Inmediatamente lo meten en la jaula por la cabeza, aprovechando que él se agacha para verla.) 

MIMÍN.-    (Estoicamente.)  Iustus in jaula florebit. Libros latinos non possum studiare. Sed sapientia, sicut pulchritudo, est in interiore.
RAÚL MACHÚA.-  Dadle de beber.  (CATALINA intenta darle vino a través de la jaula.) 
MAGÍSTER.-  ¡No, no! Galeno dice: «Aqua fontis clarissima, vel aqua minerale naturale.»
GUILLERMO.-  Bueno, ¿y el Galeno ese es de fiar?
MAGÍSTER.-  ¡Ah, caterva inculta!  (LUBINA le pasa el agua a CATALINA, que se la ofrece a MIMÍN.) 
CATALINA.-  Así, suavemente. Acerca el piquito.
MAGÍSTER.-  Más agua, más agua, ut mundet caput eius ab omni latinitate.
LUBINA.-  Ahora conviene hablarle sólo en español y con dulzura.
GUILLERMO.-    (Acercándose.)  Querido Mimín, habla un poquito en español.
MIMÍN.-   (Imitando la dulce afectación de su padre.)  Ego parlo Latine bene, benissime.
MAGÍSTER.-  Dejadme a mí.  (Dirigiéndose a MIMÍN.)  ¿Me conoces, Mimín?
MIMÍN.-  Oh, Magíster reverendissime, tu es qui comedebat carnem fritam, dum ego faciebat ieiunia.
LUBINA.-  ¿Qué ha dicho?
MAGÍSTER.-  Nada, nada. Una sentencia de Averroes que no viene a cuento.
RAÚL MACHÚA.-  Repite conmigo: «Desde hoy no leeré librotes, porque me trastornaron la cabeza.»
MAGÍSTER.-  Tal afirmación es grosera y descortés.
LUBINA.-  ¡Callaos todos!
GUILLERMO.-  ¿Callarse? ¿Para qué?
CATALINA.-  ¡Por favor, dejadme sola con Mimín! Todos vosotros gritáis demasiado. Mi voz será dulce y cariñosa y estoy segura de que me responderá.
MAGÍSTER.-  Esta es una gran verdad, porque, como dice Horacio: «Amor omnia vincit.» ¡Vámonos todos!  (Sigilosamente.)  Y desde fuera observaremos.
CATALINA.-  No, no quiere testigos. ¡Todos afuera!  (Se marchan todos.) 
 
(Solos MIMÍN en la jaula y CATALINA fuera.)
 
CATALINA.-  ¡Se han marchado! ¡Ahora es la mía!  (Le mira.)  ¡Mimín!  (Le mira largamente y él parece enternecerse algo.)  ¡Mimín, si hablas nuestro idioma te sacaré de la jaula!  (Siguen mirándose sin decir nada.)  ¡Mimín, si hablas nuestro idioma serás mi maridito!
GUILLERMO.-   (A los demás, afuera.)  ¡No se oye nada! Me da la impresión de que sigue hablando en latín!
CATALINA.-  Pero, Mimín, ¿no te das cuenta del disgusto que das a toda la familia, que para verte vino de la tierra?  (Los ojos de MIMÍN se iluminan al oír las últimas palabras.)  ¿Qué quieres?
MIMÍN.-   (Suavemente.)  Vino de la tierra..., vino de la tierra.
CATALINA.-   (Transportada de gozo.)  ¡Vino de la tierra, vino de la tierra! Toma, toma.  (Le alcanza un jarro que tiene a mano.)  Bebe, bebe. Es vino de la tierra.
MIMÍN.-    (Como un niño.)  No puedo, la jaula.
CATALINA.-   (Le quita la jaula de encima y MIMÍN bebe alegre.)  ¿Te gusta, Mimín?
MIMÍN.-
Mucho, linda mozuela.  (Empieza a cantar suavemente) 
Los ojos de Catalina
son verdes como un limón...
LUBINA.-   (Fuera a los demás.)  ¡Me parece que ya hablan en nuestra lengua!
GUILLERMO.-    (Emocionado.)  Entremos ya.
MIMÍN.-   (A CATALINA.)  Déjame estrechar tu mano, Catalina. ¡Maldito sea el latín! ¡Y los librotes esos!  (Le besa la mano.)  Beso tu mano.  (Entran precipitadamente todos los demás.) 
LUBINA.-  ¡Qué alegría! ¡Ya habla como nosotros!
RAÚL MACHÚA.-  ¡Qué inteligente es mi hija!
GUILLERMO.-  Habrá que celebrarlo, esto es un milagro, ¡un milagro!
MAGÍSTER.-    (Solo, aparte, al ver el porrón.)  Vinum cor hominum laetificat, sed enturbiat cerebelum.
LUBINA.-  Y mañana celebraremos la boda. Estáis todos invitados, claro, todos, hasta Magíster Aliborón.
MIMÍN.-  Muy bien. ¡Magnífico! ¡Hasta Magíster Aliborón! Y se acabó el latín para siempre.
TODOS.-  ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Vivan los novios!
GUILLERMO.-  Mientras regresamos a casa, cantemos. ¡Cantemos todos!  (Se disponen a cantar todos a las órdenes de GUILLERMO, que empieza a entonar «Los ojos de CATALINA», pero de pronto se adelanta...) 
MIMÍN.-   (Que canta solo.)  Gaudeamus igitur, iuvenes dura sumus...  

 
 
FIN

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