18/2/15

Auto de las locas y vírgenes prudentes.

Auto de las locas y vírgenes prudentes.

CORO. ¡Velad, vírgenes! Pues se acerca Cristo, el esposo, por cuyo advenimiento se alegran y alegraron siempre los hombres. Viene a lavar los orígenes de la humanidad, encadenada a los demonios, primero por su madre Eva y más tarde por Adán, como fue dicho por los profetas. Cristo nos liberó del primer pecado y fue colgado en la cruz para que por Él se nos devolviera la patria celestial y se nos librará de nuestros enemigos. Ya viene el Esposo que expió nuestros pecados y los lavó con la muerte; ¡Cristo que, sobre el patíbulo y por nosotros, se alzó en la cruz!
Las cinco vírgenes fatuas al oír esto se alejan y se disponen a dormir. Las cinco prudentes, por el contrario, cuidan sus lámparas y se vuelven para prestar atención a San Gabriel.
GABRIEL. ¡Oíd, Vírgenes, lo que os dijeron!,
y el encargo que os dieron.
Esperad al Esposo, Salvador llamado.
Mucho no os durmáis;
ya viene el esposo que tanto esperáis.

A la tierra vino por nuestros pecados;
de la Virgen, en Belén, fue alumbrado
y en el Jordán lavado y bautizado.
Mucho no os durmáis;
ya viene el esposo que tanto esperáis.

El fue golpeado, herido e injuriado;
en la cruz colgado y crucificado
y en el momento fue El sepultado.
Mucho no os durmáis;
ya viene el esposo que tanto esperáis.

Y resucitó, según los libros santos.
Yo soy Gabriel y Él me ha enviado;
y pues viene, aquí debéis aguardarlo.
Mucho no os durmáis;
ya viene el esposo que tanto esperáis.
Pasada la noche las vírgenes prudentes han cuidado de sus lámparas. Ahora despiertan las fatuas y encuentran secas las suyas y quemadas las mechas. Entonces acuden a las prudentes en demanda de auxilio.
FATUAS. Vírgenes, a vosotras acudimos.
Con gran negligencia el aceite perdimos.
Os rogamos, hermanas, ansiosas,
que del vuestro nos deis a nosotras.

¡Malas y cuitadas, cuánto hemos dormido!

Pues juntas hicimos camino
y hermanas en todo hemos sido,
brindadnos un poco de apoyo
para que podamos llegar al Esposo.
¡Malas y cuitadas, cuánto hemos dormido!
Compartamos la luz de las lámparas
-¡sed buenas para con las malas!-
y así afuera no nos quedaremos,
cuando el dulce esposo nos llame a su reino.

¡Malas y cuitadas, cuánto hemos dormido!

PRUDENTES. Rogad, hermanas; rogad ampliamente
y así a vuestro ocio habréis puesto olvido.
Nada es en vosotras más justo y prudente
como el lamentaros del tiempo perdido.
¡Malas y cuitadas, cuánto habéis dormido!
Id, enhorabuena, id rápidamente,
y a los mercaderes rogad dulcemente
que viertan aceite en mucha abundancia
para que vacías no estén vuestras lámparas.

¡Malas y cuitadas, cuánto habéis dormido!
FATUAS. Ah, míseras, ¿qué es lo que aquí hacemos?
¿Acaso velando estarnos podemos?
Lo que nosotras mismas comenzamos
Y no podemos siquiera acabarlo.

¡Malas y cuitadas, cuánto hemos dormido!

PRUDENTES. Si esperáis nuestro aceite lograr,
no habéis de tenerlo; id pronto a comprar
a los mercaderes, que os lo venderán.

¡Malas y cuitadas, cuánto habéis dormido!

Éntranse las vírgenes prudentes y las fatuas van a visitar a los mercaderes. Estos se niegan a venderles aceite.
MERCADERES. Gentiles mujeres, no os conviene estar
aquí largamente, ni permanecer.
Lo que nos pedís no os podemos dar.
Pedídselo a Dios, que os lo ha de obtener.

A vuestras hermanas debéis de pedirlo.
Rogadles a ellas, por amor de Dios,
de un poco de óleo os hagan favor.
Hacedlo de prisa; el Esposo es venido.
FATUAS. Ah, míseras, ¿para qué vinimos?
Nada hemos logrado de lo que quisimos.
Perdido está todo y así lo veremos.
En las bodas y nunca entraremos.

¡Malas y cuitadas, cuánto hemos dormido!

Se retiran los mercaderes y las fatuas llegan donde está el esposo. Encuentran la puerta cerrada.
FATUAS. ¡Oye, Esposo, las voces que claman!
¡Haz, Esposo, las puertas abrir!
Y de nuestras culpas danos el perdón
y así juntos todos podemos vivir.
Silencio. Luego desde el interior se oye la voz de Cristo.
CRISTO. Yo no puedo veros, carecéis de luces
y así os desconozco; podéis proseguir.
Alejaos de aquellas que cuidan sus lámparas.
Idos ya cuitadas. Idos ya, malvadas.
Y seréis por fatuas al fuego llevadas.
Salen entonces los demonios y se llevan a las vírgenes fatuas a los infiernos.

FIN


teatro en la EDAD MEDIA

Luigi Allegri, «La idea de teatro en la Edad Medía», Insula. Revista de letras y ciencias humanas, 1990, 527, p. 1-2 i 31-32.

Si entendemos por teatro esa institución fuerte elaborada, de un lado, sólo por la cultura antigua y, de otro, por la moderna, podemos decir que en la Edad Media el teatro prácticamente no existe. La tarea —dura pero fascinante— del estudioso del teatro medieval es, entonces, la de realizar continuos cambios de perspectiva; la de perseguir, si no el teatro, si por lo menos la teatralidad allí donde se esconda y, sobre todo, la de someter a una constante verificación la propia metodología y las propias categorías.
Dando por descontado que el teatro en sentido pleno y moderno —moderno, justamente— no empieza a manifestar-se hasta finales de la Edad Media, el problema teórico e histórico más interesante me parece el siguiente: ¿Cuál es la idea de teatro que tiene la cultura medieval —al menos hasta el siglo XII-XIII— y cómo se relaciona esta idea de teatro con las manifestaciones concretas de teatralidad, las profanas de los juglares y las religiosas del drama sacro?
El dato de partida es el clamoroso y violento rechazo por parte de la cultura cristiana —que en la Edad Media se convierte en la cultura hegemónica— del teatro y del espectáculo. El catálogo de las condenas del espectáculo y de sus actores, codificado por Tertuliano en el De Spectaculis, y luego llevado a término sobre todo por Agustín y por Juan Crisóstomo, se repite de manera casi obsesiva en prácticamente todos los tratadistas cristianos tardo-antiguos y alto-medievales, desde Lactancio hasta Salviano, desde Gerolamo hasta Novaciano, por citar sólo a los más explícitos. Los elementos para esta condena nacen, sobre todo, del hecho de ser el espectáculo un testimonio de idolatría, al referirse a cultos paganos. Sólo en segundo lugar surgen las demás censuras: contra el hacer espectáculo de sí mismo y del propio cuerpo y, por tanto, contra los actores, a los que no se concede mayor dignidad que a los aurigas de las carreras de carros, en cuanto que el dar espectáculo de sí mismo se hace por dinero; contra la exhibición de pasión frente a la razón y a la continencia que el espectáculo inculca en el público; contra la obscenidad y la violencia de las que están llenos los espectáculos tardo-romanos.
El hecho curioso es, sin embargo, que los escritores cristianos siguen repitiendo estas antiguas y autorizadas argumentaciones —como, por otra parte, sucede siempre en la tradición medieval—, incluso cuando hace ya siglos que no queda rastro ni de teatro ni de actores en sentido estricto.
El único hilo que une aún a la desaparecida teatralidad clásica con las condenas de la Iglesia es la presencia, en los pliegues de la vida social de la Edad Media, de la figura del histrión vagabundo, identificado mediente una gran cantidad de nombres distintos —mimus, histrio, scurra y tantos otros, hasta el afianzamiento generalizado de juglar y similares— y siempre marginado y censurado por la cultura cristiana. Desde este punto de vista, puede incluso decirse que la cultura cristiana es la única capaz de reconocer perfectamente las valencias de la teatralidad, aunque fragmentaria y degradada, de la que histriones y juglares son portadores en cuanto herederos de los actores y los mimos de la clasicidad romana. Respecto a estos operadores del espectáculo, la condena es, de hecho total y continua y la calidad de los argumentos es absolutamente homologa a la de Tertuliano y los otros Padres, aunque, evidentemente, van perdiendo consistencia las acusaciones de idolatría para dejar paso a la censura de hacer espectáculo del propio cuerpo como oficio.
El tema del teatro, del espectáculo y del actor como mal intrínseco y como portador del mal es, pues, un hilo rojo que liga toda la tradición cristiana desde el siglo III en adelante, incluso en épocas en las que la única huella de teatralidad es la reconocible en los juglares, y hasta su parcial rehabilitación por parte de Tomás de Aquino y de Buenaventura. Pero naturalmente, el panorama se complica cuando, a partir por lo menos del siglo XI, aparecen esas formas de teatralidad religiosa que los estudiosos modernos han llamado oficio dramático o drama litúrgico.
Al enfrentarse a este tema, la condición del estudioso del teatro medieval adquiere un estatuto muy particular. No se trata ya de buscar e interpretar las trazas de una teatralidad marginada y oculta, como cuando uno se ocupa de los juglares, sino, por el contrario, de hacerse en cierto modo desconfiados o sordos respecto a una teatralidad demasiado evidente en lugares en los que, justamente, no debería serlo. En efecto, los violentísimos ataques de los pensadores cristianos contra el teatro y la espectacularidad convierten la idea misma de teatro sacro, religioso o incluso litúrgico en íntimamente contradictoria y paradójica.
Y sin embargo, hay que contar con esta paradoja, porque el teatro no sólo existe, sino que es floreciente y al final predominante. Para intentar explicar esta contradicción se ha recurrido a veces, sobre la base de una exégesis [Análisis interpretación} finalizada a esta demostración, a algunos pasos de los mismos Padres de la Iglesia para poder construir un modelo que prevea la condena de un teatro malo, el pagano, y que permita, al mismo tiempo, vislumbrar la posibilidad de un teatro bueno, el cristiano. Ciertamente, no faltan materiales para esta construcción, si se tiene en cuenta la cantidad de veces que los Padres de la Iglesia utilizan la metáfora del espectáculo.
Pero, tras un análisis neutro, que excluya de su horizonte cualquier ocasión de comparación indebida con lo que hubiera ocurrido después, parece bastante evidente que se trata de formulaciones retóricas que contraponen polémicamente a un espectáculo que se quiere negar otro espectáculo, entendiendo esta vez bajo una acepción marcadamente metafórica y que es, por un lado, la correcta vida cristiana ofrecida a la mirada de todos, y por otro, la visión mística —con los ojos cerrados, escribe Novaciano— de Dios y de su reino.
Hay además, otra teoría que, partiendo del clásico texto de Reich, intenta resolver la contradicción considerando el acentuarse de los aspectos coreográficos y ampulosos de la liturgia misma y el injerto de elementos de teatralidad en su interior, especialmente en la Iglesia de Oriente, como una especie de compensación espectacular al público de los fieles, a cambio de los espectáculos paganos que se intentaba negar. Pero la idea de base de un modelo teórico como éste es que la Iglesia se colocaba en una posición de competencia directa con aquella misma espectacularidad que ideológicamente rechazaba, dando por supuesto que el rechazo era sólo una cuestión de contenidos. Al sustituir éstos por otros más afines a los principios de su propio magisterio, la Iglesia podía adueñarse de las técnicas y de la idea misma de teatralidad. Pero tampoco ésta, tras un análisis detallado, parece una vía aceptable, aunque sólo sea por el hecho de que ningún autor cristiano se hace portador de ella ni explícita ni implícitamente, ni tan siquiera Juan Crisóstomo, que trata muy a menudo de los espectáculos y es un reformador de la liturgia.
La conclusión a la que me parece poder llegar es que la cultura cristiana está en absoluto contra la teatralidad y el espectáculo y, por tanto, la paradoja permanece como tal. Esto lo demuestra también el hecho de que la cultura cristiana no intenta eliminar la contradicción —como sería lógico si detrás hubiera una estrategia consciente—, ni siquiera cuando la práctica del teatro religioso está ya difundida por toda Europa. Porque la condena, que es general y omnicomprensiva en épocas en las que aún no se ha manifestado una espectacularidad cristiana, empieza a hacerse mucho más ambigua en épocas sucesivas, cuando, justamente, la Iglesia empieza a transformarse en escenario de situaciones dramáticas de temas y origen religioso; cuando, por tanto, la reiteración del ostracismo hacia los ludi choca con la necesidad de distinguir —o, a menudo, de no distinguir— entre los malos y los buenos.
En un determinado momento cronológico, digamos que desde el siglo XII en adelante, la condena de la fiesta y de la teatralidad en las iglesias empieza a tener que enfrentarse con la realidad de los dramas cristianos. Y aquí comienza una historia llena de ambigüidades y de posturas encontradas. De 1207 es la famosa decretal de Innocencio III que condena con dureza los ludi theatrales en las iglesias durante la festividad de los Santos Inocentes, pero unas décadas más tarde aparece una glosa interpretativa que autoriza expresamente los dramas litúrgicos:

Con la qual condena no se prohibe representar el pesebre del Señor, Herodes, los Magos, el llanto de Raquel por sus hijos y cosas similares que inducen el ánimo de los fieles más a sentimientos de contricción y de piedad que de lascivia, lo mismo que en Pascua se representa el Sepulcro del Señor y otras escenas para excitar la devoción.

Más o menos en este mismo período aparece una distinción semejante en los decretos de Alfonso X de Castilla, que establecen que en las iglesias los clérigos no pueden llevar a cabo juegos por escarnio, ya que la iglesia está hecha para rezar y no para realizar en ella villanías y desaposturas, pero que aun así admite:

Pero representaciones ay que pueden los clériigos fazer, asi como el ángel vino a los pastores e como los dixo como era Jesu Christo nacido. E otrosí de su aparición, como los tres Reyes Magos lo vinieron a adorar. E de su resurrección, que muesta que fue crucificado e resucitado al tercer día: tales cosas éstas que mueven a fazer bien e a aver devoción en la fe, pueden las fazer.

Estos documentos, dada también su autoridad intrínseca —una glosa autorizada a una decretal pontificia y un decreto real—, parecerían ser testimonio, por un lado, de la precisa conciencia de las características teatrales de los dramas litúrgicos, ya que se advierte la necesidad de instituirlos como excepción a la condena general de los ludi, y por otro lado de la aceptación.
El dato del que me parece necesario partir, es el de un significativo silencio de la teoría a este respeto. Los testimonios y las consideraciones sobre el teatro medieval, como los antes mencionados, que los estudiosos han conseguido rescatar hasta ahora de entre la interminable producción medieval de oficios de la Iglesia o en los tratados de los teólogos, moralistas y filósofos cristianos, son absolutamente exiguos. Pensándolo bien, pues, el silencio de los tratadistas cristianos, incluso de aquellos que tienen presente la teatralidad en su horizonte teórico, es clamoroso.
Citaré sólo dos ejemplos que me parecen significativo: Juan de Salisbury y Hugo de S. Víctor.
El Policraticus, que Juan de Salisbury escribe poco más allá de la mitad del siglo XII, es un tratado que se ocupa, entre otras cosas, del juglar y también, y de manera extraordinariamente lúcida para esta altura cronológica, del tetro strictu sensu, de concepto clásico. Por tanto, en Juan de Salisbury la «idea de teatro» no sólo está presente, sino incluso bien definida. Una prueba ulterior de ello es su insistencia en la metáfora del teatro del mundo —metáfora que incluso le debe a él una nueva fortuna tras siglos de obsolencia—, con cuyo uso demuestra poseer perfectamente los mecanismos de la representación teatral:

La vida del hombre sobre la tierra es una comedia en la cual cada uno, olvidándose de sí mismo, recita el papel del otro... De este modo, para adaptar a los oídos piadosos las invenciones de los gentiles, se dirá que el final de todas las cosas es trágico. Pero no tendré nada que objetar si se prefiere mantener, por más agradable, el término "comedia", ya que es de sobra sabido entre nosotros que —como dice Petronio— casi todos, sobre la tierra, se comportan como histriones.

Donde es notable la capacidad de comprender el papel y la función del actor en el sistema teatral clásico, junto con la lucidez de emparejarlo expresamente al histrión, que es término no neutro ni puramente histórico, ya que en el léxico del siglo XII sirve siempre para designar despectivamente a los juglares. Y sin embargo, en este contexto de individuación de los términos de la teatralidad del pasado así como de reconocimiento de las valencias teatrales del presente, y en una época en la que el drama litúrgico se practica ya ampliamente en toda Europa, sobre este último tipo de teatro no se dice ni una sola palabra. Seguramente, un observador moderno encontrará este dato chocante, pero sólo en cuanto que da por descontado que la categoría de teatro es igualmente aplicable a la representación de los textos de Terencio y a la representación del drama religioso medieval. Pero esto, evidentemente, no se daba por presupuesto en los tratados de la época.
Vayamos en busca de confirmaciones acercándonos a otro ejemplo, el de Hugo de S. Víctor, también del siglo XII. También él se ocupa del teatro y, es más, coloca en su Didascalion la theatrica entre las artes mecánicas, institucionalizándola y legitimándola, por tanto, como una actividad antropológicamente central. Y bien, también Hugo de S. Víctor sitúa en la Antigüedad al teatro y a todo lo que con él se relaciona —utilizando incluso el artificio estilístico de conjugar en pasado todos los verbos que a él se refieren— y no dice una palabra sobre la teatralidad contemporánea, ni juglaresca ni religiosa. Y si a la primera censura es posible encontrarle razones en el intento, coherente con la cultura de la época, de marginar a la juglaría y a sus instancias, que compiten con las de la Iglesia, para la segunda ausencia esta justificación evidentemente no vale. Y por tanto, no podemos sino concluir que, lo que para nosotros es teatro religioso, es para Hugo de S. Víctor ciertamente algo religioso, pero no teatro.
Se tiene verdaderamente la impresión de una gigantesca incongruencia entre las esparcidas posturas teóricas y la realidad de una difusión generalizada del teatro religioso, el cual, por el solo hecho de existir y de perdurar con éxito —esta vez dentro y no fuera de la cultura oficial—, tendría que estar apoyado por una cierta elaboración teórica o, cuando menos, por un reflejo de los hechos infinitamente mayor. Y esta impresión, que demuestra, como mínimo, una incomodidad de la cultura cristiana respecto al afianzamiento de estas ceremonias, se acentúa todavía más tras el análisis de otra larga serie de documentos, también muy citados por los estudiosos, en los que la teatralidad de los actos religiosos ciertamente se reconoce pero, contrariamente a lo que sucedía en la glosa y el decreto de Alfonso X, y coherentemente, en cambio, con la posición tradicional de la cultura cristiana, se condena.
Son, por lo demás, textos muy citados, como el de Gero de Reichersberg y el de Herrada de Landsberg, o el de Roberto Grossatesta, del período comprendido entre mediados del siglo XII y mediados del siglo XIII. Gero de Reichersberg dedica un capítulo entero de su Investigatione Antichristi a condenar las representaciones que los mismos monjes llevan a cabo en el interior de los edificios sagrados:

Hay sacerdotes que no se dedican al ministerio de la iglesia o del altar, sino más bien a obras de la avaricia, de la vanidad y del espectáculo; de manera que las iglesias, que deberían ser casa de oración, las transforman en teatros y las llenan con espectáculos mímicos de representación escénica. En los cuales espectáculos, presentes y espectadoras las mujeres, ellos ofrecen a veces, no como creen, una imaginaria figura
del anticristo, sino que en verdad, por lo que en ellos está, cumplen el inicuo misterio... ¿Por qué habría de extrañarse si ellos, simulando en sus representaciones del anticristo, los fantasmas de los demonios, o la locura de Heredes, no las representan verdaderamente? Representan también, imaginariamente, la cuna del niño Jesús, su débil respiración, el aspecto matronal de la Vigen Madre, la estrella como astro luminoso, la matanza de los inocentes, el llanto materno de Raquel. Pero la divinidad y la severa faz de la Iglesia aborrecen los espectáculos teatrales, no quieren vanidad y falsas locuras en las que los hombres se ablandan en mujeres, casi como avergonzados de ser hombres, los clérigos se transforman en soldados y los hombres se enmascaran en larvas de demonios.

Naturalmente, la lectura que tradicionalmente se ha hecho de este párrafo, como de otros parecidos, es la de una reacción ante la degeneración, una especie de legítima defensa de los doctos cristianos contra esas intrusiones bufonescas o, cuando menos, no religiosas y espectaculares en sentido despectivo que mancharían la pureza original de los primeros dramas litúrgicos. La pieza fundamental de apoyo para esta teoría ha sido siempre el largo texto de Herrada de Landsberg, abadesa de Hohenburg, a finales del siglo XII:

A menudo sucede que de buenas costumbres se derivan otras malas. Ya que Dios se hizo hombre y apareció visible a los ojos de los hombres. Él, que como Dios, era invisible, los fieles de la Iglesia Antigua se llenaron de tanta gratitud por la manifestación de la humanidad de Cristo que intentaron fijarla en sus escritos y en sus ritos para utilidad de sus sucesores. La Iglesia, por tanto, redujo a escenas visibles algunos momentos de la vida de Cristo: su natividad, la llegada de los Magos con sus dones místicos, la circuncisión, la entrada en Jerusalén a lomos de un burro entre el aplauso del pueblo y el ondear de las palmas, los dos caminantes de Emaús... Y estas escenas se representaron en algunas iglesias muy píamente y según la antigua tradición, y en otras un poco alteradas, voluntariamente o por necesidad, cuando no cayeron en desuso. Y he aquí como de la raíz de buenos ejemplos pueden nacer pésimos frutos. En el día y en la octava de la Epifanía introdujeron nuestros padres un rito hecho de imágenes visuales que representaba a los Magos guiados por la estrella en busca de Jesucristo recién nacido, la crueldad y la malicia engañosa de Herodes, los soldados encargados de la matanza de los inocentes, el lecho de la Virgen, el ángel que avisa a los Reyes de que no vuelvan a Jerusalén y otros hechos que en ese día se conmemoran. Y todo ello para que se incrementara la fe de los creyentes, para que se buscara más la gracia divina y para que incluso los incrédulos encontraran en ello un estímulo para volver a Dios y a la práctica religiosa. ¿Pero, y hoy? ¿Qué es lo que sucede en algunas iglesias en estos nuestros días? Ya no se trata de un rito que se celebra en honor de Dios, sino de una desenfrenada e irreverente impudicia. Se abandona el hábito clerical, se introducen trajes militares, sacerdotes y soldados ya no se distinguen unos de otros y en esta confusión de clérigos y legos se profana la Casa de Dios. Se come con desenfreno, se bebe hasta la embriaguez, y se representan escenas lascivas, mimos deshonestos y juegos para reír. Y se produce un estrépito de armas, una confusión de taberna y una manifestación desenfrenada de todo tipo de pasiones. Se añaden a ello las disputas que vienen a turbar semejante ambiente. De manera que aun cuando el principio sea pacífico nunca sucede que se termine sin graves tumultos de disputas y reyertas.

Pero en realidad, en mi opinión, lo que este escrito testifica es justamente el rechazo del tránsito de la ceremonia religiosa. —en la que las escenas son exempla, como dice el texto latino, que celebran algunos momentos de la vida de Cristo— a la representación teatral, en la que el intérprete se disfraza y en la que la intervención de legos rompe el concepto original de ceremonia. Todo el resto, a partir de la decadencia de las costumbres de los que participan en peleas, no es más que una consecuencia sociológica, y es perfectamente coherente con la consideración tradicional de la Iglesia acerca del clima que gravita siempre alrededor de los espectáculos. Esta constatación de que cuando la celebración religiosa se hace teatro llega a no diferenciarse en absoluto de la teatralidad de origen pagano y que, por tanto, hay que condenarla sin excepciones, emerge con lucidez y dureza en los escritos de uno de los intelectuales más prestigiosos de la cultura cristiana del siglo XIII, Roberto Grossatesta, Obispo de Lincoln, quien, especialmente en una carta de 1244 a su Archidiácono, no distingue entre el teatro religioso y los festejos paganizantes de los ritos primaverales y recomienda extirparlos ambos.
De casi absoluta contemporaneidad de esta afirmación de Grossatesta y de la glosa a la decretal de Inocencio III es fácil deducir lo poco lineal que era la situación y lo amplios que eran los márgenes de ambigüedad. Por ello, no es posible sostener, en un intento de buscar una coherencia, que haya habido una evolución en la postura de la cultura cristiana, ni desde la aceptación al rechazo del drama religioso, dado que muchas e importantes condenas son muy anteriores a esa glosa; ni del rechazo a la aceptación, dado que es posible encontrar sedimentos de esta actitud de repulsa hasta en los manuales divulgativos a caballo entre el final del siglo XIII y el comienzo del XIV, como sucede en el Manual de Pechiez de Guillermo de Wadington, que justamente en esos años tuvo una gran difusión e incluso se tradujo al inglés.
¿Qué conclusiones pueden por tanto extraerse de este breve excursus? Una me parece indudable —y se trata de una cuestión fundamental de metodología de la investigación—, a saber, que el carácter de teatralidad de los dramas religiosos, que a nosotros nos parece evidente, con toda probabilidad pasa desapercibido a la mayor parte de un ambiente cultural que justamente de la condena del teatro y de la espectacularidad hizo, durante siglos, uno de los puntos esenciales de su intervención social y que, en ese mismo periodo, todavía censura agresivamente las huellas de teatralidad que descubre en el quehacer de los juglares. Y es justamente la comparación con los argumentos utilizados en la polémica contra los juglares, ese rechazo de una actuación que se resuelve en pura exterioridad espectacularizada, lo que hace difícilmente creíble la aceptación pacífica de una misma actitud en el seno de la propia cultura.
Mi conclusión, que en esto concuerda con la de Johann Drumbl, es que el teatro litúrgico nace no amparado por, sino a pesar de la liturgia, y que aquello que para los modernos es teatro nace en realidad como ceremonia.
Por eso, durante mucho tiempo, la teatralidad presente en las ceremonias queda, si no inadvertida, por lo menos eclipsada de la conciencia; y, en cambio, cuando es puesta de manifiesto, conduce a menudo, casi necesariamente, a la condena. Incluso cuando la ceremonia, a partir del siglo XI, se espectaculariza, transformando al menos parcialmente a los fieles en espectadores, su función tiene que ser percibida como una especie de exemplum demostrativo, porque sólo de esta manera se puede superar la contradicción, de modo insalvable, entre teoría y praxis. Cuando esta contradicción se manifiesta en toda su evidencia ya no censurable, las únicas dos posibilidades —entre las que, como se ha visto, la Iglesia dudará durante siglos— no pueden sino ser la condena intransigente o la aceptación pragmática en nombre de una utilidad para la catequesis que justifique el recurso a prácticas antes obstacularizadas y cuyo enorme éxito entre los fieles, por lo demás, protege ya de cualquier intento de erradicación total.  
        Y es una némesis histórica ejemplar el que una forma cultural y social censurada por un sujeto ideológico hasta hacer desaparecer no sólo su práctica, sino incluso su noción, sea reinventada luego por ese mismo sujeto, porque, justamente, ya no reconoce en ella al enemigo del que había logrado destruir incluso la memoria.

Tren hacia la dicha (1986) Amado del Pino



Tren hacia la dicha
(1986)
Amado del Pino





Estrenada por el Conjunto Dramático de Pinar del Río, bajo la dirección de Manuel Miranda, en el teatro Milanés, el 19 de mayo de 1987. Elenco: Herminio Marín, Úrsula Martínez, Gregorio Reina, Teresita Guerra y Filomena Morales.
Con el título de El que quiera azul celeste fue llevada a las tablas por Teatro de Arte Popular, dirigido por Pedro Ángel Vera, en la sala Antonín Artaud, del Gran Teatro de La Habana, el 23 de noviembre de 1989. Elenco: Charles Arencibia, Héctor Luis López, Héctor Pérez, Coralia Rodríguez, Juan Alberto Cepero, Jorge Félix Alí, Virgen Suárez, Cary Vera, Sonia Boggiano, Osmel Poveda, Rafael (Felito) Lahera, Bárbaro Marín, Jorge Perugorría y Polito Ibáñez.
Mario Morales realizó una versión, con el título original, el 24 de febrero de 2005, con su grupo Teatreros de Orilé. La temporada tuvo por sede la sala El Sótano. Elenco: Alexander Silva, Raissel Cruz, Yeney Hernández, Jorge Mederos, Darwins Valenzuela, Ramón Bermúdez y Jorge Luis Curbelo.

PERSONAJES

RECIÉN CASADO, poco más de 30 años. Lo más importante no es su edad ni su aspecto físico. El actor deberá buscar, sobre todo, su espíritu, su temperamento y sus contradicciones.

PASAJERO, no llega a los 40. En él coinciden la cultura libresca y una formación de origen popular.

PASAJERA 1, joven, sincera, atrevida, apasionada, bayamesa y hermosa.

PASAJERA 2, anciana, solitaria y sorpresiva.

CAMARERA, de una juventud en retirada y un tanto endurecida, que hace difícil precisar su edad.


La escena representará un coche de un tren en movimiento. No será necesario reproducirlo fielmente. Las soluciones escénicas deberán ser sencillas, entre la naturalidad y el desenfado. Por su estructura, número de personajes y hasta por el carácter de las reflexiones en juego, sería preferible asumir esta obra en un espacio que asegure el contacto cálido con el público, buscando una atmósfera de intimidad y cercanía.




Acto único

Coche del tren. Se percibe la inquietud que provoca un largo viaje. La PASAJERA 2 trata inútilmente de conciliar el sueño. La PASAJERA 1 parece aburrirse. Entra un hombre joven: el RECIÉN CASADO. El PASAJERO levanta la vista del libro que lee.

RECIÉN CASADO.- (A todos.) ¿Para qué dormir tanto? ¡Hay que vivir!
PASAJERA 2.- Si me imagino que va a montar un borracho, cojo otro tren.
RECIÉN CASADO.- Abuela, no hay que ser borracho para estar contento. (Al PASAJERO que pretende leer.) De todas formas usted y yo nos vamos a tomar una cerveza juntos.
PASAJERO.- Gracias, tengo que trabajar.
RECIÉN CASADO.- ¡Y yo tengo que ser feliz!
PASAJERO.- ¿Conoce a esa mujer?
RECIÉN CASADO.- ¿A la mía?
PASAJERO.- A la felicidad.
RECIÉN CASADO.- La mía es una maravilla.
PASAJERO.- ¡Tremenda boda! ¿No?
RECIÉN CASADO.- Todavía estamos en la boda...
PASAJERO 2.- ¿Y la novia?
RECIÉN CASADO.- Es muy linda. Ya la verán cuando salga del baño. Tiene tremendo embullo, este viaje es muy importante para ella. La voy a llevar a Coppelia, al zoológico, y aunque me digan guajiro voy a tirarme una foto en el Capitolio. (Trata de llamar la atención del Pasajero.) Mire, así, con el brazo por encima de los hombros y las cabezas junticas... (Pausa breve, pero incómoda.) ¡Dígame algo, hombre! Por lo menos que en Coppelia hay mucha cola o que en el Capitolio ya no tiran fotografías.
PASAJERO.- ¿Qué quiere que haga? Me lleva demasiada ventaja en el entusiasmo.
PASAJERA 1.- Tremendos compañeros de viaje. Una vieja, un intelectual y ahora... ¡El novio!
PASAJERO.- A mí no me gusta el helado y menos retratarme. Si le importa tanto La Habana, ¿por qué va para Santiago?
RECIÉN CASADO.- Menos mal que vamos mejorando. Así que yo creo que voy para La Habana, pero a lo mejor llego a Santiago. No se me ponga bravo, pero yo no creo mucho en su seriedad. (A la PASAJERA 1.) ¿No es verdad, mi amiga? (A la CAMARERA que se acerca.) Niña, compañerita, amorcito...
CAMARERA.- (Seca, mecánica.) Dígame, ¿qué desea?
RECIÉN CASADO.- ¿Tú podrías...? ¿Serías tan buena como para traerme (Mira alrededor, cuenta con los dedos.) unas siete cervezas? Ah, ¿y por lo menos una sonrisa?
CAMARERA.- Si no habla alto y se porta bien, puedo traerle dos.
RECIÉN CASADO.- ¿Dos sonrisas?
CAMARERA.- Dos cervezas y no muy frías.
RECIÉN CASADO.- ¿Tan poquito...? ¿Y qué hacemos tanto tiempo metidos en este tren, sin poder escaparnos?
CAMARERA.- Se me olvidaba, tiene que pedir bocaditos.
PASAJERO.- Creo que va a tener que suspender la boda.
RECIÉN CASADO.- Óigame, Camarera, ¿cuántas veces se ha casado usted? (La CAMARERA va a responderle, pero decide contenerse; hace algún gesto de impaciencia y desagrado.) ¡Yo me casé hoy!
CAMARERA.- Felicidades, pero los demás no tenemos la culpa.
PASAJERO.- Quiere que todo el mundo esté contento a la vez. (A la PASAJERA 1.) ¿No te parece demasiado difícil?
RECIÉN CASADO.- No sea mala, Camarera. Tráiganos, por lo menos, dos para mí y dos para acá, el compañero, a ver si se embulla.
CAMARERA.- (Cediendo ligeramente.) Y dos bocaditos...
RECIÉN CASADO.- ¡Perfecto! A la joven me le trae una cerveza y un bocadito.
PASAJERA 1.- Gracias y felicidades.
RECIÉN CASADO.- Para mí dos de cada cosa, que mi mujer es muy comilona.
CAMARERA.- Comerá mucho, pero no la veo.
RECIÉN CASADO.- Ya la verá; se parece a usted, pero es más...
CAMARERA.- Más bonita que yo es cualquiera.
PASAJERO.- Yo no soy tan halagador como acá el compañero, pero puedo decirte que no eres fea.
RECIÉN CASADO.- Y es la Camarera más amable que rueda por el mundo.
PASAJERA 1.- (Para sí.) No es para tanto.
PASAJERO.- (A la PASAJERA 1.) ¿Celosa?
RECIÉN CASADO.- A mi mujer le gustan mucho los dulces. (Como si descubriera en el momento las cosas que dice.) Hace unas panetelas riquísimas. ¿Usted sabe hacer dulces, camarera?
CAMARERA.- ¿Nada más?
RECIÉN CASADO.- (Señala a la PASAJERA 2.) A la señora me le pone un bocadito y una cerveza para que sueñe cosas alegres.
PASAJERA 2.- Gracias, joven, pero yo lo único que quiero es silencio y tranquilidad.
RECIÉN CASADO.- Un momento, Camarerita. (A la PASAJERA 2.) Seguro que usted tiene en la casa dos o tres gaticos.
PASAJERA 2.- Quince «misus» preciosos. ¿Por qué?
RECIÉN CASADO.- (Entusiasmado.) Traiga un bocadito para la señora y dos o tres para sus gaticos.
CAMARERA.- ¿Y no quiere una pastillita para los nervios?
RECIÉN CASADO.- No. Pero si por casualidad aparece la sonrisa, acuérdese que yo la pedí primero...

(La CAMARERA sale disimulando que le ha gustado la última frase del RECIÉN CASADO.)

RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú vienes de Santiago?
PASAJERO.- Voy para Santiago a trabajar; salí a las cinco de la mañana.
RECIÉN CASADO.- Eres tremendo. Así que el tren va al revés.
PASAJERO.- (Buscándole el costado humorístico.) Está bien, seré yo el confundido.
RECIÉN CASADO.- (Amistoso.) ¿Tú eres habanero?
PASAJERO.- Sí, ¿por qué?
PASAJERA 2.- Perdone, pero no me vaya a decir que es un Recién Casado regionalista.
RECIÉN CASADO.- ¡Qué va! Yo no caigo en eso. Ser habanero es un defecto como otro cualquiera, pero a, un buen amigo se le puede perdonar. (Más serio y sin poder evitar cierta nostalgia.) Yo soy casi que de Cuba entera, he dado muchas vueltas...
PASAJERO.- ¿Y no te gusta La Habana?
PASAJERA 1.- (Que ha seguido disimuladamente el diálogo.) Como hace tiempo que no voy a La Habana...
PASAJERO.- Tal vez un día te enamores de un habanero.
RECIÉN CASADO.- Mi mujer es tremenda. Seguro que se está arreglando para lucir bien y se demora y se demora. ¿No será más de la cuenta ya?
PASAJERO.- ¿Y si no vuelve?
PASAJERA 2.- ¿Quién ha visto una recién casada que no esté loca por estar al lado de su Recién Casado?
PASAJERA 1.- ¿Y si no vuelve?
RECIÉN CASADO.- ¡Ni jugando me hablen de eso!
PASAJERO.- A veces uno tiene en la mano la paloma de la felicidad y cuando viene a ver...
RECIÉN CASADO.- Sí, ya sé, vuela por la ventana y uno quiere correr detrás de ella, pero no tiene alas. ¿Y cómo hace un hombre sin alas para agarrar una paloma sin ponerle trampas?¿Y si me da la gana de cerrar todas las puertas y las ventanas para que vuele nada más que conmigo?

(Llega la CAMARERA con una bandeja repleta. El RECIÉN CASADO la ayuda.)

RECIÉN CASADO.- No se me desespere, Camarerita, póngalo todo ahí y ahora repartimos como buenos amigos. ¡Acuérdese que hoy es mi día!
CAMARERA.- ¿Y porque sea su día todo el mundo tiene que estar contento?
RECIÉN CASADO.- Claro, y cuando llegue mi mujer...
CAMARERA.- ¿La mujer invisible?
PASAJERA 2.- No sea tan incrédula. Nadie sabe lo que pueden tener los demás, pero últimamente parece que desconfiar es más fácil.
CAMARERA.- La vida se ha puesto que no se puede creer ni en lo que uno tiene delante de los ojos.
RECIÉN CASADO.- Yo lo que tengo delante de los ojos es una camarera preciosa y en eso creo.
CAMARERA.- (Halagada.) ¿Y su mujer?
RECIÉN CASADO.- Ella está detrás de mis ojos o dentro, quién sabe... (Repartiendo.) Arriba, que no se quede nadie fuera y el que no esté de acuerdo que levante la mano.
CAMARERA.- Enseguida les traigo el vuelto. Los dejo solos.
RECIÉN CASADO.- Olvídese del dinero y quédese un ratico. Mire que mi mujer no se come a nadie.
CAMARERA.- (Saliendo.) Pero el jefe de turno sí.
PASAJERA 1.- (Tímidamente coqueta. Al PASAJERO.) ¿Y su mujer también es celosa?
PASAJERO.- (Interesado.) ¿Para dónde vas?
PASAJERA 1.- ¿No me va a contestar?
PASAJERO.- Me gustaría enseñarte cómo preguntar.
PASAJERA 1.- Disculpe, Recién Casado. Déjense de disculpitas bobas y vamos a brindar.
PASAJERA 1.- ¿Por qué?
RECIÉN CASADO.- Por mi mujer. (Al PASAJERO.) Mira, yo no habré estudiado tanto como tú, pero conozco a las personas de mirarlas un par de veces y tú sirves para amigo mío.
PASAJERO.- (Complacido por la prueba de confianza.) Gracias. (Señala a la PASAJERA 1.) ¿Y esta muchacha que tal será?
RECIÉN CASADO.- Es sincera, divertida... (Se dirige a ella directamente.) Sí, me lo imagino... Pero no te preocupes por esas tristezas, que dentro de poco se te quitarán porque te lo mereces.
PASAJERA 1.- Gracias, pero yo sé que la única mujer interesante en este tren es la suya, aunque no se vea todavía. Yo soy de lo más aburrida.
PASAJERO.- ¿Y si no te lo creemos?
RECIÉN CASADO.- A ti no te pega la amargura.
PASAJERO.- Seguro que no tienes gaticos.
PASAJERA 1.- Ni perrito ni gatico.
PASAJERO.- Ella no tiene gatos porque tiene un niño.
PASAJERA 1.- ¿Adivino también? ¿Quiere que le enseñe la mano izquierda?
RECIÉN CASADO.- Eso es. Dale la mano izquierda, yo se la voy a dar a la abuela y con la derecha de cada uno nos empinamos la cerveza. (A la PASAJERA 2.) Sí, ya sé que a usted no le gusta, pero un buchito no hace nada.

(El RECIÉN CASADO organiza el brindis. La anciana prueba la cerveza con temor. El Pasajero trata de retener la mano de la muchacha, que le ofrece sólo un dedo.)

PASAJERO.- Yo no quería probarla, porque cuando arranco me cuesta trabajo parar.
RECIÉN CASADO.- ¿Y quién habló aquí de parar? ¡Hoy es el día más feliz de mi vida!
PASAJERA 2.- (Se le escapa.) ¿Te hace mucha falta?
RECIÉN CASADO.- (Evadiéndose.) Y no quiero que nadie saque un quilo. Ni hablar de dinero. Yo los invito y se lo agradezco porque me acompañan. No sé cómo hay gente que le gusta la soledad. Yo no la quiero ni de vecina.
PASAJERA 2.- ¿Y si se muda para enfrente de su cama?
PASAJERA 1.- O para abajo.
PASAJERO.- Si te rodea, si te provoca, si te acorrala...
RECIÉN CASADO.- (Para sí.) La boto. (Se va angustiando.) ¡La boto! ¡La boto! (Silencio incómodo. El RECIÉN CASADO busca cualquier tema que le sirva para salir del «bache». Al PASAJERO.) Cuando llegues a La Habana tu mujer te estará esperando como cosa buena (Trata torpemente de rectificar.) Aunque tú me habías dicho que eras divorciado, ¿no?
PASAJERA 1.- No se preocupen, yo sé desde chiquita que los hombres cambian de estado civil cuando doblan la esquina.
RECIÉN CASADO.- (Inventando con ingenuidad.) ¡Ya sé! ¡Eres divorciado y vives con tu madre!
PASAJERO.- (Hosco.) Vivo solo. (Breve y molesta pausa.) Y no he llegado a Santiago.
RECIÉN CASADO.- Discúlpame.
PASAJERO.- No tengas pena.
RECIÉN CASADO.- Si ya somos casi amigos...
PASAJERO.- Lo que no entiendo es cómo eres un Recién Casado y tu mujer no se ve por ninguna parte. Te encaprichas en que el tren va para La Habana y me parece que seguirás con La Habana en tu cabeza cuando estemos entrando a Santiago.
RECIÉN CASADO.- ¿Santiago? ¿Y ella? (Monologa.) Yo la dejé en el andén despidiéndose de las hermanas. Me dijo: «Voy enseguida, mi amor». Después montó en este tren. (Mira un momento a los demás como si sospechara que desconfian.) ¡Claro que montó! Pero no quiso entrar al coche sin pasar por el baño. ¿Cuándo entró al baño? (Angustiado.) ¡Ella entró! ¿Verdad?
PASAJERA 2.- No se desespere, ya verá que aparece.
RECIÉN CASADO.- ¿Y el tren?
PASAJERA 2.- Rueda. Ése es su oficio, rodar.
PASAJERA 1.- (Al RECIÉN CASADO.) ¿Tú vas para La Habana en serio?
RECIÉN CASADO.- (Luchando por levantar el ánimo.) ¿En serio? No. Voy tomando cerveza. (Va a buscar y se da cuenta de que ya no quedan.) ¡Coño, se acabaron! Voy contento de haberme encontrado con ustedes. (Al PASAJERO.) Tú eres un intelectual, un poeta casi, y yo soy un tipo que quiere estar siempre contento, pero tiene la mala maña de ser demasiado sentimental. ¿No es más o menos lo mismo?
PASAJERO.- Si vas para las estrellas no te hace falta pasaje.
PASAJERA 1.- Vamos para Santiago, pero cualquiera diría que no; ahora me entero de que también se puede ir a las estrellas y fácil... ¡sin pasaje! ¿En qué tren me he metido yo?
RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú eres periodista?
PASAJERO.- Sí, ¿y tú? ¿Adivino?
RECIÉN CASADO.- He hecho muchas cosas. Últimamente soy constructor.
PASAJERA 2.- ¿Por qué, si usted es periodista, no aprovecha y me le hace una entrevista a acá, al joven que se casó hoy? Así se entretiene mientras llega ella.
RECIÉN CASADO.- (Regresa a la angustia.) Le he dicho mil veces que yo no soporto las demoras. Hoy, el tren pitando, y ella chachareando con las hermanas. Luego dice que soy muy nervioso, que me desespero.
PASAJERO.- ¿Ya no quieres la entrevista?
RECIÉN CASADO.- ¡No puedo más! ¡Me voy a buscar a mi mujer!
PASAJERO.- Ahora no la vas a encontrar. Todavía no es el momento.
RECIÉN CASADO.- ¡La tengo que encontrar!
PASAJERA 2.- No te asustes, muchacho. Seguro que se escondió para ver qué tú hacías.
PASAJERA 1.- (Buscando salvar la situación.) Yo no soy periodista, pero voy a empezar a preguntar. ¿Cómo se llama?
RECIÉN CASADO.- Ernesto, Ernesto Cano.
PASAJERA 1.- ¿Cuándo naciste?
RECIÉN CASADO.- Hace un rato.
PASAJERA 1.- No juego más. Me están cogiendo la entrevista pa'l relajo.
PASAJERO.- Para nosotros, como Recién Casado, es verdad que nació hace un ratico. Te voy a ayudar. (Al RECIÉN CASADO.) ¿Cómo y cuándo conociste a tu mujer?
RECIÉN CASADO.- Yo trabajo ahora subido en un andamio.
PASAJERA 1.- ¿Y antes qué hacías?
PASAJERA 2.- Con dos periodistas a la vez no puede.
PASAJERO.- Es que mi alumna tiene que practicarse.
RECIÉN CASADO.- (Entrando progresiva y dulcemente en la atmósfera del pasado.) Ella pasaba todos los días vestida de blanco. Yo nunca me hice muchas ilusiones. Caminaba derechita, como si fuera para algún lugar, muy decidida. Yo, lo que sí hacía, era mirarla, mirarla siempre, encantarme con su manera de andar. Una vez, de tanto seguirla con la vista hasta que sé perdiera en la próxima esquina, casi me caigo y me rompo un hueso. ¿Tú te has subido alguna vez en un andamio?
PASAJERO.- Bueno, sí; es decir, hace mucho tiempo. Habrá que inventar algo para que el hombre no se arriesgue de esa forma. ¿No te parece, Recién Casado?
RECIÉN CASADO.- El trabajo duro hay que hacerlo de todas formas y nadie tiene la culpa de que mi mujer -cuando todavía ni era mi mujer- pasara todos los días frente a mi vista y yo me desconsolara. No te creas... Cuando uno le coge la vuelta, sudar la camisa es mejor que estar ocho horas trancao en una oficina; siempre en peligro de que te hagan perder el tiempo o de que se metan en tu vida.
PASAJERA 1.- (Animándose.) Su futura mujer pasaba y usted la miraba, ¿y qué más? Me parece a mí que si uno de los dos no se hubiera decidido, todavía estarían uno, en el andamio y la otra dando vueltas alrededor.
RECIÉN CASADO.- recién casado. Un día yo estaba trabajando de espaldas a la calle.
(Sube a uno de los asientos e imita la posición de trabajo. No se trata de una recreación naturalista de la acción concreta, sino de un frenético juego que tiene mucho de voluntaria teatralidad.)
Mire, así, ¿y a que no saben por qué supe que era ella la que venía por la calle?

(La CAMARERA entra rápidamente.)

CAMARERA.- Por eso a mí no me gusta despachar ni media cerveza más de la que les toca. Te dicen «mi vida», «mi cielo», «amorcito», «corazón de chocolate». Pero cuando la fría les calienta la cabeza, discuten altísimo, empiezan a meterse con las mujeres...
RECIÉN CASADO.- Nos estamos portando bien.
PASAJERA 1.- Ni la señora ha protestado.
RECIÉN CASADO.- Ella sabe que nosotros suspiramos por sus gaticos.
CAMARERA.- (Al RECIÉN CASADO.) Oiga, ¿su mujer no lo habrá dejado por subirse donde no debe?
RECIÉN CASADO.- Ella me adora.
PASAJERA 2.- (A la CAMARERA. Su posición ha ido evolucionando de la curiosidad al entusiasmo.) ¿Quiere enterarse de cómo la conoció?
CAMARERA.- Tengo que atender en el otro coche.
PASAJERO.- ¿De verdad? ¿O quieres escaparte?
RECIÉN CASADO.- ¿Tú eres casada?
CAMARERA.- No sé.
PASAJERA 1.- ¿No sabe?
PASAJERA 2.- ¡No puedo creerlo!
CAMARERA.- Se me olvida, se me olvida todo aquí arriba; sólo me importa que el tiempo vuele, que los cruces no se enmarañen, que no haya nada raro en medio de la vía, que el tren corra rápido para regresar a mi casa, o para llegar al albergue y reírme con las muchachitas; dar una vuelta, salir, coger un poco de aire de la calle. (Breve pausa. Se sorprende de su propia sinceridad.) Aquí no me importa nada ni me acuerdo de lo que pasa.
PASAJERA 2.- ¿Cómo que no se acuerda?
PASAJERO.- Y... (Con intención.) ¿Aquí arriba nunca se enamora?
CAMARERA.- No. Quiero decir, casi, pero no como allá afuera. Aquí no soy soltera ni casada; no tengo edad, ni dirección, ni teléfono, ni siquiera nombre.
PASAJERA 1.- ¿Entonces sube al tren vacía?
PASAJERO.- ¿Como si fuera plástica?
CAMARERA.- ¿Qué le vamos a hacer? ¡Tiene que ser así!
RECIÉN CASADO.- No, no tiene que ser así.
CAMARERA.- (A la ofensiva, como si hubiese recuperado el dominio de su territorio.) Si voy a hacerle caso a todo el que sube, me vuelvo loca.
PASAJERA 1.- Y si no le haces caso a nadie, ¿qué pasa?
CAMARERA.- Por lo menos, así es más fácil.
PASAJERA 1.- (Sin confundir la complicidad prematura con la vanidad o el paternalismo.) Yo también trabajo con personas, yo también me aburro de lo mismo, a mí también me mortifican a veces y me sacan de quicio, pero me preocupo por ellas.
CAMARERA.- (Sensibilizada por los argumentos de la PASAJERA 1.) Pero este tren es distinto, pasan cada cosas... Para que vean que no soy plástica ni de cartón: pueden hacer todas las historias y los cuentos que quieran, pero sin alborotar demasiado. Vaya, háganse la idea de que son unos pasajeros normales.

(Sale sin dar tiempo a ningún otro comentario.)

PASAJERO.- (Al RECIÉN CASADO.) ¿La oíste? Estás autorizado para contarnos cómo es tu mujer, dónde la encontraste, cómo se enamoraron. Vamos a ver, ella pasaba todos los días vestida de blanco.
RECIÉN CASADO.- No miraba a nadie. A las mujeres siempre les gusta un poco hacerse las difíciles. (A la PASAJERA 1, como buscando colectivizar definitivamente el viaje y el juego.) ¿Tú no crees?
PASAJERA 1.- A mí me parece que eso era antes. (A la PASAJERA 2, con ingenua picardía.) Ahora hay que aprender a tomar la iniciativa.
PASAJERA 2.- (Con la ingenuidad del público de las telenovelas.) Todavía no sé bien cómo ellos se conocieron. (Al RECIÉN CASADO.) Estás trabajando de espaldas a la calle, es decir, que no la has visto a ella, pero la adivinas.
RECIÉN CASADO.- ¿Por qué no aparece por esa puerta? ¡La necesito mucho!
PASAJERO.- Acércate a ella.
RECIÉN CASADO.- (Excitado.) ¿Dónde está?
PASAJERA 2.- Tráela tú con esa historia.
RECIÉN CASADO.- (Estimulado por la complicidad.) Claro, si somos capaces de coger un tren para las estrellas.
PASAJERA 1.- (Toma la caja de cervezas vacía y se la tiende. Ella también comienza a necesitar el juego.) Súbase.
RECIÉN CASADO.- Salía del hospital, con el lazo de enfermera detrás del pelo. Caminaba de una forma como si no pisara el suelo, o como si estuviera bailando unos pasillos muy corticos que sólo ella se inventó para salir del trabajo cada tarde o cada mañana. Bueno, yo no sé hacerlo como ella, y subido en este andamio requetemenos. Ya estamos terminando la pared de una escuela que está enfrente del hospital. Estoy pensando que cuando tire el último cucharazo de cemento, no la veré nunca más.
PASAJERO.- (A la PASAJERA 1.) ¿Por qué no camina como ella?
RECIÉN CASADO.- Sí, camina. Seguro que lo haces bien.

(Todos miran a la PASAJERA 1, en un movimiento que recordará el de una cámara cinematográfica.)

PASAJERA 1.- Pero, ¿qué sé yo? (Cediendo lentamente.) Da la casualidad que también soy enfermera, pero a esa mujer no la conozco. En mi vida la he visto, ni en fotografías.
RECIÉN CASADO.- Se llama Elena.
PASAJERA 1.- Yo necesito más.
RECIÉN CASADO.- Imagínate que es después de un turno de once a siete.
PASAJERA 1.- (Entrando en el universo de sus propias disyuntivas y referencias.) Y si es cuando falta una compañera y hay que doblar el turno...
PASAJERO.- (Adquiriendo matices de la teatralidad del RECIÉN CASADO.) Mira ahora a unos tipos dejar a un lado su trabajo y empezar a decirte cosas. Acuérdate que están subidos en un andamio, se están jugando la vida con tal de piropearte.
PASAJERA 1.- (Con un fingido «despiste».) ¿Y qué dicen?
PASAJERO.- (Entrando de lleno en el juego de la coquetería.) ¿Seguro que no sabes?
PASAJERA 2.- ¿Qué mujer no ha sentido eso?
PASAJERA 1.- (Alegre, juguetona. Al RECIÉN CASADO, pero con indirecta referencia al PASAJERO.) Póngame un ejemplo.
RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) Ayúdame, hermano.
PASAJERO.- Yo nunca he trabajado en la construcción. No sé bien las cosas que les dicen a las muchachas.
RECIÉN CASADO.- Los que se ensucian la ropa, hablan el mismo idioma de los que usan guayabera. Tú eres periodista, debes saber de todo. ¡Dale!
PASAJERO.- Si ella no camina...
PASAJERA 1.- Vamos a ver cómo sale.
(Comienza con cierta y estudiada timidez y torpeza. Rápidamente, se va soltando.)
¿Está bien así?
RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) Arriba, dile algo...
PASAJERO.- (Sobreactúa. Está realmente nervioso.) «Abusadora», «Doña Bárbara»...
PASAJERA 1.- (Disimulando la complacencia.) Ni que una estuviera siempre para eso.
PASAJERO.- «Cosa rica».
PASAJERA 2.- ¿Lo hizo bien? ¿Se parece a su verdadera mujer?
RECIÉN CASADO.- Caminando así... Las dos caminan como la gente que está dispuesta a luchar hasta el final.
PASAJERA 1.- (Deteniéndose. Casi con cariño.) Dime la verdad, ¿eres un Recién Casado al que la mujer se le demora cuando más falta le hace o...?
PASAJERA 2.- ¡Deja eso ahora, muchacha!
RECIÉN CASADO.- (Muy exaltado. Se baja del «andamio».) Si ella no existe, si no me casé, si no funciona... no tiene por qué existir este tren, ni la Camarera, ni siquiera los gaticos de la señora...
PASAJERA 2.- Deja tranquilo a mis gaticos y sigue con tu historia, que es muy linda y, para mí, muy verdadera. Cuando subiste, con aquel alboroto, me ericé. A mí los borrachos me sacan de quicio. Frente a mi casa hay un bar, y no hacen más que abrirlo para que yo esté poniéndoles seguro a las puertas y rodando muebles. Me atrinchero mucho antes de que se emborrachen. Al principio pensé que eras uno más. Pero estás enamorado, y al amor yo lo respeto mucho. Por favor, hazme creer en tu mujer. Yo también necesito que ella exista.
PASAJERO.- Eso es, mi vieja. (Buscando la atmósfera de la representación.) Ella pasaba todos los días vestida de blanco...
RECIÉN CASADO.- (Subiéndose al«andamio».) ¡No hay uniforme más lindo que ése!
PASAJERA 1.- Lo que es la vida. Yo siempre llevo mi pitusa, un pulóver y no hago más que marcar la tarjeta de salida para ir corriendo a cambiarme de ropa.
PASAJERA 2.- (Casi agresiva ante esta intromisión de la «realidad».) ¡Respeta las reglas del juego!
PASAJERA 1.- Está bien. Salí de doblar un turno. Son las siete y pico de la mañana, estoy muerta de sueño.
PASAJERO.- El amigo galán está vigilando, y en cuanto se acerca (Sobreactúa.) : «Niña», «Mamita...».

(La PASAJERA 1 juega a la muchacha distraída. El PASAJERO se queda como sin texto. El RECIÉN CASADO y la PASAJERA 2 son ahora un público completamente cómplice.)

RECIÉN CASADO.- («Soplándole» al PASAJERO.) «Criminal».
PASAJERO.- (Va a repetir mecánicamente, pero al final se decide por otra palabra.) «Bomboncito».
RECIÉN CASADO.- (En la situación del juego.) No me gustan las groserías con las damas, me parece que así se espantan.
PASAJERO.- Deja eso. (Falso, caricaturesco.) A mí no hay jeva que se me resista, asere...
RECIÉN CASADO.- ¡Caballo! Allá en mi pueblo dicen «caballo».
PASAJERO.- Pero este socio pasó el servicio militar, cuando terminó se quedó «pinchando» en la construcción. ¿No te gusta así?
RECIÉN CASADO.- (En su personaje.) Tú serás de La Habana y yo soy un guajiro, pero ni tú ni nadie me quita de la cabeza que «el pollo» se ablanda mejor con dulzura.
PASAJERA 1.- ¿Qué hago yo ahora?
PASAJERO.- (Entusiasmado con la variante que ve venir.) Una tarde tú, por cansancio, me respondiste los piropos y entablamos conversación. Entonces él se puso muy celoso. ¿Les gusta así?
PASAJERA 2.- Pero una muchacha de su casa no va a oír a un hombre con esos modales.
PASAJERO.- Usted verá, mi vieja. ¡Sss!, oyee, mírame, niña... No seas criminal y abusadora. Dime algo, cielo...
PASAJERA 1.- (Muy coqueta y sensual.) Hasta que no me diga bomboncito, no lo miro.
PASAJERO.- Ven acá, bomboncito, ¿tú me quieres matar del corazón?
PASAJERA 1.- ¡Qué va, compañero! Yo no quiero matar a nadie. Fíjese que mi oficio es curar.
PASAJERO.- Pues cúrame a mí, que estoy enfermo de ausencia, de tristeza y desesperación. A mí, que se me fracturó la alegría.
PASAJERA 2.- Si el amigo le habla tan bonito, me parece que ella se va con él.
RECIÉN CASADO.- (Un tanto ausente.) Es posible.
PASAJERO.- Vamos a tratar de arreglarlo. (A la PASAJERA 1, en situación.) ¿Por qué si tu trabajo es curar me haces sufrir de esta manera? ¿Por qué esa indiferencia con los hombres que te adoran?
PASAJERA 1.- (Señalando al RECIÉN CASADO.) ¿Y serán tantos los hombres que me adoran?
PASAJERA 2.- (Al RECIÉN CASADO.) Ahora le toca entrar, ¿no?
RECIÉN CASADO.- Yo estaba esperando mi oportunidad, me llegó un día en el que se acabó el cemento y paramos el trabajo. Me dije: «32 años que tengo yo, y unos 25 que tendrá ella, son cincuenta y siete años perdidos sin encontrarnos. ¡Está bueno ya, desde hoy voy a ser feliz... porque me da la gana!».
CAMARERA.- (Entrando. Su alarma es bastante exagerada.) ¡Qué clase de escándalo! Si sube un inspector, me busco un lío.
RECIÉN CASADO.- Los aburridos y los bobos son los únicos que no se buscan problemas.
PASAJERA 2.- Y esos que monten en otro tren.
CAMARERA.- Me divierto con ustedes, pero a mí no me convienen estas locuras.
PASAJERA 1.- No se preocupe. Yo soy la mujer de mentirita, sin mí no hay juego.
CAMARERA.- ¿Y la mujer de verdad? Esto parece una película de misterio.
PASAJERA 2.- (Apasionada.) Pero no lo es. Aquí todo el mundo se acuerda del amor, y si a alguien se le olvida, lo inventamos de nuevo.
PASAJERO.- Ven acá, Recién... Dime la verdad, Ernesto. ¿Tú te casaste hoy con firmas y mucha gente alrededor o te inventaste la boda contigo mismo?
RECIÉN CASADO.- (Después de una larga pausa en la que se respira cierto desasosiego.) No me entienden; tampoco ustedes me entienden, desconfían...
CAMARERA.- Pero si no vemos a su mujer...
PASAJERA 2.- Usted no ve nada... ¿No quedamos en que era plástica?
CAMARERA.- De hierro quisiera ser con los que se creen que tienen derecho a todo, porque dejan una propinita, con los que están vigilando al de al lado para robarle el maletín, con esos tipos que te miran con hambre, como si fueras un bocadito o una hamburguesa vestida de uniforme.
PASAJERA 1.- ¿Y todos son así?
CAMARERA.- No. Hay otros peores.
PASAJERA 2.- ¿Cuáles?
CAMARERA.- Los que hablan bonito, los que prometen, los que hacen recordar... (Breve silencio.)
RECIÉN CASADO.- (Súbitamente deprimido.) Pensaron que yo era un mentiroso que va de tren en tren comiendo bolas, inventando fiestas... ¡Y no es así, coño! (Casi melodramático.) Si ella no está, es porque le ha pasado algo.
PASAJERA 2.- Ni hables de eso.
PASAJERA 1.- Si su mujer existe, entonces...
PASAJERA 2.- ¡Claro que existe, niña!
CAMARERA.- Tengo que seguir trabajando. Después me cuentan...
RECIÉN CASADO.- ¡Oiga, Camarera!
CAMARERA.- ¿Quieren más cerveza?
RECIÉN CASADO.-
recién casado. (Apunto de gritar.) Quiero que me quieran un poquito. (La CAMARERA va a contestar, pero en el último momento decide escapar.)
PASAJERO.- Discúlpame, amigo, pero, ¿cómo no te das cuenta de que el tren va para Santiago?
RECIÉN CASADO.- (Con un destello de solemnidad.) Hoy se me juntaron las dos cosas que dan la borrachera ] más rica de la vida; pocos tragos y mucha esperanza de ser feliz. Hace un buen rato, me di cuenta de que el tren no va para La Habana, que yo estoy al revés. El problema es que yo quiero...
PASAJERA 1.- (Solidaria.) Bájate y coge otro tren.
RECIÉN CASADO.- ¿Y ustedes siguen para las estrellas sin mí? (Como aferrándose a una nueva ilusión.) Ya sé. Seguro que ella me vio subir y se escondió para darme la sorpresa.
PASAJERA 2.- (En tono confesional, pero con entera naturalidad.) La esperanza es muy linda. Yo salí de España cuando tenía 18 años, cuando llegó Franco. Dejé un hijo chiquito. Nunca más lo he visto. Sabe donde vivo ahora, puede venir a verme. Pero nada, ninguna noticia... ¡Y yo tengo mi esperanza! A pesar del tiempo y de lo sola que he vivido todos estos años. En el barrio algunos dicen: «Por ahí va la viejita de los gatos...», pero yo sigo en lo mío. Hasta el último día voy a vivir con mi esperanza.

(Silencio.)


RECIÉN CASADO.- ¡Vamos, mi vieja! Entre usted y yo ya verá que encontramos a mi mujer.
PASAJERA 2.- Por lo menos, para mí es posible.
PASAJERO.- Si no la encuentras...
RECIÉN CASADO.- ¡La tengo que encontrar!
PASAJERA 2.- (Recoge sus cosas, entusiasmada.) Aguántame los bocaditos. Si quieres cómete uno, debes tener hambre y cuando uno se casa se tiene que alimentar.
RECIÉN CASADO.- (Saliendo. A la PASAJERA 1 y al PASAJERO.) Traten de pasarla bien y extráñenme.

(El PASAJERO duda en llamarlo; cuando ya casi está al salir, grita.)

PASAJERO.- ¡Ernesto...! (Silencio. Regresa junto a la PASAJERA 1.) ¡Qué tipo! Nos ha hecho reír.
PASAJERA 1.- A mí casi me hace llorar. Me ha hecho pensar en mil cosas que no tienen que ver con este tren ni con su boda extraña. Lo que no me cabe en la cabeza es cómo pudo confundirse...
PASAJERO.- ¿No seremos nosotros los que vamos al revés? ¿Tú sabes lo que es tener una buena ilusión?
PASAJERA 1.- Ahora no se puede estar pensando en las musarañas. Yo soy una mujer práctica.
PASAJERO.- ¿Tú nunca te confundirías de tren?
PASAJERA 1.- (Retada.) ¡Qué va! Yo no me confundo fácil.
PASAJERO.- La vida es más compleja y más rica que las películas o las novelas de televisión.
PASAJERA 1.- Es verdad que hay muchas cosas raras. Tú mismo... Al principio pensé que eras muy aburrido. Cuando te vi con tu librito, mirando el paisaje, el Recién Casado, te «espabilaste» y empezaste a parecerme otra cosa.
PASAJERO.- ¿Qué es para ti... (Burlándose de la palabra.) un intelectual?
PASAJERA 1.- No sé, un hombre que sabe mucho, lee libros y eso. Que habla con palabras raras y bonitas.
PASAJERO.- ¿Y nunca dice «ricura» o «mamita»?
PASAJERA 1.- (Cómplice, regresando al juego.) Cuando jugamos a que yo era la mujer del Recién Casado, vi que te sabes unas cuantas palabritas de la calle. Hasta bomboncito...
PASAJERO.- Bomboncito fue la que más te gustó, pero también te dije «criminal», «asesina», y otros piropos más o menos sangrientos. Mira... (Se da cuenta de que no sabe su nombre.)
PASAJERA 1.- María Victoria.
PASAJERO.- Yo, Arturo. Mira, Vicky, esos intelectuales de bufanda, pipa para fumar, que toman té a las cinco, los muy... ingleses. Ésos sí son de películas y de películas malas.
PASAJERA 1.- (Seria.) Pero el nivel siempre influye. Si tú tienes mucha cultura, te gustará reunirte con gente que sea igual que tú. Tu mujer, tus amigos, seguro que también saben mucho.
PASAJERO.- Depende. Yo vivo en la Habana Vieja...
PASAJERA 1.- ¿En una barbacoa?
PASAJERO.- En la barbacoa viven los libros y la máquina de escribir, pero mi hijo, cuando viene, también juega barbacoa. A él le gusta.
PASAJERA 1.- (Sin poder disimular la curiosidad.) Ah, tienes un niño.
PASAJERO.- Sí. ¿Pensabas que los intelectuales tampoco...?
PASAJERA 1.- Yo no soy tan bruta. Martí fue tremendo intelectual y tuvo un hijo. Le hizo unos versos muy lindos, ¿no?
PASAJERO.- Ya ves. Te decía lo de la Habana Vieja, porque vivir en un barrio como ése te ayuda a estar más cerca de la gente. Un vecino cualquiera, el Chama, que se crió junto conmigo y que ya se ha dado dos o. tres buenos golpes en la vida, viene a verme para pedirme consejos, pero yo también aprendo de él.
PASAJERA 1.- ¿Aprendes a piropear como los guapos?
PASAJERO.- Tal vez. (Breve pausa. Crecimiento de la complicidad.)
PASAJERA 1.- Debimos haberle dicho a ese hombre desde él principio que el tren no iba para La Habana. Se hubiera bajado enseguida.
PASAJERO.- O dejarlo con su tren en la cabeza, y rodar nosotros en la misma dirección.
PASAJERA 1.- ¿Se te pegó la locura?
PASAJERO.- El miedo mío es que se desespere y haga alguna barbaridad.
PASAJERA 1.- Es un hombre alegre, no va a dejar la vida tan fácil.
PASAJERO.- (Sin demasiada gravedad.) A todos nos gusta la vida, pero a cada rato se suicida alguien.
PASAJERA 1.- Cuando llegan al hospital te piden de favor que no los dejes morir. Vamos ahora mismo detrás del Recién.
PASAJERO.- Tal vez no le guste que le caigan atrás como si fuera un muchacho. Me encanta que te preocupes; así por el Recién Casado, aunque haga nada más que un rato que lo conoces.
PASAJERA 1.- (Más relajada.) Ese hombre me cae bien y yo casi nunca me equivoco en eso de quién vale la pena y quién no sirve. Trabajar cinco años en un hospital da mucha vista para distinguir la amistad. Dice mi abuela que soy demasiado confianzúa, que le doy demasiado rápido entrada a la gente.
PASAJERO.- ¿Con todos a la misma velocidad?
PASAJERA 1.- Depende. (Silencio. Ligera incomunicación.) Estoy lejos de mi casa desde chiquita y he conocido malos, egoístas, hipócritas, oportunistas, descarados, pero siempre hay alguien que te devuelve la esperanza. Alguien que te da la mano para que salgas del hueco.
PASAJERO.- (Impresionado, por decir algo.) Los santiagueros son muy hospitalarios.
PASAJERA 1.- Yo no soy santiaguera. Nací en Bayamo.
PASAJERO.- Entonces eres una muchacha incendiaria.
PASAJERA 1.- ¿Por qué?
PASAJERO.- A Bayamo la quemaron hace mucho tiempo. ¿No te enteraste?
PASAJERA 1.- Claro, para saber eso no hay que ir a la universidad.
PASAJERO.- No te pongas brava. Mira, yo venía bastante deprimido y entre tú y Ernesto me quitaron la tristeza. (Se le ocurre de pronto.) ¿Cómo fue tu incendio, Vicky?
PASAJERA 1.- Se ve que eres periodista.
PASAJERO.- ¿Cómo te enteraste?
PASAJERA 1.- ¿Del incendio?
PASAJERO.- De mi profesión.
PASAJERA 1.- (Con franca coquetería.) Lo oí, las mujeres somos curiosas y tenemos buena memoria.
PASAJERO.- ¿Y tu incendio?
PASAJERA 1.- (Con añoranza.) La maestra habló en la clase de cuando los bayameses quemaron la ciudad para no entregársela a los españoles y se fueron para el monte. Llegué a la casa con la cabecita llena de humo.
PASAJERO.- ¿Hace mucho tiempo de eso?
PASAJERA 1.- ¡Averiguarme la edad con lo del incendio sí que no! (Breve pausa. Alegre.) Ahora me toca preguntar a mí.
PASAJERO.- ¿Me subo en el andamio y tú pasas con el uniforme muy blanco? (Breve pausa.) Primera respuesta: No soy casado.
PASAJERA 1.- Si tú supieras, eso es lo único que yo nunca pregunto. (Silencio.) ¿Por qué no buscamos al Recién? Tal vez se sienta mal.
PASAJERO.- ¿No te parece que una vez en la vida hay derecho al egoísmo?
PASAJERA 1.- ¡Qué va! No soporto a los egoístas. El pobre hombre se montó en su tren lleno de ilusiones... ¿Qué se hará ahora cuando se quede sin nada?
PASAJERO.- ¿Pero si yo no tengo fe, cómo voy a inculcársela a otro?
PASAJERA 1.- Tú no tienes problemas. Eres bastante joven, vives en La Habana, tienes un hijo, una mujer, o; muchas mujeres... ¡Qué sé yo!
PASAJERO.- Tenía una mujer, la quería mucho.
PASAJERA 1.- ¿Se fue?
PASAJERO.- Se escapó...
PASAJERA 1.- ¿Te dejó?
PASAJERO.- La perdí.
PASAJERA 1.- Disculpa.

(Silencio incómodo.)

PASAJERO.- No voy a echarme a llorar; no te preocupes. La vida sigue y uno con ella. Pasea, toma ron, se acuesta con otras mujeres, pero en el fondo siente un vacío muy grande.
PASAJERA 1.- La soledad es una cabrona. Yo era muy apegada a mi padre, y cuando lo perdí...
PASAJERO.- ¿Tuviste un hombro o un hombre donde recostar la cabeza?
PASAJERA 1.- Un rato.
PASAJERO.- ¿Por qué un rato?
PASAJERA 1.- ¡Porque estaba con un hombre casado! (Pausa escabrosa.) Es sencillo. Para él era cómodo y para mí también. Nos gustábamos, salíamos de vez en cuando, pero sin mucha complicación, sin celosa sin tragedias. Los domingos me aburría un poco. Me daba envidia ver a mis hermanas ir al cine o dar una vuelta con sus novios. Pero tampoco tenía obligación con nadie. (Silencio.) ¿A ti qué te importa todo esto?
PASAJERO.- Eso no me importa casi nada. Tus preocupaciones sí me importan; tus ojos, tu historia me importan muchísimo, Vicky.
PASAJERA 1.- Ahora en el tren, para pasar el rato. Cuando te bajes le dices lo mismo a la primera que te encuentres, se va contigo, y de mí ni te acuerdas más nunca.
PASAJERO.- Eso es lo normal, lo lógico.
PASAJERA 1.- ¡Es lo que siempre pasa!
PASAJERO.- ¿Y si nos proponemos que con nosotros sea distinto? Si ahora mismo (Hace algún gesto que recuerda la acción del RECIÉN CASADO al subirse al «andamio».) les grito a todas las lógicas del mundo: «¡Váyanse al diablo! ¡En este tren no entra la lógica!». (Pausa breve. Más suave.) ¿No tenemos derecho a eso?
PASAJERA 1.- Mi vida es muy complicada. Vivo en Contramaestre, trabajo en Santiago de Cuba y casi todos los días tengo que regresar a mi casa lo antes posible, porque mi madre está vieja y enferma.
PASAJERO.- A las cinco de la mañana tenía muy pocas ganas de venir, me parecía que casi nada valía la pena, y sólo me movió la idea de que, por muchos problemas que uno tenga, tiene que cumplir con su deber. Después empecé a sentir una cosa muy rara... ¿Parecía muy concentrado en la lectura? (Ella asiente muy interesada.) Apenas podía ver las letras. ¡Arriésgate, Vicky! Ya no me acuerdo de cómo es vivir sin tu compañía.
PASAJERA 1.- Todo es muy lindo... pero después se te olvida.
PASAJERO.- Todos los hombres no somos iguales. ¡Olvídate de esa vieja mentira! ¿Y Ernesto? ¿Puedes medir a un tipo como el Recién Casado con esa idea viejísima?
PASAJERA 1.- Es muy simpático, y su mujer, si es que por fin existe, debe quererlo mucho.
PASAJERO.- (Con pasión.) Él la quiere más. La quiere hasta antes de existir o después...
PASAJERA 1.- Pero si la encuentra, si la tiene cerca todo el tiempo, y se meten seis o siete meses a vivir juntos entre cuatro paredes...
PASAJERO.- ... A bajar la basura, ver la televisión y darle cuerda al mismo reloj todas las noches, para levantarse todos los días a la misma hora...
PASAJERA 1.- Entonces ya verás cómo se aburre, cómo empieza a mirar a otras mujeres.
PASAJERO.- Es verdad que a los hombres cubanos nos encanta la mujer ajena. Pero mientras más dulce es la de uno, menos se te ocurre fijarte en la compañera de trabajo o en la pepilla del barrio que va a la bodega con un short cada vez más corto.
PASAJERA 1.- ¡Ya ves!
PASAJERO.- ¡Pero no somos iguales! Al principio pensé, que eras una mujer arriesgada, dispuesta a luchar.
PASAJERA 1.- Tal vez, pero luchar por algo, no por gusto.
PASAJERO.- ¿Y si te pido que luches por lo más lindo, por lo más grande, por lo más importante? Perdóname, Vicky, pero estoy casi seguro de que tú y yo nos necesitamos.
PASAJERA 1.- (Defendiéndose de su propia ilusión.) Yo no necesito nada. Sé defenderme sola desde hace tiempo.
PASAJERO.- (Delirante.) Si quieres me bajo, llamo a Santiago, explico... Tú tienes que seguir conmigo.
PASAJERA 1.- Tengo 25 años y no estoy para marineros ni para periodistas. (Breve pausa. Más dulce que nunca.) A lo mejor me embullo, pasamos ratos muy sabrosos... Después me acostumbro a que me hables mucho y a oírte acostada con los ojos cerrados. Cuando venga a ver estamos enviciados a estar juntos. Sigue tú en lo tuyo y yo en lo mío, que para cosas de novela, con la historia del Recién Casado tenemos.

(Entra el RECIÉN CASADO.)

PASAJERA 1.- Ella...
RECIÉN CASADO.- Ella no está. Se fue, me dejó solo. (Angustiado.) Eso me pasa por dejar que todo le fuera facilito. ¡Qué comemierda soy!
PASAJERO.- No te pongas así. Ella no tiene la culpa de que tú te confundieras.
RECIÉN CASADO.- (Entre la amargura y la melancolía.) El tren, el tren... Así que yo me casé hoy y todo el mundo tiene que estar contento... Yo les dejaba que me creyeran un loco y hasta que se divirtieran conmigo. ¿Saben por qué? Confiaba en que ella iba a aparecer de un momento a otro por ese pasillo, pero no apareció, no está, no la tengo... ¡Todo es mentira!
PASAJERO.- No tienes derecho a hablar así. Nosotros te hicimos caso enseguida, nos dejamos arrastrar por ti.
PASAJERA 1.- ¿Es que no te importamos? Yo hice monerías y caminé como me dijeron. ¿Sabes por qué lo hice?
RECIÉN CASADO.- Sería para pasar el rato, para que tu pueblo llegara más rápido hasta ti.
PASAJERA 1.- Tal vez al principio. Pero si te hubiera creído un loco como otro cualquiera, no te hubiera prestado ningún interés. Parece mentira, pero empezamos a meternos en tu mundo, te sentimos cerca, y por eso pudimos jugar.
PASAJERO.- Para que no te importara que el tren fuera al revés, y no perdernos esa alegría. Y ni siquiera lo hacíamos por buenos... Tú sacaste la cara por nuestra cobardía, por nuestra sinceridad, por nuestra necesidad de abrazarnos...
RECIÉN CASADO.- Sí, pero ella no es mi mujer. Y la otra, la mía, va a pensar que yo soy un desastre.
PASAJERO.- ¿Tú conoces a alguien que sea perfecto?
PASAJERA 1.- A mí ni que me lo enseñen.
RECIÉN CASADO.- A todo el mundo le gusta mi carácter. Me llaman para que haga cuentos en las fiestas del trabajo. (Representa un poco.) «Donde está Ernesto está la alegría». En las asambleas, Ernesto es el único que se para, discute y no se deja pasar una. A las mujeres les caigo bien (Con una sonrisa picara y sensual, pero un tanto triste.) , se divierten, me buscan... ¿Pero qué he hecho con mi vida? Tengo 30 años y dos divorcios en las costillas. ¿No se dan cuenta de que ésta es mi última oportunidad para ser un poquito feliz?

(Silencio.)

PASAJERO.- No te voy a perdonar que no estés de acuerdo contigo. Eres de las pocas personas capaces de transformar a los demás.
PASAJERA 1.- Y en unos minutos.
RECIÉN CASADO.- ¿Y quién me cura a mí? ¿Quién me levanta? (Breve pausa.) Yo me alegro siempre de la felicidad. Dondequiera que veo a alguien contento, me río solo como un bobo. Me encanta ver a las parejas por el Malecón... Cien, doscientas, y siempre se creen que son ellos dos los únicos en el mundo. Lo que me fastidia, lo que me mortifica, lo que me jode, es que ni en este tren pueda estar todo el mundo contento a la vez.
PASAJERO.- Lo más triste es que nos alejamos unos de otros. El que está contento, goza de su felicidad como un niño egoísta y goloso. El triste, al que le fueron mal los planes, mastica solo su depresión.
PASAJERA 1.- (Como continuación orgánica de la idea anterior.) Se esconde en un libro, inventa una boda...
RECIÉN CASADO.- ¡Una boda nunca es mentira! Aunque no se firme ningún papel, ni nadie se entere. Los abuelos del campo nunca firmaban, pero hacían tremendas fiestas en silencio. Se ponían la mejor ropita para llevarse a sus muchachas.
PASAJERO.- (Al RECIÉN CASADO.) No puedes frustrarte por una bobería.
PASAJERA 1.- (Como quien recuerda algo absurdamente olvidado.) ¿Dónde dejaste a la señora de los gaticos?
RECIÉN CASADO.- ¡Pobre vieja! Le regalé mi saco. (Con triste ironía.) Total, ya yo no me voy a casar más nunca.
PASAJERA 1.- Quédate en mi pueblo conmigo! Te bañas y comes en mi casa, llamas por teléfono a tu mujer...
RECIÉN CASADO.- ¿A dónde la voy a llamar?
PASAJERA 1.- Al hotel...
RECIÉN CASADO.- (Es difícil precisar si está angustiado o cogido en falta.) No teníamos reservación. Íbamos a resolver con un pariente.
PASAJERA 1.- Pues llámala a casa del pariente, o a la terminal, no sé. ¡Ojalá todo fuera como eso! Ya verás que dentro de un tiempo los dos se ríen de todo esto.
RECIÉN CASADO.- Yo nunca me apartaba de ella. Todas las noches la iba a ver y le llevaba cinco o seis cartas. Se las hacía a la hora del almuerzo, o en cualquier otro rato que me sobrara en el trabajo. Me ponía a escribir como si estuviera muy lejos y ella me esperara en su portal bañadita y linda. Los amigos me decían: «Llévala recio». «No la malacostumbres». A veces cogía un poco de cuerda y me decía: «Tengo que apretarle la mano». ¡Pero no podía! Es que para mí ella es mi mujer y la niñita que todavía no he tenido. Las dos al mismo tiempo.
PASAJERO.- Uno da muchos consejos, pero cuando le toca su hora, malcría y requetemalcría, y hace bien; las mujeres son lo más lindo y lo mejor.
PASAJERA 1.- (Al PASAJERO.) Menos mal que no eres machista.
PASAJERO.- Hasta sé cocinar un poquito.
RECIÉN CASADO.- Si ella hubiera sufrido un poco por mí... Mi abuela lo decía: «El que quiera azul celeste, que le cueste». Todo le ha sido demasiado fácil.
PASAJERO.- Ya te lo dije, ni Vicky ni yo vamos a permitir que te desesperes. Y menos que abandones la lucha por lo que más quieres. Ella, tu mujer, existe.
RECIÉN CASADO.- Pero ustedes no creen en ella.
PASAJERA 1.- Sí creemos.
PASAJERO.- Vamos a brindar los tres, la vamos a encontrar y estar juntos, porque también tenemos la sonrisa de Vicky.
PASAJERA 1.- Cuando perdiste a tu mujer, ¿tuviste quien te hablara así?
PASAJERO.- No. Y muchos amigos me viraron la espalda. Me volví un solitario de mierda, uno de esos tomadores de bares donde nada más que hay tipos queriendo hacerse los duros, pero que van a esos lugares porque no tienen valor para salir a la calle y abrazar a la primera mujer que les guste o al primer amigo que se lo merezca. (Al RECIÉN CASADO.) No quisiera que a ti te pasara lo mismo.
PASAJERA 1.- Yo llevo muchos años fuera de mi casa. Sé lo que es no tener ni una sólita puerta donde tocar. (Sin melodrama ni grandilocuencia.) Muchas veces me cogí con un teléfono descolgado pensando en algún número -aunque fuera inventado-, pero que pudiera responderme una voz amiga. A veces uno se demora meses y hasta años en hacer una amistad. En un rato han logrado que me sienta muy cerca de ustedes. Ahora no quiero perderme esto.
RECIÉN CASADO.- (Conmovido. Al PASAJERO, tratando de recuperar la euforia del principio.) ¡Bájate con ella! Llévala cargada hasta la puerta de su casa. Di que te la robaste porque te dio la gana. Porque es linda y porque tiene unos sentimientos del carajo.
PASAJERO.- (Eufórico.) ¡Y porque tú nos convenciste! Ya eres el mismo tipo que formó una boda en medio del tren
PASAJERA 1.- Me gusta más el juego del andamio y la muchacha. (Al RECIÉN CASADO.) ¿Quieres que vuelva a caminar como tu mujer?
RECIÉN CASADO.- Deja eso ahora. Camina, camina alegre y simpática, abraza a tu hombre.
PASAJERA 1.- (Con un destello de rubor adolescente.) Pero es que yo casi no lo conozco a él...
RECIÉN CASADO.- Sí lo conoces. Y no puedes bajarte de este tren. (Ella va a contestar. Él no le da tiempo.) ¿Qué vas a hacer si te bajas? ¿Casarte con el enamoradito tonto de toda la vida, que no tiene temple para una hembra como tú? ¿O con el viejo que te recoge a veces en su carro y tiene hijos de tu edad?
PASAJERO.- ¿Adivinó?
PASAJERA 1.- (Serena.) Sí, y ya no tengo mano que dar. (Muy cerca del PASAJERO.) La mayoría de los hombres piensa nada más que en la cama. Por muchas vueltas que le den, siempre caen en lo mismo...
PASAJERO.- No se trata de darle vueltas a la cama, sino de dar muchas vueltas en la cama hasta emborracharte de felicidad.
RECIÉN CASADO.- Yo me embullo rápido con las cosas, pero cuando me desilusiono recibo un golpe grande. (Confidencial.) Lo que menos soporto es el engaño. Me he ido de algunos trabajos y he dejado tremendos sueldos por no engañarme. Para cuando me pare, ¡así!, delante de un espejo, poder decir: «¡Ése soy yo!», sin que me dé asco ni miedo. A veces siento que estoy en un cuarto cerrado y que me ahoga la incomprensión de los que me rodean. ¡Y esta manía de dolerme por todo! ¿Saben por qué logro salir y respirar? (El PASAJERO y la PASAJERA 1 parecen a punto de intervenir.) Porque salgo a la calle y me doy cuenta de que uno puede hasta equivocarse, hasta tener mala suerte, y si no sirvo para profesor de una escuela, puedo levantar una pared y que quede bonita, para que a los muchachos se les alegre la vista.
PASAJERA 1.- Porque eres capaz de querer a una mujer que no aparece y encontrar precioso un uniforme.
PASAJERO.- Tienes que venir con nosotros.
PASAJERA 1.- Es una lástima, pero el nosotros, se está acabando. El tren está a punto de parar en mi pueblo. La he pasado muy bien, pero la locura tiene su límite.
RECIÉN CASADO.- ¿Dónde están?
PASAJERO.- Ahora no puedes irte, olvídate de los límites.
PASAJERA 1.- ¿Por qué no puedo irme? Yo tengo que ayudar a mi mamá, tengo que luchar.
PASAJERO.- (Encarándosele, pero lleno de afecto.) ¡Luchar por ti!
RECIÉN CASADO.- ¿Y él? ¿Y los demás? ¿Y la viejita de los gatos que con nosotros se olvidó de que la muerte ya la tiene citada? (Pausa.) ¿Y yo? ¿Si no hay boda, ni amigos, ni mujer linda? ¿Cómo vivo si el tren no va para la dicha ni para las estrellas?
PASAJERA 1.- Un rato de compañía puede ser muy rico, pero no me va a quitar mis preocupaciones ni a resolver mis problemas. (Al RECIÉN CASADO, justificándose con dulzura.) Te voy a dar mi teléfono por si quieres llamarme y me necesitas. (Al PASAJERO, entre dos fuerzas, entre dos fuegos.) Como mismo me encantas a mí... (Casi en susurro, emocionada, apunto de abrazarlo.) , como mismo quisiera vivir en La Habana, tenerte cerca para ir haciéndote mío, puedes gustarle a muchas. Y dentro de un rato te habrás olvidado de esta guajirita atrevida y sincera.
RECIÉN CASADO.- Me voy. Ya no me queda nada de la cerveza encima, el dinero se me está acabando y mi saco debe ser una suave camita para los gatos de la abuela. Cuándo llegue al otro coche y me tire en un asiento (Desinflándose.) , como se tira uno cuando perdió el juego, nadie me va a decir Recién Casado. (Pausa. El pito del tren suena insistentemente.) Antes de irme, quisiera que supieran cuál es la segunda cosa que me deja respirar hasta en el peor momento; lo que me hace sacar la cabeza cuando quisiera esconderla y comerme solo mi gorrión, lo que me deja vivir cuando empieza a faltarme el aire.
PASAJERO.- (Toma a la PASAJERA 1 del brazo. Se acerca al RECIÉN CASADO y al público.) Vamos a hacer una cosa. Un juego. Cuando tú termines de poner sobre la mesa esa segunda razón, ya ella tendrá que haber decidido si se baja o se queda en este tren. Si se va, no habrá despedidas ni promesas para un después. Si se queda tampoco quiero palabras, sino... (Se interrumpe por la emoción. Al RECIÉN CASADO.) Me parezco más a ti de lo que supones y me gusta decidir rápido. ¡Arriba el juego! Por favor.

(Pausa breve. Le extiende al RECIÉN CASADO la caja de cervezas vacía que ya para todos es el «andamio». El RECIÉN CASADO se sube a su andamio.)

Yo me encanto de verla caminar. (A la PASAJERA 1.) Camina, anda...

(La PASAJERA 1 comienza a pasearse con coquetería, que por momentos desaparece, y su andar se convierte en vueltecitas de impaciencia.)

PASAJERO.- (Con ritmo que recuerda una caricia.) Bomboncito, bomboncito...
PASAJERA 1.- ¡Ya! Si sigues no me voy a ir nunca de tu lado. Te estás buscando ser el padre de mis hijos.
RECIÉN CASADO.- Lo que me deja reírme y hacer cuentos toda una noche; aunque después, cuando llegue a mi casa por la madrugada, llore como un niño desconsolado por algo que no me cabe en la cabeza... y que yo lo sufro por todos a los que les da lo mismo. Lo que me hace levantarme y volver a jugármela, aunque pueda volver a perder es la sospecha de que quedan otros iguales o parecidos, que me pueden querer... o por lo menos oírme. Y desde ahora sé una cosa mejor; sé que quedan muchachas como María Victoria, capaces de brindarle la casa al amigo, sin que haga falta que le enseñen un carné, un papelito o la foto de la mujer del hombre como si fuera un comprobante. Una muchacha que ahora mismo va a caminar...
PASAJERA 1.- Vestida de blanco, con un lazo detrás del pelo y el uniforme más lindo del mundo.
PASAJERO.- Y en los dos o tres minutos que faltan para que llegue tu mujer, voy a hacerte mi mejor entrevista. ¿Cómo te llamas?
RECIÉN CASADO.- Ahora mismo, y quiero seguir naciendo todos los días.
PASAJERO.- ¿Cuál es tu oficio?
RECIÉN CASADO.- Rodar.
PASAJERA 1.- Contéstame bien ahora. ¿Cómo te llamas?
RECIÉN CASADO.- ¡Recién Casado! ¿No la estás viendo a ella que viene corriendo hacia nosotros?

(El PASAJERO y la PASAJERA 1 miran junto con el público hacia el lateral que señaló el RECIÉN CASADO. Se oye un largo y muy agudo pitazo del tren.)





FIN


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