30/8/21

COMO EL VIENTO QUE SOPLA, COMO EL AGUA QUE MOJA, de Pablo Albarello.











COMO EL VIENTO QUE SOPLA, COMO EL AGUA QUE MOJA



AUTOR:  

Pablo Albarello





2019

Como el viento que sopla, como el agua que moja

(Reg. Prop. Intelectual Expte. 891626)

Esta obra ha sido publicada para su difusión libre y gratuita, si bien quedan reservados todos los derechos de propiedad intelectual. El uso público de esta obra requiere el permiso del autor y a fin de recabar la correspondiente autorización dirigirse a pablo_albarello@e-pol.com.ar o palbarello@argentores.org


Personajes

(por orden de aparición) 


Mariela (30)

Ernesto (30)

Jorgelina (60)

Simón (60)

Portero (40)

Consultor Supremo (60)

Madre (60)


Departamento despojado, mesa, dos sillas, sobre el fondo puerta de entrada, sobre la izquierda ventana que da al exterior, en el centro un sofá destartalado, sobre la derecha un espejo de pie. Se escucha el goteo de una canilla que pierde.


ESCENA 1

Vemos llegar a Mariela, viste un ambo de médico, deja la cartera, se pone a pasar el escobillón, acomoda unos libros. Se queda por un instante con la mirada perdida, llora, se contiene y recomienza la tarea. Entra Ernesto, con aire agobiado, lleva un maletín y un piloto, todo en él denota una rutinaria habitualidad, salvo por un detalle: cuando se saca el abrigo y lo cuelga, debajo viste un traje de superhéroe (remera y calzas al cuerpo, calzón, botas, capa, guantes, etc.) En el pecho y en el centro de la capa pueden leerse las iniciales S.E. de Super Ernesto.



ERNESTO: Hola, amor.

Mariela no responde. Ernesto pretende besarla en la boca, Mariela corre la cara y el beso termina en la mejilla. Deja el maletín junto a la mesa, al pasar delante del espejo

se espía la capa. Sale de escena para ir al baño, tiempo, se escucha la descarga del depósito, regresa acomodándose el calzón, se sienta.


ERNESTO: Un calor insoportable. El centro está imposible. ¿No?


Mariela no responde.


ERNESTO: ¿Cómo te fue en la clínica?


Mariela no responde.


ERNESTO: No sé qué me pasa pero hoy tuve la boca seca todo el día. ¿Hay algo para tomar?


MARIELA: Jugo de naranja, creo.


ERNESTO: Que bueno, ¿me traés, amor? 


A desgano, Mariela sale.


ERNESTO (alzando la voz): Creo que quedan dos latitas de cerveza rubia en la puerta del congelador, te las cambio por el jugo, ¿dale?


Mariela vuelve con las latas, se las da y estudia a Ernesto. Este abre una, al sentirse observado se incomoda, toma tragos cortos.


MARIELA: Me agregaron guardias y tengo que trabajar los fines de semana completos. 


ERNESTO: Ah, mirá.


MARIELA: ¿Y a vos cómo te fue? (vuelve a observarlo) ¿Luchaste por la Justicia? 


ERNESTO: Amor…



MARIELA: ¿Amor, qué?



ERNESTO: Solo te pido que no empecemos.



MARIELA: ¿Qué empiezo yo? Yo no empiezo nada. ¿No estamos hablando de lo que hicimos durante el día? Bueno, yo te pregunto, ¿luchaste por la Justicia?


ERNESTO (por lo bajo): Sí, creo que sí. 


MARIELA: No te escucho.


ERNESTO: ¡Que sí! ¡Que luché!



MARIELA: ¿Ves que sencillo? A una pregunta, una respuesta: sí luché. No es tan difícil.


ERNESTO: No, claro que no es tan difícil. Pero si usas ese tono.


MARIELA: ¿Qué tono?


ERNESTO: Ese, Mariela. Decís ‘luchaste por la Justicia’ con ese tono. ¡Por qué hay que volver siempre a lo mismo!


Ernesto se incorpora, se pone delante del espejo, se abstrae haciendo una pose de carrera.



MARIELA: ¿Sabés por qué? Porque el sábado cumplimos un año de casados, por eso.


ERNESTO: ¿El sábado? ¡No te puedo…! ¿Qué fecha es hoy? ¡Uh, sí, es verdad! ¡Un año ya! ¡Esto hay que festejarlo! Tendríamos que organizar algo (abre la otra lata, va hacia Mariela) Brindemos. ¡Dale, gorda, tomá aunque sea un traguito!


Mariela rechaza la cerveza, lloriquea.



ERNESTO: Mariela…


Ernesto la abraza.


ERNESTO: Mari, ¿qué pasa?


MARIELA: ¡Que esto es un desastre, eso pasa! 


ERNESTO: ¿Qué decís?


MARIELA: Y encima en un rato van a venir mis viejos. Me llamó mamá a la clínica, traté de pensar en alguna excusa pero de los nervios empecé a hablarle de mi hermana. Me puse hecha una idiota y no pude zafar.


ERNESTO: ¿Y por qué tendrías que zafar? 


MARIELA: ¡¿Vos me estás jodiendo?!


ERNESTO: No. Bah, creo que no


MARIELA: A ver, ¿cuánto hace que no ves a papá y a mamá? ¿Cuánto hace que no vienen al centro?


ERNESTO: Dejame pensar… Como seis meses. Sí, bastante. Pero, amor, no termino de entender. ¿Por qué tanta complicación? ¿Les pasa algo?


MARIELA (lo lleva hasta el espejo): Erni, ¡a vos te pasa algo!


Se miran ambos a través del espejo. Tiempo. Se escucha la gotera de la canilla del baño.



MARIELA: Y te lo pido por milésima vez: ¿podés hacer arreglar esa canilla? 


APAGÓN





ESCENA 2

Mariela y Jorgelina están sentadas en el sofá, Simón circula por el ambiente, pasa un dedo por el marco del espejo, se limpia el polvillo con gesto de repulsión. Desde el baño se escucha el sonido de la ducha y a Ernesto que canta.



OFF ERNESTO: “Mi héroe es la gran Bestia Pop / enciende el sueño, la vigilia…” 


JORGELINA: Simón, ¿podés dejar de caminar que me pone nerviosa?


SIMÓN: ¿Entonces estamos de acuerdo? 


MARIELA: ¿Con qué?


SIMÓN: Con que está loco. 


JORGELINA: ¡Ay, por favor!


SIMÓN: ¿Ah, no? De acuerdo. No está loco. Entonces lo que hace es normal. 


JORGELINA: Llevás las cosas al extremo.


SIMÓN: Jorgelina, un tipo que sale a la calle con una capa y el calzoncillo arriba del pantalón ¿cómo está? ¿Te parece que llevo las cosas al extremo?


JORGELINA: ¡Cómo sos, eh! Vos ya lo habías visto vestido así y no dijiste nada.


SIMÓN: No, yo no lo había visto vestido así. Lo había visto vestido así en el cumpleaños del nene de Laura, que es otra cosa.


JORGELINA: ¿Y por qué es “otra cosa”, a ver?


SIMÓN: Porque pensé que era un disfraz para entretener a tu nieto. ¿En los cumpleaños ahora no usan animadores, castillos inflables y todas esas porquerías?


MARIELA: ¡No discutan, por favor!


SIMÓN: Es que tu madre vive adentro de una azucarera. 


JORGELINA: ¿Te vas a sentar de una buena vez?


Simón se sienta a disgusto. Tiempo. Se escucha a Ernesto cantando. OFF ERNESTO: “A brillar, mi amor / vamos a brillas, mi amor…” 


MARIELA (a Jorgelina): Papá, tiene razón.


JORGELINA: Ay, nena, no seas tan intransigente. Vos y Ernesto son jóvenes, tienen la vida por delante, todavía no encargaron chicos, quizás él está buscando su vocación.


SIMÓN: ¡Sí, su vocación!


JORGELINA: Es una época tan confusa, tan hostil. Fijate lo feo que se puso este barrio, Monserrat solía ser otra cosa. ¿Recordás algo de cuando vivíamos en la casita de calle Salta? Ustedes eran chiquitas. Fue una época feliz. Hasta que un día sucedió lo del rapto de esas dos criaturas, tu hermana empezaba primer grado, lo hablamos con tu padre y nos mudamos a Barrancas de Belgrano.


SIMÓN: ¡Jorgelina, por el amor de Dios! ¿Eso qué tiene que ver con lo que estamos hablando?


JORGELINA: ¡Sí que tiene! ¡Sí que tiene! Estoy tratando de decir que en todo este clima enrarecido que hoy se vive, como se necesita de fuerzas de seguridad, de jueces, de fiscales valientes, quizás también se necesite de gente afín que colabore.


SIMÓN: ¿Gente que se disfraza y grita “por el poder de Grayskull”?



JORGELINA: No, Simón, gente con sensibilidad, que se preocupe por el bienestar del prójimo. Y el muchacho evidentemente está buscando algo por ese lado.


SIMÓN: Y que se anote en la Policía Federal, que se haga Bombero Voluntario, entonces.


MARIELA: Erni no era así, la que le llena la cabeza es la madre. 


SIMÓN: ¡La vieja esa!


JORGELINA: Adelma, Simón, no “la vieja esa”, es tu consuegra y se llama Adelma. 


SIMÓN: ¿Y vos decís que la vieja esa lo convenció para “luchar por la Justicia”?


MARIELA: ¡No lo sé, a esta altura creo que no sé nada! Miren, yo les agradezco un montón que se preocupen, que hayan venido, pero ¿qué les parece si se quedan un ratito más y se van, eh? Hablemos otro día.


JORGELINA: Mariela tiene razón, Erni va a salir del baño en cualquier momento. Pero además queríamos decirte otra cosa (a SIMÓN, cortante) ¿Hablás vos o hablo yo?


SIMÓN: Ah, sí, el departamento. Con tu querida madre estuvimos pensando que yo puedo llamar a Carlitos, en la Inmobiliaria ahora hay mucho movimiento, seguro que les consigue algo mejor que esto.


JORGELINA: Más para el lado de Palermo, van a estar más cerca de nosotros y de tu hermana. ¿Qué te parece? Además algo un poquito más nuevo, en mejor estado, ¿no? Por el costo despreocúpate, podemos ayudar.


MARIELA: No creo que sea una buena idea, mamá. Al menos por ahora. 


JORGELINA: Yo no me quiero meter, pero pensalo.


SIMÓN: Planteáselo a Spiderman. 


JORGELINA: ¡Basta, Simón!



Entra Ernesto, lleva un traje limpio de Super Ernesto, trae la muda usada en un boyo y se la da a Mariela.



ERNESTO (a Mariela): ¿Me ponés este con la ropa para lavar? (a Jorgelina y a Simón) ¡Cuánto hace que no nos vemos! Me imagino que se quedan a comer. 


MARIELA (sorprendida): ¿Qué decís, Ernesto?



ERNESTO: ¿Qué tiene?



JORGELINA: Sabés que yo no cocino bien, además a las dos tengo que volver a la clínica.


ERNESTO: Entonces compramos unas milanesas en la rotisería. Dale, son tus padres,

¿no?


SIMÓN: Lamentablemente hoy nosotros…


JORGELINA (codeando a su marido): ¡De acuerdo, aceptamos! Nos quedamos a comer.



ERNESTO: ¡Buenísimo!


SIMÓN (contrariado): Yo mejor bajo a ver si el auto sigue donde lo dejamos. Con las caritas que hay por la zona seguro que ya le faltan dos ruedas.


El padre sale.



ERNESTO: ¡Ja ja, tu viejo me encanta! Qué humor ácido que tiene, ¿no? 


APAGÓN





ESCENA 3

Música de suspenso, el ambiente está vacío, vemos entrar a Ernesto preocupado porque no lo vean, tiene una latita de cerveza, toma, la apoya sobre la mesa, va hasta el espejo, se observa en pose, se toca el abdomen, se lo observa de perfil. Luego va hasta el maletín, lo abre y saca un libro de tapas gruesas, lo hojea, se detiene y lee. A continuación extrae del maletín una varilla con una piola y una arandela atada en el extremo, va hasta el espejo e inserta la varilla en algún orificio en su parte superior, hace pendular la arandela, se coloca a distancia, se pone de espaldas, respira.

Sosteniéndose ambas sienes con los dedos, gira de golpe clavando la mirada en la arandela.



ERNESTO: ¡Immobility!


APAGÓN





ESCENA 4

Vemos a Mariela y a Jorgelina solas en el mismo ambiente.


JORGELINA: Hija, si se aman tenés que apoyar a tu marido. Hablalo. Tenés que apostar por esta relación, luchar por ella.


MARIELA: ¡Mamá, por favor! 


Se miran. Jorgelina sonríe.


MARIELA: ¿Qué pasa?


JORGELINA: Te parecés tanto a mí. 


MARIELA: Estás loca.

JORGELINA: ¡Si somos dos gotas de agua! Debajo de ese caparazón de dureza, sos una romántica soñadora como yo.


Jorgelina acaricia el cabello de su hija y se abstrae.


MARIELA: ¿Qué pasa?


JORGELINA: Es tan raro: este lugar, Erni y vos, es como si la historia se repitiese. 


MARIELA: ¿Qué querés decir?


JORGELINA: Te voy a contar algo que tu hermana y vos ignoran. Mucho antes de conocer a tu padre yo me había inscripto en la facultad de Veterinaria.


MARIELA: Sí, ya lo sé. Y después abandonaste.


JORGELINA: Sí, abandoné. Yo adoraba las aves, la vida al aire libre, era una chica tonta que quería trabajar en un hospital escuela. Hace un rato pensaba dónde están mis amigos de esa época. Están borrados, extirpados de la memoria, es como si nunca hubieran existido. No eran lo que yo necesitaba. Tampoco Edwin.


MARIELA: ¿Edwin?



JORGELINA: Era ayudante de una de las cátedras de primer año. Desde el primer día yo fui una extraña en esa facultad, una nena bien que no pegaba con el ambiente tosco de muchachones de campo, animales de granja. Hasta que conocí a Edwin. Era santiagueño, llevaba el pelo largo, tenía una porra hasta por acá, bajito, usaba unos carpinteros gastados que no se sacaba nunca (sonríe) Era un desastre, pobre. ¡Pero cuando te clavaba esos ojos negros y lo escuchabas hablar...!


MARIELA (sonriendo): No puedo imaginarte a vos en la facultad de Veterinaria y con alguien así.


JORGELINA: ¡Eh, no subestimes a tu madre! En fin, que no sé cómo me fijé en él y no sé como él me dio bolilla. Yo, naturalmente, por esa época era virgen y con Edwin tuve mi primera experiencia. ¡A-lu-ci-nan-te!


MARIELA: ¡Mamá!


JORGELINA: Ya sos grande y no te voy a mentir: con ese hombrecito grenchudo, seductor, lleno de ideales irrealizables, sentí algo que nunca volví a sentir con otro hombre, tu papá incluido. Y entonces me fui de la casa de tus abuelos. Un compañero de cursada del interior alquilaba un departamento, tenía que volver a su pueblo y nos lo dejó. Un lugar como éste, feo, descuidado. Había reuniones todo el tiempo.

¡Fumábamos marihuana! (Mariela no puede contener la risa) Edwin quería tomar la Facultad, liberar a los animales, crear una comunidad abierta en el Tigre, cualquier disparate. Fueron quince días de frenesí. Dormíamos sobre una bolsa de dormir de la marina mercante. Yo estaba como poseída, no pensaba en nada, ni siquiera me importaba la facultad. Tus abuelos, por supuesto no sabían nada, para ellos yo estaba en lo de una amiga.


MARIELA: ¡No te puedo creer! ¿En lo de Haydée?


JORGELINA: Sí, en lo de Haydée. Vivía como en un sueño, ¿entendés? 


MARIELA: ¿Y qué pasó?


JORGELINA: Lo que nunca tendría que haber pasado. Que eso fue todo, que se me pasó la fiebre y desperté. Me dije que no tenía sentido seguir estudiando, que nunca me dedicaría al campo, que no tenía nada que hacer al lado de un chico así, que tenía que regresar a mi casa, a mi ambiente. Que debía desaparecer de esa facultad, esfumarme sin dejar pistas. ¿Entendés lo que quiero decir? Fue el peor acto de cobardía. No luché por lo que quería. A la distancia lo puedo ver: Edwin era un ser puro, alguien especial, como Ernesto.


MARIELA: No, mamá.


JORGELINA: Sí.


MARIELA: ¡Te digo que no! Una cosa es un veterinario hippy, que bien o mal sigue teniendo los pies sobre la tierra y otra un tipo que sale a la calle… como lo viste.


MADRE: Por ahí solo está un poco confundido. No te equivoques, mi amor, apostá a tu corazón. La vida pasa tan rápido y las cosas que una puede llevarse son tan pocas. El amor es lo más genuino y poderoso. ¿No lo ves? Ustedes se aman, es tan evidente (Jorgelina abraza a Mariela) ¡Ay, estoy tan feliz por vos y por Súper Ernesto!


MARIELA (se suelta del abrazo): ¡No lo llamés así! 


MADRE: Disculpame.

MARIELA (camina por el ambiente, alterada): ¿No entendés? Esto una pesadilla.



Se escuchan gritos y pedidos de auxilio provenientes de la calle.



JORGELINA: ¿Y eso? ¿Qué pasa?



Entra corriendo Ernesto mientras termina de abrocharse la capa. Va hacia la ventana.



MARIELA: ¿Qué hacés?


ERNESTO: Tranquila, amor.


MARIELA: ¡Ernesto, por favor!


ERNESTO: No pasa nada, tranquila. Seguro que son los de la esquina, siempre a esta  hora pasa algo. Dejame ver.


Ernesto se asoma a la ventana, Jorgelina también quiere ver. 


JORGELINA: ¿Qué hacen?


ERNESTO: Se juntan en la puerta del maxi kiosco, les piden colaboraciones a la gente que pasa.


MARIELA: ¡Los asaltan, querrás decir! 


ERNESTO: No son malos chicos.


Ernesto va hasta el espejo, hace movimientos de calentamiento y aspira y expira ruidosamente.



MARIELA: No, Ernesto.


ERNESTO: Tengo que ir.


MARIELA: ¿Quién dice que tenés que ir?


ERNESTO: Amor, ¿vamos a discutirlo otra vez? 


MARIELA: Es absurdo.



ERNESTO: Mari, comprendelo, es como si a vos te trajeran un paciente agonizante y yo te pidiera que lo dejaras morir.


MARIELA: Atiendo un consultorio de dermatología, Erni


ERNESTO: Igual. Viene alguien, suponete, con una erupción en la piel tremenda, le pica el cuerpo una barbaridad y vos no lo atendés. Hiciste un juramento. A mí me pasa lo mismo.


JORGELINA: Nena, tiene razón. 


MARIELA: ¡Mamá, vos no te metas!


ERNESTO: Disculpame pero tengo que intervenir, amor. 


Ernesto sale. Mariela y Jorgelina miran por la ventana. 


JORGELINA: Es un valiente.


MARIELA: ¡Qué va a ser un valiente! Si cuando salimos a la calle le tiene miedo a los perros. El mes pasado tuvo una discusión con el diariero y tuvimos que dormir una semana con la luz prendida porque tenía pesadillas.


Vuelven a escucharse gritos, hay golpes, botellas rotas, insultos.



JORGELINA: Los hombres son así, Mari, tienen la fantasía de poder controlar el caos del mundo y nosotras tenemos que apoyarlos.


Miran por la ventana. Tiempo. Entra el Portero trayendo a Ernesto golpeado.



MARIELA: ¿Qué pasó?


PORTERO: Venga, Don Ernesto, vamos a recostarnos en este sillón.


Aturdido, Ernesto tira trompadas al aire, está cortado en una ceja, casi golpea a Mariela.


ERNESTO: ¡Vení! ¡A ver si te animás! ¡Vení, no huyas! 


MARIELA: ¡Pará, Erni, soy yo!


PORTERO: Se golpeó la cabeza.


MARIELA: ¡Estás sangrando! (a Jorgelina, lloriqueando) ¿Te das cuenta lo que digo. ¿A vos te parece que así se puede llevar una vida normal?


JORGELINA: Bueno, tranquilízate, seguro que no es nada grave. Fijate si no tiene una conmoción cerebral. Preguntémosle algo (a Ernesto) Hola, Erni, ¿sabe quién soy?


ERNESTO (intenta lanzarse sobre Jorgelina y el portero lo contiene): ¡Te voy a reventar!


PORTERO: ¡Pare, Don Ernesto, es su suegra! Ya está en su casa, misión cumplida: estuvo brillante, los faloperos se dieron a la fuga. ¿Vio?



Ernesto mira el entorno, poco a poco se ubica en tiempo y espacio.



ERNESTO: Disculpe, Jorgelina (al Portero) ¿Vos viste como los tenía controlados? ¡Y justo piso la capa…!


PORTERO (a Mariela): Se resbaló y se dio la nuca con la heladera del kiosco. Ahí los pibes aprovecharon y se le fueron encima (a Ernesto) ¡Pero los derrotó, Don Ernesto, tuvieron que rajar con las manos vacías! (a Mariela) Su marido es una cosa asombrosa.


ERNESTO: No es para tanto, Elvio.



PORTERO: ¿Cómo que no? ¡Lo que hace es admirable! (a Mariela) En la cuadra no se habla de otra cosa.



MARIELA: ¡Me imagino!


PORTERO: Usted viera como le dejan mensajes en el buzón de la entrada. 


JORGELINA: ¡Ha visto, nena! ¡Mirá si Ernesto no es algo especial!


PORTERO (a Jorgelina): No sabe lo que es estar baldeando la vereda y de golpe verlo aparecer trotando, con esa capa al viento. ¡Se lo cuento y se me pone la piel de pollo, mire!



MARIELA (con impaciencia): Gracias por traerlo, Elvio, vaya nomás.



PORTERO: Bueno, cualquier cosa me pegan el grito (a Ernesto) Y después arreglamos cuando paso para ver la canilla del baño, Don Ernesto.


MARIELA (arreándolo): Gracias, Elvio, vaya, gracias.


El Portero sale, Mariela y Jorgelina se miran y a continuación observan en silencio a Ernesto. Tiempo. Sosteniéndose con un pañuelo la herida de la ceja, Ernesto se incorpora trabajosamente.


ERNESTO (declamando): Yo soy quien vela por ti / yo soy el elegido / no soy un tipo distante / ni frío como el acero (de golpe cruza los brazos por sobre la cabeza con los puños cerrados) ¡SÚPER ERNESTO CON LA GENTE!


APAGÓN





ESCENA 5

Siempre con el traje de súper héroe, vemos a Ernesto que circula alrededor de la mesa poniendo los platos para el almuerzo. Tiene un apósito en la ceja y el ojo morado.

Simón lee el diario en el sofá. Cohibido, Ernesto mira en varias oportunidades en su dirección. Mientras distribuye la vajilla canta por lo bajo.


ERNESTO: “Mi héroe es la gran Bestia Pop / enciende el sueño, la vigilia…”


SIMÓN (sin levantar la vista del diario): ¿Y en qué otras cosas trabaja? Digo, aparte de detener piñas con la cara.


ERNESTO: No sea malo, Simón. Eso fue un error de estrategia. Y para serle sincero no me desenvuelvo bien en los enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Hay intervenciones más sutiles que no necesitan de la acción directa.



SIMÓN: Por ejemplo...


ERNESTO (entusiasmado): ¿De veras quiere que le cuente? SIMÓN: Hasta que vengan con la comida puedo escuchar.


ERNESTO: Okey. Hoy por la mañana trabajé en dos. La primera es muy graciosa: usted vio cómo circulan los tacheros por el centro, se creen los amos, los dueños de la calle.

Circulan a mil, invaden carriles, paran donde se les ocurre. Pero más que nada en las bocacalles los tipos doblan como si tal cosa, y si uno está intentando cruzar por la senda peatonal, con el paso a su favor, más vale que salte o se tire a un costado porque se lo llevan puesto. Así que estuve observando el fenómeno y me dije “Esto es un trabajo para Súper Ernesto”. Me voy a la esquina de Corrientes y Suipacha, me pongo delante del grupo de peatones que espera el semáforo, cuando da la luz verde veo por el rabillo del ojo que un taxi viene doblando y me le tiro encima del capot. El tipo clava los frenos, yo doy un par de tumbos aparatosos y caigo en el asfalto. ¡Gran quilombo gran! Para serle sincero, al principio hay como un momento de confusión, al verme con el traje algunos creen que es algún tipo de publicidad callejera, pero cuando se dan cuenta de que va en serio llaman al SAME, se corta el tránsito. Yo exagero, grito, simulo convulsiones. Y mientras parte de la multitud se preocupa por atenderme, el resto gira hacia el tachero y, primero con timidez y después cada vez más osados comienzan a insultarlo, a patearle las puertas, a escupirle el parabrisas. Es el ciudadano que despierta del letargo, libera su espíritu de justicia ante el atropello de los egoístas, ¿se entiende? Yo entonces aprovecho la confusión, me incorporo y me pierdo en la multitud.



Ernesto queda a la expectativa de la reacción de Simón, pero este lo mira con frialdad y no emite sonido.


ERNESTO: Vamos a la segunda. ¡Escuche porque esta es genial! Voy trotando por Mitre altura Montevideo –no sé si se lo mencioné, pero yo por la calle intento siempre trotar para que la capa flamee y se me vean las iniciales- Así que voy trotando por Mitre hasta que llego a Callao y me meto en la sucursal del Banco Nación. Multitud de gente, muchísimo calor, no anda el aire acondicionado. Voy hasta el subsuelo, sector Cajas.

Como de costumbre, larga cola y de tres ventanillas sólo una atendiendo. Me ubico en el último puesto, dejo pasar unos minutos y digo, como al pasar: “¡Claro, cómo si uno no tuviera nada que hacer, no cierto!” No necesito mirar a alguien para percibir que entre los más cercanos hay como un removerse en sus lugares: el virus ya fue inoculado. Dejo pasar otro par de minutos y ya mirando de lleno a uno, agrego: “Yo no sé. Menos mal que son las cajas para clientes, ¿no?”. “¡La misma historia de siempre, señor!” –salta el primero. “Tal cual, ¿me quiere decir porque no atienden las otras ventanillas?”. “¡A los tipos no les importa. Somos como ganado! –grita otro- ¡Peor que eso: somos basura, pedazos de mierda!”. Y ya no hay retorno: la cola empieza a sacudirse, a sacudirse y se rompe en mil pedazos. Gritos, puños en alto, algunos avanzan sobre el cajero, otros van contra los mostradores. Yo me voy hacia las escaleras. Y antes de salir, giro para echar una última mirada: alguien parado sobre el mostrador empieza a sacarse la ropa, otro salta con un matafuego en una mano. Una nueva acción de Súper Ernesto para socavar los cimientos de una sociedad autista, impermeable a las necesidades del otro. ¿Qué le parece?


Ernesto vuelve a quedar a la expectativa de la reacción de Simón. Tiempo.



SIMÓN: ¿Usted dice que esos son actos heroicos? 


ERNESTO: Sí.


SIMÓN: Esos no son actos heroicos. 


ERNESTO: ¿Cómo que no?


SIMÓN: Esos no son actos heroicos, son pelotudeces.


ERNESTO: ¿Le parece?


SIMÓN: Hacerse el atropellado en un semáforo, armar una discusión en la cola del banco, son pelotudeces, hombre.


ERNESTO: No sé. Reconozco que son intervenciones menores. Acciones más bien simbólicas. ¿Pero pelotudeces?


Ernesto se queda pensando. Tiempo.



ERNESTO: Igual le aseguro que forman parte de un plan cuidadosamente delineado. 


MARIELA: ¿Ah sí? ¿Y cuál vendría a ser ese plan?


ERNESTO: No le puedo adelantar mucho porque debo mantener cierta reserva. Solo le digo que estoy trabajando en un proyecto más ambicioso, y mientras tanto hago lo que en marketing se conoce como ‘imponer la marca’. Salir a la calle, sentar presencia, comenzar a hacerme visible para que la gente cuando me vea no se asuste.


MARIELA: No se cague de risa.


ERNESTO: No sea malo, Simón. Para que vaya haciéndose a la idea de que en la gran urbe hay alguien que anda por ahí trabajando por su seguridad, por su bienestar, por...


SIMÓN: Ernesto, ¿le puedo preguntar algo? Y por favor, sea sincero 


ERNESTO: Sí. Cómo no.


SIMÓN: ¿Todo esto… es real?


ERNESTO: ¿Qué quiere decir?


SIMÓN: Esa capa, sus salidas, esto que cuenta, ¿son cosas reales o es un guiye para …? Usted me entiende.


ERNESTO: No del todo.


SIMÓN: El levante.


ERNESTO: ¿El levante?


SIMÓN: Para el levante, hombre, la conquista de señoritas. 


ERNESTO: ¡Qué dice, Simón!


SIMÓN: No se violente, no hay nada malo en eso. El levante es un componente importante en la vida del hombre. Antes y después del matrimonio nosotros debemos crear historias que nos permitan el levante. Sucede desde que el mundo es mundo.



ERNESTO: Todo bien, pero le aseguro que no es mi caso.


SIMÓN (sin escucharlo): Yo tengo cien, mil historias. Modestamente podría escribir un libro sobre el levante. Son como ficciones paralelas que funcionan a la par del guión principal, ¿comprende? En mis historias yo he sido chef internacional, ex campeón de Fórmula 1, prestidigitador, Senador de la Nación. Este mi último levante soy aventurero del mar dueño de un yate.



ERNESTO: Ah, mire.



SIMÓN: Me pongo una gorra marinera, me siento en una mesa de La Biela o de Roud Point y digo que acabo de desembarcar. Si alguna duda muestro la foto de un barco.


ERNESTO: Qué bien. Pero le repito que no es mi caso, yo no invento historias para ese tipo de cosas.


SIMÓN: ¿No le gustan las señoritas? 


ERNESTO: Sí que me gustan.


SIMÓN: ¿Y entonces?


ERNESTO: No sé. Yo amo a Mariela.



SIMÓN: O sea que no inventa historias, ni le interesa el levante. 


ERNESTO: No.


Simón se queda pensando. Tiempo.



SIMÓN: Bueno, entonces hablemos de números. Dígame, ¿cuáles son sus ingresos? ¿Percibe algo parecido a un sueldo? ¿Con qué bancos operan usted, Linterna Verde, el  Capitán América?


ERNESTO: Bueno…es que yo todavía…



SIMÓN: Sepa que Mariela es una chica educada, sensible, con necesidades concretas.

¿Es monotributista? ¿Emite factura? Si proyectaron una vida en común en algún momento deberán comprar casa, necesitarán ir de vacaciones, comprar un auto.


ERNESTO: Sí, obviamente…



SIMÓN: ¿Está en condiciones de solicitar un crédito? ¿Un préstamo prendario? Ella necesita un medio de locomoción urgente, no pretenderá que siga cruzando toda la ciudad en tres colectivos para llegar a la Clínica.



ERNESTO: No, claro... Pero comprenderá que así todo junto… Quiero decir, son cuestiones que se van resolviendo con el tiempo…


SIMÓN (reaccionando): ¡Es que no hay tiempo!... (cambiando) Muchacho, ¿por qué no lo piensa?


ERNESTO: ¿Qué quiere decir?



SIMÓN: ¿Usted ama de verdad a mi hija? 


ERNESTO: Sí.

SIMÓN: ¿Quiere evitarle sufrimientos? 


ERNESTO: Por supuesto.


SIMÓN: Entonces déjela libre. Todavía no tienen hijos, existe el divorcio express. Tengo un estudio de abogados amigo que lo soluciona en veinticuatro horas.


ERNESTO: ¡Qué está diciendo!


SIMÓN: Soy realista. Piénselo, en este trabajo suyo, ¿una familia no es un estorbo? Además yo lo puedo ayudar, desde la empresa le puedo donar una suma importante para que entrene, no sé, para que diseñe súper armas; y mientras tanto le va a asegurar a Mariela una vida normal.


ERNESTO: ¿Me está coimeando, Simón?



SIMÓN: No lo estoy coimeando, ni pretendo ofenderlo, soy un padre preocupado, nada más. Tómelo como un aporte desinteresado a la Liga de la Justicia.


Entran Mariela y Jorgelina con bolsas de comida y bebida y cortan el clima tenso.


JORGELINA: ¡Hola! ¿Tardamos mucho?


MARIELA: Vamos a comer que es tarde (a Ernesto) ¿Qué pasa? Estás pálido, ¿te duele el ojo?


ERNESTO: Casi nada. Ya estoy bien



Por señas, Simón le dice a Ernesto que lo piense y Ernesto le responde que no.



MARIELA: ¿Qué hacían?



ERNESTO: Charlábamos mientras las esperábamos. ¿Qué consiguieron? (va hasta las bolsas) ¡Milanesas! Son buenísimas, ya van a ver. ¡Y trajiste mi cerveza, sos lo más, amor!


Ernesto besa a Mariela. Jorgelina se sienta en el sofá junto a Simón.


JORGELINA: ¿Qué pasó?


SIMÓN: Nada.


JORGELINA: A mí no me engañás, ¿estuviste martirizando al pobre chico? 


SIMÓN: Para nada.


ERNESTO (desde la mesa): Bueno, ¿comemos? 


APAGÓN





ESCENA 6

Música de suspenso, es de noche, el ambiente está vacío, vemos entrar a Ernesto proveniente del cuarto, ocultándose. Viene tomando de una lata de cerveza, va hasta el espejo, se observa en pose. Luego va hasta el maletín, lo abre y saca el libro de tapas gruesas, lo hojea, se detiene y lee. A continuación extrae la varilla con la piola y la arandela, inserta la varilla en la parte superior del espejo. Hace pendular la arandela, se coloca a distancia, se pone de espaldas, respira. Sosteniéndose ambas sienes con los dedos, gira de golpe clavando la mirada en la arandela.


ERNESTO: ¡Immobility!


La arandela no se detiene. Toma otro trago de cerveza, se relaja, respira, se concentra y repite la operación.


ERNESTO: ¡Immobility!



El resultado es el mismo. Ernesto guarda todo en el maletín. Se tira en el sofá descorazonado, bebe, se entreduerme. De golpe vemos materializarse al Consultor Supremo. Parado sobre una silla e iluminado cenitalmente con una luz potente, la aparición tiene cabellos y túnica blancos y lleva unos lentes para sol. Es una combinación de pastor evangelista, jefe de un cartel de droga mexicana y padre de Súperman. Ernesto se incorpora de un salto.


CONSULTOR SUPREMO: El sufrimiento nos hace fuertes, güey. Si abrimos nuestra sensibilidad para experimentarlo nos vuelve poderosos. Es el arma más valiosa que atesoramos, soportar el pinche dolor sin quebrarnos. Y eso nace del poder más condenadamente humano. ¿Tu sabes cuál es ese poder?


ERNESTO: ¿M-me pregunta a mí?



CONSULTOR SUPREMO: Pues a quién sino, Ernesto.


ERNESTO: ¿Me conoce?


CONSULTOR SUPREMO: Responde a mi pregunta, compa, ¿sabe cuál es? 


ERNESTO: Ni idea.


CONSULTOR SUPREMO: La fe. Ese poder es la pinche fe. ¿Vas captando? 


ERNESTO: Maso.


CONSULTOR SUPREMO: La fe, my friend. Hay un ser extraordinario habitando en ti, alguien bien padre que te provee de fuerzas, te hace ecuánime, noble, honesto, incorruptible. Aunque a veces ese chingón te obligará a renunciar a aquello que amas, y al final te permitirá morir por un ideal. En otras palabras, ese es tu poder y al mismo tiempo tu maldición. ¿Sigues el concepto?



ERNESTO: S-sí.



CONSULTOR SUPREMO: No mientas, primo, en tus ojos sobrevuela la duda. A ver, repasemos, ¿hasta ahora qué tienes de todo lo que te dije?


ERNESTO: Bueno… Habló, ¿de un poder?


CONSULTOR SUPREMO: Bien, Ernesto, de un poder.



ERNESTO: ¿Usted se refiere a un poder especial? Digamos, ¿a un súper poder? 


CONSULTOR SUPREMO: No te apresures, no preguntes. Piensa.


ERNESTO: Porque si se refiere a eso, le juro que estoy trabajando muy fuerte. Falta poco, prácticamente no falta nada, ¿sabe? Tengo una intuición muy fuerte de que...


CONSULTOR SUPREMO: ¿Intuición, has dicho? 


ERNESTO: Sí, ¿por?


CONSULTOR SUPREMO: La intuición es padrísima, la intuición es insustituible. Pero no alcanza.



ERNESTO: ¿Ah, no?



CONSULTOR SUPREMO: Y aquí volvemos al principio: la fe, güey. Como bien dice tu atractiva madre, Adelma, aquí necesitamos de la fe.


ERNESTO: ¿También conoce a mi madre?



CONSULTOR SUPREMO: ¿Qué si la conozco, vato? Tu madre es una sensibilidad única, una mujer sabia llena de un inquietante sexappel.


ERNESTO: ¿“Inquietante sexappel”? P-perdón, pero ¿entre ustedes…?



De repente se materializa la madre de Ernesto, parada sobre otra silla, con túnica blanca e igualmente iluminada.


MADRE: ¡Bueno, bueno, bueno! 


ERNESTO: ¡Mamá!



MADRE: ¿Por qué no te concentrás en lo que te está diciendo Ronald, en vez de andar haciendo preguntas indiscretas?


ERNESTO: Es que no termino… ¿Vos estás saliendo con este tipo? 


MADRE: ¡Y a vos qué te importa!


ERNESTO: N-no sé, digo. Como papá falleció en marzo del año pasado...



MADRE: ¿Vos tenés una pálida idea de con quién estás hablando? ¿Sabés quién es Ronald?


CONSULTOR SUPREMO: Órale, Adelma, no presiones al chico.



MADRE: Es uno de nuestros principales líderes del Triunvirato Celeste de Yucatán. Además de consultor supremo para América Latina y el Caribe.


ERNESTO: ¿Consultor… de súper-héroes? 


MADRE: ¡Erni, disculpate ya!


ERNESTO: Bueno… Perdóneme.



CONSULTOR SUPREMO: No hay problema, primo. Tú estás accediendo a un universo del que ignoras casi todo. Pero, sabes Adelma, al vato le noto energía, le noto fuerza interior (mira la hora) Ahora lamentablemente tengo que seguir camino.


MADRE: Por supuesto, no te entretenemos más. Antes, si te parece, hagamos la foto (saca el celular, a Ernesto) Ponete al lado. ¡Sonreí, Erni, con gesto enérgico, necesitamos convicción!


La Madre les saca una foto.



CONSULTOR SUPREMO: Medita sobre nuestra plática. Y a ti te llamo luego, ¡Bye, Adelma!


MADRE: ¡Chau, caro!



La Madre le tira un beso con la mano, el Consultor Supremo se apaga y desaparece. La madre vuelve a subirse a su silla. Ernesto queda anonadado.



MADRE: ¿Qué pasa?


ERNESTO: No sé. Este tipo, vos, los dos arriba de las sillas… ¿Esto real o es un sueño?



MADRE: ¡Obvio que es real! No te imaginás lo que me costó traer a Ronald. El favor que nos hizo al haber venido. Pero tiene toda la razón: necesitamos resultados.


ERNESTO: Hago lo que puedo.



MADRE: ¡Es poco, Erni! Mirá tu lenguaje corporal, tu estado físico, ¿qué dijimos de la cerveza?


ERNESTO: Ya casi no tomo, salvo en alguna que otra ocasión. Pero hay algo de lo que dijo que es verdad: dudo todo el tiempo, mamá, me lleno de preguntas. ¿No pensaste en la posibilidad de que en realidad yo no sea ?



MADRE: ¡Basta! ¡No sigas! Ernesto, grabátelo en la cabeza: vos sos el elegido.


ERNESTO: ¿Cómo sabés?


MADRE: El sueño premonitorio.



ERNESTO (hinchado): ¡El sueño premonitorio!



MADRE (sin acusar recibo): El día de tu alumbramiento lo vi con claridad: ‘Nuestro señor dios padre y madre’ fue generoso con nosotros y nos brindó esta misión. Solo faltaba esperar el momento, y con la muerte de tu querido padre supe que ese momento había llegado.


Se escuchan ruidos de martillazos.


MADRE: Tito, ¿podes parar que estoy hablando con Ernesto? 


ERNESTO: ¿El tío Tito? ¿Qué hace en casa el tío Tito?



MADRE: ¿Viste que es maestro mayor de obras? Me está ayudando. Le pedí que derrumbara el quincho del fondo para hacer tu centro de operaciones.


ERNESTO: ¡Qué decís!



MADRE: No se hable más, hijo, tenés que tener tu propia baticueva, ernicueva, o cómo se diga.


ERNESTO: Pero, ¿en Haedo? Hasta el centro tengo una hora y media de viaje.


MADRE: Erni, ¿quién organiza acá?... Además es probable que también tengan que venirse a vivir a casa. Andá hablándolo con Mariela. ¿Me lo prometés?


ERNESTO: Okey, pero no si voy a poder decírselo ahora. 


MADRE: ¿Por? ¿Qué pasa?


ERNESTO: Cosas nuestras


MADRE: ¿Cómo que cosas nuestras? ¿No se entienden? Evidentemente la chica te cela, lo vi desde un principio, compite con tu luz.


ERNESTO: Ahora no quiero hablar de eso, mamá.


Se escuchan golpes y un murmullo.


MADRE: Me dice tu tío que te pregunte si los caños de la luz del quincho pasan por el piso o por la pared.


ERNESTO: ¡Y yo qué sé! ¡Basta, por favor, mamá, embarullás todo!


MADRE: ¡Bueno, bueno! No pierdas el equilibrio. Recordá los ejercicios de respiración. ¿Ahora qué respiración correspondería?


ERNESTO (hinchado): Abdominal.


MADRE: Abdominal, bien. Ponemos una mano en la parte superior del pecho y la otra en tu abdomen…


Ernesto, hace los movimientos indicados mientras repite las mismas palabras.


MADRE: Inspiramos profundamente, la mano en tu…. cho debe permanecer quie… y la de…. domen de.. ir a la vez… que juntás el ai… tené… la resp…tando…ta…tres…


ERNESTO: ¿Qué? ¿Cómo? Mamá, se entrecorta, no te entiendo.


La luz cenital que ilumina la Madre comienza a titilar, su voz se entrecorta, finalmente se apaga y desaparece. Entra Mariela, en pijama. Trae un vaso de agua. Sorprende a Ernesto, de pié, hablándole a la nada.


MARIELA: ¿Qué hacés?



ERNESTO: No sé. Creo que tuve una pesadilla.



Mariela va hasta la mesa, de un blíster saca una pastilla y la traga con el agua.


MARIELA: Yo no puedo dormir.


Ernesto se despereza, se encamina hacia el cuarto.


ERNESTO: Yo me voy a acostar. Hoy fue un día matador. 


MARIELA (deteniéndolo): Erni, me encantaría creer en todo esto.

ERNESTO: Amor, solo te pido paciencia. En breve las cosas se van a encaminar, ya vas a ver. Estoy trabajando en algo importante, cuando eso se dé, el resto va a tomar sentido.



MARIELA: ¿En qué estás trabajando? 


ERNESTO: No puedo hablar.


MARIELA: Erni, soy tu mujer.


ERNESTO: ¿Me prometés discreción? 


MARIELA: Obvio.


ERNESTO: El rayo paralizante


MARIELA: ¿El rayo paralizante? (reaccionando) ¡¿El rayo paralizante?!? 


ERNESTO: Bajá la voz, por favor.


Mariela, se pone a temblar, sufre una crisis de nervios, se agarra de la mesa como si estuviera a punto de caer, Ernesto la sostiene.


ERNESTO: Vení, sentate. Hoy estuviste todo el día muy tensa.


MARIELA: ¡¿El rayo paralizante?!? ¿Sabés?, no puedo creer que esté pasando esto: que vos estés así vestido, que hablemos de un rayo paralizante. Por momentos me digo “Mariela, es una pesadilla, a la cuenta de tres vas a despertar”, pero cuento uno, dos, tres y no despierto, nunca despierto (lloriquea)


ERNESTO: Es que no tenés que despertar. Esto es real.


Mariela lo observa y vuelve a lloriquear, se calma, señala hacia el maletín de Ernesto.


MARIELA: Vi ese libro en el maletín. ¿“10 Tips para el desarrollo del superhéroe moderno”? ¿Quién escribe ese tipo de cosas? Te lo dio ella, ¿no?


ERNESTO:



Mariela se incorpora, busca las palabras.



MARIELA: Erni, por si no te diste cuenta: tu mamá no está bien. 


ERNESTO: ¿Qué querés decir?


MARIELA: De la cabeza, digo. Tu mamá está re loca.



Ernesto reacciona y comienza a salir.




ERNESTO: Si vamos por ese lado me niego a seguir.


MARIELA: ¡No, esperá, perdóname! Lo que pasa es que yo pienso, le doy vueltas, trato de entender.


ERNESTO: ¿Y qué cosa no entendés?


MARIELA: Semejante cambio, Erni. Cuando yo te conocí estudiabas en la UADE. 


ERNESTO: Sí, Administración de Empresas.


MARIELA: No sé, eras ambicioso, tenías sueños. Y eras encantador. ¿Te olvidaste de eso?


ERNESTO (se sienta junto a Mariela, cambiando): ¿Cómo voy a olvidarme?


MARIELA: Nos íbamos a ver el amanecer a la Costanera, esperábamos a que abrieran los puestos de flores y me comprabas un ramo de fresias.


ERNESTO: Y desayunábamos en el bar de Aeroparque. Café con leche con churros. Y yo me iba durmiendo en la mesa mientras vos cantabas. ¿Qué cantabas?


MARIELA (canta): Memoria hostil de un tiempo de paz / sin paz / Narices frías de una noche atrás.


ERNESTO Y MARIELA (cantan a dúo): Besos por celular / las momias de este amor / piden el actor de lo que fui… *


ERNESTO: Y cuando te quedabas a dormir en casa, si llegaba mamá tenía que esconderte en el placard (ríen)


MARIELA: Yo me enamoré de ese chico, Erni, ¿dónde quedó?


ERNESTO: Acá, mi amor, ese chico y Súper Ernesto somos la misma persona.



Mariela se ensombrece, se incorpora.



ERNESTO: ¿Qué pasa?


MARIELA: Hoy hablé con mi hermana. Quiero que me digas algo y que, por favor, seas honesto. ¿Qué le dijiste a Mati?


ERNESTO: ¿A Mati?...


MARIELA: Sí, a Mati. ¿Qué le metiste en la cabeza?


ERNESTO: Ah, nada, estuvimos hablando. Me preguntó algunas cosas y… 


MARIELA: ¡Tiene seis años, Ernesto! ¡A vos evidentemente algo en la cabeza no te funciona! ¿Sabés que el domingo, en la pileta, tuvieron que hacerle reanimación durante cinco minutos porque casi se ahoga? Dijo que estaba entrenando para desarrollar el poder de Aquaman.


ERNESTO: No puede ser.


MARIELA: ¡Sí puede ser! Carla me dijo que tuvo que calmar a Andrés porque quería venir a cagarte a piñas. ¿Qué opinás de eso? Me dijo que no vuelvas a acercarte a Mati. Y que mientras yo esté con vos, tampoco (lloriquea) ¡Mati es mi ahijado, Erni!


Ernesto también se incorpora, vuelve al espejo, se estudia. Tiempo.


ERNESTO: Hay que ser fuertes, Mari. Hay que ser muy fuertes.


Se escucha el goteo en el baño.


APAGÓN




ESCENA 7

Ernesto está en el sofá recostado mirando el techo, toma cerveza, sobre la mesa hay un pack con más latas. Se escucha la voz del portero desde el baño.


OFF PORTERO: Unos pocos son los que tienen los contactos, las relaciones, se llenan los bolsillos, mientras que el resto está a la buena de Dios. ¿Es así o no es así? Bueno, usted debe trabajar para esos, Don Ernesto.


ERNESTO: Para todos.


OFF PORTERO: Sí, para todos. Pero sobre todo para esos.


Entra el portero limpiándose las manos con un trapo.


ELVIO: Era una pavada, le cambié el flexible.


Ernesto saca una lata del pack, la abre y se la da al portero.


PORTERO: Le acepto, pero una sola porque en un rato van a venir los del tanque de agua.


ERNESTO: Lo que yo digo es que no sé si voy a poder.


PORTERO: ¡Va a poder, va a poder! ¿Cómo no va a poder? Usted no se da cuenta de lo afortunado que es. Dígame, ¿quién no soñó alguna vez con ser alguien como usted, luchar contra los malhechores? ¿Cuántos se atreven a hacer algo así? Y usted se atrevió. Don Ernesto, usted es como el General, es la voz de los que nada tienen, su brazo ejecutor, ¿comprende?... Brindo por eso.


ERNESTO: Salud.


Toman ambos un largo trago de cerveza y eructan.



PORTERO: ¿No vio la caja con los mensajes? 


ERNESTO: Sí.



PORTERO: ¿Dónde la puso?



ERNESTO: La guardé. No quiero que la vea Mariela.


PORTERO: ¿Y por qué no? Las mujeres son desconfiadas. Así va a entender. ¿Los leyó con atención? Esa es la gente de la que le hablo, los laburantes, los tipos que se levantan cada mañana con un sueño, los que apuestan al trabajo, los que ayudan al vecino. Mire, yo había traído algo para darle (busca en sus bolsillos, saca un papel doblado) Usted sabe que yo estoy en la gremial de los encargados de edificio, les conté a mis compañeros lo que hace y lo trataron en la asamblea. Mire lo que le enviaron.


Se lo da, Ernesto lee, se conmueve.



PORTERO: Firmado por toda la junta directiva. ¿Se emocionó? Llore, Don Ernesto, que no es ninguna vergüenza, eso demuestra que usted es un ser especial, usted es un distinto. Brindo por eso.



ERNESTO: ¡Salud!


Toman ambos un largo trago de cerveza y eructan. Se mantienen pensativos. 

BREVE APAGÓN. 

Cuando vuelve la luz hay envases desparramados por el piso de la sala, transcurrieron un par de horas, se tomaron toda la cerveza del pack y están algo borrachos.


PORTERO: Totalmente enamorada. 


ERNESTO: ¿De quién?


PORTERO: ¿No le digo? De usted. 


ERNESTO: Ja ja ja. ¡Genial!





PORTERO: Es más, me preguntó cómo se llevaba con su señora. 


ERNESTO: Noooo. ¿Pero Doña Amparo qué edad tiene?


ERNESTO: Debe andar por los ochenta y cinco, ochenta y seis. Jajaja. Dice que usted es el calco del marido cuando se alistó en Marina Mercante. Me mostró el retrato. Y dice que no hubo más robos en ninguno de los locales de la galería y que desde que está usted pueden dejar abierto hasta tarde. Don Ernesto, ¿no se da cuenta? Usted despierta cosas en la gente.


ERNESTO: Brindo por eso. 


PORTERO: ¡Salud!


Toman un largo trago de cerveza, eructan. Llega Mariela proveniente de la calle, lleva puesto el ambo de médico. Ernesto y el Portero se sienten en falta.


ERNESTO: ¿Qué hacés, amor? Elvio acaba de solucionar la pérdida del baño.


Mariela los mira con expresión gélida, comienza a levantar las latas vacías del piso. Cohibido, el portero no sabe qué hacer con la suya, se la va a dar a Mariela, se arrepiente, la apoya sobre la mesa.



PORTERO: Bueno, yo ya me iba.



ERNESTO: Pará, cobrame el arreglo. ¿Mari, tenés algo de cambio? Elvio, ¿cuánto es?


PORTERO: Por favor, Don Ernesto, para alguien como usted invita la casa. Hasta luego, señora.


Mariela