30/10/14

LAS TESMOFORIAS. ARISTOFANES.


























LAS TESMOFORIAS
ARISTOFANES



PERSONAJES:

MNESÍLOCO, suegro de Eurípides.
EURÍPIDES.
UN CRIADO DE AGATÓN.
AGATÓN.
CORO DE AGATÓN.
UN HERALDO, (interpretado por una mujer.)
CORO DE MUJERES, que celebran las Tesmoforias.
Dos MUJERES.
CLISTENES.
UN PRITÁNEO.
UN ARQUERO.


(La acción transcurre, primero, frente a la casa de Agatón y después junto al templo de Deméter.)

MNESÍLOCO.-(Siguiendo penosamente a Eurípides.) ¡Oh, Zeus! ¿Cuándo veré aparecer una golondrina?1 Este hombre va a acabar conmigo haciéndome correr desde el amanecer. ¿Podré antes de que me estalle el bazo, saber donde me conduces, Eurípides?
EURÍPIDES.-No debes oír lo que pronto has de ver.
MNESÍLOCO.-¿Cómo dices? Repítelo ¿No debo oír..
EURÍPIDES.-Lo que pronto vas a ver...
MNESÍLOCO.-¿Y tampoco será menester que vea?
EURÍPIDES.-No, al menos lo que debes oír.
MNESÍLOCO.-¿Qué es lo que me aconsejas? Confieso, sin embargo que hablas hábilmente. ¿Dices que no debo oír ni ver?
EURÍPIDES.-Sí; puesto que son dos funciones distintas por naturaleza.
MNESÍLOCO.-¿La de oír y la de no ver?
EURÍPIDES.-Sí; tenlo entendido.
MNESÍLOCO.-¿Cómo distintas?
EURÍPIDES.-Escucha cómo esa distinción se hizo desde los orígenes. Cuando el Eter se separó del Caos y engendró los anímales que en su seno se agitaban, con objeto de que viesen, les hizo primero los ojos redondos como el disco del sol, y después les abrió los oídos en forma de embudo.
MNESÍLOCO.-¿Y es a causa de ese embudo por lo que no puedo oír ni ver? Por Zeus, que me alegro de haber aprendido estas cosas! ¡Qué bueno es conversar con los sabios!
EURÍPIDES.-Otras muchas del mismo género aprenderás en mí escuela.
MNESÍLOCO.-¿Y aprenderé también a cojear con ambas piernas? Eso sería el colmo de la felicidad2.
EURÍPIDES.-Acércate y atiende.
MNESÍLOCO.-Aquí estoy.
EURÍPIDES.-¿Ves esa puertecita?
MNESÍLOCO.-SÍ, por Heracles, la veo.
EURÍPIDES.-Calla.
MNESÍLOCO.-Callo la puertecita.
EURÍPIDES.-Escucha.
MNESÍLOCO.-Escucho y paso en silencio la puertecita.
EURÍPIDES.-Ahí dentro vive el ilustre Agatón, el poeta trágico.
MNESíLOCO.-¿Qué Agatón es ése? ¿Es uno moreno y robusto?
EURÍPIDES.-No, es otro.
MNESíLOCO.-No lo he visto nunca. ¿Es uno que lleva una barba muy tupida?
EURÍPIDES.-¿Pero no lo has visto nunca?
MNESÍLOCO.-No, por Zeus, que yo sepa.
EURÍPIDES.-Pues cierto día estuviste con él, aunque sin conocerlo. Pero apartémonos, porque sale uno de sus criados trayendo fuego y ramas de mirto: sin duda va a ofrecer un sacrificio para el buen éxito de sus concepciones poéticas.
EL CRIADO.-Guarda, ¡oh pueblo!, un silencio religioso; cierra la boca: el coro sagrado de las Musas entona sus himnos en la morada de mi señor. Refrene el Eter apacible el soplo de los vientos; cese el rumor de las glaucas ondas...
MNESÍLOCO.-iBom... bax!3.
EURÍPIDES.-¡Silencio ...! ¿Qué dice?
EL CRIADO.-Duerme la gente alada; deténgase el correr de las feroces alimañas en las selvas...
MNESÍLOCO.-¡Bómbalo... bombax!
EL CRIADO.-Porque el diserto Agatón, nuestro amo, está a punto de...
MNESÍLOCO.-¿De prostituirse? ¡Que lo ensarten!
EL CRIADO.-!Quién habló?
MNESÍLOCO.-El Eter apacible.
EL CRIADO.-Está a punto de concebir la armazón de un drama. Redondea nuevas formas poéticas, tornea unos versos, forja unas sentencias, inventa metáforas, funde, modela y vierte en el molde el asunto, que en sus manos es como blanda cera.
MNESÍLOCO.-Y se deja... ensartar.
EL CRIADO.-¿Qué patán se aproxima a esta morada?
MNESÍLOCO.-Un hombre dispuesto a clavaros en vuestra morada, a tí y a tu noble versificador, un sólido instrumento bien firme y torneado.
EL CRIADO.-Anciano, en tu juventud debiste ser muy insolente.
EURÍPIDES.-(A su pariente.) Vamos, déjate en paz. (Al criado.) Y tú, vete a llamar a Agatón sin perder un instante.
EL CRIADO.-No hay necesidad; mi amo vendrá muy pronto, porque ha empezado a componer versos, y en el invierno no es fácil redondear las estrofas sin salir a tomar el sol. (Vase.)
MNESÍLOCO.-¿Qué debo hacer ahora?
EURÍPIDES.-Espera a que venga. ¡Oh, Zeus! ¿Qué suerte me reservas hoy?
MNESÍLOCO.-Por los dioses, quiero saber qué significa todo esto. ¿Por qué gimes? ¿De qué te lamentas? No debes tener secretos para mí, que soy tu suegro.
EURÍPIDES.-Se está maquinando contra mí una gran desgracia.
MNESÍLOCO.-¿Cuál?
EURÍPIDES.-Hoy se decidirá si Eurípides ha de vivir o morir.
MNESÍLOCO.-¿Cómo es posible? Hoy no hay sesión en los Tribunales ni en el Senado, por ser el tercer día de la fiesta, el día de enmedio de las Tesmoforias.
EURÍPIDES.-Eso es, precisamente lo que me hace presentir mi perdición. Las mujeres se han conjurado contra mí, y están reunidas en el templo de las Tesmoforias para decretar mi pérdida.
MNESÍLOCO.-¿Y por qué motivo?
EURÍPIDES.-Porque no las trato bien en mis tragedias.
MNESÍLOCO.-Por Poseidón, te estará muy bien empleado. ¿Y cómo podrás evitar el peligro?
EURÍPIDES.-Voy a ver si persuado al poeta trágico Agatón para que se introduzca en el templo de las Tesmoforias.
MNESÍLOCO.-¿Para qué? Dime.
EURÍPIDES.-Para que participe en la Asamblea de las mujeres y me defienda, si es necesario.
MNESÍLOCO.-¿Abiertamente o de incógnito?
EURÍPIDES.-De incógnito; disfrazado de mujer.
MNESÍLOCO.-El expediente es ingenioso y lleva la marca de tu genio; por lo que toca a la astucia, nuestra es la palma.
EURÍPIDES.-Cállate.
MNESÍLOCO.-¿Pues qué ocurre?
EURÍPIDES.-Que sale Agatón.
MNESÍLOCO.-¿Dónde está?
EURÍPIDES.-Míralo: le sacan con la plataforma giratoria4.
MNESÍLOCO.-Sin duda estoy ciego; no veo ningún hombre; a quien veo es a Cirene5.
EURÍPIDES.-Silencio, que se dispone a cantar.
MNESÍLOCO.-¿Va a entonar una marcha de hormigas?6.
AGATÓN.-(Que durante toda la escena habla en el estilo campanudo de los malos poetas.) Doncellas, recibid de
las diosas infernales la sagrada antorcha y festejad con danzas y alaridos de gozo la libertad de vuestra patria.
CORO DE AGATÓN. 7¿De qué deidad se celebra hoy la fiesta? Pronto estoy siempre a adorar a los dioses.
AGATÓN.-Canta, ¡oh Musa!, a Febo, el del arco de oro, que levantó los muros de la ciudad del Simois8
CORO.-¡Salve Febo; para ti mis himnos mejores, pues tú llevas la palma en el sacro certamen de las Musas!
AGATÓN.-Ensalzad a Artemis, la virgen cazadora, errabunda por bosques y montañas.
CORO.-Celebremos y ensalcemos a la casta Artemis, augusta hija de Leto.
AGATÓN.-Y a Leto, y a la cítara asiática, imitando el ritmo y el cadencioso compás de las Gracias de Frigia.
CORO.-Celebremos a la augusta Leto, y a la cítara madre de los himnos, para que nuestros acentos varoniles hagan brillar con fulgor repentino los ojos de la adorable diosa. ¡Ensalcemos al poderoso Apolo! ¡Salve, hijo feliz de la augusta Leto!
MNESÍLOCO-¡Venerandas Genetílides9, ¡qué dulce y voluptuosa melodía! ¡Qué afeminamiento! ¡Cómo trasciende a besos lascivos! ¡Qué cosquilleo se siente en el trasero al escucharla! Y tú, jovencito, si acaso lo eres, quiero interrogarte al modo de Esquilo en su Liturgia10. ¿De dónde sales, oh andrógino? ¿Qué patria es la tuya? ¿Qué vestido es ese? ¿Por qué esa agitación? ¿Cómo concuerda esa cítara con la túnica amarilla, ese aceite de atleta con un sostén? ¿Hay cosas más opuestas? ¿Qué de común entre un espejo y una espada? ¿Te han educado siquiera como un hombre? Entonces ¿dónde llevas la colita? ¿Y el manto y los zapatos viriles? ¿O eres, quizás, mujer? Pero ¿y tus pechos? ¿Qué dices? ¿Por qué ese silencio? Por tu canto, pues, te conoceré, ya que te niegas a explicarte.
AGATÓN.-¡Anciano, anciano!, he oído el silbido de la envidia, sin sentir el dolor de sus mordeduras. Llevo un traje en consonancia con mis pensamientos, porque un poeta debe tener costumbres análogas a los dramas que compone. Si el asunto de sus tragedias son las mujeres, su persona debe imitar la vida y el porte femenino.
MNESÍLOCO.-¿De suerte que al componer una Fedra montarás a caballo?
AGATÓN.-Si los asuntos son varoniles, ya tenemos en el cuerpo todo lo necesario. Pero lo que no tenemos por naturaleza, hemos de adquirirlo mediante la imitación.
MNESÍLOCO.-Entonces, cuando escribas dramas de sátiros llámame, y yo me pondré en erección detrás de tí.
AGATÓN.-Además, es de muy mal parecer un poeta grosero y velludo, Ibico, Anacreonte de Teos y Alceo, tan hábiles en la armonía, llevaban mitras y bailaban las voluptuosas danzas de la Jonia; e! mismo Frínico, de quien seguramente has oído hablar, unía a su propia hermosura la de sus vestidos; por lo que en sus dramas todo era hermoso. Cada cual imprime a sus obras su propio carácter.
MNESÍLOCO.-Por eso Filocles, que es feo, compone obras feas; Jenocles, que es malo, malas y Teognis, que es frío, frías.
AGATÓN.-Es de rigor. Y por saberlo he cuidado de corregirme.
MNESÍLOCO.-¿Cómo, por los dioses?
EURÍPIDES.-Cesa de ladrar. Yo era lo mismo cuando, a su edad, empezaba a escribir.
MNESÍLOCO.-¡Por Zeus, que no envidio tu educación!
EURÍPIDES.-Déjame, por fin, decir e! motivo que me trae.
AGATÓN.-Explícate.
EURÍPIDES.-Agatón, «de hombres sabios es decir muchas cosas en pocas palabras. Herido por una
desgracia nueva, vengo a suplicarte»11
AGATÓN.-¡Para qué me necesitas?
EURÍPIDES.-Las mujeres, reunidas en las Tesmoforias, han' resuelto hoy mi perdición, porque hablo mal de ellas.
AGATÓN.-¿Y qué socorro puedes esperar de mí?
EURÍPIDES.-Uno grandísimo. Si te mezclas furtivamente entre las mujeres de modo que parezcas una de tantas y defiendes mi causa elocuentemente, conseguirás salvarme. Tú eres el único capaz de hablar dignamente de mí.
AGATÓN.-¿Por qué no vas a defenderte tú mismo?
EURÍPIDES.-Te lo diré. En primer lugar, yo soy muy conocido, y además cano y barbudo, mientras que tú eres de hermosa figura, imberbe y de tez blanca; tienes voz de mujer y eres precioso y delicado como nadie.
AGATÓN.-Eurípides...
EURÍPIDES.-¿Qué?
AGATÓN. ¿No has escrito una vez: «el ver la luz te alegra; ¿crees que no le alegra también a tu padre?»
EURÍPIDES.-Cierto.
AGATÓN.-No esperes, por tanto, que «n me exponga a soportar tu desgracia: sería una locura. Sufre, como es natural, tu propio infortunio. Las desgracias no deben sobrellevarse con astucia, sino con paciencia.
MNESÍLOCO.-Tú, sí que has llegado, vil prostituido, con actos y no con palabras, a infamar tus posaderas.
EURÍPIDES.-¿Por qué temes ir allí?
AGATÓN.-Porque tendría un fin aún más miserable que el tuyo.
EURÍPIDES.-¿Cómo?
AGATÓN. Porque parecería que iba a usurparles sus prácticas nocturnas y arrebatarles la Cipris femenina.
MNESÍLOCO.-¿A robarles? Di más bien a prostituirte. ¡Por Zeus! ¡Vaya un pretexto!
EURÍPIDES.-En qué quedamos, ¿lo harás como te lo pido?
AGATÓN.-No lo esperes.
EURÍPIDES.-¡Entonces infeliz de mí! ¡Estoy perdido!
MNESÍLOCO.-Eurípides, mi querido yerno, no te desalientes.
EURÍPIDES.-¿Qué hacer?
MNESÍLOCO.-Envía a ese hombre al infierno, y dispón de mí como quieras.
EURÍPIDES.-Pues que tú mismo te me ofreces, acepto. Anda, quítate esa ropa.
MNESÍLOCO.-Ya está en el suelo. ¿Qué vas a hacer de mí?
EURÍPIDES.-Afeitarte los pelos de la barba y quemarte los de más abajo.
MNESÍLOCO.-Haz lo que quieras, o no haberme ofrecido.
EURÍPDES.-Agatón, tú siempre llevas navajas: préstanos una.
AGATÓN.-Cógela de ese estuche.
EURPIDES.-(A su suegro.) Eres un valiente, siéntate e hincha el carrillo derecho.
MNESÍLOCO.-¡Ay!
EURÍPDES.-¿Por qué gritas? Te voy a meter un tarugo en la boca, si no callas.
MNESÍLOCO.-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! (Se levanta y echa a correr.)
EURÍPIDES.-¿Adónde vas?
MNESÍLOCO.-Al templo de las Euménides12, sí, por Deméter, pues no voy a quedarme ahí para que me hagas tajadas.
EURÍPIDES.- Se van a reír de tí al verte con la mitad de la cara afeitada.
MNESÍLOCO.-Poco me importa.
EURÍPIDES.-No me abandones, por los dioses te lo pido; ven acá.
MNESÍLOCO.-¡Desdichado de mí! (Se sienta otra vez.)
EURÍPIDES.-No te muevas y levanta la cabeza. ¿Adónde te vuelves?
MNESÍLOCO.-¡Muú... muú...!
EURÍPIDES.-¿Por qué muges? Ya está todo arreglado.
MNESÍLOCO.-¡Infeliz de mí, voy a pelear armado a la ligera!13.
EURÍPIDES.-No pienses en eso. Vas a estar muy hermoso. ¿Quieres mirarte? (Le presenta un espejo.)
MNESÍLOCO.-Sí; a ver...
EURÍPIDES.-¿Te reconoces?
MNESÍLOCO.-No; por Zeus; a quien veo aquí es a Clístenes14
EURÍPIDES.-Levántate para que te chamusque el vello; inclínate.
MNESÍLOCO.-Pero ten cuidado. ¡Me vas a chamuscar como a un cerdito!
EURÍPIDES.-Traedme una antorcha o una lámpara. Bájate y procura resguardar la parte sensible.
MNESÍLOCO.-Lo procuraré, por Zeus; pero ¡cuidado! que me quemas... ¡Ay, ay! ¡Agua, vecinos, que tengo las nalgas en fuego!
EURÍPIDES.--Tranquilízate.
MNESÍLOCO.-¿Puede uno estar tranquilo cuando le están asando?
EURÍPIDES.-Ya no tienes por qué inquietarte: lo peor ya pasó.
MNESÍLOCO.-Tengo el trasero todo chamuscado.
EURÍPIDES. No te cuides de eso: ya se te lavará con una esponja.
MNESÍLOCO.-¡ Pobre del que se atreva a lavarme el trasero!
EURÍPIDES.-Agatón, ya que no quieres ayudarme, préstame al menos una túnica y un ceñidor; no puedes decir que no los tienes.
AGATÓN.-Con mucho gusto; tomad y usadlos.
MNESÍLOCO.-¿Qué me pongo?
AGATÓN.-Ponte primero la túnica amarilla.
MNESÍLOCO.-¡Por Afrodita, que buen olor echa a hombre! Pónmelo pronto: dame el ceñidor.
EURÍPIDES.-Toma.
MNESÍLOCO.-Dame ahora algunos anillos para las piernas.
EURÍPIDES. También necesitan una cinta y una mitra15
AGATÓN.-Toma mi gorro de dormir.
EURÍPIDES.-Por Zeus, es lo más a propósito.
MNESÍLOCO.-¿Me caerá bien?
EURÍPIDES.-Admirablemente. Tráeme también una manteleta.
AGATÓN.-Está sobre la cama, cógela.
MNESÍLOCO.-Además, necesito zapatos.
AGATÓN.-Ponte los míos.
MNESÍLOCO.-¿Me irán bien? Lo digo porque sé que a ti te gusta el calzado ancho16.
AGATÓN.-Pruébatelos. Y ahora que ya tenéis todo lo necesario, que me lleven pronto adentro17.
EURÍPIDES.-Parece enteramente una mujer. Cuando hables, ten mucho cuidado de imitar la voz femenina.
MNESÍLOCO.-Lo procuraré.
EURÍPIDES.-Pues en marcha.
MNESÍLOCO.-No por Apolo, si antes no me juras...
EURÍPIDES.-¿El qué?
MNESÍLOCO.-Emplear todos los medios para salvarme, si me ocurre algún desavío.
EURÍPIDES.-Lo juro por el Eter, morada de Zeus.
MNESÍLOCO.-¿No sería mejor que jurases por los discípulos de Hipócrates?
EURÍPIDES.-Pues bien, juro por todos los dioses sin excepción.
MNESÍLOCO.-Acuérdate de que ha jurado el corazón y no la lengua: los juramentos de ésta no los quiero18.
EURIPIDES.-No pierdas más tiempo; ya dan la señal de la Asamblea en el Tesmoforión. Yo, me retiro. (Sale.)
Aparece el templo de Deméter y Perséfone.
MNESÍLOCO.-(Disfrazado de mujer y seguido por una esclava.) Ven, Tratta, sigueme. ¡Cuánto humo despiden las antorchas! ¡Oh bellísimas Tesmóforas, recibidme y despedidme propicias! Descarga la cesta, Tratta, y saca la torta para que se la ofrezca a las dos diosas. ¡Oh augusta divinidad, Deméter adorada, y tú, venerable Perséfone: permitidme presentaros muchas oblaciones como ésta (y sobre todo que no me descubran). Conceded a mí hija un esposo rico, a la vez que estúpido y necio, para que no piense más que en divertirse. ¿Dónde encontraré un sitio para poder oír a los oradores? Tú, Tratta, márchate: las esclavas no pueden asistir a esta reunión19.
UNA MUJER HERALDO.-20Guardad un silencio religioso. Guardad un silencio religioso. Guardad un silencio religioso. Orad a las Tesmóforas, a Pluto, a Caligenia, a Curótrofe,
a la Tierra, a Hermes, a las Gracias, para que esta Asamblea nos sea propicia y útil a Atenas y a nosotras mismas. Pedidles también que aquella que por sus ilustres hechos y discursos merezca más aplausos del pueblo ateniense y de las mujeres, sea la vencedora. Dirigidles estas súplicas, y haced votos por vuestra propia dicha. ¡lo, Pean! ¡lo Pean! ¡Congratulémonos!
CORO DE MUJERES.-Esos son nuestros votos. ¡Dígnense los dioses acogerlos! Zeus Omnipotente; y dios de la lira de oro, adorado en Delos21 y tú, invencible diosa, doncella de ojos azules y áurea lanza, patrona de la más floreciente ciudad22, acudid a mi llamamiento; acude tú también, hermoso retoño de Leto23, la de fúlgida mirada, virgen cazadora, adorada bajo cien advocacíones; y tú, venerable Poseidón, soberano de las olas, abandonando tu líquido palacio arremolinado por las tempestades y recorrido por los peces, ven acompañado de las hijas de Nereo, y de las campestres ninfas. Mézclense a nuestras oraciones los acentos de la dorada lira, y reine el orden en esta Asamblea de nobles matronas ate nienses.
EL HERALDO.-Orad a los dioses y diosas del Olimpo, de Delfos, de Delos, y a las demás deidades. Si hay algún malvado que conspire contra el pueblo femenino o que ofrezca a Eurípides o a los medas una paz perjudicial a las mujeres, o que aspire a la tiranía, o se proponga restablecer a un usurpador; si hay un delator que denuncie a una mujer culpable de hacer pasar por suyo un hijo supuesto, o una esclava que después de haber secundado los pensamientos de su señora la denuncie a su marido, y, encargada de llevar un recado, traiga falsas noticias; si hay algún galanteador que engañe a una mujer y después no la dé lo prometido; si hay una vieja que compra sus amantes o una cortesana que por los regalos de otro abandona a su querido; sí hay un tabernero o tabernera que al vendernos un congrio o una cótíla24 nos engaña en la medida, pedid al cielo los confunda a todos, con toda su familia y que al propio tiempo os colme de bienes a vosotras.
CORO.-Unánimes pedimos que se cumplan vuestros votos en favor de la ciudad y del pueblo y que, como es justo, se otorgue la victoria a las que den mejores consejos. Las que cometen fraudes y violan los más sagrados juramentos en provecho propio y daño del común; las que tratan de derogar las antiguas leyes y decretos promulgando otros nuevos; las que revelan nuestros secretos a los enemigos e impulsan a los medas a que ataquen nuestro país para arruinarlo, esas son culpables para con los dioses y para con la ciudad. Acoge tú nuestras preces, omnipotente Zeus, para que, aunque mujeres, los dioses nos asistan.
EL HERALDO.-Escuchad todas. «El Consejo de las mujeres, siendo presidente Timoclea, secretario Lisila y Sóstrata orador25 ha decretado: Que mañana, día de en medio de las Tesmoforias, por ser el más desocupado, se destine ante todo a deliberar sobre el castigo que debe imponerse a Eurípides, por sus ultrajes a todas nosotras.» ¿Quién pide la palabra?
MUJER PRIMERA.-Yo.
EL HERALDO.-Pues ponte esa corona antes de hablar,26. Callad. ¡Silencio) ¡Atención! Ya escupe, según acostumbran los oradores. Parece que tiene mucho que decir.
MUJER PRIMERA.-Pongo por testigos a las dos diosas que no es en modo alguno la ambición lo que mueve a hablar aquí, mujeres. Muéveme solamente la indignación que me sofoca al veros vilipendiadas por Eurípides, ese hijo de verdulera. ¿Qué ultrajes hay que no nos prodigue? ¿Qué ocasión de calumniarnos desprecia, en cuanto tiene muchos o pocos oyentes, actores y coros? Nos llama adúlteras, desvergonzadas, borrachas, traidoras, charlatanas, inútiles; peste de los hombres; con lo cual cuando nuestros maridos vuelven del teatro nos miran de reojo y registran la casa para ver si tenemos escondido algún amante. Ya no nos permiten hacer lo que hacíamos antes a causa de las sospechas que ese hombre ha inspirado a los esposos. ¿Se le ocurre a una de nosotras hacer una corona? Ya la creen enamorada27. ¿Deja otra caer una vasija al correr en sus domésticas faenas? El marido pregunta en seguida: «¿En honor de quién se ha quebrado esa olla? Sin duda del extranjero de Corinto.»28 ¿Está enferma alguna joven? Su hermano dice al punto: «No me gusta el color de esa muchacha.»29 Si una mujer que no tiene hijos quiere simular un parto, ya no puede hacerlo, porque los hombres nos vigilan de cerca. Para con los viejos que antes contraían matrimonio con jóvenes, también nos ha desacreditado, y ninguno se casa a causa de aquel verso:

La mujer es un tirano para el marido anciano.

El es asimismo la causa de que nos encierren con cerrojos y sellos y tengan para guardarnos esos perrazos molosos, terror de los amantes. Ya no podemos, como antes, sacar nosotras mismas de la despensa harina, aceite y vino, pues nuestros maridos llevan siempre consigo no sé qué condenadas llavecitas lacedemonias secretas y de tres dientes. Sin embargo aún hubiéramos podido abrir las puertas más selladas, mandándonos hacer por tres óbolos un anillo con la misma marca; pero ese maldito Eurípides, perdición de las familias, ha enseñado a los hombres a llevar colgados del cuello complicadísimos sellos de madera. Creo, por consiguiente, que es necesario librarnos a toda costa de ese enemigo, dándole muerte con veneno u otro medio cualquiera. Eso es lo que digo en alta voz; lo demás lo haré constar en el registro del secretario.
CORO.-Nunca vi mujer más hábil y elocuente; todo lo que dice es justo; ha examinado la cuestión en todos sus aspectos. Su argumentación es nutrida, sagaz y certera; de suerte que si el propio Jenocles, hijo de Carcino, hablase a su lado nos parecería que sólo decía vaciedades.
MUJER SECUNDA.-Habiendo abarcado perfectamente la preopinante todos los extremos de la acusación, diré muy pocas palabras, concretándome a manifestaros lo que a mí misma me sucede. Murió mi marido en Chipre, dejándome cinco hijos pequeños, a los que sostenía a duras penas, haciendo coronas en la plaza de los Mirtos. Con este recurso vivía así, así, es verdad; pero al fin vivía; pues bien: desde que ese hombre en sus tragedias ha demostrado al público que no existen los dioses, no vendo ni la mitad que antes. Por lo cual opino y os aconsejo que no dejéis de castigarle; sobran motivos para ello, pues siempre, amigas mías, nos está ultrajando con la grosería propia del que se ha educado entre legumbres. Y me voy a la plaza, pues tengo que hacer veinte coronas que me han encargado.
CORO.-Sus palabras aún han sido más mordaces que las del primer discurso. ¡Qué gracia) ¡Qué oportunidad) ¡Qué agudeza y qué astucia) Todo es claro y convincente.
Sí, es necesario imponerle una pena ejemplar por sus ultrajes.
MNESÍLOCO.-No me asombra, ¡oh, mujeres! que tales acusaciones os irriten vivamente contra Eurípides, y pongan en efervescencia vuestra bilis. Yo misma, os lo juro por la salud de mis hijos, yo misma detesto a ese hombre, pues sería menester estar loca para no aborrecerle. No obstante, conviene que tengamos en confianza, algunas explicaciones; ahora estamos solas, y no hay miedo de que nuestras palabras se divulguen. ¡De qué le acusamos? ¿Por qué le hacemos gravísimas inculpaciones sólo por haber revelado dos o tres de nuestros defectos, cuando los tenemos innumerables? Yo misma, para no hablar de otras, me reconozco culpable de muchísimos pecados; y el más grave lo cometí a los tres días de casada: mi marido dormía a mi lado; yo tenía un amante, que me había seducido a la edad de siete años; el tal, arrastrado por su amor, vino a la puerta de mi casa y la arañó suavemente. Yo comprendí en seguida, y bajé con precaución; mi marido me preguntó: «¿Adónde vas?», «¿A dónde?», le respondí, «siento dolores y retortijones de vientre y bajo al retrete». «Anda, pues», me dijo. El se puso a majar semillas de cedro, anís y savia.30, y en tanto que yo, después de tomar la precaución de mojar los goznes31 me reuní a mi amante, y apoyada sobre el altar del pórtico32 y agarrándome al tronco del laurel me entregué a sus deseos. Sin embargo, notadlo bien, nunca Eurípides ha hablado de esto, ni de nuestras complacencias con los esclavos y muleteros cuando faltan amantes, ni de que, después de haber pasado una noche de libertinaje, acostumbramos a comer ajos a la mañana para que al volver el marido de su guardia no conciba la menor sospecha. ¿Lo véis? De esto nunca ha dicho nada. Si maltrata a Fedra, ¿qué nos importa? En cambio, nunca ha hablado de esas mujeres que despliegan a la luz un gran manto, y mientras el marido admira los primores de! trabajo, el galán logra escurrirse a favor de la estratagema. Yo conocí a una que estuvo diez días fingiendo dolores de parto hasta comprar una criatura. Su esposo, en tanto, corría por toda la ciudad en busca de medicinas para acelerar el alumbramiento. Una vieja le trajo al fin, metido en una olla, un niño con la boca tapada con cera para que no gritase; entonces a una señal de su cómplice, la mujer empezó a gritar: «Vete, marido, vete, que ya voy a parir.» La criatura, en efecto, pegaba pataditas en el vientre... de la olla. El se retiró tan contento: le quitó ella el taponcillo de cera, y el niño empezó a llorar. Entonces la maldita vieja que lo había traído corrió al esposo y le dijo sonriendo: «Un león, un león te acaba de nacer; es tu vivo retrato; se te parece en todo, y sobre todo, en la colita.» ¿No es verdad que cometemos estas perfidias? Sí, por Deméter. Entonces, ¿a qué irritarnos contra Eurípides porque dice de nosotras menos de lo que en realidad hacemos?
CORO.-¡No vuelvo de mi asombro! ¿De dónde ha sacado esas invenciones? ¿En qué país se ha criado esa desvergonzada? Nunca hubiera creído que ninguna mujer se atreviese a contar ni aun entre nosotras, semejantes atrocidades. Pero ya puede esperarse todo; tiene razón el proverbio antiguo: «Es necesario mirar debajo de todas las piedras, no se oculte algún orador pronto a picarnos».
EL CORIFEO.-No hay nada peor que una mujer desvergonzada, como no sea... otra mujer.
MUJER PRIMERA.-Por Aglaura, amigas; habéis perdido el juicio o estáis hechizadas, u os sucede otro grave mal, para dejar a esa peste insultarnos a todas. Si alguna de vosotras... pero no, nosotras y nuestras criadas nos encargamos de vengarnos; vamos a coger ceniza de cualquier parte y a dejarla sin un pelo. Así aprenderá a no hablar mal de las mujeres en lo sucesivo.
MNESÍLOCO.-¡Oh, no hagáis tal! Si en una Asamblea donde todas las ciudadanas podemos exponer con entera libertad nuestras ideas, he dicho lo que me parecía en defensa de Eurípides, ¿será justo que me condenéis a la depilación?
UNA MUJER.-¿Cómo no ha de ser justo castigarte? Tú eres la única que te has atrevido a defender a un hombre que ha colmado de oprobio a nuestro sexo; a un hombre que escoge de intento para argumento de sus dramas aquellos asuntos donde hay mujeres perversas, Fedras o Melanipes, y nunca se le ocurre escribir sobre Penélope, sólo porque fue casta.
MNESÍLOCO.-Yo sé el motivo. Entre todas las mujeres del día no podréis encontrar una Penélope y sí infinitas Fedras.
MUJER PRIMERA.-¿No oís lo que esa bribona vuelve a decir de nosotras?
MNESÍLOCO.-Sí, por Zeus; y aún no he dicho todo lo que sé. ¿Queréis más todavía?
MUJER PRIMERA.-¿Que más puedes decir! Ya debes haber vomitado cuanto sabías.
MNESÍLOCO.-Ni tampoco la diezmilésima parte de lo que hacemos. No he dicho, por ejemplo, que formamos con nuestras diademas una especie de tubo para sorber el vino.
MUJER PRIMERA.-¡Así revientes, malvada!
MNESÍLOCO.-Tampoco he dicho que en las Apaturias damos las viandas a nuestros amantes y después le echamos la culpa al gato...
MUJER PRIMERA.-¡Esto es insufrible! No sabes lo que te dices.
MNESÍLOCO.-Ni que una mujer mató de un hachazo a su esposo, ni que otra le hizo perder la razón con un filtro, ni que un día, debajo de la bañera...
MUJER PRIMERA.-¡ Que la peste te lleve!
MNESÍLOCO.-... una acarniense enterró a su padre.
MUJER PRIMERA.-¿Hay paciencia para oír semejantes cosas?
MNESÍLOCO.-Ni que habiendo parido tu esclava un varón te lo apropiaste, entregándole tu hija, en cambio.
MUJER PRIMERA.-Por las dos diosas, que esto no lo dejo yo pasar; te voy a arrancar el pelo.
MNESÍLOCO.-¡No me tocarás, por Zeus!
MUJER PRIMERA.-(Dándole una bofetada.) ¡Toma!
MNESILOCO.-(Contestándole con otra.) ¡Toma tú!
MUJER PRIMERA.-Sostén mi mano, Filista.
MNESÍLOCO.-Acércate, si te atreves, y por Artemis que…
MUJER PRIMERA.-¿Qué harás tú?
MNESÍLOCO.-Te haré expulsar por el ano la torta de sésamo que has comido.
CORO.-¡Basta de pelea! Ahí veo una mujer que viene
corriendo hacia aquí. Callad antes de que llegue para escuchar con sosiego lo que haya de decirnos.
CLÍSTENES33.-Queridas mujeres, a quienes imito en todo, mis mejillas imberbes demuestran la afección que os tengo; maniático por vosotras, estoy siempre dispuesto a defenderos. Hace un instante he oído hablar en el Agora de un negocio importantísimo que os concierne, y vengo a revelároslo, y al propio tiempo a aconsejaros toméis las precauciones necesarias para que no os coja desprevenidas un asunto de excepciona! gravedad.
EL CORIFEO.-¿Qué hay, pequeño mío? Tienes tan tersas las mejillas, que bien puedo llamarte así.
CLÍSTENES.-Dicen que Eurípides ha enviado hoy aquí mismo a un anciano, pariente suyo, para que se entere de vuestras deliberaciones y le tenga al corriente de vuestros proyectos.
CORO.-Pero ¿cómo no hemos conocido a ese hombre, entre las mujeres?
CLÍSTENES.-Eurípides le ha quemado y afeitado los pelos, y lo ha disfrazado completamente de mujer.
MNESÍLOCO.-¿Cómo creer semejante cosa? ¿Habrá hombre tan estúpido que se deje depilar de esa manera? Yo no lo creo, venerandas diosas.
CLÍSTENES.-¿Qué sabes tú? Yo no hubiera venido a denunciarlo si no lo hubieran dicho personas bien informadas.
EL CORIFEO.-¡Terrible noticia¡ Ea, mujeres, no perdamos un momento; registremos, busquemos a ese hombre y veamos dónde ha podido ocultarse. Ayúdanos tú, Clístenes, y te estaremos doblemente agradecidas, querido defensor.
CLÍSTENES.-(A una cuarta mujer.) Pues manos a la obra. ¿Quién eres tú, para empezar?
MNESÍLOCO.-¿Dónde me meteré?
CLÍSTENES.-Va a ser preciso que os reconozca a todas.
MNESÍLOCO.-(Aparte.) ¡Ay, grandes dioses!
MUJER CUARTA.-¿Qué quién soy? La mujer de Cleónimo.
CLÍSTENES.-¿Conocéis a esta mujer?
CORO.-La conocemos muy bien; pasa a otras.
CLÍSTENES.-¿Y esa que lleva un niño en brazos?
MUJER CUARTA.-Mi nodriza, por Zeus.
MNESÍLOCO.-¡ Estoy perdido! (Hace un movimiento para huir.)
CLÍSTENES.-(A Mnesíloco.) ¡Eh, tú! ¿Adónde vas? Quieta en tu puesto. ¿Qué te pasa?
MNESÍLOCO.-Déjame ir a orinar.
CLÍSTENES.-Eres una impúdica. Anda, aquí te aguardo.
CORO.-Aguárdala y no la pierdas de vista; es la única a la que no conocemos.
CLÍSTENES.-(A Mnesíloco.) Mucho tiempo llevas orinando.
MNESÍLOCO.-Sí, por Zeus, amigo mío. Ayer comí berros, y tengo la vejiga repleta.
CLÍSTENES.-¿Qué cuento es ese? Ven acá pronto.
MNESÍLOCO.-¡Ah, no arrastres así a una pobre enferma!
CLÍSTENES.-Responde: ¿quién es tu marido?
MNESÍLOCO.-¿Mi marido? ¿Conoces en Cotócides a cierto individuo ... ?
CLÍSTENES.-¿A cierto ... ? ¿Pero quién?
MNESÍLOCO.-¿A aquel a quien cierto día, el hijo de cierto...?
CLÍSTENES.-¿Has venido aquí antes de ahora?
MNESÍLOCO.-Sí, por Zeus, todos los años.
CLÍSTENES.-¿Cuál es tu compañera de tienda?34
MNESÍLOCO.-Es una cierta ... ¡Ay de mí!
CLÍSTENES.-¿No aciertas a contestar?
MUJER PRIMERA.-(A Clístenes.) Aparta; deja que yo le haga ahora varias preguntas sobre las ceremonias sagradas de! año pasado. Retírate, porque, como eres hombre, no debes oírlas. Dime (A Mnesíloco): ¿cuál fue la primera ceremonia que hicimos?
MNESÍLOCO.-¿La primera dices? Beber.
MUJER QUINTA.-¿Y la segunda, después de esa?
MNESÍLOCO.-Brindar.
MUJER QUINTA.-Te lo habrá dicho alguno. ¿Y la tercera?
MNESÍLOCO.-Jenila pidió una palangana, porque no había orinal.
MUJER QUINTA.-Perfecto. Ven acá, Clístenes; el hombre de quien nos hablabas es éste.
CLÍSTENES.-¿Qué he de hacer?
MUJER QUINTA.-Desnúdalo, pues contesta mal a todo.
MNESÍLOCO.-¡ Cómo! ¿Os atreveréis a desnudar a una madre de nueve hijos?
CLÍSTENES.-Desabróchate pronto el ceñidor, desvergonzada.
MUJER PRIMERA.-¡Qué fuerte y robusta parece! Pero, por Zeus, no tiene pechos como nosotras.
MNESÍLOCO.-Es que soy estéril, y nunca estuve encinta.
MUJER PRIMERA.-¿Ahora con ésas? ¿Pues no decías hace un momento que tenías nueve?
CLÍSTENES.-Mantente derecho. ¿Eso que veo ahí no es una verga?
MUJER PRIMERA.-¡Y cómo le sobresale! ¿Y qué buen color tiene!
CLÍSTENES. A ver, a ver..
MUJER PRIMERA.-Ahora se le ve por delante.
CLÍSTENES.-No, ya no está de este lado.
MUJER PRIMERA.-Es que se la ha colocado otra vez hacia atrás.
CLÍSTENES.-Lo que tienes ahí, buen hombre, es una especie de istmo. Tu miembro da más viajes de ida y vuelta que los corintios.
MUJER PRIMERA.-¡Ah, miserable! Nos estuvo llenando de injurias para defender a Eurípides.
MNESÍLOCO.-¡En buen berengenal me he metido!
MUJER PRIMERA.-Pero veamos lo que hemos de hacer con él.
CLÍSTENES.-Guardarlo bien para que no se nos escape. Me voy para informar a los Pritáneos de lo ocurrido.
EL CORO. Encendamos las lámparas; quitémonos los mantos y, ceñida al cuerpo la túnica de una manera viril, veamos si por casualidad35 ha entrado otro hombre, y
registremos todo el Pnix,36 las tiendas y las bocacalles. ¡Ea!, partamos con pie ligero y examinémoslo todo sin chistar; correr es lo que importa; no hay tiempo que perder; empecemos por hacer la ronda con la mayor actividad. ¡Ea!, registra, explora todos los rincones para ver si se oculta algún otro traidor. Dirige la vista en derredor, a la derecha, a la izquierda, a todas partes; que nada escape a tu mirada perspicaz. El impío a quien sorprendamos sufrirá un castigo severo para escarmiento de insolentes criminales y sacrílegos. Reconocerá que hay dioses y enseñará a los demás hombres a venerarlos a honrarlos como es debido, a obedecer a las leyes y a practicar la virtud. Si no lo hacen, oigan la pena que los aguarda: todo hombre reo de sacrilegio, inflamado por su rabia y loco de furor, será para las mujeres y los mortales un ejemplo viviente de que la venganza del cielo cae sin tardanza sobre los impíos.
EL CORIFEO.-Ya creemos haberlo registrado todo perfectamente; no hallamos ningún otro hombre oculto entre nosotras.
MUJER PRIMERA.-(A Mnesíloco que le ha cogido a su hijo.) ¡Eh!, ¡eh! ¿Adónde huyes? ¡Detente! Oh, desdichada, desdichada de mí! Se escapa después de haberme arrebatado mi hijo del pecho.
MNESÍLOCO.-Grita cuanto quieras; pero éste no vuelve a mamar, mientras no me soltéis; aquí mismo le abriré las venas con este cuchillo, y su sangre rociará el altar.37
MUJER PRIMERA.-10h, desdichada de mí! ¡Socorredme, amigas mías; aterrad con vuestros gritos a ese monstruo; arrebatadle su presa; no permitáis que me prive de mi único hijo!
EL CORO.-¡ Oh, Parcas venerandas! ¿Qué nuevo atentado es éste? Jamás he visto tanta audacia ni tanta desvergüenza. ¡Qué nuevo crimen ha perpetrado, amigas! ¡Qué nuevo crimen!
MNESÍLOCO.-Ahora veréis cómo sé reprimir vuestras insolencias.
EL CORO.-¿No es esto el colmo de la monstruosidad?
MUJER PRIMERA.-Es monstruoso, en verdad, que me haya arrebatado mi pequeño.
EL CORO.-No hay palabras para calificar tal desvergüenza.
MNESÍLOCO.-Pues aún no he concluido.
MUJER PRIMERA.-Lo que es seguro es que no volverás a los lugares de donde viniste y no te escaparás fácilmente de aquí para ir jactándote de haberte fugado después de semejante delito; y que serás castigado.
MNESÍLOCO.-Conjuro a los dioses para que tal cosa no suceda jamás.
EL CORO.-¿Y qué dios, entre los inmortales, vendrá en socorro de un hombre tan impío como tú?
MNESÍLOCO.-Vuestros gritos son inútiles; no soltaré al niño.
EL CORO.-Por las dos diosas, tampoco te burlarás impunemente de nosotras ni dirás más impiedades. Te devolveremos mal por mal, como es justo. La fortuna, pronto pasa a ser adversa.
EL CORIFEO.-(Al Coro.) Anda con esas mujeres; trae la leña tiara quemar a este malvado y asarlo vivo sin pérdida de tiempo.
MUJER PRIMERA.-Vamos a buscar sarmientos, Mania. (A Mnesíloco.) Hoy te convierto en carbón.
MNESÍLOCO.-Asad, quemad. Y tú (dirigiéndose al niño), pobre criaturilla, quítate pronto ese vestidito cretense,38 y no acuses de tu muerte a ninguna otra mujer más que a tu madre. Mas ¿qué veo? (Desnudando al niño.) El niño se ha convertido en un odre lleno de vino con zapatitos pérsicos. ¡Oh, perdularias que no pensáis más que en beber! ¡Providencia de los taberneros y peste de los maridos! ¡Polilla de nuestras telas y ajuares!
MUJER PRIMERA.-Trae muchos sarmientos, Mania.
MNESÍLOCO.-Sí, tráelos. Pero contéstame: ¿Dices que has dado a luz esto?
MUJER PRIMERA.-Sí; y lo llevé diez meses.
MNESÍLOCO.-¿Que lo llevaste tú?
MUJER PRIMERA.-Sí, por Artemis.
MNESÍLOCO.-¿Y qué cabida tiene? ¿Unas tres cótilas?
MUJER PRIMERA.-¿Qué has hecho, miserable? ¿Has desnudado a una criatura tan pequeñita?
MNESÍLOCO.-¿Tan pequeñita?
MUJER PRIMERA.-Cierto que es pequeñita.
MNESÍLOCO.-¿Pues cuántos años tiene? ¿Cuántas veces ha visto la fiesta de copas?39 ¿Tres o cuatro?
MUJER PRIMERA.-Eso es aproximadamente, más el tiempo transcurrido desde las últimas Dionisíacas. Devuélvemelo.
MNESÍLOCO.-No, por Apolo, aquí presente.
MUJER PRIMERA.-Pues irás a la hoguera.
MNESÍLOCO.-Perfectamente: quemadme y lo estrangulo.
MUJER PRIMERA.-¡Oh, no, por piedad! Prefiero que me hagas a mí todo el mal que quieras.
MNESÍLOCO.-Me pareces una buena madre; sin embargo, lo reviento. (Revienta el odre)
MUJER PRIMERA.-¡Hijo de mi corazón! Dame un vaso, Manía, para que, al menos, ceda recoger su sangre.
MNESÍLOCO.-Ponlo debajo; te concedo esa gracia. (Desata el pellejo y corre el vino.)
MUJER PRIMERA.-¡Que el cielo te confunda monstruo feroz e implacable! Esta piel pertenece a la sacerdotisa.40
MUJER SEGUNDA.-¿Qué es lo que pertenece a la sacerdotisa?
MNESÍLOCO.-Tómalo. (Le arroja el vestido que envolvía el odre.)
EL HERALDO.-(A la Mujer Primera.) ¿Quién te ha quitado tu hijo? ¿Quién te ha arrebatado esa querida criatura?
MUJER PRIMERA.-Ese miserable. Ya que estás aquí, guárdalo bien, mientras que yo voy con Clístenes a denunciar sus crímenes a los Pritáneos.
MNESÍLOCO.-Veamos: ¿qué medio tendré para salvarme? ¿Qué tentativa? ¿Qué estratagema? El autor de todos mis males, el que me metió en este desventurado negocio, no se presenta todavía. ¿Cómo podré enviarle un aviso? ... ¡Ah¡, Palamedes41 me enseña un expediente ingenioso. Escribiré, como él, mi infortunio en un remo, y lo arrojaré al mar. Pero aquí no hay remos. ¿Dónde podré encontrarlos? ¿Dónde? ¡Qué idea! ¿Si hiciese astillas esas estatuas y escribiese en ellas como si fuesen remos? ... Si, será mucho mejor. Al fin, estatuas y remos todo es madera. Ea, manos mías, emprended la obra de salvación. Tablillas pulimentadas, nuncios de mi infortunio, aprestaos a recibir las huellas del estilo. ¡Oh, qué R tan fea! ¿Adónde va a parar? Partid ya en todas direcciones; apresuraos, tablillas mías, que mi necesidad es apremiante. (Lanza las tablillas y va a sentarse para esperar a Eurípides.)
EL CORO.-Volvámonos hacia los espectadores para cantar nuestras propias alabanzas, aunque todo el mundo hable mal de nosotras y nos llame peste del género humano y causa de cuantos pleitos, riñas, sediciones, guerras y pesares existen. Pero decidnos: si somos una peste, ¿por qué os casáis con nosotras? Si somos una peste, ¿por qué nos prohibís salir de casa y asomarnos a las ventanas? Si somos una peste, ¿por qué si sale vuestra mujer y no la encontráis en casa os enfurecéis como energúmenos, en vez de regocijaros y dar gracias a los dioses de que la peste haya abandonado vuestro hogar y de que os encontréis ya libres de huésped tan enojoso? Si cansadas de jugar nos dormimos en casa de una amiga, en seguida vais a buscar a vuestra peste, y rondáis en torno de su lecho. Si nos asomamos a la ventana, todo el mundo se detiene a ver la peste; si, ruborizadas, nos retiramos, aumenta e! deseo de que la peste vuelva a presentarse. Está, pues, fuera de duda que somos mucho mejores que vosotros, como lo prueba el más ligero examen. Comparemos, si no, los dos sexos, y veamos cuál es peor: vosotros decís que el nuestro y nosotras que el vuestro. Examinémoslos y pongámoslos en parangón, oponiendo uno a uno, hombres y mujeres. Carmino42 es inferior a Nausímaca; los hechos son elocuentes. Cleofón43 está muy por debajo de Salabacca. Con Aristómaca, la heroína de Maratón, ni con Estratónice,44 hace mucho tiempo que nadie se atreve a contender. Entre los senadores que el año último abandonaron a otros sus cargos, ¿habrá alguno que pueda compararse con Eubula?45 Ni ellos mismos se atreverían. Podemos, pues, gloriarnos de ser mucho mejores que los hombres. Tampoco se ve a ninguna mujer pasearse por la ciudad en un carro magnífico después de haberle robado cincuenta talentos al Tesoro; nuestros mayores hurtos son de un poco de trigo a nuestro esposo y para eso se lo devolvemos en el mismo día. ¿Cuántos de vosotros pudiéramos señalar que hacen otro tanto y que son también más glotones que nosotras, y chocarreros y ladrones de vestidos y de esclavos? ¿Cuántos que ni siquiera saben cómo las mujeres conservan la herencia paterna? Nosotras, en efecto, tenemos todavía nuestros cilindros, nuestras lanzaderas, nuestros canastillos y quitasoles; al paso que muchos de nuestros maridos han perdido unos sus lanzas, el asta y el hierro y a la vez, y otros han arrojado en el combate sus escudos.
Muchísimos cargos podemos hacer las mujeres a los hombres, pero sólo mencionaremos el más grave de todos. Era justo que cuando una de nosotras diera a luz un ciudadano útil, un taxiarco46 o un estratega,47 fuese honrada con alguna distinción, como por ejemplo, la de ocupar el primer puesto en las Estenias,48 las Esciras49 y otras fiestas que solemos celebrar. Por el contrario, la madre de un ciudadano cobarde e inútil, de un trierarca holgazán o de un piloto torpe, debería colocarse con el cabello cortado detrás de la que dio a luz un hombre valeroso. Porque, decidme, ciudadanos, ¿no es injusto que junto a la madre de Lámaco50 se siente la de Hipérbolo51 vestida de blanco y flotante el cabello y que siga prestando a usura, cuando sus deudores, en vez de pagarle e! interés, debieran decirle llevándose el dinero: « ¡Vaya que no eres digna de que se te pague después de habernos parido tal alhaja¡»
MNESÍLOCO.-Me he quedado bizco de tanto mirar a ver si viene y Eurípides no aparece. ¿Quién se lo impedirá? ¡Ah! Sin duda se avergüenza del frío Palamedes. ¿Con qué otro drama le atraeré? ¡Ya di en ello! Voy a imitar su reciente Helena. Tengo un vestido de mujer completo.
MUJER SEGUNDA.-¿Qué intentas ahora? ¿Qué miras? Me parece que te arrepentirás de tu Helena si no te estás quieto hasta que venga un Pritáneo.
MNESÍLOCO.-(Imitando a Helena.) Este es el Nilo, célebre por la hermosura de sus Ninfas: sus aguas, sustituyendo al agua del cielo, riegan los campos del blanco Egipto que alimentan a sus habitantes con la negra sirmea.52
MUJER SEGUNDA.-¡Por la luciente Hécate! Eres un saco de maldades.
MNESÍLOCO.-Mi patria no carece de gloria; vi en Esparta la luz y Tíndaro es mi padre.
MUJER SEGUNDA.-¡ Tíndaro tu padre, granuja! Mejor dirás Frimondas.53
MNESÍLOCO.-Me llamo Helena.
MUJER SEGUNDA.-¿Vuelves a fingirte mujer sin haber sufrido todavía el castigo por el primer disfraz?
MNESÍLOCO.-(Mismo juego.) Y numerosos héroes, a orillas del Escamandro, murieron por mi causa.
MUJER SEGUNDA.-¡Así te hubieras muerto tú también!
MNESÍLOCO.-Y yo me encuentro aquí, en tanto que mi esposo, ¡oh infeliz Menelao! no vuelve todavía... ¿Por qué estoy aún con vida?
MUJER SEGUNDA.-Por culpa de los cuervos.
MNESÍLOCO.-¿Pero qué dulce presentimiento hace palpitar mi corazón? ¡Oh Zeus, no burles mi esperanza! (Aquí Eurípides entra en escena disfrazado de Menelao náufrago.)
EURÍPIDES.-¿Quién es el dueño de estas soberbias mansiones? ¿Acogerá a unos náufragos extranjeros, que han sufrido sobre las olas del mar todos los horrores de la borrasca?
MNESÍLOCO.-Este es el palacio de Proteo.
MUJER SEGUNDA.-¿De qué Proteo? Por las dos diosas que mientes puesto que Proteo murió hace diez años54
EURÍPIDES.-¿En qué país ha abordado mi nave?
MNESÍLOCO.-En Egipto.
EURÍPIDES.-¡Oh infortunado! ¡Adónde nos arrojó la tempestad!
MUJER SEGUNDA.-¿Cómo puedes creer las fábulas que te cuenta ese perdulario? Aquí estás en el Tesmoforión.
EURÍPIDES. ¿Está Proteo en su palacio, o se halla ausente?
MUJER SEGUNDA.-De seguro que estás mareado todavía. Acabas de oír que Proteo ha muerto, y preguntas sí está o no en su palacio.
EURÍPIDES.-¡Ay, sí, murió! ¿Dónde reposan sus cenizas?
MNESÍLOCO.-Su tumba está aquí; estamos sentados en ella.
MUJER SEGUNDA.-Así perezcas miserablemente, y perecerás, por atreverte a llamar una tumba a este altar.
EURÍPIDES.-¿Y por qué, extranjera, estás sentada sobre ese monumento mortuorio envuelta en fúnebre ropaje?
MNESÍLOCO.-Quieren obligarme a unir mi destino al del hijo de Proteo.
MUJER SEGUNDA.-¿Por qué engañas de nuevo a ese extranjero, miserable? (A Eurípides.) Este individuo es un bribón que se ha metido entre las mujeres para robarnos las joyas.
MNESÍLOCO.-(A la Mujer Segunda.) Ladra y arrójame tus reproches a la faz.
EURÍPIDES.-Extranjera, ¿quién es la vieja que te insulta?
MNESÍLOCO.-Es Teonoe, la hija de Proteo.
MUJER SEGUNDA.-¡No, por las dos diosas! Que yo soy Crítíla, hija de Antíteo, natural de Gargetes y tú, (a Mnesíloco) un canalla.
MNESÍLOCO.-Inútiles palabras; jamás me casaré con tu hermano; jamás seré infiel a Menelao, mi esposo, que combate bajo los muros de Troya.
EURÍPIDES.-¡Mujer!, ¿qué has dicho? Vuelve hacia mí tus ojos.
MNESÍLOCO (apartándose el velo de la cara).-Mis ultrajadas mejillas me lo impiden.
EURÍPIDES.-¿Qué veo? La voz se ahoga en mi garganta... ¡Dioses! ¿Qué facciones contemplo? Mujer, ¿quién eres?
MNESÍLOCO.-Y tú, ¿quién eres? Mi sorpresa iguala a la tuya.
EURÍPIDES.-¿Eres griega o indígena?
MNESÍLOCO. Griega, pero yo también anhelo saber tu patria.
EURÍPIDES.-Veo, oh mujer, que te asemejas a Helena.
MNESÍLOCO.-Y tú, a Menelao, a lo menos en esos ... perifollos.55
EURÍPIDES.-El mismo; yo soy aquel mortal infortunado.
MNESÍLOCO.-¡Oh! ¡Cuánto has tardado en venir a los brazos de tu esposa! Estréchame contra tu corazón, esposo mío; ciñe mi cuello con tus manos; déjame que te bese. Pronto, pronto, arráncame de estos funestos lugares.
MUJER SEGUNDA.-¡Pobre del que te lleve! Le sacudiré con esta antorcha.
EURÍPIDES. ¿Me prohibes que me lleve a la ciudad de Esparta a mi esposa, a la hija de Tíndaro?
MUJER SEGUNDA.-Tú me vas pareciendo también un redomado bribón, cómplice de ese otro canalla. No sin razón hablabais tanto de Egipto.56 Pero ése a lo menos tendrá su merecido porque ya llegan el Pritáneo y el arquero.
EURÍPIDES.-Esto se complica. Habré de zafarme.
MNESÍLOC0.-¿Y qué haré yo, infeliz de mí?
EURÍPIDES.-Tranquílízate. Mientras me quede un soplo de vida, no te desampararé, a menos que mis infinitos ardides me abandonen. (Se va.)
MNESÍLOCO.-¡Trabajo perdido! No ha caído nada en mi anzuelo.
EL PRITÁNEO.-¿Es ése el bribón que nos ha denunciado Clístenes? ¡Eh, tú, no te escondas! Arquero, átale a ese poste y sujétalo bien; encárgate de su guarda y no permitas que nadie se le acerque: si alguno se aproxima hazle huir a latigazos.
MUJER SEGUNDA.-Excelente orden; pues hace un instante por poco se me lo lleva otro bribón.
MNESÍLOCO.-¡Oh Pritáneo! Por esa diestra que tiendes de tan buena gana cuando alguno te ofrece dinero, concédeme una pequeña gracia, ya que voy a morir.
EL PRITÁNEO.-¿Qué gracia?
MNESÍLOCO.-Manda al arquero que me desnude antes de atarme al poste, para que este pobre viejo no cause risa con su túnica amarilla y su mitra a los mismos cuervos que se lo han de comer.
EL PRITÁNEO.-El Senado ha dispuesto que te exponga con ese traje para que los transeúntes se enteren de tu delito.
MNESÍLOCO.-¡Oh maldito disfraz, a qué extremo me reduces! ¡Ya no tengo esperanza de salvación!
EL CORIFEO.-¡Ea, divirtámonos, como es costumbre de las mujeres cuando celebramos los misterios de las diosas en estos festivos días que Pauson57 santifica con ayunos, rogando a las dos venerables que los multipliquen en consideración a su persona.
EL CORO.-Lanzaos con pie ligero; formad ruedas; enlazad vuestras manos; saltad acompasadamente con vivos y cadenciosos movimientos; girad los ojos en torno y mirad a todas partes. Al propio tiempo celebre el Coro, con transportes de religiosa alegría, a la raza de los Dioses Olímpicos. ¡Cuán engañado está quien se imagine que, porque soy mujer, voy a hablar mal de los hombres en este santuario! Sólo tratamos de ejecutar por primera vez como el baile lo exige, una armoniosa rueda. Partid, cantando al dios de la sonora lira y a la casta deidad armada del arco.58 ¡Salve, Apolo de rápidas flechas, danos la victoria! Tributemos un justo homenaje a Hera, directora de todas las danzas, guarda de las llaves del dulce himeneo.
Hermes dios de los pastores. Pan, y vosotras, amadas Ninfas, conceded a los coros una sonrisa benévola. Ea partamos con nuevos bríos y animémonos con vivos palmoteos. Divirtámonos oh mujeres, según es costumbre, y guardemos absoluto ayuno. Vuélvete ahora hacia ese otro lado; marca el compás con el pie y entona variados cánticos. Guíanos tú, Dionysos, coronado de hiedra, pues en mis cantos y danzas te celebro a ti. ¡Oh Evio! ¡Oh Bromio,59 hijo de Semele, que te complaces en mezclarte en las montañas a los coros de las amables Ninfas concluyendo tus himnos con el alegre ¡Evios! ¡Evios! ¡Evoe! Eco, la Ninfa del Citerón, repite tus acentos, que resuenan bajo las opacas bóvedas del espeso follaje, y entre los peñascos de la selva; en torno de ti la hiedra enlaza sus ramos, cargados de flores.

(Mientras que el Coro se retira al fondo de la orquesta, llega el Arquero con su prisionero atado a un poste.)

EL ARQUERO.-Vas a pasar la pena negra aquí, al aire libre 60
MNESÍLOCO.-Arquero, yo te suplico ...
EL ARQUERO.-No me supliques.
MNESÍLOCO.-Afloja un poco la argolla.
EL ARQUERO.-Eso es; voy a hacerlo.
MNESÍLOCO.-¡Ay! ¡Ay! La aprietas más.
EL ARQUERO.-¿Quieres más todavía?
MNESÍLOCO.-¡Ay, ay! ¡Así perezcas miserablemente!
EL ARQUERO.-Cállate, maldito viejo. Voy a traer una estera, para guardarte con más comodidad.
MNESÍLOCO.-¡Estos son los placeres que tengo que agradecer a Eurípides! (Eurípides se asoma a escena disfrazado de Perseo; Mnesíloco le ve.) Pero, ¡oh dioses y Zeus salvador!, aún tengo esperanzas. Parece que no piensa abandonarme ... Perseo al desaparecer me indicó disimuladamente que me fingiese Andrómeda;61 ya estoy atado como aquella princesa infeliz. No hay duda de que vendrá a salvarme; de otro modo no hubiera huido volando.62
EURÍPIDES.-(Fingiéndose Perseo.) Ninfas amadas, si pudiera acercarme sin que el escita me viera ... ¿Me oyes tú, moradora de los antros?63 En nombre del pudor, permíteme acercarme a mi esposa.
MNESÍLOCO.-(Que unas veces habla por cuenta propia y otras fingiéndose Andrómeda.) ¡Un implacable verdugo ha encadenado al más infeliz de los mortales! Logré escapar a duras penas de aquella repugnante vieja, y caí en un nuevo infortunio: ese escita no se aparta de mi lado; desprovisto de toda defensa, voy a servir de banquete a los cuervos. ¿Lo veis? Ya no tomo parte en los coros de las doncellas, ni llevo el cestillo de los sufragios; cargada de prisiones, me veo expuesta a la voracidad de la ballena Gláucetes. ¡Mujeres, deplorad mi suerte con el himno de la esclavitud y no con el del himeneo! ¡Ay, y cómo me agobian infortunios! ... ¡Infeliz de mí ... e infeliz por mis parientes! Presa de tormentos injustos, mis ayes son capaces de arrancar torrentes de lágrimas al insensible Tártaro. ¡Ay¡, ¡ay!, socórreme, autor de mis males tú que me afeitaste primero y me enviaste después vestido con túnica amarilla al templo donde estaban reunidas las mujeres. ¡Oh hado inexorable! ¡Oh cruel destino¡ ¿Quién podrá ver sin conmoverse mi espantosa desdicha? ¡Ojalá el astro incendiario del Eter pueda consumar la pérdida del miserable que soy! Porque ya no me es grato contemplar la eterna luz desde que colgado, estrangulado, loco de dolor, desciendo por el camino más corto a la mansión de los muertos.
EURÍPIDES.-(Fingiéndose la ninfa Eco.) ¡Salud, hija querida! ¡Que los dioses hagan perecer miserablemente a tu padre Cefeo,64 por haberte expuesto de tal modo!
MNESÍLOCO.-(Fingiéndose Andrómeda.) ¿Quién eres tú, que así te compadeces de mis males?
EURÍPIDES.-Soy Eco, la ninfa que repite fielmente todas las voces; la misma que el año pasado presté en este lugar mi eficaz ayuda a Eurípides65 Pero, hija mía, lo que tú debes
hacer es representar tu papel y llorar tristemente.
MNESÍLOCO.-Y tú, repetir mis gemidos.
EURÍPIDES.-Así lo haré; pero eres tú quien ha de empezar.
MNESÍLOCO.-¡Oh noche sagrada¡ ¡Cuán larga es tu carrera! ¡Cuán lento rueda tu carro por la estrellada bóveda de los cielos y el venerado Olimpo!
EURÍPIDES.-Olimpo.
MNESÍLOCO.-¿Por qué a Andrómeda le han tocado con preferencia todos los males en suerte?
EURÍPIDES.-En suerte.
MNESÍLOCO.-¡Muerte mísera!
EURÍPIDES.-¡Muerte mísera!
MNESÍLOCO.-Me asesinas, vieja charlatana.
EURÍPIDES.-Vieja charlatana.
MNESÍLOCO.-Me crispas con tus interrupciones. Es demasiado.
EURÍPIDES. Demasiado.
MNESÍLOCO.-Deja que siga lamentándome solo. Basta ya.
EURÍPIDES.-Basta ya.
MNESÍLOCO.-¡Vete al infierno!
EURÍPIDES.-¡Vete al infierno!
MNESÍLOCO.-¡Qué peste!
EURÍPIDES.-¡ Qué peste!
MNESÍLOCO.-¡Qué necedad!
EURÍPIDES.-¡Qué necedad!
MNESÍLOCO.-Lo vas a sentir.
EURÍPIDES.-Lo vas a sentir.
MNESÍLOCO.-Y te va a doler.
EURÍPIDES.-Y te va a doler.
EL ARQUERO.-¡Eh, tú! ¿Qué charlas?
EURÍPIDES.-¡Eh, tú! ¿Qué charlas?
EL ARQUERO.-Llamaré a los Pritáneos.
EURÍPIDES.-Llamaré a los Pritáneos.
EL ARQUERO.-¡Es extraño!
EURÍPIDES.-¡Es extraño!
EL ARQUERO.-¿De dónde sale esa voz?
EURÍPIDES.-¿De dónde sale esa voz?
EL ARQUERO.-¿Hablas tú?
EURÍPIDES.-¿Hablas tú?
EL ARQUERO.-¡Cuidado!
EURÍPIDES.-¡Cuidado!
EL ARQUERO.-¿Te burlas de m¡?
EURÍPIDES.-¿Te burlas de mí?
MNESÍLOCO.-Yo no, por Zeus; es esa mujer que está junto a ti.
EURÍPIDES.-Que está junto a ti.
EL ARQUERO.-No te escaparás.
EURÍPIDES.-No te escaparás.
EL ARQUERO.-¿Qué murmuras aún?
EURÍPIDES.-¿Qué murmuras aún?
EL ARQUERO.-Coged a esa bribona.
EURÍPIDES.-Coged a esa bribona.
EL ARQUERO.-¡ Gárrula y maldita mujer¡
EURÍPIDES.-(Fingiéndose Perseo.) ¡Oh, dioses! ¿A qué
bárbara región me ha traído mi rápido vuelo? Yo soy Perseo, que, surcando el Eter con mis alados pies, me encamino a Argos llevando la cabeza de la Gorgona.
EL ARQUERO.-¿Qué dices? ¿Estás hablando de la cabeza de Gorgo el escribano?
EURÍPIDES.-He dicho la cabeza de la Gorgona.
EL ARQUERO.-Pues bien, de Gorgo.
EURÍPIDES.-(Declamando.) ¡Ah! ¿Qué veo? ¿Una doncella semejante a las diosas encadenada a ese escollo como un navío en el puerto?
MNESÍLOCO.-(Declamando.) Extranjero, ten piedad de esta mísera, desata mis cadenas.
EL ARQUERO.-Cállate. ¡Habrá audacia como la suya¡ ¡Está para morir y aún charla!
EURÍPIDES.-¡Oh, doncella! Muéveme a compasión el verte encadenada.
EL ARQUERO.-Si no es doncella; es un viejo zorro, ladrón y canalla.
EURÍPIDES.-No desbarres, escita; ésa es Andrómeda, la hija de Cefeo.
EL ARQUERO.-Míralo bien; ¿te parece todavía una doncella?
EURÍPIDES.-Escita, dame la mano para que me acerque a esa joven. Todos los hombres tenemos nuestro flaco; el mío es estar enamorado de esa virgen.
EL ARQUERO.-No te envidio el gusto. Puedes hacer de él lo que quieras, sin que tenga celos.
EURÍPIDES.-¿Por qué no me permites desatarla y arrojarme en los brazos y en el tálamo de una esposa querida?
EL ARQUERO.-Si tan furiosamente adoras a ese anciano, esa tabla no debe ser obstáculo a tus deseos.
EURÍPIDES.-¡Ah! Voy a soltar sus ligaduras.
EL ARQUERO.-Y yo, a molerte a palos.
EURÍPIDES.-Pues lo haré.
EL ARQUERO.-Pues te cortaré la cabeza con mi espada.
EURÍPIDES.-¡Ay! ¿Qué hacer?, ¿qué razones emplear? Ese bárbaro no las comprendería. Quien a ingenios rudos presenta pensamientos nuevos e ingeniosos, pierde sin fruto el tiempo. Busquemos otro medio apropiado a su condición.
EL ARQUERO.-¡Cómo trataba de engañarme el muy zorro!
MNESILOCO.-No olvides, Perseo, el infortunio en que me dejas.
EL ARQUERO.-Está visto que quieres llevar unos cuantos latigazos.
EL CORO.-Palas, amiga de los coros, yo te invoco obedeciendo al sagrado rito. Ven, casta doncella libre del yugo de himeneo, protectora de nuestra ciudad, única guarda de su poder y de sus puertas. Apareces como enemiga natural de los tiranos; el pueblo de las mujeres te llama; acude en compañía de la Paz, amiga de las fiestas. Vosotras también, diosas augustas,66 venid benévolas y propicias a vuestro sagrado bosque donde la vista de los hombres no puede escudriñar los sagrados misterios; donde a la luz de las brillantes antorchas mostráis vuestra faz inmortal. Llegad, acercaos, os lo pedimos humildemente, venerandas Tesmóforas. Si alguna vez accediendo a nuestros ruegos, os dignasteis venir, venid ahora también y no desoigáis nuestros votos.
EURÍPIDES.-Mujer, si queréis reconciliaros conmigo, consiento y me comprometo a no hablar mal de vosotras en adelante. Lo declaro con toda solemnidad.
EL CORO.-¿Qué motiva tu proposición?
EURÍPIDES.-El hombre que está atado a ese poste es mi suegro. SÍ me lo entregáis, no volveré a hablar mal de vosotras; pero si no accedéis, me propongo denunciar a vuestros maridos a su regreso de la guerra todas vuestras prácticas clandestinas.
EL CORIFEO.-Por lo que a nosotras atañe, quedan aceptadas tus condiciones; pero tienes que persuadir a ese bárbaro. (Por el Arquero.)
EURÍPIDES.-Eso es cuenta mía. (Vuelve disfrazado de vieja, con una bailarina y una tañedora de flauta.) Acuérdate, Elafión,67 de hacer lo que te he dicho en el camino. Pasa adelante y recógete el vestido. Tú, Teredón toca la flauta al modo pérsico.
EL ARQUERO.-¿Qué significa esa música? ¿Quién trata de excitarme?
EURÍPIDES.-(Disfrazado de vieja.) Arquero esta muchacha necesita ejercitarse, pues tiene que ir a bailar delante de unos hombres.
EL ARQUERO.-Que baile y se ejercite; yo no se lo he de impedir. ¡Qué ágil es! ¡Salta como una pulga en un pellejo de carnero!
EURÍPIDES.-Vamos, hija mía, quítate ese vestido; siéntate en las rodillas del escita, y preséntale los pies para que te descalce.
EL ARQUERO.-Sí, sí siéntate niña mía. ¡Oh, qué pechos tan duros y redondos!
EURÍPIDES.-Toca pronto la flauta. ¿Aún te da miedo el escita?
EL ARQUERO.-¡Qué bonita y qué gusto tenerte así!
EURÍPIDES.-¡ Orden, amigo mío¡
EL ARQUERO.-¡Pues no quedaría descontenta!
EURÍPIDES.-Bien. (A la bailarina.) Ponte el vestido: ya es hora de marcharnos.
EL ARQUERO.-¿Sin darme un beso?
EURÍPIDES.-Anda, bésale.
EL ARQUERO.-¡Ajajá! ¡Qué boquita tan dulce! Ni la miel del Atica. Pero, ¿por qué no ha de tumbarse un rato conmigo?
EURÍPIDES.-Adiós, Arquero; eso no es posible.
EL ARQUERO.-Sí, sí, viejita mía, dame ese placer.
EURÍPIDES.-¿Me darás tú un dracma?
EL ARQUERO.-Claro que te lo daré.
EURÍPIDES.-Pues venga el dinero.
EL ARQUERO.-No tengo un óbolo; pero toma mi carcaj. Yo te la traeré después. Ven conmigo niña. Tú vigila al viejo, viejita mía. ¿Cómo te llamas?
EURÍPIDES.-Artemisa.
EL ARQUERO.-No se me olvidará: Artamuxia. (Se va con la bailarina.)
EURÍPIDES.-Astuto Hermes, todo sale a pedir de boca. (Al flautista.) Corre, pobre muchacho; corre con la bailarina, mientras yo le desato. Tú, en cuanto te suelte, huye a toda prisa y refúgiate en casa, con tu mujer y tus hijos.
MNESÍLOCO.-Eso es cuenta mía, en cuanto me vea libre.
EURÍPIDES.-Ya lo estás. Ahora huye, antes de que venga el arquero y te sorprenda.
MNESÍLOCO.-Corro rápido. (Se van Eurípides y Mnesíloco.)
EL ARQUERO.-¡Qué hermosa hijita tienes, viejita¡ ¡Lo más dócil, lo más amable¡... ¿Dónde está la vieja? ¡Ah! ¡Estoy perdido! Y el viejo, ¿dónde está? Vieja viejita mía, eso no está bien hecho. Artamuxia me ha engañado. Lejos de mí, maldito carcaj. Con razón te llaman así; por tí me ha engañado la vieja. ¡Ay! ¿Qué haré? ¿Dónde está Artamuxa?
EL CORIFEO. ¿Preguntas por una vieja que llevaba una lira?
EL ARQUERO.-Sí, sí. ¿La habéis visto?
EL CORIFEO.-Se marchó de aquí seguida de un anciano.
EL ARQUERO.-¿Un viejo con una túnica amarilla?
EL CORIFEO.-Eso es. Aún podrás alcanzarlos, si los persigues por ahí.
EL ARQUERO.-¡ Maldita vieja¡ ¿Por dónde han huido? ¡Artamuxia!
EL CORIFEO.-Sube todo derecho. ¿Adónde corres? Vuelve atrás; has tomado la dirección contraria.
EL ARQUERO.-¡Pobre de mí! Seguiré persiguiéndoles. ¡Artamuxia!
EL CORIFEO.-Corre, corre y que un viento propicio te lleve... al infierno. Pero ya es hora de que cesen nuestros juegos y de retirarnos a nuestros hogares. ¡Que las dos Tesmóforas nos testimonien, a su vez, su benevolencia!



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1 Locución proverbial alusiva a la vuelta de la primavera.
2 Mnesíloco desea aprender ese género de cojera, propio de algunos personajes de Eurípides, para no tener que correr.
3 Palabra que imita el zumbido de un insecto, para indicar que las enfáticas expresiones del criado están vacías de sentido.
4 Sátira de los artificios escénicos destinados a la aparición de divinidades.
5 Famosa cortesana. Mnesíloco identifica a Agatón con Cirene.
6 Frase proverbial para indicar las cosas pequeñas y de poco vigor.
7 Este Coro es el que Agatón ensayaba para representar sus tragedias.
8 La Ciudad de Troya.
9 Divinidades protectoras de la generación.
10 Drama satírico que formaba parte de una tetralogía de Esquilo titulada La Liturgia. Su principal personaje era Licurgo, rey de los Edonios, que se atrevió a burlarse de Dionysos cuando regresó a Tracia, vencedor de las Indias. Su falta fue severamente castigada. Los títulos de las tres tragedias eran: «Los Edones,» «Los Basárides» y «Los Jóvenes.»
11 Verso del Eolo, de Eurípides.
12 En él se refugiaban los suplicantes.
13 Juego de palabras: afeitado y soldado armado a la ligera se expresan en griego con voces muy parecidas.
14 Ya hemos dicho que se trata de un conocido afeminado.
15 Tocado de mujer.
16 Alusión obscena.
17 Sobre la máquina donde está reclinado.
18 Parodia de un verso del «Hipólito,» de Eurípides.
19 Las esclavas esperaban a la puerta del templo para recibir las órdenes de sus señoras, como se desprende de un pasaje posterior.
20 Una mujer hace de heraldo, porque ningún hombre podía intervenir en las Tesmoforias. Toda la escena que sigue parodia las formalidades observadas en la Asamblea Popular
21 Apolo.
22 Atenea
23 Artemis.
24 Medidas de capacidad.
25 Fórmula de los decretos.
26 Como acostumbraban a hacerlo los oradores.
27 Entre los enamorados era costumbre hacerse regalos de coronas
28 Verso de la «Estenebea» de Eurípides. El «extranjero de Corinto» era Belerofonte. Ocupaba y distraía el pensamiento de la joven al extremo de que dejaba caer los objetos que llevaba en la mano.
29 Por suponerla encinta
30 Remedio contra el cólico.
31 Para que la puerta no hiciera ruido.
32 A la entrada de las casas había un altar en forma de columna, consagrado a Apolo.
33 Aristófanes siempre representa a Clístenes como el más afeminado de los atenienses.
34 Durante las fiestas de Deméter las mujeres se alojaban de dos en dos en tiendas levantadas junto al templo de la diosa.
35 Estas pesquisas eran un motivo para que el coro ejecutase las danzas de costumbre.
36 Nombre de la plaza donde tenían lugar las asambleas populares aplicado aquí al templo de Deméter como apelativo de todo punto de reunión.
37 El altar de Démeter junto al cual se ha refugiado Mnesíloco.
38 Vestidito corto y de tela ligera.
39 La fiesta de las copas y las Dionisíacas estaban consagradas a Dionysos; por eso prefiere Mnesíloco estas solemnidades a otras para enterarse de la edad del pellejo de vino.
40 El vestidillo cretense. Según el rito, la piel de la víctima pertenecía al sacrificador.
41 Título de una tragedia de Eurípides. En ella Eax, hermano de Palamedes, escribe la muerte de éste sobre unos remos y los arroja al mar, esperando que alguno de ellos llegará a poder de su padre Nauplio, y le hará saber la triste noticia.
42 General derrotado en una batalla naval, cerca de la isla Sime, contra el lacedemonio Astioco. Aristófanes lo opone a Nausímaca, nombre de una cortesana, escogido de intento, por significar, combate naval.
43 General detestable y mal reputado. Era uno de los demagogos más influyentes, y acérrimo partidario de la guerra. Salabacca era una cortesana.
44 Nombres alegóricos para indicar la decadencia de las armas atenienses. Aristómaca designa la gloriosa batalla de Maratón; y Estratónice, vale tanto como victoria del ejército.
45 Otro nombre alegórico forjado para poner de relieve la desacertada conducta de los senadores que cedieron ante el gobierno de los Cuatrocientos y permitieron la abolición de la democracia.
46 El taxiarco mandaba ciento veinticinco hombres, y era el jefe del batallón que suministraba cada tribu.
47 Llamábase así al que mandaba un cuerpo de ejército.
48 Fiestas que se celebraban en memoria de la vuelta de Deméter.
49 Fiestas llamadas así del dosel bajo el cual eran llevadas procesionalmente las estatuas de Atenea, Deméter, Perséfone, Apolo y Poseidón.
50 El mismo general de quien Aristófanes se burló en Los Acarnienses por su afición a la guerra. Aquí le hace ya justicia.
51 El demagogo, sucesor de Cleón, tantas veces atacado por Aristófanes.
52 Todos los pasajes impresos en cursiva están tomados de la Helena, de Eurípides.
53 Ateniense de mala reputación.
54 La mujer cree que se trata de Proteas, general ateniense.
55 Verso parodiado en su última palabra para aludir al oficio de la madre de Eurípides.
56 La palabra griega significa también «emplear astucias», porque los egipcios tenían fama de pérfidos.
57 Hombre arruinado, cuya miseria le obliga a ayunar más a menudo de lo que quería.
58 Es decir, Apolo y Artemis.
59 Otro sobrenombre de Dionysos
60 El arquero, como escita, se expresa en un griego lleno de barbarismos y que dan lugar a unos efectos cómicos imposibles de traducir.
61 Título de una tragedia de Eurípides, uno de cuyos personajes es Perseo.
62 Perseo volvía del país de las Gorgonas, volando sobre el caballo Pegaso, cuando distinguió encadenada a un escollo a Andrómeda, expuesta a la voracidad de un monstruo marino. Conmovido por su desgracia, petrificó al monstruo, presentándole la cabeza de Medusa, y libertó a la infeliz princesa, con la cual se casó.
63 Implora a la ninfa Eco.
64 Rey de Etiopía. Vióse obligado a exponer a su hija Andrómeda para aplacar las iras de Poseidón, que había inundado su reino y enviado un monstruo marino para devastarlo.
65 Al representar una tragedia en la cual Eco era uno de los personajes.
66 Deméter y Perséfone.
67 Nombre de la bailarina, alusivo a su ligereza, pues significa cervatillo.

ARISTÓFANES. LOS ACARNIENSES.



























ARISTÓFANES
LOS ACARNIENSES




PERSONAJES

DICEÓPOLIS, ciudadano de Atenas.
UN UJIER.
ANFITEO, semidiós.
UN EMBAJADOR.
PSEUDOTARBAS, enviado del Gran Rey.
TEORO, diputado en la Corte del Rey de Tracia.
 LA HIJA de Diceópolis.
EL ESCLAVO de Eurípides.
EURÍPIDES.
LÁMACO, general.
UN MEGARENSE.
Dos MUCHACHAS, hijas del megarense.
UN SICOFANTE (o delator). UN TEBANO.
NICARCOS.
UN ESCLAVO de Lámaco.
UN LABRADOR.
UN PARANINFO.
DOS MENSAJEROS. PERSONAJES MUDOS.
Los CARBONEROS ACARNIENSES, que forman el Coro.

Plaza pública de Atenas.

DICEÓPOLIS.-¡Cuántas veces me he requemado la sangre! Raras, rarísimas han sido, en cambio, mis alegrías; no más de cuatro. Mis amarguras fueron innumerables, como las arenas de las playas. Porque, en verdad, ¿que placer experimente que fuese lo que se llama un regocijo? ¡Ah, si! Ahora recuerdo una cosa que me llenó el alma de júbilo. Fue en el teatro, cuando Cleón no tuvo más remedio que vomitar sus cinco talentos. ¡Qué gusto! Adoro a los Caballeros por tan bonita operación1 .
Fue un excelente negocio para Grecia. Pero otro día experimente una decepción trágica cuando esperaba, con la boca abierta, escuchar el anuncio de una tragedia de Esquilo y oí en cambio, estas palabras: "Teognis2 puedes hacer que aparezca tu coro". Daos cuenta del golpe que recibí en el pecho. Tuve, sin embargo, un segundo placer cuando, en cierta ocasión, y después de Mosco, apareció Daxiteo en escena para cantar una canción beocia. Y aquel mismo año pensé morir, con los ojos convulsos, sólo de ver presentarse a Queris para tocar el himno ortiano. Pero nunca, desde que me está permitido venir a los baños3 me ha picado tanto el polvo en los ojos como hoy en que el Pnyx se encuentra vacío pese a la convocatoria matinal de una asamblea plenaria: los ciudadanos están charlando en el Ágora y por todos lados tratan de evitar el contacto con la cuerda teñida de rojo4. Ni siquiera están allí todavía los Pritáneos5. Llegarán con retraso y entonces tendrán que disputarse a codazos los primeros puestos, tomándolos por asalto. Lo que menos les importa es como hacer la paz. ¡Pobre, pobre patria mía¡ Yo soy el primero en llegar a la Asamblea; tomo asiento y, como estoy tan solo, suspiro, bostezo, me desperezo, suelto pedos, me aburro, me depilo, cuento hasta mil; y sueño con los campos, enamorado de la paz; detesto la ciudad y pienso en aquellas gentes de mi pueblo que nunca supieron lo que es decir: "compra carbón, vinagre, aceite", que hasta ignoraban el verbo "comprar", y que para todo se bastaban a sí mismos sin tener que romperse la cabeza con tantos golpes de "compra, compra, compra". Esta vez vengo, pues firmemente decidido a gritar, a interrumpir, a invectivar a todo orador que nos hable de otra cosa que no sea la paz. Pero, justamente, ya llegan los Pritáneos; son las doce. Y ¿no os dije? Es exactamente como os lo dije: todo el mundo se precipita para atrapar los primeros bancos.



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1 Alude aquí Aristófanes a cierta escena de Los Babilonios donde el año anterior había representado a los
Caballeros obligando a Cleón a devolver cinco talentos que había recibido de las ciudades aliadas.
2 Poeta trágico muy mediocre.
3 Es decir, desde la pubertad. Antes de esa edad no se permitía la entrada en los baños públicos.
4 Se utilizaba una cuerda teñida de rojo para enlazar a los ciudadanos en el Agora y empujarlos hacia el Pnyx, donde tenían lugar las asambleas.
5 Magistrados que convocaban y presidían las Asambleas.
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EL UJIER.-Pasad, pasad adelante para que estéis dentro del recinto consagrado.

ANFITEO.-¿Ha hablado ya alguien?

EL UJIER.-¿Quién pide la palabra?

ANFITEO.-Yo.

EL UJIER.-¿Tu nombre?

ANFITEO.-Anfiteo.6

EL UJIER.-Tú no eres un hombre.

ANFITEO.-No; soy un inmortal. Anfiteo, mi antepasado, era hijo de Deméter y de Triptólemo, padre de Celeo. Celeo se caso con Fenareta, mi abuela, que dio a luz a Licino, mi padre. Soy inmortal y los dioses me han encargado que vaya a tratar solo con los lacedemonios. Pero aunque soy inmortal, señores hombres, me encuentro sin recursos; los Pritáneos no me dan nada.

EL UJIER.-¡Guardias! (Unos arqueros tratan de expulsar a Anfiteo.)

ANFITEO.-Triptolemo y Celeo ¿vais a abandonarme?

DICEÓPOLIS.-Señores Pritáneos, perjudicáis el interés de la asamblea expulsando a ese hombre que desea concertar una paz conveniente y hacer que colguéis los escudos.

EL UJIER.-Siéntate y a callar.

DICEÓPOLIS.-No, por Apolo; no callaré hasta que propongáis que se trate de la paz.

EL UJIER.-(Anunciando).-Los embajadores cerca de la Corte del Rey.

DICEÓPOLIS.-¿Qué Rey? Ya estoy harto de vuestros delegados, de sus pavadas y de todas sus ridiculeces.

EL UJIER.-Silencio.

DICEÓPOLIS.-(Viendo entrar a los embajadores vestidos a uso persa).-¡Por Ecbatanal ¡Vaya trajecitos!

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6 Es decir, semidiós.
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EL JEFE DE LA EMBAJADA.-Bajo el arcontado de Eutímenes nos delegásteis a la Corte del Gran Rey con una indemnizacion de dos dracmas diarios...

DICEÓPOLIS.-iCaramba! ¡Nada menos que dos dracmas!

EL EMBAJADOR.-Y podemos decir cuánto hemos tenido que padecer durante la travesía de las llanuras del Caistro, bajo los toldos de los carruajes donde íbamos tendidos, sin fuerza de resistencia, como muertos.

DICEÓPOLIS.-¿Y yo, entonces? ¿Habrá que creer que yo gozaba plenamente de la vida cuando me veía tirado en el fango de las trincheras?

EL EMBAJADOR.-Adonde quiera que llegábamos nos obligaban a beber vino puro
o azucarado en copas de oro y de cristal.

DICEÓPOLIS.-¡Oh, ciudad de Cranao!7 ¿No comprendes que tus embajadores se burlan de tí?

EL EMBAJADOR.- Pues para los bárbaros solo se es hombre cuando se come y se bebe mucho.

 DICEÓPOLIS.-Aquí, entre nosotros, solo se tiene por hombres a los libertinos y a los invertidos.

EL EMBAJADOR.-A los tres años de nuestra marcha, llegamos a la Corte del Gran Rey. Pero éste se había ido con todo su ejército para evacuar sus necesidades, lo que le retuvo ocho meses en los Montes de Oro.

DICEÓPOLIS.-¿Y cuánto tiempo necesito para cerrar el año? ¿Todo un plenilunio?

EL EMBAJADOR.-Luego, regresó a sus alcázares y nos recibió. Mandaba que nos sirviesen bueyes enteros asados al horno.

DICEÓPOLIS.-¡Esta sí que es gorda! ¿Quién ha visto nunca asar bueyes enteros al horno?

EL EMBAJADOR.-Y, ¡palabra de honor! también nos sirvieron un ave tres veces más grande que Cleónimo8. Es el ave engañosa.

DICEÓPOLIS.-Ahora me explico porqué nos engañabas tú al cobrar tus dos dracmas.

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7 Atenas, que a Cranao tuvo por uno de sus reyes.
8 Cleónimo era un demagogo a quien Aristófanes atacaba mucho por su cobardía y sus vicios.
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EL EMBAJADOR.-Y ahora, hénos aquí; nos hemos traído con nosotros a Pseudartabas, el Ojo del Rey.

DICEÓPOLIS.-¡Ojalá que un cuervo le arranque ese ojo a picotazos y tu ojo de embajador además!
EL UJIER.-(anunciando).-El Ojo del Rey.9

DICEÓPOLIS.-(Viendo entrar al Ojo del Rey, escoltado por dos eunucos) ¡Hay Heracles! ¡Ay, Señor! ¡Socorrednos! ¡Por los dioses, amigo, que  ese ojo tuyo es como un ojo de remo. ¿Buscas una buena ensenada tras de doblar el cabo?

EL EMBAJADOR.-Vamos, Pseudartabas; ten a bien explicar lo que el Rey te ha encargado que comuniques a los atenienses.

PSEUDARTABAS. I artaman exarxas apiaona satra.

EL EMBAJADOR.-(A Diceópolis).-¿Entiendes lo que dice?

DICEÓPOLIS.--Ni palabra ¡por Apolo!

EL EMBAJADOR.-Pues dice que el Rey os envía oro. Articula bien, Pseudartabas, la palabra "oro", con voz más fuerte y más clara.

PSEUDARTABAS.-Lo que es "el oro" no lo veréis ni en pintura, cochinos jonios.

DICEÓPOLIS.-Ahora sí que está más claro que el agua.

EL EMBAJADOR.-¿Pero qué está diciendo?

DICEÓPOLIS.-Dice que los jonios son unos marranos; y
unos imbéciles si esperan que los bárbaros les den oro.

EL EMBAJADOR.-Al contrario; lo que dice es que nos dará el oro a montones.

DICEÓPOLIS.-iConque a montones! Lo que tú eres es un charlatán de marca mayor. Retírate. Voy a interrogarlo yo solo. (A Pseudartabas) Anda, dame `explicaciones claras en presencia de este testigo si no quieres que te tiña con púrpura de Sardes10. ¿Va a enviarnos oro el Gran Rey? ¿No, verdad? Por lo tanto es que nuestros embajadores nos tenían archiengañados. (Pseudartabas y los eunucos que le acompañan hacen signos afirmativos). Pero, ¡oye! ¡Si nos están diciendo que sí al estilo griego! Estoy seguro de que son de aquí mismo. Uno de los dos eunucos, éste, sé quienes; es Clistenes11 el hijo de Silvitio. ¡Vaya, vaya con el culo de mona, impúdico y truhán! ¿Cómo con esas barbas quieres pasar por eunuco, mico desvergonzado? Y ese otro ¿quién es? ¿No será Estratón?

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9 Como si se dijera el Brazo derecho del Rey, que a tal equivalía ese título entre los persas.
10 Es decir, «que te apalee hasta dejarte bañado en sangre.»
11 Personaje de costumbres afeminadas. Estratón era su amigo inseparable.

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EL UJIER.-Silencio, siéntate. El consejo invita al Ojo del Rey a pasar al Pritáneo.12

DICEÓPOLIS.-¡Es para ahorcarse! Pero sería yo un imbécil si me quedase aquí aburriéndome. ¿Seguirá abriéndose esa puerta para recibir a semejantes individuos? Me voy a trabajar en algo muy grande y muy hermoso. ¿Dónde estás, Anfiteo?

ANFITEO.-Aquí estoy.

DICEÓPOLIS.-Toma estos ocho dracmas y ve a concluir por mi cuenta personal un tratado de paz con Lacedemonia, para mí, mi mujer y mis chicos. ¡Qué sigan éstos en­viando embajadas y perdiendo el tiempo!

EL UJIER.-Que pase Teoro, nuestro diputado en la Corte de Sitalces13 .

TEORO.-Héme aquí.

DICEÓPOLIS.-Otro charlatán que nos traen.

TEORO.-No hubiéramos permanecido tanto tiempo en Tracia...

DICEÓPOLIS.-Claro que no; si no hubieras percibido gruesas sumas.

TEORO.-... Si toda la Tracia no hubiera quedado cubierta de nieve y si los ríos...

DICEÓPOLIS. -Justo al mismo tiempo en que Teognis concurría aquí para la tragedia.

TEORO.-Mientras tanto, yo vaciaba copas en compañía de Sitalces. Se mostraba muy filoateniense; era un verdadero amor. Llegaba hasta escribir por las paredes: estoy encaprichado con los atenienses. Su hijo, al que le hemos dado el título de ciudadano de Atenas, tenía unas ganas locas de comer salchichas en la fiesta de las Apaturias. Supli­caba a su padre que partiese en socorro de su patria. El padre juró, levantando la copa, que vendría en nuestro auxilio con un ejército tal que los atenienses exclamarían: "Es una nube de saltamontes en marcha!".

DICEÓPOLIS.-Que me aspen si creo una sola palabra de lo que cuentas, menos lo de los saltamontes.

TEORO.-Y ahora, nos envía al pueblo más belicoso de la Tracia.

DICEÓPOLIS.-Eso ya va estando más claro.

EL UJIER.-Haced pasar a los tracios que nos trae Teoro.


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12 En el Pritáneo se daba hospitalidad gratuita a los embajadores.
13 Teoro era un protegido de Cleón; Sitalces, cuyo hijo Sadoco había recibido el título de ciudadano de Atenas, había concertado un tratado de alianza con los atenienses en 432.
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DICEOPOLIS.-¿Qué cataclismo es ese?

TEORO.-Es el ejército de los odomantas14 .

DICEÓPOLIS.-¿Los odomantas? ¿Qué significa eso? (designando el falo de que van provistos) ¿Quién les ha rebanado el miembro a los odomantas?

TEORO.- Si se les da un sueldo de dos dracmas asolarán
a toda la Beocia15 .

DICEÓPOLIS.-¿Dos dracmas a estos... mutilados? ¿Qué podrían decir entonces los tranitas, salvadores de la ciudad? Pero... ¡atiza! Estoy perdido: los odomantas me despojan de mis ajos... ¿queréis dejar en paz mis ajos?16

TEORO.-iDesdichado! Guárdate de acercarte ahora a unos hombres que han comido ajos17
.
DICEÓPOLIS.-¿Podéis consentir, señores Pritáneos, que se me trate así, en el suelo de la patria, y por unos bárbaros?
Pues bien, me opongo a que la Asamblea delibere sobre el sueldo a conceder a los tracios; y os advierto que acaba de producirse un presagio; he sentido caer una gota18 .

EL UJIER.-Que se retiren los tracios: se les convoca para pasado mañana. Los Pritáneos levantan la sesión.

DICEÓPOLIS.-(Que se ha quedado solo) ¡Maldita sea! He perdido mi buena ensalada de ajos! Pero aquí está Anfiteo que vuelve de Lacedemonia. ¡Salud, Anfiteo!

ANFITEO.-Espera para saludarme a que pueda parar de correr... huyo de los acarnienses, que me persiguen.

DICEÓPOLIS.-Pues ¿qué pasa?

ANFITEO.-Venía apresuradamente con tu tratado de paz, y, al adivinarlo, esos viejos, esos acarnienses de Acarnia, duros como el roble, intratables, feroces, veteranos de Maratón, se han puesto a gritar a coro: ¡Miserable! Has concertado la paz cuando están taladas nuestras viñas", y al mismo tiempo recogían piedras en sus mantos. Yo eché a correr y ellos me persiguen hasta aquí, vociferando.

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14 Pueblo de la Tracia que, por practicar la circuncisión, se le creía judío.
15 Entonces en guerra con los atenienses.
16 Era el frugal desayuno que Diceópolis se había traído a la Asamblea.
17 Se suponía que los ajos enconaban la furia de los combatientes. A los gallos se les obligaba a comerlos
antes de lanzarlos a la pelea.
18 La Asamblea se disolvía cuando se manifestaba algún augurio desfavorable a los acarnienses.

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DICEÓPOLIS.-Déjalos que chillen. ¿Me traes el tratado?

ANFITEO.-lClaro está que lo traigo! Y que es de tres clases, a elegir. Este es para una tregua de cinco años. Toma y huélelo.

DICEÓPOLIS.-¡Puf!

ANFITEO.-¿Qué ocurre?

DICEÓPOLIS.-Que no me gusta. Huele a brea y a construcciones navales.

ANFITEO.-Toma, pues, este otro y pruébalo: es de diez años.

DICEÓPOLIS.-Este huele a embajadas enviadas a las ciudades, con un relente de aliados que se disputan entre sí.

ANFITEO.-Pues bien, aquí tienes una tregua de treinta años continental y marítima.

DICEÓPOLIS.-¡Oh Dionysos! Este desprende un perfume de ambrosía y de néctar. Es la felicidad de no tenerle miedo a las órdenes de procurarse víveres para tres días. Me sopla en la boca: "Ve donde te plazca". Acepto esta tregua, me la sirvo, la bebo hasta la última gota, deseándoles mucho placer. Yo, ya estoy libre de la guerra y de sus males; me voy a celebrar las dionisíacas rústicas.

ANFITEO.-Y yo me escapo de los acarnienses.
Otra plaza de Atenas, con un altar a Dionysos.

EL CORIFEO.-(Que dirige el coro de los carboneros de Acarnia).-Por aquí; seguidme todos; persigámosle, interroguemos a todo el que pase. Es de gran interés para la ciudad que detengamos a ese individuo. ¿Puede alguien decirme en qué dirección ha huido el mensajero que lleva el tratado?

EL CORO.-Ha huido; ha desaparecido; ya no se le ve. ¡Qué desgracia verse cargado de años! En mi juventud cuando rivalizaba en velocidad con Failos llevando un saco de carbón a cuestas no se me hubiera escapado tan fácilmente ese porta-treguas; y toda su agilidad no le hubiera permitido escabullirse.

EL CORIFEO.-Pero ha aprovechado para desaparecer de que la edad ha endurecido mis rodillas, entorpecido las piernas del viejo Lacrátides. Persigámosle no obstante. Pese a nuestra edad, no hay que dejarle jactarse de haber escapado a los acarnienses.

EL CORO.-Ese individuo, ¡oh, Zeus, oh dioses!, ha querido hacer la paz con sus enemigos contra los cuales mi furor belicoso crece más y más porque han arrasado mis campos. Los acosaré sin descanso hasta clavarme en ellos cual una flecha aguda, cruel, penetrante, a fin de que nunca más se les ocurra patear mis viñedos.

EL CORIFEO.-Vamos, busquemos al individuo-,busquemos del lado de Balene19 . Persigámosle de lugar en lugar hasta que lo hayamos cogido; nunca me cansaré de ape­drearle.

DICEÓPOLIS.-(Dentro). Silencio, silencio.

EL CORIFEO.-Silencio, todos. ¿No habéis oído, amigos? Nos piden que guardemos silencio. Es el hombre que buscamos. Venid todos a este lado. Creo que el bribón va a salir para ofrecer un sacrificio.

DICEÓPOLIS.-(Saliendo con su mujer, su hija y dos esclavos) Silencio, silencio... Avanza un poco, canéfora Xantias, ¿quiéres sostener el falo bien derecho? Deja el canastillo, hija mía, y empecemos.

LA HIJA.-Madre, dame la cuchara para echar crema sobre la torta.

DICEÓPOLIS.-Ahora, todo está a punto. ¡Oh, Dionysos, patrón mío, dígnate concederme tu gracia para esta procesión que yo conduzco y este sacrificio que te ofrecemos yo y mi familia. Permite que celebre con felicidad estas dionisíacas cam­pestres y que la tregua de treinta años me traiga la prosperidad devolviéndome a la vida civil. Vamos, hija mía, procura llevar graciosamente el canastillo y con aire modesto. ¡Dichoso el que se case contigo y te haga unos gatitos que, como tú, exhalen sus maulliditos matinales! Avanza y ten cuidado con la gente, no vayan a robarte, sin que te des cuenta, tus alhajitas de oro. Xantias, cuida con tu camarada, de llevar el falo bien derecho detrás de la canéfora. Yo os seguiré cantando el himno fálico. Tú, esposa mía, quédate en la terraza para mirarme. ¡Adelante, en marcha!
¡Oh Falo20, compañero de Dionysos, libertino y noctámbulo, que corres en pos de las mujeres casadas, aunque también te gustan las jóvenes muchachas, yo te saludo al fin, ahora que después de cinco años de ausencia vuelvo con alegre corazón a mi pueblo, gracias a la paz que he concertado por mi propia cuenta y que me libra de las preocupaciones de los combates y de los Lámacos21. ¡Cuánto más agradable es, mi querido Falo, sorprender a Trata, la linda esclava de Estrimodoro, robando troncos en el Feleo, agarrarla por el talle, levantarla, tumbarla por tierra y quitarle la flor!
¡Falo, mi querido Falo, si tú quieres bebamos juntos y trastornado aún por el vino de la víspera, beberás mañana la copa de la paz y yo colgaré mi escudo junto a la chimenea!



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19 Juego de palabras. Palene era un pueblo del Atica y al cambiarle la P por una B el poeta alude al griego
balein que significa lanzar proyectiles.
20 El dios de la generación; se le adoraba bajo el emblema del miembro viril.
21 Lámaco era un general ateniense, contemporáneo de Nicias y de Alcibíades.

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EL CORIFEO.-(Viendo a Diceópolis).-Ese es, ese mismo. Tirad, tirad. Apedreemos todos a ese infame. ¿Por qué no tiráis? ¿Por qué no tiráis?

DICEÓPOLIS.-(Protegiéndose con su olla).-¡Por Hércules! ¿Qué es esto? Me vais a romper la olla22 .
EL CORO.-Tu cabeza, traidor, es lo que vamos a romper a pedradas.

DICEÓPOLIS.-¿Qué motivo hay, venerables ancianos de Arcania?

EL CORO.-¿Y lo preguntas, bribón desvergonzado, traidor a tu patria? ¿Y aún te atreves a mirarme a la cara después de haber pactado una paz separada con el enemigo?

DICEÓPOLIS.-Ignoráis por qué he hecho ese tratado. Escuchadme y lo sabréis.

EL CORO.-¡Escucharte! Vas a morir. Te destrozaremos a pedradas.

DICEÓPOLIS.-Esperad al menos mis razones. Un instante, amigos míos.

EL CORO.-Ni yo me calmaré, ni tú hablarás otra palabra. Porque te detesto aún más que ¡a Cleón, a quien pienso desollar para hacer con su piel sandalias a los Caballeros23 . Amigo de los lacedemonios, no pienses que yo escuche tus largos discursos. Vas a llevar tu merecido.

DICEÓPOLIS.-Mis buenos amigos, dejad en paz a los lacedemonios y oíd las razones que he tenido para pactar esta tregua.

EL CORO.-¿Qué razones puede haber para pactar con esos hombres sin fe, sin religión, sin juramento?

DICEÓPOLIS.-Es que también creo que los lacedemonios, a quienes tanto aborrecemos, no son la causa de todos nuestros males.

EL CORO.-¿Que no son la causa de todos nuestros males, grandísimo bribón? ¿Y te atreves a decirlo delante de nosotros? ¿Y aún pretenderás que te perdone?

DICEÓPOLIS.-No de todos, no de todos. Yo mismo podría demostraros que ellos han sido víctimas de más de una injusticia.


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22 En las dionisíacas campestres se llevaba una olla llena de legumbres. 23 Cleón había sido curtidor. Los Caballeros eran sus más acérrimos enemigos.
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EL CORO.-Sólo faltaba que te atrevieses a defender delante de nosotros a nuestros enemigos; tus palabras me irritan y exasperan.

DICEÓPOLIS.-Si lo que digo no es justo, y si el pueblo no lo reconoce por tal, me comprometo a hablar con la cabeza sobre un tajo.

EL CORO.-Ea, compañeros, ¿por qué no le apedreamos? ¿Por qué no le cardamos como a la lana que va a teñirse de púrpura?

DICEÓPOLIS.-¿Qué negro tizón enciende de nuevo vuestra ira? ¿No me escucharéis? ¿No me escucharéis, ilustres ciudadanos de Acarnia?

EL CORIFEO.-No te escucharemos.

DICEÓPOLIS.-¿Y me trataréis tan indignamente?

EL CORIFEO.-¡Que me muera si te escucho!

DICEÓPOLIS.-Por favor, escuchadme acarnienses.

EL CORIFEO.-Sabe que vas a morir ahora.

DICEÓPOLIS.-Puesto que lo queréis, también yo os enseñaré los dientes; también yo mataré a vuestros más queridos amigos; porque tengo rehenes vuestros y los degollaré sin piedad.

EL CORIFEO.-Decidme, conciudadanos, ¿qué amenaza contra los acarnienses envuelven sus palabras? ¿Tendrá acaso encerrado a alguno de nuestros hijos? ¿Cómo se muestra tan atrevido.

DICEÓPOLIS.-(Que vuelve con un saco de carbón y un cuchillo) Tirad, tirad si queréis; yo destrozaré a éste; así sabré pronto el cariño que le tenéis al carbón.

EL CORIFEO.-¡Estamos perdidos! Ese saco es mi conciudadano. No realices, ¡ah!, no realices tu amenaza.

DICEÓPOLIS.-Lo mataré; gritad cuanto queráis; no os escucharé.

EL CORO.-¿Será posible que mates a ese pobre y fiel compañero, a ese buen amigo de los carboneros?

DICEÓPOLIS.-¿Atendíais vosotros hace un instante a lo que yo os decía?

EL CORO.-Dí, pues, lo que quieras de esos lacedemonios que te son tan queridos. Jamás abandonaré a ese buen pequeño saco.

DICEÓPOLIS.-Dejad primero las piedras.

EL CORO.-Ya están en el suelo; deja tú también la espada.


DICEÓPOLIS.-Sí; pero cuidado con esconder piedras en los mantos.

EL CORO.-Las hemos tirado todas. Mira como nos sacudimos, pero no pongas pretexto, deja la espada; ya Ves cómo sacudo mi manto al pasar de un lado a otro.

DICEÓPOLIS.-Debíais de gritar todos a porfía. Si continuáis un poco más, hubierais Visto perecer los carbones del Parneto24 por la imprudencia de sus conciudadanos. A fe que este saco ha tenido un miedo terrible, pues me ha manchado de negro, como el calamar al Verse perseguido. Ya Veis cuán dañoso es ese Vuestro carácter intratable, que os arrastra en seguida a dar golpes y gritos y no os deja escuchar las equitativas proposiciones que sobre los lacedemonios pensaba haceros con la cabeza sobre un tajo; y cuenta que estimo la Vida como el que más.

EL CORO.-¿Por qué no traes, hombre audaz, tu decantado tajo y dices sobre él esas cosas de tanta importancia? Tengo vivos deseos de saber lo que piensas. Pero ya que tú mismo te has comprometido, Venga el tajo y habla enseguida.

DICEÓPOLIS.-(Volviendo con un tajo) Está bien, mirad. Este es el tajo; el orador, éste, es decir, yo, así, pequeñito. No me cubriré con un escudo; pero diré de los lacedemonios lo que me parezca conveniente. Y no es que no tenga qué temer: conozco perfectamente el flaco de los campesinos, y sé que, con tal que un charlatán colme de elogios justos e injustos a ellos y a su ciudad, ya no caben en sí de gozo, ni Ven que les está Vendiendo. También conozco el carácter de los Viejos: sólo piensan en fulminar sentencias condenatorias. Y sé por experiencia propia lo que me hizo sufrir Cleón por mi comedia del año pasado25 haciéndome comparecer ante el Senado, calumniándome, acumulándome supuestos crímenes, tratando de confundirme con sus ultrajes y declamaciones y poniéndome en riesgo de morir, manchado por sus infames calumnias. Pero antes de mi discurso, permitidme que me Vista los andrajos de un hombre miserable, a fin de inspirar Vuestra piedad.

EL COMO.-¿Qué engaños estaS fraguan . ¿A qué tales dilaciones? Por mí, si


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24 Monte del Atica, en el demo de Acarnia.
25 Alusión a Los Babilonios. Cleón que era muy mal tratado en esta comedia, acusó a Aristófanes de haber injuriado en ella a los principales magistrados de Atenas.

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quieres, ya puedes pedir a Hierónimo26 el casco tenebroso y erizado de Plutón y emplear después todas las astucias de Sísifo; pero el' negocio no admite demora.

DICEÓPOLIS.-Ya es hora, de adoptar una resolución enérgica; no tengo más remedio que dirigirme a Eurípides. ( mando ala puerta de Eurípides.) ¡Esclavo! ¡Esclavo!

EL ESCLAVO DE EURÍPIDES.-¿Quién Va?

DICEÓPOLIS. ¡Está en casa Eurípides?

EL ESCLAVO.-Está y no está, ¿lo entiendes?

DICEÓPOLIS.-¿Cómo puede estar y no estar al mismo tiempo?

EL ESCLAVO.-Muy fácilmente, abuelo. Su espíritu, que anda por fuera recogiendo Versitos, no está en casa; pero él está en casa, con las piernas en alto y componiendo una tragedia27 .

DICEÓPOLIS.-¡Oh bienaventurado Eurípides! ¡Qué felicidad tener un criado que responda con tanta discreción! Dile que quiero Verle.

EL ESCLAVO.-Imposible.

DICEÓPOLIS.-Sin embargo... yo no puedo marcharme. Llamaré a su puerta. ¡Eurípides, mi pequeño Euripides) Escúchame, si alguna Vez has escuchado a alguien. Soy yo, Diceópolis el de Cólides que deseo Verte.

EURÍPIDES.-No tengo tiempo.

DICEÓPOLIS.-Haz que te traigan aquí en la máquina de las mutaciones rápidas28 .

EURÍPIDES.-Es imposible.

DICEÓPOLIS.-Prueba, a Ver.

EURÍPIDES.-Sea, haré que me lleven en la máquina porque no tengo tiempo de bajar.

DICEÓPOLIS.-¡Euripides!

EURÍPIDES.-¿Por qué gritas así?

DICEÓPOLIS.-¡Ah, compones tus tragedias con las piernas en alto, pudiéndolas hacer en tierra, como es debido!
Ya no me asombra que sean cojos tus personajes29 ¿Qué miserables andrajos guardas


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26 Poeta trágico, que escogía para sus dramas los asuntos más terribles, sin saber sacar partido de ellos; el éxito de sus piezas lo fiaba mucho en las extrañas máscaras que daba 'a sus personajes.
27 Crítica de las sutilezas que abundan en las tragedias de Eurípides.
28 Sátira de los procedimientos escénicos empleados por el gran trágico.

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ahí? Ya no me extraña que tus héroes sean mendigos30. De rodillas te lo pido, Eurípides: dame los harapos de algún drama antiguo. Tengo que pronunciar ante el Coro un largo discurso, y si lo declamo mal, me va en ello la vida.

EURÍPIDES.-¿Qué andrajos te daré? ¿Los que llevaba Eneo31, anciano infeliz, al
presentarse a la lucha?

DICEÓPOLIS.-Los de Eneo, no; dame los de algún personaje aún más desgraciado.


EURÍPIDES.-¿Los del ciego Fénix?32 .

DICEÓPOLIS.-Los de Fénix, no; aún hay otros más miserables que Fénix.

 EURÍPIDES.-¿Qué andrajos serán los que pide este hombre? ¿Quiéres los del
mendigo Filóctetes?33

DICEÓPOLIS. No, no; los de otro héroe muchísimo más miserable.

 EURÍPIDES.-¿Quieres aquel manto sucio que sacó el cojo Belerofonte?34 .

DICEÓPOLIS.-No quiero el de Belerofonte, sino el de aquel que era cojo, mendigo,
charlatán y maldiciente, todo a la vez.

EURÍPIDES.-Ya sé quién dices: Telefo de Misia35 .

DICEÓPOLIS.-Eso es, Telefo; por favor, préstame su vestido.

EURÍPIDES.-Esclavo, dale los harapos de Telefo; están encima de los de Tiestes y
entre los de Ino. Tómalos.

DICEÓPOLIS.-¡Oh, Zeus, que todo lo ves con perspicaz mirada, permíteme cubrirme hoy con el vestido de la miseria! Eurípides, ya que me has concedido este favor, no me niegues los accesorios correspondiente§ a estos jirones. Ahora además el gorrillo

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29 Alusión a varios personajes de las tragedias de Eurípides que eran cojos, como Telefo, Filoctétes,
Belerofonte.
30 Eurípides se complacía en presentar a sus héroes cubiertos de harapos y en la última miseria para
producir efecto.
31 Héroe de una tragedia perdida. Después de la muerte de Tideo mientras Diómedes hacía una expedición contra los Tebanos, Eneo, ya anciano, fue destronado por los hijos de Agrio y reducido a andar errante en la mayor miseria.
32 Protagonista de otro drama de Eurípides, también perdido.
33 Eurípides lo presentó mendigando en la isla de Lemnos, donde le abandonaron los griegos a causa de la fetidez de su herida.
34 Belerofonte quedó cojo a consecuencia de una caída del caballo Pegaso, sobre el cual tenía la pretensión de subir al cielo.
35 El rey Telefo que llegó hasta mendigar el sustento.
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porque hoy "es preciso mostrar indigencia y ser quien soy sin tener la apariencia"36. Pero serlo no ¡eh! que los oyentes sí sepan quien soy, pero que éstos (por el Coro) se estén ahí hechos unos bobos para que les meta gato por liebre, que yo burle al Coro estúpido con mi palabrería.

EURÍPIDES.-Te lo daré; a tu sutil ingenio nada puede negarse.

DICEÓPOLIS.-La bendición de los inmortales descienda sobre ti y tu Telefo. ¡Magnífico! Me siento henchido de bellas frases. Pero necesito también un bastón de mendigo.

EURÍPIDES.-Toma y "retírate de estos pórticos de piedra".

DICEÓPOLIS.-¿Ves, alma mía, cómo me despide, cuando aún me faltan tantas cosas para completar mi atavío? No hay que desistir; pidamos, supliquemos, porfiemos. Eurípides, dame un farolillo de mimbres ya medio quemado37 .

EURÍPIDES.-Pero, desdichado, ¿para qué lo quieres?

DICEÓPOLIS.-Para nada; pero quiero tenerlo.

EURÍPIDES.-Eres excesivamente fastidioso. Aléjate de estos lares.

DICEÓPOLIS.-¡Ah!, los dioses te bendigan, como ya bendijeron a tu madre.

EURÍPIDES.-¡Ea, vete¡
DICEÓPOLIS.-Aún no; dame también una jarrita desportillada.

EURÍPIDES.-Toma y revienta de una vez; estás perturbando mi casa.

DICEÓPOLIS.-No sabes, por Zeus, todo el mal que me causas. Ea, dulcísimo Eurípides, otra cosa tan sólo: dame un cántaro con un tapón de esponja.

EURÍPIDES.-Hombre, te me llevas una tragedia entera.
Toma y lárgate.


DICEÓPOLIS.-Me marcho; mas ¿qué hago? Aún me falta una cosa, sin la cual estoy perdido. Oye dulcísimo Eurípides; si me das lo que te voy a pedir, me marcho para no volver.

EURÍPIDES.-¡Me asesinas! Toma, ahí las tienes. Mis tragedias quedan reducidas a nada

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36 Las frases entre comillas parodian frases de Eurípides.
37 Los faroles se llevaban en cestitas de mimbres para preservarlos del viento.
volver; por favor, unas hojitas de verdura bien mustias para la cesta.
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DICEÓPOLIS.-Basta, me retiro; soy demasiado importuno, "sin mirar que me hago odioso a los reyes". ¡Infeliz de mí, aún he olvidado lo principal! Dulcísimo, queridísimo Eurípides, permita Zeus que muera desastrosamente, si te pido otra cosa fuera de esta sola, de esta sola: dame un poco de aquel perifollo que vende tu madre38 .

EURÍPIDES.-Ese hombre me insulta. Cierra la puerta.

DICEÓPOLIS.-No tengo más remedio que presentarme sin el perifollo. (A sí mismo) ¿Sabes la lucha que vas a emprender atreviéndote a hablar en favor de los lacedemonios? Adelante, corazón mío; he aquí la línea enemiga. ¿Te detienes? ¿No estás empapado en el espíritu de Eurípides? ¡Valor! adelante, corazón angustiado; presenta sin miedo tu cabeza y dí cuanto, según tú, es la verdad. Atrévete, anda, acércate. Mi denuedo me regocija.

EL CORO.-¿Qué hará? ¿Qué dirá? Sólo un hombre impudente y de férreo corazón se atrevería a exponer su cabeza contra toda la ciudad y a ponerse en contradicción con ella. Ya se presenta ese hombre intrépido. Ea, habla, pues tal es tu deseo.

DICEÓPOLIS.-No os ofendáis, señores espectadores, de que siendo un mendigo, me atreva a hablar de política en una comedia, pues también la comedia conoce lo que es justo. Yo os diré palabras amargas, pero verdaderas. No me acusará hoy Cleón de que hablo mal de la ciudad en presencia de los extranjeros; estamos solos; las fiestas se cele­bran en el Leneo; no hay extranjeros, ni han venido de las ciudades los pagadores de tributos, ni los aliados; estamos solos y limpios de toda paja, porque yo llamo paja de la ciudad a los metecos.
Yo aborrezco, como el que más, a los lacedemonios; ojalá el mismo Poseidón, dios del Ténaro, reduzca a escombros su ciudad, pues también talaron mis viñas. Sin embargo, y esto lo digo porque sois amigos míos los que escucháis, ¿a qué creerles la causa de todos nuestros males? Algunos conciudadanos nuestros, no digo toda la República, notadlo bien, no digo toda la República, sino algunos hombres perdidos, falsos, sin honra ni pudor, y extraños a la ciudad, acusaron de contrabando a los megarenses. En cuanto veían un melón, o un lebratillo, o un cochinillo de leche, o un ajo, o un grano de sal, decían que eran de Megara, y los arrebataban y vendían inmediatamente. Todo esto no tenía grande importancia, ni trascendencia fuera de la ciudad; pero algunos mozuelos que

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38 La madre de Eurípides había sido verdulera.
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se habían embriagado jugando al cótabo, fueron a Megara y robaron a la cortesana Simeta; los megarenses, irritados, se apoderaron en revancha de dos hetairas amigas de Aspasia,39 y por esto, por tres meretrices, la guerra se encendió en todos los pueblos griegos. Por esto Pericles el Olímpico tronó y relampagueó, conturbó toda la Hélade con sus discursos e hizo a robar una le , como dice la canción se prohibía a  los megarenses permanecer en el territoro del Atica, en el- mercado, en el mar y en el continente.  Pronto éstos, al verse acosados por el hambre, rogaron a los lacedemonios que interpusieran su influencia para que revocásemos el decreto motivado por las cortesanas. Nosotros desatendimos sus repetidas súplicas. Empezaba ya a oírse el entrechocar de los escudos. Alguno dirá: no convenía, ¿qué es pues, lo que convenía?. Si contra un lacedemonio se hubiera presentado la acusación de haber ido embarcado a Serifos40 y robado allí un perrillo, ¿hubiérais permanecido tranquilos en vuestras moradas? Creo que no; enseguida hubiérais puesto en línea vuestras trescientas naves y nos hubieran ensordecido el rumor de los soldados, las voces de los electores de trierarcas41 y los gritos de los que venían a cobrar su paga; se hubieran dorado las estatuas de Palas42; la multitud hubiera invadido los pórticos donde se distribuye el trigo, y la ciudad se hubiera llenado de odres, de correas para remos, de ristras de ajos, de aceitunas, de ristras de cebollas, de coronas, de sardinas, de tañedoras de flautas y de contusiones; el arsenal también se hubiera visto atestado de maderas para remos y atronado por el ruido de las clavijas, que se ajustan y por el de los remos sujetos a las clavijas por los gritos de los marineros y por los silbidos de las flautas y pitos, que los animan al trabajo. "Sé que hubiérais hecho esto"; pero ¿no pensamos en Telefo? "Nos falta el sentido común?"43


EL PRIMER SEMICORO.-iPerdulario, infame, mendigo harapiento) ¿Cómo te atreves a decirnos eso y a echarnos en cara que hemos sido unos sicofantes?

EL SEGUNDO SEMICORO.-Tiene razón. Por Poseidón, cuanto ha dicho es la pura verdad.



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39 Célebre cortesana, amiga y consejera de Sócrates, amante y más tarde esposa de Pericles.
40 Isla pequeña, próxima a la costa de Tracia, perteneciente al grupo de las Cícladas. Estaba bajo la
dependencia de Atenas.
41 El nombramiento de trierarca traía consigo cuantiosos gastos, pues estaba obligado el electo a mantener por su cuenta la tripulación de una galera y a tenerla siempre en disposición de darse a la vela en servicio del Estado.
42 Las galeras atenienses llevaban en la proa una imagen dorada de Palas Atenea, que se restauraba a cada nueva expedición.
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EL PRIMER SEMICORO.-Y aunque sea verdad, no tenía porqué decirlo. Le costará caro su atrevimiento.

EL SEGUNDO SEMICORO.-iEh, tú¡, ¿adónde vas? Detente. Si tocas a ese hombre, tendrás que habértelas conmigo.

EL PRIMER SEMICORO.-¡ Oh, Lámaco de fulminante mirada, socórrenos; presentate, amigo Lámaco, ciudadano de mi tribu; preséntate y atérralos con tu terrible penacho y tu reluciente escudo con la Gorgona! Generales y capitanes: acudid todos en mi auxilio. Me tienen agarrado por medio del Cuerpo.

LÁMACO.-(Saliendo de su casa en traje de campaña) ¿Qué significan esos gritos de guerra? ¿Adónde es menester prestar mi auxilio y armar alborotos? ¿Quién me obliga a sacar de su caja mi terrible Gorgona?44 .

DICEÓPOLIS.-¡ Oh, Lámaco, héroe sin rival en penachos y batallones)

CORO.-¡ Oh, Lámaco; este hombre no cesa, horas y horas, de ultrajar a toda la ciudad.

LÁMACO.-¿Tú, vil mendigo, te atreves a tanto?

DICEÓPOLIS.-Heroico Lámaco, perdona que un mendigo,
por empeñarse en hablar, haya dicho algunas necedades.

LÁMACO.-¿Qué has dicho contra nosotros? Habla.

DICEÓPOLIS.-Ya no lo recuerdo; tu armadura me acoquina; por piedad aparta de mi vista ese espantajo de tu  escudo.

LÁMACO.-Sea.

DICEÓPOLIS.-Déjalo ahora cara al suelo.

LÁMACO. Ya está.

DICEÓPOLIS.-Dame ahora una pluma de tu casco.

LÁMACO.-Toma la pluma.

DICEÓPOLIS.-(Introduciéndose la pluma en la boca como para provocarse vómitos).-Sostenme ahora la cabeza para que vomite; tu penacho me da náuseas.

LÁMACO.-¿Qué intentas? ¿Quieres provocar el vómito con esa pluma?

DICEÓPOLIS.-¡Ah!, ¿es una pluma? Y dime, ¿de qué pájaro? ¿Acaso es una pluma

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43 Parodia de Eurípides.
44 Era bastante frecuente esculpir en los escudos una cabeza de Gorgona.
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del pájaro Fanfarrón?45 .

LÁMACO.-¡Me las vas a pagar)

DICEÓPOLIS.-De ningún modo, Lámaco; esto no se decide por la fuerza; ya que tanta fuerza tienes, ¿por qué no me circuncidas? Armas no te faltan.

LÁMACO.-¿Así te insolentas con todo un general, vil mendigo?

DICEÓPOLIS.-¿Yo, un mendigo?

LÁMACO.-Pues ¿quién eres?

DICEÓPOLIS.-¿Quién soy? Un buen ciudadano, exento de ambición, y, desde que hay guerra, un soldado voluntario; mientras que tú, desde que hay guerra, eres un soldado mercenario.

LÁMACO.-Fuí elegido por los votos de...

DICEÓPOLIS.-Tres petates. Eso es lo que me ha indignado y movido a pactar esta tregua, no menos que el ver en las filas a hombres encanecidos, mientras otros jóvenes como tú, escurriendo el bulto, se iban con embajadas, unos a Tracia, ganándose tres dracmas, como los Tisamenes, los Fenipos y los Hipárquidas, todos a cual peores; otros, con Cáres, a la Caonia, como los Géres y Teodoros, y los Diomeos, tan pagados de sí mismos; otros a Camarina, Gela y Catágela46 .

LÁMACO.-Fueron elegidos por el sufragio popular.

DICEÓPOLIS.-Entonces, ¿por qué todas las recompensas son para vosotros y para éstos (señalando el Coro) ninguna?
Di, Marílades, tú que tienes la cabeza encanecida por la edad, ¿has ido alguna vez de embajada? Dice que no, y sin embargo, es prudente y laborioso. Y vosotros, Dracilo, Eufórides y Prínides ¿conocéis a Ecbatana o la Caonia? Tampoco. Sin embargo, las han visitado el hijo de Cesira y Lámaco, de quienes, por no poder pagar su escote ni sus deudas, decían hace poco sus amigos: "!Agua va!", como los que al anochecer vierten por las ventanas el líquido con que se han lavado los pies.

LÁMACO.-¡Pueblo insolente! ¿Habrá que tolerar tales insultos?

DICEÓPOLIS.-No; si Lámaco no cobrase sueldo.

LÁMACO.-Pues yo haré siempre la guerra a todos los peloponesios, los hostilizaré


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45 Nombre de pájaro, inventado por Aristófanes para aludir el carácter de Lámaco.
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cuanto pueda, y les perseguiré con todas mis fuerzas terrestres y marítimas.

DICEÓPOLIS.-Pues yo les declaro a todos los peloponesios, megarenses y beocios, que pueden acudir a comprar y vender en mi mercado; sólo exceptúo a Lámaco. (Queda solo el Coro).

EL CORIFEO.-Este hombre ha ganado su proceso. El pueblo, convencido, cambia de sentimientos acerca de la tregua. Quitémonos los mantos y vamos a los anapestos.
Desde que nuestro poeta dirige los coros cómicos nunca se ha presentado a hacer su propio panegírico; pero hoy, que ante los atenienses, tan precipitados en sus decisiones, sus enemigos le acusan falsamente de que se burla de la República e insulta al pueblo, preciso le es justificarse con sus volubles conciudadanos. El poeta pretende haberos hecho mucho bien, impidiendo que os dejéis sorprender por las palabras de los extranjeros y que os embauquen los aduladores y seáis unos chorlitos. Antes, los diputados de las ciudades, cuando os querían engañar, empezaban por llamaros: "Coronados de violetas", y al oír la palabra coronas, era de ver cómo no cabíais ya en vuestros asientos. Si otro adulándoos, decía: "La espléndida Atenas", conseguía al punto cuanto deseaba, por haberos untado los labios con el elogio, como si fuéseis anchoas. Desengañándoos, pues, os ha prestado el poeta eminentes servicios y ha difundido por las ciudades aliadas el régimen democrático. Por eso los pagadores de tributos de esas mismas ciudades acudirán deseosos de conocer al excelente poeta que no ha temido decir la verdad a los atenienses. La fama de su atrevimiento ha llegado tan lejos, que el Gran Rey, interrogando a la embajada de los lacedemoníos, preguntó primero cuál era la armada más poderosa, y, después, cuáles eran los más atacados por nuestro vate, y les aseguró que sería más feliz y conseguiría señaladísimas victorias la República que siguiese sus consejos. Por eso los lacedemoníos os brindan con la paz y reclaman a Egína47; no porque den gran importancia a aquella isla, sino por despojar de sus bienes al poeta; pero vosotros no le abandonéis; en sus comedías brillará siempre la justicia, y abogará siempre por vuestra felicidad, no con adulaciones ni vanas promesas, fraudes, bajezas ni intrigas, sino dándoos buenos consejos y proponíéndoos lo que sea mejor.
Después de esto, ya puede Cleón urdir y maquinar contra mí cuanto se le antoje. La


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46 Camarina y Gela, ciudades de Sicilia. Catágela, nombre imaginario, que significa cosa ridícula. 47 Isla dependiente de Atenas. De este pasaje han deducido algunos que Aristófanes tenía propiedades en Egina.
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honradez y la justicia estarán de mi lado, y nunca la República verá en mí. como en él, un cobarde e inmundo invertido.


EL PRIMER SEMICORO.-¡Ven, infatigable Musa acarniense, brillante y devoradora como el fuego! Semejante a la chispa que, sostenida por un suave viento, salta de los tizones de encina mientras unos asan sobre ellos sabrosos pececillos y otros preparan la salmuera fresca de Tasos o amasan la blanca harina.
¡Ven, Musa, impetuosa, intencionada y agreste, y presta inspiración a tu conciudadano!


EL JEFE DEL PRIMER SEMICORO.-Nosotros, decrépitos ancianos, acusamos a la ciudad. Vemos desamparada nuestra vejez, sin que se nos alimente en recompensa digna de los méritos que contrajimos en las batallas navales; en cambio, sufrimos mil vejámenes; nos enredáis en litigiosas contiendas y luego permitís que sirvamos de juguete a oradores jovenzuelos; ya nada somos: mudos e inservibles, como flautas rajadas, un bastón es nuestro único apoyo, o nuestro Poseidón, por decirlo así. En píe ante el Tribunal, balbuciendo algunas palabras inconexas, sólo vemos de la justicia la bruma que la rodea, mientras el abogado contrario, deseando captarse las simpatías de la juventud, lanza sobre el demandado un diluvio de palabras precisas y seguras, y luego de haberlo rendido le interroga, le dirige preguntas insidiosas y le turba, le aflige y despedaza, como le sucedió al anciano Titón.
El pobre calla; se retira castigado con una pena pecuniaria; llora y solloza, y dice a sus amigos: "El dinero con que pensaba comprar mi ataúd, tengo que darlo para pagar esta multa."

EL SEGUNDO SEMICORO.-¡Es justo arruinar de ese modo a un anciano, a un hombre encanecido, que sobrellevó con sus comañeros tantas fatigas, que vertió por la República sudores ardientes, varoniles y copiosos, y que en Maratón peleó como un héroe? Nosotros, que de jóvenes perseguimos en Maratón a los enemigos, somos ahora perseguidos por hombres malvados y que al fin tendrán su merecido. ¿Qué responderá a esto Marpsias?48 ¿Es justo que un hombre encorvado por la edad, como Tucídides,49 cual


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48 Orador sumamente verboso y siempre pronto a disputar.
49 Uno de los adversarios políticos de Pericles. Acusado de traición, no pudo pronunciar una sola palabra, a pesar de ser un orador distinguido, y fue condenado, según unos, al ostracismo por diez años y, según otros, a destierro perpetuo y confiscación de bienes
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si se hubiera perdido en los desiertos de Escitia, sucumba en sus litigios con Cefisodemo, abogado locuaz? Os aseguro que sentí la más viva compasión y hasta lloré, viendo maltratado por un arquero a ese anciano, a Tucídides digo, que, por Deméter, cuando estaba en la plenitud de sus fuerzas, no hubiera tolerado fácilmente que se le atravesara nadie, ni aún la misma Deméter, pues primero hubiera derribado a diez Evatlos50, y luego aterrado con sus gritos a los tres mil arqueros, y matado con sus flechas a toda la parentela de ese mercenario. Mas ya que no queréis dejar descansar a los viejos, decretad, el menos, la división de las causas: que el viejo desdentado litigue contra los viejos; y un charlatán invertido como el hijo de Clínias51 contra los jóvenes. Es necesario, no lo niego, perseguir a los malvados; pero en todos los procesos sea el anciano quien condene al anciano, y el joven al joven.


Un mercado organizado por Diceópolis


DICEÓPOLIS.-(Saliendo y marcando los límites de un recuadro con ayuda de una cuerda).-Estos son los límites de mi mercado. Todos los peloponesios, megarenses y beocios
pueden concurrir a él, con la condición de que me vendan a mí sus mercancías y no a Lámaco. Nombro agoránomos de mi mercado, elegidos a suerte, estos tres zurriagos del Lepreo. Que no entre aquí ningún delator ni ningún habitante de Fásos52. Voy a traer la columna sobre la cual está escrito el tratado, para colocarla a la vista de todos.

(Entra un megarense con dos muchachas.)

EL MEGARENSE.-¡Mercado de Atenas, grato a los megarenses, salud! Juro por Zeus, protector de la amistad, que deseaba verte como el hijo a su madre. Hijas desdichadas de un padre infortunado, mirad si encontráis alguna torta. Escuchadme, por favor, y hagan eco mis palabras en vuestro famélico vientre. ¿Qué preferís? ¿Ser vendidas o morir de hambre?


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50 Orador de mala reputación.
51 Alcibíades.
52 Es decir, todo delator, porque fasos, en griego, tiene la misma raíz que sicofante o delator. Fasos es el nombre de una ciudad y de un río de Escitia.

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LAS MUCHACHAS.-¡Ser vendidas! ¡Ser vendidas!

EL MEGARENSE.-También me parece lo mejor. Pero ¿habrá algún necio que os compre siendo una carga manifiesta? Aunque se me ocurre un ardid digno de Megara. Os voy a disfrazar de cerditos y diré que os traigo al mercado. Poneos estas pezuñas y procurad parecer de buena casta, pues si volvéis a casa ya sabéis, por tonante Zeus, que sufriréis los horrores del hambre. Ea, colocaos estos hocicos de cerdo y meteos en este serón. Procurad gruñir bien, gritando como los cerdos que van a ser sacrificados a Deméter.

Yo voy a llamar a Diceópolis. ¡Diceópolis! ¿Quiéres comprar cerditos?

DICEÓPOLIS.-¿Qué es esto? ¡Un megarense!

EL MEGARENSE.-Venimos al mercado.

DICEÓPOLIS.-¿Cómo lo pasáis por allá?

EL MEGARENSE.-Sentados siempre junto al fuego y muertos de hambre.

DICEÓPOLIS.-Por Zeus, que debe ser muy agradable, teniendo al lado una flautista. ¿Y qué más hacéis los megarenses?

EL MEGARENSE.-Hacemos lo que podemos. Cuando yo salí para venir al mercado, nuestras
autoridades dictaban las medidas adecuadas para que la ciudad se arruine lo antes posible.

DICEÓPOLIS.-Es el mejor sistema para resolver vuestras dificultades de una vez para siempre.

EL MEGARENSE.-Así es.

DICEÓPOLIS.-¿Qué más ocurre en Megara? ¿Qué precio tiene el trigo?

EL MEGARENSE.-Alcanza tanta estimación y precio como los dioses.

DICEÓPOLIS.-¿Traes sal?

EL MEGARENSE.-¿Cómo, si os habéis apoderado de todas nuestras salinas.

DICEÓPOLIS.-¿Y ajos?53 .

EL MEGARENSE.-¿Qué ajos? Si siempre que invadís nuestras tierras arrancáis todas las plantas como si fuéseis ratones de campo.


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53 El ajo constituía la base de la alimentación de los campesinos y del pueblo bajo.

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DICEÓPOLIS.-¿Qué traes, pues?

EL MEGARENSE.-Traigo estos cerditos, para los sacrificios54 .

DICEÓPOLIS.-¡Ah, muy bien! ¿A verlos?

EL MEGARENSE.-¡ Mira éste qué hermoso! Tómalo a
peso si quieres. ¡Qué gordo y hermoso es este!

DICEÓPOLIS.-Y éste ¿qué es?

EL MEGARENSE.-¿No le ves? Otro gorrino.

DICEÓPOLIS.-¿Qué dices ahí? ¿De dónde?

EL MEGARENSE.-No es un hermoso cerdito?

DICEÓPOLIS.-A mí no me lo parece.

EL MEGARENSE.-¿Que no? ¡Tu incredulidad es asombrosa! ¡Decir que no es un cerdito! Apostemos si quieres, un celemín de sal mezclada con tomillo a que esto es lo que los griegos llaman un cerdito.

DICEÓPOLIS.-Si; un cerdito de los que pertenecen a la especie humana.

EL MEGARENSE.-Si, por Diócles55, puesto que me pertenecen ¿A quién crees tú que pertenecen? ¿Quieres oír como gruñen?

DICEÓPOLIS. Bueno; no hay inconveniente.

EL MEGARENSE.-Gruñe pronto, cochinillo. ¿A qué te callas, desdichado? Te volveré a casa, por Hermes.

UNA MUCHACHA.-Crrr... Crrr...

EL MEGARENSE.-¿Es o no un cerdito?

DICEÓPOLIS.-Ahora lo parece; pero bien alimentado estará mejor.

EL MEGARENSE.-Dentro de cinco años, te lo aseguro
será como su madre.

DICEÓPOLIS.-Pero tal como está no sirve para el sacrificio.

EL MEGARENSE.-¿Y por qué?

DICEÓPOLIS.-Porque no tiene cola56 .

EL MEGARENSE.-Aún es muy joven; cuando crezca tendrá una cola grande, gorda y colorada. Pero si es para criarlo aquí tienes al otro, que es muy hermoso.

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54 Cada iniciado ofrecía a Deméter el sacrificio de un cerdo.
55 Diales era el héroe nacional de Megara
56 Sólo se sacrificaban víctimas perfectas.

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DICEÓPOLIS.-Se parecen como hermanos o, mejor dicho, como hermanas.

EL MEGARENSE.-Las dos son hijas del mismo padre y de la misma madre. Cuando se engorde y se cubra de pelos será la mejor víctima que pueda ofrecerse a Afrodita.

DICEÓPOLIS.-A Afrodita no se le sacrifican cerditos.

EL MEGARENSE.-Que no se le sacrifican cerditos o cerditas a Afrodita? Precisamente es la única diosa a quien le agradan. La carne de estos animales es riquísima, sobre todo cuando se la clava en el asador.

DICEÖPOLIS.-¿Ya no necesitan mamar de la madre?

EL MEGARENSE.-Ni del padre, por Poseidón.

DICEÓPOLIS.-¿Qué come ésta de preferencia?

EL MEGARENSE.-Lo que le des. Puedes preguntárselo a ella misma.

DICEÓPOLIS.-iGorrin! ¡Gorrin!

LAS MUCHACHAS.-Crrr... Crrr...

DICEÓPOLIS.-¿Os gustarán los garbanzos?

LAS MUCHACHAS.-Crrr... Crrr...

DICEÓPOLIS. ¿Y los higos? ¿Te gustan los higos de Fibalis?

LA PRIMERA MUCHACHA.-Crrr... Crrr...

DICEÓPOLIS.-¿Y tú, también comerás higos?

LA SEGUNDA MUCHACHA.-Crrr... Crrr...

DICEÓPOLIS.-iCómo ha gruñido por los higos! Traedle algunos y vamos a ver si los come. ¡Sopla! ¡Con qué afán los devoran, Heracles venerado! Parece que son de Tracia57. Pero es imposible que se hayan comido todos los higos.

EL MEGARENSE.-Todos, menos uno que he cogido yo.

DICEÓPOLIS.-A fe mía que es una bonita pareja. ¿Por cuánto me la vendes?

EL MEGARENSE.-Este, por una ristra de ajos, y el otro, si te gusta, por un quénice58 de sal.

DICEÓPOLIS.-Trato hecho. Espérame aquí.

EL MEGARENSE.-¡ La cosa marcha! Hermes, protector del comercio: concédeme que pueda vender lo mismo a mi mujer y a mi madre!59


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57 Ciudad imaginaria cuyo nombre se deriva de tragar o devorar.
58 Medida de capacidad equivalente a un litro ocho centilitros
59 Esta súplica indica el extremo a que había llegado en Megara la miseria

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UN SICOFANTE.-¡ Buen hombre! ¿De dónde eres?

EL MEGARENSE.-Soy un megarense, vendedor de cerdos.

EL SICOFANTE.-Pues yo denuncio como enemigos a tus lechoncillos y a ti.

EL MEGARENSE.-¡Vaya! ¡Aquí tenemos otra vez a la fuente de todos nuestros males!

EL SICOFANTE.-Te arrepentirás de haber venido. Deja pronto ese serón.

EL MEGARENSE.-(Gritando) ¡Diceópolis! ¡Diceópolis!! Que me denuncia un no sé quien...

DICEÓPOLIS.-¿Quién te denuncia# Agorámonos, ¿por qué no arrojáis del mercado a los delatores? - ¿Cómo quieres alumbrarnos sin linterna?60 .

EL SICOFANTE.-¿No tengo el derecho de denunciar a los traidores?

DICEÓPOLIS.-Pero será a costa de tu pellejo, si no te largas a otro sitio con tus delaciones.

EL MEGARENSE.-¡Qué peste para Atenas!

DICEÓPOLIS.-Tranquilízate megarense; aquí tienes el precio de tus lechoncillos; toma los ajos y la sal. Adiós y buena suerte.

EL MEGARENSE.-Ya no es costumbre tener buena suerte entre nosotros.

DICEÓPOLIS.-Cierto, he dicho una tontería. ¡Que la culpa recaiga sobre mí!

EL MEGARENSE.-Id, lechoncillos míos, y, a ver si lejos de vuestro padre, hay quien os dé de comer tortas con sal.

CORO.-Este hombre (por Diceópolis) es muy feliz. ¿No has oído cuán provechosa le ha sido su determinación? Se gana la vida sentado tranquilamente en su mercado, y si se presenta Cresias o algún otro delator, les tratará como merecen. Nadie te engañará en la compra de comestibles; Prépis no restregará contra tí sus posaderas de invertido; Cleónimo no te dará empellones; cruzarás por entre la multitud vestido de fiesta sin temor de que te salga al encuentro el pleitista Hipérbolo, ni de que, al pasear por el mercado, se te acerque Cratino, pelado a la manera de los libertinos, o aquel canallesco Artemon, en cuyas axilas se esconden chivos apestados. Tampoco se burlarán de tí en el Agora ni el


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60 La voz griega significa alumbrar y delatar.
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granuja Pauson ni Lisístrato61, oprobio de los colarginenses; ése, que impregnado de todos los vicios, como el paño en la púrpura que le tiñe, padece hambre y frío más de treinta días al mes.

UN TEBANO.-(Que entra seguido de un criado.)-¡Por Heracles! ¡Cómo me duele el hombro! - Isménico, descarga con cuidado el poleo; y vosotros, flautistas tebanos, soplad con vuestras flautas de hueso por el agujero mayor de esa piel de perro62 .

DICEÓPOLIS.-¡Callad, malditos! ¿Si habrán echado raíces en mi puerta semejantes moscones? ¿De dónde vendrán esos discordantes flautistas, dignos discípulos de Quéris?

EL TEBANO.-Por lolao63, ¡con qué placer les vería irse al infierno! Desde Tebas vienen soplando detrás de mí, y me han arrancado todas las flores del poleo. Extranjero, ¿quieres comprarme aves o saltamontes?

DICEÓPOLIS.-Salud, pequeño beocio, devorador de canecillos. ¿Qué traes?

EL TEBANO.-Cuanto de bueno hay en Beocia: orégano, poleo, esterillas, mechas para lámparas, ánades, grajos, francolines, pollas de agua, reyezuelos, mergos...

DICEÓPOLIS.-De modo que entras en el mercado como el huracán que abate las aves contra el suelo.

EL TEBANO.-También traigo gansos, liebres, zorras, topos, erizos, gatos, píctidas, nutrias, anguilas del Cópais…64

DICEÓPOLIS.-¡Oh, qué deliciosísimo bocado acabas de nombrar! Si traes anguilas, déjame que las salude.

EL TEBANO.-Sal, tú, la mayor de las cincuenta vírgenes Copaidas, a regocijar con tu presencia a este extranjero65 .

DICEÓPOLIS.-¡Querida mía, por tanto tiempo deseada, al fin has venido a satisfacer



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61 Parásito, natural del demo de Colárges; su pobreza y descaro eran extraordinarios.
62 Las flautas a que alude el tebano eran parecidas a las gaitas.
63 Héroe tebano, compañero de Heracles.
64 Lago de Beocia, cuyas anguilas eran muy grandes y apreciadas.
65 Alusión a las cincuenta Nereidas.
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los deseos de los coros cómicos y los del mismo Moricos!66 Esclavos, traedme el fuego y el aventador. Mirad, muchachos, esta hermosa anguila, que al fin viene a visitarnos después de seis años de espera. Saludadla, hijos míos. Llevadla adentro. Como te guisen con acelgas ni aún la muerte podrá separarme de tí.


EL TEBANO.-¿Y cuánto me vas a pagar por ella?

DICEÓPOLIS.-Esta me la darás por derechos de entrada. ¿Quieres vender alguna otra cosa?

EL TEBANO.-Claro que sí; quiero venderlo todo.

DICEÓPOLIS.-Vamos a ver: ¿cuánto pides? ¿O prefieres cambiar por otras tus mercancías.?

EL TEBANO.-Conforme, me llevaré a Atenas lo que no hay en Beocia.

DICEÓPOLIS.-Entonces querrás anchoas del Falero y cacharros.

EL TEBANO.-¿Anchoas y cacharros? De sobra los tenemos. Sólo quiero llevarme cosas que no hay allí y aquí se encuentran en abundancia.

DICEÓPOLIS.-Ahora comprendo; llévate un delator bien empaquetado, como si fuese una vasija.
EL TEBANO.-¡Por los Dioscuros! Ese sí que sería un negocio rendondo: cargar con un mico lleno de malicias.

DICEÓPOLIS.-Muy oportunamente llega Nicarco a delatar a alguno.

EL TEBANO.-Muy chiquito de talla es ese.

DICEÓPOLIS.-Si; pero todo veneno.

NICARCO.-¿De quién son estas mercancías?

EL TEBANO.-Mías; y juro por Zeus que las traigo de Beocia.

NICARCO.-Pues bien, yo las denuncio como mercancías procedentes del enemigo.

EL TEBANO.-¿Qué furia te mueve a declarar la guerra a las aves?

NICARCO.-Y también te denunciaré a tí.

EL TEBANO.-Pero, ¿qué daño te he hecho yo?

NICARCO.-Te lo diré en atención al público: traes mechas del país enemigo.

EL TEBANO.-¿Eres por tanto, un denunciador de mechas?

NICARCO.-Una sola puede prenderle fuego al arsenal marítimo.
66 Poeta trágico y gastrónomo reputado.

EL TEBANO.-¡Una mecha incendiar el arsenal! ¿Cómo?

NICARCO.-Cualquier beocio enciende una mecha, la ata a un insecto alado y, aprovechando un momento en que el Bóreas sople con violencia, la lanza sobre la flota por medio de un tubo; si el fuego prende en cualquier navío, es seguro que se abrasará en seguida toda la flota.

DICEÓPOLIS.-¡Pero qué sinvergüenza! ¿De modo que para reducir a cenizas la escuadra bastan una mecha y un insecto? (Le da varios golpes).

NICARCO.-¡Sedme testigos! (Favor)

DICEÓPOLIS.-Tápale la boca; dame bálago y mimbres para envolverle y podérmele llevar como una vasija sin que se rompa en el camino.

EL CORIFEO.-Buen hombre, ata bien tan delicada mercancía, no se te quiebre en el camino.

DICEÓPOLIS.-Eso a mi cargo queda, aunque deja oír un crujido como si se hubiera rajado en el horno. !Crujido odioso a los inmortales!

EL CORO.-¿Qué hará con él?

DICEÓPOLIS.-Me servirá para todo: de recipiente de los males, de mortero para majar pleitos, de linterna para espiar a los recaudadores y de barreño donde se enturbien todas las cosas.

EL CORIFEO.-Pero ¿quién se atreverá a usar un vaso cuyos crujidos resuenan incesantemente en la casa?

DICEÓPOLIS.-Es sólido, amigo mío, y no se quebrará fácilmente si se le cuelga de los pies, cabeza abajo.

EL CORIFEO.-(Al tebano).-En suma, es un buen negocio para tí.

EL TEBANO.-(Poniéndose a recoger toda su mercancía). Si; pero me llevo todas mis cosas.

EL CORIFEO.-Muy bien, noble extranjero, llévate tus cosas y echa al sicofante encima para llevártelo adonde te plazca.

DICEÓPOLIS.-Trabajo me ha costado empaquetar a ese granuja. Ea, amigo, toma tu vasija y llévatela.

EL TEBANO.-Ismánico, cárgatela sobre los hombros.

DICEÓPOLIS.-Procura llevarla con cuidado. Aunque no llevas nada bueno, sin
embargo, es fácil que salgas ganancioso con tu carga; serás feliz por gracia de los
delatores. (Vase el Tebano).

UN CRIADO.-(Enviado por Lámaco).-¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.-¿Quién va? ¿Qué me quieres?

EL CRIADO.-Lámaco te suplica que le des, mediante este dracma, algunos tordos para celebrar la fiesta de las copas, y que por otros tres le vendas una anguila del Cópais.

DICEÓPOLIS.-¿Quién es ese Lámaco que desea la anguila?

EL CRIADO.-Pues bien, Lámaco el terrible, el invencible, el que lleva una Gorgona en el escudo y sobre cuyo casco se agita un triple penacho de plumas.

DICEÓPOLIS.-Pues a ese Lámaco no le venderé nada, aunque me dé su escudo; en vez de comer pescado que se entretenga en agitar sus penachos. Si se alborota, llamaré a los agoránomos. Y, ahora, me voy y me llevo la mercancía.
"...al rumor de las alas vivas de los mirlos y de los tordos."

EL PRIMER SEMICORO.-¿No veis, ciudadanos, la extremada prudencia y discreción de ese hombre, que, después de haber pactado sus treguas, puede comprar cuantas cosas suelen traer los mercaderes, útiles unas a la casa y gratísimas otras al paladar?
Todos los bienes penetran por sí mismos en su morada. Nunca admitiré en mi casa al belicoso Polemo67; jamás cantará en mi mesa el himno de Armodio, porque es un ser cuya embriaguez es temible. Arrojándose sobre nuestros bienes, descargó sobre nosotros todos los males, la ruina, la destrucción y la muerte; en vano le decíamos amablemente: "bebe, acompáñanos en la mesa, acepta esta copa de amistad", porque entonces atizaba con más violencia el incendio de nuestros rodrigones y derramaba el vino de nuestras copas.

EL SEGUNDO SEMICORO.-Abundante mesa es la de Diceópolis; orgulloso de su suerte, arroja en los umbrales de su casa esas plumas, indicio de su regalada vida.
¡Oh, Paz, compañera de la bella Afrodita y de sus amigas las Gracias! ¿Cómo he podido desconocer tanto tiempo tu sin par belleza?
¡Ojalá me despose contigo un Amor coronado de rosas como el que está allí

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67 Polemo, personificación de la guerra.
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pintado!68. ¿Me crees acaso demasiado viejo? Pues si me enlazo a tí podré, aunque anciano, hacer tres cosas en obsequio tuyo: plantarte ante todo una larga hilera de` jóvenes vides; y luego, al lado, tiernos retoños de higuera y, finalmente, a pesar de mis años, un vigoroso sarmiento, todo ello rodeado de un campo de olivos, con cuyo aceite podamos mutuamente ungimos en las Neomenias.


UN HERALDO.-Se hace saber: que conforme a la costumbre patria, vais a beber en vuestras copas al son de las trompetas; el que primero haya apurado su vaso recibirá en premio el odre de Ctesifon69 .

DICEÓPOLIS.-Muchachos, mujeres, ¿no habéis oído? ¿Qué hacéis? ¿No habéis oído el pregón? Coced las viandas, asadlas; retirad pronto las liebres de los asadores; tejed las coronas; dadme asadorcillos para los tordos.

CORO.-Celebro tu suerte, amigo mío, y más que todo, esa tu discreción admirable, por la cual gozas de tan delicioso banquete.

DICEÓPOLIS.-Pero ¿qué diréis cuando veáis cómo se asan mis tordos?

EL PRIMER SEMICORO.-También creo que tienes razón en eso.

DICEÓPOLIS.-(A un criado).-Atiza el fuego.

EL PRIMER SEMICORO.-¿Véis cómo dispone su comida, y qué cocinero es, tan hábil y experimentado?

UN LABRADOR.-(Que entra miserablemente vestido).¡Desgraciado de mí!

DICEÓPOLIS.-¡Por Heracles! Y éste ¿quién es?

EL LABRADOR.-Un desdichado.

DICEÓPOLIS.-Pues sigue tu camino.

EL LABRADOR.-¡Ah, excelente hombre! Ya que las treguas se han pactado sólo para tí, cédeme un poco de tu tratado de paz, aunque no sea más que por cinco años. DICEÓPOLIS.-¿Cuál es la desgracia que te aflige?

EL LABRADOR.-Estoy arruinado; he perdido una yunta de bueyes.

DICEÓPOLIS.-¿Y Cómo?

EL LABRADOR.-Me la quitaron los beocios en la toma de Fijé70 .

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68 Alusión quizás a un Amor coronado de rosas y radiante de hermosura que Zeuxis había pintado en el templo de Afrodita, en Atenas.
69 Epigrama contra Ctesifón, que era muy grueso y panzudo.
70 Aldea del Atica.
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DICEÓPOLIS.-¡ Oh, triple infortunio! ¿Y aún vas vestido de blanco?

EL LABRADOR.-Esos bueyes, ¡oh, poderoso Zeus, me tenían en la más deliciosa abundancia?

DICEÓPOLIS.-¿Y qué necesitas ahora?

EL LABRADOR.-Tengo los ojos enfermos de tanto llorar. Si algún interés te merece Dérceles de Filé frótame pronto los ojos con el bálsamo de la paz.

DICEÓPOLIS.-Pero, desdichado, yo no soy médico público71

EL LABRADOR.-Hazlo, por piedad, para ver si puedo recobrar mis bueyes.

DICEÓPOLIS.-Me es imposible; vete con tus lágrimas a los discípulos de Pítalo72 .

EL LABRADOR.-Ponme siquiera una gota de paz en esta cañita.

DICEÓPOLIS.-Ni la más pequeña gota. Vete a gemir a otra parte.

EL LABRADOR.-)Desdichado de mí, que me he quedado
sin mi pareja de bueyes de labranza!

EL SEGUNDO SEMICORO.-Este hombre ha conseguido con su tregua muchas ventajas, de las cuales, al parecer, no quiere hacer partícipe a nadie.

DICEÓPOLIS.-(A un criado).-Echa miel en las salchichas y pon a freír los calamares.

EL SEGUNDO SEMICORO.-¿Oís cómo levanta el tono?

DICEÓPOLIS.-Asadme esas anguilas.

EL SEGUNDO SEMICORO.-Nos vas a matar de hambre, a nosotros y a todos los vecinos con tus voces y con el olorcito.

DICEÓPOLIS.-¡Que esté bien dorado ese asadito!

UN PARANINFO. 73(entrando).- ¡Dicéopolis!

DICEÓPOLIS.-¿Quién me llama?

EL PARANINFO.-Un recién casado te envía esta parte de su convite de boda.

DICEÓPOLIS.-Quienquiera que sea, es muy amable.

EL PARANINFO.-Te suplica que, en cambio, le eches en este vaso de alabastro una copita de paz para que pueda eximirse de hacer la guerra y quedarse en casa disfrutando de los placeres del amor.



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71 Alusión a los médicos que en Atenas estaban encargados de prestar gratuitamente sus servicios a los pobres.
72 Alusión a los médicos de Atenas.
73 Nombre del que acompañaba al recién casado cuando se dirigía a su casa con su esposa.
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DICEÓPOLIS.-Llévate, llévate tus viandas y nada me des, pues no le cedería una gota por mil dracmas. (Designando a una mujer que acompaña al paraninfo)

EL PARANINFO.-Es la doncella de honor. Quiere hablarte a ti solo, de parte de la novia.

DICEÓPOLIS.-(A la doncella de honor) Vamos, ¿qué tienes que decirme?... (La mujer le cuchichea al oído) ¡Qué pretensión tan extravagante! La novia quiere obtener de mí que pueda guardar con ella el miembro de su hombre. ¡Qué le voy a hacer! Traedme el tratado. Haré una excepción por ella puesto que es una mujer y no es responsable de la guerra. Acerca el frasco, hija mía. ¿Sabes la manera de emplearlo? Dile a la desposada que cuando se haga la leva de los soldados, unte con esto el miembro de su marido. (Al criado que le ha traído el tratado.) Llévate el tratado. Traed el cacillo para que llene de vino las copas.

EL CORO.-Ahí se acerca uno con el entrecejo fruncido, como si nos fuera a anunciar alguna desgracia.

EL MENSAJERO.-(Llamando a la puerta de Lámaco).¡Aquí las fatigas, aquí las batallas con todos los Lámaco!

LÁMACO.-¿Quién llama a esta puerta con adornos guerreros?
EL MENSAJERO.-El Estado Mayor te ordena que, reuniendo a toda prisa tus batallones y penachos, partas hoy mismo, a pesar de la nieve, a custodiar la frontera. Se ha sabido que los beocios piensan invadir nuestro territorio, con ocasión de estarse celebrando la fiesta de las Copas y de las Ollas.

DICEÓPOLIS.-¡Ah los generales! ¡Si su calidad estuviera en razón de su cantidad!

LÁMACO.-Sea como sea, me resulta muy penoso no poder celebrar la fiesta.

DICEÓPOLIS.-¡ Compadecemos a esas pobres tropas que
deben librar esos combates lamáquicos!

LÁMACO.-¡Por vida de ..! ¿Te atreves a burlarte de mí?

DICEÓPOLIS.-¿Quieres batirte contra un Gerión de cuádruple penacho?74 .

LÁMACO.-¡Vaya noticia la que me ha traído el mensajero!

DICEÓPOLIS.-¡Oh! !Oh! ¿Qué tendrá que decirme a mí este otro que llega corriendo?

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74 Gerión era un gigante de tres cuerpos.
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EL OTRO MENSAJERO.-¡Diceópolis!

DICEÓPOLIS.-¿Qué me quiere?

EL OTRO MENSAJERO.-Corre al festín y lleva una cesta y una copa, pues te invita
el sacerdote de Dionysos; pero apresúrate, los convidados te esperan. Ya está todo prepa­rado: los triclinios, los cojines, los tapetes, las coronas, los perfumes y los postres; hay allí mujeres y galletas, pasteles, tortas de sésamo, rosquillas y hermosas bailarinas, delicias de Harmodio; 75 pero corre, no pierdas tiempo.

LÁMACO.-¡Maldito sea mi sino!

DICEÓPOLIS.-¿Cómo se te ocurrió pavonearte con la gran Gorgona de tu escudo?
Cerrad la puerta y que pongan mis vituallas en el cesto.

LÁMACO.-¡ Esclavo! Tráeme mi saco de viaje.

DICEÓPOLIS.-iEsclavo! Tráeme la cesta.

LÁMACO.-Trae sal mezclada con tomillo y cebollas.

DICEÓPOLIS.-Y a mí, peces;
me cansan las cebollas.

LÁMACO.-Tráeme tocino rancio envuelto en una hoja de higuera.

DICEÓPOLIS.-Coge también una hoja de higuera pero envuelve con ella aquel picadillo tan sabroso.
LÁMACO.-Tráeme las dos plumas de mi casco.

DICEÓPOLIS.-A mí los pichones y los tordos.

LÁMACO.-¡ Qué hermosa y qué blanca es esta pluma de avestruz!

DICEÓPOLIS.-¡Qué hermosa y qué dorada está la carne de este pichón!

LÁMACO.-¿Acabarás, buen hombre, de burlarte?

DICEÓPOLIS.-¿Acabarás tú, buen hombre, de mirar de reojo mis tordos?

LÁMACO.-(A su criado) Tráeme el estuche que contiene mi triple cimera.

DICEÓPOLIS.-Tráeme ese pastel de liebre.

LÁMACO.-¡Cómo han devorado las polillas mis penachos!

DICEÓPOLIS.-¡Cómo voy a devorar pastel de liebre antes del banquete!

LÁMACO.-¿Acabarás, buen hombre, de dirigirme la palabra?

DICEÓPOLIS.-¿Yo? Yo no te hablo; disputo hace rato con mi criado (Dirigiéndose a su criado) ¿Quieres apostar, y Lámaco decidirá la cuestión, si los saltamontes son
mejores que los tordos?


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75 Es decir, del banquete.
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LÁMACO.-Estás muy insolente.

DICEÓPOLIS.-Dice que son más sabrosos los saltamontes.

LÁMACO.-Esclavo, descuelga la lanza y tráemela.

DICEÓPOLIS.-Esclavo, descuelga las morcillas y tráemelas.

LÁMACO.-(Tirando de un extremo de la vaina mientras que el criado tira del otro).

DICEÓPOLIS.-(Imitando el juego con una morcilla) Ten tú también firme y no la sueltes.

LÁMACO.-Saca las abrazaderas de mi escudo.

DICEÓPOLIS.-Saca del horno los panecillos, que son las abrazaderas de mi estómago.

LÁMACO.-Tráeme el disco del escudo con la cabeza de Gorgona.

DICEÓPOLIS.-Tráeme el disco de aquel pastel con queso.

LÁMACO.-La verdad es que tienen poca gracia esas burlas.

DICEÓPOLIS.-La verdad es que resultan deliciosos estos manjares.

LÁMACO.-Echa aceite en el escudo para frotarlo. Veo en él la imagen de un viejo que será acusado de cobardía.

DICEÓPOLIS.-Echa miel al pastel. Veo en él la imagen de un viejo que hace rabiar al penachudo Lámaco.

LÁMACO.-Muchacho, tráeme mi coraza de campaña.

DICEÓPOLIS.-Muchacho, tráeme la copa; es mi coraza contra la sed.

LÁMACO.-Con esto, podré responder a los golpes.

DICEÓPOLIS.-Con esto podré responder a las copas.

LÁMACO.-Sujeta esas correas a mi escudo.

DICEÓPOLIS.-Sujeta los platos en la cesta.

LÁMACO.-Cogeré el saco de viaje y lo llevaré yo mismo.

DICEÓPOLIS.-Yo cogeré este manto y me marcharé.

LÁMACO.-Toma el escudo y anda. ¡Caracoles! ¡Está nevando! Mal tiempo para la fanfarria.


DICEÓPOLIS.-Recoge las viandas. Tengo que cenar. (Salen ambos).



EL CORIFEO.-Idos los dos y buena suerte en vuestras expediciones. ¡Qué caminos tan diversos seguís! Aquél beberá, coronado de flores; tú harás centinela medio helado; aquél dormirá con una hermosa muchacha que le friccio­nará el sistema.

EL CORO.-¡Qué Zeus confunda al hijo de Psácas, a Antímaco, poetastro infeliz, que, siendo corega76 en las fiestas Leneas, me mandó a casa sin cenar! ¡Ojalá le vea yo algún día ávido de comerse un calamar, y cuando esté ya frito, chirriando en la sartén, servido en la mesa aderezado con sal, en el momento de llevarlo a la boca, un perro se lo arrebate y escape con él!
Además de ese mal, le deseo otra aventura nocturna: que al volver febril a su casa, después de la equitación, se tropiece con Orestes borracho, y éste, enfurecido, le rompa la cabeza, y que pensando tirarle una piedra, coja en la oscuridad un excremento reciente y, al lanzarlo con ímpetu como si fuera un guijarro, yerre el golpe y le pegue a Cratino!77 .


UN CRIADO DE LÁMACO.-¡Esclavos de Lámaco, pronto, pronto, calentad agua en un pucherillo! Preparad trapos, ungüento, lana virgen y vendas para atarle el tobillo. Al saltar una zanja se ha herido con una estaca, se ha dislocado un pie y se ha roto la cabeza contra una peña; la Gorgona saltó del escudo, y al ver el héroe su formidable penacho caído entre las piedras, declamó estos versos terribles:
Brillante objeto, ya no volverán a verte mis ojos, El sol se extingue para mí; ya no seré quien fuí..
Dicho esto, cae en una zanja, se levanta, se arroja sobre los fugitivos, y le dan una lanzada.


LÁMACO.-¡Ay, ay, ay! ¡Qué agudos dolores¡ ¡Qué frío¡ Me muero, triste de mí, herido por una lanza enemiga. Pero aún será más terrible mi desgracia si Diceópolis, al verme en tal estado, se burla de mi infortunio.


DICEÓPOLIS.-(Con una mujer de cada brazo) ¡Ay, ay, ay! ¡Qué firmes al tacto vuestros senos! Verdaderas manzanas. Dadme un beso, tesoros; un beso dulce y voluptuoso. Pues yo he sido el que he bebido la primera copa.


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76 El Corega tenía a su cargo ordenar por su cuenta los gastos teatrales y parece que este Antímaco trató mezquinamente a los artistas.

77 Orestes y Cratino, dos personajes de la época, muy conocidos.

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LÁMACO.-¡Oh, suerte funesta! ¡Oh, dolorosas heridas!

DICEÓPOLIS.-Hola, salud, caballero Lámaco.

LÁMACO.-¡ Infeliz de mí!

DICEÓPOLIS.-(A una de las mujeres) ¿Por qué me besas?

LÁMACO.-¡Ay, como sufro¡

DICEÓPOLIS.-(A la otra mujer) ¿Por qué me mordisqueas?

LÁMACO.-¡ Infortunado! ¡Qué duro escote pagué en el combate!

DICEÓPOLIS.-Pues qué, ¿se paga escote en la fiesta de las copas?

LÁMACO.-¡Oh, Pean! ¡Pean!78 .

DICEÓPOLIS.-¿Pero es que hoy se celebran las fiestas de
Apolo?

LÁMACO.-¡Levantadme, levantadme esta pierna¡ Tirad de ella hacia vosotros, amigos.


DICEÓPOLIS.-Y vosotras dos cogedme el miembro por en medio y tirad hacia vosotras, amiguitas.

LÁMACO.-La herida de la cabeza me da vértigos y voy a desvanecerme.

DICEÓPOLIS.-Yo quiero irme a la cama; lo tengo bien en forma y voy a beneficiarme de estas amistades.

LÁMACO.-Llevadme a casa de Pítalo y ponedme en sus expertas manos.

DICEÓPOLIS.-Y a mí llevadme ante los jueces. ¿Dónde está el rey? Dadme el odre señalado como premio.

LÁMACO.-La terrible lanzada me ha llegado al hueso.

DICEÓPOLIS.-(Mostrando la copa que acaba de vaciar) Mirad esta copa vacía. ¡Victoria! ¡Victoria!

EL CORO.-¡ Victoria! buen hombre, pues así lo deseas, clamemos ¡Victoria!

DICEÓPOLIS.-Y la he vaciado de un trago aunque estaba llena de vino puro.

EL CORO.-¡ Victoria, valiente héroe! Recoge tu odre y ven.

DICEÓPOLIS.-Seguidme cantando: ¡Victoria! ¡Viva el glorioso vencedor!

EL CORO.-¡Victoria! ¡Viva el glorioso vencedor! y que vivan el odre y el bebedor.


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78 Otro sobrenombre de Apolo, honrado como dios de la medicina.





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