viernes, julio 10, 2026

AHI ESTÁN LOS TARAHUMARAS.







AHI ESTÁN LOS TARAHUMARAS


José Triana


Una confrontación directa con los mecanismos más oscuros del poder, el aislamiento y el fracaso de los grandes relatos utópicos del siglo XX. Escrita en el invierno parisino de 1993 —en pleno Período Especial cubano y tras el colapso del bloque soviético—, esta pieza breve del insigne dramaturgo cubano condensa, mediante una atmósfera que oscila entre la farsa trágica y el teatro del absurdo, el desmoronamiento de un microcosmos que espejea el macrocosmos de una nación y de un proyecto histórico.


La obra nos encierra con ÉL y ELLA en un espacio claustrofóbico que la acotación define magistralmente como un «cementerio de muebles rotos» y de «monigotes inconclusos». Esta imaginería evoca de inmediato el mito de Frankenstein, citado no en balde como epígrafe: el deseo demiúrgico del ser humano por crear vida, por moldear un «hombre nuevo» o un «orden perfecto», que termina devuelto en forma de fragmentos inservibles y deformes.

ÉL asume el rol del líder desgastado, el Merlín o el Midas que pretendió imponer una ley absoluta sobre las cosas y los seres, transformando el hogar en un cuartel sitiado donde todo disidente exterior es catalogado como enemigo. ELLA, por su parte, se debate entre la sumisión alienada y la resistencia creativa; construye febrilmente un monigote que nunca logra concluir, atrapada en la misma inercia de una utopía que se muerde la cola.

El agua, cuyo rumor abre y cierra la pieza, opera como un elemento mutante y asfixiante. Lo que comienza como el ruido cotidiano de un grifo abierto se transmuta, mediante el diseño de luces, en una pecera o piscina metafórica. Los personajes no habitan la realidad; flotan en un limbo de neblina y mitologías distorsionadas (las sirenas, Alejandría, el Mediterráneo). La pecera es el aislamiento definitivo: el espacio donde se puede ver el exterior pero no se puede escapar, donde el lenguaje se deforma y los golpes contra el vidrio no producen eco.

La irrupción obsesiva de los «tarahumaras» —inspirada tangencialmente por las lecturas que Antonin Artaud hiciera del misticismo y los ritos de la etnia del norte de México— funciona aquí como el retorno de lo reprimido. Los tarahumaras de Triana no son la comunidad indígena real, sino la personificación del miedo del creador ante su propia criatura. Son los monigotes deformes que cobran vida para exigir el sacrificio del demiurgo, cobrándole gota a gota la sangre por haberlos concebido a medias, por haberlos dejado como «caricaturas de calcomanías». Al final, la nana tradicional cubana («Señora Santana») que ELLA canta para acunar a un ÉL infantilizado y aterrorizado, sella la pieza con una nota de devastadora ternura y desesperanza: la pérdida de la manzana (la inocencia, el futuro) es irreversible.

Pequeña joya de la dramaturgia latinoamericana contemporánea, José Triana nos demuestra que, cuando el poder se vuelve delirio y la realidad se niega, el escenario se inunda inevitablemente con las sombras de nuestros propios fantasmas.


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Ahí están los tarahumaras

José Triana


Para Antonio Díaz Zamora

«Los hombres somos seres incompletos». Frankenstein – Mary W. Shelley
«No supieron ni entendieron; porque encontrados están sus ojos para no ver, y su corazón para no entender». Isaías, Versículo 10, capítulo 44



Personajes:


  • ÉL
  • ELLA

Lugar: Un escenario, con una mesa y dos sillas y otros objetos.

Época: Actual.


La luz juega un papel importante en esta breve escena, casi podría decir que es un personaje. El escenario es un cementerio de muebles rotos, de objetos inservibles y de fragmentos de monigotes o de monigotes inconclusos, creando una atmósfera especial. En algún momento debe crearse, por medio de la luz, la imagen de una pecera. No subrayar demasiado esta imagen en las escenas iniciales. Entra ÉL. Viste un pantalón de piyama. Los cabellos los trae revueltos. Óyese el ruido del agua de un grifo abierto. El ruido del agua crece. ÉL, soñoliento, mira como si estuviera delante de un abismo o precipicio, totalmente indiferente; se sienta en una silla. El ruido del agua se desvanece. ÉL se acoda en la mesa y vuelve a quedarse dormido. Óyese un murmullo de voces, risas -tal vez la evocación de los gemidos de las míticas sirenas-, choques de cadenas, violentos golpes en los laterales, y cantos de una salmodia, mezclado a un crujido de papeles o de ramas ardiendo. El murmullo de las voces se intensifica. Entra ELLA, ajena a estos ruidos, vestida con una bata de dormir corriente, de las que se venden en los almacenes al por mayor, y trae unas tijeras y un vaso de agua. Los ruidos cesan. Al verlo dormido, sonríe, y va a tocarlo, pero renuncia a hacerlo. Pausa breve.

ÉL.(Entre sueños.) Sí, ahí están los tarahumaras... ¡Ahí están!

ELLA.(Susurrante.) Querido. (Lo besa en la mejilla.) Querido... ¿De qué hablas? ¿De los qué...? ¡No te entiendo!

ÉL.(Molesto.) Ah, déjame. No me despiertes, por favor. (Pausa. Se acomoda y saca un paquete de cartas de la baraja. Lo pone encima de la mesa.) ¿Me das un poquito de agua? (ELLA lo mira fijamente, sonríe y le extiende el vaso.) Gracias. (Toma el vaso y bebe.) Uf, qué sabor amargo.

ELLA.(Bebe un sorbo de agua, y se sienta en el suelo y continúa su labor creando un monigote con papel y vendas, esparadrapos y goma de pegar. Con gran sentido del humor.) ¿Amargo? ¡Son tus sueños, querido! El agua es agua. ¡Creas fantasmas! (Pausa. Vuelve a beber.) ¿Por qué te has levantado?

ÉL.— Te oía trasteando. Parecías un ratón y sentí miedo.

ELLA.(Rápida, casi sin oírlo. Refiriéndose al trabajo que realiza.) ¡Sabes que tengo que terminarlo!... ¡Cuestión de un rato!... Si lo interrumpo, jamás llegaré al final. Como ha sucedido otras veces. Aunque no lo creas, me siento harta de andar guardándolos sin haberlos concluido. Ya espacio no poseemos en esta casa..., los cuartos abarrotados, el desván, la cocina, el cuarto de baño, los pasillos, en las cornisas, pegados y clavados al cielorraso y en los aleros del patio..., y un día nos caerán encima... ¡Te imaginas!... (Otro tono.) Y no estoy dispuesta tampoco a que lo que un día pensamos necesario, hoy se nos venga abajo. ¡No y no! ¡Insisto! ¡Insisto! (Otro tono.) ¡Échame una manito, anda! ¡Vamos, chico! ¡Deja eso!

ÉL.— ¿Para qué me lo pides, si sabes que no lo haré?... ¡Me niego! Estoy convencido de que no vale la pena...

ELLA.(Rápida.) ¡Tú siempre con tus manías! (Pausa. Otro tono. Deteniendo su labor.) ¿Miedo, dijiste? ¿Miedo, por qué? ¡Un ratón, dices!... Exageras, Dios mío, como si estuviéramos en el fin del mundo..., o un cataclismo se aproximara...

ÉL.— No sé lo que me sucedió. (Pausa.) Tuve un sobresalto. Un espacio vacío, el borde de un precipicio. Ríete, bobita. (Toma las cartas de la baraja y las revuelve, luego las pone sobre la mesa y la divide en dos grupos.) Creo que todavía no he despertado. Sigo durmiendo. (Extiende las cartas hábilmente sobre la mesa.) ¡Debo consolarme contándote historias, porque no puedo aceptar la realidad! ¡Si lo hiciera, será el final!... ¡Sí, querida, sí! ¡A mal tiempo buena cara!, dice un viejo refrán. (Otro tono.) Veo un mapa azul. Un lago. Quizás el mar. Oigo que cae el agua en el sueño. Y es una pecera, y es el mar Jónico, y yo estoy en la cueva de los misterios... y tú... Tú estás en la cama y te levantas. Vas al cuarto de baño, y enciendes la lamparilla del espejo. Eres y no eres. Estás y no estás delante del espejo, que se vuelve un borrón de neblina...

ELLA.(Burlona.) ¡Ah, sí!... ¿Cómo lo sabes?

ÉL.(Extrañado.) ¿Por qué estoy diciendo esto?... ¿Qué hora es?

ELLA.— ¿No has oído el reloj?

ÉL.(Ordena nuevamente las cartas.) ¿Cuál?

ELLA.— El reloj.

ÉL.— Aquí no existen relojes. Te dije que miraras en tu corazón.

ELLA.(Divertida.) Pues ahora oigo las campanadas muy clarito. Tres lentos, y muy pausados din don, din don, din don... (Riéndose, abstraída, mirándolo en su juego con las cartas.) ¡Qué imaginación, la tuya! (ÉL la observa un segundo, y se queda abstraída mirando hacia el vacío.) Recuerdo una vez, era graciosísimo, te dio por creer que estabas en Alejandría..., y era de noche y el mar extendía un banco de algas amarillas y rojas..., y yo te decía: «No querido, estamos en el Mar Negro...», y después me decías: «Mira el bosque negro de los asfodelos, y los sauces llorones, qué nostalgia, mira, cúbrete la cabeza y echa hacia atrás los huesos de mi madre», y yo me reía, y los perros aullaban como lobos, y tú nadabas en un arroyo y el agua parecía ceniza o lo era y volabas entre los escarabajos..., y cuando se te metió en la cocorotina que estábamos a punto de hundirnos en las aguas del Mediterráneo... ¡Siempre quieres hacerme ver lo que no existe!

ÉL.— ¡Sólo en los sueños te reconcilias conmigo! ¡O me haces ver que lo haces, o me juegas cabeza!... Te afanas..., te afanas para escapar de nuestro amor que es una mentira..., o un fracaso.

ELLA.— ¡No digas eso! ¡Te quiero! ¡Te acepto!

ÉL.— Aunque a veces te cueste un poco.

ELLA.— ¡Mentira!...

ÉL.— ¡Tramposilla! A veces...

ELLA.— ¡Nunca!

ÉL.— ¿Estás segura?

ELLA.— ¡Segurísima!

ÉL.— ¡Blanco sobre negro!

ELLA.(Enérgica.) ¡El tramposo eres tú!...

ÉL.(Abandona las cartas de la baraja.) ¡Y si ahora te dijera que ahí están los tarahumaras! ¡Ahí! Los siento, desde que me levanto hasta que me acuesto, y aun entre los sueños se me aparecen... Tú piensas que es un capricho...

ELLA.(Rápida.) ¡Un juego!

ÉL.(Rápido.) ¡No, no estoy jugando!

ELLA.(Detiene la construcción del monigote.) Sigue.

ÉL.(Con las cartas entre las manos.) Sé que estaban a un paso, ahora, por la madrugada, que roncaban o simulaban que roncaban, ahí, entre las sábanas, parecidos a un caracol. (Otro tono. Leyendo las cartas.) La reina en la constelación de Andrómeda, y la luna como un pastor guiando el rebaño...

ELLA.(Vuelve a su quehacer. Divertida.) Sigue...

ÉL.(Leyendo las cartas.) Estaba dormido, y sentí que circulaban a mi lado y saltaban mariposas, y era un enjambre loco...

ELLA.(En su quehacer. Divertida.) Sigue...

ÉL.(Con una sonrisa leve.) ¡No, no quieres que siga! Mejor otra historia..., ¿no te parece? (Improvisando, mezclando su realidad y una historia que se va forjando a medida que las palabras le llegan a los labios.) Vi entonces sobre un monte plateado tres lunas... Golpeaban en la puerta. Tres lunas y giraban sobre mi cabeza. Y golpeaban en la puerta manos, muchas, manos solas, únicas... manos diversas... No veía los cuerpos. (La mira) ¡Te lo juro!... (ELLA se afana en su trabajo. Prácticamente tiene construido las piernas y el tronco del monigote.) Y entraba en un arca con remos que alguien movía sobre un pantano, y las rocas se convertían en hombres y mujeres, lo recuerdo y lo estoy viendo..., y el arca era un barco lunar y era el equinoccio de otoño y la luna nueva se abría y llegaban las lluvias infernales, y yo te buscaba, y me decían, no sé quiénes, «rey sagrado», y el barco lunar se deslizaba hasta llegar a una planicie de agua inmóvil..., y yo no sabía dónde estaba, la inmovilidad del agua me hipnotizaba, eso pensé o creí que pensaba, o me hacía un barullo de palabras que se volvían letras, cayendo, letras, y yo le buscaba el sentido, sí, querida, en la superficie lisa, en la fría planicie del agua...

ELLA.— ¿De qué hablas..., otra historia, o estás rezando?

ÉL.— ¡Déjame!

ELLA.(Muy suave, dulce.) Querido, me confundo. Quisiera saber, saber a fondo. Es como si tuviera una estrella entre las manos y se me escapara. (Otro tono.) ¡Ven, ayúdame! (Otro tono.) ¿Y los tarahumaras? ¿Qué significan? ¿Por qué los metes en esto?

ÉL.(Señalando el fondo del escenario.) ¡Ahí están! (Abandona el juego de las cartas.)

ELLA.(Abstraída en su quehacer.) ¡Cabeza de mulo!

ÉL.— ¡Tan claro ni el agua!...

ELLA.— ¡Cuentos de camino!

ÉL.— ¿Cuentos de caminos?... ¡Ja! ¡Ya verás! Porque has sido tú..., quien los ha metido en esta casa...

ELLA.(Abandona su quehacer, cruzándose de brazos.) ¿Que yo?... Oye, querido, se te fue la mano..., ¡que yo! (Se pone en pie, y toma el vaso de agua y ve que está vacío. Con violencia contenida.) ¡Quien te oiga pensará que yo soy la inventora de esa patraña, que me paso el santo día buscándole las cinco patas al gato!

ÉL.— ¡No estás muy lejos!

ELLA.— ¡Eso es lo más lindo que tengo que oír!... Que tú, que tú... ¡Mejor, punto en boca! (Pausa breve.) ¡Si me ayudaras no estarías en todas..., en todas esas invenciones de medio pelo, en esa basura...! (Otro tono.) ¡Mira mi trabajo! ¡Míralo! Es precioso... Si me ayudaras, ya hubiera terminado. (Otro tono.) ¡Sí, querido, es la realidad!... (Vuelve a su quehacer.) ¡Así que yo...! ¡No te entiendo!

ÉL.— ¡Porque me rechazas!

ELLA.— ¡A palabras necias, oídos sordos! ¡Tú eres, tú, quien me rechaza! ¡Habráse visto! No sigas en ese jueguito, que te veo venir, y no estoy de acuerdo... ¡Qué odioso, Dios mío! ¡Qué roñoso, que...! Ah, mi niño, ¿qué es lo que tú quieres decirme y no me dices?... ¡Oye lo que te digo! ¡De unos días a esta parte estás insoportable!

ÉL.— ¡Di lo que se te antoje! Dilo, y no me jeringues. Sé lo que me traigo entre manos, aunque tú no lo creas, nenita linda... ¡Pronto me darás la razón!

ELLA.— ¡Lo mismo, siempre lo mismo! ¡Aclárame, pues!

ÉL.— ¿Aclararte, qué?

ELLA.— Lo que andas pregonando... ¡Tus augurios! ¡Tus visiones!... (Sarcástica.) En la fría planicie del agua...

ÉL.(Violento.) ¡Ni augurios, ni visiones!

ELLA.(Desafiante.) ¿Entonces, qué?

ÉL.(Sarcástico, acercándose a ella y poniéndose en cuclillas a su lado.) Pero, querida, queridita, tú no te das cuenta, tú vives con los ojos vendados, tú..., ¿en qué mundo vives?

ELLA.(Violenta.) ¡Déjate de payaserías! ¡Ayúdame! ¡Esto es lo que tienes que hacer! (Comienza a golpear con un martillo un pedazo de cartón. Rotunda.) ¡Vivo por esto, entregada a esto! ¡Noche y día!... ¡Y tú, tan campante! ¡Sí, no me mires así! ¡Soy yo quien tiene que enfrentarse en cuerpo y alma! ¡Y tú, tú, mirando pajaritos en el aire! ¡El gran señor de la mesa cuadrada!... ¡No me quejo! ¡Es la verdad! ¡Fuiste tú, tú, quien me puso la idea en la cabeza! ¡Niégalo, anda! ¡Atrévete! Fuiste tú, como quien no quiere la cosa, que me dijiste: «A nuestra incapacidad para la vida debemos darle un sentido.» Y yo te dije: «¿A qué te refieres, qué inventas?» Y tú me dijiste: «Podríamos realizar el sueño que ha obsesionado al hombre.» Y comenzaste a explicarme, y yo no entendía ni pizca, y me decía: «¡Qué bruta soy, qué bruta», y quería estar a tu nivel... «bruta, bruta», me repetía, y era tanta mi confusión que, en aquel instante, me entraron escalofríos y me pasé una semana enferma, volando en fiebre... ¡Sí, fuiste tú el inventor, el que me empujó a hacerlo! ¡Ahora me echas en cara, me recriminas! ¡No me vengas con pamemas! ¡Enfréntate a tu propia obra! Tú lo has querido... ¡Imbécil!... Bastante me has atormentado, que así no, que asao. Había días que me ponías los nervios de punta... (Sonrisa amarga de ÉL.) ¡Ríete! ¡Qué gracia, verdad!... Y yo detrás de ti, siguiendo tus pasos. Era como si estuvieras creando el universo, en cinco días..., y naturalmente, a fuerza de luchar conmigo misma, a fuerza de batallar, a poquito empecé, sí, igualito que un niño balbuceando, tanteando en la oscuridad... (Gesto de ternura de ÉL, que intenta tocarle el mentón y ELLA lo rechaza. Feroz.) Apártate. (ÉL no se mueve y le sonríe de una manera compasiva.)

ÉL.— Cálmate, mujer.

ELLA.— ¡Vete!

ÉL.— ¡No sigas en ese estado, por favor!

ELLA.(Golpeando el monigote que ha ido construyendo.) ¡Me sacas de quicio! No quiero verte. No quiero oírte. Déjame tranquila.

ÉL.(Apartándose, pero sigue cerca de ella. Una zona de sombra lo cubre.) ¡Te empecinas, inútilmente!

ELLA.(Desesperada.) ¡Ah, cielo, tierra, trágame, húndeme! (El monigote se ha hecho pedazos. ELLA solloza desconsolada, perdida en su confusión.) Yo quería hacer algo. Yo quería ser útil. ¿La vida es esto, Dios mío?... (Pausa larga.) Ni el castigo de un diluvio, ni lo otro, lo que no conozco... Ni soy una sacerdotisa, como tú te burlas, ni... No puedo aceptarme. No puedo aceptarlo. Quizás sea mi orgullo, o mi pobreza... Mi incapacidad tal vez... Estoy delante de un muro, y es mi propia cara... (Llorando, las lágrimas le cubren el rostro.) Pedazos, pedazos..., rastrojos. ¡Qué miseria! (Pausa larga.)

ÉL.(Saliendo lentamente de la zona de sombra.) Es cierto, querida. Fui yo. Sí. (Pausa.) Ah, si existieran las palabras..., si yo pudiera decirte esta larga contienda, este andar en la tiniebla..., destrozado, arañando, mordiendo sombra... ¡Si yo pudiera!... En esta mediocridad, en este vacío... ¡Mira a tu alrededor! ¡Sombras que ríen, que bailan...! ¡Sombras de sombras! La casa, esta casa, mi casa..., yo quería..., yo deseaba, que el mundo, que tú y yo fuéramos, cómo decirte, que... (Hace un gesto de abrazarla y termina abrazándose a sí mismo. Pausa. Solloza. Pausa.) ¡Es horrible pensar que se vive una vida inútilmente!... Porque... (Balbucea varias veces esta palabra buscando otra palabra. Otro tono, casi con una inocencia desconcertante.) ¿Es que existe una intelligence superior a nosotros que ha determinado o determina nuestros gestos, nuestros actos, nuestras palabras? Si es así, entonces, es el silencio..., debo aceptarlo todo. Pero, ¿si es todo lo contrario?... (Pausa. Otro tono. Las palabras le llegan a los labios dulcemente, como en un éxtasis.) ¡Sí, es probable!... Luego, yo puedo... (Otro tono.) Naturalmente que puedo, y no sólo eso... (Otro tono. Como una música.) Debo, sí, debo... Tengo todo mi derecho... Debo cambiar las cosas... y el mundo. (Otro tono.) Y entre ceja y ceja se me metió la idea de un destino. De un destino fantástico. Y me construí una leyenda. Yo soy el salvador, yo soy el redentor. Bienaventurados los que siguen mis palabras. Bienaventurados... (Con arrogancia súbita.) Y tú y yo empezamos..., suaves y duros. ¡Mucha mano izquierda, querida, encaja de perilla! ¡No te detengas nunca, ni para coger impulso!... ¿Recuerdas?... Fue fácil. Era la casa, nuestra casa, mi casa... Nadie podía detenerme. ¡Yo soy el dueño absoluto! ¡Yo y nadie más que yo! Por ende yo imponía mi orden. Yo imponía mi ley... (Con una sonrisa diabólica.) ¿Es capaz una silla de rebelarse? ¿O una mesa? ¿Un vaso? ¿Una cortina? ¿Un tiesto, un alfiler, una aguja en un pajar? ¿Un tareco cualquiera? ¡No! ¡Eso nunca!... ¡Porque eso es lo que son, tarecos, tarecos! (Tono de extravío, y al mismo tiempo fascinado por su discurso.) ¿Y por qué no construimos un monigote a nuestro gusto? ¿Por qué no?... Otros han soñado un hombre nuevo. El hombre perfecto. Una maquinaria perfecta. De una perfection admirable... Ahí están los libros. Miles y miles de libros hablan de lo mismo. Científicamente, sistemáticamente. Y otros, otros... El sueño de Frankenstein. La Eva futura, Locus Solus y el robot... Y nadie ha dado pie con bola. Después de interminables y laboriosas buscas en los laboratorios y en la alquimia, nadie, nadie... ¿Por qué nosotros no lo intentamos? El perfecto monigote. Como un acto de magia. ¡Así! (Va hacia la mesa, coge las cartas y las esparce de un golpe por el escenario.) Quien no haya sufrido en carne propia la ardiente seducción de la magia no podrá comprender su tiranía. (Se ríe, mefistofelicamente. En un frenesí.) ¡Sí, yo soy Merlín! ¡El encantador de caminos! ¡Yo soy el rey Midas!... (ELLA se ríe con largas y estruendosas carcajadas.) ¡Apártense!... ¡Yo soy el mágico señor de los milagros!

ELLA.(Todavía riéndose y burlona.) ¡Bravo! ¡Bravo! ¡Formidable, muchacho!

ÉL.— ¡Aguántate, coño! Déjame terminar.

ELLA.(En su paroxismo.) ¡Te la comiste! ¡El despelote, qué bárbaro!... (Desesperada, golpeándose el pecho.) Y he sido yo quien ha recibido los peores palos, sí, digo lo que pienso..., ya no podrás hacerme callar... He sido yo y esta casa..., corriendo a toda mecha..., de un lado para otro, corre que te corre, y golpes van y golpes vienen, a tutiplén... (Imitándolo.) Haz esto, haz lo otro. Entrarás por los carriles. Soy yo quien manda. Arriba y abajo. ¡Sin compasión! Y yo sin saber qué hacer. (Gritando.) ¡Piedad! ¡Piedad! ¡Dios mío, ayúdame! ¡Mírame en este desamparo!

(Lo mira, indecisa, con ternura o compasión. Da unos pasos por el escenario, y se detiene, con un sollozo ahogado. ÉL la observa, furioso, con los brazos cruzados, esperando que ELLA termine. Otro tono.)

Me hubiera gustado transformarme en una hormiguita. Algo insignificante. Algo que desconozco, en lo invisible. ¡Sí, eso hubiera sido una solución! Pero no puedo..., y además no tengo fuerzas, y ando al garete. (Otro tono.) Abajo y arriba hasta la eternidad.

ÉL.— ¡Cállate, carajo!

(Pausa. ELLA cae totalmente derrotada. ÉL la mira con desprecio.)

Te vuelves loca por hacer un numerito.

ELLA.— ¡Miserable! ¡Estafador! ¡Payaso! ¡Destruye, cambia, más rápido volveremos al principio! ¡Me llevas a paso de conga! ¡Algún día me las pagarás!

ÉL.— ¡Tú no puedes conmigo, muñeca! ¡Ponte al buen vivir y sin chistar! ¡Ésas son las reglas del juego!

ELLA.(Cae de rodillas.) ¡Maldito, maldito, maldito!

ÉL.(Hablando para sí.) En llegando este punto... Las cosas no podían marchar... Era evidente. Y pensé que existía un culpable, y había que atajarlo a tiempo, porque si no, la casa se me caía encima, y los culpables eran los que estaban afuera, los vecinos. Eran ellos los que conspiraban, los que impedían que mi pensamiento, que mi obra se realizara. (Gritando.) Candela contra el macao. Candela. (Otro tono.) Medidas de urgencia. Medidas imprescindibles. (Gritando.) Guerra a muerte contra el enemigo. (Otro tono.) Ahora verán lo que es bueno. (Otro tono. Narrativo.) Y me lancé en ese proyecto. Impecable, implacable. Todos son mis enemigos. Todos. Pero el peor enemigo lo tengo en casa, sí, lo sé..., lo descubrí un día, porque oí risitas y vocecitas entre dientes...

ELLA.— ¡Mal risco te pele, degenerado!

ÉL.— Los muebles, ellos..., las sillas, las mesas, las cortinas... ¡Es increíble!, me dije. ¡Increíble, pero cierto!... (Pausa. Otro tono.) El lamento de esas sombras me atormenta, desde lo invisible. (Cambio de tono.) Y me di a la tarea de mirar a mi alrededor... ¡Sí, eran ellos! Y no sé de qué modo, ni cuándo ni por qué empezaron a tener una vida independiente. Hacen lo que les viene en gana. ¡Sí, parece increíble y ridículo! Solapados, astutos, permanecen sometidos a la ley del menor esfuerzo, al vaivén de la ola marina. Un pasito pa’delante, y tres pasitos pa’trás. ¡Poco valen mis discursos!... Las palabras caen en un barril sin fondo, en un pozo sin eco. Y la casa se va agrietando y derrumbando, y yo no puedo contener esta avalancha. Lo mismo sucede con estos monigotes. ¡Qué endiablado sarcasmo! Ellos, que debían ocupar un lugar prominente..., ellos, que estaban hechos para un destino superior... ¡Míralos!... Nunca hemos podido construir uno que alcance la perfección..., a medias siempre..., o peor..., caricaturas de calcomanías...

ELLA.— ¡No te des por vencido, querido!

ÉL.— Demasiado tarde.

ELLA.— No digas eso.

ÉL.— Reconócelo.

ELLA.— ¡Intentémoslo!... ¡Al menos uno!

ÉL.(Rotundo.) ¡No! (Otro tono.) ¡Ésa es la tribu de los tarahumaras!

ELLA.(Aferrándose a ÉL. Desesperada.) ¡La tribu de los tarahumaras! ¡Los tarahumaras!... ¿Qué significa?

ÉL.— ¡No sé! ¡No sé!... ¡Tú los verás, al fin! ¡Ahí están!... Entre sueños me dicen..., que son ellos los tarahumaras, y cantan y bailan, con sus rostros pintarrajeados... Los veo, querida, desnudos... Ellos, estos monigotes... Con sus brazos colgantes, las bocas torcidas, los ojos hundidos, o fuera de las órbitas, a ratos sólo el tronco, o las piernas y el tronco, sin cuellos ni cabezas ni caras, o cabezas rodando como pelotas enormes de baloncesto..., bailan y bailan y cantan, en el fondo del mar, alrededor de una hoguera que es una racha fosforescente de agua y neblina..., y estoy a sus albedríos, muy próximo al sacrificio..., me tironean, me amarran a un palo, en una roca alta, me tiran lanzas..., me increpan, me insultan, me beben la sangre gota a gota, repiten mis gestos y discursos, pues fungen de vengadores..., y oigo la turbulencia del agua..., el sonido que es un hueco de agua, un sonido hueco..., ahí están, ahí están..., y tengo miedo... (Casi en un sollozo.) ¡Tengo miedo!

ELLA.(Suspira angustiada.) No te entiendo. (Pausa breve. Resignada.) ¡Qué importa! (Le acaricia el rostro, y dulcemente lo acuna, mientras canta.)

Señora Santana,

¿por qué llora el niño?

- Por una manzana

que se le ha perdido.

- Yo le daré una,

yo le daré dos.

Una para el niño

y otra para Dios.

-Yo no quiero una,

yo no quiero dos.

Yo quiero la mía

que se me perdió.

- Duérmete, mi niño.

Duérmete, mi amor.

Duérmete pedazo de mi corazón.

(Vuelve a escucharse, como al inicio de la obra, el ruido del agua de un grifo abierto. Los personajes se miran espantados e intentan abrazarse. El ruido del agua crece. La luz del escenario se transforma en una piscina o pecera, y los dos personajes se mueven apenas en el agua. El ruido del agua se desvanece. Óyese un murmullo de voces, risas -tal vez la evocación de los gemidos de las míticas sirenas-, choque de cadenas, violentos golpes, y cantos de una salmodia, mezclado a un crujido de papeles o de ramas ardiendo. El murmullo de las voces se intensifica. El cementerio de muebles rotos y de objetos inservibles y de fragmentos de monigotes o de monigotes inconclusos se mueve amenazante y se eleva y forma poco a poco una danza en la luz del agua. Los personajes quieren salir de la pecera, y no pueden, aunque golpean ferozmente sus paredes.)

Telón

París, en invierno, 1993.

jueves, julio 09, 2026

PHANTASMAS.

  

PHANTASMAS

VA una de Fantasmas

(Una farsa espectral en un acto)

de BENJAMIN GAVARRE



® BENJAMIN GAVARRE SILVA

bengavarre@gmail.com


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PHANTASMAS


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Personajes

  • LIZÁRRAGA (45 años): El nuevo rico. Un avaro de primera que se pone horny de la nada, solo por el placer de poseer cosas.
  • TIBURCIA (65 años): Su esposa. Tacaña extrema. Tantas cirugías en la cara que no puede sonreír sin levantar mecánicamente el brazo izquierdo.
  • POLIXENA (Sombra): La elegante Madame del antiguo salón. Refinada, boca sucia cuando se enoja y armada con un atomizador espectral.
  • LORENZO ANTONIO (Sombra): El jardinero y galán del más allá. Rudo, guapo, con un soplido letal y mucha iniciativa para el caos.
  • DOÑA ENRIQUETA (85 años): Anciana sabelotodo con andadera. Cascarrabias e invasora de propiedades.
  • CARMELITA (45 años): Su asistente sufrida. Obediente por fuera, pero con pensamientos muy pícaros.
  • MATEO Y VALENTINA (Los Hipsters): Pareja moderna, insoportablemente optimistas, amantes del minimalismo y de sus perros.
  • LA MUERTE: Un espectro imponente con túnica y guadaña que se comunica como un mimo flojo y expresivo. Adicta al té y a los ruidos guturales.

 

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Escenario

El lujoso pero decadente salón de una casona porfiriana en la colonia Roma. Un piano de cola cubierto con una sábana, un biombo elegante y un escritorio con una botella de vino antiguo.

 

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ACTO ÚNICO

ESCENA 1: LA TRADICIÓN OFENDIDA

(Al abrirse el telón, LIZÁRRAGA y TIBURCIA revisan las paredes con avaricia. Sentados sobre el piano están POLIXENA y LORENZO ANTONIO, invisibles para los vivos.)

LIZÁRRAGA (Frotándose las manos y respirando agitado, tocándose el pecho) ¡Tiburcia, mi amor! Estar en este palacio que compramos por tres cacahuates en el remate judicial... ¡no sé qué me pasa, pero me está alborotando la hormona! ¡Bésame, mi francesa de plástico, que me pongo como toro de lidia!

TIBURCIA (Empujándolo rígidamente mientras se le levanta el brazo izquierdo hacia el techo) ¡Quítate, Lizárraga, que se me van a botar los puntos de la última cirugía del cuello! Además, el aire me huele raro...

POLIXENA (Indignada, sacando un atomizador dorado de su vestido) ¡Qué vulgares! Lorenzo, es hora de usar el perfume familiar de mi tía abuela: "Esencia de Pantano Olvidado".

(Polixena rocía el aire directamente hacia las caras de los avaros. Lizárraga y Tiburcia se detienen en seco, arrugando la nariz.)

LIZÁRRAGA ¡Cielos, mi amor! ¿Se rompió la tubería del baño? ¡Huele a calcetín de vagabundo!

LORENZO ANTONIO (Dando un paso al frente, tronándose los dedos con malicia) Déjamelos a mí, Polixena. A estos les hace falta una buena podada de orgullo.

(Lorenzo Antonio se acerca sigilosamente por detrás de ellos, les agarra las cabezas con las manos invisibles y les sopla fuertemente en la nuca) ¡Fuuuuu!

LIZÁRRAGA Y TIBURCIA (Dando un brinco al mismo tiempo, tocándose el cuello) ¡¡Ay, cabrón!! ¡Qué frío!

 

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ESCENA 2: EL EFECTO ESTROBOSCÓPICO Y EL DESPRENDIMIENTO

LIZÁRRAGA (Tratando de calmarse, ve la botella en la mesa) ¡Mira! Una botella de vino gratis. ¡A la salud del remate!

(Lizárraga sirve dos copas. Ambos beben de un trago largo. Al instante, se congelan en una postura dramática. La luz cambia a un rojo intenso y comienza un efecto estroboscópico -luces parpadeantes-. Suena una música espectral distorsionada.)

(En cámara lenta, los actores que interpretan a Lizárraga y Tiburcia hacen el gesto de "desprenderse" de sí mismos, dando un paso ligero hacia atrás, mientras la luz enfoca sus "cuerpos" que caen rígidos al suelo como costales. El efecto cesa. Las sombras parpadean, ya libres.)

LIZÁRRAGA (FANTASMA) (Viendo su propio cuerpo en el piso) ¡Ah, chinga! ¿Quiénes son ustedes? ¿Y por qué nos estamos viendo desde el piso?

LORENZO ANTONIO (Poniéndole un pie encima al "cuerpo" de Lizárraga en el piso y cruzándose de brazos) Porque ya pasaron a mejor vida, patrón. Pero lástima que su destino no es aquí arriba.

POLIXENA (Con una sonrisa gélida) ¡Bienvenidos a la inmortalidad, par de tacaños! Tomaron de mi reserva personal. La Muerte ya viene por su comisión.

(Desde el biombo, LA MUERTE entra arrastrando la guadaña. Se detiene, mira a los avaros, saca un reloj de arena, lo señala con impaciencia y hace un sonido gutural seco y reprobatorio: "¡Ajem! 💀".)

LIZÁRRAGA (FANTASMA) ¡Nooo! ¡Mis propiedades! ¡Esto es un maldito fraude!

(La Muerte hace un gesto de mimo señalando hacia el sótano y emite un quejido grave y definitivo: "¡Grrrr uju! 💀". Lorenzo Antonio les da un ligero empujón y una fuerza invisible arrastra a Lizárraga y Tiburcia hacia la darkness del Purgatorio.)

 

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ESCENA 3: LAS INVASORAS Y EL JARDINERO

(Las luces regresan a un tono ámbar. Se escucha afuera el rítmico golpe de una andadera de aluminio: "¡Taca, taca, taca!". Entra DOÑA ENRIQUETA empujando su andadera, seguida de CARMELITA con pesadas maletas.)

ENRIQUETA ¡Perfecto, Carmelita! Me merezco vivir aquí, en este palacio porfiriano. ¡Esta casona es mía por derecho histórico! Yo conocí a los dueños originales. Madame Polixena era una insufrible pretenciosa y su jardinero, Lorenzo Antonio, un pelado infame que olía a tierra.

POLIXENA (Furiosa, dando un paso al frente) ¡¿Cómo me llamó la perra?! ¡Lorenzo Antonio, ataca!

LORENZO ANTONIO (Con una sonrisa lobuna) Con mucho gusto, Madame. A esta servidora le voy a quitar el estrés laboral de un plumazo.

(Lorenzo Antonio se desliza detrás de Carmelita y le planta un beso ruidoso y espectral en el cuello. Carmelita se tensa, abre los ojos como platos y empieza a suspirar con una sonrisa de oreja a oreja, retorciéndose.)

CARMELITA (En un aparte al público, abanicándose) ¡Ay, dios mío!... ¡Ah, qué bárbaro, este jardinero está bien bueno!... (Se tapa la boca, asustada) ¡¿Lo dije o lo pensé?!

ENRIQUETA (Volteando, escandalizada) ¡¿Pero qué te pasa, Carmelita?! ¡Pareces gata en azotea! ¡Compórtate, que estamos en una invasión respetable!

 

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ESCENA 4: EL DÍGALO CON MÍMICA MORTAL

(Enriqueta avanza hacia el escritorio y ve el libro antiguo abierto.)

ENRIQUETA Mira... El diario de la casona. (Lee en voz alta, entrando en trance poético) "Y los espectros... están esperando... por nosotras..." ¡Ay, el soponcio!

(Enriqueta cae fulminada por el paro cardíaco. Queda tiesa en el suelo. Carmelita entra en pánico, pero LA MUERTE aparece flotando a su lado.)

(La Muerte le toca el hombro. Carmelita voltea, aterrorizada. La Muerte, actuando como un mimo en "Dígalo con mímica", señala el cadáver de Enriqueta, luego señala a Carmelita y empieza a hacer señas para que repita las palabras malditas. La Muerte simula abrir un libro con las manos.)

CARMELITA (Adivinando la mímica, nerviosa) ¿Un... un libro? (La Muerte asiente feliz y señala hacia arriba de forma mística) ¿Y... y los espectros? (La Muerte aplaude y hace como que espera impaciente mirando un reloj imaginario) ¿Están esperando?... (La Muerte señala a Carmelita y a Enriqueta) ¿Por nosotras?

 

(La Muerte pone cara de "¡Eso es!" y hace un gesto dramático de llevarse la mano al corazón y caer muerta. Carmelita suspira aliviada y resignada.)

 

CARMELITA ¡Ah, qué la chingada!... Pues pensándolo bien, para lo que me queda de sueldo y de vida... ¡No me voy a quedar sola lidiando con el velorio! ¡Acompáñeme, señora! ¡¡Ujujuy!!

 

(Carmelita se lleva las manos al pecho exageradamente y cae al suelo de forma teatral.)

(Se repite el efecto de luces rápidas y cámara lenta. Los espíritus de ENRIQUETA y CARMELITA se levantan ágilmente de sus cuerpos.)

 

ENRIQUETA (FANTASMA) ¡Vaya! ¡Ya no me duele la ciática! Lorenzo Antonio... sigues igual de guapo, pecador.

LORENZO ANTONIO (Guiñándole un ojo a Carmelita mientras le ofrece el brazo a Enriqueta) Y ustedes se ven más vivas que nunca, damas. Bienvenidos al club.

 

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INTERMEDIO MUSICAL: El TIEMPO DE LOS FANTASMAS

(Las luces cambian a un tono azul de cabaret antiguo. Comienza a sonar una melodía pegajosa e intrigante tocada con un piano desafinado.)

(Los cuatro fantasmas -Polixena, Lorenzo Antonio, Enriqueta y Carmelita- junto con LA MUERTE, se alinean en el escenario. Comienzan a hacer un número musical corto y estilizado: un bailecito coordinado de jazz de sombras y pasos cómicos. Mientras bailan, Lorenzo Antonio toma la andadera de Enriqueta y la usa como bastón de baile, pasándosela a Carmelita.)

(Durante el baile, la Muerte arrastra los dos "cuerpos" del piso hacia atrás del biombo con total parsimonia. Al terminar la coreografía, todos posan con las manos en el aire. Un cartelón o una proyección en la pared del fondo dice con letras elegantes: "SEIS MESES DESPUÉS...". La música termina con un remate de piano.)

 

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ESCENA 5: LA INVASIÓN HIPSTER Y LA VENGANZA SÁDICA

(Las luces regresan al tono ámbar. Se escucha afuera el claxon de una mudanza y ladridos agudos: "¡Yaps, yaps, yaps!". Las puertas se abren de golpe. Entran MATEO y VALENTINA, vestidos con sombreros, lentes de marco grueso y plantas colgantes en las manos. Caminan por el salón desbordando optimismo.)

MATEO (Mirando el techo con emoción) ¡Valentina, amor! ¡No puedo creer que hayamos firmado las escrituras de este espacio ancestral! ¡Tiene una vibra súper orgánica! Quitaremos toda esta basura vieja y los biombos polvorientos.

VALENTINA ¡Sí! Todo de blanco minimalista. Y en esa esquina pondremos las camitas de nuestros tres perritos French Poodles. ¡Qué bueno que decidimos no tener hijos para conectar con la arquitectura!

LORENZO ANTONIO (Poniéndose al frente del grupo de fantasmas, tronándose los cuellos y estirando los brazos de forma ruda) ¿Blancos minimalistas? ¿Perros French? A estos dos copetones los voy a sembrar en el jardín de cabeza.

POLIXENA (Con una sonrisa macabra) Esto es el fin de la civilización... Afecten su preciada "vibra", mis espectros.

(Los cuatro fantasmas se alinean lentamente frente a los hipsters. Sus rostros se tornan sádicos, malévolos y sin pizca de piedad. La Muerte se coloca en medio de los cuatro.)

ENRIQUETA (FANTASMA) A estos me los almuerzo yo misma.

CARMELITA (FANTASMA) Les vamos a dar la bienvenida que se merecen.

 

(De pronto, las luces cambian a un azul tétrico. Los cuatro fantasmas, liderados por Lorenzo Antonio que da un paso amenazante, avanzan al mismo tiempo. Mateo y Valentina se detienen en seco; el aire se vuelve helado y sus expresiones cambian de la alegría al terror absoluto. Se congelan del miedo, incapaces de moverse.)

(LA MUERTE camina tranquilamente hacia adelante, se para frente a los hipsters aterrorizados, jala una silla del escritorio y se sienta con absoluta parsimonia. Saca una taza de té invisible, le da un sorbo lento mientras mira fijamente a la pareja y, rompiendo el silencio, lanza una carcajada espectral, profunda y espeluznante:)

 

LA MUERTE (Con un eco gutural, sádico y estruendoso) ¡¡¡JAJAJAJAJA... JAAAA!!! 💀

 

(Los cuatro fantasmas sonríen con crueldad rodeando a sus nuevas víctimas mientras el telón cae rápidamente.)

TELÓN

FIN

 

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Half Man (Lions) Reseña en CINEDEBATE: LOS SEIS EPISODIOS.

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Episodio 6 (Update) UPDATE HASTA FINAL DE SERIE

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