Dark Degas
El legado maldito
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- EDWARD BLACKWOOD (26 años): Archivista nocturno de la Bóveda Subterránea de Manuscritos Raros en la Biblioteca Bodleiana, Oxford. Viste un impecable chaleco de lana negra, levita oscura entallada y camisa blanca de cuello alto rígidamente almidonado. Su rostro es pálido, de facciones afiladas y melancólicas, enmarcado por un cabello oscuro ligeramente revuelto: la viva e inquietante imagen del autorretrato de juventud de Edgar Degas. Su porte es rígidamente británico: glacial, analítico y acorazado tras una silenciosa superioridad intelectual.
- BETHEAL (Edad indescifrable): Figura alta y cadavérica envuelta en un antiguo abrigo de tweed gris, deshilachado en los bordes. Su postura es encorvada, pero irradia una amenaza vertical asfixiante. Sus manos son anormalmente alargadas, de piel grisácea translúcida y dedos nudosos semejantes a raíces desenterradas. Su voz carece de aliento humano; es un susurro hipnótico y rasposo: una mezcla de podredumbre seca, piedra molida y terciopelo ajado.
Bóveda subterránea de piedra bajo la Biblioteca Bodleiana, en Oxford. Arcos góticos nervados de piedra caliza húmeda y secular se elevan hasta perderse en una tiniebla impenetrable. Altísimas estanterías de roble oscuro flanquean los muros como monolitos silenciosos. El aire es denso, saturado del aroma a vitela en descomposición, tinta ferrogálica, lacre viejo y frío subterráneo.
En el centro del escenario, una pesada mesa de lectura de roble jacobino. Sobre ella descansa una lámpara de banquero de bronce con pantalla de cristal verde esmeralda, la cual recorta un círculo de luz dura y enfermiza en medio de la penumbra. A la izquierda, ligeramente elevado sobre una tarima de madera, se encuentra el escritorio de EDWARD. Al fondo, en el centro, un arco ojival de piedra conduce hacia la negrura absoluta de una escalera de caracol. En lo alto del muro derecho, unos estrechos ventanales emplomados a ras de calle tiemblan bajo el embate incesante de una tormenta inglesa.
Esta pieza exige una dilatación agónica del tiempo. Los silencios entre réplicas no son pausas vacías, sino campos de batalla psicológicos. Cada sonido minúsculo —el paso de una foja de pergamino, el crujido del roble, el golpeteo de una uña— debe ejecutarse con una lentitud ritual, tejiendo una atmósfera de pavor gótico y seducción intelectual.
Oscuridad total durante diez segundos. Solo se escucha el azote constante de la lluvia contra los cristales emplomados superiores y el tictac lento y metálico de un reloj de péndulo invisible.
La cadenilla de bronce de la lámpara de banquero suena con un chasquido nítido. El resplandor esmeralda florece sobre la mesa central, proyectando un reflejo periférico espectral sobre EDWARD, quien se halla sentado e inmóvil en su escritorio. Enmarcado por las sombras, parece exactamente un retrato al óleo del siglo XIX. Sostiene un pequeño volumen en octavo. Lee.
Transcurren dos minutos completos de tiempo escénico. Edward pasa una sola página. El crujido seco del papel de trapo corta el silencio de la bóveda. Vuelve a su quietud absoluta.
De pronto, el tictac del reloj invisible se detiene en seco. El silencio interior se vuelve opresivo, irrespirable.
Desde el arco de piedra sumido en la negrura proviene un sonido lento y áspero. Un zapato pesado arrastrándose sobre las lajas de piedra. Pausa. Otro paso arrastrado.
Edward no levanta la cabeza. Sus ojos simplemente se detienen a mitad de la frase. Escucha. Con una exasperante parsimonia académica, coloca una cinta de seda negra sobre el pliegue abierto, cierra el pequeño volumen y apoya sus manos pálidas sobre la cubierta.
Del arco emerge BETHEAL. Parece deslizarse sobre las losas sin producir el menor roce de tela, deteniéndose frente a la barrera de caoba que separa el vestíbulo de la sala de lectura. Su rostro permanece oculto bajo el ala empapada de un sombrero oscuro y el cuello alzado de su abrigo. Solo sus manos monstruosas entran en la luz, posándose sobre la madera pulida como dos arañas blancas y marchitas.
Un silencio largo y contenido.
Betheal no responde. Su dedo índice derecho —anormalmente largo y torcido en la coyuntura— se eleva y deja caer su uña amarillenta contra la caoba. Tac. Cinco segundos. Tac. Cinco segundos. Tac. El sonido es hueco, como un nudillo golpeando la tapa de un ataúd.
Betheal alza el mentón una fracción de pulgada. El fulgor esmeralda de la lámpara roza sus labios cenicientos, dejando la mitad superior de su rostro anegada en dos cuencas de sombra sin fondo.
Un silencio denso. La mandíbula de Edward se tensa de forma casi imperceptible. Sus dedos pálidos presionan con un poco más de fuerza su libro cerrado, aunque su postura conserva una compostura rígida.
Con lentitud reptiliana, Betheal introduce la mano en el pecho de su abrigo gris y extrae una tarjeta rígida de vitela ennegrecida, grabada con sellos de plata deslustrada. La desliza sobre el mostrador de caoba.
Edward se levanta de su escritorio. Camina con pasos medidos y sin prisa hasta el mostrador. No toca la tarjeta; se limita a inclinarse ligeramente para inspeccionar la inscripción en latín arcaico. Advierte que, pese al diluvio torrencial que azota el exterior, el abrigo de tweed del desconocido está completamente seco y exhala un olor tenue y asfixiante a tierra quemada, ozono y polvo de osario.
Betheal lo observa desde las cuencas oscuras de su rostro. Un estertor seco y áspero —como hojas muertas arrastradas sobre grava— escapa de su garganta.
Los ojos de Edward se entrecierran levemente al escuchar su nombre de pila en boca de un extraño, pero no hace comentario alguno. Gira con sequedad sobre sus talones y desaparece en el laberinto negro de las estanterías traseras.
Betheal permanece inmóvil junto al mostrador; solo su cabeza gira con una suavidad antinatural mientras rastrea con el oído los pasos de Edward en la oscuridad. Lentamente, Betheal levanta una mano escuálida hacia la lámpara verde; la sombra proyectada sobre el muro de piedra caliza a sus espaldas no parece la de un hombre con abrigo, sino una silueta colosal y astada, de contornos quebrados semejantes a alas plegadas.
Desde las profundidades de la bóveda llega el chasquido metálico de una reja de hierro al abrirse, seguido por los pasos de regreso de Edward.
Edward emerge cargando un infolio masivo y deteriorado, encuadernado en piel de becerro ennegrecida y cerrado con broches de latón corroído. Lo deposita exactamente en el centro del círculo de luz esmeralda. Una nube de polvo secular se eleva dentro del haz luminoso.
Betheal se desliza alrededor del mostrador y toma asiento frente a la mesa de roble, de cara al público y de perfil a Edward. Edward retrocede hasta su escritorio en la tarima, pero permanece de pie, apoyando las manos sobre el atril como un fiscal en un tribunal.
Betheal posa sus dedos largos y nudosos sobre la cubierta de cuero agrietado. Cierra los ojos e inhala profundamente, saboreando la descomposición.
Betheal desengancha los broches de latón. Con lentitud, levanta la pesada cubierta. El lomo gime como una vértebra seca al partirse.
Pasa la primera foja. Luego la segunda. Sin embargo, no baja la vista hacia el pergamino. Sus cuencas negras como el alquitrán están clavadas por completo en el rostro pálido de Edward al otro lado de la sala. Sus dedos torcidos acarician la caligrafía a ciegas, rozando la tinta.
Transcurren veinte segundos de un silencio asfixiante, roto únicamente por el lento pasar de las páginas —Tac... Frrr... Tac— y la mirada sin parpadeos entre el archivista y el visitante.
Edward no dice nada. Sus nudillos emblanquecen contra el borde de su escritorio. Betheal pasa otra foja con un chasquido seco.
La lámpara verde de banquero parpadea con violencia, aunque no corre la menor brisa en la bóveda. La temperatura cae en picada; el aliento de Edward forma un vaho blanco en el aire glacial.
Un estruendo de trueno descomunal sacude las piedras subterráneas. El polvo cae suavemente desde las nervaduras de la bóveda.
Como si tiraran de él con hilos invisibles, Edward desciende de la tarima de madera. Sus movimientos son lentos, sonámbulos. Da un paso hacia la mesa. Luego otro.
Betheal se inclina hacia adelante, entrando de lleno en la cruda luz esmeralda. Su piel es un pergamino gris translúcido estirado sobre el hueso, surcado por una telaraña de venas negras palpitantes. Sus ojos son dos pozos de brea líquida.
Edward se detiene al borde de la mesa, mirando hacia abajo la vitela ensangrentada. Sus pupilas se dilatan; su pecho sube y baja con respiraciones cortas y ahogadas.
Las rodillas de Edward flaquean. Se hunde lentamente en la silla opuesta a Betheal. La sombra monstruosa en el muro detrás de la entidad se hincha hacia lo alto, extendiéndose sobre las estanterías como un dosel negro viviente.
La boca de Betheal se abre en una mueca triunfal y espantosa. El aire se espesa con el hedor del azufre y las rosas muertas.
Betheal extiende su mano derecha, marchita y semejante a una garra, sobre la página manchada de sangre del Folio M-41, con la palma hacia arriba, esperando.
Silencio absoluto. Incluso el azote de la lluvia en el exterior cesa por completo.
La pálida mano derecha de Edward se eleva lentamente de la mesa. Tiembla bajo la luz esmeralda. Pulgada a pulgada, sus dedos se acercan hacia la palma cadavérica de Betheal. La sombra gigantesca en la pared se arquea sobre ambos como unas fauces a punto de cerrarse.
Las yemas de los dedos de Edward quedan suspendidas a un milímetro de la piel muerta de la criatura.
Pausa de cinco segundos.
De pronto, el temblor en la mano de Edward cesa por completo. Sus dedos se inmovilizan con precisión quirúrgica.
Edward parpadea una vez. El estupor vidrioso desaparece de sus ojos, reemplazado al instante por una mirada de devastadora lucidez ártica y un profundo tedio intelectual. Con suavidad, retira la mano, cruza los brazos sobre el pecho y se reclina en la silla de roble, acomodándose el puño de la camisa.
La cabeza de Betheal se sacude hacia atrás como si hubiera recibido un golpe. Su mano extendida se crispa en el vacío. La sombra monstruosa sobre el muro de piedra caliza titubea y se encoge ligeramente.
Edward golpea secamente el pergamino abierto con su dedo índice.
Con un movimiento rápido y rotundo, Edward sujeta las pesadas tapas de cuero del Folio M-41 y cierra el volumen de golpe directamente en la cara de Betheal, obligando a la criatura a retirar las manos. El estallido resuena en la bóveda como un disparo de pistola.
Edward se pone de pie, colocando el enorme tomo bajo su brazo con calma posesiva.
Betheal se levanta de la silla con un rugido subhumano y ensordecedor que parte por la mitad la pantalla de cristal verde de la lámpara. La bombilla chisporrotea con violencia. El abrigo de la criatura se hincha como si lo llenara un vendaval helado.
Edward da un paso deliberado hacia la entidad. Sorprendentemente, es Betheal quien retrocede medio paso.
La sombra monstruosa en el muro se desploma hacia adentro, desprendiéndose del techo abovedado como hollín que se disuelve.
Betheal parece marchitarse dentro de su abrigo de tweed gris. Su estatura imponente se derrumba hasta convertirse en la silueta encorvada y patética de un mendigo derrotado. Sus manos nudosas tiemblan al aferrarse al respaldo de la silla.
Edward saca un reloj de bolsillo de plata de su chaleco, mira la esfera un instante y cierra la tapa con un chasquido seco.
Edward levanta el brazo y señala con rigidez implacable hacia el arco de piedra sumido en la negrura.
Betheal le clava una última mirada de odio destilado y milenario, pero su forma física ya comienza a deshilacharse en los bordes. Sin emitir un solo sonido, la criatura retrocede tambaleándose hacia el arco. En lugar de subir la escalera, su silueta simplemente se desintegra en la penumbra como un puñado de ceniza negra dispersado por una corriente de aire.
En el instante mismo en que se desvanece, el reloj de péndulo invisible retoma su tictac metálico y constante, y el murmullo limpio y rítmico de la lluvia regresa a los altos ventanales emplomados.
Edward permanece solo en el centro de la bóveda. Su respiración es serena, sin prisa. Con exactamente la misma parsimonia deliberada que al inicio de la obra, sube de regreso a su tarima, abre con llave un pesado cajón de hierro en su escritorio, guarda dentro el Folio M-41 y gira la cerradura dos veces.
Se sienta. Alisa las solapas de su levita oscura, reabre su pequeño volumen en octavo, retira la cinta de seda negra y retoma la lectura en la palabra exacta donde la había interrumpido.
La lámpara verde de banquero sobre la mesa central se apaga sola con un chasquido. Únicamente queda una luz lateral tenue y fría, recortando el rostro pálido y estoico de Edward contra la negrura circundante —idéntico al retrato inmortal de Degas, soberano e intocable en la oscuridad—.
Fundido lento a negro.
DARK DEGAS: EL LEGADO MALDITO © 2026 by BENJAMIN GAVARRE is licensed under CC BY-NC-ND 4.0
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