martes, mayo 12, 2026

ESPADACHÍN VS ESPADACHÍN

 





Espadachines


de  Benjamín Gavarre

©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

 Contacte a esta dirección si la ha producido o desea hacerlo: gavarreunam@gmail.com





Espadachines

En Espadachines, el autor nos invita a cruzar el umbral de la cuarta pared para ser testigos de una rivalidad que es, a partes iguales, legendaria y ridícula. A diferencia de los grandes dramas de capa y espada del Siglo de Oro o las tragedias shakesperianas, aquí el conflicto no nace de una traición sangrienta o un honor mancillado, sino de la pura costumbre y, quizás, de un poco de aburrimiento.

La obra se construye sobre un triángulo de tensiones cómicas:

  • El Narrador: Un guía que intenta desesperadamente mantener el decoro y la pomposidad del teatro clásico, pero que se ve constantemente saboteado por sus propios sujetos de estudio.

  • Maravedí: El "intelectual" del dúo, quien presume de educación formal y se pierde en disquisiciones semánticas sobre si una estocada es una "retirada estratégica" o una simple huida.

  • Beltrán: El guerrero impulsivo, más preocupado por la estética de sus "cintas carmesí" (que podrían ser sangre o simplemente parte del vestuario) que por la lógica del combate.

Se utiliza el metateatro para recordarnos que estos héroes son plenamente conscientes de que están siendo observados. La verdadera batalla no ocurre en el filo de las espadas, sino en la lucha por definir quién cuenta la historia: ¿el narrador con sus notas erróneas o los duelistas con su lógica circular?

Al final, Espadachines es una celebración de la amistad disfrazada de enemistad. Es una pieza ágil que nos demuestra que, a veces, los insultos más coloridos son la mejor forma de decir "te veo el martes para desayunar".

Preparen sus floretes, ajusten sus capas modernas y, sobre todo, ignoren al narrador.




Personajes:


Maravedí

Beltrán

Narrador


PRÓLOGO


Sale el Narrador, vestido como un personaje del teatro de la época de Shakespeare, pero con telas, colores y accesorios modernos.

Narrador. — ¡Ay de mí! ¡Quienes me han encomendado narrar la historia de estos dos sufrirán mi descontento! Pues, como saben, o quizás no, dada su persistente… bueno, no importa. Baste decir que tenemos ante nosotros a dos figuras de cierta renombre con la espada: Zafir y… no, esperen. ¿Agenón? ¡Maldita sea! Sus nombres resonaron antaño por todo el reino, aunque la verdadera naturaleza de su perdurable disputa siguió siendo un enigma.

Tras un gran biombo cubierto de tela traslúcida, vislumbramos las siluetas de los espadachines, supuestamente esperando su momento. Ocasionalmente, una cabeza o un brazo pueden asomar. A menudo podemos distinguir su postura general y escuchar sus murmullos.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Otra vez lo ha hecho el zoquete! ¿Zafir y Agenón? ¡Por favor! Alguien debería hablar con él.

Voz 2 (Beltrán). — A mí me gusta cómo suenan Zafir y Agenón. Dejémoslo así por esta noche. Ya lo corregiremos la próxima vez.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Eh, Narrador! ¡Que somos Beltrán y Maravedí! Maravedí y Beltrán. ¡A ver si te enteras, o habrá consecuencias!

Narrador. — Mis disculpas, permítanme consultar mis notas. Ah, sí, error mío. Como decía, Beltrán y Maravedí eran dos espadachines bastante peculiares. Sus reputaciones les precedían en cada rincón del reino, aunque la razón de sus constantes enfrentamientos seguía siendo… bueno, un tema de mucha especulación.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Otra vez con lo de 'peculiar'! Y ya lo dijo antes, ¿sabes? Suena un poco tonto, ¿no crees? A decir verdad, nuestra supuesta rivalidad no es ningún misterio. Simplemente nos encanta un buen desafío y una buena pelea.

Voz 2 (Beltrán). — ¡Claro que sí! Nos gusta zurrarnos de lo lindo.

En ese momento, Beltrán y Maravedí salen de detrás del biombo y se enzarzan inmediatamente en un animado (y bastante torpe) combate de esgrima, salpicado de coloridos insultos.

Beltrán. — ¡Miserable cretino!

Maravedí. — ¡Mentecato simplón!

Beltrán. — ¡Absoluto papanatas!

Maravedí. — Oh, ¿así que vamos a los insultos ahora? ¡Pues eres un completo y absoluto idiota!

Beltrán. — ¿Ah sí? ¡Pues tú eres más idiota, pedazo de engreído!

Maravedí. — ¡Hazmerreír!

Beltrán. — ¡No, tú eres el hazmerreír!

Pausa.

Maravedí. — Recuérdame, ¿por qué estábamos enfadados?

Beltrán. — No sabría decirte. Tú empezaste.

Maravedí. — ¿Te apetecería seguir con la obra entonces?

Beltrán. — Me parece una idea excelente.

Maravedí. — Bien, vamos a ello.

Se retiran tras el biombo, continuando su simulacro de batalla.

Voz 2 (Beltrán). — ¿Ves? Mucho más fácil cuando no nos lanzamos improperios.

Voz 1 (Maravedí). — Sigues siendo un idiota, eso sí.

Voz 2 (Beltrán). — ¡Me has llamado idiota! ¡Pues el idiota eres tú! ¡En fin! Esto merece un duelo en condiciones.

Voz 1 (Maravedí). — ¿Ah, sí, listo?

Fuertes choques y ruidos metálicos emanan de detrás del biombo, acompañados por el ocasional golpe sordo.

Narrador. — Nuestros héroes, ejem, Beltrán y Maravedí, estaban inmersos en un conflicto perpetuo. Los duelos eran su pasatiempo constante. Día tras día.

Voz 2 (Beltrán). — ¡Ya te hemos dicho que somos Beltrán y Maravedí! ¡En serio, este tipo es un poco corto de luces, ¿verdad?!

Voz 1 (Maravedí). — Déjalo estar. Es un narrador pésimo y acabará pagando por sus torpezas. ¡Ya verás, le llegará su merecido por todas sus meteduras de pata!

Narrador. — (Aclarándose la garganta, corrigiéndose) Beltrán y Maravedí eran, en efecto, dos renombrados espadachines. Sus nombres resonaban por todo el reino, aunque la causa precisa de su perdurable animosidad seguía siendo tema de cierta… discusión. Frecuentemente se enzarzaban en duelos que hacían temblar la tierra, aunque las razones subyacentes de su acérrimo odio nunca se conocieron realmente. Algunos susurraban sobre una antigua maldición, otros simplemente lo atribuían a su naturaleza intrínseca.

Voz 2 (Beltrán). — Ahí va otra vez con lo de la 'discusión'. Este narrador no vale, necesitamos uno nuevo.

Voz 1 (Maravedí). — Bueno, no necesariamente estoy de acuerdo.

Voz 2 (Beltrán). — Tú nunca estás de acuerdo.

Voz 1 (Maravedí). — Espera un momento… Me siento un poco ofendido por ese comentario.

Voz 2 (Beltrán). — ¿Ah, sí?

Voz 1 (Maravedí). — ¡Esto exige un duelo!

Voz 2 (Beltrán). — ¡No podría ser de otra manera! ¡En guardia, canalla!

Narrador. — Se enfrentaron en campos abiertos, en la silenciosa quietud de los bosques, en ciudades legendarias. Cada encuentro era un espectáculo, un ballet letal de acero y agilidad. Sin embargo, a pesar de sus evidentes habilidades, ninguno pudo jamás reclamar una victoria definitiva sobre el otro.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Basta ya, Narrador! ¡He derrotado a mi oponente en incontables ocasiones!

Narrador. — Debe señalarse que… uno de ellos ha reclamado la victoria sobre el otro en numerosas ocasiones.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Lo has vuelto a hacer! ¡Que no somos Zafir y Agenón, somos…!

Voz 2 (Beltrán). — ¡Beltrán y Maravedí! ¡Y lo que él dice son tonterías! ¡Yo soy quien le ha vapuleado una y otra vez! Él va todo engreído con sus movimientos sofisticados; ¡yo soy el genuinamente valiente y gallardo!

Narrador. — Debe señalarse que Beltrán, o quizás… Maravedí… ¡Miren, estoy completamente perdido! ¿Quién es Maravedí y quién es…? ¿El otro?

Voz 1 (Maravedí). — ¿Eres tonto? ¡Por Dios! ¡Vas a acabar con la cabeza clavada en una pica!

Voz 2 (Beltrán). — Tenemos que salir y decírselo. Venga, vamos a explicarle quiénes somos.

Voz 1 (Maravedí). — No, mejor que venga él a nosotros.

Voz 2 (Beltrán). — Aún mejor, simplemente empezamos nuestra escena y él puede limitarse a anunciarnos.

Voz 1 (Maravedí). — ¡Eh, tú, narrador torpe! ¡Ven aquí! ¡Te lo vamos a explicar!

Narrador. — (Gritando) ¡No hace falta! ¡Creo que lo he pillado! ¡Simplemente les anunciaré y luego pueden salir al escenario, ¿de acuerdo?!

Voz 1 (Maravedí). — Oh, muy bien entonces. De acuerdo.

Narrador. — Esta es la historia de dos grandes espadachines. A pesar de sus notables habilidades, ninguno pudo obtener jamás una ventaja duradera sobre el otro. Un día, mientras se preparaban para otro encuentro más… uno de estos hábiles combatientes… llamado… bueno… presten mucha atención… Aquí vamos…

El Narrador sale.

Oscuro.

Escena 1

Música de tensión.

Se escucha el murmullo de una multitud excitada.

Entra Beltrán, un espadachín ágil con capa y espada. Se mueve hacia atrás con cautela.

Beltrán. — (A Maravedí, que aún no está en escena) ¡Ah, traidor vil! ¿Crees que acorralándome de esta manera me has de vencer?

Maravedí irrumpe en el escenario. Con feroz intención, ataca inmediatamente a Beltrán con su espada. La multitud responde con un rugido excitado.

Maravedí. — ¡Apártate de mi vista, Beltrán Beltranejo! ¡Porque eso es todo de lo que eres capaz: retirarte como un cobarde sin entrañas porque careces de verdadera habilidad en el noble arte de la esgrima!

Beltrán desvía con maestría los agresivos ataques de Maravedí.

Beltrán. — ¡Ahora tú apártate de mi vista! ¡Retrocede, palurdo! ¡Claramente no tienes ni idea de lo que significa 'apártate de mi vista'! ¡Solo retrocede!

Maravedí. — El que no sabe nada eres tú, Beltrán Beltranejo! Yo, a diferencia de ti, ¡fui a la escuela! 'Apártate de mi vista' no significa simplemente 'retrocede', implica una retirada estratégica. “Muévete hacia la retaguardia.” ¡Precisamente como te estoy indicando ahora!

Beltrán. — ¿Qué se supone que significa eso?

Maravedí. — ¿Qué quieres decir con “qué se supone que significa eso?”

Beltrán. — ¿Qué?

Maravedí. — (Le alcanza con su espada) ¡Así! ¡He realizado una réplica!

Beltrán. — (Imperturbable) ¿Una réplica, dices?

Maravedí. — ¡Una réplica, declaro! ¡Una que ha dado en el blanco en tu sorprendentemente robusto cuerpo!

Beltrán. — Sigo sin sentir nada.

Maravedí. — ¡Bueno, definitivamente he conectado! Claramente puedo ver que estás… bueno, algo va mal.

Beltrán. — No puede ser tan grave.

Maravedí. — ¡De hecho, lo es! Algunas… cintas decorativas parecen haberse desprendido de tu… atuendo.

Beltrán. — ¡Tonterías!

Maravedí. — ¡En absoluto! ¡Contempla! ¡Cintas carmesí! ¡Cintas tan rojas como las mismísimas llamas de la pasión! ¡Una pasión desenfrenada, una pasión que alcanza los mismísimos cielos!

Beltrán. — ¡Cálmate, mi estimado oponente! ¡No me vengas con ese lenguaje florido! ¡Nadie, te aseguro, nadie quiere oír tus versos almibarados!

Maravedí. — ¿Y por qué entonces los describes como almibarados?

Beltrán. — Es solo una figura retórica. Una manera de hablar, si lo prefieres.

Maravedí. — ¡Ah, ya veo! Un mero adorno retórico.

Beltrán. — ¿Eh?

Maravedí. — ¿Qué quieres decir con “eh?”

Beltrán. — ¿Estamos aquí para charlar sobre semántica o vamos a darnos una buena tunda?

Maravedí. — (Asesta otro golpe) ¡Basta de tus celosos parloteos! ¡Toma esto! ¡Una estocada magistralmente ejecutada! ¡Ahora, admite que te he vencido en combate limpio!

Beltrán. — ¡No me vengas con esas! ¡Hiciste trampa! ¡Y estás tratando de embaucarme con tus palabras sofisticadas!

Maravedí. — ¡Simplemente es así como me expreso! Difícilmente es mi culpa si tu comprensión es un tanto… limitada.

Beltrán. — ¡Vale, vale, deja de insultarme! ¡Sabes que siempre he sido el más fuerte… y más valiente… bien! Te concedo la ronda.

Maravedí. — ¡No seas tan magnánimo! ¡He ganado justamente!

Beltrán. — Quizás esté siendo demasiado… generoso. Lo que sea. ¡Pero en ese caso, exijo una revancha!

Maravedí. — ¡Sabes que siempre estoy dispuesto a otro asalto! Pero primero, viejo amigo, atiende esa… cinta desprendida.

Beltrán. — ¡No hace falta eso! Héroes como yo simplemente permitimos que los pequeños… ajustes cosméticos ocurran naturalmente. ¡Somos resistentes! ¡Somos… bueno, considerablemente más robustos que el tipo normal!

Maravedí. — Entonces, ¿diremos, dentro de tres días?

Beltrán. — ¡Una cita!

Maravedí. — ¡No, no, no una cita! ¡Santo cielo! ¡Un acuerdo!

Beltrán. — ¡Así es! ¡Arreglado!

Maravedí. — ¡Precisamente! Un acuerdo. ¡Hasta entonces, señor!

Beltrán. — ¡Hasta entonces, sin duda! Tú.

Los espadachines salen y desaparecen tras el biombo.

Intermedio

La iluminación cambia para representar el crepúsculo, seguido de un breve fundido a negro, y luego reaparece como luz de sol brillante.

El Narrador entra arrastrando los pies en el escenario.

Narrador. — Desde sus más tiernos años, estos dos caballeros mostraron una marcada inclinación hacia… desacuerdos animados y una afición por las peleas a puñetazos. Residían en el mismo reino y compartían un entusiasmo mutuo por… actividades vigorosas.

(Consulta sus notas)

Y así… la naturaleza precisa de su rivalidad seguía siendo materia de… debate en curso. Desde una edad temprana… Sí. Debe reconocerse que poco se conoce con certeza sobre sus primeros años. Sí, en efecto. Ciertamente crecieron dentro del mismo reino… Y no, no eran hermanos, aunque rara vez se les veía separados. No eran de linaje real, sin embargo, recibieron constantemente la mejor educación. Bueno, uno de ellos ciertamente asistió a la escuela formal. El otro… también se benefició de… instrucción en los puntos más finos del combate. De hecho, ambos eran diestros con la espada desde jóvenes. No eran parte de la familia real inmediata… Es decir, no eran hijos del Rey, sin embargo, el Rey los tenía en considerable estima. Les tenía mucho cariño y les ofrecía su protección.

El Rey les concedió su favor, y maduraron juntos, aunque provenían de diferente ascendencia. No, su ascendencia sigue siendo algo… oscura. No obstante, el Rey se aseguró de que recibieran una educación ejemplar… Y como se mencionó anteriormente, la causa subyacente de su animosidad era motivo de especulación, o quizás no tanto, ya que demostrablemente disfrutaban de un buen desafío y una pequeña trifulca. Estaban perpetuamente discutiendo, sin embargo, invariablemente juntos, y no, no eran hermanos… a pesar de su constante compañía… Y… Y ¿procederemos con la siguiente escena, asumiendo que todos están de acuerdo? Excelente. Continuaremos.

Gracias.

Escena 2

Maravedí entra y comienza a entrenar contra un oponente imaginario.

Maravedí. — ¡Ah, tú, ruin Beltrán! ¿Así que te escondes de mí, eh? ¡Sabes que te estás comportando como un cobarde miserable al no presentarte a nuestro duelo acordado!

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Te desfiguraré el rostro! ¡Observa cómo te cerceno limpiamente la nariz! ¡Sé testigo de cómo te corto la mejilla con el afilado filo de mi espada! ¡Ah, señor! ¡Me has deshonrado con tu ausencia! ¡Teníamos un acuerdo! ¿Cómo pudiste romper tu solemne palabra? ¡Beltrán! ¡Atiéndeme! ¡Tu presencia es requerida! ¡Pues tengo la intención de enfrentarme contigo en un vigoroso intercambio de floretes! ¡Ejem! ¡En efecto! ¡Mi mayor deseo es que te presentes para que pueda cortarte la cabeza con mi fiel acero! ¡Así! ¡Así te derribaré! ¡Te dejaré la cara irreconocible! ¡Te daré una estocada! ¡Y otra! ¡Y otra más! ¡Y la multitud reunida estalla en fervientes aplausos! ¡Aclaman mi triunfo sobre ti!

(Se escucha brevemente el sonido de una multitud vitoreando salvajemente, luego silencio.)

¡Simplemente no está bien que me hayas dejado plantado!

Beltrán irrumpe en el escenario con gran energía, mostrando impresionantes habilidades con la espada. Un rugido satisfecho emana de la multitud invisible.

Beltrán. — ¡Ahooo! ¡Ahuuuu! ¡Aquí estoy! ¡Un maestro espadachín! ¡Contemplad! ¡Observad el poder de mi espada! ¡Soy el mejor espadachín de mi generación! ¡Ved cómo empuño mi arma con habilidad sin igual! ¡Maravillaos ante la maestría de mis movimientos!

Maravedí. — ¡Ah, llegas tarde, Beltrán Beltranejo! ¡Teníamos un pacto para batirnos en duelo con espadas esta misma mañana, y me has hecho esperar!

Beltrán. — ¡Nunca es demasiado tarde para un buen duelo de espadas! Es decir, ¡la oportunidad para un encuentro animado es atemporal! ¡Aquí estoy, mi amigo! ¡Procedamos!

Maravedí. — ¿Proceder con qué, exactamente? No estoy del todo seguro de seguirte.

Beltrán. — Deseas entablar combate, ¿no es así? ¡Aquí estoy, rebosante de energía y listo para enfrentarte! ¡Crucemos espadas!

Maravedí. — ¡En efecto! ¡Demostremos nuestra superior destreza con la espada!

Beltrán. — ¡Ah, eso ni se discute! ¡Y quedará meridianamente claro que yo soy el espadachín superior!

Maravedí. — ¡En absoluto! ¡Yo soy demostrablemente el mejor espadachín! ¡Es bastante obvio que mi manejo de la espada supera al tuyo! Además, recuerdo claramente haberte… bueno, no importa.

Beltrán. — ¡No me digas! ¿Entonces cómo es que estoy completamente ileso y no he recibido ni un rasguño?

Maravedí. — Sí, bueno, creo que puede que te haya… confundido con otra persona.

Beltrán. — ¿Has estado batiéndote en duelo con otro contendiente?

Maravedí. — Sí, no, es decir; es algo enrevesado.

Beltrán. — ¿Te bates en duelo con otro el mismo día que habíamos acordado nuestro propio encuentro?

Maravedí. — ¡No, era simplemente una figura retórica! ¡Llegaste tarde, y…!

Beltrán. — ¡Y nada! ¡Considero esto un grave insulto! ¡Pagarás por esta afrenta!

Maravedí. — ¡Hay una explicación perfectamente razonable!

Beltrán. — ¡Tonterías! ¡Hoy expiarás tu tardanza! ¡Estoy tan indignado que apenas puedo contenerme! ¡Exijo satisfacción! ¡Te aplastaré la nariz y te torceré el cuello!

Maravedí. — ¡En absoluto! ¡Acordamos que no habría tal barbaridad! ¡Resolveremos nuestras diferencias con nuestras espadas!

Beltrán. — ¡No estás en posición de dictar los términos! ¡Te torceré el cuello! ¡Suelta tu espada, pues tu fin llegará por estrangulamiento a mis propias manos!

Maravedí. — ¡No, amigo mío, escucha la razón!

Beltrán. — ¡No soy tu amigo! ¡Aquí termina tu pequeña farsa! ¡Te mataré! ¡Permíteme ahogarte hasta quitarte la vida!

Maravedí. — ¡No, no, no! ¡Tal violencia es muy impropia! ¡Ah, y mira allí! ¡Se acerca la Justicia!

Beltrán. — ¿La Justicia, dices? ¿Cómo puede ser?

Maravedí. — ¡Están corriendo hacia aquí! ¡Mira! ¡Dos alguaciles se apresuran hacia nosotros! Creo que se ha corrido la voz de nuestras… actividades relacionadas con las espadas en este lugar.

Beltrán. — Será mejor que nos marchemos de aquí entonces. ¿Tienes hambre?

Maravedí. — Sabes que siempre la tengo.

Beltrán. — ¡Vamos entonces, invito yo!

Maravedí. — Y tampoco le haría ascos a una copa.

Beltrán. — ¡Pero no debemos excedernos con la bebida! ¡Ya sabes cómo te pones!

Maravedí. — ¡Mira quién habla! ¡La última vez que participamos en tales refrescos, estabas decidido a arrasar con todo a tu paso! Fue bastante emocionante, en realidad… Estaba convencido de que…

Beltrán. — Tranquilo, viejo, tranquilo.

Maravedí. — ¡Tranquilo nada! ¡Corred! ¡La Justicia casi nos alcanza! ¡Salgamos de este lugar con premura!

Beltrán. — ¡Vámonos presto entonces, amigo mío! ¡Comida y bebida nos esperan!

Maravedí. — ¡Así es! ¡Vámonos, mi buen amigo! ¡Vamos!


Fin



The Swordsmen.

 



The Swordsmen 

An original one-act play by Benjamin Gavarre


©  BENJAMÍN GAVARRE SILVA

 Contacte a esta dirección si la ha producido o desea hacerlo: gavarreunam@gmail.com

Swordsmen

In Swordsmen, the author invites us to cross the threshold of the fourth wall to witness a rivalry that is, in equal parts, legendary and ridiculous. Unlike the great swashbuckling dramas of the Golden Age or the Shakespearean tragedies, here the conflict is not born of bloody betrayal or tarnished honor, but of pure habit and, perhaps, a little boredom.

The play is built on a triangle of comic tensions:

The Narrator: A guide who desperately tries to maintain the decorum and pomposity of classical theater, but who is constantly sabotaged by his own subjects of study.

Maravedí: The "intellectual" of the duo, who boasts of formal education and gets lost in semantic disquisitions about whether a thrust is a "strategic retreat" or a simple escape.

Beltrán: The impulsive warrior, more concerned with the aesthetics of his "crimson ribbons" (which could be blood or simply part of the costume) than with the logic of combat.

Metatheatre is used to remind us that these heroes are fully aware that they are being watched. The real battle does not occur on the edge of the sword, but in the struggle to define who tells the story: the narrator with his erroneous notes or the duelists with their circular logic?

In the end, Espadachines is a celebration of friendship disguised as enmity. It is an agile piece that shows us that, sometimes, the most colorful insults are the best way to say "see you on Tuesday for breakfast".

Prepare your foils, adjust your modern layers, and most of all, ignore the narrator.


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Characters:

Maravedí

Beltrán

Narrator

PROLOGUE

The Narrator enters, dressed as a character from Shakespearean theatre, but with modern fabrics, colours and accessories.

Narrator. — Ah, woe is me! Those who have charged me with recounting the tale of these two shall face my displeasure! For as you know, or perhaps you don't given their persistent… well, never mind. Suffice it to say, we have before us two figures of some renown with a blade: Zafir and… no, wait. Agenón? Blast it all. Their names once echoed throughout the realm, yet the true nature of their enduring feud remained a puzzle.

Behind a large screen covered with translucent fabric, we glimpse the silhouettes of the swordsmen, supposedly awaiting their cue. Occasionally, a head or arm might pop into view. We can often discern their general posture and hear their muttered exchanges.

Voice 1 (Maravedí). — He's done it again, the twit! Zafir and Agenón? Honestly. Someone ought to have a word.

Voice 2 (Beltrán). — I rather fancy the sound of Zafir and Agenón myself. Let's just leave it for tonight. We can set him straight next time.

Voice 1 (Maravedí). — Oi, Narrator! It’s Beltrán and Maravedí. Maravedí and Beltrán. Get it right, or there’ll be trouble!

Narrator. — My apologies, let me just check my notes. Ah yes, my mistake. As I was saying, Beltrán and Maravedí were two rather perplexing swordsmen. Their reputations preceded them in every corner of the land, yet the reason for their constant clashes remained… well, a topic of much speculation.

Voice 1 (Maravedí). — He's at it again with the 'perplexing' nonsense! And he said it before, you know. Sounds a bit daft, doesn't it? Truth be told, our so-called rivalry isn't much of a mystery at all. We simply thrive on a bit of a challenge and a good scrap.

Voice 2 (Beltrán). — Aye, we do like a good fight.

At that moment, Beltrán and Maravedí step out from behind the screen and immediately engage in a spirited (and rather clumsy) fencing match, punctuated by colourful insults.

Beltrán. — You blithering idiot!

Maravedí. — You simpleton!

Beltrán. — You absolute buffoon!

Maravedí. — Oh, are we trading insults now? Well, you’re a complete and utter twit!

Beltrán. — Am I? Well, you’re a bigger twit, you stuck-up git!

Maravedí. — You laughing stock!

Beltrán. — No, you’re the laughing stock!

Pause.

Maravedí. — Remind me, why are we even cross with each other?

Beltrán. — Can’t say I recall. You started it.

Maravedí. — Fancy getting on with the play then?

Beltrán. — Suits me down to the ground.

Maravedí. — Right, let’s get on with it.

They retreat behind the screen, their mock battle continuing.

Voice 2 (Beltrán). — See? Much easier when we’re not slinging insults.

Voice 1 (Maravedí). — Still an idiot, though.

Voice 2 (Beltrán). — You called me an idiot! Well, you're the idiot! Honestly. This deserves a proper duel.

Voice 1 (Maravedí). — Is that so, you daft sod?

Loud clashes and metallic sounds emanate from behind the screen, accompanied by the occasional strange thud.

Narrator. — Our heroes, er, Beltrán and Maravedí, were locked in perpetual conflict. Duels were their constant pastime. Day in, day out.

Voice 2 (Beltrán). — We've told you, it's Beltrán and Maravedí! Honestly, this bloke’s a bit thick, isn’t he?

Voice 1 (Maravedí). — Just leave him to it. He's a hopeless narrator and he'll come a cropper eventually for his blunders. You’ll see, he’ll get his comeuppance for all his gaffes.

Narrator. — (Clears throat, correcting himself) Beltrán and Maravedí were indeed two renowned swordsmen. Their names resonated throughout the kingdom, yet the precise cause of their enduring animosity remained a topic of some… discussion. They frequently engaged in earth-shattering duels, though the underlying reasons for their bitter feelings were never truly known. Some whispered of an ancient curse, others simply attributed it to their inherent natures.

Voice 2 (Beltrán). — There he goes again with the ‘discussion’ nonsense. This narrator’s no good, we need a new one.

Voice 1 (Maravedí). — Well, I don’t necessarily agree.

Voice 2 (Beltrán). — You never do.

Voice 1 (Maravedí). — Hang on… I’m feeling a bit put out by that remark.

Voice 2 (Beltrán). — Are you now?

Voice 1 (Maravedí). — This calls for a duel!

Voice 2 (Beltrán). — Wouldn't have it any other way! On guard, you scoundrel!

Narrator. — They faced each other in open fields, in the hushed stillness of forests, in legendary cities. Each encounter was a spectacle, a lethal ballet of steel and agility. Yet, despite their evident skills, neither could ever definitively claim victory over the other.

Voice 1 (Maravedí). — Enough, Narrator! I have bested my opponent on countless occasions!

Narrator. — It must be noted that… one of them has claimed victory over the other numerous times.

Voice 1 (Maravedí). — You’ve done it again! We’re not Zafir and Agenón, we’re…

Voice 2 (Beltrán). — Beltrán and Maravedí… And what he’s saying is codswallop! I’m the one who’s trounced him time and again! He’s all puffed up with his fancy moves; I’m the genuinely brave and dashing one!

Narrator. — It must be noted that Beltrán, or perhaps… Maravedí… Look, I’m completely lost now! Who is Maravedí and who is… the other one?

Voice 1 (Maravedí). — Are you simple? Honestly! You’re going to end up with your head on a spike!

Voice 2 (Beltrán). — We need to go out there and tell him. Come on, let’s explain who we are.

Voice 1 (Maravedí). — No, better if he comes to us.

Voice 2 (Beltrán). — Even better, we just start our scene and he can simply announce us.

Voice 1 (Maravedí). — Oi, you dim-witted narrator! Get over here! We’ll explain it to you.

Narrator. — (Shouting) No need! I’ve got it, I think! I’ll just announce you and then you can come on stage, alright?

Voice 1 (Maravedí). — Oh, very well then. Fine.

Narrator. — This is the story of two great swordsmen. Despite their remarkable abilities, neither could ever gain a lasting advantage over the other. One day, as they prepared for yet another encounter… one of these skilled combatants… named… well… pay very close attention… Here we go…

The Narrator exits.

Lights fade to black.

Scene 1

Tense music plays.

The murmur of an excited crowd can be heard.

Beltrán enters, a nimble swordsman with cape and sword. He moves backwards cautiously.

Beltrán. — (To Maravedí, who is still offstage) Ah, you treacherous fiend! You think that by cornering me in this fashion you have me beat?

Maravedí strides onto the stage. With fierce intent, he immediately lunges at Beltrán with his sword. The crowd responds with an excited roar.

Maravedí. — Get thee behind me, Beltrán Beltranejo! For that is all you are capable of: retreating like a spineless cur because you possess no true skill in the noble art of swordsmanship!

Beltrán expertly deflects Maravedí’s aggressive attacks.

Beltrán. — Now you get thee behind me! Back off, you oaf! You clearly haven’t the foggiest what ‘get thee behind me’ even means! Just back off!

Maravedí. — The one who knows nothing is you, Beltrán Beltranejo! I, unlike you, actually went to school! ‘Get thee behind me’ doesn’t simply mean ‘back off’, it implies a strategic withdrawal. “Move to the rear.” Precisely as I am now instructing you to do!

Beltrán. — What’s that supposed to mean?

Maravedí. — What do you mean, “what’s that supposed to mean?”

Beltrán. — What?

Maravedí. — (Strikes him with his sword) Like so! I have delivered a riposte!

Beltrán. — (Unfazed) A riposte, you say?

Maravedí. — A riposte, I declare! One that has found its mark on your surprisingly sturdy frame!

Beltrán. — Still not feeling anything.

Maravedí. — Well, I’ve definitely connected! I can clearly see you are… well, something’s amiss.

Beltrán. — Can’t be that serious.

Maravedí. — Indeed it is! Some… decorative ribbons appear to have become detached from your… attire.

Beltrán. — Nonsense!

Maravedí. — Not at all! Behold! Crimson ribbons! Ribbons as red as the very flames of passion! A passion unrestrained, a passion that reaches for the very heavens!

Beltrán. — Calm yourself, my esteemed opponent! Don’t come at me with all that flowery language! Nobody, I assure you, nobody wants to hear your saccharine verses!

Maravedí. — And why then do you describe them as saccharine?

Beltrán. — It’s just a figure of speech. A manner of speaking, if you will.

Maravedí. — Ah, I see! A purely rhetorical flourish.

Beltrán. — Eh?

Maravedí. — What do you mean, “eh?”

Beltrán. — Are we here to have a natter about semantics, or are we going to have a proper go at it?

Maravedí. — (Delivers another strike) Enough of your envious prattling! Take this! A masterfully executed thrust! Now, admit that I have bested you in fair combat!

Beltrán. — I’m not having any of that! You cheated! And you’re trying to bamboozle me with your fancy words!

Maravedí. — It’s simply how I articulate myself! It’s hardly my fault if your comprehension is somewhat… limited.

Beltrán. — Right, right, stop your insults! You know I’ve always been the stronger… and braver… alright. I concede the round to you.

Maravedí. — Don’t be so magnanimous! I won fair and square!

Beltrán. — Perhaps I am being rather too… generous. Whatever. But in that case, I demand a rematch!

Maravedí. — You know I’m always game for another bout! But first, old chap, attend to that… dislodged ribbon.

Beltrán. — No need for that! Heroes such as myself simply allow minor… cosmetic adjustments to occur naturally. We are resilient! We are… well, considerably more robust than your average fellow!

Maravedí. — Then, shall we say, in three days hence?

Beltrán. — A date!

Maravedí. — No, no, not a date! Good heavens! An agreement!

Beltrán. — Right you are! Sorted!

Maravedí. — Precisely! An agreement. Until then, sir!

Beltrán. — Until then, indeed. You.

The swordsmen exit and disappear behind the screen.

Interlude

The lighting shifts to represent dusk, followed by a brief blackout, then re-emerges as bright sunlight.

The Narrator shuffles onto the stage.

Narrator. — From their earliest years, these two gentlemen displayed a marked inclination towards… spirited disagreements and a fondness for fisticuffs. They resided within the same kingdom and shared a mutual enthusiasm for… vigorous pursuits.

(Consults his notes)

And so… the precise nature of their rivalry remained a matter of… ongoing debate. From a tender age… Yes. It must be acknowledged that little is definitively known about their early lives. Yes, indeed. They certainly grew up within the same realm… And no, they were not siblings, although they were seldom seen apart. They were not of royal lineage, yet they consistently received the finest tutelage. Well, one of them certainly attended formal schooling. The other… also benefited from… instruction in the finer points of combat. In fact, both were adept with a blade from a young age. They were not part of the immediate royal family… That is to say, they were not sons of the King, yet the King held them in considerable regard. He was most fond of them and offered them his protection.

The King bestowed his favour upon them, and they matured together, though they hailed from different parentage. No, their parentage remains somewhat… obscure. Nevertheless, the King ensured they received an exemplary education… And as previously mentioned, the underlying cause of their animosity was a matter of speculation, or perhaps not so much, as they demonstrably enjoyed a good challenge and a bit of a scrap. They were perpetually bickering, yet invariably in each other’s company, and no, they were not brothers… despite their constant companionship… And… And shall we proceed with the subsequent scene, assuming you are all in agreement? Excellent. We shall continue.

Thank you.

Scene 2

Maravedí enters and begins to spar with an imaginary opponent.

Maravedí. — Ah, you villainous Beltrán! So you skulk away from me, do you? You know you are behaving like a craven coward by failing to meet me for our agreed-upon duel!

Ha! Ha! Ha! I shall disfigure your features! Observe as I cleanly sever your nose! Witness as I slice your cheek with the keen edge of my blade! Ah, sir! You have brought dishonour upon me by your absence! We had an arrangement! How could you possibly break your solemn word? Beltrán! Attend me! Your presence is required! For I intend to engage you in a vigorous exchange of swordplay! Ahem. Indeed! My greatest desire is for you to present yourself so that I may sever your head with my trusty steel! Thus! Thus I shall cut you down! I shall render your face unrecognisable! I shall deliver a thrust! And another! And yet another! And the assembled throng erupts with fervent applause! They cheer my triumph over you!

(The sound of a wildly cheering crowd is briefly heard, then silence.)

It is quite simply not on that you have left me standing here!

Beltrán bursts onto the stage with great energy, displaying impressive sword skills. A satisfied roar emanates from the unseen crowd.

Beltrán. — Ahooo! Ahuuuu! Here I stand! A master swordsman! Behold! Observe the power of my blade! I am the finest swordsman of my generation! Watch as I wield my weapon with unparalleled skill! Marvel at the artistry of my movements!

Maravedí. — Ah, you’re late, Beltrán Beltranejo! We had an accord to engage in a sword fight this very morning, and you have kept me waiting!

Beltrán. — It is never too late for a good sword fight! That is to say, the opportunity for a spirited duel is timeless! Here I am, my friend! Let us proceed!

Maravedí. — Proceed with what, exactly? I’m not entirely sure I follow.

Beltrán. — You wish to engage in combat, do you not? Here I am, brimming with energy and ready to face you! Let us cross swords!

Maravedí. — Indeed! Let us demonstrate our superior swordsmanship!

Beltrán. — Ah, that goes without saying! And it will become abundantly clear that I am the superior swordsman!

Maravedí. — Not at all! I am demonstrably the better swordsman! It is quite obvious that my blade work surpasses yours! Furthermore, I distinctly recall having already… well, never mind.

Beltrán. — You don’t say! So how is it that I am entirely unscathed and have not received so much as a scratch?

Maravedí. — Yes, well, I believe I may have… mistaken you for someone else.

Beltrán. — You have been duelling with another party?

Maravedí. — Yes, no, that is to say; it is somewhat convoluted.

Beltrán. — You engage in combat with another on the very day we had arranged our own encounter?

Maravedí. — No, it was merely a figure of speech! You arrived late, and…

Beltrán. — And nothing! I consider this a grave insult! You will pay for this affront!

Maravedí. — There is a perfectly reasonable explanation!

Beltrán. — Nonsense! Today you shall atone for your tardiness! I am so incensed, I can scarcely contain myself! I demand satisfaction! I shall flatten your nose and twist your neck!

Maravedí. — Not at all! We agreed upon no such barbarity! We shall settle our differences with our blades!

Beltrán. — You are in no position to dictate the terms! I shall twist your neck! Drop your sword, for you shall meet your end by strangulation at my very hands!

Maravedí. — No, my friend, listen to reason!

Beltrán. — I am not your friend! This is where your little charade ends! I shall kill you! Allow me to choke the very life out of you!

Maravedí. — No, no, no! Such violence is most unseemly! Ah, and look yonder! Justice approaches!

Beltrán. — Justice, you say? How can this be?

Maravedí. — They are running this way! Look! Two constables are hastening towards us! I believe word has spread of our… sword-related activities in this locale.

Beltrán. — We had best make ourselves scarce then. Feeling peckish?

Maravedí. — You know I always am.

Beltrán. — Come on then, my treat!

Maravedí. — And I wouldn’t say no to a drink either.

Beltrán. — But we mustn’t overindulge! You know how you get!

Maravedí. — Look who’s talking! The last time we partook in such refreshments, you were intent on laying waste to everything in your path! It was quite thrilling, actually… I was convinced that…

Beltrán. — Steady on, old chap, steady on.

Maravedí. — Steady on, nothing! Run for it! Justice is almost upon us! Let us depart from this place with haste!

Beltrán. — Let us make haste then, my friend! Food and drink await!

Maravedí. — Indeed! Let’s be off, my good fellow! Come on!


The End





TREN HACIA LA DICHA: AMADO DEL PINO (CUBA).

 



TREN HACIA LA DICHA


AMADO DEL PINO


(CUBA)


Amado del Pino utiliza la transitoriedad de un viaje en tren para explorar la profundidad de la soledad humana y la persistencia de la esperanza. 


Introducción

Tren hacia la dicha es una obra de acto único que se inscribe en una atmósfera de intimidad y realismo psicológico, con sutiles tintes de teatralidad dentro del teatro. Ambientada en un coche de tren en movimiento, la pieza confronta a personajes de naturalezas opuestas: la euforia desmedida de un hombre que asegura ser un Recién Casado, el escepticismo de un intelectual solitario (Pasajero), y la vulnerabilidad de una joven mujer (Pasajera 1).

A través de un diálogo ágil y cargado de cubanía, Del Pino nos muestra cómo el encuentro fortuito entre extraños puede derribar las barreras de la incomunicación. La obra no solo trata sobre un viaje físico, sino sobre el viaje emocional hacia la "dicha", sugiriendo que la felicidad a veces no es un destino real, sino una construcción compartida necesaria para sobrevivir a la realidad.


Resumen de las acciones

1. El estallido de la alegría

La acción comienza en un vagón donde impera el aburrimiento y el cansancio. La entrada del Recién Casado (Ernesto) rompe la monotonía. Con una energía desbordante y aparentemente ebrio de felicidad, anuncia que acaba de casarse y que su esposa está por salir del baño. A pesar de la resistencia inicial de la Pasajera 2 (una anciana solitaria) y el Pasajero (Arturo), Ernesto logra involucrarlos en su celebración, pidiendo cervezas y bocaditos para todos.

2. El tren "al revés" y el juego teatral

El conflicto surge cuando Arturo le señala a Ernesto que el tren se dirige a Santiago de Cuba y no a La Habana, como él cree. Ernesto, lejos de desmoronarse, utiliza esta confusión para profundizar en su narrativa. Propone un juego de representación: pide a los presentes que lo ayuden a recrear cómo conoció a su esposa Elena.

La Pasajera 1 (Vicky) termina asumiendo el papel de la esposa, caminando como una enfermera saliendo del hospital, mientras Ernesto sube a una caja de cerveza simulando el andamio de construcción desde donde solía mirarla. Este ejercicio de imaginación colectiva comienza a ablandar las defensas de los demás pasajeros y de la propia Camarera.

3. La revelación de las soledades

A medida que avanza la noche y la cerveza, las máscaras caen:

  • Arturo confiesa su soledad tras haber perdido a su mujer.

  • Vicky revela sus miedos, sus dudas sobre el amor y su pesada carga familiar en Contramaestre.

  • La Pasajera 2 comparte su eterna esperanza de reencontrarse con el hijo que dejó en España hace décadas.

El "Recién Casado" actúa como un catalizador; su supuesta locura o negación obliga a los demás a mirar sus propios vacíos.

4. La desaparición y el dilema final

Ernesto sale del coche buscando desesperadamente a su mujer, quien nunca aparece. A solas, Arturo y Vicky experimentan una conexión genuina, nacida del "juego" de Ernesto. Arturo intenta convencer a Vicky de que no se baje del tren en su pueblo y se quede con él, desafiando la lógica y el destino.

5. El cierre: La persistencia de la ilusión

Ernesto regresa, visiblemente golpeado por la realidad de que su mujer no está, pero se niega a rendirse al desespero. La obra concluye con un último acto de fe: Ernesto vuelve a subir a su "andamio" imaginario. A pesar de la evidencia de que el viaje es incierto y la felicidad es esquiva, los personajes eligen mirar hacia el lateral del tren, convencidos de que "ella" viene corriendo hacia ellos. El silbato del tren marca el final, dejando en el aire la pregunta de si la dicha es el encuentro o simplemente el acto de seguir buscando.





Amado del Pino: El cronista de los paisajes interiores

Amado del Pino Bellón (1960–2017) fue una de las voces más lúcidas y humanas de la dramaturgia cubana contemporánea. Periodista, crítico y actor, su escritura posee esa rara virtud de los grandes observadores: la capacidad de capturar el habla popular y elevarla a una categoría poética y universal.

Su obra no se detiene en la superficie de los conflictos sociales; prefiere indagar en las grietas del alma, en la soledad de quien espera y en la fe de quien decide, a pesar de todo, seguir viajando. Entre sus rasgos distintivos destacan:

  • Humanismo profundo: Sus personajes no son arquetipos, sino seres de carne y hueso, llenos de contradicciones y una dignidad conmovedora.

  • El diálogo como puente: En piezas como Tren hacia la dicha o Penumbra en el noveno cuarto, el intercambio verbal no solo hace avanzar la acción, sino que sirve para romper el aislamiento de los personajes.

  • Legado Iberoamericano: Aunque profundamente cubano en sus ritmos y referentes, su fallecimiento en Madrid en 2017 dejó un vacío en ambas orillas, consolidándolo como un referente del teatro en español que entiende la identidad como un proceso vivo y compartido.





TREN HACIA LA DICHA

AMADO DEL PINO

 

PERSONAJES

RECIÉN CASADO, poco más de 30 años. Lo más importante no es su edad ni su aspecto físico. El actor deberá buscar, sobre todo, su espíritu, su temperamento y sus contradicciones.

PASAJERO, no llega a los 40. En él coinciden la cultura libresca y una formación de origen popular.

PASAJERA 1, joven, sincera, atrevida, apasionada, bayamesa y hermosa.

PASAJERA 2, anciana, solitaria y sorpresiva.

CAMARERA, de una juventud en retirada y un tanto endurecida, que hace difícil precisar su edad.

La escena representará un coche de un tren en movimiento. No será necesario reproducirlo fielmente. Las soluciones escénicas deberán ser sencillas, entre la naturalidad y el desenfado. Por su estructura, número de personajes y hasta por el carácter de las reflexiones en juego, sería preferible asumir esta obra en un espacio que asegure el contacto cálido con el público, buscando una atmósfera de intimidad y cercanía.

 

Acto único

 

Coche del tren. Se percibe la inquietud que provoca un largo viaje. La PASAJERA 2 trata inútilmente de conciliar el sueño. La PASAJERA 1 parece aburrirse. Entra un hombre joven: el RECIÉN CASADO. El PASAJERO levanta la vista del libro que lee.

 

RECIÉN CASADO.- (A todos.) ¿Para qué dormir tanto? ¡Hay que vivir!

PASAJERA 2.- Si me imagino que va a montar un borracho, cojo otro tren.

RECIÉN CASADO.- Abuela, no hay que ser borracho para estar contento. (Al PASAJERO que pretende leer.) De todas formas usted y yo nos vamos a tomar una cerveza juntos.

PASAJERO.- Gracias, tengo que trabajar.

RECIÉN CASADO.- ¡Y yo tengo que ser feliz!

PASAJERO.- ¿Conoce a esa mujer?

RECIÉN CASADO.- ¿A la mía?

PASAJERO.- A la felicidad.

RECIÉN CASADO.- La mía es una maravilla.

PASAJERO.- ¡Tremenda boda! ¿No?

RECIÉN CASADO.- Todavía estamos en la boda...

PASAJERO 2.- ¿Y la novia?

RECIÉN CASADO.- Es muy linda. Ya la verán cuando salga del baño. Tiene tremendo embullo, este viaje es muy importante para ella. La voy a llevar a Coppelia, al zoológico, y aunque me digan guajiro voy a tirarme una foto en el Capitolio. (Trata de llamar la atención del Pasajero.) Mire, así, con el brazo por encima de los hombros y las cabezas junticas... (Pausa breve, pero incómoda.) ¡Dígame algo, hombre! Por lo menos que en Coppelia hay mucha cola o que en el Capitolio ya no tiran fotografías.

PASAJERO.- ¿Qué quiere que haga? Me lleva demasiada ventaja en el entusiasmo.

PASAJERA 1.- Tremendos compañeros de viaje. Una vieja, un intelectual y ahora... ¡El novio!

PASAJERO.- A mí no me gusta el helado y menos retratarme. Si le importa tanto La Habana, ¿por qué va para Santiago?

RECIÉN CASADO.- Menos mal que vamos mejorando. Así que yo creo que voy para La Habana, pero a lo mejor llego a Santiago. No se me ponga bravo, pero yo no creo mucho en su seriedad. (A la PASAJERA 1.) ¿No es verdad, mi amiga? (A la CAMARERA que se acerca.) Niña, compañerita, amorcito...

CAMARERA.- (Seca, mecánica.) Dígame, ¿qué desea?

RECIÉN CASADO.- ¿Tú podrías...? ¿Serías tan buena como para traerme (Mira alrededor, cuenta con los dedos.) unas siete cervezas? Ah, ¿y por lo menos una sonrisa?

CAMARERA.- Si no habla alto y se porta bien, puedo traerle dos.

RECIÉN CASADO.- ¿Dos sonrisas?

CAMARERA.- Dos cervezas y no muy frías.

RECIÉN CASADO.- ¿Tan poquito...? ¿Y qué hacemos tanto tiempo metidos en este tren, sin poder escaparnos?

CAMARERA.- Se me olvidaba, tiene que pedir bocaditos.

PASAJERO.- Creo que va a tener que suspender la boda.

RECIÉN CASADO.- Óigame, Camarera, ¿cuántas veces se ha casado usted? (La CAMARERA va a responderle, pero decide contenerse; hace algún gesto de impaciencia y desagrado.) ¡Yo me casé hoy!

CAMARERA.- Felicidades, pero los demás no tenemos la culpa.

PASAJERO.- Quiere que todo el mundo esté contento a la vez. (A la PASAJERA 1.) ¿No te parece demasiado difícil?

RECIÉN CASADO.- No sea mala, Camarera. Tráiganos, por lo menos, dos para mí y dos para acá, el compañero, a ver si se embulla.

CAMARERA.- (Cediendo ligeramente.) Y dos bocaditos...

RECIÉN CASADO.- ¡Perfecto! A la joven me le trae una cerveza y un bocadito.

PASAJERA 1.- Gracias y felicidades.

RECIÉN CASADO.- Para mí dos de cada cosa, que mi mujer es muy comilona.

CAMARERA.- Comerá mucho, pero no la veo.

RECIÉN CASADO.- Ya la verá; se parece a usted, pero es más...

CAMARERA.- Más bonita que yo es cualquiera.

PASAJERO.- Yo no soy tan halagador como acá el compañero, pero puedo decirte que no eres fea.

RECIÉN CASADO.- Y es la Camarera más amable que rueda por el mundo.

PASAJERA 1.- (Para sí.) No es para tanto.

PASAJERO.- (A la PASAJERA 1.) ¿Celosa?

RECIÉN CASADO.- A mi mujer le gustan mucho los dulces. (Como si descubriera en el momento las cosas que dice.) Hace unas panetelas riquísimas. ¿Usted sabe hacer dulces, camarera?

CAMARERA.- ¿Nada más?

RECIÉN CASADO.- (Señala a la PASAJERA 2.) A la señora me le pone un bocadito y una cerveza para que sueñe cosas alegres.

PASAJERA 2.- Gracias, joven, pero yo lo único que quiero es silencio y tranquilidad.

RECIÉN CASADO.- Un momento, Camarerita. (A la PASAJERA 2.) Seguro que usted tiene en la casa dos o tres gaticos.

PASAJERA 2.- Quince «misus» preciosos. ¿Por qué?

RECIÉN CASADO.- (Entusiasmado.) Traiga un bocadito para la señora y dos o tres para sus gaticos.

CAMARERA.- ¿Y no quiere una pastillita para los nervios?

RECIÉN CASADO.- No. Pero si por casualidad aparece la sonrisa, acuérdese que yo la pedí primero...

 

(La CAMARERA sale disimulando que le ha gustado la última frase del RECIÉN CASADO.)

 

RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú vienes de Santiago?

PASAJERO.- Voy para Santiago a trabajar; salí a las cinco de la mañana.

RECIÉN CASADO.- Eres tremendo. Así que el tren va al revés.

PASAJERO.- (Buscándole el costado humorístico.) Está bien, seré yo el confundido.

RECIÉN CASADO.- (Amistoso.) ¿Tú eres habanero?

PASAJERO.- Sí, ¿por qué?

PASAJERA 2.- Perdone, pero no me vaya a decir que es un Recién Casado regionalista.

RECIÉN CASADO.- ¡Qué va! Yo no caigo en eso. Ser habanero es un defecto como otro cualquiera, pero a, un buen amigo se le puede perdonar. (Más serio y sin poder evitar cierta nostalgia.) Yo soy casi que de Cuba entera, he dado muchas vueltas...

PASAJERO.- ¿Y no te gusta La Habana?

PASAJERA 1.- (Que ha seguido disimuladamente el diálogo.) Como hace tiempo que no voy a La Habana...

PASAJERO.- Tal vez un día te enamores de un habanero.

RECIÉN CASADO.- Mi mujer es tremenda. Seguro que se está arreglando para lucir bien y se demora y se demora. ¿No será más de la cuenta ya?

PASAJERO.- ¿Y si no vuelve?

PASAJERA 2.- ¿Quién ha visto una recién casada que no esté loca por estar al lado de su Recién Casado?

PASAJERA 1.- ¿Y si no vuelve?

RECIÉN CASADO.- ¡Ni jugando me hablen de eso!

PASAJERO.- A veces uno tiene en la mano la paloma de la felicidad y cuando viene a ver...

RECIÉN CASADO.- Sí, ya sé, vuela por la ventana y uno quiere correr detrás de ella, pero no tiene alas. ¿Y cómo hace un hombre sin alas para agarrar una paloma sin ponerle trampas?¿Y si me da la gana de cerrar todas las puertas y las ventanas para que vuele nada más que conmigo?

 

(Llega la CAMARERA con una bandeja repleta. El RECIÉN CASADO la ayuda.)

 

RECIÉN CASADO.- No se me desespere, Camarerita, póngalo todo ahí y ahora repartimos como buenos amigos. ¡Acuérdese que hoy es mi día!

CAMARERA.- ¿Y porque sea su día todo el mundo tiene que estar contento?

RECIÉN CASADO.- Claro, y cuando llegue mi mujer...

CAMARERA.- ¿La mujer invisible?

PASAJERA 2.- No sea tan incrédula. Nadie sabe lo que pueden tener los demás, pero últimamente parece que desconfiar es más fácil.

CAMARERA.- La vida se ha puesto que no se puede creer ni en lo que uno tiene delante de los ojos.

RECIÉN CASADO.- Yo lo que tengo delante de los ojos es una camarera preciosa y en eso creo.

CAMARERA.- (Halagada.) ¿Y su mujer?

RECIÉN CASADO.- Ella está detrás de mis ojos o dentro, quién sabe... (Repartiendo.) Arriba, que no se quede nadie fuera y el que no esté de acuerdo que levante la mano.

CAMARERA.- Enseguida les traigo el vuelto. Los dejo solos.

RECIÉN CASADO.- Olvídese del dinero y quédese un ratico. Mire que mi mujer no se come a nadie.

CAMARERA.- (Saliendo.) Pero el jefe de turno sí.

PASAJERA 1.- (Tímidamente coqueta. Al PASAJERO.) ¿Y su mujer también es celosa?

PASAJERO.- (Interesado.) ¿Para dónde vas?

PASAJERA 1.- ¿No me va a contestar?

PASAJERO.- Me gustaría enseñarte cómo preguntar.

PASAJERA 1.- Disculpe, Recién Casado. Déjense de disculpitas bobas y vamos a brindar.

PASAJERA 1.- ¿Por qué?

RECIÉN CASADO.- Por mi mujer. (Al PASAJERO.) Mira, yo no habré estudiado tanto como tú, pero conozco a las personas de mirarlas un par de veces y tú sirves para amigo mío.

PASAJERO.- (Complacido por la prueba de confianza.) Gracias. (Señala a la PASAJERA 1.) ¿Y esta muchacha que tal será?

RECIÉN CASADO.- Es sincera, divertida... (Se dirige a ella directamente.) Sí, me lo imagino... Pero no te preocupes por esas tristezas, que dentro de poco se te quitarán porque te lo mereces.

PASAJERA 1.- Gracias, pero yo sé que la única mujer interesante en este tren es la suya, aunque no se vea todavía. Yo soy de lo más aburrida.

PASAJERO.- ¿Y si no te lo creemos?

RECIÉN CASADO.- A ti no te pega la amargura.

PASAJERO.- Seguro que no tienes gaticos.

PASAJERA 1.- Ni perrito ni gatico.

PASAJERO.- Ella no tiene gatos porque tiene un niño.

PASAJERA 1.- ¿Adivino también? ¿Quiere que le enseñe la mano izquierda?

RECIÉN CASADO.- Eso es. Dale la mano izquierda, yo se la voy a dar a la abuela y con la derecha de cada uno nos empinamos la cerveza. (A la PASAJERA 2.) Sí, ya sé que a usted no le gusta, pero un buchito no hace nada.

 

(El RECIÉN CASADO organiza el brindis. La anciana prueba la cerveza con temor. El Pasajero trata de retener la mano de la muchacha, que le ofrece sólo un dedo.)

 

PASAJERO.- Yo no quería probarla, porque cuando arranco me cuesta trabajo parar.

RECIÉN CASADO.- ¿Y quién habló aquí de parar? ¡Hoy es el día más feliz de mi vida!

PASAJERA 2.- (Se le escapa.) ¿Te hace mucha falta?

RECIÉN CASADO.- (Evadiéndose.) Y no quiero que nadie saque un quilo. Ni hablar de dinero. Yo los invito y se lo agradezco porque me acompañan. No sé cómo hay gente que le gusta la soledad. Yo no la quiero ni de vecina.

PASAJERA 2.- ¿Y si se muda para enfrente de su cama?

PASAJERA 1.- O para abajo.

PASAJERO.- Si te rodea, si te provoca, si te acorrala...

RECIÉN CASADO.- (Para sí.) La boto. (Se va angustiando.) ¡La boto! ¡La boto! (Silencio incómodo. El RECIÉN CASADO busca cualquier tema que le sirva para salir del «bache». Al PASAJERO.) Cuando llegues a La Habana tu mujer te estará esperando como cosa buena (Trata torpemente de rectificar.) Aunque tú me habías dicho que eras divorciado, ¿no?

PASAJERA 1.- No se preocupen, yo sé desde chiquita que los hombres cambian de estado civil cuando doblan la esquina.

RECIÉN CASADO.- (Inventando con ingenuidad.) ¡Ya sé! ¡Eres divorciado y vives con tu madre!

PASAJERO.- (Hosco.) Vivo solo. (Breve y molesta pausa.) Y no he llegado a Santiago.

RECIÉN CASADO.- Discúlpame.

PASAJERO.- No tengas pena.

RECIÉN CASADO.- Si ya somos casi amigos...

PASAJERO.- Lo que no entiendo es cómo eres un Recién Casado y tu mujer no se ve por ninguna parte. Te encaprichas en que el tren va para La Habana y me parece que seguirás con La Habana en tu cabeza cuando estemos entrando a Santiago.

RECIÉN CASADO.- ¿Santiago? ¿Y ella? (Monologa.) Yo la dejé en el andén despidiéndose de las hermanas. Me dijo: «Voy enseguida, mi amor». Después montó en este tren. (Mira un momento a los demás como si sospechara que desconfian.) ¡Claro que montó! Pero no quiso entrar al coche sin pasar por el baño. ¿Cuándo entró al baño? (Angustiado.) ¡Ella entró! ¿Verdad?

PASAJERA 2.- No se desespere, ya verá que aparece.

RECIÉN CASADO.- ¿Y el tren?

PASAJERA 2.- Rueda. Ése es su oficio, rodar.

PASAJERA 1.- (Al RECIÉN CASADO.) ¿Tú vas para La Habana en serio?

RECIÉN CASADO.- (Luchando por levantar el ánimo.) ¿En serio? No. Voy tomando cerveza. (Va a buscar y se da cuenta de que ya no quedan.) ¡Coño, se acabaron! Voy contento de haberme encontrado con ustedes. (Al PASAJERO.) Tú eres un intelectual, un poeta casi, y yo soy un tipo que quiere estar siempre contento, pero tiene la mala maña de ser demasiado sentimental. ¿No es más o menos lo mismo?

PASAJERO.- Si vas para las estrellas no te hace falta pasaje.

PASAJERA 1.- Vamos para Santiago, pero cualquiera diría que no; ahora me entero de que también se puede ir a las estrellas y fácil... ¡sin pasaje! ¿En qué tren me he metido yo?

RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) ¿Tú eres periodista?

PASAJERO.- Sí, ¿y tú? ¿Adivino?

RECIÉN CASADO.- He hecho muchas cosas. Últimamente soy constructor.

PASAJERA 2.- ¿Por qué, si usted es periodista, no aprovecha y me le hace una entrevista a acá, al joven que se casó hoy? Así se entretiene mientras llega ella.

RECIÉN CASADO.- (Regresa a la angustia.) Le he dicho mil veces que yo no soporto las demoras. Hoy, el tren pitando, y ella chachareando con las hermanas. Luego dice que soy muy nervioso, que me desespero.

PASAJERO.- ¿Ya no quieres la entrevista?

RECIÉN CASADO.- ¡No puedo más! ¡Me voy a buscar a mi mujer!

PASAJERO.- Ahora no la vas a encontrar. Todavía no es el momento.

RECIÉN CASADO.- ¡La tengo que encontrar!

PASAJERA 2.- No te asustes, muchacho. Seguro que se escondió para ver qué tú hacías.

PASAJERA 1.- (Buscando salvar la situación.) Yo no soy periodista, pero voy a empezar a preguntar. ¿Cómo se llama?

RECIÉN CASADO.- Ernesto, Ernesto Cano.

PASAJERA 1.- ¿Cuándo naciste?

RECIÉN CASADO.- Hace un rato.

PASAJERA 1.- No juego más. Me están cogiendo la entrevista pa'l relajo.

PASAJERO.- Para nosotros, como Recién Casado, es verdad que nació hace un ratico. Te voy a ayudar. (Al RECIÉN CASADO.) ¿Cómo y cuándo conociste a tu mujer?

RECIÉN CASADO.- Yo trabajo ahora subido en un andamio.

PASAJERA 1.- ¿Y antes qué hacías?

PASAJERA 2.- Con dos periodistas a la vez no puede.

PASAJERO.- Es que mi alumna tiene que practicarse.

RECIÉN CASADO.- (Entrando progresiva y dulcemente en la atmósfera del pasado.) Ella pasaba todos los días vestida de blanco. Yo nunca me hice muchas ilusiones. Caminaba derechita, como si fuera para algún lugar, muy decidida. Yo, lo que sí hacía, era mirarla, mirarla siempre, encantarme con su manera de andar. Una vez, de tanto seguirla con la vista hasta que sé perdiera en la próxima esquina, casi me caigo y me rompo un hueso. ¿Tú te has subido alguna vez en un andamio?

PASAJERO.- Bueno, sí; es decir, hace mucho tiempo. Habrá que inventar algo para que el hombre no se arriesgue de esa forma. ¿No te parece, Recién Casado?

RECIÉN CASADO.- El trabajo duro hay que hacerlo de todas formas y nadie tiene la culpa de que mi mujer -cuando todavía ni era mi mujer- pasara todos los días frente a mi vista y yo me desconsolara. No te creas... Cuando uno le coge la vuelta, sudar la camisa es mejor que estar ocho horas trancao en una oficina; siempre en peligro de que te hagan perder el tiempo o de que se metan en tu vida.

PASAJERA 1.- (Animándose.) Su futura mujer pasaba y usted la miraba, ¿y qué más? Me parece a mí que si uno de los dos no se hubiera decidido, todavía estarían uno, en el andamio y la otra dando vueltas alrededor.

RECIÉN CASADO.- recién casado. Un día yo estaba trabajando de espaldas a la calle.

(Sube a uno de los asientos e imita la posición de trabajo. No se trata de una recreación naturalista de la acción concreta, sino de un frenético juego que tiene mucho de voluntaria teatralidad.)

Mire, así, ¿y a que no saben por qué supe que era ella la que venía por la calle?

 

(La CAMARERA entra rápidamente.)

 

CAMARERA.- Por eso a mí no me gusta despachar ni media cerveza más de la que les toca. Te dicen «mi vida», «mi cielo», «amorcito», «corazón de chocolate». Pero cuando la fría les calienta la cabeza, discuten altísimo, empiezan a meterse con las mujeres...

RECIÉN CASADO.- Nos estamos portando bien.

PASAJERA 1.- Ni la señora ha protestado.

RECIÉN CASADO.- Ella sabe que nosotros suspiramos por sus gaticos.

CAMARERA.- (Al RECIÉN CASADO.) Oiga, ¿su mujer no lo habrá dejado por subirse donde no debe?

RECIÉN CASADO.- Ella me adora.

PASAJERA 2.- (A la CAMARERA. Su posición ha ido evolucionando de la curiosidad al entusiasmo.) ¿Quiere enterarse de cómo la conoció?

CAMARERA.- Tengo que atender en el otro coche.

PASAJERO.- ¿De verdad? ¿O quieres escaparte?

RECIÉN CASADO.- ¿Tú eres casada?

CAMARERA.- No sé.

PASAJERA 1.- ¿No sabe?

PASAJERA 2.- ¡No puedo creerlo!

CAMARERA.- Se me olvida, se me olvida todo aquí arriba; sólo me importa que el tiempo vuele, que los cruces no se enmarañen, que no haya nada raro en medio de la vía, que el tren corra rápido para regresar a mi casa, o para llegar al albergue y reírme con las muchachitas; dar una vuelta, salir, coger un poco de aire de la calle. (Breve pausa. Se sorprende de su propia sinceridad.) Aquí no me importa nada ni me acuerdo de lo que pasa.

PASAJERA 2.- ¿Cómo que no se acuerda?

PASAJERO.- Y... (Con intención.) ¿Aquí arriba nunca se enamora?

CAMARERA.- No. Quiero decir, casi, pero no como allá afuera. Aquí no soy soltera ni casada; no tengo edad, ni dirección, ni teléfono, ni siquiera nombre.

PASAJERA 1.- ¿Entonces sube al tren vacía?

PASAJERO.- ¿Como si fuera plástica?

CAMARERA.- ¿Qué le vamos a hacer? ¡Tiene que ser así!

RECIÉN CASADO.- No, no tiene que ser así.

CAMARERA.- (A la ofensiva, como si hubiese recuperado el dominio de su territorio.) Si voy a hacerle caso a todo el que sube, me vuelvo loca.

PASAJERA 1.- Y si no le haces caso a nadie, ¿qué pasa?

CAMARERA.- Por lo menos, así es más fácil.

PASAJERA 1.- (Sin confundir la complicidad prematura con la vanidad o el paternalismo.) Yo también trabajo con personas, yo también me aburro de lo mismo, a mí también me mortifican a veces y me sacan de quicio, pero me preocupo por ellas.

CAMARERA.- (Sensibilizada por los argumentos de la PASAJERA 1.) Pero este tren es distinto, pasan cada cosas... Para que vean que no soy plástica ni de cartón: pueden hacer todas las historias y los cuentos que quieran, pero sin alborotar demasiado. Vaya, háganse la idea de que son unos pasajeros normales.

 

(Sale sin dar tiempo a ningún otro comentario.)

 

PASAJERO.- (Al RECIÉN CASADO.) ¿La oíste? Estás autorizado para contarnos cómo es tu mujer, dónde la encontraste, cómo se enamoraron. Vamos a ver, ella pasaba todos los días vestida de blanco.

RECIÉN CASADO.- No miraba a nadie. A las mujeres siempre les gusta un poco hacerse las difíciles. (A la PASAJERA 1, como buscando colectivizar definitivamente el viaje y el juego.) ¿Tú no crees?

PASAJERA 1.- A mí me parece que eso era antes. (A la PASAJERA 2, con ingenua picardía.) Ahora hay que aprender a tomar la iniciativa.

PASAJERA 2.- (Con la ingenuidad del público de las telenovelas.) Todavía no sé bien cómo ellos se conocieron. (Al RECIÉN CASADO.) Estás trabajando de espaldas a la calle, es decir, que no la has visto a ella, pero la adivinas.

RECIÉN CASADO.- ¿Por qué no aparece por esa puerta? ¡La necesito mucho!

PASAJERO.- Acércate a ella.

RECIÉN CASADO.- (Excitado.) ¿Dónde está?

PASAJERA 2.- Tráela tú con esa historia.

RECIÉN CASADO.- (Estimulado por la complicidad.) Claro, si somos capaces de coger un tren para las estrellas.

PASAJERA 1.- (Toma la caja de cervezas vacía y se la tiende. Ella también comienza a necesitar el juego.) Súbase.

RECIÉN CASADO.- Salía del hospital, con el lazo de enfermera detrás del pelo. Caminaba de una forma como si no pisara el suelo, o como si estuviera bailando unos pasillos muy corticos que sólo ella se inventó para salir del trabajo cada tarde o cada mañana. Bueno, yo no sé hacerlo como ella, y subido en este andamio requetemenos. Ya estamos terminando la pared de una escuela que está enfrente del hospital. Estoy pensando que cuando tire el último cucharazo de cemento, no la veré nunca más.

PASAJERO.- (A la PASAJERA 1.) ¿Por qué no camina como ella?

RECIÉN CASADO.- Sí, camina. Seguro que lo haces bien.

 

(Todos miran a la PASAJERA 1, en un movimiento que recordará el de una cámara cinematográfica.)

 

PASAJERA 1.- Pero, ¿qué sé yo? (Cediendo lentamente.) Da la casualidad que también soy enfermera, pero a esa mujer no la conozco. En mi vida la he visto, ni en fotografías.

RECIÉN CASADO.- Se llama Elena.

PASAJERA 1.- Yo necesito más.

RECIÉN CASADO.- Imagínate que es después de un turno de once a siete.

PASAJERA 1.- (Entrando en el universo de sus propias disyuntivas y referencias.) Y si es cuando falta una compañera y hay que doblar el turno...

PASAJERO.- (Adquiriendo matices de la teatralidad del RECIÉN CASADO.) Mira ahora a unos tipos dejar a un lado su trabajo y empezar a decirte cosas. Acuérdate que están subidos en un andamio, se están jugando la vida con tal de piropearte.

PASAJERA 1.- (Con un fingido «despiste».) ¿Y qué dicen?

PASAJERO.- (Entrando de lleno en el juego de la coquetería.) ¿Seguro que no sabes?

PASAJERA 2.- ¿Qué mujer no ha sentido eso?

PASAJERA 1.- (Alegre, juguetona. Al RECIÉN CASADO, pero con indirecta referencia al PASAJERO.) Póngame un ejemplo.

RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) Ayúdame, hermano.

PASAJERO.- Yo nunca he trabajado en la construcción. No sé bien las cosas que les dicen a las muchachas.

RECIÉN CASADO.- Los que se ensucian la ropa, hablan el mismo idioma de los que usan guayabera. Tú eres periodista, debes saber de todo. ¡Dale!

PASAJERO.- Si ella no camina...

PASAJERA 1.- Vamos a ver cómo sale.

(Comienza con cierta y estudiada timidez y torpeza. Rápidamente, se va soltando.)

¿Está bien así?

RECIÉN CASADO.- (Al PASAJERO.) Arriba, dile algo...

PASAJERO.- (Sobreactúa. Está realmente nervioso.) «Abusadora», «Doña Bárbara»...

PASAJERA 1.- (Disimulando la complacencia.) Ni que una estuviera siempre para eso.

PASAJERO.- «Cosa rica».

PASAJERA 2.- ¿Lo hizo bien? ¿Se parece a su verdadera mujer?

RECIÉN CASADO.- Caminando así... Las dos caminan como la gente que está dispuesta a luchar hasta el final.

PASAJERA 1.- (Deteniéndose. Casi con cariño.) Dime la verdad, ¿eres un Recién Casado al que la mujer se le demora cuando más falta le hace o...?

PASAJERA 2.- ¡Deja eso ahora, muchacha!

RECIÉN CASADO.- (Muy exaltado. Se baja del «andamio».) Si ella no existe, si no me casé, si no funciona... no tiene por qué existir este tren, ni la Camarera, ni siquiera los gaticos de la señora...

PASAJERA 2.- Deja tranquilo a mis gaticos y sigue con tu historia, que es muy linda y, para mí, muy verdadera. Cuando subiste, con aquel alboroto, me ericé. A mí los borrachos me sacan de quicio. Frente a mi casa hay un bar, y no hacen más que abrirlo para que yo esté poniéndoles seguro a las puertas y rodando muebles. Me atrinchero mucho antes de que se emborrachen. Al principio pensé que eras uno más. Pero estás enamorado, y al amor yo lo respeto mucho. Por favor, hazme creer en tu mujer. Yo también necesito que ella exista.

PASAJERO.- Eso es, mi vieja. (Buscando la atmósfera de la representación.) Ella pasaba todos los días vestida de blanco...

RECIÉN CASADO.- (Subiéndose al«andamio».) ¡No hay uniforme más lindo que ése!

PASAJERA 1.- Lo que es la vida. Yo siempre llevo mi pitusa, un pulóver y no hago más que marcar la tarjeta de salida para ir corriendo a cambiarme de ropa.

PASAJERA 2.- (Casi agresiva ante esta intromisión de la «realidad».) ¡Respeta las reglas del juego!

PASAJERA 1.- Está bien. Salí de doblar un turno. Son las siete y pico de la mañana, estoy muerta de sueño.

PASAJERO.- El amigo galán está vigilando, y en cuanto se acerca (Sobreactúa.) : «Niña», «Mamita...».

 

(La PASAJERA 1 juega a la muchacha distraída. El PASAJERO se queda como sin texto. El RECIÉN CASADO y la PASAJERA 2 son ahora un público completamente cómplice.)

 

RECIÉN CASADO.- («Soplándole» al PASAJERO.) «Criminal».

PASAJERO.- (Va a repetir mecánicamente, pero al final se decide por otra palabra.) «Bomboncito».

RECIÉN CASADO.- (En la situación del juego.) No me gustan las groserías con las damas, me parece que así se espantan.

PASAJERO.- Deja eso. (Falso, caricaturesco.) A mí no hay jeva que se me resista, asere...

RECIÉN CASADO.- ¡Caballo! Allá en mi pueblo dicen «caballo».

PASAJERO.- Pero este socio pasó el servicio militar, cuando terminó se quedó «pinchando» en la construcción. ¿No te gusta así?

RECIÉN CASADO.- (En su personaje.) Tú serás de La Habana y yo soy un guajiro, pero ni tú ni nadie me quita de la cabeza que «el pollo» se ablanda mejor con dulzura.

PASAJERA 1.- ¿Qué hago yo ahora?

PASAJERO.- (Entusiasmado con la variante que ve venir.) Una tarde tú, por cansancio, me respondiste los piropos y entablamos conversación. Entonces él se puso muy celoso. ¿Les gusta así?

PASAJERA 2.- Pero una muchacha de su casa no va a oír a un hombre con esos modales.

PASAJERO.- Usted verá, mi vieja. ¡Sss!, oyee, mírame, niña... No seas criminal y abusadora. Dime algo, cielo...

PASAJERA 1.- (Muy coqueta y sensual.) Hasta que no me diga bomboncito, no lo miro.

PASAJERO.- Ven acá, bomboncito, ¿tú me quieres matar del corazón?

PASAJERA 1.- ¡Qué va, compañero! Yo no quiero matar a nadie. Fíjese que mi oficio es curar.

PASAJERO.- Pues cúrame a mí, que estoy enfermo de ausencia, de tristeza y desesperación. A mí, que se me fracturó la alegría.

PASAJERA 2.- Si el amigo le habla tan bonito, me parece que ella se va con él.

RECIÉN CASADO.- (Un tanto ausente.) Es posible.

PASAJERO.- Vamos a tratar de arreglarlo. (A la PASAJERA 1, en situación.) ¿Por qué si tu trabajo es curar me haces sufrir de esta manera? ¿Por qué esa indiferencia con los hombres que te adoran?

PASAJERA 1.- (Señalando al RECIÉN CASADO.) ¿Y serán tantos los hombres que me adoran?

PASAJERA 2.- (Al RECIÉN CASADO.) Ahora le toca entrar, ¿no?

RECIÉN CASADO.- Yo estaba esperando mi oportunidad, me llegó un día en el que se acabó el cemento y paramos el trabajo. Me dije: «32 años que tengo yo, y unos 25 que tendrá ella, son cincuenta y siete años perdidos sin encontrarnos. ¡Está bueno ya, desde hoy voy a ser feliz... porque me da la gana!».

CAMARERA.- (Entrando. Su alarma es bastante exagerada.) ¡Qué clase de escándalo! Si sube un inspector, me busco un lío.

RECIÉN CASADO.- Los aburridos y los bobos son los únicos que no se buscan problemas.

PASAJERA 2.- Y esos que monten en otro tren.

CAMARERA.- Me divierto con ustedes, pero a mí no me convienen estas locuras.

PASAJERA 1.- No se preocupe. Yo soy la mujer de mentirita, sin mí no hay juego.

CAMARERA.- ¿Y la mujer de verdad? Esto parece una película de misterio.

PASAJERA 2.- (Apasionada.) Pero no lo es. Aquí todo el mundo se acuerda del amor, y si a alguien se le olvida, lo inventamos de nuevo.

PASAJERO.- Ven acá, Recién... Dime la verdad, Ernesto. ¿Tú te casaste hoy con firmas y mucha gente alrededor o te inventaste la boda contigo mismo?

RECIÉN CASADO.- (Después de una larga pausa en la que se respira cierto desasosiego.) No me entienden; tampoco ustedes me entienden, desconfían...

CAMARERA.- Pero si no vemos a su mujer...

PASAJERA 2.- Usted no ve nada... ¿No quedamos en que era plástica?

CAMARERA.- De hierro quisiera ser con los que se creen que tienen derecho a todo, porque dejan una propinita, con los que están vigilando al de al lado para robarle el maletín, con esos tipos que te miran con hambre, como si fueras un bocadito o una hamburguesa vestida de uniforme.

PASAJERA 1.- ¿Y todos son así?

CAMARERA.- No. Hay otros peores.

PASAJERA 2.- ¿Cuáles?

CAMARERA.- Los que hablan bonito, los que prometen, los que hacen recordar... (Breve silencio.) 

RECIÉN CASADO.- (Súbitamente deprimido.) Pensaron que yo era un mentiroso que va de tren en tren comiendo bolas, inventando fiestas... ¡Y no es así, coño! (Casi melodramático.) Si ella no está, es porque le ha pasado algo.

PASAJERA 2.- Ni hables de eso.

PASAJERA 1.- Si su mujer existe, entonces...

PASAJERA 2.- ¡Claro que existe, niña!

CAMARERA.- Tengo que seguir trabajando. Después me cuentan...

RECIÉN CASADO.- ¡Oiga, Camarera!

CAMARERA.- ¿Quieren más cerveza?

RECIÉN CASADO.- 

recién casado. (Apunto de gritar.) Quiero que me quieran un poquito. (La CAMARERA va a contestar, pero en el último momento decide escapar.) 

PASAJERO.- Discúlpame, amigo, pero, ¿cómo no te das cuenta de que el tren va para Santiago?

RECIÉN CASADO.- (Con un destello de solemnidad.) Hoy se me juntaron las dos cosas que dan la borrachera ] más rica de la vida; pocos tragos y mucha esperanza de ser feliz. Hace un buen rato, me di cuenta de que el tren no va para La Habana, que yo estoy al revés. El problema es que yo quiero...

PASAJERA 1.- (Solidaria.) Bájate y coge otro tren.

RECIÉN CASADO.- ¿Y ustedes siguen para las estrellas sin mí? (Como aferrándose a una nueva ilusión.) Ya sé. Seguro que ella me vio subir y se escondió para darme la sorpresa.

PASAJERA 2.- (En tono confesional, pero con entera naturalidad.) La esperanza es muy linda. Yo salí de España cuando tenía 18 años, cuando llegó Franco. Dejé un hijo chiquito. Nunca más lo he visto. Sabe donde vivo ahora, puede venir a verme. Pero nada, ninguna noticia... ¡Y yo tengo mi esperanza! A pesar del tiempo y de lo sola que he vivido todos estos años. En el barrio algunos dicen: «Por ahí va la viejita de los gatos...», pero yo sigo en lo mío. Hasta el último día voy a vivir con mi esperanza.

 

(Silencio.)

 

 

RECIÉN CASADO.- ¡Vamos, mi vieja! Entre usted y yo ya verá que encontramos a mi mujer.

PASAJERA 2.- Por lo menos, para mí es posible.

PASAJERO.- Si no la encuentras...

RECIÉN CASADO.- ¡La tengo que encontrar!

PASAJERA 2.- (Recoge sus cosas, entusiasmada.) Aguántame los bocaditos. Si quieres cómete uno, debes tener hambre y cuando uno se casa se tiene que alimentar.

RECIÉN CASADO.- (Saliendo. A la PASAJERA 1 y al PASAJERO.) Traten de pasarla bien y extráñenme.

 

(El PASAJERO duda en llamarlo; cuando ya casi está al salir, grita.)

 

PASAJERO.- ¡Ernesto...! (Silencio. Regresa junto a la PASAJERA 1.) ¡Qué tipo! Nos ha hecho reír.

PASAJERA 1.- A mí casi me hace llorar. Me ha hecho pensar en mil cosas que no tienen que ver con este tren ni con su boda extraña. Lo que no me cabe en la cabeza es cómo pudo confundirse...

PASAJERO.- ¿No seremos nosotros los que vamos al revés? ¿Tú sabes lo que es tener una buena ilusión?

PASAJERA 1.- Ahora no se puede estar pensando en las musarañas. Yo soy una mujer práctica.

PASAJERO.- ¿Tú nunca te confundirías de tren?

PASAJERA 1.- (Retada.) ¡Qué va! Yo no me confundo fácil.

PASAJERO.- La vida es más compleja y más rica que las películas o las novelas de televisión.

PASAJERA 1.- Es verdad que hay muchas cosas raras. Tú mismo... Al principio pensé que eras muy aburrido. Cuando te vi con tu librito, mirando el paisaje, el Recién Casado, te «espabilaste» y empezaste a parecerme otra cosa.

PASAJERO.- ¿Qué es para ti... (Burlándose de la palabra.) un intelectual?

PASAJERA 1.- No sé, un hombre que sabe mucho, lee libros y eso. Que habla con palabras raras y bonitas.

PASAJERO.- ¿Y nunca dice «ricura» o «mamita»?

PASAJERA 1.- (Cómplice, regresando al juego.) Cuando jugamos a que yo era la mujer del Recién Casado, vi que te sabes unas cuantas palabritas de la calle. Hasta bomboncito...

PASAJERO.- Bomboncito fue la que más te gustó, pero también te dije «criminal», «asesina», y otros piropos más o menos sangrientos. Mira... (Se da cuenta de que no sabe su nombre.) 

PASAJERA 1.- María Victoria.

PASAJERO.- Yo, Arturo. Mira, Vicky, esos intelectuales de bufanda, pipa para fumar, que toman té a las cinco, los muy... ingleses. Ésos sí son de películas y de películas malas.

PASAJERA 1.- (Seria.) Pero el nivel siempre influye. Si tú tienes mucha cultura, te gustará reunirte con gente que sea igual que tú. Tu mujer, tus amigos, seguro que también saben mucho.

PASAJERO.- Depende. Yo vivo en la Habana Vieja...

PASAJERA 1.- ¿En una barbacoa?

PASAJERO.- En la barbacoa viven los libros y la máquina de escribir, pero mi hijo, cuando viene, también juega barbacoa. A él le gusta.

PASAJERA 1.- (Sin poder disimular la curiosidad.) Ah, tienes un niño.

PASAJERO.- Sí. ¿Pensabas que los intelectuales tampoco...?

PASAJERA 1.- Yo no soy tan bruta. Martí fue tremendo intelectual y tuvo un hijo. Le hizo unos versos muy lindos, ¿no?

PASAJERO.- Ya ves. Te decía lo de la Habana Vieja, porque vivir en un barrio como ése te ayuda a estar más cerca de la gente. Un vecino cualquiera, el Chama, que se crió junto conmigo y que ya se ha dado dos o. tres buenos golpes en la vida, viene a verme para pedirme consejos, pero yo también aprendo de él.

PASAJERA 1.- ¿Aprendes a piropear como los guapos?

PASAJERO.- Tal vez. (Breve pausa. Crecimiento de la complicidad.) 

PASAJERA 1.- Debimos haberle dicho a ese hombre desde él principio que el tren no iba para La Habana. Se hubiera bajado enseguida.

PASAJERO.- O dejarlo con su tren en la cabeza, y rodar nosotros en la misma dirección.

PASAJERA 1.- ¿Se te pegó la locura?

PASAJERO.- El miedo mío es que se desespere y haga alguna barbaridad.

PASAJERA 1.- Es un hombre alegre, no va a dejar la vida tan fácil.

PASAJERO.- (Sin demasiada gravedad.) A todos nos gusta la vida, pero a cada rato se suicida alguien.

PASAJERA 1.- Cuando llegan al hospital te piden de favor que no los dejes morir. Vamos ahora mismo detrás del Recién.

PASAJERO.- Tal vez no le guste que le caigan atrás como si fuera un muchacho. Me encanta que te preocupes; así por el Recién Casado, aunque haga nada más que un rato que lo conoces.

PASAJERA 1.- (Más relajada.) Ese hombre me cae bien y yo casi nunca me equivoco en eso de quién vale la pena y quién no sirve. Trabajar cinco años en un hospital da mucha vista para distinguir la amistad. Dice mi abuela que soy demasiado confianzúa, que le doy demasiado rápido entrada a la gente.

PASAJERO.- ¿Con todos a la misma velocidad?

PASAJERA 1.- Depende. (Silencio. Ligera incomunicación.) Estoy lejos de mi casa desde chiquita y he conocido malos, egoístas, hipócritas, oportunistas, descarados, pero siempre hay alguien que te devuelve la esperanza. Alguien que te da la mano para que salgas del hueco.

PASAJERO.- (Impresionado, por decir algo.) Los santiagueros son muy hospitalarios.

PASAJERA 1.- Yo no soy santiaguera. Nací en Bayamo.

PASAJERO.- Entonces eres una muchacha incendiaria.

PASAJERA 1.- ¿Por qué?

PASAJERO.- A Bayamo la quemaron hace mucho tiempo. ¿No te enteraste?

PASAJERA 1.- Claro, para saber eso no hay que ir a la universidad.

PASAJERO.- No te pongas brava. Mira, yo venía bastante deprimido y entre tú y Ernesto me quitaron la tristeza. (Se le ocurre de pronto.) ¿Cómo fue tu incendio, Vicky?

PASAJERA 1.- Se ve que eres periodista.

PASAJERO.- ¿Cómo te enteraste?

PASAJERA 1.- ¿Del incendio?

PASAJERO.- De mi profesión.

PASAJERA 1.- (Con franca coquetería.) Lo oí, las mujeres somos curiosas y tenemos buena memoria.

PASAJERO.- ¿Y tu incendio?

PASAJERA 1.- (Con añoranza.) La maestra habló en la clase de cuando los bayameses quemaron la ciudad para no entregársela a los españoles y se fueron para el monte. Llegué a la casa con la cabecita llena de humo.

PASAJERO.- ¿Hace mucho tiempo de eso?

PASAJERA 1.- ¡Averiguarme la edad con lo del incendio sí que no! (Breve pausa. Alegre.) Ahora me toca preguntar a mí.

PASAJERO.- ¿Me subo en el andamio y tú pasas con el uniforme muy blanco? (Breve pausa.) Primera respuesta: No soy casado.

PASAJERA 1.- Si tú supieras, eso es lo único que yo nunca pregunto. (Silencio.) ¿Por qué no buscamos al Recién? Tal vez se sienta mal.

PASAJERO.- ¿No te parece que una vez en la vida hay derecho al egoísmo?

PASAJERA 1.- ¡Qué va! No soporto a los egoístas. El pobre hombre se montó en su tren lleno de ilusiones... ¿Qué se hará ahora cuando se quede sin nada?

PASAJERO.- ¿Pero si yo no tengo fe, cómo voy a inculcársela a otro?

PASAJERA 1.- Tú no tienes problemas. Eres bastante joven, vives en La Habana, tienes un hijo, una mujer, o; muchas mujeres... ¡Qué sé yo!

PASAJERO.- Tenía una mujer, la quería mucho.

PASAJERA 1.- ¿Se fue?

PASAJERO.- Se escapó...

PASAJERA 1.- ¿Te dejó?

PASAJERO.- La perdí.

PASAJERA 1.- Disculpa.

 

(Silencio incómodo.)

 

PASAJERO.- No voy a echarme a llorar; no te preocupes. La vida sigue y uno con ella. Pasea, toma ron, se acuesta con otras mujeres, pero en el fondo siente un vacío muy grande.

PASAJERA 1.- La soledad es una cabrona. Yo era muy apegada a mi padre, y cuando lo perdí...

PASAJERO.- ¿Tuviste un hombro o un hombre donde recostar la cabeza?

PASAJERA 1.- Un rato.

PASAJERO.- ¿Por qué un rato?

PASAJERA 1.- ¡Porque estaba con un hombre casado! (Pausa escabrosa.) Es sencillo. Para él era cómodo y para mí también. Nos gustábamos, salíamos de vez en cuando, pero sin mucha complicación, sin celosa sin tragedias. Los domingos me aburría un poco. Me daba envidia ver a mis hermanas ir al cine o dar una vuelta con sus novios. Pero tampoco tenía obligación con nadie. (Silencio.) ¿A ti qué te importa todo esto?

PASAJERO.- Eso no me importa casi nada. Tus preocupaciones sí me importan; tus ojos, tu historia me importan muchísimo, Vicky.

PASAJERA 1.- Ahora en el tren, para pasar el rato. Cuando te bajes le dices lo mismo a la primera que te encuentres, se va contigo, y de mí ni te acuerdas más nunca.

PASAJERO.- Eso es lo normal, lo lógico.

PASAJERA 1.- ¡Es lo que siempre pasa!

PASAJERO.- ¿Y si nos proponemos que con nosotros sea distinto? Si ahora mismo (Hace algún gesto que recuerda la acción del RECIÉN CASADO al subirse al «andamio».) les grito a todas las lógicas del mundo: «¡Váyanse al diablo! ¡En este tren no entra la lógica!». (Pausa breve. Más suave.) ¿No tenemos derecho a eso?

PASAJERA 1.- Mi vida es muy complicada. Vivo en Contramaestre, trabajo en Santiago de Cuba y casi todos los días tengo que regresar a mi casa lo antes posible, porque mi madre está vieja y enferma.

PASAJERO.- A las cinco de la mañana tenía muy pocas ganas de venir, me parecía que casi nada valía la pena, y sólo me movió la idea de que, por muchos problemas que uno tenga, tiene que cumplir con su deber. Después empecé a sentir una cosa muy rara... ¿Parecía muy concentrado en la lectura? (Ella asiente muy interesada.) Apenas podía ver las letras. ¡Arriésgate, Vicky! Ya no me acuerdo de cómo es vivir sin tu compañía.

PASAJERA 1.- Todo es muy lindo... pero después se te olvida.

PASAJERO.- Todos los hombres no somos iguales. ¡Olvídate de esa vieja mentira! ¿Y Ernesto? ¿Puedes medir a un tipo como el Recién Casado con esa idea viejísima?

PASAJERA 1.- Es muy simpático, y su mujer, si es que por fin existe, debe quererlo mucho.

PASAJERO.- (Con pasión.) Él la quiere más. La quiere hasta antes de existir o después...

PASAJERA 1.- Pero si la encuentra, si la tiene cerca todo el tiempo, y se meten seis o siete meses a vivir juntos entre cuatro paredes...

PASAJERO.- ... A bajar la basura, ver la televisión y darle cuerda al mismo reloj todas las noches, para levantarse todos los días a la misma hora...

PASAJERA 1.- Entonces ya verás cómo se aburre, cómo empieza a mirar a otras mujeres.

PASAJERO.- Es verdad que a los hombres cubanos nos encanta la mujer ajena. Pero mientras más dulce es la de uno, menos se te ocurre fijarte en la compañera de trabajo o en la pepilla del barrio que va a la bodega con un short cada vez más corto.

PASAJERA 1.- ¡Ya ves!

PASAJERO.- ¡Pero no somos iguales! Al principio pensé, que eras una mujer arriesgada, dispuesta a luchar.

PASAJERA 1.- Tal vez, pero luchar por algo, no por gusto.

PASAJERO.- ¿Y si te pido que luches por lo más lindo, por lo más grande, por lo más importante? Perdóname, Vicky, pero estoy casi seguro de que tú y yo nos necesitamos.

PASAJERA 1.- (Defendiéndose de su propia ilusión.) Yo no necesito nada. Sé defenderme sola desde hace tiempo.

PASAJERO.- (Delirante.) Si quieres me bajo, llamo a Santiago, explico... Tú tienes que seguir conmigo.

PASAJERA 1.- Tengo 25 años y no estoy para marineros ni para periodistas. (Breve pausa. Más dulce que nunca.) A lo mejor me embullo, pasamos ratos muy sabrosos... Después me acostumbro a que me hables mucho y a oírte acostada con los ojos cerrados. Cuando venga a ver estamos enviciados a estar juntos. Sigue tú en lo tuyo y yo en lo mío, que para cosas de novela, con la historia del Recién Casado tenemos.

 

(Entra el RECIÉN CASADO.)

 

PASAJERA 1.- Ella...

RECIÉN CASADO.- Ella no está. Se fue, me dejó solo. (Angustiado.) Eso me pasa por dejar que todo le fuera facilito. ¡Qué comemierda soy!

PASAJERO.- No te pongas así. Ella no tiene la culpa de que tú te confundieras.

RECIÉN CASADO.- (Entre la amargura y la melancolía.) El tren, el tren... Así que yo me casé hoy y todo el mundo tiene que estar contento... Yo les dejaba que me creyeran un loco y hasta que se divirtieran conmigo. ¿Saben por qué? Confiaba en que ella iba a aparecer de un momento a otro por ese pasillo, pero no apareció, no está, no la tengo... ¡Todo es mentira!

PASAJERO.- No tienes derecho a hablar así. Nosotros te hicimos caso enseguida, nos dejamos arrastrar por ti.

PASAJERA 1.- ¿Es que no te importamos? Yo hice monerías y caminé como me dijeron. ¿Sabes por qué lo hice?

RECIÉN CASADO.- Sería para pasar el rato, para que tu pueblo llegara más rápido hasta ti.

PASAJERA 1.- Tal vez al principio. Pero si te hubiera creído un loco como otro cualquiera, no te hubiera prestado ningún interés. Parece mentira, pero empezamos a meternos en tu mundo, te sentimos cerca, y por eso pudimos jugar.

PASAJERO.- Para que no te importara que el tren fuera al revés, y no perdernos esa alegría. Y ni siquiera lo hacíamos por buenos... Tú sacaste la cara por nuestra cobardía, por nuestra sinceridad, por nuestra necesidad de abrazarnos...

RECIÉN CASADO.- Sí, pero ella no es mi mujer. Y la otra, la mía, va a pensar que yo soy un desastre.

PASAJERO.- ¿Tú conoces a alguien que sea perfecto?

PASAJERA 1.- A mí ni que me lo enseñen.

RECIÉN CASADO.- A todo el mundo le gusta mi carácter. Me llaman para que haga cuentos en las fiestas del trabajo. (Representa un poco.) «Donde está Ernesto está la alegría». En las asambleas, Ernesto es el único que se para, discute y no se deja pasar una. A las mujeres les caigo bien (Con una sonrisa picara y sensual, pero un tanto triste.) , se divierten, me buscan... ¿Pero qué he hecho con mi vida? Tengo 30 años y dos divorcios en las costillas. ¿No se dan cuenta de que ésta es mi última oportunidad para ser un poquito feliz?

 

(Silencio.)

 

PASAJERO.- No te voy a perdonar que no estés de acuerdo contigo. Eres de las pocas personas capaces de transformar a los demás.

PASAJERA 1.- Y en unos minutos.

RECIÉN CASADO.- ¿Y quién me cura a mí? ¿Quién me levanta? (Breve pausa.) Yo me alegro siempre de la felicidad. Dondequiera que veo a alguien contento, me río solo como un bobo. Me encanta ver a las parejas por el Malecón... Cien, doscientas, y siempre se creen que son ellos dos los únicos en el mundo. Lo que me fastidia, lo que me mortifica, lo que me jode, es que ni en este tren pueda estar todo el mundo contento a la vez.

PASAJERO.- Lo más triste es que nos alejamos unos de otros. El que está contento, goza de su felicidad como un niño egoísta y goloso. El triste, al que le fueron mal los planes, mastica solo su depresión.

PASAJERA 1.- (Como continuación orgánica de la idea anterior.) Se esconde en un libro, inventa una boda...

RECIÉN CASADO.- ¡Una boda nunca es mentira! Aunque no se firme ningún papel, ni nadie se entere. Los abuelos del campo nunca firmaban, pero hacían tremendas fiestas en silencio. Se ponían la mejor ropita para llevarse a sus muchachas.

PASAJERO.- (Al RECIÉN CASADO.) No puedes frustrarte por una bobería.

PASAJERA 1.- (Como quien recuerda algo absurdamente olvidado.) ¿Dónde dejaste a la señora de los gaticos?

RECIÉN CASADO.- ¡Pobre vieja! Le regalé mi saco. (Con triste ironía.) Total, ya yo no me voy a casar más nunca.

PASAJERA 1.- Quédate en mi pueblo conmigo! Te bañas y comes en mi casa, llamas por teléfono a tu mujer...

RECIÉN CASADO.- ¿A dónde la voy a llamar?

PASAJERA 1.- Al hotel...

RECIÉN CASADO.- (Es difícil precisar si está angustiado o cogido en falta.) No teníamos reservación. Íbamos a resolver con un pariente.

PASAJERA 1.- Pues llámala a casa del pariente, o a la terminal, no sé. ¡Ojalá todo fuera como eso! Ya verás que dentro de un tiempo los dos se ríen de todo esto.

RECIÉN CASADO.- Yo nunca me apartaba de ella. Todas las noches la iba a ver y le llevaba cinco o seis cartas. Se las hacía a la hora del almuerzo, o en cualquier otro rato que me sobrara en el trabajo. Me ponía a escribir como si estuviera muy lejos y ella me esperara en su portal bañadita y linda. Los amigos me decían: «Llévala recio». «No la malacostumbres». A veces cogía un poco de cuerda y me decía: «Tengo que apretarle la mano». ¡Pero no podía! Es que para mí ella es mi mujer y la niñita que todavía no he tenido. Las dos al mismo tiempo.

PASAJERO.- Uno da muchos consejos, pero cuando le toca su hora, malcría y requetemalcría, y hace bien; las mujeres son lo más lindo y lo mejor.

PASAJERA 1.- (Al PASAJERO.) Menos mal que no eres machista.

PASAJERO.- Hasta sé cocinar un poquito.

RECIÉN CASADO.- Si ella hubiera sufrido un poco por mí... Mi abuela lo decía: «El que quiera azul celeste, que le cueste». Todo le ha sido demasiado fácil.

PASAJERO.- Ya te lo dije, ni Vicky ni yo vamos a permitir que te desesperes. Y menos que abandones la lucha por lo que más quieres. Ella, tu mujer, existe.

RECIÉN CASADO.- Pero ustedes no creen en ella.

PASAJERA 1.- Sí creemos.

PASAJERO.- Vamos a brindar los tres, la vamos a encontrar y estar juntos, porque también tenemos la sonrisa de Vicky.

PASAJERA 1.- Cuando perdiste a tu mujer, ¿tuviste quien te hablara así?

PASAJERO.- No. Y muchos amigos me viraron la espalda. Me volví un solitario de mierda, uno de esos tomadores de bares donde nada más que hay tipos queriendo hacerse los duros, pero que van a esos lugares porque no tienen valor para salir a la calle y abrazar a la primera mujer que les guste o al primer amigo que se lo merezca. (Al RECIÉN CASADO.) No quisiera que a ti te pasara lo mismo.

PASAJERA 1.- Yo llevo muchos años fuera de mi casa. Sé lo que es no tener ni una sólita puerta donde tocar. (Sin melodrama ni grandilocuencia.) Muchas veces me cogí con un teléfono descolgado pensando en algún número -aunque fuera inventado-, pero que pudiera responderme una voz amiga. A veces uno se demora meses y hasta años en hacer una amistad. En un rato han logrado que me sienta muy cerca de ustedes. Ahora no quiero perderme esto.

RECIÉN CASADO.- (Conmovido. Al PASAJERO, tratando de recuperar la euforia del principio.) ¡Bájate con ella! Llévala cargada hasta la puerta de su casa. Di que te la robaste porque te dio la gana. Porque es linda y porque tiene unos sentimientos del carajo.

PASAJERO.- (Eufórico.) ¡Y porque tú nos convenciste! Ya eres el mismo tipo que formó una boda en medio del tren

PASAJERA 1.- Me gusta más el juego del andamio y la muchacha. (Al RECIÉN CASADO.) ¿Quieres que vuelva a caminar como tu mujer?

RECIÉN CASADO.- Deja eso ahora. Camina, camina alegre y simpática, abraza a tu hombre.

PASAJERA 1.- (Con un destello de rubor adolescente.) Pero es que yo casi no lo conozco a él...

RECIÉN CASADO.- Sí lo conoces. Y no puedes bajarte de este tren. (Ella va a contestar. Él no le da tiempo.) ¿Qué vas a hacer si te bajas? ¿Casarte con el enamoradito tonto de toda la vida, que no tiene temple para una hembra como tú? ¿O con el viejo que te recoge a veces en su carro y tiene hijos de tu edad?

PASAJERO.- ¿Adivinó?

PASAJERA 1.- (Serena.) Sí, y ya no tengo mano que dar. (Muy cerca del PASAJERO.) La mayoría de los hombres piensa nada más que en la cama. Por muchas vueltas que le den, siempre caen en lo mismo...

PASAJERO.- No se trata de darle vueltas a la cama, sino de dar muchas vueltas en la cama hasta emborracharte de felicidad.

RECIÉN CASADO.- Yo me embullo rápido con las cosas, pero cuando me desilusiono recibo un golpe grande. (Confidencial.) Lo que menos soporto es el engaño. Me he ido de algunos trabajos y he dejado tremendos sueldos por no engañarme. Para cuando me pare, ¡así!, delante de un espejo, poder decir: «¡Ése soy yo!», sin que me dé asco ni miedo. A veces siento que estoy en un cuarto cerrado y que me ahoga la incomprensión de los que me rodean. ¡Y esta manía de dolerme por todo! ¿Saben por qué logro salir y respirar? (El PASAJERO y la PASAJERA 1 parecen a punto de intervenir.) Porque salgo a la calle y me doy cuenta de que uno puede hasta equivocarse, hasta tener mala suerte, y si no sirvo para profesor de una escuela, puedo levantar una pared y que quede bonita, para que a los muchachos se les alegre la vista.

PASAJERA 1.- Porque eres capaz de querer a una mujer que no aparece y encontrar precioso un uniforme.

PASAJERO.- Tienes que venir con nosotros.

PASAJERA 1.- Es una lástima, pero el nosotros, se está acabando. El tren está a punto de parar en mi pueblo. La he pasado muy bien, pero la locura tiene su límite.

RECIÉN CASADO.- ¿Dónde están?

PASAJERO.- Ahora no puedes irte, olvídate de los límites.

PASAJERA 1.- ¿Por qué no puedo irme? Yo tengo que ayudar a mi mamá, tengo que luchar.

PASAJERO.- (Encarándosele, pero lleno de afecto.) ¡Luchar por ti!

RECIÉN CASADO.- ¿Y él? ¿Y los demás? ¿Y la viejita de los gatos que con nosotros se olvidó de que la muerte ya la tiene citada? (Pausa.) ¿Y yo? ¿Si no hay boda, ni amigos, ni mujer linda? ¿Cómo vivo si el tren no va para la dicha ni para las estrellas?

PASAJERA 1.- Un rato de compañía puede ser muy rico, pero no me va a quitar mis preocupaciones ni a resolver mis problemas. (Al RECIÉN CASADO, justificándose con dulzura.) Te voy a dar mi teléfono por si quieres llamarme y me necesitas. (Al PASAJERO, entre dos fuerzas, entre dos fuegos.) Como mismo me encantas a mí... (Casi en susurro, emocionada, apunto de abrazarlo.) , como mismo quisiera vivir en La Habana, tenerte cerca para ir haciéndote mío, puedes gustarle a muchas. Y dentro de un rato te habrás olvidado de esta guajirita atrevida y sincera.

RECIÉN CASADO.- Me voy. Ya no me queda nada de la cerveza encima, el dinero se me está acabando y mi saco debe ser una suave camita para los gatos de la abuela. Cuándo llegue al otro coche y me tire en un asiento (Desinflándose.) , como se tira uno cuando perdió el juego, nadie me va a decir Recién Casado. (Pausa. El pito del tren suena insistentemente.) Antes de irme, quisiera que supieran cuál es la segunda cosa que me deja respirar hasta en el peor momento; lo que me hace sacar la cabeza cuando quisiera esconderla y comerme solo mi gorrión, lo que me deja vivir cuando empieza a faltarme el aire.

PASAJERO.- (Toma a la PASAJERA 1 del brazo. Se acerca al RECIÉN CASADO y al público.) Vamos a hacer una cosa. Un juego. Cuando tú termines de poner sobre la mesa esa segunda razón, ya ella tendrá que haber decidido si se baja o se queda en este tren. Si se va, no habrá despedidas ni promesas para un después. Si se queda tampoco quiero palabras, sino... (Se interrumpe por la emoción. Al RECIÉN CASADO.) Me parezco más a ti de lo que supones y me gusta decidir rápido. ¡Arriba el juego! Por favor.

 

(Pausa breve. Le extiende al RECIÉN CASADO la caja de cervezas vacía que ya para todos es el «andamio». El RECIÉN CASADO se sube a su andamio.)

 

Yo me encanto de verla caminar. (A la PASAJERA 1.) Camina, anda...

 

(La PASAJERA 1 comienza a pasearse con coquetería, que por momentos desaparece, y su andar se convierte en vueltecitas de impaciencia.)

 

PASAJERO.- (Con ritmo que recuerda una caricia.) Bomboncito, bomboncito...

PASAJERA 1.- ¡Ya! Si sigues no me voy a ir nunca de tu lado. Te estás buscando ser el padre de mis hijos.

RECIÉN CASADO.- Lo que me deja reírme y hacer cuentos toda una noche; aunque después, cuando llegue a mi casa por la madrugada, llore como un niño desconsolado por algo que no me cabe en la cabeza... y que yo lo sufro por todos a los que les da lo mismo. Lo que me hace levantarme y volver a jugármela, aunque pueda volver a perder es la sospecha de que quedan otros iguales o parecidos, que me pueden querer... o por lo menos oírme. Y desde ahora sé una cosa mejor; sé que quedan muchachas como María Victoria, capaces de brindarle la casa al amigo, sin que haga falta que le enseñen un carné, un papelito o la foto de la mujer del hombre como si fuera un comprobante. Una muchacha que ahora mismo va a caminar...

PASAJERA 1.- Vestida de blanco, con un lazo detrás del pelo y el uniforme más lindo del mundo.

PASAJERO.- Y en los dos o tres minutos que faltan para que llegue tu mujer, voy a hacerte mi mejor entrevista. ¿Cómo te llamas?

RECIÉN CASADO.- Ahora mismo, y quiero seguir naciendo todos los días.

PASAJERO.- ¿Cuál es tu oficio?

RECIÉN CASADO.- Rodar.

PASAJERA 1.- Contéstame bien ahora. ¿Cómo te llamas?

RECIÉN CASADO.- ¡Recién Casado! ¿No la estás viendo a ella que viene corriendo hacia nosotros?

 

(El PASAJERO y la PASAJERA 1 miran junto con el público hacia el lateral que señaló el RECIÉN CASADO. Se oye un largo y muy agudo pitazo del tren.)

 

 

 

 

 

FIN

 

 

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