Jaque Mate al Pudor
Farsa onírica en un acto
PERSONAJES:
Don Ernesto: Sexagenario. Terco, de bastón, anclado en las formas.
Arturo: Su amigo y rival de ajedrez. Al borde de un ataque de nervios.
Lucía: La hija. Moderna, risueña, desinhibida.
Mateo: El novio. Relajado, viste con un toque bohemio.
Doña Clara: La esposa de Ernesto. Práctica y armada con un bolso pesado.
Escenografía: Una sala de clase media acomodada, con libreros y un tocadiscos. Al centro, una mesita con un tablero de ajedrez.
(Se abre el telón. Ernesto y Arturo juegan al ajedrez. Ernesto tiene la mano suspendida sobre el tablero, sosteniendo un caballo. Se queda completamente pasmado, la mirada fija en el vacío. Pasa un segundo. Pasan cinco. Arturo se inclina, lo mira de cerca. Pasa una mano frente a los ojos de Ernesto. Nada.)
(En voz baja) ¿Ernesto? (Silencio) ¡Ernesto, por el amor de Dios!
(La iluminación cambia sutilmente. Una luz azulada baña el centro de la sala, dejando la mesa de ajedrez en un cono de luz cálida. Comienza a sonar un vals francés, pero tocado con un acordeón ligeramente desafinado y un contrabajo juguetón.)
(Comienza a desesperarse. Se levanta de la silla, se jala los cabellos de forma exagerada) ¡Llevas diez minutos así! ¡Mueve la pieza o me declaro en huelga!
(Arturo camina de un lado a otro del escenario con las manos en la espalda, resoplando, exactamente como un hombre en la sala de maternidad esperando a que nazca su hijo. Va hacia la puerta, agarra el picaporte, se arrepiente, vuelve a la mesa, hace un amago de golpear a Ernesto en la cabeza para que reaccione. Ernesto, sin salir de su trance y sin mirarlo, levanta la mano libre y hace un gesto desganado, como espantando una mosca molesta.)
(Indignado) ¿Mosca? ¡Qué mosca ni qué ocho cuartos, soy yo que me estoy haciendo viejo esperando tu jugada!
(Mientras Arturo sigue refunfuñando en silencio y caminando en círculos, Ernesto se levanta físicamente de su silla. Curiosamente, Arturo sigue gritándole a la silla vacía. El cuerpo de Ernesto sigue ahí, pero su mente acaba de entrar a la escena onírica. Por la puerta principal entran Lucía y Mateo. No caminan; entran bailando el vals que suena de fondo. Él la hace girar. Se detienen en el centro de la sala y se dan un beso prolongado, apasionado y ruidoso.)
(Dando un golpe en el suelo con el bastón) ¡Epa, epa, epa! ¡Que le vas a sacar las amígdalas, muchacho! ¡Suéltala, que no es chicle!
(Riendo, sin soltar el cuello de Mateo) Ay, papá, no seas anticuado. Mateo me estaba pasando oxígeno.
(Con una reverencia exagerada) Buenas tardes, don Ernesto. Venimos a notificarle que nos vamos a vivir juntos. Tal vez a un departamento sin muebles, para que fluya la energía.
(Se lleva la mano al pecho, escandalizado, con movimientos de película muda) ¡Sobre mi cadáver! ¡En esta casa hay principios! ¿Con qué la vas a mantener? ¿Con recitarle poemas a las macetas?
(Besa a Lucía rápidamente en la nariz) Con amor, suegro. El amor todo lo paga.
(Entra Doña Clara a paso veloz, empuñando un bolso que parece pesar tres kilos. Ve la escena y se santigua con la mano libre.)
¡Ave María Purísima! ¡En la sala no, que manchan la alfombra de indecencia! (A Ernesto) ¡Haz algo, Ernesto! ¡Dile que los hombres decentes primero piden la mano y luego los labios!
(Mateo, pícaro, vuelve a darle un beso a Lucía, esta vez inclinándola hacia atrás en un paso de tango que choca con el vals de fondo.)
¡Ah, no, esto es una provocación!
(Comienza la corretiza física y coreografiada al ritmo de la música. Ernesto levanta el bastón como espada. Clara levanta el bolso como un mazo. Persiguen a Mateo por la sala, pero el novio esquiva los golpes con movimientos de baile elegantes. Lucía ríe y aplaude.)
(Dando un bastonazo al aire) ¡Fuera de mi casa, bohemio!
(Lanzando un bolsazo que Mateo esquiva con una pirueta) ¡Trabaja primero y besa después, vándalo!
(Haciendo girar a Lucía mientras escapa) ¡La juventud es imparable, don Ernesto! ¡Acepte la derrota!
(La música se acelera. Los cuatro corren en círculo alrededor de la mesa de ajedrez, donde Arturo sigue jalándose los pelos frente a la silla vacía. Ernesto acorrala a Mateo contra el librero, alzando el bastón...)
(Gritando a todo pulmón en el mundo real, dando un manotazo en la mesa) ¡MUEVE YA, POR LO QUE MÁS QUIERAS!
(Corte abrupto de la música. La luz azul desaparece. Clara, Lucía y Mateo se desvanecen en la penumbra. Ernesto, desorientado, parpadea. Mira su mano, que sigue suspendida en el aire con la pieza del caballo. Suelta el caballo, que rueda por el tablero. En ese instante, la puerta de la sala se abre de verdad.)
(Entran Lucía y Mateo. Vienen tomados de la mano, sonrientes. Mateo se acerca a Ernesto, le da una palmada amistosa en el hombro y un sonoro beso en la mejilla.)
¿Qué tal, don Ernesto? ¡Qué guapo se ve hoy, lleno de luz!
(Ernesto se lleva la mano a la mejilla, horrorizado, y luego al pecho. Abre los ojos desmesuradamente. Empieza a dramatizar un infarto de proporciones teatrales, tambaleándose hacia atrás.)
¡Me muero! ¡El corazón! ¡Me ha besado un hombre con bufanda en pleno mayo! ¡Me da el soponcio!
(Sin inmutarse, con la vista clavada en el tablero) Respira, Ernesto, respira. Y mientras respiras, mueve. No te me vayas a morir sin ver la trampa que te puse con el alfil.
(Entra Doña Clara con una charola llena de tazas de café y galletas. Su pesado bolso cuelga de su antebrazo.)
Ya dejen de pelear, par de niños viejos. Pasen, muchachos, siéntense.
(Ernesto se recupera milagrosamente, carraspea y se sienta rígido. Lucía y Mateo se sientan en el sofá. Lucía se recarga en el hombro de Mateo y, en un movimiento rápido, le da un apretón descarado en las nalgas. Clara se queda paralizada. Mateo le devuelve el gesto a Lucía con otro apretón juguetón.)
(A pleno pulmón) ¡SANTÍSIMA TRINIDAD Y TODOS LOS ÁNGELES DEL CIELO!
(Clara deja la charola de golpe, agarra el bolso por el asa como si fuera una boleadora pampeana y se abalanza sobre Mateo.)
¡Manos largas! ¡Depravado! ¡En mi sala no, que me manchan la moral del tapiz!
(¡Zaz! Primer bolsazo. Mateo da un brinco y sale corriendo. Comienza una corretiza frenética, pero ahora completamente real. Clara persigue a Mateo soltando bolsazos. Ernesto salta para perseguir a su esposa.)
(Corriendo detrás de Clara) ¡Clara, por Dios, tu presión arterial! ¡Déjalo, ya son de otra época, son modernos! ¡Suelta el bolso, mujer, que trae latas de durazno!
(Lanzando otro golpe) ¡Me importa un rábano la modernidad, en esta casa hay decencia!
(Mientras los tres se persiguen, Arturo se ha levantado con el tablero de ajedrez en las manos, persiguiendo a Ernesto. Lucía observa desde el sofá comiendo una galleta.)
(Caminando detrás de Ernesto) Lucía, fíjate bien. Tu padre no lo quiere admitir, pero al mover mi peón a H3, le he bloqueado la salida de la torre. ¡Ernesto, mira el tablero mientras corres!
(Deteniéndose en seco, logrando frenar a Clara) ¡Ya basta! ¡Basta! Clara, serénate. Déjalos en paz. ¡Tienen que ser libres! Además... (hace un gesto restándole importancia, creyendo que sigue en su ensoñación) ¡Ya los he visto hacer cosas peores!
(Silencio sepulcral en la sala. Arturo baja el tablero. Clara abre los ojos como platos. Mateo se asoma por detrás de una lámpara, sudando.)
(Escandalizada) ¡Ernesto! ¿Cómo que los has visto? ¿Qué les has visto? ¡¿Te pusiste a espiar a tu propia hija por el ojo de la cerradura?!
(Completamente pálido, delatándose solo) ¡Pero... pero si siempre cerramos la puerta del cuarto con seguro! ¡Y pongo la silla contra la perilla!
(El silencio se vuelve aún más denso.)
(El rostro le cambia de comprensivo a inyectado en sangre) ¿Que ustedes hacen QUÉ...? ¡¿CON SEGURO Y CON SILLA?!
(El viejo conservador regresa de golpe. Ernesto agarra su bastón y suelta un rugido de león herido, abalanzándose sobre Mateo. Clara suelta el bolso y se le cuelga de la espalda para detenerlo.)
(Jalando a Ernesto hacia atrás) ¡Ernesto, no lo mates, que luego hay que pagar los gastos funerarios y estamos a fin de mes! ¡Cálmate! ¡Tú dijiste que eran modernos!
(Manoteando con el bastón) ¡Modernos en la calle, en mi casa son monjes de clausura! ¡Ven acá, semental de pacotilla!
(Completamente desquiciado, se interpone, alzando el caballo de madera como trofeo) ¡ME IMPORTA UN BLEDO LA VIRGINIDAD DE ESTE MUCHACHO! ¡ES MI TURNO! ¡MUEVE TU PIEZA O TE JURO QUE TE TRAGO EL ALFIL!
(Ernesto se detiene. Mira a Arturo, al borde del colapso. Luego mira a Clara colgando de su espalda, a Mateo escondido y a Lucía muerta de risa. La presión estalla. Grita con todas sus fuerzas, camina hacia la mesa, mete las manos debajo del tablero y lo avienta por los aires.)
¡AL DIABLO EL AJEDREZ, LA MORAL Y LAS PUERTAS CON SEGURO! ¡Ya me hartaron! ¡Váyanse a vivir juntos! ¡Cásense, júntense, háganse hippies, hagan lo que se les dé la regalada gana, que al cabo ya lo hacen a mis espaldas! ¡Son libres!
(Las piezas de madera caen como lluvia sobre la alfombra. Lucía abraza a Mateo y le planta un beso apasionado. Todos ríen a carcajadas, contagiados por la explosión catártica. Arturo recoge el Rey negro y se lo guarda en el bolsillo, murmurando: "De todos modos, era jaque mate".)
(Ernesto voltea a ver a Clara con un brillo pícaro. Sin previo aviso, la toma por la cintura, la inclina hacia atrás en un dramático paso de tango y le da un apretón descarado en las nalgas.)
(Dando un respingo) ¡Ernesto! ¡Qué haces, viejo rabo verde!
(Dándole un beso rápido) Actualizándome, mi amor. ¡Para que veas que yo también soy moderno!
(Clara ríe a carcajadas y le da un bolsazo suave. Las parejas se besan en medio del caos de las piezas caídas. Arturo se cruza de brazos, sonriendo.)
TELÓN

