miércoles, octubre 12, 2016

monólogo femenino LA VOZ HUMANA JEAN COCTEAU


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LA VOZ HUMANA
JEAN COCTEAU


El dormitorio de una mujer. A la izquierda, un gran lecho desordenado. A la derecha, puerta que da a un cuarto de baño encendido. Una mesita con un teléfono. Una silla baja. Algunos libros. La luz de una lámpara.
La mujer está en el suelo. Después de una pausa se medio incorpora, cambia de posición y vuelve a
dejarse caer. Finalmente se alza, se echa un abrigo sobre los hombros y va hacia la puerta.
Suena el teléfono. La mujer deja caer el abrigo y se precipita hacia el auricular.
Desde ese mismo instante va a hablar sin interrupción: de frente, de espaldas, de perfil, en pie, de rodillas, sentada o paseando. Al acabar caerá derribada sobre la cama abandonando el auricular.
En realidad, cambiará de actitud con cada bloque expresivo: el del perro, el de la mentira o el del
abandono. Su desconsuelo no se refleja en la elocución del texto sino en su gestualidad.
Hay un gran predominio del color blanco.
El autor propone a la actriz que abandone la ironía, la amargura y la expresión directa del subtexto de mujer destrozada. Se trata, simplemente, de una mujer muy enamorada, con pocos recursos intelectuales, que lucha hasta el final para arrancar al hombre una confesión sincera y para que, al menos, se salve así
la memoria limpia del amor anterior.
La imagen continua que el autor desearía que se transmitiese al público es la de un animal herido que se desangra y que realmente inunda al final de sangre verdadera todo el espacio escénico.


ELLA—¿Diga? Hola. Diga, diga. No, no es aquí... No, señora, debe haber un cruce... La oigo muy
mal... Es un cruce, sí... Pues claro, cuelgue... ¿Qué?... Con otro número. ¿Qué más quiere saber?...
¡Por favor!... Sí, dígame... Colgar... colgar... ¿Cuántas veces quiere que se lo repita? Señorita,
por favor, señorita... Déjelo ya señora... ya está bien... No, esta no es la clínica... No es cero
siete, es cero ocho... Bueno, esto es idiota... de locos... y yo que sé, señora... no es a usted, es
a mí a quien llaman...
(Cuelga, pero no retira la mano del aparato que vuelve a sonar. Descuelga.)
Sí, hable... Pero, señora. ¿No comprende que yo no puedo hacer nada?... ¿Y a mí qué me importa
si usted está nerviosa?... Le digo que no... La culpa sería suya, claro que sí... de usted... Hola...
Sí, señorita... ¿Me oye? operadora... Ah, por fin... Que me están llamando, señorita, y no consigo
hablar... Sí, un cruce... Por favor, dígale a esa abonada que cuelgue de una vez, para que yo
pueda hablar...
(Vuelve a colgar. El teléfono suena nuevamente.)
¿Sí?... Sí, sí... menos mal... ¿me oyes?... ¿Eres tú?... ¿me oyes ahora? Sí, yo... no, es terrible... te
oigo lejísimo... en el fin del mundo... ¿Diga?... ¡Esto es de locos!... oigo muchísimas voces... todas a la vez... Vuelve a intentarlo... Que me llames otra vez... No, no, tú... QUE-ME-LLA-MES-OTRA- VEZ... Señora o señorita o lo que sea ¿quiere callarse ya?... ¿Cuántas veces tengo que explicarle que esta no es ninguna clínica? Hola... Hola...
(Cuelga nuevamente y el timbre suena otra vez.) Al fin, por fin... Al fin te oigo... Sí, bastante bien... Sí, sí... Era una tortura, te oigo en medio de
un tumulto... no... no... sí..., pues casi por casualidad... todavía no hace ni un cuarto de hora que he llegado a casa... ¿Me habías llamado antes?... Ya, sí, sí... No, no he cenado aquí... Marta me invitó a su casa... Pues deben de ser las once y cuarto, once y veinte... ¿Es que no estás en tu
casa?... Entonces. ¿Y qué hora tiene ese reloj?... Eso, lo que yo te he dicho... Claro,
naturalmente... La noche de ayer, la noche de ayer... Ah, sí, me acosté en seguida, y tomé una
pastilla porque no conseguía dormirme... Claro... sólo una... Era muy temprano, alrededor de
las nueve... Seguramente... tenía un poco de jaqueca, pero en seguida se me fue... He almorzado aquí con Marta y luego he dado una vuelta para hacer unas cuantas compras... Muy rápido... Al llegar aquí lo primero que he hecho ha sido poner todas tus cartas en ese bolsón amarillo... ¿Lo recuerdas? ¿Después?... ¿Cómo?... Sí, por supuesto, una se conforma con todo en esta vida...
¡Qué remedio!... Jurado... Sí que soy valiente, sí que lo soy... ¿Luego? Pues nada, arreglarme
hasta que vino Marta y salir con ella... Sí, claro, de su casa aquí... Es muy buena amiga... mucho...
es una persona estupenda... Sí, claro, da esa impresión, pero luego es un ángel... tú me lo
dijiste, tenías razón, como siempre... El traje salmón y la piel clara esa... ¡Pues el sombrero
negro, aquel que compramos juntos...! ¡Ni siquiera me lo he quitado todavía! ¡No me has dado
tiempo!... ¿Qué dices?... Fumando nada... tres cigarrillos en veinticuatro horas... que sí, que me
puedes creer, que te lo juro... y... bueno, cuéntame algo de ti... ¿Llegas ahora a casa?... Ah, no
has salido... Asunto. ¿Que asunto?... Ah, ya, el pleito ese... Sí, ya me acuerdo..., pero descansa
un rato... no puedes trabajar de esa forma... ¡Alló! ¡Oiga!... Habla, habla, es que parece que se
va a cortar... Oye, si se corta vuelve a llamarme en seguida... Claro que sí... ¿Me oyes? ¿Me oyes?
Sí, sí, soy yo... ¿En el bolso? Pues todas las cartas, las tuyas y las mías... Sí, ya puedes mandar
por él cuando te convenga... ¡Cómo no va a ser triste!... Lo es... Sí, que lo entiendo... No, cariño,
no, no me des más explicaciones, la tonta soy yo... Eres muy bueno... y muy cariñoso... Tampoco
yo creí que iba a poder resistirlo... No sé de que te asombras... menos de lo que crees... Parezco
una sonámbula... Me levanto, me arreglo, entro, salgo, y casi no me entero de lo que estoy
haciendo... A lo mejor mañana no puedo, pero hoy, todavía... ¿A ti?... A ti no, amor mío, tú no
tienes por qué sentirte culpable de nada... ¿Qué? No, espera, déjame... yo... claro que pasan
estas cosas... Lo sé muy bien... y no me arrepiento... Dijimos que seríamos siempre francos el uno con el otro... Siempre... Es mucho mejor que si hubieses esperado al último instante para
decírmelo... Eso... eso habría sido demasiado cruel... Entonces me habría dolido mucho más...
Así voy haciéndome poco a poco a la idea y... me habitúo... trato de entenderlo... ¿Teatro? ¿Qué
dices?... oiga... ¿Estás ahí? No estoy echándole ningún teatro... ¿Cómo puedes creer que...? Tú
me conoces mejor que nadie... Sabes que no sé fingir... Nunca... nunca... nunca... completamente
tranquila... si te estuviese escondiendo algo me lo notarías en la voz... Sí... te dije que quería
ser valiente y lo voy a ser... ¿El qué?... Bueno, eso es muy distinto... De acuerdo, todos nos
engañamos cuando conviene... Cuesta mucho aceptar las situaciones definitivas... ¡mira que te
gusta exagerar las cosas! Te juro que he tenido tiempo para hacerme a la idea... Y eso también
te lo debo... Has sabido dormirme, mimarme. No te faltó más que anestesiarme... lo preparaste
muy bien... Íbamos contracorriente... No hemos querido renunciar a cinco años de felicidad y
ahora tenemos que pagar el precio... Pero eso lo supimos desde el principio, desde el primerdía... Yo, por lo menos... Jamás pensé que se iba a producir un milagro... Así que... ha valido la
pena... y no me duele pagar... ¿Qué? ¿Oiga?... Nada... que no me duele pagar porque ha valido la
pena... QUE-HA-VALIDO-LA-PENA Ya lo creo... sí..., estás muy equivocado... mucho... He salvado lo que tenía que salvar... ¿Oiga?... lo que yo misma he querido salvar... y he sido muy feliz
contigo... muy feliz... Ah, déjame a mí hablar un momento... Nunca te reprocharé nada...
absolutamente nada... Si es que hay culpas son todas mías... ¡Pues claro! ¿Es que no te acuerdas
de aquella carta que te escribí y de aquel domingo en Versailles?... Fui yo, claro que fui yo,
quien se empeñó en ir y en no dejarte hablar y en decirte claramente que no me importaba
nada de nada... ¿Qué? No, no... tienes muy mala memoria... Primero te llamé yo a ti... fue un
martes, me acuerdo perfectamente... segura es poco... Un veintisiete, martes... Tú me pusiste
un telegrama la víspera... el veintiséis, y lo recibí por la tarde... Pero, ¿cómo se me van a olvidar
esas fechas?... ¿Tu madre te ha dicho eso?... Pues no lo sé... eso no tiene ninguna importancia...
Todavía no lo he pensado... Bueno, a lo mejor, sí... Cuanto antes ¿no te parece?... ¿Y
tú?... ¿Mañana, ya?... Pensé que no tenías tanta prisa... Bueno, espera un momento, entonces...
No, complicado, no... Le dejaré la bolsa al portero mañana temprano... Así lo puede recoger
José a cualquier hora... ¿Quién, yo?... Pues la verdad es que todavía no lo sé... No sé si quedarme
aquí o irme con Marta unos días al campo, a su casa... ¿Dónde va a estar? Aquí... Pobrecillo, no
entiende nada... No ladra, no... Pero ayer se paso el día entero husmeando del salón al cuarto
y del cuarto al salón... De vez en cuando me miraba y se le ponían las orejas tiesas... Trataba
de oírlo todo... Recorría el piso buscándote... Yo creo que a veces se enfadaba conmigo porque
yo estaba sentada sin ayudarle a encontrarte... Creo que te lo debías llevar tú... Aquí se puede
enloquecer... No creo, es demasiado perro para una mujer sola... conmigo se sentiría mal... Eres
tú quien le ha sacado siempre de paseo... sí, llévatelo, llévatelo... Es mucho más fácil que se
olvide de mí que de ti.. Pensaremos cualquier cosa... Eso no es difícil..., pues dices que te lo
ha regalado un amigo que tenía que marcharse... que venga José a buscarlo, José le gusta... te
lo mandaré con el collar de cuero rojo y acuérdate de que está sin placa... Bueno, ya pensaremos eso... De acuerdo... De acuerdo, amor mío... que sí... que sí amor mío, que lo entien-
do... ¿Qué? ¿De qué guantes hablas?... ¿Los de piel?... Sí, los que llevabas en el auto... Pues, no
lo sé, no me he dado cuenta... si se hubiesen quedado aquí, yo creo que los habría visto, Pero...
no cortes..., espera un segundo... ahora mismo los busco...
(En la mesita, tras la lámpara hay unos guantes masculinos. Ella los besa y los apreta contra su cara.)
¿Oye?, no, nada... Aquí no están... Por el salón, desde luego, no... mira... luego buscaré mas
despacio y miraré todos los cajones... No creo, pero si por casualidad doy con ellos te los dejo
en la portería dentro del bolso con las cartas... ¿Qué?... ¡Ah, las cartas!... de acuerdo, sí.. Es lo
mejor... Quémalas mañana mismo... te voy a parecer una estúpida, pero... me gustaría que
hicieses una cosa... guardar las cenizas en aquella caja de concha de cigarrillos que te regalé...
Ya sabes cuál es... Sí, sí, sí... es una niñería... perdona...
(Se echa a llorar.)
Perdona, ya pasó... No, no estoy llorando... Era un poco infantil eso de las cenizas guardadas
en una cajita y... ¡Si eres bueno, sí! Claro que tengo buena memoria...(Texto de la cita en el idioma mas fácil para la actriz.)
“He quemado en el horno todos los papeles de tu hermana... Pensé guardar aquel piano del
que me hablaste. Pero ha sido mejor cumplir tus órdenes y destruirlo todo”... De acuerdo,
entonces... las quemas sin mis... ¿Te vas a acostar ya? ¿En bata?... Bueno, pero no trabajes hasta
muy tarde... Si tienes que madrugar es mejor que te acuestes cuanto antes... Sí, ¿diga?... ¿Diga?...
¿me estás oyendo?... Ya no puedo gritar mis... ¿me oyes ahora?... ¿Que si me oyes mejor así?...
Qué cosa tan curiosa porque yo, en cambio, te oigo como si estuvieses aquí mismo... ¿Me oyes?...
¿Me oyes?... ¡Oiga!... ¡Oiga!... Ahora soy yo quien no oye nada... Bueno, te oigo lejísimos... ¿Y tú?...
No, no, es mejor que no cuelgues... Si, señorita, claro que estoy hablando, ¿es que no se da
cuenta?... Ah, ahora va mejor... Sí, sí, muy bien... Ahora, perfectamente... Sí, es incomodísimo...
Parece como si te murieses de repente... que oyes y no puedes hablar... Sí, ahora sí, ahora sí...
Por lo menos no se ha cortado la comunicación... Sí, muchísimo mejor que antes, menos mal,
y eso que tu teléfono hace un ruido muy raro... no parece el tuyo... ¡Claro que te veo, no es
muy difícil!
(Responde a preguntas concretas.)
¿Pañuelo?... llevas el “foulard” de las motas rojas... Claro... las mangas dobladas por el codo...
¿En qué mano?... En la izquierda el teléfono... y en la otra la pluma... ¿No te digo que te estoy
viendo?... estás haciendo dibujitos en el bloc... un corazón, un sol, una casita... No te rías de
mí... Ahora mis ojos están en mis oídos...
(Se cubre el rostro instintivamente.)
No, cielo, mío, tú no... Ni lo intentes... No quiero que me veas ahora... ¿Por qué asustada?...
asustada, no... Es... todavía peor... No... no sé dormir sola... Claro, claro... claro... Estate
tranquilo... Que te estés tranquilo... Pues todavía no lo sé... No me atrevo a ponerme delante
de un espejo... me da miedo hasta encender el cuarto de baño... Ayer me puse delante del
espejo y me parecí una vieja... Desde luego... una ancianita, flaca, y llena de arrugas y con
todo el pelo blanco... ¡Eres un cielo!... ¿Como una poesía, mi cara?... No digas eso que suena
muchísimo a caballero bien educado... y... me recuerda cuando... me decías que... era fea y...
tonta y... adorable... eso estaba mejor y... perdona, era una broma... No seas tonto... No, no lo
eres... “eres un bruto”, pero me quieres... porque si no me quisieras podrías hacerme
muchísimo daño con ese teléfono que tienes en la mano... es un arma terrible... Puede matar
a cualquiera sin dejar la menor señal... ¡Yo qué voy a ser mala!... ¡Óyeme!... ¿Hola? Diga... diga...
¡Que no te oigo!... ¿Diga?... ¡Señorita!... ¡Señorita! ¡Que se ha vuelto a cortar, señorita!...
(Cuelga; el teléfono permanece en silencio. La espera se prolonga. Descuelga.)
¿Oiga?...
(Golpea la horquilla del teléfono. Marca un número.)
¿Oiga?... ¿Oiga?... señorita, atiéndame...(Golpea la horquilla.)
Hable... ¿Eres tú?... ¿Eres tú?... Se corta la línea, señorita... No estoy segura... Bueno, sí, sí lo se...
Un momento... Auteil cero, cuatro, cinco, siete... Hable..., sí, dígame... Comunicando claro... Es
que están intentando hablar con este número... Bueno, gracias...
(Vuelve a colgar. Suena otra vez el teléfono.)
Oiga..., hable por favor... Cero, cuatro, cinco, siete... no, siete, siete, no seis... siete... ¡Por
favor!
(Golpea la horquilla.)
Señorita, lo siento, se ha equivocado usted... Ha salido el cero seis y yo le estoy pidiendo el
cero siete... Sí... Auteil cero cuatro cinco siete...
(La espera se alarga.)
Por favor... ¿Auteil cero cuatro cinco siete?... Menos mal. ¿José? ¿Es usted?... Sí, sí, soy la
señora... que estábamos hablando el señor y yo y se ha cortado la comunicación... Ah, no... ¿No
estaba hablando desde casa?... Ya... ¿No vuelve hasta mañana, verdad?... Sí, por supuesto, se
me había olvidado... Es que estaba hablándome desde un restaurante y al cortarse... pues... sin
darme cuenta... he llamado a la casa... Bueno, entonces, váyase a descansar, José... Perdone y
gracias... Sí, José, buenas noches...
(Cuelga de nuevo. Llaman otra vez.)
Ah, menos mal... Sí, nos cortaron... no, no, estaba esperando, sabía que ibas a volver a llamar..
Sí, es que sonó hace un momento y descolgué y no era nadie... Sí, eso pasa mucho... Estás
cansado..., pero eres un ángel habiendo vuelto a llamar... un ángel muy bueno...
(Llora. Una pausa.)
No. Claro que estoy aquí... ¿Qué dices? No, que tontería... Nada, no decía nada... No. ¿Qué
quieres que me pase?... Pues claro que estoy como siempre... Sí, como siempre... Que no, ya te
lo he dicho... Estás en un error... estoy como estaba... sí, eso sí, y eso tienes que entenderlo...
Estamos hablando y hablando de esto, y... no queremos darnos cuenta de que... habrá que
callarse pronto y... colgar este teléfono y... dejarse caer en la nada y... en el silencio y... en la
oscuridad y...
(Vuelve a Ilorar.)
Óyeme un momento, amor mío, solo un momento... Nunca, nunca te he dicho una sola
mentira... Sí, tú tampoco, tú tampoco, ya lo sé, te creo... No, no es ese el tema... es que...
ahora te las estoy diciendo... Desde que estamos hablando... no hago mas que mentir... Sí, sí,
te estoy diciendo una mentira detrás de otra... yo sé... que ya no me queda ninguna esperanza...
ninguna..., pero las mentiras son... traen mala suerte y además yo... no sé... y no puedo... y no quiero... y tengo horror a mentirte, aunque sea... aunque sea para tranquilizarte... No, nada
serio... No, no tienes porqué asustarte... solo que... no te he dicho la verdad cuando me has
preguntado lo que llevaba puesto ni... no es cierto que... haya comido, comido con Marta... no
he comido... ni con Marta ni con nadie... Y me he echado un abrigo por encima del camisón tal
como estaba sin vestir en absoluto, porque estaba tan desesperada esperando que me llamases
y... me he vuelto loca mirando al teléfono y... levantándome y... sentándome y... corriendo por
toda la casa... que antes de enloquecer del todo, pues me eché el abrigo por encima... Pensaba
coger un taxi e irme frente a tu casa... Yo qué sé, a mirarla, a ver tus paredes, a seguir
esperando un milagro... ¡Y yo qué sé! Nada... esperar nada, pero... mejor que estar aquí
ahogándome... Sí, sí, tienes toda la razón... Te oigo, te oigo muy bien... No, y te lo he dicho...
No voy a hacer ninguna estupidez... Claro que te estoy oyendo... Te contestaré la verdad...
cualquier cosa, pregúntame lo que quieras... No he salido de casa... no me sentía capaz... No,
no he probado bocado... No podía tragar... me he sentido muy mal... Sí, anoche al acostarme
me tomé una pastilla para dormir... claro que sí..., pero la verdad es que lo pensé... pensé en
tomarme el frasco y no volver a despertarme nunca.
(Llora.)
Muy cobarde, sí... me tomé una docena de pastillas en un vaso de agua tibia... caí fulminada...
me desperté sobresaltada, pero feliz creyendo que todavía estaba soñando y... luego... cuando
vi que no... y que era verdad... y que no tenía a nadie a mi lado... y que no podía apoyarme en
tu hombro, ni tener mis piernas enlazadas con las tuyas ni... me di cuenta de que no es posible...
de que no puedo seguir viviendo como... sin peso... sin sangre... tan fría... tan horriblemente
fría... Entonces pensé que ni la muerte me quería ayudar... respiraba con mucha angustia y...
aguanté una hora o algo así... y luego llamé a Marta... hace falta mucho valor para morirse
sola... y yo no lo tengo... ¿lo entiendes, mi amor? ¿Verdad que lo entiendes?... Marta llegó a eso
de las cuatro y se trajo a un médico que vive en su misma casa... Yo tenía muchísima fiebre...
y ese médico me dijo que si no se conocen las dosis es bastante difícil envenenarse... me recetó
no se qué... y Marta se ha pasado el día aquí a mi lado... Le he tenido que insistir mucho para
que se fuese... Quería estar sola cuando me llamases... Sabía que esta era la última vez que me
llamas. Sí, ahora, sí... Ya pasó todo... Sí, ya pasó... Un poco de destemplanza... Pues treinta y
ocho dos o treinta y ocho tres... naturalmente que son los nervios... estate tranquilo... ¡Soy una
estúpida!... estaba dispuesta a no contarte nada para que nos pudiésemos separar en paz y... a
colgar sin más como otras veces... como si nos fuésemos a volver a ver mañana... ¡Qué débil
soy!... sí, sí... muy débil... me da mucho miedo colgarte este teléfono y... volver a desaparecer
en la oscuridad...
(Llora.)
¿Estás ahí?... ¡Qué miedo, creí que se había vuelto a cortar...! ¡Qué bueno eres! No te mereces
todo el daño que te acabo de hacer... No te calles, no te calles, dime todo lo que estás
pensando... lo he pasado tan mal que hasta me he revolcado por el suelo y luego, fíjate, ya
ves, me llamas, cierro los ojos y ya me siento bien... Bueno, eso me ha pasado siempre ¿no?...Tantas y tantas veces que en la cama te he oído hablar con la cabeza sobre tu pecho... cerraba
los ojos y te oía... igual que ahora... No, qué va... tú, no... La única cobarde soy yo... Te he dicho
que me había jurado a mi misma que... ¿Cómo?... No, te equivocas, no... Pero ¿qué dices?... me
has hecho muy feliz... Te digo que no. ¿Cómo va a ser lo mismo?... ¿No ves que yo sabía, yo
sabía que esto tenía que suceder alguna vez?... Pues, claro... Lo que pasa es que hay muchísimas
mujeres, mas de las que tú te piensas, que creen que se van a pasar la vida entera junto al
hombre que quieren y, de pronto, cuando llega la hora no están nada preparadas para la
ruptura... Yo estaba preparada... nunca te hablé de eso porque... porque era mejor, pero... un
día que fui a la modista estaba tu foto en no se qué periódico... por cierto que... abierto por la
página justa y muy bien colocadito encima de la mesa... un detalle muy femenino, muy
humano, si quieres... Pues porque no quería amargarnos nuestros últimos días... ¿Además para
qué? Lo lógico es encajarlo y... callarse... No, no me hagas mejor de lo que soy... Oye ¿qué es
eso?... Parece música... Digo, que me parece como si estuviese oyendo música... ¿Ah, sí?..., pues
dale con los nudillos en el tabique, como hace todo el mundo... estas no son horas de oír música
tan alta... No has tenido suerte con esos vecinos... Además como no vivías ahí, pues se han
acostumbrado mal... No, no hace falta, mañana volverá ese médico amigo de Marta... Que te
digo que no... es muy buen médico... vino en seguida y se puede molestar si llamo ahora a otro...
Estate tranquilo... claro, claro que sí... Por Marta... Marta te dará noticias mías, de vez en
cuando... Sí, claro que lo entiendo, ¿cómo no lo voy a entender? Te juro que voy a ser la mujer
mas valiente del mundo... Jurado... ¿Qué dices?... Sí, ya estoy bien... Si no me hubieses llamado
me habría muerto, pero ahora ya estoy bien... No, no, no... Espera todavía un poco... un poco
más... Espera un poco... Vamos a ver si encontramos una forma de...
(Se pasea. Su infinita desesperación le hace lanzar un gemido que no puede controlar.)
No te enfades conmigo... Sé que estoy haciendote una escena... una escena insoportable... y
que me estás aguantando con toda tu paciencia, pero me tienes que perdonar... Lo estoy
pasando muy mal, estoy deshecha, completamente deshecha... Ya no me queda mas que este
hilo para llegar hasta ti... ¿Cuándo, anteayer? Pues dormir... Me llevé el teléfono a la cama...
Sí, sí... claro que me acosté... No... lo sé, lo sé todo, sé que parece ridículo... sabía que no ibas
a llamar, pero este teléfono es todo lo que me queda ahora en el mundo... Llega hasta tu casa
y... como al fin y al cabo me prometiste que volveríamos a hablar. He soñado de todo... Hasta
que me golpeabas con el teléfono y que me estaba ahogando y el fondo del mar era como tu
casa... Yo respiraba por un tubo de esos de las escafandras y te pedía que no lo cortases... Ya
ves... sueños malignos... de esos que hacen sufrir y luego resultan tontos cuando se cuentan...
Ahora no, porque ahora estoy hablando contigo de verdad... Han sido cinco años,
compréndelo... cinco anos en que solo he vivido para ti... respirando a tu lado y... esperando
que vinieses... muriéndome de espanto cuando te retrasabas porque lo menos que hacía era
temer siempre lo peor y resucitando cuando abrías la puerta y muriéndome otra vez solo de
pensar que tendrías que volver a irte... Como ahora... Ahora respiro porque te oigo... Porque mi
sueño no era tan disparatado... Si cortas esta comunicación me cortas el aire... Sí, sí, he
descansado... A la fuerza... Dice el médico que la primera noche se descansa... Parece que laintoxicación tiene un primer momento en que... hasta el sufrimiento desaparece... Lo malo
viene después... Ayer, claro, la segunda noche y hoy va a ser terrible... Y mañana va a ser
insoportable... Y pasado mañana... No, fiebre, no, no creo... Lo veo todo con mucha claridad...
Por eso creo que debía haber seguido mintiéndote ¿Y de qué me va a servir dormirme un rato?
¿De qué?... Después tendré que despertarme y... hacer algo... salir a... ¿salir a dónde?... Cielo
mío, verte o no verte ha sido todo lo que he hecho en estos años... Marta tiene su propia vida...
Es como pedirle a un pez que respire fuera del agua... No, ya te lo he dicho... no necesito nada
y no necesito a nadie. ¿Cómo que me entretenga?... Pero... mira te voy a decir una cosa bastante prosaica... Desde ese domingo terrible sólo unos segundos me he olvidado de ti... fue hace unos días cuando el dentista me rozó un nervio con el torno... Completamente sola... Está tumbado junto a la puerta de entrada... No me hace caso... Esta mañana fui a hacerle una caricia y por
poco me muerde... No se le puede tocar... No, no... Levanta el hocico y hasta ladra si me acerco... parece otro perro... Le estoy empezando a tener miedo... En casa de Marta se convertiría en una fiera, ¿no te digo que ni siquiera me deja a mí que me acerque?... Contigo, sí... Yo le estoy tomando miedo. Desde aquí lo veo... Completamente quieto... ¿Y yo qué sé por qué?... A lo mejor piensa que yo tengo la culpa de que no vengas... o... incluso que te he hecho algo malo... ¡pobrecito!... No, si yo le quiero mucho... Por eso, porque sé lo que pasa... Que te quiere... Que te quiere muchísimo y... como no te ve..., pues me echa la culpa a mí... Sí, con José se va... mándalo cuanto antes... Sí, no me echaría de menos... Era tu perro, no el mío...
Ahora lo estas viendo... Sí, lo que tu digas, solo que me da miedo acercarme... Está bien, ya pensaré a quién se lo doy..., pero estoy segura de que en tu casa se haría amigo de todos... de toda la... gente que... esté viviendo contigo... Sí, vida mía, tienes razón... es un perro y... por listo que sea... habrá cosas que... que no estén claras para él... Puede que no me conozca... a lo mejor le doy miedo... cualquier cosa, vete a saber... ¿No te acuerdas de aquella noche en que yo tuve que decirle a mi tía que se había muerto su hijo? Es muy blanca y muy pequeñita...
Pues se puso roja, roja y se estiró como si fuese un gigante... Daba en el techo con la cabeza... parecía como si tuviese mil manos y daba espanto su sombra que llenaba la habitación entera... ¡espanto, sí!, pues su perra, precisamente se escondía debajo de la cómoda, y ladraba como
si corriera detrás de un animal... ¡Ah, eso! ¿Cómo voy a saber eso?... Estoy muy descentrada...
He hecho algunas cosas... peor que tonterías... ¿Por ejemplo? Pues he roto todas mis fotografías... no me preguntes por qué, hasta las de pasaporte. Sí... ¿Me quieres decir para qué lo necesito yo ahora?... Nos encontramos en un viaje... Si vuelvo a viajar y te vuelvo a encontrar me sentiría muy desgraciada... No, nunca... ¿Qué?... ¿Oiga? ¿Oiga?... Por favor, señora cuelgue...
Le digo que cuelgue... Me tiene sin cuidado lo que opina de mí... Lo único que quiero es que cuelgue... Ridícula o no, dedíquese a sus cosas y antes cuelgue de una vez... ¡Ah! Cielo mío... cariño... no le hagas caso... No, no cortes, por favor, ya ha cortado ella... La he oído. Sí... ¿Te
ha molestado lo que ha dicho?... Sí, sí, te ha molestado, te conozco muy bien... ¿Y a ti qué más
te da?... Era una estúpida y ni siquiera sabe quien eres... una estúpida que piensa que todos los
hombres son iguales... Que no, cielo mío, que no, que tú no te pareces a ninguno... ¿Por qué?...
No le des más vueltas... Tenía que suceder y ha sucedido... Anteanoche se me acercó Henri...
Querfa saber si tú tenías un hermano y si era el anuncio de su boda el que venía en elperiódico... No, mal rato, no..., pero bueno tampoco... Como si me estuviesen dando el pésame, ¿qué iba a hacer?... La gente no tiene la culpa y como no se lo explica... Sí, la gente, en general...
Para la gente las cosas son blancas o negras... Nos queremos mucho o nos odiamos a muerte...
No, no te molestes, porque no conseguirás nada... Haz con todos lo mismo que yo estoy haciendo...
(Un gemido apagado.)
¡Ay!... No, no era nada... Es que como estoy hablando tanto... igual que siempre, ¿no?... Pues de pronto se me olvida lo que ha pasado... creo que no ha pasado y... cuando me doy cuenta...
(Llora.)
Ya sé que no tengo que volver a hacerme ilusiones... No, no, no es eso... Pero hasta ahora...
cuando hemos tenido un problema... que nunca han sido importantes, pero en fin..., pues hasta ahora hablábamos, soñábamos y... al final, con un beso y un abrazo, pues... menos. Con una simple mirada nos volvíamos a entender... Por teléfono no es lo mismo... Por teléfono lo que se ha acabado se ha acabado. No, amor mío... Los suicidios no se repiten... Puede que sí, pero sólo una, para dormirme cuanto antes... ¿Tú me imaginas a mí comprando una pistola?... Ni entiendo ni quiero entender... ¡Pero si ya no tengo fuerzas ni para mentirte, cielo mío!... Te estoy diciendo la verdad... Sé que a veces es mejor mentir... mucho mejor... Ya ves, es como si tú...
Si tú me engañas ahora pensando que voy a sufrir menos. No, no digo que me estás engañando.
Lo que digo es que si yo me entero de que me has dicho una mentira... Una mentira pequeña, yo que sé, que estás en tu casa y no estás o... algo así... No... Escúchame, amor mío... no... Estoy segura... Te he puesto un ejemplo... ¿Cómo voy a decir yo que me estás mintiendo?... ¿Pero por qué te enfadas?, me has entendido mal.. Sí te has enfadado, sí, te lo noto en la voz... Lo que te he dicho es que si me mientes por cariño, por no hacerme daño, yo te lo tendría que agradecer... ¿qué?... ¿me oyes?... ¿me oyes?... ¿me oyes?...
(Cuelga el auricular. Habla bajo y rápido, casi como si rezara.)
¡Por favor que vuelva a llamar...! ¡Que vuelva a llamar! ¡Dios mío, que vuelva a llamar!
(Suena el teléfono. Lo descuelga.)
Se cortó otra vez... No, te decía, que si me mintieras por... para no hacerme sufrir y... y yo lo
descubriese, todavía te querría más de lo que te quiero...
(Se ajusta el cordón telefónico en la garganta.)
No es verdad, parece que estamos juntos y nos separa media ciudad... Ahora está tu voz dando vueltas en mi garganta... Espera un poco... Es mejor que se corte por casualidad... ¿Yo? No,
¿cómo voy a pensar yo que estás deseando colgar?... Eso sería muy cruel y tú no eres cruel... ¿A dónde?... Marsella... ¿Tan pronto? ¿Pasado mañana?... Nada... Sí, bueno, que me hagas un favor, que no vayas al hotel de siempre... No, no quiero que te enfades... Es que... como hemos idotantas veces juntos a ese hotel, pues... así no me imagino nada y... al no verlo me hará menos daño... ¿Comprendes por qué te lo pido?... Sí, gracias... Eres un ángel... Te quiero mucho... con toda mi alma...
(Se incorpora y va hacia la cama.)
¡Qué tonta soy!... Te iba a decir “hasta ahora mismo”... Lo de siempre, claro... Tienes razón, tienes razón... Es mejor que seas tú quien cuelgue...
(Se deja caer en la cama abrazada al auricular telefónico.)
Adiós, vida mía... Adiós... Sí, voy a tener mucho ánimo. Sí..., pero ahora date prisa y cuelga...
¡Cuelga, por favor!... ¡Ya! Te quiero... más que a mi vida... más que a mi vida... más que a mi
vida...

OSCURO

El pájaro azul: Maurice Maeterlinck.

 



El pájaro

azul

 

Maurice Maeterlinck

 

Personajes

 

 

 

(Por el orden que entran en escena)

 

La madre Tyl 7° Niño Azul

Tyltyl 8° Niño Azul

Mytyl 9° Niño Azul

El Hada 10° Niño Azul

El Pan El Rey de los nueve planetas

El Fuego El Enamorado

El Agua La Enamorada

La Leche El Tiempo

El Azúcar El Hermanito por nacer

El Perro Los Otros Niños Azules

La Gata Los Guardianes

La Luz El Jefe de los Groseros Goces

El Padre Tyl Las Otras Dichas

Abuela Tyl Las Pequeñas Dichas

Abuelo Tyl El Jefe de las Dichas

Pierrot La Dicha de amar a sus padres

Roberto La Dicha del aire puro

Juanita La Dicha de correr con los pies

Magdalena desnudos

Paulina La Alegría de ser justo

La Noche La Alegría de ser bueno

El Sueño La Alegría del trabajo concluido

La Muerte La Alegría de pensar

1° Niño Azul La Alegría de comprender

2° Niño Azul La Alegría de amar

3° Niño Azul El Amor Materno

4° Niño Azul La Vecina Belingot

5° Niño Azul Su Hijita

6° Niño Azul

 

 

ACTO I

 

PRIMER CUADRO

LA CABAÑA DEL LEÑADOR

Representa el teatro el interior de una cabaña de leñador, sencilla, rústica, pero miserable

no. Chimenea de consola, en donde se adormece un fuego de astillas. Utensilios de cocina,

armario, artesa, reloj de péndulo, ruecas, fuente, etcétera. En una mesa, una lámpara

encendida. Al pie del armario de cada lado de éste, dormidos, apelotonados, con las narices

bajo la cola, un perro y una gata. Entre ambos, un gran pilón de azúcar blanco y azul.

Colgada del muro una jaula redonda con una tortilla dentro. En el fondo, dos ventanas cuyos

postigos interiores están cerrados. Al pie de una de ellas, un escabel. A la izquierda, la puerta

de entrada de la casa, dotada de una gruesa aldaba. A la derecha, otra puerta. Escala al

granero. A la derecha, igualmente dos camitas de niño, a la cabecera de las cuales se

encuentran, sobre dos sillas, algunos vestidos cuidadosamente doblados.

Al levantarse el telón, Tyltyl y Mytyl están profundamente dormidos en sus camitas. La madre

Tyl les da vuelta una última vez, se inclina sobre ellos, contempla un momento su sueño y

llama con la mano al padre Tyl, que asoma la cabeza por la puerta entornada. La madre Tyl

pone un dedo en sus labios, para ordenar silencio; luego sale de puntillas por la derecha,

después de haber apagado la lámpara. Queda la escena oscura un instante; después una

luz, cuya intensidad aumenta poco a poco, se filtra por las laminillas de los postigos. En la

mesa, la lámpara se enciende por sí sola. Ambos niños parecen despertar, y se sientan.

Tytyl: ¿Mytyl?

Mytyl: ¿Tyltyl?.. Dime ¿ya es Nochebuena?

Tyltyl: Todavía no, es mañana. Pero el niño no traerá nada este año.

Mytyl: ¿Por qué?

Tyltyl: He oído a mamá decir que esta noche viene a casa de los niños ricos.

Mytyl: ¡Ah!

Tyltyl: ¡Bah! Mamá olvidó la lámpara. Tengo una idea. Vamos a levantarnos.

Mytyl: Está prohibido.

Tyltyl: Pues como no hay nadie...

Mytyl: ¿Qué eso que brilla?

Tyltyl: Esas son las luces de la fiesta.

Mytyl: ¿Cuál fiesta?

Tyltyl: Enfrente, en casa de los niños ricos. Es el árbol de Nochebuena. Vamos a abrir la

ventana.

Mytyl: ¿Eso se puede?

Tyltyl: ¿Oyes la música?

(Los dos niños se levantan, corren a una de las ventanas, suben el escabel y empujan los

postigos. Una viva claridad penetra en la pieza. Los niños ávidamente miran hacia afuera).

Tyltyl: ¡Se ve todo!

Mytyl: (Que sólo encuentra un espacio estrecho sobre el escabel) Yo nada veo.

Tyltyl: Nieva... ¡Allí están dos coches de seis caballos! (Cediéndole un lugarcito escaso

sobre el escabel)

Mytyl: ¿Qué hacen ellos, pues, qué producen tanto ruido?

Tyltyl: Hacen música.

Mytyl: ¿Qué es lo que cuelga allí de las ramas, como de oro?

Tyltyl: ¡Pues los juguetes! Sables, fusiles, soldados...

Mytyl: ¿Y muñecas?... Di, ¿No han puesto?

Tyltyl: Eso es demasiado tonto, eso no les divierte

Mytyl: ¿Y qué es todo eso alrededor de la mesa?

Tyltyl: Pasteles, frutas, tortas a la crema.

Mytyl: De eso comí yo una vez cuando era chiquita.

Tyltyl: Yo también; es mejor que el pan, pero rara vez le dan a uno...

Mytyl: Allí no hay poco. Está llena la mesa ¿Por qué no lo comen ya?

Tyltyl: Porque no tienen hambre.

Mytyl: (Estupefacta) ¿Qué no tienen hambre? ¿Por qué?

Tyltyl: Porque comen cuando quieren.

Mytyl: (Incrédula) ¿Todos los días?

Tyltyl: Así se dice.

Mytyl: ¿Se lo comerán todo? ¿Darán a alguien?

Tyltyl: ¿A quién?

Mytyl: A nosotros.

Tyltyl: No nos conocen

Mytyl: ¿Y si les pedimos?

Tyltyl: Eso no se hace porque está prohibido. Ya les dan los pasteles. ¿Pueden tocarlos?

¡Comen, comen, comen!

Mytyl: (Contando los pasteles imaginarios) ¡A mí me han dado doce!

Tyltyl: A mí, cuatro veces doce. Pero voy a darte (Tocan la puerta de la cabaña. Tyltyl

súbitamente intranquilizado y asustado). ¿Qué es?

Mytyl: (Asustada) Es papá.

(Como tardan en abrir, la gruesa aldaba se levanta por sí misma rechinando; se entreabre la

puerta para dar paso a una viejecita, vestida de verde y cubierta con una caperuza roja. Es

gibada, coja, tuerta; los extremos de la nariz y el mentón se tocan; anda encorvada sobre su

bordón. No hay duda de que es un hada).

El Hada: ¿Tienen aquí la el Pájaro azul?

Mytyl: Tyltyl tiene un pájaro.

Tyltyl: Pero no puedo darlo.

El Hada: ¿Por qué?

Tyltyl: Porque es mío.

El Hada: Ciertamente, es una razón. ¿En dónde está ese pájaro? (Tyltyl mostrándole la

jaula. El Hada se pone sus gafas para examinar el pájaro). No me gusta; no es bastante azul.

Será preciso que vayan a buscarme ése que necesito.

Tyltyl: Pero yo no sé dónde está.

El Hada: Yo tampoco. Por eso hay que ir a buscarlo. Es para mi nieta, que está muy

enferma.

Tyltyl: ¿Qué es lo que tiene?

El Hada: No se sabe con certeza; ella quisiera ser dichosa.

Tyltyl: ¡Ah!...

El Hada: ¿Saben quién soy yo?

Tyltyl: Te pareces un poco a nuestra vecina, madame Berlingot...

El Hada: (Enfadándose de súbito) De ningún modo... ninguna relación hay... ¡Eso es

abominable!... Soy el hada Beryluna. No perdamos más tiempo en presentaciones, deben

partir enseguida.

Tyltyl: ¿Vendrás con nosotros?...

El Hada: Es imposible porque dejé la olla de los frijoles en la lumbre. Ya vístanse... (Los

niños obedecen y se visten rápidamente) Voy a ayudar a Mytyl.

Tyltyl: No tenemos zapatos.

El Hada: Eso no importa. Voy a darles un sombrerito maravilloso ¿En dónde están sus

padres?

Tyltyl: (Mostrando la puerta de la derecha) Allí están, se hallan durmiendo.

El Hada: ¿Qué hacían cuando llamé a la puerta?

Tyltyl: Jugábamos a comer pasteles.

El Hada: ¿Tienen los pasteles?... ¿En dónde están? (En la ventana) Pero si son los otros los

que comen!...

Tyltyl: Sí; pero como uno lo ve todo...

El Hada: ¿Tú no les tienes envidia?...

Tyltyl: ¿Por qué?

El Hada: Porque se lo comen todo. Me parece que hacen mal no dándote...

Tyltyl: Pues no, porque ellos son ricos... ¡Hum!... ¡Qué lindo en casa de ellos!...

El Hada: No es más bonito que en tu casa.

Tyltyl: ¡Uh!... Aquí es más negro, más pequeño, sin pasteles...

El Hada: ¿Cómo me ves?... (Silencio de Tyltyl) ¿Soy bonita o fea?... (Silencio embarazoso)

¿Soy joven o vieja?... ¿Tengo la nariz ganchuda y me falta un ojo?...

Tyltyl: ¿Quién lo vació?...

El Hada: (Cada vez más irritada) ¡Pero si no está vaciado!... ¡Insolente! ¡Miserable!... Es más

hermoso que el otro; más grande, más claro, es azul como el cielo... Es curioso lo que pasa

con los hombres... Desde la muerte de las hadas ya no ven del todo y ni siquiera lo

sospechan...

Tyltyl: ¡Oh! ¡Qué lindo sombrerito verde! ¿Qué es lo que así brilla?

El Hada: Es el gran Diamante que hace ver...

Tyltyl: ¡Ah!...

El Hada: Sí; cuando uno tiene el sombrero en la cabeza, se da vuelta un poco al Diamante,

de derecha a izquierda.

Tyltyl: ¿Y eso no hará mal?

El Hada: Por el contrario, se hace uno hada. Se ve al instante mismo lo que hay en las

cosas: el alma del pan, del vino, de la pimienta, del azúcar, por ejemplo. Ve, cuando uno lo

tiene así... una ligera vuelta le deja a uno ver el Pasado. Con una vueltecita más uno ve el

Porvenir. Es curioso y práctico y no causa ruido.

Tyltyl: Papá me lo quitará.

El Hada: No lo verá. Nadie podrá verlo mientras esté en tu cabeza. ¿Quieres ensayar?

(Pone a Tyltyl el sombrerito verde). Ahora da vuelta al Diamante..., una vuelta y después...

(Apenas Tyltyl ha hecho girar el Diamante un cambio súbito y prodigioso se opera en todas

las cosas. La vieja hada de pronto de hace una bella princesa maravillosa; los guijarros con

que se hallan construidos los muros de la cabaña se iluminan, azulean como zafiros, se

hacen transparentes, rutilan, deslumbran, al igual de las más preciosas piedras. El pobre

mobiliario se anima y resplandece; la mesa de madera blanca toma un aspecto tan grave, tan

noble, como una mesa de mármol; el cuadrante del reloj guiña el ojo y sonríe con agrado, se

escucha una deliciosa música. Mientras hablan así, la mágica transformación continúa y se

completa. Las almas de los Panes de cuatro libras, bajo la forma de peleles en traje de punto

color corteza de pan, aturdidos y empolvados de harina, se escapan de la artesa, trastabillan

en torno de la mesa, en donde se les acerca el Fuego, que salido del hogar en traje de punto

color azufre y bermellón, los persigue, desternillándose de risa).

Tyltyl: ¿Quiénes son?

El Hada: Son las almas de los Panes-de-cuatro-libras.

Tyltyl: ¿Y ese que huele tan mal?

El Hada: ¡Chitón! No hables tan alto; es el Fuego... y tiene mal carácter.

(Este diálogo no ha interrumpido la transformación mágica. El Perro y la Gata, arrojados al

pie del armario, lanzan simultáneamente un largo grito, desaparecen en una trampa y surgen

en su lugar dos personajes, de los cuales lleva el uno máscara de bulldog y el otro una

cabeza de gata. Inmediatamente el hombrecillo de máscara de bulldog – que en adelante

llamaremos el Perro – se precipita sobre Tyltyl, a quien abraza con violencia y anonada con

el ímpetu de sus caricias ruidosas, en tanto que la mujercita de máscara de gata –que

llamaremos simplemente la Gata-- se peina, se lava las manos y se alisa los bigotes antes de

acercarse a Mytyl).

El Perro: (Aullando, saltando, empujándolo todo, insoportable) ¡Diosito mío, buenos días! ¡Al

fin, al fin, ya puedo hablar! ¡Tenía tantas cosas que decirte! ¡Te amo, te amo! ¿Quieres que te

haga alguna gracia?

Tyltyl: ¡Tylo!

La Gata: (Acercándose a Mytyl y tendiéndole la mano ceremoniosamente y con

circunspección) ¡Buenos días señorita! ¡Qué linda que está usted esta mañana!

Mytyl: Buenos días, señora Tylita. (La abraza)

(Sin embargo, la transformación ha proseguido su curso; se ha puesto la Rueca a girar

vertiginosamente en un rincón, hilando espléndidos rayos de luz; la Fuente, en otro ángulo,

se pone a cantar con voz de tiple, y transformándose en fuente luminosa, inunda el artesón

de velos de perlas y de esmeraldas, a través de las cuales se lanza el alma del Agua,

semejante a una joven destilante, desgreñada, llorona, que va incontinenti a batirse con el

Fuego)

Tyltyl: ¿Y la señora empapada?

El Hada: No temas; es el Agua que sale del tubo.

(El Pilón de azúcar, puesto al pie del armario, crece, se alarga y desgarra su envoltura de

papel, de donde emerge un ser dulzón e hipócrita, vestido con una casaca por mitades

blanca y azul, el cual, sonriendo ingenuamente, avanza hacia Mytyl)

El Hada: ¡Si es el alma del azúcar!

Mytyl: ¿Tienes caramelos?

El Azúcar: Si cada dedo de mis manos es uno.

(La lámpara cae de la mesa, y tan pronto como cae, su llama se endereza y se transforma en

una luminosa virgen de incomparable belleza. Está vestida de largos velos transparentes y

deslumbrantes y se queda inmóvil en una especie de éxtasis)

El Hada: Ella es La Luz.

(No obstante, las cacerolas en los anaqueles giran como trompos holandeses, el armario de

ropa rechina sus batientes y comienza un magnífico desfile de telas color de luna y de sol,

entre las cuales harapos y andrajos no menos espléndidos descienden por la escala del

granero. Se oyen tres golpes bastantes rudos a la puerta de la derecha)

Tyltyl: (Asustado) ¡Es papá! ¡Nos ha oído!

El Hada: ¡Da la vuelta al Diamante! (Tyltyl hace girar vivamente el Diamante) Lo has hecho

girar muy bruscamente.

(El Hada vuelve a ser vieja, los muros de la cabaña extinguen sus esplendores, la Rueca se

detiene, etc; pero en la premura y en desorden general, mientras el Fuego corre locamente

en torno de la pieza buscando la chimenea, uno de los Panes-de-cuatro-libras, que no ha

podido encontrar sitio en la artesa, rompe en sollozos y lanza rugidos de espanto)

El Hada: ¿Todavía están aquí? ¡Dios mío! Debo decirles la verdad; todos los que acompañen

a los dos niños morirán al fin del viaje.

La Gata ¿Y los que no los acompañen?

El Hada: Sobrevivirán algunos minutos.

La Gata: (Al Perro) Ven, entremos en la trampa.

El Perro: ¡No, no! ¡Yo no quiero! ¡Quiero acompañar al diosito!

La Gata ¡Imbécil!

(Tocan de nuevo la puerta. Todos intentan regresar a su sitio de origen excepto el Perro y La

Luz.)

El Hada: ¿Les gustaría más continuar viviendo en sus viles cajas, que acompañar a los

9niños que van a buscar el Pájaro?

Todos: (A excepción de Perro y de La Luz.) ¡Sí! ¡sí! ¡En seguida! ¡Mi tubo! ¡Mi artesa! ¡Mi

chimenea! ¡Mi trampa!

El Hada: (A La Luz, que mira meditabunda los restos de su lámpara) ¿Y tú luz, qué dices a

esto?

La Luz: Acompañaré a los niños.

El Perro: (Aullando de alegría) ¡Yo también! ¡Yo también!

(A la puerta de la derecha se oyen golpes violentos)

.

El Hada: Escapemos por la ventana. (Al Pan) Tú toma la jaula.

(La ventana se alarga bruscamente como una puerta. Salen todos; después la ventana toma

su forma primitiva y se cierra inocentemente. El cuarto vuelve a hallarse a oscuras y las dos

camitas sumergidas en la sombra. La puerta de la derecha se entreabre)

TELÓN

 

 

ACTO II

 

SEGUNDO CUADRO

EN CASA DEL HADA

Columnas de mármol claro con capiteles de oro y plata, escaleras, pórticos,

balaustradas, etc. Entran por el fondo, a la derecha, suntuosamente vestidos, la Gata, el

Azúcar y el Fuego. Salen de un departamento de donde emanan rayos de luz: la

guardarropía del Hada. La Gata se ha echado una gasa ligera sobre su traje de seda negra,

el Azúcar lleva traje de seda mitad blanco y mitad tierno, y el Fuego con su tocado de

penachos multicolores, con un amplio manto carmesí plegado de oro. Atraviesan toda la sala

y descienden al primer plano, a la derecha, donde la gata los reúne bajo un pórtico

La Gata: Por aquí. ¿Escucharon decir al Hada que el fin de este viaje sería también el de

nuestra vida? Hay que prolongarla tanto como sea posible.

El Pan: ¡Bravo, bravo!

La Gata: Escúchenme. Nosotros los aquí presentes, animales, cosas y elementos,

poseemos un alma que el Hombre no conoce todavía. Por eso conservamos un resto de

independencia; mas si se apoderan del Pájaro Azul, todo lo sabrá, todo lo verá y quedaremos

por completo a su antojo. Tenemos que impedir a todo trance el encuentro de este pájaro,

aunque para ello debiésemos poner en peligro la vida misma de los niños.

El Perro: ¡Esto es tonto! ¡Existe el Hombre, eso es todo! ¡Hay que obedecerle y hacer todo lo

que él quiere!

El Pan: ¡Bravo, bravo!

(Por la derecha entran el Hada y La Luz seguidas de Tytyl y Mytyl)

El Hada: Los niños visitarán esta noche a sus abuelos. Puede que el Pájaro Azul se esconda

en el Pasado, en su casa...

Mytyl: Tengo hambre.

Tyltyl: Yo también.

El Hada: (Al Pan) Abre tu traje turco y dales una rebanada de tu sabroso vientre.

(El Pan abre su traje, saca su cimitarra y

corta de su vientre dos tajadas que ofrece a los niños)

El Azúcar: (Aproximándose a ellos) Les daré algunos caramelos

(Uno a uno rompe los cinco dedos de su mano izquierda y se los obsequia)

Mytyl: ¿Qué hace? Se quiebra todos los dedos. (Chupando uno de los dedos): ¡Qué rico!

¿Tienes muchos acaso?

El Azúcar: (Modesto) Sí, cuantos quieras.

El Hada: Tenemos que irnos

Tyltyl: ¿Viene la Luz con nosotros?

La Luz: No; a mí no me han invitado.

Tyltyl: Bueno... ¿Por dónde hay que ir?

El Hada: Por aquí. En el “País del Recuerdo”. Cuando hayas dado vuelta al Diamante,

verás un gran árbol con un rótulo que te mostrará que has llegado. Pero no olviden que

ambos deben regresar al cuarto para las nueve. Puede ser peligroso si llegan retrasados.

¡Hasta pronto!

(Llamando a la Gata, al Perro, a La Luz, etc)

Por aquí. Y los niños por ahí.

(El Hada con La Luz, los animales, etc., salen por la derecha; por la izquierda salen los

niños)

TELÓN

 

 

 

TERCER CUADRO

 

EL PAÍS DEL RECUERDO

(Niebla espesa, de donde emerge, a la derecha, en el primer plano, el tronco de

una gruesa encina con un rótulo; claridad lechosa, difusa, impenetrable.

Están al pie de la encina Tyltyl y Mytyl)

Tyltyl: Aquí está el árbol.

Mytyl: Bueno, ¿Y dónde están nuestros abuelos?

Tyltyl: Detrás de la niebla. Vamos a ver.

(Se ha puesto en movimiento la bruma: se aligera, se ilumina, se dispersa, se evapora.

Luego, en una luz, cada vez más transparente, se descubre, bajo una bóveda de verdura,

una risueña casilla de campesino cubierta de trepadoras plantas. Abiertas están las ventanas

y la puerta. Se ven colmenas bajo un alero, macetas de flores sobre el alféizar de las

ventanas, una jaula en donde un mirlo duerme, etc. Cerca de la puerta, un banco, sobre el

cual, sentados, profundamente dormidos, se hallan un viejo campesino y su mujer, el abuelo

y la abuela de Tyltyl. Éste los reconoce enseguida)

Tyltyl: ¡Son ellos!

Mytyl: (Palmoteando las manos) ¡Sí, sí, son ellos! ¡Son ellos!

(La Abuela Tyl abre los ojos, endereza la cabeza, se estira, lanza un suspiro, mira al Abuelo

Tyl, que también despierta lentamente de un sueño)

La Abuela Tyl: Creo que veremos a nuestros nietos.

El Abuelo Tyl: De seguro piensan en nosotros. No, no; están aún muy lejos. Me siento débil

todavía.

Abuela Tyl: Te digo que están ahí. He recuperado ya toda mi fuerza.

Tyltyl y Mytyl: (Saliendo precipitadamente de detrás de la encina) Aquí estamos abuelitos.

Abuelo Tyl: Ves. ¿Qué te decía yo? Estaba seguro de que vendrían hoy.

Abuela Tyl: ¡Tyltyl! ¡Mytyl

(Esforzándose por correr hacia los niños, no pueden y los niños llegan primero a su

encuentro. Abuelos y nietos se abrazan locamente)

Abuela Tyl: Sí, sí. Primero conmigo. ¿Cómo están papá y mamá Tyl?

Tyltyl: Muy bien, abuela. Dormían cuando salimos. ¿Y ustedes dónde estaban?

Abuela Tyl: Aquí, siempre esperando una visita de los que viven. ¡Vienen tan rara vez!

Tyltyl: Pero no hemos venido

Abuela Tyl: ¿Pero han pensado en nosotros?

Tyltyl: Sí.

Abuela Tyl: Pues bien, cada vez que piensan en nosotros, nos despertamos y los volvemos

a ver.

Tyltyl: ¿Duermen todo el tiempo?

Abuelo Tyl: Sí, es bueno dormir cuando la vida ha concluido. Pero es agradable despertarse

de cuando en cuando.

Tyltyl: Entonces, ¿no están muertos de verdad?

Abuelo Tyl: ¡Qué torpes son allá arriba!

Tyltyl: ¿Se está bien aquí?

Abuelo Tyl: Sí; no está mal

Tyltyl: (Mirando ya al abuelo, ya la abuela) No has cambiado nada, abuelo... Ni abuela

tampoco. De hecho, están más hermosos. ¡Aquí todo es lo mismo, todo está en su lugar!

Mytyl: ¡Y aquí está el viejo mirlo! ¿Canta todavía?

(Se despierta el mirlo y se pone a cantar a voz en cuello).

Tyltyl: ¡Pero, si es azul!... ¡Si es él, el Pájaro Azul que debo llevarle al Hada!

Abuelo, abuela, ¿Me lo dan?

Abuela Tyl: ¿De qué nos sirve aquí? Sólo sabe dormir. Nunca se le oye. Llévenselo, mis

niños.

Tyltyl: Lo pondré en mi jaula.

(Corre a él, trae la jaula y encierra al mirlo)

Y mis hermanitas que murieron, ¿están aquí?

Mytyl: ¿Y dónde están mis tres hermanitos que habían enterrado?

14(Al decir estas palabras, siete niños de tamaños desiguales, ordenados como en una flauta

de Pan, salen de la casa uno a uno)

Abuelo Tyl: ¡Aquí están, aquí están!

(Tyltyl y Mytyl corren al encuentro de los niños, se atropellan,

se abrazan, bailan, se atorbellinan y lanzan gritos de alegría)

Tyltyl: ¡Pierrot, Roberto!

Mytyl: ¿Y Magdalena?... ¡Aquí estás Paulina! ¡Te extrañé Juanita!

Tyltyl: ¡Qué bonito aspecto tienen, qué gordos y qué lucientes están! ¡Qué bellas mejillas!

Parecen bien alimentados.

Abuela Tyl: Están mejor desde que no viven. Ya no hay nada que temer; nunca se está

enfermo, ni se tienen inquietudes. (El reloj dentro de la casa da las ocho. Abuela Tyl

estupefacta) ¿Qué es eso?

Abuelo Tyl: No lo sé. He perdido la costumbre. Dio ocho golpes.

Tyltyl: Me espera la Luz hasta las nueve menos cuarto. Es por el Hada. Esto es muy

importante. Me marcho.

Abuela Tyl: ¡No nos dejen así, en el momento de la cena!

(Sacan la mesa, la preparan delante de la puerta, traen platos, cubiertos, etc.; todos ayudan)

Tyltyl: Puesto que tengo el Pájaro Azul... ¡Adelante!

(Se ha encendido la lámpara y servido la sopa. Los abuelos y los niños siéntanse en torno de

la comida entre las sacudidas, bocados, gritos y risas de alegría).

Abuela Tyl: Bueno, bueno. Un poco de calma. Todavía estás mal educado y vas a romper el

plato.

Tyltyl: (Se alza a medias sobre su escabel) ¡Quiero más todavía, más!

(Alcanza y trae para sí la sopera, que se riega sobre la mesa, y de allí

sobre la rodilla de los convidados; gritan y aúllan quemados)

Abuela Tyl: ¡Ya ves! Te lo había dicho.

Abuelo Tyl: (Dando a Tyltyl una palmada sonora) ¡Aquí tienes!

Tyltyl: (Desconcertado por un momento, lleva en seguida la mano a la mejilla con arrebato)

¡Abuelito, así eran los golpes que tú dabas cuando vivías! (Ve el reloj, se sobresalta): ¡Las

ocho y media!

(Tira la cuchara)

Mytyl: ¡Apenas tenemos tiempo!

Tyltyl: (Tomando su jaula y abrazando a todo el mundo de prisa y a la redonda) Adiós,

abuelo. Adiós, abuela. ¡Adiós, hermanos, hermana! volveremos cuando sea posible.

Los Hermanos y Hermanas Tyl: ¡Adiós!

(Todos agitan los pañuelos mientras Tyltyl y Mytyl, lentamente, se alejan. Pero ya, durante

las últimas réplicas, la niebla del principio se ha modificado gradualmente y el sonido de las

voces se ha debilitado, de manera que al fin de la escena todo ha desaparecido en la bruma,

y en el momento que cae el telón Tyltyl y Mytyl vuelven a encontrarse solos, visibles bajo la

grande encina. Mirando al pájaro en la jaula).

Tyltyl: ¡El pájaro no es azul! ¡Se ha vuelto negro!

TELÓN

 

 

 

ACTO III

 

CUARTO CUADRO

EL PALACIO DE LA NOCHE

Una vasta y prodigiosa sala de magnificencia austera, rígida, metálica y sepulcral, que da la

impresión de un templo griego o egipcio, cuyos arquitrabes, columnas, lozas, cuyos

ornamentos todos fuesen de mármol negro, de oro y de ébano. La sala tiene forma de

trapecio. Gradas de basalto, que ocupan todo el ancho del templo, lo dividen en tres planos

sucesivos que se levantan gradualmente hacia el fondo. A derecha e izquierda, entre las

columnas, puertas de bronce sombrío. Hacia el fondo, monumental puerta de bronce. Una

claridad difusa, que parece emanar de los mismos mármoles y ébanos, es lo único que

ilumina el palacio

(Al levantarse el telón, La Noche, en figura de mujer bellísima, cubierta de largos

vestidos negros, está sentada en las gradas del segundo plano, entre dos niños, de

los cuales uno, desnudo como el Amor, sonríe en sueños, mientras el otro permanece

de pie cubierto por un velo desde la cabeza hasta los pies)

La Noche: ¡Señor, Señor! ¡En qué tiempos vivimos! No tengo ya un minuto de reposo. Desde

hace algunos años ya no comprendo al Hombre. ¿A dónde quiere llegar? ¿A caso es preciso

que lo sepa todo?

La Gata: Lo sé, madre, lo sé; son duros los tiempos y estamos solas luchando contra el

hombre.

La Noche: (Poniendo atención a un ruido de fuera) ¿Qué oigo? ¿Son varios?

(Por la derecha, en el primer plano, entran tímidamente Tyltyl, Mytyl, el Pan, el Azúcar y el

Perro)

La Gata: (Precipitándose al encuentro de Tyltyl) Por aquí, por aquí amito mío. He prevenido

a la Noche, que está encantada de recibirlos.

Tyltyl: Buenos días, señora Noche.

La Noche: (Resentida) Aquí no existe el día.

Tyltyl: (Mortificado) Perdón, señora. Yo no lo sabía. (Mostrando con el dedo a los niños).

¿Son sus dos muchachitos? Qué simpáticos son.

La Noche: Sí, aquí está el Sueño.

Tyltyl: ¿Por qué está tan gordo?

La Noche: Porque duerme bien.

Tyltyl: ¿Y el otro que se esconde?

La Noche: Es la hermana del Sueño. Vale más no nombrarla. La Gata acaba de decirme que

vienen a buscar el Pájaro Azul.

Tyltyl: Sí, señora ¿Dónde está?

La Noche: No sé nada, amiguito; lo que puedo afirmar es que no está aquí. Yo no lo he visto

nunca.

Tyltyl: Sí, sí, la Luz me dijo que está aquí. Deme las llaves

La Noche: Pero, amiguito, tú comprendes que no puedo entregar mis llaves al primero que

llega.

Tyltyl: Tienes que dármelas. Lo sé.

La Noche: ¿Quién te lo dijo?

Tyltyl: La Luz.

La Noche: ¡Otra vez la Luz! ¡Y siempre la Luz! ¿Quién la mete en todo esto?

Tyltyl: (Tocando su sombrero) Si no me las da giraré el Diamante...

La Noche: (Resignándose a lo inevitable) En fin... Aquí está la que abre todas las puertas de

la sala. Si te sucede algo yo no respondo.

El Pan: (Muy inquieto ¿Es esto peligroso?

La Noche: ¿Peligroso? Tengo allí encerrado todos los males del mundo. Bastante trabajo

tuve para encerrarlos ahí con la ayuda del Destino.

El Pan: En caso de peligro, ¿Por dónde se puede huir?

La Noche: No hay medio de huir.

(Da vuelta a la llave y entre abre prudentemente la puerta. Inmediatamente se escapan cinco

o seis Espectros, de formas diversas y extrañas, que se diseminan por todas partes. El Pan,

asustado, tira la jaula y va a esconderse en el fondo de la sala, mientras La Noche,

espantando a los Espectros, grita a Tyltyl)

La Noche: ¡Pronto! ¡Pronto! ¡Cierra la puerta! ¡Todos escaparían y no podríamos volver a

atraparlos! Se hastían allá adentro desde que el Hombre no les toma en serio. (Espantan a

los Espectros, esforzándose, con la ayuda de un látigo formado de serpientes, por

conducirlos a la puerta de su prisión). ¡Ayudadme! ¡Por aquí!... ¡Por aquí!...

Tyltyl: (Al Perro) ¡Ayúdala, Tylo, anda pues!...

El Pan: (Desde el fondo de la sala) Aquí... ¡Estoy cerca de la puerta para impedirles salir!

(Como uno de los Espectros se dirige a ese lado, el Pan a todo correr,

lanzando aullidos de espanto)

Tyltyl: (Yendo a la otra puerta) ¿Qué hay detrás de está?

La Noche: Son las Enfermedades.

(Tyltyl abre la puerta de par en par. Nada aparece)

Tyltyl: ¿No salen?

La Noche: Te lo había dicho, casi todas están padeciendo y desalentadas. Los médicos no

son benévolos con ellas. Entra, pues, un instante y verás.

(Tyltyl entra en la caverna y vuelve a salir en seguida)

Tyltyl: El Pájaro Azul no está allí. (Se cierra la puerta y se dirige a otra) ¿Qué hay aquí?

La Noche: Son las Guerras. Son ahora más terribles y poderosas que nunca.

Tyltyl: (Con mil precauciones entorna la puerta de modo que quede una pequeña rendija por

donde pueda echar una mirada. Inmediatamente se encoje exclamando) ¡Pronto, pronto!

¡Empujen pronto! Me han visto y vienen todas ¡Abren la puerta! ¡Son enormes, espantables!

¡Creo que no tienen el Pájaro Azul!

La Noche: Se lo comerían en seguida. Pues bien ¿Tienes bastante con eso? Ya ves cómo

nada se puede hacer.

Tyltyl: Vamos a la siguiente. ¿Qué hay?

La Noche: Aquí encierro las Tinieblas y los Terrores.

Tyltyl: (Entreabriendo la puerta con cierta desconfianza. Mirando hacia el fondo de la

caverna) ¡Oh, qué espantosas son!

La Noche: Vuelve a cerrar la puerta para que no se enojen

Tyltyl: (Yendo a la puerta siguiente) Está es más sombría. ¿Qué hay aquí?

(Entre abriendo con precauciones inauditas y asomándose tímidamente por la abertura).

¡Oh! ¡Cuánto frío! ¡Me arden mis ojos!

La Noche: ¿Qué pasa?

Tyltyl: (Trastornado) ¡No sé, era espantoso!

La Noche: De seguro era el Silencio.

Tyltyl: Sí, no lo hubiera creído. No lo había visto nunca. Y tengo las manos heladas.

La Noche: Y será peor si aún continúas.

Tyltyl: (Yendo a la siguiente puerta) ¿Y ésta? ¿Es tan terrible?

La Noche: No, hay un poco de todo. Aquí pongo las Estrellas sin empleo, mis Perfumes

personales, Gusanos luminosos, el Rocío...

(Tyltyl abre la puerta de par en par. Inmediatamente las Estrellas, bajo la forma de bellas

jóvenes, veladas de luces de colores, se escapan de su prisión, se esparcen en la sala y

forman sobre las gradas y alrededor de las columnas graciosas rondas bañada de una

especie de luminosa penumbra. Los Perfumes de la Noche, casi invisibles, los Fuegos

fatuos, las Luciérnagas y el Rocío transparente se juntan a ellas; mientras que el canto de los

Ruiseñores, saliendo en ondas de la caverna, inundan el nocturno palacio. Poco después

huyen de espanto las Estrellas, los Perfumes, etc, que se precipitan en la caverna, que se

vuelve a cerrar tras ellos. Al mismo tiempo se extingue el canto de los Ruiseñores. Tyltyl se

acerca a la puerta del fondo).

La Noche: (Gravemente) No abras ésta.

Tyltyl: ¿Por qué? ¿Allí es donde se oculta el Pájaro Azul, verdad?

La Noche: (Maternalmente) Escúchame, hijo mío. He sido buena y complaciente. He hecho

por ti lo que por nadie había hecho hasta aquí. Te he entregado todos mis secretos. Desiste

por favor, no quiero que te pierdas. Porque ninguno de ninguno de aquellos que la han

abierto, ha vuelto a ver la luz del día.

Tyltyl: Yo debo abrirla.

(Pone la llave en la cerradura. Un grito de pavor se alza en el otro extremo de la sala en

donde se refugiaron los fugitivos. Apenas la llave toca la puerta, cuando sus altos batientes

se abren por el medio, se deslizan lateralmente y desaparecen a derecha e izquierda, en el

espesor de los muros, descubriendo de súbito, irreal, infinito, inefable, el más inesperado de

los jardines de ensueño y de luz nocturna, en donde entre las estrellas y planetas, iluminando

todo lo que tocan, volando sin cesar de pedrerías en pedrerías, de rayos de luna en rayos de

luna, mágicos pájaros azules evolucionan perpetua y armoniosamente hasta en los confines

del horizonte, innumerables hasta el punto de que parecen ser el aliento, la atmósfera

azulada, la sustancia misma del jardín maravilloso. Tyltyl, deslumbrado desconcertado de pie

en la luz del jardín)

Tyltyl: ¡Oh! ¡El cielo! (Volviéndose hacia los que huyeron). ¡Venid pronto! ¡Aquí están! ¡Son

ellos! ¡Son ellos! ¡Son ellos! Al fin los tenemos.

Mytyl: (Rodeada de pájaros azules) Ya atrapé siete.

Tyltyl: La Luz nos espera. Estará contenta. Por aquí, por aquí.

(Se van del jardín, con las manos llenas de pájaros que se debaten atravesando la sala en

medio del azoramiento de las Alas de Azul; salen a la derecha, por donde entraron, seguidos

del Pan y del Azúcar, que no ha cogido pájaros. La Noche y la Gata, que han quedado solas,

suben por el fondo y miran con ansiedad hacia el jardín)

La Noche: ¿No lo tienen?...

La Gata: No. No lo pudieron alcanzar, estaba demasiado alto.

(Cae el telón. A poco, ante el caído telón, entran simultáneamente: por la izquierda, la Luz;

por la derecha, Tyltyl, Mytyl y el Perro, corriendo, cubiertos con los pájaros que acaban de

capturar. Pero ya estos parecen inanimados, y con la cabeza pendiente y las alas rotas tan

sólo son en sus manos inertes despojos)

Tyltyl: ¿Quién los mató? ¡Soy muy desgraciado!

(Oculta la cabeza bajo el brazo y parece agitado por los sollozos.)

La Luz: (Oprimiéndolo maternalmente entre sus brazos) ¡No llores, hijo mío! Encontraremos

al que puede vivir en plena luz

El Perro (Mirando a los pájaros muertos) ¿Se les puede comer?

(Salen por la izquierda)

TELÓN

 

 

QUINTO CUADRO

 

LA SELVA

(Una selva. Es de noche. Claridad lunar. Viejos árboles de diversas especies:

particularmente, una encina, un haya, un olmo, un álamo, un abeto, un ciprés, un tilo, un

castaño, etc. Entra la Gata)

La Gata: (Saludando a los árboles a la redonda) ¡Salud a todos los árboles!

Murmullo de los follajes: ¡Salud!

La Gata: ¡Éste es un gran día! Nuestro enemigo acaba de liberar nuestras energías y de

entregarse a sí mismo. Es Tyltyl, el hijo del leñador, que les ha hecho tanto mal. Busca al

Pájaro Azul que ocultan al Hombre desde el principio del mundo, único que conoce nuestro

secreto. Podemos quedarnos a la merced del Hombre. (Murmullo en las hojas) ¡Aquí están!

(Se oye alejarse los redobles de tambor. Entran Tyltyl, Mytyl y el Perro)

Tyltyl: ¿Aquí es?

La Gata: (Obsequiosa, melosa, solícita, se precipita al encuentro de los niños) ¡Ah! ¡Aquí

estás amito mío! ¡Qué buen aspecto tienes y qué lindo estás esta tarde! Me adelanté para

anunciar nuestra llegada. Todo va bien. Pero, ¿Por qué has traído al Perro?

Tyltyl: No pude deshacerme de él.

El Perro: ¿Quieres que me haga el tonto, diosito?

La Gata: ¡Dale algunos bastonazos en la nariz; de veras es insoportable!

Tyltyl: Vamos. Está bien. Ya basta. (Al Perro) ¡Vete!

La Gata: ¡Que idiota! No perdamos tiempo. ¡Da vuelta al diamante!

(Tyltyl da vueltas al Diamante. Inmediatamente un largo estremecimiento agita las ramas y

las hojas. Los troncos mis antiguos y los más imponentes se entreabren para dar paso al

alma que cada uno de ellos encierra. El aspecto de estas almas difiere según el aspecto y el

carácter del árbol que representan. La del Olmo, por ejemplo, es una especie de gnomo

asmático, ventrudo, caprichoso; la del Tilo, es plácida, familiar, jovial; la del Haya, elegante y

ágil; la del Abedul, blanca, reservada, inquieta; la del Sauce, achaparrada, desgreñada,

quejumbrosa; la del Abeto, larga, rendida, taciturna; la del Ciprés, trágica; la del Castaño,

pretenciosa, un tanto snob; la del Álamo, alegre, traviesa, locuaz. Salen las unas lentamente

de su tronco, entorpecidas, estirándose, como después de una cautividad o de un sueño

secular. Las otras se desprenden de un salto, vivas, presurosas, y todas vienen a colocarse

en torno de los niños, procurando quedar en la proximidad del árbol de que han nacido)

El Álamo: (Allegándose primero) ¿De dónde vienen? ¿Quién es? ¿Quiénes son? (Al Tilo,

que avanza fumando tranquilamente su pipa). ¿Los conoces tú, padre Tilo?

El Tilo: No me acuerdo de haberlos visto.

(Avanza el Encino con lentitud; está fabulosamente viejo, coronado de muérdago y vestido

con un largo traje verde, bordado de musgo y de liquen. Está ciego; su barba blanca flota al

viento. Apoyándose con una mano en un bastón nudoso y con la otra en un joven Encinillo

que le sirve de guía. El Pájaro Azul está posado sobre su espalda; a su aproximación hay

movimiento de respeto entre los árboles, que se enfilan y se inclinan)

Tyltyl: ¡Tiene el Pájaro Azul! ¡Pronto!¡Dámelo!

Los Árboles: ¡Silencio!

La Gata: (A Tyltyl) ¡Es el Encino!

El Encino: (A Tyltyl) ¿Quién eres tú?

Tyltyl: Tyltyl, señor. ¿Cuándo podré tomar el Pájaro Azul?

El Encino: ¿Tyltyl, el hijo del leñador?

Tyltyl: Sí, señor.

El Encino: Tu padre nos ha hecho mucho mal... En mi sola familia ha dado muerte a 600 de

mis hijos, a 475 tíos y tías, a 1.200 primos y primas, a 380 nueras y a 1.200 biznietos.

Tyltyl: Yo no sé, señor. No lo ha hecho intencionadamente.

El Encino: ¿Qué vienes a hacer aquí y por qué has hecho salir de sus moradas a nuestras

almas?

Tyltyl: Señor, le pido perdón por haberles incomodado. Fue la Gata quien me dijo que iban a

revelarnos en dónde se halla el Pájaro Azul. Es para la nieta del Hada Beryluna, que está

muy enferma.

El Encino: (A los árboles) El niño puede apoderarse de nuestro Pájaro Azul, arrancándonos

así el secreto que guardamos desde el origen de la Vida. Ahora bien, conocemos bastante al

Hombre para no abrigar duda acerca de la suerte que nos reserva cuando se halle en

posesión de este secreto. El momento es grave; preciso es que desaparezca el niño antes

que sea demasiado tarde.

El Perro: (Rondando en torno del Encino mostrando sus colmillos) ¿Has visto mis dientes,

viejo tullido?

La Gata: (Quedo a Tyltyl) Sería más prudente encadenarlo, si no, hará tonterías; se

disgustarán los Árboles, y todo acabará mal. Justamente allí viene la Yedra, que avanza con

sus sólidos lazos.

Tyltyl: Señora Yedra, ¿Querrá usted encadenarle?

La Yedra: (Aproximándose muy tímidamente al Perro) ¿No morderá?

El Perro: (Arrastrándose a los pies de Tyltyl, agitando la cola) ¿Qué quieres que haga diosito

mío?

Tyltyl: ¡Acostarte, echarte de bruces! Obedece a la Yedra. Déjate agarrotar; si no...

El Perro: (Gruñendo entre dientes mientras la Yedra lo agarrota) ¡Hilacha!

¡Cuerda de

ahorcados! ¡Amarra de terneros! ¡Cadena para puercos! Diosito mío, mira. Me tuerce las

patas. ¡Me estrangula!

El Encino: Que se le amarre sólidamente allá, detrás de mi tronco, en mi gruesa raíz.

¡Veremos luego lo que conviene hacer con él! (La Yedra, auxiliada del Álamo, lleva al Perro,

detrás del tronco del Encino). Por primera vez nos es dado juzgar al Hombre y hacerle sentir

nuestro poder. No creo que después del mal que nos ha hecho, después de las monstruosas

injusticias que hemos sufrido, quede la menor duda de la sentencia que le espera.

Todos los Árboles: ¡No! ¡No! ¡No! ¡No hay duda! ¡La horca! ¡La muerte! ¡Hay demasiada

injusticia! ¡Abusó demasiado! ¡Hace largo tiempo! ¡Que se le reviente! ¡Que se le coma! ¡En

seguida! ¡En seguida!

Tyltyl: (Sacando el cuchillo de su bolsa) ¿Se las quieren ver conmigo?

(Los demás Árboles, lanzando un grito de espanto a la vista del cuchillo, el arma misteriosa

es irresistible del Hombre, se interponen y detienen al Encino)

Los Árboles: ¡El cuchillo! ¡Tened cuidado! ¡El cuchillo!

El Encino: (Agitándose). ¡Déjenme! ¡Qué me importa! ¡El cuchillo o el hacha! ¿Quién me

retiene? ¡Bah!

(Tyltyl se alza sobre una rodilla blandiendo su cuchillo, defendiendo como mejor puede a su

hermanita, que lanza alaridos de angustia. Viéndolo volcado a medias, todos los Árboles se

acercan y tratan de darle golpes. La oscuridad se produce súbitamente. Tyltyl,

desconcertadamente, pide auxilio)

Tyltyl: ¡A mí! ¡Tylo! ¿En dónde está la Gata? ¡Tylita! ¡Vengan!

La Gata: (Hipócritamente alejada) No puedo. Acabo de maltratarme la pata.

Tyltyl: (Parando los golpes y defendiéndose lo mejor posible) ¡A mí! ¡Tylo! ¡No puedo más!

¡Son muchos! ¡No puedo más!

(Arrastrando los lazos rotos, el Perro salta de detrás del tronco del Encino, y empujando

Árboles se pone delante de Tyltyl, a quien defiende con rabia)

El Perro: (Distribuyendo enormes mordiscos) ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy, diosito mío! ¡No

tengas miedo!

(Sigue la lucha. Entra La Luz, a medida que la Aurora se levanta sobre la selva.)

La Luz: ¿Qué sucede? ¡Pero no lo sabías! ¡Da vuelta al Diamante! Regresarán al Silencio y

a la oscuridad y tú no verás sus sentimientos.

(Tyltyl da vuelta al Diamante. En seguida las almas de todos los Árboles se precipitan en los

troncos, que se vuelven a cerrar. La Selva queda otra vez inocente. Tyltyl, asombrado, mira

en torno de sí)

Tyltyl: ¿En dónde están? ¿Qué tenían? ¿Estaban locos?

La Luz: No, si son siempre así; pero esto no se sabe, porque no se ve. Te lo había dicho: es

peligroso despertarles cuando yo no estoy presente.

La Gata: (Hipócritamente) Madrecita, me hirieron muy pronto.

(Salen todos)

TELÓN

 

 

 

Acto IV

 

 

 

SEXTO CUADRO

 

 

 

EL CEMENTERIO

 

(Es de noche. Claridad lunar. Un cementerio de campo. Numerosas tumbas. Montones de

césped, cruces de manera, losas funerarias, etc)

Mytyl: ¿En dónde están los muertos?

Tyltyl: Aquí, bajo del césped, bajo estas grandes piedras.

Mytyl: ¿Todo el año están aquí?

Tyltyl: Sí.

Mytyl: (señalando las losas) ¿Estas son las puertas de sus casas?

Tyltyl: Sí. Sólo a media noche pueden salir

Mytyl: ¿Salen cuando llueve?

Tyltyl: Cuando llueve se quedan en su casa.

Mytyl: ¿Es bonita su casa?

Tyltyl: Se dice que es muy estrecha.

Mytyl: ¿Y de qué viven?

Tyltyl: Comen raíces.

Mytyl: ¿Los veremos?

Tyltyl: Sí, pero no hablan, no tienen nada que decir.

Mytyl: ¿Cuándo veremos al Pájaro Azul?

(Suenan los doce golpes de media noche. Tyltyl da vuelta al Diamante.)

Mytyl: ¡No, no¡ ¡no lo hagas!

Tyltyl: Cierra los ojos.

(Tyltyl da vuelta al Diamante. Un terrorífico minuto de silencio y de inmovilidad, después de lo

cual, lentamente, las cruces vacilan, se entreabren las sepulturas, las losas se levantan)

Mytyl: (Acurrucándose al lado de Tyltyl) ¡Salen! ¡Aquí están!

(Luego, de todas las tumbas abiertas sube gradualmente una florescencia endeble y tímida,

al principio como un vapor de agua, después blanca y virginal y cada vez más densa, cada

vez más alta, superabundante y maravillosa, que poco a poco, irresistiblemente, invadiendo

todas las cosas, transforma el Cementerio en una especie de jardín nupcial de hadas, sobre

el cual no tardan en levantarse los primeros rayos del alba. Tiembla el rocío, se abren las

flores, murmura el viento, en las hojas zumban las abejas, los pájaros se despiertan e

inundan el espacio con las primeras embriagueces de sus himnos al sol y a la vida.

Estupefactos, deslumbrados, Tyltyl y Mytyl, agarrados de las manos, dan algunos pasos

entre las flores, buscando la huella de las tumbas)

Mytyl: (Buscando en el césped) ¿en dónde están los muertos?

Tyltyl: (Buscando también) No hay muertos.

TELÓN

 

 

 

SÉPTIMO CUADRO

 

LOS JARDINES DE LA DICHA

Cuando se levanta el telón, se descubre en los primeros planos los jardines, una especie de

terraza formada por altas columnas de mármol, entre las cuales, disimulando el fondo, están

tendidos pesados paños de color púrpura, sostenidos por rodajes de oro. Recuerda la

arquitectura los momentos más sensuales y más suntuosos del renacimiento veneciano o

flamenco (Veronés y Rubens). Guirnaldas, cuernos de abundancia, franjas, vasos, estatuas,

dorados prodigados por todas partes. En medio una maciza y fantástica mesa de plata

sobredorada, acumulada de candelabros, cristales, vajilla de oro y plata y sobrecargada de

manjares fabulosos. En torno de la mesa comen, beben, aúllan, cantan, se agitan, se

revuelcan o se duermen entre las carnes los frutos milagrosos, los jarros y las ánforas

volcadas, los más groseros goces de la tierra. Son enormes, inverosímilmente obesos y

rubicundos, cubiertos de terciopelos y brocados, coronados de oro, perlas y pedrería. Bellas

esclavas traen sin cesar platos empenachados y brebajes espumantes. Música vulgar,

hilarante y brutal donde los cobres dominan. Una luz pesada y roja ilumina la escena.

Tyltyl, Mytyl, el Perro, el Pan, el Azúcar, al principio bastante tímidos, se juntan a la derecha,

en el primer plano, alrededor de La Luz. La Gata, sin decir nada, se dirige hacia el fondo,

igualmente a la derecha, alza una cortina sombría y desaparece.

La Luz: Aquí se encuentran los más Groseros Goces de la Tierra. Posible es, aunque muy

poco probable, que el Pájaro Azul se halle extraviado entre ellos. Por eso no des vuelta al

Diamante todavía.

Tyltyl: ¿Se puede uno acercar?

La Luz: Ciertamente. No son malvados, aunque sí vulgares, y de ordinario, bastante mal

educados.

Mytyl: ¡Qué hermosos pasteles tienen!

(Una docena de los más Groseros Goces se levantan de la mesa y avanzan penosamente,

sosteniendo su vientre hacia el grupo de los niños)

La Luz: Probablemente van a invitarte a comer. No aceptes, no aceptes nada, por temor de

olvidar tu misión.

Tyltyl: ¡Cómo! ¿Ni un solo pastelillo? ¡Tienen el aspecto de tan buenos, tan frescos, tan bien

azucarados, adornados de frutas confitadas y deslumbrantes de crema!

La Luz: Rehúsa cortésmente, pero con firmeza. Aquí están.

Los Más Groseros Goces: (Tendiéndole la mano a Tyltyl) ¡Buenos días, Tyltyl!

Tyltyl: (Asombrado) ¿Me conoces? ¿Quién eres?

El Grosero Goce: Soy el más grosero de los Goces, el Goce-de-ser-rico, y vengo a pedirles

en nombre de mis hermanos, a ti y a tu familia, que coman todo lo que quieran. Aquí está mi

yerno, el Goce-de-ser-propietario, con el vientre en forma de pera. Aquí está el Goce-de-la-

vanidad-satisfecha. (El Goce-de-la-vanidad-satisfecha saluda con semblante protector). Aquí

están el Goce-de-beber-cuando-ya-no-se-tiene-sed y el Goce-de-comer-cuando-ya-no-se-

tiene-hambre, que son gemelos y tienen las piernas en forma de macarrones. (Saludan

tambaleándose). Aquí está el Goce-de-no-saber-nada, que es sordo como una roca, y el

Goce-de-no-comprender-nada, que es ciego como un topo. Aquí están el Goce-de-no-hacer-

nada y el Goce-de-dormir- más-de-lo-necesario, que tienen las manos de miga de pan y los

ojos de jalea de durazno. Aquí está la Risa-carcajada, que está hendida hasta las orejas y a

quién nada puede resistir.

(La Risa-carcajada saluda torciéndose)

Tyltyl: Le agradezco mucho, pero por el momento no puedo. Debemos darnos prisa:

buscamos el Pájaro Azul. ¿Sabría usted decirme en dónde se oculta?

El Grosero Goce: ¿El Pájaro Azul? Ese Pájaro creo que no es comestible. No importa, aquí

hay cosas mejores.

La Luz: ¿Lo crees así?

El Grosero Goce: (En voz baja a Tyltyl, señalando con el dedo a La Luz) ¿Quién es ésta

jovencita mal educada?

(Durante toda la precedente conversación una multitud de groseros goces de segundo orden

se ha ocupado con el Perro, el Azúcar y el Pan y los ha arrastrado hacia la orgía. Tyltyl

distingue de pronto a éstos últimos, quienes, sentados a la mesa fraternalmente con sus

huéspedes, comen, beben y se agitan locamente)

Tyltyl: ¡Mira, pues, Luz! ¡Se han sentado a la mesa!

La Luz: ¡Llámalos! ¡Si no, esto acabará mal!

Tyltyl: ¡Tylo! ¡Tylo! ¡Aquí! ¿Querrías venir acá, enseguida, entiendes? ¿Y a ustedes quién les

dio permiso para separarse de mí?

El Pan: (Con la boca llena) ¿Quién eres tú para darme órdenes?

Tyltyl: ¿Cómo? ¿Pero qué te ha dado? ¿Por qué eres tan grosero? ¡Y tú, Tylo! ¿Así es como

se obedece? ¡Vamos, ven acá, échate, échate! ¡Y pronto!

El Perro: (A media voz y en el extremo de la mesa) Cuando yo como a nadie pertenezco y

no entiendo nada.

El Grosero Goce: ¡Llevémosles por la fuerza a la mesa, para que sean dichosos aunque no

quieran!

(Todos los groseros goces, con gritos de alegría, tambaleándose, a más y mejor, arrastran a

los niños, que se resisten, mientras que la carcajada ase vigorosamente a La Luz por el talle)

La Luz: ¡Da vuelta al Diamante, ya es tiempo!

(Hace Tyltyl lo que La Luz le ordena. Inmediatamente, la escena se ilumina con una claridad

inefablemente pura, divinamente rósea, armoniosa y ligera. Los pesado ornamentos del

primer plano, las densas colgaduras rojas se desprenden y desaparecen, dejando al

descubierto un fabuloso y dulce jardín de suave paz y serenidad, una especie de palacio de

verdor, de armoniosas perspectivas, en donde la magnificencia de las frondas, potentes y

luminosas, exuberantes y, sin embargo, disciplinadas, en donde la embriaguez virginal de

las flores y de la fresca alegría de las aguas que corren, chorrean y brotan por todas partes,

parecen arrastrar hasta los confines del horizonte la idea misma de la felicidad. La mesa de

la orgía desaparece sin dejar huellas: los terciopelos, los brocados, las coronas de los

groseros goces, al soplo luminoso que invade la escena, levantan, se desgarran y caen al

mismo tiempo que las máscaras rientes a los pies de los convidados aturdidos. Estos a ojo

vistas se deshinchan como vejigas perforadas, se entremiran guiñando los párpados ante los

rayos desconocidos que las hieren, y viéndose al fin tales como son en verdad, desnudos,

horribles, muelles y lamentables, lanzan aullidos de vergüenza y de espanto, entre los cuales

se distingue nítidamente los de la carcajada, que dominan a los demás. Sólo el Goce-de-no-

comprender-nada

permanece

perfectamente

tranquilo,

en

tanto

que

sus

colegas

desesperadamente de agitan tratando de huir y de esconderse en los rincones. Pero no hay

ya sombras en el jardín deslumbrador. La mayor parte, por eso, se deciden a trasponer, ya a

la desesperada, la amenazante cortina que hacia la derecha en un ángulo, cierra la bóveda

de la caverna de las desdichas. Cada vez que uno de ellos, en medio del pánico, levanta una

parte de esa cortina, se oye cómo se alza de la concavidad del antro una tempestad de

injurias, de imprecaciones. El Perro, el Pan y el Azúcar con las orejas gachas, se reúnen al

grupo de los niños, y todos cortados se esconden detrás de ellos)

Tyltyl: (Mirando huir a los Groseros Goces) ¡Cuán feos son, Dios mío! ¿Adónde van?

La Luz: Para mí, que han perdido la cabeza. Van a refugiarse entre las Desdichas.

Tyltyl: (Mirando en torno de sí maravillado) ¡Oh, qué hermoso jardín! ¿En dónde estamos?

La Luz: Vamos a contemplar el alma de las Dichas que resisten la claridad del Diamante.

(Los jardines comienzan a poblarse de formas angélicas que parecen salir de un largo sueño

y se deslizan armoniosamente entre los árboles. están vestidas con trajes luminosos de

suaves y sutiles matices: despertar de rosa, sonrisa de aguazul de aurora, rocío de sombra,

etc.)

La Luz: Aquí se acercan algunas Dichas.

Tyltyl: ¿Las conoces?

La Luz: Sí, a todas las conozco aunque ellas no sepan quién soy. Los Groseros Goces les

han hecho mal.

La Luz: Se encuentran sobre la Tierra muchas más Dichas de lo que uno se cree; pero no

las descubren la mayoría de los hombres.

(Una banda de pequeñas dichas, trastabillando y riendo a carcajadas, llega corriendo del

fondo de las verduras y gira danzando en torno de los niños)

La Luz: Son las Dichas de los niños.

Tyltyl: ¿En dónde están los pobres?

La Luz: No puede distinguírseles. La Dicha de un niño, revestida está siempre de todo lo que

hay más hermoso sobre la tierra y en los cielos.

(Otra banda de dichas, un poco mayores que las precedentes, se precipita en el jardín,

cantando a voz en cuello: “¡Aquí están! ¡Aquí están! ¡Nos ven! ¡Nos ven!” danza en torno de

los niños una alegre farándula, al fin de la cual la que parece ser jefe de la pequeña tropa se

adelanta hacia Tyltyl, tendiéndole la mano)

La Dicha: ¡Buenos días, Tyltyl!

Tyltyl: ¿Quién eres?

La Dicha: Veo que nada sabes. Soy la directora de las Dichas-de-tu-casa; y todas éstas son

las otras Dichas que la habitan.

Tyltyl: ¿Acaso hay Dichas en mi casa?

(Ríen)

La Dicha: ¿Lo escucharon? ¡Que si hay Dichas en tu casa!... ¡Pero, tontito, si está llena de

ellas!... En primer término, estoy yo, tu servidora, la Dicha-de-tener-salud. No soy la más

bonita, pero sí la más seria. ¿Me reconocerás? Aquí está la Dicha-del-aire-puro, que es casi

transparente. Aquí está la Dicha-de-amar-a-sus-padres, vestida de gris y siempre un poco

triste, porque no se le considera nunca.

Tyltyl: ¿Y todos los días están tan hermosas?

La Dicha: Vaya que sí, todos los días es domingo en todas las casas, cuando se tienen

abiertos los ojos. Aquí están otras ¡pero realmente son demasiadas!... no concluiríamos, y

debo avisar antes a las Grandes Alegrías que están cerca de las puertas del cielo, y no

saben aún que ustedes llegaron. Voy a enviarles la Dicha-de-correr-con-los-desnudos-pies-

sobre-el-rocío, que es la más ágil. (A la Dicha que acaba de nombrar y que se adelanta

haciendo cabriolas) ¡Vean!

Tyltyl: ¿Y dónde está el Pájaro Azul?

La Dicha: ¡No saben en dónde se encuentra el Pájaro Azul!

(Todas las dichas-de-la-casa se echan a reír. Llegan las Alegrías, esbeltas y bellas figuras

angélicas, vestidas con trajes luminosos, se aproximan lentamente)

Tyltyl: ¡Qué bellas son! ¿Por qué no ríen? ¿No son felices?

La Luz: No es cuando uno ríe cuando está más feliz.

Tyltyl: ¿Quiénes son?

La Dicha: Son las Grandes Alegrías. Ve aquí primero: delante de las otras, la Gran-Alegría-

de-ser-justo, la Alegría-de-ser-bueno, la más feliz, pero la más triste, a quien con dificultad se

le impide ir hacia las Desdichas, a las cuáles querría consolar. A la derecha está la Alegría-

del-trabajo-concluido, al lado la Alegría-de-pensar. En seguida, la Alegría-de-comprender,

que siempre busca a su hermana la Dicha de no-comprender-nada.

Tyltyl: ¿Y allá, a lo lejos, a lo lejos, en las nubes de oro, aquélla que apenas puedo ver

empinándome en la punta de mis pies?

La Dicha: Es la Grande-Alegría-de-amar. Pero no te esfuerces en vano: eres demasiado

pequeño para poder verla por entero.

Tyltyl: ¿Y allá, en el fondo, las que se hayan veladas y no se aproximan?

La Dicha: Son las que los hombres no conocen todavía.

Tyltyl: ¿Y ella quién es?

La Dicha: ¿No la reconoces aún? Es la Alegría-de-tu-madre, es la Alegría-sin-igual-del-amor-

materno!

El Amor Materno: ¡Tyltyl!, y también ¡Mytyl! ¡Son ustedes!

No me lo esperaba ¿No

reconocen el amor de su Madre?

Tyltyl: Te pareces a mamá, pero eres más hermosa.

El Amor Materno: Yo no envejezco. Y cada día que pasa me trae fuerza, juventud y

felicidad. Cada una de tus sonrisas me quita el peso de cada año. Nada de esto se ve en el

hogar; pero aquí todo se ve y ésa es la verdad.

Tyltyl: (Maravillado, contemplándola y abrazándola una y otra vez) ¿Y de qué está hecho

ese traje tan bello? ¿Es acaso de seda, de plata o de perlas?

El Amor Materno: No, está hecho de besos, de miradas, de caricias. Todas las madres son

ricas cuando aman a sus hijos. No hay pobres, no hay feas, no hay madres viejas. Su amor

es siempre la más bella de las Alegrías. Y cuando parecen tristes basta un beso que reciban

o que den para que todas sus lágrimas se conviertan en estrellas en el fondo de sus ojos.

Tyltyl: Estoy asombrado, mamá; ésta es tu voz también; pero tú hablas mejor que en casa.

El Amor Materno: En casa hay mucho que hacer y no se tiene tiempo.

Tyltyl: No quiero regresar. Puesto que tú estás aquí.

El Amor Materno: Pero si es la misma cosa; Te crees en el cielo; pero el cielo está donde

quiera que nos abrazamos. No hay dos madres, y tú no tienes más que una. Cada niño tiene

una tan solo, que es siempre la misma y siempre la más bella; pero hay que conocerla y

saber mirar. ¿Pero cómo has hecho para llegar aquí y encontrar un camino que los Hombres

han buscado desde que habitan la tierra?

Tyltyl: (Presentando a La Luz que, por discreción, se ha retirado un poco) Ella es la que me

ha conducido.

El Amor Materno: ¿Quién es?

Tyltyl: La Luz.

El Amor Materno: Ella es a quien esperamos. (Llamando a las otras Grandes Alegrías)

¡Venid, venid, hermanas mías! ¡Venid todas, corred; al fin viene la Luz a visitarnos!

(Estremecimiento entre las grandes alegrías, que se aproximan)

Las Alegrías y las Dichas: ¡La Luz está aquí! ¡La Luz! ¡La Luz!

(Todas las Alegrías rodean a la Luz para abrazarla)

Tyltyl: ¿Pero por qué lloran?

TELÓN

 

 

 

Acto V

 

OCTAVO CUADRO

EL REINO DEL PORVENIR

(Las salas inmensas del Palacio de Azul, en donde aguardan los niños que van a nacer.

Infinitas perspectivas de columnas de zafiro sosteniendo bóvedas de turquesa. Todo aquí,

desde la luz y las baldosas de lapislázuli, hasta las pulverulencias del fondo, en donde se

pierden los últimos arquillos, hasta los menores objetos de un azul irreal, intenso, de hadas.

Sólo los capiteles y los zócalos de las columnas, las claves de bóveda, algunos sitiales,

algunos bancos circulares son de mármol blanco, de alabastro. A la derecha, entre las

columnas, grandes puertas opalinas. Estas puertas, cuyos batientes apartará el Tiempo hacia

el fin de la escena, se abren hacia la vida actual y los malecones de la Aurora. Por

dondequiera, poblando armoniosamente la sala, una muchedumbre de niños vestidos con

largas batas azuladas. Los unos juegan, otros se pasean, otros charlan o sueñan; muchos

están dormidos, muchos también trabajan, entre las columnatas, en las futuras invenciones;

y sus herramientas, sus instrumentos, los aparatos que construyen, las plantas, las flores y

los frutos que cultivan o cogen son del mismo azul sobrenatural y luminoso que la atmósfera

del Palacio. Entre los niños, revestidos de azul más pálido y más diáfano, pasan y repasan

algunas figuras de talla esbelta, de una soberana y silenciosa belleza, que parecen ser

ángeles)

(Entran a la izquierda, como a hurtadillas, deslizándose entre las columnas del primer plano,

Tyltyl, Mytyl y La Luz. Su llegada provoca cierto movimiento entre los Niños Azules, que

inmediatamente se allegan de todas partes y se agrupan en torno de los insólitos visitantes, a

quienes con curiosidad contemplan).

La Luz: Estamos en el Reino del Porvenir, en medio de los niños que no han nacido todavía.

Sólo nosotros podemos entrar. Es muy posible que aquí encontremos el Pájaro Azul.

Tyltyl: Seguramente el Pájaro será azul, puesto que aquí todo es azul. (Mirando en torno de

sí) ¿Quiénes son estas tres grandes personas azules?

La Luz: No se sabe con exactitud. Se cree que son guardianes. Dícese que vendrán a la

Tierra después de los hombres. Pero no está permitido interrogarles.

Tyltyl: ¿Y a los otros, a los pequeños, se les puede hablar?

Los Niños Azules: (Se allegan cada vez más numerosos) Son Niños Vivos. ¡Vengan a ver!

Tyltyl: ¿Qué debo decirle?

La Luz: Lo que quieras, como a un compañerito tuyo.

Tyltyl: ¿Puedo darle la mano?

La Luz: Por supuesto, no te hará nada. Tengo que conversar con ese Gran Personaje Azul.

Tyltyl: (Acercándose al Niño Azul y tendiéndole la mano) ¡Buenos días!

(Tocando con el dedo la bata azul del Niño)

¿Qué es esto?

El Niño: (Tocando gravemente con el dedo el sombrero de Tyltyl) ¿Y esto?

Tyltyl: Esto... Es mi sombrero... ¿Cuántos años tienes?

El Niño: Voy a nacer muy pronto. Naceré dentro de dos años. ¿Es bueno eso de nacer?

Tyltyl: ¡Oh!, sí. ¡Es divertido!

El Niño: ¿Cómo le hiciste?

Tyltyl: Ya no me acuerdo. ¡Hace tanto tiempo!...

El Niño: Nos dicen que las madres aguardan a la puerta. Son buenas, ¿verdad?

Tyltyl: ¡Oh, sí! ¡Son lo mejor de todo lo que hay! Las abuelas también; pero se mueren

demasiado pronto.

El Niño: ¿Se mueren? ¿Qué es eso?

Tyltyl: Una buena noche se van, y no vuelven más.

El Niño: ¿Qué es lo que tienen tus ojos? ¿Están haciendo perlas?

Tyltyl: No, no son perlas. Es un poco de agua.

El Niño: ¿Sale de los ojos?

Tyltyl: Sí, a veces, cuando uno llora. ¿Aquí no se llora?

El Niño: Pues no, yo no sé...

Tyltyl: Pues bien, tú aprenderás. ¿Con qué estás jugando? ¿Qué son esas alas azules?

El Niño: ¿Esto? Es para la invención que haré en la Tierra.

Tyltyl: ¿Cuál invención? ¿Has inventado, pues, alguna cosa?

El Niño: ¡Vaya! ¿No lo sabes? Cuando vaya a la Tierra, yo inventaré la Cosa que hace feliz.

Otro Niño Azul: (Acercándose a Tyltyl y tirándole la manga) ¿Quieres ver mi invento?

Tyltyl: Por supuesto; ¿Qué es?

Segundo Niño: Los treinta y tres remedios para prolongar la vida. Allí, en esos vasos

azules...

Tercer Niño: (Saliendo de la multitud) Yo traigo una luz que nadie conoce.

(Se ilumina por entero con una llama extraordinaria).

Tercer Niño: Es bastante curioso, ¿no?

(Los Niños Azules se atropellan en torno de Tyltyl y de Mytyl, gritando todos a la vez: “¡No,

no, ven a ver la mía!... ¡No, la mía es más bella!... ¡La mía es más asombrosa!... ¡La mía es

toda de azúcar!... ¡La suya no es curiosa!... ¡Él me quitó la idea!”, etc. Entre exclamaciones

desordenadas se llevan a los Pequeños Vivos del lado de los talleres azules, y allí cada uno

de los inventores pone en movimiento su máquina ideal. Es un rodar cerúleo de ruedas, de

discos, de volantes, de engranajes, de poleas, de correas, de objetos extraños y todavía

innominados envueltos en los azulosos vapores de lo irreal. Una muchedumbre de aparatos

extravagantes y misteriosos se levantan y se ciernen bajo las bóvedas o reptan al pie de las

columnas, mientras que los niños despliegan mapas y planos, abren libros, descubren

estatuas azuladas, traen flores enormes, frutos gigantescos, que parecen formados de

zafiros y de turquesas).

Otro Niño: (Arrastrando en un carretillo azul melones del tamaño de calabazas) ¿Ya viste

mis meloncitos?

Tyltyl: ¡Pero si son calabazas!

El Niño de los melones: ¡Cuando vaya a la Tierra estarán orgullosos de los melones! Seré

el jardinero del Rey de los Nueve Planetas.

Tyltyl: ¿El Rey de los Nueve Planetas? ¿Dónde está?

El Rey de los Nueve Planetas: (Parece contar cuatro años y apenas puede tenerse en pie

sobre sus torcidas piernecillas) ¡Aquí está!

Tyltyl: Pero bien, tú no eres grande.

El Rey de los Nueve Planetas: (Grande y sentencioso) Será grande lo que yo haré.

Tyltyl: ¿Y qué harás?

El Rey de los Nueve Planetas: Fundaré la Confederación General de los Planetas Solares.

(Retírase con dignidad).

Tyltyl: Y los dos que se dan la mano y que se besan a cada momento, ¿son acaso hermano

y hermana?

El Niño: No, son muy divertidos. Son los Enamorados.

Tyltyl: ¿Qué es eso?

El Niño: No lo sé. El Tiempo es quien los llama así para burlarse de ellos. Se miran a los

ojos todo el día, se besan y se dicen adiós.

Tyltyl: ¿Por qué?

El Niño: Parece que no podrán partir juntos.

Tyltyl: Y aquel otro rosadito, que parece tan serio y que se chupa el pulgar, ¿quién es?

El Niño: Ese parece que debe borrar la injusticia de la faz de la Tierra.

Tyltyl: ¡Ah!

El Niño: Dícese que es un trabajo espantoso.

Tyltyl: ¿Y por qué todos hacen esas cosas?

El Niño: Todos nosotros debemos llevar alguna cosa a la Tierra; está prohibido salir con las

manos vacías.

Tyltyl: ¿Quién lo prohíbe?

El Niño: El Tiempo, que se halla a la puerta. Lo verás cuando abra. Es muy molesto.

Un Niño: (Corriendo desde el fondo de la sala y atravesando la muchedumbre) Buenos días,

Tyltyl.

Tyltyl: ¡Vaya! ¿Cómo sabes mi nombre?

El Niño: (que acaba de llegar y que abraza a Tyltyl y a Mytyl con efusión) ¡Buenos días!

¿Cómo va eso? Vamos, abrázame, y tú también, Mytyl. No es asombroso que sepa tu

nombre, puesto que seré tu hermano. Di a mamá que estoy ya listo.

Tyltyl: ¿Cómo? ¿Tú piensas venir a nuestra casa?

El Niño: Sí, por cierto; el año entrante. No me atormentes mientras sea pequeñito. Di a papá

que componga la cuna. ¿Se está bien en nuestra casa?

Tyltyl: Sí, no se está mal. ¡Y es tan buena mamá!

El Niño: ¿Y la comida?

Tyltyl: ¿Qué tienes en ese saco? ¿Nos traes alguna cosa?

El Niño: (Muy altivamente) Traigo tres enfermedades: la escarlatina, la tos ferina y la

rubéola.

Tyltyl: Y bien, ¡eso es todo! Y luego, ¿qué harás?

El Niño: ¿Después? Me iré.

Tyltyl: ¡No vale la pena venir!

El Niño: ¿Puede uno elegir acaso?

39(En este momento se oye elevarse y difundir una prolongada vibración, poderosa, cristalina,

que parece emanar de las columnas y de las puertas de ópalo, heridas por una luz más viva.

Inmediatamente un vasto movimiento arremolinado prolongándose entre la muchedumbre de

los Niños Azules. La mayor parte abandonan sus máquinas y sus trabajos, se despiertan

muchos de los que duermen, y tanto los unos como los otros dirigen sus miradas hacia las

puertas de ópalo y se aproximan a ellas).

La Luz: (Acercándose a Tyltyl) Escóndanse

Un Niño: Es la hora en que los niños que nacerán hoy van a descender sobre la Tierra.

Tyltyl: ¿Se sienten dichosos de partir?

El Niño: No está uno contento cuando se queda; pero es triste cuando uno se va. ¡Mira

allá!... ¡Ahora abre!

(Las grandes puertas opalinas giran lentamente sobre sus goznes. Como una música lejana

se escuchan los rumores de la Tierra. Una claridad roja y verde penetra en la sala, y el

Tiempo; corpulento anciano de barba flotante, armado con la hoz y la salvadera, aparece en

un umbral, mientras se distingue la extremidad de las velas blancas y doradas de una galera

agarrada a una especie de malecón que forman los rosados vapores de la Aurora)

El Tiempo: (En el umbral) ¿Están listos?

Algunos Niños Azules: (Atravesando la muchedumbre y alejándose de todas partes) ¡Aquí

estamos! ¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!

El Tiempo: (Con voz gruñona, a los niños, que desfilan delante de él para salir) ¡Uno a uno!

¡Todavía se presentan muchos más de los que son necesarios! ¡Siempre es la misma cosa!

¡A mí no se me engaña!

(Repeliendo a un niño)

¡A ti no te toca!... Será mañana. A ti tampoco; entra, pues, y vuelve dentro de diez años...

¿Todavía médicos? Ya hay demasiados; de ellos se quejan en la Tierra... ¿En dónde están

los ingenieros?... Se quiere un hombre honrado, uno solo como fenómeno. ¿Adónde está el

hombre honrado? ¿Tú eres?

(El niño afirma con un signo).

Me pareces de aspecto muy mezquino... ¡No vivirás largo tiempo!... Y tú, ¿qué traes? ¿Nada

de nada? ¿Las manos vacías? Entonces no pases. Prepara alguna cosa, un gran crimen, si

quieres, o una enfermedad, para mí es lo mismo, pero es preciso alguna cosa.

(Asiendo a un niño que quiere pasársele por entre las piernas para llegar al malecón)

¡Ah, no! ¡Tú no, eso no! Ésta es la tercera vez que tratas de nacer antes de tiempo. Que no

te vuelva a suceder esto, porque entonces será la eterna espera cerca de mi hermana la

Eternidad.

(Recorriendo con la mirada a los niños reunidos en el malecón o sentados ya en la galera)

Me falta uno todavía. A mí no me engaña. Vamos, tú, el chico a quien llaman “el Enamorado”,

di adiós a tu amada.

(Los chicos a quienes se llama “Los Enamorados”, enlazados tiernamente y con el rostro

lívido de desesperación, se adelantan hacia el tiempo y arrodíllanse a sus pies)

Primer Niño: ¡Señor Tiempo, déjame partir con él!

Segundo Niño: ¡Señor Tiempo, déjame permanecer con ella!

El Tiempo: ¡Imposible! No nos quedan más que trescientos noventa y cuatro segundos.

Primer Niño: ¡Prefiero no nacer!

El Tiempo: ¡No se puede elegir!

Segundo Niño: (Suplicante) ¡Señor Tiempo, llegaré demasiado tarde!

Primer Niño: ¡Ya no estaré allí cuando ella descienda!

Segundo Niño: ¡Ya no lo veré más!

Primer Niño: ¡Quedaremos solos en el mundo!

El Tiempo: Nada tengo que ver con eso. Reclámenle a la Vida. Yo reúno o separo, según lo

que se me ordena.

(Asiendo a uno de los niños).

¡Ven!

Primer Niño: (Agitándose) ¡No, no, no! ¡Ella también!

Segundo Niño: (Agarrándose de los vestidos del primero) ¡Dejadle! ¡Dejadle!

El Tiempo: Pero veamos, ¡no es para morir, es para vivir!

(Llevándose consigo al primer niño).

¡Ven!

Segundo Niño: (tendiendo aturdidamente los brazos al niño que se va) ¡Un signo! ¡Un solo

signo! Dime cómo voy a encontrarte...

Primer Niño: ¡Te amaré por siempre!

Segundo Niño: ¡Seré la más triste! Tú me reconocerás...

(Cae y queda tendida en el suelo. Últimas y violentas oleadas entre los niños que parten y los

que quedan. Hay un cambio de adioses precipitados. “¡Adiós, Pedro! ¡Adiós, Juan! ¿Tienes

todo lo que te hace falta? ¡Anuncia mi pensamiento! ¿No has olvidado nada? ¡Trata de

reconocerme! ¡Te volveré a encontrar! ¿No pierdes tus ideas? ¡No te inclines demasiado

sobre el espacio! ¡Dame noticias tuyas! ¡Se dice que no se puede! ¡Sí, sí, ensaya siempre!

¡Yo iré en tu encuentro! Yo naceré sobre un trono”, etc.).

El Tiempo: (Agitando sus llaves y su hoz) ¡Bastante! ¡Bastante! ¡Se leva el ancla!

(Pasan y desaparecen las velas de la galera. Se oyen alejarse los gritos de niños en la

galera: “¡Tierra! ¡Tierra! ¡Yo la veo! ¡Es bella! ¡Es clara! ¡Es grande!” Después, como

surgiendo del fondo del abismo, un canto extremo distante, de alegría y de espera)

La Luz: Ese es el canto de las Madres que vienen a su encuentro.

(No obstante, el Tiempo vuelve a cerrar las puertas opalinas. Se vuelve para dirigir una última

mirada a la sala, y, de súbito, distingue a Tyltyl, Mytyl y La Luz).

El Tiempo: (Estupefacto y curioso) ¿Qué hacen aquí? ¿Por dónde han entrado?

(Avanza amenazándolos con la hoz)

La Luz: (A Tyltyl) ¡Tengo el Pájaro Azul! Escapemos.

(Se deslizan a la izquierda, entre las columnas del primer plano)

TELÓN

 

 

Acto VI

 

NOVENO CUADRO

EL ADIÓS

El mismo interior que en el primer cuadro, pero todo, los muros, la atmósfera, allí parece

incomparable, hechiceramente más fresco, más riente, más feliz. La luz del día se filtra

alegremente, a través de las hendiduras de los postigos cerrados.

Tyltyl: ¿No te sientes dichosa de regresar?... ¿Qué tienes, Luz?... Estás pálida, parece que

estás enferma...

La Luz: Nada es, hijo mío... Me siento un poco triste, porque voy a separarme de ustedes...

Tyltyl: ¿A separarte?...

La Luz: Es necesario... Ya nada tengo que hacer aquí; ha concluido el año; el Hada va a

volver a pedirte el Pájaro Azul...

Tyltyl: ¡Pero ese Pájaro Azul yo no lo tengo!...

La Luz: Hicimos cuanto pudimos... Hay que creer que el Pájaro Azul no existe.

El Pan: Vengo a decirles adiós con toda la aflicción y con toda la ternura...

Tyltyl: ¿Cómo?... ¡Dices adiós?... ¿También nos abandonas tú?...

El Pan: La separación será sólo aparente.

El Fuego: ¿Y yo?...

La Luz: Veamos, pasan los minutos, se acerca la hora que nos hará volver al silencio...

Abracen a los niños. (Todos se reúnen en torno a Mytyl y Tyltyl exclamando “¡Primero yo,

primero yo!... ¡Adiós Tyltyl y Mytyl!... Adiós, queridos niños...”)

Tyltyl: ¿Pero qué se han hecho Tylita y Tylo?... ¿En dónde están?...

(En el momento mismo se oyen gritos agudos proferidos por la Gata.)

Mytyl: (Alarmada) ¡Es Tylita quien llora!... ¡Le han hecho daño!...

(Entra corriendo la Gata, erizada, despeinada, con los vestidos desgarrados, apoyando el

pañuelo en una mejilla, como si tuviese dolor de muela. Lanza gemidos coléricos y está

perseguida de muy cerca por el Perro, que la anonada a cabezazos, puñetazos y puntapiés.)

El Perro: (Golpeando a la GATA) ¡Bueno!... ¿Tienes bastante?... ¿Quieres más todavía?...

¡Ahí tienes!... ¡Ahí!...

La Luz, Tyltyl y Mytyl: (Precipitándose para separarlos.) ¡Tylo!... ¿Estás loco?... ¿Qué es

eso?... ¡Agáchate!..

La Luz: ¿Qué es eso?... ¿Qué ha pasado?...

La Gata: (Lloriqueando y enjugándose los ojos.) Es él, señora Luz...

El Perro: (Imitándola.) Te di tu merecido, y aún no he terminado.

La Luz: (Al Perro, severamente.) Basta, es hora de separarnos de los niños...

El Perro: (De súbito apaciguado.) ¡A separarnos!...

La Luz:. Sí , la hora que sabéis va a sonar... Vamos a volver de nuevo al Silencio... Ya no

podremos hablar más...

El Perro: (Lanzando repentinamente verdaderos aullidos de desesperación y abalanzándose

sobre los niños, a quienes anonada a caricias violentas y tumultuosas.) ¡No, no!... ¡No

quiero!... ¡No quiero!... ¡Hablaré siempre!... No robaré más nada de la cocina... ¿Quieres que

abrace a la Gata?...

Mytyl: (A la Gata) ¿Y tú, Tylita?... ¿No tienes nada que decirnos?

La Gata: (Picada, enigmática.) Los amo tanto como lo merecen.

La Luz: Ahora, hijos míos, a mi vez, les daré mi último beso. Vayan a acostarse (La

obedecen, se acuestan, y la Luz los arrulla) ¡Se oye la hora!... ¡Adiós!...

(Desaparecen. Todo se inunda de niebla. Al aclararse la escena, Tyltyl y Mytyl duermen

profundamente. La Gata, el Perro, y los objetos se hallan en el lugar que ocupaban en el

primer cuadro, antes de la visita del Hada. Entra la Madre Tyl.)

La Madre Tyl: (Con una voz alegremente regañona.) ¡Arriba, vamos, arriba, perezosillos!...

(Se inclina y besa a los niños.) ¡Cómo nos traen dicha los niños!... (Moviendo suavemente a

Tyltyl.) Vamos, vamos, Tyltyl...

Tyltyl: (Frotándose los ojos.) ¡Mamá, mamá!... ¡Eres tú!... ¡Hace mucho que no te veo!

La Madre Tyl: ¿Qué tienes?... ¿No te despiertas?... ¿Estás enfermo tal vez?... Veamos,

enséñame la lengua... Vamos, levántate, pues, y vístete... ¿Veamos, te sientes mejor?

Tyltyl: Hemos vuelto a ver al abuelo y a la abuela.

La Madre Tyl: (Cada vez más aturdida) ¿Abuelo y abuela?

Tyltyl: Sí, en el País del Recuerdo...Estaba en nuestro camino... Han muerto, pero tienen

buena salud... Abuela nos ha hecho un pastel de ciruelas... Y luego vimos a nuestros

hermanitos.

Mytyl: Yo también los vi

La Madre Tyl: (Enternecida, pero muy inquieta) ¡Dios mío! ¿Qué es lo que tienen?... ¡Voy a

perderles también, como perdí los otros!... (Súbitamente enloquecida, llama.)¡Papá Tyl!

¡Papá Tyl!... ¡Ven, pues! ¡Los chicos están enfermos!

(Entre el Padre Tyl, muy tranquilo, con un hacha en la mano.)

Tyltyl y Mytyl: (Acercándose gozosamente para besar a su padre.) ¡Es papá!... ¡Buenos

días, papá!...

El Padre Tyl: No tienen aspecto de enfermos; y presentan muy buena cara...

La Madre Tyl: (Llorosa.) No hay que fiarse... Será como con los otros... Tenían muy buena

cara también y después murieron...

(Entra la Vecina, viejecita que se parece al Hada del primer acto y que anda apoyándose en

un bastón.)

La Vecina: ¡Buenos días!

Tyltyl: ¡Es el Hada Beryluna!

La Vecina: Vengo a buscar un poco de fuego para mi olla.

Tyltyl: Señora el Hada Beryluna, no encontré el Pájaro Azul...

La Vecina: ¿Qué dice? ¿Bery...qué?...

Tyltyl: Beryluna.

La Vecina: Habrán dormido expuestos a un rayo de luna... Mi nieta, que está muy enferma,

a menudo se pone así...

La Madre Tyl: ¿A propósito, como sigue la niñita?

La Vecina: Así, así... No puede levantarse... Dice el doctor que son los nervios... No

obstante sé lo que la curaría... es una idea que tiene...

La Madre Tyl: Sí, yo sé, es siempre el pájaro de Tyltyl... Y bien, Tyltyl, ¿no vas a dárselo al

fin a esa pobre niñita?...

Tyltyl: ¿Qué, mamá?...

La Madre Tyl: Tu pájaro... Para el caso que tú le haces... ¡Ni siquiera lo miras... y ella

muere de deseos de tenerle desde hace mucho tiempo!...

Tyltyl: Vamos, es verdad, mi pájaro... ¿En dónde está?... ¡Ah! ¡Pero allí está la jaula!...

¿Mytyl, ves tú la jaula?... ¡Pero es azul!... ¡Pero es mi tortolilla!... Está más azul que cuando

partí... ¡Pero éste es el Pájaro Azul que andábamos buscando!... ¡Hemos caminado tan lejos

y estaba aquí!... ¡Ah! ¡Esto es asombroso!... Mytyl, ¿ves tú el pájaro?... ¿Qué diría la Luz?...

Voy a descolgar la jaula... (Sube a una silla y descuelga la jaula que ofrece a la Vecina.) Aquí

está, señora Berlingot... No es del todo azul; pero llegará a serlo... Pero lléveselo pronto a su

nieta...

La Vecina ¿Cómo?... ¿De veras?... Gracias ¡Me voy!... ¡Me voy! (sale.)

Tyltyl: (Después de haber mirado largamente en torno a sí.) Papá, mamá, la casa se ve más

bonita...

La Madre Tyl: Pero si siempre ha estado igualita.

(Llaman a la puerta de la casa)

El Padre Tyl: ¡Entren, pues!...

(Entra la Vecina, llevando de la mano a una niñita, de una belleza rubia y maravillosa, que

oprime en sus brazos la tortolilla de Tyltyl.)

La Vecina: ¡Vean el milagro!...

La Madre Tyl: ¡No es posible!... ¡Camina!

La Vecina: ¡Cuando vio el pájaro, saltó de este alto, hacia la ventana, para ver a la luz si era

la tortolilla de Tyltyl!... Y después... Apenas si podía perseguirla (Empujando a la niñita hacia

los brazos de Tyltyl.) Vamos, anda, hijita, ve a dar las gracias a Tyltyl.

(Tyltyl, de súbito intimidado, retrocede un paso. Queda un momento en pie delante de ella,

ella le da un beso, ambos niños se miran sin decirse nada; luego, Tyltyl, acaricia la cabeza

del pájaro)

Tyltyl: ¿Es bastante azul?

La Niñita: Sí, estoy contenta...

Tyltyl: He visto otros más azules... Pero los completamente azules, tú lo sabes, no puede

uno atraparlos...

La Niñita: Eso no importa, éste es muy bonito.

(Se acerca para tomar el pájaro de manos de la niñita; ésta, instintivamente, resiste, y,

aprovechándose de la vacilación de su gesto, se escapa la tortolilla y vuela.)

La Niñita: (Lanzando un grito de desesperación.) ¡Mamá!... ¡Partió!...

(Rompe en sollozos)

Tyltyl: No es nada... No llores... Volveré a atraparlo... (Avanzando en la escena y

dirigiéndose al público.) Si alguno lo encuentra de nuevo, ¿querría devolvérmelo?...

Necesitamos de él para ser felices más tarde...

TELÓN