25/3/15

MAETERLINCK interior

INTERIOR

de Maurice MAETERLINCK

PERSONAJES
EN EL JARDÍN
el anciano.
el forastero.
marta y maría. (Nietas del anciano.)
un aldeano.
la multitud.

EN LA CASA
Personajes que no hablan:
el padre.
la madre.
las dos hijas.
el niño.

ACTO   ÚNICO
Jardín antiguo, plantado de sauces. En el fondo, una casa cuyas tres ventanas del piso bajo están iluminadas. Se ve con bastante claridad una familia que vela a la luz de la lámpara. El padre está sentado junto a la lumbre. La madre, con un codo apoyado en la mesa, mira al vacío. Dos jóvenes vestidas de blanco bordan, sueñan y sonríen en la tranquilidad de la estancia. Un niño dormita con la cabeza apoyada sobre el hombro izquierdo de la madre. Parece que cuando alguno de ellos se levanta, anda o hace un gesto, sus movimientos son graves, lentos, breves y como espiritualizados por la distancia, la luz y el velo indeciso de la ventana. El anciano y el forastero entran con precaución en el jardín.

el anciano. —Ya estamos en la parte del jardín que se extiende detrás de la casa. Aquí no vienen nunca. Las puertas están al otro lado. Están cerradas y las persianas también. Pero por este lado no hay persianas y he visto luz... Sí; están velando todavía a la luz de la lámpara. Por fortuna no nos han oído; la madre y las jóvenes acaso hubieran salido, y entonces ¿qué habríamos debido hacer?...
el forastero. — Qué vamos a hacer ahora?
el anciano. —Antes quisiera ver si están todos en la sala. Sí. Veo al padre sentado junto a la lumbre. Está esperando con las manos sobre las rodillas... La madre apoya los codos en la mesa.
el forastero. —Nos mira...
el anciano. —No; no sabe lo que mira; no pestañea. No puede vernos; estamos en la sombra de los grandes árboles. Pero no os acerquéis más... Las dos hermanas de la muerta están también en la habitación. Bordan despacio; el niño pequeño se ha dormido. Son las nueve en el reloj que está en el rincón... No sospechan nada y no hablan.
el forastero. —¿Y si intentamos llamar la atención del padre y hacerle alguna seña? Ha vuelto la cabeza hacia este lado. ¿Queréis que llame a una de las ventanas? Es preciso que alguno de ellos lo sepa antes que los demás...
el anciano. —No sé cuál elegir... Hay que tomar grandes precauciones... El padre es viejo y enfermizo... La madre, también, y las hermanas son demasiado jóvenes... Y todos la querían como ya no querrán a nadie... Nunca he visto casa más feliz... No, no. No os acerquéis a la ventana: eso sería lo peor de todo... Vale más anunciárselo lo más sencillamente posible, como si fuera un acontecimiento corriente, y no aparecer demasiado tristes; si no, su dolor quiere sobrepujar al vuestro y no sabéis qué decir... Vamos al otro lado del jardín. Llamaremos a la puerta y entraremos como si no hubiese sucedido nada. Yo entraré primero; no les sorprenderá verme; vengo algunas veces de noche a traerles flores o fruta y a pasar algunas horas con ellos.
el forastero. —¿Para qué necesito acompañaros? Id solo; esperaré a que me llaméis... No me han visto nunca... No soy más que uno que pasa, un forastero...
el anciano. —Vale más no estar solo. Cuando se lleva una desgracia, si no se lleva solo, es menos clara y menos pesada... Al llegar aquí venía pensando en ello... Si entro solo, tendré que hablar desde el primer momento, lo sabrán todo en algunas palabras y ya no tendré nada que decir; y me da miedo el silencio que sigue a las últimas palabras que anuncian una desgracia... Entonces es cuando el corazón se desgarra... Si entramos juntos, les diréis, por ejemplo: “La han encontrado así... Flotaba sobre el río y tenía las manos juntas...”
el forastero. —No tenía las manos juntas; los brazos le colgaban a lo largo del cuerpo.
el anciano. —Ya veis como habla uno a pesar suyo... La desgracia se pierde en los detalles... Si entrara solo, a las primeras palabras, conociéndolos yo como los conozco, sería espantoso y Dios sabe lo que sucedería... Pero si hablamos por turno, estarán escuchándonos y no pensarán en considerar la mala noticia... No olvidéis que la madre estará allí y que su vida depende de tan poca cosa... Más vale que la primera ola se rompa sobre algunas palabras inútiles... Es preciso hablar un poco en derredor de la desgracia, y que no estén solos. El más indiferente sobrelleva sin saberlo parte del dolor... Así se divide, sin ruido y sin esfuerzo, como el aire y la luz...
el forastero. —Vuestras ropas están empapadas y gotean sobre las losas.
el anciano. —Sólo ha entrado en el agua la orla de mi manto. Parece que tenéis frío. Tenéis el pecho cubierto de tierra... No lo había notado en el camino con la oscuridad...
el forastero. —Yo he entrado en el agua hasta la cintura.
el anciano. —¿Hacía mucho tiempo que la habíais encontrado cuando yo llegué?
el forastero. —Apenas un instante. Iba yo hacia la aldea; ya era tarde y oscurecía. Iba andando con los ojos fijos en el río, porque estaba más claro que el camino, cuando vi una cosa extraña a dos pasos de un cañaveral... Me acerco y veo su cabellera, que se había levantado casi en círculo por encima de su cabeza y que iba dando vueltas siguiendo la corriente... (En la habitación las dos jóvenes vuelven la cabeza hacia la ventana.)
el anciano. —¿Habéis visto la cabellera de las dos hermanas temblar sobre sus hombros?
el forastero. —Han vuelto la cabeza hacia nuestro lado... No han hecho más que volver la cabeza. Acaso he hablado demasiado fuerte... (Las dos jóvenes vuelven a colocarse en su primera postura.) ... pero ya no miran... He entrado en el agua hasta la cintura y he podido alcanzarla con la mano y traerla sin esfuerzo hasta la orilla... Era tan hermosa como sus hermanas...
el anciano. —Acaso era más hermosa... No sé por qué, he perdido todo el valor...
el forastero. —¿De qué valor habláis? Hemos hecho todo lo que puede hacer un hombre... Estaba muerta desde hacía más de una hora...
el anciano. —¡Vivía esta mañana!... La encontré al salir de la iglesia... Me dijo que se iba a ver a su abuela a la otra orilla de ese río donde la habéis encontrado... No sabía cuándo me volvería a ver... Sin duda ha estado a punto de pedirme algo; después no se ha atrevido, y se ha separado de mí bruscamente... Pero ahora lo recuerdo... ¡Y no vi nada!... Sonreía, como sonríen los que quieren callarse o los que tienen miedo de que no se les comprenda... Parecía que esperaba con pena... casi no me miraba...
el forastero. —Unos campesinos me han dicho que la han visto vagar sola hasta la noche por la orilla... Creían que estaba buscando flores... Puede que su muerte...
el anciano. —No se sabe... ¿Se sabe nunca algo?... Acaso era de las que no quieren decir nada, y cada uno lleva en sí mismo más de una razón para no vivir... No vemos dentro del alma como vemos en esa habitación. Todas son así... No dicen más que cosas indiferentes, y nadie sospecha nada... Vivimos meses y meses al lado de alguien que ya no es de este mundo y cuya alma ya no puede inclinarse; le respondemos sin pensar en ello, y ved lo que sucede... Parecen muñecas inmóviles, y en su corazón suceden tantos acontecimientos... Ni ellas mismas saben lo que son... Hubiera vivido como viven las demás... Hubiera dicho hasta el día de su muerte: “Señor, Señora”, “¿Lloverá esta mañana?”; o “Vamos a almorzar; seremos trece a la mesa”; o “La fruta no ha madurado todavía”. Hablan sonriendo de las flores que se han caído, y lloran en la oscuridad... Ni un ángel vería lo que es preciso ver, y el hombre no comprende hasta después... Ayer noche estaba ahí bajo la lámpara, como sus hermanas, y si esto no hubiese sucedido, no las veríamos como hay que verlas... A mí me parece que las veo por primera vez... Hay que añadir algo a la vida ordinaria antes de poder comprenderlas... Están a nuestro lado, nuestros ojos no se apartan de ellas, y no las vemos hasta el momento en que se marchan para siempre... y, sin embargo, ¡qué alma tan extraña debió de tener!; un alma pobre, ingenua, inagotable, ¡hija mía!, si dijo lo que debe haber dicho, si ha hecho lo que debe haber hecho...
el forastero. —En este momento sonríen en silencio en la habitación.
el anciano. —Están tranquilos... No la esperaban esta noche...
el forastero. —Sonríen sin moverse... Pero el padre se pone un dedo en los labios...
el anciano. —Señalan al niño, que se ha dormido sobre el corazón de su madre...
el forastero. —No se atreven a levantar los ojos por miedo a turbar su sueño.
el anciano. —Ya no trabajan... Reina un gran silencio.
el forastero. —Han dejado caer la madeja de seda blanca...
el anciano. —Miran al niño...
el forastero. —No saben que otros los están mirando...
el anciano. —También a nosotros nos miran...
el forastero. —Han levantado los ojos...
el anciano. —Y, sin embargo, no pueden ver nada...
el forastero. —Parecen felices, y sin embargo... ¿qué sabemos?...
el anciano. —Creen estar seguros... Han cerrado la puerta, y los postigos tienen barras de hierro... Han asegurado los muros de la casa vieja; han puesto cerrojos a las tres puertas de encina... Han previsto todo lo que se puede prever...
el forastero. —Habrá que acabar por decírselo... Podría venir alguien a anunciárselo bruscamente... Había una multitud de aldeanos en la pradera donde está la muerta... Si uno de ellos llamase a la puerta...
el anciano. —Marta y María están al lado de la muerta. Los aldeanos iban a hacer unas angarillas con ramaje, y he dicho a la mayor que venga a avisarnos a toda prisa en el momento en que se pongan en marcha. Esperemos a que venga; me acompañará... No hubiéramos debido mirarlos así... Creí que no había más que llamar a la puerta, entrar sencillamente, buscar alguna frase, y decir... Pero los he visto vivir demasiado tiempo a la luz de su lámpara... (Entra maría.)
maría. —Ya vienen, abuelo.
el anciano. —¿Eres tú? ¿Dónde están?
maría. —Están al pie de las últimas colinas.
el anciano. —¿Vendrán en silencio?
maría. —Les he dicho que recen en voz baja. Marta los acompaña...
el anciano. —¿Son muchos?
maría. —Toda la aldea viene con ellos. Habían traído luces, pero les he dicho que las apaguen...
el anciano. —¿Por dónde vienen?
maría. —Por las veredas. Vienen despacio.
el anciano. —Ya es hora de...
maría. —¿Lo habéis dicho, abuelo?
el anciano. —De sobra ves que no hemos dicho nada... Siguen esperando a la luz de la lámpara... Mira, hija, mira: verás algo de la vida...
maría. —¡Oh! ¡Qué tranquilos parecen!... Diríase que los veo en sueños...
el forastero. —Tened cuidado: he visto estremecerse a las dos hermanas...
el anciano. —Se levantan...
el forastero. —Creo que se acercan a la ventana... (Una de las dos hermanas de las cuales están hablando se acerca en este momento a la primera ventana, y la otra a la tercera, y, apoyando las manos en los cristales, miran largo tiempo en la oscuridad.)
el anciano. —Nadie se acerca a la ventana de en medio...
maría. —Miran... Escuchan...
el anciano. —La mayor sonríe a lo que no ve...
el forastero. —Y la segunda tiene los ojos llenos de temores...
el anciano. —Tened cuidado; no sabemos hasta dónde se extiende el alma en derredor de los hombres... (Pausa larga. maría se apoya en el pecho del anciano y le abraza.)
maría. —¡Abuelo!...
el anciano. —¡No llores, hija!... También a nosotros nos llegará la vez... (Pausa.)
el forastero. —¡Cuánto tiempo miran!...
el anciano. —Estarían mirando cien años y no verían nada. Pobrecillas... La noche es demasiado oscura; miran aquí, y es por allí por donde llega la desgracia...
el forastero. —Afortunadamente miran hacia aquí... No sé lo que adelanta del lado de las praderas.
maría. —Creo que es la multitud... Están tan lejos que apenas se les distingue...
el forastero. —Siguen las ondulaciones del sendero... Ya reaparecen junto a un talud iluminado por la luna...
maría. —¡Oh! ¡Cuántos vienen!... Se acercaban corriendo cuando yo he pasado por el arrabal... Han dado una vuelta muy grande.
el anciano. —Llegarán, a pesar de todo; y yo también los veo... Van caminando hacia las praderas… Parecen tan pequeños que apenas se les distingue entre la hierba... Parecen niños jugando a la luz de la luna... Y si ellos los viesen, no comprenderían. Por mucho que les vuelven las espaldas, se acercan a cada paso que dan y la desgracia aumenta desde hace ya más de dos horas. No pueden impedir que aumente, y los que la traen no pueden detenerla... La desgracia manda, y es preciso que la sirvan... Tiene su fin y sigue su camino... Es infatigable y no tiene más que una idea... Es preciso que le presten sus fuerzas. Están tristes, pero vienen... Tienen compasión, pero deben adelantar...
maría. —La mayor no se ríe ya, abuelo...
el forastero. —Se alejan de las ventanas...
maría. —Abrazan a su madre...
el forastero. —La mayor ha acariciado los rizos del niño, que no se despierta...
maría. — ¡Oh! También el padre quiere que le abracen a él...
el forastero. —Ahora, silencio...
maría. —Vuelven al lado de su madre...
el forastero. —El padre sigue con la vista el gran péndulo del reloj...
maría. —Diríase que rezan sin saber lo que hacen...
el forastero. —Diríase que están escuchando a sus almas... (Pausa.)
maría. —¡Abuelo, no se lo digas esta noche!...
el anciano. —Ya ves como también pierdes el valor... Harto sabía yo que no debíamos mirar. Tengo cerca de ochenta y tres años y es la primera vez que me ha herido la vista de la vida. No sé por qué todo lo que hacen me parece tan extraño y tan nuevo... Están esperando de noche, sencillamente, a la luz de su lámpara, como hubiéramos nosotros esperado a la luz de la nuestra; y, sin embargo, creo verlos desde lo alto de otro mundo, porque sé una verdad pequeña que ellos no saben todavía. ¿Es eso, hijos míos? Decidme, ¿por qué estáis también pálidos? ¿Hay acaso otra cosa que no pueda decirse y que nos hace llorar? Yo no sabía que hubiese en la vida algo tan triste y que diese miedo a los que lo miran... Y aunque no hubiese sucedido nada, me daría miedo verlos tan tranquilos... Tienen demasiada confianza en este mundo... Están ahí separados del enemigo por pobres ventanas... Creen que no sucederá nada porque han cerrado las puertas, y no saben que siempre sucede algo en las almas y que el mundo no se acaba en las puertas de las casas... Están tan seguros de su vida menuda y no sospechan que hay otros que saben de ella más que ellos; y que yo, pobre viejo, aquí, a dos pasos de su puerta, tengo entre las manos toda su menguada felicidad y no me atrevo a abrirlas...
maría. —Tened compasión, abuelo...
el anciano. —Tenemos compasión de ellos, hija mía; pero nadie tiene compasión de nosotros.
maría. —Decídselo mañana, abuelo; decidlo cuando sea de día... No les dará tanta pena...
el anciano. —Tal vez tengas razón... Valdría más dejar todo esto en la noche. Y la luz consuela el dolor. Pero ¿qué nos dirían mañana? La desgracia hace celosos a los que la padecen; y aquellos a quienes ha herido quieren saber antes que los extraños. No quieren que se deje su desdicha en manos de los desconocidos... Parecería que les habíamos robado algo...
el forastero. —Además, ya no es tiempo; ya oigo el murmullo de las oraciones...
maría. —Están ahí... Pasan por detrás de los setos... (Entra marta.)
marta. —Aquí están, he venido guiándolos hasta aquí. Les he dicho que esperen en el camino. (Se oyen gritos de niños.) ¡Ah! Todavía están gritando los niños... Les había prohibido venir... Pero quieren ver lo que sucede, y las madres no hacen caso... Voy a decirles... No; se callan. ¿Está todo dispuesto? He traído la sortija que ella llevaba puesta... La he echado yo misma sobre la camilla. Parece que está dormida... Me ha costado mucho trabajo porque no podía arreglarle el pelo... He hecho cortar margaritas... Es triste, pero no había otras flores... ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no estáis con ellos? (Mira a la ventana.) ¿No lloran?... No... ¿No se lo habéis dicho?
el anciano. —Marta, Marta. Hay demasiada vida en tu alma; no puedes comprender...
marta. —¿Por qué? (Después de una pausa y con tono de reproche.) No hubierais debido hacer esto, abuelo...
el anciano. —Marta, tú no sabes...
marta. —Yo soy la que voy a decírselo.
el anciano. —Estate aquí, hija mía, y mira un instante.
marta. —¡Oh! ¡Qué desgraciados son!... No pueden esperar...
el anciano. —¿Por qué?
marta. —¡No sé... pero ya no es posible!...
el anciano. —Ven aquí, hija mía...
marta. —¡Qué paciencia tienen!
el anciano. —Ven aquí, hija mía...
marta. —(Volviéndose.) ¿Dónde estáis, abuelo? Tengo tanta pena que no os veo... Yo tampoco sé qué hacer.
el anciano. —No los mires más hasta que lo sepan...
marta. —Quiero ir con vos...
el anciano. —No, Marta, quédate aquí... Siéntate al lado de tu hermana, sobre este banco viejo de piedra, al pie del muro de la casa, y no mires... Eres demasiado joven, y no podrías olvidar ya nunca... No puedes saber lo que es un rostro en el momento en que la muerte va a pasar por sus ojos... Acaso llorarán... No te vuelvas... Acaso no sucederá nada... Sobre todo, no te vuelvas si no oyes nada... No puede saberse de antemano el camino que ha de seguir el dolor... Generalmente, no hay más que unos cuantos sollozos con raíces profundas... Yo mismo no sé qué podré hacer cuando los oiga... Eso no pertenece ya a esta vida... Abrázame, hija mía, antes de que me vaya... (Un murmullo de oraciones se ha acercado gradualmente. Parte de la multitud invade el jardín. Se oye correr con pasos sordos y hablar en voz baja.)
el forastero. —(A la multitud.) Quedaos aquí... No os acerquéis a las ventanas... ¿Dónde están?
un aldeano. —¿Quiénes?
el forastero. —Los otros...  ¡los que la traen!...
el aldeano. —Llegan por la avenida que conduce a la puerta. (El anciano se aleja. marta y maría están sentadas en el banco, de espaldas a la ventana. Rumores en la multitud.)
el forastero. —¡Silencio!... No habléis. (La mayor de las dos hermanas se levanta y va a correr los cerrojos de la puerta.)
marta. — ¿Abre?
el forastero. —Al contrario, cierra. (Pausa.)
marta. —¿No ha entrado el abuelo?
el forastero. —No... Vuelven a sentarse al lado de la madre. Los otros no se mueven, y el niño sigue durmiendo... (Pausa.)
marta. —Hermana, dame la mano...
maría. —¡Marta! (Se abrazan y se dan un beso.)
el forastero. —Ya debe de haber llamado... Han levantado la cabeza todos a un tiempo... Se miran...
marta. —¡Oh! ¡Pobre hermana mía!... ¡Voy a llorar también! (Ahoga sus sollozos echándose sobre el hombro de su hermana.)
el forastero. —Debe de estar llamando todavía; el padre mira qué hora es... Se levanta.
marta. —Hermana, hermana, quiero entrar también... Ya no pueden estar solos...
maría. —¡Marta, Marta! (La detiene.)
el forastero. —El padre está en la puerta... descorre los cerrojos... Abre con prudencia...
marta. —¡Oh! No veis... el...
el forastero. —¿Qué?
marta. —Los que la traen...
el forastero—Abre un poco la puerta... No veo más que un ángulo de la pradera y el surtidor de la fuente... No suelta la puerta... Retrocede... Parece que dice: “¡Ah! ¡Sois vos...!” Levanta los brazos... Vuelve a cerrar la puerta con cuidado... Vuestro abuelo ha entrado en la habitación... (La multitud se ha acercado a la ventana. marta y maría se levantan y después se acercan también, abrazadas estrechamente. Se ve al anciano, que adelanta dentro de la sala. Las dos hermanas de la muerta se levantan; la madre se levanta también después de haber sentado al niño cuidadosamente en el sillón que acaba de dejar, de modo que, desde fuera, se vea dormir al pequeñuelo, con la cabeza un poco inclinada, en el centro de la habitación. La madre adelanta al encuentro del anciano y le alarga la mano, pero la retira antes de que él haya tenido tiempo de cogerla. Una de las dos jóvenes quiere quitar la capa al visitante, y la otra adelanta un sillón, pero el anciano hace un gesto rehusándolo. El padre sonríe con aire asombrado. El anciano mira hacia la ventana.) No se atreve a decirlo... Nos ha mirado. (Rumores en la multitud.) ¡Callad!... (El anciano, viendo caras que se acercan a la ventana, aparta rápidamente los ojos. Como una de las jóvenes sigue ofreciéndole el mismo sillón, acaba por sentarse y se pasa varias veces la mano derecha por la frente.) Se sienta... (Las demás personas que están en la sala se sientan también; mientras, el padre habla con volubilidad. Por fin el anciano abre la boca, y el sonido de su voz parece atraer la atención. Pero el padre le interrumpe. El anciano vuelve a tomar la palabra, y poco a poco los demás se van quedando inmóviles. De repente la madre se estremece y se levanta.)
marta. —¡Oh! ¡La madre va a comprender! (Se vuelve y esconde la cara entre las manos. Nuevos rumores en la multitud. Los niños lloran para que los levanten en brazos y ver también. La mayor parte de las madres obedecen.)
el forastero. —¡Silencio!.. ¡Todavía no lo ha dicho!.. (Se ve que la madre interroga al anciano con angustia. Él dice todavía unas cuantas palabras; después, bruscamente, todos los demás se levantan también y parecen interpelarle. Entonces hace con la cabeza un lento signo de afirmación.) ¡Lo ha dicho!... ¡Lo ha dicho de repente!...
voces de la multitud. —¡Lo ha dicho! ¡Lo ha dicho!...
el forastero. —No se oye nada... (El anciano se levanta también y, sin volverse, señala la puerta que está detrás de él. La madre, el padre y las dos hijas se arrojan sobre la puerta, que el padre no consigue abrir inmediatamente. El anciano quiere impedir a la madre que salga.)
voces de la multitud. —¡Salen! ¡Salen!... (Barullo en el jardín. Todos se precipitan hacia el otro lado de la casa, excepto el forastero, que permanece en las ventanas. En la sala, la puerta se abre por fin de par en par; todos salen al mismo tiempo. Se ven, bajo el cielo estrellado y a la luz de la luna, las angarillas donde descansa la muerta, mientras que, en medio de la habitación abandonada, el niño continúa durmiendo tranquilamente en el sillón. Pausa.)
el forastero. —¡El niño no se ha despertado! (Sale también.)

PLAY Samuel Beckett


PLAY 

 Samuel Beckett






Personajes:
M1...........Primera mujer
M2...........Segunda mujer
H..............Hombre

En el centro del escenario, tocándose una a otra, tres urnas grises idénticas (véase final de obra), de un metro de altura aproximadamente. De cada una de ellas  sobresale una cabeza con el cuello agarrado por la boca de la vasija. Las cabezas, de izquierda a derecha según el espectador, pertenecen a M2, H y M1. Durante la representación, miran siempre de frente. Los rostros han perdido su edad y fisonomía de tal modo que parecen formar parte de las urnas. En ningún caso se utilizarán máscaras. Los parlamentos de los personajes son provocados por un foco proyectado sobre cada rostro.
El paso de la iluminación de un rostro a otro es instantáneo. Nunca oscuridad total; por ejemplo,
la casi completa oscuridad de apertura , excepto en los casos en que se indique.
La respuesta a la luz es inmediata.
Los rostros siempre inexpresivos. Las voces sin tonalidad excepto cuando se indique expresión.
Siempre un “tempo” rápido.
El telón se alza sobre un escenario en oscuridad casi completa. Apenas pueden discernirse las urnas. Cinco segundos.
Focos débiles sobre los tres rostros, simultáneamente.
Tres segundos. Voces débiles, casi ininteligibles.

M2
Si, quizás
Una sombra desvanecida
Supongo
Alguien puede decir
Pobrecita
Una sombra desvanecida
Sólo una sombra
En la cabeza ( risita salvaje...)
Sólo una sombra
Pero lo dudo
Yo lo dudo
Realmente no
Me encuentro bien
Todavía bien
Hago lo que puedo
Todo lo que puedo

M1
Sí, extraño,
mejor la oscuridad,
y cuanto más oscuro peor,
hasta la oscuridad total,
todo bien,
por ahora,
pero llegará,
llegará el momento,
está allí,
lo verás,
alejáte de mí,
mantenéte lejos de mí,
todo oscuro,
todo quieto,
todo alrededor,
borrado

H
Sí, paz
uno asumiera, todo terminado
todo el dolor
todo como si
nunca hubiera existido
sucederá (hipo)
perdón
ningún sentido en esto
Ah, ya se
salvo que
uno asumiera
quiero decir
no simplemente
todo terminado
pero como si
nunca hubiera existido

M1: Le dije dejála...
H:    No llevábamos mucho tiempo juntos...                 (en simultáneo los tres)
M2: Una mañana mientras estaba sentada...





(Tres segundos)

M1: Le dije dejála. Juré por lo que me era más sagrado...
M2:Una mañana mientras estaba sentada, miraba por la ventana abierta, irrumpió en el interior precipitándose hacia mí. Dejálo, gritaba, es mío. Se parecía a sus fotografías. Viéndola ahora al natural, por vez primera, comprendí por qué me prefería a mí.
H: No llevábamos mucho tiempo juntos cuando olió a la rata. Dejá a esa puta, me dijo, o me corto la garganta (hipo), perdón, si Dios me da fuerzas. Sabía que no podía tener ninguna prueba, por eso le dije que no sabía de qué me hablaba.
M2: De qué estás hablando, le dije mientras cosía sin parar. De alguien?. Dejar a quién?. Huele a vos, gritaba; hiede a puta.
M1: Aunque lo hice seguir durante meses por un hombre de confianza, no existía la menor sombra de prueba. Y nadie podía negar que él continuaba tan...asiduo como siempre. Eso, y su horror por la cosa meramente platónica, hizo que me preguntara a veces si no lo acusaba injustamente. Sí.
H: De qué te quejás? le dije, acaso te abandoné?. Cómo podríamos estar juntos de este modo si hubiera otra?. Amándola como lo había hecho, con todo mi corazón, no podía sino sentir compasión por ella.
M2:Temiendo que fuera a ofrecerme una escena violenta, llamé a Erskin y la acompañó hasta la  puerta. Sus palabras al partir, como él puede atestiguar si  vive todavía y no lo ha olvidado, yendo y viniendo, recibiendo gente, despidiendo gente, hablaban de ponerle fin a éste asunto. Confieso que esto me alarmó un tanto , en su momento.
H: No quedó convencida. Podía habérmelo imaginado. La huelo en vos, seguía diciendo. No había respuesta posible a eso. La tomé, entonces entre mis brazos y juré que no podía seguir viviendo sin ella. Es más, hablaba en serio. Sí, estoy seguro de eso. Ella no me rechazó. 
M1: Comprendan mi asombro cuando una alegre mañana, mientras estaba sentada agobiada en el salón, entró sigilosamente, cayó de rodillas  ante mí,  hundió su rostro en mi regazo y...confesó.
H: Me hizo seguir por un sabueso, pero tuve una pequeña conversación con él. Se mostró encantado con el dinero extra.
M2: Por qué no te vas?, le dije, cuando él empezó a lamentarse por su vida hogareña, ya no existe nada entre ustedes. O, sí ?.
M1: Confieso que mi primer sentimiento fué de admiración. Qué macho.!
(Foco de M1 a H. Abre la boca intentando hablar. Foco de H a M2.)

M2: Algo entre nosotros?, dijo él, por qué me tomas, por una máquina de alguien ?. Y, por supuesto, con él ningún peligro de algo...espiritual.
Entonces, por qué no te vas?, le dije. A veces me preguntaba si él no viviría con ella por su dinero.
H: Lo siguiente fué la escena entre ambas. No puedo permitir que irrumpa aquí amenazándome de muerte, me dijo. Debí parecer atónito. Preguntále a Erskin si no me creés, me dijo. Pero ella amenazó con quitarse su propia vida, le dije. No la tuya?, me dijo ella. No, le dije, la suya. Nos divertimos mucho tratando de solucionar el asunto.
M1:  Más tarde lo perdoné. Ante qué no se doblega el amor!. Sugerí una rápida escapada  para celebrarlo a la Costa Azul, o a nuestra querida Gran Canaria. Se veía pálido, gastado. Pero en aquel momento, no fué posible. Compromisos profesionales.


M2: Ella vino otra vez. Entró paseando. Toda miel. Lamiéndose sus propios labios. Pobrecita. Me arreglaba las uñas ante la ventana abierta.
Me lo contó todo, dijo ella. Quién...?, él te contó todo...?, dije limándome las uñas sin parar, todo...qué?.
Me imagino la tortura que estarás sintiendo, dijo ella, y pasé a decirte que no te guardo ningún rencor. Llamé a Erskin.
H: Luego empecé a asustarme y se lo conté todo con detalle. Ella estaba cada vez más  y  más desesperada. Tenía una cuchilla de afeitar en su cartera. Ténganlo en cuenta: los adúlteros nunca admiten nada.
M1: Cuando me tranquilicé, pensando que todo había acabado, fui a recrearme en el mal ajeno. Simplemente una vulgar mordacidad. Que podía haber encontrado en ella cuando me tenía a mí...
M2: Cuando él vino otra vez, nos dijimos de todo. Me sentí como la muerte. Hablaba de porqué tenía que decírselo. Demasiado arriesgado y todo eso... Esto quería decir que había vuelto con ella. Había vuelto a eso...!
M1: Cara de budín, oronda, llena de pecas, babeando espuma, mofletuda, sin cuello, tetas en las que podrías...
M2: Seguía hablando. Podía oír una cortadora de pasto. Una vieja cortadora manual. Lo interrumpí diciendo que a pesar de lo que yo sintiera no iba a esgrimir estúpidas amenazas, tampoco por eso estaba dispuesta a soportar sus desplantes. Lo pensó por un instante.
M1: Pantorrillas de sirvienta.
H:  Cuando la volví a ver a ella, lo sabía. Tenía un aspecto (hipo) miserable, perdón. Un tarado le estaba cortando el pasto. Un empujoncito, luego otro . El problema fué cómo convencerla de que no había existido ninguna...resurrección de nuestra intimidad. No podía. Debiera haberlo imaginado. La tomé entonces entre mis brazos y juré que no podía seguir viviendo sin ella. No creo que hubiera podido.
M2:La única solución era irnos juntos. Me juró que lo haríamos en cuanto pusiera en orden sus asuntos. Mientras tanto sólo teníamos que seguir como hasta entonces. Con eso quería decir lo mejor que pudiéramos.
M1: Por lo tanto era mío de nuevo. Todo mío. Era feliz otra vez. Me la pasaba cantando. 
El mundo...
H: En el hogar: todo de corazón a corazón, otra vuelta de hoja, lo pasado pisado. Me 
encontré con tu ex- putita, me dijo una noche en la cama; estás mucho mejor lejos de ella, cuanto más lejos mejor. Me pareció un poco fuera de lugar. De hecho lo estoy, querida, le dije, de hecho lo estoy. Dios, qué arpías son las mujeres. Gracias a vos  mi ángel, le dije.
M1: Más tarde comenzó nuevamente a heder a ella. Sí.
M2:Cuando dejó de venir estaba preparada. Más  ó menos.
H: Finalmente, todo era demasiado. Sencillamente, no podía...
M1: Antes de que pudiera hacer algo, desapareció. Eso quería decir que ella había ganado. Esa puta!. No lo podía creer. Quedé hundida durante varias semanas. Finalmente, saqué el coche y 
me fui  a su casa. Todos los cerrojos echados. Todo gris de escarcha. Cuando volvía por Ash y Snodland...
H: Sencillamente, no podía...
M2:Hice un paquete con sus cosas y las quemé. Era noviembre. Toda la noche  sentí su olor mientras se consumían.

(Se apaga foco sobre M2.Oscuro.Cinco segundos. Los focos, con una potencia equivalente a la mitad de la anterior, iluminan simultáneamente los tres rostros. Voces proporcionalmente más débiles.)

(simultáneamente)                  M1 Piedad, piedad...
                                                 M2 Decir  que...
                                                 H  Cuando esto cambió por primera vez...

(Se apagan los focos. Oscuro. Cinco segundos. Foco a H.)
H: Cuando esto cambió por primera vez, realmente agradecí a Dios. Pensé: ya está hecho, ya está dicho, ahora todo se extingue.
M1: Piedad, piedad, la lengua afuera de tanto pedir piedad. Volverá a ocurrir. No me conocés, pero me conocerás. Entonces, volverá a ocurrir...
M2: Decir que no estoy decepcionada no, lo estoy. Esperaba algo mejor. Más tranquilo.
M1: O te  hartarás de mí.
H : Cayendo, todo cayendo en la oscuridad. Gracias a Dios, tenía razón, después de todo, cuando esto cambió por primera vez.
M2: Menos confundida. Menos confuso. Al mismo tiempo prefiero esto a... lo otro. Definitivamente. Existen momentos soportables.
H: Pensé.
M2: Cuando te vas y me voy. Algún día te vas a cansar de mí, y te vas  a ir para siempre.
M1: Penumbra infernal.
H: Sí, paz, supongo, cierta paz y todo este dolor como si...nunca hubiera existido.
M2: Dejáme, como a un trapo viejo, y andáte a hurgar y picotear en otra. Por otro lado...
M1: Dejáme, dejáme.
H:  Vendrá. Tiene que venir. En esto no hay futuro.
M2: Por otro lado las cosas pueden empeorar. Existe ése peligro.
H: Ah, por supuesto. Ahora lo sé
M1: Será que no digo la verdad, es eso, que algún día al fin podré decir  en cierto modo la verdad y entonces no más luz al fin sobre la verdad?
M2: Podrías enojarte y quemarme viva hasta fundir mi cerebro. No es cierto?...
H:  Ahora sé que todo esto fue...juego. Y todo esto?. Cuando todo esto...?
M1:Es eso...?
M2: No es cierto?...
H: Todo esto, cuando todo esto haya sido sólo un juego.
M1: Nada puedo hacer...por nadie...ya nada...Gracias a Dios. Entonces debe ser algo que tengo que decir. Cómo funciona todavía la  razón.
M2: Pero lo dudo. No serías vos. Y tenés que saber que hago todo lo que puedo. No lo sabés?
H: Quizá se hicieron amigas, quizá la pena...
M1: Pero ya dije todo lo que puedo. Todo lo que me dejaste, todo lo que...
H: Quizá la pena las haya unido.
M2: Sin duda cometo el mismo error que cuando el sol brillaba: queriendo buscar un sentido donde quizás no hubiera ninguno.
H:  Quizá se encuentren a charlar tomando una taza de ese té verde que tanto amaban, sin leche, ni azúcar, sin siquiera un chorrito de limón...


M2: Me oís?. Alguien me oye?. Alguien me mira?. Acaso tiene alguien algún mínimo interés por mí?.
H: Sin siquiera un chorrito de...
M1: Será algo que tengo que hacer con el rostro, en vez de pronunciar palabras?. Llorar?. 
M2: Soy tabú?, me pregunto. No necesariamente, ahora que todo peligro se ha alejado. Aquella pobre criatura, puedo oírla, aquella pobre criatura.
M1: Morderme la lengua y tragármela?. Escupirla? Eso te apaciguaría?. Cómo funciona todavía la razón para estar segura!
H: Encontrarse y sentarse a charlar, las dos juntas en la pena , y comparar (hipo) perdón, los buenos recuerdos.
M1: Si solamente pudiera pensar. Esto no tiene sentido...ni siquiera alguno. No puedo.
M2:Aquella pobre criatura que trató de seducirte. Qué te parece que puede haber sido de ella?. Puedo oírla. Pobrecita.
H: Personalmente, siempre preferí Lipton’s. 
M1: Y que todo está cayendo, todo caído desde el principio en el aire vacío. Nada es preguntado para nada. Nadie me pregunta nada para nada.
M2: Tal vez hasta sientan lástima por mí, si me pudieran ver. Pero no tanta, como la que yo siento por ellos.
M1: No puedo.
M2: Besando sus besos agrios.
H: En todo caso las compadezco. Comparo mi suerte con la de ellas por muy feliz que sea,y...
M1: No puedo. La razón no me lo permite. Se tendría que ir. Sí.
H: Las compadezco.
M2: Qué haces cuando te vas? .Pasar tus actos por el cedazo de la conciencia?.
H: Oculto algo , acaso perdí...?
M1:Tenía medios, me parece, aunque vivía como una cerda.
M2: Como arrastrando un pesado rodillo en un día sofocante. El esfuerzo... por moverlo, llegado el momentum.

(Se apaga el foco sobre M2.Oscuro. Tres segundos. Foco sobre M2.)

M2:Sacátela de encima. 
H:  Acaso perdí lo que buscás ?. Por qué irse ?. Por qué caer ?.
M2: Y vos quizás, compadeciéndome, pensando, pobrecita, necesita descansar.
M1: Quizá la llevó a vivir con él ...en algún lugar al sol.
H: Por qué caer, por qué no?...
M2: No lo sé.
M1: Quizá está sentada en algún lugar, junto a la ventana abierta, las manos unidas sobre sus rodillas, la mirada perdida en la lejanía más allá de los olivos...
H: Por qué no fulminarme sin descanso. Podría empezar a delirar y (hipo) y vomitarte el resto. Per...
M2: No.
H: don.
M1: Más allá de los olivos , el mar al fondo, preguntándose por qué tarda tanto. Sintiendo crecer el frío. La sombra cubriéndolo todo. Reptándo. Sí.
H: Imaginar que nunca estuvimos juntos.

M2: No estaré ya, quizás, algo desquiciada?
M1: Pobre criatura. Pobres criaturas.
H: Nunca nos despertamos juntos una mañana de primavera , despertando a los otros dos, el primero en despertar. Luego, en un botecito de goma...
M1: Penitencia, sí, en un caso de extrema necesidad , te resignás, pero no, esto tampoco parece ser eso.
M2: Digo, no estaré ya, algo desquiciada?. (Feliz.) Sólo un poco. (Pausa.) Lo dudo.
H: Un botecito de goma...
M1: Silencio y oscuridad era cuanto anhelaba. Bueno, tengo un poco de ambos. Siendo una misma cosa. Tal vez sea pecado pedir más.
H: Un botecito de goma por el río. Yo, reposando sobre los remos, ellas, recostadas sobre almohadones en la bancada de popa...a la deriva. Qué fantasías...! 
M1: Penumbra infernal.
M2: Una sombra desvanecida. En la cabeza. Sólo una sombra. Lo dudo.
H: No éramos seres civilizados
M1: Sed de oscuridad...y cuanto más oscuro peor. Extraño.
H: Qué fantasías!. Entonces. Y ahora...
M2: Lo dudo.(Pausa. Explosión de risa débil y salvaje por parte de M2 cortada en seco al pasar el foco de M2 a M1.)
M1: Sí, y allí todas las cosas, todas allí, mirándote la cara. Lo verás. Dejáme. O harto...
H: Y ahora que sos...sólo ojo. Una simple mirada. Sobre mi rostro. Con intermitencias.
M1: Harto de jugar conmigo. Dejáme. Sí.
H: Buscando algo. En mi  rostro. Alguna verdad. En mis ojos. Ni siquiera... (Risa de M2)
H: Simple ojo. Sin razón. Abriéndose y cerrándose sobre mí. Soy únicamente...?

(Se apaga el foco de H. Oscuro. Cinco segundos. Focos débilmente iluminados, simultáneamente  sobre los tres rostros. Voces débiles, casi ininteligibles.)

M1
M2
H    (simultáneamente) Sí, extraño... etc
                                     Sí, quizás...etc
                                     Sí, paz...etc

(Se repite la obra.)
H:(finalizando la repetición): Soy únicamente  lo que  otro ve?.
Se apaga el foco de H. Oscuro. Cinco segundos. Focos fuertemente iluminados, simultáneamente sobre los tres rostros. Tres segundos. Voces normales.)
M1
M2
H    (simultáneamente)  M1 Le dije, dejála
M2 Una mañana mientras estaba sentada...
H   No llevábamos mucho tiempo juntos...
(Se apagan los focos. Oscuro. Cinco segundos. Foco sobre H .)
H: No llevábamos mucho tiempo juntos...
(Se apaga el foco sobre H. Oscuro. Cinco segundos)     



NOTAS

Iluminación:
El manantial luminoso es único y no debe estar situado fuera del espacio ideal (escena) ocupado por sus víctimas.
La posición óptima del foco se encuentra en el centro de las candilejas, ya que de este modo los rostros quedan iluminados por su parte inferior y desde abajo.
Cuando se necesiten, de un modo excepcional tres focos para iluminar los tres rostros simultáneamente, deberían hacerlo como si se tratara de un único foco dividido en tres.
Salvo en estos momentos, puede utilizarse un único foco movible, girando a la máxima velocidad sobre su eje de un rostro a otro, conforme a las necesidades.
El método consistente en asignar a cada rostro un foco fijo es insatisfactorio en cuanto es menos expresivo un inquisidor único que un simple foco inmóvil.


Urnas:
En cuanto se refiere a las urnas, dado que su altura debe ser de un metro nada más, es necesario que ó bien se utilicen trampas que permitan a los actores permanecer de pie a un nivel inferior al del escenario, ó bien que se arrodillen durante toda la representación y por consiguiente en este caso las urnas deberán tener una abertura en su parte posterior.
Si no existieran trampas y la postura de rodillas se encontrara impracticable, los actores permanecerán de pie, siendo alargadas las urnas en la medida necesaria, y retiradas desde la parte delantera del escenario hacia el centro del mismo. En este caso, la altura del actor más alto indicará la longitud de las urnas, y el ancho del más grueso, el ancho de las urnas.
La postura de permanecer sentado daría lugar a urnas de considerable anchura, y no debe ser tenida en cuenta.

Repetición:
La repetición puede hacerse ó bien como una réplica exacta de la  primera vez ó presentándose algún elemento de variación.
En otras palabras, la iluminación puede operar la segunda vez de un modo idéntico a como lo hiciera en la primera (réplica exacta) ó puede tratarse de un modo diferente (variación.)
Cuando se puso en escena en Londres ( y en grado menor cuando se montó en París), se optó por la variación , con las siguientes desviaciones de la primera recitación:
1. Introducción de un coro abreviado, hasta la risa de M2, como fragmento de apertura de la
segunda repetición.
2. Iluminación más débil durante la repetición y, por consiguiente, las voces correspondientes
más bajas, conforme al siguiente esquema, en el cual A significa el nivel de voces e  iluminación más elevado, y E el más bajo:






C Primer coro
A Primera parte de                     1
B Primera parte                 
D Segundo coro
B Primera parte de 
repetición 1
C Segunda parte de               Repetición 1
repetición 1
E Coro abreviado                 Fragmento de repetición 2
C Fragmento de
repetición 2

3.Voces sin diferencias de calidad desde el comienzo de la primera repetición, incrementándose hacia la terminación de la representación.
(Modificación del orden de las intervenciones durante la repetición en tanto y en cuanto fueran compatibles con la continuidad no modificada de los actores. Por ejemplo, el orden de interrogación M1, M2, H, M2, M1, H al comienzo de 1 se convierte en M2, M1, H, M2, H, M1 al comienzo de la repetición, continuando de este modo si se considerase conveniente.)


Traducción del inglés de Elena Gowland. 

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