1/5/19


YO, EL PEOR

DE LOS

DRAGONES.

De Benjamín Gavarre

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Yo, El Peor de los Dragones es la alegoría de una familia. Toma como pretexto a los cuentos de hadas para representar ese núcleo, pequeño universo castrante, que es el reino doméstico. Así, a pesar de que podamos reconocer a un rey, una reina, un dragón y una doncella, debemos pensar siempre, si queremos poner en escena esta obra, que los personajes se desenvuelven en una casa pequeñoburguesa pretenciosa donde los personajes realizan las labores cotidianas propias de su insufrible clase.
La escenografía o la iluminación recrearán pues, los distintos ambientes de un hogar: la sala, la cocina, el jardín, la recámara, etc. El estilo recomendado es el llamado "mal gusto" o si se quiere la palabrita: el "kitscht".
Recomiendo para el vestuario: traje de noche, escotado y con lentejuelas para la Reina; smoking para el Rey; smoking y máscara metálica para el Dragón; innumerables vestidos para la Doncella (ya se verá por qué); levita para el Paje y trajes de cocinero para el Mago y el Hada.
Para la música sugiero algún género que apoye la caricaturización de las situaciones.



*** I ***
Al comenzar la obra los reyes se encuentran en el jardín preparando una parrillada. La reina está embarazada, él toma una cuba. A pesar de la aparente armonía, y de las miradas tiernas hacia el vientre real, los reyes estallan en abierta discusión en el momento en que se detienen para sentarse en una banca.

El Rey.– ¡Será niño!
La Reina.– No podrá ser otra cosa, señor, ¡sino niña!
El Rey.– ¡Niño!
La Reina.– ¡Niña!
El Rey.– En alta estima, señora, a vuestros ruegos tengo; y por razones que no viene al caso discutir: un príncipe valiente será nuestro heredero.
La Reina.– ¿De razones habláis? Pero si vos sólo alcanzáis a balbucir una evidente sucesión de tonterías. Y si en asuntos de Estado decidís mejor que nadie, en asuntos de embarazo yo dispongo. Quien porte en el futuro el cetro real será la dulce princesa que tendré en algunos días. Será, no lo dudéis, una sublime soberana y nadie osará negarle o refutarle nada porque será, sin titubear, toda una dama.
El Rey.– Claro está, mi dueña, que en este punto singular jamás conciliaremos; llamemos a la Enorme Comisión, que ellos concluyan.
La Reina.– ¿Su majestad bromea?, ¡Si la Enorme Comisión sois vos! En todo caso llamemos a las hadas, que son en todo punto intachables y digamos, desde luego, insobornables.
El Rey.– Vengan pues las hadas, también los magos; con tales fuerzas convocadas, sabremos sin lugar a dudas, por las muchas disputas que de ellos se desprendan, si príncipe o princesa debe dar a luz el vientre real.
Entran mago y hada; discuten en murmullos apenas contenidos,
mirando al Rey y a la Reina con aprensión o disgusto.
Finalmente llegan a un acuerdo y expresan su dictamen.

Mago.– Si futuro rey o príncipe conviene al reino, su majestad, la Soberana, comerá una rosa roja.
Hada.– Si conviene una princesa, probará una blanca rosa.
Mago.– Para tal procedimiento un árbitro imparcial...
La Reina.– ¡No estoy de acuerdo! ¿Cómo va a decidir alguien ajeno a nuestro imperio?
El Rey.– Es cierto. Vosotros magos, hadas... debisteis resolver la situación. Ahora se hará por elección, la mía. ¡Comed! (Le da la rosa roja).
La Reina.– ¿Ah, sí? ¡Pues no! Comeré la blanca. ¡Dad acá! (Intenta quitar al mago la rosa blanca).
El Mago.– No nos habéis dejado terminar. El juez sería...
El Rey.– ¡Nadie!
La Reina.– En eso estoy de acuerdo.
Mago.– Sería el Azar.
Hada.– En esto, sí, decidiría el Acaso. "Su majestad escoja"..
La Reina.– A ver...
El Rey.– Me niego a ceder a suerte alguna el claro derecho de imponer mi voluntad. Digamos: si la reina desea una virgen colosal y yo un varón discreto...
El Mago.– Al revés, su majestad.
El Rey.– ¿Cómo al revés?
El Hada.– Una discreta virgen y un varón monumental.
El Rey.– Ah, sí. Digamos, de las dos, la reina probará la rosa roja y un varón descomunal bienvenido será a éste, mi imperio.
La Reina.– Y digo en fin, ¿por qué no he de comer las dos rosas en un mismo bocado? y así cada ambición será colmada en cada caso.
El Rey.– No comprendo.
La Reina.– Vos deseáis un temerario príncipe que en el futuro ocupe el trono; y yo, una dulce niña...
El Rey.– ...que en el futuro ocupe el trono real.
La Reina.– Permitidme... Yo dejaría gobernar, sin duda alguna, al primogénito.
El Rey.– Pues no me hacéis favor alguno; es la costumbre que gobierne el primo... ¿Dejaríais, de verdad, que gobernase?
La Reina.– Sí.
El Rey.– ¿Sin intromisión alguna?
La Reina.– Os lo puedo aseverar.
El Rey.– ¡Sea! Comeréis de las dos rosas...
La Reina.– Las dos.
El Rey (a las Hadas y los Magos).– ¿Tenéis todo dispuesto?
El mago y el Hada discuten agitados y luego dan un dictamen:
El Mago.– No aconsejamos de ningún modo que la Reina alimente, con la venia real, tan sólo el pensamiento de probar las rosas blanca y roja una tras otra y, menos aún, al mismo tiempo.
El Hada.– Desastrosa catástrofe a la reina azotaría en todo caso; en otro también al rey perjudicara, y el más terrible, el caso que ya todos tememos: a todo el reino, la desgracia afligiría.
El Rey.– Con esa circunstancia: será varón. No discutamos más el punto. Comed la rosa roja.
La Reina.– Mhh... Así lo haré, si así conviene al reino. (Come la rosa roja).
El Rey.– La solución me place y me serena. Marcho a descansar muy bien dispuesto. Generosa será con nos la Providencia, también con nuestro hijo. (Salen el Rey, las Hadas y los Magos).
La Reina.– Mas yo digo que buena idea me parece el no dejar abandonada a suerte miserable este capullo en flor que es esta rosa blanca. No temo el infortunio. Si nos trae ventura un vástago, un... varón, ¿cuánta más dicha tendremos si en doble nacimiento, príncipe y princesa comparten una misma cuna. Ven doncella; comienza en mi boca tu noble nacimiento (come la flor blanca).



*** II ***
La recámara de los reyes.
Han pasado algunas semanas. El hada entrega a la reina un
pequeño envoltorio: un pequeño bebé dragón del que sólo vemos la cola. La reina lo amamanta dulcemente. El rey fuma y bebe.

El Rey.– ¡Un Dragón!... ¡Habrase visto! Funesta descendencia has engendrado, dulce dama.
La Reina.– Digamos que entrambos dignatarios lo forjamos; vos sois, no discutáis, su insigne padre.
El Rey.– Padre digno, mas innoble el hijo. Y no sé bien decir si un adulterio cometió la Reina, ni con quién, ¿sería tal vez con un lacayo?
La Reina.– Callad, que hablando de lacayos, y más aún de las lacayas, yo bien pudiera decir de vos un sinfín de tropelías. El hijo es vuestro. No olvidéis la noche, que hace tiempo, vos borracho y yo desnuda, vivimos, a buen paso, en pos de la lujuria.
El Rey.– No abundéis, que es vergonzoso.
La Reina.– Pues no neguéis al dragón, que es hijo vuestro.
El Rey.– No lo haré.
La Reina.– Y yo a mi vez confesaré un secreto, pues bien... probé la rosa roja.
El Rey.– Eso lo sé, lo sé, lo sé.
La Reina.– Pues he más de comentar...
El Rey.– No me digáis.
La Reina.– También probé la rosa blanca.
El Rey.– ¡Ay, bruta!
La Reina.– No insultéis mi dulce investidura.
El Rey.– Lo cierto es que un remedio habremos de poner en este empeño. El niño dragón, o lo que sea, crece, como un tumor maligno, día tras día.

*** III ***
En la sala.
Han pasado veinte días. El Dragón ya es un príncipe,
amenazante y rebelde veinteañero
(si hay dinero, puede entrar en moto).
El Paje limpia los cubiertos de la casa mientras recibe
órdenes.

El Príncipe Dragón.– Y hay más, Paje: si no hacéis lo que he dispuesto, mataré a mi padre, azotaré con mil latigazos a mi madre, y haré de la desgracia de este reino leyenda y ejemplo inolvidables.
El Paje.– Pero, señor, mi príncipe dragón, no hay doncella en este lar, ni en sitio aun lejano, que a dormir con vos acepte, sois ¡tan feo!
El Príncipe Dragón.– ¡Necio!, Sé que lo soy y aun con eso os digo: quiero una doncella, y no cualquiera. Venga a mí la virgen más pura y delicada de este reino, o de cualquier lejano, o inaccesible, territorio.
El Paje.– Si insistís convocaré a concurso; con la venia, desde luego, del señor Rey, mi soberano.

Llega el Rey.

El Rey.– Heme aquí, ¿quién requiere de mi sano juicio? ¿Acaso este muchacho singular? Felicidades hijo, hace veinte días que naciste y parece que veinte años han pasado desde la ocasión gozosa de tu nacimiento.
El Príncipe Dragón.– Es cierto que cumplí los veinte, oh padre fariseo; mi tiempo es tan distinto del que vos perdéis, tan insensato. No seré más paciente con vos que con el criado: traedme una doncella que quiero desposarla. Si no lo hacéis... destrozaré vuestro castillo, y a ti te mataré sin compasión y con tormentos varios.
El Rey.– ¿Que quieres desposarte?, noticias das que llenan mi alma de júbilo diverso. ¿Has elegido ya a la novia afortunada?
El Paje.– Tiene que ser, señor monarca, la virgen más pura y delicada que viva cerca o lejos de este reino.
El Príncipe Dragón.– Traédmela vos, que en vuestro juicio, enfermo o sano, yo confío. Si no me satisface la elección os aseguro que dejaré sin ojos y sin brazos vuestro cuerpo.
El Rey.– No hay más que hablar, mi dulce príncipe; mandaré traer la más hermosa, la más virginal de las doncellas.

*** IV ***
En la cocina: Los reyes decoran un pastel para festejar el aniversario de su hijo. El rey pone betún y la reina, cerezas. En algún momento la reina se fastidia de no poder hacer su labor con fluidez y enfrenta a su marido.

La Reina.– ¡Semejante atrocidad habrase visto! ¡Tan malvado, tan vil es vuestro hijo que ha truncado la vida de moza tan fresca, tan radiante! ¿Cómo ha podido ser el sino con nosotros tan funesto, que tengamos que vivir bajo el terror de quien debiera enaltecer nuestro linaje?
El Rey.– No habléis vos de atrocidades, que al haber seguido la senda del capricho, habéis roto la armonía que tanto tiempo concedió la Providencia.
La Reina.– No comprendo: ¿nombráis capricho a mis buenas intenciones?
El Rey.– Sí.
La Reina.– Pero, bien mío... Si pensáis un poco... Si hubiera yo dado la vida a un príncipe, a un varón convencional y no a... un dragón, hubiérase marchado ya a la guerra; si una grácil doncella hubiera dado a luz, se hubiera desposado un día sin remedio, alejándose del reino.
El Rey.– Vos no decíais lo mismo hace unos días; queríais que una virgen gobernara este castillo, ¿y qué lograsteis? La unión de dos opuestos es este dragón hermafrodita. No es hombre no es mujer: es una ruina.
La Reina.– Es hombre, sin duda; ha devorado, sin más, a una doncella.
El Rey.– ¿La devoró?
La Reina.– Ay sí, ¿vos no sabíais?
El Rey.– ¡Oh atrocidad! Y es culpa vuestra. Al comeros vos esas dos rosas tan sólo conseguisteis convocar un monstruo de maldad. Con mala entraña, os quisisteis quedar con el pastel, también con el dinero.
La Reina.– ¿De qué dinero habláis?
El Rey.– Dejemos este asunto por la paz, que el príncipe se acerca.

La pareja finge armonía.
El príncipe llega y los separa. Tratará
de besar a la reina o de tocarle el trasero. Alejará al padre.

El Príncipe Dragón.– Que viva el rey, que viva también mi madre bondadosa.
La Reina.– Oh, mi tierno príncipe; ciertamente no ha mejorado el color de vuestra tez con vuestras bodas.
El Príncipe Dragón.– No, madre; ni mejoría tendrá si no se cumplen mis próximos deseos como un vuelo.
El Rey.– ¿Más antojos tenéis, hijo devoto? No ha sido suficiente contento la noche que pasasteis con aquella desdichada campesina?
El Príncipe Dragón.– ¿Tal era? Ahora comprendo su sabor, pues disfruté por un segundo la limpia y calurosa paz de la campiña.
La Reina.– Retoño mío, no seáis desvergonzado.
El Príncipe Dragón.– Soy lo que quiero ser, señora madre; soy de carne y sangre, soy dragón, y mi faz no ha de cambiar ni con veinte o más doncellas que a mi boca lleguen.
La Reina.– Ay, hijo.
El Rey.– ¡Sois... un aborto, un engendro, un bárbaro!
El Príncipe Dragón.– No me dais nuevas noticias, padre; yo a vos en cambio os he insinuado ya un encargo.
El Rey.– Pues yo no entiendo de alusiones, hijo. Manifestad vuestra encomienda claramente.
El Príncipe Dragón.– Yo exijo, nada más, otra doncella.
El Rey.– Tendréis lo que deseáis si prometéis que con ella sí os desposaréis y desde luego que no la engulliréis.
El Príncipe Dragón.– No prometo, sino advierto, dulce padre; si no la tengo en mi cama por la noche... os arrancaré la cabeza, os cortaré las piernas y luego incendiaré el castillo. A vos, madre, os deberé quitar los ojos y daros, desde luego, mil azotes.
El Rey.– Se hará como queréis.
El Príncipe Dragón.– Sois tan gentil, oh padre. Madre...
La Madre.– Que la providencia os acompañe.
El Príncipe Dragón.– Así lo hará, pues soy sin duda alguna para ustedes, al menos mientras viva, la Providencia misma.


*** V ***
En la sala.
El Paje y la Reina en "labor de tejido".

El Paje.– ¡Y han sido ya más de cuarenta! Ellas aceptaban al principio bien dispuestas, claro; un príncipe no es cosa que se suela despreciar... Pero cuando la indiscreción de varios dio a conocer los... descalabros, pues nada, que las damas ya por temor, ya por agudo pánico, se han negado rotundamente a, digamos, "dormir" con el dragón.
La Reina.– El Príncipe.
El Paje.– El Príncipe, sí; pero al saber que su excelencia, vuestro hijo, es más dragón que príncipe, ninguna ha querido soltar prenda; por más que he ofrecido, que digo mil maravedíes, no, ni doblones, ni piezas de oro han aceptado.
La Reina.– Pues alguna deberá sacrificarse por el bien del Reino; y más, que el príncipe, su Alteza, ha amenazado con desollar vivo a su padre y obligarme luego a mí, oh infortunada, a portar la prenda real, como si fuera la piel de un animal, un zorro, cabritilla, vos sabéis... ¡Oh cielos!, ¡un abrigo con la piel de mi marido!, ¡habrase visto!
El Paje.– No olvidéis que como siempre, terminando con vosotros, seguiría con el castillo, y con nosotros, los muy simples mortales.
La Reina.– Eso, digamos, también sería una pena. Por eso os pido yo que prisa deis a vuestra empresa, y consigáis, con eficacia...
El Paje.– ¡Un capullo, una dama, una doncella!, ¿dónde habrá? Oh, aquí llega el Rey...

Entra el Rey y se sienta. Luego habla mientras ve, lujurioso,
revistas pornográficas. La Reina intentará quitárselas.

El Rey.– Yo conozco una muchacha, paje; digamos no muy bien, la he visto... Una pastora es... muy bella; sí,... bellísima. Quizá si yo mismo la buscara y aquí al castillo la trajera...
La Reina.– ¿Una pastora? ¿Vos mismo? ¿Bellísima? No me parece, el negocio, buena idea.
El Rey.– Tal vez será lo justo, reina; el paje ha demostrado ineptitud y displicencia en este encargo de encontrar mancebas.
El Paje.– Pues ya que vos, así parece, experto sois tanto en doncellas como, supongo, experto también en damas otoñales, por cierto encontraréis la discretísima mozuela que al dragón desatinado regocije, evitando de este modo vuestra muerte y, desde luego, que la reina tenga que portar la prenda más lujosa, vuestra piel.
El Rey.– Bueno será, entonces, que inicie ya mismo, luego, presto, tan osada diligencia...
La Reina.– No estoy de acuerdo. En todo caso si os place, yo misma estoy resuelta a acompañaros. Serán necesarios un séquito de quince damas, quince caballeros... un carruaje, veintiocho caballos. Habrá que llevar algo de comer. También será forzoso llevar algunas provisiones, por ejemplo...
El Rey.– Nada. Saldré ahora mismo y este paje, con todo lo que vale, será mi compañía. Vámonos, paje.
La Reina.– Venid acá, intento de aprendiz de gobernante. Si os atrevéis a cruzar las puertas del castillo sin mi consentimiento y compañía, soy capaz de... Rey, señor amado... Venid acá... No intentéis ni por sueño acercaros con malas intenciones a doncella alguna. ¡Esperadme! ¡Rey!... ¡Bastardo!

*** VI ***
En alguna calle de la ciudad. El Rey y el Paje azotan a un
pordiosero.

El Rey.– Entonces... ¿cuánto vais a pedir por vuestra hija?
El Pastor.– Vos sois el Rey; vos me podéis obligar a daros mi vida si es preciso.
El Paje.– Eso es cierto, Majestad. ¿Por qué no lo atormentáis y así seguro nos dirá dónde la oculta.
El Pastor.– Ya os he dicho que yo no la escondí. Ella se habrá metido abajo de la tierra, se habrá desfigurado la cara con vitriolo para no ser reconocida, se habrá fugado a otras lejanas latitudes, se habrá vuelto loca, ramera, pagana, perdida, hetaira, suripanta, meretriz... ¡Ay, hija!
El Paje.– A éste no hay más que darle latigazos; a vuestra futura nuera está injuriando.
El Rey.– Dale con ganas.
El Paje.– Arrodillaos, bastardo.
El Pastor.– ¡Ayy!
El Rey.– ¡Confesad!, ¿do se halla la muchacha?
El Pastor.– ¡Su reino no es ya de este mundo!
El Rey.– ¿Qué quieres decir?... ¿Acaso...? ¿Ha muerto la infeliz?
El Paje.– No veis que está mintiendo, majestad. Os quiere hacer caer en un engaño, un cuento.
El Rey.– En ese caso... ¡dale más fuerte!
El Pastor.– ¡Ayyy! (Se desmaya).



Entra la "Doncella", es una mujer de más treinta que viste
con harapos.

La Doncella.– Ya basta, padre mío. No sacrifiquéis vuestro cuerpo avejentado más por mí. No valgo así la pena. Señor Rey, su Majestad, decidle, que pare, a vuestro criado.
El Rey.– Criado, para.
El Paje.– Señor, soy paje real de vuestro reino, insigne paje, primer ministro, casi... No permitáis que una pastora vil me llame criado.
El Rey.– Esa pastora será mi nuera como tu mismo has mentado ya hace rato. Querida próxima pariente... Sabéis a qué he venido; ahorremos palabras, seguidme, que habréis de conocer muy pronto a vuestro ínclito consorte.
La Doncella.– Yo misma he de acudir y por mi propio paso; tan sólo permitid que de mi padre restañe las heridas que vos mismo causasteis.
El Rey.– Eso me parece un signo de nobleza; ¿será esta chica digna de mi real confianza?
El Paje.– ¿No veis que es una aldeana?
La Doncella.– Mirad, mirad a mi padre desmayado; solo, postrado en el suelo se ha quedado.
El Rey.– Bueno hija, debéis recordar que tenéis con nos una cita ineludible; si no acudís faltaréis a los principales códigos de urbanidad... ¿Y qué va a pensar la gente de vos, que soy una bellaca miserable como dijo el paje, indigna de cualquier respeto, indigna de ser la futura esposa del príncipe dragón... del príncipe heredero a todo... de aquel que?...
La Doncella.– No faltaré, rey soberano; os lo juro por lo más preciado de vuestra descendencia, vuestros futuros nietos que yo, os juro, prometo tener con vuestro hijo...
El Paje.– Pero...
El Rey.– Claro, hija... Mis nietos... Entonces hemos quedado en un acuerdo. Yo os espero en el castillo; atended ahora a vuestro padre.
La Doncella.– Así lo haré (vanse Rey y Paje).
Padre... Padre... Despierta, padre. Papá... Ya es tiempo de que despertéis, el Rey se fue. Oh padre mío, ¿por qué tenéis ese color tan azulado? ¿Por qué no respiráis? Acaso... ¡Oh! ¡Ha muerto el desgraciado!

*** VII ***
La "Doncella" vaga por las calles de la ciudad. Se encontrará
con una "Vieja Psicoanalista", disfrazada de pordiosera.

La Doncella.– ¡Ay de mí! Mi padre, muerto a latigazos. Mi destino en manos de un príncipe perverso que me despojará de vida, sueños... de mi virginidad inmaculada, tan ardorosamente guardada aun hasta agora. ¿Qué debo hacer, yo, huérfana tan desvalida, tan requerida del afecto más pequeño?
Vieja.– No sufras, pequeña; que yo he de socorrerte.
La Doncella.– ¿Vos? ¿Y por qué habría de ayudarme una anciana miserable? No me inspiráis, os digo, la mínima confianza.
Vieja.– Sí, pequeña, te lo aseguro, he trabajado en diversos negocios y afamados.
La Doncella.– Mencionad alguno.
Vieja.– No es cosa mía el divulgar tales enredos; secretos son de gente como tú, que motivada por problemas sin fin, sin aparente arreglo, han llegado hasta a mí en busca de serenidad a su conciencia y digamos, sobre todo, a su inconsciencia.
La Doncella.– Habláis de vero en términos profundos, ¿acaso sois astróloga?
Vieja.– No soy; mas conozco los caminos que han de transitar aquellos cuya condición se encuentra entorpecida por oscura sombra.
La Doncella.– Oh...
Vieja.– Tales seres se encuentran sometidos a una suerte de encantamiento o maleficio que los hace perjudicar a los demás, con gran dolor, puedes creer, para ellos mismos.
La Doncella.– ¿Un Maleficio? ¿Esa es la causa de mi enorme sufrimiento? ¡Ay cielos! Pero... que yo sepa no he hecho agravio a persona, animal o cosa alguna., al menos no tengo, no, no tengo yo esa idea.
Vieja.– No hablaba de ti, sino del Príncipe Dragón, que está bajo la influencia maligna de un hechizo. El seguirá atormentando a todos los hijos de este reino mientras no llegue una alma pura y sin dobleces como la que tú posees.
La Doncella.– Curiosa ayuda me otorgáis, vieja señora. Mi vida entera se encuentra amenazada por esa bestia pavorosa y aún así queréis ayudar al criminal y no a la víctima.
Vieja.– Dalo por cierto; tú sólo serás el instrumento que acabe con su pena, romperéis el hechizo en que se encuentra. Al mismo tiempo que lo salvarás del maleficio, hallarás la dicha que otorga la piedad... Y sobre todo: tu vida estará fuera de todo peligro.
La Doncella.– Ah, vamos... ¿Y qué debo hacer? ¿Darle veneno, estrangularlo, partirlo en mil pedazos?...
Vieja.– Uno de los mejores métodos es descuartizarlo, ciertamente, pero te juzgas capaz?
La Doncella.– No exactamente.
Vieja.– Pues será preferible elegir artes sutiles, seductoras. Deberás fingir amor apasionado por el Príncipe, para desnudarlo lentamente de cada una de sus nueve pieles.
Doncella.– ¿Qué?
Vieja.– Escucha y no me interrumpas. Para tu noche de bodas te pondrás diez, diez vestidos de tela majestuosa, uno encima de otro. Cuando el dragón intente desvestirte, deberás responder que tú misma lo harás, pero que a su vez él deberá quitarse una de las prendas que lo cubren. Esto lo llevarás a cabo hasta que te hayas quitado nueve vestidos, momento en el dragón no tendrá nada más de que despojarse y tú todavía estarás cubierta.
Doncella.– Es decir qué el estará desnudo y yo... !Oh virgen inmaculada!
Vieja.– Cállate y atiende...Cuando el dragón esté desnudo se encontrará totalmente a tu merced. Ahora, si de verdad deseas acabar con la maldición que pesa sobre él, deberás realizar otras hazañas... ¿Estás dispuesta?
Doncella.– Sí.
Vieja.– Pues entonces escucha con atención.

*** VIII ***
Días después, en algún lugar de la casa, antes de que inicie "la boda".

El Paje.– Y hay más su señoría... La muy doncella mandó pedir para esta noche ciertas prendas, que a decir verdad parecen cosas de una misa horrenda. Ha mandado pedir diez, ¡diez vestidos!, hechos con la tela más pura, la más blanca. Además... ramas de encino, ¿o avellano? ...mojadas en lejía.
El Rey.– ¿Lejía?
El Paje.– Jabón, su majestad, una herejía.. Eso sin hablar de varios litros de leche hirviente y endulzada que no acierto a distinguir para qué sirva, si no es para beber... Con todo eso, yo bien pudiera pensar que es una bruja y que algún daño terrible, se atreva, infligir, a vuestro hijo.
El Rey.– No puedo creer tales historias... En todo caso recordad que el pavoroso engendro, mi hijo, no ha tenido muy buen comportamiento que digamos. Y ella es tan bella, tan lozana.
El Paje.– Yo no diría tanto. Y digo más, que es una criada.
El Rey.– Pues yo diré sucintamente que os calléis y muy presto os larguéis por los palomos que la ceremonia va a empezar.
El Paje.– Presto voy, su majestad.
El Rey.– Y decidle a la reina que se apure.
El Paje.– Sí.

*** IX ***

En la "iglesia", que es en realidad la capilla de la casa
("todo queda en familia"), los reyes aguardan a los novios y al oficiante, el Paje, que estará evidentemente disfrazado de cardenal apostólico).

La Reina.– Oh, majestad, ¡las bodas me emocionan tanto! ¡Cuántos recuerdos despiertan en mí tales sucesos! Alguna vez vos mismo, algo más joven, y yo, un poco más hermosa, vivimos estos momentos de celebración, de gozo, que sin duda nuestro hijo y su futura esposa sabrán reconocer como es preciso.
El Rey.– Pero señora, si no supiéramos que tales nupcias serán seguidas del duelo por la novia, muerta, desaparecida en el estómago feroz de nuestro hijo la noche misma en que gozar debieran de sus nuevos lazos; si por lo menos la muchacha se convirtiera en la futura reina, madre dichosa de nuestros nietos anhelados... pues yo me encontraría muy dispuesto a gozar de estos eventos...
La Reina.– Ah, claro, es una pena. Pero mirad... Aquí se acercan los palomos... ¡Que toquen los músicos una marcha singular!... (Se escucha una Marcha Fúnebre) ¡Bravo!, ¡vivan los novios! ¡Viva nuestro reino!
El Paje–Sacerdote.– Estamos aquí reunidos ante los máximos dignatarios de este imperio, así como ante testigos sin mácula, todos ellos capaces de reconocer el noble matrimonio de vosotros hijos: Una adorable doncella y un... príncipe dragón, su alteza, cuyos méritos no me atrevería a pormenorizar, pues son tantos y variados que... Desde los comienzos de la Historia hemos sabido apreciar...
El Príncipe Dragón.– Sí, sí... menos palabras, paje–párroco. ¿Qué sigue? Un beso, ¿no es así? Vamos doncella, recibe de mi amor mis dulces besos.

El príncipe persigue a la doncella,
con obvia intención sexual.

La Doncella.– ¡No! Por cierto, prefiero bailar con vos alguna pieza.

Música. Mientras Rey, Reina y Paje bailan una curiosa
coreografía, muy simple; el Príncipe Dragón realiza una
obscena, casi pornográfica rutina, frente a la doncella.

El Rey.– Pero mirad, el baile ha terminado, demos nuestros buenos deseos a los novios.
La Reina.– Oh hijos, qué baile tan... original el vuestro. ¿Por qué no hacemos un brindis por vuestra felicidad y luego nos deleitan con otra muestra de vuestra danza singular?
El Príncipe Dragón.– ¡Nada!
El Rey y el Paje.– ¡Eso es, un brindis!
El Príncipe Dragón.– ¡Dije que Nada!
La Doncella.– Pero, alteza mía... No os gustaría celebrar, con vuestros padres, nuestro encuentro feliz y seguramente venturoso.

El Príncipe, rabioso, gruñe amenazante.
Todos caminan tratando de encontrar un lugar seguro.
Finalmente, la "bestia", toma del cabello a su "nueva esposa"
y le dice:

El Príncipe Dragón.– ¡No veis que no soporto estos ambientes! Tonta mujer, ¿no comprendéis que lo que quiero es marcharme, sin más, a nuestra alcoba?
La Doncella.– ¡Sois tan romántico!
El Príncipe Dragón.– Callad y seguidme en un instante. Si no venís como una exhalación a mi aposento, arrastraré vuestro cuerpo hasta la torre, ahí os arrancaré el cabello, os quemaré los ojos y luego devoraré tus entrañas lentamente; arrojaré finalmente el tronco sangrante, lastimoso, al foso del castillo, para alimento, sí, de mis hermanos más queridos, los reptiles. (Sale el Príncipe Dragón)
La Doncella.– Señores, compermiso, ha sido un gran placer.
El Rey.– Adiós muchacha.
La Reina.– Hasta luego.
El Paje.– Adiós.


*** IX ***
En la "recámara" del joven.
El dragón entra cargando a la doncella. No sabe dónde "colocarla" y la deja un instante en el suelo, luego va por un "lecho". Lo coloca en el suelo y se acuesta invitando, lascivo, a la doncella.

La Doncella.– Dulce señor, ya que mi fin cercano está... Lo sé pues no estoy ajena a vuestras artes mortales amorosas, permitidme, os ruego, este deseo...
El Príncipe Dragón.– Ninguna petición será escuchada. Tiéndete en el lecho que a acabar contigo, y con tus vanos intentos de impedirlo, voy dispuesto.
La Doncella.– Lo haré sin duda, os lo prometo; pero... Singular deleite causaría, en mí, que dejaras de lado vuestra ropa, y luego yo, también despojaré de mi cuerpo este vestido que me estorba.
El Príncipe Dragón.– Pareciera que dispuesta estáis a disfrutar de esta aventura que, al menos para vos, será la última. Me despojaré de mi ropa, que es envoltura singular como sabéis. (Se quita el saco.)
La Doncella.– Ahora quitaré yo mi camisa. Así, desnuda, veréis que soy la amante fiel que siempre habíais deseado. (Se quita el primer vestido)
El Príncipe Dragón.– Mas no veo, ni asomándome a ese cuerpo voluptuoso, vestigios de piel o de sudor alguno, ¿acaso estáis hecha de tela? ¿acaso vuestra dulce piel es de algodón, doncella mía?

La Doncella.– No más que vos, alteza mía, estáis cubierto de membranas raras. ¿Qué es esta dura piel si no?, ¿qué puede haber debajo?
El Príncipe Dragón (Se quita los zapatos).– Descubriréis que esta piel encierra más sensualidad de la que hubierais podido imaginaros. Pero, ¿qué pasa?, debéis a vuestra vez quitaros esa prenda, ese impuro vestido que cubre vuestro cuerpo, ¿qué esperáis?
La Doncella (Segundo vestido).– Ya está. Y seguimos tal como antes, pues no sabría decir si lo que veo es la envoltura de un pez, o de un lagarto, o una serpiente... No mostráis sino algo parecido al escamoso pellejo de un dragón, en fin.
El Príncipe Dragón.– ¡Pues qué esperabais! Por mi parte yo no alcanzo a distinguir mas que un tejido que me enreda, y que me quiere hacer caer. Confesad, ¡qué sortilegio tramas!
La Doncella.– ¡Oh seductor misterio!, ¡oh lamentable hechizo!
El Príncipe Dragón.– ¿Vos misma habláis de encantamientos, bruja? Terminaré contigo y tus malignas artes! ¡Venid a mí, que he de tragarte!
La Doncella.– Acabad conmigo amado mío, que luchar no quiero con vos, que sois sin duda mi destino, mi amor, mi Dios en suma.
El Príncipe Dragón.– ¿Es cierto cuanto escucho? ¿No teméis, de mí, la muerte más atroz?
La Doncella.– No, porque en verdad os amo.
El Príncipe Dragón.– Nunca esperé palabras tales; no sé qué debo hacer, el único apetito que concibo es devorarle todo el cuerpo; no quiero esta confusión que a mis entrañas viene.
La Doncella.– Acabad conmigo, lo deseo, pero antes debéis gozar del cuerpo que te espera; yo a mí vez quiero sentir, es una súplica, tu cuerpo desnudo en viva piel sobre mi carne fresca.
El Príncipe Dragón.– Muy bien, doncella; mas deberéis quitaros ahora vos primero ese vestido.
La Doncella.– Así lo haré. (Se quita el tercer vestido.)
El Príncipe Dragón.– Y yo a mí vez... (Se quita la camisa.) Mas no veo aún la piel desnuda.
La Doncella.– Hagamos otro intento. (Cuarta vestido.)
El Príncipe Dragón.– De acuerdo estoy y ansioso. (se quita unos tirantes)
La Doncella.– Parece que es preciso quitar de cada lado alguna prenda más. (Quinto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita los pantalones.)
La Doncella.– Alguna otra, es necesario. (Sexto vestido.)
El Príncipe Dragón.– Sí. (Se quita un calcetín). Alcanzo a distinguir una pasión que nunca concebí por gente alguna; quitaos ya todas las prendas que os faltan, pues súbita emoción me invade el ser, y no sabría continuar con este asunto, sin lanzarme sobre vos y someteros al abrazo más intenso que pudo sospecharse jamás sobre este mundo.
La Doncella.– Calma, mi señor, y quitaos esa piel bestial que os falta, yo quitaré a mí vez ésta que agobia, que entorpece. (Séptimo vestido.)
El Príncipe Dragón.– Hecho está. (Se quita el moño.)
La Doncella.– No es suficiente, mas parece que con una... (Octavo vestido.) ...todo comenzará para el amor, el nuestro, como jamás imaginasteis.
El Príncipe Dragón.– Con ésta... (Se quita el segundo calcetín.) ya son ocho las pieles que cubrían mi cuerpo de dragón, no creo que falte alguna.
La Doncella.– Yo veo que sí, también a mí me sobra esta novena, la arrojaré, mas pediré que vos lancéis primero.
El Príncipe Dragón.– No aceptaré si no lo hacemos a la vez.
La Doncella.– Muy bien, hagámoslo los dos al mismo tiempo.


La Doncella se quita la camisa número nueve y todavía
conserva la décima, el Dragón parece que va a quitarse los
calzones, cuando quita, en un gesto orgásmico,
su "última piel", la máscara.

El Príncipe Dragón.– Doncella, qué habéis hecho.
La Doncella.– Esta es vuestra noche de bodas conmigo, recibidla.

La Doncella va por un atado
de ramas secas y comienza a golpear,
sin piedad, al Dragón.

El Príncipe dragón.– He de matarte. No diré más.
La Doncella.– No podéis hacer más daño. Con estas ramas de encino hago olvidar cada uno de vuestros crímenes. Destruyo un falso ser. Acabo con tu maldición.

La Doncella pega sin piedad al cuerpo del Dragón
hasta que ambos quedan exhaustos.

La Doncella.– Venid acá... necesitáis un baño; sumergíos dulcemente en esta tina que por agua tiene un mar de leche hirviente; os dormiréis después conmigo en un abrazo, ¿os place?
El Príncipe Dragón.– El baño es tan ardiente como el fuego y sin embargo me conforta, me sumerge en mí mismo y no sabría decir ya nada más con un sentido; quiero dormir profundamente.
La Doncella.– Son esos deseos que hago míos y serán cumplidos en este mismo instante. Venid a descansar marido. En este lecho despertaremos mañana en una nueva historia, seremos los futuros Rey y Reina, gobernaremos en este imperio cuando los viejos reyes falten; ya lo verás. Ahora, mi príncipe dragón, podéis dormir.


*** X ***
A la mañana siguiente; en el jardín...

El Rey.– Y... ¿habrásela comido?
El Paje.– Sin duda.
La Reina.– Pobre muchacha, tan grácil, tan esbelta... Es una lástima que haya muerto, la pobre, de ese modo.
El Rey.– Lo cierto es que el príncipe, el dragón, no ha salido todavía de su habitación, ¿qué habrá pasado?
La Doncella.– Señores, parientes míos tan dilectos, heme aquí. Yo sé que gusto os causará saber que mi vida no ha expirado, y que el dragón...
La Reina.– Es una arpía, lo dicho: ¡lo ha matado!
El Rey.– ¿Es eso cierto, pequeña, lo habéis asesinado?
El Paje.– Eso está claro, mirad: en su sonrisa satisfecha muestra la falta, el crimen, el delito, la infracción, la fechoría.
El Príncipe.– Yo no diría tanto.
Todos.– Oh... (El "príncipe" llega convertido en un absoluto imbécil: viste, habla y camina como un "Forrest Gump". Por otra parte, no tiene un pelo de tonto.)
La Reina.– ¿Y quién es este hermoso joven que se atreve a irrumpir la paz de este castillo?
El Príncipe.– Madre, ¿no reconocéis a vuestro hijo?...
La Reina.– Es cierto, el alma me lo dice, me grita. Venid acá oh sangre mía, dad un abrazo a vuestra madre que os adora.
El Rey.– ¿Ese es el príncipe?
El Paje.– Sin duda, majestad; eso es tan evidente como que vos sois el Rey y yo, pues yo soy un paje miserable.
El Príncipe.– Padre, y vos, no abrazáis a vuestro hijo.
El Rey.– No sé... Si vuestra madre os reconoce... Pues con eso a mí me basta...
El Príncipe.– Pero, majestad, oh padre mío...
La Reina.– ¡Marido!
El Rey.– ¡Ven a mis brazos, muchacho!
El Príncipe.– ¡Padre!
La Reina.– Bueno, pues ahora que el asunto, por fortuna, se ha resuelto, no os queda más que abandonar este lugar que sin dudarlo fue eventual, fue pasajero.
El Rey.– ¿A quién le habláis así?
El Príncipe.– ¿A mí?
El Paje.– ¿A mí?
La Doncella.– No, a mí... que por lo visto no tengo mucho que hacer en este sitio, adiós, me marcho.
El Príncipe.– Pero prenda mía, que decís, venid acá. Madre, tened cuidado con lo que decís.
El Rey.– Oh, sí.
El Paje.– Su majestad, debería tener cuidado.
La Reina.– Habría que meditar sin duda en el enlace que tuvisteis con esta linda muchacha, bondadosa sí, pero yo, como podréis imaginar, deseo para vos una princesa.
El Paje.– Claro, una real dama de corte muy lejana.
El Rey.– Querida, callada quedarías mejor.
El Paje.– Sí.
El Rey.– Y vos también, paje.
El Príncipe.– Madre, padre... Mal parece que escucharon mis oídos alguno que otro desatino seguramente nacido de mi imaginación y fantasía. Vos, esposa mía, no escuchaste oposición alguna, de nadie, ¿no es así?
La Doncella.– Oh, no, mi dueño y mi señor.
La Reina.– Pues yo digo que...
El Príncipe.– Padre mío, desde luego vendrán los tiempos en que vos, lo que sabéis, me lo enseñéis como es debido.
El Rey.– Será un placer, oh príncipe.
El Príncipe.– Madre mía, vuestra experiencia y artes son fuente inagotable que, sin duda, y con vuestro seguro beneplácito, sabréis transmitir a la princesa.
La Reina.– ¿Yo?
La Doncella.– ¿A mí?
El Paje.– A cuál princesa.
El Príncipe.– ¿Madre, verdad que estáis de acuerdo?
La Reina.– Oh... sí... sabré muy sabiamente conducirla con sabiduría, con fuerza y generosidad, ¿verdad, oh hija mía?
La Doncella.– Oh, claro, madre.
El Rey.– Pues no se diga más, hemos de celebrar como es preciso estos sucesos, vayamos todos juntos al salón principal de este castillo.
El Paje.– Señor, debo decir que ha tiempo que sucio y olvidado está ese sitio.
El Príncipe.– No hay de qué preocuparse, Paje.
El Rey.– No, vos limpiaréis muy bien si eso es preciso.
El Paje.– Algún malestar siento en el vientre y no sería prudente en esta parte decir abiertamente lo que opino.
El Príncipe.– Vamos, padre querido.
El Rey.– Vamos, vayamos todos juntos.

Salen Rey, Príncipe y Paje.

La Reina.– Antes que entremos, hija mía, y ya que sabiamente hemos logrado establecer lazos dichosos. Ahora, como signo de amistad, os mostraré mis más íntimos, magníficos, tesoros.
La Doncella.– Oh, gracias, madre.
La Reina.– ¡Mis rosales!
La Doncella.– Son tan... ¡hermosos!
La Reina.– Y hay algo más, como veréis, si hacéis conciencia: dos tipos de rosa son las que cultivo: blanca y roja; dos colores. Son manjar de dioses, así, sin cocinar, tiernas y frescas.
La Doncella.– ¿De verdad?
La Reina.– El mejor sabor nace al probar la unión de ambas delicias en un solo bocado.
La Doncella.– Oh, nunca lo hubiera imaginado.
La Reina.– Tomad, y vayamos con mi gran marido el Rey, también con vuestro príncipe.
La Doncella.– Notarán que hemos tardado...
La Reina.– Comedlas, si queréis, muy lentamente; más tarde, si gustáis, regresaremos por más a este jardín, y a vuestros antojos daremos, si es preciso, pronto fin.
La Doncella.– Vayamos.
La Reina.– Sí.

FIN.

Ciudad de México



Amor tal, de Benjamín Gavarre

















Amor Tal,
de Benjamín Gavarre

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Personajes:



Astrid
Lucía
Carlos
Héctor



CUADRO I


DE VIAJE

ESCENA I


El escenario a obscuras. Al encenderse la luz vemos una pequeña isla con palmeras donde se encuentra Lucía, una mujer de veinticinco años, vestida al estilo de los años 20’. Lleva gabardina, un paraguas abierto y un bolso de mano. Mira al mar, esperanzada por el arribo de un barco.
Entra al escenario, el mar, Héctor. De treinta, con aire de intelectual. Viste de negro. Camina muy lentamente, la mirada al frente, jalando una cuerda que se desprende de la proa de un barco velero rodante. Al ver a Lucía, se detiene y la observa, analítico.


LUCÍA Y HÉCTOR
Lucía.— Si por ejemplo te llamas ése, el otro, aquél... el que esperaba.
Héctor.— Me llamo Héctor; ¿tú me conocías?
Lucía.— Te imaginaba. Eras moreno, eras un abismo, usabas lentes, caminabas lento.
Héctor.— ¿Todo eso? Yo también te imaginaba; Me acuerdo que usabas una gabardina con el cuello alzado; tenías prisa. La boca, roja. ¿Y te llamabas...?
Lucía.— ¿Lucía?
Héctor.— No, pero Lucía está bien. ¿Quieres viajar conmigo?
Lucía.— Sí.
Héctor.— ¿Sabes que podría hacerte mucho daño?
Lucía.— No lo creo; tienes toda mi confianza.
Héctor. — ¿Por qué?
Lucía.— Quiero tenerla; con eso me basta.
Héctor.— ¿Segura?
Lucía.— ¿Nos vamos?
Héctor.— ¿Por qué no?

Lucía deja la pequeña “isla”. Héctor sin esperarla reanuda su “viaje”. Lucía camina detrás del barco-velero. La luz baja hasta que veamos apenas en silueta a la pareja.

ESCENA II
Se ilumina un área del escenario donde vemos una pequeña estación de tren: taquilla, una banca y un fragmento de vía. Entra Carlos con dos maletas, es infantil a pesar de tener treinta y tantos años. Es guapo y desenfadado; viste de manera estudiadamente casual. Se sienta en la banca. Entra Astrid y compra dos boletos; es una mujer madura, como en sus cuarenta y tantos, alta, maternal y emprendedora. Se sienta al lado de Carlos sin dejar de mirar si el tren se acerca.

ASTRID Y CARLOS
Astrid.— ¿Y trajiste el cepillo, el espejo, el deseo, la toalla, los papeles secos?
Carlos.— No estoy seguro; habrá que buscar (abre su maleta). Traigo, déjame ver: el deseo, las camisas dobladas, las sábanas, los naipes... ¿Quieres jugar?
Astrid.— Si no haces trampa, Carlos.
Carlos.— Ese es el riesgo, Astrid. Haga su juego, señora: ¡pokar con comodín al centro! ¿Apostamos algo?
Astrid.— No, rotundamente no, y no me trates de convencer.
Carlos.— De todos modos, hay algo que debes recordar: flor imperial de corazones rojos mata cualquier cosa (reparte las cartas).
Astrid.— ¿Y por qué no dices flor de corazones negros? O flor imperial, simplemente.
Carlos.— Porque no hay ni que decirlo: los humores negros siempre matan, son melancolía, o peor aún, tristeza.
Astrid.— No importa, siempre quedan los diamantes: poderosos, rabiosos. ¿Esos tienen buen humor?
Carlos.— Rojo, ¡tienen humor rojo! ¿Vas a cambiar alguna carta?
Astrid.— Deja que vea mi juego.

Mientras Carlos y Astrid juegan a los naipes, Lucía y Héctor entran al escenario con el pequeño barco velero. Lucía lo conduce, jalando de la cuerda que sale de la proa; Héctor mira al cielo con un catalejo.

Lucía.— ¿Vamos bien?
Héctor.— No lo sé; ¿estás cansada?
Lucía.— No, ¿cómo crees?
Héctor.— Vamos a quedarnos aquí.
Lucía.— ¿Para viajar a la deriva?
Héctor.— No, para pensar a dónde iremos.

Lucía aborda el barco velero y mira el agua inmóvil; de vez mira a Héctor que sigue observando el cielo. Finalmente Héctor se aburre y toma un libro; Lucía, toma el catalejo y mira con él al cielo.

Lucía.— Héctor, ¿y la Cruz del Sur?
Héctor.— (concentrado en su lectura) ¿Qué?
Lucía.— No la veo por ningún lado. Esa debe ser Pegaso y la de abajo Casiopea, pero la famosa Cruz... nada. ¿Qué le habrá pasado?
Héctor.— (académico; siempre leyendo) Estará en el Hemisferio Sur, supongo, Lucía; cerca de Centauro que tampoco se puede ver aquí.
Lucía.— Ah... ¡gracias, mi querido astrónomo! (Sigue observando) Perseo, Andrómeda... ¿ésas dónde quedan, sabio?
Héctor.— Junto a Pegaso y cerca de Casiopea.
Lucía.— Adoro los nombres de las constelaciones: Hydra, Orión... Hércules…    ¿Tú no?
Héctor.— Sí, yo también los “adoro”.

Llueve. Lucía abre un paraguas y cubre a Héctor, quien sigue leyendo.


ESCENA III

ASTRID Y CARLOS

Carlos, interesado sólo en el juego de naipes; Astrid, harta, se levanta y mira si el tren se acerca; decepcionada se vuelve a sentar.

Carlos.— ¡Flor imperial! ¿Y tú?
Astrid.— Dos.
Carlos.— ¿Dos qué?
Astrid.— Dos cartas.
Carlos.— ¿Otra vez quieres cambiar?, te acabo de dar cuatro; o qué, ¿sólo hiciste un par?
Astrid.— No. Tengo... Tercia de...
Carlos.— Déjame ver... Tienes dos hermosos pares; lo siento, te gané otra vez....
Astrid.— Carlos, alguna vez has sentido que esperamos siempre trenes, corremos velozmente en trenes, descendemos y caminamos de prisa, llegamos tarde y no importa, pues nada pasa. Tomamos de nuevo el tren, tristes, ya ni siquiera la prisa nos ayuda; descendemos y caminamos lentamente, decepcionados por no haber hecho gran cosa.
Carlos.— ¿A qué viene eso?
Astrid.— Olvídalo.
Carlos.— Voy a jugar un “solitario”, ¿quieres que te enseñe?
Astrid.— Eres un imbécil... estaba hablando de otra cosa.
Carlos.— Los trenes, sí; pero nosotros no tenemos prisa.
Astrid.— ¿Nosotros?

Sonido de tren, preparan sus maletas y esperan tensos, silenciosos.


ESCENA IV

HÉCTOR Y LUCÍA

A la deriva. Héctor mira al cielo. Un pequeño avión cruza el escenario. Lucía conserva el paraguas abierto.

Héctor.— Mira, Lucía: un avión. Míralo. Nosotros aquí tan lentos y ese montón de fierro muy pronto tal vez cruce Panamá. ¿Y quién sabe? A lo mejor llega hasta la Tierra del Fuego y ahí: ¡Paf!... Se estrella con tu Cruz del Sur: ¡Puaf! ¡Scrash! (Pausa). Lucía... ¡Lucía! ¿No vas a cerrar tu paraguas? Ya dejó de llover.
Lucía.— Sí. (No cierra nada. Baja del “barco” y aterrada, grita…) ¡Héctor!
Héctor.— Aquí estoy.
Lucía.— Sentí que el mar me iba a tragar.
Héctor.— (Héctor va con ella) Si estuvieras sola, ¿podrías sobrevivir?
Lucía.— Puede ser, pero estoy contigo.
Héctor.— (pausa) Tienes que aprender a nadar. A nadar sola en el mar, en cualquier mar.
Lucía.— El mar es grande.
Héctor.— Nadar es como conducir. Hay que saber hacerlo. Solo. Y tal vez acompañado. Pero nadie puede vivir por el otro.
Lucía.— (pausa) A ti te da lo mismo que estemos juntos, ¿no es así?
Héctor.— Esa conclusión es tuya; estoy contigo porque lo deseo.
Lucía.— ¿Y si me tragara el mar?
Héctor.— No lo hará si eres lo bastante fuerte.
Lucía.— Si no lo soy, ¿me vas a ayudar?
Héctor.— No me gustan las promesas.

Sonido de barco y tren. Vemos a Carlos y Astrid jalando un pequeño tren hecho a escala. Lucía y Héctor tiran de la cuerda que sujeta a su hermoso barco velero.
OSCURO.

CUADRO SEGUNDO
PLAYA

ESCENA I
Al encenderse las luces vemos una playa donde las dos parejas coinciden. Se trata de un lugar ideal, una playa desierta donde se puede descansar a gusto: mar, brisa, palmeras, algunas enramadas, hamacas y un bar-bufete donde todo el tiempo hay comida y bebida para satisfacer las los deseos de los huéspedes, las dos parejas que, sin lugar a dudas, son los únicos que se encuentran en este “paradisíaco” lugar que podría ser la fusión entre una playa de excursionistas y un lujoso hotel donde todo está incluido. Es importante señalar que todos los muebles diseñados para crear los espacios escenográficos son practicables; entran y salen con facilidad, por medio de ruedas o por medio de lo que la imaginación mande.


HÉCTOR Y LUCÍA ACOSTADOS EN SUS RESPECTIVAS HAMACAS.

Lucía.— Proposición número uno: La mujer impulsa al hombre. Dos. El hombre es el proveedor de la mujer.
Héctor.— Número dos y medio: El hombre no puede ser cualquier imbécil.
Lucía.— Lo que Héctor ignora es que yo siempre tomo el mando, pero dejo que él siga pareciendo el más fuerte.
Héctor.— ¿Por qué tengo que solucionarle la vida a Lucía? ¿Acaso yo pido que alguien me la solucione?
Lucía.— Héctor a veces se comporta como un niño, quiere que yo lo proteja, incluso que yo le haga el amor. No sólo que le haga el amor, quiere que vaya en contra de mis deseos.
Héctor.— Ser parejos, al menos eso me gustaría más. ¿O por qué, si no, el nombre de pareja?
Lucía.— Héctor es egoísta.

CARLOS Y ASTRID EN EL BAR-BUFETE.
Carlos.— Soñé con mi maestra de primaria, ella me mantenía y eso me avergonzaba, sin embargo yo no podía hacer nada para que la situación cambiara.
Astrid.— Sueño o no, algo debe haber detrás. Algo debes superar.
Carlos.— No empieces con tu psicoanálisis.
Astrid.— Es claro que simbolizas a tu mujer interna a través tu maestra.
Carlos.— ¿Mujer interna? No digas pendejadas.
Astrid.— Mira, Carlos. El hombre que hay en ti... tendría que vencer al adolescente que insiste en hacer travesuras para liberarse de su detestada imagen materna, es decir tu maestra, es decir yo.
Carlos.— Oooh...
Astrid.— Aunque te burles; el día en que puedas de verdad amarme será ése en el que no me necesites.
Carlos.— ¿Quién necesita a quién? Si yo soy un adolescente tú eres una corruptora de menores.
Astrid.— Te has visto al espejo, Peter Pan. Ya no tienes dieciocho años.
Carlos.— Pues no... Tal vez. Pero me siento de quince.
Astrid. — No te subestimes. Yo te calcularía hasta... unos ocho.
Carlos.— (Molesto) Ja, ja.

LUCÍA Y HÉCTOR CONTINÚAN EN LAS HAMACAS, SIN EMBARGO LUCÍA SE INCORPORA Y VA A MECER A HÉCTOR.

Lucía.— Ya no te conozco. Parece que siempre estás en otra parte. ¿Por qué no me dices lo que de verdad sientes?
Héctor.— No fastidies.
Lucía.— Aparentas ser oscuro, complicado, inaccesible; siempre sumergido en tus notables, racionales, pensamientos.
Héctor.— ¿Y qué más?
Lucía.— Detrás de esa apariencia de complejidad creo que no hay nada en absoluto.
Héctor.— Así es, le diste en el clavo. No hay gran cosa, Lucía; no oculto ningún misterio. En el fondo de mí sólo existe un horrendo vacío.
Lucía.— Cállate, no me gustan ese tipo de bromas.
Héctor.— ¿Quién está bromeando?

ASTRID Y CARLOS. LEVANTAN LOS PLATOS Y LIMPIAN LO QUE NO TIENEN QUE LIMPIAR.

Astrid.— No, Carlos; tienes que cambiar; me siento como si fuera tu madre.
Carlos.— Ya cállate.
Astrid.— Ya ni siquiera hacemos el amor como antes; ya ni siquiera hacemos el amor.
Carlos.— ¿No? ¿Y cómo le llamas a lo que hicimos anoche?
Astrid.— Fue un excelente masaje, Carlos; gracias.
Carlos.— Astrid, no me presiones, ¡estoy harto!
Astrid.— El señor está harto, al señor le hablan sus amantes a mi propia casa, hace citas con ellas casi en mis narices, pasa las tardes con ellas, llega muy noche, cansado, y me dice que no lo presione. Por lo menos podrías disculparte.
Carlos.— ¿Estás conmigo, no? Eso debería bastarte.
Astrid.— Eres un imbécil.

LUCÍA Y HÉCTOR.

Lucía.— Deberíamos tener un hijo.
Héctor.— No jodas.

CARLOS SE SIRVE UN PLATO DE FRUTAS Y CUANDO LO CUBRE CON CREMA BATIDA EXPRESA COMO ROTUNDA CONCLUSIÓN DE SUS PENSAMIENTOS:

Carlos.— Tú sabes que eres la única mujer, las demás son pasatiempos.
Astrid.— Sí, soy la única, pero la única pendeja que te aguanta.

LUCÍA LLEGA AL BAR BUFETE Y PREPARA DOS COCTELES. ASTRID Y CARLOS LA OBSERVAN Y ELLA REACCIONA INCÓMODA.

Lucía.— Hola.
Carlos.— Hola.
Lucía.— ¿De la ciudad?
Carlos.— ¿Que si somos de allá…?
Lucía.— Sí, claro, eso pregunto.
Carlos.— Pues sí, somos... de la ciudad... de cual, de la única claro, ¿hay otra No.
Lucía.— Son de México, verdad. Se les nota.
Carlos.— De plano. Pues así es, de allá somos.
Lucía.— En qué colonia viven.
Astrid.— Coyoacán.
Lucía.— No es cierto. Nosotros nos vamos a mudar a una cuadra del Centro. Cerca del Parnaso.
Astrid.— Qué inspirador.
Lucía.— ¿También de luna de miel?
Carlos.— ¿Ustedes sí?
Astrid.— Nosotros más o menos.
Lucía.— Pero son novios.
Carlos.— Estamos enamorados, sí. En—amor—a—dos.
Astrid.— No le creas. Nos acabamos de conocer.
Carlos.— Tenemos cinco años juntos. Nos vamos a divorciar.
Astrid.— Nos vamos a separar. Carlos va a seguir viendo a sus amantes y yo, pues tendré que conseguirme alguno.
Lucía.— Nosotros sí estamos de luna de miel... ¡Héctor!
Héctor.— ¡Voy!
Astrid.— ¿Se llama Héctor tu esposo?, ¡qué gracioso!
Lucía.— ¿Dónde está la gracia?
Astrid.— No te molestes, es un chiste privado, me acordé de un novio que tuve.
Carlos.— Debes disculpar a Astrid. Es psicóloga... (Ante la mirada severa de Astrid) Perdón, es psicoanalista.
Lucía.— ¡Héctor! Ven pronto. (a Astrid) Héctor necesita ayuda profesional.
Carlos.— ¿En su luna de miel?
Lucía.— No claro. Aunque no estaría mal. ¿Cobras muy caro?
Astrid.— Depende del paciente. Pero, tranquila. Estamos de vacaciones.


HÉCTOR SE ACERCA SIN DECIR PALABRA. SE TOMA EL COCTEL QUE PREPARÓ LUCÍA.

Astrid.— Hola, ya conocemos toda tu historia.
Héctor.— Les dijo que estábamos de luna de miel. No lo crean. Lucía miente porque es muy sociable.
Carlos.— Nosotros estamos en una No-luna-de-miel.
Héctor.— Por favor no vayas a decir que es como el “No cumpleaños”. Me resulta un tópico insufrible, como la lunita de miel.
Astrid.— ¿De malas?
Héctor.— Ya ves.
Astrid.— Las personas inestables no suelen ser amables, dicen inmediatamente lo que piensan.
Héctor.— ¿Leíste eso en un manual de psicología barata?
Astrid.— No. Lo oí al pasar; lo decía un inestable.
Héctor.— Entonces soy inestable. ¿Quién no lo es?
Carlos— El Papa, el presidente, mi psicoanalista.
Héctor.— Recomiéndame a tu psicoanalista, ¿quieres?
Carlos.— Ahora mismo. Es ella. No es recomendable... digo, que lo sea mi mujer, pero así es. Astrid, por cierto, es muy recomendable, digo, como profesional, como psicoanalista.
Astrid.— Carlos, cierra la boca.
Lucía.— Hablábamos precisamente de que te podía dar consulta. Son de Coyoacán. Ya les dije que nos mudamos para allá.
Héctor.— Quizá cambiemos de planes. Se ve que son muy desagradables. (Toma un trago y los sorprende con una sonrisa encantadora) Salud.
Carlos.— Nada más espera que tengamos con qué brindar. (Toma una botella, empieza a servir y bebidas para todos) ¿Todos toman? Sí, verdad. Salud, por su luna de miel. O por su no luna.
Lucía.— (Ante la mirada de reproche de Héctor) ¡Qué!, ¿puedo vivir mis fantasías?
Héctor.— (a Astrid) A ver si le das consulta. Ella sí lo necesita.
Lucía.— Pues a ver si vamos juntos, papito.
Carlos.— ¿Un cigarrín?
Héctor.— Ofreces o pides.
Carlos.— No, qué pasó.
Héctor.— Porque yo tengo.
Carlos.— ¿Cigarros?
Héctor.— Mira, tú acompáñame.

Lucía y Astrid se quedan solas. Se analizan en silencio y luego inician una conversación que se acaba con un oscuro. Carlos y Héctor se van a las hamacas. Héctor saca una pipa y Carlos se emociona porque confirma que su nuevo conocido fuma mariguana. Héctor fuma con tranquilidad mientras Carlos espera ansioso su turno, que por fin llega.
Héctor.— ¿Músico, arquitecto, cineasta?
Carlos.— (Después de fumar) ¿Yo? Por lo pronto vivo de las mujeres; concretamente de mi mujer. ¿Tú?
Héctor.— Doctor.
Carlos.— No tienes pinta.
Héctor.— En filosofía.
Carlos.— Yo me doctoré en orientación vocacional, digo, es un decir. La verdad siempre quise ser beisbolista. Filosofía fue una de las carreras que quise estudiar. Y la estudié. Dos años. Aunque nunca iba. Luego estudié historia. Aunque no ejerzo. (Pausa) ¿Y tú a qué te dedicas? (Ante la mirada seria de Héctor.) No, no, ya sé. De verdad. ¿Trabajas de maestro?

ASTRID Y LUCÍA VAN HACIA DONDE ESTÁN CARLOS Y HÉCTOR. ASTRID FUMA DE LA PIPA DE CARLOS SIN DECIRLE NADA. LUCÍA RECHAZA LA PIPA.

Astrid.— (en aparte a Lucía) Carlos, sin embargo no es muy sexual, sabes.
Lucía.— Pues tiene una miradita.
Astrid.— No es muy sexual conmigo. Coquetea con cualquiera. Con todas. Piensa que me tiene segura, por eso abusa.


CARLOS Y HÉCTOR SE DIRIGEN A UNA PALMERA Y TRATAN DE BAJAR UN COCO A BALONAZOS. LOS DOS SON TORPES Y ESTÁN UN POCO ATONTADOS POR LA MARIGUANA.

Carlos— Yo podría vivir en cualquier parte. Me bastaría con un buen chupe, buena mota, buenas chavas; buena música, ¿qué más? Mujeres, muchas, variadas, dispuestas. Además me gustaría que hubiera muchas mujeres. Y además... ¿Qué crees?... Mujeres…
Héctor.— A mí me bastaría con una, pero que hiciera lo que yo deseara. No estaría mal. Y que por favor no me pregunte. Héctor, ¿qué te pasa? ¿En qué piensas?
Carlos.— Eso.

LUCÍA Y ASTRID JUEGAN A COGER PUÑOS DE ARENA.

Lucía.— Hago todo lo posible y quizá hasta lo imposible por agradarlo; me esfuerzo por serle atractiva y sólo consigo su indiferencia. ¿A ti te quiere Carlos?
Astrid.— Me adora.
Lucía.— ¿Sí?
Astrid.— Me necesita.

HÉCTOR Y CARLOS VAN AL BAR Y SE SIRVEN COCTELES “MARGARITA”

Carlos.— Pues a ella no le molesta mantenerme, y a mí tampoco, digo, que me mantenga; ella gana bastante bien. Conoció a muchos tipos que salieron huyendo cuando sintieron que estaban en terapia; pero a mí no me molesta, conmigo no se mete, me refiero, no en un plan profesional.
Héctor.— Comprendo; no te analiza.
Carlos.— No, nunca, no.

LUCÍA Y ASTRID, EN PLENA CONSTRUCCIÓN DE UNA FIGURA DE ARENA.

Lucía.— Masoquista para nada. Nunca me ha pegado.
Astrid.— No hace falta que te pegue físicamente, simplemente da golpes certeros a tu autoestima; es decir, te devalúa como persona, como ser humano y tú misma haces todo lo posible para que te destruya al esperar demasiado de él.
Lucía.— Te equivocas, lo que hago por él es gratis, no espero ningún beneficio.
Astrid.— Ya lo creo: esperas confirmar íntimamente que no vales nada; él desprecia y humilla tus esfuerzos; tú debes estar agradecida, aunque no te mire desde sus alturas porque es un dios que se digna tenerte cerca de él, aunque tú no valgas nada.
Lucía.— Y si te dijera que en el fondo Héctor siente que es una basura.
Astrid.— Eso hace el caso aún más interesante.

ENTRAN VARIOS TRAMOYISTAS Y DEJAN EL ESCENARIO VACÍO.


OSCURO
CUADRO III
CIUDAD
UNOS AÑOS DESPUÉS

ESCENA 1
Los tramoyistas van introduciendo algunos muebles de un hogar de la clase media urbana acomodada. Crean, del lado derecho, el espacio del departamento de Carlos y Astrid: un diván de piel, una silla de metal y una mesa moderna (Astrid seleccionó los muebles). Anexo, a la derecha, se encuentra el espacio de Lucía y Héctor: un love seat cursi, dos mesitas y dos sillas todavía más cursis y un bar prefabricado (Lucía encargó los muebles, aunque el bar lo compró Héctor).

HÉCTOR Y LUCÍA. EN EL LOVE SEAT.

Héctor.— ¿Te puedo decir algo que me molesta mucho de mí?
Lucía.— Esto es nuevo, normalmente hablas de lo te molesta de mí. 
Héctor.— Soy demasiado generoso. En exceso. Soy magnánimo diría yo. Te doy y tú recibes. Estás hecha para recibir y yo todo el tiempo te doy regalos, tiempo, atención. Además te doy mi dinero. Te doy para comida, para muebles, para ropa. Me tocó en la vida el papel de proveedor, y no me gusta. No todo el tiempo. Me siento como víctima de un abuso en un contrato leonino donde yo no firmé nada. Doy y no recibo. Y una vez que me doy cuenta de que nada es para mí, me siento muy desdichado, como si me hubieran robado.
Lucía.— ¿Me estás diciendo miserable? ¿Insinúas que soy una persona mezquina? ¿Crees que soy como un parásito incapaz de sobrevivir sin ti?
Héctor.— Nunca dije todo eso.
Lucía.— Lo insinuaste.
Héctor.— Sólo te digo que de ahora en adelante pienso ser un poquito más egoísta. Para que estés avisada.
Lucía.— ¿Más egoísta?
Héctor.— Así es. Vamos a pagar cada quién lo suyo. Comienza a pensar en conseguir un trabajo donde ganes más. Ya nada de voluntariado ni esas mamadas.
Lucía.— ¡Héctor!
Héctor.— ¡Es la verdad! Y no me vengas con tu moralina de monja. Mamadas dije. ¿Por qué no eres voluntaria para ayudar a pagar algunos gastos de la casa?
Lucía.— No es nada más un trabajo. Ayudo a la gente.
Héctor.— (Se baja la bragueta) Mira, mejor sé voluntaria conmigo. Por qué no me haces un trabajo aquí.
Lucía.— No seas animal.
Héctor.— ¿Y por qué no? Tengo ganas de ser como uno, el más sediento. El más diestro, el que te embista con la furia de un toro, con la agitación de un potro (La toma de las nalgas y luego mete su cabeza entre sus piernas). ¿Trabajas de voluntaria conmigo o no?
Lucía.— ¿Y sin condón?
Héctor.— No lo necesitamos.
Lucía.— ¡Héctor! Sí lo necesitamos.

LEVANTA EL VESTIDO DE LUCÍA Y METE SU CABEZA PARA HACERLE SEXO ORAL. SE OSCURECE LA ZONA DONDE ESTÁN HÉCTOR Y LUCÍA Y SE ILUMINA EL DIVÁN DONDE ESTÁ ASTRID.

ESCENA II

ASTRID SENTADA EN UNA ORILLA DEL DIVÁN, SE ARREGLA EL PELO CON UN ESPEJO DE MANO.

ASTRID.- ¿Una mujer de mediana edad? ¿Y qué será eso? Una mala traducción del inglés, supongo, para decir: una mujer madura. Ni muy joven, ni demasiado... entrada en años; como yo, exactamente como yo. (Pausa). Pues para mi edad no estoy tan mal. (Pausa). Pero qué digo, estoy increíblemente bien. De acuerdo: bastante bien. Carlos se comporta a veces como un niño. ¿Y yo? En todo caso soy la perfecta estúpida que siempre le cumple sus caprichos.

ENTRA CARLOS Y SE ACUESTA EN EL DIVÁN. ASTRID LO VOLTEA A VER, LE SONRÍE, LE COQUETEA, PERO ÉL APENAS LEVANTA LA VISTA. ELLA REGRESA AL ESPEJO.

Carlos.- Volví a soñar con mi maestra. Estábamos en un salón de clases. Era mi primaria pero también era la universidad. Yo le estaba dando un masaje encima de su escritorio.
Astrid.— ¿Solamente le dabas masaje?
Carlos.— Seguro. Era como de esos que a veces te doy a ti. Cuando terminé sacó de una enorme bolsa unos billetes y me dijo: espero que un día me hagas lo mismo que a tus compañeritas. Yo me reía y me guardaba el dinero en los calzones. Qué opinas, Astrid. ¿Te identificas con alguno de los personajes?
Astrid.— Me identifico con la bolsa. Sí. Soy como una bolsa llena de dinero. Por otro lado tu maestra es tu mujer interna, ya te lo he dicho.
Carlos.— Sí, ya me sé esa canción. Oye, y cómo puedo hacerle para cogerme a mi mujer interna.
Astrid.— Puedes conseguirte un consolador.
Carlos.— Yo tengo uno. Integrado.
Astrid.— ¿Sí?, te aseguro que ya no lo recuerdo.
Carlos.— Está muy bien, mujer interna. ¿Quieres un masaje? O quieres más.
Astrid.— Un masaje está bien.
Carlos.— ¿Segura?, luego no me reclames.
Astrid.— Completamente segura.

ASTRID SE RECUESTA Y CARLOS LE DA MASAJE HASTA QUE SE QUEDA DORMIDA. CARLOS SALE SIGILOSO.

OSCURO.
ESCENA III
Sueño de Astrid: ambiente extraño, pero sin dejar de tener tono verosímil. Astrid recibe a Héctor en su casa. Héctor se acuesta en el diván. Astrid toma notas. Carlos y lucía están ahí como testigos.

Astrid.— ...¿Qué dice la Filosofía? ¿Sigues dando clases?
Héctor.— Son dos preguntas diferentes. Sí, sigo dando clases. En cuanto a la Filosofía... ¿De verdad te interesa?
Astrid.— No.
Héctor.— Qué alivio. Puedo hablarte sobre la filosofía de un alcohólico (Héctor se levanta y Lucía le ofrece una copa de un color insólito).
Astrid.— Tampoco me interesa, gracias.
Héctor.— De nada.
Astrid.— Me comenta Lucía que estás obsesionado con el sexo oral.
Héctor.— Te dice también cómo disfruta cuando yo uso la lengua. Cunnilingus, ¿no doctora? Pero no hay felatio. Por más que le hago, no lo hallo. ¿Alguna idea?
Astrid.— ¿Sabes?, eres muy afortunado en tener una pareja como Lucía; ella es una gran persona.
Héctor.— Lo es. Ojalá tuviera alguna idea de qué hacer con su vida (Se toma de un solo trago su copa).
Astrid.— Al menos tú sabes qué hacer con la tuya.
Héctor.— A veces.

HÉCTOR SE LEVANTA Y REVISA A ASTRID DE ARRIBA A ABAJO.

Astrid.— ¿Qué haces?
Héctor.— Nada importante: miro tus piernas. Son bastante aceptables... y tu culo es magnífico.
Astrid.— ¡Qué tal!
Héctor.— Me pareces una pretenciosa y una estúpida, pero me gustan tus nalgas. ¿Me das un beso?
Astrid.— Eres un absoluto imbécil, pero absoluto. ¡Carlos!, ¡Lucía! Ya oyeron lo que opina este cretino de mis piernas?
Carlos.— Que son hermosas por supuesto. Yo lo sé, que lo sepa el mundo.
Astrid.— Dijo además que le gustaban mis nalgas.
Carlos.— Todos lo oímos.
Astrid.- ¿Qué van a hacer al respecto?
Carlos.— No sé Astrid... Héctor es mi mejor amigo.
Lucía.— Y es mi pareja.

OSCURO
CUANDO SE PRENDE LA LUZ VEMOS A ASTRID TRANSCRIBIENDO UNA GRABACIÓN. EN ALGUNOS MOMENTOS LA INTERRUMPE PARA HACER ALGUNOS COMENTARIOS EN VOZ ALTA. ESTOS ÚLTIMOS SE INDICAN ENTRE CORCHETES.

Astrid.— Treinta y tantos años. Profesor de Filosofía. Guapo, pero desaliñado. Siempre exitoso con las mujeres, desprecia infinitamente ser atractivo. (Detiene la cinta y escribe) [Últimamente ya no se siente tan atractivo. Le empiezan a pesar los años.] Quiere dar la imagen de un hombre que "tiene posibilidades de ser un gran pensador". Es indiferente por vocación, pero se quiebra cuando los demás quieren ofrecerle ayuda, la cual, por otra parte, es incapaz de recibir. [En cierto modo creo Carlos lo ha ayudado a abrirse un poco más. Creo que se han logrado identificar. Espero que sea para bien].

OSCURO
CARLOS Y HÉCTOR

Carlos.— Nunca se había puesto así. Se había enojado por algunos días, pero ya han pasado tres semanas y no me habla.
Héctor.— Pero qué la hizo reaccionar así. No es la primera vez que se da cuenta de tus aventuras. Te volaste la barda con esa nena. ¿Cuántos años tiene?
Carlos.— Dieciocho. Igual que su hermano.
Héctor.— Obvio. Dices que son gemelos.
Carlos.— No sé si estoy asustado o feliz. Nunca me había sentido tan desubicado.
Héctor.— Es natural. Yo no sé si podría andar con una niña de dieciocho años. Si Lucía me resulta demasiado infantil. (pausa) Qué haces con una bebita de dieciocho (ante la mirada significativa de Carlos). Digo, además de llevártela a comer. De qué platican. Qué, ¿le pides permiso a sus papás para salir? Su mamá debe de tener la misma edad que Astrid.
Carlos.— Es un poco menor. Astrid ya cumplió cincuenta y la mamá de Bruno y Berenice tiene como cuarenta y tantos.
Héctor.— Berenice se llama.
Carlos.— Y su hermano, Bruno.
Héctor.— Sí, ya me lo habías dicho.
Carlos.— Son muy parecidos, son cuates. Estaba con Berenice y lo veía a él. Besaba a Berenice y pensaba en Bruno. No sé cómo decírtelo.
Héctor.— Qué tal. Pues... Pues ya me lo estás diciendo.
Carlos.— Astrid se enfureció cuando supo que me había acostado con él.
Héctor.— ¿Cómo?
Carlos.— Nos encontró en la casa. Él me la estaba chupando. Está muy enojada.
Héctor.— ...Qué tal.
Carlos.— No sé. Reaccionó diferente. Una vez me encontró con una de sus pacientes. Sí se enojó. La convencí de que era solo una aventura. Me dijo que su paciente era psicótica, que no era conveniente que la molestara. Esta vez se puso muy seria. No sé si podrá superarlo.
Héctor.— Y este chico...
Carlos.— Bruno.
Héctor.— ¿Es una aventura?
Carlos.— Pues sí. No sé. Es muy muy gay. Nunca me había pasado. Yo creo que... tampoco será fácil que pueda superarlo.
Héctor.— Ya veo.
Carlos.— Tú crees que yo... me esté cambiando de esquina, de acera, de bando..... Tú qué piensas.
Héctor.— No sé. Tal vez... Qué piensas tú.
Carlos.— Mira. ¿A ti nunca te ha pasado?
Héctor.— No, no, no. Nunca.
Carlos.— No te estoy sugiriendo nada.
Héctor.— Yo sé. Yo sé.
Carlos.— Además, tú eres muy mayor.
Héctor.— Sí, no soy tu tipo.
Carlos.— Es que... Nunca me había fijado en un hombre. Tú por ejemplo no me gustas. Pero él es tan... es tan joven. Me recuerda mucho a mí cuando yo tenía su edad. Así era yo cuando tenía dieciocho. ¿Será por eso que me gusta?
Héctor.— Será. Debe ser. ¿Quieres un trago?
Carlos.— Sí, no estaría mal.
OSCURO
ASTRID TRANSCRIBE OTRA GRABACIÓN.

Astrid.— Hijo de la Tierra de Nunca Jamás, Carlos es un cínico adolescente de treinta y cinco años que se niega a crecer. Es Peter Pan. Guapo y suertudo. Es extrovertido y alegre. Tiene infinidad de proyectos que nunca realiza y se evade con lo que haya y con quien sea. Nunca pensará en su propia vejez... antes muerto. (Escribe) [Recientemente tuvo una aventura con un adolescente. Se identificó con él a un grado inaceptable. Al menos inaceptable para mí. Creo que lo mejor será que se vaya. No puedo seguir siendo la madre postiza que le tolere todas sus travesuras. Se identifica con este niño porque en el fondo, Carlos se siente seguro con los que son como él. Es un narcisista inmaduro y lo será toda su vida. Está claro que si yo no le digo que se aleje se va a quedar para siempre a vivir con su madre que le aguanta todo. Si el es Peter Pan, yo soy la pobre Wendy. Ya basta.

OSCURO

HÉCTOR, LUCÍA Y CARLOS

CARLOS ARREGLA UNA CAMA IMPROVISADA EN EL LOVE SEAT DE LUCÍA Y HÉCTOR. UNA MALETA EN EL SUELO Y ALGUNA ROPA DESORDENADA SEÑALAN SU PRESENCIA.

Héctor.— Si necesitas agua hay un garrafón en la cocina. Hay una toalla limpia en el baño, y ya sabes. La comida que gustes en el refri.
Carlos.— Gracias.
Héctor.— Mañana yo me tengo que levantar temprano. Lucía se queda hasta las diez.
Lucía.— Hasta las ocho. Tengo que ir al ginecólogo. Parece que hay posibilidades de un tumor. Eso les pasa a las que no tenemos hijos.
Jorge.— Es mejor no tenerlos. (Ante la mirada de Lucía). Eso pienso yo... (Lucía tiene una actitud francamente hostil) Bueno... perdón.
Héctor.— Tú no te preocupes, Carlos. Estás en tu casa.
Carlos.— Yo también me levanto temprano. Tengo que ir a ver a un antiguo amigo. Ahora sí tengo que buscar trabajo.
Héctor.— Ya me doy cuenta.
Lucía.— Nunca había visto a Astrid tan furiosa.
Carlos.— Esa es la historia. Ya sabes el dicho. Eso también pasará. Todo pasa.
Lucía.— No tienes madre, Carlos.
Carlos.— Si te molesta tanto que me quede...
Héctor.— Tú tranquilo, maestro. Ya te dije.
Lucía.— (Con furia contenida) Héctor, ¿vienes conmigo un segundo?

OSCURO
ASTRID. TRANSCRIBE UNA CINTA MÁS

Astrid.— (Se escucha la grabación) Niña bien, estudió en un colegio de monjas. Pareja de Héctor. Me la imagino un estereotipo de sí misma. Quiere ser heroína, pero nunca va más allá de lo que le permiten los convencionalismos. Es hija de familia muy decente; sin embargo, se siente atraída por los círculos de gente irreverente e inestable. Añora los mundos que considera luminosos. (Corta la grabación y escribe) [Es una cursi] (Reanuda la grabación), pero se siente atraída por los hijos de Caín. (Corta la grabación y escribe) [Se sintió muy herida cuando su “marido”, como ella lo llama, no le dijo a su amiguito Carlos que se fuera. Ahora está con su madre, que tiene básicamente los mismos gustos de Lucía. En cuanto a Carlos y Héctor. Pues espero que sepan sobrellevar su relación, es decir, su amistad.

CARLOS Y HÉCTOR

SENTADOS EN LAS MESITAS CURSIS, OBSERVAN LOS MUEBLES.

Carlos.— ¿De veras vas a tirar todos los muebles?
Héctor.— Tiempos de cambio. Nunca me gustaron. Los escogió Lucía.
Carlos.— Sí. No deja de ser un poco triste. Digo, que se haya ido.
Héctor.— No te sientas culpable. Ya no me soportaba mucho. Quería tener un hijo. Pues que lo tenga ella sola.
Carlos.— Si necesita un donador... Tengo fama de semental, ¿sabes?
Héctor.— O sea que el cambio de acera, de bando, de esquina, no es definitivo.
Carlos.— Lo único definitivo es el cambio.
Héctor.— ¿Has hablado con Astrid?
Carlos.— Sí. No deja de ser raro. Está muy tranquila, pero ya no es lo mismo. No me trata igual. Hay como una nostalgia. Vivimos mejor separados.
Héctor.— Me imagino.
Carlos.— Dice que lo de Bruno es una aventura pasajera, como con las mujeres, que nunca voy a estar tranquilo. Ni con mujeres, ni con hombres.
Héctor.— Es muy drástica.
Carlos.— Según esto necesito madurar. Puedo buscarla cuando me pueda valer por mí mismo, en todos los sentidos.
Héctor.— ¿Y Bruno?
Carlos.— Pues Bruno está bien supongo. Pero... No sé. Es demasiado joven. Creo que a mí tampoco me gusta la gente tan inmadura.
Héctor.— Eres un cabrón.
Carlos.— Sí.
Héctor.— Deberíamos irnos de viaje. A la playa.
Carlos.— ¿Tú y yo?
Héctor.— ¡Sólo como amigos!
Carlos.— Y quién está diciendo otra cosa. Tú no eres mi tipo, ya lo hemos comentado.
Héctor.— Solamente amigos. Cuándo nos vamos.
Carlos.— ¿Tú invitas?
Héctor.— En tus sueños.
Carlos.— Pues mira. Para que veas, invito yo. Para que estoy trabajando entonces si no puedo invitar a los amigos.
Héctor.— Eso digo yo.

ASTRID
GRABADORA EN MANO.
Esta vez me toca a mí. Astrid: una mujer madura. Cincuenta y un años. Asertiva, siempre objetiva. Sabe los puntos y comas de su destino. Sabe que está sola. Pero no está mal. No está nada mal. (Prende una computadora y escribe sin parar. Se ve concentrada. Entregada a su trabajo).
OSCURO FINAL





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