En tus Zapatos... Papá
Farsa negra
de BENJAMIN GAVARRE
® BENJAMIN GAVARRE SILVA
BENGAVARRE@GMAIL.COM
Personajes:
- MANOLO: Joven atrapado entre sus deseos de libertad y el peso de la
herencia familiar.
- CURRO: Empleado de la zapatería, de espíritu rebelde, hippie y
revolucionario.
- AMPARO: Empleada de la zapatería, joven vanguardista que sueña con el
mundo exterior.
- DON MANUEL: El patriarca autoritario, dueño de
Calzados Albaladejo.
- DOÑA ASUNCIÓN: La madre, manipuladora, conservadora y
defensora de las apariencias.
- DOÑA ENRIQUETA (La Tía): Hermana de Doña Asunción. Beata,
despistada y portadora de una verdad incómoda bajo su aparente demencia.
- GERVASIO: Viejo empleado, servil con los amos y
despiadado con los jóvenes. Un buitre.
- PURITA: Vieja empleada, cómplice de Gervasio en la delación y la
hipocresía.
Espacio: Trastienda de un negocio próspero
pero asfixiante: "Calzados Albaladejo", una zapatería de gran
tradición en el centro de Madrid. El diseño escenográfico es apabullante,
transmitiendo la sensación de que quienes trabajan allí viven esclavizados, a
pesar de las buenas ganancias de los dueños. Se imponen estanterías altísimas,
repletas de cajas de zapatos idénticas que parecen vigilar a los personajes. Un
olor penetrante a cuero y pegamento invade el espacio, pero los operarios ya ni
lo notan: lo han asimilado como parte de su normalidad.
Cuadro I: El Manifiesto de los zapatos puestos
Primavera de 1978.
MANOLO debería estar haciendo el balance del
mes, pero está embelesado escuchando a CURRO, quien lija un tacón con furia
revolucionaria. AMPARO fuma un cigarrillo a escondidas, sentada sobre una pila
de cajas de botas de caña alta. Lleva una minifalda que se ha puesto
ocultándoselo a los dueños.
CURRO: Estoy
harto, Manolo. Mi futuro debería ser la libertad, no me veo yo más de dos años
viviendo en Madrid y trabajando, con perdón, en esta cárcel de estantes llenos
de cajas y cajas y cajas… Vuestro futuro tampoco debería ser este, aunque seas
hijo del dueño… Te he visto cómo te vas en el ensueño, cómo detienes ese
fastidioso balance de compraventa y te marchas a horizontes lejanos, y hablas
no sé bien con qué chica, o con qué chicos… Y mirad, hablando de tíos
simpáticos y que nos pueden cambiar la vida, he visto yo unas imágenes de
Woodstock y de los jardines de San Francisco llenos de flores, de gente que se
besa y hace el amor, ya sabéis, y no la guerra; espíritu de libertad, Manolo…
Vámonos allá, vámonos a San Francisco, ese es un lugar de ensueño.
AMPARO: (Sentadita
en su nicho, fumando y asintiendo feliz todo el tiempo). Tiene razón Curro.
Deberíamos irnos, irnos los tres. Qué nos detiene. Somos jóvenes, no estamos
liados a nada y sentimos que este mundo nos pertenece… Es así.
MANOLO: Pero qué
decís, par de Quijotillos, ¿que no estamos liados a nada? ¿Y mis padres qué, y
el negocio, y la tradición y los zapatos? Hacemos zapatos desde el 98, desde
1898… cuando los mocasines eran el símbolo de la transición… Hicimos los
zapatos de la elegancia suprema en los fabulosos 20… y del 36 mejor no hablamos
porque tuvimos que cerrar un año… Ah, pero nos resarcimos; aunque fueran botas,
botas en serie hacíamos, aunque no nos gustara… y henos aquí, siguiendo con los
modelos clásicos: los botines, los de punta afilada, los zapatos modelo
convento para las monjas, desde luego…
CURRO: Ave María
Purísima… Pues eso de las monjas y los generales no es que me disguste, es que
la verdad me da como urticaria.
MANOLO: Nos
merecemos un premio por calzar a medio Madrid desde hace tanto.
AMPARO: Eso digo
yo, al menos a mí me gustan los premios, aunque muy merecido, muy merecido… la
verdad no lo es. Tú sí, Manolete… Que tú llegaste a este mundo con los zapatos
puestos. Ya me imagino a la pobre de tu madre… “¡Ah, creo que sentí una
patadita, la patadita de un futbolista! ¡Dios me ampare!”.
MANOLO: Desde que
me acuerdo, la vida ha estado ligada a los zapatos. Mi padre dice que algún
día…
CURRO: ¡Heredarás
la tierra!... Yo prefiero que me digan: "Oye, Curro, heredarás el viento…
Y caminarás descalzo por los jardines del Edén… O al menos de San
Francisco…". Pero si me quedo aquí mucho tiempo, yo creo que moriré
asfixiado y, como he dicho, bajo una pila de zapatos.
AMPARO: Pues yo me
uno a la cruzada, vamos a por los gabachos hippies… Ya tengo mi minifalda y mis
vaqueros, y ya sé yo decir Yesterday y I want to kiss you…
MANOLO: Esas me
suenan a canciones, ¿y qué dicen?
CURRO: Dicen que
las oportunidades solo vienen una vez en la vida y luego… se esfuman. Tú
piénsatelo: esclavo del negocio familiar… Un alma libre y solitaria como tú,
que dejaría de sentirse triste y desencajada en esta sociedad que apesta de tan
rancia… Vámonos, Manolo, vive un poco, vive, vente con nosotros.
MANOLO se queda petrificado; las voces de las
sirenas han entrado muy adentro de su alma… Los mira conmocionado y está casi a
punto de decir algo, pero el timbre de la tienda suena en ese momento… Hay que
ir a recibir a los clientes. Con un gesto les indica a AMPARO y CURRO que
tienen que cumplir con su deber.
MANOLO: Amparo,
Curro, basta de charla… Hay que atender a la clientela.
En ese momento, como surgidos del fondo de las
sombras, llegan GERVASIO y PURITA, dos viejos buitres jorobados con tez
mortecina y andares calmos. Miran con desprecio a AMPARO y a CURRO, y sonríen
de manera irónica al joven MANOLO.
GERVASIO: No habrá necesidad de que los mande a ellos, joven Manolo.
PURITA: (Completa
las ideas de su pareja buitril). Ya casi va a ser la hora del almuerzo,
pero nosotros ya hemos tomado el nuestro; vayan, vayan ustedes, que nosotros
nos hacemos cargo.
Los tres jóvenes miran a los viejos empleados
con estupor y contrariedad. Saben que sus conversaciones han sido escuchadas, y
no por las personas más gentiles.
Cuadro II: La Comida de los Sordos
El comedor de la casa familiar, situado justo
encima de la zapatería. Un crucifijo en la pared, un retrato del Papa en
funciones en esos años y un olor penetrante a cocido de callos a la madrileña.
Sentados a la mesa están DON MANUEL, DOÑA
ASUNCIÓN y la tía, DOÑA ENRIQUETA. La comida familiar es un torbellino de voces
superpuestas; un caos coral berlanguesco. Nadie quiere escuchar al otro, casi
se puede decir que solo se escuchan a sí mismos; cada personaje proyecta sus
propias frustraciones y ambiciones sobre el hijo, como una maquinaria que lo
aplasta. GERVASIO y PURITA, la persistencia del Mal, fungen ahora como
serviciales camareros, moviéndose al estilo de las doncellas y lacayos de
antiguos tiempos.
DON MANUEL: Estos callos me tra me traen buenos recuerdos de El Retiro en mi
juventud. Están más suaves que un moflete de doncella…
DOÑA ASUNCIÓN: Hablador, si no fuera porque eras incapaz ni
de hablarle con requiebros a una moza... Las señoriteabas a todas y ellas se
morían de risa mientras veían cómo te encorvabas como un padrecito. Afortunado
de ti que aparecí yo y tomé la iniciativa.
DON MANUEL: (Cambiando la conversación. A Manolo). Ejemmm… Alza la vista,
Manuelillo, que parece que te has ido a Venus en un barco.
DOÑA ENRIQUETA: Yo estoy segura de que Manolo está en
contacto con los ángeles. Miren su cara tan dulce, tan distraído... Pareciera
que la Virgen María le está diciendo palabras cariñosas. Deberías tomar los
hábitos, mi niño.
DON MANUEL: Eso me suena a monja, doña Queta… Y yo, francamente, no quisiera que mi
hijo torciera el camino de tal modo… ¡Eso de meterse a cura!…
GERVASIO: (Incisivo y servil). ¿El señor quisiera?... ¿Quisiera
refrescarse con una sidra fría?…
PURITA: (Malintencionada,
anticipando la delación con una alegoría). Temo comentar, si se me permite,
que desgraciadamente se echó a perder la única botella de sidra que quedaba.
Parece que alguien la abrió y la dejó destapada.
DOÑA ASUNCIÓN: Podemos vivir sin la sidra, y gracias por
avisarnos tan oportunamente; odio las cosas echadas a perder.
DON MANUEL: (Retomando el hilo de sus pensamientos). Es importante lo que te
voy a decir, Manuel. He pensado en que debes tomar un curso avanzado de
contaduría y administración, aquí en la Universidad de Alcalá de Henares, que
la han renovado, según dicen. Sería muy bueno que tuvieras una inclinación más hacia
los negocios y no tanto a tus mundos de ensueño.
DOÑA ASUNCIÓN: Yo creo que el muchacho lo que necesita es
integrarse al mundo de los notables. Te haría bien, hijo, apuntarte a las
Juventudes del Movimiento Nacional… Este lunes yo hablo con la esposa del
magistrado Solomillo, que según sé tiene una hija casadera, muy pía y de muy
buena familia.
DOÑA ENRIQUETA: Que no, que no es pía, que se llama Pía, pero
no es forzoso que sea devota. Aunque los hábitos sí que le harían bien a mi
sobrino, como no se ha casado y como todavía no le hemos conocido novia…
DON MANUEL: ¿Y luego? Anda usted diciendo disparates sin ton ni son, ni cabeza.
DOÑA ASUNCIÓN: Así no se dice…
DOÑA ENRIQUETA: Bueno, ya, ¿los dos se van a poner en contra
mía?
DOÑA ASUNCIÓN: Quise decir que así no va el refrán.
MANOLO: (Habla
para protestar de alguna manera con su comentario). "A palabras
necias, oídos de mercader".
DON MANUEL: Pero a ti qué mosca te ha picado.
MANOLO: (Insiste
en sus comentarios que no vienen al caso, para fastidiar). Agua que no has
de beber, déjala correr.
DOÑA ASUNCIÓN: ¡Pero qué dices! Que le han caído mal los
callos.
MANOLO: Zapatero a
tus zapatos.
DON MANUEL: Eso digo yo, ese es mi dicho favorito; es el que representa a nuestra
familia.
DOÑA ENRIQUETA: (Se une a la dinámica, pero con dichos por
demás absurdos). A chillidos de cerdo, oídos de cantinero. ¡A buenas horas,
mangas verdes, que ya se ha muerto el burro y la cebada al rabo!
DON MANUEL: Y eso qué tiene que ver, Doña Enriqueta, por favor…
MANOLO: Querida
familia, yo me largo.
DOÑA ASUNCIÓN: Hijo mío, no seas grosero. Y no te enojes,
que has sido tú quien ha empezado el chismorreo.
MANOLO: No estoy
enojado, solo aviso… Madre, padre, tía… Es menester que vaya a las Indias a
hacer lo que me plazca.
(Manolo intenta levantarse, pero su padre lo
ataja).
DON MANUEL: (Golpea la mesa con el tenedor). ¿Mucha prisa, hijo? No admito
semejante desplante. Demasiadas lecturas te han sorbido el seso, como al Manco
de Lepanto…
DOÑA ENRIQUETA: (Habla con descaro a pesar de que tiene el
bocado de callos todavía sin pasar). Yo lo conocí, era todo un caballero…
DON MANUEL: ¿Conoció a Cervantes, dice? O al de la Triste Figura.
DOÑA ASUNCIÓN: Vamos a dejarnos de tonterías, Enriqueta.
Lavas la vajilla y el fogón.
MANOLO: (Asfixiado,
finalmente harto, se pone de pie, tira la silla y grita). ¡He dicho que me
largo! ¿Es que no se entiende? No quiero ser zapatero de por vida, no quiero
matrimonio ni sotana… ¡Les comunico que me voy a San Francisco con Curro y
Amparo a fundar una comuna!".
(Silencio sepulcral. Los platos se enfrían de
golpe).
Cuadro III: La Tragedia del Reaccionario
Espacio: El despacho de Don Manuel dentro de
la zapatería.
Gervasio y Purita le entregan a Don Manuel
unas revistas que encontraron en el casillero de Curro, donde se habla de la
“maravillosa liberación del mundo hippie".
DON MANUEL: Maravillosa liberación, un cuerno… Gervasio, dime por qué te habías
callado esto hasta ahora…
GERVASIO: Nosotros pensamos que debíamos tener alguna prueba fehaciente antes de
dar este paso, ¿no es así, Purita?
PURITA: Yo…
DON MANUEL: (Misógino, Ignorando de lleno a Purita). Quiero que me los
traigas aquí mismo, a los dos. Ya veremos qué tienen que decir esos
descalabrados mocosos.
(Entra Manolo seguido de Amparo y Curro).
MANOLO: No es
necesario, padre. Ya estamos aquí, libres para dar la cara.
CURRO: Así es,
Manuel. Es un acto de libertad como el que ejerzo al llamarte por tu nombre.
DON MANUEL: ¡Habrase visto el descaro!
AMPARO: Usted se
dirige a nosotros de esa forma, nos dice: "Apúrense con esos
números", "sea más amable", "si no le gusta su trabajo ya
se puede ir buscando otro empleo"… ¿Le suena?
CURRO: Pues qué
se cree, Manuel, que ya encontramos no otro trabajo, pero sí otro porvenir:
digno y hermoso.
GERVASIO: (Tratando de mantener la compostura frente al jefe, le susurra a
Purita). Oíste, mi vida, estas lacras piensan que nuestro trabajo es
indigno. Qué bueno que se larguen.
PURITA: (Cuchicheando).
Habla quedo, que tu voz es estentórea y nos va a oír el señor.
CURRO: Ah, qué
sorpresa saber que sois pareja, es bueno saber que os tenéis que soportar el
uno al otro.
AMPARO: ¿Pero eso
no va en contra del protocolo del negocio? Las relaciones entre miembros de
esta zapatería están terminantemente prohibidas. Así como meter sus narices
horribles en nuestros casilleros. ¡Buitres!
GERVASIO: No me canses la paciencia, hippie asquerosa, que yo no tendría reparos
en responderte a golpes.
PURITA: ¡Ni yo!
DON MANUEL: Y yo no me voy a ensuciar las manos. ¡Largo! Salid inmediatamente de mi
zapatería, lacras hediondas, basura.
MANOLO: Es
suficiente, padre, no te permito que nos hables así. Si los echas a ellos, me
echas a mí también. Que tengas una buena vida, cerdo capitalista.
DON MANUEL: ¿A mí? ¿A mí me estás hablando así? No lo puedo creer.
(Entra Asunción en modo chantaje lacrimoso).
DOÑA ASUNCIÓN: (En modo chantaje melodramático y
católico). ¡Una comuna! ¡Habrase visto! ¡Donde comparten las mujeres y los
baños son mixtos! ¡Y las mujeres andan así, al aire libre, sin ningún sostén
para el pudor, y hasta los hombres andan desnudos con todas sus partes…! No lo
puedo soportar... Me vas a matar del corazón, Manolo. ¿Para esto te parí? ¿Para
que te juntes con la Canalla? ¿Para que renuncies a la Cruz y al Movimiento? (A
Curro y Amparo). Ya estaréis satisfechos, lacras.
DON MANUEL: ¡MALNACIDOS!
PURITA: ¡ESCORIA!
CURRO: Ya, ya, ya
nos vamos. Los dejamos en su mundo feliz, con su orden, sus cruces y sus
conventos.
AMPARO: ¿Vienes,
Manolo?
MANOLO: Claro,
claro que voy. Padre, madre... recuérdenme de esta forma, porque si me vuelven
a ver tendré el cabello largo y los pies descalzos… Seré un hippie, y un hippie
de los mejores.
DON MANUEL: (Se enerva, el rostro se le pone de color púrpura). ¡No admito
hippies en mi casa, ¿queda claro?! ¿En Calzados Albaladejo? ¡Nunca! ¡Antes veré
este negocio quemado! ¡Vagos! ¡Maleantes! ¡Chusma! ¡Piojosos! ¡Drogadictos!
¡Melenudos de mierda! ¡Zánganos! ¡Anarquistas de salón! ¡Comunistas
infiltrados! ¡Destructores de la patria! ¡Traidores de... de... de...! (Don
Manuel se lleva la mano al pecho, el rostro ya morado, el aire no le llega).
¡...de mi propia sangre!
(Don Manuel sufre un infarto. El ataque es
real, pero también es la última y más poderosa herramienta de control del
patriarcado. Cae sobre el escritorio, tirando los catálogos de zapatos de la
temporada otoño-invierno).
DON MANUEL: (En los brazos de Manolo, con el último aliento, el padre exige…).
Prométemelo... por la memoria de tus abuelos... la zapatería... no la dejes... (Don
Manuel se desvanece).
Cuadro IV: El Pasillo de las Concesiones
Espacio: El pasillo de un hospital o la
trastienda en penumbra, justo después del colapso del padre.
Manolo no es capaz de superar el sentimiento
de culpa. Doña Asunción lo abraza con un dejo de felicidad interna, pues sabe
que, a pesar del sufrimiento de su hijo, ha ganado.
MANOLO: (Se
justifica a sí mismo frente a su madre). Solo serán unos años, madre. Me
haré cargo. El negocio se va a fortalecer, haré los cursos de mercadotecnia...
Pero escúchame bien: cuando sea el dueño absoluto, cuando tenga el capital
suficiente y papá ya no esté para sufrir... entonces lo venderé todo y me iré.
DOÑA ASUNCIÓN: (Sonríe con malicia materna; sabe que el
sistema ya lo ha atrapado). Claro que sí, hijo, claro que sí... lo que tú
digas. Yo siempre he confiado en ti; sé que eres una buena persona, finalmente,
seas como seas. Nada más mantén tus deseos en contención. Y si no logras
superar tus antojos, resuélvelos sin afectar a la familia, y sin que nadie sepa
nunca tus… necesidades.
MANOLO: (Confundido).
Sí, ya… ¿gracias? No lo sé, madre. De pronto siento que estoy en una telaraña.
DOÑA ASUNCIÓN: Hijo, tengo una reunión importante, te dejo.
Y piénsalo, de verdad: tú eres el mejor.
Cuadro V: El triste gris
En el escaparate principal de "Calzados
Albaladejo".
MANOLO está arrellanado en el sillón
gerencial. Viste el traje gris de su padre, que le baila un poco en los
hombros, y luce el mismo bigote recortado. Entran CURRO y AMPARO, listos para
emprender el viaje. El contraste es brutal: van con facha de modernos,
vistiendo vaqueros gastados, ropa deshilachada, sandalias de tiras y morrales
de tela basta cruzados al pecho. Se produce un silencio incómodo; la distancia
entre el nuevo jefe y sus antiguos compañeros se mide en la ropa.
MANOLO: (Sin
mirarlos a los ojos, les ofrece dinero). Tomad esto para el viaje. Yo...
tengo que quedarme un tiempo. De pronto he tenido que adquirir nuevas
responsabilidades, pero cuando sea oportuno y todo marche sobre ruedas, os
alcanzaré en California.
CURRO: (Resentido
y claro). No vendrás nunca, Manolo. Esos zapatos te quedan grandes. Así,
con ese viejo escritorio de señor grave, parece que estás disfrazado de tu
padre. Ya hablas como él. Nuevas responsabilidades que tú no elegiste... Qué
lástima que hayas renunciado antes de ni siquiera intentarlo. Has matado tu
propia libertad. ¿Andarás descalzo en el Edén? No lo creo.
AMPARO: (Le
regala su minifalda). Toma, un recuerdo de rebeldía. Tal vez tú también
puedas elegir no vestirte tan formal; puedes usar unos vaqueros, eres el jefe…
¿De veras quieres quedar bien con tu opresor?… Abre los ojos, Manuel... Sigue
tu camino, nosotros seguiremos el nuestro.
Se marchan. Las puertas de la zapatería se
cierran con un tintineo metálico que suena a celda de prisión.
Cierre
La tienda se queda en silencio. MANOLO se toma
la cabeza con las manos, aplastado por las cajas de zapatos. Entra la TÍA
ENRIQUETA con una mantilla negra. Lo mira, limpia el polvo de un mocasín con la
manga de su chaqueta y dice con total frescura:
TÍA ENRIQUETA: Bueno, Manolito, no te pongas así. Míralo por
el lado bueno: cuando seas el mandamás de todo esto y tengas los bolsillos
llenos, te vas a San Francisco con tus amigos los melenudos... Total, tú eres
soltero y sin compromisos, como novias, o… amistades… No te preocupes, niño,
nadie notará que te has ido si deseas tomar la vida entre tus manos.
FIN DE LA OBRA
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