María, la del Diablo
(Paráfrasis de Mariquilla de Nimega)
Por Benjamín Gavarre
Personajes:
- María (Después Mónica)
- Tío
- Tía
- Azmodán
- Psiquiatra
María,
la del Diablo
(Paráfrasis
de Mariquilla de Nimega)
Personajes:
María
(Después Mónica)
Tío
Tía
Azmodán
Psiquiatra
Y
érase una vez que estaba su tío con María...
Una
pintoresca cabaña con aires medievales, como de cuento. Sin querer lograr una
ilusión se llevará a cabo la puesta en escena con accesorios simples y sobre
todo con iluminación adecuada. “María” al principio, como aldeana medieval de
cuento de hadas, y el tío como un anciano bondadoso, medio alquimista, medio
loco.
La
obra en general representa varios tiempos y lugares, algunos modernos y otros
anacrónicos. Lo importante es que se utilice la imaginación y creatividad para
representar los diferentes espacios escénicos y los diferentes tiempos en que
todo sucede.
Tío.
— Así
es, la mía sobrina, tienes que ir a la Ciudad y me traigas la despensa.
María.
— Qué
bueno que me mandas a “estas horas de la tarde” a aventura tan peligrosa, el
mío tío. Ya está a punto de atardecer y seguramente voy a llegar casi de
noche.
Tío.
— (No
hace caso de sus ironías) Hacen falta verduras, leche en polvo, mantequilla…
María.
— ¿Traigo
azufre?
Tío.
— Si
llegara a darte alcance la noche, ve con la tu tía. ¿Dijiste azufre?
María.
—Si
se me hace de noche me quedo con la suya hermana.
Tío.
— Bueno
hija, ya se hace tarde...
María.
— Presto,
el mío tío, ya voy.
Tío.
— Anda,
anda... Ve a la Ciudad, yo comenzaré a rezar por ti, y por tu buen viaje a la
ciudad.
María.
— Rezad,
rezad por mí, el mío tío… Tú quédate aquí tranquilo sin hacer nada. Yo voy, ya
sabes. Hasta luego…
Sale
el tío.
Transición.
Ciudad.
Entra
María con unas bolsas. Ya casi se hace de noche, es un atardecer tenebroso. Es
una ciudad de nuestros días, pero con aires anacrónicos como de una villa, como
de cuento, con elementos medievales.
María.
— Lo
dicho, ya se está haciendo de noche, y veo sombras y presagios en este
tenebroso atardecer del que soy víctima segura.
Pero
qué veo, se ha encendido una luz, en esa casa donde vive la mía tía. Espero me
conceda asilo nocturno.
Toca
a la puerta.
María.
— Tía....
Tía. Tengo sueño... y ya me quiero dormir, tía...
Se
abre la puerta.
Tía.
— Cada
día trae una nueva sorpresa.
María.
— ¿Qué
me dices, tía?
Tía.
— Lo
que oíste, so piruja, con que “éstas” tenemos.
María.
— Qué
le pasa, por qué ese atrevimiento.
Tía.
— Aquí
la única atrevida eres tú so impura, incestuosa.
María.
— ¿Incesto?,
¿yo?, ¿de qué me habláis? Yo solo vine a pedir albergue por esta noche.
Tía.
—Claro,
eso es lo que te gusta, puta, folgar con muchos hasta que se te hinche la
panza. Ya me sé yo de esos tratos con los galanes, que te han de seguir como
jauría, zorra.
María.
— No
lo puedo soportar, gratuitamente y sin pruebas me acusas de incesto
incluso.
Tía.
— Con
el mío hermano te han visto fornicar.
María.
— No
lo puedo soportar... Yo solo quería pasar la noche.
Tía.
— De
eso no me queda duda.
María.
— Quería
que me diera asilo, por una noche, porque fui de compras y...
Tía.
— A
mí no me vengas con historias, suripanta, lambiscona, lagartona. ¡Vete de aquí!
A ver con qué jauría te revuelcas… búscate ya la manera de no ser tan piruja,
por favor, no me quites más mi tiempo. Adiós.
Le
da un “portazo en la cara”, María se va sin las bolsas y a punto del llanto. La
escena cambia en torno a ella, camina lentamente, y la iluminación y algunos
elementos escenográficos representan ahora un bosque con árboles amenazantes y
caminos que conducen a lugares inciertos.
María.
— (Solloza,
se sienta en una piedra) Oh. Me siento ultrajada… Oh, Dios santo. Dios mío.
Dios. Por qué no acudes en mi ayuda. Éste es el momento en que deberías
presentarte por lo menos de formas misteriosas… O debo pedir ayuda a las
fuerzas del infierno, si es que tú, Dios, no me haces caso.
Silencio.
María.
— Oh,
Dios mío. Estoy esperando alguna señal. Alguna cosa que pase. Estoy sola en un
bosque tenebroso y soy vulnerable a cualquier peligro que me pueda acechar a mí
que soy inocente y virgen.
Mejor
me encomiendo a Dios.
Se
duerme.
Empiezan
a sonar toda clase de amenazas nocturnas propias de un bosque tenebroso.
Aullidos, sonidos de aves nocturnas. Pasan siluetas amenazantes. Sombras
terroríficas. Una de ellas, se va convirtiendo en un personaje de “carne y
hueso”, es Azmodán, viste como un monje, parece estar viejo y jorobado. El
hábito de monje le cubre la cabeza. María no lo ve. El Monje Azmodán está atrás
de ella, pero María está tratando de dormir en el suelo, no se acomoda, y trata
inútilmente de descansar junto a la piedra.
María.
— (Adopta
una posición de suplicante para hablar con Dios, una vez más) ¿Nada?
Azmodán.
— (Quien
permanecía detrás de ella, le habla y la sorprende) Tal vez te pueda
ayudar.
María.
— (Aterrada)
¡Ah!
Azmodán.
— Soy
Azmodán. Tú estabas pidiendo ayuda.
María.
— Ya.
Te manda Dios para que me ayudes. Los milagros sí existen.
Azmodán.
— Los
milagros, claro.
María.
— ¿Se
puede quitar el hábito?
Azmodán.
— ¿Eso
quieres? (Acepta quitarse la capucha y vemos que es tuerto y lleva un
parche en el ojo). Pues este soy yo.
María.
— ¿Perdió
un ojo?
Azmodán.
—Nací
sin él...
María.
—Usted
me estuvo observando, mientras trataba de dormir.
Azmodán.
— Pedías
ayuda. Yo puedo...
María.
— Ya
sé… Usted es...
Azmodán.
— Soy
el Diablo.
María.
— (Se
queda unos minutos sorprendida y no sabe si reír o pegarle. Decide darle una
palmada en la espalda) No te ofendas, pero yo pienso que el Diablo se ve más
poderoso.
Azmodán.
— En
la jerarquía de los demonios tengo licencia para hacer pactos y tentar a los
inocentes
María.
— Es
decir que tú me puedes enseñar a convertirme en lo que yo deseo.
Azmodán.
— Tal
vez, pero antes tienes que renunciar a tu alma.
María.
— Ah...
Nada más.
Azmodán.
— Y
firmar un contrato.
María.
—¿Con
mi sangre?
Azmodán.
— Puede
ser un contrato verbal, como de Señores, como de caballeros. Y tienes que
renunciar a tu nombre.
María.
—¿No
te gusta María?
Azmodán.
— No
lo digas, no por favor. Me pongo mal.
María.
— ¿Quieres
que renuncie a mi nombre? ¿Qué me darías a cambio?
Azmodán.
— Dinero,
fortuna, conocimiento... Y puedes ser experta en las siete artes
liberales... Todo el conocimiento medieval, temas
extraordinarios.
María.
— Ya
veo... Me parece que necesitas como desempolvarte un poco.
Azmodán.
—Puedes
llamarte simplemente M.
María.
— M…
eso me gusta. M será mi nombre.
Azmodán.
—Recuerda…
éste es un contrato de palabra. Y ya has aceptado.
María.
— ¡Ya
acepté? ¿Yo? ¡Cuándo?
Azmodán.
— Y
otra cosa... Tendrás que dormir conmigo.
María.
— Cómo.
Azmodán.
— Es
parte del contrato.
María.
— ¿Y
yo estuve de acuerdo? ¿Dónde firmé?
Azmodán.
— Te
dije que se trata de un convenio verbal. Tú me dijiste: estoy de acuerdo.
Y eso, M, se tomó en el infierno como una aceptación. Ya está hecho tu
ingreso.
María.
— Ya.
(Pausa) Y puedo convertirme en lo que yo quiera.
Azmodán.
— Con
los años, tal vez.
Ven,
nos vamos a divertir. Al menos yo. Ven, vamos, no tengas miedo. Acabas de
firmar tu destino. Relájate… todo va a estar bien. Dilo conmigo.
María.
— Ya.
“Todo va a estar bien” …
Desaparecen
en un acto de magia
Transición.
María
sentada en la mesita de un bar ultramoderno, en una plataforma, con la
iluminación de una mesita de metal que tiene una cubierta de vidrio y que
incluye iluminación de varias tonalidades. Música propia de un bar del siglo
XXII.
María
viste de coctel, alta costura, buen gusto.
María.
— Y
quién lo fuera a decir... un viejo tambaleante de la Edad Media me tiene
dominada.
Por
medio de un mecanismo ingenioso su copa se llena de un líquido de color azul,
Estoy
cansada de tantos muertos. Azmodán me ha hecho trabajar de más.
Setecientos
cuarenta y tres hombres y cuarenta y cuatro mujeres... Todos al Infierno,
gracias a mí.
Se
toma la bebida azul, y por medio de un mecanismo, la copa de María se llena de
un líquido rojo que ella observa con detenimiento.
Azmodán
me prometió poderes... Transformarme... en lo que yo quisiera... Y ni siquiera
puedo transformar mi vida. Estoy en sus manos.
Toma
un trago de su bebida roja.
Es
cierto que me dio el conocimiento de las Siete Artes liberales... Soy una
experta de todo lo que se sabía y se supo durante el siglo XIII. Ah… también
puedo seducir a quien yo quiera… y luego… los llevo al Infierno. Pero de
transformarme… nada.
Pausa
Toma
un trago de su copa. Reflexiona.
Maldito
seas, Azmodán, por qué no me concediste el deseo de transformarme en lo que yo
desee.
Si
hasta me quitó mi nombre. ¿Quién se llama M?
Se
escucha una gran explosión... y el escenario se ilumina de tonalidades rojas,
violetas y azules.
Aparece
La Tía, con un aspecto de ser celestial, de imagen religiosa que no deja de
tener algo de espectral, lleva un manto color violeta y una corona que la hace
aparecer como una divinidad a pesar de su rostro y maquillaje poco angelical.
Tía.
— ¡La
mía sobrina!
María.
— ¿No
te habías muerto?
Tía.
— He
muerto, la mía sobrina, y por mi propia mano, pero he sido perdonada.
María.
—Tú
misma te cortaste el cuello, según supe.
Tía.
— Me
degollé. Fue un momento de locura.
María.
— Y
muy loca que tú estabas, tía, pero cómo es posible que tengas esa aureola de
santa. ¿Tú por qué?
Tía.
— Porque
he podido arrepentirme. Tengo que hacer trabajos, buenos. De
convencimiento. Pecadora.
María.
— Ya
vas a empezar.
Tía.
— Así
es sobrina, yo he venido... a pedirte que te arrepientas.
Tía.
— Tal
vez todavía puedas salvar tu alma. El hecho de que no hayas
renunciado a tu nombre te salva. Esa M que puedes todavía pronunciar es
la m de María, esa letra te puede todavía salvar.
María.
—No
sé.
Tía.
— Antes…Tienes que hacer penitencia metida en una
estrecha celda…
María.
— Muchos
trámites.
Tía.
—
Salva tu alma.
La
tía desaparece.
Se
representa Otra vez al espacio Bosque.
María
se sienta en una piedra. Ella sigue vestida de coctel, con su bolso. Saca del
mismo su celular, y después saca un espejo... se mira intensamente.
María.
— “La
eternidad”. La Eternidad” ... Cuánto puede durar eso...
Se
levanta y se vuelve una fuerza maligna, toda la iluminación contribuye a que
María haga una invocación
Silencio.
Del
fondo del escenario vemos surgir a Azmodán, perfectamente ataviado de traje
moderno, sigue con el parche en el ojo, pero se ve elegante. Se
ve molesto, serio.
María.
— Eres
tú. Te ves molesto.
Azmodán.
— Me
traicionaste. Te quieres arrepentir para salvar tu alma.
María.
— Todavía
no lo decido. No quiero tratos contigo ni con la Virgen María.
Azmodán.
— ¿Dijiste
María? Cómo pudiste,
María.
— Aléjate.
Azmodán.
— ¿Te
das cuenta… María? Has sido liberada. Tú misma lo hiciste, María…
pero todavía no te das cuenta.
María.
— Déjame
sola. Aléjate. ¡Ya!
Azmodán
sale de escena discretamente.
María
se queda pensativa. Sentada en la piedra.
María.
— ¿Yo
misma lo hice?
Cambia
la escena. La iluminación es ahora blanca y nos indica que estamos en una
Clínica. Concretamente en el consultorio de un psiquiatra. María se va
cambiando en el escenario, y sustituye su vestido provocativo por un vestuario
sencillo y cotidiano. Ahora retoma su verdadera
identidad: Es Mónica en la sala de espera de un psiquiatra.
Mónica.
— Otra vez tarde. Puedo tener una crisis psicótica,
haberme quedado sin medicamento o haber asesinado a alguien, y este señor no me
recibe.
Psiquiatra.
— (Abriendo la puerta) Puede pasar,
Mónica.
Mónica.
— ¿Ya era hora, no cree?
Psiquiatra.
— Veo que ha tomado sus medicamentos, la noto mejor. ¿No
la han visitado los demonios?
Mónica.
— Ángeles, demonios... creo que la Virgen misma y… y…
una mi tía muy extraña. Quería que me arrepintiera.
Psiquiatra.
— ¿Qué has tomado hoy?
Mónica.
— Lo de siempre. Tuve experiencias muy vívidas, doctor.
Colores, olores... no me llamaba Mónica, me llamaba María. Pero me di cuenta de
que no soy culpable de nada. No tengo que rendir cuentas a nadie.
Psiquiatra.
— Eso es un gran progreso.
Mónica.
— Voy a ejercer mi libre albedrío. Quiero estudiar
ciencias.
Psiquiatra.
— Una buena elección. Pero antes vas a tomar tus
fármacos nuevos, sin efectos secundarios.
Mónica.
— ¿Me lo asegura? Está bien, confío en usted. Es una
buena persona, doctor Lavín.
Psiquiatra.
— (Dándole el vaso de agua) Estarás
libre de alucinaciones.
Mónica.
— (Ansiosa) ¿Libre?
¿Por qué me dice eso? ¿Usted cómo se llama? Dígame que no se llama Azmodán.
Psiquiatra.
— No, María. Mi nombre es Carlos. Soy el doctor Carlos
Lavín. Toma tu medicamento... María.
Mónica
se queda paralizada. El Psiquiatra la ve con expresión neutra. Mónica queda
sola bajo un cenital, cierra los ojos.
Mónica.
— Mi nombre es Mónica, Doctor, no me llamo María.
Psiquiatra.
— Sí, lo sé, discúlpame, es que tú me dijiste que te
llamaban así.
Mónica
acepta finalmente el medicamento con el vaso de agua. Bebe. Mira intensamente
al doctor, buscando desesperadamente confirmación profesional.
Mónica. —
Ya, doctor. Estoy segura de que me voy a sentir mejor. Estoy segura de que esta
vez... (su voz flaquea) ... esta vez todo va a estar bien.
El
Psiquiatra sostiene su mirada. Su expresión, antes neutra y profesional, se
suaviza en una sonrisa que es, al mismo tiempo, reconfortante y helada. Un
silencio espeso llena la sala de espera clínica, que parece desvanecerse en la
oscuridad del bosque.
Psiquiatra. —
De eso estoy absolutamente seguro... María.
El
nombre resuena en la sala, claro y deliberado. No parece ahora un error de su
memoria. El Psiquiatra se levanta lentamente, manteniendo su sonrisa sutil y su
mirada fija en Mónica.
Psiquiatra. — (Su
voz ha cambiado; sigue siendo suave, pero ahora tiene un matiz de posesión que
no es de este mundo) Te vas a sentir mucho mejor. Ya nadie te va a
molestar, querida… María.
Sin
apartar la vista de ella, el Psiquiatra se aleja, saliendo de escena con un
paso que parece tener la misma cojera leve y jorobada que Azmodán, o quizás es
solo el cansancio de un largo turno. El decorado de la clínica desaparece por
completo, dejando a Mónica sola bajo un cenital estrecho en la oscuridad.
Ella
mira el vaso vacío en su mano, luego hacia donde se fue el doctor. Su rostro es
una máscara de duda, terror y, quizás, una extraña y resignada aceptación.
Cierra
los ojos. La luz cenital se apaga lentamente hasta llegar a un profundo…
Oscuro
final.