LA BALSA
de Benjamín Gavarre
La Deriva Existencial en La balsa
La balsa (2006) se consolida como una obra de minimalismo
simbólico y existencial, emparentada directamente con el teatro del absurdo
y la ironía trágica moderna. Una metáfora sobre el aislamiento, la
imposibilidad de comunicación y el peso del rol social. El hospital
psiquiátrico es no un edificio; es una condición humana.
Dinámica de Acciones y Atmósfera
La estructura avanza a través de una tensión contenida que nunca llega
a estallar en palabras, sino en parálisis. La obra abre con el fantasma de un
suicidio (Laura) y cierra con el sonido de una ambulancia y un oleaje
omnipresente. El mar, que se introduce acústicamente al final, resignifica todo
el texto: los personajes siempre estuvieron en una balsa a la deriva,
condenados a no tocarse (la regla del réferi en el psicodrama es la regla de
sus vidas: “lo único que no está permitido es tocarse”). Al final, la
música invita a una liberación a través del baile, pero los cuerpos eligen el
silencio y la inmovilidad, aceptando su naufragio de manera casi ritual.
Anatomía de las Personalidades
- Los Médicos (La
Distancia Defensiva):
- Doctor Lavín:
Representa el agotamiento y la alienación del profesional. Su refugio en
el teléfono celular y su respuesta áspera (“Yo pensaba que ustedes
eran adultos”) muestran a un hombre que ha perdido sus propias
herramientas de empatía para no ahogarse con el dolor ajeno.
- Doctor Gálvez:
El estratega intelectual. Utiliza el psicodrama y la cátedra como un
laboratorio donde disecciona los traumas de los pacientes desde una
distancia segura. Provoca catarsis que no puede contener.
- Residente
(Julio): La mirada fría de la nueva academia. Actúa como un réferi de
boxeo en los enfrentamientos de los pacientes; para él, el sufrimiento es
material de estudio y anotaciones.
Los Pacientes (Los
Náufragos del Yo):
- Lilith: La
culpa y el desgaste absoluto. Es el eco del suicidio de Laura, atrapada
en un rol materno que ya no la sostiene y una envidia declarada hacia la
paz de los muertos.
- Renata: La
vulnerabilidad despojada. Su dolor somatizado en las piernas y su
fantasía de ser "diseñadora" son las únicas mantas que tiene
para cubrir un entorno de abuso y un odio heredado de la figura materna.
Es pura herida abierta.
- Gustavo: El
observador cínico y lúcido. Su elegancia y su ironía punzante son su
armadura contra las "etiquetas". Es el único que verbaliza que
la cordura y la locura son solo personajes que la sociedad nos obliga a
ensayar.
- Ramón: La
rigidez defensiva. Un hombre atrapado en la autoridad y el deber ser (su
rol de profesor), cuya incapacidad para expresar ternura o llanto se
convierte en una furia física que le nubla la vista y le quita las
palabras.
- Inma: La fragilidad expuesta. Es el termómetro emocional del grupo; busca el afecto y el contacto físico (salen abrazados), pero está quebrada por una historia familiar de absoluta distancia.
LA
BALSA
de
Benjamín Gavarre Silva
PERSONAJES:
- DOCTOR
LAVÍN
- DOCTOR
GÁLVEZ
- RESIDENTE
(JULIO)
- LILITH
- RAMÓN
- GUSTAVO
- INMA
- RENATA
La
acción se desarrolla en un hospital de especialidades psiquiátricas.
CUADRO
PRIMERO
ESCENA
UNO
(DOCTOR
LAVÍN y DOCTOR GÁLVEZ.)
DOCTOR
LAVÍN. — (Como conclusión de una larga reflexión, pero sin dejar
el juego mecánico con su teléfono) ¡Como si nosotros tuviéramos la culpa!
DOCTOR
GÁLVEZ. — (Concentrado en su libro) No debí revelar… nada.
DOCTOR
LAVÍN. — (Ácido) No, ¿de verdad?
DOCTOR
GÁLVEZ. — Ya sabe. Piensan que las medicinas son mágicas.
DOCTOR
LAVÍN. — (No hace caso) Tener que soportarlos... Mira que
llamarme asesino.
ESCENA
DOS
(LILITH.)
LILITH. — Laura
nos avisó. Lo dijo muy claro. ¿Alguien se preocupó cuando dijo que iba en
serio?
(Oscuro.)
LILITH
se acerca al DOCTOR LAVÍN. Éste último no se inmuta. Está concentrado en un
expediente.
ESCENA
TRES
(LILITH
y el DOCTOR LAVÍN.)
LILITH. — (Como
en un eco) ¿Alguien se preocupó cuando dijo que esta vez… iba en serio?
DOCTOR
LAVÍN. — Si se pudiera regresar el tiempo...
LILITH. —
Ustedes deberían cuidar de nuestras vidas.
DOCTOR
LAVÍN. — Yo pensaba que ustedes eran adultos.
LILITH. — (Furiosa)
¿Es una broma?
DOCTOR
LAVÍN. — Nadie podía salvarla. Ni siquiera Dios.
LILITH. — No
entiende.
DOCTOR
LAVÍN. — Qué habría hecho usted para salvarla.
LILITH. — No lo
sé. Yo tengo mis problemas.
(Oscuro.)
ESCENA
CUATRO
(GUSTAVO,
RENATA, RAMÓN e INMA.)
Se
prende la luz general y vemos a los pacientes GUSTAVO, RENATA, RAMÓN e INMA.
Esperan la consulta. GUSTAVO es un hombre de treinta y tantos. Es muy
elegantemente y viste de manera impecable. Es poderosamente intuitivo, aunque a
veces toma las cosas con demasiada ligereza. RENATA es una mujer humilde que no
deja de mover las piernas; dice ser diseñadora de modas pero viste sin idea
alguna sobre cómo combinar los colores, como si no pensara sino en cubrirse con
toda la ropa que encontrara a su paso; está acalorada e incómoda. RAMÓN es un
hombre rudo, un profesor de primaria que se ha abierto paso a codazos. INMA
tiene un aspecto de niña vieja… las marcas de sufrimiento trata de borrarlas
con una sonrisa dirigida al que se deje, sin embargo, en un segundo pueden
desatarse en llanto.
INMA. — Ya se
tardaron.
GUSTAVO. — Hoy
nada más viene Lavín.
RAMÓN. — (Molesto
por la familiaridad, acentúa el grado del médico) El doctor Lavín.
INMA. — ¿Cómo
sigues, Renata?
RENATA
no contesta. Solo hace un gesto parecido a una sonrisa, mientras mueve las
piernas con mayor nerviosismo del que tenía antes de la pregunta de INMA.
GUSTAVO. — (A
Renata) Por ti supimos lo de… Laura.
RAMÓN. — No
deberíamos hablar. Hay que esperar a los especialistas.
GUSTAVO. — (Retador,
a Ramón, quien lo mira con desagrado) A los especialistas doctores.
(Pausa.)
INMA
rompe a llorar.
INMA. — Yo
sabía. Me dijo que tenía todas esas pastillas.
RAMÓN. —
Pastillas que no nos cuestan.
GUSTAVO. —
Medicinas pagadas con nuestros impuestos.
RAMÓN. —
Pareces demente, no sabes cómo funcionan las cosas.
GUSTAVO. — Tal
vez imagino cosas… Ah, ya entiendo… ustedes son parte de mi imaginación. Ja.
Ja.
RAMÓN
no tiene sentido del humor. Mira cada vez más serio al avispado GUSTAVO.
INMA. — Todos
deberíamos agradecer porque estamos mal y aquí nos atienden.
(Pausa.)
GUSTAVO. — Yo no
pienso etiquetarme. (Después de una pausa) Laura…
RAMÓN. — (Confundido)
Laura qué…
GUSTAVO. — (Incisivo)
Laura hizo lo que hizo, no podemos meternos en su cabeza.
RAMÓN. — Todos
hemos recibido un buen diagnóstico.
GUSTAVO. — (Malintencionado)
Es cierto. ¿Y a ti qué te dijeron? ¿Que eres el mejor portado de la clase?
RAMÓN. — Mira
al que dice que no le gustan las etiquetas.
GUSTAVO. — (Cambia
de actitud) Touché.
RAMÓN
ya no le contesta, pero se nota su animadversión a GUSTAVO.
ESCENA
CINCO
(Llega
el DOCTOR LAVÍN.)
DOCTOR
LAVÍN. — Disculpen la tardanza.
GUSTAVO. —
¿Gálvez no viene?
DOCTOR
LAVÍN. — El doctor… se quedó tomando notas.
GUSTAVO. —
¿Interesantes? Las notas.
DOCTOR
LAVÍN. — Mucho.
(Pausa.)
Los
pacientes tratan de pasar desapercibidos para no enfrentar el momento en que
tienen que hablar. El doctor no tiene que decir que hablen, ellos saben que
empieza el que así lo desea. En este caso es RAMÓN.
RAMÓN. — Me
siento cada vez más torpe. Llevé a mi hijo el lunes pasado a la escuela y en un
momento que iba manejando perdí la idea de dónde estaba. Se me nublaron los
ojos y tuve que estacionarme para no chocar. Otras veces me ha pasado que digo
algunas palabras distintas a las que pensaba decir. No me gusta preguntar, pero
luego me doy cuenta de que la gente me mira raro, como si no me comprendiera.
Lo peor es que no estoy seguro de si dije lo que pensé o algo totalmente
distinto. Luego, en el pizarrón escribo las palabras, pero los niños me gritan,
me reclaman porque me faltan letras. Escribo las palabras y a veces me doy
cuenta de que me faltan letras o a veces me dicen los niños que me faltan
letras.
GUSTAVO. — ¿Te
faltan vocales o consonantes?
RAMÓN. — No veo
cuál sea la intención de tu pregunta.
GUSTAVO. — A mí
se me dormían las piernas y se me nublaba la vista. Si me enojaba perdía hasta
la vista. Y hasta la voz. Pero el medicamento ha funcionado.
RAMÓN. — Cada
vez que le grito a mi mujer o a mis niños siento que todo está rojo. Siento
como la cabeza caliente y que no me puedo controlar.
GUSTAVO. — ¿Es
eso lo que sucede, doctor? Todos esos síntomas…
DOCTOR
LAVÍN. — (Responde brevemente) Se llama somatización. (Y
cambia la idea) Ramón, ¿está tomando su medicamento?
RAMÓN. — … La
verdad no quiero volverme dependiente.
DOCTOR
LAVÍN. — No me diga.
INMA. — Es
como si se atacara a uno mismo uno. ¿No, doctor?
DOCTOR
LAVÍN. — Ahora resulta que todos aquí son especialistas.
GUSTAVO. — Pues
si usted no es capaz de explicar nada…
DOCTOR
LAVÍN. — (Cambia la conversación) Y cómo está usted, Renata.
Cómo sigue de sus piernas.
RAMÓN. —
Doctor, a mí me parece que no hemos terminado con mi asunto.
DOCTOR
LAVÍN. — Tenemos muchos asuntos. Nos vemos el próximo lunes.
El
DOCTOR LAVÍN se va. RAMÓN sale tras él. INMA se levanta sin saber qué hacer.
GUSTAVO se queda pensativo y exclama:
GUSTAVO. —
“Hombres no me faltan, mujeres no me sobran”, ¿quién dijo eso?
INMA. — Lo has
de haber dicho tú.
GUSTAVO. — Lo
dijo un escritor “muy conocido, por los conocedores”.
INMA. —
Vámonos, ¿quieres?
GUSTAVO. — Sí. El
doctor es un imbécil, estarás de acuerdo.
INMA. — Sí. Tú
no respetas, pero sí. Lo bueno es que los medicamentos sí funcionan.
Salen
abrazados como amigos.
(Oscuro.)
ESCENA
SEIS
(GÁLVEZ,
quien piensa estar a solas, da cátedra a un auditorio imaginario sobre el
suicidio de Laura.)
El
reflector se cierra sobre el DOCTOR GÁLVEZ, quien toma la actitud de un maestro
a la antigua en el atril que semeja una cátedra.
DOCTOR
GÁLVEZ. — La noticia que a todos conmueve es sin duda aleccionadora.
En el caso de Laura pudimos observar una contradicción: tuvo fuerza para
recuperar la salud física, pero no pudo resistir la indiferencia de su familia.
Sus hijas. Su marido… Ella les compró la casa que antes rentaban. Su esposo la
abandonó y se llevó a las niñas con él. Laura Luz tal vez murió para… recibir
un poco más que indiferencia.
Sale
el RESIDENTE de la cabina y le entrega unas tarjetas al DOCTOR GÁLVEZ. El
RESIDENTE toma un micrófono y habla ante otro auditorio imaginario, no sin la
evidente molestia del psiquiatra GÁLVEZ que se siente descubierto.
RESIDENTE. — ¿Qué
debe uno hacer en casos en los que una paciente está decidida a morir? ¿Hay que
vigilarla día y noche? Se le puede internar, se le debe encadenar. ¿Y si se
escapa? ¿Y si se cuelga o se arroja por la ventana? Internarla es conveniente.
Que use una camisa de fuerza dirían algunos. No podemos hacernos cargo de todos
los pacientes. Por otro lado, los pacientes ya pueden manejarse fuera de los
hospitales... El asunto es… A quién le importa.
LILITH
y LAVÍN se enfrentan. Están como testigos INMA y RENATA.
LILITH. — (Al
doctor Lavín, que se ve atormentado) Me alegro por ella, porque... ya está
descansando. La envidio.
DOCTOR
LAVÍN. — ¿Y por qué no sigue sus pasos?
LILITH. —
¿Quiere que me suicide?
DOCTOR
LAVÍN. — No. Usted le tiene envidia, ¿no lo dijo?
LILITH. — Qué
clase de doctor es usted. Tengo que cuidar a mis hijas.
DOCTOR
LAVÍN. — Sus hijas ya no la necesitan.
LILITH. — Para
usted es muy fácil hablar. Sabe, dice mi hija que usted está loco.
CUADRO
SEGUNDO
ESCENA
UNO
(GÁLVEZ
expone el caso de Renata.)
DOCTOR
GÁLVEZ. — (Aparentemente solo, desde su cátedra en la que ensaya
lo que piensa sobre un paciente antes de empezar la sesión) Renata es una
mujer de muy escasos recursos. No tiene dinero, educación, sentimientos ni
afectos. Su deseo de morir se expresó primero en un dolor crónico en cabeza y
piernas. Su conflicto aparente lo constituye un Yo maltrecho, agobiado por la
figura materna.
“Entra
a escena” el RESIDENTE y aplaude al DOCTOR GÁLVEZ. Éste último medio se
emociona, pero también rechaza lo que podría considerar una burla.
ESCENA
DOS
(RENATA
y sus razones. Sale el asistente. Permanece el DOCTOR GÁLVEZ, quien por esta
vez conduce la sesión. Entran al escenario RENATA, GUSTAVO y LILITH.)
RENATA. — A mí
nunca me avisaron de la muerte de mi papá. Mi madre nunca me dijo nada. No me
ha perdonado que fuera una fácil, que me vieran besándome con el vecino. Todos
en la casa me odian y me desean el mal.
GUSTAVO. — (A
Renata) Yo no creo que tu problema sea tan grave como para querer morirte.
¿Por qué no simplemente te vas de esa miserable casa… Tú te vas y haces una
nueva vida. ¿No eres diseñadora de modas?
DOCTOR
GÁLVEZ. — (Irónico) Nada más fácil. (Se pone de pie y va
hacia Gustavo) Vamos a ver, Gustavo. Haremos una dramatización. ¿Sí sabe de
qué le hablo? (Gustavo asiente pero sin estar seguro en qué juego se mete)
Bien. El ejercicio no lo tiene como protagonista a usted. Sin embargo, usted
será el marido de Renata.
GUSTAVO. — ¿Yo?
DOCTOR
GÁLVEZ. — ¿Prefiere interpretar a la suegra?
GUSTAVO. — Hago
al marido.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Lilith será la suegra.
LILITH. — No. No
soy actriz. No me haga eso.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Ahora Renata, usted será la estrella de este drama. ¿Está
de acuerdo? Muy bien. Dígale a Ricardo que desea marcharse de aquí. Dígale: “Si
no nos vamos de esta mugrosa casa con todo y mis hijos soy capaz de matarme”.
Dígaselo.
(Pausa.)
RENATA,
al principio tímida, sorprende a todos con su actuación.
RENATA. — (A
Gustavo) Mira, Ricardo. Tu madre te tiene agarrado de los huevos... (Pausa)
¿Está bien así?
DOCTOR
GÁLVEZ. — Siga, no se detenga.
RENATA. — (Se
desahoga) Yo. A mí nunca me creyeron cuando dije que no era cierto que no
me acosté con nadie. Yo la verdad ni era ni soy piruja ni nada.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Háblele al marido. Háblele a su suegra.
RENATA. — (A
Lilith) Pinche vieja cabrona, te piensas que puedes darme órdenes a mí. Te
robastes a mi hija, te robas a tu hijo... Yo me casé con él.
DOCTOR
GÁLVEZ. — ¿Qué le gustaría decirle a su hija? Yo soy su hija.
RENATA. — (Al
Doctor Gálvez) Maldita seas, desde que nacistes, cabrona. No te perdono.
Nada más te vas con la pinche vieja esa.
DOCTOR
GÁLVEZ. — ¿Qué le gustaría decirle a su madre?
RENATA. — (Se
relaciona con Lilith como si fuera su propia madre) Ojalá y te lleve la
chingada en esta vida. Dios quiera y te mueras bien adolorida, cabrona de
porquería, ojalá y nunca me hubieras dado a luz, pinche perra desgraciada.
(Pausa.)
DOCTOR
GÁLVEZ. — Pueden sentarse. El ejercicio ha terminado.
GUSTAVO. — (En
voz baja) Lilith, ¿eras la suegra o la madre? (Al doctor) ¿Esto en
realidad funciona, doctor? Hay demasiada rabia.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Demasiada rabia, sí. Tiene razón Gustavo. Lo importante,
Renata, es que usted sepa a quién le tiene tanto odio. Y por qué. Después de
eso, el trabajo más difícil viene: hay que perdonar. Hay que aprender a
perdonar.
RENATA. —
¿Quiere decirme que odio a mi madre?
DOCTOR
GÁLVEZ. — Usted fue quien lo dijo. ¿Está de acuerdo? ¿Con usted?
(Oscuro.)
ESCENA
TRES
(LAVÍN
y GÁLVEZ sobre los pacientes.)
DOCTOR
LAVÍN. — (Al doctor Gálvez) Me aburren. Son inconstantes. No
puede haber avance si no hay continuidad en la terapia.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Puedo quedarme con este grupo.
DOCTOR
LAVÍN. — Sí, he visto cómo lo siguen más.
DOCTOR
GÁLVEZ. — Quizá usted tenga un problema.
DOCTOR
LAVÍN. — Ah, pues seguro usted tiene una solución a todo, como
siempre.
(Oscuro.)
ESCENA
CUATRO
(GUSTAVO,
RAMÓN y EL RESIDENTE. El DOCTOR GÁLVEZ está en la cabina de observación.)
RESIDENTE. — (Como
un réferi junto a Ramón y Gustavo que están de pie, frente a frente) Los
hemos citado en esta ocasión especial para que intercambien algunas ideas sobre
el tema que elijan. Pueden estar seguros de que tienen absoluta libertad de
hacer y decir cuanto quieran. Permanezcan de pie, frente a frente. Lo único que
no está permitido es tocarse.
Sale
el asistente. Se escucha la música de Haendel “llamada para la entrada de la
reina de Saba”. RAMÓN y GUSTAVO, quienes hasta el momento se estaban viendo
fijamente, se separan. RAMÓN está francamente molesto. GUSTAVO no puede evitar
morirse de risa con el tema musical que han puesto. RAMÓN está cada vez más
enojado.
RAMÓN. — (Hacia
la cabina) Pueden quitar esa música. No se vale.
GUSTAVO. — Es
Haendel.
RAMÓN. — No me
importa.
GUSTAVO. — Creo
que no corresponde a tus gustos.
RAMÓN. — Yo me
voy a sentar.
GUSTAVO. — Nos
dijeron que estuviéramos de pie, frente a frente.
RAMÓN. —
También nos dijeron que podíamos hacer y decir cualquier cosa. Yo me voy a
sentar.
RAMÓN
se desplaza buscando una silla. Se escucha la música “Promenade”, de “Cuadros
de una exposición” de Mussorgsky. GUSTAVO mira divertido cómo RAMÓN se enfurece
cada vez más y se sienta con obvia actitud de rechazo a la música que escucha.
Se
interrumpe la música. Se escucha la voz del Médico RESIDENTE.
RESIDENTE. — Ramón
es tan duro, tan rígido, que le molesta hasta la música. Ramón no se permite
llorar. Mucho menos se permite reír, porque una vez que comienza no puede
parar. Es incontenible la risa, es un ataque, duele la risa. Gustavo tiene
problemas con la autoridad. Cree que no debe dar nada a cambio de lo que
recibe. El mundo está en deuda con él y tiene que cobrarle a todos su presencia
en la tierra. No hay nada que le moleste más que un hombre como Ramón. Se
relaciona muy bien con sus pares y con la juventud. Detesta a los adultos que
tratan de imponerse solo por su edad.
(Pausa.)
RAMÓN
y GUSTAVO muy incómodos.
GUSTAVO. — Mira,
en cuanto a eso de que me desagradas, pues no; la verdad solamente me siento
incómodo con gente como tú.
RAMÓN. — Ya
vas. Con gente como yo. Con los aires de grandeza que te cargas deberías estar
con un médico particular. Tú, con tu forma de hablar tan correcta, tus... tus
aires de que eres mejor o más importante que todos los que venimos aquí.
GUSTAVO. — Ya
oíste lo que dijo el médico de mí, que el mundo está en deuda conmigo.
RAMÓN. —
Tenemos que pagarte entonces para que existas.
GUSTAVO. — En tu
caso no. Demasiados problemas tienes. No puedes reír, no puedes llorar. ¿Qué es
lo que sí puedes hacer? Ah, claro: Enojarte. Deberías tomar los medicamentos. A
mí sí me funcionan.
Se
escucha en off la voz de EL RESIDENTE.
RESIDENTE. — Ramón
y Gustavo se detestan. Se saludan con frialdad siempre.
GUSTAVO
y RAMÓN se quedan viendo fijamente como esperando que pase algo. RAMÓN se
levanta y se acerca, pero GUSTAVO baja la mirada. RAMÓN se va a sentar,
molesto, incómodo, pero ya sin ganas de interactuar con su compañero.
RAMÓN. — Creo
que podemos decir que estamos curados.
GUSTAVO. — El
error es pensar que estamos enfermos.
RAMÓN. — (Intenta
hacer una broma) Claro, los enfermos son los doctores, y nosotros vamos a
curarlos.
GUSTAVO. — (Bromista
también) No les faltes el respeto a los doctores… Ellos no están enfermos,
no, no, no.
RAMÓN. — (Tomando
conciencia) No soporto tu falta de respeto… pero… pero a mí tampoco me
gustan las etiquetas. No podemos vivir con la idea de que estamos enfermos.
GUSTAVO. — Ya
hasta me estás cayendo bien, Ramón. A ver, doctor. ¿Creo que por hoy hemos
terminado, no le parece?
En
los últimos diálogos la tensión se ha ido relajando. RAMÓN y GUSTAVO se quedan
viendo fijamente y sonríen. La sonrisa de RAMÓN es inusual. Se nota que no está
acostumbrado. EL RESIDENTE toma notas.
(Oscuro.)
ESCENA
CINCO
(INMA
y el DOCTOR LAVÍN.)
Al
encenderse la luz vemos al DOCTOR LAVÍN que escucha a INMA.
INMA. — Éramos
como una de esas familias donde todos mantenemos la distancia. Cuando salí de
mi casa conocí a mi marido. Yo no odio a mi marido pero no soy cariñosa, no
puedo. Tampoco me sale serlo con mi hija. Me desespera que quiera que la
abrace, no puedo, no me sale.
Va
disminuyendo la luz hasta que la voz de INMA se escucha como un murmullo.
Aumenta el volumen de una música extraña.
Entran
a escena el DOCTOR GÁLVEZ y los pacientes con medias máscaras que reflejan sus
diferentes conflictos: LILITH, RAMÓN, GUSTAVO, INMA y RENATA. El DOCTOR LAVÍN
trata de poner atención a todos.
RAMÓN. — No me
gusta ser el ogro de mi casa. Me gustaría poder llevar a mi hijo al parque. Me
gustaría poderle decir te quiero, abrazarlo.
INMA. — No sé
qué me pasa, pero no puedo controlar mi llanto.
LILITH. — Yo no
puedo reír. Tengo cuarenta y cuatro años y ya no puedo reír. Odio a los que
ríen. Odio las bromas.
RAMÓN. — A mí
me parece que ustedes los médicos se creen personas sanas y piensan que
nosotros estamos mal. Ustedes no son dioses. Y nosotros no solo somos unos…
pacientes. Basta de clasificar a las personas.
GUSTAVO. — Me
gustan los espejos. Los espejos son los otros. Yo tampoco creo que el mundo
esté dividido entre enfermos y sanos. Los que se casen con el personaje que les
tocó ser en la vida, pues mis más sinceras condolencias. Ustedes serán
doctores, locos, amas de casa, maestros y modistas. Nadie puede ser el
personaje que escogió en la vida… nadie puede serlo todo el tiempo. Estoy de
acuerdo con Ramón. Basta de ponernos etiquetas.
Se
escucha música de concierto que motive al baile. Sin embargo, todos se quedan
sentados en silencio. Se escucha el sonido de una ambulancia y, finalmente, un
intenso oleaje.
(Oscuro
final.)