1/9/14

Lorca, La zapatera prodigiosa


Federico García Lorca
La zapatera prodigiosa
Farsa violenta en dos actos
Personajes
ZAPATERA
VECINA ROJA
VECINA MORADA
VECINA NEGRA
VECINA VERDE
VECINA AMARILLA
BEATA PRIMERA
BEATA SEGUNDA
SACRISTANA
EL AUTOR
ZAPATERO
EL NIÑO
ALCALDE
DON MIRLO
MOZO DE LA FAJA
MOZO DEL SOMBRERO
HIJAS DE LA VECINA ROJA
VECINAS, BEATAS, CURAS Y PUEBLO
Prólogo
Cortina gris.
Aparece el Autor. Sale rápidamente. Lleva una carta en la mano.
EL AUTOR. Respetable público... (Pausa.) No, respetable público no, público
solamente, y no es que el autor no considere al público respetable, todo lo contrario,
sino que detrás de esta palabra hay como un delicado temblor de miedo y una especie
de súplica para que el auditorio sea generoso con la mímica de los actores y el artificio
del ingenio. El poeta no pide benevolencia, sino atención, una vez que ha saltado hace
mucho tiempo la barra espinosa de miedo que los autores tienen a la sala. Por este
miedo absurdo y por ser el teatro en muchas ocasiones una finanza, la poesía se retira
de la escena en busca de otros ambientes donde la gente no se asuste de que un árbol,
por ejemplo, se convierta en una bola de humo o de que tres peces, por amor de una
mano y una palabra, se conviertan en tres millones de peces para calmar el hambre de
una multitud. El autor ha preferido poner el ejemplo dramático en el vivo ritmo de una
zapatería popular. En todos los sitios late y anima la criatura poética que el autor ha
vestido de zapatera con aire de refrán o simple romancillo y no se extrañe el público si
aparece violenta o toma actitudes agrias porque ella lucha siempre, lucha con la
realidad que la cerca y lucha con la fantasía cuando ésta se hace realidad visible. (Seoyen voces de la Zapatera: «¡Quiero salir!».) ¡Ya voy! No tengas tanta impaciencia en
salir; no es un traje de larga cola y plumas inverosímiles el que sacas, sino un traje roto,
¿lo oyes?, un traje de zapatera. (Voz de la Zapatera dentro: «¡Quiero salir!».)
¡Silencio! (Se descorre la cortina y aparece el decorado con tenue luz.) También
amanece así todos los días sobre las ciudades, y el público olvida su medio mundo de
sueño para entrar en los mercados como tú en tu casa, en la escena, zapaterilla
prodigiosa. (Va creciendo la luz.) A empezar, tú llegas de la calle. (Se oyen las voces
que pelean. Al público.) Buenas noches. (Se quita el sombrero de copa y éste se
ilumina por dentro con una luz verde, el Autor lo inclina y sale de él un chorro de
agua. El Autor mira un poco cohibido al público y se retira de espaldas lleno de
ironía.) Ustedes perdonen. (Sale.)
Acto primero
Casa del Zapatero. Banquillo y herramientas. Habitación completamente blanca. Gran
ventana y puerta. El foro es una calle también blanca con algunas puertecitas y ventanas
en gris. A derecha a izquierda, puertas. Toda la escena tendrá un aire de optimismo y
alegría exaltada en los más pequeños detalles. Una suave luz naranja de media tarde
invade la escena.
Al levantarse el telón la Zapatera viene de la calle toda furiosa y se detiene en la puerta.
Viste un traje verde rabioso y lleva el pelo tirante, adornado con dos grandes rosas.
Tiene un aire agreste y dulce al mismo tiempo.
ESCENA PRIMERA
La Zapatera y luego un Niño.
ZAPATERA. Cállate, larga de lengua, penacho de catalineta, que si yo lo he hecho... si
yo lo he hecho, ha sido por mi propio gusto... Si no te metes dentro de tu casa lo
hubiera arrastrado, viborilla empolvada; y esto lo digo para que me oigan todas las que
están detrás de las ventanas. Que más vale estar casada con un viejo, que con un tuerto,
como tú estás. Y no quiero más conversación, ni contigo ni con nadie, ni con nadie, ni
con nadie. (Entra dando un fuerte portazo.) Ya sabía yo que con esta clase de gente no
se podía hablar ni un segundo... pero la culpa la tengo yo, yo y yo... que debí estarme en
mi casa con... casi no quiero creerlo, con mi marido. Quién me hubiera dicho a mí,
rubia con los ojos negros, que hay que ver el mérito que esto tiene, con este talle y estos
colores tan hermosísimos, que me iba a ver casada con... me tiraría del pelo. (Llora.
Llaman a la puerta.) ¿Quién es? (No responden y llaman otra vez.) ¿Quién es?
(Enfurecida.)
ESCENA II
La Zapatera y el Niño.
NIÑO. (Temerosamente.) Gente de paz.
ZAPATERA. (Abriendo.) ¿Eres tú? (Melosa y conmovida.)NIÑO. Sí, señora Zapaterita. ¿Estaba usted llorando?
ZAPATERA. No, es que un mosco de esos que hacen piiiiii, me ha picado en este ojo.
NIÑO. ¿Quiere usted que le sople?
ZAPATERA. No, hijo mío, ya se me ha pasado... (Le acaricia.) ¿Y qué es lo que
quieres?
NIÑO. Vengo con estos zapatos de charol, costaron cinco duros, para que los arregle su
marido. Son de mi hermana la grande, la que tiene el cutis fino y se pone dos lazos, que
tiene dos, un día uno y otro día otro, en la cintura.
ZAPATERA. Déjalos ahí, ya los arreglarán.
NIÑO. Dice mi madre que tenga cuidado de no darles muchos martillazos, que el charol
es muy delicado, para que no se estropee el charol.
ZAPATERA. Dile a tu madre que ya sabe mi marido lo que tiene que hacer, y que así
supiera ella aliñar con laurel y pimienta un buen guiso como mi marido componer za-
patos.
NIÑO. (Haciendo pucheros.) No se disguste usted conmigo, que yo no tengo la culpa y
todos los días estudio muy bien la gramática.
ZAPATERA. (Dulce.) ¡Hijo mío! ¡Prenda mía! ¡Si contigo no es nada! (Lo besa.) Toma
este muñequito, ¿te gusta? Pues llévatelo.
NIÑO. Me lo llevaré, porque como yo sé que usted no tendrá nunca niños...
ZAPATERA. ¿Quién te dijo eso?
NIÑO. Mi madre lo hablaba el otro día, diciendo: la zapatera no tendrá hijos, y se reían
mis hermanas y la comadre Rafaela.
ZAPATERA. (Nerviosísima.) ¿Hijos? Puede que los tenga más hermosos que todas ellas
y con más arranque y más honra, porque tu madre... es menester que sepas...
NIÑO. Tome usted el muñequito, ¡no lo quiero!
ZAPATERA. (Reaccionando.) No, no, guárdalo, hijo mío... ¡Si contigo no es nada!
ESCENA III
Aparece por la izquierda el Zapatero. Viste traje de terciopelo con botones de plata,
pantalón corto y corbata roja. Se dirige al banquillo.
ZAPATERA. ¡Válgate Dios!
NIÑO. (Asustado.) ¡Ustedes se conserven bien! ¡Hasta la vista! ¡Que sea enhorabuena!
¡Deo gratias! (Sale corriendo por la calle.)
ZAPATERA. Adiós, hijito. Si hubiera reventado antes de nacer, no estaría pasando estos
trabajos y estas tribulaciones. ¡Ay dinero, dinero!, sin manos y sin ojos debería haberse
quedado el que te inventó.
ZAPATERO. (En el banquillo.) Mujer, ¿qué estás diciendo...?
ZAPATERA. ¡Lo que a ti no te importa!
ZAPATERO. A mí no me importa nada de nada. Ya sé que tengo que aguantarme.
ZAPATERA. También me aguanto yo... piensa que tengo dieciocho años.
ZAPATERO. Y yo... cincuenta y tres. Por eso me callo y no me disgusto contigo...
¡demasiado sé yo!... Trabajo para ti... y sea lo que Dios quiera...
ZAPATERA. (Está de espaldas a su marido y se vuelve y avanza tierna y conmovida.)
Eso no, hijo mío... ¡no digas...!ZAPATERO. Pero, ¡ay, si tuviera cuarenta años o cuarenta y cinco, siquiera...! (Golpea
furiosamente un zapato con el martillo.)
ZAPATERA. (Enardecida.) Entonces yo sería tu criada, ¿no es esto? Si una no puede ser
buena... ¿Y yo?, ¿es que no valgo nada?
ZAPATERO. Mujer... repórtate.
ZAPATERA. ¿Es que mi frescura y mi cara no valen todos los dineros de este mundo?
ZAPATERO. Mujer... ¡que te van a oír los vecinos!
ZAPATERA. Maldita hora, maldita hora, en que le hice caso a mi compadre Manuel.
ZAPATERO. ¿Quieres que te eche un refresquito de limón?
ZAPATERA. ¡Ay, tonta, tonta, tonta! (Se golpea la frente.) Con tan buenos pretendientes
como yo he tenido.
ZAPATERO. (Queriendo suavizar.) Eso dice la gente.
ZAPATERA. ¿La gente? Por todas partes se sabe. Lo mejor de estas vegas. Pero el que
más me gustaba a mí de todos era Emiliano... tú lo conociste... Emiliano, que venía
montado en una jaca negra, llena de borlas y espejitos, con una varilla de mimbre en su
mano y las espuelas de cobre reluciente. ¡Y qué capa traía por el invierno! ¡Qué vueltas
de pana azul y qué agremanes de seda!
ZAPATERO. Así tuve yo una también... son unas capas preciosísimas.
ZAPATERA. ¿Tú? ¡Tú qué ibas a tener!... Pero, ¿por qué te haces ilusiones? Un zapatero
no se ha puesto en su vida una prenda de esa clase...
ZAPATERO. Pero, mujer, ¿no estás viendo?...
ZAPATERA. (Interrumpiéndole.) También tuve otro pretendiente... (El Zapatero golpea
fuertemente el zapato.) Aquél era medio señorito... tendría dieciocho años, ¡se dice muy
pronto! ¡Dieciocho años! (El Zapatero se revuelve inquieto.)
ZAPATERO. También los tuve yo.
ZAPATERA. Tú no has tenido en tu vida dieciocho años... Aquél sí que los tenía y me
decía unas cosas... Verás...
ZAPATERO. (Golpeando furioso.) ¿Te quieres callar? Eres mi mujer, quieras o no
quieras, y yo soy tu esposo. Estabas pereciendo, sin camisa, ni hogar. ¿Por qué me has
querido? ¡Fantasiosa, fantasiosa, fantasiosa!
ZAPATERA. (Levantándose.) ¡Cállate! No me hagas hablar más de lo prudente y ponte a
tu obligación. ¡Parece mentira! (Dos Vecinas con mantilla cruzan la ventana sonrien-
do.) ¿Quién me lo iba a decir, viejo pellejo, que me ibas a dar tal pago? ¡Pégame, si te
parece, anda, tírame el martillo!
ZAPATERO. Ay, mujer... no me des escándalos, ¡mira que viene la gente! ¡Ay, Dios
mío! (Las dos Vecinas vuelven a cruzar.)
ZAPATERA. Yo me he rebajado. ¡Tonta, tonta, tonta! Maldito sea mi compadre Manuel,
malditos sean los vecinos, tonta, tonta, tonta. (Sale golpeándose la cabexa.)
ESCENA IV
Zapatero, Vecina Roja y Niño.
ZAPATERO. (Mirándose en un espejo y contándose las arrugas.) Una, dos, tres,
cuatro... y mil. (Guarda el espejo.) Pero me está muy bien empleado, sí señor. Porque
vamos a ver: ¿por qué me habré casado? Yo debí haber comprendido, después de leertantas novelas, que las mujeres les gustan a todos los hombres, pero todos los hombres
no les gustan a todas las mujeres. ¡Con lo bien que yo estaba! Mi hermana, mi hermana
tiene la culpa, mi hermana que se empeñó: ¡«que si te vas a quedar solo», que si qué sé
yo! Y esto es mi ruina. ¡Mal rayo parta a mi hermana, que en paz descanse! (Fuera se
oyen voces.) ¿Qué será?
VECINA ROJA. (En la ventana y con gran brío. La acompañan sus Hijas vestidas del
mismo color.) Buenas tardes.
ZAPATERO. (Rascándose la cabeza.) Buenas tardes.
VECINA. Dile a tu mujer que salga. Niñas, ¿queréis no llorar más? ¡Qué salga, a ver si
por delante de mí casca tanto como por detrás!
ZAPATERO. ¡Ay, vecina de mi alma, no me dé usted escándalos, por los clavitos de
Nuestro Señor! ¿Qué quiere usted que yo le haga? Pero comprenda mi situación: toda la
vida temiendo casarme... porque casarse es una cosa muy seria, y, a última hora, ya lo
está usted viendo.
VECINA. ¡Qué lástima de hombre! ¡Cuánto mejor le hubiera ido a usted casado con
gente de su clase!... estas niñas, pongo por caso, a otras del pueblo...
ZAPATERO. Y mi casa no es casa. ¡Es un guirigay!
VECINA. ¡Se arranca el alma! Tan buenísima sombra como ha tenido usted toda su vida.
ZAPATERO. (Mira por si viene su Mujer.) Anteayer... despedazó el jamón que teníamos
guardado para estas Pascuas y nos lo comimos entero. Ayer estuvimos todo el día con
unas sopas de huevo y perejil: bueno, pues porque protesté de esto, me hizo beber tres
vasos seguidos de leche sin hervir.
VECINA. ¡Qué fiera!
ZAPATERO. Así es, vecinita de mi corazón, que le agradecería en el alma que se
retirase.
VECINA. ¡Ay, si viviera su hermana! Aquélla sí que era...
ZAPATERO. Ya ves... y de camino llévate tus zapatos que están arreglados. (Por la
puerta de la izquierda asoma la Zapatera, que detrás de la cortina espía la escena sin
ser vista.)
VECINA. (Mimosa.) ¿Cuánto me vas a llevar por ellos?... Los tiempos van cada vez
peor.
ZAPATERO. Lo que tú quieras... Ni que tire por allí ni que tire por aquí...
VECINA. (Dando en el codo a sus Hijas.) ¿Están bien en dos pesetas?
ZAPATERO. ¡Tú dirás!
VECINA. Vaya... te daré una...
ZAPATERA. (Saliendo furiosa.) ¡Ladrona! (Las Mujeres chillan y se asustan.) ¿Tienes
valor de robar a este hombre de esa manera? (A su Marido.) Y tú, ¿dejarte robar?
Vengan los zapatos. Mientras no des por ellos diez pesetas, aquí se quedan.
VECINA. ¡Lagarta, lagarta!
ZAPATERA. ¡Mucho cuidado con lo que estás diciendo!
NIÑAS. ¡Ay, vámonos, vámonos, por Dios!
VECINA. Bien despachado vas de mujer, ¡que te aproveche! (Se van rápidamente. El
Zapatero cierra la ventana y la puerta.)
ESCENA VZapatero y Zapatera.
ZAPATERO. Escúchame un momento...
ZAPATERA. (Recordando.) Lagarta... lagarta... qué, qué, qué... ¿qué me vas a decir?
ZAPATERO. Mira, hija mía. Toda mi vida ha sido en mí una verdadera preocupación
evitar el escándalo. (El Zapatero traga constantemente saliva.)
ZAPATERA. ¿Pero tienes el valor de llamarme escandalosa, cuando he salido a defender
tu dinero?
ZAPATERO. Yo no te digo más, que he huido de los escándalos, como las
salamanquesas del agua fría.
ZAPATERA. (Rápida.) ¡Salamanquesas! ¡Huy, qué asco!
ZAPATERO. (Armado de paciencia.) Me han provocado, me han, a veces, hasta
insultado, y no teniendo ni tanto así de cobarde he quedado con mi alma en mi almario,
por el miedo de verme rodeado de gentes y llevado y traído por comadres y
desocupados. De modo que ya lo sabes. ¿He hablado bien? Ésta es mi última palabra.
ZAPATERA. Pero vamos a ver: ¿a mí qué me importa todo eso? Me casé contigo, ¿no
tienes la casa limpia? ¿No comes? ¿No te pones cuellos y puños que en tu vida te los
habías puesto? ¿No llevas tu reloj, tan hermoso, con cadena de plata y venturinas, al
que doy cuerda toda las noches? ¿Qué más quieres? Porque, yo, todo; menos esclava.
Quiero hacer siempre mi santa voluntad.
ZAPATERO. No me digas... tres meses llevamos casados, yo, queriéndote... y tú,
poniéndome verde. ¿No ves que ya no estoy para bromas?
ZAPATERA. (Seria y como soñando.) Queriéndome, queriéndome... Pero (Brusca.) ¿qué
es eso de queriéndome? ¿Qué es queriéndome?
ZAPATERO. Tú te creerás que yo no tengo vista y tengo. Sé lo que haces y lo que no
haces, y ya estoy colmado, ¡hasta aquí!
ZAPATERA. (Fiera.) Pues lo mismo se me da a mí que estés colmado como que no
estés, porque tú me importas tres pitos, ¡ya lo sabes! (Llora.)
ZAPATERO. ¿No puedes hablarme un poquito más bajo?
ZAPATERA. Merecías, por tonto, que colgara la calle a gritos.
ZAPATERO. Afortunadamente creo que esto se acabará pronto; porque yo no sé cómo
tengo paciencia.
ZAPATERA. Hoy no comemos... de manera que ya te puedes buscar la comida por otro
sitio. (La Zapatera sale rápidamente hecha una furia.)
ZAPATERO. Mañana (Sonriendo.) quizá la tengas que buscar tú también. (Se va al
banquillo.)
ESCENA VI
Por la puerta central aparece el Alcalde. Viste de azul oscuro, gran capa y larga vara de
mando rematada con cabos de plata. Habla despacio y con gran sorna.
ALCALDE. ¿En el trabajo?
ZAPATERO. En el trabajo, señor Alcalde.
ALCALDE. ¿Mucho dinero?ZAPATERO. El suficiente. (El Zapatero sigue trabajando. El Alcalde mira
curiosamente a todos lados.)
ALCALDE. Tú no estás bueno.
ZAPATERO. (Sin levantar la vista.) No.
ALCALDE. ¿La mujer?
ZAPATERO. (Asintiendo.) ¡La mujer!
ALCALDE. (Sentándose.) Eso tiene casarse a tu edad... A tu edad se debe ya estar
viudo... de una, como mínimum... Yo estoy de cuatro: Rosa, Manuela, Visitación y
Enriqueta Gómez, que ha sido la última: buenas mozas todas, aficionadas al baile y al
agua limpia. Todas, sin excepción, han probado esta vara repetidas veces. En mi casa...
en mi casa, coser y cantar.
ZAPATERO. Pues ya está usted viendo qué vida la mía. Mi mujer... no me quiere. Habla
por la ventana con todos. Hasta con don Mirlo, y a mí se me está encendiendo la
sangre.
ALCALDE. (Riendo.) Es que ella es una chiquilla alegre, eso es natural.
ZAPATERO. ¡Ca! Estoy convencido... yo creo que esto lo hace por atormentarme;
porque, estoy seguro..., ella me odia. Al principio creí que la dominaría con mi carácter
dulzón y mis regalillos: collares de coral, cintillos, peinetas de concha... ¡hasta unas
ligas! Pero ella... ¡es siempre ella!
ALCALDE. Y tú, siempre tú; ¡qué demonio! Vamos, lo estoy viendo y me parece
mentira cómo un hombre, lo que se dice un hombre, no puede meter en cintura, no una,
sino ochenta hembras. Si tu mujer habla por la ventana con todos, si tu mujer se pone
agria contigo, es porque tú quieres, porque tú no tienes arranque. A las mujeres, buenos
apretones en la cintura, pisadas fuertes y la voz siempre en alto, y si con esto se atreven
a hacer quiquiriquí, la vara, no hay otro remedio. Rosa, Manuela, Visitación y
Enriqueta Gómez, que ha sido la última, te lo pueden decir desde la otra vida, si es que
por casualidad están allí.
ZAPATERO. Pero si el caso es que no me atrevo a decirle una cosa. (Mira con recelo.)
ALCALDE. (Autoritario.) Dímela.
ZAPATERO. Comprendo que es una barbaridad .... pero yo no estoy enamorado de mi
mujer.
ALCALDE. ¡Demonio!
ZAPATERO. Sí, señor, ¡demonio!
ALCALDE. Entonces, grandísimo tunante, ¿por qué te has casado?
ZAPATERO. Ahí lo tiene usted. Yo no me to explico tampoco. Mi hermana, mi hermana
tiene la culpa. Que si te vas a quedar solo, que si qué sé yo, que si qué sé yo cuánto...
Yo tenía dinerillos, salud, y dije: ¡allá voy! Pero, benditísima soledad antigua. ¡Mal
rayo parta a mi hermana, que en paz descanse!
ALCALDE. ¡Pues te has lucido!
ZAPATERO. Sí, señor, me he lucido... Ahora, que yo no aguanto más. Yo no sabía lo
que era una mujer. Digo, ¡usted, cuatro! Yo no tengo edad para resistir este jaleo.
ZAPATERA. (Cantando dentro, fuerte.)
¡Ay, jaleo, jaleo,
ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo!ZAPATERO. Ya lo está usted oyendo.
ALCALDE. ¿Y qué piensas hacer?
ZAPATERO. Cuca silvana. (Hace el ademán.)
ALCALDE. ¿Se te ha vuelto el juicio?
ZAPATERO. (Excitado.) El zapatero a tus zapatos se acabó para mí. Yo soy un hombre
pacífico. Yo no estoy acostumbrado a estos voceríos y a estar en lenguas de todos.
ALCALDE. (Riéndose.) Recapacita lo que has dicho que vas a hacer; que tú eres capaz
de hacerlo, y no seas tonto. Es una lástima que un hombre como tú no tenga el carácter
que debías tener. (Por la puerta de la izquierda aparece la Zapatera echándose polvos
con una polvera rosa y limpiándose las cejas.)
ESCENA VII
Dichos y Zapatera,
ZAPATERA. Buenas tardes.
ALCALDE. Muy buenas. (Al Zapatero.) ¡Como guapa, es guapísima!
ZAPATERO. ¿Usted cree?
ALCALDE. ¡Qué rosas tan bien puestas lleva usted en el pelo y qué bien huelen!
ZAPATERA. Muchas que tiene usted en los balcones de su casa.
ALCALDE. Efectivamente. ¿Le gustan a usted las flores?
ZAPATERA. ¿A mí...? ¡Ay, me encantan! Hasta en el tejado tendría yo macetas, en la
puerta, por las paredes. Pero a éste... a ése... no le gustan. Claro, toda la vida haciendo
botas, ¡qué quiere usted! (Se sienta en la ventana.) Y buenas tardes. (Mira a la calle y
coquetea.)
ZAPATERO. ¿Lo ve usted?
ALCALDE. Un poco brusca... pero es una mujer guapísima. ¡Qué cintura tan ideal!
ZAPATERO. No la conoce usted.
ALCALDE. ¡Psch! (Saliendo majestuosamente.) ¡Hasta mañana! Y a ver si se despeja
esa cabeza. ¡A descansar, niña! ¡Qué lástima de talle! (Vase mirando a la Zapatera.)
¡Porque, vamos! ¡Y hay que ver qué ondas en el pelo! (Sale.)
ESCENA VIII
Zapatero y Zapatera.
ZAPATERA. (Cantando.)
Si tu madre tiene un rey,
la baraja tiene cuatro:
rey de oros, rey de copas,
rey de espadas, rey de bastos.
(La Zapatera coge una silla y sentada en la
ventana empieza a darle vueltas.)ZAPATERO. (Cogiendo otra silla y dándole vueltas en sentido contrario.) Si sabes que
tengo esa superstición, y para mí esto es como si me dieras un tiro, ¿por qué lo haces?
ZAPATERA. (Soltando la silla.) ¿Qué he hecho yo? ¿No te digo que no me dejas ni
moverme?
ZAPATERO. Ya estoy harto de explicarte... pero es inútil. (Va a hacer mutis, pero la
Zapatera empieza otra vez y el Zapatero viene corriendo desde la puerta y da vueltas a
su silla.) ¿Por qué no me dejas marchar, mujer?
ZAPATERA. ¡Jesús!, pero si lo que yo estoy deseando es que te vayas.
ZAPATERO. ¡Pues déjame!
ZAPATERA. (Enfurecida.) ¡Pues vete! (Fuera se oye una flauta acompañada de
guitarra que toca una polquita antigua con el ritmo cómicamente acusado. La
Zapatera empieza a llevar el compás con la cabeza y el Zapatero huye por la
izquierda.)
ESCENA IX
Zapatera.
ZAPATERA. (Cantando.) Larán... larán... A mí, es que la flauta me ha gustado siempre
mucho... Yo siempre he tenido delirio por ella... Casi se me saltan las lágrimas... ¡Qué
primor! Larán, larán... Oye... Me gustaría que él la oyera... (Se levanta y se pone a
bailar como si lo hiciera con novios imaginarios.) ¡Ay, Emiliano! Qué cintillos tan
preciosos llevas... No, no... me da vergüencilla... Pero, José María, ¿no ves que nos
están viendo? Coge un pañuelo, que no quiero que me manches el vestido. A ti te
quiero, a ti... ¡Ah, sí!... mañana que traigas la jaca blanca, la que a mí me gusta. (Ríe.
Cesa la música.) ¡Qué mala sombra! Esto es dejar a una con la miel en los labios...
Qué...
ESCENA X
Aparece en la ventana don Mirlo. Viste de negro, frac y pantalón corto. Le tiembla la voz
y mueve la cabeza como un muñeco de alambre.
MIRLO. ¡Chisssssss!
ZAPATERA. (Sin mirar y vuelta de espalda a la ventana.) Pin, pin, pío, pío, pío.
MIRLO. (Acercándose más.) ¡Chissss! Zapaterita blanca, como el corazón de las
almendras, pero amargosilla también. Zapaterita... junco de oro encendido... Zapaterita,
bella Otero de mi corazón.
ZAPATERA. Cuánta cosa, don Mirlo; a mí me parecía imposible que los pajarracos
hablaran. Pero si anda por ahí revoloteando un mirlo negro, negro y viejo... sepa que yo
no puedo oírle cantar hasta más tarde... pin, pío, pío, pío.
MIRLO. Cuando las sombras crepusculares invadan con sus tenues velos el mundo y la
vía pública se halle libre de transeuntes, volveré. (Toma rapé y estornuda sobre el
cuello de la Zapatera.)
ZAPATERA. (Volviéndose airada y pegando a don Mirlo, que tiembla.) ¡Aaaa! (Con
cara de asco:) ¡Y aunque no vuelvas, indecente! Mirlo de alambre, garabato de candil...Corre. corre... ¿Se habrá visto? ¡Mira que estornudar! ¡Vaya mucho con Dios! ¡Qué
asco!
ESCENA XI
En la ventana se para el Mozo de la Faja. Tiene el sombrero plano echado a la cara y da
pruebas de gran pesadumbre.
MOZO. ¿Se toma el fresco, zapaterita?
ZAPATERA. Exactamente igual que usted.
MOZO. Y siempre sola... ¡Qué lástima!
ZAPATERA. (Agria.) ¿Y por qué, lástima?
MOZO. Una mujer como usted, con ese pelo y esa pechera tan hermosísima...
ZAPATERA. (Más agria.) Pero, ¿por qué lástima?
MOZO. Porque usted es digna de estar pintada en las tarjetas postales y no aquí... este
portalillo.
ZAPATERA. ¿Sí?... A mí las tarjetas postales me gustan mucho, sobre todo las de novios
que se van de viaje...
MOZO. ¡Ay, zapaterita, qué calentura tengo! (Siguen hablando.)
ZAPATERO. (Entrando y retrocediendo.) ¡Con todo el mundo y a estas horas! ¡Qué
dirán los que vengan al rosario de la iglesia! ¡Qué dirán en el casino! ¡Me estarán
poniendo!... En cada casa, un traje con ropa interior y todo. (Zapatera ríe.) ¡Ay, Dios
mío! ¡Tengo razón para marcharme! Quisiera oír a la mujer del sacristán; pues ¿y los
curas? ¿Qué dirán los curas? Eso será lo que habrá que oír. (Entra desesperado.)
MOZO. ¿Cómo quiere que se lo exprese...? Yo la quiero, te quiero como...
ZAPATERA. Verdaderamente eso de «la quiero», «te quiero», suena de un modo que
parece que me están haciendo cosquillas con una pluma detrás de las orejas. Te quiero,
la quiero...
MOZO. ¿Cuántas semillas tiene el girasol?
ZAPATERA. ¡Yo qué sé!
MOZO. Tantos suspiros doy cada minuto por usted; por ti...
(Muy cerca.)
ZAPATERA. (Brusca.) Estáte quieto. Yo puedo oírte hablar porque me gusta y es bonito,
pero nada más, ¿lo oyes? ¡Estaría bueno!
MOZO. Pero eso no puede ser. ¿Es que tienes otro compromiso?
ZAPATERA. Mira, vete.
MOZO. No me muevo de este sitio sin el sí. ¡Ay, mi zapaterita, dame tu palabra! (Va a
abrazarla.)
ZAPATERA. (Cerrando violentamente la ventana.) ¡Pero qué impertinente, qué loco!...
¡Si te he hecho daño te aguantas!... Como si yo no estuviera aquí más que paraaa,
paraaaa... ¿Es que en este pueblo no puede una hablar con nadie? Por lo que veo, en
este pueblo no hay más que dos extremos: o monja o trapo de fregar... ¡Era lo que me
quedaba que ver! (Haciendo como que huele y echando a correr.) ¡Ay, mi comida que
está en la lumbre! ¡Mujer ruin!
ESCENA XIILa luz se va marchando. El Zapatero sale con una gran capa y un bulto de ropa en la
mano.
ZAPATERO. ¡O soy otro hombre o no me conozco! ¡Ay, casita mía! ¡Ay, banquillo mío!
Cerote, clavos, pieles de becerro... Bueno. (Se dirige hacia la puerta y retrocede, pues
se topa con dos Beatas en el mismo quicio.)
BEATA 1a Descansando, ¿verdad?
BEATA 2a ¡Hace usted bien en descansar!
ZAPATERO. (Con mal humor.) ¡Buenas noches!
BEATA 1a A descansar, maestro.
BEATA 2a ¡A descansar, a descansar! (Se van.)
ZAPATERO. Sí, descansando... ¡Pues no estaban mirando por el ojo de la llave! ¡Brujas,
sayonas! ¡Cuidado con el retintín con que me lo han dicho! Claro... si en todo el pueblo
no se hablará de otra cosa: ¡que si yo, que si ella, que si los mozos! ¡Ay! ¡Mal rayo
parta a mi hermana que en paz descanse! ¡Pero primero solo que señalado por el dedo
de los demás! (Sale rápidamente y deja la puerta abierta. Por la izquierda aparece la
Zapatera.)
ESCENA XIII
La Zapatera.
ZAPATERA. Ya está la comida... ¿me estás oyendo? (Avanza hacia la puerta de la
derecha:) ¿Me estás oyendo? Pero, ¿habrá tenido el valor de marcharse al cafetín,
dejando la puerta abierta... y sin haber terminado los borceguíes? Pues cuando vuelva,
¡me oirá! ¡Me tiene que oír! ¡Qué hombres son los hombres, qué abusivos y qué... qué...
vaya!... (En un repeluzno.) ¡Ay, qué fresquito hace! (Se pone a encender el candil y de
la calle llega el ruido de las esquilas de los rebaños que vuelven al pueblo. La
Zapatera se asoma a la ventana.) ¡Qué primor de rebaños! Lo que es a mí, me chalan
las ovejitas. Mira, mira... aquella blanca tan chiquita que casi no puede andar. ¡Ay!...
Pero aquella grandota y antipática se empeña en pisarla y nada... (A voces.) Pastor,
¡asombrado! ¿No estás viendo que te pisotean la oveja recién nacida? (Pausa.) Pues
claro que me importa... ¿No ha de importarme? ¡Brutísimo!... Y mucho... (Se quita de
la ventana.) Pero, Señor, ¿adónde habrá ido este hombre desnortado? Pues si tarda
siquiera dos minutos más, como yo sola, que me basto y me sobro... ¡Con la comida tan
buena que he preparado...! Mi cocido, con sus patatas de la sierra, dos pimientos
verdes, pan blanco, un poquito magro de tocino, y arrope con calabaza y cáscara de
limón para encima, ¡porque lo que es cuidarlo, lo que es cuidarlo, te estoy cuidando a
mano! (Durante todo este monólogo da muestras de gran actividad, moviéndose de un
lado para otro, arreglando las sillas, despabilando el velón y quitándose motas del
vestido.)
ESCENA XIV
Niña, Zapatera, Alcalde, Sacristana, Vecinos y Vecinas.NIÑO. (En la puerta.) ¿Estás disgustada, todavía?
ZAPATERA. Primorcito de su vecina, ¿dónde vas?
NIÑO. (En la puerta.) Tú no me regañarás, ¿verdad?, porque a mi madre que algunas
veces me pega, la quiero veinte arrobas, pero a ti te quiero treinta y dos y media...
ZAPATERA. ¿Por qué eres tan precioso? (Sienta al Niño en sus rodillas.)
NIÑO. Yo venía a decirte una cosa que nadie quiere decirte. Ve tú, ve tú, ve tú, y nadie
quería y entonces, «que vaya el niño», dijeron... porque era un notición que nadie
quiere dar.
ZAPATERA. Pero dímelo pronto, ¿qué ha pasado?
NIÑO. No te asustes, que de muertos no es.
ZAPATERA. ¡Anda!
NIÑO. Mira, zapaterita... (Por la ventana entra una mariposa y el Niño bajándose de las
rodillas de la Zapatera echa a correr.) Una mariposa, una mariposa... ¿no tienes un
sombrero...? Es amarilla, con pintas azules y rojas... y, ¡qué sé yo...!
ZAPATERA. Pero, hijo mío... ¿quieres?...
NIÑO. (Enérgico.) Cállate y habla en voz baja, ¿no ves que se espanta si no? ¡Ay! ¡Dame
tu pañuelo!
ZAPATERA. (Intrigada ya en la caza.) Tómalo.
NIÑO. ¡Chis...! No pises fuerte.
ZAPATERA. Lograrás que se escape.
NIÑO. (En voz baja y como encantando a la mariposa, canta.)
Mariposa del aire,
qué hermosa eres,
mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!
No te quieres parar,
pararte no quieres.
Mariposa del aire
dorada y verde.
Luz de candil,
mariposa del aire,
¡quédate ahí, ahí, ahí!
¡Quédate ahí!
Mariposa, ¿estás ahí?
ZAPATERA. (En broma.) Síííí.
NIÑO. No, eso no vale. (La mariposa vuela.)
ZAPATERA. ¡Ahora! ¡Ahora!
NIÑO. (Corriendo alegremente con el pañuelo.) ¿No te quieres parar? ¿No quieres dejar
de volar?
ZAPATERA. (Corriendo también por otro lado.) ¡Que se escapa, que se escapa! (El
Niño sale corriendo por la puerta persiguiendo a la mariposa.)ZAPATERA. (Enérgica.) ¿Dónde vas?
NIÑO. (Suspenso.) ¡Es verdad! (Rápido.) ¡Pero yo no tengo la culpa!
ZAPATERA. ¡Vamos! ¿Quieres decirme lo que pasa? ¡Pronto!
NIÑO. ¡Ay! Pues, mira... tu marido, el zapatero, se ha ido para no volver más.
ZAPATERA. (Aterrada.) ¿Cómo?
NIÑO. Sí, sí, eso ha dicho en casa antes de montarse en la diligencia, que lo he visto yo...
y nos encargó que te lo dijéramos y ya lo sabe todo el pueblo...
ZAPATERA. (Sentándose desplomada.) ¡No es posible, esto no es posible! ¡Yo no lo
creo!
NIÑO. ¡Sí que es verdad, no me regañes!
ZAPATERA. (Levantándose hecha una furia y dando fuertes pisotadas en el suelo.) ¿Y
me da este pago? ¿Y me da este pago? (El Niño se refugia detrás de la mesa.)
NIÑO. ¡Que se caen las horquillas!
ZAPATERA. ¿Qué va a ser de mí sola en esta vida? ¡Ay, ay, ay!
(El Niño sale corriendo. La ventana y las puertas están llenas de vecinos.) Sí, sí, venid
a verme, cascantes, comadricas, por vuestra culpa ha sido...
ALCALDE. Mira, ya te estás callando. Si tu marido te ha dejado ha sido porque no lo
querías, porque no podía ser.
ZAPATERA. ¿Pero lo van a saber ustedes mejor que yo? Sí, lo quería, vaya si lo quería,
que pretendientes buenos y muy riquísimos he tenido y no les he dado el sí jamás. ¡Ay,
pobrecito mío, qué cosas te habrán contado!
SACRISTANA. (Entrando.) Mujer, repórtate.
ZAPATERA. No me resigno. No me resigno. ¡Ay, ay! (Por la puerta empiezan a entrar
Vecinas vestidas con colores violentos y que llevan grandes vasos de refrescos. Giran,
corren, entran y salen alrededor de la Zapatera que está sentada gritando, con la
prontitud y ritmo de baile. Las grandes faldas se abren a las vueltas que dan. Todos
adoptan una actitud cómica de pena.)
VECINA AMARILLA. Un refresco.
VECINA ROJA: Un refresquito.
VECINA VERDE. Para la sangre.
VECINA NEGRA. De limón.
VECINA MORADA. De zarzaparrilla.
VECINA ROJA. La menta es mejor.
VECINA MORADA. Vecina.
VECINA VERDE. Vecinita.
VECINA NEGRA. Zapatera.
VECINA ROJA. Zapaterita.
(Las Vecinas arman gran algazara. La Zapatera llora a gritos.)
Telón
Acto segundo
La misma decoración. A la izquierda, el banquillo arrumbado. A la derecha, un
mostrador con botellas y un lebrillo con agua donde la Zapatera friega las copas. LaZapatera está detrás del mostrador. Viste un traje rojo encendido, con amplias faldas y
los brazos al aire. En la escena, dos mesas. En una de ellas está sentado don Mirlo, que
toma un refresco y en la otra el Mozo del Sombrero en la cara.
ESCENA PRIMERA
La Zapatera friega con gran ardor vasos y copas que va colocando en el mostrador.
Aparece en la puerta el Mozo de la Faja y el Sombrero plano del primer acto. Está triste.
Lleva los brazos caídos y mira de manera tierna a la Zapatera. Al actor que exagere lo
más mínimo en este tipo, debe el Director de escena darle un bastonazo en la cabeza.
Nadie debe exagerar. La farsa exige siempre naturalidad. El Autor ya se ha encargado
de dibujar el tipo y el sastre de vestirlo. Sencillez. El Mozo se detiene en la puerta. Don
Mirlo y el otro Mozo vuelven la cabeza y lo miran. Ésta es casi una escena de cine. Las
miradas y expresión del conjunto dan su expresión. La Zapatera deja de fregar y mira al
Mozo fijamente. Silencio.
ZAPATERA. Pase usted.
MOZO DE LA FAJA. Si usted lo quiere...
ZAPATERA. (Asombrada.) ¿Yo? Me trae absolutamente sin cuidado, pero como te veo
en la puerta...
MOZO DE LA FAJA. Lo que usted quiera. (Se apoya en el mostrador.) (Entre dientes.)
Éste es otro al que voy a tener que...
ZAPATERA. ¿Qué va a tomar?
MOZO DE LA FAJA. Seguiré sus indicaciones.
ZAPATERA. Pues la puerta.
MOZO DE LA FAJA. ¡Ay, Dios mío, cómo cambian los tiempos!
ZAPATERA. No crea que me voy a echar a llorar. Vamos. Va usted a tomar copa, café,
refresco, ¿diga?
MOZO DE LA FAJA. Refresco.
ZAPATERA. No me mire tanto que se me va a derramar el jarabe.
MOZO DE LA FAJA. Es que yo me estoy muriendo. ¡Ay! (Por la ventana pasan dos
Majas con inmensos abanicos. Miran, se santiguan escandalizadas, se tapan los ojos
con los pericones y a pasos menuditos cruzan.)
ZAPATERA. El refresco.
MOZO DE LA FAJA. (Mirándola.) ¡Ay!
MOZO DEL SOMBRERO. (Mirando al suelo.) ¡Ay!
MIRLO. (Mirando al techo.) ¡Ay! (La Zapatera dirige la cabeza hacia los tres ayes.)
ZAPATERA. ¡Requeteay! Pero esto ¿es una taberna o un hospital? ¡Abusivos! Si no
fuera porque tengo que ganarme la vida con estos vinillos y este trapicheo, porque estoy
sola desde que se fue por culpa de todos vosotros mi pobrecito marido de mi alma,
¿cómo es posible que yo aguantara esto? ¿Qué me dicen ustedes? Los voy a tener que
plantar en lo ancho de la calle.
MIRLO. Muy bien, muy bien dicho.
MOZO DEL SOMBRERO. Has puesto taberna y podemos estar aquí dentro todo el
tiempo que queramos.ZAPATERA. (Fiera.) ¿Cómo? ¿Cómo? (El Mozo de la Faja inicia el mutis y don Mirlo
se levanta sonriente y haciendo como que está en el secreto y que volverá.)
MOZO DEL SOMBRERO. Lo que he dicho.
ZAPATERA. Pues si dices tú, más digo yo y puedes enterarte, y todos los del pueblo, que
hace cuatro meses que se fue mi marido y no cederé a nadie jamás, porque una mujer
casada debe estarse en su sitio como Dios manda. Y que no me asusto de nadie, ¿lo
oyes?, que yo tengo la sangre de mi abuelo, que esté en gloria, que fue desbravador de
caballos y lo que se dice un hombre. Decente fui y decente lo seré. Me comprometí con
mi marido. Pues hasta la muerte. (Don Mirlo sale por la puerta rápidamente y
haciendo señas que indican una relación entre él y la Zapatera.)
MOZO DEL SOMBRERO. (Levantándose.) Tengo tanto coraje que agarraría un toro de
los cuernos, le haría hincar la cerviz en las arenas y después me comería sus sesos cru-
dos con estos dientes míos, en la seguridad de no hartarme de morder. (Sale
rápidamente y don Mirlo huye hacia la izquierda.)
ZAPATERA. (Con las manos en la cabeza.) Jesús, Jesús, Jesús y Jesús. (Se sienta.)
ESCENA II
Zapatera y Niño.
Por la puerta entra el Niño, se dirige a la Zapatera y le tapa los ojos.
NIÑO. ¿Quién soy yo?
ZAPATERA. Mi niño, pastorcillo de Belén.
NIÑO. Ya estoy aquí. (Se besan.)
ZAPATERA. ¿Vienes por la meriendita?
NIÑO. Si tú me la quieres dar...
ZAPATERA. Hoy tengo una onza de chocolate.
NIÑO. ¿Sí? A mí me gusta mucho estar en tu casa.
ZAPATERA. (Dándole la onza.) Porque eres interesadillo...
NIÑO. ¿Interesadillo? ¿Ves este cardenal que tengo en la rodilla?
ZAPATERA. ¿A ver? (Se sienta en una silla baja y toma al Niño en brazos.)
NIÑO. Pues me lo ha hecho el Lunillo porque estaba cantando... las coplas que te han
sacado y yo le pegué en la cara, y entonces él me tiró una piedra que, ¡plaff!, mira.
ZAPATERA. ¿Te duele mucho?
NIÑO. Ahora no, pero he llorado.
ZAPATERA. No hagas caso ninguno de lo que dicen.
NIÑO. Es que eran cosas muy indecentes. Cosas indecentes que yo sé decir, ¿sabes? pero
que no quiero decir.
ZAPATERA. (Riéndose.) Porque si las dices cojo un pimiento picante y lo pongo la
lengua como un ascua. (Ríen.)
NIÑO. Pero, ¿por qué te echarán a ti la culpa de que tu marido se haya marchado?
ZAPATERA. Ellos, ellos son los que la tienen y los que me hacen desgraciada.
NIÑO. (Triste.) No digas, Zapaterita.
ZAPATERA. Yo me miraba en sus ojos. Cuando le veía venir montado en su jaca
blanca...NIÑO. (Interrumpiéndole.) ¡Ja, ja, ja! Me estás engañando. El señor Zapatero no tenía
jaca.
ZAPATERA. Niño, sé más respetuoso. Tenía jaca, claro que la tuvo, pero es... es que tú
no habías nacido.
NIÑO. (Pasándole la mano por la cara.) ¡Ah! ¡Eso sería!
ZAPATERA. Ya ves tú... cuando lo conocí estaba yo lavando en el arroyo del pueblo.
Medio metro de agua y las chinas del fondo se veían reír, reír con el temblorcillo. Él
venía con un traje,negro entallado, corbata roja de seda buenísima y cuatro anillos de
oro que relumbraban como cuatro soles.
NIÑO. ¡Qué bonito!
ZAPATERA. Me miró y lo miré. Yo me recosté en la hierba. Todavía me parece sentir
en la cara aquel aire tan fresquito que venía por los árboles. Él paró su caballo y la cola
del caballo era blanca y tan larga que llegaba al agua del arroyo. (La Zapatera está casi
llorando. Empieza a oírse un canto lejano.) Me puse tan azarada que se me fueron dos
pañuelos preciosos, así de peqúeñitos, en la corriente.
NIÑO. ¡Qué risa!
ZAPATERA. Él, entonces, me dijo... (El canto se oye más cerca. Pausa.) ¡Chisss...!
NIÑO. (Se levanta.) ¡Las coplas!
ZAPATERA. ¡Las coplas! (Pausa. Los dos escuchan.) ¿Tú sabes lo que dicen?
NIÑO. (Con la mano.) Medio, medio.
ZAPATERA. Pues cántalas, que quiero enterarme.
NIÑO. ¿Para qué?
ZAPATERA. Para que yo sepa de una vez lo que dicen.
NIÑO. (Cantando y siguiendo el compás.) Verás:
La señora Zapatera,
al marcharse su marido,
ha montado una taberna
donde acude el señorío.
ZAPATERA. ¡Me la pagarán!
NIÑO. (El Niño lleva el compás con la mano en la mesa.)
Quién lo compra, Zapatera,
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encajes de bolillos.
Ya la corteja el Alcalde,
ya la corteja don Mirlo.
¡Zapatera, Zapatera,
Zapatera, te has lucido!
(Las voces se van distinguiendo cerca
y claras con su acompañamiento de
panderos. La Zapatera coge un mantoncillo
de Manila y se lo echa sobre los hombros.)
¿Dónde vas? (Asustado.)ZAPATERA. ¡Van a dar lugar a que compre un revólver! (El canto se aleja. La Zapatera
corre a la puerta. Pero tropieza con el Alcalde que viene majestuoso, dando golpes con
la vara en el suelo.)
ALCALDE. ¿Quién despacha?
ZAPATERA. ¡El demonio!
ALCALDE. Pero, ¿qué ocurre?
ZAPATERA. Lo que usted debía saber hace muchos días, lo que usted como alcalde no
debía permitir. La gente me canta coplas, los vecinos se ríen en sus puertas y como no
tengo marido que vele por mí, salgo yo a defenderme, ya que en este pueblo las
autoridades son calabacines, ceros a la izquierda, estafermos.
NIÑO. Muy bien dicho.
ALCALDE. (Enérgico.) Niño, niño, basta de voces... ¿Sabes tú lo que he hecho ahora?
Pues meter en la cárcel a dos o tres de los que venían cantando.
ZAPATERA. ¡Quisiera yo ver eso!
VOZ. (Fuera.) ¡Niñoooo!
NIÑO. ¡Mi madre me llama! (Corre a la ventana.) ¡Quéee! Adiós. Si quieres te puedo
traer el espadón grande de mi abuelo, el que se fue a la guerra. Yo no puedo con él, ¿sa-
bes?, pero tú, sí.
ZAPATERA. (Sonriendo.) ¡Lo que quieras!
VOZ. (Fuera.) ¡Niñoooo!
NIÑO. (Ya en la calle.) ¿Quéeee?
ESCENA III
Zapatera y Alcálde.
ALCALDE. Por lo que veo, este niño sabio y retorcido es la única persona a quien tratas
bien en el pueblo.
ZAPATERA. No pueden ustedes hablar una sola palabra sin ofender... ¿De qué se ríe su
ilustrísima?
ALCALDE. ¡De verte tan hermosa y desperdiciada!
ZAPATERA. ¡Antes un perro! (Le sirve un vaso de vino.)
ALCALDE. ¡Qué desengaño de mundo! Muchas mujeres he conocido como amapolas,
como rosas de olor... mujeres morenas con los ojos como tinta de fuego, mujeres que
les huele el pelo a nardos y siempre tienen las manos con calentura, mujeres cuyo talle
se puede abarcar con estos dos dedos, pero como tú, como tú no hay nadie. Anteayer
estuve enfermo toda la mañana porque vi tendidas en el prado dos camisas tuyas con
lazos celestes, que era como verte a ti, zapatera de mi alma.
ZAPATERA. (Estallando furiosa.) Calle usted, viejísimo, calle usted; con hijas mozuelas
y lleno de familia no se debe cortejar de esta manera tan indecente y tan descarada.
ALCALDE. Soy viudo.
ZAPATERA. Y yo casada.
ALCALDE. Pero tu marido te ha dejado y no volverá, estoy seguro.
ZAPATERA. Yo viviré como si lo tuviera.
ALCALDE. Pues a mí me consta, porque me lo dijo, que no te quería ni tanto así.ZAPATERA. Pues a mí me consta que sus cuatro señoras, mal rayo las parta, le
aborrecían a muerte.
ALCALDE. (Dando en el suelo con la vara.) ¡Ya estamos!
ZAPATERA. (Tirando un vaso.) ¡Ya estamos! (Pausa.)
ALCALDE. (Entre dientes.) Si yo te cogiera por mi cuenta, ¡vaya si te domaba!
ZAPATERA. (Guasona.) ¿Qué está usted diciendo?
ALCALDE. Nada, pensaba... que si tú fueras como debías ser, te hubiera enterado que
tengo voluntad y valentía para hacer escritura, delante del notario, de una casa muy
hermosa.
ZAPATERA. ¿Y qué?
ALCALDE. Con un estrado que costó cinco mil reales, con centros de mesa, con cortinas
de brocatel, con espejos de cuerpo entero...
ZAPATERA. ¿Y qué más?
ALCALDE. (Tenoriesco.) Que la casa tiene una cama con coronación de pájaros y
azucenas de cobre, un jardín con seis palmeras y una fuente saltadora, pero aguarda,
para estar alegre, que una persona que sé yo se quiera aposentar en sus salas donde
estaría... (Dirigiéndose a la Zapatera.) Mira, ¡estarías como una reina!
ZAPATERA. (Guasona.) Yo no estoy acostumbrada a esos lujos. Siéntese usted en el
estrado, métase usted en la cama, mírese usted en los espejos y póngase con la boca
abierta debajo de las palmeras esperando que le caigan los dátiles, que yo de zapatera
no me muevo.
ALCALDE. Ni yo de alcalde. Pero que te vayas enterando que no por mucho despreciar
amanece más temprano. (Con retintín.)
ZAPATERA. Y que no me gusta usted ni me gusta nadie del pueblo. ¡Que está usted muy
viejo!
ALCALDE. (Indignado.) Acabaré metiéndote en la cárcel.
ZAPATERA. ¡Atrévase usted! (Fuera se oye un toque de trompeta floreado y
comiquísimo.)
ALCALDE. ¿Qué será eso?
ZAPATERA. (Alegre y ojiabierta.) ¡Títeres! (Se golpea las rodillas. Por la ventana
cruzan dos Mujeres.)
VECINA ROJA. ¡Títeres!
VECINA MORADA. ¡Títeres!
NIÑO. (En la ventana.) ¿Traerán monos? ¡Vamos!
ZAPATERA. (Al Alcalde.) ¡Yo voy a cerrar la puerta!
NIÑO. ¡Vienen a tu casa!
ZAPATERA. ¿Sí? (Se acerca a la puerta.)
NIÑO. ¡Míralos!
ESCENA IV
Por la puerta aparece el Zapatero disfrazado. Trae una trompeta y un cartelón enrollado
a la espalda, lo rodea la gente. La Zapatera queda en actitud expectante y el Niño salta
por la ventana y se coge a sus faldones.
ZAPATERO. Buenas tardes.ZAPATERA. Buenas tardes tenga usted, señor titiritero.
ZAPATERO. ¿Aquí se puede descansar?
ZAPATERA. Y beber, si usted gusta.
ALCALDE. Pase usted, buen hombre y tome lo que quiera, que yo pago. (A los Vecinos.)
Y vosotros, ¿qué hacéis ahí?
VECINA ROJA. Como estamos en lo ancho de la calle no creo que le estorbemos. (El
Zapatero mirándolo todo con disimulo deja el rollo sobre la mesa.)
ZAPATERO. Déjelos, señor Alcalde... supongo que es usted, que con ellos me gano la
vida.
NIÑO. ¿Dónde he oído yo hablar a este hombre? (En toda la escena el Niño mirará con
gran extrañeza al Zapatero.) ¡Haz ya los títeres! (Los Vecinos ríen.)
ZAPATERO. En cuanto tome un vaso de vino.
ZAPATERA. (Alegre.) ¿Pero los va usted a hacer en mi casa?
ZAPATERO. Si tú me lo permites.
VECINA ROJA. Entonces, ¿podemos pasar?
1
ZAPATERA. (Seria.) Podéis pasar. (Da un vaso al Zapatero.)
VECINA ROJA. (Sentándose.) Disfrutaremos un poquito. (El Alcalde se sienta.)
ALCALDE. ¿Viene usted de muy lejos?
ZAPATERO. De muy lejísimos.
ALCALDE. ¿De Sevilla?
ZAPATERO. Échele usted leguas.
ALCALDE. ¿De Francia?
ZAPATERO. Échele usted leguas.
ALCALDE. ¿De Inglaterra?
ZAPATERO. De las Islas Filipinas. (Las Vecinas hacen rumores de admiración. La
Zapatera está extasiada.)
ALCALDE. ¿Habrá usted visto a los insurrectos?
ZAPATERO. Lo mismo que les estoy viendo a ustedes ahora.
NIÑO. ¿Y cómo son?
ZAPATERO. Intratables. Figúrense ustedes que casi todos ellos son zapateros. (Los
Vecinos miran a la Zapatera.)
ZAPATERA. (Quemada.) ¿Y no los hay de otros oficios?
ZAPATERO. Absolutamente. En las Islas Filipinas, zapateros.
ZAPATERA. Pues puede que en las Filipinas esos zapateros sean tontos, que aquí en
estas tierras los hay listos y muy listos.
VECINA ROJA. (Adulona.) Muy bien hablado.
ZAPATERA. (Brusca.) Nadie le ha preguntado su parecer.
VECINA ROJA. ¡Hija mía!
ZAPATERO. (Enérgico, interrumpiendo.) ¡Qué rico Vino! (Más fuerte.) ¿Qué
requeterrico vino! (Silencio.) Vino de uvas negras como el alma de algunas mujeres que
yo conozco.
ZAPATERA. ¡De las que la tengan!
ALCALDE. ¡Chis! ¿Y en qué consiste el trabajo de usted?
ZAPATERO. (Apura el vaso, chasca la lengua y mira a la Zapatera.) ¡Ah! Es un trabajo
de poca apariencia y de mucha ciencia. Enseño la vida por dentro. Aleluyas son los
hechos del zapatero mansurrón y la Fierabrás de Alejandría, vida de don DiegoCorrientes, aventuras del guapo Francisco Esteban y, sobre todo, arte de colocar el
bocado a las mujeres parlanchinas y respondonas.
ZAPATERA. ¡Todas esas cosas las sabía mi pobrecito esposo!
ZAPATERO. ¡Dios lo haya perdonado!
ZAPATERA. Oiga usted... (Las Vecinas se ríen.)
NIÑO. ¡Cállate!
ALCALDE. (Autoritario.) ¡A callar! Enseñanzas son esas que convienen a todas las
criaturas. Cuando usted guste. (El Zapatero desenrolla el cartelón en el que hay
pintada una historia de ciego, dividida en pequeños cuadros, pintados con almazarrón
y colores violentos. Los Vecinos inician un movimiento de aproximación y la Zapatera
se sienta al Niño sobre sus rodillas.)
ZAPATERO. Atención.
NIÑO. ¡Ay, qué precioso! (Abraza a la Zapatera, murmullos.)
ZAPATERA. Que te fijes bien por si acaso no me entero del todo.
NIÑO. Más difícil que la historia sagrada no será.
ZAPATERO. Respetable público: Oigan ustedes el romance verdadero y sustancioso de
la mujer rubicunda y el hombrecito de la paciencia, para que sirva de escarmiento y
ejemplaridad a todas las gentes de este mundo. (En tono lúgubre.) Aguzad vuestros
oídos y entendimiento. (Los Vecinos alargan la cabeza y algunas Mujeres se agarran
de las manos.)
NIÑO. ¿No te parece el titiritero, hablando, a tu marido?
ZAPATERA. Él tenía la voz más dulce.
ZAPATERO. ¿Estamos?
ZAPATERA. Me sube así un repeluzno.
NIÑO. ¡Y a mí también!
ZAPATERO. (Señalando con la varilla.)
En un cortijo de Córdoba,
entre jarales y adelfas,
vivía un talabartero
con una talabartera. (Expectación.)
Ella era mujer arisca,
él hombre de gran paciencia,
ella giraba en los veinte
y él pasaba de cincuenta.
¡Santo Dios, cómo reñían!
Miren ustedes la fiera,
burlando al débil marido
con los ojos y la lengua.
(Está pintada en el cartel una mujer que mira
de manera infantil y cómica.)
ZAPATERA. ¡Qué mala mujer! (Murmullos.)
ZAPATERO.
Cabellos de emperadoratiene la talabartera,
y una carne como el agua
cristalina de Lucena.
Cuando movía las faldas
en tiempos de primavera
olía toda su ropa
a limón y a yerbabuena.
¡Ay, qué limón, limón
de la limonera!
¡Qué apetitosa
talabartera! (Los Vecinos ríen.)
Ved cómo la cortejaban
mocitos de gran presencia
en caballos relucientes
llenos de borlas de seda.
Gente cabal y garbosa
que pasaba por la puerta
haciendo brillar adrede
las onzas de sus cadenas.
La conversación a todos
daba la talabartera,
y ellos caracoleaban
sus jacas sobre las piedras.
Miradla hablando con uno
bien peinada y bien compuesta,
mientras el pobre marido
clava en el cuero la lezna.
(Muy dramático y cruxando las manos.)
Esposo viejo y decente
casado con joven tierna,
qué tunante caballista
roba tu amor en la puerta.
(La Zapatera, que ha estado dando suspiros, rompe a llorar.)
ZAPATERO. (Volviéndose.) ¿Qué os pasa?
ALCALDE. ¡Pero, niña! (Da con la vara.)
VECINA ROJA. ¡Siempre llora quien tiene por qué callar!
VECINA MORADA. ¡Siga usted! (Los Vecinos murmuran y sisean.)
ZAPATERA. Es que me da mucha lástima y no puedo contenerme, ¿lo ve usted?, no
puedo contenerme. (Llora queriéndose contener, hipando de manera comiquísima.)
ALCALDE. ¡Chitón!
NIÑO. ¿Lo Ves?ZAPATERO. ¡Hagan el favor de no interrumpirme! ¡Cómo se conoce que no tienen que
decirlo de memoria!
NIÑO. (Suspirando.) ¡Es verdad!
ZAPATERO. (Malhumorado.)
Un lunes por la mañana
a eso de las once y media,
cuando el sol deja sin sombra
los juncos y madreselvas,
cuando alegremente bailan
brisa y tomillo en la sierra
y van cayendo las verdes
hojas de las madroñeras,
regaba sus alhelíes
la arisca talabartera.
Llegó su amigo trotando
una jaca cordobesa
y le dijo entre suspiros:
Niña, si tú lo quisieras,
cenaríamos mañana
los dos solos, en tu mesa.
¿Y qué harás de mi marido?
Tu marido no se entera.
¿Qué piensas hacer? Matarlo.
Es ágil. Quizá no puedas.
¿Tienes revólver? ¡Mejor!,
¡tengo navaja barbera!
¿Corta mucho? Más que el frío.
(La Zapatera se tapa los ojos y aprieta al Niño.
Todos los Vecinos tienen una expectación máxima
que se notará en sus expresiones.)
Y no time ni una mella.
¿No has mentido? Le daré
diez puñaladas certeras
en esta disposición,
que me parece estupenda:
cuatro en la región lumbar,
una en la tetilla izquierda,
otra en semejante sitio
y dos en cada cadera.
¿Lo matarás en seguida?
Esta noche cuando vuelva
con el cuero y con las crines
por la curva de la acequia.(En este último verso y con toda rapidez se oye fuera del escenario un
grito angustiado y fortísimo; los Vecinos se levantan. Otro grito más
cerca. Al Zapatero se le cae de las manos el cartelón y la varilla.
Tiemblan todos cómicamente.)
VECINA NEGRA. (En la ventana.) ¡Ya han sacado las navajas!
ZAPATERA. ¡Ay, Dios mio!
VECINA ROJA. ¡Virgen Santísima!
ZAPATERO. ¡Qué escándalo!
VECINA NEGRA. ¡Se están matando! ¡Se están cosiendo a puñaladas por culpa de esa
mujer! (Señala a la Zapatera.)
ALCALDE. (Nervioso.) ¡Vamos a ver!
NIÑO. ¡Que me da mucho miedo!
VECINA VERDE. ¡Acudir, acudir! (Van saliendo.)
VOZ. (Fuera.) ¡Por esa mala mujer!
ZAPATERO. Yo no puedo tolerar esto; ¡no lo puedo tolerar! (Con las manos en la
cabeza corre la escena. Van saliendo rapidísimamente todos entre ayes y miradas de
odio a la Zapatera. Ésta cierra rápidamente la ventana y la puerta.)
ESCENA V
Zapatera y Zapatero.
ZAPATERA. ¿Ha visto usted qué infamia? Yo le juro por la preciosísima sangre de
nuestro padre Jesús, que soy inocente. ¡Ay! ¿Qué habrá pasado?... Mire, mire usted
como tiemblo. (Le enseña las manos.) Parece que las manos se me quieren escapar ellas
solas.
ZAPATERO. Calma, muchacha. ¿Es que su marido está en la calle?
ZAPATERA. (Rompiendo a llorar.) ¿Mi marido? ¡Ay, señor mío!
ZAPATERO. ¿Qué le pasa?
ZAPATERA. Mi marido me dejó por culpa de las gentes y ahora me encuentro sola sin
calor de nadie.
ZAPATERO. ¡Pobrecilla!
ZAPATERA. ¡Con lo que yo lo quería! ¡Lo adoraba!
ZAPATERO. (En un arranque.) ¡Eso no es verdad!
ZAPATERA. (Dejando rápidamente de llorar.) ¿Qué está usted diciendo?
ZAPATERO. Digo que es una cosa tan... incomprensible que... parece que no es verdad.
(Turbado.)
ZAPATERA. Tiene usted mucha razón, pero yo desde entonces no como, ni duermo, ni
vivo; porque él era mi alegría, mi defensa.
ZAPATERO. Y queriéndolo tanto como lo quería, ¿la abandonó? Por lo que veo su
marido de usted era un hombre de pocas luces.
ZAPATERA. Haga el favor de guardarse la lengua en el bolsillo. Nadie le ha dado
permiso para que dé su opinión.
ZAPATERO. Usted perdone, no he querido...
ZAPATERA. Digo... ¡cuando era más listo!ZAPATERO. (Con guasa.) ¿Siiii?
ZAPATERA. (Enérgica.) Sí. ¿Ve usted todos esos romances y chupaletrinas que canta y
cuenta por los pueblos? Pues todo eso es un ochavo comparado con lo que él sabía... él
sabía... ¡el triple!
ZAPATERO. (Serio.) No puede ser.
ZAPATERA. (Enérgica.) Y el cuádruple... Me los decía todos a mí cuando nos
acostábamos. Historietas antiguas que usted no habrá oído mentar siquiera...
(Gachona.) y a mí me daba un susto... pero él me decía: « ¡Preciosa de mi alma, si esto
ocurre de mentirijillas! ».
ZAPATERO. (Indignado.) ¡Mentira!
ZAPATERA. (Extrañadísima.) ¿Eh? ¿Se le ha vuelto el juicio?
ZAPATERO. ¡Mentira!
ZAPATERA. (Indignada.) Pero ¿qué es lo que está usted diciendo, titiritero del
demonio?
ZAPATERO. (Fuerte y de pie.) Que tenía mucha razón su marido de usted. Esas
historietas son pura mentira, fantasía nada más. (Agrio.)
ZAPATERA. (Agria.) Naturalmente, señor mío. Parece que me toma por tonta de
capirote... pero no me negará usted que dichas historietas impresionan.
ZAPATERO. ¡Ah, eso ya es harina de otro costal! Impresionan a las almas
impresionables.
ZAPATERA. Todo el mundo tiene sentimientos.
ZAPATERO. Según se mire. He conocido mucha gente sin sentimiento. Y en mi pueblo
vivía una mujer... en cierta época, que tenía el suficiente mal corazón para hablar con
sus amigos por la ventana mientras el marido hacía botas y zapatos de la mañana a la
noche.
ZAPATERA. (Levantándose y cogiendo una silla.) ¿Eso lo dice por mí?
ZAPATERO. ¿Cómo?
ZAPATERA. ¡Que si va con segunda, dígalo! ¡Sea valiente!
ZAPATERO. (Humilde.) Señorita, ¿qué está usted diciendo? ¿Qué sé yo quién es usted?
Yo no la he ofendido en nada; ¿por qué me falta de esa manera? ¡Pero es mi sino! (Casi
lloroso.)
ZAPATERA. (Enérgica, pero conmovida.) Mire usted, buen hombre. Yo he hablado así
porque estoy sobre ascuas; todo el mundo me asedia, todo el mundo me critica; ¿cómo
quiere que no esté acechando la ocasión más pequeña para defenderme? Si estoy sola,
si soy joven y vivo ya sólo de mis recuerdos. (Llora.)
ZAPATERO. (Lloroso.) Ya comprendo, preciosa joven. Lo comprendo mucho más de lo
que pueda imaginarse, porque... ha de saber usted con toda clase de reservas que su si-
tuación es... sí, no cabe duda, idéntica a la mía.
ZAPATERA. (Intrigada.) ¿Es posible?
ZAPATERO. (Se deja caer sobre la mesa.) A mí... ¡me abandonó mi esposa!
ZAPATERA. ¡No pagaba con la muerte!
ZAPATERO. Ella soñaba con un mundo que no era el mío, era fantasiosa y dominanta,
gustaba demasiado de la conversación y las golosinas que yo no podía costearle, y un
día tormentoso de viento huracanado me abandonó para siempre.
ZAPATERA. ¿Y qué hace usted ahora, corriendo mundo?ZAPATERO. Voy en su busca para perdonarla y vivir con ella lo poco que me queda de
vida. A mi edad ya se está malamente por esas posadas de Dios.
ZAPATERA. (Rápida.) Tome un poquito de café caliente que después de toda esta
tracamandana le servirá de salud. (Va al mostrador a echar el café y vuelve la espalda
al Zapatero.)
ZAPATERO. (Persignándose exageradamente y abriendo los ojos.) Dios te lo premie,
clavellinita encarnada.
ZAPATERA. (Le o frece la taza. Se queda con el plato en las manos y él bebe a sorbos.)
¿Está bueno?
ZAPATERO. (Meloso.) ¡Como hecho por sus manos!
ZAPATERA. (Sonriente.) ¡Muchas gracias!
ZAPATERO. (En el último trago.) ¡Ay, qué envidia me da su marido!
ZAPATERA. ¿Por qué?
ZAPATERO. (Galante.) ¡Porque se pudo casar con la mujer más preciosa de la tierra!
ZAPATERA. (Derretida.) ¡Qué cosas tiene!
ZAPATERO. Y ahora casi me alegro de tenerme que marchar, porque usted sola, yo solo,
usted tan guapa y yo con mi lengua en su sitio, me parece que se me escaparía cierta
insinuación...
ZAPATERA. (Reaccionando.) Por Dios, ¡quite de ahí! ¿Qué se figura? ¡Yo guardo mi
corazón entero para el que está por esos mundos, para quien debo, para mi marido!
ZAPATERO. (Contentísimo y tirando el sombrero al suelo.) ¡Eso está pero que muy
bien! Así son las mujeres verdaderas, ¡así!
ZAPATERA. (Un poco guasona y sorprendida.) Me parece a mí que usted está un
poco... (Se lleva el dedo a la sien.)
ZAPATERO. Lo que usted quiera. ¡Pero sepa y entienda que yo no estoy enamorado de
nadie más que de mi mujer, mi esposa de legítimo matrimonio!
ZAPATERA. Y yo de mi marido y de nadie más que de mi marido. Cuántas veces lo he
dicho para que lo oyeran hasta los sordos. (Con las manos cruzadas.) ¡Ay, qué
zapaterillo de mi alma!
ZAPATERO. (Aparte.) ¡Ay, qué zapaterilla de mi corazón! (Golpes en la puerta.)
ESCENA VI
Zapatera, Zapatero y Niño.
ZAPATERA. ¡Jesús! Está una en un continuo sobresalto. ¿Quién es?
NIÑO. ¡Abre!
ZAPATERA. ¿Pero es posible? ¿Cómo has venido?
NIÑO. ¡Ay, vengo corriendo para decírtelo!
ZAPATERA. ¿Qué ha pasado?
NIÑO. Se han hecho heridas con las navajas dos o tres mozos y te echan a ti la culpa.
Heridas que echan mucha sangre. Todas las mujeres han ido a ver al juez para que te
vayas del pueblo, ¡ay! Y los hombres querían que el sacristán tocara las campanas para
cantar tus coplas... (El Niño está jadeante y sudoroso.)
ZAPATERA. (Al Zapatero.) ¿Lo está usted viendo?
NIÑO. Toda la plaza está llena de corrillos... parece la feria... ¡y todos contra ti!ZAPATERO. ¡Canallas! Intenciones me dan de salir a defenderla.
ZAPATERA. ¿Para qué? Lo meterían en la cárcel. Yo soy la que va a tener que hacer
algo gordo.
NIÑO. Desde la ventana de tu cuarto puedes ver el jaleo de la plaza.
ZAPATERA. (Rápida.) Vamos, quiero cerciorarme de la maldad de las gentes. (Mutis
rápido.)
ESCENA VII
Zapatero.
ZAPATERO. Sí, sí, canallas... pero pronto ajustaré cuentas con todos y me las pagarán...
¡Ay, casilla mía, qué calor más agradable sale por tus puertas y ventanas!; ¡ay, qué te-
rribles paradores, qué malas comidas, qué sábanas de lienzo moreno por esos caminos
del mundo! ¡Y qué disparate no sospechar que mi mujer era de oro puro, del mejor oro
de la tierra! ¡Casi me dan ganas de llorar!
ESCENA VIII
Zapatero y Vecinas.
VECINA ROJA. (Entrando rápida.) Buen hombre.
VECINA AMARILLA. (Rápida.) Buen hombre.
VECINA ROJA. Salga en seguida de esta casa. Usted es persona decente y no debe estar
aquí.
VECINA AMARILLA. Ésta es la casa de una leona, de una hiena.
VECINA ROJA. De una mal nacida, desengaño de los hombres.
VECINA AMARILLA. Pero o se va del pueblo o la echamos. Nos trae locas.
VECINA ROJA. Muerta la quisiera ver.
VECINA AMARILLA. Amortajada, con su ramo en el pecho.
ZAPATERO. (Angustiado.) ¡Basta!
VECINA ROJA. Ha corrido la sangre.
VECINA AMARILLA. No quedan pañuelos blancos.
VECINA ROJA. Dos hombres como dos soles.
VECINA AMARILLA. Con las navajas clavadas.
ZAPATERO. (Fuerte.) ¡Basta ya!
VECINA ROJA. Por culpa de ella.
VECINA AMARILLA. Ella, ella y ella.
VECINA ROJA. Miramos por usted.
VECINA AMARILLA. ¡Le avisamos con tiempo!
ZAPATERO. Grandísimas embusteras, mentirosas, mal nacidas. Os voy a arrastrar del
pelo.
VECINA ROJA. (A la otra.) ¡También lo ha conquistado!
VECINA AMARILLA. ¡A fuerza de besos habrá sido!
ZAPATERO. ¡Así os lleve el demonio! ¡Basiliscos, perjuras!VECINA NEGRA. (En la ventana.) ¡Comadre, corra usted! (Sale corriendo. Las dos
Vecinas hacen to mismo.)
VECINA ROJA. Otro en el garlito.
VECINA AMARILLA. ¡Otro!
ZAPATERO. ¡Sayonas, judías! ¡Os pondré navajillas barberas en los zapatos! Me vais a
soñar.
ESCENA IX
Zapatero, Zapatera y Niño.
NIÑO. (Entra rápido.) Ahora entraba un grupo de hombres en casa del Alcalde. Voy a
ver lo que dicen. (Sale corriendo.)
ZAPATERA. (Valiente.) Pues aquí estoy, si se atreven a venir. Y con serenidad de
familia de caballistas, que he cruzado muchas veces la sierra, sin hamugas, a pelo sobre
los caballos.
ZAPATERO. ¿Y no flaqueará algún día su fortaleza?
ZAPATERA. Nunca se rinde la que, como yo, está sostenida por el amor y la honradez.
Soy capaz de seguir así hasta que se me vuelva cana toda mi mata de pelo.
ZAPATERO. (Conmovido y avanzando hacia ella.) Ay...
ZAPATERA. ¿Qué le pasa?
ZAPATERO. Me emociono.
ZAPATERA. Mire usted, tengo a todo el pueblo encima, quieren venir a matarme, y sin
embargo no tengo ningún miedo. La navaja se contesta con la navaja y el palo con el
palo, pero cuando de noche cierro esa puerta y me voy sola a mi cama... me da una
pena... ¡qué pena! ¡Y paso unas sofocaciones!... Que cruje la cómoda: ¡un susto! Que
suenan con el aguacero lós cristales del ventanillo, ¡otro susto! Que yo sola meneo sin
querer las perinolas de la cama, ¡susto doble! Y todo esto no es más que el miedo a la
soledad donde están los fantasmas, que yo no he visto porque no los he querido ver,
pero que vieron mi madre y mi abuela y todas las mujeres de mi familia que han tenido
ojos en la cara.
ZAPATERO. ¿Y por qué no cambia de vida?
ZAPATERA. ¿Pero usted está en su juicio? ¿Qué voy a hacer? ¿Dónde voy así? Aquí
estoy y Dios dirá. (Fuera y muy lejanos se oyen murmurllos y aplausos.)
ZAPATERO. Yo lo siento mucho, pero tengo que emprender mi camino antes que la
noche se me eche encima. ¿Cuánto debo? (Coge el cartelón.)
ZAPATERA. Nada.
ZAPATERO. No transijo.
ZAPATERA. Lo comido por lo servido.
j
ZAPATERO. Muchas gracias. (Triste se carga el cartelón.) Entonces, adiós... para toda
la vida, porque a mi edad... (Está conmovido.)
ZAPATERA. (Reaccionando.) Yo no quisiera despedirme así. Yo soy mucho más alegre.
(En voz clara.) Buen hombre, Dios quiera que encuentre usted a su mujer, para que
vuelva a vivir con el cuido y la decencia a que estaba acostumbrado. (Está conmovida.)
ZAPATERO. Igualmente le digo de su esposo. Pero usted ya sabe que el mundo es
reducido, ¿qué quiere que le diga si por casualidad me lo encuentro en mis caminatas?ZAPATERA. Dígale usted que lo adoro.
ZAPATERO. (Acercándose.) ¿Y qué más?
ZAPATERA. Que a pesar de sus cincuenta y tantos años, benditísimos cincuenta años,
me resulta más juncal y torerillo que todos los hombres del mundo.
ZAPATERO. ¡Niña, qué primor! ¡Le quiere usted tanto como yo a mi mujer!
ZAPATERA. ¡Muchísimo más!
ZAPATERO. No es posible. Yo soy como un perrillo y mi mujer manda en el castillo,
¡pero que mande! Tiene más sentimiento que yo. (Está cerca de ella y como
adorándola.)
ZAPATERA. Y no se le olvide decirle que lo espero, que el invierno tiene las noches
largas.
ZAPATERO. Entonces, ¿lo recibiría usted bien?
ZAPATERA. Como si fuera el rey y la reina juntos.
ZAPATERO. (Temblando.) ¿Y si por casualidad llegara ahora mismo?
ZAPATERA. ¡Me volvería loca de alegría!
ZAPATERO. ¿Le perdonaría su locura?
zAPATERA. ¡Cuanto tiempo hace que se la perdoné!
ZAPATERO. ¿Quiere usted que llegue ahora mismo?
ZAPATERA. ¡Ay, si viniera!
ZAPATERO. (Gritando.) ¡Pues aquí está!
ZAPATERA. ¿Qué está usted diciendo?
ZAPATERO. (Quitándose las gafas y el disfraz.) ¡Que ya no puedo más! ¡Zapatera de mi
corazón! (La Zapatera está como loca, con los brazos separados del cuerpo. El
Zapatero abraza a la Zapatera y ésta lo mira fijamente en medio de su crisis. Fuera se
oye claramente un run- run de coplas.)
VOZ. (Dentro.)
La señora zapatera
al marcharse su marido
ha montado una taberna
donde acude el señorío.
ZAPATERA. (Reaccionando.) Pillo, gránujá, tunante, canalla! ¿Lo oyes? ¡Por tu culpa!
(Tira las sillas.)
ZAPATERO. (Emocionado dirigiéndose al banquillo.) ¡Mujer de mi corazón!
ZAPATERA. ¡Corremundos! ¡Ay, cómo me alegro de que hayas venido! ¡Qué vida te
voy a dar! ¡Ni la Inquisición! ¡Ni los templarios de Roma!
ZAPATERO. (En el banquillo.) ¡Casa de mi felicidad! (Las coplas se oyen cerquísima,
los Vecinos aparecen en la ventana.)
VOCES. (Dentro.)
Quién te compra zapatera
el paño de tus vestidos
y esas chambras de batista
con encajes de bolillos.
Ya la corteja el alcalde,
ya la corteja don Mirlo.Zapatera, zapatera,
¡zapatera te has lucido!
ZAPATERA. ¡Qué desgraciada soy! ¡Con este hombre que Dios me ha dado! (Yendo a
la puerta.) ¡Callarse largos de lengua, judíos colorados! Y venid, venid ahora, si
queréis. Ya somos dos a defender mi casa, ¡dos! ¡dos! yo y mi marido. (Dirigiéndose al
Marido.) ¡Con este pillo, con este granuja! (El ruido de las coplas llena la escena. Una
campana rompe a tocar lejana y furiosamente.)
Telón

31/8/14

Macbeth, William Shakespeare.


William Shakespeare
MACBETH

DRAMATIS PERSONAE

DUNCAN, REY de Escocia

MALCOLM
sus hijos
DONALBAIN


MACBETH
generales del ejército escocés
BANQUO


MACDUFF
LENNOX
ROSS barones escoceses
ANGUS
MENTETH
CATHNESS

FLEANCE, hijo de Banquo
SIWARD, Conde de Northumberland
EL JOVEN SIWARD, su hijo
Hijo de Macduff
SEYTON, ayudante de Macbeth
LADY MACBETH
LADY MACDUFF
Tres BRUJAS, las Hermanas Fatídicas
HÉCATE
Otras tres brujas
Apariciones
Un CAPITÁN del ejército escocés
Un MÉDICO inglés
Un MÉDICO escocés
Un PORTERO
Un ANCIANO
Una DAMA de compañía de Lady Macbeth
ASESINOS (de Banquo)
ASESINOS (de Lady Macduff e hijos)

Nobles, caballeros, soldados, criados, mensajeros y acompl miento.


LA TRAGEDIA DE MACBETH

I.i Truenos y relámpagos. Entran tres BRUJAS.

BRUJA I.a
¿Cuándo volvemos a vemos?
¿Bajo lluvia, rayo y trueno?
BRUJA 2.a
Cuando acaben brega y bronca
y haya derrota y victoria.
BRUJA 3.a
Antes de que el sol se ponga.
BRUJA I.a
¿En qué lugar?
BRUJA 2.a
En el yermo.

BRUJA 3.a
A Macbeth allí veremos.
BRUJA I.a
¡Voy, Graymalkin!
[BRUJA 2.a]
Llama Paddock.
[BRUJA 3.a]
¡En seguida!
TODAS
Bello es feo y feo es bello.
Flota en bruma y aire espeso.

Salen.

I.ii Fragor de combate. Entran el REY [DUNCAN], MALCOLM, DONALBAIN, LENNOX y acompañamiento, y se encuentran con un CAPITÁN cubierto de sangre.

REY
¿Quién es ese ensangrentado? A juzgar por su aspecto
podrá darnos las últimas noticias de la sublevación.
MALCOLM
Es el official que, como digno
e intrépido soldado, me salvó
del cautiverio. ¡Salud, valiente!
Cuenta al rey cómo estaba la batalla
cuando la dejaste.
CAPITÁN
Muy dudosa: como dos
nadadores extenuados que se agarran
e impiden su destreza. El cruel Macdonald
(que bien merece el nombre de rebelde
y para ello acapara sobre sí
todo un enjambre de infamias) recibió
de las Islas del Oeste soldadesca irlandesa,
y la Fortuna, sonriendo a su ruin causa,
parecía la puta de un rebelde. Mas todo en vano:
el bravo Macbeth (pues es digno de tal nombre),
despreciando a la Fortuna y blandiendo
un acero que humeaba de muertes sangrientas,
cual favorito del Valor se abrió camino
hasta afrontar al infame
y, sin mediar adiós ni despedida,
lo descosió del ombligo a las mandíbulas
y plantó su cabeza en las almenas.
REY
¡Ah, bravo pariente, noble caballero!

CAPITÁN
Mas, así como donde el sol comienza a relucir
estallan truenos y tormentas de naufragio,
así, de la fuente que podia dar consuelo
brota el desconsuelo. Escuchad, rey de Escocia:
apenas la justicia, armada de bravura,
forzó a los raudos irlandeses a la huida,
el rey noruego avistó su ventaja
y, con arenas remozadas y refuerzos,
renovó la contienda.
REY
Asustaría a nuestros jefes, Macbeth y Banquo.
CAPITÁN
Sí, como el gorrión al águila o la liebre al león.
Si digo la verdad, ambos eran
como cañones cebados con doble carga,
pues redoblaron doblemente el contraataque.
Si no querían bañarse en sangre caliente
o hacer memorable un nuevo Gólgota,
yo no sé... Estoy débil;
mis heridas piden cura.
REY
Igual que tus palabras, ellas te enaltecen:
ambas alientan honor. ¡Traedle un médico!

[Sale el CAPITÁN acompañado.]
Entran Ross y ANGUS.

¿Quién llega aquí?

MALCOLM
El noble Barón de Ross.

LENNOX
¡Qué premura le asoma por los ojos!
Su aspecto es el de quien trae noticias insólitas.
ROSS
¡Dios salve al rey!
REY
Noble barón, ¿de dónde vienes?
Ross
De Fife, gran rey, donde las banderas
noruegas se mofan del cielo y con su soplo
escalofrían a nuestra gente.
El rey noruego, con un aluvión de hombres
y el apoyo del traidor más desleal,
el Barón de Cawdor, emprendió un aciago ataque
hasta que el novio de Belona, con recia armadura,
le respondió en términos iguales,
espada contra espada, brazo contra brazo,
frenando su indómito brío y, en conclusión,
la victoria fue nuestra.
REY
¡Gran dicha!
ROSS
Y ahora Sweno, el rey de Noruega,
suplica la paz. Mas no accedimos
al entierro de sus hombres hasta que en Inchcomb
nos pagó diez mil táleros a todos nosotros.
REY
Nunca más traicionará el Barón de Cawdor
mi íntimo afecto. Su muerte disponed
y saludad con su título a Macbeth.
ROSS
Mandaré que se haga.
REY
Lo que él ahora pierde, el noble Macbeth gana.

Salen.

I.iii Truenos. Entran las tres BRUJAS.

BRUJA I.a
¿Dónde has estado, hermana?
BRUJA 2.a
Matando cerdos.
BRUJA 3.a
Y tú, hermana, ¿dónde?
BRUJA I.a
Con castañas en la falda, la mujer de un navegante
masticaba y masticaba. «Dame», le digo.
«¡Atrás, so bruja!», grita la sucia culona.
Su marido se fue a Alepo, capitán del Tigre.
Navegaré en un cedazo
y, como rata sin rabo,
yo gozaré y gozaré.
BRUJA 2a
Te doy un viento.
BRUJA I.a
Lo agradezco.
BRUJA 3.a
Yo, uno más.
BRUJA I.a
Yo ya tengo los demás,
y los puertos donde soplan,
y los puntos que la rosa
de los vientos bien conoce.
Cual paja le pondré seco;
no podrá entregarse al sueño
ni de noche ni de día;
su vida será maldita.
En pena un mes y otro mes,
ha de menguar y caer;
y aunque el barco no se pierda,
lo batirán las tormentas.
Mirad lo que tengo.
BRUJA 2.a
¡Enséñame, enséñame!

BRUiA I.a
Es el pulgar de un piloto
que naufragó a su retorno.

Tambor dentro.

BRUJA 3.a
¡Tambor, tambor!
Macbeth llegó.

TODAS
Las Hermanas, de la mano,
correos de mar y campo,
dan así vueltas y vueltas,
tres de éste, tres de ése,
y tres de este lado, nueve.
¡Chsss...! El hechizo está presto.

Entran MACBETH y BANQUO.

MACBETH
Un día tan feo y bello nunca he visto.
BANQUO
¿Cuánto falta para Forres? ¿Quiénes son estas,
tan resecas y de atuendo tan extraño
que no semejan habitantes de este mundo,
estando en él? ¿Tenéis vida? ¿Sois algo
a lo que un hombre pueda hablar? Parecéis entenderme
por el modo de poner vuestro dedo calloso
sobre los magros labios. Sin duda sois mujeres,
mas vuestra barba me impide pensar
que lo seáis.
MACBETH
Hablad si sabéis. ¿Quiénes sois?
BRUJA I.a
¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Glamis!
BRUJA 2.a
¡Salud a ti, Macbeth, Barón de Cawdor!
BRUJA 3.a
¡Salud a ti, Macbeth, que serás rey!
BANQUO
¿Por qué te sobresaltas, como si temieras
lo que suena tan grato? En nombre de la verdad,
¿sois una fantasía o sois realmente
lo que parecéis? A mi noble compañero
saludáis por su título y auguráis
un nuevo honor y esperanzas de realeza,
lo que le tiene absorto. A mí no me habláis.
Si podéis penetrar las semillas del tiempo
y decir cuál crecerá y cuál no,
habladme ahora a mí, que ni os suplico favores
ni temo vuestro odio.
BRUJA I.a
¡Salud!
BRuJA 2.a
¡Salud!
BRUJA 3.a
¡Salud!
BRUJA I.a
Menos que Macbeth, pero más grande.
BRUJA 2.a
Menos feliz, y mucho más feliz.
BRUJA 3.a
Engendrarás reyes, mas no lo serás;
así que, ¡salud, Macbeth y Banquo!
BRUJA I.a
¡Banquo y Macbeth, salud!
MACBETH
¡Esperad, imperfectas hablantes, decid más!
Por la muerte de Sinel soy Barón de Glamis,
mas, ¿cómo de Cawdor? El Barón de Cawdor vive
y continúa vigoroso; y ser rey
traspasa el umbral de lo creíble,
tanto como ser Cawdor. Decid de dónde
os ha llegado tan extraña novedad o por qué
cortáis nuestro paso en este yermo
con proféticos saludos. Hablad, os lo ordeno.

Desaparecen las BRUJAS.

BANQUO
Como el agua, burbujas tiene la tierra,
y ellas lo son. ¿Por dónde se esfumaron?
MACBETH
Por el aire: su apariencia corporal
se ha perdido como un hálito en el viento.
¡Ojalá se hubieran quedado!
BANQUO
¿Estaban aquí los seres de que hablamos?
¿No habremos comido la raíz de la locura,
que hace prisionera a la razón?
MACBETH
Tus hijos serán reyes.
BANQUO
Tú serás rey.
MACBETH
Y también Barón de Cawdor. ¿No fue así?
BANQUO
Tales fueron el tono y las palabras. ¿Quién va?

Entran ROSS y ANGUS.

ROSS
Macbeth, el rey ha recibido jubiloso
la noticia de tu éxito y, al saber
de tus peligros combatiendo a los rebeldes,
su asombro y alabanza han porfiado
por ver cuál dominaba. Quedando enmudecido
y viendo lo que hiciste el mismo día,
te ha hallado entre las ásperas filas del noruego
sin temer las pasmosas imágenes de muerte
que tú mismo creabas. Como bolas de granizo
llovía correo tras correo, y cada uno
traía elogios por la gran defensa de su reino
y ante él los derramaba.
ANGUS
Venimos a darte las gracias en nombre del rey
y a conducirte a su presencia,
no a recompensarte.
ROSS
Y, a cuenta de un honor aún más grande,
me ha mandado que te llame Barón de Cawdor.
¡Salud, nobilísimo barón, con este título,
pues tuyo es!
BANQUO
¡Cómo! ¿Dice verdad el diablo?
MACBETH
El Barón de Cawdor vive.
¿Por qué me vestís con galas ajenas?
ANGUS
Quien fue el barón continúa vivo,
pero a esa vida que merece perder
se le ha impuesto la pena capital.
Si estuvo coligado con las tropas noruegas
o reforzó al rebelde con apoyo secreto
y beneficio, o labraba con los dos
la ruina de su patria, no lo sé:
ha caído por alta traición,
confesada y probada.
MACBETH [aparte]
Glamis y Barón de Cawdor.
Lo más grande, después. Gracias por vuestro servicio
[A BANQUO] ¿No esperas que tus hijos sean reyes?
Las que me dieron el título de Cawdor
no les auguraron menos.
BANQUO
Eso, creído ciegamente,
podría empujarte a la corona
después de hacerte Cawdor. Aunque es muy extraño:
las fuerzas de las sombras nos dicen verdades,
nos tientan con minucias, para luego engañarnos
en lo grave y trascendente. –
Parientes, permitidme un momento.
MACBETH [aparte]
Ya se han dicho dos verdades,
felices preludios a la escena gloriosa
del fin soberano. Gracias, señores.
[Aparte] Esta incitación sobrenatural
no puede ser mala, no puede ser buena.
Si es mala, ¿por qué me ha dado promesa de éxito
empezando con una verdad? Soy Barón de Cawdor.
Si es buena, ¿por qué cedo a esa tentación
cuya hórrida imagen me eriza el cabello
y me bate el firme corazón contra los huesos
violando las leyes naturales? Es menor
un peligro real que un horror imaginario.
La idea del crimen, que no es sino quimera,
a tal punto sacude mi entera humanidad
que la acción se ahoga en conjeturas
y sólo es lo que no es.
BANQUO
Mirad qué absorto está nuestro amigo
MACBETH [aparte]
Si el azar me quiere rey, que me corone
sin mi acción.
BANQUO
Los nuevos honores le vienen
como ropa nueva, que sólo se ajusta al cuerpo
con la ayuda del uso.
MACBETH [aparte]
Sea lo que haya de ser,
corren tiempo y hora en el día más cruel.
BANQUO
Noble Macbeth, cuando gustes.
MACBETH
Perdonadme. Me agitaban la mente
cosas olvidadas. Señores, vuestro servicio
queda escrito en un libro cuyas páginas
leo cada día. Vamos con el rey. –
[A BANQuo] Piensa en lo ocurrido y, después
de algún tiempo, tras haberlo ponderado,
hablemos con franqueza entre nosotros.
BANQUO
De buen grado.
MACBETH
Por ahora, basta. Vamos, amigos.

Salen.

I.iv Clarines. Entran el REY [DUNCAN], LENNOX, MALCOM,
DONALBAIN y acompañamiento.

REY
¿Han ajusticiado a Cawdor? ¿No han vuelto
aún los encargados?
MALCOLM
Todavía no han regresado, Majestad.
Aunque hablé con alguien que le vio morir:
me dijo que confesó palmariamente
sus traiciones, implorando vuestro augusto perdón
y mostrando su hondo pesar. En su vida
nada le honró tanto como el modo de dejarla:
murió como el que ha ensayado su muerte
y está dispuesto a arrojar su bien más preciado
cual si fuera una minucia.
REY
No hay arte que descubra
la condición de la mente en una cara.
El era un caballero en quien fundé
mi plena confianza.

Entran MACBETH, BANQUO, ROSS y ANGUS.

¡Ah, nobilísimo pariente!
El pecado de la ingratitud ya pesaba
sobre mí. Tanto te has adelantado
que las alas más veloces de la recompensa
no llegan a alcanzarte. Ojalá fueras digno
de menos: te habría dado la juste medida
de premio y gratitud. Sabe que jamás
tus merecimientos podremos pagar.
MACBETH
Demostraros mi lealtad y mi servicio
ya es bastante recompensa.
Os corresponde acoger nuestros deberes,
y nuestros deberes, para el trono y la nación,
son como hijos y sirvientes, que cumplen su papel
protegiendo vuestro honor y vuestro afecto.
REY
Sé bienvenido.
Te he plantado y te cultivaré
para que medres y florezcas. Noble Banquo,
tu mérito no es menos y no ha de proclamarse
con menos gratitud. Deja que te abrace
y te estreche contra mi corazón.
BANQUO
Si crezco en él, vuestra es la cosecha.
REY.
Mi abundante dicha, tan inmensa, se desborda
y va a quedar oculta en lágrimas.
Hijos, parientes, barones y vosotros,
los más cercanos al trono, sabed
que nombro heredero de mi reino
a mi primogénito Malcolm, que pasa a llamarse
Principe de Cumberland. Este no va a ser
el único honor que se confiera:
otros signos nobiliarios lucirán como estrellas
en cuantos lo hayan merecido. Vamos a Inverness,
y mi deuda contigo sea mayor.
MACBETH
Cuando hay que serviros, el ocio fatiga.
Seré vuestro heraldo y alegraré a mi esposa
con la noticia de vuestra llegada.
Humildemente me despido.
REY
¡Mi noble Cawdor!
MACBETH [aparte]
Príncipe de Cumberland: he aquí un tropiezo
que me hará caer si no lo supero,
pues me impide el paso. ¡Astros, extinguíos!
No vea vuestra luz mis negros designios,
ni el ojo lo que haga la mano; mas venga
lo que el ojo teme ver cuando suceda.

Sale.

REY
Cierto, noble Banquo. Es muy valeroso,
y tanto me han nutrido con sus excelencias
que es como un banquete. Sigámosle. En su atención
se adelanta para damos acogida.
¡Un pariente sin igual!

Clarines. Salen.

I.v Entra LADY MACBETH sola, con una carta.

LADY MACBETH
«Me salieron al paso el día del triunfo, y he podido comprobar fehacientemente que su ciencia es más que humana. Cuando ardía en deseos de seguir interrogán-dolas, se convirtieron en aire y en él se perdieron. Aún estaba sumido en mi asombro, cuando llegaron correos del rey y me proclamaron Barón de Cawdor, el título con que me habían saludado las Hermanas Fatídicas, que también me señalaron el futuro diciendo: "¡Salud a ti, que serás rey!" He juzgado oportuno contártelo, querida compañera en la grandeza, porque no quedes privada del debido regocijo ignorando el esplendor que se te anuncia. Guárdalo en secreto y adiós.»




Eres Glamis, y Cawdor, y serás
lo que te anuncian. Mas temo tu carácter:
está muy empapado de leche de bondad
para tomar los atajos. Tú quieres ser grande
y no te falta ambición, pero sí la maldad
que debe acompañarla. Quieres la gloria,
mas por la virtud; no quieres jugar sucio,
pero sí ganar mal. Gran Glamis, tú codicias
lo que clama «Eso has de hacer si me deseas»,
y hacer eso te infunde más pavor
que deseo de no hacerlo. Ven deprisa,
que yo vierta mi espíritu en tu oído
y derribe con el brío de mi lengua
lo que te frena ante el círculo de oro
con que destino y ayuda sobrenatural
parecen coronarte.

Entra un MENSAJERO.

¿Qué nuevas traes?

MENSAJERO
El rey viene esta noche.
LADY MACBETH
¿Qué locura dices?
¿Tu señor no le acompaña? Me habría avisado
para que preparase la acogida.
MENSAJERO
Con permiso, es cierto: el barón se acerca.
Se le ha adelantado uno de mis compañeros,
que, extenuado, apenas tenía aliento
para decir su mensaje.
LADY MACBETH
Cuídale bien; trae grandes noticias.

Sale el MENSAJERO.

Hasta el cuervo está ronco de graznar
la fatídica entrada de Duncan
bajo mis almenas. Venid a mí, espíritus
que servís a propósitos de muerte, quitadme
la ternura y llenadme de los pies a la cabeza
de la más ciega crueldad. Espesadme la sangre,
tapad toda entrada y acceso a la piedad
para que ni pesar ni incitación al sentimiento
quebranten mi fiero designio, ni intercedan
entre él y su efecto. Venid a mis pechos de mujer
y cambiad mi leche en hiel, espíritus del crimen,
dondequiera que sirváis a la maldad
en vuestra forma invisible. Ven, noche espesa,
y envuélvete en el humo más oscuro del infierno
para que mi puñal no vea la herida que hace
ni el cielo asome por el manto de las sombras
gritando: « ¡Alto, alto!»

Entra MACBETH.

¡Gran Glamis, noble Cawdor y después
aún más grande por tu proclamación!
Tu carta me ha elevado por encima
de un presente de ignorancia, y ya siento
el futuro en el instante.
MACBETH
Mi querido amor, Duncan viene esta noche.

LADY MACBETH
¿Y cuándo se va?
MACBETH
Mañana, según su intención.
LADY MACBETH
¡Ah, nunca verá el sol ese mañana!
Tu cara, mi señor, es un libro en que se pueden
leer cosas extrañas. Para engañar al mundo,
parécete al mundo, lleva la bienvenida
en los ojos, las manos, la lengua. Parécete
a la cándida flor, pero sé la serpiente
que hay debajo. Del huésped hay que ocuparse;
y en mis manos deja el gran asunto de esta noche
que a nuestros días y noches ha de dar
absoluto poderío y majestad.
MACBETH
Hablemos más tarde.
LADY MACBETH
Muéstrate sereno:
mudar de semblante señal es de miedo.
Lo demás déjamelo.

Salen.

I.vi Oboes y antorchas. Entran el REY [DUNCAN], MALCOLM, DONALBAIN, BANQUO, LENNOX, MACDUFF, ROSS, ANGUS y acompañamiento.

REY
El castillo está en un sitio placentero;
en su frescor y dulzura, el aire
cautiva mis sentidos.
BANQUO
El huésped del verano, el vencejo
que ronda las iglesias, nos demuestra
con su amada construcción que el hálito del cielo
aquí seduce de fragancia: no hay saliente, friso,
contrafuerte o esquina favorable en que este pájaro
no haya hecho su colgante lecho y cuna.
He observado que donde más anida y cría el aire es delicado.

Entra LADY MACBETH,

REY
¡Mirad! ¡Nuestra noble anfitriona!
El afecto que recibo es a veces mi molestia,
mas siendo amor lo agradezco. Acabo de enseñaros
a rogar que Dios me premie por ser una carga
y a que me agradezcáis vuestra molestia.
LADY MACBETH
Nuestro entero servicio, prestado en todo
dos veces y después aún doblado, sería
un rival pobre y endeble frente a los altísimos
honores de que Vuestra Majestad
colma a nuestra casa. Por los anteriores
y las nuevas dignidades añadidas
rogaremos por vos como eremitas.
REY
¿Dónde está el Barón de Cawdor?
Galopé tras él con la intención
de preparar su llegada, pero es buen jinete
y su gran afecto, penetrante cual su espuela,
le ha ayudado a adelantarse. Bella y noble dama,
esta noche soy vuestro huésped.
LADY MACBETH
Vuestros siervos administran
a sus siervos y a sí mismos con sus bienes
para rendir cuentas cuando así lo dispongáis
y devolveros lo que es vuestro.
REY
Dadme la mano.
Llevadme a mi anfitrión; le quiero bien
y he de seguir favoreciéndole.
Con permiso, señora.

Salen.

I.vii Oboes. Antorchas. Entran, cruzando el escenario, un maestresala y varios criados con platos y servi¬cio de mesa. Después entra MACBETH.

MACBETH
Si darle fin ya fuera el fin, más valdría
darle fin pronto; si el crimen
pudiera echar la red a los efectos y atrapar
mi suerte con su muerte; si el golpe
todo fuese y todo terminase, aquí
y sólo aquí, en este escollo y bajío del tiempo,
arriesgaríamos la otra vida. Pero en tales casos
nos condenan aquí, pues damos
lecciones de sangre que regresan
atormentando al instructor: la ecuánime justicia
ofrece a nuestros labios el veneno
de nuestro propio cáliz. Él goza aquí de doble amparo:
primero porque yo soy pariente y súbdito suyo,
dos fuertes razones contra el acto; después,
como anfitrión debo cerrar la puerta al asesino
y no empuñar la daga. Además, Duncan
ejerce sus poderes con tanta mansedumbre
y es tan puro en su alta dignidad que sus virtudes
proclamarán el horror infernal de este crimen
como ángeles con lengua de clarín, y la piedad,
cual un recién nacido que, desnudo,
cabalga el vendaval, o como el querubín del cielo
montado en los corceles invisibles de los aires,
soplará esta horrible acción en cada ojo
hasta que el viento se ahogue en lágrimas. No tengo
espuela que aguije los costados de mi plan,
sino sólo la ambición del salto que, al lanzarse,
sube demasiado y cae del otro...

Entra LADY MACBETH.

¿Qué hay? ¿Traes noticias?
LADY MACBETH
Ya casi ha cenado. ¿Por qué saliste de la sala?
MACBETH
¿Ha preguntado por mí?
LADY MACBETH
¿No sabes que sí?
MACBETH
No vamos a seguir con este asunto.
El acaba de honrarme y yo he logrado
el respeto inestimable de las gentes,
que debe ser llevado nuevo, en su esplendor,
y no desecharse tan pronto.
LADY MACBETH
¿Estaba ebria la esperanza
de que te revestiste? ¿O se durmió?
¿Y ahora se despierta mareada
después de sus excesos? Desde ahora ya sé
que tu amor es igual. ¿Te asusta
ser el mismo en acción y valentía
que el que eres en deseo? ¿Quieres lograr
lo que estimas ornamento de la vida
y en tu propia estimación vivir como un cobarde,
poniendo el «no me atrevo» al servicio del «quiero»
como el gato del refrán?.
MACBETH
¡Ya basta! Me atrevo
a todo lo que sea digno de un hombre.
Quien a más se atreva, no lo es.
LADY MACBETH
Entonces, ¿qué bestia
te hizo revelarme este propósito?
Cuando te atrevías eras un hombre;
y ser más de lo que eras te hacía
ser mucho más hombre. Entonces no ajustaban
el tiempo y el lugar, mas tú querías concertarlos;
ahora se presentan y la ocasión
te acobarda. Yo he dado el pecho y sé
lo dulce que es amar al niño que amamantas;
cuando estaba sonriéndome, habría podido
arrancarle mi pezón de sus encías
y estrellarle los sesos si lo hubiese
jurado como tú has jurado esto.
MACBETH
¿Y si fallamos?
LADY MACBETH
¿Fallar nosotros?
Tú tensa tu valor hasta su límite
y no fallaremos. Cuando duerma Duncan
(y al sueño ha de invitarle el duro viaje
de este día) someteré a sus guardianes
con vino y regocijo, de tal suerte
que la memoria, vigilante del cerebro,
sea un vapor, y el sitial de la razón,
no mas que un alambique. Cuando duerman
su puerca borrachera como muertos,
¿qué no podemos hacer tú y yo
con el desprotegido Duncan? ¿Qué no incriminar
a esos guardas beodos, que cargarán
con la culpa de este inmenso crimen?
MACBETH
¡No engendres más que hijos varones,
pues tu indómito temple sólo puede
crear hombres! Cuando hayamos manchado
de sangre a los durmientes de su cámara
con sus propios puñales, ¿no se creerá
que han sido ellos?
LADY MACBETH
¿Quién osará creer lo contrario
tras oír nuestros lamentos y clamores
por su muerte?
MACBETH
Estoy resuelto y para el acto terrible
he tensado todas las potencias de mi ser.
¡Vamos! Engañemos con afire risueño.
Falso rostro esconda a nuestro falso pecho.

Salen.

II.i Entran BANQUO y FLEANCE con una antorcha.

BANQUO
¿Qué hora es, muchacho?
FLEANCE
No he oído el reloj. La luna ha bajado.
BANQUO
Baja a media noche.
FLEANCE
Entonces es más tarde, señor.
BANQUO
Espera, ten mi espada. El cielo economiza:
apagó sus luces. Toma esto también.
La llamada al sueño me pesa como el plomo,
mas no quiero dormir. Poderes benignos,
refrenad en mí los malos pensamientos
que invaden un alma en reposo.

Entran MACBETH y un criado con una antorcha.

Dame la espada. ¿Quién va?
MACBETH
Un amigo.
BANQUO
¿Cómo, señor? ¿Aún en pie? El rey duerme.
Mostraba una alegría inusitada
y con la servidumbre fue muy dadivoso.
A tu esposa la saluda con este diamante
por ser tan buena anfitriona. Se retiró
con un gozo infinito.
MACBETH
No esperando su visita,
la torpeza sirvió a nuestro deseo,
que, si no, nos habríamos prodigado.
BANQUO
Todo fue bien.
Anoche soñé con las tres Hermanas Fatídicas.
Contigo han demostrado ser veraces.
MACBETH
No pienso en ellas.
Aunque, si tú me concedes el tiempo,
cuando encuentre la hora oportuna
quisiera hablar contigo de este asunto.
BANQUO
Cuando gustes.
MACBETH
Si estás de mi parte cuando ocurra,
podrás ganar honor.
BANQUO
Con tal que no lo pierda
tratando de acrecerlo, sin exponer
mi rectitud ni deslucir mi lealtad,
te escucharé de buen grado.
MACBETH
Entre tanto, buen reposo.
BANQUO
Gracias, señor. Igualmente.

Sale [con FLEANCE].

MACBETH
Dile a mi esposa que toque la campana
cuando esté lista mi bebida. Luego, acuéstate.

Sale [el criado].

¿Es un puñal to que veo ante mí?
¿Con el mango hacia mi mano? Ven, que te agarre.
No te tengo y, sin embargo, sigo viéndote.
¿No eres tú, fatídica ilusión, sensible
al tacto y a la vista? ¿O no eres más
que un puñal imaginario, creación
falaz de una mente enfebrecida?
Aún te veo, y pareces tan palpable
como este que ahora desenvaino.
Me marcas el camino que llevaba,
y un arma semejante pensaba utilizar.
O mis ojos son la burla de los otros sentidos
o valen por todos juntos. Sigo viéndote,
y en tu hoja y en tu puño hay gotas de sangre
que antes no estaban. No, no existe:
es la idea sanguinaria que toma cuerpo
ante mis ojos. Muerta parece ahora
la mitad del mundo, y los sueños malignos seducen
al sueño entre cortinas. Las brujas celebran
los ritos de la pálida Hécate, y el crimen descarnado,
puesto en acción por el lobo, centinela
que aullando da la hora, con los pasos sigilosos
de Tarquino el violador, camina hacia su fin
como un espectro. Tierra sólida y firme,
dondequiera que me lleven, no oigas mis pisadas,
no sea que hasta las piedras digan dónde voy
y priven a esta hora de un espanto
que le es propio. Yo amenazo y él, con vida;
las palabras el ardor del acto enfrían.

Suena una campana.

Voy y está hecho; me invita la campana.
No la oigas, Duncan, pues toca a muerto
y al cielo te convoca, o al infierno.

Sale.

II.ii Entra LADY MACBETH.

LADY MACBETH
A ellos los embriaga; a mí me embravece.
A ellos los apaga; a mí me da fuego. ¿Eh? ¡Chss...!
Era el aullido del búho, vigilante fatídico
que da las más graves buenas noches. Lo está haciendo,
las puertas están abiertas y los beodos guardianes
denigran su empleo con ronquidos. He drogado
su ponche de tal modo que la vida y la muerte
se los están disputando.

Entra MACBETH.

MACBETH
¿Quién va? ¿Quién es?

LADY MACBETH
¡Ah! ¡A ver si se han despertado
y no lo ha hecho! Nos hunde el intento,
que no el acto. ¡Chss...! Le dejé a punto los puñales;
ha tenido que verlos. Si no se pareciera
a mi padre dormido, to habría hecho yo. ¿Esposo?
MACBETH
Ya está hecho. ¿No has oído un ruido?
LADY MACBETH
El grito del búho y el canto de los grillos.
¿Tú no has hablado?
MACBETH
¿Cuándo?
LADY MACBETH
Ahora.
MACBETH
¿Al bajar?
LADY MACBETH
Sí.
MACBETH
¡Chss...! ¿Quién duerme en la otra cámara?
LADY MACBETH
Donalbain.
MACBETH
Es un cuadro doloroso.
LADY MACBETH
Hablar de cuadro doloroso es tontería.
MACBETH
Hay uno que gritó dormido y otro que gritó
«¡Asesino!». Se despertaron uno a otro.
Me quedé a oírlos, pero ellos
dijeron sus plegarias y volvieron a dormirse.
LADY MACBETH
Hay dos en el cuarto.
MACBETH
Uno gritó «¡Dios nos bendiga! » y el otro «¡Amén!»,
como si hubieran visto estas manos de verdugo.
Oyendo su espanto, no pude decir «Amén»
cuando ellos dijeron «Dios nos bendiga».
LADY MACBETH
No caviles tanto.
MACBETH
Mas, ¿por qué no pude decir «Amén»?
Era yo quien más necesitaba bendición,
y el amén se me ahogaba en la garganta.
LADY MACBETH
No se debe pensar en ello de ese modo;
así nos volvemos locos.
MACBETH
Me pareció que una voz gritaba: « ¡No durmáis más!
Macbeth mata el sueño, el sueño inocente,
el sueño que devana una maraña de desvelos,
el morir de la vida diaria, baño de fatigas,
bálsamo de almas laceradas, plato fuerte
de la gran naturaleza, sustento mayor
del festín de la vida.»
LADY MACBETH
¿Qué quieres decir?
MACBETH
Y seguía gritando a toda la casa:
«¡No durmáis más! Glamis ha matado el sueño, y por eso
Cawdor ya no dormirá, Macbeth ya no dormirá.»
LADY MACBETH
¿Quién era el que gritaba? Excelso barón,
relajas tu noble vigor con ideas
tan morbosas. Ve a buscar un poco de agua
y limpia de tus manos tu sucio testimonio.
¿Por qué vienes con esos puñales?
Su sitio está allí; llévalos y mancha
de sangre a los criados dormidos.
MACBETH
No voy a volver: me asusta pensar
en lo que he hecho. No me atrevo a volver.
LADY MACBETH
¡Débil de ánimo! Dame los puñales.
Los durmientes y los muertos son como retratos;
sólo el ojo de un niño teme ver
un diablo en pintura. Si aún sangra,
les untaré la cara a los criados
para que parezca su crimen.

Sale.
Llaman a la puerta dentro

MACBETH
¿Dónde llaman? ¿Qué me ocurre
que todo ruido me espanta? ¿Qué manos
son estas? ¡Ah, me arrancan los ojos!
¿Me lavará esta sangre de la mano
todo el océano de Neptuno? No, antes esta mano
arrebolará el mar innumerable,
volviendo rojas las aguas.

Entra LADY MACBETH.

LADY MACBETH
Mis manos ya tienen tu color,
pero me avergonzaría llevar
un corazón tan pálido.

Llaman.

Alguien llama a la puerta sur;
retirémonos a nuestra cámara.
Un poco de agua nos lava del hecho.
¡Qué fácil será! Tu firmeza te ha abandonado.

Llaman.

¿Oyes? Siguen llamando. Ponte la bata,
no sea que nos llamen y nos vean aún en pie.
Y no caigas en tan pobres pensamientos.
MACBETH
Si he de pensar en mi acción, mejor será no conocerme.

Llaman.

¡Despierta a Duncan con tus golpes! ¡Ojalá pudieras!

Salen.

II.iii Entra un PORTERO. Llaman dentro.

PORTERO
¡Esto sí que es llamar! Si uno fuese portero del
in¬fierno, estaría siempre dándole a la llave.

Llaman.

¡Pum, pum! ¿Quién es, en nombre de Belcebú? Un agricultor que se ahorcó ante la expectativa de grandes cosechas. Llegas a punto. Que no te falten pañuelos que aquí vas a sudarla.

Llaman.

¡Pum, purr! ¿Quién es, en nombre del otro diablo? Se¬guro que un equivoquista, que juraba a cada lado de la balanza contra el otro, que cometió gran traición por el amor de Dios y cuyos equívocos no le abrieron el cielo. Vamos, pasa, equivoquista.

Llaman.

¡Pum, pum! ¿Quién es? Seguro que un sastre inglés, que está aquí por sisar tela de un calzón francés. Pasa, sastre, que aquí puedes asar tu plancha.

Llaman.

¡Pum, pum! No descansa. ¿Quién eres tú? Esto es de¬masiado frío para ser el infierno. No voy a hacer más de portero del diablo: pensaba dejar entrar a gente de todos los oficios que va a la hoguera eterna por la senda florida.

Llaman.

Ya voy, ya voy.

Entran MACDUFF y LENNOX.

Dad algo al portero, Dios os lo pague.

MACDUFF
¿Tan tarde te acostaste, amigo,
que tan tarde te levantas?
PORTERO
Pues, señor, estuvimos de juerga hasta el segundo canto del gallo y, señor, la bebida provoca tres cosas.
MACDUFF
¿Qué tres cosas provoca especialmente la bebida?
PORTERO
Pues, señor, nariz roja, sueño y orina. Señor, provoca y desprovoca la lujuria: provoca el deseo, pero impide gozarlo. Por tanto, se puede decir que beber demasiado le crea un equívoco a la lujuria: la hace y la deshace, la excita y la aplaca, la anima y la abate, la pone a su al¬tura y no la pone. Al final, el equívoco se va al sueño y te deja tumbado.
MACDUFF
Pues esta noche la bebida te ha tumbado a ti.
PORTERO
¡Vaya que sí, señor! Y me atacó por la garganta. Pero yo me desquité y, siendo, creo yo, más fuerte que ella, aunque alguna vez me doblara las piernas, yo me las apañé para arrojarla.
MACDUFF
¿Se ha levantado to amo?

Entra MACBETH.

Nuestros golpes le han despertado. Aquí viene.

[Sale el PoRTERo.]

LENNOX
Buenos días, noble señor.
MACBETH
Buenos días a vosotros.
MACDUFF
¿El rey se ha levantado, mi barón?
MACBETH
Aún no.
MACDUFF
Me ordenó que le llamase temprano.
Casi se me va la hora.
MACBETH
Te llevaré a él.
MACDUFF
Sé bien que esta molestia te da gozo, pero es una molestia.
MACBETH
Trabajo que gusta no duele. Esta es la puerta.
MACDUFF
Me atreveré a llamar: es mi cometido.

Sale.

LENNOX
¿El rey se va hoy?
MACBETH
Sí. Esa es su intención.
LENNOX
La noche ha estado agitada. Donde dormíamos
el viento derribó las chimeneas,
y dicen que se oían lamentos, insólitos
gritos de muerte y profecías en tonos horribles
de espantosas conmociones y revueltas
por nacer en estos tiempos de dolor.
El ave de las sombras clamó toda la noche.
Algunos dicen que la tierra temblaba enfebrecida.
MACBETH
Fue una noche áspera.
LENNOX
Mi joven memoria no encuentra nada igual.

Entra MACDUFF.

MACDUFF
¡Ah, horror, horror, horror! Ni corazón
ni lengua pueden concebirte ni nombrarte.
MACBETH y LENNOX
¿Qué pasa?
MACDUFF
El estrago ya creó su obra maestra.
El crimen más sacrílego ha irrumpido
en el templo consagrado del Señor
y le ha robado la vida al santuario.
MACBETH
¿Cómo dices? ¿La vida?
LENNOX
¿Hablas de Su Majestad?
MACDUFF
Entrad en su aposento y que destruya vuestra vista
esa nueva Gorgona. No me pidáis que hable.
Mirad y luego hablad vosotros mismos.

Salen MACBETH y LENNOX.

¡Despertad! ¡Despertad! ¡Dad la alanna!
¡Crimen y traición! ¡Banquo, Donalbain!
¡Malcolm, despertad! ¡Sacudid el grato sueño,
imagen de la muerte, y mirad
la muerte verdadera! ¡Levantaos y ved
representado el Día del Juicio! ¡Malcolm, Banquo!
¡Como espíritus alzaos de las tumbas
y prestad consonancia a este horror! ¡Tocad la campana!

Suena una campana.

Entra LADY MACBETH.

LADY MACBETH
¿Qué ocurre para que tan horrísona trompeta
convoque a los durmientes de la casa?
¡Hablad, hablad!
MACDUFF
Noble señora, no conviene que oigáis
lo que puedo decir: oído por mujer,
el relato sería su muerte.

Entra BANQUO.

¡Ah, Banquo, Banquo!
¡Han matado al rey, nuestro señor!
LADY MACBETH
¡Ay de mí! ¿En nuestra casa?
BANQUO
Donde sea es brutal.
Contradícete, Macduff, te lo ruego;
di que es falso.


Entran MACBETH, LENNOX y ROSS.

MACBETH
Hubiera muerto yo una hora antes
y mi vida habría sido una dicha; desde ahora,
ya no hay nada serio en la existencia;
todo son minucias: honor y renombre han muerto,
el vino de la vida se ha agotado
y no queda en la bodega más que el poso.

Entran MALCOLM y DONALBAIN.

DONALBAIN
¿Algún mal?

MACBETH
El vuestro, y lo ignoráis: se ha secado
el venero y manantial de vuestra sangre,
vuestra propia fuente se ha secado.
MACDUFF
Han matado a vuestro augusto padre.
MALCOLM
¡Ah! ¿Quién?
LENNOX
Parece que los de su aposento: llevaban
insignias de sangre en la cara y en las manos,
y también en sus puñales, que hallamos sin limpiar
sobre sus almohadas. Miraban cual dementes
y nadie estaba seguro en su presencia.
MACBETH
Siento que la furia me llevase
a darles muerte.
MACDUFF
¿Por qué lo hiciste?
MACBETH
¿Quién está a la vez lúcido y suspenso,
sereno y furioso, leal a imparcial? Nadie.
La presteza de mi afecto impetuoso pudo más
que el freno del buen juicio. Aquí yacía Duncan,
con su piel de plata bordada en sangre de oro
y cuchilladas como brechas en su vida,
abiertas a la devastación; ahí, los asesinos,
empapados del color de su tarea,
y sus dagas, innoblemente enfundadas en sangre.
Con un pecho lleno de amor, y en él bravura,
¿quién podía abstenerse de mostrarlo?
LADY MACBETH
¡Ah, ayudadme a salir!
MACDUFF
¡Atended a la dama!
MALCOLM [aparte a DoNALBAIN]
¿Por qué callamos
cuando el caso nos concierne más que a nadie?
DONALBAIN [aparte a MALCOLM)
¿Y qué decir aquí, donde nuestro sino,
oculto en ínfimo agujero, puede asaltarnos?
Vámonos; nuestro llanto aún no ha fermentado.
MALCOLM [aparte a DONALBAIN]
Ni el dolor está presto a demostrarse.
BANQUO
Atended a la dama.

[Sacan a LADY MACBETH.]

Y cuando nuestra desnudez, expuesta al frío,
esté cubierta, reunámonos
y examinemos tan salvaje fechoría
para mejor conocerla. Nos turban
temores y sospechas. Me pongo en manos de Dios
por combatir todo oculto propósito
de pérfida maldad.
MACDUFF
Y yo.
TODOS
Y todos.

MACBETH
Pues vistamos nuestro cuerpo y nuestro ánimo
y reunámonos al punto en el salón.
TODOS
Conformes.

Salen [todos menos MALCOLM y DONAL¬BAIN.]

MALCOLM
¿Qué piensas hacer? No tratemos con ellos:
al hipócrita le es muy fácil simular
una pena que no siente. Yo me voy a Inglaterra.
DONALBAIN
Y yo, a Irlanda. Nuestra suerte separada
nos dará más protección. Donde estamos,
en sonrisas hay puñales; más cercano a nuestra sangre,
más sangriento.
MALCOLM
La flecha asesina aún no ha caído;
no seamos el blanco. Así que, ¡a los caballos!
No nos demoremos en corteses despedidas
y, sin más, partamos. Si es grande el peligro,
hurtarse a su vista es hurto legítimo.

Salen.

II.iv Entry ROSS con un ANCIANO.

ANCIANO
Bien puedo recordar setenta años,
y en ellos he vivido horas espantosas
y hechos asombrosos, pero esta noche horrible
se ha burlado de toda mi experiencia.
ROSS
¡Ah, anciano! Veis que el cielo, cual airado
con la obra de los hombres, amenaza
esta escena de sangre. Según la hora, es de día,
mas la noche oscurece el avance del sol.
¿Impera la noche o se avergüenza el día,
que las sombras sepultan la faz de la tierra
cuando la viva luz debía besarla?
ANCIANO
Va contra natura, igual
que la acción ejecutada. El martes pasado
un halcón que giraba en su más alto vuelo
fue cazado y muerto por una lechuza.
ROSS
Y (pasmoso, mas cierto) los caballos de Duncan,
hermosos y raudos, la flor de su raza,
se volvieron salvajes y escaparon de las cuadras
coceando y negando su obediencia,
cual queriendo guerrear contra los hombres.
ANCIANO
Dicen que se devoraron entre sí.
ROSS
Así fue, para asombro de estos ojos
que lo vieron.

Entra MACDUFF.

Aquí viene el buen Macduff.
¿Cómo va todo, señor?
MACDUFF
¿No lo ves?
ROSS
¿Se sabe quién cometió la atrocidad?
MACDUFF
Los que ha matado Macbeth.
ROSS
¡Santo Dios! ¿Qué provecho pretendían?
MACDUFF
Los sobornaron. Malcohn y Donalbain,
los dos hijos del rey, se escabulleron
y han huido. Las sospechas
recaen ahora sobre ellos.
ROSS
Otra vez contra natura.
¡Pródiga ambición, que así devoras
el sustento de tu vida! Entonces es probable
que sea Macbeth quien suba al trono.
MACDUFF
Ya está proclamado, y partió hacia Scone para la coronación.
Ross
¿Y el cadáver de Duncan?
MACDUFF
Fue llevado a Colmekill,
sagrado panteón de sus predecesores
y custodio de sus restos.
ROSS
¿Irás a Scone?
MACDUFF
No, pariente. Voy a Fife.
ROSS
Bien, yo voy a Scone.
MACDUFF
Que todo vaya bien, adiós. Bien pudiera
ser mejor la ropa antigua que la nueva.
ROSS
Adiós, anciano.
ANCIANO
Que Dios te bendiga, y a quienes contigo
hagan bien del mal y amigo de enemigo.

Salen.
III.i Entra BANQUO.

BANQUO
Ya lo times todo, rey, Cawdor, Glamis,
como te prometieron las Fatídicas
y temo que jugaste con vileza por lograrlo;
mas dijeron que no pasaría a tu progenie,
sino que yo sería cabeza y raíz
de muchos reyes. Si en ellas hay verdad,
como en ti sus profecías han brillado,
Macbeth, ¿por qué, por las verdades que contigo
se han cumplido, no pueden ser también mi oráculo
y alimentar mi esperanza? Mas silencio, ya basta.

Clarines. Entran MACBETH como rey LADY MACBETH, LENNOX, ROSS, NOBLES y acompañamiento.

MACBETH
Aquí está nuestro huésped principal.
LADY MACBETH
Haberle olvidado
habría sido un vacío en el banquete
y una gran desatención.
MACBETH
Esta noche celebramos una cena de gala,
y desearía tu presencia.
BANQUO
Majestad, dictadme vuestras órdenes,
a las cuales mi lealtad está ligada
por siempre con un nudo indisoluble.
MACBETH
¿Cabalgas esta tarde?
BANQUO
Sí, mi señor.
MACBETH
Si no, habría solicitado tu buen consejo,
siempre ponderado y provechoso,
en nuestra junta de hoy. Lo oiré mañana.
¿Vas lejos?
BANQUO
Señor, tan lejos que mi tiempo se ocupe
hasta la cena. Si mi caballo no es más rápido,
le pediré prestadas a la noche
una o dos de sus horas oscuras.
MACBETH
No faltes al banquete.
BANQUO
Señor, no faltaré.

MACBETH
Me dicen que mis sangrientos parientes
residen en Inglaterra a Irlanda. No confiesan
su cruel parricidio y propagan
pasmosos infundios. Hablemos mañana de ello,
así como de otros asuntos de Estado
que hemos de tratar conjuntamente. ¡Monta ya!
Adiós y hasta la noche. ¿Te acompaña Fleance?
BANQUO
Sí, mi señor, y el tiempo nos apremia.
MACBETH
Corran los caballos raudos y seguros;
a sus lomos os confío. Adiós.

Sale BANQUO.

Que cada cual disponga de su tiempo
hasta las siete de esta noche.
Para que vuestra compañía sea más grata,
deseo quedarme solo hasta la hora de la cena.
Hasta entonces, Dios os guarde:

Salen [todos menos MACBETH y un CRIADO].

Tú, un momento. ¿Me esperan esos hombres?
CRIADO
Sí, mi señor, a las puertas de palacio.
MACBETH
Tráelos ante mí.

Sale el CRIADO.

Ser rey no es nada sin estar a salvo.
Mi temor a Banquo se me clava hondo
y en su regio temple reina
lo que ha de temerse. Es muy audaz
y, además de ese ánimo intrépido,
la prudencia le guía su valor
para obrar sobre seguro. No hay nadie más que él
a quien yo tema, y bajo él mi espíritu
se siente coartado, como dicen que lo estaba
el de Antonio por César. Increpó a las Fatídicas
cuando me dieron el nombre de rey
y les mandó que le hablasen. Proféticamente,
ellas le saludaron como padre de reyes.
Ciñeron mi cabeza con estéril corona
y me hicieron empuñar un cetro infecundo
que habrá de arrebatarme mano extraña,
pues no tengo hijo que lo herede. Si es así,
he manchado mi alma por la prole de Banquo,
por ellos he matado al piadoso Duncan,
echando hiel en el cáliz de mi paz
sólo por ellos, entregando mi joya sempitema
al espíritu infernal para hacerlos reyes,
para hacer reyes de la semilla de Banquo.
Antes que eso, venga el Destino a la arena
y hágame frente hasta el fin. ¿Quién viene?

Entran el CRIADO y dos ASESINOS.

Vete a la puerta y quédate allí hasta que te llame.

Sale el CRIADO.

¿No fue ayer cuando hablamos?
ASESINOS
Con vuestra venia, así fue.
MACBETH
Bien. ¿Habéis considerado mis palabras?
Sabed que en el pasado era él
quien os tenía en la penuria, cuando vosotros
lo achacabais a mi inocente persona.
Os lo probé en nuestra última entrevista
y os probé sobradamente
cómo os burló y os estorbó;
los medios, quién fue partícipe
y todo cuanto a un bobo o a un demente
le diría: «Fue Banquo».
ASESINO 1.°
Nos lo hicisteis saber.
MACBETH
En efecto. Y fui más lejos,
lo que ahora es el fin de esta reunión.
¿Tanto os domina la paciencia que podéis
perdonar esto? ¿Tanto os guía el Evangelio
que rezaréis por este hombre bueno y su progenie,
cuyo rigor os lleva humillados a la tumba
y convierte a los vuestros en mendigos?
ASESINO 1.°
Somos hombres, Majestad.
MACBETH
Sí, dentro del repertorio sois hombres,
igual que los galgos, podencos, mestizos, chuchos,
perros lobos, de aguas y falderos son todos
llamados perros. Pero el índice de razas
distingue al rápido, al lento, al listo,
al guardián, al cazador y a cada uno
según las virtudes que le asigna
la pródiga naturaleza, de tal modo
que recibe un nombre propio en el registro
que incluye a todos ellos. Y así, los hombres.
Pues bien, si no ocupáis el ínfimo lugar
en la lista de los hombres, decídmelo,
que yo encomendaré a vuestro pecho una tarea
cuya ejecución os librará del enemigo
y os unirá a mí en afecto y amistad,
pues con su vida se malogra mi salud,
que sería perfecta con su muerte.
ASESINO 2.°
Majestad, soy un hombre
a quien tanto han enconado los azotes
y golpes de este mundo que haría to que fuese
por desquitarme del mundo.
ASESINO 1.°
Yo también; tan harto
de infortunios y sacudido por mi sino
que arriesgaría la vida en cualquier lance
por mejorarla o acabarla.
MACBETH
Los dos sabéis
que Banquo fue vuestro enemigo.
ASESINOS
Cierto, señor.
MACBETH
También mío, y en tan mortal divergencia
que cada nuevo momento de su vida
se me clava en las entrañas. Bien pudiera
apartarle de mi vista abiertamente
y decir que fue mi voluntad, mas no debo,
pues los dos tenemos amigos comunes
a cuyo afecto no puedo renunciar, y yo mismo
lloraría al que maté. Por todo ello
solicito vuestra ayuda, hurtando
esta empresa a los ojos del común
por diversas razones de gran peso.
ASESINO 2.°
Mi señor, haremos Lo que nos ordenéis.
ASESINO 1.°
Aunque nuestra vida...
MACBETH
¡Cómo asoma vuestro ánimo! De aquí
a una hora os diré dónde apostaros
y el mejor plan respecto a tiempo y ocasión,
pues hay que hacerlo esta noche y a distancia
de palacio. No olvidéis por un instante
que yo debo quedar libre de sospechas.
Además, y a fin de que el trabajo sea perfecto,
su hijo Fleance, que le acompaña,
cuya eliminación me importa tanto
como la de su padre, habrá de compartir
su aciaga suerte. Resolved a solas;
ahora vuelvo con vosotros.
ASESINOS
Señor, estamos resueltos.
MACBETH
En seguida os veo. Quedaos en palacio.

[Salen los ASESINOS.]

Está decidido. Banquo, si tu alma
va a la gloria, esta noche ha de ganarla.

Sale.

III.ii Entran LADY MACBETH y un CRIADO.

LADY MACBETH
¿Ha salido Banquo de palacio?
CRIADO
Sí, señora, pero vuelve esta noche.
LADY MACBETH
Dile al rey
que deseo hablar con él un momento.
CRIADO
Sí, señora.

Sale.

LADY MACBETH
No se goza, todo es pérdida
si el deseo se logra, pero no contenta.
Siempre es más seguro ser lo que se mata
que tras esa muerte vivir dicha falsa.

Entra MACBETH.

¿Cómo estás, señor? ¿Por qué solitario,
sin más compañía que las tristes ideas
y los pensamientos que debieron morir
con quienes te absorben? Lo que no tiene cura,
habría que olvidarlo: lo hecho, hecho está.
MACBETH
Le dimos un tajo a la serpiente sin matarla.
Sanará y se repondrá, mientras nuestra pobre inquina
sigue expuesta a sus colmillos.
Que se hunda todo el universo,
que perezcan ambos mundos antes que tomar
alimento en el temor y dormir en la tortura
de los sueños espantosos que me agitan
cada noche. Más vale estar con los muertos,
a quienes, por ganar mi paz, mandé a la paz,
que yacer en este potro del espíritu
en insomne frenesí.
Duncan está en la tumba:
tras la fiebre convulsa de la vida duerme bien;
la traición llegó a su máximo; ni acero, veneno,
odio interno, tropas extranjeras, nada
puede ya alcanzarle más.
LADY MACBETH
¡Vamos! Querido esposo, suaviza
esa frente arrugada y esta noche muéstrate
radiante y jovial ante tus invitados.
MACBETH
Así lo haré, mi_ amor. Tú también, te lo suplico.
Pon tu pensamiento en Banquo, ríndele
honores con los ojos y la lengua.
Al no estar seguros, lavemos nuestra honra
en las aguas del halago. Que nuestra cara
sea la máscara del pecho y lo encubra.
LADY MACBETH
No sigas así.
MACBETH
¡Ah, esposa! Tengo el alma llena de escorpiones.
Sabes que Banquo y su Fleance aún viven.
LADY MACBETH
Mas en ellos la estampa de la vida no es eterna.
MACBETH
Aún hay consuelo, son vulnerables,
conque ánimo. Antes que dé fin el enclaustrado
vuelo del murciélago y a la llamada
de la negra Hécate el zumbido del inmundo
escarabajo anuncie la noche soñolienta,
se habrá cumplido una acción de horrible cuño.
LADY MACBETH
¿Qué acción?
MACBETH
No quieras conocerla, mi paloma,
hasta aplaudirla. Ven, noche cegadora,
véndale los tiernos ojos al día compasivo
y con tu mano sangrienta a invisible
anula y destruye el gran vínculo
que tanto me horroriza. La noche se espesa
y hacia el bosque tenebroso vuela el cuervo.
La bondad del día decae y reposa,
y acechan los negros seres de las sombras.
Oírme te pasma. Mas no estés inquieta:
lo que el mal emprende con mal se refuerza.
Te lo ruego, ven conmigo.

Salen.

III.iii Entran tres ASESINOS.

ASESINO 1.°
¿Quién te dijo que vinieras?
ASESINO 3.°
Macbeth.
ASESINO 2.°
No hay por qué dudar de él: conoce
nuestro encargo y nos ha dado
órdenes precisas.
ASESINO 1.°
Entonces que se venga.
Aún asoman a poniente algunos rayos.
Ahora el viajero retrasado hinca espuelas
por llegar a tiempo a la posada, y el hombre
al que esperarnos ya se acerca.
ASESINO 3.°
Calla. Oigo caballos.
BANQUO [dentro]
¡Eh, tráeme luz!
ASESINO 2.°
Es él. Los demás convidados de la lista
ya están en la corte.
ASESINO 1.°
Ha dejado los caballos.
ASESINO 3.°
Casi a una milla. Pero él suele,
igual que todos, ir a pie desde aquí
hasta las puertas de palacio.

Entran BANQUO y FIEANCE con una antor¬cha.

ASESINO 2.°
¡Alumbrad, alumbrad!
ASESINO 3.°
Es él.
ASESINO 1.°
Preparados.
BANQUO
Habrá lluvia esta noche.
ASESINO 1.°
¡Pues que caiga!

[Atacan a BANQUO.]

BANQUO
¡Ah, traición! ¡Huye, mi Fleance!
¡Huye, huye, huye! Podrás vengarme.
¡Ah, canalla!

[Muere. FLEANCE escapa.]

ASESINO 3.°
¿Quién apagó la antorcha?
ASESINO 1.°
¿No era ese el plan?
ASESINO 3.°
Sólo ha caído uno; el hijo ha huido.
ASESINO 2.°
Pues perdimos la mejor mitad
de nuestro encargo.
ASESINO 1.°
Bueno, vámonos a contar
lo que hemos hecho.

Salen.

III.iv Banquete preparado. Entran MACBETH, LADY MACBETH, ROSS, LENNOX, NOBLES y acompaña¬miento.

MACBETH
Conocéis vuestro rango; sentaos.
Sed todos cordialmente bienvenidos.
NOBLES
Gracias, Majestad.
MACBETH
En cuanto a mí, me mezclaré con los presentes
y haré de humilde anfitrión. La reina
permanecerá en su sillón, mas oportunamente
rogaré su bienvenida.
LADY MACBETH
Mi señor, dásela a todos en mi nombre,
pues los acojo de todo corazón.

Entra el ASESINO 1.°

MACBETH
Mira, te responden con afable gratitud.-
Los dos lados, iguales. Me sentaré en el centro.
Prodigad alegría. Ahora pasaré
la copa por la mesa.
[Al ASESINO] Llevas sangre en la cara.
ASESINO 1.°
Es la de Banquo.
MACBETH
Mejor en tu exterior que dentro de él.
¿Está muerto?
ASESINO 1.°
Degollado, señor Yo lo hice.
MACBETH
Eres el mejor degollador, aunque bueno
es también el que mató a Fleance.
Si fuiste tú, no tienes rival.
ASESINO 1.°
Soberano señor, Fleance ha escapado.
MACBETH
Ya vuelve mi angustia. Si no, estaría sereno;
entero como el mármol, firme como roca,
tan libre como el aire que me envuelve.
Ahora estoy encerrado, encarcelado, cautivo, preso
de insolentes dudas y temores. Pero Banquo,
¿está seguro?
ASESINO 1.°
Sí, mi señor. Seguro en un foso,
con veinte tajos que le surcan la cabeza;
el menor era de muerte.
MACBETH
Gracias. Ahí yace la serpiente;
su cría ha huido y tiene vida que podrá
criar veneno, aunque ahora está sin dientes. –
Vete ya, mañana nos veremos.

Sale el ASESINO 1.°

LADY MACBETH
Mi regio esposo, no das acogimiento.
Un banquete es comida que se cobra
si, en su curso, no se brindan atenciones:
hay que mostrar complacencia. Por comer,
más vale quedar en casa; fuera de ella
no hay festín sin cortesías, tan sólo
una triste reunión.

Entra el espectro de BANQUO y se sienta en el sitio de MACBETH.

MACBETH
¡Mi fiel recordadora! –
La buena digestión dé servicio al apetito,
y salud para los dos.
LENNOX
Dignaos tomar asiento, Majestad.
MACBETH
Todas las glorias del país se hallarían
bajo este techo si no faltara el gentil Banquo,
a quien prefiero acusar de negligencia
que llorarle una desgracia.
ROSS
Señor, su ausencia empaña su promesa.
Majestad, dignaos favorecemos
con vuestra augusta compañía.
MACBETH
No hay sitio en la mesa.
LENNOX
Aquí hay uno reservado.
MACBETH
¿Dónde?
LENNox
Aquí, señor. ¿Qué es lo que os agita, Majestad?
MACBETH
¿Quién de vosotros ha hecho esto?
NOBLES
¿Qué, señor?
MACBETH [al espectro]
Tú no puedes decir que he sido yo.
¡No sacudas contra mí tu melena ensangrentada!
ROSS
Levantaos, caballeros. El rey está indispuesto.
LADY MACBETH
Sentaos, nobles amigos. Mi esposo
ha estado así desde muy joven. Seguid sentados:
el acceso es pasajero, en seguida
estará bien. Si os fijáis mucho en él
le ofenderéis y alargaréis su mal.
Comed, no le hagáis caso. ¿Tú eres hombre?
MACBETH
Sí, un valiente que no teme mirar
lo que aterraría al diablo.
LADY MACBETH
¡Qué estupidez! No es más
que la imagen de tu espanto, la daga aérea
que decías que te llevó a Duncan.
Ah, estos ataques y rachas, impostores
del terror, convendrían a un cuento de viejas
contado al amor de la lumbre. ¡Ah, deshonra!
¿A qué vienen esas muecas? A1 final,
no ves más que un asiento.
MACBETH
¡Mira ahí! ¡Ve, mira, contempla! ¿Qué dices? –
[Al espectro] ¡Qué me importa! Si inclinas la cabeza,
habla también. Si osarios y tumbas nos devuelven
a los muertos, ya no habrá más panteones
que el buche de los milanos.

[Sale el espectro.]

LADY MACBETH
¿Has perdido la hombría en la locura?
MACBETH
¡Como estoy vivo, que lo he visto!
LADY MACBETH
¡Qué vergüenza!

MACBETH
La sangre se derramaba ya de antiguo,
antes que las leyes humanas suavizaran
las costumbres; sí, y después se han perpetrado
crímenes que espantan al oírlos. Hubo un tiempo
en que unos sesos estrellados decían muerte
y nada más; pero ahora resucitan
con veinte tajos por toda la cabeza
y nos roban el asiento. Esto es más pasmoso
que un crimen semejante.
LADY MACBETH
Mi señor, tus nobles amigos
te echan de menos.
MACBETH
Me olvidé.
No os asombre mi conducta, amigos míos.
Padezco una extraña dolencia, que no es nada
para quien me conoce. ¡Vamos, amistad y salud
a todos! Ahora me sentaré. ¡Echadme vino hasta el borde!

Entra el espectro.

Bebo por el gozo general de nuestra mesa
y por nuestro querido Banquo, ahora ausente.
¡Ojalá estuviera aquí! ¡Brindo por todos y por él!
¡Todos por todos!
NOBLES
¡Nuestro brindis con lealtad!
MACBETH [al espectro]
¡Vete, fuera de mi vista! ¡La tierra te esconda!
No hay tuétano en tus huesos, fría es tu sangre.
No tienes visión en esos ojos de ira
que me clavas.
LADY MACBETH
Buenos nobles, tomad esto
como algo habitual, no es otra cosa,
aunque empaña el agrado del momento.
MACBETH [al espectro]
A cuanto el hombre se atreva, yo me atrevo:
acércate como el feroz oso de Rusia,
el rinoceronte acorazado o el tigre de Hircania;
adopta cualquier forma menos ésa, y mis firmes
fibras nunca temblarán. O resucita
y rétame a campo abierto con tu espada:
si el temblor me señorea, proclámame
una niña. ¡Fuera, sombra horrenda!
¡Vete, ficción!

[Sale el espectro.]

Bien, se ha ido, y ya vuelvo
a ser hombre. Os to ruego, seguid sentados.
LADY MACBETH
Desahucias el contento y enturbias la armonía
con tu asombrosa alteración.
MACBETH
¿Puede ocurrir algo así
y pasar sobre nosotros como nube de verano
sin que nos deje suspensos? Me volvéis
un extraño a mi propia condición
cuando veo que contempláis tales visiones
sin que el rojo os abandone las mejillas
cuando las mías las blanquea el miedo.
ROSS
¿Qué visiones, señor?
LADY MACBETH
No habléis, os lo ruego: se pone cada vez peor.
Conversar le enfurece. Digamos buenas noches.
No os preocupe el orden de salida y salid ya.
LENNOX
Buenas noches y mejor salud
a Su Majestad.
LADY MACBETH
A todos, feliz noche.

Salen NOBLES [y acompañamiento].

MACBETH
Quiere sangre, dicen: la sangre quiere sangre.
Se sabe que las piedras se han movido y los árboles
hablado; agüeros, relaciones explicadas
valiéndose de urracas, grajos y cornejas,
hallaron al criminal más oculto. ¿Qué hora es?
LADY MACBETH
La hora en que pugnan noche y día.
MACBETH
¿Qué me dices de Macduff,
que desatiende mi solemne invitación?
LADY MACBETH
¿Le has citado, señor?
MACBETH
No; me lo han dicho. Pero le citaré:
no hay ninguno en cuya casa yo no tenga
un informante. Mañana, y bien temprano,
iré a ver a las Hermanas Fatídicas.
Quiero saber más; estoy decidido
a oír lo peor por el peor medio.
Nada ha de estorbarme. Estoy tan adentro
en un río de sangre que, si ahora me estanco,
no será más fácil volver que cruzarlo.
Llevo en la cabeza ideas extrañas
que han de ejecutarse antes de estudiarlas.
LADY MACBETH
Te falta la sal de la vida, el sueño.
MACBETH
Vamos a dormir. Sólo es mi quimera
temor de novicio: le falta experiencia.
En acción aún somos nuevos.

Salen.


III.v Truenos. Entran las tres BRUJAS al encuentro de HÉCATE.

BRUJA I.a
Estás airada, Hécate. ¿Qué pasa?
HÉCATE
¿Y no hay motivo, viejas harapientas?
Pues, ¿cómo habéis tenido la insolencia
de tratar con Macbeth para moverle
con enigmas y pláticas de muerte
y yo, divinidad de vuestros ritos,
y secreta urdidora de perjuicios,
nunca he sido llamada a tener parte
ni dar gloria y honor a nuestro arte?
Y lo peor es que sólo habéis logrado
trabajar al servicio de un reacio,
rencoroso y brutal que, como todos,
no os ama más que en beneficio propio.
Ahora, pues enmienda os corresponde,
partid y, junto al pozo de Aqueronte,
buscadme de mañana, que allí mismo
él irá a preguntaros su destino.
Aprestad los calderos, los encantos,
los conjuros y todo to obligado.
Asciendo al aire: pienso dedicar
esta noche a un propósito fatal.
El día grandes cosas nos anuncia.
Ahora pende de un cuerno de la luna
una gota espumosa de gran magia;
me he propuesto cogerla cuando caiga.
Destilada por métodos ocultos,
invocará a espíritus astutos
que, en virtud de su equívoca ilusión,
le hundirán en la ruina y perdición.
Despreciando la muerte, el propio sino,
confiará sin temor, piedad ni juicio:
La despreocupación, lo sabéis ya,
es la gran enemiga de un mortal.

Música y canción.

Silencio: me llaman. Mi pequeño trasgo
en nube brumosa me aguarda sentado.

Cantan dentro «Vente ya, vente ya, etc.».

BRUJA I.a
Vámonos, deprisa. Ella volverá pronto.

Salen.

III.vi Entran LENNOX y otro NOBLE.

LENNOX
Lo que yo decía casa con vuestras ideas;
haced vuestras deducciones. Yo sólo digo
que todo ha ocurrido de un modo extraño.
El augusto Duncan fue llorado por Macbeth
(vaya, había muerto) y el valiente Banquo paseaba
muy tarde. Digamos que Fleance lo mató,
pues Fleance huyó: no se debe pasear tan tarde.
¿Quién podría no pensar que Malcolm
y Donalbain, matando a su augusto padre,
no cometieron una acción monstruosa?
¡Ese crimen! ¡Cómo apenó a Macbeth! ¿No corrió
en piadosa cólera a destrozar a los culpables,
esclavos del sueño y la bebida?
¿No fue un acto de nobleza? Sí, y de prudencia,
pues cualquier alma se habría enfurecido
oyendo a esos hombres negarlo. Así que digo
que ha llevado bien las cosas y creo
que, de estar bajo su férula los hijos de Duncan
(no lo estarán, Dios mediante), ya verían
lo que es matar a un padre; Fleance, también.
Pero alto, pues por hablar claro y no acudir
al festín del tirano, me ham dicho
que Macduff ha caído en desgracia. Señor,
¿sabéis dónde reside?
NOBLE
El primogénito de Duncan,
cuyo derecho detenta el tirano,
reside en la corte inglesa. Allí le acogió
el piadoso Eduardo con tal benevolencia
que su gran infortunio no le resta en nada
el alto respeto que merece. Y allí ha ido Macduff
a rogar al santo rey que apoye su causa
y mueva a Northumberland y al bélico Siward,
para que, con su ayuda y la sanción
del Altísimo, podamos de nuevo
dar comida a nuestras mesas, sueño a nuestras noches,
liberar los festines de puñales sangrientos,
rendir acatamiento y recibir honores,
todo lo cual añoramos. Estas nuevas
enojaron tanto al rey, que ya prepara
alguna acción de guerra.
LENNOX
¿Y él no citó a Macduff?

NOBLE
Sí, y éste respondió con un rotundo «No, señor».
El ceñudo mensajero dio media vuelta
y gruñó, como diciendo: «Os pesará
cargarme con esa respuesta».
LENNOX
Eso debe aconsejarle precaución
y guardar cuanta distancia le dicte
su buen juicio. ¡Que vuele un santo ángel
a la corte de Inglaterra y anuncie su mensaje
antes que él llegue, para que una bendición
venga pronto a nuestra tierra, que padece
bajo una mano infame!
NOBLE
Vayan con él mis plegarias.

Salen.

IV i Truenos. Entran las tres BRUJAS.

BRUJA I.a
Tres veces maulló el gato atigrado.
BRUJA 2.a
Tres veces. Y una gimió el puercoespín.
BRUJA 3.a
Harpier ha gritado: «¡Ya es hora, ya es hora!»
BRUJA I.a
En torno al caldero dad vueltas y vueltas
y en él arrojad la viscera infecta.
Que hierva primero el sapo que cría
y suda veneno por treinta y un días
yaciendo dormido debajo de rocas:
que sea cocido en la mágica olla.
TODAS
Dobla, dobla la zozobra;
arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA 2.a
Rodaja de bicha que vive en la ciénaga,
aquí, en el puchero, que hierva y se cueza,
con dedo de rana y ojo de tritón,
y lengua de víbora y diente de lución,
lana de murciélago y lengua de perro,
pata de lagarto y ala de mochuelo.
Si hechizo potente habéis de crear,
hervid y coceos en bodrio infernal.
TODAS
Dobla, dobla la zozobra;
arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA 3.a
Escama de drago, colmillo de lobo
y momia de bruja, con panza y mondongo
de voraz marrajo de aguas salinas,
raíz de cicuta en sombras cogida,
hígado que fue de judío blasfemo,
con hiel de cabrío y retoños de tejo
que en noche de eclipse lunar arrancaron,
narices de turco y labios de tártaro,
dedo de criatura que fue estrangulada
cuando una buscona la parió en la zanja.
Haced esta gacha espesa y pegada;
con los ingredientes de nuestro potingue
echad al caldero entraña de tigre.
TODAS
Dobla, dobla la zozobra;
arde, fuego; hierve, olla.
BRUJA 2.a
Enfriad el caldo con sangre de mico
y firme y seguro será nuestro hechizo.

Entra HÉCATE con otras tres brujas.

HÉCATE
¡Buen trabajo! Alabo vuestra maña,
y todas tendréis parte en la ganancia.
Ahora cantad en torno del caldero,
girad como las hadas y los elfos
para hechizo de todo lo que hay dentro.

Música y canción: «Espíritus negros, etc.».

BRUJA 2.a
Los pulgares me hormiguean:
algo malvado se acerca.
Abran, llaves, a quien llame.

Entra MAcBETH.

MACBETH
Bien, sombrías y enigmáticas
brujas de medianoche. ¿Qué hacéis?
TODAS
Una acción sin nombre.
MACBETH
Yo os conjuro, en nombre de vuestro arte,
cualquiera que sea su fuente, que me respondáis.
Aunque desatéis los vientos y los lancéis
contra las iglesias; aunque el mar encrespado
aniquile y se trague las embarcaciones;
aunque se abata el trigo verde y se derriben
los árboles; aunque caigan los castillos
sobre sus guardianes; aunque se inclinen
palacios y pirámides; aunque se derrumbe
el granero de gérmenes de la naturaleza
hasta saciar a la propia destrucción:
responded a mis preguntas.
BRUJA I.a
Habla.
BRUJA 2.a
Pregunta.
BRUJA 3.a
Responderemos.
BRUJA I.a
Dinos si prefieres que hable nuestra boca
o la de nuestros amos.
MACBETH
Llamadlos, que los vea.
BRUJA I.a
Verted sangre de la cerda que engulló
a sus nueve crías; grasa que sudó
horca de asesino, echadla en seguida
a las llamas.
TODAS
Seas de abajo o de arriba,
ven y muéstrate luciendo to maestría.

Truenos. Primera aparición: cabeza cu¬bierta con yelmo.

MACBETH
Fuerza ignota, dime...

BRUJA I.a
Sabe lo que piensas:
oye sus palabras; hablarle no quieras.
APARICIÓN
¡Macbeth, Macbeth, Macbeth! ¡Atento a Macduff,
atento al Barón de Fife! Dejadme ya.

Desciende.

MACBETH
Quienquiera que seas, gracias por tu aviso.
Acertaste mi temor. Pero escucha...
BRUJA I.a
No admite órdenes. Otro
aún más poderoso viene ahora.

Truenos. Segunda aparición: niño ensan¬grentado.

APARICIÓN
¡Macbeth, Macbeth, Macbeth!
MACBETH
¡Quién tuviera tres oídos para oírte!
APARICIÓN
Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder
del hombre: nadie nacido de mujer
a Macbeth podrá dañar.

Desciende.

MACBETH
Entonces vive, Macduff. ¿Qué puedo temer de ti?
Con todo, daré doble certeza a lo ya cierto
tomando al destino por garante: morirás
y yo diré embustero al miedo cobarde
y dormiré a pesar del trueno.

Truenos. Tercera aparición: niño coro¬nado, con un árbol en la mano.

¿Quién es este
que, semejante al hijo de un rey,
se eleva ciñendo a sus sienes de niño
la corona de la majestad?
TODAS
Escucha y no le hables.
APARICIÓN
Ten brío de león, sé altivo y no atiendas
a quien incomoda, conspira o se inquieta:
Macbeth no caerá vencido hasta el día
en que contra él el bosque de Birnam
suba a Dunsinane.

Desciende.

MACBETH
Nunca ocurrirá.
¿Quién puede alistar al bosque, mandar
al árbol «¡Arráncate!» ? Buena profecía.
Muertos rebeldes, no os alcéis mientras Birnam
no se alce; el encumbrado Macbeth
va a vivir su trecho de vida y ceder
su aliento al tiempo y la muerte. Mas anhela
mi alma saber algo. Si vuestra ciencia
hasta ahí alcanza, decidme: ¿Reinará algún día
la progenie de Banquo en nuestro reino?
TODAS
No intentes saber más.
MACBETH
Tenéis que complacerme. Si me lo negáis,
¡así os caiga la eterna maldición! ¡Decídmelo!

[Desciende el caldero.] Oboes.

¿Por qué baja el caldero? ¿Y estos sones?
BRUJA I.a
¡Mostraos!
BRUJA 2.a
¡Mostraos!
BRUJA 3.a
¡Mostraos!
TODAS
Al ojo mostraos, su alma afligid.
Venid como sombras, como ellas partid.

Aparición de ocho reyes, el último con un
espejo en la mano, seguidos de BANQUO.

MACBETH
¡Cuánto te pareces al espectro de Banquo! ¡Fuera!
Tu corona me abrasa los ojos. Tu cabello,
ceñido también por el oro, se asemeja
al del primero. Y así, el tercero. Sucias viejas,
¿por qué me mostráis esto? ¿Un cuarto? ¡Saltad, ojos!
¡Cómo! ¿Llegará su linaje hasta el fin del mundo?
¿Otro? ¿El séptimo? Ya no miro más.
Pero llega el octavo portando un espejo
que muestra a muchos más; y algunos
de ellos llevan dos orbes y tres cetros.
¡Horrible visión! Ahora veo que es verdad: Banquo,
con el pelo emplastado de sangre, me sonríe
y los señala como descendientes. ¿Es cierto?

[Salen los reyes y BARQUO.]

HÉCATE
Pues sí, todo es muy cierto. Mas, ¿por qué
se queda tan atónito Macbeth?
Hermanas, renovemos su alegría
y mostrémosle ya nuestras delicias.
Daré sonido al aire con mi magia
mientras giráis en vuestra rara danza,
pues así este gran rey dirá, benigno,
que pagan su acogida sí supimos.

Música. Bailan las BRUJAS y desaparecen [con HÉCATE].

MACBETH
¿Dónde están? ¿Se fueron? ¡Que esta hora infame
sea por siempre maldita en el calendario! –
¡Que entre el de ahí fuera!

Entra LENNOX.

LENNOX
¿Qué deseáis, Majestad?
MACBETH
¿Has visto a las Hermanas Fatídicas?
LENNOX
No, mi señor.
MACBETH
¿No pasaron por tu puesto?
LENNOX
De verdad que no, señor.
MACBETH
Infecto quede el aire en que cabalgan
y malditos cuantos de ellas se fíen. He oído
un galopar de caballos. ¿Quién venía?
LENNOX
Señor, dos o tres que os traen la noticia
de que Macduff ha huido a Inglaterra.
MACBETH
¿Huido a Inglaterra?
LENNOX
Sí, mi señor.
MACBETH
Tiempo, me impides los actos horrendos.
A la fugaz intención no se le da alcance
si no le sigue una acción rápida. Desde ahora,
las primicias de mi pecho serán
las primicias de mi mano. Y ahora mismo,
por coronar el pensamiento, sea dicho y hecho:
tomaré por sorpresa el castillo de Macduff,
ocuparé Fife; pasaré a cuchillo
a su mujer, sus criaturas y su triste
descendencia. No es la bravata de un tonto:
antes que se enfríe, cumpliré el propósito.
Basta de visiones. ¿Dónde están los mensajeros?
Ven, llévame donde estén.

Salen.

IVii Entran LADY MACDUFF, su Hijo y ROSS.

LADY MACDUFF
¿Qué es lo que ha hecho que le obligue a huir?
ROSS
Tienes que dominarte.
LADY MACDUFF
Él no lo hizo. Huir fue una locura.
Cuando no nuestros actos, nuestro miedo
nos vuelve traidores.
ROSS
Si fue miedo o prudencia no lo sabes.
LADY MACDUFF
¿Prudencia? ¿Abandonar a su mujer,
sus criaturas, su hogar, su hacienda en un sitio
del que él mismo huye? No nos quiere. No tiene
sentimientos de padre. Hasta el pobre reyezuelo,
el más menudo pajarillo, defiende
a las crías de su nido contra el búho.
Todo es miedo, no hay cariño;
y apenas hay prudencia cuando huir
está tan fuera de razón.
ROSS
Cálmate, querida prima, te lo ruego.
Tu marido es noble, prudente, ponderado
y entiende bien las convulsiones del momento.
No me atrevo a seguir, mas crueles son
los tiempos en que somos traidores
y no nos conocemos; en que se juzga el rumor
según lo que se teme sin saber lo que se teme;
en que nos lleva cada impulso y movimiento
de un mar agitado. Debo despedirme;
no tardaré mucho en volver a verte.
Cesarán los grandes males o retrocederán
adonde estaban antes. Jovencito,
que Dios te bendiga.
LADY MACDUFF
Tiene padre y está huérfano.
ROSS
Me emociono tanto que, si me quedara,
sería mi sonrojo y tu desconcierto.
Me despido ya.

Sale.

LADY MACDUFF,
Niño, tu padre ha muerto.
¿Qué harás tú ahora? ¿Cómo vivirás?
HIJO
Como los pájaros, madre.
LADY MACDUFF
¿Cómo? ¿De gusanos y moscas?
HIJO
De lo que encuentre, como hacen ellos.
LADY MACDUFF
¡Pobre pajarillo! ¿No tendrás miedo
de la red, la liga, el lazo o la trampa?
HIJO
¿Por qué, madre? No las ponen
para los pájaros pobres. Y, digas lo que digas,
mi padre no ha muerto.
LADY MACDUFF
Sí que ha muerto. ¿Qué harás sin un padre?
HIJO
¿Y tú qué harás sin un marido?
LADY MACDUFF
Yo puedo comprarme veinte donde quiera.
HIJO
Pues los comprarás para venderlos.
LADY MACDUFF
Hablas como un niño, aunque,
la verdad, como un niño muy listo.
HIJO
Madre, ¿mi padre fue un traidor?
LADY MACDUFF
Sí lo fue.
HIJO
¿Qué es un traidor?
LADY MACDUFF
Pues uno que jura y miente.
HIJO
¿Y todos los que lo hacen son traidores?
LADY MACDUFF
Todo el que lo hace es un traidor
y hay que ahorcarlo.
HIJO
¿Y hay que ahorcar a todos los que juran y mienten?
LADY MACDUFF
A todos.
HIJO
¿Y quién va a ahorcarlos?
LADY MACDUFF
Pues los hombres de bien.
HIJO
Entonces los que juran y mienten son tontos, pues hay
de sobra para ganar a los hombres de bien y ahorcarlos.
LADY MACDUFF
Dios te valga, diablillo. Pero, ¿qué vas a hacer sin un padre?
HIJO
Si hubiera muerto, tú le llorarías. Si no le llorases, sería señal de que pronto tendría otro padre.
LADY MACDUFF
¡Ay, mi parlanchín! ¡Cuánto hablas!

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO
Dios os bendiga, señora. No me conocéis,
pero yo sí conozco vuestro rango.
Temo que algún peligro se os acerca.
Si queréis tomar consejo de un hombre sencillo,
no sigáis aquí, marchaos con vuestros hijos.
Tal vez sea brutal asustaros así,
pero más atroz sería el ataque
que ya tenéis muy cerca. El cielo os asista;
más no puedo quedarme.

Sale.

LADY MACDUFF
¿Adónde huir? Yo no he hecho ningún daño.
Aunque bien recuerdo que estoy en el mundo,
donde suele alabarse el hacer daño
y hacer bien se juzga locura temeraria.
Entonces, ¿a qué acogerse a la defensa mujeril
diciendo que no he hecho ningún daño?

Entran ASESINOS.

¿Qué caras son estas?
ASESINO
¿Dónde está vuestro esposo?
LADY MACDUFF
Espero que en ningún lugar tan impío
donde alguien como tú pueda encontrarle.
ASESINO
Es un traidor.
HIJO
¡Mentira, canalla peludo!
ASESINO
¡Cómo, renacuajo! ¡Cachorro de traición!

[Le mata.]

HIJO
Me ha matado, madre. ¡Huye, te lo ruego!

Sale [LADY MACDUFF] gritando «Criminal!» (perseguida por los ASESINOS].

IV.iii Entran MALCOLM y MACDUFF.

MALCOLM
Busquemos una sombra solitaria
donde vaciar de nuestro pecho la tristeza.
MACDUFF
Mejor empuñemos la espada mortal
y, como hombres dignos, defendamos
nuestra patria derribada. Cada nuevo día
gimen más viudas, lloran más huérfanos,
hieren más pesares la bóveda del cielo,
que resuena cual sufriendo con Escocia
y lanzando iguales sílabas de pena.
MALCOLM
Lloraré lo que crea, creeré lo que sepa
y, lo que pueda, hallaré ocasión de corregirlo.
Lo que me has dicho tal vez sea verdad.
A ese tirano, cuyo solo nombre nos llaga
la lengua, se le tenía por hombre de bien.
Tú le has querido, él no te ha tocado.
Soy joven, y conmigo bien podrías
ganarte su favor. Sería muy juicioso
ofrendar un corderillo débil a inocente
y aplacar a un dios airado.
MACDUFF
Yo no soy un traidor.
MALCOLM
Pero Macbeth sí. Hasta un alma
buena y virtuosa puede flaquear
ante una orden regia. Mas perdóname:
mis ideas no pueden cambiar to que tú eres.
Los ángeles aún brillan, aunque cayera
el más brillante. La maldad puede disfrazarse
de virtud, mas la virtud no lleva máscara.
MACDUFF
He perdido mi esperanza.
MALCOLM
Quizá donde nace mi recelo.
¿Por qué sin despedirte, de improviso,
dejaste esposa a hijos, valiosos alicientes,
fuertes nudos de amor? Te lo ruego,
que no te deshonren mis sospechas:
es por mi seguridad. Tal vez seas muy leal,
piense yo lo que piense.
MACDUFF
¡Desángrate, pobre patria! Gran tiranía,
pon sólidos cimientos: la bondad no se atreve
a contenerte. Cíñete tu agravio:
lo confirmó tu derecho. Adiós, señor.
Yo no sería el canalla que pensáis
por todo el territorio del tirano
con el Oriente y sus riquezas.
MALCOLM
No te ofendas. No hablo así
porque sienta total desconfianza.
Creo que nuestra patria se hunde bajo el yugo,
sangra, llora, y que cada día se añade
a sus heridas otra cuchillada. También creo
que por mi causa se alzarían muchas manos
y aquí el rey inglés me ha ofrecido generoso
varios miles. Y, sin embargo, cuando pise
la cabeza del tirano o la clave
en la punta de mi espada, la pobre Escocia
sufrirá males peores, más padecimientos
y de más maneras que nunca
con el que le suceda.
MACDUFF
¿Quién será?
MALCOLM
Me refiero a mí mismo, en quien está
tan injertado todo género de vicios
que, cuando se destapen, el negro Macbeth
parecerá más blanco que la nieve
y el pobre país le tendrá por un cordero,
comparado con mis vicios infinitos.
MACDUFF
De las legiones del horrible infierno
jamás saldrá un diablo más maldito
en sus maldades que Macbeth.
MALCOLM
Es cierto que es sanguinario, lascivo,
codicioso, pérfido, falsario, violento,
malicioso, con tintes de todo pecado
que tenga nombre. Pero mi lujuria
no tiene fondo, ninguno. Vuestras esposas,
hijas, madres y doncellas no podrían
llenar mi pozo, y mi pasión derribaría
cualquier barrera de pudor que se opusiera
a mi deseo. Antes que uno así,
mejor que reine Macbeth.
MACDUFF
La intemperancia sin freno
es tirana de la vida: ha causado
la prematura pérdida de tronos
y la caída de muchos reyes. Mas no temáis
tomar lo que es vuestro: en secreto
podéis dar campo libre a los placeres
pareciendo casto y así engañando al mundo.
Damas complacientes no escasean y en vos
no puede haber tal buitre que devore
a cuantas se ofrezcan a la soberanía
al verla en tal disposición.
MALCOLM
Además, crece en mi carácter mal compuesto
codicia tan insaciable que, si yo fuera rey,
acabaría con los nobles por tener sus tierras,
desearía las joyas de éste, la casa de aquél,
y tener más sería como una salsa
que más hambre me diera, haciéndome emprender
injustos pleitos contra fieles y leales
para hundirlos por sus bienes.
MACDUFF
La codicia arraiga hondo y crece
con raíces más perversas que la lujuria,
flor de verano; fue la espada que dio muerte
a muchos reyes nuestros. Mas no temáis:
Escocia es pródiga en recursos que colmarán
vuestro deseo, y sólo en vuestras propias tierras.
Todo eso lo equilibran las virtudes.
MALCOLM
Que yo no tengo. Las que convienen a un rey,
como justicia, verdad, templanza, constancia,
largueza, perseverancia, clemencia, humildad,
entrega, paciencia, valor, fortaleza,
en mí ni asoman. En cambio, soy fecundo
en variaciones sobre cada delito,
que practico de muchas maneras. Si tuviese
yo el poder, echaría la miel de la concordia
a los infiernos, turbaría la paz del mundo,
destruiría la unidad de la tierra.
MACDUFF
¡Ah, Escocia, Escocia!
MALCOLM
Si alguien así es digno de reinar, dilo.
Yo soy el que he dicho.
MACDUFF
¿Digno de reinar? No, ni de vivir.
¡Ah, mísero país! Con un tirano
usurpador, de cetro ensangrentado,
¿cuándo volverán tus días de salud
si el legítimo heredero de tu trono
se acusa y excluye a sí mismo, renegando
de su sangre? Vuestro augusto padre
era un rey sacrosanto, y vuestra madre, la reina,
más veces de rodillas que de pie,
moría cada día de su vida. Adiós.
Los males que os habéis imputado
me desterraron de Escocia. Pecho mío,
aquí acaba tu esperanza.
MALCOLM
Macduff, toda esa noble emoción,
hija de la integridad, borra de mi alma
mis negras sospechas y reconcilia mi ánimo
con tu honor y verdad. Con tretas semejantes
el diabólico Macbeth ha intentado
ganarme para sí, mas la prudente mesura
frena mi credulidad. Desde ahora,
poniendo por testigo al Dios del cielo,
me entrego a tu guía y me retracto
de las acusaciones que me hacía: me desdigo
de los vicios y defectos que me he imputado
por extraños a mi ser. Todavía
no conozco mujer, nunca he perjurado,
apenas codicié lo que era mío,
nunca he sido desleal, jamás traicionaría
al diablo con los suyos y amo tanto
la verdad como la vida. Mi primera falsedad
ha sido ésta, conmigo. El que soy realmente
tuyo es, y al servicio de mi patria.
A ella, antes de que tú llegases,
se disponía a partir el viejo Siward
con diez mil hombres aguerridos y dispuestos
Vayamos todos juntos y sea feliz el resultado
como justa es nuestra causa. ¿Por qué callas?
MACDUFF
No es fácil conciliar a la vez
lo agradable con lo desagradable.

Entra un MÉDICO.

MALCOLM
Ahora seguimos. –
¿Podéis decirme si va a salir el rey?
MÉDICO
Sí, señor. Hay una pobre multitud
esperando a que les cure: su dolencia
desafía nuestro arte, pero él los toca
(tal santidad el cielo dio a su mano)
y en seguida están curados.
MALCOLM
Gracias, doctor.

[Sale el MÉDICO.]

MACDUFF
¿A qué dolencia se refiere?
MALCOLM
La llaman el mal del rey.
Es un acto milagroso de este soberano
que a menudo le he visto realizar
desde que estoy en Inglaterra. Cómo le inspira el cielo
sólo él lo sabe: a enfermos con males pasmosos,
hinchados, llagados, de angustioso aspecto,
desesperanza de la medicina, los cura
colgándoles del cuello una medalla de oro
que les pone rezando. Se dice que al linaje
real que le suceda legará
su virtud curativa. A su insólito poder
se une el don celestial de la profecía,
y las diversas bendiciones que rodean su trono
que confirman su gracia divina.

Entra Ross.

MACDUFF
Mira quién viene.
MALCOLM
Un compatriota, mas no le reconozco.
MACDUFF
Mi muy noble pariente, bienvenido.
MALCOLM
Ahora le conozco. Que Dios quite pronto
las causas que nos cambian en extraños.
ROSS
Así sea.
MACDUFF
¿Está Escocia donde estaba?
ROSS
¡Ah, pobre patria! Apenas se conoce.
Ya no puede llamarse nuestra madre,
sino nuestra tumba, donde, salvo al ignorante,
a nadie se ve sonreír; donde no se oyen
los suspiros, ayes y gemidos que rasgan
el aire; donde el dolor más violento parece
un vulgar trastorno. Ya nadie pregunta por quién
tocan a muerto, y los hombres de bien
caen antes que la flor de su sombrero,
muriendo sin enfermar.
MACDUFF
Un relato muy elaborado, aunque muy cierto.
MALCOLM
¿Cuál es el último dolor?
Ross
El de hace una hora ya lo silban;
cada minuto engendra uno nuevo.
MACDUFF
¿Cómo está mi esposa?
ROSS
Pues bien.
MACDUFF
¿Y mis hijos?
ROSS
Bien también.
MACDUFF
¿No ha turbado su paz ese tirano?
ROSS
No, estaban en paz cuando los dejé.
MACDUFF
No escatimes las palabras. ¿Cómo va todo?
ROSS
Cuando venía para traer las nuevas
que llevo con pesar, corrió el rumor
de que se alzaban muchos hombres dignos,
lo que pude comprobar personalmente
al ver movilizadas las tropas del tirano.
Es la hora de ayudar. Vuestra presencia en Escocia
crearía soldados y aun las mujeres lucharían
por atajar sus desventuras.
MALCOLM
Que les conforte saber que ya vamos.
El augusto rey inglés nos presta
diez mil hombres y al buen Siward.
No hay soldado mejor ni más curtido
en toda la cristiandad.
ROSS
Ojalá pudiera yo corresponder
a ese consuelo. Mis palabras sólo son
para gritar en el vacío, donde nadie
pueda oírlas.
MACDUFF
¿De qué se trata? ¿Es de interés general
o es dolor que concierne a una persona?
Ross
Ningún alma honrada podrá sustraerse
a esta angustia, aunque la parte principal
te pertenece a ti.
MACDUFF
Si es mía, no te la guardes.
Vamos, dámela.
ROSS
Que tus oídos no desprecien mi lengua
de por vida: el sonido que va a darles
será el más triste que jamás oyeron.
MACDUFF
¡Mmm! Creo que lo adivino.
ROSS
Asaltaron tu castillo. Mataron
salvajemente a tu mujer y tus criaturas.
Contarte cómo, sería añadir tu muerte
al montón de pobres víctimas.
MALCOLM
¡Cielos clementes! –
Vamos, no tires del sombrero hacia los ojos.
Expresa tus penas: dolor que te guardes
musita a tu pecho y le pide que estalle.
MACDUFF
¿Mis hijos también?
ROSS
Esposa, hijos, servidumbre,
todos los que hallaron.
MACDUFF
¡Y yo tan lejos! ¿Mataron a mi esposa?
ROSS
Ya lo he dicho.
MALCOLM
Consuélate. Nuestra gran venganza
será la medicina que cure este dolor.
MACDUFF
Él no tiene hijos. ¿Todos mis pequeños?
¿Has dicho todos? ¡Buitre del infierno! ¿Todos?
¿Todos mis polluelos con su madre
de un cruel zarpazo?
MALCOLM
Afróntalo como un hombre.
MACDUFF
Así lo haré, mas también debo sentirlo
como un hombre. No puedo olvidar que existían
unos seres que me eran tan queridos.
¿El cielo fue testigo y no los defendió?
Macduff pecador, murieron por tu culpa.
Malvado de mí, no por sus ofensas,
sino por las mías, la muerte cayó sobre sus almas.
El cielo les dé paz.
MALCOLM
Afila tu espada en tu dolor. Tu pena
se convierta en rabia y no te embote el ánimo:
que te lo irrite.
MACDUFF
¡Ah, podría llorar como mujer y bramar
con esta lengua! Mas, cielos benignos,
atajad todo intervalo: ponedme a mí
y al verdugo de Escocia frente a frente,
que esté al alcance de mi acero. Si se me escapa,
que Dios le perdone a él también.
MALCOLM
Ese tono ya es de hombres.
Vamos con el rey. La tropa está lista;
sólo resta despedirnos. Macbeth está maduro
para la caída y los poderes del cielo
ya toman sus armas. Tu aliento reanima:
muy larga es la noche que no encuentra el día.

Salen

V.i Entran un MÉDICO y una DAMA de compañía.

MÉDICO
He velado dos noches con vos, mas no he visto que sea cierta vuestra historia. ¿Cuándo fue la última vez que paseó dormida?
DAMA
Desde que Su Majestad salió con el ejército la he visto levantarse, ponerse la bata, abrir su escritorio, sacar papel, doblarlo, escribir en él, leerlo, sellarlo y después acostarse. Y todo en el más profundo sueño.
MÉDICO
Gran alteración de la naturaleza, gozar el beneficio del sueño a la vez que conducirse igual que en la vigilia. En tal trastomo soñoliento, además de caminar y otras acciones, ¿la habéis oído decir algo alguna vez?
DAMA
Sí, señor. Cosas que no repetiré.
MÉDICO
Conmigo podéis y conviene que lo hagáis.
DAMA
Ni con vos ni con nadie, no teniendo testigos que me apoyen.

Entra LADY MACBETH con una vela.

Mirad, ahí llega. Así es como sale, y os juro que está bien dormida. Escondeos y observadla.
MÉDICO
¿De dónde ha sacado esa luz?
DAMA
La tenía a su lado. Siempre tiene una luz a su lado. Fue orden suya.
MÉDICO
¿Véis? Tiene los ojos abiertos.
DAMA
Sí, pero la vista cerrada.
MÉDICO
¿Qué hace ahora? Mirad cómo se frota las manos.
DAMA
Acostumbra a hacerlo como si se lavara las manos. La he visto seguir así un cuarto de hora.
LADY MACBETH
Aún queda una mancha.
MÉDICO
¡Chsss..! Está hablando. Anotaré lo que diga para ase¬gurar mi memoria.
LADY MACBETH
¡Fuera, maldita mancha! ¡Fuera digo! La una, las dos; es el momento de hacerlo. El infierno es som¬brío. ¡Cómo, mi señor! ¿Un soldado y con miedo? ¿Por qué temer que se conozca si nadie nos puede pedir cuentas? Mas, ¿quién iba a pensar que el viejo ten¬dría tanta sangre?
MÉDICO
¿Os fijáis?
LADY MACBETH
El Barón de Fife tenía esposa. ¿Dónde está ahora? ¡Ah! ¿Nunca tendré limpias estas manos? Ya basta, mi señor; ya basta. Lo estropeas todo con tu pánico.
MÉDICO
¡Vaya! Sabéis lo que no debíais.
DAMA
Ha dicho lo que no debía, estoy segura. Lo que sabe, sólo Dios lo sabe.
LADY MACBETH
Aún queda olor a sangre. Todos los perfumes de Ara¬bia no darán fragancia a esta mano mía. ¡Ah, ah, ah!
MÉDICO
¡Qué suspiro! Grave carga la de su corazón.
DAMA
Ni por toda la realeza de su cuerpo llevaría yo en el pe¬cho un corazón así.
MÉDICO
Bien, bien, bien.
DAMA
Dios quiera que así sea, señor.
MÉDICO
A este mal no llega mi ciencia. Con todo, he conocido sonámbulos que murieron en su lecho santamente.
LADY MACBETH
Lávate las manos, ponte la bata, no estés tan pálido: te repito que Banquo está enterrado; no puede salir de la tumba.
MÉDICO
¿Es posible?
LADY MACBETH
Acuéstate, acuéstate. Están llamando a la puerta. Ven, ven, ven, ven, dame la mano. Lo hecho no se puede deshacer. Acuéstate, acuéstate, acuéstate.

Sale.

MÉDICO
¿Va a acostarse?
DAMA
Ahora mismo.
MÉDICO
Corren temibles rumores; actos monstruosos
engendran males monstruosos; almas viciadas
descargan sus secretos a una almohada sorda:
más que un médico, necesita un sacerdote.
Dios, Dios nos perdone a todos. Cuidad de ella,
apartad de su lado cuanto pueda dañarla
y vigiladla de cerca. Buen descanso:
lo que he visto me aturde y deja asombrado.
Pienso, mas no me atrevo a hablar.
DAMA
Buenas noches, doctor.

Salen.

Vii Entran, con tambores y bandera, MENTETH, CATH¬NESS, ANGUS, LENNOX y soldados.

MENTETH
El ejército inglés ya está cerca; lo mandan
Malcolm, su tío Siward y el buen Macduff.
La venganza arde en ellos: su justa causa
movería al hombre más insensible
a fiero y sangriento combate.
ANGUS
Los encontraremos junto al bosque de Birnam:
es por donde vienen.
CATHNESS
¿Sabe alguien si Donalbain va con su hermano?
LENNOX
No, seguro que no. Tengo una lista
de toda la nobleza: está el hijo de Siward
y muchos imberbes que por vez primera
ostentan su hombría.
MENTETH
¿Qué hace el tirano?
CATHNESS
Fortifica reciamente el gran Dunsinane.
Unos dicen que está loco; otros,
que le odian menos, to llaman intrépida furia.
Lo cierto es que no puede abrochar
su mórbida causa en la correa del orden.
ANGus
Ahora siente sus crímenes secretos
pegados a las manos. Ahora, a cada instante,
las revueltas condenan su perfidia;
cuando manda, le obedecen porque manda,
nunca por afecto. Ahora ve que la realeza
le viene muy ancha, como ropa de gigante
sobre un ladrón enano.
MENTETH
¿A quién puede extrañarle
que sus nervios torturados se encojan de pavor,
cuando todo lo que lleva en ese cuerpo
se avergüenza de ocuparlo?
CATHNESS
Bien, en marcha, a rendir acatamiento
a quien le corresponde. Vayamos al encuentro
del médico que ha de sanar esta nación
y derramemos con él cuantas gotas de sangre
purguen nuestra patria.
LENNOX
Todas cuantas puedan regar la flor regia
y anegar la mala hierba.
¡En marcha hacia Birnam!

Salen marchando.

1

Viii Entran MACBETH, el MÉDICO y acompaña¬miento.

MACBETH
¡No me traigáis más noticias! ¡Que huyan todos!
Mientras el bosque de Birnam no venga a Dunsinane,
no cederé al miedo. ¿Quién es el niño Malcolm?
¿No nació de mujer? Los espíritus que saben
todo humano acontecer me aseguraron:
«No temas, Macbeth. Nadie nacido de mujer
tendrá poder sobre ti.» Conque huid, falsos barones,
y mezclaos con esos epicúreos de ingleses:
ni la mente que me guía ni mi pecho
flaqueará en la duda o cejará por miedo.

Entra un CRIADO.

¡El diablo lo ponga negro, pálido imbécil!
¿De dónde sacaste esa cara de ganso?
CRIADO
Señor, hay diez mil...
MACBETH
¿Gansos, miserable?
CRIADO
Soldados, señor.
MACBETH
¡Aráñate la cara y colora ese miedo,
hígados blandos! ¿Qué soldados, bobo?
¡Muerte a tu alma! Esas mejillas de lino
mueven al espanto. ¿Qué soldados, cara de leche?
CRIADO
Con permiso, el ejército inglés.
MACBETH
¡Llévate esa cara!

[Sale el CRIADO.]

¡Seyton! Se me encoge el alma
cuando veo... ¡Eh, Seyton! Este ataque
asentará mi suerte o me destronará.
He vivido bastante; la senda de mi vida
ha llegado al otoño, a la hoja amarilla,
y lo que debe acompañar a la vejez,
como honra, afecto, obediencia, amigos sin fin,
no puedo pretenderlo. En su lugar, maldiciones,
calladas, mas profundas; palabras insinceras
que mi pobre alma rehusaría, mas no se atreve. –
¿Seyton?

Entra SEYTON.

SEYTON
¿Qué deseáis, Majestad?
MACBETH
¿Qué más noticias?
SEYTON
Todas las que había se han confirmado.
MACBETH
Lucharé hasta que arranquen la carne de mis huesos.
Tráeme la anmadura.
SEYTON
Aún no hace falta.
MACBETH
Quiero ponérmela. Mandad
más jinetes, batid el territorio,
ahorcad al que hable de miedo. ¡La armadura!
¿Cómo está la enferma, doctor?
MÉDICO
Más que una dolencia, señor,
la atormenta una lluvia de visiones
que la tiene sin dormir.
MACBETH
Pues cúrala. ¿No puedes
tratar un alma enferma, arrancar
de la memoria un dolor arraigado,
borrar una angustia grabada en la mente
y, con un dulce antídoto que haga olvidar,
extraer lo que ahoga su pecho
y le oprime el corazón?
MÉDICO
En eso el paciente debe ser su propio médico.
MACBETH
¡La medicina, a los perros! A mí no me sirve. –
Vamos, ponme la armadura. ¡Mi bastón de mando!
Seyton, que salgan. Doctor, los barones huyen de mí. –
Vamos, rápido. Si puedes, doctor, examinar
la orina de mi tierra, señalar su mal
y devolverle su robusta y prístina salud
te aplaudiría hasta que el eco
a su vez to aplaudiera. Tira fuerte. –
¿Qué ruibarbo, poción, medicamento
nos purgaría de estos ingleses? ¿Sabes de ellos?
MÉDICO
Sí, Majestad. Vuestras medidas de guerra
nos llevan a oír algo.
MACBETH
[a SEYTON] Eso tráetelo.–
Sólo temeré la muerte o la ruina si viene a
Dunsinane el bosque de Bimam.
MÉDICO [aparte]
Si me hubiera ido ya de Dunsinane,
nunca por dinero habría de volver.

Salen.

V.iv Entran, con tambores y bandera, MALCOLM, SI¬WARD, MACDUFF, el JOVEN SIWARD, MENTETH, CATHNEss, ANGUS y soldados en marcha.

MALCOLM
Parientes, espero que esté cerca el día
en que nuestra alcoba sea un lugar seguro.
MENTETH
No nos cabe duda.
SIWARD
¿Qué bosque es el de ahí enfrente?
MENTETH
El bosque de Birnam.
MALCOLM
Que cada soldado corte una rama
y la lleve delante. Así encubriremos
nuestro número, y quienes nos observen
errarán su cálculo.
SOLDADO
A vuestras órdenes.
SIWARD
Según nuestras noticias, el tirano
aguarda confiado en Dunsinane
y dejará que le pongamos cerco.
MALCOLM
Esa es su esperanza,
pues, cuando ha habido ocasión de escapar,
nobles y humildes le han abandonado
y sólo están con él unos míseros forzados
que le siguen sin ánimo.
MACDUFF
Que el justo dictamen venga tras los hechos;
ahora entremos en acción marcial.
SIWARD
Se acerca la hora
en que se podrá distinguir de cierto
lo que nuestro llamamos y lo que es nuestro.
Nutren esperanzas las suposiciones,
mas la certidumbre la darán los golpes.
¡Hacia ella avance la guerra!

Salen en marcha.

V.v Entran MACBETH, SEYTON y soldados, con tambores y bandera.

MACBETH
¡Izad los estandartes sobre las murallas!
Siguen gritando: «¡Ya vienen! » La robustez
del castillo se reirá del asedio. Ahí queden
hasta que se los coma la peste y el hambre.
De no estar reforzados por los nuestros,
los habríamos combatido cara a cara
hasta echarlos a su tierra.

Gritos de mujeres, dentro.

¿Qué ruido es ese?
SEYTON
Gritos de mujeres, mi señor.

[Sale.]

MACBETH
Ya casi he olvidado el sabor del miedo.
Hubo un tiempo en que el sentido se me helaba
al oír un chillido en la noche, y mi melena
se erizaba ante un cuento aterrador
cual si en ella hubiera vida. Me he saciado de espantos,
y el horror, compañero de mi mente homicida, no me asusta.

[Entra SEYTON.]

¿Por qué esos gritos?
SEYTON
Mi señor, la reina ha muerto.
MACBETH
Había de morir tarde o temprano;
alguna vez vendría tal noticia.
Mañana, y mañana, y mañana
se arrastra con paso mezquino día tras día
hasta la sílaba final del tiempo escrito,
y la luz de todo nuestro ayer guió a los bobos
hacia el polvo de la muerte. ¡Apágate, breve llama!
La vida es una sombra que camina, un pobre actor
que en escena se arrebata y contonea
y nunca más se le oye. Es un cuento
que cuenta un idiota, lleno de ruido y de furia,
que no significa nada.

Entra un MENSAJERO.

Tú vienes a usar la lengua. ¡Venga la noticia!
MENSAJERO
Augusto señor,
debo informar de lo que he visto,
aunque no sé cómo hacerlo.
MACBETH
Pues dilo ya.
MENSAJERO
Estando de vigía ahí en lo alto,
he mirado hacia Birnam y me ha parecido
que el bosque empezaba a moverse.
MACBETH
¡Infame embustero!
MENSAJERO
Sufra yo vuestra cólera si miento:
podéis ver que se acerca a menos de tres millas.
Repito que el bosque se mueve.
MACBETH
Si no es cierto, te colgaré vivo
del primer árbol hasta que el hambre te seque.
Si es verdad, no me importa que lo hagas
tú conmigo. Refreno mi determinación;
ya recelo de equívocos del diablo,
que miente bajo capa de verdad.
«Nada temas hasta que el bosque de Birnam
venga a Dunsinane», y ahora un bosque
viene a Dunsinane. ¡A las armas, fuera!
Si se confirma lo que dice el mensaje,
tan inútil es huir como quedarse.
Empiezo a estar cansado del sol, y ojalá
que el orden del mundo fuese a reventar.
¡Toca al arma, sople el viento, venga el fin,
pues llevando la armadura he de morir!

Salen.

V.vi Entran, con tambores y bandera, MALCOLM,
SIWARD, MACDUFF y el ejército, con ramas.

MALCOLM
Ahora estamos cerca: tirad la verde cortina
y mostraos como sois. Vos, mi digno tío,
con mi primo y noble hijo vuestro, mandaréis
el primer batallón. El buen Macduff y yo
nos ocuparemos de todo to restante
conforme a nuestro plan.

SIWARD
Id con Dios.
Si encontrásemos la hueste del tirano,
que nos venza si en la lucha flaqueamos.
MACDUFF
¡Dad a las trompetas aliento vibrante,
esas mensajeras de muerte y de sangre!

Salen. Toque de trompetas prolongado.

V.vii Entra MACBETH.

MACBETH
Me han atado al palo y no puedo huir:
como el oso, haré frente a la embestida.
¿Quién no ha nacido de mujer?
Sólo a éste he de temer, a nadie más.

Entra el JOVEN SIWARD.

JOVEN SIWARD
¿Cómo to llamas?
MACBETH
Te aterraría saberlo.
JOVEN SIWARD
No, aunque tu nombre abrase más
que cualquiera del infierno.
MACSETH
Me llamo Macbeth.
JOVEN SIWARD
Ni el diablo podría pronunciar
un nombre más odioso a mis oídos.
MACBETH
No, ni más temible.
JOVEN SIWARD
Mientes, tirano execrable.
Probaré tu mentira con mi espada.

Pelean y cae muerto el JOVEN SIWARD.

MACBETH
Tú naciste de mujer.
De todas las armas y espadas me río
si el que las empuña es de mujer nacido.

Sale. Fragor de batalla. Entra MACDUFF.

MACDUFF
De ahí viene el ruido. ¡Enseña la cara, tirano!
Si te matan y el golpe no es mío, las sombras
de mi esposa y de mis hijos siempre han de acosarme.
No puedo herir a los pobres mercenarios,
pagados por blandir varas: o contigo, Macbeth,
o envaino mi espada, indemne y ociosa.
Ahí estás, sin duda: ese choque de armas
parece anunciar a un hombre de rango.
Fortuna, deja que lo encuentre,
que más no te pido.

Sale. Fragor de batalla. Entran MALCOLM y SIWARD.

SIWARD
Por aquí. El castillo se rinde de grado.
Los hombres del tirano dividen sus lealtades,
los nobles barones pelean con ardor,
la victoria se anuncia casi nuestra
y poco resta por hacer.
MALCOLM
Algunos del bando enemigo
combaten de nuestro lado.
SIWARD
Y ahora, entra en el castillo.

Salen. Fragor de batalla. Entra MACBETH.

MACBETH
¿Por qué voy a hacer el bobo romano
y morir por mi espada? Mientras vea hombres vivos,
en ellos lucen más las cuchilladas.

Entra MACDUFF.

MACDUFF
¡Vuélvete, perro infernal, vuélvete!
MACBETH
De todos los hombres sólo a ti he rehuido.
Vete de aquí: mi alma ya está
demasiado cargada de to sangre.
MACDUFF
No tengo palabras; hablará mi espada,
tú, ruin, el más sanguinario que pueda proclamarse.

Luchan. Fragor de batalla.

MACBETH
Tu esfuerzo es en vano.
Antes que hacerme sangrar, to afilado acero
podrá dejar marca en el aire incorpóreo.
Caiga tu espada sobre débiles penachos.
Vivo bajo encantamiento, y no he de rendirme
a nadie nacido de mujer.
MACDUFF
Desconfía de encantamientos:
que el espíritu al que siempre has servido
te diga que del vientre de su madre
Macduff fue sacado antes de tiempo.
MACBETH
Maldita sea la lengua que lo dice
y amedrenta lo mejor de mi hombría.
No creamos ya más en demonios que embaucan
y nos confunden con esos equívocos,
que nos guardan la promesa en la palabra
y nos roban la esperanza. Contigo no lucho.
MACDUFF
Entonces, ríndete, cobarde, y vive
para ser espectáculo del mundo.
Te llevaremos, como a un raro monstruo,
pintado sobre un poste con este letrero:
«Ved aquí al tirano».
MACBETH
No pienso rendirme
para morder el polvo a los pies del joven Malcolm
y ser escarnio de la chusma injuriosa.
Aunque el bosque de Birnam venga a Dunsinane
y tú, mi adversario, no nacieras de mujer,
lucharé hasta el final. Empuño mi escudo
delante del cuerpo: pega bien, Macduff;
maldito el que grite: «¡Basta, basta ya!»

Salen luchando. Fragor de batalla. Entran luchando y MACBETH [cae] muerto. [Sale MACDUFF con el cuerpo de MAC¬BETH.] Toque de retreta. Trompetas. Entran, con tambores y bandera, MALCOLM, SIWARD, ROSS, barones y soldados.

MALCOLM
Ojalá los amigos que faltan estén a salvo.

SIWARD
Habrán muerto algunos, aunque, viendo los presentes,
tan grande victoria no ha sido costosa.
MALCOLM
Faltan Macduff y vuestro noble hijo.
Ross
Señor, vuestro hijo pagó la deuda del soldado.
Vivió para llegar a ser un hombre,
mas, no bien hubo confirmado su valor
en el puesto en que luchó inconmovible,
murió como un hombre.
SIWARD
¿Así que ha muerto?
ROSS
Sí, y ya le han retirado del campo.
No midáis vuestro dolor por su valía,
pues entonces sería infinito.
SIWARD
¿Fue herido por delante?
ROSS
Sí, de frente.
SIWARD
Sea entonces soldado de Dios.
Si tuviera tantos hijos como tengo cabellos,
no podría desearles mejor muerte.
Su campana ya ha doblado.
MALCOLM
Él merece más duelo;
yo se lo daré.
SIWARD
Ya más no merece:
su cuenta ha pagado con su hermosa muerte.
Dios sea con él. Aquí viene más consuelo.

Entra MACDUFF con la cabeza de MACBETH.

MACDUFF
¡Salud, rey, pues to sois! Ved aquí clavada
la cabeza del vil usurpadon El mundo es libre.
Os rodea la flor de vuestro reino,
que en su pecho ya repite mi saludo.
Que sus voces digan alto con la mía:
¡Salud, rey de Escocia!
TODOS
¡Salud, rey de Escocia!

Toque de trompetas.

MALCOLM
No dejaré que pase mucho tiempo
sin tasar el afecto que ha mostrado cada uno
y pagaros mis deudas. Mis barones y parientes,
desde ahora sois condes, los primeros que en Escocia
alcanzan este honor. Cuanto quede por hacer
y deba repararse en esta hora,
como repatriar a los amigos desterrados
que huyeron de las trampas de un tirano vigilante,
denunciar a los bárbaros agentes
de este carnicero y su diábolica reina,
que, según dicen, se quitó la vida
por su propia mano cruel; todo esto
y cuanto sea justo, con favor divino,
en modo, tiempo y lugar he de cumplirlo.
Gracias, pues, a todos. Quedáis invitados
a venir a Scone y verme coronado.

Toque de trompetas. Salen todos,