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El encanto, tendajón mixto. Elena Garro.

























El encanto, tendajón mixto

Elena Garro


PERSONAJES:

El Narrador
Juventino Juárez
Anselmo Duque
Ramiro Rosas
La mujer del hermoso pelo negro
Un camino real. Unas rocas. El Narrador, solo en medio de la escena.


NARRADOR.- Hubo un tiempo, hace años, en que el hombre buscaba el
sustento, penando en despoblado. Los caminos eran entonces más largos; eran de
piedra, y los nombraban camino real. Al hombre no le placía arriesgarse solo por
aquellas soledades; y buscaba la compañía del hombre —como debe de ser— para
ir de un pueblo a otro. Aquí, en este mismo Cerro de la Herradura, que tantas y
tantas cosas ha visto, también curvado, tan alto, y en donde no se da sino el
huizache, sucedió... Dicen las lenguas que era un tres de mayo, ya anocheciendo...
La escena se oscurece. Luego vuelve a iluminarse con una luz de crepúsculo.
El Narrador ha desaparecido; en su lugar están los tres arrieros: Juventino Juárez,
Anselmo Duque y Ramiro Rosas. Los tres vienen cubiertos de polvo, con los labios
secos y los sombreros de petate, amarillos de sol, el color de las bridas desvanecido
por la luz.
JUVENTINO.- Del hombre ni su sombra... llevamos dos días andados y parece
que todos hubieran muerto...
RAMIRO.- Así es. Solo, como Dios manda que sea un paraje solo.
ANSELMO.- (Sentándose desconsolado sobre una piedra) Dios no manda que
uno viva en esta soledad. Más bien es al contrario: El nos dio la compañía de lamujer y la del hombre; el goce de los árboles y el agua, así como también el ruido de
los animales.
JUVENTINO.- No nos culpes, Anselmo Duque, de estas soledades, que si por
nosotros fuera ahora mismo brotarían los ojos de agua, las fuentes, los árboles y los
enjambres de pájaros que rodean a un pueblo.
ANSELMO.- Ya sé que también ustedes andan con los pies gastados. Igual que
yo, igual que los animales ahí echados, (hace un ademán señalando el lugar en
donde se supone que se encuentran las bestias) porque ya no tienen fuerzas ni para
levantar el rabo.
JUVENTINO.- La fatiga te hace hablar así. Espera a que este resplandor baje, y
verás cómo hallamos consuelo en la frescura de las sombras. De noche la fuerza
retoña en los talones.
ANSELMO.- No me consuelo, ¡que a veces las palabras son estorbosas por
faltar a la verdad!
RAMIRO.- ¡Cállate, muchacho! ¡Tus quejidos no van a acercar el pueblo!
Siempre estuvo a ocho leguas de aquí. Nadie se lo ha llevado más lejos para
hacernos la maldad.
ANSELMO.- ¡Desde cuándo lo debíamos haber topado! Ya me canso. ¡Anda y
anda y anda! Y cada vez se nos aleja más.
RAMIRO.- También yo, ¡qué no daría por hallar algún cobijo! Algún maíz para
los animales, y para mí un buen trago de agua fresca.
JUVENTINO.- ¡Quién los oyera! ¡Qué no diría! ¡Mírenlos, llorando por ocho
leguas de andada!... Aunque para mí, también sería muy placentero encontrarme
bajo techo... ya ni la cuenta llevo de las noches pasadas al sereno...
ANSELMO.- Mis ojos no han visto todavía más que padeceres.
RAMIRO.- ¡Así estaría dispuesto, muchacho!
JUVENTINO.- Es mejor no fijar la vista. Traerla vaga, para no ver tantos males
que caen sobre nosotros.
ANSELMO.- Yo diría que no, que hay que traer la vista bien alerta. Sólo así
podemos ver lo que se nos esconde... Todo está al alcance de los ojos, sólo que no
lo sabemos mirar.VOZ DE MUJER.- ¡Hasta mis ojos están al alcance de los tuyos!
Los tres hombres se sobresaltan. Miran hacia el punto de donde vino la voz.
ANSELMO.- ¡Era voz de mujer!
RAMIRO.- No veo sus ojos...
JUVENTINO.- ¡Qué vas a ver si no hay nada!... Y además... no oímos nada...
se nos figuró...
VOZ DE LA MUJER.- ¡Los viejos creen que ya vieron y oyeron todo!
ANSELMO.- Mis ojos todavía no han visto nada... nada más que padeceres.
RAMIRO.- Dice bien este muchacho, el mal está en que no sabemos ver. ¿Por
dónde hallaré tus ojos, amable voz?
JUVENTINO.- ¡No se dejen embriagar por el engaño!
VOZ DE LA MUJER.- Hay que vivir embriagados, mirando las embriagadoras
fuentes, los pájaros y los ojos de la mujer.
JUVENTINO.- ¡No tientes a un pobre arriero! Los ojos del vicio son malos.
Aunque, diciéndolo mejor, son malos y son buenos, porque también los permite Dios.
ANSELMO.- Todos los ojos son buenos. Con ellos he visto el agua y también
he visto el vino, que es aún más gran placer, y del cual ando privado... Y quisiera ver
tus ojos como veo tu voz.
JUVENTINO.- Sólo con los ojos del vino hallaríamos lo que buscas, Anselmo
Duque.
RAMIRO.- Quién sabe. ¡Estos ojos son también muy serviciales!
ANSELMO.- Por ellos entra el gusto y el disgusto, el placer y. la amistad. Y eso
que todos buscamos, una amable compañía.
VOZ DE LA MUJER.- ¿Y por qué no quieren ver a esta amable compañía? Si
quisieran... mis ojos estarían adentro de los suyos...
JUVENTINO.- ¡Muy verdad! ¡Con voluntad, muchas brutalidades veríamos!
RAMIRO.- Y también mucha hermosura...
ANSELMO.- ¡Y también mucho pecado! Porque sólo pecando se conserva el
hombre... ¡Muéstrate, amable compañía!
Los tres miran al punto de donde viene la voz. En ese lugar, el telón se abre y
aparece una tiendita. Su rótulo dice: “El Encanto, Tendajón Mixto”. La tiendadesparrama
una
luz
dorada;
sus
costales
son
luminosos;
el
mostrador,
resplandeciente; las filas de botellas lanzan rayos de oro. Acodada al mostrador, una
hermosa mujer sonríe. Lleva un traje amarillo y el suntuoso pelo negro suelto hasta
las rodillas. Cerca de ella, sobre el mostrador, hay cuatro copas, también relucientes,
y una botella.
MUJER.- Dices bien, Anselmo Duque, sólo pecando se conserva el hombre...
JUVENTINO.- (Mirándola asombrado) ¡El ojo del hombre es su propio
encantamiento!
RAMIRO.- ¡Nunca vi un pelo semejante al tuyo! Dime, mujer, si de veras eres
mujer o sólo una aparición para mi vista.
ANSELMO.- ¡Cállate! ¿Cómo no va a ser así, si así la vemos?
MUJER.- (Meciendo su cabellera) ¡Déjalos, no los contradigas! Yo soy como me
ves.
JUVENTINO.- Te meces como una garza, y muy segura estás de lo que dices.
Tan buena y tan engañosa como tus palabras oí una voz, hace ya muchos años...
RAMIRO.- Te pareces a la garza, es cierto, por eso no eres de fiar. De repente,
vas a dar el bólido... para mí sigues no siendo de veras.
MUJER.- De veras, soy. Aunque para ti no fuera.
JUVENTINO.- Es mujer del agua.
ANSELMO.- ¡Qué lenguas tan renegadas! ¡Qué ojos llenos de tierra!
RAMIRO.- ¡Tú qué sabes, muchacho!
JUVENTINO.- Eres lisonjera como una aparición de medianoche.
MUJER.- A media noche me baño, aunque tú no conozcas los ríos adonde voy,
ni las lagunas de donde vengo.
RAMIRO.- Eres engañosa. ¡Ninguna mujer de bien anda por estos parajes!
ANSELMO.- Yo quiero ir a bañarme en tus ríos. ¡Y volver contigo de tus
lagunas!
JUVENTINO.- ¿Qué dices, muchacho? Esta es mujer para ver, no para tocar,
porque es mujer del agua.
ANSELMO.- (Adelantándose hacia la mujer) ¡Dices verdad! Yo sé que te bañas
en ríos que jamás he visto, que te alimentas de algo que no es cualquier cosa, y quetus pies te trajeron aquí, para hacernos llevadera esta fatiga... Y también sé que mis
ojos te han buscado desde que fueron mis ojos...
MUJER.- El hombre encuentra lo que busca. Y si a tus ojos vine, fue para darte
algún encantamiento. (Levanta la mano, ofreciéndosela a Anselmo)
JUVENTINO.- ¡Muchacho, no te dejes llevar por su mirada!
RAMIRO.- ¡No toques su mano!
JUVENTINO.- ¡Quién quita y se nos vuelva una humareda que nos extravíe el
camino!
RAMIRO.- ¡O que el humo nos prive de su tierna compañía!
MUJER.- ¡Cuánta desconfianza! ¿Por qué habían de tenerme miedo? Si de
humo fuera, menos daño les haría...
JUVENTINO.- El humo es engañoso, no deja ver; y agarra todas las formas.
MUJER.- Es cierto, El humo abunda, y a veces toma también la forma de los
arrieros.
RAMIRO.- Qué, ¿nos vas a decir ahora que somos nosotros los que somos de
humo?
MUJER.- (Se ríe) ¡Sí! ¡El humo de una huizachera ardida!
JUVENTINO.- A mi no me engañas, mujer. Ni me vas a hacer creer que soy lo
único que nunca fui.
RAMIRO.- En cambio, tu pelo es una humareda que hace llorar los ojos.
MUJER.- Yo les traje las sombras de mi pelo negro, para cobijarlos del calor del
día. ¿No buscaban consuelo?
ANSELMO.- ¡Yo sí quiero cobijarme en ti de esta sequía!
MUJER.- Eres el único que ama los cabellos y las palabras nuevas,
RAMIRO.- No lo tomes a mal, es que andamos sobrecogidos en tu presencia.
JUVENTINO.- Sí, hablábamos de los pájaros y el agua...
ANSELMO.- Y de la amable compañía de la mujer.
MUJER.- (Sacudiéndose la cabellera, de la cual brotan pájaros que revolotean
alrededor de su cara) ¿Pájaros? (Se vuelve, toma un cántaro, sale de detrás del
mostrador y vierte el agua en el suelo de la tiendita, y de ella se levanta un surtidor)
¿Agua? ¡Aquí haremos una fuente!ANSELMO.- Ya encontramos el pueblo y sus placeres. ¿Qué más pueden
pedirle? ¿Ya le creen?
RAMIRO.- ¡Nos está encantando!
JUVENTINO.- En el nombre de tres honrados hombres, te pido que me digas
quién eres.
MUJER.- ¿Acaso no buscaban la amable compañía de la mujer? Eso soy. Yo
no acompaño de otra manera, porque así acompaña la mujer al hombre.
JUVENTINO.- ¡Yo va no busco nada!
MUJER.- Es fácil desencantar a un hombre. Alguna te negó su compañía. Tú ya
no tienes remedio. Puedes decir que eres viejo.
JUVENTINO.- Quien te viera con ojos más inocentes, se fiaría de tus cabellos y
de tu voz. Pero yo ya las conozco a todas, Primero, espejo de los placeres; es
después de tantas luces, cuando sacan la cara que esconden. ¡Y el desencanto es
uno! Sí, de lejos todas son los pájaros y el agua...
MUJER.- El hombre hace encartado; y de la mujer depende que así siga o que
luego nada más las piedras mire.
ANSELMO.- Hasta hoy, sólo piedras encontré.
RAMIRO.- ¡Quisiera dar crédito a lo que veo!
JUVENTINO.- Las piedras son de verdad y todavía nos faltan ocho leguas de
andada. Ahora que ya gozamos de tu amable compañía, ¿nos dejarás seguir
adelante?
MUJER.- Si sólo eso necesitas, ¡vete!
RAMIRO.- Pero antes, amable compañía, ¿no quisieras darles algo a nuestros
animales? Vienen cansados...
MUJER.- (Echándose con ligereza un costal al hombro y saliendo de detrás del
mostrador, para dirigirse al lugar en donde están los animales) Les daré agua, maíz y
cebada. Hay animales que merecen más que el hombre.
Los tres hombres quedan solos en escena.
ANSELMO.- ¿Y por qué se quieren ir? ¿Qué le reprochan? Nunca he visto a
nadie tan servicial.JUVENTINO.- ¡Te dejas llevar muy pronto! Por causa tuya nos tenemos que ir:
todavía no gozas de razón.
RAMIRO.- ¡Era verdad, Juventino, cuando dijiste que andábamos en la
humareda! ¡A mí me pican los ojos!
ANSELMO.- A mí ya me dieron lo que les pedía.
JUVENTINO.- Sí, ya te lo dieron, pero ahora te lo vamos a quitar, antes de que
ella te quite de tu madre.
Vuelve la Mujer. Entra a la tienda. Los mira sonriente.
MUJER.- ¡Pasen! No se queden tan lejos. ¿Pues no traían tanta sed?... Aquí
hay de todo. A nadie le hace daño un trago. Y en estas soledades muchos estarían
contentos de encontrarme.
JUVENTINO.- ¡Hum! Tú ya te encontraste a muchos. Es mejor que nos dejes ir.
RAMIRO.- ¡Hombre, Juventino, un trago no le hace daño a nadie! ¡Y traíamos
tanta sed!
ANSELMO.- ¡Y andábamos tan solos, que hallarla a ella es hallar al mundo!
JUVENTINO.- (Haciendo ademán de irse) ¡Ya nos vamos! Y tú, mujer, no oigas
lo que dice este muchacho...
RAMIRO.- Es cierto. Es muy joven y no está desengañado.
ANSELMO.-Yo no me voy. ¡Yo quiero seguirte viendo y aceptar tu copa!
(Avanza hacia la Mujer)
MUJER.- Dime, Anselmo Duque, ¿tú me ves como yo soy?
ANSELMO.- ¿Yo? Yo te veo como eres: resplandeciente como el oro, blandita
como la plata, hija de las lagunas, rodeada de pájaros, patrona de los hombres,
baraja reluciente, voz de guitarra, copa de vino buscada desde el primer día que fui
Anselmo Duque, y hallada hasta este tres de mayo...
Anselmo se detiene en el umbral de la tienda.
MUJER.- Si así me ves, así seré. Y todos los placeres que nombraste te darán
mi compañía.
JUVENTINO.- ¡Detente, muchacho, que lo más engañador es el engaño! No te
dejes corretear por tus veinte años. ¡Son años malos! ¡Acuérdate que tienes madre!RAMIRO.- Quisiera yo dar sus pasos, aunque llorara mi madre. Pero mis pies
no me llevan...
MUJER.- ¿Qué te daría yo primero: el agua, la plata, el oro, el vino?
JUVENTINO.- ¡No aceptes sus regalos!
ANSELMO.- (Enojado) ¡Cállate ya, viejo renegado! ¡Un animal es mejor que tú!
RAMIRO.- (Mirando hacia donde están los animales,) ¡Los animales no comen
el maíz!
JUVENTINO.- ¡Ni el trigo!
MUJER.- ¡Vayan a ver por qué!
RAMIRO.- ¡Cómo relumbra el maíz!
JUVENTINO.- ¡Cómo resplandece el trigo!
ANSELMO.- (Volviéndose hacia ellos) ¡Aquí el maíz es plata y el trigo es oro! ¡Y
el animal es animal, porque no sabe escoger lo bueno!
MUJER.- ¿Qué te daría yo primero: las lagunas, la granada, la guitarra, la
baraja?
ANSELMO.- ¡Dame primero el vino! ¡Si todo fuera mentira, él te guardaría!
MUJER.- El vino...
La Mujer del hermoso pelo negro sirve una copa y se la ofrece. Anselmo cruza
el umbral de "El Encanto" y coge la copa.
JUVENTINO.- ¡No la bebas, muchacho! ¡Oye la voz de tu amigo: aléjate de la
amable compañía!
Anselmo levanta la copa, que brilla como un astro.
RAMIRO.- ¡No bebas la copa de las estrellas! Es mejor sentirse solo ahora, que
después quedarse para siempre solo, vagando en un llano interminable...
MUJER.- ¡Bébela, Anselmo! No importa que el hombre pierda el camino en los
caminos de la mujer... que son muchos y más variados que cualquier camino real.
¡Esta copa te sacará del llano, y nunca va a dejarte en soledad!
Anselmo se lleva la copa a los labios. Da el primer trago, y la tienda "El
Encanto", Anselmo y la Mujer desaparecen. La escena vuelve a quedar con luz de
crepúsculo, sin el resplandor de la tiendita.JUVENTINO.- ¿Qué pasó, Ramiro Rosas? Se apagó su resplandor. Ya no veo
nada.
RAMIRO.- ¡Se lo tragó en pura luz!
JUVENTINO.- ¿Qué razón daremos de él?
RAMIRO.- Van a decir que lo matamos y la justicia se nos va a echar encima,
JUVENTINO.- ¡Eso será lo de menos! ¡Vámonos yendo, este lugar ya se enojó
con nosotros! ¡Y a mí no me gusta disgustarme con ningún paraje!
RAMIRO.- ¡Ladina, ya nos echó encima demasiadas sombras!
JUVENTINO.- Sólo falta que nos tape el camino, amontonándonos piedras.
RAMIRO.- ¡No sería la primera encantadora que eso hiciera!
JUVENTINO.- ¡Qué tonto fuiste, Anselmo Duque, en no escuchar la voz de la
amistad!
RAMIRO.- ¡Quién sabe qué valga más: si oír o mirar! Yo no lo sé.
JUVENTINO.- ¿Qué razón daremos?
RAMIRO.- No nos queda sino buscarlo. En donde lo perdimos lo hallaremos.
¡Seguro que volverán a abrir "El Encanto"!
Salen. Pausa. Se ilumina la escena solitaria. El Narrador.
NARRADOR.- Dicen que al llegar al pueblo hubo muchas lágrimas. Los amigos
de Anselmo Duque contaron su desaparición; y ésa fue la causa de tanto duelo.
Entonces se hicieron ruegos para que el joven saliera de "El Encanto", y sus amigos
fueron a buscarlo. Un día tres de mayo, del año que siguió...
Se oscurece la escena. Luego la luz se transforma en luz de crepúsculo. Entran
Juventino Juárez y Ramiro Rosas.
JUVENTINO.- Aquí fue, porque aquí se rindieron los animales y mis talones.
RAMIRO.- Sí, aquí suspiramos por el placer... otra vez me vuelve el ansia... ¡Ay!
¡Quién pudiera ver el agua!; ¡quién pudiera oír un pájaro!; ¡quién pudiera hallar un
pueblo!; ¡quién pudiera saber qué fue del placentero Anselmo Duque!
JUVENTINO.- También yo siento venir las ansias... también yo quiero saber
qué fue de ese muchacho...
RAMIRO.- Se quitó de los caminos y sus piedras, mirando...
JUVENTINO.- ¡Muy cierto! ¡Sólo mirando!RAMIRO.- Se fue de los días de andar.
JUVENTINO.- ¿Qué andará mirando ahora?
RAMIRO.- Alguna vereda que no vemos se lo llevó.
JUVENTINO.- El hombre no se pierde así nomás. De allí parte esa vereda que
empieza con "El Encanto, Tendajón Mixto".
Los dos miran hacia el lugar donde vieron la tienda.
RAMIRO.- ¿Qué quisieras ver ahora?
JUVENTINO.- Una laguna, ¿y tú?
RAMIRO.- ¡Una amable compañía!
El telón se levanta y aparece otra vez "El Encanto", resplandeciente. Detrás del
mostrador está sonriendo la Mujer del Hermoso Pelo Negro. Anselmo Duque acaba
de beber la copa. La deja sobre el mostrador y se queda mirando a la mujer.
Anselmo lleva la misma ropa y la barba crecida.
JUVENTINO.- ¡Anselmo!, ¿un año entero te duró la misma copa?
RAMIRO.- ¡Uy!, ¡un año redondo para beber una copa!
JUVENTINO.- ¡Újule!, ¡en cualquier cantina hubiera bebido cientos!
RAMIRO.- ¡Vente; esto ni para cantina sirve!
MUJER.- ¡Una copa y un año son lo mismo! Aquí medimos con medidas que
ustedes desconocen. No contamos los días porque esa copa los contiene a todos.
JUVENTINO.- ¡Tú dices muchas palabras! Ya va siendo necesario que te
calles, porque te gusta decir y hacer lo que no es. ¡Suelta ya a ese pobre muchacho!
¡Déjalo vivir sus días, beber sus copas...!
MUJER.- ¡Viejo que nada sabe y que cree saberlo todo! Sus días no son los
tuyos, ni sus copas tus copas. Sigue tú, sabelotodo, viviendo tus semanas cargadas
de piedras y congojas y deja que Anselmo Duque no cuente las horas de sudar y
maldecir. El vive en otro tiempo...
RAMIRO.- ¿Qué tiempo?
MUJER.- El tiempo de los pájaros, las fuentes y la luz.
JUVENTINO.- ¡Mañosa! ¡Contigo es inútil hablar! ¡Anselmo, ven! Ya viste lo que
habías de ver. Ya bebiste lo que habías de beber.RAMIRO.- ¡Un año son muchos días, y una copa es una copa! ¿Todavía no ves
el engaño?
MUJER.- ¡Ustedes no saben medir sus palabras, ni lo que no ven!
ANSELMO.- (A ella) ¡Déjalos!
RAMIRO.- ¿Lo que no vemos? ¿Pues qué has visto, Anselmo Duque? ¡Por tu
madre te pido que me digas lo que tus ojos han visto!
JUVENTINO.- ¡No tienes nada que ver! Míranos a nosotros, tus amigos. Hemos
venido en esta fecha justa para llevarte con nosotros.
RAMIRO.- Por favor te lo pido; ¿qué has visto, Anselmo?
ANSELMO.- (Sin verlos) ¿Qué he visto?... Si pudiera decirlo... apenas estoy
empezando a ver... todavía me falta mucho...
RAMIRO.- Pero de lo que has entrevisto cuéntanos algo...
ANSELMO.- He visto... otra luz... otros colores... otras lagunas...
JUVENTINO.- No te entiendo.
ANSELMO.- Ni me vas a entender, porque yo tampoco te entendería...
JUVENTINO.- ¡Oye la voz de este viejo! Deja a esa mujer, olvídate de sus
placeres. Es más seguro un camino real que la vereda que ella te pueda ofrecer.
MUJER.- Un viejo como tú es un hombre muerto. Así naciste. Nunca supiste
encontrar el filo del agua, ni caminar los sueños; ni visitar a las aguas debajo de las
aguas, ni entrar en el canto de los pájaros, ni dormir en la frescura de la plata, ni vivir
en el calor del oro. No sembraste las corrientes de los ríos con las banderas de las
fiestas, no bebiste en la copa del rey de copas. Tú no naciste. Tú moriste desde niño,
y sólo acarreas piedras por los caminos llenos de piedras y te niegas a la hermosura.
¡Tu cielo será de piedra por desconocer a la mujer y no habrá ojos que de allí te
saquen!dd
JUVENTINO.- ¡No me maldigas, mujer, corazón de piedra!
MUJER.- ¿Qué sabes tú de mi corazón? ¿Y si lo tengo o no lo tuve nunca?
Adentro de mi pecho no hallarás nada que pese. Sólo la música que escucha
Anselmo habita mi cuerpo. ¡La piedra la llevas tú!
RAMIRO.- ¡No te enojes con nosotros, amable compañía!
MUJER.- Piedra de camino real, ¿quién te dirige la palabra?JUVENTINO.- ¡Anselmo Duque! ¡Por última vez, y a riesgo de enojar a la
hermosura, te pido que regreses con tu madre! ¿Quién te puede ofrecer mejor
consuelo?
RAMIRO.- ¿Qué te dan en "El Encanto" que ella no te pueda dar?
ANSELMO.- No es hora de nombrarla, porque ella me dio los ojos para que
mirara lo que ahora miro... y los sentidos para que entrara en los placeres que ahora
encuentro...
RAMIRO.- ¿Cuáles son, Anselmo Duque?
ANSELMO.- Si supiera decirlo... si pudiera... pero no me dio la lengua para
nombrarlo... díganle que aquí me quedo... y que de aquí ni ella ni nadie me ha de
sacar,
La Mujer de] Hermoso Pelo Negro le echa los brazos al cuello. La escena
queda a oscuras.
JUVENTINO.- ¡Ya otra vez nos privó de su resplandor!
RAMIRO.- ¡Vámonos de aquí!
JUVENTINO.- ¡Sí, no sea que esta vez sí nos cierre el camino! ¿Viste sus ojos
enojados?
RAMIRO.-Los vi. ¿Y tú viste los de Anselmo?
JUVENTINO.- También los vi, aunque ellos no me miraron a mí.
RAMIRO.- Hemos de volver por él, para devolvérselo a su madre.
JUVENTINO.- Va a ser difícil...
RAMIRO.- ¡Al fin que éste no será el último tres de mayo!
JUVENTINO.- (Gritando) ¡Aquí vendremos, Anselmo Duque, los tres de mayo, y
acabaremos con "El Encanto, Tendajón Mixto"!
TELÓN

Las Ruinas. De Luisa Josefina Hernández.

Las Ruinas

De Luisa Josefina Hernández


PERSONAJES:
Lolita
Pepe
Lola
Ramón
Es de noche, la escenografía quedará indicada de la manera que resulte más
cómoda al director y al escenógrafo. Son unas ruinas indígenas cerca de un pueblo.
Relativamente visibles hay varios letreros: ESTAS RUINAS SON PROPIEDAD DE
LA NACIÓN, HORAS DE VISITA, DE ONCE DE LA MAÑANA A CINCO DE. LA
TARDE, ENTRADA $ 2.50... Escuchamos el ruido de un automóvil que se detiene y
unas portezuelas que se abren y se cierran. Entran Pepe y Lolita, son muy jóvenes y
van bien vestidos, con ropa de viaje. Los vemos acercarse a las ruinas, con una
linterna en la mano.
LOLITA.- (Con un gesto de disgusto) Pepe, aquí no es el hotel.
PEPE.- (Dulce, quiere darle una sorpresa) Claro que no, reina. Fíjate bien en lo
que es.
Le da la linterna.
LOLITA.- (Después de echar una ojeada) Son unas casas viejas, aquí no
vamos a poder dormir.
PEPE.- (Riendo, muy comprensivo) No, mi amor. No son unas casas viejas.
Pon atención.
LOLITA.- (Un poco impaciente, después de mirar de nuevo) ¿No? Pues yo en
este hotel no quiero quedarme. Tú me dijiste que íbamos a uno muy bonito. (El ríe,
ella ilumina uno de los letreros) ¡Dos cincuenta! Yo nunca he entrado en un hotel deese precio. (Ve el otro letrero, él ríe a carcajadas) Además, parece que no es hora de
entrar. ¿De qué te ríes?
PEPE.- Lolita, son unas ruinas, las más recientemente descubiertas por
nuestros arqueólogos. Son ya famosas. En el Times de la semana pasada...
LOLITA.- (Alarmada) ¡Ruinas! ¿Y vamos a dormir aquí?
PEPE.- No, Lolita, pero las fotos que yo vi estaban tomadas de noche y eran lo
más hermoso del mundo, lo más apropiado para pasear a la luz de la luna.
LOLITA.- (Muy decepcionada) Pero... (Busca en el cielo) ¡No hay luna, Pepe! Si
apagamos la linterna no se ve nada.
PEPE.- (Contrariado) Debería haberla. Yo consulté el calendario y estaba
seguro...
LOLITA.- Sería el del año pasado.
PEPE.- (Terco) No, era el de este año.
LOLITA.- Sería del mes pasado. (Pepe niega con la cabeza, segurísimo. Ella
decide cambiar de táctica y le sonríe muy coqueta) Pepe, es que estoy tan cansada.
Con tantas emociones, el matrimonio civil, temprano, luego el religioso, la gente, los
regalos, las felicitaciones. (Se acerca a él y le acaricia el pelo, quiere besarlo) Este
no es un día como todos.
PEPE.- (Con la cara muy cerca de la de ella) El calendario era de este mes y de
este año.
LOLITA.- Pepe... volveremos mañana. Ahora estoy tan... tan cansada.
PEPE.- (Sonríe y la abraza, parece que va a besarla cuando...) Mira, ya salió la
luna, se ve que estaba tapada con una nube espesa. (La empuja) Mira Lolita, mira
qué maravilla. (Ha salido una luna inmensa que ilumina con claridad de media tarde.
Lolita está bastante enojada) Oye, la fotografía no la tomaron de este lado. Vamos
para allá, ese es el lado más bonito. (La empuja) Mira, pero fíjate. ¡Apaga la linterna
que ya no nos sirve para nada! (Los vemos salir, ella va viendo el suelo y
tropezando, él camina de prisa, más adelante que ella y muy entusiasmado)
Una pausa, entra el velador, Ramón. Viene armado con un rifle y con un atavío
muy parecido al de los soldados. Un poco detrás de él viene Lola, su novia, una
muchacha de pueblo bastante guapa.LOLA.- No sé qué tanta prisa tenías de regresar aquí. Luego tengo que volver
sola a mi casa y me da mucho miedo.
RAMON.- Usté, Lola, es muy necia. Ya sabe que me pagan por estar aquí.
LOLA.- Sí, sentado y sin hacer nada.
RAMON.- ¿Qué no sabe que aquí viene la gente a robarse las piedras? Luego
me echan la culpa a mí... hasta me pueden meter a la cárcel.
LOLA.- Mentiras. Lo que quieres es que me vean volver sola a las doce de la
noche y empiecen a hablar de mí.
RAMON.- ¿Para qué había yo de querer que hablen de usted?
LOLA.- Pues para que ya no me enamore nadie.
RAMON.- (Con celos, muy evidentes) ¿Y quién quería usted que la enamorara?
LOLA.- Nadie, pero así todos saben que tú y yo...
RAMON.- ¿Le importa mucho que lo sepan?
LOLA.- No. Pero como todavía no le has dicho a nadie que te quieres casar
conmigo...
RAMON.- ¿A quién se lo voy a decir? ¿No le basta con que se lo diga a usted?
LOLA.- (Tierna) Sí. (Se abrazan y van a besarse cuando se oye la voz de Pepe)
PEPE.- ¡Lolita! ¡Lolita! ¿Qué sucede? ¡Ven!
Ramón se alarma, levanta el rifle que había dejado a un lado al mismo tiempo
que, enfurecido, sacude a Lola por un brazo.
RAMON.- ¡Ahí está uno que la venía siguiendo! ¡Por eso no quería llegar hasta
acá! (Lola está demudada, no sabe qué decir) Por eso me estaba diciendo que si se
sabía que era usted mi novia ya no la iba a querer nadie. (Lola trata de hablar pero él
no la deja) Ahora va a ver los líos en que se meten las mujeres pérfidas. A ese le voy
a dar un balazo para que se le quiten las ganas de andar siguiéndome...
LOLA.- Oye, Ramón, pero si a mí...
RAMON.- ¡Cállese! ¿Cree que no oí cómo le gritó por su nombre? Usted quiere
que yo sea sordo.
LOLA.- A mí nadie me dice Lolita.
RAMON.- A mí tampoco.
PEPE.- (A lo lejos) ¡Lola! ¿Dónde estás? No seas tonta, mujer.RAMON.- ¿Ya oyó cómo le dice Lola? (Se adelanta, sin soltar el rifle) ¡Esta vez
me las paga! (Oímos unos pasos apresurados y aparece Lolita. Ramón le pone el
rifle enfrente y grita) ¡Alto!
Lolita se detiene aterrorizada y empieza a sollozar. Ramón baja el rifle
sorprendido y con cierta admiración por la muchacha. Lola mira con envidia, el
vestido, el peinado.
LOLA.- Será una ladrona.
LOLITA.- (Entre lágrimas, pero escandalizada) ¿Yo?
RAMON.- (A Lola) Déjeme que hable yo.
LOLA.- (Terca) Sí, ha de ser una ladrona.
LOLITA.- Pero, ¿de qué?
RAMON.- (Muy suave) Sabe, señorita, que yo soy el vigilante. Para que no se
roben las piedras.
LOLITA.- ¿Las piedras?
LOLA.- No se haga la que no sabe. (A una mirada de reproche de Ramón) Tú
me dijiste que las gentes venían aquí a robarse las...
RAMON.- Yo no le dije nada. (Lola te da una mirada de indignación)
LOLITA.- (Muy superior) Mire señora, yo tengo dinero suficiente para comprar
todas las piedras que quiera.
RAMON.- (Con un poco de fastidio) Entonces, ¿las quiere comprar?
LOLITA.- No, claro que no. Yo, ¿para qué las quiero?
LOLA.- (Dándole un codazo) ¿Ya ves?
RAMON.- (Contempla a Lolita con placer) Dígame señorita, ¿qué hacía aquí tan
tarde?
Lolita hace un puchero.
LOLA.- Dígaselo porque si no la llevan a la cárcel.
LOLITA.- ¿Por qué?
RAMON.- (Sumamente galante) Sabe que... está prohibido entrar aquí de
noche.
LOLITA.- (Con rabia) ¡Me lo imaginaba!
LOLA.- (Violenta) Entonces, ¿para qué entró?LOLITA.- (Furiosa) ¿Y a usted qué le importa? El señor es el vigilante, no usted.
RAMON.- Mire señorita, yo...
LOLITA.- Usted me lleva a la cárcel y yo le hablo por teléfono a mi papá y ya
verá cómo le va. Le aseguro que le quitan el empleo.
RAMON.- (Dudoso) ¿Quién es su papá?
LOLITA.- Un... un señor.
Lola se suelta una carcajada prolongada y burlesca. Lolita se le echa encima y
empieza a sacudiría. Las dos gritan. Ramón tira el rifle y quiere separarías.
LOLA.- Ay, ay. Vieja loca...
LOLITA.- Pero ¿quién se ha creído que es usted? Pero quién...
Pepe aparece caminando despacio y mira con calma la escena. Lolita lo mira y
cambia su expresión de ferocidad por una muy indefensa, suelta a Lola y corre hacía
él sollozando dulcemente.
LOLITA.- Mira mi amor cómo me puso los brazos esa mujer. Tiene unas manos
como tenazas y yo... no le hice nada.
Lola, mientras tanto, se examina los brazos, con ira contenida. Ramón observa
un tanto asombrado la reacción de Lolita y acumula un poco de rencor contra Pepe.
PEPE.- (Muy tranquilo) Dime mi amor, ¿por qué te portas así? No es bonito
atacar a las personas. Anda, cuéntame, ¿por qué te le echaste encima a la
señorita...?
LOLITA.- (Lívida de rabia al verse descubierta) ¿Yo? ¿Qué estás diciendo?
RAMON.- (Muy decidido) Mire señor, está prohibido entrar aquí de noche. Estas
ruinas son del gobierno y... Hágame el favor de decirme qué estaban haciendo aquí.
LOLITA.- (Reivindicándose) Lo que quiere decir es que nos iban a meter a la
cárcel,
PEPE.- (Mundano) Puedo explicarlo perfectamente. Se trata de un día muy
especial...
LOLITA.- (Todavía en plan de reivindicación) Se lo explicaré yo. Nos casamos
hoy en la mañana y estamos de luna de miel. Antes de ir al hotel...
PEPE.- (Fulminándola con la mirada) Veníamos en coche y yo había pensado,
antes de ir al hotel, que a mi esposa le gustaría...LOLITA.- No es cierto, yo te dije muy claro que a mí lo que me interesaba...
LOLA.- Mételos a la cárcel, Ramón.
LOLITA.- (Haciendo dengues, enojada con todo el mundo) Sabe usted que mi
esposo había leído en una revista que descubrieron estas ruinas y antes de ir a
dormir se le ocurrió pasar a verlas, porque parece que no podía esperar ni un día, yo
le dije muy claro que prefería ir al hotel, pero él insistió y por eso...
Pepe está en el colmo de la indignación y de la vergüenza, podría ahogar a su
mujer, Lola y Ramón se miran con un poco de burla.
RAMON.- ¿Y qué más?
LOLITA.- (Aturdida, no sabe qué ha dicho) Pues eso, que pensó que a mí me
divertiría mucho ver las ruinas antes de... (Ante las obvias miradas de burla de los
otros) ¿Verdad Pepe?
PEPE.- (Serio, muerto de coraje) No se trata de eso. Les aseguro que no es
cierto nada de lo que ella ha dicho.
RAMON.- Bueno, señor. Díganos qué estaban haciendo.
LOLITA.- (Que se ha quedado pensando y empieza a alarmarse) Si eso no es
cierto, ¿para qué me trajiste? Yo dije varias veces que prefería...
PEPE.- (Después de darle una mirada durísima) Vine por motivos estrictamente
personales que sería inútil explicar.
RAMON.- El caso es que está prohibido entrar y ustedes han cometido un
delito.
PEPE.- ¿Desde cuándo es delito ver?
LOLA.- Ver no pero dicen que se andan robando las piedras.
PEPE.- (Muy mundano, de nuevo) Pueden ustedes registrarme, no me he
llevado nada.
RAMON.- (Fastidiado) Oiga señor, ¿qué no sabe leer? (Señala los letreros)
LOLITA.- (Con el rostro descompuesto) Pepe, ¿para qué me trajiste?
PEPE.- Sí sé leer, pero con el entusiasmo del momento...
RAMON.- (Levantando el rifle del suelo) Bueno, ya vámonos a la comisarla.
LOLITA.- (Coqueta, repentinamente) Señor vigilante. Usted no puede hacernos
eso. (Recuerda lo que verdaderamente la preocupa) Pepe, ¿para qué...?PEPE.- (Sacando la cartera, de nuevo el hombre de mundo) ¿Cuánto quiere?
(Ramón duda un momento pero Lolita se interpone).
LOLITA.- No le des nada, no seas tonto. Si no se puede entrar en las ruinas,
(señalando a Lola) ¿qué está haciendo ésta aquí?
LOLA.- Me llamo Lola.
LOLITA.- Yo también me llamo... Pues sí, si usted vigilante nos lleva a la
comisarla, nosotros lo acusamos de dejar entrar mujeres en las ruinas, para que
luego se lleven las piedras y ustedes digan que es la gente que pasa.
LOLA.- (Orgullosa) Es que yo soy su novia, ¿verdad, Ramón?
LOLITA.- Peor les va a parecer que traiga aquí a sus novias para...
RAMON.- (Decidido) La señorita no es mi novia. Apenas si la conozco. Pasaba
por aquí cuando...
LOLA.- ¿Qué estás diciendo?
PEPE.- Bueno, bueno, nosotros tenemos que irnos.
LOLITA.- Ahora vas a salir con que tenemos mucha prisa.
LOLA.- (A Ramón) ¿Y si no soy su novia, por qué se puso celoso cuando éste
andaba gritando mi nombre?
RAMON.- Qué celoso ni qué nada, si yo creía que esta señorita andaba sola.
(Con mucha prisa) Mire señor, son cincuenta pesos.
PEPE.- (Busca en su cartera y saca el billete) Eso es hablar.
LOLITA.- (Se interpone) Mi papá me ha dicho que eso es una inmoralidad.
(Adelantándose) Por mí, podemos ir inmediatamente a la comisaría, ándele,
llévenos.
LOLA.- Lléveselos, que al fin a usted no le importa nada... (Furiosa) Ya me voy
y luego no me ande buscando porque...
PEPE.- (Rápido, haciendo a un lado a su mujer) Tome los cincuenta pesos y
basta. (Se los pone en la mano)
RAMON.- (A Lola que se aleja) ¡Venga acá! No se haga la ofendida porque si
no me la llevo a la comisaría a usted.
LOLA.- (Regresando) ¡Lléveme si puede! (Se le para enfrente con los puños
sobre la cintura)RAMON.- (Ligeramente contrito) Oiga, Lolita...
LOLA.- No me diga Lolita, Lolita es aquella.
LOLITA.- (Rápido) A mí me dicen Dolores.
PEPE.- (Impaciente) Dije que bastaba. (Agarrándola de un brazo con cierta
violencia). ¿No tenías tantas ganas de irte? Pues vámonos. (Ella se aparta)
RAMON.- Yo creía que no quería que nadie supiera que era mi novia, por eso...
LOLA.- ¡Convenenciero! ¡Sinvergüenza! (Se va acercando a Lolita)
PEPE.- (Fuera de sí) ¡Vámonos, vámonos a dormir!
RAMON,- La convenenciera es usted.
LOLITA.- (A los dos) Son unos groseros. Yo no me voy.
PEPE.- ¿Qué?
LOLA.- Por eso siempre me está hablando de usted, para que nadie lo sepa,
porque ha de tener otra.
LOLITA.- Eso es, ¡Os dos han de tener otra.
PEPE.- ¿Qué estás diciendo?
LOLITA.- Que de aquí no me muevo. (A Lola, buscando protección) ¿Verdad
que usted tampoco?
RAMON.- (A Lola) Usted dijo que ya se iba.
LOLA.- ¿Quiere que me vaya?
RAMON.- No, no quiero, si no le estoy diciendo eso, es que usted no entiende.
Pepe y Ramón se observan, es una mirada de profunda comprensión.
RAMON.- ¿Qué le parece si las dejamos aquí y nos vamos a tomar una
cerveza? Yo lo invito.
PEPE.- (Dudando ante una mirada desesperada de su mujer) Oiga... no.
(Ramón se encoge de hombros. Pepe, muy dulce, a Lolita:) Dime Lolita, ¿por qué no
quieres irte?
LOLITA.- (Haciendo mohines, bajo) No me voy hasta que me digas para qué
me trajiste aquí.
PEPE.- (Con un gesto de asco) ¿Que para qué...?
LOLITA.- Sí, dímelo aquí, delante de todos.PEPE.- (Se sienta en una piedra, piensa y al fin se decide) ¿Sabes por qué?
¡Por animal, por estúpido, por ser un soberano idiota! (Ella lo mira más contenta)
¿Ya?
LOLITA.- ¿Lo dices en serio? (El mueve la cabeza afirmativamente) Ya. (Se
pone en pie y se le acerca)
PEPE.- (Pasándole el brazo por la cintura) ¿Nos vamos?
LOLITA.- Sí, mi amor. (Se vuelven al mismo tiempo a los otros)
PEPE.- Buenas noches.
LOLITA.- (Riendo) Muy, muy buenas noches.
Se alejan y los otros los miran sin contestar.
RAMON.- Lola.
LOLA.- Ya váyase a tomar su cerveza.
RAMON.- ¿Qué quiere que le diga para que se contente?
LOLA.- (Después de pensar un momento) Quiero que me diga que usted
también es un animal.
RAMON.- Que yo...
LOLA.- Sí.
RAMON.- (Convencido a medías) Pues... sí... yo también he de ser un animal.
(Lolita se le echa en los brazos) Lolita...
LOLA.- Dígame Dolores. (Se besan)
FIN







Morir por cerrar los ojos. Max Aub



Morir por cerrar los ojos.
Max Aub










PERSONAJES:
La Botella
El Autor
El Borracho 1o.
El Borracho 2o.
El Payaso
El Arlequín
El poeta
El Espectador
El Apuntador


En medio de la escena hay una enorme, monumental botella oscura, con un
marbete rojo pegado al lado. Forma el fondo una gran cortina cuadriculada, blanca y
negra. Se puede adaptar fácilmente para representarse en pista de circo.
Al levantarse el telón la luz en escena es escasa. Mientras habla el autor
parece que los electricistas ensayan todos los juegos de luz.
EL AUTOR.- (Intranquilo e inseguro.) Señoras y Señores: yo soy el autor de lo
que ustedes van a ver representar. Os han dicho que es una farsa, Señoras y
Señores, no lo creáis: ¡esto que aquí os doy, soy yo! Las farsas están hechas par reír
y ¡ay! Yo soy profundamente triste. Primero pensé escribir un poema, pero los
hombres ya no leen versos y he aquí que se me ocurrió escribir un terrible drama.
Señoras y Señores ¡dicen que es una farsa! No lo creáis ¡esto que aquí os doy es
una tragedia verdadera! A veces no sé qué pensar. Ratos hay en los cuales veo
blanco, ratos hay en los cuales veo negro. (Emocionadísimo.) ¡Esto que aquí os doy
soy yo! Perdonad, no puedo seguir, la emoción me impide...
Bajo la alegría se esconde...
(El Espectador, sujetado por varios tramoyistas, asoma la cabeza en escena y
grita estentóreamente.)
El ESPECTADOR.- ¡Farsante!
EL AUTOR.- (Levanta los brazos, se encoge de hombros, tristísimo.) ¡Qué
remedio me queda!
(Cabizbajo sale. Hay una pausa bastante prolongada,
monorítmica).
luego habla
LA BOTELLA.-Yo soy una botella, nada más; esto es: una botella. Muchas
gentes se empeñan en que yo sea otra cosa, pero, confidencialmente, os confiaré
que no soy más que una botella. No creías a nadie, ni los unos ni los otros saben lo
que dicen; como a mí me pasa muchas veces. Esto mismo que os digo no lo
entiendo porque al fin y al cabo no soy más que esto: una botella. Unos dicen: es
bella. Otros dicen: no es verdad. Unos, es verde. Otros, es roja. Unos, es grande.
Otros, es pequeña. Unos, es ancha. Otros, es delgada como un hilo. No creáis a
ninguno. Yo me río. No, no, me equivoco. Creedlos a todos porque todos tienen
razón porque si dicen: es el cielo, es roja, es verde y es grande, es pequeña, es
porque así me ven. Pero a vosotros os lo puedo decir: no soy más que una botella.Otros vienen y dicen: no existe, no es nada. También los podéis creer porque
si así lo aseguran es porque tendrán razón. Pero yo no soy mundo, ni soy cielo, ni
soy vida, ni soy verde, ni roja, ni alta, ni baja, soy, creedme, soy solo una botella,
nada más que una botella.
(La escena queda silenciosa largo rato. Luego se oyen voces, gritos, ruido de
muchedumbre. Hay otra pausa, corta esta vez. Aparecen en escena, uno por la
derecha, otro por la izquierda, los dos borrachos, al ver la botella se paran.)
BORRACHO 1o.- ¡Oh!
BORRACHO 2o.- ¡Oh!
(Saludan a la botella aparatosamente.)
BORRACHO 1o.- ¡Hermosa Botella!
BORRACHO 2o.- ¡Hermosísima Botella!
BORRACHO 1o.- ¡Hermosísima botella!
BORRACHO 2o.-No tan grande como yo la quisiera.
BORRACHO 1o.- ¿Por qué?
BORRACHO 2o.-Porque cabría más.
BORRACHO 1o.-Razón de peso. (Ligera pausa.)
BORRACHO 2o.- ¿Has visto?
BORRACHO 1o.- ¿Qué?
BORRACHO 2o.-La revolución.
BORRACHO 1o.-Sí.
BORRACHO 2o.-Dime tú, que eres hombre de muchos latines ¿quién hace la
revolución? ¿Los de arriba o los de abajo?
BORRACHO 1o.-Hombre no sé. No estoy muy seguro, estaba yo en la taberna
y estalló el ruido; dijo el tabernero “son los de arriba”, dijo uno de los parroquianos
“son los de abajo”. Pero te diré la verdad. No sé si el ruido era de gentes que arriba
se divertían, o la revolución; y tampoco si el tabernero se refería a unos u otros.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja, ja.
BORRACHO 1o.- ¿Ríes? Oye, tú que eres hombre muy leído, dime, ¿quién
tiene razón, los que hacen la revolución o los que no la dejan hacer?
BORRACHO 2o.-Los que la hacen.
BORRACHO 1o.-Pues antes me dijo uno que los que no la dejan hacer ¿a
quién creo?
BORRACHO 2o.-A mí, siempre. Yo tengo siempre razón.BORRACHO 1o.- ¡Oh!
BORRACHO 2o.-Sí. Siempre. Y no comprendo como haya gente que no
piense igual que yo. ¡Si yo lo veo todo tan bien y tan claro! ¡Si todo es tan fácil de
comprender! Si todos pensaran como yo, todo se arreglaría. Porque, no me lo vas a
negar, yo tengo razón. Si todo el mundo pensara como yo todos tendríamos razón y
no habría guerras, ni huelgas, ni revoluciones.
BORRACHO 1o.- (Muy entusiasmado.) Tienes razón.
BORRACHO 2o.-Claro está, y no comprendo cómo no hayan caído en ello.
Muchas veces lo había pensado pero no lo había expresado tan claramente.
¡Admirable! ¡Admirable! ¡He resuelto el problema del mundo!
BORRACHO 1o.- ¡Hip! ¡Hip! ¡Hurra! Razón tienes hermano, eres un Genio. Lo
mismo había pensado yo muchas veces. ¡Si todos pensaran como yo! ¡Todos
tendríamos razón! Todo se resolvería.
BORRACHO 2o.-Esta revolución misma. Es tan fácil, tan fácil.
BORRACHO 1o.- ¿Verdad? Con...
BORRACHO 2o.- (Interrumpiéndole.) Matar al hombre grande...
BORRACHO 1o.-Matar, no hombre.
BORRACHO 2o.-Cómo ¿por qué no?
BORRACHO 1o.-No, porque no.
BORRACHO 2o.-Sí porque sí.
BORRACHO 1o.-No.
BORRACHO 2o.-Sí.
BORRACHO 1o.-No.
BORRACHO 2o.-Sí.
BORRACHO 1o.-Basta. No nos pondríamos de acuerdo y yo tengo mis ideas.
BORRACHO 2o.-Y yo las mías.
BORRACHO 1o.-Pero las mías son mejores.
BORRACHO 2o.-Hombre ¡me gustaría saber el por qué!
BORRACHO 1o.-Porque soy más inteligente.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja, ja.
BORRACHO 1o.- (Amenazador.) ¿Ríes?
BORRACHO 2o.-Sí; pero será mejor que bebamos.
BORRACHO 1o.-Ahora tienes razón. Bebamos. (Sacan unas botellas de sus
bolsillos, beben permaneciendo en cada lado de la escena.)
BORRACHO 1o.-Hum, hermosa botella.BORRACHO 2o.-Hermosa.
BORRACHO 1o.-Hermosísima.
BORRACHO 2o.-Más que hermosísima.
BORRACHO 1o.-Por más que la alabes no la alabarás tanto como yo.
BORRACHO 2o.- ¡Tan lisa!
BORRACHO 1o.- ¿Qué?
BORRACHO 2o.- ¡Tan lisa!
BORRACHO 1o.- ¿Qué necedad estás diciendo?
BORRACHO 2o.-Tan lisa.
BORRACHO 1o.-Tú estás borracho.
BORRACHO 2o.- ¿Por qué?
BORRACHO 1o.- ¿No dices, tan lisa?
BORRACHO 2o.-Sí.
BORRACHO 1o.-Entonces estás borracho.
BORRACHO 2o.- ¿Y por qué?
BORRACHO 1o.-Porque la botella no es lisa.
BORRACHO 2o.- ¡Oh!
BORRACHO 1o.-Tiene una etiqueta.
BORRACHO 2o.- ¿Qué?
BORRACHO 1o.- (Más fuerte.) Tiene una etiqueta.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja.
BORRACHO 1o.- ¿Ríes? (Gritando.) Tiene una etiqueta.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja. El borracho, tú.
BORRACHO 1o.- ¿Por qué?
BORRACHO 2o.-Porque la botella es lisa.
BORRACHO 1o.-Ja, ja, ja. La botella tiene una etiqueta roja.
BORRACHO 2o.-No.
BORRACHO 1o.- (Más fuerte.) Tiene una etiqueta roja.
BORRACHO 2o.-No.
BORRACHO 1o.- (Grita.) Que tiene una etiqueta roja.
BORRACHO 2o.-Pero idiota, ¿cómo quieres negar lo que ven mis ojos?BORRACHO 1o.- (Superior.) Arguyes con los mismos argumentos que yo
tengo para probarte lo contrario. ¡Embustero! La botella tiene una etiqueta roja de
estas dimensiones. (Abriendo los brazos.)
BORRACHO 2o.- (Grita.) La botella es lisa, lisa, lisa.
BORRACHO 1o.- ¡Mentira! (En actitud clásica de orador.) ¡Compañeros! Todos
cuantos nos rodean nos odian, niegan nuestras reivindicaciones tan discretas y
justas, niegan la verdad, cierran los ojos a la evidencia, nuestra causa es tan clara,
tan diáfana que salta a la vista.
BORRACHO 2o.- (Interrumpiéndole.) ¡Compañeros! ¡Hermanos! ¡Camaradas!
¡Respetables consocios! ¡No los creáis! Proclaman que cuanto nosotros vemos no es
verdad y aun se atreven ¡los vendidos! A asegurar que lo que con nuestros propios
sentidos notamos es mentira. ¡Ah! ¡Señores!
BORRACHO 1o.-Ja, ja, ja.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja.
BORRACHO 1o.- ¿Es que no me crees?
BORRACHO 2o.-Déjame reír. No creía que tan poco vino te hiciera ver
visiones.
BORRACHO 1o.-El borracho lo eres tú, y además eres un hotentote.
BORRACHO 2o.- ¿Qué?
BORRACHO 1o.-Un ho-ten-to-te.
BORRACHO 2o.- ¡Oh! (se pegan. Pueden emplear palas de los de uso
corriente en los circos. El ruido es extraordinario; después quedan en los lados
opuestos a los que anteriormente ocupaban. Ambos gimen con fuerza ¡Ay!, ¡ay!, ¡ay!,
¡oh!, ¡oh!, ¡oh! Se fijan en la botella. Quedan un momento perplejos. Se rascan la
cabeza, se acercan a la botella. Retroceden. Se frotan los ojos, Juego de escena.
Pausa. Luego hablan inseguros.
BORRACHO 1o.-Oye.
BORRACHO 2o.- ¿Qué?
BORRACHO 1o.-Lo pasado, pasado, y pelillos a la mar.
BORRACHO 2o.-Soy de tu parecer.
BORRACHO 1o.- Las ideas no sirven para nada.
BORRACHO 2o.-Soy de tu opinión.
BORRACHO 1o.-Las ideas las inventaron para amargarnos la vida.
BORRACHO 2o.-Siempre he pensado así.
BORRACHO 1o.- ¡Si no hubiese ideas!
BORRACHO 2o.- ¡Maravilloso mundo entonces!BORRACHO 1o.-Siempre se acaba con ellas como los niños con los juegos de
manos.
BORRACHO 2o.-Eres extraordinario.
BORRACHO 1o.-Di somos.
BORRACHO 2o.-Como tú quieras. Somos extraordinarios.
BORRACHO 1o.-Brindemos por ello, es lo mejor.
BORRACHO 2o.-Tienes razón. Es lo mejor. (Beben. Pausa. Luego, con
vergüenza; inseguros y lentos.)
BORRACHO 1o.-Oye.
BORRACHO 2o.- ¿Qué?
BORRACHO 1o y 2o.-(A la vez.) Tenías razón.
BORRACHO 1o y 2o.- (Sorprendidos, a un tiempo.) ¿Qué?
BORRACHO 1o.-La botella es lisa.
BORRACHO 2o.- ¿Qué?
BORRACHO 1o.-La botella es lisa.
BORRACHO 2o.-No.
BORRACHO 1o.-Sí. Te digo que sí. Aprecio tu delicadeza pero reconozco mi
error, no sé, (lírico) mi alma andaba extraviada, (enfático) estaba sumergida en la
oscuridad. Repito, agradezco en todo lo que vale tu delicadeza.
BORRACHO 2o.-Si hablas en chanza, basta ya.
BORRACHO 1o.- ¿Cómo en chanza?
BORRACHO 2o.-La botella tiene una etiqueta.
BORRACHO 1o.-Tú deliras.
BORRACHO 2o.-No. Lo que te quería decir era esto: mi vista, mi alma debió
de cegarse. Ahora ya es otra cosa. Veo. Te pido mil perdones de mis insolencias.
Tenías razón. Y no soy yo hombre que pida perdón tan fácilmente.
BORRACHO 1o.-Si hablas en chanza, basta ya.
BORRACHO 2o.- ¿Cómo en chanza?
BORRACHO 1o.- (Silabeando.) La bo-te-lla es li-sa.
BORRACHO 2o.-La bo-te-lla tie-ne una e-ti-que-ta.
BORRACHO 1o.-Men-ti-ra.
BORRACHO 2o.-I-dio-ta.
BARRACHO 1o.-Ja, a, ja. Pero, ¡hombre! Antes sostienes que la botella es lisa
y yo, no sé ahora cómo, ni por qué, te dije que llevaba una etiqueta, y ahora cuandome doy efectivamente cuenta de que estaba en un error, y dominando mi natural
reconozco que decías verdad, ahora es cuando tú sostienes lo contrario. Eres
sencillamente el espíritu de la contradicción, y ahora sí que estoy seguro de que la
botella es lisa.
BORRACHO 2o.-No te entiendo, hace un minuto sostenías, eras capaz de
dejarte matar por asegurar que la botella tenía una etiqueta y ahora cuando yo me
limito a reconocer tu opinión, afirmas lo contrario. Perdona, pero te diré francamente
que me pareces un perfecto imbécil.
BORRACHO 1o.- ¡Sátiro!
BORRACHO 2o.- ¡Uy! (Y con grandes gestos, extraordinarios ruidos y feroces
aspavientos tornan a pegarse. En escena ha aparecido el Payaso.)
EL PAYASO.-Sosegaos, reponeos, tranquilizaos, apaciguaos, morigeraos.
(Los dos borrachos le miran boquiabiertos.) ¿Conocéis las doctrinas de Epicteto?
BORRACHO 1o y 2o.-No.
El PAYASO.- ¿Tampoco las de Aristóteles?
BORRACHO 1o y 2o.-Noo.
EL PAYASO.- ¿Tampoco las de Santo Tomás?
BORRACHO 1o y 2o.-Noo.
EL PAYASO.- ¿Ni siquiera las de Descartes?
BARRACHO 1o y 2o.-Tampoco.
EL PAYASO.-Ni las de Spinoza, ni las de Kant, ni las de Schopenhauer?
BORRACHO 1o y 2o.-Tampocooo.
EL PAYASO.- ¡Oh! ¿Ni las de Hume, ni las de Bergson, ni las de Gaos?
BORRACHO 1o y 2o.-Nooooooo.
EL PAYASO.- ¡Oh, oh, oh! Bien, muy bien, ya estáis de acuerdo en algo. Y en
verdad que ello no tiene gran importancia, pues aunque no los conozcáis no os
hacen ninguna falta conociendo las mías. Prestad atención, empiezo. (Pausa.)
Estabais discutiendo tranquilamente si la botella ostentaba un marbete o no.
BORRACHO 1o y 2o.- ¿Qué dice que tiene o no la botella?
EL PAYASO.-Marbete.
BORRACHO 1o.-Ya teníamos bastante con discutir si tenía la botella etiqueta
o no para que venga Ud. Con sus aires de sabio a decirnos que si tiene o no tiene
¿qué? ¿martete?
BORRACHO 2o.- (Valentón.) Muy bien dicho. Y tenga cuidado, que como nos
tome el pelo, palo.
BORRACHO 1o.-Bien dicho.EL PAYASO.-Esto servirá para mi argumentación. Sabed ¡oh ignorantes! Que
marbete y etiqueta son sinónimos, y si no lo entendéis, sabed que digo que igual da
decir marbete que etiqueta.
BORRACHO 2o.-Haber empezado por ahí.
BORRACHO 1o.-Además que eso no tiene nada que ver con lo que nosotros...
EL PAYASO.- (Interrumpiendo.) Sí, sí tiene que ver, y tanto, como que...
BORRACHO 2o.- (Interrumpiendo.) No me importa. (Grita.) La botella no tiene
marbete.
BORRACHO 1o.-Tiene.
EL PAYASO.-Calma. Calma. Sosegaos, reponeos, tranquilizaos. Traigo la
solución.
BORRACHO 1o y 2o.- ¿Quién tiene razón?
EL PAYASO.-Apaciguaos, morigeraos. En filosofía lo principal es el método, lo
demás no tiene ninguna importancia. Escuchad, premisa primera: la botella tiene un
marbete.
BORRACHO 1o.- ¡Oh! ¡Hombre sabio! ¡Maravillosa doctor! Los siglos te
inmortalizarán.
EL PAYASO.-(Al borracho 2o) Pero también éste tiene razón.
BORRACHO 2o.- ¡Hombre Clarividente! ¡Extraordinario doctor! Tu nombre
será reverenciado por los siglos de los siglos.
BORRACHO 1o.-No, esto no puede ser. Esto es un disparate.
BORRACHO 2o.-(Al mismo tiempo.) No, no puede ser; eres un idiota.
EL PAYASO.-Calma, sosegaos, reponeos, tranquilizaos. Dejadme hablar,
ambos tenéis razón.
BORRACHO 1o.-Pero ¿cómo puede ser que éste tanga razón y yo también si
decimos cosas diferentes?
BORRACHO 2o.-Esto es. A ver qué dices ahora.
EL PAYASO.-Calmaos, es lo mismo que antes. Tú tienes razón cuando dices
que la botella tiene etiqueta porque así la ves, y tú cuando dices que no tiene pues
así la ves también.
BORRACHO 1o y 2o.- ¿Así que la botella tiene y no tiene etiqueta?
EL PAYASO.- (Encantado.) Esta es la verdad.
BORRACHO 1o y 2o.- (Riendo desmesuradamente.) Ja, ja, ja.
EL PAYASO.- ¿Cómo?
BORRACHO 1o.-Ja, ja, ja. Así que una cosa puede ser y no ser al mismo
tiempo. No sé como se pueden decir cosas semejantes. Es lo mismo que si medijesen que cuanto predica el cura de mi parroquia y el rabino de la sinagoga son una
misma cosa.
EL PAYASO.-Y lo son.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja. Es como si mañana me dicen que en la huelga
tienen razón los obreros y los patrones; como si me quisieran probar que igual razón
e igual bondad tienen los que quieren hacer la revolución y los que la quieren dejar
hacer.
EL PAYASO.- ¡Ecco!
BORRACHO 1o.-Ja, ja, ja. Igual que si mañana en la guerra me viniesen a
contar que igual razón tiene el enemigo que yo... ¡Qué yo!, que sé que siempre tengo
razón, porque pienso bien y porque soy bueno. Ja, ja, ja.
EL PAYASO.-Esta es la verdad.
BORRACHO 1o y 2o.- (Enfadados.) Pero al fin y al cabo ¿quieres decirme
quien tiene razón?
EL PAYASO.-Tú
BORRACHO 1o.- ¡Hombre de rara clarividencia!
EL PAYASO.-Y tú.
BORRACHO 1o.- (Maliciosamente.) Espera. (Al Payaso.) Pruébalo. (El Payaso
coge del brazo al Borracho 1o y dice mirándole a la cara.) ¿La botella tiene o no
marbete?
BORRACHO 1o.-Tiene.
EL PAYASO.- (Se acerca al Borracho 2o, con los mismos gestos.) ¿La botella
tiene o no marbete?
BORRACHO 2o.-No.
EL PAYASO.-Esperad. (Coge a ambos del brazo y los cambia
respectivamente de lugar. La Botella mientras tanto da media vuelta.)
EL PAYASO.- (Triunfante.) ¿Y ahora?
BORRACHO 1o.-Tiene.
BORRACHO 2o.-No tiene. La escena se repite otra vez con igual resultado.
Asombro del Payaso que no miró la botella la vez primera, y sí ahora, y la ve igual
que antes.)
BORRACHO 1o y 2o.- ¿Esta es toda su prueba? ¡Imbécil! Toma, toma la
verdad, idiota. (Ambos le apalean con gran estruendo. En escena aparece el Poeta.
Dejan de pegar al Payaso, todos se fijan en el recién llegado.)
BORRACHO 1o. ¡Oh! señor Ramírez ¿cómo está Ud.?
EL POETA.- ¿Muy bien y Ud.?BORRACHO 1o.-Perfectamente ¿y la familia?
ELPOETA.-Bien, muy bien, muchas gracias ¿y la suya?
BORRACHO 1o.-Todos divinamente.
ELPOETA.- ¿Y el negocio?
BORRACHO 1o.-Vamos tirando.
EL POETA.- ¿Quiere Ud. Algo?
BORRACHO 1o.-Hombre, sí.
EL POETA.-Diga Ud.
BORRACHO 1o.- (Saca un papel del bolsillo.) Tengo una carta detenida.
¿Será Ud. tan amable de retirarla?
EL POETA.- ¿Cómo no?, encantado.
BORRACHO.-Muchas gracias.
EL POETA.-Hombre, de nada, hasta la vista.
BORRACHO 1o.-Gracias otra vez, lo pase bien, recuerdos a la familia.
EL POETA.-Gracias, adiós. (El Poeta atraviesa la escena y se encuentra con
el Payaso.)
EL PAYASO.-Hola, ilustre poeta. ¿Qué hay de nuevo?
EL POETA.- (Saca un libro.) ¿Ha leído Ud. esto?
EL PAYASO.-No.
EL POETA.-Extraordinario.
EL PAYASO.- ¿Sí, y usted qué?
EL POETA.-Preocupado por el libro que tengo en prensa.
EL PAYASO.- ¿Y qué escribe usted ahora?
EL POETA.-Hombre, siempre algo.
EL PAYASO.-Anoche oí un amigo recitar:
El mundo, el mundo
es según el color, el color
con el cual, el cual se le mira.
EL POETA.- ¡Bah! Esto es viejo, lo escribí el mes pasado. Desde entonces
nuevos y más profundos problemas me preocupan.
EL PAYASO.-Y también:
Fuerte viento levanta remolinos,
¿Cuál escoger de todos los caminos?EL POETA.-Tampoco me satisface. Lo escribí la semana pasada. Ahora sí
que estoy componiendo algo, algo...
EL PAYASO.-Diga, diga.
EL POETA.- (Con el dedo en alto.) ¡Luz! ¡Marcha! (Sale.)
EL PAYASO.- ¡Qué maravilloso!
BORRACHO 1o.- ¿Qué?
EL PAYASO.- ¡Qué poeta extraordinario!
BORRACHO 1o.- ¡Cuando yo decía que usted no estaba bueno de la cabeza!
¡Qué poeta ni que ocho cuartos! Es el cartero de mi barrio.
BORRACHO 2o.-Ja, ja, ja.
BORRACHO 1o.-(Al Payaso y al Borracho 2o.) ¿Qué?
EL PAYASO.-Usted está en un profundo y craso error. Este hombre es un
poeta genial.
BORRACHO 1o.- ¡Vamos! ¿A mí con esas? ¡Le he pagado tantas cartas! Y me
parece que esto es una prueba que no admite réplica.
EL PAYASO.-Es imposible.
BORRACHO 2o.- Ja, ja, ja.
EL PAYASO.-Mentira. Ahora mismo hablábamos de su próximo libro de
versos.
BORRACHO 1o.-Es imposible. No se puede ser buen cartero, si se es poeta.
EL PAYASO.-No se puede ser maravilloso, genial poeta si se es cartero.
BORRACHO 1o.-Es un cartero.
EL PAYASO.- Es un poeta de sensibilidad etérea.
BORRACHO 1o, 2o y EL PAYASO.-(Los tres a coro.) Mentira.
EL PAYASO.-No puede ser. Son ustedes unos impostores.
BORRACHO 1o.-No puede ser, son ustedes unos idiotas.
BORRACHO 2o.-No puede ser, son ustedes unos imbéciles. (De nuevo lucha y
ruido de palos. Se pegan hasta que salta el Espectador a la escena. Quedan
petrificados los actores.)
EL ESPECTADOR.- (Furioso.) ¡Que salga el autor!
EL AUTOR.- (Sale y saluda.)
EL ESPECTADOR.-Es usted un idiota.
EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.-Es usted un imbécil.EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.-Es usted un hotentote.
EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.- ¡Esto no es posible!
EL AUTOR.- ¿Usted dirá?
EL ESPECTADOR.-Este señor (por el Payaso), acaba de sostener, de
demostrar, de convencerme de que una cosa puede ser y no ser al mismo tiempo,
que esta botella tiene y no tiene etiqueta según desde donde se mire; de que todos
tenemos razón cuando sostenemos una cosa que creemos y ahora (furioso), es
capaz de dejarse pegar, de dejarse matar por una idea completamente opuesta.
EL AUTOR.- (Atormentado.) No sé nada. La culpa es del empresario.
EL ESPECTADOR.-Esto es imposible en la vida. Todos tenemos cierta
continuidad en nuestros pensamientos.
EL AUTOR.-No sé nada. ¡Buen escándalo me llevé antes por hablar! No sé
nada. Reclame en taquilla.
EL ESPECTADOR.- ¡Es Ud. un idiota!
EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.- ¡Es Ud. un imbécil!
EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.- ¡Es Ud. un hotentote!
EL AUTOR.- (Saluda.)
EL ESPECTADOR.- (Furibundo.) Pero ¡señor mío! Cómo me va Ud. a
convencer...
EL AUTOR.- (Asombrado.) ¿Yo? (Llama a dos empleados y les hace signos
que deben llevarse al Espectador. Este patalea, arrastrado a la fuerza mientras grita:)
¡Imbécil, idiota, hotentote! (y luego antes de desaparecer, con todas sus fuerzas,
grita al autor): ¡Farsante!
EL AUTOR.- (Se encoge de hombros.) ¡Qué remedio me queda! (y a los
actores, que no se han movido durante la escena anterior:) Continuad. (Marcha.)
(Aparece el Arlequín.)
EL ARLEQUÍN.- (Al Payaso.) ¡Oh, mi querido colega!
EL PAYASO.-Hola, hola, aquí me encuentra Ud. desarrollando mis teorías. A
tiempo llega Ud. de oír mis conclusiones.
EL ARLEQUÍN.-(A los dos borrachos.) ¡No le escuchéis yo traigo la verdad!
BORRACHO 1o y 2o.- ¡Gracias a Dios!
EL ARLEQUÍN.- ¿Cuál es el problema?EL PAYASO.-El caso es el siguiente.
BORRACHO 1o.-No le escuchéis, está loco. (El Arlequín sonríe
condescendientemente.) Esta botella...
BORRACHO 2o.-Tiene una etiqueta.
BORRACHO 1o.-No tiene.
BORRACHO 2o.-Tiene.
BORRACHO 1o.-No tiene.
EL ARLEQUÍN.-Esto no tiene ninguna importancia.
BORRACHO 1o y 2o.- ¿Cómo?
EL ARLEQUÍN.-Sencillamente. Es absolutamente idéntico que la tenga o que
no la tenga.
BORRACHO 1o y 2o.- (Asombrados.) ¡Oh!
EL ARLEQUÍN.-Sí. ¡Admirad mi genio! Porque la verdad es que ni la botella, y
por la misma razón, ni el marbete existen.
BORRACHO 1o y 2o.- ¡Oh!
EL ARLEQUÍN.-Nada existe en verdad.
BORRACHO 1o y 2o.- ¡Oh!
EL ARLEQUÍN.-Todo es ilusión de vuestros sentidos.
EL PAYASO.-No le creáis.
BORRACHO 1o y 2o.- ¡Oh!
EL ARLEQUÍN.-No es una botella la que esté allí, somos nosotros que nos
figuramos ver lo que llamamos una botella y no sabiendo lo que es una botella es
muy posible que uno la vea con marbete y otro sin él.
BORRACHO 1o y 2o.- ¡Oh!
EL ARLEQUÍN.- ¡Admirar mi genio! Todo esto lo he dicho sin mirar la botella.
(Ligera pausa. Los dos borrachos hablan entre sí.)
BORRACHO 1o.-Diga usted ¿todo es ilusión?
EL ARLEQUÍN.-Nada es verdadero, real realidad.
BORRACHO 1o y 2o.- (Le muelen a palos.) No se queje, no, que en este
momento todo es ilusión y nada realidad.
EL PAYASO.- (Ríe a carcajadas.) Ja, ja, ja.
BORRACHO 1o y 2o.-Toma, toma tú también, idiota. (Batalla general. Gran
alboroto. Se cansan los dos borrachos.)
BORRACHO 1o.- ¡Bah! Déjalos. Tenga la botella etiqueta a no, creo que lo
mejor será que bebamos.BORRACHO 2o.-Profunda y humana razón. Bebamos y alabado sea Dios.
EL PAYASO.- (Después de larga y muy exteriorizada vacilación.) Quizá sea,
todavía, lo mejor.
EL ARLEQUÍN.-Quizá. (Beben todos desordenadamente. Después, alrededor
de la botella, cogidos las manos, danzan al son del matarilerileró; gira loca la ronda.
Ha aparecido, con mascarilla trágica, el autor y de su concha asoma el apuntador
gritan ambos, por deber profesional.)
EL AUTOR Y EL APUNTADOR.-No, no es así, os equivocáis. Ahora el
Payaso... (A los pies de la botella el Payaso, el arlequín y los dos Borrachos caen en
ridículas posturas de muñecos desarticulados. Sujeto por varios asoma su cabeza el
Espectador.)
EL ESPECTADOR.- ¡Farsante!
EL AUTOR.- ¡Qué remedio me queda! (Pausa leve.) Pero quedan las mujeres.
¡Quedan las mujeres! (Pausa.)
LA BOTELLA.-Yo soy una botella, esto es, nada más: una botella. Unos me
ven así, otros de otra manera, pero creedme, no soy más que esto: una botella. ¿Y
qué es una botella?
¿Tengo marbete o no?
Como soy, no lo sé.
Si dicen que soy grande,
si dicen que soy pequeña,
si dicen que soy verde,
si dicen que soy roja,
creedlos a todos porque si así lo dicen es que así me ven.
Y todos tenemos razón.
Pero, ¿sabéis?, en el fondo, la verdad es ésta: yo soy una botella; nada más
que esto: una botella.
Se apagan las luces.




FIN







Riesgo, Vidrio De Dante del Castillo

 




Riesgo, Vidrio
De Dante del Castillo

Personajes
Graciela
Luis
Judith
Jorge
Rafael




Una sala de comedor corrida. Dos puertas, una al centro, la de la salida, y otra a la
izquierda que comunica al comedor con la cocina. A la derecha un principio de
escalera que lleva al piso superior donde se encuentran las habitaciones. Todo el
mobiliario da el aspecto de pertenecer a una familia de mediana posición. Al abrirse
el telón, Graciela está cerca de la mesa acomodando unas cosas. (Pueden ser un
mantel, platos y cubiertos).
Mientras en la sala, cerca del aparato de TV., está Luis, recostado en el piso,
escribiendo sobre un cuaderno.
JUDITH.- (Entra apresuradamente por la puerta de la calle) Mamá, ya comenzó
la comedia, hay que verla.
GRACIELA.- Hoy no prendas la televisión. (Extiende el mantel sobre la mesa y
empieza a acomodar los platos y cubiertos).
JUDITH.- ¿Por qué?
LUIS.- (Levanta la cabeza) ¿No ves que ya se cansó de ver payasadas?
JUDITH.- (A Luis) Cállate, nadie está hablando contigo. (Se dirige al aparato de
TV y lo enciende).
GRACIELA.- (En advertencia) Te dije que no la pusieras.
JUDITH.- (Como si no oyera, empieza a sintonizar la imagen. Cuando por fin lo
logra va a sentarse a uno de los sillones) Un ratito nada más y luego la apago.
LUIS.- Apaga eso, ¿no entiendes?
JUDITH.- Shhh, tu no te metas.
LUIS.- (Se levanta y va hacia la TV) Bueno, pues ya que la prendiste, siquiera
pon otra cosa, no esas porquerías. (Cambia de canal).
JUDITH.- Mamá mira a éste Luis. (Se levanta, vuelve a sintonizar el canal que
estaba viendo).
GRACIELA.- (Terminando de poner la mesa). Esténse quietos. (A Judith) Eres
muy terca, pero allá tú. Donde vea tu papá que encendiste el aparato se
va a enojar.
JUDITH.- Ayer lo prendí y no me dijo nada.
GRACIELA.- Pero hoy llegó de malas.
(Se empiezan a oír voces y lloriqueos provenientes del aparato de TV. Obviamente
se trata de una telecomedia. Judith empieza a interesarse en el
programa. Jorge aparece en bata y con pantuflas bajando la escalera.
Ve que la TV está prendida y visiblemente hace un gesto de desagrado.
Va hasta el aparato y cambia de canal).
JUDITH.- (Protestando) No lo cambies, papá.
JORGE.- Lo siento, quiero ver el juego.
(Luis regresa a su lugar a seguir escribiendo).
JUDITH.- (Consulta su reloj de pulso) Todavía es temprano.
JORGE.- (Se sienta tranquilamente en un sillón)
No le hace, quiero ver el programa que va antes, también me gusta.
JUDITH.- Es que quiero saber qué pasa en este capítulo, ayer se quedó muy
interesante.
JORGE.- (Sigue mirando la TV como si no oyera lo que Judith habla. De pronto a
Graciela): Oye, ¿sabes qué? Hoy quiero que me sirvas la cena aquí.
GRACIELA.- Pero, Jorge, ya puse la mesa.
JORGE.- (Autoritario) Pues ni modo, prefiero que la traigas acá. (Mira la TV).JUDITH.- Papá, hazme caso. ¿Por qué no me dejas ver la novela?
JORGE.- No me gusta ver eso.
JUDITH.- Tú si tienes derecho a ver todo lo que quieras, ¿verdad?
JORGE.- Shhh, hablas como si la televisión fuera tuya.
GRACIELA.- Judith, deja a tu padre en paz.
JUDITH.- Está bien. (Rezongando) Pero algún día he de tener mi casa y mi tele y
entonces haré y veré todo lo que yo quiera. (Está casi a punto de
llorar).
(Luis, que ha estado pendiente de todo, le hace señas de qué bueno, como si tocara
una guitarra imaginaria).
JUDITH.- (A Luis, furiosa) ¡Idiota!
JORGE.- (Se levanta entre enojado y sorprendido) ¿Qué me dijiste?
JUDITH.- (Asustada) Nada, papá.
LUIS.- (En chisme) Dijo idiota.
JUDITH.- Si, pero se lo dije a él (señala a Luis).
JORGE.- (Duda un poco) Mmmh, de todos modos, ten cuidado con lo que dices.
JUDITH.- Papá, te juro que yo...
JORGE.- (No le hace caso; se sienta de nuevo a ver el programa de TV) Shhh,
cállate, no me dejas oír.
(Judith quiere decir algo, pero al ver que su padre está tan entretenido o simula estar
viendo la TV da la vuelta y comienza a caminar hacia la escalera,
rumbo hacia su habitación).
GRACIELA.- (A Jorge) No debiste tratarla así.
JORGE.- (Como disculpa) Me insultó.
GRACIELA.- Es incapaz de hacerlo, se lo dijo a éste. (Señala a Luis) Y es que todo
el día nada más la está molestando. (Pausa) Luis, ¿verdad que te lo
dijo a ti?
LUIS.- (Mintiendo) No sé, mamá, yo no me di cuenta, estaba haciendo mi tarea.
Nada más oí que dijo idiota.
JORGE.- Aunque no me haya insultado. También me da coraje que se crea la dueña
de la televisión. Yo fui quien la compró.
GRACIELA.- Sí, pero la compraste para la casa, para todos.
JORGE.- (Casi gritando) La compré para mí, Graciela, es mía.
GRACIELA.- (Un poco atemorizada) Está bien, está bien, no tienes que gritar así.
LUIS.- Oye, papá, puedo ver contigo ese programa.JORGE.- No.
GRACIELA.- Lo que debes hacer es terminar la tarea, llevas horas haciéndola.
LUIS.- No puedo concentrarme con ese ruido. (Señala la TV).
GRACIELA.- Ve entonces al escritorio de tu papá, ahí no hay ruido.
JORGE.- (Violentamente) No, ahí no. (Graciela se le queda mirando fijamente.
Disculpándose) Es que tengo muchos papeles de trabajo y no quiero
que me los vayan a revolver.
LUIS.- ¿Lo ves, mamá? (Pausa) No puedo trabajar en ninguna parte.
GRACIELA.- (Nerviosa) Mira, deja eso por el momento, después terminarás.
LUIS.- Y entonces, ¿qué hago? Papá tampoco me deja ver la tele.
GRACIELA.- (En el mismo tono) Trae de una vez el pan.
LUIS.- (Feliz) Si, mamá.
(Saca un billete de su monedero, mismo que entrega a Luis) Toma, compras la mitad
de pan blanco y lo demás de pan de dulce.
LUIS.- Sí.
GRACIELA.- Regresas pronto, no quiero que vayas a quedarte en la calle jugando
con tus amigos.
LUIS.- No, mamá.
GRACIELA.- (En advertencia) Mira, si te tardas, voy por ti.
LUIS.- Está bien, mamá. (Sale)
GRACIELA.- (A Jorge) No se por qué te portas así con los muchachos; a veces me
da la impresión de que te estorban o no los quieres.
JORGE.- No digas tonterías.
GRACIELA.- Entonces, ¿cuál es la razón de que te portes así con ellos?
JORGE.- ¡Ah, mujer!, ya quisiera verte en mi lugar: cobrando, discutiendo y haciendo
corajes. Eso sin contar con las grandes caminatas que hago y cuando
por fin llego a mi casa, rendido y con ganas de descansar, siempre me
encuentro con problemas, gritos, ruidos y quejas. ¿Tú crees que no voy
a fastidiarme?
GRACIELA.- Pero los muchachos no tienen la culpa de lo que te pasa en la calle.
JORGE.- No digo que la tengan.
GRACIELA.- Tampoco yo soy culpable.
JORGE.- Pero tú, ¿qué tienes que reprocharme?
GRACIELA.- Conmigo también has cambiado.
JORGE.- ¿En qué sentido?GRACIELA.- Si no es para darme alguna orden, no me hablas. En cambio antes
platicábamos a diario.
JORGE.- ¿Y de qué quieres que platiquemos?
GRACIELA.- Antes lo hacíamos de muchas cosas, nos sobraban temas.
JORGE.- (Interesándose en la TV) Shhh, mejor siéntate y ve conmigo el programa.
GRACIELA.- (Se sienta) Parece que ya no te interesa lo que pasa en tu casa.
JORGE.- ¡Cómo no va a interesarme!
GRACIELA.- Antes, cuando no teníamos la tele, siempre llegabas y preguntabas por
tus hijos, por lo que habían hecho en tu ausencia.
JORGE.- Para que lo pregunto, si me doy cuenta de que están insoportables.
GRACIELA.- Han llegado a la edad en que más debían preocuparte.
JORGE.- ¿Qué quieres decir?
GRACIELA.- Ya no son unos niños y los sigues tratando como si lo fueran.
JORGE.- Siguen siendo unos escuincles malcriados.
GRACIELA.- Debes cambiar con ellos.
JORGE.- ¿En qué sentido?
GRACIELA.- Trátalos de una manera más amistosa.
JORGE.- Sí, cómo no, para que luego me pierdan el respeto.
GRACIELA.- No, para que sientan confianza, para que te quieran, para que borres el
temor que te tienen.
JORGE.- ¡Temor! ¿Pero por qué?
GRACIELA.- Por cualquier insignificancia los estás regañando.
JORGE.- A los hijos hay que corregirlos a tiempo.
GRACIELA.- Pero también hay que demostrarles cariño.
JORGE.- ¿Y acaso crees que no los quiero?
GRACIELA.- Los quieres, pero ya te dije, necesitas demostrárselos.
JORGE.- (Aburrido) Bueno, ¿a qué viene hablar de todo esto precisamente cuando
estoy viendo un programa que me gusta?
GRACIELA.- Es necesario. Sobre todo, al primero que tienes que empezar a ganarte,
es a Rafael.
JORGE.- Mhhh, ya sé por dónde va la cosa, ustedes algo se traen, ¿por qué no lo
dices de una vez?
GRACIELA.- Rafael quiere hablar contigo.
JORGE.- ¿Acerca de qué?GRACIELA.- Quiere estudiar aeronáutica civil.
JORGE.- (Molesto) ¡¿Qué?! Ese muchacho siempre está con sus sueños de
grandeza; antes quiso ser arquitecto, ahora esto. (Pausa) Que ni lo
piense, yo no puedo costearle esa carrera. Es muy cara.
GRACIELA.- Tiene algo ahorrado y sólo quiere saber si cuenta con tu apoyo. Lo
correcto es que lo ayudes, aunque sea con poco dinero.
JORGE.- No puedo, se saldría totalmente de mi presupuesto. Además, recuerda que
estoy juntando para mi carro.
GRACIELA.- Yo sé que puedes ayudarlo habla con él y no lo desanimes.
JORGE.- ¿Cuándo dejarás de abogar por ese flojo?
GRACIELA.- Quiere estudiar, hay que apoyarlo.
JORGE.- ¿Para que haga lo mismo que cuando estudiaba comercio? Nunca se
paraba por la escuela.
GRACIELA.- No le gustaba estudiar eso.
JORGE.- No era cuestión de que le gustara o no; fue lo único que pudimos ofrecerle
y debió aprovecharlo.
GRACIELA.- Una carrera corta nunca me pareció lo mejor para Rafael.
JORGE.- Desperdició una oportunidad que ya la hubiera yo querido tener en mi
tiempo.
GRACIELA.- Soñaba con ser arquitecto.
JORGE.- No estábamos en posibilidades de costear eso, y además, nunca he sido
partidario de carreras largas: muy pocos las llegan a terminar.
GRACIELA.- Aquel fue un tiempo difícil; ahora, con un poco de sacrificio, podemos
ayudarlo.
JORGE.- ¿Y dónde está? De seguro en la calle.
GRACIELA.- No. (Pausa) ¿Por qué siempre piensas que está en la calle? Está arriba
desde temprano, terminando de hacer unas cuentas.
JORGE.- Fíjate, luego si estudia eso, va a descuidar su trabajo. ¿Quién va a llevar la
contabilidad de sus clientes?
GRACIELA.- Él dice que puede con las dos cosas, además por eso no te preocupes,
yo conozco de contabilidad y puedo ayudarlo.
JORGE.- (Viéndose muy forzado) Mmmh, voy a hablar con él, pero no te prometo
nada.
GRACIELA.- (Rápidamente) Entonces, voy a decirle que baje.
JORGE.- No. Espérate a que termine el programa.GRACIELA.- Es más importante el porvenir de tu hijo. (Va hasta el pie de la escalera
y desde abajo grita) Rafael, Rafael. (Aparece éste) Rafael, hijo, tu
padre te está esperando.
RAFAEL.- (Sorprendido) ¿A mí? ¿Para qué?
GRACIELA.- ¿No querías hablar con él de tus estudios?
RAFAEL.- (Un poco desconcertado) Este..., sí.
GRACIELA.- Pues ándale.
(Rafael baja la escalera y se acerca a Jorge, quien sigue viendo la TV).
RAFAEL.- (Tímidamente) Papá...
JORGE.- (Sin dejar de ver la tele) Sí. Te escucho.
GRACIELA.- (Muy amable) Jorge, voy a apagarla. Así podrán hablar mejor. (Apaga
el aparato).
JORGE.- ¡Ah, que lata dan ustedes!
GRACIELA.- (Se acerca nuevamente a Rafael y lo empuja cariñosamente) Ándale.
RAFAEL.- No te quitaré mucho tiempo.
JORGE.- Bueno...
RAFAEL.- (Tragando saliva) ¿Sabes, papá? He decidido seguir estudiando.
JORGE.- Qué bueno.
RAFAEL.- Y... quisiera saber si puedo contar con tu ayuda.
JORGE.- Desde luego.
GRACIELA.- (Feliz) Ya ves, Rafael, cómo hablando se entiende la gente. (Pausa)
Bueno, mientras ustedes se ponen de acuerdo yo voy a terminar de
cocinar, quiero que hoy cenemos todos juntos. (Sale).
RAFAEL.- (Muy contento) No sabes, papá, como temía que no fueras a ayudarme.
JORGE.- ¿Por qué no había de hacerlo?
RAFAEL.- Es que antes no te respondí bien, pero ahora puedes estar seguro de que
llegaré a ser un gran piloto.
JORGE.- (Fingiendo sorpresa) ¡Cómo! Pero, ¿Qué quieres estudiar?
RAFAEL.- Aeronáutica civil, creí que ya mamá te lo había dicho.
JORGE.- No, ella nada más me dijo que querías seguir estudiando y yo creí que ibas
a terminar comercio.
RAFAEL.- (Con vehemencia) No, eso nunca me gustó.
JORGE.- Entonces, ¿Por qué comenzaste a estudiarlo?RAFAEL.- ¿Ya no te acuerdas, papá? Tú fuiste quien me obligó, yo quería estudiar
arquitectura.
JORGE.- Yo no te obligué. En aquel tiempo era imposible costearte esa carrera.
RAFAEL.- Lo comprendí, por eso acepté, pero por más esfuerzos que hice, nunca
me gustó estudiar comercio. Siempre soñaba en construir grandes
casas, edificios, ciudades enteras.
JORGE.- Eran sólo sueños, en cambio yo te di los medios para que pudieras ganarte
la vida.
RAFAEL.- También uno puede vivir haciendo lo que le gusta.
JORGE.- (Sonríe irónicamente) ¿Y con eso que piensas estudiar, podrás
mantenerte?
RAFAEL.- Seguro.
JORGE.- Esa es una carrera de ricos, de gente que tiene buenas relaciones.
RAFAEL.- No soy rico, ya los sé, pero en cuanto a contactos, en la escuela uno se
puede ir relacionando.
JORGE.- Definitivamente eso de los aviones no me gusta, resulta caro y con muy
poco porvenir. (Pausa) Y además yo no tengo medios para ayudarte.
RAFAEL.- Pero si hace un rato estabas de acuerdo.
JORGE.- Creí que te referías a seguir estudiando comercio.
RAFAEL.- No, papá, eso ya no.
JORGE.- No sé por que no te gusta. Ya ves, aunque no te recibiste, estás llevando
varias contabilidades y te sacas tus buenos centavos. Imagínate lo que
ganarías si terminaras tu carrera de contador privado y luego siguieras
estudiando, hasta recibirte de contador público...
RAFAEL.- Mi ambición no es nada más ganar dinero.
JORGE.- ¿Entonces?
RAFAEL.- Quiero hacer lo que siempre he deseado. Aviador.
JORGE.- Antes querías ser otra cosa.
RAFAEL.- Si, pero ahora quiero viajar, conocer otros países, volar.
JORGE.- Toda la vida estás soñando; antes soñabas en fabricar castillos, ahora en
paseos. (Pausa) Date cuenta: somos pobres.
RAFAEL.- Por eso quiero progresar y no seguir estancado.
JORGE.- Pero no puedes aspirar a cosas que no son para ti; ve la realidad,
confórmate con lo que tienes.
RAFAEL.- ¿Y qué es lo que tengo? Nada, papá; todo lo que hay en la casa es tuyo.JORGE.- No te precipites, piénsalo bien. Si quieres seguir estudiando, estudia lo que
ya conoces, sobre todo lo que te sirve.
RAFAEL.- No necesito pensar nada, sé lo que quiero. Mi decisión ya está tomada, y
sólo quiero saber: ¿vas a ayudarme?
JORGE.- Lo haré si estudias comercio.
RAFAEL.- ¡Papá! ¿Por qué siempre te quieres salir con la tuya?
JORGE.- En este caso, sé lo que te conviene.
RAFAEL.- Eso nadie puede saberlo mejor que yo.
JORGE.- Eres muy joven aún, no te das cuenta de muchas cosas, podrías
equivocarte.
RAFAEL.- No me importa, nadie experimenta en cabeza ajena y lo que tú sepas no
me va a servir a mí.
JORGE.- ¿Entonces, definitivamente, ya decidiste estudiar aeronáutica?
RAFAEL.- Sí.
JORGE.- (Indignado) Si vas a hacer lo que quieras, no cuentes conmigo para nada.
RAFAEL.- (Dolido) No sé como llegué a creer por un momento que ibas a cambiar.
(Pausa) Gracias de todos modos, papá. (Exaltado) Pero una cosa si te
digo: de hoy en adelante, bueno o malo para ti, seré lo que yo quiera.
GRACIELA.- (Entra) ¿Qué paso? (Pausa) ¿Ya se pusieron de acuerdo?
(Rafael no contesta. Se dirige violentamente hacia la puerta de la calle y sale).
GRACIELA.- Rafael, ¿A dónde vas?
JORGE.- Déjalo, es un necio.
GRACIELA.- Pero, ¿Por qué se fue?
JORGE.- Se disgustó.
GRACIELA.- ¿Pues que le dijiste?
JORGE.- Qué si estudia comercio lo ayudo, si es otra cosa, no.
GRACIELA.- (Mortificada) Lo sabías muy bien, yo te lo dije: él quiere estudiar
aviación.
JORGE.- No le conviene.
GRACIELA.- No puedes obligarlo a estudiar lo que tú quieras.
JORGE.- Se debe terminar lo que se comienza.
JUDITH.- (Baja por las escaleras) Mamá, ¿puedo salir un rato?
GRACIELA.- Avísale a tu padre.
(Con cierto recelo) Papá, voy a la casa de Cristina.JORGE.- (Muy molesto) ¿De cuando acá sales de la casa sin antes pedir permiso?
JUDITH.- (Desconcertada) Pero, papá, ¿qué estoy haciendo?
JORGE.- Eso no es pedir: me estás avisando, o sea, ya lo decidiste.
JUDITH.- (Sumisa) Bueno, ¿me das permiso?
JORGE.- No, para que otra vez te enseñes a pedirlo. ¡En esta casa ya todo mundo
quiere hacer su voluntad!
JUDITH.- (En ruego) Papá, no seas así. No me dejas ver la tele, no puedo salir.
¿Qué voy a hacer entonces?
JORGE.- Hay muchas cosas en las que puedes ocuparte. Ayuda a tu madre en la
cocina, estudia tus lecciones.
GRACIELA.- (Un poco molesta) Hace un rato me ayudó a limpiar la cocina, su tarea
de la escuela ya la terminó, déjala ir un rato a platicar con su amiga.
JORGE.- No, ya dije que no.
GRACIELA.- (Exaltada) Pero no es justo, Jorge, ella tiene derecho a distraerse un
poco.
JUDITH.- (Tratando de evitar una discusión) No importa, mamá, iré otro día. (Pausa)
¿No tienes algo en que pueda ayudarte?
GRACIELA.- (Nerviosa) Si, por favor vigílame la carne en el horno.
JUDITH.- Si, mamá. (Sale).
GRACIELA.- Jorge, no seas así ¿Por qué no tratas mejor a esa muchacha?
JORGE.- (Prende nuevamente la TV) Hay que fajarse los pantalones, o al rato los
hijos te mandan. (Se sienta nuevamente).
LUIS.- (Entra corriendo asustado) Papá, papá.
JORGE.- Shhh, cállate. No grites. (No le hace caso).
LUIS.- (Va hacia Graciela) Mamá, se van a llevar a Rafael a la cárcel.
GRACIELA.- ¿Qué dices? ¿Por qué?
LUIS.- Rompió los vidrios de la tienda de la esquina.
GRACIELA.- ¿Cómo fue eso?
LUIS.- Dicen que lo hizo a propósito.
GRACIELA.- Pero, ¿Por qué?
LUIS.- No sé.
JORGE.- (Se levanta. Baja el volumen de la TV. A Luis:) A ver, explícate mejor.
LUIS.- A pedradas rompió los cristales y después, en lugar de correr o esconderse,
se quedó viendo lo que había hecho; yo traté de jalarlo, pero me corrió.GRACIELA.- ¡Ay, Dios mío! ¿Y después?
LUIS.- Salió el dueño con otro señor y lo detuvieron.
GRACIELA.- ¿Y tú hermano que hizo?
LUIS.- Nada. Después el dueño llamó a la policía.
JORGE.- (Furioso) Ese muchacho tiene arranques de loco.
GRACIELA.- Jorge, vamos por él antes de que se lo vayan a llevar.
JORGE.- No, ya está grandecito para saber lo que hace.
GRACIELA.- Si tú no quieres acompañarme, iré sola.
JORGE.- Tú no sales, te lo prohíbo.
GRACIELA.- (Comprueba que lleva su monedero) No voy a dejar que se lleven a un
hijo mío a la cárcel.
JORGE.- Déjalo, así escarmentará.
GRACIELA.- Iré, quieras o no.
JORGE.- (Gritando, para tratar de imponerse) Aquí se hace lo que yo digo.
GRACIELA.- Se hará todo, menos dejar que Rafael vaya a la cárcel por tu culpa.
JORGE.- ¿Cómo que por mi culpa?
GRACIELA.- Iba furioso cuando salió de aquí. Yo no sé lo que le dirías.
JORGE.- Con bajarlo de las nubes no creí hacerle un mal.
GRACIELA.- No, no le hiciste nada; ya me imagino, con tu manera de hablar, las
cosas que le habrás dicho. Y lo que más rabia me da es que yo te
advertí que no lo fueras a desanimar. (A Luis) Acompáñame, hijo.
LUIS.- Sí, mamá.
JORGE.- (Les ataja el paso) Ustedes no salen.
GRACIELA.- Déjanos pasar.
JORGE.- Si quieres ir, ve tú sola. (Detiene a Luis con la mano). A los demás no
tienes por qué indisciplinarlos.
GRACIELA.- Quédate, Luis. (Va hacia la puerta de la calle).
JORGE.- Nada más te advierto: si sales de esta casa no vuelves a entrar.
GRACIELA.- (Furiosa) Es lo que tú crees, ésta es mi casa.
JORGE.- (Déspota) ¿Te olvidas de quién paga la renta y quién compró todo lo que
hay aquí?
GRACIELA.- No, ya sé, fuiste tú, yo soy tu esposa y ellos son tus hijos, pero ni ellos
ni yo somos objetos que puedas tratar como se te antoje.
JORGE.- ¿Qué tratas de decirme?GRACIELA.- ¿Todavía debo hablar más claro? Hace un rato te decía que tratas a los
muchachos como a unos niños, pero no era la palabra correcta, los
tratas como máquinas para manejar a tu antojo, y lo digo de una vez,
ya me tienes cansada: o cambias, o te vas de la casa, o nos vamos
nosotros.
JORGE.- (Burlón) ¡Qué valiente te has puesto!
GRACIELA.-¡Desde hace mucho debí ponerme! Tú lo que quieres hacer de Rafael
un don nadie, de Judith una histérica y de Luis un vago. De mí ya ni
hablo; al fin y al cabo te acepté como eres. (Pausa) Y a pesar de todo
te quiero.
JORGE.- (Desconcertado) ¿Pero qué te pasa?
GRACIELA.- Analiza tu conducta y podrás contestarte. Me voy.
JORGE.- No seas loca. ¿Qué vas a hacer?
GRACIELA.- Pagaré los daños.
JORGE.- ¿Cuánto tienes?
GRACIELA.- (Cuenta el dinero de su monedero) Ciento veinte pesos.
JORGE.- (Sonríe triunfal) Eso no te alcanzará para nada.
GRACIELA.- (Desesperada) Pediré prestado.
JORGE.- ¿Y si no consigues?
GRACIELA.- Entonces, veré si quedó un vidrio sano para romperlo y que me lleven
junto con Rafael. (Sale).
JORGE.- (Se queda un momento junto a la puerta. Está muy desconcertado. A Luis)
Tú mamá está loca de remate, igual que el otro, pero eso sí, ni piensen
que yo vaya a sacarlos.
JUDITH.- (Entra) Mamá, ya está la carne.
JORGE.- Tu madre no está.
JUDITH.- ¿Dónde fue?
JORGE.- A romper vidrios.
JUDITH.- (Sorprendida) ¡¿Qué?!
JORGE.- (Muy exaltado va hacia Judith). Mira, hija, yo por ustedes he tenido que
soportar durante años muchas humillaciones, no sólo de mi jefe que es
un déspota y que a la menor protesta que hago, amenaza con quitarme
el trabajo. Ojalá sólo fuera él, pero luego, cuando salgo de la oficina
para hacer los cobros, tengo que enfrentarme con cada cliente... Se
niegan a pagarme, discuten conmigo, algunos han llegado hasta
insultarme y no ha faltado quien me haya dado con la puerta en lasnarices. Eso sucede casi a diario, pero ustedes como no lo saben no
me comprenden. ¿Verdad que no?
(Judith va a decir algo, pero Jorge continúa hablando).
JORGE.- A mí ya no me importa soportar todo eso, pero a cambio creo que tengo
derecho a un poco de consideración. ¿No?
JUDITH.- Sí, papá.
JORGE.- Es verdad, a veces llego de malas y hasta soy injusto, pero ya te expliqué
mi situación.
JUDITH.- Sí, papá.
JORGE.- (Violentamente) Mira, el plan en que se pone tu hermano no es justo.
(Pausa)¿Tú crees que yo no tuve ambiciones?
(Judith se sorprende mucho. No sabe que contestar. Por fin va a decir algo, pero
Jorge continúa hablando).
JORGE.- Sí, hija, también las tuve. (Pausa) Soñé con ser contador público titulado,
pero no siempre se puede conseguir lo que uno desea y menos cuando
ya se tienen obligaciones. (Dolido) Toda mi vida se la he dedicado a
ustedes. ¿Y todo para qué? Para que ahora tu madre, con la mayor
frescura, me corra de la casa.
JUDITH.- (Cada vez entiende menos)¡¿Te corrió?!
JORGE.- Nadie comprende que yo trato de darles lo que nunca tuve; sobre todo,
quiero evitarles desilusiones como las que yo pasé. (Pausa. Dolido,
casi sollozando) Pero una cosa si te digo, Judith: cueste lo que cueste,
debo mantener unida a mi familia.
JUDITH.- (Conmovida) Ay, papá, perdóname, pero no te entiendo nada.
(Se oye en la calle el sonido de la patrulla de policía)
JORGE.- (Como impulsado por un resorte se quita la bata. A Judith) Rápido, dame
mi saco.
JUDITH.- (Va hasta una silla del comedor donde está el saco de Jorge, lo toma y
rápidamente se lo lleva a éste) Aquí tienes.
JORGE.- (Lo recibe, comprueba que lleva su cartera. A Luis) Anda, tráeme mis
zapatos. (Se quita las pantuflas).
LUIS.- Sí, ahorita te los traigo (Sube rápidamente por las escaleras).
JORGE.- (Mientras se pone el saco. A Judith) Hija, si quieres puedes ver la
televisión.
JUDITH.- (Lo mira sorprendida) ¿Qué dices, papá?
JORGE.- Sí, en el canal que quieras. (Va a salir apresuradamente)
LUIS.- (Desde las escaleras le grita) Espérate, no llevas zapatos.JORGE.- (Se detiene, mira sus pies) Es verdad. (Luis va hacia él, le entrega los
zapatos. Jorge los toma y se los pone rápidamente) Ojalá llegue a
tiempo (Sale muy rápido).
JUDITH.- (En voz alta) Oye, ¿dónde vas?
LUIS.- (Sonríe) Mejor se hubiera ido con mamá.
JUDITH.- ¿Adónde fue? No entiendo nada. Explícame. ¿Qué es lo que está
pasando?
LUIS.- (Sentándose en el suelo. Feliz) Te lo voy a contar todo. (Le indica que se
siente junto a él).
(Judith lo hace. En la calle suena otra vez la sirena de policía. Luis empieza a hablar,
pero no se oye lo que dice. Mientras, lentamente va cayendo el
TELÓN).
FIN.





Salvador Novo. El Joven II



















Salvador Novo

El Joven II

La alcoba del protagonista, simple y lujosa, una gran cama al centro, una mesa de
noche a la izquierda. A izquierda y derecha de la cama, puertas. Puerta en el lateral
derecho, cortinas echadas en el izquierdo, a oscuras.
El JOVEN, viste ropas muy deportivas. Se incorpora en la cama y salta de ella,
conforme la habitación se ilumina como si la luz surgiera de él. Se vuelve a mirar a la
cama, menea la cabeza como con asco, como con lástima.
EL JOVEN
Sigue durmiendo, imbécil. Por unas cuantas horas siquiera, yo tendré libertad. Hasta
la libertad de llevarte conmigo si quisiera, a todos los sitios a que tú no has querido
llevarme. Podré hacer las cosas que te ha faltado el valor de acometer; las que están
prohibidas, las que no se deben hacer, las que implican riesgo; aquellas para realizar
las cuales es necesario abrir las puertas, o derribarlas. (Va a la puerta, comprueba
que está bien cerrada).
La aseguraste bien. Nadie puede llegar a molestarte. Temes a los ladrones.
Claro. Te ha costado mucho trabajo reunir el dinero. No es cosa de exponerte q que
se lo lleven. Siempre has tenido miedo. De que te maten. Con un puñal, o
ahorcándote, en la oscuridad. Y has huido, a esconderte, a negarte, a dormir. (Se
sienta en el lado derecho de la cama).
¡Qué asco me das! Con tus músculos flojos, ahogados en grasa, con tu
cabeza calva hundida en los cojines, llena de números y de palabras muertas. No
sonríes ahora. Tu boca se contrae en un rictus amargo mientras crecen en torno
suyo las barbas que dentro de unas horas segarás cuidadosamente. Y tus manos
lacias, como grandes hojas marchitas. Hasta ellas llegas; ahí terminas. Con ellas
habrías podido acariciar, o matar, o esculpir, o fijar una piedra sobre otra y elevar una
torre. Y tus piernas. Estaban hechas para andar, para correr, para ascender. Habrían
sido duras y fuertes. Ahora son las columnas que sostienen tu abdomen, y tus manos
las palas que te llenan el abdomen de combustibles caros y refinados. También
crecen tus uñas, como tus barbas, mientras duermes. En la tumba será lo mismo. Y
mira; ya empiezan a mancharse tus manos de lunares violáceos y amarillos. ¿Sabes
cómo se llaman esa manchas? Se llaman las flores del sepulcro. (Se levanta, va
hacia la puerta derecha del fondo, la abre).
Aquí guardas tu ropa, tus disfraces. Tienes muchos, muy finos, muy caros,
cortados por el mejor embalsamador de la ciudad. Aquí está el que acabas de usar,
el que te quitaste hace unas horas; desinflado sin ti, arrugado, como un
espantapájaros. Huele a ti, a tu sudor agrio, al humo de tus cigarros. Y ahí está tu
jacquet, con el que te casaste. No lo has usado más que una vez en la vida, pero lo guardas. 
Ya no cabrías en él si quisieras ponértelo, pero lo conservas, acaso porque
contiene a tu fantasma de aquella mañana en que estabas tan nervioso y llegaste a
la iglesia toda adornada de flores blancas, con el órgano y los cantantes, y las damas
de honor para tu novia, y las amistades que te sonreían al desfilar del brazo de tu
novia. ¡Tu novia! Nunca la quisiste verdaderamente. Lo que entonces te gustaba era
irte de parranda con los compañeros de Leyes, emborracharte, amanecer en una
alcoba desconocida. ¡Ah, pero las conveniencias! Adriana era rica, era bonita, se
conocían desde niños... Las familias se pusieron de acuerdo -¿y qué más daba?
Además, fuera de aquella primera criadita, las demás mujeres no eran ya vírgenes, ni
mucho menos, mientras que Adriana... Fue un atractivo, pero efímero. Luego se puso
gorda, tuvo el primer hijo; luego otro, y otro, todos muy bonitos, muy bien educados...
Están en los mejores colegios –y te odian. Y tú odias a su madre, y ella te detesta,
bien lo sabes. Es gorda, fofa, huele rancio debajo de sus perfumes, se tiñe el pelo.
Hace ya diez años que cada cual duerme en su recámara.
Eres un hombre muy ordenado, muy metódico. Por las noches te quitas el
disfraz, pero en orden: la cartera, la pluma fuente, la libreta de teléfonos y
direcciones, la licencia de manejar, los pañuelos, la billetera –y las llaves. Un montón
de llaves, de todos tamaños y formas. Luego la ropa, ya vacía. Sales de ella como
una serpiente de su piel, no como una mariposa de su crisálida. Y te sientas a
quitarte los zapatos. Tienes muchos también. Podrías caminar con ellos muchas
leguas, pero no están gastados. Cómo van a gastarse en las alfombras. Están
simplemente deformes, ajados, cansados, como tú mismo, con los brazos lánguidos
de sus agujetas que tú ajustas y enlazas, como el dogal de tu corbata, todas las
mañanas, cuando también abrochas todos esos infinitos botones con que te
encierras en el disfraz en turno.
Aquí está tu cartera. Es lo primero que cada noche extraes de tu ropa, y lo
último que al siguiente día sepultas en tu bolsillo, sobre tu corazón. Tu identidad,
como quien dice; tu pasaporte para circular entre los demás. De piel de Rusia, negra
y tersa, un poco vieja ya. ¿Qué guardas en ella? Ah, sí, las credenciales: miembro
del Club Rotario, socio de la Ama, asegurado número 12,856, socio del Chapultepec
Country Club, socio del Club de Banqueros... ¿Y esto? ¿Qué es esto? ¿Un retrato?
¡Todavía lo guardas! ¡Ella tuvo valor, sabes! Ella sí realizó su vida. ¡Cómo la
deseabas! ¡Qué ridículamente lloraste al saber que se había marchado para siempre!
¿Pero qué hiciste para retenerla? Habrías tenido que romper los lazos, todos los
lazos –y te faltó valor. ¿Qué diría la gente? ¿Cómo ibas a destruir por una locura la
dicha de tu hogar, tu reputación, la de tu respetable familia? Tus hijos, tu esposa,
¡qué escándalo! Ya no eras un joven; ya no estabas en edad de locuras...
Y ella se fue, dejándote para siempre en los labios una sed amarga. Y ella es
feliz, feliz, con su carne cálida y blanca, con sus ojos verdes, con la boca que
besaste una vez... Y tú estás aquí, rico, respetado, cerca de tu esposa, rodeado de
tus hijos que no te quieren, que quieren que te mueras como tú quieres que se
muera Adriana porque crees que entonces sí la buscarías, la traerías a vivir contigo,
serías dichoso... A veces crees que ya la olvidaste. Y en efecto, la olvidaste, como a
ti mismo. Pero aquí traes su retrato. Aquí, escondido entre las credenciales de tuimportancia social –una muchacha sonriente y sensual que te brindaba su juventud...
y tú no tuviste valor.
Tus llaves, mira. Cuántas llaves. También en orden que sólo tú sabes. Todas
estas son de tu casa; éstas, de tu oficina, de todo el edificio, que es tuyo.
Ciertamente, has construido muchas cárceles, de las que sólo tu tienes la llave, a las
que sólo tú puedes entrar. En ellas tienes encerrados a tus fantasmas: al que iba a
ser, al que iba a hacer; al que juega póquer con sus amigos; al que debería estar
leyendo todos esos libros condenados a cadena perpetua; al que iba a jugar ping
pong para conservarse en forma, al que iba a oír música buena, que compraste en
pastillas negras; al que un día decidió pintar y se compró un caballete, y pinceles, y
tubos de color. De vez en cuando te atreves a visitar a tus fantasmas; buscas la
llave, abres la puerta: todo eso es tuyo; pero él no está cuando tú llegas. Se ha
marchado, para siempre. Detrás de los espejos asoma un viejo torpe, cansado.
Buscas a tu fantasma; lo evocas con la música que le gustaba; acaricias el libro que
prefería, le destuerces el cuello seco a un tubo de pintura; pero el fantasma se ha
fugado por el espejo por el cual lo buscas sin encontrarlo –y vuelves a cerrar su
prisión, y guardas la llave; una junto a las otras; un rosario de llaves que tintinean y
cuelgan como un racimo de ahorcados en tu bolsillo.
Estas son las de tu edificio. Puedes llegar a sorprender al conserje, ver si
cumple con su deber, en cualquier momento. Y entrar directamente a tu oficina, sin
que te vean llegar las secretarias ni los empleados; y abrir con esta pequeña tu gran
escritorio, siempre tan al día en el despacho de los documentos, que el día en que te
mueras no habrá ningún problema, ningún tropiezo, ninguna dificultad. Lo tienes todo
previsto y en orden: un cuantioso seguro de vida, tu fortuna en una sociedad
anónima cuyas acciones están equitativamente distribuidas entre tus hijos y
Adriana... Así ni siquiera se paga el impuesto sobre legados, porque no hay
testamento, ni juicio de intestado. Lo demás, en acciones al portador, que se hallan
bien seguras en la caja del banco; y la modesta cuenta en efectivo, porque siempre
se necesita algo de líquido, mancomunada con Adriana. Aquí está tu chequera de
bolsillo. Pueden firmar tú o ella, o tú y ella, y el banco paga de cualquier modo; así
que nada se expone, ni nada puede perderse, y todo es irreprochable.
Ah, pero también aquí entre las llaves numerosas y respetables hay una
disimulada y pequeña... que no es de tu casa – ni de tu despacho- ni de los clubes –
ni de los coches... La conozco bien. Es la del único lugar el que yo te hago ir, al que
te obligo a llevarme. Te confieso que te ves bastante ridículo cuando en él te
desnudas, a pesar de tus precauciones con la luz tenue, con los licores que nos
nublan un poco la vista. A horas fijas, porque tú todo lo conciertas con método, ellas
llegan, llaman; yo te obligo a no darte cuenta de la repugnancia que les causas; las
ciego un poco también a ellas, por el breve momento en que te domino y las
embriago. Entonces pruebas un sorbo de felicidad verdadera y quisieras quedarte
ahí, prolongar el instante. Pero yo me retiro a contemplarte y ellas se incorporan a
marcharse, cumplida su misión simplemente sanitaria. Y les das un billete y el
número privado del teléfono para que alguna vez te llamen; el número del que no
pueden informarse a quién corresponde –y un nombre falso, por precaución. Ysalimos de prisa, disimuladamente, a abordar un coche de alquiler que nos lleve
hasta cerca de donde siempre dejas el Cadillac. (Cierra la puerta del vestidor, mira
hacia la cama, cruza frente a ella hacia la izquierda y hasta la ventana, levanta la
cortina.) Mira la noche. No, no puedes mirarla; prefieres dormir. Y ella es toda mía, y
tú me retienes aquí, imbécil, cuando podría yo hacerte tan dichoso. Allá abajo, en el
jardín, se aman y se acoplan las flores y los insectos; la tierra es cálida y húmeda
como un sexo joven, y el viento unta la luna sobre cada caricia trémula. Pero tú
prefieres mirar el jardín mañana, desde aquí, y que las rosas aparezcan cortadas y
limpias en la mesa de tu desayuno. Allá lejos..., mira las calles, mira el parpadeo de
los automóviles, que conducen parejas felices; los jóvenes ríen, se embriagan,
vibran, viven. En este momento, cientos de aviones vuelan a todas partes del mundo.
Volar, transportarse, ¿sabes lo que es eso? Sí, claro, ya has volado muchas veces,
para economizar el tiempo y asistir a las convenciones. Pero esa no es la gloria del
vuelo. Es el que podríamos emprender si tuvieras el valor de dejarlo todo, de ver el
mundo, de absorberlo en la esponja seca y sedienta de tu cuerpo: las playas, el mar,
el desierto, el bosque, la aventura, la ventura... Nosotros solos, sin dinero, sin
equipaje, sin pasaporte ni credenciales... (Suelta la cortina, abre la puerta del baño.)
Tu baño privado, como un altar en el que tú solamente oficias; en el que te confiesas
–y te absuelves una vez que te has lavado de toda culpa, de toda mancha, con
jabones que neutralicen el hedor de una noche en que has transpirado todas las
frustraciones del día... y de todos los días de todos los años. Te lavas la boca
amarga, y te instalas la sonrisa hipócrita de los saludos que has de dar todo el día; te
lavas las manos, como Pilatos; te enjabonas el rostro, como si pudieras borrártelo;
siegas tus barbas menudas y rígidas, blancas ya casi todas; y frotas tu cuerpo, del
que huye el agua que contaminas y ensucias; te unges luego con lociones y talcos –y
estás listo para el nuevo disfraz en turno. Surges fresco y absuelto de tu santuario,
de tu altar de azulejos, a reanudar tu importancia; a poner en su sitio las llaves, la
cartera, la pluma fuente...
¿Y yo? Aquí me encierras, me abandonas a aguardarte. No me llevas contigo,
ni me dejas llevarte. Me ahogas, me extingues... Voy contigo, sí, pero maniatado;
mudo en tu lengua, cautivo en tus ojos, inerte en tus manos inútiles... Un día te
abandonaré. Un día cualquiera, cuando menos los esperes ni lo pienses. Bastará un
coágulo –un mínimo coágulo, como un nudo pequeño entre los hilos de tu corazón, a
paralizarlo, como un reloj que se detiene. Sentirás el pecho oprimido por una roca y
abrirás los ojos muy grandes, y crisparás las manos, como si quisieras asirte al
mundo, a la luz, al aire; mirarlos por primera vez –esa que habrá de ser la última.
Y yo no moriré contigo. Te dejaré ahí, rígido, lívido, violáceo, mientras tu
residencia se puebla de personajes silenciosos y de grandes coronas con listones
morados –y Adriana huele sales y se arrepiente de haberte detestado –y tus hijos
lloran y hablan con el notario en la biblioteca –y llegan cuatro hombres uniformados y
apagan los cirios y retiran las flores y cargan la caja metálica y la meten en la carroza
y parte el cortejo muy lentamente, casi a vuelta de rueda, como si se resistiera a
llegar al panteón, donde una campanada te anunciará – y luego volverán a cargar la
pesada caja hasta la fosa donde la bajarán entre el chirrido discreto y aceitado de
cuatro garruchas...Ahí te dejaré; seré por fin libre. Lo he sido siempre, desde todos los siglos. Y
quise darte mi tesoro: el mar, el aire, la pasión, el amor y el odio de que estoy
inmortalmente hecho. Por eso nací en ti, renací contigo; pero no he de seguirte a la
tumba. (Abre el cajón de la mesa de noche y saca una pistola.)
Admito que en todos estos años, esperando siempre contra toda esperanza,
he llegado a sentir por ti esa forma triste del cariño que se cifra en la compasión. Y
quisiera dejarte de una manera menos ordinaria que por una angina de pecho. Que
ya que no legraste ser dueño de tu vida, lo seas de tu muerte; que tú la escojas y la
cumplas. Es sencillo, mira. Te bastará apuntarla a la sien – y oprimir el gatillo. O si lo
prefieres, ponla en tu boca, como una hostia, muerde y dispara. Todo habrá
terminado. Todo comenzará de nuevo, desde el gusano, desde la tierra, hacia arriba,
hacia el sol, el aire y el agua. Tomará siglos otra vez, paro acaso entonces... Anda.
Hazlo. Ten valor una vez en tu vida. (Echa la pistola en la cama, retrocede hasta la
ventana, haciendo foco en la cama. Empieza a filtrarse por la ventana la luz del día.
Mira hacia la mesa de noche.)
Dentro de un instante, sonará ese despertador. Hazlo ahora. Yo no puedo
detener el Tiempo, y tú eres su esclavo. ¡Hazlo! ¡Mátate! ¡Mátate! ¡Déjame en
libertad! ¡Déjame en libertad!
(Suena furiosamente el despertador.) ¡No! ¡No! ¡No! (Cae al suelo, a la
izquierda de la cama. De ella se incorpora un viejo gordo, calvo, en un pijama
grotesca, y tiende el brazo a acallar el despertador, que cesa .Mira la pistola, frunce
el ceño, piensa, la guarda en el cajón de su mesa de noche. Se despereza, aparta
las sábanas y sale de la cama. Se calza las pantuflas, pasa sobre el cuerpo del joven
y entra en el baño. Se oye el ruido de la regadera.)
TELÓN





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